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Desde mediados del siglo XIX, la iglesia cerreña, conjuntamente con la Beneficencia Pública, celebraban con gran pompa, la “Octava de Resurrección”–domingo siguiente a la Pascua de Resurrección- que se conocía como la “Fiesta de Cuasimodo”.

Cuasimodo es una expresión de religiosidad popular definida por el Papa Juan Pablo II como: “Verdadero tesoro del pueblo de Dios”. Procede del latín Quasi modo que significa “al modo de” y corresponde a las primeras palabras de la antífona: “Quasi modo géniti infantes”. Es decir: “Como niños recién nacidos que buscan la leche pura del espíritu, para que crezcan y tengan salvación ya que han gustado la bondad del Señor”.

Era una fiesta extraordinaria. Se celebraba misa solemne en Chaupimarca con panegírico y todo, después se sacaba en procesión al  Cristo Resucitado en la Santa Eucaristía. A ella asistía todo el mundo. El celebrante llevaba al Santísimo con las hostias consagradas. Lo acompañan los fieles en reverente procesión. Los miembros de la cofradía, con pañuelo a la cabeza en reemplazo de los sombreros, en señal de respeto y esclavina tomada de la vestimenta sacerdotal.

Ambos elementos eran de color blanco con ribetes amarillos (colores papales). Durante el recorrido, la cruz presidía la procesión llevando al sacerdote bajo palio. Escoltan los estandartes de las hermandades religiosas. La campana anunciará la llegada de la procesión a los Hospitales. Las congregaciones religiosas de la ciudad elegantemente vestidas, con misales y velos portando lábaros bordados en oro en los que señalaban el nombre de la congregación y su correspondiente fecha de fundación.

“Las Hijas de María Santísima”; el “Hermandad del Sagrado Corazón de Jesús”; “Hermandad de la “Virgen del Carmen”; “Hermandad del Niño Jesús de Praga”, la “Hermandad de la Virgen del Perpetuo Socorro”; “Hermandad de la Virgen de Fátima”; “hermandad de la Virgen del Tránsito”;“Hermandad de la Santísima Virgen de Lourdes”; “ La Hermandad de San Martín de Porras”, de “La Hermandad de Terciarios Franciscanos”. Las bandas de músicos se turnaban para tocar música sacra. Atronadora algarabía de cohetes estremecía el Cerro de Pasco. Era para ver.

La procesión se dirigía a La Esperanza donde se atienden a los obreros accidentados en las minas; se les hacía besar el sagrado cuerpo de Nuestro Señor y se les administraba la comunión. Era un momento de gran emoción porque todos sabemos que esos hombres jamás reciben el auxilio de Dios como aquel día lo ofrecía el cura. Después, la procesión llegaba al Hospital Carrión.

Aquí la ceremonia era especial. A la puerta, adornada de flores, cadenetas y banderas se ubicaban el Presidente y los directivos de la  Beneficencia, acompañados de distinguidas damas y guapas señoritas de nuestra sociedad que, además de portar ramos de flores, tenían sendas bandejas sobre la mesa con bocaditos de todos los sabores.

En un determinado momento -todos en fila- comenzando por el Prefecto y las autoridades con sus correspondientes esposas, dejaban sobre un plato colocado  sobre la mesa, sus óbolos en dinero contante y sonante. ¡Había que ver aquello!. Cada uno de los invitados no quería quedar mal en la contienda, por eso aportaba lo mejor que podía. Allí estaban los dueños de las minas más ricas de Pasco, que es como decir los más ricos del Perú; hacendados y comerciantes nacionales y extranjeros que para que no se hable mal de ellos,  dejaban sus buenos aportes.

Generalmente el que más aportaba era Fernandini, el más rico. ¡No hay nada que hacer, era el minero más generoso!. También estaban Escardó, Mujica Carassa, Proaño, los hermanos Gallo Díez, Escardó, Bertl, Nicander, los Rizo Patrón, Aspíllaga, Arias Carracedo, Arias Franco, los Pflucker… todos con sus señoras. Había que ver lo generosos que se ponían. Cada uno  de los oferentes, tras cumplir con depositar su óbolo, recibía de manos de las señoritas un   encendido clavel que colocaban en la solapa.

Eso no era todo. Cada familia que se respetara, enviaba al Hospital, sábanas, frazadas, ropa interior, toallas, pañales, camisas, pañuelos, ropones, vajilla, utensilios de cocina, de aseo y,  mucha comida. Enormes cantidades de frutas, papas, verduras, conservas… todo lo que el Hospital necesitara. El monto de las donaciones familiares y demás regalos era publicado al detalle por los cinco periódicos de la ciudad, por eso que para no “quedar mal” y lucirse debidamente, aportaban con gran generosidad.

Esta fiesta ha sido olvidada desde que el Hospital Carrión pasó a manos del Ministerio de Salud. Ya tampoco las piadosas hermandades continúan con su afán de recordar a los que más sufren. Es una lástima.

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