SE NOS FUE JULIO

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Julio está presente en el homenaje que recibimos del Congreso de la República al cumplirse cincuenta años de la Heroica Marcha de Sacrificio con la que logramos nuestra Universidad Daniel Alcides Carrión.

Una noticia que acabamos de recibir, nos anonada enormemente. A las tres de esta tarde ha dejado de existir nuestro entrañable amigo, Julio Baldeón Gabino. Ayer tarde estuvimos con él en su lecho de dolor en la sala de emergencias del Hospital Rebagliati. Teníamos la esperanza que con el tratamiento al que había sido sometido superaría la cruel enfermedad que lo aquejaba, pero no, la parca pudo más y, se lo llevó.

En su fraternal y última conversación –aún con la debilidad que dejaba entrever sus palabras- recordamos a los más queridos amigos y numerosos pasajes vividos. Las incontables anécdotas en el campo deportivo cuando desempeñaba el cargo de máxima autoridad de nuestro futbol; en el ubérrimo campo del teatro cuando nos deslumbró con una actuación soberbia en “El Fabricante de deudas”, lo mismo que en la radio donde presentamos muchas comedias. Lo más inolvidable que realizó fue su cruzada por nuestra música popular. Todos los domingos, cuando “el sol estaba en la cintura del día” nos deleitaba haciéndonos conocer la grandeza de nuestro folclore. Esto, por muchos años; más de cinco décadas.

Hace cincuenta y tres años, cuando caminábamos para conseguir nuestra universidad, fuimos sorprendidos por una lluvia infernal en el momento de atravesábamos la alta zona de Ticlio. Pensamos que aquella tormenta  podría mellar el bravo carácter de los muchachos, para que esto no ocurriera, por sobre el chasquido de la lluvia, rayos y truenos, con Julio comenzamos a cantar a voz en cuello una vieja canción de nuestra tierra; nos siguieron hombres y mujeres como una bravía respuesta al terrible reto del tiempo.  Sólo Dios sabe que nuestras lágrimas se confundieron con aquel temporal. Ese día lo vi  muy emocionado y ayer lo hemos recordado.

Cada vez que nos encontrábamos, atando viejos recuerdos, desandábamos viejos caminos que ahora tendré que caminar solo. Hay tanto para contar al respecto y pronto lo estarán leyendo los amigos que bien me quieren. Entre tanto, con el alma muy emocionada, pido al Divino Hacedor, le conceda el descanso eterno a que tiene derecho. Hermano Julio: Descansa en paz.

LA INOLVIDABLE FIESTA DE QUIULACOCHA

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Al oeste de la rancia y legendaria Villa Minera del Cerro de Pasco, capital minera del Perú, en amplia explanada que circundan rugosos cerros, se halla el histórico pueblo de Quiulacocha. Su nombre lo debe a la apacible laguna que estaba a la vera del poblado. Sus rielantes aguas -hace ya muchos años- cobijaba gran cantidad de aves de variada especie, que con sus gritos le daban vida; de allí su nombre: QUIULLA: ave; COCHA: laguna. “Laguna de aves”. En la actualidad ya no existe, el relave minero de las concentradoras al mezclarse con sus aguas, la mataron; luego, ocupando totalmente su lecho, la hicieron desaparecer. Actualmente es un muerto depósito mineral.

Este laborioso pueblo se comunica con el Cerro de Pasco mediante una vía por donde transitaban mulas cargadas de plata y donairosos chalanes que, quimbosos, la frecuentaban. Al pasar los años, roncos camiones la surcaron en su trajín de transporte. Paralelo a este antiquísimo camino, se prolongaba el promontorio de tierra negra por donde circulara el Ferrocarril Mineral de Pasco –primero de la sierra del Perú- que fue inaugurado el 1º de junio de 1869. Este ferrocarril ya desaparecido, transportaba el mineral de los yacimientos cerreños hasta los ingenios de Quiulacocha, Occoroyocc, Sacrafamilia y Tambillo. Partía de la estación de la Esperanza que actualmente ocupa la cárcel central. De vuelta, ya pisoteado y amalgamado -convertido en plata piña- el mineral era conducido hasta la “Fundición de Barras de Plata”, al final de la calle Parra, donde  funcionó la Comisaría policial.  De aquí salían brillantes lingotes, sellados, numerados y registrados por las Cajas Reales.

A mediados del siglo XIX, tras la llegada de los inmigrantes europeos, el alemán Herold, procedió a fabricar una cerveza de extraordinaria calidad, así como populares bebidas gaseosas que eran consumidas en todos el centro del Perú. Por eso la cristalina fuente de aguas puras de “Piedras Gordas” a la vera del camino, era lugar de cita semanal de los más famosos dipsómanos cerreños. Un poco más allá, se estableció el primer campo de aterrizaje, donde se recibió los aviones de los arriesgados pioneros de nuestra aviación. Allí hicieron proezas de exhibición con los primeros aviones de guerra que el Cerro de Pasco regaló a nuestra naciente aviación. La estrella de aquella demostración fue el piloto francés, Charles Corsant. Allí, también, tras superar los Andes, arribó Giovanni Ancilotto, héroe de la primera guerra mundial, recibido en triunfo por las autoridades de comienzos del siglo XIX.

Quiulacocha, apacible y silenciosa, residencia de ricos mineros de otrora, donde naciera el notable periodista y jurisconsulto, Sebastián Estrella Robles, fue también, cuna de doña Dolores García Navarro, madre de nuestro mártir, Daniel Alcides Carrión García. Ella había nacido en la amplia y señorial casa de los Navarro, plateros de antología, relacionados con los más insignes orfebres de Quito, Loja, Guayaquil y Huamanga. En ese lugar conoció al notable médico y abogado lojano, Baltasar Carrión, con quien procrearon a nuestro mártir.

A fines del siglo XIX y comienzos del siguiente, con su única calle principal que la cruza longitudinalmente, celebraba el 16 de agosto la tradicional fiesta de San Roque, sacrificado y piadoso santo francés, patrono del pueblo. En estos singulares festejos, los jinetes –hombres y mujeres-, lucían sus notables habilidades ecuestres para beneplácito de una enfervorizada multitud de romeros.

Desde las primeras horas de la mañana, camaretazos, bombardas y cohetes, anunciaban a los pueblos circunvecinos que la fiesta se había iniciado. Alegres campanas al vuelo, convocaban al inicio de la misa solemne en su iglesia. Campanudos sacerdotes y su séquito de monaguillos inundaban el pueblo con incienso sagrado, jaculatorias y rezos salmodiados y píos, celebraban el rito. A la puerta del templo -guirnaldas, quitasueños, banderines- los músicos llenaban de estruendosas melodías el ambiente fiestero. Enorme cantidad de fieles, extranjeros y nativos, trajeados de fiesta, atiborraban el templo. Más allá, como un lienzo magistral de famosos pintores españoles, una imponente ringla de caballos de pura sangre, a la espera de sus chalanes. Enjaezados lujosamente -a cual mejor- lucían su estampa sorprendente, de alzada notable, proclamando su noble estirpe.

Terminada la misa cantada, paseaban al santo patrono por las calles del pueblo, en contrita procesión. Detrás iban los diáconos, adustos y solemnes, con  sus casullas de fiesta, bajo palio sagrado, presidiendo el imponente recogimiento. Tras la gran cantidad de fieles, numerosos chalanes y amazonas –españoles, italianos, ingleses, alemanes, franceses, austriacos, croatas, húngaros- sobre sus regias cabalgaduras de festividad. Lujosamente engalanados con aperos de cuero fino y brillante, guarnecidos con plata maciza, los corceles obedecían al jinete que, cómodamente sentado en su montura de cajón, cubierta de pellón sampedrano, los guiaban con la suave presión de sus espuelas de plata. Piafaban, escarbaban, bailaban, retrechaban, gambeteaban, caracoleaban, con increíbles cabriolas que incitaban el clamoroso aplauso de los espectadores. Los chalanes, lucían blanco y hermoso sombrero de paja de Guayaquil, pañuelo blanco de seda que, acariciado por el viento, abanicaba su recio rostro amarcigado de soles y vientos.  Amplio poncho de vicuña, cubriendo el pantalón de montar, ajustado con botas de cuero y tintineantes espuelas de plata que cantaban su grandeza sobre los empedrados caminos del Cerro. En la parte central, como esplendorosas reinas, las elegantes amazonas cerreñas, escoltadas por los chalanes. ¡Qué belleza de mujeres! ¡Cuánto donaire y elegancia! Todos –hombres y mujeres- en la explanada de la capilla, devuelto San Roque, al altar, procedían a  mostrar sus habilidades ecuestres ante la admiración del público, del cura y, de las bellas damas invitadas.

El primero en destacarse era el caballero español don Gaspar Gallo Díez, rico comerciante, aficionado a la cría de caballos de raza. Había venido de Santander y tras denodado trabajo empresarial llegó a ser acaudalado comerciante, titular de la firma, “Gallo Hermanos”. Siempre iniciaba su actuación -en coordinación con los músicos lugareños- con una galana mazurca que en cuanto su cuatralbo lo escuchaba, se ponía a danzar que era un primor; luego, gobernado por la suave presión de las riendas, realizaba una suerte de gambetas muy festejadas y, para finalizar –crines al viento- el corcel piafaba vistosamente, alternando delanteros y traseros, para retirarse trotando majestuosamente. El jinete agradecía, sombrero en mano, los nutridos aplausos y sonoras aclamaciones, haciendo empinar a su caballo.

Las voces de asombro no habían acallado, cuando un relincho penetrante imponía silencio. El italiano Lorenzo Languasco entraba a tallar con un tordo impresionante. Su caballo de largas crines, firmes agujas y amplia grupa, caracoleaba y piafaba para empezar, avanzando con paso picado, quedando estático por un lado, para luego retrechar con el cuello tenso, en arco imponente, y para no quedarse atrás, se despedía alegremente, bailando y trazando círculos. Los Languasco proceden de Oneglia, Italia. Su dedicación y empeño le abrieron amplio campo en el comercio, ganadería y minería; en su hacienda de Yanamate, poseían abundantes cabezas de ganado y era dueño de varias minas de plata. Don Lorenzo había desempeñado el cargo de cónsul del reino de Italia en el Cerro de Pasco.

Las palmas de admiración no se hacían esperar. La banda austro húngara poniendo un toque de triunfo ejecutaba una saltarina mazurca coreada por la asistencia. Las voces pedían el bis con insistencia y, los músicos, pletóricos, atendían la solicitud con una cachua traviesa y querendona. Cuando el entusiasmo estaba al tope, una marcha de coraceros se hacía aplaudir.

La hidalga estampa del caballo criollo hacía su aparición en el escenario. Su paso acompasado sincrónico y sonoro llenaba de orgullo a don Arístides Mellán, limeño de pura cepa, que cunda y juguetón afirmaba: “Yo me quedé en el Cerro, por las tetas y las vetas”. Casó con una hermosa cerreña de acaudalada familia y llegó a ser próspero minero. Era jactancioso por sus caballos de marcada ascendencia árabe. Aquel día, después de hacerlo caracolear a su gusto, lo hizo bailar, avanzando de costado, llegando a entusiasmar a su equino que más parecía una criatura traviesa; los aplausos y aclamaciones llenaban el ámbito a su retirada.

Inmediatamente había que abrir amplia calle. De un extremo, a galope abierto, la negra estampa de un moro se dibujaba contra el azul intenso de nuestro cielo serrano. La abierta carrera se interrumpía de golpe en una parada seca, delante del atrio, donde se hallaban los circunstantes. Los húmedos belfos del bruto, sofrenado por el jinete, se abrían como un gesto de desafío, al sentarse sobre los cuartos traseros en saludo impresionante. No es extraña la fogosidad del corcel; ha sido amaestrado y, ahora conducido por don Rufino Mier, nieto del connotado patricio, Camilo Mier, jefe de las montoneras cerreñas que lucharon por nuestra libertad, al lado de Álvarez de Arenales, Simón Bolívar y finalmente de Avelino Cáceres. Efectuado el saludo de entrada, vuelve a grupas e inicia una carrera desenfrenada y franca por el reducido escenario enmarcado por los romeros; termina haciendo un ocho perfecto con gracia de ballet. Se para en dos patas y marca alternativa los delanteros. Los aplausos estruendosos premian la hazaña.

No hay nada que hacer, la fiesta es todo un éxito. El fino champagne francés brindado por el consulado galo en tintineantes copas de bacarat, es escanciado con placer. Los chapetones, dicharacheros y alegres, no se quedan atrás. Han traído lo mejor de las bodegas españolas. Un jerez maravilloso que hace brillar los ojos de las damas, pintándoles un delicado rubor en las mejillas. Los varones escancian, con elegancia, las botas repletas de fina manzanilla gitana.

Ya el pueblo esta chispeado. El pisco puro de Ica ya ha encendido a más de un espontáneo que, pañuelo en mano, invita a bailar a una dama en franco corro de entusiasmo. Más allá, en albas carpas adornadas de cadenetas y quitasueños, las vivanderas ofrecen hirvientes y rubicundos mondongos con alijo de verde perejil; membrudos cuyes, aderezados en salsa de maní; cabritos al horno, arvejitas, charquicán, anticuchos y, como si fuera poco, melosos buñuelos y demás dulces de ensueño, como el desaparecido “ranfañote” de chancaca, cocos, nueces, queso, pan y otras mixturas. La cerveza “Herold” refresca a más de uno de los circunstantes, dicharacheros y jubilosos. De pronto, un claro y taladrante clarín, anuncia la presencia del último jinete. Bien se ha cuidado don Toribio Oyarzábal de ser el de fondo. Razones no le falta. No sólo es descendiente de vascos patricios que lucharon por nuestra libertad sino, actualmente, mineros de antología y destacados miembros del gobierno. Quiere  mostrar su pericia ecuestre pero también su riqueza. Si los precedentes jinetes han demostrado la valía de sus avíos, éste llega al máximo. En su gallardo alazán, ricamente enjaezado, trotan varias vueltas con el fin de hacer admirar su montura tallada a mano, con incrustaciones de oro y plata. Si el arnés es riquísimo, y la ropa del jinete, muy elegante, lo que más llama la atención son los herrajes de plata de su lustroso alazán, cuya fina pelambre reluce con los reflejos del sol. Después de mostrar su sapiencia de jinete y la riqueza de su apero, don Toribio se retira en medio de vivas aclamaciones de la gente. Más tarde, como es su costumbre, encenderá sus habanos con billetes de una libra.

Finalizado el torneo hípico, dejando tema para encendidas discusiones, los jinetes ponen a buen recaudo a sus cabalgaduras para servirse las mixturas y bocaditos que expenden las vivanderas, sin dejar de piropear a las hermosas cerreñas.

Llegada la noche, la alegría al tope, desatada por sorbos de finos tragos que encandilan  las conciencias, se abre un torrente de felicidad y alegría que los hace bailar iluminados por románticos candiles. En un rincón débilmente iluminado, besos y juramentos, en otro, un par de guitarras magistralmente pulsadas que acompañan a las voces cargadas de tristeza y de amor de, Ildauro Díaz y Manuel Gutiérrez, en el dúo de antología a través de todos los tiempos:

Los tristes taladran la noche con sus quejas sentidas y las mulizas acompasadas y rítmicas, nacidas en los páramos cerreños se encargan de hacer llegar el mensaje al corazón ausente; y cuando los recuerdos humedecen los ojos, la cachua o el huainito, aceleran el ritmo de los corazones. Más allá, en una casa iluminada por lámparas potentes, un grupo de mineros juegan a la “pinta”. Sobre la tersa superficie de un tapete, montones de relucientes onzas de oro; en el suelo –su peso y tamaño así lo requerían- las barras de plata, cambiaban  de dueño, pasando de unos a otros. Así se jugaba entonces. Grandes y significativas cantidades de oro y plata.

Al día siguiente -humos de alegría en la cabeza- retornaban los fogosos jinetes  haciendo vistosas cabriolas en todo el trayecto a guardar a sus hermosos caballos que trataban como a la niña de sus ojos. Quiulacocha quedaba tranquila y  los trabajadores de los ingenios   seguían laborando.

Esta hermosa costumbre lugareña decayó radicalmente cuando, a comienzos del siglo pasado, la compañía norteamericana estableciera su monopolio al comprar las minas cerreñas, originando el éxodo de los románticos mineros europeos. Éstos han dejado imperecederos recuerdos en las páginas de nuestra historia.

 

 

 

LULI COCHA (Leyenda)

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Muy cerca de Ninagaga, a la vera del camino que lo une con Huachón, hay una hermosa laguna repleta de truchas a la que se le ha dado el nombre de Luli cocha. De este lugar se cuenta la siguiente leyenda:

Al borde de sus aguas, hace mucho tiempo, vivía un hombre cuyo sustento dependía de la crianza de ovejas a las que amorosamente iba a pastar a largas distancias.

Este pastor, que diariamente tenía que preparar sus alimentos después de llegar cansado a su casa, se sorprendió cierto día. Encontró su humilde casucha muy pulcra y atusada y, sobre la mesa, un caliente y delicioso almuerzo. Quedó sorprendido. Seguro de ser víctima de una broma, estuvo contemplando los apetecibles potajes ahí expuestos. Tan apetitosos estaban que finalmente tuvo que devorarlos por el extremo apetito que lo apremiaba. Todo resultó muy agradable porque quedó ahíto y satisfecho, pero por más que se esforzaba, no alcanzaba a adivinar quién podía haberle hecho aquella broma.

Al ocurrir lo mismo los siguientes días, su curiosidad fue en aumento. Tremendamente intrigado decidió averiguar quién era el autor de estos enigmáticos sucesos. Así, cierto día fingió ir a trabajar pero sigilosamente regresó dando un rodeo por la parte posterior y alta de una colina  desde donde podía ver claramente su choza; se acomodó detrás de una roca y pacientemente se puso al acecho.

No había transcurrido mucho tiempo cuando vio que una bella mujer entraba en su morada y se ponía a cocinar. Con gran sigilo bajó del cerro y la sorprendió.

  • Tú eres la que me prepara los alimentos ¿No?.- Preguntó él.
  • Sí, – respondió débil y completamente turbada la joven.
  • ¡¿Por qué?!.
  • Veía que todos los días llegabas muy cansado a prepararte tus alimentos. Rendido estabas, lo hacías con gran dificultad, por eso decidí apoyarte.
  • ¿Quién eres tú? –Interrogó el pastor.
  • Soy el alma de esta laguna. Soy Luli Huarmi.
  • .. ¡Eres mujer!
  • ¡Claro!.
  • Entonces, si quieres ayudarme… ¿Por qué no te casas conmigo?
  • Si así lo quieres, seré tu mujer, pero con la única condición que nunca me traiciones, en cuyo caso yo sería capaz de una venganza muy cruel. Soy muy celosa.

A partir de entonces, muy contento él, y muy enamorada ella, unieron sus vidas en busca de felicidad. Al poco tiempo fueron alegrados con la llegada de un bebé.

En este ambiente de comprensión y cariño fueron muy felices por algún tiempo hasta que, apremiado por la necesidad, él tuvo que marchar al Cerro de Pasco por razones de  negocios. A partir de entonces sus viajes se hicieron continuos con una duración de seis a siete días cada uno. Durante estos alejamientos nada anormal ocurría, hasta que un día en que el esposo estuvo ausente, en plena tempestad de nieve, pasa por su casa un viajero y pide alojamiento. Ella, viendo la inclemencia del tiempo, accede y le franquea la puerta. El extraño y sereno encanto de la mujer cautivó al viajero que al darse cuenta del gran amor que  profesaba a su marido, decide fomentar en ella el malhadado  fantasma de los celos. A partir de entonces, hace más continuas sus visitas aprovechando la ausencia del marido, con el único fin de seducirla.

  • Señora, yo conozco a su marido. Es negociante como yo, pero lo que me apena es que, mientras usted aquí sola sufre los rigores del clima con la única compañía de su hijo, él se esté divirtiendo con una cerreña que ya es su mujer.

Estas y otras cosas le contaba. Poco a poco, la mal intencionada acción del visitante ocasionó la desconfianza y el desamor de la mujer hasta que terminó por odiarlo mortalmente. Envenenada de celos, la mujer, buscaba la manera de vengarse de su marido sin saber que él se dedicaba íntegramente a su tarea de proveedor de carne para los mineros. Decidida a castigar lo que ella suponía la traición de su marido y convencida de que el hijo de ambos era la suprema adoración del hombre, decidió ejercer represalia por medio del niño.

Así, un mediodía que el pastor retornaba de las minas, vio que sobre la cocina hervía una espumante olla de fierro. Llamó a su mujer dando grandes voces, pero ésta no respondió, escondida como estaba. El  hombre se acercó entonces con el fin de averiguar cuál era el potaje que su compañera le había preparado, levantó la tapa de la olla y horrorizado vio que dentro hervía el cuerpecito, piernecitas y brazos del pequeño. En el colmo de la desesperación salió para preguntar a su mujer y sólo alcanzó a observar que ella se sumergía a las aguas de la laguna seguida de todos sus animales.

El pastor enloqueció y al poco tiempo murió sepultado por la nieve;  la laguna por su parte se hizo maldita. Cuando una mujer encinta se acerca a ella, es seguro, que el niño que está gestando morirá irremisiblemente.

 

 

REPORTAJE (Entrevista radial al doctor Emilio Marticorena Pimentel)

Esta es una entrevista radial para “Radio Corporación” cuando el insigne cardiólogo trabajaba en el Cerro de Pasco y se presentó un dramático caso a un obrero llamado Fridolino Carhuajulca. La grabación de ésta y otras entrevistas se hallan en su archivo correspondiente)

dr-marticorena-pimentelDoctor, el caso de Fridolino Carhuajulca, es muy preocupante. Él sufre intensamente con lo que le está ocurriendo, su familia también. ¿Qué nos puede referir de su caso?

.- Este paciente de treinta y nueve años de edad, natural del Cerro de Pasco, vive en una lucha constante contra el medio ambiente donde ha nacido. Todos los días sus pulmones absorben menos oxígeno que la mayoría de sus paisanos lo que aumenta la frecuencia de su respiración. Esta sensación de ahogo no lo deja trabajar ni dormir. Por las noches aumenta la presión y le hace sentir mucho calor. Una verdadera pesadilla. Carhuajulca sufre los estragos que se llama “Mal de Montaña Crónico” (MMC) que afecta no solo a él sino a todos tus paisanos que han nacido y permanecen en estas grandes alturas. No olvides que estamos en la ciudad más alta del mundo.

  • Pero lo que lo alarma es que respira como si nada ocurriera
  • Ese fenómeno a nuestra altitud puede resultar peligrosísimo. La hemoglobina se eleva y el volumen de la sangre se incrementa saturando todo el sistema circulatorio. Eso –naturalmente- produce fatiga, dolores de cabeza y alteraciones de la memoria. Le hemos recomendado que baje a vivir en una tierra de menos altura…
  • Él me ha dicho eso, pero resulta que aquí ha formado su hogar, aquí trabaja y asegura que se ha acostumbrado. Afirma que cada cierto tiempo le sacan un litro de sangre y le ponen suero. Eso le hace sentir mejor, pero sabe que no le está curando….
  • Eso está generalizado aquí. Creen que para un nativo de estas tierras, la altura es un medio natural en el que siempre va a vivir; sin embargo sabemos que puede sufrir complicaciones físicas si no termina de aclimatarse adecuadamente.
  • ¿A pesar de haber nacido aquí….?
  • Mira, César. En ningún caso la altura es un medio natural para vivir. El ser humano no está diseñado ni biológica ni psíquicamente para establecerse en un medio extremo como es el Cerro de Pasco. Por encima de los 3,500 metros, la presión atmosférica se reduce de tal modo que inhalamos menos oxígeno y la frecuencia y la profundidad de la respiración aumentan. Esto hace difícil pensar, trabajar y dormir.
  • O sea que es difícil la adaptación…
  • Si quisiéramos terminar por adaptarnos, tendríamos que desarrollar ciertas características genéticas que nos permitan vivir en grandes altitudes. Los únicos seres verdaderamente adaptados a la altura son cierto tipo de animales como el cuy, los camélidos andinos y algunas aves y batracios con una evolución de millones de años que les ha permitido adaptarse. Ellos han desarrollado genes que permiten que su hemoglobina capte más oxígeno, haciendo que algunas variables cardiorespiratorias sean distintas. El hombre cerreño, en cambio, lo que hace es aclimatarse, es decir, solamente aumenta su capacidad vital para lograr vivir en altura.
  • ¡Qué interesante!
  • En su lucha por conseguir más oxígeno, el organismo del cerreño modifica algunas funciones circulatorias y respiratorias de modo que sus células no se den cuenta que hay menos oxígeno. Es por esta razón que ustedes los cerreños tienen los pulmones más grandes, respira más, genera más glóbulos rojos en su sangre y su corazón crece y late más rápido que el de un hombre corriente.
  • Entonces esa es una adaptación más adecuada….
  • El problema es que estas condiciones varían cuando se trasladan a nivel del mar. En pocos días su capacidad de llevar aire a sus pulmones es la misma que una persona normal y hasta el tamaño de su corazón se reduce. Esa es la más clara prueba de que no está aclimatado a la altura
  • Finalmente, mi querido César, el mayor riesgo de esta enfermedad llamada mal de montaña crónico (MMC) descrita en 1925 por el doctor Carlos Monge Medrano, es capaz de afectar diversos sistemas del cuerpo. Sus principales son las personas que como ustedes han nacido y vivido siempre por encima de los 2,500 metros y que poco a poco, sutilmente, empiezan a respirar como un individuo que ha vivido a orillas del mar.

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ESTAMPAS CERREÑAS

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Reproducimos una añosa fotografía en la que puede verse el extremo norte de nuestra ciudad, con su cielo gris y la silueta de sus rugosos cerros perdiéndose en la lejanía. En la parte superior central podemos ver las paredes de nuestro viejo cementerio general, ubicado en cumplimiento de las leyes entonces “a las afueras de la ciudad, cuanto más distantes mejor, para preservar a la población de contraer contagios por las emanaciones de los cuerpos corruptos que allí yacen”. Esa zona se la denominaba “Pariajirca Alta” y pertenecía al minero español, don José Gallo Díez que lo donó a la Beneficencia Pública en 1879. En la parte baja una hilera de casas encaladas correspondientes a Yanacancha.

En aquel entonces, los trabajos mineros de la compañía norteamericana se realizaban en la profundidad de los socavones cuyas ramificaciones de intrincadas galerías se desplazaban siguiendo la orientación de la vetas minerales. El día de hoy todo se ha transformado. Iniciado el “Tajo abierto” la dinamita, perforadoras, cargadores frontales e interminable parafernalia de maquinarias gigantescas han ido tragándose nuestra tierra y sus fauces insaciables han hecho desaparecer viejos caminos como el que se ve en la parte baja y conducía a Salcachupán. Hoy todo conforma un espantoso agujero donde están sepultando nuestra historia.

El ALCOHOLISMO EN LA HISTORIA DEL PERÚ (Segunda parte)

Magno Antenor Álvarez

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

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Hacia fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, este “problema” parece tomar una mayor importancia, pues se publican diversos artículos en diarios y revistas, como también adquiere interés desde la perspectiva médica, dentro de ello contamos con la tesis de bachiller de Justo Telesforo, “sobre la fabricación del alcohol de caña y el alcoholismo en Lima”, sustentada en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en 1889. Otro de los exponentes que luchó contra el alcoholismo, con gran ímpetu, fue el sabio médico José Casimiro Ulloa, con la publicación de artículos como la “Falsificación de las bebidas espirituosas” (El Monitor Médico, 1886), también hablándonos de la prevención, “Otra faz del alcoholismo”, 1890; donde buscaba mejorar la calidad de los licores y tener cuidado en su fermentación y fabricación, pero llegando a conclusiones que el consumo exagerado del alcohol podía llevar a generar la locura.

En 1901, el Municipio de Lima convocó a un concurso para el mejor trabajo escrito, para combatir el alcoholismo resultando ganador el médico Manuel O. Tamayo, donde nos menciona la presencia de licores como el “ajenjo, anisado, bitter, ginebra, whisky, mistelas, old-tom y el ron de Jamaica”, y según sus datos en 1894 fueron detenidos en estado de embriaguez 3029 individuos, incrementándose en 1899 a 5820 y en 1900 a 6133; también resultaron ganadores Pedro Paz Soldán, Carlos B. Cisneros, entre otros. Durante los años siguientes se creó la “Sociedad Nacional de Temperancia” que funcionó en Lima durante los años de 1912 a 1920 que fue dirigida por Wenceslao F. Molina, Oscar Miró Quesada y otros, y formaron un órgano periodístico llamado “La Temperancia”, que era distribuida gratuitamente pero además dictaban charlas y conferencias.

El 11 de octubre de 1916 el Congreso dio la ley 2282 de enseñanza antialcohólica, pero debido a la imposibilidad de preparar el libro, el gobierno de José Pardo, convocó a un concurso nacional para lo cual da un decreto el 3 de febrero de 1917, resultando ganador el normalista y abogado don Luis C. Infante que redactó el, “Manual de Enseñanza Antialcohólica para las Escuelas y Colegios del Perú”, publicado en 1921, que solo se cumplió en los primeros años de su promulgación. El 9 de Noviembre de 1917 el mismo gobernante promulgó la ley 2431 referente a la venta de bebidas alcohólicas y su articulo único ordenaba: “prohíbase en el territorio de la República durante los días sábado y domingo”, pero debido a que los comerciantes burlaban las disposiciones el presidente Augusto B. Leguía en 1926 derogó dicha ley gracias a diversas gestiones realizadas por diversas agrupaciones en vista de inmoralidades comprobadas en la administración pública.

Luego de ello hubo diversos proyectos que buscaban la prohibición, fabricación, venta, transporte e importación de bebidas alcohólicas en todo el territorio de la República, pero ninguno de ellos tuvo efecto. Así llegamos a nuestra actualidad de la cual no somos ajenos y contamos con grandes fábricas cerveceras, y son quienes aportan más impuestos al Estado, e incluso aportan económicamente al deporte principalmente al fútbol; que el incremento de los impuestos a estos productos le llevan a un enfrentamiento con el gobierno, caso nada novedoso pues esto deviene desde el siglo XIX. Al margen de la cerveza existen otros licores de bajo costo y muchos de ellos adulterados que pueden producir la muerte por el uso del alcohol metílico que es exclusivamente de uso industrial.

Pero estamos tan inmersos con las bebidas alcohólicas que casi todas las actividades que se realizan no se salvan de la presencia de estos licores, en las discotecas, un cumpleaños, matrimonio, una fiesta patronal, aniversario, etc.; y no podía faltar en nuestras famosas polladas y en sus tarjetas -infaltables- anuncian, “Gran Pollada Bailable … y el bar estará surtido de la refrescante y deliciosa cerveza” y otras más llamativas como, “… y no faltará la riquísima rubia heladita”, en alusión a la cerveza. Pero esto no solo se da en las actividades, o que algunos la llevan en la sangre, sino también está presente en nuestras memorias, en nuestras canciones y la cantamos cotidianamente pues muchas veces sin darnos cuenta por la pegajosa melodía, y no hay genero musical que se salve, pues está presente en un huayno, salsa, rock, balada, con mas énfasis en los boleros y muchas otras, y en nuestra tecno cumbia, muy de moda durante estos últimos años, como la canción que popularizó el grupo Armonía 10, que titula “Me emborracho por tu amor”, que a la letra dice; “Que dolor me estas causando con tus engaños / hay amor mío, quiero olvidarte pero no puedo / por que te quiero con toda el alma, por eso yo / me emborracho por tu amor … Me emborracho por tu amor me emborracho en cada vaso que tomo se acaba mi vida …”. Frente a estas diversas peculiaridades el gobierno lanzó un spot publicitario radial y televisivo que decía, “si tomas no manejes y si manejas no tomes”, pero como siempre solo quedó ahí, en el olvido.

Como hemos podido apreciar, las bebidas alcohólicas la tenemos siempre presente y es tan cotidiana que somos incapaces de ver y aceptar como un “problema”, pero al margen de todo ello no estamos en contra del consumo de los licores, lo que si nos preocupa es su consumo en exceso (hasta perder la razón) y esto es lo que lleva a que se produzcan los accidentes automovilísticos, peleas, homicidios, que hacen daño a la sociedad. Finalmente estamos plenamente seguros y convencidos que este problema no va a cambiar ni ha de desaparecer, luego de haber visto su evolución podemos decir que esto continuará -tanto la producción (fabricación) y su consumo- por tener raíces muy profundas.

(1) La Zamacueca Política, Lima 20/03/1859

(2) Para mayor información sobre esta época, véase mi trabajo, “Embriaguez y Delitos: Aproximaciones para el estudio del alcoholismo en el siglo XIX”. Presentado al “IX Coloquio Internacional de Estudiantes de Historia”. PUCP, Lima, Octubre de 1999.

FIN……

 

 

 

 

 

 

 

El ALCOHOLISMO EN LA HISTORIA DEL PERÚ (Primera parte)

Magno Antenor Álvarez

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

bebidas-alcoholicas

Durante estos últimos meses hemos sido testigos de noticias lamentables sobre accidentes automovilísticos y homicidios: ¿las causas?, todas dan cuenta que se produjeron por personas en estado de ebriedad o personas que consumieron gran cantidad de bebidas alcohólicas en diversas actividades principalmente durante los fines de semana. Es así cuando el “problema” se hace masivo según las estadísticas, tan solo ahí nos preocupamos. Pero ¿a qué se debe el poco interés de las ciencias sociales y específicamente de la historia y la sociología para su estudio?; creemos que las razones son diversas, que a continuación abordaremos algunos aspectos.

Si bien es cierto este “problema” no es novedoso, ni característico de nuestra sociedad actual, sino que deviene desde épocas remotas, pues se sabe que nuestros antepasados consumían un tipo de bebida llamada chicha, que se obtiene a partir de la fermentación del maíz. Podemos mencionar que los primeros testimonios lo encontramos en las crónicas, solo por citar un ejemplo a Pedro Pizarro, uno de los que presenció de cerca los primeros días de la conquista y dio su impresión acerca de la sociedad peruana en su “Relación del Descubrimiento y Conquista de los Reinos del Perú”, y sobre el tema que estamos tocando nos dice que las mujeres que habían decidido servir al sol se dedicaban “… en hacer chicha, que es una manera de brebaje que hacían de maíz, que bebían este brebaje como nosotros vino…” y sobre su consumo lo califica como un vicio y nos describe que, “… Estando borrachos tocaban algunos en el pecado nefando. Emborrachávanse muy a menudo, y estando borrachos, todo lo que el demonio les traía a la voluntad hacían”.

Pero hacia 1532 los europeos nos trajeron la caña de azúcar y la vid, y toda la tecnología del alambique para procesar y destilar el alcohol y fruto de ello nacieron el aguardiente (guarapo), el pisco y otras bebidas, y su venta se realizaban en las chinganas y pulperías, pero no podemos excluir la presencia de otros licores que llegaban por la importación y debido a su alto costo era el privilegio de una élite. Pero el consumo de las clases populares era abundante, es por ello que la lucha contra el alcoholismo comenzó en la época colonial y estuvo a cargo del clero, por disposiciones de los virreyes. El Arzobispo don Pedro Villagomes realizó esta tarea imponiendo penas de carácter religioso y en otros llegó a recurrir a los azotes y el destierro sin lograr éxito debido a las costumbres de pagar el trabajo de los indios por medio de la coca y el alcohol, y se oponían rotundamente a ella.

Llegada la República esto continuará y más aún desde el día de la proclamación de la independencia nacional el 28 de julio de 1821, donde durante la noche el general San Martín, inició el baile luego se comenzó a servir el ponche para el cual se utilizó 36 botellas de vino cartón, 18 botellas de vino de ron, 18 botellas de vino de cerveza, 24 botellas de vino generoso, 1 1/2 arrobas de azúcar y un peso de limón, sumando la cuenta a 100 pesos, adicionalmente se incrementaron 12 pesos por los vasos que se rompieron. Pero el “problema” fue más amplio, y para esto incurren en delitos, que por lo general debido a la ebriedad siempre están ligados a “fomentar escándalos y pleitos”, y a las “alteraciones del orden público”, donde se llegan a casos extremos de homicidios.

Para este período de las primeras décadas de la república contamos con algunos documentos del Archivo General de la Nación (A.G.N.), de la cual podemos extraer algunos ejemplos que nos permitan comprender el “problema”, así tenemos los autos criminales de doña María Dolores Santiago contra Don Antonio Rodríguez su marido pidiendo su divorcio por maltratos y dice :” … que en calificación de los hechos tengo producida la información respectiva y necesitando de ella para proponer mi demanda de divorcio ante el eclesiástico solicito se me dé un testimonio de todo el expediente íntegro para deducir con su mérito (en) cuanto a mi derecho convenga … mi marido ha sido tan bárbaro y atroz que difícilmente puede haberlo experimentado otra alguna mujer …” y concluye diciendo que “… aún así podía caber disimulo sino hubiese sido atemorizado de peores maltratos de lo que sufría, principalmente en las noches en que se recogía ebrio indigesto, y enfurecido, haciéndose el fin tan habitual este vicio que era un milagro verlo en su sana razón”. Confrontado Rodríguez a causa de las acusaciones y preguntado, “si tiene (la) costumbre de beber y (si) lo hace con tal exceso que le perturba la razón, y lo pone en miserable estado de embriaguez dijo: que lo usa un poco de vino burden, a la hora de comer, y eso en cantidad muy pequeña, y que sólo una vez advierte habérsele perturbado la cabeza por haberse excedido en concurrencia de otros amigos …” , pero finalmente se le pone en libertad al acusado gracias al testimonio de su empleado que declara a su favor, y la sentencia final califica que “no se hace relación de los hechos ni los dichos”, (A.G.N. Leg. No. 3, 24/01/1827).

Pero también se llegaron a casos extremos de homicidios como lo podemos ver en los autos criminales seguidos contra Felipe Zapata por haber asesinado a Simón Foronda, esclavo de la Hacienda de Maranga, que según testimonios del mayordomo y el caporal dijeron “… que lo mas que saben es que habiéndose levantado muy temprano tanto el (mal)echor (Felipe) como el difunto (Simón) ambos se robaron una botella de aguardiente y se la bebieron, en el galpón y cobrándole el difunto ocho o nueve reales que le tenía se fueron ambos a las manos y el dicho Zapata le metió una puñalada en el corazón. Todo esto aconteció en el galpón de otra hacienda y en circunstancias que toda la gente estaba durmiendo por ser día de fiesta…”. Luego se le condena a la pena de seis años de presidio, pero busca su libertad confesando haberlo matado y apelando que el homicidio fue “en defensa de su persona”, (A.G.N. Leg. No. 8, 18/12/1828).

Anstoßen mit MaßkrügenLas fiestas no pueden pasar desapercibidas, como un diario de la época nos describe sobre una tarde de corrida de toros y menciona que, “desde la una del día, la gente ha principiado a invadir las localidades los vendedores recorren desde esta hora el tablado ofreciendo sus vendimias por medio de pregones extravagantes todos los arcos de la plaza se ven ocupados por las cerveceras … (y además) … por todas partes se toma cerveza y aguardiente”(1), (La Zamacueca Política, Lima 20/03/1859). Pero para esta época no solo existe los licores ya mencionados sino hay una gran variedad de estos tanto nacionales e importados que podían comprarse en los diversos almacenes y tiendas, así podemos mencionar los vinos de Italia, Moscatel, Pedro Jiménez, Jerez dulce, Oporto, Catalán; y los aguardientes de Italia, de anís, puro o pisco, cereza y de chirimoya; como también los licores de menta, aguardiente de Ica, pisco de Italia, ron, entre otros; (gran parte de estos licores fue introducido y difundido por los inmigrantes italianos que formaban su pulpería), de igual modo la migración de los japoneses y chinos implicó la presencia de su licor llamado saké.

Frente a los desórdenes existentes se trató de frenar desde diversos medios, como son los Decretos, Leyes, Ordenanzas, o el Reglamento de Policía, que establecía en su artículo 114 que “será conducida a la cárcel cualquier persona que se encuentra ebria por las calles sin distinción de sexo, edad, estado ó condición: permanecerá en ella hasta que se le disipe la embriaguez, y pagará a mas una multa de uno a cuatro pesos”, (El Peruano, 15/01/1840). También la Constitución Política de la República Peruana (1822, 1826, 1834, 1839, 1856, 1860, 1867) declara que se podían perder el ejercicio de ciudadanía, “En los jugadores, ebrios, truhanes, y demás que con su vida escandalosa ofendan la moral pública”. La ley se daba pero no se cumplía, debido a que la venta de los licores había adquirido importancia por ser un “gran negocio”. Así hemos podido apreciar sólo algunos aspectos del siglo XIX (2).

Continúa…