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Es casi una constante en la historia del Cerro de Pasco que sus más representativos hombres hayan tenido un doloroso y trágico final. Tal el caso de don Teodomiro Gutiérrez Cuevas, cerreño de extraordinaria calidad humana y sólida cultura. Había logrado ascender, por rigurosa acumulación de méritos, de soldado raso, a Mayor de nuestro Ejército. Siempre primero en su promoción. Hablaba correctamente el inglés, francés, aymara y quechua. Estudioso, inteligente, inquieto y con un notable don de gentes, supo ganarse el aprecio y el respeto de todos los que lo trataron.

Don Gerardo Patiño López, notable periodista, testigo de excepción de lo acontecido en los diez primeros lustros del presente siglo en nuestra tierra, tuvo en alta estima a este hombre ejemplar de quien dice: “Cometeríamos una omisión de lesa patria si no dedicáramos unas líneas de admiración a la personalidad de don Teodomiro Gutiérrez Cuevas, que había visto la luz del día en la ciudad del Cerro de Pasco. Su recia envergadura moral, su carácter rebelde y su espíritu de protección al indio, lo llevaron a sacrificar la existencia cuando se levantó en armas en 1915. Aquella vez, al frente de diez mil campesinos en Azángaro, luchó esgrimiendo el pendón de independencia para éstos; pensando quizá reivindicar el Imperio Incaico, desterrando la expoliación de los gamonales de la región. Se puso a la cabeza como jefe conductor de esa memorable acción, con el nombre de General RUMIMAQUI (Mano de Piedra). Este héroe había nacido en el Cerro de Pasco, como lo hemos dicho. Un sino fatal para los hijos de la “Ciudad Opulenta”, del que casi nada se conoce en su propio pueblo sobre su vida y acción que la parangonamos con Tupac Amaru, que dejó profundas huellas en el alma de la masa aborigen y explotada. Tenemos el dato interesante de su origen familiar. Fue hermano de la dama cerreña Mercedes Gutiérrez, esposa en primeras nupcias de don Miguel Eliseo Proaño, con el que tuvo a sus hijos, César, Augusto, Carmen Rosa, María Isabel, Oscar Armando y Zoila Elisa Proaño Gutiérrez. Después de enviudar contrajo segundas nupcias con el caballero, también cerreño como el primero, don Benjamín Malpartida del que tuvo a su hija Luz Malpartida Gutiérrez. Todos ellos sobreviven a la desaparición de la matrona. Don Teodomiro A. Gutiérrez Cueva no tuvo descendencia, era soltero, político, escritor y alto jefe de nuestro ejercito”.

Durante el gobierno de Don Manuel Candamo -noviembre de 1903- recibe su primer nombramiento político: Subprefecto de la Provincia de Chucuito. En aquel lugar le causa profunda impresión la inhumana explotación de los indios en todas las haciendas de la zona. Inmediatamente hace pesar su autoridad brindando su más amplio apoyo a los aymaras, prohibiendo terminantemente el trabajo gratuito de éstos, a los que –según ordenaba- se les debía respetar. Esta disposición que hizo cumplir fielmente en su jurisdicción territorial durante todo el año de 1904, determinó que los poderosos, en contubernio con los políticos que servían sus intereses personales, lograron que fuera retirado de Chucuito. Pero las experiencias vividas le habían impresionado de tal manera que a la postre lo lanzaron a una heroica y cruenta aventura.

En 1905 es trasladado a Huancayo con el cargo de Subprefecto de la Provincia, donde cumple brillante actuación. El doctor Oscar O. Chávez, en su libro HUANCAYO, publicado por la imprenta Lazo Sánchez en 1926, página 80, refiere…«…con compras y donaciones pudo reformarse la Plaza Constitución que hoy conocemos como Parque y por aquellos tiempos sirvió para la venta de comestibles, costumbre que perduró desde el nacimiento de la República hasta el año de 1905, en que se empedró debidamente el cuadrilátero y se obligó a los vendedores de comestibles a trasladarse a Huamanmarca. Fue esta la mejor obra del Subprefecto de aquella época, don Teodomiro Gutiérrez Cuevas, quien también refacciono la Subprefectura…»

Por aquellos días -lo señalan Carlos Contreras y Jorge Bracamonte en un trabajo de investigación que vienen desarrollando en torno a la figura del caudillo-, se encuentra en el Archivo de la Prefectura de Huancayo, un documento fechado en Huancayo, 16 de febrero de 1907, que reza:

“Señor Prefecto del Departamento:

Habiéndose presentado ya varios casos de que personas de perversa índole especulan con la ignorancia de los indígenas, dándoles en cambio de víveres y otras mercaderías objetos inservibles como las medallas que la fabrica de cigarros Arboccó Hnos. de Lima, pone entre las cajetillas, y les hacen creer que son de oro, ocasionándoles con este engaño perjuicios de bastante consideración. Sobre este particular, manifiesto a usted que seria conveniente se dictara una disposición que prohibiera incluir esas medallas en las cajetillas de los cigarros.
Dios Guarde a usted.
Teodomiro Gutiérrez”
(Firma)

En el archivo de la Prefectura de Junín se encuentran otros testimonios de su desempeño en el cargo de Subprefecto de Huancayo, entre octubre de 1906 y agosto de 1907. En los documentos que elevó a la prefectura del departamento se puede descubrir la evolución de su personalidad y pensamiento y, las condiciones de la vida rural en la región del Mantaro, por esos años.

Desbordando los marcos de un informe burocrático, se dedica a reflexionar sobre las causas de “la condición desgraciada” en que se desenvolvía la vida indígena y los remedios que serian necesarios en corto plazo a fin de “levantar el nivel moral de esta desgraciada gente que comprende las tres cuartas partes de la población de la República”. A la Memoria, anexó la copia de dos oficios enviados en enero de 1907 al Prefecto, en los que se extendía sobre lo que considero puntos críticos en la administración y la vida de la provincia.

El primero, con fecha 18 de enero, versa sobre las fiestas tradicionales organizadas en los pueblos del valle; el segundo, con fecha 22 de enero, sobre las autoridades locales. En el archivo están los originales de dichos oficios –con la propia caligrafía de Teodomiro Gutiérrez. Una línea persistente en estos papeles es la crítica dura y tenaz contra los funcionarios subalternos en el mundo rural. Comisarios, policías, incluso curas, pero sobre todo gobernadores, son blanco de los ataques de Teodomiro Gutiérrez. Estos personajes, en el contexto de la sierra central, venían a cumplir la función que el sur andino –donde Gutiérrez había desempeñado ya la subprefectura- los gamonales. Las autoridades políticas del nivel local –gobernadores y tenientes gobernadores- resultan para él “la personificación del abuso y de la violencia”. Ilustra con brillantez sus críticas a través de los casos de los distritos de San Jerónimo y Ahuac. El gobernador del primero, por ejemplo, se había convertido no en una autoridad preocupada por el bienestar de sus gobernados, sino en un agente de los enganchadores para las minas, muy interesado en llenar pronto sus bolsillos con las comisiones que recibía por su trabajo. Estos gobernadores parecían así prolongar la faceta más perversa de los Curacas de la época colonial, aquella más obsecuente con el poder colonial y enfrentada contra el bienestar de su propio grupo étnico.

Probablemente la visión sobre tales autoridades sea exagerada y, sobre todo, no pueda ser generalizada. Se trataba, ciertamente, de un funcionario sensible frente a los abusos y sumamente exigente con la labor de quienes tenían las responsabilidades de gobierno. Para él, los gobernadores debían ser los abanderados de una cruzada capaz “de reaccionar de un pasado de abuso, de arbitrariedad, de violencia y de barbarie; capaces de encarrilar a los pueblos por el sendero del progreso y de la prosperidad, habituándolos al trabajo, a la moralidad, al orden y á la práctica del bien”. Para lograrlo proponía nombrar como gobernadores a personas de “fuera de cada localidad y dotarlas de un sueldo con el que pudieran atender sus necesidades”. Con respecto a los curas, proponía la gratuidad de sus servicios para con los indios e, igualmente, la dotación de un sueldo. Estimaba que el costo que la aplicación del plan supondría en el presupuesto nacional sería poco en comparación con los benéficos resultados que se lograrían. Además, argumentaba que con el progreso generalizado que sobrevendría, las rentas fiscales se multiplicarían rápidamente, compensando con exceso el gasto hecho en los sueldos para los gobernadores.

Una de las conclusiones más interesantes que se desprende de la lectura de estos documentos es el cariz fuertemente positivista de su pensamiento, por lo menos en esta etapa de su vida. Sus propuestas se sintetizan en el establecimiento de un orden social más moderno, que termine con el abuso y la discriminación social para con la raza indígena. Estas prácticas, según su pensamiento, nacían de ancestrales relaciones clientelares establecidas entre los indios y los “mistis” de los pueblos. Ellas se veían reproducidas, además, en el seno de la propia sociedad indígena. Como remedio proponía que los funcionarios dotados de poder no sean parte del tejido social local, que juzgaba corrupto por completo. Así señala:
“Si se destituye a un mal gobernador no se puede conseguir que una persona honrada le sustituya porque viviendo todos los de un pueblo en el mismo medio ambiente de corrupción y de arbitrariedad, es difícil, sino imposible, conseguir un hombre de ideas diferentes de la generalidad”.

Imperaba así un orden “moral” (palabra a la que constantemente recurre) retrógrado, basado en la ignorancia: “La ignorancia de las masas es la causa más eficiente del estado caótico en que viven los pueblos de indígenas…”.

Las soluciones que propone siguen el pensamiento positivista: combatir toda situación estamental que signifique una situación de “ventaja” o “desventaja” social adscrita a la persona por razones ajenas a sus cualidades naturales o cultivadas. Critica así duramente los abusos de los gamonales, como también la situación de inmoralidad e ignorancia en que viven los indios. Esta provendría “como consecuencia de las costumbres y usos retrógrados que aun perduran desde la época nefanda del coloniaje”. Son muy elocuentes, así, sus ataques a la vagancia, el ocio y el alcoholismo, a los que vivían, según él, entregados los indios: “…es sabido que las grandes masas de indios viven entregadas al ocio…”. Por eso se comprende su ataque a las fiestas tradicionales de las aldeas campesinas del valle del Mantaro: “…son las fiestas –llega a señalar- la causa determinante de la situación angustiosa y miserable en que viven los indios; del ocio y embriaguez á que se han habituado y el notable y desconsolador desarrollo de la criminalidad”.

A diferencia de versiones indigenistas posteriores más radicales y simples, no postulaba un respeto irrestricto por la tradición cultural andina, sobre todo cuando ella no parecía expresar otra cosa que el atraso, la ignorancia y la huella del “coloniaje”. Tales tradiciones, además, se hallan articuladas perversamente con las fuerzas de la modernidad, que sacaban partido material de las mismas. La consecuencia general de tal mixtura era ese tejido social corrupto y nefasto que provoca sus más aceradas críticas. Por ejemplo, las prácticas clientelares se habían extendido –como se señalara- dentro de la propia sociedad campesina. Gutiérrez, por ello, emprende también un ataque contra la existencia de las autoridades tradicionales de la sociedad andina, como los Varayocs y Regidores. Tales cargos, observa, “no son legales ni constitucionales” y se prestan al abuso de los gobernadores, quienes los utilizan como fuerzas auxiliares para sus desafueros. Termina proponiendo la creación, en su reemplazo, del cargo de “sub-gobernadores”, bajo los mismos principios que el de los gobernadores. Añade que su distintivo de autoridad “podría seguir siendo la vara, que no es sino un bastón”.

Teodomiro Gutiérrez, encarna a un personaje amante del progreso, dispuesto además a terminar con toda tradición andina que signifique un obstáculo para el mismo. No asoma algo que pudiéramos reconocer como una sensibilidad hacia el “relativismo cultural”. Sin embargo, probablemente su contacto posterior, más prolongado con la realidad del sur andino, tan distinta en varios aspectos con la sierra central, haya producido cambios importantes en el pensamiento de una persona tan sensible como él. Al respecto, no debe olvidarse que además de ser un intelectual positivista, se convirtió también en un decidido partidario del Indigenismo, corriente extendida por entonces con mucha fuerza entre la intelectualidad limeña y de algunas ciudades serranas. Positivismo e Indigenismo se combinaron de manera peculiar entre los pensadores peruanos de fines del siglo XIX y comienzos del XX; tal como más tarde ocurrió con el marxismo y el neoindigenismo. La primera corriente representaba en vínculo con occidente y la modernidad; la segunda enfrentaba el rostro de su patria andina. Como otros tantos en el Perú, antes y después, Teodomiro Gutiérrez se hallo a caballo entre dos mundos, que no siempre tiraron en la misma dirección. Podríamos sostener que el indigenismo fue la forma que adoptó el positivismo peruano en las mentes con mayor sensibilidad social de la época.

El año de 1913, al recibir quejas de los campesinos de Samán, el presidente Billinghurst, envía a Gutiérrez Cuevas a investigar el caso.

Después de varios meses en este lugar y otros de la zona, trabajando arduamente en los correspondientes escenarios y con los mismos protagonistas del drama, el 3 de noviembre de 1913, le hace llegar al Presidente un copioso y detallado informe, acompañando 400 documentos probatorios. El mandatario indignado con el informe, destituyó a muchas autoridades del lugar del conflicto y nombró un defensor de oficio para los campesinos. Estas disposiciones, fatalmente tuvieron una fugaz vigencia ya que el cuatro de febrero de 1914, fue derrocado Billinghurst. Los golpistas que habían puesto en su línea de mira a Gutiérrez Cuevas, trataron de apresarlo, pero, masón como era, con el apoyo de su logia logra huir a Chile, salvándose de una muerte segura. El informe y los 400 documentos probatorios fueron incinerados.

Completamente decepcionado, comprende entonces que sus luchas legales y pacificas, habían sido infructuosas, por eso decide optar por un camino que cree más efectivo: el de las armas.

Secretamente regresa al Perú a comienzos de 1915, refugiándose en Puno en donde forma las milicias populares, y buen estratega como era, decide que el centro de su movimiento reivindicatorio sería Azángaro. Allí confluirían los campesinos de todos los pueblos aledaños y, a pedido de sus hombres que querían el retorno a la política agraria de los incas, en la antigua fortaleza de INAMPU, se proclamaba Inca, recibiendo el bautizo de RUMIMAQUI (Mano de Piedra). Su ideal era iniciar una revolución de Azángaro para luego abarcar el sur y, más tarde, todo el Perú.

La preparación guerrillera de los campesinos de Ayacucho, Cusco, Apurimac, Junín y Bolivia, que aglutinaban a diez mil hombres, duró más de un año. El gobierno de José Pardo, enterado de sus planes y urgido por los gamonales, ordena la movilización de fuerzas militares de Arequipa y Cusco con dirección a Puno. Esto va a determinar que el caudillo campesino adelantara las acciones que estaban programadas para los carnavales de 1916.

El 1º de diciembre de 1915, atacaron la hacienda ATARANI, apoderándose fácilmente de la misma. En las bodegas de esta hacienda hallaron gran cantidad de aguardiente con la que se embriagaron. Aquí comenzó la indisciplina que al día siguiente gravitaría negativamente en la acción.

La madrugada del 2 de diciembre de 1915, atacan la hacienda QUINSA KALLCO, donde encuentran pertrechado convenientemente a los hacendados. El tiroteo es nutrido. A las cinco de la mañana los gamonales reciben poderosos refuerzos que hacen huir en desbande a los parciales de RUMIMAQUI, que ya estaba herido gravemente.

El doloroso saldo de aquel enfrentamiento fue la muerte de 300 campesinos de Junín, Ayacucho, Cusco, Puno, Apurímac y Bolivia; los prisioneros fueron 33. A estos se les torturó salvajemente. Los que escaparon fueron perseguidos por el regimiento de caballería Nº 7 del Cusco y Nº 9 de infantería de Arequipa. Los hombres huyeron despavoridos por estas alturas y perseguidos varios días. Los que fueron alcanzados cayeron víctimas de una matanza cruenta y salvaje.

El 30 de abril de 1916, RUMIMAQUI es detenido y enviado a la cárcel de Arequipa. Desde allí, se dirige a la opinión pública nacional mediante EL COMERCIO de Lima. Allí publican sus cartas de las que extractamos sus partes más reveladoras:

«…A los indígenas se les arrebata sus terrenos con violencia y por la fuerza del fraude y el engaño. Los jueces prevaricadores e infames, desempeñan su papel de sirvientes a las mil maravillas. Se les quita su ganado, se les saquea sus estancias y sus cabañas, se les queman sus casas, se les encarcela con frívolos pretextos y se les tiene privados de la libertad por años enteros; se los manda al ejercito para apoderarse de sus propiedades, se les mata triturándoles el cráneo y las entrañas en las grandes prensas de la fabrica de las haciendas; se les arrebata a sus hijos queridos, para obsequiarlo a los amigos gamonales que tienen en la costa y en la capital de la República; se fragua sublevaciones, cuando el indio resiste a someterse al domino del señor feudal, para tener pretexto de solicitar la fuerza pública a las autoridades y con ella perseguir a los indios por los cerros, matar a unos y tomar prisioneros a los otros, con sus mujeres y sus hijos, y llevarlos a sus haciendas en calidad de colonos (esclavos) que tienen que servir toda su vida sin un solo centavo de remuneración, habiendo sido saqueadas y taladas sus casas y anexadas a sus terrenos a sus latifundios del señor omnipotente. Todos sacan buen provecho de esta operación: gamonales, autoridades, oficiales y soldados, por eso es que son tan solícitos a llevarlos a cabo…»

¿Se creerá que esto es exageración?. Pues tomen la molestia de leer los informes emitidos y elevados al Supremo Gobierno por los señores doctores Maguiña y Villena y por m, sobre las comisiones que desempeñamos en Chucuito el año 3, en Lampa el año 13 y en la de Azángaro el mismo año, respectivamente, publicados los dos primeros y el mismo se halla en la secretaría privada de S. E. Presidente»…(El Comercio de Lima, junio 3 de 1916).

En otra de sus cartas Rumimaqui dice:

“Los indígenas pusieron a mi vista los cadáveres carbonizados de sus parientes y amigos que habían sido quemados vivos, entre ellos de una muchacha hija del indio Andrés Apaza, que antes de ser quemada viva había sido violada por esos monstruos; se me presentaron para ser examinados por mi personalmente varios indígenas a quienes los gamonales habían castrado; vi algunas casas de estancias en que los bárbaros del nuevo Putumayo, no pudiendo llevarse todos los víveres en su furioso saqueo, los habían mezclado con tierra y con ceniza para que los indígenas fueran sumidos por el hambre y la miseria»(IBID).

Conmovido por estos predicamentos justos y altruistas, el diputado Luis Felipe Luna expresó en su Cámara en la sesión del 18 de octubre de 1916:

«El mayor Gutiérrez no tuvo más delito que ser espíritu y aliento dentro de un orden estrictamente moral, proclamando y reivindicando la libertad, la igualdad, los derechos y las garantías perdidas, para esa raza más débil por su ignorancia que es la raza indígena. He allí el delito por el que el mayor Gutiérrez fue arrojado en las cloacas de una cárcel, inventando para ello la fantasía de los terratenientes, la utopía ridícula de un conflicto de raza, de una restauración del imperio incaico y de planes siniestros de cesiones territoriales a la vecina República. Todo inventado, por supuesto, por el poderoso gamonalismo para correr un velo sobre sus enormes crímenes; para atraerse la fuerza moral de la opinión pública e inclinar hacia sí la simpatía y el apoyo de las autoridades».

Sin embargo, los poderosos y sus aliados, los guardianes, juzgaron que RUMIMAQUI era muy peligroso y por «orden superior», lo asesinaron a puñaladas la madrugada del 6 de enero de 1917, acto seguido hicieron desaparecer su cadáver.

El gesto, la honradez y la hombría de este heroico caudillo peruano, nacido en el Cerro de Pasco, quedó como un vivo ejemplo de justicia y amor y, su voz, esparcida por todos los ámbitos de la patria, sigue llegando al corazón de cada uno de los heroicos campesinos del Perú.

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