
La construcción del ferrocarril la Oroya- Cerro de Pasco, a manera de sinuosa columna vertebral de la Meseta de Bombón, llegaba a su fin. Se había establecido la Estación de Unish correspondiente a la Villa de Pasco, a quince kilómetros de la meta final: el Cerro de Pasco. El valioso servicio que estaba llamado a cumplir, consistía en el transporte masivo del rico mineral cerreño a la proyectada fundición de la Oroya y, de vuelta, la conducción de maquinarias y herramientas para el duro trabajo de nuestros inacabables socavones. La expectativa que generó esta obra fue mayúscula.
Iniciado el trabajo en el paraje de “Shinca Machay” con ochenta hombres, requirió con posterioridad el concurso de miles, la mayoría de los cuales eran campesinos de todo el centro de nuestra patria que atraídos por la prodigalidad del trabajo, habían venido a enrolarse al contingente caminero. Trazaban la ruta, apisonaban y reforzaban el tramo, semi enterraban los equidistantes durmientes de pino y tendían los paralelos rieles por donde, a manera de vasos comunicantes, discurrían las riquezas de las minas cerreñas.
Las amanecientes luces sorprendían a los hombres al inicio de las diarias jornadas. Un frío inclemente que agarrotaba sus músculos era sucedido por repentinos chubascos que más tarde se convertían en violentas trombas de agua que los empapaban. En otros casos, la cellisca y el granizo, con aterradoras tempestades eléctricas que se desataban en rayos y truenos espasmódicos iluminaban el yermo con fogonazos de luz escalofriante. En este caso, la vida de los hombres, pendía de un hilo. En los fríos meses invernales, la nieve inclemente borraba trazos y tapaba rutas. Y en los días serenos -lejanos al invierno- alumbraba un tímido sol, un vientecillo silbante y fino, estremecía las carnes de los carrilanos y les tostaba los rostros cobrizos, oscureciéndolos más; las manos ateridas manipulaban fierros y palancas al compás de broncos gritos de concertación. Ya entrada la noche, cuando las sombras comenzaban a devorar las inmensidades; exhaustos y rendidos, ya casi como autómatas, dejaban las herramientas. Habían trabajado doce inacabables y crueles horas. Al respecto, nadie podía decir nada. Los obreros estaban prohibidos de asociarse, de reclamar, de hablar.
Este duro trajinar por la vida laboral que sobrellevaban con entereza no era nada comparado con el despótico y abusivo trato que los jefes norteamericanos en connivencia con sus incondicionales aliados, jefes y capataces peruanos. Era un trato inhumano y prepotente que los hombres tenían que sufrir con estoicismo. Claro, no había Sindicato ni nada que se le pareciera: las leyes peruanas las prohibían.
Es así que, el jefe del último ramal ferrocarrilero, Zachary Doolan, aprovechando de su condición de jerarca, respaldado por su talla descomunal y sus amplias espaldas, trataba con profundo desprecio a los obreros del tramo, haciéndoles víctima de sus malos tratos de palabra; y lo que es peor, de obra, ya que en muchísimas oportunidades había humillado sus espaldas con una fusta de cuero que siempre llevaba consigo. Junto a este mal trato, efectuaba descuentos abusivos sin respetar la puntualidad en los pagos, la mayoría de los cuales, los realizaba con vales sin valor real para los peones.
El pueblo trabajador había soportado con estoicismo toda esta gama de abusos a los que jamás las autoridades locales habían prestado oídos. El incalificable atropello logró unificar a los obreros. El líder era Melchor Gamarra, crisol que fundía la voluntad férrea de los heroicos laboreros de la ruta. Era el coraje convertido en líder. Encarnaba como nadie al tipo de hombre de estas tierras. Jovial y sencillo, su estruendosa risa chola restallaba fácilmente; pero cuando se irritaba, imponía el temor respetuoso en sus gentes. Su noble corazón era franco y bondadoso en el afecto. Era el evangelio para los peones de la ruta. Alto, de recias facciones anchas que su poncho de vicuña agrandaba. Su nombre animaba a los operarios en el trabajo donde era el primero. Acompañado de su infaltable guitarra, improvisaba versos hermosos dedicados a su tierra amada: el Cerro de Pasco.
Melchor Gamarra era el enérgico defensor de sus compañeros. Su voz bronca se había alzado infinitas oportunidades para reclamar por el abuso de los jefes; sin embargo, era solidario adalid que había atraído sobre sí el odio de los prepotentes y abusivos, que esperanzados, abrigaban la oportunidad de deshacerse de él. Cuando los obreros se hallaban sumidos en este mundo de tensión y zozobra, ocurre un doloroso accidente.
Era el domingo 12 de junio del año de 1904.
Aquella mañana llegaba a estación un tren de carga de la Oroya con destino al Cerro de Pasco. Sobre tres lisas y nada protegidas plataformas, transportaba una cuadrilla de peones del campamento de Uco con sus mujeres e hijos. La locomotora conducida por el déspota Zachary Doolan, ora aceleraba rauda, ora frenaba bruscamente, haciendo caer a los pasajeros de la plataforma que no podían mantenerse en pie. Su temeridad llegó al extremo de acelerar imprudentemente al entrar en una zona de cambios sin que éstos se hubieran efectuado. La desastrosa consecuencia fue el violento y aparatoso descarrilamiento de las tres plataformas que fueron a caer al borde de la vía. Los hombres, mujeres y niños, arrojados muy lejos del lugar, quedaron malheridos, muchos de los cuales quedaron inconscientes. El ruido estrepitoso de las plataformas convocó con vertiginosa prontitud a los hombres- que desde el andén- habían visto la temeraria maniobra de Doolan.
Inmediatamente acuden a atender y curar solícitos a las víctimas que sangrantes yacen al borde de la vía. De todas ellas, ninguna padece como Candelaria Apaza, compañera de Melchor Gamarra. Con ella, sus tres hijas, Zenaida, Orfelinda y Margarita; todas ellas rodean solícitas aunque sangrantes a doña Josefina Peña, madre de Melchor. La pobre anciana, casi baldada por el reumatismo, tiene una seria herida en la frente y un brazo fracturado. Los lastimeros ayes de los heridos y la conmiserativa atención de todos los hombres, se han trastocado en rabiosa indignación. Temblorosos de ira increpan a grande voces la conducta del jefe norteamericano quien, ríe abierta y desafiantemente a más no poder. Esta prepotente actitud colma la medida. Melchor Gamarra, herido en lo más profundo de su alma, cruza, iracundo, varias sonoras bofetadas en el rostro del yanki que de pronto queda estático sin saber qué hacer. Ha sido suficiente. Los hombres que lo acompañan la emprenden a puntapiés y a puñetes contra el gringo que ha demudado de color.
A los desesperados gritos del gigantesco norteamericano, ha acudido con presteza el vigilante de la Estación, Cecilio Salazar que, incondicional de los yankis, ciego de ira, ha comenzado a castigar a los hombres allí reunidos con un tremendo zurriago. Los peones iracundos aprovechan la oportunidad para quitarle el látigo y, bajándole los pantalones, flagelan inmisericordemente sus carnes descubiertas. Entretanto, el norteamericano, presa de terror, ha huido a campo traviesa y de unos barracones a donde llega a refugiarse, envía a dos jinetes para que comuniquen del motín a las autoridades cerreñas.
En el campamento, gritos unánimes estremecen el dolorido escenario. Los hombres de la ruta vivan a Melchor Gamarra. Las manos tiemblan coléricas de emoción. Los ojos llamean desafiantes. Cada uno de aquellos hombres sólo quieren seguir a su líder. Coléricos proceden a detener a los capaces serviles de los gringos y a destrozar las instalaciones del campamento.
Las horas han transcurrido raudas cuando en medio del griterío, una voz alarmada acalla a todas las demás.
–!!La caballería!!….!!La caballería!!.
Delante de un nutrido grupo de hombres armados llega el subprefecto Enrique Frías, el Inspector Policial, de Unish, Agustín Bustamante, comandando un piquete de doce hombres de la Guardia Civil. Un conglomerado de yankis que se ha sumado al grupo en el trayecto, son los ingenieros, Donald Harrinson, Wilhelm Hartmann, William Higgin y George Frot, más diez incondicionales servidores. Todos están armados.
Al llegar al escenario donde las víctimas eran atendidas por los indignados braceros, las autoridades fueron rodeadas por éstos. El Subprefecto en lugar de apaciguarlos optó por reprenderlos descomedidamente enardeciendo más los ánimos de los 492 hombres. Ofendidos y desamparados de la ayuda gubernamental comenzaron a apedrear; ante esta actitud, la tropa de la Guardia Civil intervino en auxilio de las autoridades trabándose en una lucha desigual. En medio de la trifulca, dos policías fueron desarmados con cuyos fusiles hirieron a tres custodios, lo que determinó la huida de las autoridades cubierta por Peroyd Boyd, armado de una carabina.
Entretanto, el Secretario de la Subprefectura enviaba un refuerzo de diez policía que llegaron a reforzar a sus compañeros heridos, entrecruzándose una balacera de tal magnitud que hicieron huir a muchos obreros y sus familiares quedando solos en la lucha los organizadores del motín que allí mismo fueron apresados.
Como consecuencia de este choque, resultaron seriamente heridos, el jefe Doolan, Peroyd Boyd, Cecilio Salazar, con fracturas en la cabeza; los guardias Julián Zúñiga y Teodoro Córdova, gravemente maltratados y Sacramento Fernández con un balazo en el brazo izquierdo; Manuel Rojas con la cabeza quebrada, Santiago Buendía con un tiro de rifle en el vientre; Calixto Sánchez con un balazo en la pierna y, muerto el dirigente Melchor Gamarra por un tiro de rifle que le atravesó el corazón. A esto hay que añadir que las mujeres y los niños de los obreros, presentaban serias heridas por lo cual hubieron de ser enviados en varias carretas al Hospital La Providencia.
Fueron remitidos ante el Juez de Crimen, los siguientes obreros: Hildefonso Turín, Manuel Parra, Gregorio Inga, José Hurtado, Gregorio Chuquimantari, Esteban Sanabria y Benito Soto.
Llegado con urgencia el Superintendente Black Ford, llamó la atención a los malos jefes que habían incitado directamente al motín. Los obreros fueron separados del trabajo y encarcelados para ser finalmente indultados. Los obreros consiguieron con este movimiento que los norteamericanos respetaran a la clase obrera aunque para ello tuvo que ofrendase la vida del primer dirigente obrero caído en defensa de su clase: Melchor Gamarra.
Esto acontecía el 12 de junio de 1904.
(Fuente: Capítulo cuarto, pág. 114 de CERRO DE PASCO, historia del pueblo mártir del Perú – Ediciones EL PUEBLO, 25 de julio 1997).