Posteado por: pueblomartir | 5 Noviembre 2009

El Oratorio de la Beneficencia Slava

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Fotografía del oratorio de la Beneficencia Slava un día antes de ser echada por los suelos por la compañía minera norteamericana. En él se veneraba a la Viren del Tránsito traída por los austriacos.


El domingo 14 de agosto de 1904, en marco de piadoso recogimiento, tuvo lugar la ceremonia de bendición del Oratorio de la Beneficencia Slava a cargo del Vicario Foráneo doctor Baldomero Fernández. Fueron padrinos el austriaco Juan Azalia y su esposa. El panegírico fue dicho por el doctor Pedro F. Rivera y García. Este santuario, sobrio y acogedor, edificado a imagen y semejanza de una ermita slava del Imperio Austro Húngaro, estaba ubicado en la Plazuela Ijurra, residencia del hombre más rico del Perú, don Manuel Ijurra.

Su techo a dos aguas sobre el que se elevaba el campanario, llevaba en el borde interior, artísticas molduras trabajadas en madera y una marquesina en el que se leía: “Beneficencia Slava”. El frontispicio, con entrepaños, jambas, dinteles y umbral de piedras talladas, enmarcaban una sólida puerta de caoba que daba acceso al interior de ponderada elegancia, cuyas paredes de asombrosa sobriedad, dirigía la vista hacia una peana donde se levantaba el Altar Mayor cubierto de fina lencería blanca y una serie de candelabros y palmatorias de plata que escoltaban al tabernáculo. Presidiendo el Altar, resguardada por la Inmaculada Concepción y el Corazón de Jesús, el cuadro en el que se ve a una rubia Virgen María, en un lienzo -copia perfecta del cuadro “El tránsito de la Virgen”, pintado por Andrea Montegna que se exhibe en una de las salas del Museo del Prado- donde se ve a la Virgen María ascendiendo al cielo escoltada por arcángeles, ángeles, delfines y querubines, en el momento de su muerte. Cristo -rodeado por once de los apóstoles (Santo Tomás, estaba evangelizando en tierras lejanas) la recibe. Los apóstoles portan en sus manos: la palma, el libro de difuntos, el incensario y los cirios, rindiendo así el último homenaje a la Madre de Dios.

En este acogedor santuario de elegante y cómodo mobiliario, se realizaron a través de sus años de existencia, los más elegantes bautizos, confirmaciones, misas, oficios necrológicos y bodas de postín. Amarillentos retratos ajados por el tiempo son los únicos testimonios de aquella grandeza pasada.

Este hermoso como inolvidable oratorio, se mantuvo en pie por más de setenta años, al fin de los cuales, excavadoras, tractores de oruga, retroexcavadoras, anfo y dinamita, lo hicieron volar por los aires. Ese día el pueblo lloró. Total, se iba una parte de su vida. Ese día también quedó establecido que la compañía Cerro de Pasco Corporation, erigiría una réplica en la nueva ciudad de San Juan Pampa. Así quedó acordado. Transcurrido el tiempo, se cumplió con lo que se había prometido y, el domingo 26 de febrero de 1967, “En emotiva ceremonia que congregó gran número de fieles, se bendijo la moderna iglesia que la Empresa ha levantado en el Centro Cívico de Yanacancha como parte de la nueva ciudad de Cerro de Pasco”. En ninguna parte de este informe publicado en EL SERRANO No 207 de marzo de 1967: 4 y 5, se dice que esta Iglesia se había edificado en reemplazo de la que habían traído por los suelos. Tuvieron mucho cuidado en hacer aparecer como una “generosa donación de la Empresa para el pueblo católico del Cerro de Pasco”. Es necesario aclarar que esta moderna iglesia proyectada y construida por el arquitecto Benjamín Doig a un costo ” que supera fácilmente el millón y medio de soles y abarca un área de 696 metros cuadrados con capacidad de albergar a 400 fieles, número que puede elevarse a 500 en ceremonias especiales”, no es sino en pago de la que derruyeron en sus trabajos de avance del “Tajo Abierto”. Aquel fue un oratorio que los slavos nos donaron y su réplica no es sino una retribución a la destrucción que de él hicieron los norteamericanos. Es necesaria esta aclaración.

Posteado por: pueblomartir | 5 Noviembre 2009

LA LEYENDA DE SAN ANTONIO DE PADUA

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En lejanos tiempos, cuando las inmensidades de la meseta del Bombón lucían un pródigo verde de abundante pasto, un pueblo pujante se levantó en sus predios: RANCAS. Entre los pioneros que habitaron este pueblo estaban un hombre y su esposa que tenían tres hijos. Muy buenos pastores criaban los animales para poder mantener a la familia, pero él, no se contentaba con lo que poseía; quería más.

Apesadumbrado y meditabundo iba a sentarse diariamente a la orilla del manantial ubicado en el paraje de Machaycancha en donde, cerca del anochecer, se devanaba los sesos tratando de encontrar manera de conseguir más dinero. Soñaba con ser dueño de aquellas inmensidades, aunque para ello tuviera que pagar el precio que fuera. Esto no le importaba. Sólo aspiraba a poseer más tierras y más animales para ser rico y poderoso.

Cuentan que una tarde, cuando se hallaba sumido en estas cavilaciones, alcanzó a ver a un opulento jinete que llegaba a su vera montado sobre un hermoso caballo negro de largas y brillantes crines, lujosísimo apero con guarniciones de plata e incrustaciones de piedras preciosas, pomposamente vestido con alón sombrero de paja toquilla, saco de fina badana, recios pantalones de “diablo fuerte”, botas aperilladas y cantarinas espuelas argentinas; rostro, rubicundo y agudo, terminado en barbilla fina y puntiaguda, se detuvo más cerca de nuestro hombre, y fijando sus ojos de mirada penetrante en el rostro del campesino, con voz sonora y firme, inició el diálogo:
- ¡Soy un caminante que hace muchos días recorre esta zona tratando de conocer sus límites y sus gentes!.
- ¡¿De dónde viene, señor?! –Preguntó admirado el campesino.
- Vengo de un lugar muy lejano, donde es muy fácil hacer dinero y enriquecerse…
- Hmmm… Y allá, de donde viene, ¿No necesitarán hombres para trabajar?.
- ¡Claro que sí!… ¡Precisamente estoy en busca de hombres para que trabajen en mis propiedades!…
- ¿Paga usted bien, señor?.
- ¡Así es cholito, así es!… Con decirte que con los ahorros de un año podrás regresar rico a este lugar y podrás comprarte todas las tierras y los animales que quieras.
- ¿Tanto paga a sus operarios?.
- ¡Pero, claro!. El dinero que ganan es cuantioso; suficiente para ahorrar.
- ¡Mire señor!. Yo estoy muy interesado en sumarme a su personal ¿Podría admitirme entre ellos?.
- ¡Lo haré! ¡Lo haré!, pero… con una condición.
- ¿Cuál?.
- Debemos partir inmediatamente. ¡¡En este momento!!.
- Pero… yo quisiera avisarle a mis familiares.
- ¡Tiene que ser ahora!. No hay tiempo para avisar a nadie. Total, un año transcurre en un abrir y cerrar de ojos. Cuando vuelvas ya serás inmensamente rico y, explicándole la razón de tu ausencia a tu mujer, todo quedará en paz… ¿Qué te parece, ah?. ¿Estás de acuerdo?.
- ¡De acuerdo, señor!… ¡Pero por un año nada más!.
- ¡Por supuesto!… ¡Nada más que un año!… ¿De acuerdo…?.
- ¡Sí, señor!
- Entonces, súbete al anca de mi caballo para irnos y, el próximo año, un día como hoy, estarás de vuelta muy rico y poderoso.
Como se lo había ordenado el ostentoso jinete el campesino subió al anca del hermoso animal y, en unos momentos, inexplicablemente, se quedó dormido; al despertar quedó mudo de asombro. Se encontraba en una extraña ciudad donde todos los utensilios eran de oro y plata. Las calles muy bien delineadas, empedradas regiamente con bloques de pulquérrima plata blanca. Los habitantes lujosamente ataviados con exquisitos ropajes. El cielo de aquella singular urbe era de un encendido bermellón que se reflejaba en el ambiente. Hacía un calor infernal.

Llegado a la propiedad de su señor, el ranqueño recibió la orden de trabajar en la confección de zapatos de todas las tallas y en recolección de abundante leña.

Tratando de cumplir su contrato, laboró de sol a sol en tiempos que a él le parecieron eternidades. Cortaba la leña de los inmensos bosques de aquel lugar y confeccionaba zapatos en una producción cada vez más creciente. Cuando se hallaba ya sin fuerzas, enjuto, canoso y decrépito, se cumplió el año de su contrato. Esperanzado, pidió a su jefe el pago del convenio y que lo condujera de vuelta su tierra. El hombre le pagó una gran bolsa de monedas de oro y lo subió a las grupas de su corcel. Luego del sueño mágico lo dejó a orillas del manantial.

Ya en este lugar, desorientado y triste, con su bolsa gigantesca en mano, miraba a uno y otro lado. En ese momento avistó a un fraile franciscano, rubio y afable, que se le acercó:
- ¿Qué ocurre hijo mío? –Preguntó amable el religioso.
- Padre, hace un año que partí de este lugar contratado por un elegante caballero, fui trabajar a un pueblo extraño y muy lejano; como el contrato se ha cumplido aquí estoy de vuelta para reintegrarme a mi familia.
- Hijo mío –dijo apenado el fraile- has sido víctima del mismísimo demonio.
- ¿Del demonio, padre?. – Interrogó a su vez el campesino.
- Así es hijo. Aquel caballero elegante no era sino el diablo que tomando apariencia humana, se presentó para engañarte…
- ¿Engañarme?… pero… ¿Por qué padre, por qué ?.
- Él descubre fácilmente a los ambiciosos y mezquinos y, a sabiendas que son capaces de vender su alma por conseguir sus apetencias…
- ¡¡¡Pero él ha cumplido con el trato –interrumpió el campesino-… ¡he trabajado un año al final del cual me ha regresado como convinimos!….
- En el infierno, que es donde has estado, un año equivale a doce años aquí en la tierra. Lo que quiere decir que has estado ausente de tu casa por ese tiempo.
- ¡Pero me ha pagado por mi trabajo de hacer zapatos y cortar leña!…
- Cada zapato que tú hacías, hijo, equivalía a un ataúd para los infelices que iban al averno; la leña era para alimentar el fuego de la morada de Satán… ¡Ahora mira la bolsa para que veas lo que te han pagado!.

El hombre abrió la bolsa y quedó mudo. En lugar del oro que pensaba encontrar, sólo halló abundante excremento humano.
- ¡¡¡¿Qué hago, padre?!!! –Preguntó desesperado el ranqueño.
- Mira hijo, todo lo dejo a tu criterio. Sólo debo decirte que cuando desapareciste hace doce años, tu esposa e hijos anduvieron buscándote por todas partes por mucho tiempo; al no hallarte, te pusieron una tumba en el cementerio y cada año han venido haciéndote una misa solemne. Tus hijos han crecido y no te reconocerían; tu mujer casó con otro hombre y es muy feliz. ¿Crees que es justo que todo cambie de la noche a la mañana?. Ya los afligiste demasiado, hijo mío; no lo vuelvas a hacer.

El ranqueño quedó conmovido y de rodillas recibió la bendición del rubio fraile –que no era otro que San Antonio de Padua, patrono de Rancas-. Se arrepintió de sus desmedidas ambiciones y esperó los designios de Dios.

Al día siguiente, los lugareños encontraron un muerto a la puerta de la iglesia. Era un hombre viejo y desmedrado que nadie conocía. Cumpliendo con el mandato de la iglesia, le dieron cristiana sepultura en el campo santo local.

Posteado por: pueblomartir | 5 Noviembre 2009

EL AUSTRIACO JUAN AZALIA

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Mausoleo que guarda los restos del valiente austriaco que fue prestigioso alcalde y ciudadano ejemplar del Cerro de Pasco. Falleció el 29 de octubre de 1910 y este mausoleo de halla en la parte central del cementerio Presbítero Maestro de Lima, junto a la cripta de los Héroes de la Guerra del Pacífico.


Fue, entre los hombres que se afincaron en nuestra ciudad, un valiosísimo elemento de servicio a la comunidad. Siempre se le recordó así. Austriaco de nacimiento, en el Cerro de Pasco, tuvo las minas de plata, cobre y plomo, siguientes: La Bastilla, Nuestra Señora del Milagro, Zupa, Estrella del Oriente, Causalidad, La Victoria, Julia, Estrella Caída, Nuestra Señora de Lourdes, Elena, Lola, César Alejandro, Depósito de la Plata, El Perú, Rodolfo y Bon Langer. Fueron varios los familiares que llegaron al Perú, desde el año 1,860 hasta 1,905 y, todos ellos radicaron en la ciudad de Cerro de Pasco, dedicándose a la extracción de minerales; habiendo sido JUAN AZALIA, uno de los primeros mineros que organizó una empresa minera.

A fines del siglo XIX, conjuntamente con sus hermanos modernizó sus instalaciones mineras, dotándolas de concentradoras y mejores molinos accionados por fuerza hidráulica

En el plano comercial tuvo un importante establecimiento conocido como: CASA COMERCIAL AZALIA, que negociaba productos y maquinarias que importaba directamente y distribuía en la región. Fue en el año 1,910, que liquidó este negocio debido a la fuerte competencia de la empresa Cerro de Pasco Cooper Corp. Ésta pagaba a sus trabajadores con monedas fichas, para que con ellas pudieran hacer sus compras en la MERCANTIL. La cobertura comercial de Azalia, llegaba hasta los límites con la selva peruana, pues uno de sus proveedores de productos de selva fue Don José Ocaña, que tenía intereses en la ciudad de Huacrachuco y Monzón en la provincia de Huamalíes (Huánuco), a más de 250 kilómetros de Cerro de Pasco, comunicado en aquel entonces por una angosta vía peatonal, que cruzaba los escarpados cerros de la Cordillera de los Andes. Cuando cerró sus puertas la empresa comercial de Juan Azalia, canceló la deuda a OCAÑA entregándole un grupo electrógeno, con el que dio fluido eléctrico al pueblo de Huacrachuco y aledaños.

En el año 1,890, en el exclusivo Balneario de Ancón, tuvieron NIKOLA AZALIA y GERONIMO BRANIZA, el GRAN HOTEL.

En 1,901, Juan Azalia se desempeñó como representante minero durante los comicios para los Diputados mineros y, en 1,908, fue Alcalde de la ciudad de Cerro de Pasco. Durante su gobierno acaeció la matanza de cinco jóvenes cerreños que luchaban porque se respete la voluntad popular en las elecciones municipales de aquel año. También fue activo miembro fundador de la Sociedad SLAVA de Beneficencia, de Cerro de Pasco y directivo de la similar institución en Lima. Fue un hombre generoso, que dio la mano a muchos de sus paisanos y amigos; se hizo presente con donativos para la Cruz Roja de su tierra, para las obras de bien en Cerro de Pasco y contribuyó económicamente, a favor del Perú, durante la ocupación chilena. A su muerte acaecida en Lima, su tumba (como se ve en la fotografía) está ubicada frente a la de Luis M. Sánchez Cerro en un hermoso mausoleo, en el Cementerio “Presbítero Matías Maestro”.

Posteado por: pueblomartir | 5 Noviembre 2009

LA IGLESIA DE CHAUPIMARCA

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La iglesia de Chaupimarca a fines del siglo XIX, sin atrio y con la Cruz de la Pasion a la puerta, con la torre y el Arco del Triunfo en homenaje a la batalla del Cerro de Pasco -6 de diciembre de 1820- que mas tarde fue derruida.


A media centuria de haberse iniciado la explotación de sus minas y a pedido de Fray Sancho de Córdova, un franciscano milagroso que había llegado a guiar espiritualmente a los mineros, se erige la primera iglesia de nuestra ciudad: Santa Rosa. Se iniciaba el siglo XVII. Estaba ubicada sobre una imponente alcarria que por un lado tenía un farallón cortado a pico y, por el otro, el camino que la comunicaba con la ciudad. Se la podía ver desde cualquier punto de la ciudad. Al lado, no muy distante, el cementerio; un altozano donde reposarían los restos de los difuntos. La iglesia no era un alarde de monumentalidad como debiera haber sido. Tenía un baptisterio a la derecha y la sacristía a la izquierda; al centro un púlpito al que se subía por una breve escalerilla y, enfrente, un pequeño confesionario. Era un templo muy simple y recoleto, de una sola nave; con cuatro amplios ventanales y una altura de cinco metros a fin de que no faltare oxígeno cuando lo fieles atiborraban los altares de velas, cirios y velones. Este fue el remanso de fe que acunó los primeros atisbos de religiosidad de nuestro pueblo. Tuvo una vigencia de 126 años hasta el 28 de octubre de 1746, en que acaece el más apocalíptico terremoto del que se tiene memoria en el Perú. Aquel horroroso movimiento sísmico trajo por los suelos casonas, casas, ingenios, minas y rancherías, ocasionando miles de muertes en todo nuestro territorio, sepultando a trescientos hombres en los interiores de la Mina del Rey, que a partir de entonces, recibió el nombre de “Matagente”. Este terremoto dantesco también terminó por destruir completamente nuestra modesta iglesia de Santa Rosa.

A partir de aquel momento, urgidos por la desesperación y no quedar en completo desamparo piadoso, edifican un nuevo templo en Chaupimarca, plaza principal de la ciudad donde antiguamente efectuaban sus conciliábulos los yauricochas, nuestros antepasados. Por la premura del tiempo fue construida con una sencillez y simplicidad que llama la atención. Naturalmente, por su importancia histórica y su generoso aporte a la economía de la Metrópoli, la ciudad merecía un templo de más prestancia como Potosí, Guanajuato, Huancavelica y otras ciudades mineras donde se erigieron imponentes catedrales que hasta ahora se mantienen en pie, desafiando al tiempo. No olvidar que hay pueblecitos perdidos en los Andes que cuentan con iglesias de mucho más prestancia y monumentalidad que la nuestra. Terminada su construcción, lo pusieron bajo la advocación de San Miguel Arcángel, Jefe del Paraíso y Príncipe de las Milicias Celestiales, vencedor del demonio, patrono del pueblo minero.
En su largo y benemérito historial se registran muchos hechos de gran importancia y numerosas transformaciones sustanciales. Por ejemplo, se le adosó el “Arco del Triunfo” a sugerencia del Prefecto Rivero y Ustáriz -tal como se ve en la antigua fotografía que presentamos- en homenaje a la gloriosa batalla del 6 de diciembre de 1820, arco que se derruyó más tarde con el fin de ampliar la calle lateral. Adosado a la puerta se nota la “Cruz de Mayo” y la hornacina central alta donde está colocada la efigie del patrono San Miguel Arcángel. La construcción abarca hasta el borde de la plaza. Más tarde recortaron el frontis para dejar el correspondiente atrio, como debió ser. Como éstos, muchos fueron los cambios que tuvo el templo, tanto exterior como interiormente. En estos momentos se está proyectando una nuevo “traslado” de la ciudad. Ojalá que en la nueva, se considere la construcción de la Catedral con la prestancia necesaria a la que la ciudad tiene derecho. El pago se podrá solventar con la ganancia de las miles de toneladas de mineral que seguirán sacando del subsuelo.
Desde su advocación, el invicto patrono, ha velado por la seguridad del pueblo minero que lo festeja cada 29 de setiembre. Las damas cerreñas, socias del Club Departamental Pasco, aglutinadas en la Hermandad de San Miguel Arcángel, con la señora Delia Ramón de Maldonado a la cabeza, han tenido la acertada visión de edificar el hermoso oratorio que, a partir del presente año, habrá de presidir los actos piadosos de nuestra fe en el club que acoge con beneplácito todos los pasqueños.

Posteado por: pueblomartir | 5 Noviembre 2009

EL CURA DE CHACAYÁN

Este era un cura de pocas pulgas y muy malas intenciones que a depocoEscanearweb0007 hacerse cargo del curato de Chacayán -cabeza de doctrina de la zona- quiso imponer sus apetitos -ni pocos ni santos- de la manera más expeditiva y cruel posible.

Era un español de talla descomunal, de fiera mirada de predador aquilino. Todo era excesivo en él: manos, pies, tórax y cabezota pelada: desproporcionada y desagradable. No paraba mientes en escanciar de un solo tiro una botella de cañazo o engullir en un santiamén cuyes, perdices, cabritos, terneras o lechones, aderezados en hirviente achiote de quemante ají. Su enorme bocaza de belfos colgantes, dientes filudos y formidables se prestaban para ello. Era una máquina para tragar. Con voz tronante y destemplada, envenenada de maldad e imposición, lastimaba a quienes se les pusieran al frente y humillaba a los campesinos que estaban bajo la férula de la iglesia. Lascivo como ninguno, dispuso que las mujeres más jóvenes y agraciadas estuvieran a su servicio, no sólo en la cocina, lavado, zurcido, siembra y crianza de animales, sino como compañeras de cama donde satisfacía bestialmente sus inacabables apetitos venéreos.

Su nombre era Juan José de Somocurcio y Hoyos, había llegado a poco de iniciarse la cosecha de papas de aquel año de 1759. Venía con él, su Inter, es decir su ayudante; un fraile alfeñique de cara larga, palidez extrema, pómulos salientes, ojos chispeantes y desgreñados cabellos negros. Era una desvaída y flaca figura escapada de un lienzo del Greco. Su nombramiento se debió a su apellido de alcurnia que traía como trapo de limpieza por su rapacidad comprobada. Se llamaba Juan Antonio González de Vidaurre y Escobedo. Ambos sabandijas conformaban un dúo de temer que se entendían a la perfección. Eran el uno para el otro. Si el cura era la encarnación de la gula y la lujuria, el ayudante era parco en el yantar, pero inigualable garañón de misteriosa y resistente lascivia. La perfecta combinación de la enervante maca, abundante wanarpo, miel de abejas, polen y abundante caldo de ranas, logró el prodigio de formar a aquel fornicador incansable, hacedor de proezas jamás igualadas. Esta odiosa yunta gobernaba la cabeza de la doctrina que comprendía todos los ubérrimos pueblos de la quebrada de Chaupihuaranga, ubicada a centenares de leguas de la capital, oculta a los ojos de las autoridades virreinales. Aquí, lejos de cualquier control y como lo habían planificado detenidamente, sentaron sus reales para obtener los más provechosos botines.

Posesionados de la casa cural y terrenos adyacentes, el tándem decidió iniciar su acción nefasta, inmediatamente, a poco de arribar. Su primera víctima fue don Bernardino Gil de la Torre, español como ellos, rico terrateniente y minero muy considerado en el ambiente poblano, dueño de la hacienda Chinche y la Estancia Pomayarus, a quien, sin mediar trato de comedimiento ni buenas maneras, exigieron les otorgue todas las lanas producidas en la hacienda para iniciar un lucrativo negocio. Ofrecieron de muy malas maneras precios exiguos e insultantes que con todo comedimiento el hacendado rechazó. Es más, les dijo que la venta estaba comprometida por su Administrador al Gobernador don Pablo Sáez de Bustamante que compraría toda la producción del año. En ese momento, sin sospecharlo, el hacendado estaba firmando su condena. El monstruoso clérigo cogió del cogote al endeble anciano y, cuando estaba a punto de quebrárselo, los hombres de la hacienda y el desgreñado fraile que lo acompañaba, lograron que lo suelte, pero al hacerlo, rojo de ira, con la mirada asesina prendida de los ojos de su víctima, sentenció: ¡Has cavado tu tumba!. En medio de un silencio producido por el terror de un acto que jamás podría esperarse de un sacerdote, volvió las espaldas pronunciando terroríficos latinajos y, haciendo una señal a su opilado ayudante, montó en su mula negra y partió. Cuando la noticia se difundió por toda la quebrada de Chaupihuaranga, nadie lo creyó.

La mala suerte quiso que a pocos días del desgraciado acontecimiento, el hijo de un caporal negro, un angelito de tres años, muriera en la hacienda por la coz de una mula. En cumplimiento del mandato eclesiástico, el mismo caporal fue a la iglesia a pedir al cura el auxilio de la religión para el muertito. Herido como una fiera, el fraile abusivo no sólo no quiso autorizar el entierro, ni siquiera quiso cantarle el laudate al pobre negrito, sino que amparado por su sotana, le arrebató un hermoso caballo y una yegua preñada que hizo quedar como garantía, diciendo que no realizaría ningún acto religioso en tanto el hacendado no abonara una cuenta de cincuenta pesos de plata que debía al cura anterior, don Agustín de Gorostiza. Naturalmente ésta era una deuda inventada. En este trance, el caporal Ascencio Herrera, rogó que el hacendado abonara la deuda ficticia que posteriormente se lo descontaría a él. Abonada la “cuenta” el cura y el inter realizaron el sepelio cuando el cadáver ya hedía insoportablemente.

Después del hacendado, las víctimas más perjudicadas fueron los habitantes de los pueblos de Chaupihuaranga: Yanahuanca, Chacayán, Goyllarisquizga, Páucar, San Pedro de Pillao, Santa Ana de Tusi, Tápuc y Vilcabamba. Hombres, mujeres y niños, comenzaron a ser tratados como animales por el abusivo que con una meticulosidad que no conocía límites, hizo coincidir el santoral católico con cada uno de los domingos para que se le rindiera homenaje de pleitesía y acatamiento a cada santo. De las fiestas patronales, ni se diga. El programa para cada uno fue redactado con ahínco, teniendo cuidado que cada prioste apuntado en la lista, tomara en cuenta la responsabilidad que estaba asumiendo. Quería obtener notables beneficios en cada una de las celebraciones.

Llegado cada domingo, los mayordomos debían juntar cuatro pesos y medio por misa cantada y dos por el sermón que sólo consistía en decir cuatro o cinco palabras, en medio de amenazas de castigos divinos para los que no cumplieran; concluida la rápida homilía, se sacaba al santo en procesión para lo cual, debían abonar tres pesos más por el recorrido bajo palio, las ceras y el incienso. Todo esto se debía pagar al instante. Tras la procesión y ya en el atrio de la iglesia, los mayordomos debían entregar al clérigo, dos o tres docenas de gallinas, cuyes, huevos, carneros y uno que otro lechón para ser llevados a la casa parroquial. Los niños que tampoco se libraban del desmedido apetito del cura, debían llevar un huevo cada uno, abundantes haces de leña para alimentar el fuego casero además de hierbas para alimentar las mulas y caballos de su propiedad. Todo concluía con una comilona pantagruélica donde, entre eructos y ventosidades, engullía todo lo que le ponían delante.

En el día de difuntos, por amenazante disposición, todos los deudos debían asistir al camposanto a recordar a sus muertos. Para ello, se agenciaba dos botellas de vino compradas en el Cerro de Pasco con las que hacía su negocio. Las ponía sobre la sepultura y cantaba un rápido responso, finalizado el cual, el deudo debía pagar el servicio y el precio del vino que era la mejor manera de homenajearlo. El vino, ya de su propiedad, le era vendido al siguiente deudo. Nadie podía alegar porque para hacer cumplir lo estipulado, estaba acompañado de sus dos negros sirvientes, mal encarados y completamente desalmados. En todo ese tiempo, el Inter, cura lujurioso, ha ido anotando nombre y dirección de las más apetecibles jóvenes de la comarca para hacerlas pasto de sus abusos sexuales. Su alegría se desbordaba en cada fiesta patronal; en ellas, siguiendo ancestrales costumbres del pueblo, adornaban a las pallas –hermosas jovencitas, castas y puras- para adorar al Inca. Naturalmente, el Inter se las arreglaba para estar presente en el acontecimiento. Más tarde este enjuto semental, las convertía en sus concubinas.

En otra oportunidad, -siguiendo con el relato de las fechorías del cura- cuando el mayordomo de la hacienda Chinche, Nicolás Quevedo había viajado con sus ayudantes, José Pizarro y Pablo de Rivera, a revisar un campo de papas de su propiedad en la ranchería de Villo, encontrándolas buenas y listas para ser cosechadas, se trasladaron a Yanahuanca a beber en la chingana de Felipe de Luna. Tras la copiosa celebración ya se retiraban cuando, a la altura de la esquina llamada El Molino, el cura los vio y comenzó a dar voces llamándolos. Con el fin de evitar un lío mayúsculo al que el fraile estaba acostumbrado, apuraron el paso fingiendo no oír el llamado. Esto amoscó al dómine que presa de ira incontenible, no sólo aumentó sus gritos sino que subiéndose al campanario tocó a rebato, dando grandes voces fingiendo que había sido atacado por los tres hombres que apuraban el paso. Ante tremendo escándalo, hombres y mujeres acudieron en auxilio del cura díscolo que gritaba hasta desgañitarse:
— ¡Tráiganme a esos tres canallas que me han faltado!…¡Tráiganmelos, vivos o muertos!…¡Ahora mismo!… ¡Vive Dios!…
Al momento, un zambo criado del cura, montado en una mula y el opilado inter en otra, conformaron una comitiva de persecución que, a medida que avanzaba, iba agigantándose en tanto se hacían comentarios oprobiosos en contra de los tres inocentes que huían para salvar el pellejo.

Cuando los beodos perseguidos ya estaban a punto de llegar a la ranchería de Villo, los irresponsables pobladores que los perseguían, con el fin de hacerlos detener, sin mediar un ápice de misericordia, gritaron a los campesinos de Villo, diciéndoles…
—¡¡¡Detengan a esos tres asesinos que han dado muerte al cura de Chacayán…!!!
De tal manera fue dada la orden que los campesinos les cubrieron la retirada en tanto que los que los perseguían, los atacaban por las espaldas. El embate fue hecho de tal manera que, en un santiamén, los que huían fueron alcanzados por los pedrones disparados con certeros hondazos que los desmontaron de sus cabalgaduras y los tiraron semimuertos y sangrantes. Fueron apresados y así, desangrándose y en umbrales de la inconsciencia, maniatados para ser llevados a Yanahuanca a presencia del cura Juan José de Hoyo y Somocurcio. Él vería lo que se hacía con ellos. Pero eso no quedó ahí, el zambo criado y el enteco inter del cura venenoso, con el auxilio de otros hombres, desnudaron completamente al mayordomo Nicolás Quevedo, se apropiaron de sus vestimentas, aperos y dinero que llevaba y tras maltratarlo salvajemente, lo arrojaron desde las alturas de Quisque a los abismos que terminan en el río caudaloso que por abajo corre. Llegados a Yanahuanca, presos, Pizarro y Rivera, fueron juzgados por el cura, amarrados al cepo y elevados hasta el cielo raso y así, torturados diariamente y sin alimentos, estuvieron detenidos dos meses. Sólo la intervención del escribano Félix Rocatallada, en nombre del Alcalde del pueblo, consiguió que fueran puestos en libertad aunque jamás les devolvieron sus pertenencias.

Los familiares del difunto elevaron sus quejas ante Manuel de Angulo, Teniente Gobernador del Partido de Pasco, pero éste, no obstante los airados reclamos de los campesinos, lo declaró inocente. Veinte marcos de plata piña compraron su asquerosa complicidad. El inaudito caso ocurrió no obstante que los deudos presentaron como prueba del delito, el cuerpo monstruosamente hinchado e irreconocible de la victima hallado entre los peñascales ribereños.

Avezado intrigante, el cura maldito, en su deseo de seguir perjudicando al hacendado Gil de la Torre, se coludió con diez indios de Villo, yanaconas de la hacienda, quienes se declararon en rebeldía y no quisieron trabajar en Chinche ni en Pomayarus. De nada le valió a Gil de la Torre presentar ante las autoridades coloniales el libro en el que se había asentado la entrega de estos hombres para su servicio personal. La disposición había emanado del teniente General Manuel Gómez Iparraguirre. Los indios fugaron de la hacienda, pero el ganado que el hacendado había puesto bajo su cuidado, fue a parar a manos del “libertador”, el cura de Chacayán. Para pagar el “generoso” gesto de éste, los indios alzados tuvieron que trabajar de sol a sol hasta entregarle una casona en Yanahuanca a donde fue a vivir definitivamente. Desde allí ejercía su autoridad malhadada. Para terminar de hundir al hacendado se conchabó con Tomás de Izuriaga y su hijo Agustín, naturales de Villo; Juan José Flores de la hacienda Huarautambo y los hermanos Basilio y Nicodemo Reyes de Yanahuanca. Los malandrines, alentados por el cura que se había convertido en socio mayor, formaron una poderosa gavilla con otros chinchinos sanguinarios. Comenzaron arrasando chacras, ganado y otras propiedades de Bernardino Gil de la Torre, llegando a atacar sus minas e ingenios diseminados en territorios de Bombón y Pasco. El imperio del tirano había llegado a límites insospechados. En el transcurso de un lustro –sangriento y fatídico- se había hecho dueño y señor de tierras, animales, minas e ingenios. En este lapso también nacieron muchos niños, fruto de las inacabables aventuras de su Inter.

Como es de suponer, la extrema pasividad del pueblo llegó a convertirse en resentimiento nunca antes visto. Un odio contenido iba incubándose en el alma de hombres y mujeres de Chaupihuaranga y pueblos mineros de Pasco. Sólo faltaba un detonante. Éste llegó un 29 de junio en Yanahuanca, cuando se celebraba a San Pedro, Patrón del pueblo. Aquel día, terminada la misa, se enteró que el Alcalde de Campo de los pueblos de Huarautambo, Andachaca, Chango y Antapirca, no había cubierto el aporte pecuniario que correspondía debido a la miseria que pasaban. Sin medir palabra alguna, el cura atacó con saña desmedida al Alcalde. Cogiéndole del cabello lo hizo arrodillar y delante de toda la feligresía la emprendió a puñadas en el rostro contraído del pobre anciano. Fue suficiente. Sin proferir una sola palabra de protesta, los campesinos esperaron a que el cura díscolo terminara de engullir una abundosa potajería pueblerina de cuyes, gallinas, terneros y lechones. Para remojar tremenda comilona, las mujeres habían preparado una chicha especial con abundantes plantas astringentes. Cuando hubo terminado de comer, se sintió muy mal. Una opresión insoportable en el vientre abotagado lo convirtió en un montón de cianótica carne grasosa y gimiente. Tenía la sensación de que había ingerido, en lugar de carnes y papas, abundantes piedras. Tal su malestar que devino en sudoraciones frías y abundantes que caían por su rostro cianótico y transfigurado en un muestrario de muecas grotescas y asquerosas.
— ¡Ha comenzado la lipidia!! ¡Sus tripas se están enredando! -dijo un viejo indio desdentado.

Su agonía fue cruentamente larga. En el espacio de tiempo en que moría, hombres y mujeres se dedicaban sólo a mirarle, sin atinar a hacer nada para auxiliarlo. Mismos cernícalos. El único que podía hacer algo era su Inter, pero éste, completamente borracho por obra y gracia de sus mujeres que le habían dado a beber abundante aguardiente de caña con chamico, también se encontraba al borde de la muerte. En ese estado, el maltratado cacique dio una orden: ¡Cápenlo!. Al momento un enorme cuchillo diestramente manejado seccionó los genitales del abusivo que se transformó en un eunuco gimiente. Inmediatamente cogieron al moribundo que hedía a mil demonios y lo llevaron en vilo hasta la esquina de El Molino desde donde, como quien arroja un fardo pesado, largaron el cuerpo del cura de Chacayán, cuando sus ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas. Lo mismo hicieron con su adlátere, el opilado ayudante.

Posteado por: pueblomartir | 5 Noviembre 2009

LAS TANTAWAWAS

TANTAWAWATodos los años, a la llegada de la fiesta de Todos los Santos, vendedoras especiales van reuniéndose en las arterias colindantes al mercado central del Cerro de Pasco; ofrecen en sus repletos canastones, la más hermosa variedad de muñecas de harina que conocemos con el nombre de tantawawas (tanta= pan; wuawa=niño), es decir los niños de pan. Conjuntamente con ellos, los urpay (palomitas), llamitas y caballitos de pan; juguetería artesanal que constituye todo un contento para los niños del pueblo minero.

Las tantawawas representan a los niños recién nacidos en nuestro pueblo porque, amarrados desde el hombro hasta los pies, tienen las piernecitas y los bracitos juntos de tal suerte que no se incomoden durante el tiempo de sueño y permanezcan abrigados y plácidos. Es explicable esta maniobra porque de lo que se trata es de inmovilizar al niño a fin de que, en ningún momento, pueda descubrirse con el movimiento de pies o manos y dormir plácidamente sin posibilidad de movimientos que lo descubran. Si un niño cerreño dormiría con los brazos sueltos por movimientos involuntarios, cogería un enfriamiento que terminaría en pulmonía. Tal el riesgo de enfriamiento por las bajísimas temperaturas que durante la noche se producen. Es necesaria esta atingencia porque, últimamente, los artesanos encargados de la confección de las mencionadas muñequitas- quiero creer que por candidez- le han añadido sendas trenzas colgando a lo largo de sus cuerpecito. ¿Un recién nacido puede ostentar tamaña pelambre para que sea trenzada?. Lo que es peor, otros “renovadores” les han sacado las manitas del envoltorio de pañalitos. ¿Harían lo mismo con un niño de carne y hueso?. La carita de la muñeca siempre está ostentando sus colores naturales de ruborosidad, pintados con colores especiales que los artesanos conocen. Envolviendo la cabecita de la tantawawa, se puede admirar los festones y adorno de su gorrita tejida por la madre. Muchos artesanos, con el fin de darle más atractivo, además de la gorra tallada en el pan, le tejen otra de estambre y se lo ponen. El caso es que los mejores imagineros de tantawawas son los huariaqueños, mismo que poseen una técnica especial de confección.

Para los niños, y con el mismo motivo, se confeccionan otros juguetes. El Urpay que no es sino una palomita, muchas de las cuales llevan en sus lomos otras más pequeñitas; sus tiernos palominos. La llamita con su carga repleta y sujeta con sogas, el caballito que también está llevando una carga repleta.

Como además de “Todos los Santos”, estos juguetitos se usan como trucay en la fiesta de las cruces, creemos que es un símbolo propiciatorio de ventura y felicidad venideros.

Su confección se basa en el uso de harina de trigo, agua y otros menjunjes que los artesanos guardan en secreto. Estos juguetitos gozan de gran estima en la cándida chiquillería cerreña.

Posteado por: pueblomartir | 5 Noviembre 2009

“El día de los Difuntos”

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Parte del Cementerio General del Cerro de Pasco


Hay muy pocos lugares en el mundo donde la muerte ha marcado tan profundamente a un pueblo como al Cerro de Pasco. No es para menos. Se puede decir que el cerreño convive con la muerte; especialmente el minero. No otra cosa sufre diariamente en las profundidades de los socavones, en las chimeneas, en la jaula, en las galerías; riesgos que no siempre son superados. Es muy raro el día en que la sirena de la mina no alargue su tétrico gemido anunciando la muerte de uno o varios obreros. La muerte es una negra constante en las galerías, en los talleres, en los campos. El cerreño no le teme a la muerte. La respeta. Convive con ella. Eso lo saben bien los mineros y las mujeres y los niños; todos los saben. Por eso cuando la fatídica guadaña cercena una vida, todas las gentes sienten la desgracia como suya y comparten solidariamente el dolor luctuoso. Si no en la mina, la parca se presenta también en el ambiente exterior que tampoco está exento de riesgos. Aquí, una repentina pulmonía, casi siempre cobra una vida humana; esto lo determinan el frío glacial y la empobrecida oxigenación de las astrales alturas. Por eso, todos a una, las gentes están cerrando filas en torno a lo inevitable. Hay un reverente recogimiento ante la muerte. El deprimente negro del luto uniforma la indumentaria de familias enteras con alarmante regularidad. No he visto otro lugar donde la gente, de motu proprio, se aglutine compartiendo el duelo en emocionante silencio.

El doloroso acontecimiento de la muerte, por su continuidad y trascendencia ha establecido en la tradición una serie de pasos que a continuación puntualizamos.

Si la parca no ha actuado antes con su premeditación, ventaja, alevosía y crueldad, llevándose un alma al cielo en un accidente minero que conlleva una particular manera de recibir su zarpazo; en el caso de la agonía de una persona, la actuación de los dolientes es distinta. A los agónicos en trance de muerte por enfermedad, se los acompaña alternando los rezos en voz baja con el silencio de la espera. Se suplica al Supremo lo lleve a su Seno ya que una prolongada agonía se interpreta como un castigo que tiene que cumplir; en ese caso, para ayudarle a bien morir, se reza: “Sal, alma cristiana de este mundo, en nombre de Dios Padre Omnipotente que te crió; en nombre de Jesucristo Hijo de Dios vivo que por ti padeció; en nombre del Espíritu Santo, cuya desgracia se derramó sobre ti; en nombre de la gloriosa Santa Virgen, Madre de Dios, María; en nombre de San José, ínclito esposo de la misma Virgen; en nombre de los ángeles y arcángeles; en nombre de los tronos y dominaciones; en nombre de los principados y potestades; en nombre de los querubines y serafines; en nombre de los patriarcas y profetas; en nombre de los santos apóstoles y evangelistas; en nombre de los santos mártires y confesores; en nombre de los santos monjes ermitaños; en nombre de las santas vírgenes y de todos los santos y santas de Dios”.

Como es natural, se ha llamado al cura que tomando el santo óleo del crisma, ha purificado los sentidos y los miembros del agónico por haber visto, oído, olido, gustado, tocado y andado tan lejos de Cristo durante tanto tiempo. Finalmente le hace comulgar la hostia con lo que culmina la acción del rito cristiano rezando las jaculatorias en nombre del agónico diciendo: “Santa María, ruega por mí; San José, ruega por mí. San José con la Virgen Santísima, ábreme los senos de la divina misericordia. Jesús, José y María, duerma y descanse en paz con Vos el alma mía”.

Si se sospecha que el momento final ha llegado, se acerca el oído al corazón del doliente o se le coloca un espejo a la boca; si éste se nubla, todavía vive; caso contrario, ha finado. Es en este instante en que el llanto, espontáneo, adolorido y gimiente se hace general; todos lloran. Aquí jamás ha habido necesidad de contratar a las plañideras profesionales para que “lloren por el muerto”.

Inmediatamente de producido el deceso, hay que cerrar los ojos y la boca del muerto. El que los tenga abiertos –aseguran las viejas- es clara advertencia que muy pronto habrá de llevarse a uno de sus seres queridos. A continuación se baña el cuerpo para amortajarlo (Un especialista se encargará de confeccionarle la mortaja); hecho esto se lo conduce a la sala principal de la casa colocándolo sobre una mesa cubierta de rodapiés blancos de blondas y encajes, frente a la puerta; con una sábana grande, se le cubre en tanto se termina de coser el sudario; en las esquinas se colocan los candelabros con cirios encendidos. A la cabecera, el Cristo en la cruz. Sobre la puerta se clavará una cruz con cintas negras; así, familiares y amigos conocerán el óbito. Es decir que, en todos sus pasajes, se cumple con la tradición cristiana que dice: “La piedad respetuosa que los primeros cristianos sintieron hacia los muertos se manifestaba ya en el momento de expirar; se les lavaba el cuerpo, se les perfumaba a menudo, se les cerraba los ojos y la boca, como para quitar a la muerte lo que tiene de horrorosa y para darle apariencia del sueño tranquilo. El cuerpo se envolvía en su sudario y se le depositaba en un sepulcro”

Por su parte, el “mortajero” debe confeccionar el sudario en un paño muy austero, sin ningún adorno superfluo o pagano ni con guarniciones metálicas. Si el extinto fuera varón se le vestirá el hábito seráfico de San Francisco de Asís de tosco sayal marrón con capucha, sujeto con un cordón que deberá ser tejido cumpliendo un rito muy especial. La capucha esconderá los rasgos descarnados del difunto cuando deambule por la tierra y el cordón, como un misterioso sortilegio, enmudecerá a los perros. Todos sabemos que, a la vista de los espíritus, los canes aúllan lastimeramente. Otra de las prendas obligatorias, es el calzado que ha de ser muy ligero, generalmente zapatillas, para que no se escuchen sus pisadas cuando venga a ver a sus deudos. A voluntad de los deudos también se les amortaja con el hábito del Señor de los Milagros. El segundo día se procede al amortajamiento. Como es lógico, transcurridas varias horas, la rigidez cadavérica todavía continúa y la frialdad del cuerpo es manifiesta, aunque a veces, cierto calor en la zona de las axilas hace pensar a los dolientes que el finado está esperando a un familiar o amigo querido para despedirse. En tanto se le amortaja, se le habla cariñosamente –como si estuviera vivo- generalmente en quechua para que no esté tan rígido, porque lo que se quiere es dejarlo presentable para su partida definitiva. Parecido procedimiento se sigue cuando se amortaja a una mujer, en cuyo caso el sudario es de la Virgen del Carmen con su correspondiente escapulario y su rosario de madera, y, si fuera infante, del Niño Jesús de Praga. En el Cerro de Pasco, por lo general se vela al difunto durante dos días y dos noches; a veces hasta tres, – las bajas temperaturas reinantes así lo permiten- cuando los familiares ausentes no llegan. “No se debe acelerar un entierro porque el alma sufrirá mucho ante la ausencia de un ser querido”.

Para el velatorio, los parientes y amigos van llegando desde la siete de la noche ofrendando botellas de licor, cigarrillos, panes, coca, café, etc. Los hombres se sitúan en una habitación, generalmente la sala y las mujeres, en alguno de los recintos interiores, próximos al principal. Durante toda la noche la conversación girará en derredor de las virtudes que en vida tuvo el difunto, porque su alma “no se ha marchado definitivamente, está entre los presentes y puede darse cuenta de cuanto hacen y dicen los suyos; por eso todos hacen elogios de las virtudes del difunto, convencidos de que les oye y necesita escuchar tales halagos para estar alegre y satisfecho”. También se pueden referir a su anecdotario, a sus andanzas, a algunos pecadillos veniales, eso sí, sotto voce; más tarde ya se “rajará” de las autoridades y de algunos hechos de actualidad; sólo al amanecer, cuando languidecen los ánimos se permiten adivinanzas y relatos probos, respetuosos, porque los otros, los colorados, están destinados al velatorio de los cinco días o “Pichgachy”.

Durante toda la noche, los encargados de la familia, llamados “servicios”, repartirán hojas de coca, cal (en pequeños calabacines llamados ‘poros’), cigarrillos y el infaltable “quemao” -manojo de hierbas cálidas como borrajas, escorsonera, eucalipto, wira-wira y huamanripa, en hirviente cañazo, “amansao” con limón, azúcar quemada para endulzarlo y darle color-. A cada hora, un “cantor” contratado ex profeso, entonará sentidos responsos en quechua y latín. Al llegar la medianoche y seis de la mañana, se servirán reconfortantes caldos de gallina o de cordero o, en todo caso, el famoso “Yacuchupe”, verde caldo de papas con copioso ají para mantener en jaque al sueño. A las once, una y cinco de la mañana, negro café cargado, acompañado de bollos y petipanes sabrosos.

A las tres de la tarde del segundo día se procede a colocar al finado dentro del ataúd, pero antes de clavarlo, se despedirán los familiares y amigos. Es el momento más dramático de todo el rito. A las cuatro de la tarde – a esa hora salen los trabajadores de las minas, talleres y oficinas- partirá el cortejo fúnebre. Hombres y mujeres se han premunido de ropas abrigadoras y sus correspondientes capotes, abrigos y paraguas por si se presenta una tromba o chubasco o una nieve implacable. En nuestra ciudad, los amigos jamás han permitido que el cadáver sea transportado por vehículo alguno. Aquí fracasó ese deseo de parecerse a la capital o a ciudades de la costa. La primera vez que un campanudo español regaló a la Beneficencia con una carroza halada por cuatro mulas negras debidamente enjaezadas con adornos dorados y, el conductor o cochero con librea negra, nadie la utilizó. Mucho más tarde trajeron un lujoso automóvil negro a usanza de Lima y sólo uno que otro cogotudo lo utilizó. El pueblo jamás. Volviendo a la costumbre popular, por riguroso turno, de cuatro en cuatro, llevarán en hombros al amigo hasta su última morada, pasando primeramente por la puerta de la iglesia donde el cura rezará y bendecirá el cadáver. Aquí es necesario rescatar una costumbre que felizmente ha vuelto a tener vigencia en nuestra tierra. La misa de cuerpo presente en el templo. Al respecto dicen las disposiciones de la iglesia católica: “El Oficio de Difuntos y la Misa forman parte integrante de las exequias, tanto que, aun tratándose de pobres de solemnidad, el obligatorio decirles al menos un Nocturno o lo que se llama la Vigilia. El Oficio de difuntos se recitó ya en la más remota antigüedad cristiana”.

De la casa al campo santo hay varios “descansos” donde se efectúan los “caipincruz” que hay que observar con disciplina y rigor. En ellos, además del relevo de los cargadores, los “cantores” salmodian sus responsos y los “servicios” invitan los cigarrillos y el “quemao” para atenuar el frío. Así se cumple con lo que dice la Iglesia: “La conducción del difunto se hace en medio de cánticos de salmos y preces eclesiásticas y de signos exteriores, llenos todos de místico significado. El tañido de las campanas anuncia a los fieles que de su seno ha desaparecido un hermano; el agua bendita es el símbolo de la purificación del alma, el incienso simboliza la oración que se eleva a lo alto como el humo de los perfumes en la atmósfera; finalmente, el crucifijo es la señal de la Redención; prenda segura de que el alma del difunto hallará descanso en el seno de Dios”,

La campana de mi pueblo
sí que me quiere de veras,
se alegró cuando nací
y llorará cuando muera

Al llegar al cementerio, se rezan los responsos y los amigos dicen su último adiós a nombre de alguna institución. Al final, cuando la oscuridad se está adueñando del ambiente, en medio de muestras de dolor sincero y lacerante, se sepulta el cadáver. Éste es el momento más triste para familiares y amigos. Es la despedida definitiva del viaje sin retorno.

El regreso a la casa mortuoria tiene que hacerse por otro camino diferente. “Así el alma no puede seguir a sus familiares y amigos y se quedará definitivamente en su tumba”. Este retorno se hace también con tres o cuatro “caipincruz”. Llegados a la casa se sirve un café muy caliente con panes frescos. A partir de entonces, uno tras otro, parientes y amigos, despidiéndose muy compungidos de los dolientes, abandonan la casa mortuoria. Se ha cumplido con todas las disposiciones eclesiales a propósito del Cristianismo: “…que la religión que inicia al hombre en la vida, no le abandona en su tránsito de ella, sino que le acompaña en su última estancia y le custodia al pie de la tumba”.

En lo que al fallecimiento de un niño se refiere, la cosa es diferente. Debe tenerse especial cuidado de bautizar al niño en cuanto se sospeche el peligro, caso de enfermedad grave, por ejemplo. Si no se llega a bautizar sufrirá la condena del fuego eterno. Ningún sacerdote podrá negar el bautizo. Si está aparentemente muerto, el bautizo realizara el cura bajo condición con la fórmula, “Si vives. Yo te bautizo”, etc. Se tiene la idea que el niño al morir –especialmente si es párvulo con el bautizo correspondiente- irá directamente al cielo sin ningún trámite intermedio. Cuando mueren a los dos o tres o cuatro años de edad, se le viste el hábito del Niño Jesús de Praga; en todo caso, el acontecimiento se recibe con una gran alegría. La incorporación de un ángel al cielo merece una celebración especial, por eso es que después del entierro realizado con acompañamiento de arpa y violín durante el trayecto al cementerio, se arma una jarana de rompe y raja porque- a decir de sus creyentes- el angelito que ya está en el cielo, habrá de rogar siempre por sus padres y hermanos. Esta es una costumbre del pueblo mas no de los “decentes” que en todo imitan a Lima. Hay varios testimonios al respecto, como el del novelista alemán Friedrich Gestaecker, que nos visitara a fin es del siglo XIX.

EL PICHQACHY, o “Quinto día de la muerte”, es una tradición que desde siempre la practican los cerreños. Se cree que el espíritu del muerto no se ha ido todavía de la tierra; que tiene cinco días y cinco noches para poder deambular por los terrenales caminos que le fueron gratos recorrer en vida, así como entrar y aposentarse brevemente en la casa de sus amigos y parientes; visitar los rincones íntimos que frecuentó en vida y despedirse. Las viejas sibilinas y misteriosas, aseguran haber visto al alma visitando a su familia; para hacer más creíble la afirmación, se santiguan. Sólo a las doce de la noche del quinto día –hora crucial- podrá marcharse el alma definitivamente.

Después de esta incorporación al mundo soñado, sólo con permiso divino podrá abandonar el cielo para visitar a sus seres queridos. Como esto ha de ser así, con el fin de que no quede huella de sus humores, de sus sudores, de sus lágrimas, un grupo de lavanderas llevarán sus ropas a lavar para luego tenderlas al sol. Los lugares más frecuentados para este menester a los que se les llama entonces “Pichqana pampa”, son, Yanamate, Patarcocha, Echarte, Chaquicocha, San Juan, Garga, Jaital. En tanto la ropa oreé después de lavada, las lavanderas y acompañantes irán chacchapando y bebiendo el “quemao”. Algunas veces, en el agua en el que se han lavado las ropas, se lava la cara y las manos de los “dolientes” y, cuando la oportunidad lo amerita, con una correa se castiga a aquellos que “en vida mortificaron y no respetaron al difunto”. Cuando la ropa esté seca la “quipicharán” a las espaldas y retornarán a la casa mortuoria. Al llegar harán un bulto simulando el cuerpo del extinto y con un crucifijo a la altura del corazón, lo tenderán sobre la mesa, como lo hicieron el día del velorio del cuerpo. Para los familiares que no hayan podido ir al lavatorio, transportarán en botellas agua de la laguna y con ella lavarán cara y manos de los remisos, como lo hicieron con los otros en el campo. Hecho esto se servirá el hirviente café para atenuar el frío que las lavanderas han podido experimentar; entretanto, en el interior del patio, se está preparando en sendos peroles, la opípara comilona para la noche.

Coincidente con el Angelus, se procede entonces a servir la comida del “pichqachiy” a los visitantes que están rodeando a los “dolientes”. Primeramente, enormes platos de espesa sopa de trigo aderezada con ají colorado y achiote, tiras de cascarón de chancho y trozos de carne seca: el PATACHE; luego el espeso y apetitoso “locro” cerreño de chuño negro, papas y grandes trozos de carne de cordero en aderezo de rojo achiote. Estos vivificantes platos cerreños, servidos abundantemente, se acompañan con mote y habas verdes sancochadas: el GARAMUTI.

Una vez que los circunstantes hayan comido opíparamente, se sirven copones de anisado o aguardiente de caña para “asentar” la comida; el resto de la noche transcurrirá en un ameno torneo de cuentos, adivinanzas, acertijos, chascarrillos y los infaltables chistes que, a medida que transcurren las horas van subiendo de color haciendo reír a mandíbula batiente a los presentes porque, en esta oportunidad, están permitidas las bromas. Más tarde se procederá a efectuar emotivos juegos como: “El Barquito”, “El Gran Bonetón” y otros, naturalmente alternándolos con el chacchapeo y la bebida de “quemao” y la fumada de cigarrillos. A cada hora, invariablemente puntual, el cantor hará escuchar sus responsos. Lo que hay que observar con verdadero respeto es la hora de la retirada. Jamás debe hacerse a las doce de la noche porque a esa hora ya el difunto se va definitivamente de la tierra y hay el riesgo de encontrarse con él.

Ha amanecido el día. Después de haber cumplido con acompañar a los dolientes, los amigos y familiares se retiran a sus casas porque están en el convencimiento de que el alma del difunto ya está aposentada a la diestra de Dios Padre, gozando plenamente de la grandeza divina.

Por otra parte, a la llegada del primero de noviembre de cada año, “Día de todos los Santos”, se observa un unánime recogimiento. Ese y el siguiente, Día de los Difuntos, con azadas, pico y palas se procede a cortar las hierbas que han crecido pródigas en la tumba; se rehace el túmulo, se pinta la cruz y se limpia la lápida. En esta ocasión, en una verdadera romería familiar, se llevarán flores frescas o coronas de biscuit con llamativas tarjetas para cada uno de los seres queridos muertos. Todos los familiares rodeando la tumba colocarán las ofrendas florales y, contritos, encargarán a un “cantor” para que entone, en quechua o en latín, el consabido responso; para el caso, los cantores son numerosos. Los que más éxito alcanzan son aquellos que por la seriedad de su talante y la tesitura de su voz, convierten al responso, en una serie de notas quejumbrosas y dolidas que mueven a la remembranza cariñosa. Más de una lágrima rueda por la tostada mejilla de los “dolientes”.

Después de haber estado junto a las tumbas, rezando, conversando y recordando sus pasadas vivencias, las familias pasan a las carpas y toldos que circundan el cementerio y calles aledañas en donde degustarán la “Pachamanca” con su apetitosa variedad de papas, camotes, habas, humitas, carnes y choclos. “El mondongo”, rojo de achiote, mondongo, tripas, carne de carnero y de chancho, salpimentado de fresco perejil verde y papas amarillas con abundante ají. El picante de cuy, a punto de fuego con sus enormes papas y notables presas colmando el plato. El charquicán, picante de carne seca deshilachada muy bien condimentada y adornada con abundantes papas. Las “arvejitas” en su punto de cocción y de ají; todo esto acompañado de chicha de jora, maíz o cerveza para atenuar el picor de fuego. Como pequeños bocadillos también saborearán los panecillos de maíz, rosquillas bañadas de azúcar fina coloreada, bizcochuelos de finísimo cuerpo, suaves al paladar, cancha maní, numia… Nunca están ausentes las frutas como naranjas, plátanos, granadillas, tunas etc.

Otra de las costumbres conservadas por madres y abuelas cariñosas a la llegada de Todos los Santos en recuerdo y homenaje a los seres ausentes, es la OFRENDA. Consiste en preparar –en vísperas del primero- una mesa en la que se irán colocando amorosamente platos conteniendo potajes que en vida fueron del gusto del finado. Decorada la mesa con algunas flores, se colocarán locros, guisos, frituras, rellenos o ajíacos que eran de preferencia del difunto, tal como si personalmente fuese a comer. Por ningún motivo se soslaya de colocar “cuartitos” de aguardiente de caña, anisado, coñac o el licor que más hubiera preferido en vida; una cajetilla de cigarrillos. Todo esto se hace en el convencimiento de que el difunto, al llegar la medianoche, se alegrará de saber que sus familiares no le han olvidado y todavía queda en sus corazones la memoria de lo que más le agradaba.

Por otro lado, vestidos de riguroso duelo, los deudos, especialmente la cónyuge, guardará todo un año de obligatorio recogimiento durante el cual, no podrá asistir a fiestas ni convites; guardará un comportamiento adecuado de homenaje al difunto. Cumplido el año, terminada la fiesta conmemorativa y la comilona correspondiente, todos los deudos se reúnen en la sala de la casa y en ese momento, la viuda “botará el duelo” para lo cual se cambiará la ropa negra por la de colores y, cumplido el año de recogimiento podrá volver a vivir libremente como cuando era soltera.

EL RESPONSO.

Considerado como la parte más antigua de la Liturgia de la iglesia, las notas del responso recorren a menudo todo el registro de la voz humana con trémolos profundos y conmovedores. Es interpretado por los “cantores” que en los cementerios lucen sus habilidades conmoviendo a los dolientes con sus desgarradores lamentos. Así para el “Día de los difuntos”, sus voces en una infinita variedad de registros, inundan el campo santo que para la fecha luce su arreglo de flores y adornos. Seguros estamos que estos cantos necrológicos tienen el linaje de las “saetas” sevillanas, canciones sencillas, apasionadas, de un elevado sentimiento místico que nuestro dulce quechua, le dio mayor profundidad y dramatismo. La “saeta”, cual el arma arrojadiza de la que toma el nombre, es ligera y aguda, sube al espacio y penetra en el corazón de los que poseen la viva pasión cristiana en mente, haciéndoles recordar el sangriento episodio de la Pasión y muerte, de una manera desgarradora y casi palpable. Son conocidos los responsos: “Cocha Coillur”, “Sábana Santa” o “Riccharillay”.

Posteado por: pueblomartir | 11 Octubre 2009

EL JINETE CERREÑO, CREADOR DE LA MULIZA

CHALAN CERREÑO WEB
Ubicado en la parte más alta del planeta, alejado del puerto de transporte de minerales y centros de producción de bienes de consumo, el Cerro de Pasco recibió a partir del siglo XVII, el valioso aporte de un personaje muy importante en la actividad minera de entonces: el mulero. Éste no solamente debía traer miríadas de mulas del norte argentino en largas jornadas, sino también transportar enormes masas de mineral desde los socavones hasta los ingenios ubicados a considerables distancias; de vuelta, madera, carbón y sal, elementos muy útiles para la metalurgia de entonces; en casos muy especiales, lingotes de plata de nuestras callanas hasta la Casa de Moneda de Lima con todos los riesgos y peligros que la empresa imponía. La cosa no queda ahí; debido a que en la ciudad minera no se cultiva ningún producto alimenticio, debía traerlo de considerables distancias.

Inicialmente se utilizaron las llamas para el transporte metálico, más tarde, los mineros se vieron en la necesidad de cambiarlas por las mulas. La sustitución se llevó a cabo entre los años 1600 a 1610. En el comienzo, cuando resultó extremadamente abundante la producción minera, la llama y el caballo resultaron débiles e insuficientes para el transporte de la metálica saca. La llama, por ejemplo, podía cargar hasta cien libras de peso cubriendo una distancia de diez leguas diarias y le era dramáticamente difícil vencer los ríspidos y agrestes caminos de la zona andina; por esta razón se recurrió a la solución ideal: la mula.

Este híbrido resulta del cruce de un asno macho con yegua. Su parecido físico con sus progenitores es obvio; el éxito de la mezcla radica en la resistencia que proporciona el padre (asno) y la velocidad, temperamento y elegancia de la madre (yegua). Su coeficiente digestivo le permite aprovechar alimentos que los caballos asimilan con mucha dificultad, por esto su mantenimiento resulta más barato que el del caballo. No solamente resultaba idóneo para el transporte metálico como había ocurrido en Potosí, sino también para el pisoteado de la plata en los ingenios. Su compra entonces se torna increíble: Dos mil mulas diarias en el mercado, afirma admirado el visitante alemán Tadeo Hanke y, otro visitante, Tord Lazo, remarca: En el Cerro de Pasco activísimo centro comercial, el negocio mayor se realiza con Quito por sus textiles y Córdoba, Salta y Tucumán, como proveedores de mulas para el trabajo minero.

El notable visitante germano escribía admirado: “No obstante las asperezas de un clima agresivo y siempre cambiante, el Cerro de Pasco, es una de las más recomendables y admirables poblaciones del reino del Perú, tanto por su crecido vecindario, que cada día va en aumento, como por el mucho dinero que circula y hace todo el fondo de su comercio. Esta abundancia proverbial sirve también para dar vida a los pueblos vecinos que traen alimentos y otras cosas como Huánuco, Jauja, Tarma, Huancayo, Conchucos, Chachapoyas y pueblos de la selva. En dicha ciudad se presenta el espectáculo más agradable a la contemplación de los curiosos, pues se ve llegar a numerosos vecinos de Jauja, para expender una gran variedad de harinas; a los de Conchucos, con el mismo afán y con el de vender la abundante y hermosa ropa que labran en su país, no obstante que también los de Huamalíes conducen los suyos en variedad notable; a los de Ica, ofreciendo su muy solicitada gama de aguardientes, centenares de botijas de pisco, vino y vinagre; pero también, alfeñiques, chancacas y mieles; de Cusco y Huamanga bayetones dobles de color, fino y entero, de algodón abatanado, pañetes, pellones, alfombras de lana, chuses para adornos de iglesias y casas, tocuyos, suelas, badanas, petaquillas prensadas y figuras de madera y piedra; de Tarma, cordellates, jergas, y perniles de puerco; a los de Arequipa con ajos, cebollas, ajíes, ropa y suelas, además de jabones y aceite; a los de Huaylas cuya importancia principal se compone de azúcar; a los de Huánuco que conducen coca, chancaca, mieles, cascarilla, resinas, granos y frutas; a los de Cajatambo y Chancay que transportan el ingrediente tan necesario de la sal. A esto hay que añadir el comercio de dos mil mulas diariamente, las que se emplean para la conducción de los metales cuyo dinero se paga al contado, reportando a sus dueños de esta suerte, ganancias ventajosas, siendo el alma de todo esto, la propiedad de la mina.”

Para esas fechas, todavía circulaban recuas de cuatro a seis mil llamas, movilizadas en los trajines comerciales de la coca, el alcohol y los alimentos mencionados. Era un espectáculo especial cuando las llamas entraban en la ciudad en medio del ruido de sus cencerros y el silbido de los pastores. En cualquier caso, las características técnicas de esos dos animales de carga eran completamente diferentes, al igual que lo eran sus áreas de crianza, formas de propiedad y tipos de comercio en que se utilizaban.

Haciendo un promedio general, la tropa de mulas con vacas, carneros y carretas podían trotar 84 kilómetros en un día en aproximadamente doce o catorce horas de marcha. Los baquianos recomendaban un descanso de dos días entre cada jornada. Para evitar la demora, lo ideal era 8 horas de viaje diario para no agotar a los animales. Éstos eran alimentados con pasto verde fresco de las laderas circundantes y fardos de forraje seco, avena y maíz. Las mulas son muy fuertes y pueden cargar arriba de 100 kilos sin inconvenientes. Para salvaguardar la vida del animal en el ambiente montañoso y asegurar las cargas, le colocaban 60 kilos que, sumados a los aproximadamente 20 kilos de la “alabarda” (atalaje especial para sujetar la carga sobre el lomo del animal) hacían un total de 80 kilos.

El transporte de mercancías se efectuaba en recuas que llevaban un recipiente a cada lado. Ocho o diez cargueros conformaban una recua; cuando había más de seis se la dividía en retazos y para lograr que prosiguieran sin dispersarse, eran alentadas y guiadas por el cencerro de una madrina. Las carretas que también conformaban la tropa, estaban haladas por cinco mulas, una en las varas, dos laderas y dos cuadreras. El conductor o carretero debía apretarse fuertemente la cintura con una faja de lana para resistir la fatiga de diez o más horas de jornada y proteger los riñones a los cuales afecta el paso peculiar de la mula; sobre la faja usar cinturón común para la vaina del cuchillo que llevaba a la cintura.

Las caravanas no siempre llegaban indemnes a destino; muchas veces fueron asaltadas por ladrones de caminos que las esperaban en determinados lugares; por eso se trataba de que fueran compactas y nutridas.

Amarillentos documentos de aquellas épocas evidencian el increíble stock de mulas y caballos en el Cerro de Pasco. Las primeras, entre dos mil a tres mil, diariamente, utilizadas como medio de transporte de minerales de los seiscientos socavones para su depuración y beneficio en las respectivas haciendas. Los segundos, además de conducir a sus jinetes mineros, un millar, trabajando en los ingenios que molían y refinaban metales en las riberas de Pasco, Quiulacocha, quebradas de Pucayacu, Tullurauca y Ulcupalpa.

Pero la mula no se da así no más simplemente como el caballo o el burro; se necesita de una cría especializada que solamente se daba en el norte argentino, zona singularmente signada para la cría y venta de mulas. Ante el auge fabuloso de la venta de mulas, Córdoba, que por aquellos días pertenecía a la provincia de Tucumán, ocupaba la zona serrana que por la disposición de sus valles se transformaban en excelentes y resguardados potreros, como hechos ex profeso, con tan sólo un cerco en las entradas. Entre propiedad y propiedad, los límites quedaban asegurados a un bajo costo puesto que la naturaleza con sus vallados naturales, hacía importantísima la separación porque se utilizaban pircas de piedras o arbustos muy abundantes en la zona. Aquí estaban asentados los grandes criaderos de mulas y sus extensos potreros invernales, de tal manera que las tierras aptas de la sierra eran ocupadas en su totalidad. Cuando el espacio se redujo por la abundancia de animales, los potreros se fueron extendiendo en toda la zona pampeana argentina, especialmente en dirección a Santa Fe. Para entonces Córdoba ya estaba saturada por más de 800 estancias. En esa época, por el sentimiento de cooperación, los animales podían pastar en todas las extensiones sin limitarse a terrenos privados. Todo era comunitario. Al principio al menos, después se originarían los conflictos de propiedades. La cría de mulas había invadido todos los terrenos y no había lugar para la agricultura

El problema que representa su cría consiste en que, a diferencia del vacuno cimarrón que se produce libremente en los campos, exige ciertas técnicas para su reproducción y una especial dedicación en varias etapas, desde noviembre en que comenzaba la parición, hasta el 24 de junio, día de San Juan, en que comenzaba la hierra y la venta consiguiente. En todo ese tiempo había que seleccionar y separar los conjuntos reproductores, cuidar de la alimentación de las pequeñas crías, capar a los machos, marcarlos con hierro, amansarlos y, la prueba más brava, arrearlas, por millares, hasta la zona de venta de los ventisqueros de Pasco. La mula con toda esta delicada tarea de carga, sólo podía estar a cargo de personajes especializados: los muleros cerreños y los empresarios fleteros de Córdoba, Tucumán, Santiago del Estero, Salta, Jujuy. Desde allí había que traer las mulas que la industria minera cerreña requería. Así, los gauchos y cholos cerreños -llamados muleros por esta profesión- conducían miles de mulas a través de las inmensas pampas argentinas y, trepando los nivosos Andes llegaban a nuestros predios.

El mulero, por esta razón, fue un personaje especial en el Cerro de Pasco durante todo el siglo XVIII. Alcanzó tal nombradía que, impresionado por su prestancia, audacia, extrema sensibilidad y notable habilidad ecuestre, el pintor francés Leoncé Angrand, al visitar nuestra ciudad, lo plasmó en numerosos lienzos y apuntes a pluma. Fue hombre duro, acostumbrado a las tareas de campo y a lidiar con mulas ariscas. De estoicismo proverbial, gozaba de un profundo sentido de libertad. Jamás, bajo ninguna condición por apremiante que fuera, la perdió para bajar a los socavones; su vida fue libre como los aires. Generalmente joven, hijo de dueños de minas en el mejor de los casos o de comerciantes que proveían de bienes a los mineros –se les llamaba “aviadores” por el negocio de los avíos mineros-; guitarrista, decidor, enamorado y “pata de perro”, su “profesión estaba como pensado para él puesto que servía para saciar su sed de aventuras”. Trashumante impenitente, amante de aventuras, mercaba mulas y caballos para la carga y el transporte; su negocio redondo consistía en la venta de mulas para el trabajo minero; de ahí su nombre. Muchos de ellos, con el bozo insinuándose en su rostro imberbe, abandonaban la casa paterna rebeldes ante el peligro del enganche para el trabajo socavonero.

El amor, brújula alucinante de la juventud, los atraía con fuerza extraordinaria, Tenían, como los marinos, “en cada puerto un amor”. Guitarra en mano, serenateros y cantores, enamoraban a las parlanchinas tucumanas, entrerrianas, santiaguinas y cordobesas; especialmente a las de Jujuy, que como las pinta Carrió de la Vandera, eran las más pulidas y graciosas; parecidas a las sevillanas, con una correcta pronunciación del castellano, elegantes aunque no tanto como las limeñas; alegres y querendonas. Las de San Felipe de Real, -más conocido por Salta-, bellas, de rostro atezado, con largas cabelleras que les cubrían las caderas, trenzadas con hermosas cintas de colores. ¡Cuántos amores no habrán dejado por aquellos andurriales de Dios!.

Esta obcecada inclinación a conservar su libertad los mantenía solteros hasta que, pasados los años, decidían “sentar cabeza” e instaurar un hogar. Éstos eran los menos; los más llegaban a viejos para vivir de sus recuerdos, narrando sus aventuras y entonando mulizas ante arrobados auditorios de chinganas amicales.

Lo más notable de este bizarro jinete, -hablando de su indumentaria- era su chambergo de amplias alas que le permitía, sin ningún menoscabo, resistir la fuerza de granizos y trombas de agua; la nieve implacable, el viento silbante y envolvente o las agudas esquirlas de las heladas nocturnas y amanecientes. Tal su resistencia. Era también cobertura providencial para atenuar los quemantes rayos solares de las inmensas estepas; calado sobre la cabeza, cubría la pelambre alborotada y rebelde que estaba previamente contenida por vincha o pañuelo de color; terminando en un barboquejo resistente anudado en el barbado mentón o, al cuello, si se lo ponía a las espaldas. Era peculiar este sombrero viajero, oscurecido por vientos, lluvias, heladas y distancias. El pañuelo, generalmente en derredor del cuello, le servía para cubrir sus narices ante la arremetida de polvorientas ráfagas que en determinados tramos de la vía lo sorprendían.

Los pantalones de abrigadora lana o “diablo fuerte”, con rodilleras y entreperneras de cuero, iban sobre el calzoncillo de bayeta, sujetos con gruesa correas de cuero de enormes hebillas que no sólo servía para sujetarlos, sino también para contener el enorme puñal que era arma y utensilio imprescindible en su vida. Este instrumento de hoja brillante y sólida, diseñada más para herir que para cortar, era traído desde Toledo hasta el consulado español de la ciudad. Su calidad, finura y resistencia, eran extraordinarios; contaba con guarnición para cubrir el puño y, gavilanes para los quites; mucho se asemejaba al “Facón” gaucho.

Las botas de media caña contenían el extremo de los pantalones y las tintineantes espuelas nazarenas de plata. El torso cubierto con camiseta de franela, debajo de una camisa de bayeta o jerga sobre la que vestían chompa y pelliza de cuero con interior de lana y fuertes botones de cuerno de toro; adherida a la chaqueta, una cruz hecha con la “Palma de la Pasión” bendita el Domingo de Ramos, para protegerse de rayos, truenos y tempestades. Y siempre, sin falta, a la grupa del caballo, una querendona vihuela para los momentos del alma que no eran pocos y, la cantimplora para el agua salvadora.

Cubriendo todas estas prendas, el poncho, tejido en lana de vicuña que le proporcionaban un abrigo proverbial; a pie o sobre el caballo, cubrían todo su cuerpo y, en otros casos, lo revestían con otro ligero de hule impermeable que colocaba encima del anterior, evitando que se empapara con la lluvia. Llegada la noche, ponchos y caronas de caballo le servían de cama y, la silla, de almohada. En la mayoría de los casos, tras la consulta con la expresión de los cielos, ante la amenaza de lluvia, podían usar los toldos que los protegerían durante el sueño.

El correaje y montura de cuero, portaban a un costado, el lazo y el zumbador; enorme zurriago que hacía restallar en las soledades para conseguir la obediencia del muleraje; a esto se añadía el fuete o fusta de cuero con incrustaciones de plata.

El mulero cerreño había conseguido un mimetismo extraordinario con el gaucho del Plata, su compañero de conducción de mulas. Igual valor, igual independencia, igual sensibilidad. En su desconsuelo y soledad –compañeras de su vida- la música y la canción venían solos a sus labios; el mulero aventurero, sabía cantar; le inspiraban el canto postrero de los pájaros en el atardecer, el incendio del sol en el horizonte, el profundo silencio de las pampas y los atardeceres ganadores de sombras y nostalgias. El sufrir la distancia del ser amado, el misterio del porvenir nada seguro, le enseñaron a cantar. Su trova pujante y vívida creció en la pampa como activa expresión de su vida errante y viajera. También en el vivac nocturno, endulzaba la noche con su entonación de congoja dolida. Voz y guitarra, confidentes de desconsuelo, se escuchaban hasta bien entrada la noche, angustiando el pecho de aquellas figuras perfiladas alrededor del fuego; les llegaba desde la infinita armonía de aquella naturaleza montaraz y salvaje donde el mugido y el relincho redondeaban la idea de paisaje. Cantando ganaba el ánimo de sacar la melancolía hasta la superficie de su ser y alcanzar la conformidad de su dolor.

El mulero vino a ser –salvando distancias y tiempos- el mismo bardo, el vate, el trovador de la Edad Media que se desplazaba entre ciudades cantando a sus héroes perseguidos por la justicia, a su tierra -“su pago”- que ama no obstante su errancia, a la mujer que ama y muchas veces lo desdeña; está haciendo candorosamente la misma labor de la crónica, relato de costumbres, historia y biografía, como lo hacían los bardos de aquellos tiempos y, que más tarde van a ser recogidos como documentos para que los historiadores ejerzan su trabajo de relatores de tiempos pasados. Nuestros muleros eran poetas y músicos además de valientes y expertos jinetes. Eso todo el mundo lo sabe. Sus versos querendones, urdidos con aliño y mucho afecto, alimentados por una música dulce y acompasada era propagada por los dilatados espacios libres de las pampas, entre el norte argentino y el Cerro de Pasco. En la monótona tarea diaria de conducir miríadas de mulas, los silbidos, guapeadas y gritos, se alternaban con la dulce canción que al compás del trote de las cabalgaduras entonaban; eran endechas musicales inspiradas en las querencias dejadas en los tambos de la ruta; canciones de un corte peculiar y sentimental que por ser canción de muleros devino en muliza. Esta nueva creación llegó a reemplazar al triste que entonaban al calor de los fogones camperos, matizados con vidalitas y alegres cielitos, Más tarde en las chinganas del predio minero adquirían carta de ciudadanía cuando el pueblo la hacía suya; poetas y músicos citadinos crearon otras mulizas que el pueblo cantaba con deleite.

Por otra parte, en llanuras tan inmensas donde sendas y caminos se cruzan en todas direcciones y las bestias transitan a campo abierto, es preciso seguir las huellas del animal que se ha escapado y distinguirlas de entre mil; y saber por la simple observación de los rastros, si va libre o cargado, despacio o ligero; y cuándo pasó por aquel lugar; es decir debe ser un rastreador, especialista en huellas porque continuamente se veía sorprendido por alguna contingencia. En el trayecto muchas mulas “volvedoras” se separaban huyendo de la tropa y se internaban en montes y roquedales; de allí tenía que sacarlas; solamente quien sabe descifrar en los accidentes del suelo las pistas dejadas podía realizar la tarea. También debía ser acertado baqueano; hombre que conoce como la palma de su mano inmensidades de leguas y leguas de terreno; saber por dónde debía transitar con su tropa, dónde abrevar y dónde buscar seguridad cuando lo requiriera la hora, las urgencias de la marcha o las inclemencias del tiempo; debía saber “cortar” campo a través de treinta o cuarenta leguas por la pampa sin sendas, sin árboles, sin accidentes notables de referencia y llegar justamente a la encrucijada de los caminos; esto le ahorraba una jornada o dos; debía conocer las variantes que por riadas o avenidas de ríos peligrosos debía sortear. Por éstas y otras razones debía ser notable baqueano y excelente rastreador; ser, además, un hombre paciente y sufrido para soportar sin una queja la sed, el hambre, el frío, la lluvia, el calor, la fatiga, las grandes nevadas que en las cordilleras hacen desaparecer los caminos; debía saber por la intuición que alimenta la experiencia, si la tormenta que se avecina traerá lluvia, granizo o nevada para tomar las provisiones del caso; si las mulas bufan porque son ariscas o porque en la oscuridad de los peñascales han descubierto la presencia del puma en acecho; debía distinguir sin equivocarse si la polvareda que se veía a grandes distancias era producida por animales, carretas o por una partida de maleantes cuatreros y abigeos que por la ruta proliferaban. Por eso, un mulero viejo exclamaba: “Es triste la vida del mulero: venga frío, venga lluvia, venga nieve; el mulero no puede abandonar a su tropa, sino proteger con el escudo de su vida a su gente y a sí mismo”

El mulero cerreño al afincar su libertad en la rebeldía y su tarea de viajero empedernido, confiaba ciegamente en su caballo, compañero inseparable de aventuras. Este noble animal fue un admirable instrumento en sus manos. Con él se liberó de la mita y la encomienda mineras. Es más. Con él se convirtió en jinete de leyenda, uno de los más grandes jinetes que han alcanzado a ver las caballerías del mundo –cosacos, mamelucos, gauchos, llaneros charros y rotos-; de conquistado se transformó en conquistador. Las distancias fueron empequeñecidas por él. Jinete y caballo se compenetraron de tal manera que llegaron a ser uno solo. Podía ir el jinete dormido o borracho sobre su caballo, él lo sostenía. Cuando perdía el caballo, compungido, reclamaba:

“Mi caballo es mi vida,
mi bien, mi único tesoro;
ladrón devuélveme mi moro,
yo te daré mi querida..”

Inclusive su identificación era tan manifiesta que, antes que a la mujer, prefería a su caballo.

“Mi mujer y mi caballo,
se han ausentado;
mi mujer puede marcharse;
¡mi caballo me hace falta!

Después de trotar centenares de kilómetros conduciendo la bagualada de mulas, no era de él que se ocupaba el mulero, sino de su caballo; éste después de trotar inconmensurables distancias a sólo agua, volvía exhausto; el mulero se ponía a cuidar de su bestia fraternal: le practicaba incisiones en el paladar y le hacía tragar sal pulverizada y con sal cuidaba de sus heridas. Las bestias se reponían y engordaban.

Era la época en que los opulentos mineros, además de los que utilizaban en sus labores cotidianas, contaban con cinco o seis caballos de silla de fina estampa, impresionantes, enormes, traídos de Argentina o de los campos chilenos pagando un precio fabuloso por ellos.

Para un cuidado adecuado y conveniente, hacían construir caballerizas especiales en sus casas solariegas provistas de buen techo y paredes gruesas; no debía existir ningún resquicio por donde pudiera colarse el aire frío que atentara contra la salud de los equinos. Cada animal estaba muy bien protegido por una gruesa capa de interior de lana y cobertura de tela más ceñida, abrigadora –“capa para caballos”- que le cubría todo el cuerpo para conservar su calor; el piso cubierto de aserrín para proteger los cascos; su alimentación exclusiva con forrajes especiales y avena de la mejor calidad además de los pastos de su entorno que les permitía lucir saludables y robustos. Su fina pelambre lustrosa asentaban con cepillos especiales. Los había de todos los matices: Alazanes, tordillos, zainos, bayos, overos, castaños, ruanos, morcillos y moros.

Eran el orgullo de los rumbosos cerreños de antaño, sinónimo de nobleza, fidelidad, temperamento y altivez; cúmulo de virtudes admirables que proclamaban su estirpe. Habían heredado de las jacas españolas la elevación de los miembros delanteros; de los berebere, su ambladura, es decir su modo de andar; del árabe su delicadeza y hermosura. Era un deleite para la vista su marcha llena de gracia pinturera y su monumental figura. A las romerías asistía con sus corceles muy bien emperifollados, apero o conjunto de arreos de fino cuero, reforzado con plata brillante: terno de cabeza o jato, falsa rienda y, sobre la montura “de cajón”, el pellón de mechas llamado sampedrano, adquirido en el norte al costo de un “ojo de la cara”. El jinete con elegante terno inglés sobre el que calaba su poncho de vicuña, alón sombrero de paja de junco o de toquilla, pañuelo blanco de seda al cuello, poncho fino de lana de vicuña; zapatos altos y artísticas espuelas “Nazarenas” de plata. El escenario para el lucimiento: Huariaca, Yanamate, Quiulacocha…

Posteado por: pueblomartir | 11 Octubre 2009

PEDRO ÁNGEL CORDERO Y VELARDE

corderovelardeDe todos los pintorescos personajes que recordaban nuestros viejos en sus amenas tertulias de club, resaltaba con luz propia el excéntrico chiflado, músico, poeta y loco: Pedro Ángel Cordero y Velarde. Cerreño, de padres ayacuchanos, había nacido en el barrio de Matadería, el mismo año en que moría nuestro mártir Daniel A. Carrión, 1885.

Dotado de un excepcional “oído” para la música, precoz e infaltable en retretas y bullangueras celebraciones, se inició en el redoblante para después –aplicado y emprendedor-, asimilar los secretos de gran cantidad de instrumentos en las magistrales enseñanzas de inolvidables maestros. El primero de ellos, el que modeló su carácter y lo puso en el camino del éxito con exigentes enseñanzas fue Markos Bache, notable maestro croata, nacido en Dubrovnik; traído por el consulado Austro – húngaro para dirigir su orquesta sinfónica y su banda de músicos del “Centro Musical Slavo del Cerro de Pasco”, de notable éxito desde fines del siglo XIX. Llegó a dominar todos los instrumentos de cuerda, viento y percusión; mas fue con la trompeta con la que alcanzó maestría ejemplar. Estudioso como pocos, en la primera década de nuestro siglo, lo encontramos dirigiendo a “La Cosmopolita”, Banda de Música de la Benemérita Compañía de Bomberos Salvadora No 1.

Alegre y hablantín como pocos, de baja estatura y cetrino como todo mestizo de predominio andino, tenía unos ojos juguetones e inquietos que revelaban una inteligencia notable. A medida que transcurrían los años, sus iniciales y hasta inocentes palomilladas, fueron adquiriendo caracteres alarmantes. Ya no eran simples guasas, bufonadas o chistes, sino locuras que iban adquiriendo tonos que salían del carril de la normalidad. A estas actitudes fuera de tono, aunque risible para la mayoría, el pueblo las bautizó como “corderadas” en directa alusión a su apellido.

Al entrar en la segunda década del siglo siguiente, crítico mordaz e inoportuno, no perdía ocasión para zaherir y mortificar públicamente a las autoridades con sus comentarios fuera de tono y sus pullas comiquísimas que todos celebraban alegremente. Bueno, todos no; los damnificados, especialmente personas notables, no veían ninguna gracia en aquellas ocurrencias. Cansados de sus excentricidades y falta de seriedad en el cumplimiento de sus funciones, los amoscados “manda más” cancelaron sus servicios y lo pusieron de patitas en la calle. No aceptaron más sus “corderadas”.
El damnificado, por su parte, convencido de que su figura agigantada por obra y gracia de su alterado cacumen era de muy grandes dimensiones para un escenario estrechamente pequeño como el Cerro de Pasco, decidió marcharse. Un día, rodeado de gente que lo admiraba y gustaba de sus “corderadas”, largó su último maratónico discurso cargado de tristeza muy sincera en el que confesó que se iba a la capital a ocupar “el sitial al que tenía derecho” y que si Rumimaqui –a quien tanto admiraba- no había podido restaurar el lugar de “Apu Inca” que tampoco lo había podido lograr su antepasado Juan Santos Atahualpa, él lo lograría con creces. ¡Lo juró solemnemente!. Gruesos y sinceros lagrimones sellaron la despedida. Así, apesadumbrado pero decidido, partió con rumbo a Lima a ejercer el gobierno de su “ínsula barataria”.
Siempre dan pena los que se quedan,
siempre dan pena los que se van.

Los que se van, se van muy tristes,
los que se quedan, quedan llorando.

Siempre dan pena los que se quedan,
siempre dan pena los que se van.

Llegado a Lima se avecindó en un solar de la calle San Ildefonso en donde, deseoso de conquistarlo, conformó una orquesta sinfónica con jóvenes músicos peruanos. Diez años estuvo al frente de esta quijotesca agrupación ofreciendo conciertos en barrios y pueblos cercanos a la capital. Se encontraba triunfante y pletórico en esta tarea cuando se produjo el terremoto del 40 que destruyó su vivienda, sus instrumentos, partituras y todo lo que poseía. Quedó en la calle. Esto agravó su chifladura. En 1942, en plena guerra mundial, afincado en una casa semidestruida de la calle Zavala, funda la “Academia de Música Cordero y Velarde”, donde impartía clases de teoría, solfeo y ejecución de instrumentos. El éxito que obtuvo en esta institución elevó su entusiasmo y se dedicó en cuerpo y alma a brindar lo mejor que tenía a los jóvenes que estudiaban en su Academia. Una de sus más dinámicas alumnas fue la joven soprano Rosa Aguilar que, andando los días, transforma en profundo amor su loca admiración por el maduro maestro. Decidida a compartir los desmesurados sueños del artista se casa con él. Al lado de esta abnegada y ejemplar compañera funda el “Teatro Folklórico” con el que cumple notable actividad artística. La calidad de su elenco es notable. Con Rosita Aguilar están, Julia Peralta, Inés Oropeza, Blanca Santiago y Julio Castillo, como figuras principales, con los que preparó el montaje de las Operas nacionales “Sumac – Ticka” e “Ima Sumacc” a llevarse a efecto en el Teatro “Conde de Lemos”. Fatalmente, por motivos económicos y de otra índole, jamás llegaron a estrenar. Uno de sus más notables alumnos, el músico cuzqueño Alejandro Vivanco, conmovido, dice de él lo siguiente: ” Puedo dar testimonio de su calidad de músico, porque después de las lecciones de solfeo, al advertir mi curiosidad, me mostraba orquestaciones completas de música incaica de su creación para sus dramas; también rico vestuario y decorados. En cada ocasión se sentaba al piano de cola y me hacía oír las arias y pasajes que a su criterio eran los más interesantes. En esa ocasión me obsequió sus dos partituras editadas: “Himno a la Redención Peruana” y “Daniel Alcides Carrión”, poema musical dedicado a su paisano.”. Sin embargo, es necesario decirlo: con sus ambiciones crecía también su chifladura ya muy conocida en toda Lima.
Conocedores de sus sueños de grandeza y exorbitantes ambiciones, el periodista peruano Federico More y el músico ayacuchano Osmán del Barco –exitosos personajes aquellos días- deciden jugarle una broma y en el periódico EL HOMBRE DE LA CALLE que publicaban, le insinúan que se postule a la Presidencia de la República. Emocionado el hombre otorga poderes plenos a sus mentores para que lo inscriban. Informado posteriormente que había perdido los comicios nacionales, cae en una depresión profunda. Fue suficiente. Persiguiendo la inalcanzable quimera del poder, había despilfarrado todas sus propiedades. Cuando se dio cuenta del engaño, derrotado y empobrecido, más solo que nunca, en el clímax de su locura, le quedó la fantasía de que no sólo era Presidente del Perú sino también, “Apu Capac Inca, Emperador del Perú y Conductor del Mundo; Soldado de Tierra, Mar, Aire y Profundidad; Rey de Financistas y Mago del Estado por Voluntad Divina” y, claro, comenzó a ejercer su “mandato presidencial”.
En su desquiciada fantasía, había logrado asumir la Primera Magistratura de la Nación. A partir de entonces se le veía ataviado con una llamativa indumentaria. En honor a su alta investidura lucía un chaquet negro de solapas grasientas tachonado de llamativas condecoraciones de hojalata y espejuelos cruzado por la “Banda Presidencial”. Su infaltable sombrero de tarro, desgastado y fileteado de roturas y magulladuras, realzaba su serio continente. Su paso siempre raudo y parsimoniosamente serio, -camino de cualquier parte-, lo conducía arrebatado entre risas y comentarios de los viandantes del famoso jirón de la Unión. Cuando alguien, siguiéndole la corriente, le preguntaba adónde iba, invariablemente contestaba:
—!Estoy muy apurado, me necesitan en Palacio!. Tengo una cita muy urgente- y continuaba siempre arrebatado a grandes trancos a cumplir con su imaginaria cita.
Era muy común verlo pronunciar extensos discursos cargados de entusiasmo como de risibles propuestas de Gobierno. Llevaba consigo –periodista combativo y vocinglero- ejemplares de su periódico EL LEÓN DEL PUEBLO, “Sale cuando puede y pega cuando quiere”, claro muestrario de su locura y enajenación inofensivas. En su primer número dice en unos versos
Qué eco más resonante,
es hoy el ,¡ Viva Cordero!;
será el Presidente primero,
que al Perú lo lleve avante.

Pobres y ricos serán,
lo que ellos debieron ser,
tenemos oro, plata y mujer,
que ustedes no negarán

Nunca cesó de impugnar todas las elecciones que se vivieron en su tiempo porque, los otros “en el imposible caso de ser elegidos en el cargo de Presidente, no podrán realizar ningún programa sin mi consentimiento, pues todos los proyectos habidos y por haber son míos, me los han robado”. A través de su periódico hizo público el contenido de su combativo epistolario.
En su edición correspondiente al 18 de febrero de 1960, por ejemplo, el Conductor del Mundo le decía al Presidente Manuel Prado, “El año 1956 le dije en el LEON DEL PUEBLO, lo desdichado que iba a ser su gobierno, como así ha sucedido, porque mi palabra es autorizada cual de un profeta, porque tengo la huella divina”..”Para el 8 de diciembre del año 1957, le pedí que me entregara el mando pero su feroz orgullo me lo negó. En 1958 mi partido, la Juventud Corderista, le pegó en el Campo de Marte una terrible pifiada que no olvidará por sécula seculorum, con palabras soeces que cualquier gobierno hubiera renunciado, pero usted, sordo como una tapia, se zurró en la noticia, lo que quiere decir que su dignidad fue verde y el burro se lo comió”.
En la edición del 15 de junio de 1956, alega en su editorial: “… y espero que esta vez, por dignidad se me haga justicia y se me entregue la Presidencia, porque es designio de Dios y de mi pueblo…yo propugné todas las grandezas que hoy posee el Perú mientras ustedes me plagian y no han hecho nada y nada harán”.
En 1958, indignado, decía: “El tiempo de la impostura y del engaño, de la opresión y de la fuerza, está ya lejos de nosotros y sólo existe en la historia de las calamidades pasadas. Por eso vengo a poner término a esta época de dominación…”.(…) “Me causa dolor ver desde mi Atalaya de Emperador, o Inca Wasi, cómo el cielo azul de la convivencia que no es cielo ni es azul, está adquiriendo un aspecto aborregado”.
El año siguiente, gritaba: “¿Hasta cuándo nos van a moler 800 millones de déficit del Erario Nacional…Déjenme la Presidencia que si ustedes no pueden, lo pago yo, porque soy el rey de las finanzas y mago del Estado”.
Pobre mi patria querida,
qué malos hijos te han dado,
mas ya sabré defenderte,
porque yo no estoy comprado.

En su gobierno pasado,
mil millones se llevó,
y a nadie cuenta le dio,
al manicomio lo envió,
y por las puras alverjas,
la Presidencia agarró.

El notable músico, Alejandro Vivanco, en otro pasaje de sus memorias recuerda así a su maestro Cordero y Velarde. “El año en que el doctor Jorge Prado llegó de Brasil como candidato a la Presidencia, sus parciales organizaron un mitin en la Plaza Dos de Mayo para presentar su programa, pero ese mismo, día Cordero y Velarde improvisó otro mítin; enterado el pueblo llenó la Plaza San Martín y dejó desairado a Prado”.
“Cierta mañana llegó a la Librería “La Pluma” de la calle Trinitarias que yo regentaba y como de costumbre me contaba sobre su rutina diaria. En eso recibió un mensaje de larga distancia a través de una concha marina de caracol que llevaba en el bolsillo. (Se adelantaba en muchísimos años a la aparición de los modernos teléfonos celulares). Escuché el siguiente diálogo, “¡¡¡Aló, aló, querido Adolfo Hitler!!!. Hablas con el Emperador Cordero y Velarde, Conductor del Mundo. (pausa) ¡Gracias por interesarte por mi Imperio!. Estoy en vísperas de recuperar la silla presidencial. Caso contrario tendré que abandonar el país para ir a informarle al Santo Padre. ¡ A propósito, Adolfo, hermano del alma mía, si hablas con el ingrato de Benito (Musolini), dile que estoy pendiente de su llamada. ¡Ama sua, ama jella, ama llulla; ama jodemaicho!.

Estando en la Presidencia el arquitecto Fernando Belaunde Terry, le dirige una misiva en la que le dice: “Usted como líder, YO como Emperador, somos dos potencias soberanas que debemos entendernos o destruirnos, pues no hay lugar para los dos en este cochino planeta de los simios”. Finaliza la carta con una explicación: “Por estos motivos le dirijo la presente carta abierta, vale decir sin sobre, para que me explique su extraña conducta y me diga con franqueza si mantiene su adhesión a mi persona, y si fuera lo contrario, sabre a qué atenerme y lo dejaré suelto en plaza. Los bueyes sueltos, bien se lamen”. “Mi plan de gobierno y alimentación contienen mi huella divina, revelado para el bienestar de The peruvian family”.
Nicolás Yerovi, otro de los que han escrito sobre nuestro Presidente y Monarca chiflado dice, “Más allá de los anecdótico, Cordero y Velarde simboliza en su grado más extravagante los extremos de la más conmovedora huachafería y del más patético delirio a que son capaces de llegar quienes en el Perú se ven asaltados por cierta locura de poder. Porque si el poder envilece, desearlo enloquece; de allí que en épocas electorales los más de nuestros políticos no dejan de pergeñar sus propios ditirambos, ofrecer sin empacho lo imposible y llegar a convencerse, aunque sea por un breve lapso, de la verdad que no encierra sus generosas promesas”.
En “Los apachurrantes años 50″, Guillermo Thorndike, rememora que en un cónclave organizado por los monjes dominicos para buscar un candidato que encarnara las necesidades del momento, se presentó sin ser invitado el chiflado Cordero y Velarde: “Entonces llegó, anciano de levita negra y pantalón listado, discretamente zurcido, con hongo, bastón y escarpines viejos que cubrían sus humildes zapatos acabados de lustrar. No viajaba en limusina con chofer, ni nunca había estado en París, ni parecía de este mundo. Pero toda la tragedia del Perú al que no habían invitado los dominicos se abrillantaban en la locura de sus ojos. Su sola aparición enmudeció el discurso. Avanzó con dignidad por el salón repleto de personajes hasta sentarse a un lado, más bien en el coro que entre los potentados, en primera fila y cerca de la presidencia. Wiese y Miró Quesada se miraron sin saber qué decir. Los fogonzazos de los fotógrafos se concentraron en el Apu Inca Verdadero. Hasta ese instante, los pretendientes habían discurseado de Dios, la Patria, el orden establecido, nuestras sagradas instituciones, la paz pública, el luminoso porvenir de nuestros hijos. ¿De qué podrían hablar ahora, frente a la faz demacrada de un Perú que rara vez había sido feliz?. Con respetuosa solemnidad, Cordero y Velarde escuchaba a los principales. Después intervino en su condición de Apu Inca Verdadero y del desorden de sus palabras se supo que otra era la paz solicitada por el pueblo y que no era justicia de todos aquella que preocupaba a los poderosos de la tierra. No su voz, sino el ridículo de aquellos príncipes forzados a escucharlo, convirtió el cónclave en el más grande fiasco de la derecha peruana. Al día siguiente, “La Prensa” destacó en primera plana a Cordero y Velarde junto a los organizadores de la transición presidencial. La gente carcajeó durante semanas, meses. Y casi nadie reparó que, por fin, el Apu Inca Verdadero había modificado una parte de la historia del Perú”.
Pedro Ángel Cordero y Velarde, el viejo músico de la “Cosmopolita” del Cerro de Pasco, el arrebatado candidato cerreño a la Presidencia del Perú, murió pobre y abandonado en un viejo callejón limeño, signado con el número 123 de Carmen Alto, en el Jirón Junín de Lima. Era el 18 de diciembre de 1961. Curiosamente, ese día la Compañía de Bomberos Salvadora Cosmopolita, celebraba su sexagésimo aniversario.

Posteado por: pueblomartir | 11 Octubre 2009

LOS PANES EN EL CERRO DE PASCO

panesEl origen del pan tiene tan antigua data que no puede precisarse a ciencia cierta cuándo apareció; tanto es así que Eduardo Benot, termina diciendo: “Sabemos cómo se llama Atila, pero ignoramos quién inventó el pan”. Lo cierto es que el conjunto de alimentos que tomamos diariamente, se denomina como “el pan nuestro de cada día”. Es el más humilde pedido que hacemos a Dios en el Padrenuestro. Las referencias bíblicas son numerosas. No olvidemos que, a consecuencia del pecado de nuestros primeros padres, el hombre fue condenado “a ganar el pan con el sudor de su rostro” (Génesis III,19). También en el Génesis leemos un relato muy instructivo: “Apareció el Señor a Abraham en el vale de mambre, estando él sentado a la puerta de su tienda…; sucedió que alzando los ojos vio cerca de sí parados a tres personajes y haciéndoles profunda reverencia, les dijo: “Señor, si yo, sirvo tuyo, he hallado gracia en tu presencia, no pases de largo… Yo os pondré un bocado de pan para que reparéis vuestras fuerzas…” Ellos respondieron: “Bien, haz como has dicho”. Abraham entró corriendo en el pabellón de Sara y le dijo: “Ve pronto; amasa tres satos de harina de flor y cuece unos panes en el rescoldo”. Lo sublime es que, el pan, representa al cuerpo de Cristo. Él mismo lo dijo en la última cena: “Éste es mi cuerpo, coman todos de él, que será entregado para el perdón de los pecados. Hagan esto en conmemoración mía”.

El pan, es un alimento que evolucionó y acompañó al hombre a lo largo de la historia. En todos los países del mundo se fabrica y consume el pan. En lo referente a lo nuestro, Fernando Cabieses decía: “Como trueque del oro y de la plata que del Perú fueron a socorrer las agotadas reservas financieras de la Corona Española, llegaron al Perú muchos nuevos productos agrícolas que el labriego peruano pronto aprendió a cultivar. La caña de azúcar, el olivo; las frutas bíblicas, higo, dátil, vid, granada; el arroz, la cebolla, la cebada, la zanahoria y el trigo”… y claro, con los españoles llegó el arte de la panificación ya que en el Perú de entonces se desconocía el pan. Con el paso de los años, en el Perú y particularmente en nuestra tierra minera, este novísimo producto fue tomando muchas formas con sus denominaciones respectivas aunque sus componentes siguen siendo los mismos: harina de trigo, levadura, agua, sal y una pizca de sal. Todo dependió de los panificadores que inicialmente fueron españoles, luego italianos, franceses, alemanes, austriacos etc. con una notable y hacendosa cooperación vernacular, cada uno con su especialidad.

En lo que respecta al Cerro de Pasco, el aroma que expedían los panes al salir del horno, era tan especial, que al promediar el atardecer se los compraba en las numerosas panaderías cerreñas. Otro tanto ocurría en las madrugadas. Recordamos con verdadera nostalgia y cariño alguno de aquellos panes.

El “Pan de Manteca”, amasado con cierta proporción de manteca de cerdo que le daba un sabor característico, era el más popular. Se parecía mucho al que en Lima denominan francés; sólo que el nuestro era rechonchito y muy sabroso. Una letrilla muy popular de aquella época, decía lo siguiente:

Pan de manteca
para la mama que da teta;
pan de cebada
para el papá que no da nada.

El “Pan de Punta” era, un pan alargado que al momento de su cocción se doraban sus extremos convirtiéndose en una verdadera delicia. Era con el pan de manteca, uno de los más comunes. De esta familia, uno de los más grandes era el denominado “Chalaco”.

En nuestra ciudad vendían tres panes medianos unidos en un solo bloque al que denominaban: “Pan Francés”.

A propósito, el “Pan de Cebada”, era uno muy áspero aunque con un saborcillo agradable, por lo que sabemos, era uno de los más alimenticios de todos. Se dice que es una creación de panaderos alemanes y lo creemos porque era uno de la especialidad de Rubén Bauer.

El “Pan de mantequilla” era una verdadera delicia. Su presentación era muy llamativa. Cuatro bolas unidas con arte formando un cuadro y amasado con la deliciosa mantequilla que en nuestra tierra fue siempre de excelente calidad. Su sabor era tan delicioso y su consistencia suave.

Algunas panaderías como la de Bauer se permitía el expendio de los famosos, “Panes de Yema”. Un delicioso manjar que a poco de salir del horno volaba por la preferencia de los consumidores. Dentro de especialidad estaban las roscas, también de yema, que sobresalían por su llamativo color amarillo proporcionado por la yema de los huevos utilizados, mas no por colorante alguno.

Sin llegar a dimensiones enormes y por el contrario, más delicados y pequeños, se expendían los petipanes que, al decir de los entendidos era una creación francesa de nombre “Petit – Pan”.

Inspirados por los éxitos que obtenía en el mundo musical la inolvidable cantante y bailarina brasileña, Carmen Miranda, los panaderos crearon un pan muy delicioso conformado por sucesivas envolturas. Lo llamaban “Carioca”. Fue muy popular en nuestra tierra minera.

Entre los más grandes, el más socorrido era el Tolette, que equivalía a dos o tres piezas comunes. También estaba el “Pan de Molde”, grande, casi rectangular, muchas veces con tres divisiones, pero en todo caso, con una crocante y tostada envoltura. Este pan, además de los de manteca, alcanzó gran popularidad cuando la Cerro de Pasco Corporation estableció una panadería para sus servidores. En pocos minutos, estos panes que además de gustosos eran enormes, “volaban” en cuestión de minutos ante colas interminables. Otro era el “Pan de Tropa” Descomunal. Se decía que con uno solo de estos panes, un hambriento soldado quedaba satisfecho. Otro tan grande pero más tosco era el que el vulgo denominaba y quedó con ese nombre: “Tranca culo”. Las personas decentes se referían a él tan sólo como.. “Tranca…”. Hay que imaginarse los efectos que producirían la ingesta de este pan para recibir tal nombre.

También había, ¡Cuándo no!. Panes que llevaban dulce en su masa o en su cobertura. Tal el caso de las “Llapsitas” que era una delicia para los niños. Las “rosquitas de manteca” ensartadas en una pita blanca que se vendían a medio real, es decir a cinco centavos. Diez rosquitas por medio.

Pasado el dramatismo de la Semana Santa, las panaderías expendían precisamente el “Pan de Pascua”. Una verdadera delicia familiar. Era grande y tenía la forma de un muñeco. Estaba amasado con huevo, leche, mantequilla, almendras, pasas y otros ingredientes dulces que se combinaban con chocolates del Cusco.

El que se llevaba las palmas por su sabor y consistencia, era el famoso “Pan de Chacayán”; una hogaza deliciosa que se adquiría interdiariamente a la llegada del ferrocariil de Goyllarisquizga. Hechos con harina de trigo y en hornos caseros especiales que les imprimían un sabor inigualable. De él habla Mavilo Calero Pérez y dice con conmovedora evocación: ¨¿Quién podría resistir la faz dorada de esos panes, su olor penetrante y provocador, su gusto especial, su valor alimenticio y su precio popular?. Todos resaltaban que no estaba madurado con levadura industrial sino al natural, con chicha. La harina era pura de la región; la manteca de los cerdos criados afanosamente en casa; cocidos en hornos calentados con leña…Pese a todas estas virtudes su costo estaba más cerca de los pobres. Era un señor pan, por todos los lados, como lo era el “chapla” en la zona de Huánuco”.”El pan charqui”, es una pieza amasada con agua, sal y harina y sin levadura. Es muy agradable cuando acaba de salir del horno. Más tarde, pierde consistencia y sabor.

“Pan de Azafrán”, amasado con harina de calidad y amarillado con azafrán.

Recuerdo que, en las madrugadas, al salir el pan del horno, mis amigos de la Cooperativa panificadora EL MINERO, no sólo me invitaban los panes frescos sino que los degustábamos con una bebida especial preparada por ellos mismos que recibía el nombre de “Chimpuca” hecha de pan quemado y agua, parecido al café.

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