CRÓNICA DE CONMOVEDORA FRATERNIDAD

“Los huelguistas no cometieron ningún desorden importante, ni amenazaron a la población, los patrones o la autoridad; ni pretendieron sustituir a ésta. Se hallaban además, desarmados. Lo pedido por los huelguistas no era irrazonable, ni se mostraron inflexibles discutiéndolo. La acción militar del 21 de diciembre de 1907 significó un golpe paralizante para el movimiento obrero del salitre de Tarapacá. Sobre los muertos se barajaron diversas cifras. Desde las que dio el general Silva Renard (400 muertos),  El Comercio (1,000 muertos), hasta historiadores imparciales que la sitúan entre 2.000 y 2.500 muertos. Ciento cincuenta sobrevivientes fueron llevados al Cerro de Pasco (Perú) donde fueron calurosamente acogidos en sus minas y talleres”.

INFORME DEL CONSULADO PERUANO EN CHILE

crónica de una huelgaLas páginas de nuestra historia son prodigas en hechos de cooperación y socorro colectivos. Una de las más saltantes ocurrió el miércoles 22 de enero de 1908, cuando cincuenta obreros chilenos -cada uno con su familia- habían sido expulsados de las salitreras de Iquique. Estos habían luchado para que su gobierno les aumentara los exiguos haberes que percibían. Lejos de comprenderlos, los reprimieron salvajemente llegando a matar a centenares de hombres, mujeres y niños. Los que sobrevivieron a la salvaje carnicería, en acto sin precedentes en la historia mundial, fueron expulsados de sus propias fronteras. Nuestro pueblo minero, conocedor de estos avatares laborales se conmovió en extremo y, en muestra de generosidad extraordinaria, trajo a cincuenta de estas familias para brindarles su amorosa protección en nuestra ciudad.

Nuestro pueblo que tan sólo 28 años atrás había sido pasto de la pillería chilena cuando su soldadesca ocupara nuestros linderos, tenía todavía sangrantes  las heridas de la guerra. Recordaba que en nuestras calles habían caído hombres y mujeres que se resistieron  a sus atropellos y muchos fueron fusilados en las paredes del cementerio de Yanacancha. Algo imperdonable: con los libros de nuestra parroquia, municipalidad y otras dependencias estatales, levantaron piras de fuego que les sirvió para abrigarse del frío dejándonos sin preciados documentos históricos. Después de una salvaje requisa se llevaron el más rico botín de guerra que pueblo alguno del Perú cediera a los invasores. Quienes pudieron haber defendido su integridad habían caído en los arenales del sur protegiendo las fronteras de la patria. Lo mejor de su juventud lo había constituido la inmolada Columna Pasco. No obstante esas dolorosas heridas el pueblo reaccionó en favor de aquellos seres ahora en desgracia, víctimas de la arbitrariedad de los poderosos. Hombres y mujeres de nuestro pueblo sabían lo que significaba la maldad de los explotadores.

Desde los primeros días de diciembre de 1907 la prensa cerreña había informado los pormenores de una salvaje matanza. “La Pirámide de Junín”, “Los Andes”, “El Eco de Junín”, “La Unión”, “La Gaceta”, “El Cerreño”, “La Alforja”, “El Regenerador del Pueblo” y “El Minero Ilustrado” -diarios entonces en circulación- informaron que el domingo 15 de diciembre, más de dos mil obreros de las salitreras de Iquique habían llegado en “Marcha de Sacrificio” ante sus jefes para reclamar un salario digno y mejores condiciones de vida porque vivían hacinados en campamentos maltrechos y oscuros con un salario miserable.

“Previamente –informaba “El Minero ilustrado”- consultadas las bases, se decidió que a partir del 10 de diciembre de 1907 se paralizarían las tareas en toda la pampa salitrera y se marcharía en masa al puerto de Iquique, para protestar frente al intendente y los empresarios. Esta demostración daría a conocer a la opinión pública de la provincia y al país entero, los abusos que se cometían con los obreros del salar. Los días 11 y 12, los trabajadores comenzaron a movilizarse en las distintas salitreras, pueblos y cantones de la provincia de Tarapacá”. También hacían  conocer las limitaciones a las que estaban restringidos. “Estaba prohibido el comercio o intercambio de bienes entre mineros de las diferentes salitreras, el horario de trabajo era de sol a sol (que en la pampa norteña significa catorce horas o más), sin descanso dominical ni vacaciones anuales. Existía un sistema de persecución policial recompensada cuando había que atrapar a un obrero que hubiese abandonado su empresa sin dejar un depósito de garantía por las herramientas utilizadas en el trabajo. Además, la administración de justicia estaba en manos de la “serenía” -guardia policial interna- que a menudo recurría al cepo o el látigo para imponer castigos ejemplares. A las pésimas condiciones de trabajo, se sumaba la falta de salubridad en las pocilgas hechas de chapa y costra de sal donde habitaban los mineros con sus familias, poco más altas que un hombre y techadas con sacos o latas, verdaderos hornos durante el día y gélidas heladeras cuando llegaba la “camanchaca” (neblina fría propia de las noches en el desierto chileno); casuchas malolientes donde proliferaban las epidemias producidas por un ambiente malsano, donde las inmundicias de los desperdicios y las letrinas anexas a los barracones convertían aquellos habitáculos en un hervidero de moscas, gérmenes y pestes, con una aglomeración aberrante que invitaba a la promiscuidad casi animal entre sus inquilinos y estimulaba la procreación de los roedores que pululaban entre los humanos”.

Posesionados de las alturas, los huelguistas comenzaron a hacer escuchar sus protestas y sus arengas. Estaban indignados. Previamente,  a pedido de sus jefes,  habían abandonado palos y barras de hierro, utilizados como bastones para la agobiante caminata. Acompañados de sus mujeres e hijos entraron pacíficamente en el puerto de Iquique. Pese a que la comisión negociadora procuró convencer a los trabajadores, éstos, hartos de engaños y dilaciones indefinidas, se negaron a emprender la retirada y dieron 24 horas de plazo a los patrones para pronunciarse. El suplente del intendente intentó tranquilizar a las masas, garantizándoles que sus peticiones serían aceptadas, pero que debían conceder el plazo de ocho días. Cuando vieron que nada se conseguía, el jefe de la policía hizo avanzar las ametralladoras y las colocó frente a la plaza donde estaban los obreros, sus mujeres y sus hijos. Acto seguido se dirigió al Comité para -según sus palabras-: “suplicarles que evitasen al Ejército y la Marina el uso de las armas para hacer cumplir la ley”. Silva Renard –el jefe- decidió que no podía esperar más. Temía que si se hacía de noche, con la oscuridad la situación se complicaría aún  más. En esos momentos apareció en la plaza una manifestación de unas 400 personas más de los gremios de Iquique gritando y apoyando a huelguistas. La tropa les dejó pasar para que se unieran a los huelguistas y así evitaron que anduvieran circulando descontrolados por la ciudad. Mientras tanto, los jefes militares debatían sobre si era mejor cargar con bayonetas o utilizar las armas de fuego. Finalmente se decidieron por estas últimas. Al mismo tiempo, los cónsules del Perú y otros países realizaban gestiones desesperadas para salvar las vidas de los huelguistas sin conseguir nada positivo.

Las 15:45 Silva Renard consideró que se habían agotado el tiempo y según él: “viendo que no era posible esperar más sin comprometer el respeto y prestigio de las autoridades y fuerza pública…”, ordenó el comienzo de las descargas de fusilería seguido de las ametralladoras, generando una matanza indescriptible. Una masacre sin nombre. La desesperación y confusión se apoderaron de la muchedumbre que corría intentando salir de aquella balacera infernal. Un cerco de militares con bayonetas caladas se lo impedía. Luego de las primeras descargas de fusiles y ráfagas indiscriminadas de ametralladoras, para más horror de la gente que gritaba y lloraba frente a heridos ensangrentados y cadáveres que se iban apilando en su caída, cargó la caballería con sus lanzas en punta, aniquilando a muchos más en su arremetida. Así cayeron otros muchos inocentes, atravesados por lanzas y bayonetas o golpeados brutalmente por las culatas de los fusiles. Fue algo tan cruel y vandálico que ensombreció para siempre el honor de la policía chilena.

Cuando hubo concluido la atroz masacre, en la plaza quedaron centenares de muertos y heridos. Los mandos militares calcularon que se llevaron aproximadamente entre 6.000 y 7.000 huelguistas presos, custodiados por los lanceros. Muchos de los presos se desplomaron y cayeron en el trayecto a causa de la gravedad de sus heridas.

Los informes de los cónsules acreditados en Iquique fueron contundentes. El de los Estados Unidos informó a su gobierno que “la escena después de la balacera fue indescriptible. En la puerta de la escuela los cadáveres estaban amontonados y la plaza cubierta totalmente de cuerpos”. El cónsul británico, Charles N. Clarke, afirmó que “las ametralladoras dispararon durante un minuto y medio, dejando tal cantidad de muertos que es difícil contabilizarlos”. El corresponsal de El Comercio de Lima calculó 450 cadáveres y el de The Economist de Londres cifró en 500 los caídos aquel día. Innumerables heridos fallecieron posteriormente en el Hospital de Beneficencia y fueron enterrados rápidamente en una fosa común, para evitar su inclusión en las listas de difuntos. Estudios más recientes mencionaron la cantidad de 2.000 personas ejecutadas durante la masacre. El hecho sin duda constituye una auténtica barbaridad.

Conocedores de esta iniquidad y olvidando pasadas heridas de guerra, los cerreños se organizaron para traer a los sobrevivientes que habían sido expulsados. Su intención era darles albergue y ayuda. Se estableció una comisión presidida por el Doctor José Santos Chiriboga, Presidente de la Beneficencia Pública e integrada por los hermanos Ibarra, los señores Miguel y Cipriano Proaño, de los doctores Vallés y Tasso y del señor Abilio C. del Valle, de la “Droguería Popular”. Se sumó a ella la totalidad de instituciones religiosas de la localidad, los clubes de auxilios mutuos, instituciones culturales y deportivas y pueblo en general. Esta comisión trabajó arduamente para traer a los damnificados en barco desde Chile y, ya en el Callao, lo trajeron al Cerro de Pasco. Para recibirlos, estuvo el pueblo minero en pleno en la estación del ferrocarril.

Aquella tarde, la Plaza Chaupimarca estaba colmada de obreros con sus esposas e hijos que no cesaban de aclamar a los chilenos que llegaban. Entraron en la iglesia de Chaupimarca donde se les dio la bienvenida y el Presidente hizo entrega del total de la colecta efectuada en la ciudad consistente en una suma respetable, publicada por los periódicos. La “Cerro de Pasco Mining Campany”, había decidido darles trabajo en las lumbreras de “Noruega” y “Peña Blanca”. Inmediatamente después, a medida que los empadronaban, en una carpa gigantesca que habían improvisado, las damas les servían sus alimentos y departían con los chilenos; asimismo se les atendía en los auxilios médicos a muchos de ellos.

Aquel primer día, fue conmovedora la manera cómo, con unas muestras de cariño fraternal y hermoso, las familias previamente inscritas, dándoles abrigo y cariño los llevaban a sus casas para alojarlos. Los chilenos muy emocionados, no sabían cómo agradecer el gesto; mujeres y niños lloraban estrechados en abrazos fraternales con sus anfitriones. Aquello fue inolvidable. Fue uno de los más hermosos gestos colectivos que  nuestro pueblo realizó en toda su historia. La prensa nacional lo comentó con admiración. Aquellas personas  agradecidas jamás abandonaron nuestra tierra. Todavía quedan familiares de aquellos troncos chilenos en las calles mineras.

 

 

 

 

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El crimen del “Hotel Comercio”

Escribe: Marco Antonio Capristán

Publicado en LA ABEJA DE 23 Enero 2016.

el crimen del hotel comercio“Por fin tenemos en nuestro medio, uno de esos crímenes horripilantes que son moneda corriente en Londres, Nueva York, Berlín o Chicago” escribió visiblemente emocionado Clemente Palma, director de la Revista “Variedades”, una de las más importantes de los años 30, al recibir la noticia del asesinato ocurrido dentro de uno de los locales más exclusivos de Lima, el “Hotel Comercio”. La emoción como periodista, del hijo del recordado autor de las “Tradiciones Peruanas”, era comprensible. En la tranquila Lima de la década del treinta una noticia como esa, era impensable hasta ese momento. El 24 de junio de 1930 el español Genaro Ortiz, había asesinado a su compañero de viaje Marcelino Domínguez, en la habitación 89 del tercer piso, del conocido hotel ubicado en la esquina de las calles Pescadería y Rastro de San Francisco (actualmente cuadra 1 del jirón Carabaya y cuadra 2 del jirón Ancash, junto a palacio de gobierno), luego de una discusión.

Antes de llegar a Lima, ambos estuvieron en Argentina y luego en Bolivia donde se dedicaron a su principal actividad, asaltar y estafar. Justamente sería el reparto de su último botín el que llevo a Genaro Ortiz a matar a su amigo con un martillo mientras dormía. La necesidad de desaparecer el cuerpo, lo llevo a descuartizarlo y colocarlo en dos maletas, con las que saldría del hotel rumbo a otro hospedaje, el de la familia Buendía ubicado en la calle Concha 356 (actual cuadra 3 del jirón Ica). Luego de alquilar un cuarto donde guardó las maletas, Ortiz huyó al Callao para embarcarse rumbo a Centro América. Seis días después el fétido olor del cadáver llevaría a que todo se descubra. Capturado en Panamá, Ortiz será traído a Lima en medio de gran expectativa, cientos de limeños sorprendidos por esta macabra historia, lo esperan en el muelle del Callao para verlo de cerca.  Se dice que su aspecto físico, según los diarios “muy parecido a un actor de cine”, captó la atención de las limeñas de la época. Ortiz sería sentenciado a 25 años y encerrado en la penitenciaria de Lima (la recordada cárcel limeña conocida como el Panóptico).  Hoy el “Hotel Comercio” ya no existe, el local está cerrado, su fachada nos da una idea de su esplendor en el pasado, solo conservando en su primer piso a uno de los restaurantes más tradicionales de Lima “El Cordano”.  El crimen ocurrido ahí, marcó a toda una generación de limeños y su tétrica historia conmueve aun en nuestros días.

 

Huelga policial de 1975: Cuando la anarquía tomó Lima

Huellas digitales EL COMERCIO de 2 de abril del 2015.

La tarde del miércoles 5 de febrero de 1975, Lima se convirtió en un polvorín. La Guardia Civil estaba en huelga, situación que fue aprovechada por vándalos para generar caos. Imágenes de aquel día muestran a estos delincuentes caminando despreocupados con televisores, radios, ventiladores y cuanto objeto pudieran robar de las tiendas. En Huellas Digitales recordamos esta huelga policial, considerada la más grande de la historia peruana.

huelga policial 1975Dos días antes de estallar la violencia callejera, Lima amaneció sin custodia policial. El personal subalterno de la Guardia Civil se había declarado en huelga. Unos mil policías se atrincheraron en el Cuartel de Radio Patrulla, en La Victoria.

El origen del caos

La de 1975 fue la huelga policial más grande de nuestra historia. La agresión física y verbal de un general del ejército a un subalterno de la Guardia Civil, la administración de ciertos bienes como la mutualista del personal subalterno, el cese de descuentos injustificados, las mejoras salariales y la reorganización de la Guardia Civil fueron los motivos que llevaron a las fuerzas del orden a paralizar sus labores.

Al amanecer del 5 de febrero, tropas del ejército tomaron por la fuerza el cuartel de Radio Patrulla deteniendo a decenas de policías. Mientras esto ocurría, Lima seguía desprotegida por segundo día.

Era el mediodía cuando se inició el saqueo en el Centro de Lima. Al no haber policías en las calles, grupos de agitadores incendiaron los edificios de los diarios Correo y Ojo, el viejo local del Círculo Militar en la plaza San Martín, el Centro Cívico; así como, autos y camionetas. Los vándalos rompieron puertas y escaparates de las tiendas para robar todo lo que pudieran cargar.

huelga policial 1975 - 2Vehículos blindados y tanques del ejército recorrieron el Centro de Lima para controlar a las turbas de vándalos. Con el paso de las horas, una tensa calma reinaba en la capital. El ejército repelió algunos intentos de continuar con el saqueo. Numerosos delincuentes fueron detenidos y transportados en camiones militares.

Como primeras medidas para restablecer el orden, el gobierno suspendió las garantías individuales en todo el país y estableció el toque de queda en Lima y Callao, de 10:00 pm a 5:00 am.

El 6 de febrero fue decretado como día no laborable. Los efectivos de la Guardia Civil volvieron a custodiar las calles y las labores de limpieza pública se reanudaron. Los mercados fueron custodiados por el ejército. Las tiendas, las panaderías y las farmacias atendían a puertas cerradas. Los restaurantes no abrieron.

El saldo que dejó la huelga policial

huelga policial 1975-3Según fuentes oficiales 86 personas murieron, 162 resultaron heridas, y fueron 1012 detenidas. Unos 162 establecimientos comerciales fueron saqueados y varios edificios públicos destruidos. El Comercio publicó la lista de fallecidos. El saldo que dejó la huelga policial

La Policía de Investigaciones de Lima (PIP) montó un rápido operativo para recuperar parte de lo robado. Unas 800 personas fueron detenidas por este saqueo en cuyo poder se halló ropa, lavadoras, refrigeradoras, motos, ventiladores y hasta muebles de sala y dormitorio. Al recorrer los callejones resultaron heridos unos 15 efectivos de la PIP.

huelga policial 1975-4Para el viernes, la normalidad volvió a la ciudad. Apresurados trabajadores abordaban los micros que circulaban por las calles. Los vendedores ambulantes regresaron a sus puestos en el jirón de la Unión y en el mercado mayorista las actividades se realizaban con tranquilidad. Los horarios para las misas se ajustaron a las condiciones del toque de queda. Los agentes del orden estaban en cada esquina.

(Lili Córdova Tábori)
Archivo Histórico El Comercio

Eduardo Galeano: LA ESCRITURA DEL FUEGO Y LOS VIENTOS Un texto de ELOY JÁUREGUI

“ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘Cierren los ojos y recen’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”.
                                                                                                                                 Eduardo Galeano

Eduardo Galeano 1
Buenos Aires: El escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, autor de obras como -Las venas abiertas de América Latina-, murió hoy en Montevideo a los 74 años, informaron fuentes de Siglo XXI Editores, el sello que publica sus libros. Foto: Alejandro Amdan/Archivo Télam

1.

Querido Galeano: Vuelo al otro lado de este mundo en unos días y seguro que desde mi clase económica, sobre el fuselaje, veré tu mirada azulada sobre el techo añil del cielo, en ese que tú no creías, y seguro, no te acaban de convencer a pesar que con todos los huéspedes hay orden de que los traten bien.

Un imbécil peruano del Perú, te cuento, publicó en su facebook que cómo te podían comparar con Günter Grass, ese socio ilustre que escogiste como compinche para dejarnos cagados en este mundo, si él era Beckenbauer y tú apenas “El toro” Cantoro. Fíjate tú. Otros estúpidos, la mayoría gerentes de chifa de la clase medía avergonzada del Perú, celebraron la ocurrencia de ese matón de colegio religioso. Pobres mononeuronales. Cantoro es argentino y a ti te llegan los parrilleros. Que si querían compararte, que tú eres uruguayo como Luisito Suárez, que muerde y hace goles, como tú, Galeano, que le metiste diente a los regímenes bobalicones pro yanquis de Latinoamérica y sus alcahuetes, esos mequetrefes chupamedias de los gringos.

Querido Galeano, la clase política en mi país no ignoró tu muerte. Eso les jode porque saben que no estás muerto; ignoró que eres un escritor de tempestades, ese timonel templado que brioso denunció a los asesinos de la CIA, a los militares genocidas, a los curas fascistas y a los traidores del pueblo que en el Río de la Plata como en el Perú caminan con disfraz de intelectuales y le hacen juego a los oprobiosos y multiplican en serie a los tontos de la poesía de sobremesa y a los plásticos del té de tías.

 2.

Como dice ahora Miguel Ángel Nieto, que tú lograste lo increíble en el peligroso ejercicio de la palabra. “Combinar lo que susurra el corazón con las consignas humanas que nunca caducarán”. Y lograste entregar la palabra a quienes nacieron sin acceso o sin derecho a la palabra. Frases cortas. Adjetivos selectivos, elegidos a conciencia entre la infinita gama de los candidatos. La pluma en una mano y el hacha en la otra, como le enseñó Juan Rulfo. Textos cortos, destinados al alma, cierto querido Galeano.

Pero que saben los chanchos de alfajores. Para ellos el compromiso del escritor es anti estético. Por ello huyen como rosquetes cuando escucha una palabra que le cose el ano: Pueblo. Y cierto, Galeano, ese compromiso tuyo fue un desafío al oficio de escribir articulado a la defensa del pueblo, de los derechos humanos, de la verdad, de la justicia. Cuenta tu paisano Jorge Majfud que tus libros dieron batalla, en momentos en que en América Latina bastaba con pensar y soñar diferente para ser secuestrado, torturado y desaparecido en nombre de la democracia y la libertad.

E insiste: “¿Cómo pudo alguien haber sido un molesto disidente en la América Latina del Siglo XX sin asociarse o sin ser asociado con algún tipo de izquierda? Pero Galeano no era un “intelectual de izquierda” como dirán las enciclopedias; era el poeta de los de abajo, el mayor poeta en prosa de su tiempo, un mago de la metáfora, un delicado hermeneuta”.

Por eso, cuando esos andróginos de la derecha bruta y achorada del Perú ignoran tu presencia viva en las literaturas más jodidamente humanas de estos tiempos, los observo con asco como un guerrero que observa a las aves de corral y te digo Galeano, que tú nos enseñaste que escribir no era un pretexto para salir en sociales. Y que como dicen los que te quieren, Galeano tú demostraste que el escribir no era un ejercicio inocente y pueril, al contrario, escribir siempre será un acto de revancha contra los poderes del destino, contra los azotes de ese Dios de gabinete y contra la manga de imbéciles que pastan en los jardines públicos del onanismo ruin.

 3.

Querido Galeano, te dejó, termino un poema contra los miserables que manejan las minas de mi país y recuerdo que alguien ha dicho con la noticia de estas horas, que tú jamás fuiste un inocente de nada. Que convertías en textos brillantes y públicos los sueños que tu mujer te contaba al despertar y los colores con que ella adornaba la ensalada. Y por eso, tal vez por eso, supiste definir el compromiso de vivir de una forma tan bella como exigente cuando escribiste de nosotros: “Tienen el color de la tierra los que se revolcaron en el barro, y el de la ceniza los que buscaron calor en los fogones apagados. Verdes son los que frotaron sus cuerpos en el follaje y blancos los que se quedaron quietos”.

Adiós Galeano, te hago un mate en la mañana y te pongo ese tango pendejo de Bajofondo para que sigas renegando por quítame estas pajas. Nos vemos en ese cielo que fundaste escribiendo para que los pobres vivan sin plata y las mujeres sin lycras ni gimnasios. Amén

EPITAFIO

Eduardo Galeano 2Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana.

Eduardo Germán María Hughes Galeano, nació en Montevideo, Uruguay, el 3 de septiembre de 1940. En 1960 inició su carrera periodística como editor de la que sería la mítica revista Marcha. Tras el golpe de Estado de 1973 fue encarcelado y tuvo que exiliarse a Argentina. Publicó “Las venas abiertas de América Latina”, libro que marcaría varias generaciones, y que fue censurado por las dictaduras militares de Uruguay, Argentina y Chile. Esta obra proponía una historia de América Latina en clave de descolonización, lo que en ese entonces era impensable en los discursos dominantes. En Argentina fundó la revista cultural Crisis.

En 1976 fue añadido a la lista de los condenados del escuadrón de la muerte de Videla por lo que tuvo que marcharse de nuevo, esta vez a España, donde escribió la trilogía Memoria del fuego (un repaso por la historia de Latinoamérica). Regresó a Montevideo en 1985. Con otros escritores, como Mario Benedetti, y periodistas de Marcha, fundaron el semanario Brecha.
En 2007 superó una operación para el tratamiento del cáncer de pulmón, que le ganaría la batalla en 2015. En abril de 2009, el presidente venezolano Hugo Chávez entregó un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina al presidente estadounidense Obama durante la quinta Cumbre de las Américas, celebrada en Puerto España, Trinidad y Tobago.

BILIOGRAFÍA

Los días siguientes 1962
China 1964: Crónica de un desafío 1964
Los fantasmas del día del león y otros relatos 1967
Guatemala: Clave de Latinoamérica 1967
Reportajes: Tierras de Latinoamérica, otros puntos cardinales, y algo más 1967
Siete imágenes de Bolivia 1971
Las venas abiertas de América Latina 1971
Crónicas latinoamericanas 1972
Vagabundo 1973
La canción de nosotros 1975
Conversaciones con Raimon 1977
Días y noches de amor y de guerra 1978
La piedra que arde 1980
Voces de nuestro tiempo 1981
Memorias del fuego I – Los nacimientos 1982
Memorias del fuego II – Las caras y las máscaras 1984
Contraseña 1985
Memorias del fuego III – El siglo del viento 1986
Aventuras de los jóvenes dioses 1986
Nosotros decimos no: Crónicas (1963-1988) 1989
El libro de los abrazos 1989
Las palabras andantes 1993
El fútbol a sol y sombra 1995
Las aventuras de los dioses 1995
Patas arriba. La escuela del mundo al revés 1998
Carta al ciudadano 6.000 1999
Bocas del Tiempo 2004
El Viaje 2006
Carta al señor futuro 2007
Patas arriba, la escuela del mundo al revés 2008
Espejos. Una historia casi universal 2008
Los hijos de los días 2011
Mujeres – antología 2015

El uniforme escolar “gris rata” nació hace 40 años.

De “Huellas Digitales” de EL COMERCIO

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Imagen tomada de Arkivperú

Se estrenó el 1 de abril de 1971 con los más pequeños, pero el 30 de noviembre de 1970 el Gobierno militar del general Juan Velasco Alvarado (1910-1977) dio a la prensa los detalles de lo que sería este uniforme tan recordado por aquellos que cursaron estudios en Primaria o Secundaria desde la década de 1970. Aunque ya hace años que no es obligatorio, el conocido popularmente como uniforme “gris rata” perdurará en la memoria de todos los que lo vistieron alguna vez en sus vidas.

Si hablamos en sentido estricto, el Uniforme Escolar Único constaba de una camisa de popelina (blanca), sport, de manga corta, sin hombreras; un pantalón largo (gris), sin pliegues delanteros y sin basta, y finalmente las medias que debían ser también grises, así por lo menos indicaban las autoridades gubernamentales.

Había tal meticulosidad en las decisiones del sector Educación, que se fijó que los zapatos “serán llanos y sin punteras”, y que la chompa gris, “de lana en punto llano”, la misma se usará “cerrada con escote en ‘V’ y mangas largas”, lo cual podía variar según las condiciones climáticas o la salud del menor.

Estas disposiciones se oficializaron días después, el 3 de diciembre de 1970, cuando el Gobierno militar expidió la Resolución Directoral N° 953-IC-DGI-70, en la que se establecieron puntualmente las normas técnicas e industriales del uniforme estudiantil.

Para ello, se constituyó el Comité Especializado de Uniformes Escolares, integrado por representantes “de la Técnica, Producción y Consumo”, el cual aprobó cada detalle del nuevo ajuar estudiantil (menos los zapatos).

Normas de la vestimenta escolar

El Comercio en su edición del 1 de diciembre de 1970 explicaba el trance que significó aquel cambio de vestuario, incluyendo el detalle de las insignias. Estas serían “de plástico de 5 por 7 centímetros con el distintivo de cada colegio; se llevará en la parte superior izquierda de la camisa o de la chompa”.

Pero los más pequeños que se iniciarían en el colegio en 1971, iban a asumir reglas más especiales, ya que se estipulaba que los menores del primero y segundo grados de Primaria usarían pantalón corto y medias grises “de tipo sport, de tejido acanalado, hasta la rodilla”.

Las alumnas tenían las mismas condiciones en el vestuario y en los colores que sus compañeros, salvo, obviamente, la falda. Esta debería cumplir ciertas condiciones: “Hasta la altura de las rodillas (…) con un tablero adelante y cruce completo atrás. La falda se sostendrá con tirantes en forma de ‘H’ en la parte delantera y cruzada en forma de ‘X’ en la parte posterior”. Las medias grises, para variar, llegarían “hasta la parte inferior de las rodillas”.

 

Era la primera vez que los peruanos leían ese tipo de instrucciones. En medio de tan estrictas medidas, hubo algunas prendas opcionales. Ya casi pocos los recuerdan, pero los escolares de entonces tendrían la posibilidad de lucir unos hermosos ponchos. Eso sí, tenían que ser de lana, rectangulares, sin flecos y con escote en “V”. Para las mujeres el poncho era rojo, y para los hombres, azul.

En los años 70 y 80 se podía ver a muchas estudiantes de distintos colegios privados y públicos lucir sus coloridos ponchos, pero mucho menos a los hombres. Y es que nadie quería parecer un “chalán junior azulado”. La otra prenda opcional, para los más pequeños (del Preescolar y Primaria), que se instituyó en esa fecha, fue el mandil de dril, color gris perla, con bolsillos en la parte delantera y un cinturón.

Entre el autoritarismo y la necesidad

Una muestra reveladora de que fue una imposición gubernamental a la ciudadanía, sin opción a réplica ni alternativas, es que en el mismo Reglamento del Uniforme Escolar del Ministerio de Educación se indicaba que el uso era obligatorio para asistir a clases, así como a los actos y ceremonias oficiales. Además, amenazaban al estudiante imprudente (y a sus padres) al ordenar que estaba “terminantemente prohibido alterar las formas y colores y dimensiones de las prendas, y usar otros no contempladas en el Reglamento”.

El entonces ministro de Educación, general Alfredo Arrisueño Cornejo, quien hacía una semana apenas había sido ascendido al grado de general de División (antes era general de Brigada), había expedido días antes, el 27 de noviembre de 1970, la Resolución Directoral N° 924-ICDGI-70, que normaba técnica e industrialmente “la calidad que debe cumplir el calzado para escolares”.

En este documento oficial se añadían complejas tablas, con hormas y especificaciones sumamente técnicas, muchas veces incomprensibles para el hombre común. En estas tablas se planteó la confección del calzado para mujeres de los números 21 al 40, y para hombres del 21 al 42. Pero la resolución olvidó un detalle clave: no fijó el color de los zapatos colegiales. No obstante, como casi todo era oscuro, estos quedaron de color negro.

Esos primeros días de diciembre de 1970 la comidilla en las esquinas de los barrios, en los bares y oficinas era cómo se verían sus hijos e hijas con esos adustos modelos escolares. De esta forma, se anunciaron también -el 2 de diciembre- los uniformes escolares para el recordado curso de Educación Física (si te tocaba los viernes a la “última hora” era fijo que te quedabas jugando fulbito hasta las 2 ó 3 de la tarde).

Para este curso, los muchachos debían ajustarse los pantalones cortos de color azul, las medias y zapatillas blancas y la camiseta también blanca, con el nombre del curso escrito en el pecho, y, en los casos más apegados a la letra, con el Escudo peruano estampado a todo color en el centro del polo. Mientras tanto, las muchachas vestidas de riguroso blanco, debían lidiar con el short-falda que de cómodo parecía tener poco.

El aporte de Mocha Graña

Pero, ¿de dónde surgió esta idea, este modelo y el color gris para los estudiantes de la época “revolucionaria”? Se dice que, tras dos años de Gobierno militar (1968-1970), se impuso la necesidad de homogeneizar el aspecto exterior de los educandos del país.

Una nueva Ley General de Educación se avecinaba entonces, y en el proyecto respectivo se consignaba el “Uniforme Escolar Único”, es decir, todos los estudiantes de los diferentes grados y colegios del país debían vestirse exactamente igual; de esta forma, afirmaban, no habría diferencias ni pretextos para discriminar a nadie por razones culturales, económicas o sociales.

Pero el Gobierno de turno quería asegurarse de que su proyecto prosperara, y acudió por ello al conocimiento de una especialista como Rosa Graña Garland, más conocida como Mocha Graña, quien tomó en cuenta un tipo de tela resistente y un color que no pudiera desteñirse fácilmente.

El fin era que el Uniforme Escolar Único soportara el uso y el lavado sin deteriorarse. El gris entonces demostró que seguía siendo gris a pesar de las maratónicas lavadas al año. Se impuso la razón práctica y funcional, muy útil para el caso requerido.

Reinó más de tres décadas

Si bien el anuncio de este nuevo uniforme se dio el 30 de noviembre de 1970, y la resolución directoral el 3 de diciembre, recién las normas entrarían en vigencia -como ya dijimos- desde el 1 abril de 1971, y solo para los niños del primer grado de instrucción primaria, es decir, los recién llegados. Sin embargo, esto llegó con una advertencia dada desde el inicio: en 1973 todos vestirían el uniforme gris y blanco.

Desde entonces, y durante más de tres décadas, los colegios privados y públicos no tuvieron modelos y colores propios (menos el uniforme caqui de los años 60) sino el gris y el blanco. Para los años 90 estas normas se flexibilizaron al punto de que ya se podían volver a ver a colegiales (particulares) con uniformes y colores propios.

 

Las anécdotas sobre el uniforme y las vicisitudes de los escolares de los años 70 hasta los albores del siglo XXI son muchísimas, incontables, y seguramente algunas inconfesables. Los parches de cuero negro, marrón o gris para esas salvajes rodillas con agujeros; las camisas albas que en quinto de Secundaria terminaban como un mural callejero, con las firmas y los dibujos de los compañero de promoción, o la chompa gris en la cintura como acto de osadía y que el auxiliar de conducta odiaba y perseguía como si se tratase de un acto sacrílego.

O también las complicaciones de muchos por mantener la camisa blanquísima de lunes a viernes… ¡Y había quienes solo tenían una sola camisa! O los benditos zapatos Teddy o Bata Rímac, con los temidos “bautizos” del 1 de abril que no eran sino tremendos pisotones que parecían partirnos los dedos del pie… En fin.

Una larga historia de aventuras y desventuras. Pero, mejor, ustedes mismos dejen sus comentarios con anécdotas personales. A ver de qué nos enteramos.

LA VENGANZA Por D’Albani

Un notable precursor de los relatos policiales en nuestra tierra, es el escritor que siguiendo la moda entonces vigente de principios de siglo, se hacía llamar D’Albani, un seudónimo sin lugar a dudas. Colaborador en varios de nuestros periódicos, ofreció en un largo trecho de nuestra historia literaria, relatos estremecedores como el que vamos a ofrecerles. Lo interesante de este escritor es que, precursor de Truman Capote, basa sus relatos en hechos reales que estremecieron en su momento a los lectores de nuestros diarios

Crimen y Castigo - Edú Molina
Ilustración de Edú Molina

Es Cauri un pueblecillo casi insignificante del distrito de Cayna, cuyos habitantes vegetan entregados a las tareas del cultivo de la tierra y de la crianza y cuidado de sus rebaños. Allí vivía una pareja unida por el lazo matrimonial, desde hacía algún tiempo. Él, de nombre Blácido, fuerte, trabajador, sobrio y de carácter enérgico; ella, Isidora, una hermosa joven india de 25 años, consagrada al cuidado de tres criaturas, hijos de ambos.

NUBES

El clima no influye poderosamente en la conducta de las personas, y como único factor en el desarrollo de las pasiones,  allí en donde un corazón late, existen dos géneros de oposición en todos los instintos: amores y odios, risas y lágrimas; hambre de cariño y sed de venganza; manantiales de vida y fuente de muerte.

Isidora, guapa pero hacendosa mujer comenzó a sentir en su alma un raro malestar ante las insinuaciones amorosas de Pablo Mallqui, un hombre que vivía en la misma aldea. A su hogar, hasta entonces tranquilo y feliz, comenzó a mirarlo con desagrado y en gradación creciente se convirtió en hastío y éste se convirtió en repugnancia invencible.

Pensaba ella que la estrechez de esa casa en que vivía con su marido y sus hijos, se le había hecho odiosa, y no comprendía que  lo que en su alma pasaba era un desapego a su marido y la pérdida del afecto de otro tiempo; un amor criminal que en su pecho había germinado, crecido y desarrollado, hasta no poderlo ahogar, la convirtió en  infiel. Isidora, finalmente, se convirtió en una mujer adúltera.

¡Solo!.

Un día volvió Blácido a su casita de un corto viaje que le había demandado cuarenta y ocho horas de ausencia. El llanto de dos de sus pequeñuelos le hizo presentir una desgracia…

— ¿Por qué lloran…? …¿En dónde está mamá?… ¡¿Cómo los ha dejado solos…?!.

— La mamá hizo un atado de varias cosas –contestó balbuceando uno de ellos- Mallqui vino a caballo trayendo otro de tiro… la mamá montó y se llevó a la hermanita, a la grande…

No bastaba eso; era necesario preguntar, indagar y Blácido supo la verdad. Oyóla mudo y pálido, escuchó sin articular palabra toda la relación de su desgracia; su propia cuñada, la hermana de la fugitiva, le dio todos los detalles; y él los recibió, tragando en silencio el veneno que le administraban y cuando todo lo supo sólo exclamó.

— ¡Esta bien…! – Volvió a su casa, acarició a los chicos y silencioso siguió su vida ordinaria, como si nada hubiera acontecido.

Una cabalgata.

Pasó un mes, en el que su meditación, haciéndole superar su frustración, le hizo tomar una determinación.

Un día a la puerta de Blácido, se hallaban nueve caballos enjaezados, listos para un viaje.

— Hermanos y amigos: Ya sé en donde se halla mi esposa y he rogado a ustedes que me acompañen, porque voy a traerla. Me basto solo para ello, pero necesito junto a mí personas que me quieran y testigos que declaren que vean lo que hago… – Tomó luego un rejón, salieron todos y pocos momentos después la cabalgata se ponía en marcha, yendo a la cabeza, siempre pálido y silencioso, el esposo ofendido, con dirección a Lauricocha.

¡Perdonada!.

En los confines de Lauricocha y Antacallanca, se halla la estancia de Francisco Toribio, en la que vive con su anciana esposa. El día de los hechos que paso a narrar los acompañaba la joven india prófuga que en esa casa se había refugiado.

Todos escucharon el ruido de una cabalgata que se aproximaba a la estancia y momentos después, Blácido con el rejón en la mano derecha, se presentó en medio de la habitación.

La tránsfuga y sorprendida india joven empalideció, lanzó un grito y se arrojó a tierra ocultando el rostro contra el suelo.

— ¡Si, lo sabía, era una malvada, era no sólo desleal esposa sino también mala madre… había abandonado a sus hijitos… pero estaba arrepentida… Volvería a su casa para ser esclava de su marido… Sufriría todos los castigos que él quisiera imponerle… Con sus lágrimas borraría el baldón que había arrojado sobre su Blácido… ¿Quería matarla?…Allí estaba para sufrir el suplicio. ¿Por qué no lo haría si lo deseaba…?. Y mientras así exclamaba en el dulce idioma de los incas, la desmadejada mujer se arrastraba, cubierto el semblante de lágrimas, con el pelo desgreñado, besando los pies de su marido que, medio anonadado, contemplaba la escena.

— ¡Blácido! Hasta nuestro buen Dios perdonó las ofensas que los humanos le hicieron… ¿Y tú no perdonarás a esta desgraciada? – Exclamó la anciana que había cobijado a la adúltera y que al verla así de arrepentida, abogó por ella.

Blácido sintió que las lágrimas se agolpaban a sus ojos prontas a brotar y casi ahogado por la emoción levantó a su esposa, la acercó a sí, exclamando:

— ¡Estás perdonada…!

Luego volvió a sus acompañantes, diciéndoles:

— Hermanos y amigos: Les agradezco su compañía y les ruego que regresen por ser ya innecesaria su presencia. Acabo de perdonar a mi esposa por el mal paso que ha dado.

Dos cadáveres.

Pocas horas después por el sitio de Cuchicancha en el camino de Lauricocha a Cauri pasaba un individuo que hubo de sorprenderse a la vista de dos cadáveres abandonados; de hombre el uno, y de mujer el otro.

Catalino Roque Agente Municipal de Páucar, que residía en su estancia de León Cancha, recibió la noticia y en unión de Juan Cortez, Francisco Melgarejo, Manuel Medrano y Sergio Medrano se constituyeron en Cuchi-cancha y cruzados sobre una mula condujeron los dos cadáveres a la capilla de Lauricocha, en donde fueron velados y sepultados luego, para mezclar sus cenizas en la triste comunión de los muertos. ¿Sus espíritus también se entrelazarían en la comunidad de las almas?

La Justicia.

La justicia interviene. Blácido y sus hermanos, más dos amigos, son los autores, acusa  Toribio. El y su anciana esposa describen la escena que se realizó en su casa, el mismo día, y su regreso a Cauri. Sospechan que los autores del asesinato sean los miembros de  la comitiva que había venido a rescatar a la mujer infiel. Pero los acusados no aparecían. O habían huido o se habían ocultado.

Mucho tiempo después se realiza en Cauri el entierro de uno de los parientes de los acusados y durante la ceremonia del entierro, el cementerio es rodeado por el gobernador y sus auxiliares, pero los presuntos reos se abren paso mediante la fuerza y sólo uno cae en manos de la autoridad. Era uno de los acompañantes de aquella comitiva, pero es inocente; nada sabe del crimen del que se le acusa.

Blácido se presenta entonces

— Nadie es responsable del delito, sólo yo. Es cierto lo relatado por Francisco Toribio y su mujer; pero lo que él ignora es lo que aconteció después, cuando mis acompañantes, ajenos a lo que acontecería, se marcharon sin intervenir en nada más. Es bueno que me escuchen para que sepan el epílogo de todo aquello. A  pesar de que había almacenado odio en mi corazón para no vacilar en el momento de la venganza, yo perdoné y perdoné sinceramente. El recuerdo de mis hijos sin madre me enterneció y no los ruegos de la mujer que me había hecho desgraciado. Volvía con ella a mi casa, a la casa donde esperaban mis hijos, sólo con ella, porque necesitaba de la soledad. En el camino vi que un hombre que venía en dirección contraria a la que yo llevaba. En ese momento, inexplicablemente mi mujer dio un salto del caballo, pues yo la llevaba a la grupa, y corrió en dirección a ese hombre. Le reconocí, era Pablo, era su amante, era el enemigo que más daño me había hecho en mi vida. La canalla se abrazó de su cuello como buscando protección en una clara elección final del hombre que quería.  La sangre hirvió en mis venas y subió a mi cabeza; sentí renacer mi sed de venganza que había ahogado poco antes y me lance con mi rejón sobre ambos. Primero a ella y luego a él, a ambos herí y mate sin compasión; con todo el odio que hicieron renacer en mí. A la vista de esos cadáveres me estremecí de horror y huí y he vivido oculto hasta hoy que he sabido que un inocente estaba encarcelado…

Cuatro instructivas prestó Blácido y en ninguna varió su confesión.

Epílogo.

El juicio siguió su larga sustanciación y al fin el juez expidió sentencia condenando a Blácido a penitenciaría.

Mientras la causa se hallaba pendiente del fallo de la Corte Superior, Blácido, moría de pulmonía en el hospital del Cerro de Pasco, sin más auxilio que la presencia del gendarme encargado de su vigilancia. ¡Así se sustrajo a la justicia de los hombres que tal vez habían exagerado sus culpas!… ¡Así se abrieron las fúnebres puertas de la cárcel para dar libertad a ese reo que en defensa de su honra escarnecida cometió un crimen que su corazón jamás alimentó!

¡Tres tiernos huérfanos lloran hoy su desgracia, sin pan, sin hogar y al pie de la cruz de la tumba del padre donde van a orar…!

Doctor Raúl Picón Reyes.

Nació en la ciudad del Cerro de Pasco, en enero de 1904 de padres cerreños y nieto del insigne pedagogo Ángel Ramos Picón.

Realizó sus estudios secundarios en el Colegio Santa Isabel de Huancayo manifestándose desde entonces su inclinación por la medicina. Ingresó en la facultad de Ciencias Naturales a los 16 años de edad y, en 1923, inició sus estudios en la Facultad de Medicina San Fernando. Se recibió de Doctor en Ciencias y, a los 24 años de edad, desempeñó el cargo de titular en la cátedra de Meteorología y Climatología, hasta 1931, año en el que se recesó a San Marcos.

Fue Director del Observatorio Meteorológico. Confeccionó el primer mapa Sísmico Geológico del Perú, mapa que hasta ahora sirve como referencia capital para los estudios que se efectúan al respecto. Este trabajo ha sido magnificado por el distinguido sabio G. Steinmann en su tratado sobre la Geología del Perú. En 1926 la Cámara de Diputados ordenó su publicación.

Para graduarse en la Facultad de Medicina presentó como tesis, el resultado de sus investigaciones en el Laboratorio Clínico del Hospital Dos de Mayo, en el que encontró el germen denominado HEMORGARINA HORMINIS que por primera vez se identificaba en el Perú y es causante de una enfermedad mortal en la quebrada de Matucana y Santa Eulalia. Dicha tesis, obtuvo el calificativo de sobresaliente y, por este motivo, fue publicado en los Anales de la Facultad de Medicina. El trabajo fue reproducido y traducido al francés por el instituto Pasteur de Francia.

En 1930 formó parte de la Quinta Comisión de Investigación de la “Enfermedad de los Andes”, colaborando con el profesor Carlos Monge. Desde entonces verifica estudios a nuestra raza autóctona, la vida en las alturas y mesetas andinas. Los resultados de esta labor paciente, de publicaron en revistas y libros de la especialidad.

En 1932, por encontrarse clausurada la Universidad, aceptó el cargo de médico titular de Chosica hasta 1934 en que es nombrado Médico titular en Goyllarisquizga y Casapalca. Finalmente se trasladó a Colquijirca en la Negociación Minera de don Eulogio Fernandini.

En el Cerro de Pasco, fue miembro de la Sociedad de Beneficencia Pública y Alcalde de la ciudad. Durante su gobierno edil recibió la visita del Presidente Manuel Prado y cumplió elogiosa actividad a favor del pueblo, especialmente en la solución del Juicio del Deslinde con la empresa norteamericana.

Fue miembro de la Sociedad Española de Meteorología y, de las Sociedades Geográficas del Perú y del Rotary Club del Cerro de Pasco.