EL PRIMER DESENGAÑO (Tercera parte)

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El jueves santo de aquel año fueron al campo a recoger flores para la  procesión del día siguiente. Salieron muy temprano llevando sendas talegas para transportarlas, también alimentos, frutas y  refrescos. Tomados de las manos, libres de cualquier atadura, se perdieron por las inmensidades de Yanamate, cantando y conversando alternativamente. En todo ese tiempo abrieron sus  corazones y volcaron, uno a otro, íntimas confesiones que sólo con los que se quiere se puede compartir. En muchos pasajes la vio llorar con mucha tristeza. Sufría por sus padres, por su pobreza, por todas las limitaciones que la acosaban. ¡Cuánto llegaron a conocerse aquel día santo! Después de las cuitas, recogieron  gran cantidad de pequeñas flores llamadas “Para – para huayta” (“Flor de los cerros”) de inmensa variedad de colores. Ella por su parte, utilizando un gancho metálico, sacaba también una buena cantidad de raicillas como diminutas yucas. “Es “cachu – cachu” –le dijo- nuestro chicle”. Juntó la lechecilla hasta conformar una bola y dándole a la boca: “Mastica”, le dijo. Parecía un trozo de jebe, sin sabor alguno porque no tenía nada de azúcar pero, él cayó en la cuenta de que su masticación, mantenía los dientes muy limpios con aliento fresco. Ya con las sombras apoderándose del paisaje, tomados de la mano, retornaron exhaustos por la prolongada caminata.

 Por aquellos días, cuando pasadas las cinco de la tarde, los muchachos  se enfrascaban en disputados partidos de fútbol. Al borde de la cancha veían al joven arquero del “Club Sport Unión Railway”. Alto, joven, bien parecido, con manos gigantescas y notable envergadura; piernas poderosas y, lo más notable en él: sus glúteos  enormes; parecían el doble del tamaño de lo que debieran ser. La chispa e imaginación de los aficionados le clavó un apodo que lo pintaba de cuerpo entero: “Waca siqui” (culo de vaca). Todos los jóvenes contendientes abrigaban la secreta esperanza de que el arquero los observaba para llevarlos a filas del club ferrocarrilero y, sin ninguna restricción, demostraban sus condiciones futbolísticas. “Chalacas” espectaculares, impecables “palomitas”, “wachas” oportunas y atildadas, interminables “cabreos”, “planchas”, “cocos” y vistosos desplazamientos en clara demostración de inacabable “físico”. ¡Qué no hacían! Eso, diariamente. Soñaban con vestir la gloriosa camiseta azul del Railway, cantera prodigiosa de talentos futbolísticos de entonces. Fatalmente, a costa de todos sus sueños, descubrió el error en el que estaba viviendo.

 Una madrugada encontró su puerta tan sólo entornada. Con el fin de sorprenderla empujó y, entró. El chirrido la despertó y sorprendida se sentó;  quedó mirándole, roja de sofocación, despeinada, estupefacta. No podía articular palabra.  Sólo sus ojos, sus enormes ojos, estaban fijos en él. Notó que a su lado, había un bulto inmóvil. Ambos lo miraron. Cuando le preguntó quién era, el bulto descubrió la sábana. Quedó mudo. Era el maldito “Waca siqui”, igualmente despeinado y rendido, que estaba durmiendo al lado de aquella preciosidad que era, no parte, sino toda su vida. En un instante lo comprendió todo. Un remolino de emociones inundó su alma, mezcla de ira, impotencia, desamparo y tristeza. Se sintió como acuchillado en el corazón. Era una emoción que no esperaba recibir. Un llanto convulsivo se apoderó de él y salió corriendo, huyendo, a donde le llevase el destino. Corrió por los campos, camino de cualquier parte, escapándose de aquella negra suerte que se había disfrazado de efímera felicidad. Aquel día no asistió a la escuela, se perdió por esos campos desolados y lloró como nunca porque creía que no tenían derecho a hacerle eso. Se sintió traicionado, incomprendido, solo, desesperadamente solo. Desde entonces, ya no fue el mismo.

 No he tenido en la vida ni un momento de felicidad;

yo he sufrido en la vida lo que nadie ha sufrido jamás.

Para qué hablar de amores, si el amor es un soplo fugaz,

es perfume de flores que como viene se va.

 

Y vivir para qué, cuando ya no hay amor, qué me importa la vida

Y vivir para qué, cuando ya el corazón ha perdido la fe.

No he tenido en la vida,  ni un momento de felicidad,

yo ya estoy convencido que todo es mentira, que nada es verdad.

 Ella –le contaron sus amigos- le buscó para hablar y explicarle lo que había acontecido, pero jamás lo logró. Él la evitó por todos los medios. Prefirió caminar con sus enormes baldes rodeando la  vieja casona por no volver a verla, compró los panes de otro lugar y prefirió pelarse de frío a verla. Un día le contaron que a su “querido” –con el que se había unido- lo habían cambiado de colocación en un pueblo cercano y que ella se había ido con él.

 Cómo sufrió aquellos años. Cuánto daño le había hecho el vivir esperanzado, aferrado a una felicidad que no sólo fue efímera sino muy cruel. El único ser que con él compartía tristezas y alegrías, el amor de su vida, la había traicionado. Sus días se tornaron grises y vacíos. Tardó muchísimo tiempo para acostumbrarse, pero poco a poco, fue olvidándola. Así pasaron los años y, ¡lo que son las cosas!; la volvió a encontrar.

 Aquella tarde de diciembre de 1964, sepultaban a setenta y cuatro mineros muertos en una explosión en la mina de carbón de Goyllarisquizga. En su condición de Presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios, cargaba al primero de la fila, pero, sea por las malas noches continuas, el dolor que experimentaba por la desgracia, por el cansancio, o por lo que fuere, al superar una subida, sintió que el corazón se le encabritaba de angustia y, un dolor parecido a un ahogo, le cerraba el pecho, entonces, encargando a otro colega para que le reemplazara, salió de la fila y llegó a una casa por donde pasaba el entierro. A la puerta, entre la penumbra, vio a una señora y le pidió que le regalara con un vaso con agua. Al momento le sirvió muy comedidamente. Después de tomar unos sorbos sintió un alivio que le permitiría seguir adelante. Agradecido entregó el vaso: “Gracias, señora”. Entonces escuchó  como salida del ayer, la voz de ella: “No tienes por qué, cushurito”- siempre le había llamado así. Sorprendido miró con más atención y entre la penumbra la vio. Estaba muy delgada y avejentada, pero seguía siendo bella. No dijo nada, no podía hablar. Hay heridas que nunca se curan. Se quedaron  mirando un buen rato sin proferir palabra alguna.  En silencio se retiró de aquella casa cuando, enorme y pesaroso, un lagrimón amenazaba rodar por sus  mejillas…

 

Después de tanto soportar la pena se sentir tu olvido,

Después de todo te lo dio mi pobre corazón herido,

has vuelto a verme para que yo sepa de tu desventura,

por la amargura de un amor igual al que me diste tú.

 

Yo no podré ni perdonar ni darte lo que tú me diste,

Has de saber que en un cariño muerto no existe el rencor.

Y si pretendes remover las ruinas que tú misma hiciste,

sólo cenizas hallarás de todo lo que fue mi amor.

 

 

Fin………..

EL PRIMER DESENGAÑO (Segunda parte)

el-primer-desenganoUna tarde, ¡Cómo lo recordó siempre!, le cogió la cabeza y con una delicadeza muy especial, suavemente, con cariño, comenzó a peinarle. “¡Qué lindo cabello tienes; se parecen a los “cushuros” que crecen en el agua!”, le dijo, y para mejor acicalarle, le acercó a su busto generoso. En ese momento experimentó una emoción nunca antes sentida y, sin darse cuenta de lo que hacía, se abrazó a ella. Se abrazó como una hiedra lo hace con el tronco que lo cobija; con la desesperación de quien nunca había sentido una caricia; con el hambre de amor que todos esos años había esperado; y el calor del cuerpo de Julia, joven, bullente y cálido, le transmitió una sensación extraordinaria, vivificante, que lo inundó todo. Cuando un rato después levantó la cara para mirarla, la vio tan cercana, tan lindamente cerca, que cogió su carita chaposa entre sus manos temblorosas y la besó con amor, con mucho amor, con fiebre, con el hambre del afecto que bullía en su sangre. Fue el primer beso de su vida. Ese día cumplía doce años. Un mundo de felicidad inundó su espíritu y, loco como unas pascuas, corrió como un demente por el barrio. Esa noche no jugó con los otros chicos. Se sentó en las gradas de una vieja escalera y se puso a meditar muy serio. Todos se extrañaron. Se sentía feliz, extrañamente feliz. Un  hombre hecho y derecho. No podía creer, a pesar de haberlo vivido, que a él le estuviera ocurriendo semejante milagro.

 Toda una vida, me estaría contigo,

no me importa en qué forma

ni cómo ni dónde, pero junto a ti.

 

Toda una vida, te estaría mimando,

te estaría cuidando, como cuido a mi vida

que la vivo por ti.

 

No me cansaría de decirte siempre

pero siempre, siempre que eres en mi vida,

ansiedad, angustia y desesperación.

 

Toda una vida, me estaría contigo

no me importa en qué forma

ni dónde ni cómo, pero junto a ti. 

         Una noche inmensamente azul, completamente estrellada, tomados de la mano contemplaban en silencio aquel poema sideral de grandeza cuando, como desprendiéndose del cielo donde hasta entonces había estado, un lucero brillante cayó dejando una estela de blancura que pronto desapareció. Rápido, casi atropelladamente, ella le dijo: “¡Pide un deseo, pero no me lo digas a mí, ni a nadie. Que sea para ti solo. Si no, no se cumplirá”. Hubo un prolongado silencio en el que hizo lo que le encargara. “Todos esos luceros, son las almas de los seres que queremos y ahora están en el cielo desde que murieron; ya no están más con nosotros”. “¡¿Sí….?!”. “¡Claro. Yo estoy segura que tu papá y tu mamá están allá arriba, convertidos en luceros. Te están mirando y te están cuidando”. Hubo un largo silencio. Finalmente dijo: “Ya ves, no estás tan solo como crees. Además, me tienes a mí. Yo te quiero mucho”. No dijo más y, se besaron.

 Desde Entonces, todo fue felicidad. Cuando las locomotoras, como gigantescos monstruos anhelantes comenzaban sus resoplidos a las cinco de la mañana, se vestía emocionado e iba a llamarla. Tocaba levemente a su puerta pero ella ya le estaba esperándolo lista para partir. Llevados por la alegría y con el fin de atenuar el frío de la hora iban corriendo a campo traviesa hasta llegar a engrosar la fila para la compra del pan. En su desplazamiento jugaban como locos en el parque infantil que está en el trayecto, columpiaban, alternaban en el sube y baja, subían a los toboganes, una y otra vez, hasta quedar sin resuello; cuando nevaba, armaban gigantescos muñecos de nieve o simplemente  rodaban enormes moles que crecían más y más con el avance. Terminaban arrojándose bolas de nieve en guerra sin cuartel, siempre en alegre jolgorio; después, ya ateridos, se tomaban de las manos y así llegaban a ocupar su emplazamiento en la cola. Ella se ponía detrás y le cubría con su pañolón para abrigarle. Él, en el tiempo que duraba su inamovilidad, le contaba historias que leía continuamente; especialmente las narraciones de Scherezade en “Las mil y una noches” o pasajes de las novelas de “Leoplán”. Otras veces, inventaba historias que ella escuchaba  con mucho amor. Entre tanto, él no sólo experimentaba el calor del cuerpo generoso de su compañera de juegos, sino también una extraña sensación que más tarde, mucho más tarde, logró definir. Eso acontecía diariamente.

 Algunas veces, sin que los muchachos del barrio se enteraran, se citaban al manantial de “Garga” para encontrarse. Éste era un idílico lugar con una verde alfombra de pasto enmarcando el manantial de aguas límpidas que discurrían a las zonas bajas. Allí llegaba ella –como una ayuda para su madre- con enorme carga de frazadas y ropas de lana para lavar. Primero las remojaba y embadurnaba con greda -arcilla arenosa que, como por encanto, sacaba la grasa y suciedad- se quitaba medias y zapatos, remangaba sus polleras dejando al descubierto sus piernas hermosas y bien torneadas procediendo a pisotear las piezas engredadas, como hacen con las uvas en un lagar. Sonriente, le invitaba a participar del rito y, contagiado de su entusiasmo, también hacía lo propio. Después, cogiendo una por una, las introducía en la corriente de agua que arrastraba toda la grasa y suciedad. En la acción podía ver sus brazos y sus senos bajando y subiendo prolijamente, incansables. Después las exprimía con gran esfuerzo, las tendía sobre la hierba y, en dos horas, ya estaban secas. Cuando las doblaba para llevarlas, emitían unos sonidos raros como de algo rompiéndose y, en la oscuridad de la noche, producían sonidos de chispas brillantes que, como por acto de magia, salían de las frazadas de lana.

 Continúa….

 

 

 

 

 

 

 

EL PRIMER DESENGAÑO (Primera parte)

Antes de comenzar este relato, hago llegar mi saludo de admiración y afecto a la artista nacional Gabriela Pérez Tasayco –mi nieta querida- que ha realizado este apunte de una fotografía del protagonista cuando éste contaba con ocho años en su lejano Cerro de Pasco. De igual manera hago llegar mi gratitud a los amigos cerreños que el fin de semana llegaron  a visitarme regalándome con placenteros momentos que no olvidaré. Mil gracias.

cushuro

En el inolvidable barrio “Misti” vivió, entre otros niños pequeños,  el “Cushuro”. Cuando la muerte se llevó a sus padres, quedó desamparado. Tenía seis años. En aquel instante, la generosidad de su abuelo materno, un legendario herrero de la “Mining”, lo llevó a vivir a su casa; su abuela en cambio lo recibió a regañadientes. Vio en él una dura carga al que no tardó en demostrarle su mala voluntad y un acérrimo odio vitando que, en todo tiempo, lo puso de manifiesto. En la casa le asignaron un rincón para que durmiera y, desde niño, lo pusieron a trabajar. Para sobrevivir, tuvo que alternar sus estudios con los rudos trabajos que le encomendaban. Tenía la  responsabilidad de  transportar, semanalmente, cincuenta kilos de carbón que la Compañía repartía a cada uno de sus obreros; su abuelo era uno de ellos. Una tarea verdaderamente dura pero pese a sus escasas fuerzas, llenaba el carbón en un costal, lo subía a la balanza para su pesaje y finalmente lo transportaba en enorme carretilla de hierro por una ruta tan escabrosa como difícil. Nunca en su vida tuvo ocupación tan tremenda. La otra era llevar, cada semana, la comida para los cerdos que su abuela criaba en los corrales de la casa. La vieja había establecido que el domingo, a las once de la mañana, hora de misa solemne, tenía que pasar por la iglesia con su carga nada agradable de dos baldes de desperdicios que alimentaban a los chanchos. ¡Cuántos “niños bien”, compañeros de clase, le veían cumplir con aquella humillante tarea! En todos los años de su vida jamás pudo olvidar el enorme infortunio que entonces invadía su espíritu. ¡El mejor alumno de la clase realizando tareas humillantes y desdorosas! Jamás logró superar aquella infamante huella en su alma. Era un niño muy triste. Nunca se le veía sonreír. Sus juegos se limitaban a las correrías por toda la extensión de su barrio. Parecía un animalito silencioso y solitario. Un día, su abuelo le regaló con una pequeña casita tan desvencijada y triste que él adecuó para su “mundo”. Allí, cumplidas sus tareas se encerraba a jugar, pero sobre todo, a leer. Aprendió a estar solo. En completo silencio, temeroso de ser sorprendido por la vieja cruel. En una esquina había adecuado un ambiente con aparatos que encontraba y alucinaba estar en una nave espacial como la de “Flash Gordon” de aquellos tiempos; en otra, “armas”, correas, “monturas” y toda la parafernalia de un rancho tejano del  lejano oeste; en otra, apilando cajas vacías de dinamita, su primigenia biblioteca donde colocaba sus revistas “Billiken”, “Pif – Paf”, “Peneca” y sobre todo, “Leoplán”, en donde leyó las más notables novelas de Dumas, Víctor Hugo, Julio Verne, Emilio Salgari, Jack London, y un libro tan viejo como voluminoso de “Las Mil y una Noches”. El tesoro de esta su biblioteca era la colección de “El Tesoro de la Juventud” que ganó en un concurso del Día de la Madre. Se enfrascaba en sus lecturas para soñar con otros mundos, ajenos al duro y despiadado que estaba viviendo. La otra misión, difícil y riesgosa, era la de ir a las cuatro de cada mañana a la cola de pan y, traer la ración diaria que el Prefecto había ordenado para cada familia. Por la tarde, saliendo de la escuela, la inacabable cola para comprar azúcar. No importaba el tiempo que hiciera. Muchísimas veces, bajo la inclemencia de truenos y rayos, nieves abundosas o diluvios implacables, pasaba horas enteras para lograr la ración cotidiana de cien gramos por familia.  Y, diariamente, antes del almuerzo, el llenado de agua en cubos y bateas para el consumo y el lavado de ropa. Para ello tenía que caminar una distancia considerable hasta el pilón donde, por riguroso turno, debería recibir el agua en sus baldes. Uno de esos días conoció a Julia.

 Ella tenía dieciséis años. Era alta, con un cuerpo generoso para su edad y una belleza recatada y muy tierna. Llevaba con donaire sus ropas pobres pero muy limpias. Al sonreír, su rostro trigueño con pronunciadas chapas rosadas, era un homenaje a la vida. Su pelo negro y hermoso, liso y bien peinado, se juntaba en unas trenzas que terminaban en listones rojos. Siempre estaba ocupada. Sus manos no estaban ociosas; unas veces hilando kilométricos hilos de lana en su “Puchka”; otras, tejiendo medias, chompas, chalinas, o gorras, que usaban sus familiares para soportar el frío. Siempre estaba sonriendo. Sus labios carnosos y abiertos dejaban ver unos dientes parejos y muy blancos; ojos intensamente negros, resguardados por prolongadas pestañas; caminar grácil e inquieto, incansable en su servicial comedimiento laborero. Sin duda tenía que afrontar serios problemas, sobre todo económicos, pero nunca los hizo conocer; era hermética y muy recatada. Cuidaba de su padre, un viejo obrero que laboraba en la mina, y de su madre, una anciana que lavaba ropa. Ambos salían a trabajar muy temprano dejándola para que atendiera todos los quehaceres del hogar. En cuanto llegó al barrio se hicieron muy amigos.   

         Al encontrarse en plena tarea del traslado de agua, le llamaba exultante: -“¡Cushurito!, ven aquí. Sírvete!”, y amorosa le alcanzaba unos platillos que guisaba, o dulces que preparaba muy bien. Había que ver el comedimiento y el tierno gesto con el que le alcanzaba su convite que él agradecía muy emocionado. Más tarde él le retribuía con chocolatines “Alí Baba” que tanto le gustaban o con canciones, entonces de moda, que igualmente quería. Otras veces por la tarde, cuando lavaba su frondosa cabellera negra y se soltaba toda la cascada sobre sus hombros, parecía más hermosa; inolvidablemente hermosa, pero más mujer. Él la quedaba mirando extasiado. Para entonces comenzó a sentir por ella  un afecto inédito nunca antes experimentado. No podía apartarla de su mente en ningún momento y, cuando estaba en su compañía, le agradecía la bondad de sus atenciones, la sutil coquetería de sus juegos y, muy pronto, se dio cuenta que cada día necesitaba más de su presencia, de sus palabras, de su calor. Sólo ella, con su plática simple y cariñosa, podía compensar la inmensa soledad que envolvía su vida. Por las noches, cuando la luna estaba fija, allá arriba, y la silenciosa serenidad se prestaba para ello, él interpretaba algunas canciones entonces de moda que las enfermeras del Hospital Americano salían a escucharlas y le regalaban con cariñosos aplausos, al terminarlas. Ella era la más feliz. Le prodigaba una mirada muy significativa, cargada de amor.

 Por qué no han de saber,

que te amo vida mía,

por qué no he de decirlo,

si fundes tu alma, con el alma mía.

 

Qué importa si después,

me ven llorando un día,

si acaso me preguntan,

diré que te quiero, mucho todavía.

 

Se vive solamente una vez,

hay que aprender a querer y a vivir,

hay que saber que la vida,

se aleja y nos deja, llorando quimeras.

 

No quiero arrepentirme después

de lo que pudo haber sido y no fue;

quiero gozar esta vida,

teniéndote cerca de mi hasta que muera.

Continúa……

EL PREFECTO (Lunes 16 de febrero de 1948) Presentación

el-prefectoHace exactamente 69 años que una asonada popular en el Cerro de Pasco culminó con la muerte del Prefecto. El Gobierno, en connivencia con la prensa de entonces narró los hechos notoriamente agravados como culminación de un complot contra “un ejemplar servidor de la Nación”; torcido testimonio de parte destinado a desprestigiar a un pueblo que no hizo sino responder a la agresiva provocación de un altanero tirano que se creyó dueño y señor de vidas y honras; oprobioso atestado que todavía pervive como denigrante mácula en nuestra historia local. Durante tanto tiempo –de entonces ahora- nadie se había atrevido a aclarar la verdad de lo acontecido.

Este libro pretende ser de alguna manera –decimos en EL PREFECTO- la recusación de la otra parte; aquella que habiendo sido inhumanamente agraviada, fue presentada como la agresora. Todos los acontecimientos que se narran, son verídicos. Nombres, lugares y fechas, son reales. Se basan en documentos fidedignos, informes oficiales, actas del procesos judicial, notas periodísticas y, sobre todo, en valiosos testimonios personales directamente recogidos de los protagonistas que apuntalan mis vívidos recuerdos infantiles. Aquella tarde, sin quererlo, estuve en el mismo foco de la tormenta. Niño integrante de las amanecientes colas primero y testigo ocular de la sangrienta represión policial después. (Mis abuelos, mis padres y mis familiares más cercanos, fueron víctimas).

Esta novela gira en torno a dos protagonistas. Por un lado, el Prefecto y su gavilla y, por el otro, el pueblo cerreño con sus más importantes luchadores y su grandeza histórica. El lector sabrá sopesar la importancia de cada uno. Por su parte el pueblo guarda con reverencia el recuerdo de hombres y mujeres –luchadores populares- que, humillados y ofendidos, tiñeron sus manos con la sangre del tirano. “La nivosa y fría ciudad minera, con sus gentes trabajadoras y tranquilas, cambió de repente. Éstas se tornaron belicosas y, su blancura, en nieve escarlata”, diría un periodista limeño por aquellos días.

el-prefecto-2Mi gratitud a los protagonistas que me confiaron sus testimonios personales que presentamos apesadumbrados por lo barbaridad que llegamos a cometer. Muchos de ellos han partido al viaje sin retorno, pero donde estén, les llegue mi reverente reconocimiento.

Los que vieron desde lejos el amotinamiento que les hizo rasgar las vestiduras, tienen su particular versión de aquellos acontecimientos. Este  libro constituye mi particular testimonio personal contestatario a tanta infamia urdida en contra de mi tierra. En sus páginas habla –y por instantes grita- la voz minera y popular del Cerro de Pasco.

 

NOTA.- Este libro está en venta en las librerías del Cerro de Pasco y Lima, les recomendamos que lo lea para tomar pleno conocimiento de lo que aconteció entonces. En una segunda parte, hallarán la transcripción de lo acontecido en el proceso judicial que se les siguió a los protagonistas de estos hechos, hombres y mujeres, que hoy, transcurridos los años, los recordamos con una comprensión plenamente humana.

 

 

Atardecer en la tierra cimera del Perú

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Fantasmagórica imagen de los últimos tramos de una ciudad heroica antes de caer derruida por aterradores explosiones y hambrientos buldóceres y cargadores frontales que la han convertido en tétrica sepultura.

Como surgida de un sueño la vemos iluminada con los agonizantes rayos solares de una tarde que muere. Detrás, como fatídico presagio, las nubes que se está ennegreciendo en cerrazones que desatarán una lluvia inmisericorde.

Limitadas por un precario alambrado, límite entre la agonía del pueblo que muere y su sepultura abismal que la está devorando, el supérstite tramo de la vieja calle dos de mayo en la que se ve la vieja peluquería de los Morón, casa de la familia Martel, el callejón que conducía al consulado italiano, muy junto a la residencia de la italiana familia Rosazza, de los Evangelista Rispa, de la familia Canta. En la esquina, la “chingana” del viejito “Incacho” Marcelo, inolvidable huarique de viejos legendarios que en los atardeceres, como se ve en la foto, se reunían para gozar de los postreros rayos del sol. Allí se reunían, don Juanito Arias Franco, don Toribio “Calaver” Díaz, don Pedro Santiváñez, don Víctor Rodríguez Bao, don Ramiro Ráez, Manuel Shiraishi y otros viejos y legendarios contertulios.

Dos casonas más donde funcionaban almacenes y oficinas del Estanco de la Sal; luego está el Hospital Carrión que antes se denominó “Providencia” con su vieja historia y su torre centenaria en donde el reloj armado por  el mismo Pedro Ruiz Gallo, marcó a por muchos años la vida del pueblo. Más allá la casa del señor Quito, sastre de leyenda y, detrás, la casona de don Ciprino Proaño, el patriarca. Nótese que todas estas casonas tenían sus balcones que le daban una hermosa personalidad a nuestra tierra. Ahora ya no están. Toda la grandeza de un pueblo que, a través de cinco siglos, le ha dado la vida a la patria.

La hoguera de Pilatos (1639)

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Dos grandes sucesos acapararon la atención del mundo aquel exitoso año de 1639. En primer lugar, el encumbramiento económico de nuestra  ciudad que había eclipsado a Potosí debido al inconmensurable valor de sus minas de plata. Potosí que hasta entonces había concitado la expectativa del mundo por sus fabulosos veneros, atravesaba una época de terribles desgracias. Su filones se habían “ahogado” por el aluvión provocado por las aguas de la laguna de “Cari – Cari”, siete años antes. El virrey Toledo, desesperado, se sintió abatido por la desgracia. Supuso que la bancarrota con toda su secuela de atraso había llegado a España. Sus contadores oficiales lo rescataron de la desesperación. Le hicieron saber que allá, cerca del cielo, las novísimas minas de San Esteban de Yauricocha, estaban produciendo tanta o más plata que Potosí. Los detallados informes e ilustrativos números, no mentían. Estaban salvados. La buena nueva se la hizo conocer a su primo, el rey de España. Emocionado y enternecido con la noticia, el monarca decidió conceder una designación nobiliaria al emergente poblado salvador. Le otorgó el enaltecedor título de: “Ciudad Real de Minas”. El correspondiente escudo nobiliario, pomposo y encumbrado, otorgándole  también importantes prerrogativas que los mineros españoles aprovecharon en exceso. Las fabulosas minas del Cerro de Pasco, a partir de entonces, solventarían con prodigalidad los gastos de la real corona española.

El otro acontecimiento que puso de vuelta y media a los cotarros locales fue el “Auto de Fe” ordenado por la Santa Inquisición de Lima a un minero local. Tras un proceso que duró algo más de tres años, debería morir en la hoguera el judío portugués Manuel Bautista Pérez –rico minero que tenía exitosa minas trabajadas en nuestra ciudad- conjuntamente con diez de sus cómplices.  Este abusivo de 54 años de edad, radicaba en el Cerro de Pasco desde hacía un buen tiempo. Nacido en Ancar, obispado de Cohimbra, (Portugal), se desempeñaba como cabeza de judíos en el Perú, siendo gran rabino de la Sinagoga. Por su ejecutoria audaz y sangrienta, era llamado por sus secuaces: “El Capitán Grande”. No era para menos. Era el sanguinario y aprovechado abusador de gentes del pueblo a las que trataba con desprecio. Cuando le hicieron conocer la definitiva decisión de la Santa Inquisición en los calabozos de su encierro, no se inmutó. Pensó que el peso de sus copiosos dineros le lo sacaría con bien de aquella emergencia. De nada le valieron los enjuagues, coimas y prebendas que desplegó por torcer las varas de la ley. Ésta se mantuvo incólume para la alegría de sus víctimas.

¿Cómo fue aquello? Las amarillentas páginas del correspondiente proceso nos revelan lo siguiente.

Finalizaba el año de 1635 cuando, por delación de un creyente, la Suprema Autoridad de la fe  tomó conocimiento que en una amplia casona, frente a la capilla de la Virgen del Milagro, en Lima, se realizaban inconfesables actos de escarnio contra el cuerpo del hijo de Dios. Esta histórica residencia, ocupada actualmente por el Tribunal Constitucional del Perú, fue inicialmente propiedad de un conquistador español, compañero de Pizarro, que la vendió al minero judío portugués, Manuel Bautista Pérez, notable minero del Cerro de Pasco. Una noche, en completo secreto, alguaciles, fiscales, escribientes y testigos, se hicieron presentes en completo silencio y a escondidos entre las sombras, para presenciar lo que allí acontecía. Lo que vieron no solo les puso los pelos de punta, sino que los colmó de santa indignación.

Después de dirigirles una larga y encendida perorata en contra el hijo de Dios, el “El Capitán Grande”, arrellanado en un trono aparatosamente negro, se puso de pie y con ademanes enérgicos puso un largo zurriago en manos de cada uno de sus cómplices.  Su amenazante y alargado rostro de pronunciada calva frontal con abundantes greñas –duras crines- se amontonaban en desorden en la parte posterior de su cráneo; un tajo longitudinal le había clausurado el ojo derecho dejándolo tuerto con pronunciada cicatriz. Sus largos mostachos y sus orejas enormes le daban una horripilante figura

Cada uno de sus cómplices, rabioso y con ira digna de mejor causa -por riguroso turno- estrellaba el látigo en el cuerpo de Cristo, una doliente escultura de tamaño natural, profiriendo insospechados insultos y blasfemias. El judío portugués cumplía el mismo papel que Pilatos en la Pasión. Por eso el pueblo bautizó con ese nombre a Manuel Bautista Pérez. Indignados al máximo, no demoraron en proceder al inmediato apresamiento de los herejes. Los aherrojaron con cadenas y toscos grilletes en medio de  insultos y golpes, faltándoles poco para ultimarlos ahí mismo. Aquello fue espectacular. El Perú se vio de vuelta y media. Todos condenaron acremente el acto de irreverente ofensa a Dios. A partir de ese momento, poniendo en movimiento sus numerosas influencias, el judío trató de obtener su absolución. No lo consiguió. Después de tres agotadores años fue condenado a morir en la hoguera conjuntamente con diez de sus cómplices. Todos sus bienes le fueron embargados pasando a manos de la iglesia, entre ellas, sus ricas minas cerreñas y la casona que en la actualidad alberga al Tribunal Constitucional del Perú.

Aquella mañana de abril de 1639, realizada la confiscación de todas sus propiedades, minas, ingenios y comercios en el Cerro de Pasco procedieron a la humillación pública. Primeramente se dio a conocer el nombre de los sentenciados en medio de incalificables insultos de la indignada gente: Manuel Bautista Pérez, Antonio Vega, Juan Rodríguez Silva, Diego López de Fonseca, Juan Acevedo, Luis de Lima, Rodrigo Páez Pereira, Sebastián Duarte, Tomé Cuaresma, Francisco Maldonado y Manuel Paz. Acto continuo, por ser herejes convictos y confesos, se les vistió con el humillante sambenito que les cubría desde los hombros a la cintura. En la cabeza lucían una mitra puntiaguda. En el resto del atuendo llevaban dibujos estampados de demonios y lenguas de fuego encendidas con el fin de hacer más dramática el cúmulo de culpas que agobiaban a los reos. Iban ordenados en fila mediante una soga que les rodeaba el cuello y con las manos atadas por delante. La desagradable procesión estaba encabezada por sacerdotes que portaban sendas cruces verdes, símbolo de la Inquisición. Los ministros de Dios marchaban seguidos por aguaciles y gendarmes del Santo Oficio, ubicados delante de otros sospechosos arrestados, así como familiares de las víctimas, con el fin de persuadirlos a que se arrepientan de los cargos que los inquisidores les formulaban.

Esta la lenta marcha hacia el patíbulo, con el sonido tétrico de agudos redoblantes, iba precedido por un grupo de gendarmes seguidos de un sacerdote que llevaba la Custodia del Santísimo bajo palio en oro y escarlata, conducida por cuatro hombres. El torvo canónigo iba acompañado por numerosa grey de sacerdotes, sacristanes y acólitos. Todo aquel -hombre, mujer o niño- que estuviera presenciando la procesión a los lados de las calle, se arrodillaba con mucha reverencia al paso del Santísimo, porque de lo contrario, corría el riesgo de ser señalado como hereje por los informantes encubiertos apostados entre la multitud que colmaba las aceras de las calles.  Finalmente, detrás de toda aquella tumultuosa muchedumbre, aparecían las víctimas del Auto de Fe, flanqueados por sacerdotes dominicos de sotana blanca con negra capucha, pretendiendo salvar las almas de los condenados, conminándolos al arrepentimiento. La comparsa tétrica terminaba con los inquisidores, flanqueados con escudos y emblemas numerosos entre los que destacaban el escudo del papa y el de cada uno de los reyes católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Tras de ellos, un contingente de gendarmes y multitud entrenada para rezar por el arrepentimiento de los condenados y, luego, para insultarlos. Toda la procesión era flanqueada por una enorme cantidad de soldados fuertemente armados. La infamante procesión recorrió las calles céntricas de la capital hasta llegar a la explanada de Acho, donde actualmente ocupa la plaza de toros. Allí se ejecutaría el Auto de Fe.

La ceremonia de ejecución fue prolongada por la obligación de los inquisidores de leer la lista de crímenes imputados a cada uno de los herejes. Las víctimas estaban sentadas en un altillo visible con bancos donde recibirían toda clase de insultos, escupitajos y hasta proyectiles de los asistentes que,  con eso, demostraban ser buenos católicos ante los ojos de la Inquisición. Luego, de la boca de un sacerdote, brotó un larguísimo sermón alusivo a la ocasión mientras, monjes vestidos de blanco urgían a las víctimas por un arrepentimiento de último momento. Rodeados de cruces verdes los inquisidores se sentaron en un escenario adyacente mientras el ambiente era perfumado con humos de incienso como precaución para evitar el hedor de los cuerpos al ser quemados. Después, se celebró una misa y, otro sacerdote pronunció un sermón final. Cuando terminó la misa, los inquisidores liderados por el Inquisidor Principal, se pusieron de pie y se dirigieron a la multitud que estaba de rodillas, presta para jurar defender al Santo Oficio de todos sus enemigos.

Siguiendo con lo establecido por la iglesia, se ofreció la conmutación de su muerte por su arrepentimiento a los condenados. Cuando se les acercó la cruz para que la besaran en acto de contrición, no sólo no la besaron sino que le arrojaron un escupitajo que originó una rechifla y apedreamiento del pueblo. Para evitar que las cosas provocaran mayores muestras de ira, procedieron a encender la hoguera. En el convencimiento de que no habría arrepentimiento de parte de estos salvajes y con el fin de que pagaran muy caro sus terribles irreverencias ante Dios, utilizaron leña verde que produce combustión lenta. Querían que los sacrílegos sufrieran más. Aún sin saberlo, intuían que si el fuego era grande como el presente caso en el que gran número de prisioneros serían ejecutados al mismo tiempo, la muerte les provenía rápidamente de la provocado por los humos o  el monóxido de carbono de las llamas. Por experiencia sabían que si el fuego era pequeño, los condenados se quemarían tras largo tiempo hasta que la muerte les llegara por el choque del excesivo calor, pérdida de sangre o, simplemente por la descomposición térmica en todo el cuerpo.

La sombra de la santa Inquisición siempre estuvo pendiente de las delaciones de los creyentes píos de la ciudad minera; tan así es que transcurrido el año de 1802, fue denunciado el ciudadano Domingo González de Castañeda “por burlarse de las censuras religiosas y las extremaunciones”; y, años anteriores, no faltaron denuncias a mujeres de “vida alegre”, brujas, chamiqueras y demás personas enemigas de la iglesia. Los cerreños fuimos proveedores de infieles al tribunal religioso.

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Edificio donde actualmente funciona el Tribunal Constitucional del Perú después de haber sido cede de la Casa de la Cultura, ubicada en el jirón Ancash, frente a la histórica iglesia de San Francisco, en Lima. Fue, en tiempos de la colonia, propiedad de Manuel Bautista Pérez, rico minero judío portugués que amasara su fortuna debido a la explotación de sus minas en el Cerro de Pasco.

LA BIBLIOTECA MUNICIPAL

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(Con este tema damos respuesta a la inquietud de nuestro gran amigo Vassi Sotelo que, cuando estuve en mi tierra natal, me cobijó en mis diarias visitas a este establecimiento cultural. Bajo su cuidado y jefatura anduvo en forma brillante y efectiva. Ahora que ha retornado a trabajar en la misma dependencia espero que dé lo mejor de su eficiencia al servicio de los lectores. Un abrazo en la distancia querido amigo)

Local de la Biblioteca Municipal –ya desparecida- erigida por iniciativa de don Gerardo Patiño López con dineros que la compañía norteamericana “pagó” a nuestro pueblo en “compensación” por todo el daño que le había causado durante 42 años. A regañadientes entregó Trescientos mil soles cuando, en ese lapso se había embolsicado millones de millones de dólares. Una injusticia y un abuso del que hemos hablado mucho en nuestras páginas.

Nuestra biblioteca municipal fue fundada en 1927. Lleva los nombres de Ángel Ramos Picón y Antonio Martínez, dos notables maestros de generaciones pasadas. Ocupaba todo el segundo piso del edificio que se ve en la fotografía tomada poco antes de ser derruido. El primer piso estaba destinado al comercio. En primer plano de la fotografía, al costado izquierdo, las puertas de la Casa de Préstamo del señor Rey y el negocio de don Antonio Ordóñez. Al costado derecho, “Chingana” de don Encarnación Marcelo, más conocido por “Don Incacho”. Luego viene la peluquería del señor Morón y el viejo edificio del Hospital Carrión. En tiempos pasados a esta plazuela se la denominaba “Plazuela del Estanco” porque allí funcionó el Estanco de la sal. Derruida la Biblioteca, la Compañía norteamericana no edificó otra en San Juan porque al pueblo “se le olvidó” presionar para que lo hagan. ‘Lástima! Éste es uno de los más lamentables olvidos en que incurrió el pueblo.

Recuerdo claramente que la atención de la biblioteca estaba a cargo de una simpática viejecita descendiente de ingleses, la señora Woolcott que, a las cinco de la tarde de todos los días laborables, ya estaba a la espera de los lectores. A la entrada tenía una sala con una estufa encendida por los empleados de la municipalidad. El ambiente estaba abrigado. Cuando llegaba a las seis de la tarde, nos atendía muy solícitamente. Nos prestaba todas las facilidades posibles.

Al fondo había unos escaparates altos donde estaban todos los periódicos cerreños de todas las épocas y, a continuación, libros y revistas de diversas especialidades. Creemos que su instauración, ha sido el homenaje más digno a los dos ilustres maestros epónimos de aquella casa bendita.

El maestro Ángel Ramos Picón, cuya labor fue brillante, prestó sus servicios en los principales pueblos de nuestro departamento, especialmente en el Cerro de Pasco, donde dejó una numerosa promoción de distinguidos hombres que siempre reconocieron su capacidad y su magisterio. Nacido en Huallanca, inició su carrera docente en su pueblo natal para luego trasladarse a Yanahuanca, en plena flor de su juventud y donde contrae matrimonio con la dama yanahuanquina, doña Marcela Reyna, con la que tuvo seis hijos. De Yanahuanca, en donde no sólo prestó sus servicios docentes sino también como Alcalde y otros puestos de gran importancia, se trasladó al Cerro de Pasco, para desempeñarse como maestro, con excelentes resultados.

Durante la ocupación chilena de nuestra ciudad -1883- los invasores asaltan su casa y tras apoderarse de sus pertenencias, le prenden fuego y la convierten en cenizas. Lo dejan a él y a su familia, en el más completo desamparo.

Repuesto de la dolorosa experiencia sufrida, su permanencia en el Cerro de Pasco fue fructífera. Se desempeñó en varios cargos públicos con gran acierto, y como maestro en nuestra escuela municipal desarrolló una proficua labor en la formación de las grandes personalidades. Sus más brillantes alumnos fueron: Gamaniel Blanco Murillo, recordado mártir cerreño y Eulogio Fernandini, acaudalado minero que a su retorno de Alemania, donde se graduó de ingeniero, le pidió que fuera su concejero y guía.

Este egregio maestro distinguido con menciones honoríficas por los Concejos Municipales de Yanacancha y el Cerro de Pasco, fue hijo de don Pedro Picón Ramos, pero él en reconocimiento a la abnegación y sacrificio de sus señora madre que le educó y formó, alteró su nombre y por propia decisión invirtió el orden de sus apellidos.

Cumplidos los setenta años, con más de cuarenta de servicios profesionales, se retira a su tierra natal donde, al poco tiempo, fallece.

El maestro Antonio Martínez nació en la ciudad de Jauja el 17 de enero de 1860. Siendo uno de los primeros alumnos del Colegio San José de Jauja, al llegar la guerra con Chile, se enrola como voluntario en el batallón Junín, para luchar en San Juan y Miraflores. En 1881, invitado por el alcalde don Tomás Santiváñez, inicia su carrera magisterial, como Director de la Escuela Municipal de Concepción. En 1882, después de la batalla de Concepción, es comprometido por el cerreño don Estanislao Solís, Director del Colegio San José, para ejercer la docencia en ese centro educativo. El 23 de octubre de 1889, paralelamente al ejercicio de la docencia, sigue su preparación magisterial y recibe su diploma de Preceptor de Primero, Segundo y Tercer Grados, de acuerdo a los reglamentos vigentes en aquella época. El 12 de junio de 1890, el Concejo Provincial de Pasco, lo trae a nuestra ciudad, y le da licencia para dirigir el Instituto Preparatorio que funcionó hasta 1896.

El 12 de noviembre de 1892 contrae matrimonio con la dama cerreña, doña Ricardina Solís con la que forma un hogar muy feliz. El 20 de marzo de 1892, en mérito a sus distinguidos servicios, lo nombran profesor de la Escuela Superior de Pasco, de donde asume la Dirección, desde el 7 de marzo de 1897, hasta el 31 de diciembre de 1905.

En enero de 1906, el Ministerio de Instrucción, Justicia y Culto, lo nombra Director de la Escuela Nº 491, sucediéndole en el cargo, el año siguiente, el normalista Ángel Alfredo Prialé. En marzo de 1907, funda el Liceo Cerreño, y lo dirige hasta el año de 1913 en que, agobiado por el duro trajín en estas alturas, y atendiendo disposiciones terminantes de su médico, apenado deja nuestra ciudad y, en el año de 1914 es preceptor de la Sección Primaria del Colegio San José -su pueblo natal-, cargo que desempeña hasta el año de 1921.

Este ilustre educador, murió en Jauja el 13 de diciembre de 1931, a la edad de 71 años.