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Cuando en 1936, nuestro genial compositor Andrés Urbina Acevedo, al alimón con el notable músico Jesús Enciso, creaban nuestro emblemático huaino, “Ay mi cholita”, no sólo estaban fundiendo la belleza de la poesía con la música sino que estaban instaurando los cánones de nuestra canción popular. Transcurridos quince lustros de aquel momento espectacular, pervive emotiva y conmovedora en los corazones de quienes nos hallamos exiliados de nuestra tierra bendita. Interpretarla, remueve las fibras más íntimas de todo nuestro ser y encharca de recuerdos y tristeza nuestros ojos cansados.

¡Ay mi cholita!

Como las aguas de Patarcocha,
Que poco a poco se van secando,
Así lo mismo ¡Ay! mi cholita,
Sus procederes está cambiando

De esa laguna ya nadie quiere
Beber sus aguas ayer ansiadas,
Así lo mismo, ¡Ay! mi cholita,
Ya no me atrae con sus miradas

Por las huanquitas bien cuidadita,
¡Qué orgullosa fue Patarcocha!,
Así lo mismo ¡Ay mi cholita!,
de mi amor fue su fiel songocha

Esa laguna la desecaron
Sedientas bombas del extranjero,
Así lo mismo ¡Ay! mi cholita,
Mi amor hoy mata por vil dinero

ESTRIBILLO

Como las aguas de los pilones,
Que turbias caen, gota a gotita,
Así se muestran, en sus amores,
Hoy en día, cualquier cholita.

Letra de Andrés Urbina Acevedo
Música de Jesús Enciso

No es para menos. La laguna de Patarcocha es y ha sido desde siempre, el símbolo vigente de nuestro pueblo luchador. Ahora que el Alcalde en connivencia con la compañía Volcan, pretende desecarla pasando por sobre las leyes ambientales que declararan como áreas intangibles los cauces, riberas y fajas marginales de los ríos, arroyos, lagos, lagunas y vasos de almacenamiento; han originado la más enérgica protesta y condena de nuestro pueblo. En el convenio se asegura que la “Minera Volcan rellenará la laguna con material adecuado (es decir con su desmonte minero) y la Municipalidad tendrá la responsabilidad de drenar la laguna, con la finalidad de conseguir aproximadamente 11.4 hectáreas de terreno superficial para fines urbanos”. Como creemos que por su ilegalidad este convenio no va a ponerse en práctica y, esperando que el pueblo -especialmente su juventud- vele por su integridad, queremos aprovechar el momento coyuntural para hacerles llegar dos crónicas muy importantes. La primera, referida a sus momentos aurorales de más de medio siglo y, la segunda, a su función primordial como fuente de consumo, mediante: “La huanquitas aguadoras”.

Cuando los españoles invadieron nuestro territorio, se dieron con un espacio abrupto, plagado de lagunas y emergentes islotes que los naturales conocían con el nombre de YAURICOCHA: “La laguna de los metales”. Sus habitantes, los yauricochas -los más extraordinarios orfebres de América- tenían como centro de su terruño a Chaupimarca. Los invasores juzgaron necesario desecar las lagunas. No les fue difícil. La elevación en la que se encontraban permitiría dirigirlas a las partes inferiores. Así lo hicieron. Al desaguarlas por impulsivas riadas hacia las partes bajas, dejaron al descubierto un sedimento blanquísimo de plata pura que por siglos había permanecido bajo las aguas. La plata a flor de tierra, en una orgiástica abundancia, estaba pródigamente diseminada por aquellas soledades blancas y sólo había que extender la mano para tenerla. Ese día comenzó la explotación que todavía continúa.

Los informes geológicos nos dicen que la enorme Yauricocha, quedó dividida en cinco lagunas. La que quedó al centro del poblado con el nombre de Patarco¬cha, era una sola. Todavía a inicios del siglo XIX, se dividió en dos (tomar y lavar). Ella recibía tributo subterráneo de Yanamate, y compartía con Chaquicocha para desaguar en otra de nivel más bajo llamada Esperanza a donde caía el agua por la zona llamada “La Paccha”; de aquí bajaba a Lilicocha (donde actualmente se asienta el Hospital del Seguro) para desaguar finalmente en la laguna de Quiulacocha.

Nótese la altura a la que se hallaba la laguna de lavar. Enfrente se puede ver el edificio del “Club de Tiro”, fundado el siglo anterior, cuando todavía no se había edificado la escuela de Patarcocha.

Nótese la altura a la que se hallaba la laguna de lavar. Enfrente se puede ver el edificio del “Club de Tiro”, fundado el siglo anterior, cuando todavía no se había edificado la escuela de Patarcocha.


Patarcocha de lavar –como podemos ver en la fotografía que publicamos- servía para que allí lavaran las ropas de la gente y el espejo de su agua se hallaba ras del suelo. Los norteamericanos, a partir de 1901, utilizando sus aguas para el funcionamiento de sus máquinas gigantescas, fueron aminorando su caudal, bajando el espejo muchos metros más abajo hasta que, otro Alcalde como el actual, permitió que la desecaran totalmente, matando así a nuestra laguna de lavar. ¿Saben el mal ecológico que estaban cometiendo?. No. Ahora se quiere hacer lo propio con la que todavía nos queda. ¡Qué barbaridad!. ¡No lo permitamos!.

LAS HUANQUITAS AGUADORAS
(Del libro “Filones de Historia”)

En nuestro pueblo, el problema del agua potable tiene una incómoda vigencia desde siempre. Es un tema que cada año sacaban a relucir, como caballito de batalla, los aspirantes a la Alcaldía. Una vez en el cargo, en tanto tomaren conocimiento de las gestiones realizadas o por realizarse, se agotaba el tiempo. Éste debía durar un año -período tan corto en el que nada verdaderamente significativo podía realizarse- de ahí que el funesto problema tema fuera alargándose per sécula seculorum. Hasta ahora – aunque no quiera creerse – la cantilena continúa.

Bueno, el caso es que para solucionar el tremendo inconveniente de trasladar el agua de la laguna de Patarcocha hasta las casas particulares, se constituyó un simpático gremio de “Aguadoras”, encargadas de esa pesada labor; especialmente cuando “el cielo se venía abajo” y las calles enfangadas por la lluvia, la nieve o el granizo, hacían algo más que heroico el trasiego de recipientes con agua. Por otro lado, las respetables familias “Decentes” jamás iban a permitir que sus sirvientas perdieran precioso tiempo en ese menester. De ahí que con una visión práctica y expeditiva, las jóvenes mujeres venidas del valle del Mantaro, conformaron el gremio mencionado al que, con especial cariño, se las denominaba: “Las huanquitas aguadoras”.

Estas mujeres que tenían que ser jóvenes para resistir la exigencia del transporte, en número de treinta a cuarenta, eran las encargadas del acarreo del agua, de la laguna a la casa. Para ello contaban generalmente con latas vacías de “Aceite linaza”, o de manteca o pequeños barriletes que, de acuerdo a la distancia tenían una tarifa previamente estipulada. Hasta Chaupimarca, diez centavos; hasta la Plaza Centenario, quince centavos y, más allá de esos límites, veinte centavos. Como era de esperarse, coordinadamente con un encargado por la Municipalidad que revisaba el estricto cumplimiento de las normas de higiene de las latas, las “huanquitas” de motu proprio, cuidaban la limpieza de todo el perímetro de la laguna. Jamás permitían que los animales se acercaran a las orillas y, a las personas que “iban a hacer sus necesidades” por ahí cerca, las ahuyentaban a pedradas contando con la aquiescencia policial, de tal manera que la limpieza del agua estaba garantizada. De entre ellas, había un grupo que iba hasta Garga y de la fuente cristalina de “Piedras Gordas”, sacaba el agua de una pureza extraordinaria y la llevaban hasta la casa de determinadas familias “Decentes”, para vendérselas a mayor precio; eso sí, para probar que eran de aquel lugar, llevaban un manojito de frescos berros que por la zona abundaban. Pasado el tiempo, el alemán Wilhelm Herold, al ver la excelente calidad del agua, decidió instalar una cervecería; para ello hizo traer a través del consulado alemán, el lúpulo y levadura de Baviera que, conjuntamente con la fresca cebada del Mantaro, arrojó una deliciosa cerveza que por mucho tiempo se bebió a raudales en el Cerro de Pasco y lugares aledaños: La famosa “Cerveza Herold”.
Daba gusto por aquellos años –permítanme la digresión- ver dominicalmente a nutridos grupos de amigos dirigirse a la cervecería que quedaba frente a la laguna de Quiulacocha, llevando sus guitarras con gran entusiasmo y una sed de enormes magnitudes. Ya en el lugar y efectuado el prorrateo correspondiente, se comenzaba adquiriendo un costal de cerveza que estaba constituido por tres docenas muy bien embaladas con unos protectores de totora por cada botella. Las bromas, chistes, y canciones a voz en cuello, alegraban aquellos andurriales. En determinado momento, se mandaba traer enormes butifarras de salchichas tudescas fabricadas por el alemán Nicolás Pohellmann, entre sustanciosos toletes de la panadería “El Modelo” del francés Leopoldo Martin. En todo momento la alegría era desbordante y continua. Ya llegado el véspero, la “tropilla” de animadas “Tiras” con pasos inseguros, por tanto “trago”, la guitarra al hombro y una bullanguera algarabía volvían a la población. Yo, niño que vivía en el “Misti” -barrio de leyenda- los veía pasar, chispeados, siempre alegres y cansados.

Bueno, volviendo a las “huanquitas”, diremos que su labor, muy apreciada por cierto, no estaba restringida al transporte del agua solamente, también tenían que cumplir otra tarea de profilaxis urbana. Cuando por la superpoblación se determinaba el exterminio de los canes vagos mediante las tabletas de estricnina, las huanquitas, después de atar una soga al rabo del animal muerto, tenían que llevarlo hasta las abandonadas bocaminas de “Algohuanusha” (Perro muerto), y arrojarlos a dichas oquedades. De ahí que esta zona alta, entre Matadería y Huancapucro, plagada de agujeros mineros, tome el nombre de Algo Huanusha.

Nos llegamos a acostumbrar tanto a las huanquitas que dejamos de poner interés en el pedido de agua para el Cerro. Es más, nos contaba don Juanito Cortelezzi que, en una rueda de amigos, cuando alguien avivó el tema del agua, otro contertulio le respondió airado y poniendo punto final al tema: “No puedo creer que haya un “cerreño” que sea tan mezquino que no pueda pagar un real por un poco de agua, carajo. Además, las cholitas son tan lindas y comedidas”.

Lo que también se recuerda de este simpático y muy querido gremio es que, llegado el último día de carnaval, premunidos de vistosos disfraces, rodeadas de serpentinas y pintadas el rostro con harina, organizaban su “Corta Monte”, inicialmente alegrado por arpa, violín y tinya, posteriormente por mejor estructurados conjuntos musicales. En realidad, la verdad sea dicha, fueron las “huanquitas” las que instituyeron la costumbre del cortamente en la ciudad minera. La alegría de estas rondallas pueblerinas era contagiosa porque, como siempre, artistas de la danza y la gracia, gozaban tremendamente de la fiesta. Nunca he visto bailar a nadie, con más gracia y elegancia que a los jaujinos en sus “tumba monte”. Por otra parte, para nutrir de parejas el jolgorio, utilizaban una muy alegre “trampa”. A los mozos que podían apresar las chicas, lo amarraban en el árbol. Quienes quisieren obtener su libertad tenían que “portarse” (pagar) uno o dos botellas de aguardiente, después de lo cual se quedaban a seguir bailando. ¡Imagínense la cantidad de “presos” que habría por aquello días!.

Cuando agotadas las gestiones, se consiguieron que en estratégicos lugares de nuestra población se colocaran pilones de agua, el gremio se debilitó; pero es necesario decir como un imperativo de admiración y respeto, que la mayoría de estas sacrificadas mujeres, con el ingreso de su trabajo de aguateras, lograron la sobresaliente preparación de sus hijos. Mucho se habló -como ejemplo substancial- del caso de un notable abogado que ejerció en nuestra ciudad y llegó a ser miembro destacado de la Corte Superior de Justicia: era hijo de una “huanquita aguadora”.

Las numerosas “huanquitas” con sus recipientes para transportar el agua, a orillas de la laguna de Patarcocha (de tomar), de donde sacaban el agua aprovechando del “muelle” construido a la orilla. El agua abundante, se hallaba a ras del piso y era numeroso el número de aguateras.

Las numerosas “huanquitas” con sus recipientes para transportar el agua, a orillas de la laguna de Patarcocha (de tomar), de donde sacaban el agua aprovechando del “muelle” construido a la orilla. El agua abundante, se hallaba a ras del piso y era numeroso el número de aguateras.

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