Recordando a Crose

Escribe: Raúl Rivera Escobar Publicado en LA ABEJA de Octubre  del 2016.

Con especial respeto y admiración publicamos esta simpática nota recordatoria de un artista ejemplar ligado a nuestra niñez. Recuerdo aquella negra época de mediados del siglo pasado cuando la persecución a los apristas era implacable. En el Cerro de Pasco íbamos a la zona del Polvorín de Garga donde el postrén León, tiraba los paquetes de LA TRIBUNA (En ese tiempo prohibida) y allí repartían a los centenares de apristas que compraban el periódico. Yo compraba el mío por encargo de mi abuelo. Lo hacía con mucho cariño porque los muchachos leíamos, Pachochín, Sampietri,  Jarano y otros de ese maestro que fue CROSE. Su partida fue para quienes lo quisimos un golpe muy triste.

Carlos Roose Silva (Crose)Hace unos días falleció el caricaturista Carlos Roose Silva, el popular “Crose”. La sensible pérdida de este personaje viene a sumarse a la, también relativamente reciente, de otra gran figura nacional del lápiz como Julio Fairlie, activo partícipe, junto al primero, de la gran renovación de la historieta nacional desde fines de la década de 1940.

Crose había sido el autor de la que se considera la primera tira cómica nacional. En 1947 aparecía en las páginas de La Tribuna, “Pachochín”, un personaje abiertamente inspirado en la figura del presidente Bustamante y que, tal como su referente, hacía gala, en medio de sus aventuras, de una paciencia fuera de lo ordinario.

Personajes de Crose“Pachochín, un hombre de paciencia”, sin embargo, pasaría, en el transcurso de una año, a ser “Pachochín, un hombre pegado a la letra”, con una diseño distinto, al parecer, en resguardo de la buena imagen del presidente, que habría de ser derrocado ese mismo año por un golpe militar.
Desde allí puede verse la evolución del trazo de Crose, más o menos ya definido cuando empieza a trabajar en Tacu tacu (1949), donde elabora historietas como “Pullino”, al lado de artistas como el propio Fairlie.

Luego seguiría su participación en Canillita (1950), creando personajes como “Canillita” o “Coco”. Allí dibujaría junto a Nayo Borja, artista que luego tendría participación muy prolongada en el diario El Comercio.

En 1952, el matutino Última Hora toma la iniciativa de reemplazar todas sus tiras cómicas extranjeras por nacionales, publicando, a partir de entonces, creaciones como ”Sampietri” de Julio Fairlie; “Boquellanta”, de Hernán Bartra; “Cántate algo” de Jorge Salazar o “Serrucho”, de David Málaga.  Para cuando pasa a Patita (1954) Crose ya comparte plenamente la inquietud de esta nueva generación de dibujantes peruanos por explotar el espíritu criollo y picaresco de los tipos populares urbanos, que van surgiendo en una Lima en expansión por el fenómeno de las continuas migraciones del ande a la capital.

La tendencia va a ser confirmada por el artista en Correo, donde, desde inicios de los años setenta, hace publicaciones regulares en el suplemento Sucesos, encargándose, además, de creaciones como “La tira de Chicho” y dando vida a “Jarano”, “Draculín” o “Don Mamerto”, que, junto a “Pachochín”, se irían a convertir en sus personajes emblemáticos durante muchos años.

Ampliamente conocido en los últimos tiempos por su trabajo humorístico en la prensa popular de alcance masivo, Crose era un artista de una creatividad y un talento artístico inagotables.

Siguiendo la línea picaresca, fue autor, hasta sus últimos años, de “Don Potencio” o “El niño Querubín”, que salían regularmente, junto a su sección de humor “Domingueando con Crose”, en el diario Ojo, aunque sus participaciones se multiplicarían en muchas otras publicaciones del grupo Epensa.

Crose hoy nos ha dejado físicamente, pero, como los grandes, permanece presente en el recuerdo de amigos y colegas que lo conocieron y que admiraron siempre, no sólo por su protagonismo en un momento fundamental de la historia de nuestras artes gráficas, sino también por su don de gentes y su calidad de generoso maestro de nuevas promociones de exponentes del lápiz.
Sirvan estas breves líneas como un breve, pero sentido, homenaje a su memoria.

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LA LAGUNA DE LA ESPERANZA

la laguna de la Esperanza
Talleres y primeras viviendas de los norteamericanos sobre terreno desecado que había sido la Laguna de la Esperanza, propiedad de George Steell a comienzos del siglo veinte. Trasladadas estas dependencias a zonas de la lumbrera Lourdes se aplanó para quedar convertidos en campos deportivos.

El primitivo nombre de la vieja ciudad minera del Cerro de Pasco era, como se sabe, San Esteban de Yauricocha. Su territorio estaba compuesto por una serie de lagunas que se comunicaban unas con otras por naturales conexiones subterráneas y panorámicamente parecía un enorme lago con islotes gigantescos de donde, prolija y secretamente, obtenían los codiciados metales preciosos, principalmente la  plata nativa. La más notables de estas enormes lagunas era Patarcocha que se unía con Chaquicocha y subterráneamente con Yanamate desaguando su contenido en una extensa corriente que a manera de un río iba a caer en la Esperanza por el abra denominado Paccha. Como se podrá deducir, toda la grande extensión que actualmente es ocupada por los campos deportivos, la mercantil, las escuelas y el campamento residencial de los obreros, constituía el aposento de la laguna de la Esperanza, la misma que se comunicaba con Lilicocha, laguna que también fue desecada, y en ese tiempo, se extendía por todo el terreno del Oconal, colindante con el barrio Misti, Buenos Aires y todo el terreno ocupado por la cárcel central y el hospital del Seguro Social. Esta laguna terminaba de desaguar por Cabracancha, arrojando sus aguas a la vieja y legendaria Quiulacocha.

La laguna de la Esperanza era el aposento de una enorme variedad de “chalhuas” y ranas visitada por las aves lugareñas en los atardeceres, más allá, el ingente cerro de Uliachín y al lado sur, la Vizcachera; madriguera de numerosos roedores cuyas cabecitas amedrentadas y alertas asomaban de rato en rato, especialmente al caer el sol de la tarde.

Al finalizar el siglo pasado, un emprendedor inglés adquiere los terrenos de la ribera de la laguna, justamente debajo de la vizcachera para iniciar allí una novísima industria que llenaría un vacío grande en el Cerro de Pasco: una ladrillera. El nombre del comprador: George Steel, nada menos que Cónsul General de Su Majestad Británica. Este le pone por nombre: Hacienda La Esperanza.

El trabajo se hace intenso, la producción notable y las ganancias exorbitantes. Paralelo al trabajo y ya sin ninguna intromisión, la laguna continuaba con su vida rutinaria y secular. Al comenzar el presente siglo llega al Cerro de Pasco el rico minero Mc Cune, que se aloja en la hacienda La Esperanza y con monedas de oro contantes y sonantes compra las propiedades de su anfitrión y las minas de Miguel Gallo Díez, Salomón Tello, Raquel Gallo, Isaac Alzamora, Baldomero Aspíllaga, Roberto Plücker, José Payán, Ernesto Odriozola y muchos otros que sirvieron de base para que el 26 de febrero de 1902, se fundara la Cerro de Pasco Mining Investment Company.

Una de las primeras medidas que adopta la compañía norteamericana es el desecado de la laguna, para la ampliación de sus labores mineras en aquel terreno. Al expandir el canal natural de desagüe, las aguas bajaron en tal magnitud que en el lecho de la laguna quedó un fango espeso donde las “chalhuas” y las ranas agonizaban irremediablemente. Lo más notable de todo es que la gente arremolinada allí para recoger ranas y “chalhuas” vio en el centro del lecho una colosal rana de enorme bocaza, ojos saltones, patas gigantescas y cubierta de negras cerdas que las dejó anonadadas. Apenas si se movía del lugar en el que estaba. Daba la impresión de estar en acecho para defenderse de cualquier ataque. Naturalmente la multitud estaba sobrecogida de terror.

Cuando los nuevos dueños de la Esperanza ordenaron que sus obreros entraran a sacar a la rana, todos se negaron; todos menos uno: Cesáreo Pagán. Se ató con una soga uno de cuyos extremos controlaban los obreros. Entró y se sumergió en el légamo hasta el pecho armado de un valor extraordinario. El avance se hacía muy difícil. La muchedumbre lo animaba y Pagán con una audacia inaudita llegó hasta la rana que al verlo se agazapó y, cuando estaba por atraparlo, pegó un salto descomunal que estuvo a punto de derribar a su perseguidor. Armado de coraje, Pagán volvió al ataque logrando enlazarlo, así inmovilizado, logró atraparlo a duras penas. Ya casi exhausto la levantó como una criatura gigantesca, sólo entonces entraron a ayudarle los hombres que presenciaban las acciones.

El espécimen capturado era una extraña y descomunal criatura que de inmediato fue introducida en un depósito cisterna y dotada de todas las facilidades fue enviada a los Estados Unidos para que efectuaran un estudio de su conformación anatómica.

Los cerreños aseguran que aquella rana, era la madre de todas nuestras riquezas minerales que al ser enviada a los Estados Unidos de Norteamérica, allá se fue la rana con nuestros patrimonios minerales.

NUESTRO 73º ANIVERSARIO (Segunda parte)

Cerro de Pasco - Aniversario 73Los primeros años del siglo XX aparecen los norteamericanos que ya conocían de los inmensos caudales que reposaban en nuestra tierra. De inmediato compran las minas de propietarios nacionales y extranjeros. Con bolsas de relucientes libras peruanas de oro sacadas del Banco de Perú y Londres. El negocio se realizaba en forma pública ante el asombro de los cerreños. Simultáneamente denuncian nuevas minas en todo nuestro territorio.  Los ocho diarios de nuestra ciudad son expresivos testimonios. En un santiamén los norteamericanos se convirtieron en dueños de la ciudad. Claro, la Ley de Minería promulgada en esos días y con el fin de contentar a los explotadores establecía que por cada denuncio se debía pagar sólo –léanlo bien- quince soles. ¡No importaba la extensión! Así nuestra tierra fue vendida a los gringos. Éstos a diferencia de los europeos, se fueron a vivir en Bellavista y como hicieron con los “pieles rojas”, sólo entraban las personas que servían sus mezquinos intereses. Nunca alternaron con el pueblo cerreño. Fueron muy herméticos y egoístas. Los únicos que eran bien vistos por estos desgarbados y orondos extranjeros eran las autoridades que se aprestaban a servirlos incondicionalmente y los “Chupamedias”, sirvientes incondicionales de los gringos comenzaron a tener gran vigencia en este siglo. Hasta inglés aprendieron a hablar los “felipillos” para servir mejor a sus amos. Cuando nuestras autoridades quisieron realizar obras para el mejoramiento de la ciudad, los gringos se opusieron. Dijeron que nada podían hacer sin su consentimiento porque la ciudad les pertenecía. ¡Imagínense! Entonces nuestra municipalidad buscó un deslinde judicial que nos diera la razón a nosotros. Fue una lucha titánica de más de cuarenta años. Por fin, cuando nuestros viejos consiguieron que se haga el deslinde en 1942, después de tanto tire y afloje, nos arrojaron trescientos mil soles sobre la mesa -una limosna-  arguyendo que ése era el pago compensatorio por tanto abuso en contra de la ciudad del Cerro de Pasco. ¡Tres cientos mil soles!, cuando en ese mismo tiempo, ellos habían sacado miles de millones de dólares de las entrañas de nuestra tierra. Esta ha sido otra de las más grandes ignominias que se cometió contra nuestro pueblo. ¿Dónde estaban las autoridades del Perú? Callaron vergonzosamente,  cómplices del atropello. No querían enojar a los explotadores.

Alguna vez lo dijimos y ahora lo repetimos, si a alguien se le ocurriera escribir la historia de la infamia, tendría que comenzar en el Cerro de Pasco. Es cierto. Los diferentes regímenes que gobernaron el Perú nos marginaron tendenciosamente. Comenzaron con la educación. Sólo los poderosos tenían oportunidad de educarse debidamente. Ellos hicieron escuelas religiosas y, en todo caso, trajeron maestros e institutrices particulares para que enseñaran a sus hijos. Para los niños del pueblo estaban abiertas las dos únicas escuelitas municipales en donde muy pocos niños se refugiaban. La mayoría comenzó a trabajar desde pequeños. Diez y once años, para comenzar en la escogencia de minerales. Con el tiempo, los más humildes irían a engrosar las hordas de mineros que bajaban a los antros de horror y, los perspicaces, serían portapliegos y ayudantes de talleres donde fijarían su destino. La educación secundaria no existía. No teníamos colegios. Otros pueblos del entorno contaban con estos centros desde pocos años después de jurada la independencia: Huánuco, Tarma, Huancayo, Huancavelica, Jauja, Ayacucho. Claro, los explotadores contaban con la implícita complicidad de los padres indolentes. Ellos veían que nuestros niños al comenzar a trabajar desde temprano les estaban liberando de la enorme responsabilidad de mantenerlos. ¡Qué maldita irresponsabilidad! Estos indolentes se dedicaron a las celebraciones frívolas de los carnavales donde se mostraban pródigos en el derroche. Hubo numerosos clubes carnavalescos en los que anualmente se había un gran gasto en presentaciones espectaculares a un elevado costo económico. Las fiestas patronales eran espectaculares. Creíamos estar viviendo en la Gran Mundo de Opulencia que nunca acabaría. Qué error. Fue en 1931 cuando el malandrín de turno, el “Mocho” Sánchez Cerro nos arrebató la capital del departamento de Junín cuando nos dimos cuenta. Habíamos perdido muchísimos años sin preparar a nuestra juventud. Recién en ese momento se trató de enmendar nuestra terrible postergación. Recién a partir de la cuarta década del siglo pasado se instauraron colegios secundarios en nuestra ciudad. Por fin llegaba a su término aquella época de oscurantismo, estupidez e indolencia que no había obnubilado. Por eso cuando trataron de volver a sumirnos en la ignorancia cerrando la Universidad Comunal, marchamos en rebeldía y conseguimos la creación de nuestra Universidad autónoma. Eso lo hicimos los estudiantes con la ayuda de nuestro pueblo. Nadie nos regaló nada. Ahora está en nuestras manos superarnos. No nos quedemos inactivos. Nuestros hijos merecen lo mejor. Tienen derecho. La educación es el principal soporte del progreso de los pueblos. Cuánta razón tenía Gary Becker, premio nobel de economía cuando decía: “La riqueza de los pueblos no está en sus pozos petroleros, ni en sus minas, ni en sus campos agrícolas. La riqueza de los pueblos está en la inteligencia de sus niños”. ¡¡¡Qué gran verdad!!! . Sin embargo, en estos momentos, a nuestros niños que son nuestra verdadera riqueza, la minería los está envenenando cruelmente. Casi todos tienen plomo y otros metales pesados en la sangre, como hace muchos años, nuestros antepasados tenían mercurio y sílice en los pulmones.

Bueno, pero no sólo en las minas se inmolaron nuestros hombres. Recordemos. Cuando la patria estuvo en peligro, salieron en defensa de nuestras fronteras, aquellos 220 hombres  de la heroica Columnas Pasco –flor y nata de nuestra juventud-. Uniformados, armados y preparados con el peculio de nuestro pueblo sin que le costase un solo centavo a nuestro país. Partieron el 7 de mayo de 1879 y después de cruzar inmensos arenales combatieron en San Francisco, Tarapacá, Tacna y cayeron al lado de nuestro glorioso coronel Francisco Bolognesi aquel 7 de junio de 1880 en Arica. Todos murieron heroicamente. Cuando los chilenos, estaban para tomar Lima, un segundo grupo de voluntarios aglutinados en la segunda Columna Pasco, conformado por niños y ancianos fue a defender Lima. Fatalmente vencidas nuestras tropas, los chilenos deciden tomar el Cerro de Pasco y partieron a avasallarnos. Luchamos como fieras para no dejarnos humillar. No sólo nosotros, también los otros pueblos de Pasco como Cajamarquilla y Huariaca, primeramente, después Vilcabamba que  al repeler a los invasores sufriera sangrientas represalias como la del 7 de junio de 1882 en que quedó reducida a cenizas sobre los heroicos despojos de Paula Fiada, Máximo Guillermo, Epitación Ramos, José Vásquez, Micaela Villegas, Salomena Javier, Martina Víncula, Ezequiel Eslado, Martín Aguilar y Rufino Rupay. Otro soldado heroico fue el comandante Gustavo Jiménez, apodado “El Zorro”, presidente de la república en la Junta Transitoria de 1931. Al levantarse a favor de la ley contra el “Mocho” Sánchez Cerro, es apresado en Paiján y asesinado el 14 de mayo de 1933 con la modalidad de “la ley de fuga”. Nuestra historia también registra a dos soldados cerreños que se inmolaron en la guerra  contra el Ecuador. El sargento Teófilo Morales Janampa, natural de Huaraucaca, muerto en Aguas Verdes el 22 de julio de 1942 y al alférez Lorenzo Rocovich Minaya, el mismo año, en Porotillo. Otro heroico soldado cerreño fue don Teodomiro Gutiérrez Cuevas que, en 1915, liderando a diez mil indios de Azángaro se levantó contra los terratenientes que los martirizaban. Pago con su vida este intento.

Nuestra ofrenda a la historia del Perú, como vemos, no se ha limitado a nuestros valiosos aportes económicos a la grandeza de nuestra patria. No. Los filones humanos de nuestro pueblo son inagotables: Daniel Carrión García, mártir de la medicina; Evaristo San Cristóval y León, el más grandes maestro dibujante de fines del siglo pasado; Luis Favio Xammar, maestro y escritor notable, muerto trágicamente en Colombia, Poetas como Ambrosio Casquero Dianderas, Lorenzo Landauro, Arturo Mac Donald, Graciela Tremolada, Isabel Unzátegui, Juvenal Augusto Rojas, Esther Moreno, Luis Pajuelo Frías, Luis Ferrari. Pintores como Leoncio Lugo, Teresa Lactayo, Miguel Ampuero, Clotilde Jurado, Carlos Palma Tapia; compositores como Andrés Urbina, Ramiro Ráez, Pablo Morales; músicos como Graciano Ricci, Jesús Enciso, Ángel Portillo, Julio Patiño, Armando Paredes, hermanos Yacolca, Fidel Roque, Francisco Azcárate, Aurelio y Humberto Romero, César Bustamante, Nico Papish, Pablo Palacios, los hermanos Apestegui…

Es en el Cerro de Pasco donde se han iniciado las luchas gremiales. Recordamos a Washington Oviedo, el primero en luchar por las ocho horas; Gamaniel Blanco Murillo, fundador de los sindicatos mineros de La Oroya, Morococha, Mahr Tunel, organizador del primer congreso minero de 1930, maestro deportista, compositor y periodista, después de heroica lucha es asesinado en el frontón por orden del “Mocho” Sánchez Cerro, el 17 de abril de 1931. A Blanco se suman, Pablo Inza Basilio, Gudelio Espinoza Córdova, Melchor Gamarra, Teófilo Rímac Capcha y tantos otros. En este blog estamos haciendo conocer sus historias antes que el olvido y la ingratitud las sepulten.

Hay tanto por recordar. Este día debemos sentir orgullo de haber contribuido a la grandeza de nuestra patria. Felicidades hermanos en este 73º aniversario.

 

NUESTRO 73º ANIVERSARIO

Estimados lectores por un error de edición el gestor de contenidos no programó adecuadamente los artículos del autor del blog con referencia al tema del aniversario de Pasco. Pedimos disculpas por las molestias que se pudo causar.

Cerro de Pasco - Carátula del libroHoy 27 de noviembre de 2017, recordamos los setenta años de la fundación del Departamento de Pasco. En 1931, el despreciable tirano Luis Miguel Sánchez Cerro nos despojó de la capital del departamento de Junín que por más ochenta años lo desempeñamos con altura.

Este acontecimiento nos mueve a reflexionar sobre todo lo que nos ha acontecido.

Comencemos por el principio. Nuestro pueblo nace cuando se efectúa el primer denuncio de sus minas. Hasta ese momento -octubre de 1567- los yauricochas, nuestros antepasados, habían vivido tranquilamente alternando la caza con el trabajo minero. Sí, tres cientos años antes –esto lo afirman reputados historiadores- ya trabajaban el oro y la plata con una pericia extraordinaria. Esta no es una invención antojadiza. Los cronistas españoles: Pedro Cieza de León, Íñigo Ortiz de Zúñiga, Garcilaso de la Vega,  Agustín de Zárate, Francisco de Jerez y Pedro Sancho de la Hoz, se encargaron de dejar el testimonio que aquellas obras de arte que nuestros antepasados enviaron a Cajamarca para el rescate del inca Atahualpa, fueron fabulosas. Todas estas esculturas concitaron la admiración de los extranjeros. Los especialistas afirman: “Los yauricochas fueron los más brillantes orfebres de América”.

Cuando en el Cusco se enteraron, nuestro suelo se convirtió en  codiciado botín. Con engaños y prebendas nos anexaron en tiempos de Pachacutec (1460). A partir de entonces, todo el oro y la plata de nuestro territorio, se fue para el Cusco sin que nada quedara aquí. Había pena de muerte para los que osaran apropiarse de ellos. Los cusqueños fueron nuestros primeros explotadores.

Posteriormente los españoles, convirtieron a nuestra tierra en fuente de interminables caudales al precio de un dantesco genocidio nunca jamás igualado en la tierra. Las minas cerreñas se convirtieron –a través de toda su historia- en tumbas malditas con miles de vidas truncadas en sus galerías siniestras como aquellos 300 hombres que murieron en 1756 en la mina de Matagente, o aquel de 29  hombres que en enero de 1910 fallecieron  mutilados por una explosión de gas grisú de “Pique Chico” en Goyllarisquizga y que, en el mismo lugar, desaparecieras 300 hombres más en agosto de aquel año.  O aquel grupo de 57 hombres que en igual forma murió en “El Dorado”. No olvidemos tampoco la matanza de diciembre de 1908 ni tantos otras hecatombes en los que desaparecieron nuestros hombres en su inacabable trabajo por extraer los sangrientos minerales.

Pero es necesario remarcar que no sólo dimos riquezas minerales. También le brindamos el generoso aporte humano de nuestras gentes. Cuando cansados de los atropellos deciden alzarse en protesta, forman las gloriosas montoneras que se levantan en contra de los abusivos. Triunfaron. Sus nombres han sido eclipsados por los indolentes y los canallas. Comenzando por nuestra preclara heroína María Valdizán que no sólo con sus peculios aprovisionó a sus compatriotas sino también con su vida. Mantenía informado de los movimientos de los realistas a los luchadores del pueblo: Camilo Mier, comandante en jefe de las guerrillas cerreñas; Mariano Fano, en Cahupihuaranga; Pablo Álvarez, en Huachón; Ramón García Puga, en Yanahuanca; Antonio Velásquez, en Pallanchacra; Cipriano Delgado, en Tapuc Michivilca; Custodio Álvarez, en Huayllay. Antes, mucho antes, contumaces luchadores de nuestro pueblo fueron juzgados en febrero de 1812: Fray Mariano Aspiazu; Mariano Cárdenas Valdivieso y Manuel Rivera Ortega. Cuando por orden de San Martín, Álvarez de Arenales llega a nuestro territorio, se sorprende de la manera cómo habían luchado nuestros hombres para allanar el camino de nuestra libertad.

Jurada nuestra independencia, los frutos fueron cosechados por los poderosos. Nuestro pueblo fue vilmente postergado, como siempre. Desde entonces nada ha cambiado. Cuando a mediados del siglo XIX se abren las puertas de nuestra patria a los extranjeros, éstos toman como lugar de residencia a nuestro suelo. Claro. ¡Explotaron  sin descanso sus proverbiales riquezas mineras!! De todos los rincones del mundo vinieron a afincarse en nuestra tierra. Españoles, ingleses, franceses, croatas, húngaros, italianos, dálmatas, montenegrinos, checos, bosnios, chinos, japoneses, griegos, norteamericanos, jamaiquinos, judíos… Se establecieron doce consulados. Nuestra tierra se hizo conocida en todo el mundo. En cincuenta años amasaron incalculables fortunas con las que edificaron grandes casonas en diversas partes de nuestro territorio. Mientras estuvieron en nuestra ciudad vivieron plácidamente en sus palacetes particulares con acomodo y holgura, recordando, sus costumbres, sus danzas y sus canciones. Nuestro pueblo que tenía acceso a sus celebraciones las asimiló a su modo. Así nació, la muliza, la chunguinada, y muchas canciones con retazos de influencia extranjera. En lo material, a parte de la torre del Hospital, el cementerio y el propio hospital, nada más dejaron para la tierra bendita que los había hecho ricos. Todos estos forasteros pensaban, como nosotros seguimos haciéndolo, que en corto tiempo nuestras minas se agotarían. No ha sido así. Los huesos de los agoreros se han blanqueado en los camposantos mientras nuestra tierra sigue impertérrita hacia delante, inagotable, desde hace quinientos años. Con todo lo que acumularon bien pudieron edificar una catedral, teatros, universidades, bibliotecas, museos, colegios, como sucedió en Guanajuato, Potosí, Oruro, Sombrerete, Real del Monte, etc., ciudades mineras como la nuestra. No tuvimos esa suerte. Todos sus caudales se los llevaron a otros lugares y nuestra ciudad quedaba ruinosa y destartalada como bombardeada por salvajes enemigos. ¡Mírenla ahora! No es sino un cráter siniestro con sus gentes que, para no morir, se han aferrado a los cerros.

CONTINÚA…..

 

LOS AÑOS FELICES

Escribe: José Romero. Publicado en LA ABEJA (Información y opinión) de Agosto 2017

la cachangaHoy comí después de tiempo unas bombas con miel y para guardar la tradición lo hice en una carretilla, las de siempre. Junto con ello pedí una porción pequeña de fideos horneados con miel (al estilo turrón). Me supo delicioso como siempre y los sabores trajeron consigo los recuerdos de la niñez y primera juventud.

De aquellos años recuerdo a una tienda en la esquina del colegio Nazareno (donde estudié los cinco años de la Primaria) en el distrito de Breña donde vendían los “helados de invierno” y “los quesitos de leche” cual moldes pequeños de queso. A la salida también iba una señorita ya mayor pulcramente vestida que vendía papitas rellenas “a sol” (de los de entonces, por supuesto). Era época también de las gaseosas IQ, Bimbo, Pasteurina, Canada Dry y de los Picolines, los caramelos de “perita y limón” a granel, los caramelos Ambrosoli de anís y los rellenos con sabores a frutas.

Ya en la secundaria siguieron acompañándome esos recuerdos y al concluir mis estudios ingresé a la universidad. El día que fui a ver mis resultados fui agasajado por mi hermano Juan, dos primos y un amigo. Aquella noche fuimos al “Jinete” que quedaba frente al Hospital de Policía en la avenida Brasil. A eso de la una de la mañana, mi primo Augusto “nos invitó a comer unos sanguches”. Grande fue mi curiosidad para saber a dónde iríamos pues en esos años (comienzo de los 80s) no había lugares como ahora. Nuestro destino fue la puerta del entonces cine Brasil donde se estacionaban carretillas iluminadas por potentes lámparas “Petromax” donde se vendía sanguches de pierna de cerdo con sus frejolitos chinos, de tortillas de verduras y de hot dogs de colores intensos. No faltaban tampoco las rumas de huevos fritos listos para aplacar el apetito de taxistas y transeúntes lechuceros.

Pasó el tiempo y los recuerdos se asocian con nuestras visitas a la aún siempre vigente “Doña Julia” en la avenida Cuba en Jesús María, a pocos metros de la Plaza San José. Ahí íbamos a degustar los poderosos anticuchos cuya tradición se mantiene incólume, hoy de la mano de una de las hijas de la señora Julia y de su esposo, mi amigo Agustín Cisneros, Presidente del Arsenal de Jesús María.

Con el tiempo me hice habitué de las jornadas futbolísticas en el Estadio Nacional. En aquellos años compartí tribuna con gente a la cual solo veía los días de los partidos. Un jubilado, un obrero textil, un joven comerciante y yo. Nos unía la pasión por el mejor de los equipos, Universitario de Deportes y nos reuníamos en el exclusivo balcón superior de Norte con Occidente. Para aplacar el hambre arrancábamos con canchita de un joven con escasos dientes que gritaba…”canchay..canchay..canchay”. Luego venían los sanguches “de carne”, aunque nunca me cayeron mal, tampoco nunca supe carne de qué eran y al finalizar la programación tomaba un poderoso emoliente, cuyos vendedores se resisten a desaparecer y hoy han incrementado “su carta” y el horario de venta. En las mañanas venden desayuno (quinua, siete cereales, maca y los contundentes sanguches de tortillas de verduras y de hot dog , de queso y de huevo frito) y en las noches frías del invierno limeño, los clásicos emolientes “con todo”.

Hoy en día ya no asisto con frecuencia al estadio pero cuando lo hago asisto a Norte, donde nació La Trinchera y si usted amigo (a) que me lee es hincha crema, vaya temprano un día que no se juegue un partido “picante” y sea el primero en pedir su plato de arroz con pollo. Les sabrá mejor que en sitio gourmet.

Y para concluir con este paseo por mis recuerdos y presentes, les cuento que no dejo de ir donde “mi tío” que vende contundente sancochados en la esquina de Sucre con Rosa Toledo en Pueblo Libre; donde mi amigo Oscar Queirolo en la clásica esquina de Camaná con Quilca, el Queirolo, para comer un poderoso Cau Cau; a tomar un Pisco Sour Catedral donde Eloy Cuadros, el master de masters que atiende fielmente en el Bar del Hotel Maury; los contundentes salchipapas del bar Munich; una tremenda Butifarra en el Santa Isabel de la cuadra 5 de Carabaya y para una buena tertulia sobre fútbol en el café Dominó donde me encuentro con el Gran Mario “La Foca” Gonzáles.

No es que le corra a los sitios “inn” sino que las fondas, las carretillas y los bares tradicionales tienen su encanto e historia. Son parte de una Lima que se resiste a morir y no morirán mientras les seamos fieles. La historia y la tradición tienen calidad y no tienen precio¡

PS Dentro de dos días, el 27, celebraré los dos primeros años como columnista del portal La Abeja (laabeja.pe)     … ¡que sean muchos más!

‘NOTAS INÉDITAS SOBRE CÉSAR VALLEJO’

POR LUIS ALBERTO SÁNCHEZ

Publicado el 24 de septiembre en “Cortina de Humo” de la revista CARETAS

Contadas veces han descrito a César Vallejo con la exactitud humana con la que lo perfila, en este texto, Luis Alberto Sánchez (LAS). “Vallejo era un joven de 26 años, enjuto, de tez olivácea. Usaba un sombrero de paño plomo (…), bajo el cual alentaba la cabezota hirviente del poeta y una frente abombada, alta y ancha, y unos cabellos negros, duros y espesos (…)”. Entre otros caracteres, LAS escribe, con detalles ilustrativos, aspectos y vivencias que permiten definir e imaginar (tarea arriesgada) al “Vallejo hombre”. El siguiente escrito apareció el 25 de abril de 1988 en Caretas, específicamente en la tradicional columna de LAS, denominada ‘Cuadernos de Bitácora’ (tema de un futuro post).

César VallejoEn el transcurso de las semanas anteriores, no son pocas las veces que he sido invitado para hablar del Vallejo hombre.

En realidad no somos muchos en el Perú los que le conocimos y tratamos, y en Europa tampoco son muchos los que le escucharon en sus últimos años; es decir, hace un poco más de medio siglo. Los poetas que han venido a celebrar su quincuagésimo aniversario mortal han leído sus obras y han escuchado relatos mas no le conocieron; lo cual desde luego está muy lejos de ser indispensable. Contaré mi propia experiencia no por propia sino por ajena.

Yo conocí a Vallejo a comienzos de 1918. Él había desertado momentáneamente del “Grupo Norte” de Trujillo, en donde siguiendo las sugestiones de Abraham Valdelomar formó parte de una corta asociación de escritores y músicos, todos alrededor de los 25 años: Antenor Orrego, el mayor tenía 25 años; Vallejo 24, Haya de la Torre 21, Alcides Spelucín 19. No recuerdo las fechas natales del músico Carlos Valderrama, de Francis Sandoval, hermano de María, a quien Vallejo menciona en un poema con la expresión “tú no tienes Marías que se van”; César Bringas; Juan Espejo Asturrizaga, Julio Squerre, dibujante; Eloy B. Espinoza, Manuel Vásquez Días, de 17 años y no recuerdo más. Haya de la Torre se afincó en Lima desde 1917; me parece que él fue quien me presentó a Vallejo, en una de las calles de nuestros encuentros diarios entre Acequia Alta y el Palais Concert, pero dudo de ello porque Haya emigró al Cusco precisamente en 1918.

Entonces Vallejo era un joven de 26 años, enjuto, de tez olivácea. Usaba un sombrero de paño plomo, con tafilete un poco más claro, bajo el cual alentaba la cabezota hirviente del poeta y una frente abombada, alta y ancha, y unos cabellos negros, duros y espesos. Algo que llamaba la atención en Vallejo era su frente, sus ojos negros y tristes, su audaz mentón y las dos profundas arrugas verticales que daban a su rostro una expresión lóbrega. Él era silencioso, pero de ojo perspicaz, y cuando rompía su silencio lo hacía con alusiones picantes y una risa franca, a toda dentadura, sonora pero breve… Vestía con pulcritud, pero sin ostentación, siempre, siempre un cuello blanco y duro, una corbata bien ajustada, un bastón de gancho colgado del antebrazo y unos zapatos de capellada color plomo y cuero negro. Caminaba erguido, a paso regular y solía pararse en la puerta izquierda del Palais Concert a ver pasar las cosas y encontrarse con amigos, cada vez más numerosos, entre ellos el “Corregidor” Mejía, siempre alegre e ingenioso. A veces se detenía Valdelomar quien ya andaba en su romería por el Perú como última etapa de su vida a los treinta años. Vallejo había competido en Trujillo con un poeta de apellido Hernández del cual lo diferenciaban todos, especialmente la poesía. Valdelomar había capitaneado el grupo trujillano y alentó a Vallejo a que publicara versos en Lima. Los envío a Variedades y Clemente Palma le dio respuesta negativa y absurda en la sección “Correo Franco”. Eran los días en que Vallejo había sufrido un desengaño sentimental a causa de la diferencia social con la muchacha que pretendía. Eso había dado lugar a que Haya de la Torre escribiera una comedia: Triunfa Vanidad que en Trujillo estrenó, y no repitió la compañía de comedias de la diminuta Amalia Isaura. Como colofón de ese episodio Haya publicó en La Industria de Trujillo (1916) un soneto dedicado a ese episodio y firmado con el seudónimo de “Juan Amateur” evocación innegable del seudónimo Juan Croniqueur que hizo célebre José Carlos Mariátegui. El soneto ha sido reproducido por mí en varios lugares.

Pero estamos en 1918. Vallejo visitó a don Manuel González Prada quien vivía a una cuadra de distancia de la pensión del poeta, situada en la casa de la señora María Vargas de Vargas. Allí vivía en compañía de Crisólogo Quezada, un talentoso trujillano, que sería primer jefe de la campaña política de Haya de la Torre en 1931 y, a quien, por una particularidad física, llamábamos “el cacique diente único”. De allí nace la composición “Los dados eternos” que Vallejo dedicó a González Prada en el volumen “Los Heraldos Negros”.

Cuando este libro apareció en 1918, Valdelomar le dedicó parte de una crónica suya aparecida en la revista Sudamérica, que dirigía Carlos Pérez Cánepa. El artículo tiene como tema principal un libro de José Antonio de Lavalle sobre Agricultura y Valdelomar lo aprovecha para incluir con ardiente elogio a “Los Heraldos Negros”.

La pensión en que vivían Vallejo y Crisólogo Quezada formaba parte de un vasto edificio perteneciente a los Correo y Valle, cuya entrada principal se hallaba en la calle de Gallos. El libro de Vallejo impresionó profundamente a los lectores limeños por varias razones: su tono sencillo y emotivo, sus reminiscencias palpables de Julio Herrera y Reissig, así como por la evidente presencia de Chocano a través de cuatro sonetos del libro. Pero lo que más impresionó fue la honda preocupación cristiana y por tanto humana de alguno de esos poemas como “… hay golpes en la vida…”, “la de a mil”, “el pan nuestro” y los “pasos lejanos”; en esta última, recordando a sus padres, hay dos versos que no he olvidado: “Hay dos caminos blancos viejos: por ellos va mi corazón a pie”.

El año 19 Vallejo se matricula en el curso de Estética del tercer año de la Facultad de Letras de San Marcos. Yo estaba matriculado en el año entero, así como en el primero de Derecho y Ciencias Políticas. Haya de la Torre que había regresado del Cusco, e iniciado la Reforma Universitaria estaba matriculado también en ese curso de Estética que regentaba don Alejandro O. Deustua, filósofo y Decano de la Facultad. César gustaba de pasearse sólo por el pasillo izquierdo que va del patio de los Naranjos al Salón General de Letras. Enarbolando su bastón y a pasos lentos medía la distancia, a veces nos cruzábamos y cambiábamos palabras. No recuerdo bien si le acompañaron ahí los poetas Zuleta y Castilla, pero sí, estoy seguro, de que el poeta Juan José Lora fue uno de los que por ese tiempo se acercaron a Vallejo. Estalló la Reforma Universitaria, se suspendieron las clases y perdí de vista a Vallejo, él se había marchado a Santiago de Chuco, su tierra natal, en donde lo esperaba una de las aventuras más estúpidas que se han dado en nuestro medio: unos enemigos suyos lo acusaron de ladrón e incendiario, lo metieron a la cárcel. Sus amigos de Lima, protestamos en los diarios especialmente Gastón Roger que lo hizo en un excelente artículo en La Prensa de la tarde. Pasaron largos meses antes de que el abogado trujillano Carlos E. Godoy (Papá Godoy le decíamos en la Constituyente de 1931) lograra su libertad. Ya era entrado 1921 si no me equivoco. Vallejo volvió a Lima mientras sus compañeros Orrego y Spelucín procedían a fundar el diario El Norte consagrado principalmente a atacar los excesos de la Northern Mining Company. Vallejo publicó en Lima Trilce y Escalas Melografiadas, que según me ha dicho el escritor francés Claude Cuffon se ha reeditado últimamente en París. Trilce fue un escándalo de silencio. Antenor Orrego le había escrito un prólogo excelente. Los periódicos de Lima no mencionaron el libro excepto una pequeña nota de “Clovis”. Luis Varela y Orbegozo y un tímido comentario mío en la revista Mundial. Trilce era mucho manjar exótico para un paladar limeño de 1922. Como antiguo profesor de castellano y permanente lector de versos barrocos, especialmente los de Góngora, los de Quevedo y los de Lope contra Góngora, Vallejo, atormentado por una creciente fiebre expresiva inventa palabras, las yuxtapone, crea imágenes inesperadas y familiares y publicó ese tomo que, años después, en 1931, reproduciría en Madrid el contradictorio José Bergamín. En cuanto a Escalas pasó inadvertido y era sin embargo el relato de las noches atormentadas de Vallejo en la prisión: libro poético como el de un nuevo conde de Lautremont. Pasaron los meses y Vallejo hacía una bohemia un poco triste, entonces habitó en la calle de Quilca, casi frente al Teatro Colón, en una habitación alquilada por Manuel Vásquez Díaz a quien habían expulsado de la Universidad de Trujillo. Manuel Vázquez Díaz llamaba a la cama de su cuarto, “la cama incansable” porque él la ocupaba ocho horas; a esa hora llegaba Juan José Lora, más bohemio que todos, y se acostaba otras ocho y luego caía Vallejo que la ocupaba por las ocho restantes. Exageración aparte, era una vida libre y dura y al mismo tiempo dulce. Muchos hablan de cierto alcoholismo de Vallejo: no lo creo tan exacto. Bebía como todos y dejaba de beber como todos. Escribía y escribía. Concurría a la librería “La Aurora Literaria”, cuyos dueños, dos españoles, Lorenzo y Rego tenían en mucho a su clientela literaria: la librería estaba frente a La Prensa en la calle Baquíjano. Haya de la Torre volvió el año 22 de su viaje por el Sur del continente. Ya la universidad se había reabierto pues fue clausurada por sus profesores durante todo el año 21. Yo tuve que partir en un viaje periodístico a Colombia el 16 de mayo de 1923: fue la última vez que mis ojos vieron a Vallejo, se presentó en la estación del tranvía que iba al Callao en la Av. La Colmena y me entregó un paquete de libros suyos: Fabla salvaje, preciosa novela provinciana que acababa de publicar en la colección de novelas que editaba Pedro Barrantes Castro. Ella me sirvió para presentar a Vallejo ante el público de Colombia un mes más tarde y al de Venezuela. Volví en octubre de 1923, Vallejo había partido a Europa en junio acompañado de Julio Gálvez Orrego, el “chino” Gálvez, bohemio impenitente cuya muerte es para mí, aún, un misterio pues ocurrió en España durante la guerra civil; no sé si Vallejo lo frecuentaba ya.

Entre 1923 y 1938 cambiamos cartas de las que vale recordar tres episodios. Uno, en 1927 me remitió tres poemas, entre ellos el que empieza “Me moriré en París con aguacero…” diciéndome que no publicaría más versos; mi artículo comentándolo salió en Mundial; dos, en 1937 con sello de “Le grand Journals” y en compañía de Neruda a quien yo estaba publicando en esos momentos un libro, me escribió desde París invitándome a representar al Perú en el Congreso de Escritores Anti Fascistas, a celebrarse en Valencia en donde estaba ya el gobierno republicano, el Consulado del Perú en Santiago me negó la visa y César me hizo el honor de reemplazarme en aquella memorable asamblea donde asistieron Alberto Romero por Chile y Pablo Rojas Paz por la Argentina. Tres, la carta de enero de 1938, en que a tres meses de su muerte me escribió un mensaje lleno de ternura en el cual, por encima de toda diferencia ideológica y política sólo me preguntaba por sus viejos amigos, Haya de la Torre, Orrego, Spelucín y Vásquez Díaz. Menos de tres meses después expiraba en un hospital de París. Casi inmediatamente Georgette me escribió pidiéndome un prólogo para Poemas Humanos cuyo principal accionista fue Alfredo González Prada; mi prólogo fue publicado como epílogo o colofón y pienso que éste era su verdadero lugar.

Y, prescindo de toda nota que no sea directamente personal aunque me tienta terriblemente la idea de escribir en otro tono sobre su vida y su obra. Si me queda tiempo, tal vez lo haga.

 

 

LA CUEVA DE ARAGÓN

la Cueva de Aragon
La Plaza Carrión después de que don Benjamín Aragón la aplanara y dejara expedita tras erradicar la inmundicia. A la derecha se ve el local de la Beneficencia Española que más tarde fue donada al Instituto Industrial Nº 3. Enfrente, el Hotel América hoy Hostal Santa Rosa. A la izquierda el Mercado de Abastos.

¡Cuántas cosas han ido perdiéndose en nuestro pueblo! La avasallante picota minera, voraz, inconteniblemente famélica, ha ido devorando con sus fauces insaciables todo lo hermoso de nuestra tierra. Calles añejas retorcidas y misteriosas, cargadas de historias que la imaginación popular ha llevado a extramuros de leyenda; casas coloniales carcomidas por el tiempo implacable y la indiferencia de sus pobladores; paredes abandonadas por el apresuramiento de sus habitantes que en éxodo masivo han huido de la larga pesadilla de su diaria agonía; vetusto escenario de rancios avatares: asonadas, motines, escandalosos amoríos, duelos, crímenes hasta ahora impunes, huelgas…

Cada una de estas calles tortuosas, cada una de estas casonas seculares, cada plaza, cada esquina, cada camino, cada recoveco, cada rincón, esconde una historia. Por ejemplo, hoy en día, en el camino que une a la calle Yauli con nuestra vieja escuela de Patarcocha -altura del Coliseo Municipal- se distingue los vestigios de una caverna que poco a poco se ha ido cubriendo de basura que las gentes arrojan, luego con el desmonte traído de algunas minas y, en la actualidad, con las viviendas arrinconadas por el avance del “Tajo Abierto”. Esta caverna se denominó “La Cueva de Aragón” y su historia es ésta.

Entre los hombres que fijaron su residencia en nuestra tierra a fines del pasado siglo arribó un adusto y diligente personaje que venía del vecino pueblo de Canta donde había ejercido gobierno político: Don Benjamín Aragón.

Nombrado subprefecto de nuestra provincia dio muestras de dinamismo y disciplina ejemplares por su carácter enérgico y perseverante. A más de un mozo noctámbulo, camorrista y borrachín, esto le pareció prepotente y abusivo. Pese a su rectitud y hosquedad, estaba dotado de una marcada sensibilidad social que le hizo comprender que la abulia de nuestro pueblo no podía ser cambiada sino por un trato enérgico y expeditivo. Con esta poderosa razón quiso realizar una obra que, a su modo, contribuiría con nuestro progreso.

Para ese entonces, la actual Plaza Carrión no era sino un conglomerado de nauseabundos lodazales donde hocicaban los cerdos de la ciudad y potrero donde se amontonaban las acémilas que usaban los arrieros para el transporte. Este fangoso barrizal despedía unos olores insoportables por todos los miasmas allí contenidos haciendo un suplicio el transitar por el lugar.

Don Benjamín Aragón, decidió asear y darle cuadratura para convertirla en una plaza decente a la que cuidaría, en tanto la gente cerreña pudiera tomar conciencia de su responsabilidad. Pero como la tarea sería demasiado dura porque no se contaban con los fondos necesarios para el caso, echó mano de un recurso que desde el comienzo, juzgó, le acarrearía muchos enemigos.

Desde siempre –todos los sabemos- el Cerro de Pasco era no sólo un publicitado emporio de riquezas que todo el Perú disfrutaba sino también foco de las más variadas y bajas pasiones humanas. Tabernas, fondas, tascas y cantinas concurridas por una bohemia contumaz y vocinglera; fumaderos de opio atendidos por famélicos chinos; burdeles en los que los cerreños se disputaban a punta de puños y a veces hasta de armas el favor de mujeres guapas venidas de los confines del mundo para saciar su sed de dineros y aventuras; garitos en los que se jugaban abundante dinero, prendas y haciendas y hasta el honor de los libertinos; es decir, los más variados y exigentes escenarios para los más disipados y exigentes vicios.

Consciente de esto decidió echar mano del inacabable contingente de borrachos, pendencieros, fumadores, “faites”, tahúres, proxenetas y meretrices que, a su modo, aportarían la “mano de obra”. Todas las noches con su fuete bajo el brazo seguido de una patrulla de fornidos guardias realizaba redadas en los bajos fondos. Camorrista que encontraba, ¡A chirona! Mujer escandalosa que saliendo de sus predios se tiraba a las calles a armar escándalos de padre y señor mío, ¡Adentro! Fumones que plácidamente inhalaban opio en las trastiendas de la calle del Marqués, ¡Adentro! Tahúres esquilmadores que hacían flores con los naipes o dados sobre los verdes tapetes de los garitos, ¡Adentro! Borrachos, numerosos borrachos que deambulaban de taberna en taberna en una voluntariosa romería con pasos inseguros y refriega a flor de piel, ¡Adentro! Ni los mocitos tarambanas de “buena familia” se salvaban; si armaban escándalo, como casi siempre lo hacían, ¡Adentro! Don Benjamín no se casaba con nadie; preso que caía, preso que iba a parar en las frías intimidades de la cueva de Aragón a dormir la mona.

La Cueva, como ustedes lo habrán podido colegir, era la caverna -referida al comienzo de este relato- convertida en prisión, dotada de unos recios barrotes de hierro. Abría sus puertas con los primeros rayos del sol, hora en que, dotados de herramientas reunidas por el subprefecto, “los presos” tenían que limpiar la plaza de toda la cochinada que la atoraba. Nadie, por más pintado que fuera, se escapaba del castigo. Si trataba de evadirse se condenaba a una o dos amanecidas más. Nunca se supo de nadie que infringiera la ley. Para recordárselo allí estaba don Benjamín con ceño adusto, cabellos entrecanos y su talante respetable; fuete bajo el brazo, pantalón de montar, botas siempre brillantes y su recio saco de “Diablo Fuerte”.

Pronto, con ese dinamismo admirable y sin hacer caso de la maledicencia ni los halagos concluyó con la obra que había soñado: una plaza para el Cerro de Pasco.

Siguiendo el trazo original de aquel viejo reformador comenzaron a erigirse edificaciones hoy existentes como la casona de la familia Verástegui; la casa de la familia Casquero y otras respetables familias cerreñas. El 1º de junio de 1903, a iniciativa de aquel recordado chapetón minero, torero y cantor, don Nicasio Gallo, se edifica el local de la Beneficencia Española, donde actualmente se levanta el Colegio Industrial. Más tarde la plaza toda serviría como escenario de las corridas de toros. Se cerraban las bocacalles con enormes carretones, se levantaban graderías y estrados para los espectadores semejante a las capeas españolas. Por este motivo también se le llamó Plaza de Acho. Andando el tiempo, el coso taurino con todos los cánones vigentes, es erigido dentro de la Beneficencia Española. Entonces la “Plaza Aragón” se convirtió en escenario de grandes partidos de fútbol. Cuando se construyeron campos deportivos ad hoc, se dejó en paz a la mencionada plaza donde se ubicó un establecimiento que por muchos años gozó de encumbrado prestigio en todo el centro del Perú: el Hotel América.

Por disposición municipal regida por Valentín López Espíritu –Extraordinario hombre que nunca olvidaremos- las casas ahí erigidas se asearon y encalaron dándole un marco de belleza e higiene. Actualmente se halla aquí el colosal monumento a nuestro mártir cerreño, Daniel Alcides Carrión. Todo se lo debemos a la diligencia y valor de don Benjamín Aragón.

Plaza Daniel Alcides Carrión
Imagen de la Plaza Daniel Alcides Carrión que fue implantada por don Benjamín Aragón y embellecida por aquel inolvidable hombre de bien: Valentín López Espíritu.