El enorme agujero que se ve en la foto -Tajo Abierto- es lo que queda del corazón de nuestra ciudad. Ése fue el centro de la que fue declarada “Opulenta Ciudad”. Con el paso de los años, al ritmo voraz del incesante trabajo minero han ido desapareciendo plazas, calles, iglesias, barrios enteros, otros, siguiendo el mismo destino, están camino de desaparecer. Es el precio que está pagando por su prolífica producción mineral. Ningún otro pueblo del Perú o de cualquier meridiano o paralelo del mundo, le da tanto a su patria. El Cerro de Pasco nació en 1567 con el primer denuncio de minas. La Enciclopedia Británica dice respecto de su altitud: “La ciudad minera del Cerro de Pasco, en los Andes Centrales del Perú, es la más alta del Mundo. Se encuentra a 4.388 metros sobre el nivel de mar. Por el contrario, el asentamiento israelí de Ein Bokek, a orillas del Mar Muerto, es la ciudad situada a menor altitud del Mundo: Está a 393,5 metros bajo el nivel del mar”. Enclavado en el centro de la hoya metalífera de la meseta de Bombón, ocupa una extensión aproximada de 350 kilómetros cuadrados, donde se vuelven a juntar las Cordilleras Oriental y Occidental desprendidos del nudo de Vilcanota. Ocupa una franja de frío severo de la puna alta. (Nuestros niños y ancianos mueren por el frío pero la noticia no aparece en los diarios). Las tempestades acompañadas de fuertes descargas eléctricas, son frecuentes. El hidrómetro delata escasa cantidad de vapor de agua en la atmósfera y la oscilación barométrica es casi nula con una variable de uno o dos milímetros. El agua hierve a 73º C.

Los españoles estaban ciertos que en estas alturas, donde el frío es implacable y el aire extremadamente ralo, se daban pródigos los metales preciosos que los sacaría de la pobreza. Las Crónicas de Hernando Pizarro y Miguel de Estete lo aseguraban. Poseídos por una avidez sin limites, utilizaron la tortura inmisericorde con los siguientes resultados. En 1540, “descubrían” las minas de Porco; en 1545, las de Potosí; en 1555, las de Castrovirreina; en 1566, las de Huantajaya y Huancavelica y, en 1567, las de San Esteban de Yauricocha, es decir, el Cerro de Pasco.

Ya había sido conocido desde hace doce mil años por los primeros hombres que deambularon tras la caza nutricia. En la época preincaica, cuando descubren la minería, le denominan: “Cerro Mineral de Bombón”; los españoles lo pusieron bajo la advocación del mártir francés y le denominaron: “San Esteban de Yauricocha”; más tarde, hundidas por un aluvión las minas de Potosí, le denominan, “Nuevo Potosí” (1620). Su producción de plata era tan fabulosa que llega a duplicar a la de Potosí. En 1639 el rey de España, admirado de su ingente producción, le otorga el título de “Ciudad Real de Minas”, es decir, la reina de todas las ciudades mineras del reino. En 1771, el Virrey Amat y Junient, oficializa el nombre de El Cerro de Pasco; en 1840, el Mariscal Gamarra, la bautiza “Ciudad Opulenta”; el Congreso Minero de 1956, el de “Capital Minera del Perú”. La historia dramática de su pueblo, desde siempre, “Pueblo Mártir del Perú”.

Hombres, mujeres y niños que habitan esta ciudad, están condenados a vivir en hipoxia crónica, es decir, en ambiente de escaso oxígeno (casi la mitad de lo que consumen los hombres de la costa) con notable disminución de la presión atmosférica. Esta insuficiencia origina la eritrocitosis: aumento notable de glóbulos rojos, primer paso de la desadaptación; más tarde surge el Mal de Montaña Crónico con sus cefaleas, mareos, somnolencia, insomnio, fatiga, tendencia a la depresión y quemazón de las extremidades. Su síntoma más saltante es la cianosis: coloración azul-morada del rostro, manos y labios, congestionados por la policitemia y la marcada dilatación de las venas. Como compensación, los cerreños poseen una serie de connotaciones biológicas especiales. Corazón y pulmones enormes para soportar el rigor extremo de la altura y el frío. El agrandamiento cardíaco es una verdad física que no tiene ningún desmentido: “El hombre cerreño tiene el corazón más grande del planeta”. Lo malo es que, pasado ciertos niveles, se convierte en un factor de descompensación.

La fuerza del corazón y sus enormes pulmones, le permite un incremento de la capacidad respiratoria para obtener el oxígeno indispensable. Si lo normal en la costa es aspirar 10 litros de aire, el cerreño por su aspiración profunda y lenta, alcanza 100. Esta es la razón por la que inhala mayor cantidad de sílice libre que se convierte en neumoconiosis: asesina de los mineros. Neumoconiosis significa retención de polvo en los pulmones, cruel enfermedad común entre los topos humanos; gran cantidad de éstos muere asfixiada. Los dañados pulmones cubiertos de polvo metálico acumulado a lo largo del trabajo, los hace inútiles. Cuando el aire puro ingresa en las labores mineras, durante su circulación sufre un descenso en su contenido de oxígeno e incremento de anhídrido carbónico debido a la respiración de los trabajadores, a la descomposición del enmaderado, a la oxidación del carbón y minerales sulfurados, y en cierta medida a los disparos efectuados. El polvillo es la cantidad de partículas sólidas, finamente divididas, que se generan por acción mecánica en la perforación y otras propias de la industria minera. La enfermedad, una vez adquirida por su carácter progresivo, conduce al enfermo a la incapacidad parcial o total para todo trabajo que demanda esfuerzo físico. A muchos, al cabo de tres o cinco años, en plena juventud, deja inválidos si antes no los ha matado. En otros casos, el arsénico causa bronquitis, cáncer al esófago, laringe, pulmones y vejiga; hepatoxicidad y enfermedades vasculares; el berilo, irrita la piel y las membranas mucosas, produce cáncer a los pulmones; el cadmio origina bronquitis, enfisema, nefrotoxicidad, infertilidad, cáncer de próstata, alteraciones neurológicas, hipertensión y enfermedades en los vasos sanguíneos; el cromo es causante de nefrotoxicidad, hepatoxicidad y cáncer de pulmones; el plomo, es responsable de la disminución de coeficiente intelectual infantil, nefrotoxicidad, anemia y cáncer al riñón. Actualmente, ¡Quién lo creyera!, los niños cerreños tienen alto contenido de plomo en la sangre y nadie hace nada por evitarlo. A los que trabajaban en los ingenios coloniales, en la extracción de la plata con el mercurio, se les caía el cabello y los dientes, provocándoles temblores indomables. A estos hombres se les denominaba: azogados. El mercurio puede penetrar en la piel, producir picazón en los ojos, malestar intestinal y náuseas. Éstas son sus manifestaciones más sencillas junto con el nerviosismo, irritabilidad, molestias de orden neurológico y estados de gran excitación. Aparte de afectar el sistema nervioso y el respiratorio, así como los riñones, produce insuficiencia cerebral. Hay tratamiento médico para las intoxicaciones agudas, pero los efectos sobre algunos tejidos, ya no se pueden curar. Puede causar la pérdida de la vista, del sentido del equilibrio, del sentido auditivo, la memoria y otros órganos como el hígado. Puede paralizar nervios centrales y producir anestesia. Monje, Hurtado, Salinas, y otros estudiosos, han demostrado que la vida en altura es riesgosamente diferente a la de las orillas del mar. Las oportunidades de enfermar y de morir son mayores en el Cerro de Pasco que a nivel del mar. Sin embargo, el cerreño realiza intensos trabajos que superan al hombre de la costa por tres o cuatro veces. Las estadísticas aseguran también que la tasa de niños que nacen muertos, se duplica en comparación con las de la costa. Que ciertas patologías están activamente vigentes por lo que todos viven en perenne riesgo. Por ejemplo, es notoria –para hombres y mujeres- la hinchazón que sufre el sigmoides y el colon por efecto de la presión barométrica. Los médicos la comparan con las llantas de los carros. En la altura se hinchan más por el cambio de presión. Si éstos rotan pueden producir una fisquemia por torsión con necrosis, pudiendo ser mortal. A este fenómeno, los mineros nativos llaman Lipidia. Por otra parte, en la historia de la minería cerreña, los accidentes son incontables. No hay día en que el tétrico ulular de la sirena no alarme al pueblo con su gemido anunciando gravísimos acontecimientos. Este es un negro capítulo a parte que enluta al pueblo heroico.

Las mujeres sangran más días durante su “regla” y poseen alta tasa de fecundidad a pesar de una tardía primera menstruación. La menopausia se les presenta a una edad más temprana que en otros lugares. En este corto lapso, su vida reproductiva es mucho más alta. Las frías estadísticas lo dicen. El intervalo ínter genésico entre un hijo y otro, es muy corto, pese a que la lactancia materna exclusiva es más alta aquí que en otras partes del país. Está probado en el mundo entero que la lactancia materna protege a la mujer de la preñez. Esto no acontece en la ciudad cerreña. Aquí, la mujer, está dando de lactar a su hijo y se está embarazando de nuevo. Es que la Prolactina -hormona que regula la fertilidad con la lactancia- casi no existe aquí; no es efectiva como método anticonceptivo natural. De ahí que el promedio de hijos por pareja sea de ocho a diez.

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