La visita del Campeón mundial (Segunda parte)

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Como se convino, se hizo. Firmado el contrato y abonado el adelanto acordado, le alcancé el nombre de la Agencia de Viajes, lugares de alojamiento y restaurantes cerreños. Viajó en la Agencia Arellano, se alojó en el Hotel América y estuvo presente en la ciudad el mismo día de la primera presentación. Por la tarde salimos a dar una vuelta por calles que él quería conocer.

Era una tarde muy fría de fines de julio cuando las rúas aireadas hasta el extremo son en verdad heladeras insoportables. Habíamos salido después de almorzar a recorrer las calles de la ciudad. Él muy bien abrigado con sobretodo negro y chalina a cuadros resaltando las canas que se habían invadido su cabeza; parecía un artista de cine al que todos miraban admirados. Unos los reconocían, otro no. Recién aquella noche haría su debut en el “Club de la Unión”. Anduvimos de extremo a extremo de la ciudad. En ese tiempo hice lo que don Gerardo Patiño había hecho conmigo un día que había retornado a su tierra. Le fui relatando los nombres, la importancia histórica y los personajes más notables que habían ocupado cada una de las calles que veíamos; sobre todo los más impactantes acontecimientos gratos e ingratos que allí habían acontecido. Nuestra caminata en ese sentido fue fructífera, amena y prolongada. Cuando nos dimos cuenta, ya era de noche. Para atenuar el helor que ya hacía tiritar al campeón decidimos entrar en el primer restaurante que encontráramos para beber un café bien caliente. No lo pensé dos veces, lo llevé al “Casino”, allí se tomaba el mejor café del Cerro. Buena, César. Por lo que puedo ver, también es un billar; recuerda, me dijo:”El café es como un país. Un lugar no comprometido, salvo con el propio código que el café de billares inventó. Es un lugar pacífico. Hay lealtades. Nadie rompe ese código. Los hombres se sienten libres, dejan fuera la vida de todos los días y entran al ocio –confesaba el maestro– por ejemplo, ninguna mujer los busca allí. No hay presión externa de ningún tipo. Y aún en la crisis hay un lugar para la risa. Ése es el billar”.

Ni bien traspasamos las mamparas del local nos dimos frente a una soberbia mesa de billar. Adolfo quedó clavado en el piso como sorprendido de verse frente a una joya invalorable. ¡Carajo! -Exclamó sorprendido- ¡Esta es una mesa cojonuda, César, cojonuda! En Lima no hay ninguna, solamente en Italia he encontrado una que se le parece, está en Génova, en la casa de un capo de la mafia. Buscó en los costados y encontró una placa de bronce, empañada por el tiempo, con el nombre del fabricante. (Renzo Antonio Giovanni Pecchenino Raggi, Ottone, Italia 1864). ¡Claro- le oí decir- esta es una mesa italiana! En ese momento salía de las habitaciones interiores doña Clementina, la mamá de “Papi” Beloglio. La viejita, de andar cansino, abrigada con ropa gruesa y unas medias de lana dentro de amplias alpargatas; canas en desorden enmarcando el apergaminado rostro, otrora rubicundo, tomando los vuelos de su delantal ensayó una amplia sonrisa: ¡Bienvenidos, jóvenes. ¿En qué puedo servirles?- dijo. Mire mamita, aquí mi amigo acaba de llegar de Lima y quiere tomarse el buen café que usted sabe preparar; así que quisiéramos dos tazas bien calientes con los bollos sabrosos que, por el aroma que invade la sala, anuncia de que están saliendo. ¡Enseguida, muchachos!, dijo y despareció por las umbrosas habitaciones interiores. ¡No sé cómo lo vas hacer, hermano, pero sin que se dé cuenta de nuestro interés, dile que quieres comprarle la mesa! Que te diga el precio. ¿Ya? Es más, para que ni sospeche, pídele las bolas, nosotros simulamos un partido y recién en ese momento le lanzas la propuesta. ¿De acuerdo? Así lo hicimos. Bebimos dos deliciosas tazas de café de Villa Rica, con bollos riquísimos que amasaba la señora Beloglio, luego pedimos las bolas y solicitamos que apunte el tiempo. Cuando tuvimos las bolas, Adolfo hizo varias corridas y con las manos las hizo rebotar en las bandas. Quedó extasiado. Cada vez que hacía eso exclamaba. ¡Carajo! Y me miraba de una manera misteriosa como si fuera dueño de un secreto mayúsculo. ¡Esta mesa es cojonuda, César, ni el Club Nacional, ni el de la Unión, donde enseño a mis viejos alumnos tienen una mesa como ésta! ¡Dile que te la venda! Si acepta yo se la vendo al Club Nacional y, claro, te doy tu parte. ¡Si la ven los viejos del Nacional, se van a quedar virolos de admiración! Nos enfrascamos en el “partido” que no duró mucho. Concluido éste, como quien no quiere la cosa, le ofrecí la compra a la viejita. Ella quedó mirándonos un buen rato como queriendo descubrir el móvil del ofrecimiento. Yo por mí, te la vendería hijo. A mí no me trae más que problemas. Me tengo que pasar horas de horas controlando el tiempo de alquiler y, esto me hace daño. Ya no estoy para esos trotes. La mesa se la dejó el difunto Mateo a su hijo; es de él. No creo que quiera venderla por ningún motivo. Es el único recuerdo, junto con esta casa que le ha dejado. No dijo más. Cuando abandonamos la estancia, con el rostro cuajado de tristeza, Adolfo nos contó esta extraña anécdota. “Vivía yo en Italia en 1960 y tenía muchísimos amigos, especialmente los que trabajaban en la fábrica Lambretta. Esa que fabricaba motonetas ¿Recuerdas? Bueno, a la salida del trabajo nos encontrábamos con ellos y nos íbamos a jugar en un pueblo cerca de D´Onofrio. A poco de llegar ya los curiosos habían llenado el local. Con ese crecido auditorio yo jugaba con los que quisieran. En medio de aplausos acumulaba buena “guita” que enviaba a mi vieja. En pocos días llegaban muchos aficionados de los pueblos vecinos con el fin de enfrentarme, pero los derrotaba a todos. Así, sin quererlo, mi fama creció y en muchos pueblos vecinos no se hablaba de otra cosa. Un día que llegamos al billar, unos cuatro sujetos muy elegantemente vestidos, nos estaban esperando. Muy amablemente, por supuesto, me dijeron que una persona muy importante quería conocerme y que habían venido a llevarme. No lo pensé dos veces. Subí al carro que habían traído y partimos con dirección a las afueras de la ciudad. Cuando llegamos, nos dimos con que era una casona magistral, de esas que sólo se ven en las películas. Bajamos y me hicieron pasar a una sala enorme, muy lujosa, llena de comodidades espectaculares, con paredes de mármol, espejos y alfombras rojas en todos los ambientes. Esperé un buen rato y cuando se abrió la puerta principal apareció un hombre alto, fornido, adornado de anillos, esclavas y un enorme reloj de oro. Con una sonrisa que le desbordaba los labios me extendió las manos y me dijo: Gracias por venir. Tenía deseos de conocerlo. Soy Lucky Luciano. -¿El capo de la mafia? –Preguntamos- ¡El mismo! – contestó. Sacó de un vargueño unas copas y sirvió Campari y me lo alcanzó. A partir de ese momento el tiempo se hizo más cómodo, alegre y placentero. Luego vinieron los vermut bien servidos coronando las conversaciones. Gancia con Campari, Cinzano con Fernet o con simples toques de limón. Nos encontrábamos como en una fiesta. Después de los tragos, como quien saca algo especial de la galera, descubrió con unos pases como de magia, una mesa que estaba cubierta al centro de la sala. ¡Me quedé admirado! Era una mesa enorme, lujosa, con todas las de reglamento. Era una mesa igualita a esta que acabamos de ver. Preciosa. La mejor mesa del mundo. Al rato ya estábamos ensimismados en una partida espectacular. El hombre se defendía, pero yo jugué de fantasía que lo volvió loco. Nos hicimos grandes amigos y alternamos en memorables partidos, yo naturalmente, alargándola; para no herir susceptibilidades, hasta que tuve que venirme. En todo momento fue un gran caballero y cuando nos despedimos me hizo un regalo muy impresionante. Pero lo que no he podido olvidar es que había jugado en una mesa extraordinaria y, fíjense lo que son las cosas; aquí, tan lejos de Italia me vengo a encontrar una mesa igualita que ni en Lima existe. Son las sorpresas que a uno le depara la vida”.

Así llegó la noche del debut. Las instalaciones del Club de la Unión estaban completamente colmadas. Desde lugares lejanos habían venido los socios y simpatizantes a los que ubicamos de la mejor manera posible en derredor de la mesa. A las nueve de la noche, como estaba programado, ingresaron las autoridades deportivas escoltando a nuestros invitados que lucían impecables smoking negro y camisa fina blanca con “michi” negro. Flor de elegancia. Tras los aplausos, palabras de bienvenida y el correspondiente himno nacional, comenzó la exhibición.

Estoy seguro que la gente que estuvo aquella noche no ha olvidado la excelente muestra de virtuosismo, elegancia y precisión. Utilizando algunos aditamentos que estaban en la sala, hicieron increíbles carambolas después de cada cual explotaban los aplausos de admiración y afecto para el artista que nos visitaba. Hubo momentos en los que las carambolas se sucedían fuera de la mesa llenando de emoción a los espectadores. Fue inolvidable lo que hicieron. Al final, el Club los premió con sendos presentes de elegancia y alto valor. ¡Se lo merecían! Igual ocurrió en las instalaciones del Club Esperanza y en los otros escenarios que lo presentaron; mucho más en el Sindicato de Obreros que estaba tan repleto de tope a tope que tuvo que hacerse dos funciones con los plácemes de nuestros invitados que estaban muy emocionados. Pocas veces habían visto tal despliegue de expectativa, atención y aplausos.

Ésta, como las noches que se sucedieron, lo llevamos a la “Esquina del Morocho” tanguero lugar donde se reunían los bohemios de viejos tiempos. Allí fuimos recibidos por ese caballero inolvidable, don Félix Llanos Alvarado, administrador y gran cantante de tangos que se presentaba en la radio con el seudónimo de “El Paisano”. Aquella noche descubrimos admirados otra faceta verdaderamente interesante de nuestro campeón mundial. No sólo era un conocedor de la historia del tango, sino también acertado intérprete que nos encandiló con su virtuosismo interpretativo. No nos extrañaba, su abuelo, don Adolfo Perret había fundado, junto con otros artistas, el Conservatorio Nacional de Música, un tío suyo fue el primer violín de la Sinfónica Nacional y, otro tío, maravilloso intérprete de jazz; su señora madre, profesora de piano. De raza le venía al galgo. Entre canción y canción, alternando con don Lucho Llanos y el acompañamiento de Lactayo y Carlitos Reyes Ramos, hablamos bastante de tango y algo de la vida de nuestro ilustre visitante. Aquella noche nos enteramos por ejemplo que había vivido en Buenos Aires, alojado en la pensión Junín, donde se encontraban gran cantidad de peruanos. “Allá –nos decía- hay una calle muy cerca de la Plaza Mayo que lleva el nombre de esta ciudad y otra de Ayacucho. Otra también de Junín. Es decir, en Buenos Aires se le rinde homenaje a estos pueblos históricos, lo que en Lima no se hace. ¡Qué cojudez!”. “Ahhh y para comer no hay otro lugar. Con Humberto Cervantes y Javier Gonzáles nos pegábamos unos atracones de bifes y no dejábamos sino los huesitos en el plato. Los precios estaban al alcance de todos los bolsillos y, combinándolos con vino tinto, era lo mejor que se podía engullir. Por aquellos años –seguía relatando- habían triunfado ampliamente en Radio El Mundo, los “Trovadores del Perú”, integrados por Oswaldo Campos, Javier González y Miguelito Paz. Bueno es que el Director Artístico de la Radio era nada menos que el artista peruano Jorge Huirse de reconocida trayectoria allá. Él llevó también a la “chola” Jesús Vásquez y más tarde a Luis Abanto Morales. Todos ellos nos hicieron quedar muy bien así como la linda Alicia Lizárraga. Por aquella época se nos respetaba mucho en todos los terrenos. Hasta en el fútbol, José Soriano había sido capitán de la máquina del River Plate y estaban otros guardavallas como Honores, el “chueco”. Carajo, era de ver aquello”. Cuando entramos en el terreno del tango, ya era otra cosa. Se habló con mucho calor de intérpretes, creadores y músicos notables, comenzando por Carlitos Gardel, Le Pera, Magaldi, Hugo del Carril, la Tita Merello, Azucena Maizani, Libertad Lamarque, Julio Sosa, Horacio Malbrán, Tito Podestá y tantos otros, para “graficar” las remembranzas, entre trago y trago, escuchábamos las joyas que don Lucho tenía en su discoteca. Se habló también de las orquestas de Alfredo D´Angelis, Pichuco Troilo, “Pancho” Canaro, Astor Piazzola, Héctor Varela. Se puso mayor énfasis cuando se habló de “Chepolín”, Enrique Santos Discépolo, el campeón interpretó su tango “Cambalache” y, en respuesta, el Paisano interpretó “Yira, Yira”. ¡Qué noches aquellas! Inolvidables, llenas de calor humano y amistad. Cuando nos dimos cuenta, ya había amanecido y las primeras luces asomaban tímidas por los ventanales del “huarique” querido. Entonces nos fuimos a dormir.

La siguiente noche, igual éxito e igual reunión, esta vez en el Club Esperanza de los gringos. Aquella noche nos contó que el mote de “La vieja” con que también era conocido, se debía a que su madre, para evitar que se perdiera con el billar, que por aquellos días era deporte de vagos y buenos para nada, en cuanto se enteraba dónde estaba, iba iracunda a rescatarlo de las garras del vicio; los muchachos al verla venir gritaban “!La vieja”! y desaparecían como por encanto. Ella entraba en el billar y a carterazos me sacaba del lugar. De allí me quedó la chapa. Mi padre era argentino, músico –relataba-, mi madre, profesora de piano. Cuando mi padre murió, fue mi vieja la que me mantuvo y me dio todo lo que necesitaba. Estudié secundaria en Guadalupe, nada más. Aprendí a jugar el billar desde 1945 con un grupo de amigos, desde allí no me he desprendido de la tarea. El billar es mi vida. Conozco casi todas las mesas que hay en Lima y en todas he jugado. Para llegar a dominarlo se necesita mucha concentración e inteligencia. El Billar es también un deporte ciencia como el Ajedrez. Ambos requieren de mucho esfuerzo y no lo deben satanizar. En otros países comienzan a jugar muy temprano, por eso es que han sacado muchos campeones, en cambio aquí, uno recién puede entrar cuando tiene libreta militar; es decir cuando ya es muy viejo para aprender.

Muchos recuerdos nos dejó Adolfo, Campeón Mundial de Billar, amigo del Cerro de Pasco. Partió hacia el viaje sin retorno el 14 de abril del 2001. Siempre lo recordamos y él, por su parte, las veces que nos volvimos a encontrar me decía que no olvidaba que aquí, cerca del cielo, estaba la mejor mesa de billar del Perú.

 

La visita del Campeón mundial (Primera parte)

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Con signos de fuego se había grabado en la memoria de los aficionados al billar aquella noche del 23 de abril de 1961. En la lejana Ámsterdam –capital de Holanda- nuestro compatriota Adolfo Suárez Perret, ganaba el Campeonato Mundial de Billar a tres bandas con un promedio general de 0,997 (475 carambolas de un total de 480).

EL COMERCIO en primera página había informado así la realización de la hazaña:

El mundial de billar se realizó en la Sala de Conferencias del lujoso Hotel Granapolsky con capacidad para 1.500 personas. Una meticulosa organización y un entusiasta público constituyeron el marco perfecto para que Suarez, en cinco días de competencia, demostrara sus dotes magistrales para el billar.

Para llegar a la final, venció al portugués Egidio Vieira, a los holandeses Henry de Reyter y Bert Teegelar, al argentino Enrique Miró y al austriaco Johan Sherts. En la última rueda, Adolfo Suárez y Joaquín Domingo ingresaron con 10 puntos. Suárez se enfrentó al belga Raymond Ceulemans; mientras que Domingo jugó contra el portugués Vieira. Aquellos tenían nueve puntos.

 Los dos juegos se realizaron en simultáneo y los jugadores miraban de reojo el puntaje que se producía en la mesa contigua. Suárez tenía la balanza a su favor. Con una brillante serie de cinco carambolas llegó a los 59 puntos y, con la siguiente tocada, obtuvo el título por un amplio margen de 60 a 44.

 El recibimiento

 El 28 de abril ´La Vieja´ arribó al Aeropuerto Internacional Lima-Callao, donde 2 mil personas coreaban: “¡Viva Suárez!”, ¡Viva el Perú! Bombardas y cohetes acompañaron al campeón en su encuentro con los orgullosos aficionados. Una bulliciosa caravana siguió a Adolfo hasta el Estadio Nacional donde el Comité Nacional de Deportes y la Federación de Billar le rindieron homenaje.

 El maestro agradeció las muestras de cariño desde una de las ventanas de la tribuna sur del coloso de José Díaz mientras sostenía la Copa Elmer Phrater, que el príncipe Bernardo de Holanda le había entregado en ceremonia especial.

 En declaraciones a El Comercio, Suarez sentenció: “Me tuve una fe enorme y me di entero en la competencia”. La victoria se la dedicó a la patria y a sus admiradores”.

 En aquel campeonato había vencido a consagrados billaristas como Edigio Viera, de Portugal; Henry Reiter, de Holanda; Enrique Miró, de Argentina; John Shorts, de Austria; Bert Teegelar, de Holanda y Raymond Ceulemans, de Bélgica. Este último partido por el título lo ganó por un amplio margen: 60 a 44. Después de este certamen ya nadie lo paró. Fue Campeón Sudamericano en agosto de 1963, Campeón de Campeones del Mundo en San Francisco, en 1966 y Campeón de Campeones de América, en México, en 1970. Todo ese enorme cartel de suficiencia influyó para que me decidiera a invitarlo a venir a hacer una exhibición en nuestra ciudad con el fin de alentar a nuestro siempre activa actividad billarística local.

Sopesando el enorme valor de su calidad mundial, comprometí a personas a instituciones notables para que auspiciaran la empresa. Poniéndole un tope de quince mil soles pensé a ojo de buen cubero que por allí andaría la cantidad que me solicitaría por sus honorarios. Lo encontramos en la Federación Nacional de Billar donde se desempeñaba como asesor. Cuando nos presentamos, con una amabilidad muy especial, nos dijo que mejor hablaríamos en el “Olímpico”, una “boîte” que funcionaba en el mismo Estadio. Allí nos dirigimos. Pidió seis cervezas que en un santiamén las escanció. (Era un cervecero insigne). Enseguida nos invitó a manifestar lo que habíamos ido a decir. Naturalmente comprendió que lo invitaríamos a visitar nuestra ciudad. Entonces dijo:

–          ¿Allá también practican el billar?

–          ¡Claro que sí!

–          ¿A tres bandas?

–          No. No, solamente libre.

–          ¿Cuál es la bolada más alta, allá?

–          El chino Campoa llega a 60, el viejito Lagunas llega a ochenta – comenté admirado. Él me quedó mirando un buen rato y luego de beber su último vaso, dijo:

–          El record de Urbina es de 13 mil carambolas.

–          ¡¿Trece mil…?!.

–          ¡Trece mil! Yo tengo la bolada de 13,765, debidamente registradas. En tres bandas he llegado fácilmente a 24. Como ven, es necesario que allá viaje un auténtico campeón en libre. Urbina viajará conmigo como ya te dije; pero no te preocupes. Los gastos los haré yo. Del mismo cuero saldrá la correa.

Hecha la invitación le dijimos que se le alojaría en el Hotel Esperanza de la Cerro de Pasco donde también se le daría alimentación. Que alquilaríamos un cómodo coche para llevarlo hasta la misma ciudad. Que él debería realizar seis exhibiciones en el Hotel Esperanza, Club de la Unión, Centro Social, Calera de Huayllay, Fernandini de Colquijirca y en el Sindicato de Obreros de la Cerro de Pasco. A todos esos lugares los desplazaríamos con una unidad móvil especial a su exclusivo servicio. Terminadas las explicaciones le pregunté: ¿Por cuánto nos visitaría? Nos quedó mirando largamente como si tratara de descubrir algún trasfondo. Luego de terminar su última cerveza, me dijo: Voy hablarles “a calzón quitao”. Como tú sabes yo me cachueleo con el Billar. Ése es mi “cau –cau”. No tengo otro trabajo. No te ofendas pero yo ya soy muy viejo para que me cojudeen. Aquí han venido otros a pintarme flores para invitarme, como hacen con las mujeres antes de comérselas, después, se hacen los cojudos. Tú no tienes por qué preocuparte por pasajes, hoteles, ni nada. Eso déjenlo de mi parte. Lo único que quiero para ir al Cerro de Pasco, es que me “chanques” cuatro mil soles; dos a la firma del contrato y dos allá en tu tierra, antes de comenzar la exhibición; yo buscaré una agencia para que me lleve y allá veré mi alojamiento y alimentación. No tienes que preocuparte. Eso sí, para que mi exhibición sea más atractiva voy a llevar a mi pata del alma, al campeón nacional de libre, Urbina. Con él vamos hacer la exhibición. No se ofendan que sea tan directo, pero ya me han hecho tantas que he dejado de confiar. Los negocios son los negocios. Tú eres mi gran amigo y quiero que nuestra amistad quede bien sellada, como debe ser entre caballeros. Como podrá colegirse, ni corto ni perezoso, acepté las condiciones del campeón que, a decir verdad, me resultaba muy conveniente.

Lo que aconteció aquella noche en casa de don Humberto Maldonado, a donde lo invitamos, es una historia especial. Cuando llegamos, ya había varias personas amigas que nos estaban esperando. Con el ceremonial del caso, con mucha delicadeza y amabilidad a cada persona le estrechaba las manos y le prodigaba un abrazo. Cuando vio a los niños del anfitrión hizo como que sacaba monedas de sus orejas y se los entregaba de regalo. Los chicos encantados y felices le sonreían y toda la concurrencia demostraba su sorprendida aprobación. A partir de ese momento, el centro de la reunión fue él. Haciendo derroche de gran conversador pasó a relatarnos innumerables anécdotas, todas interesantes, tratando de que los allí presentes también participaran de la plática. A cada instante, como tratando de matizar la conversa, realizaba pruebas de magia con las manos que nos movía a cariñosos aplausos. Por ejemplo, cuando nos contaba cómo había ganado su medalla de primer campeón nacional, nos dijo que si quisiéramos verla, la medalla, la tenía una determinada señora en su bolso. Intrigada la señalada buscó y ante la sorpresa general, allí estaba. Como ésa realizó una serie de pruebas de prestidigitación convirtiéndose en un verdadero “showman”. Ya nadie podía hablar ensimismado en lo que estaba aconteciendo en la sala.

Aquella noche también descubrimos que el hombre era de “buen diente”. Cuando terminamos de tomar una sustanciosa sopa menestrón, Adolfo que no dejó nada en el plato, dijo: “! Quiero besar las manos magistrales de la matrona que ha preparado esta delicia! ¡Yo he estado en Italia y siendo éste mi plato favorito, lo he tomado en los mejores restaurantes. Sin embargo, aquí y ahora, me halló con el más rico menestronne del mundo! Se acercó muy comedido y estampó un beso en las delicadas manos de la señora Delia Ramón, esposa de nuestro anfitrión, la artista que había preparado aquella delicia. Terminada la cena, entre chascarrillos, adivinanzas y bromas, hizo su última prueba de la noche. Abrió el estuche donde llevaba siempre su taco especial confeccionado en marfil, trofeo del Campeonato del Mundo que había ganado, lo armó y con él, en tan solo una parte de una mesita de centro, hizo una demostración espectacular de sus habilidades sin que hubiera necesidad de usar banda alguna. Un acto de magia pura que nos llenó los ojos y el corazón. Ninguno de los comensales de aquella noche, estoy seguro, habrá olvidado aquella hermosa experiencia.

Continúa…

SE NOS FUE JULIO

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Julio está presente en el homenaje que recibimos del Congreso de la República al cumplirse cincuenta años de la Heroica Marcha de Sacrificio con la que logramos nuestra Universidad Daniel Alcides Carrión.

Una noticia que acabamos de recibir, nos anonada enormemente. A las tres de esta tarde ha dejado de existir nuestro entrañable amigo, Julio Baldeón Gabino. Ayer tarde estuvimos con él en su lecho de dolor en la sala de emergencias del Hospital Rebagliati. Teníamos la esperanza que con el tratamiento al que había sido sometido superaría la cruel enfermedad que lo aquejaba, pero no, la parca pudo más y, se lo llevó.

En su fraternal y última conversación –aún con la debilidad que dejaba entrever sus palabras- recordamos a los más queridos amigos y numerosos pasajes vividos. Las incontables anécdotas en el campo deportivo cuando desempeñaba el cargo de máxima autoridad de nuestro futbol; en el ubérrimo campo del teatro cuando nos deslumbró con una actuación soberbia en “El Fabricante de deudas”, lo mismo que en la radio donde presentamos muchas comedias. Lo más inolvidable que realizó fue su cruzada por nuestra música popular. Todos los domingos, cuando “el sol estaba en la cintura del día” nos deleitaba haciéndonos conocer la grandeza de nuestro folclore. Esto, por muchos años; más de cinco décadas.

Hace cincuenta y tres años, cuando caminábamos para conseguir nuestra universidad, fuimos sorprendidos por una lluvia infernal en el momento de atravesábamos la alta zona de Ticlio. Pensamos que aquella tormenta  podría mellar el bravo carácter de los muchachos, para que esto no ocurriera, por sobre el chasquido de la lluvia, rayos y truenos, con Julio comenzamos a cantar a voz en cuello una vieja canción de nuestra tierra; nos siguieron hombres y mujeres como una bravía respuesta al terrible reto del tiempo.  Sólo Dios sabe que nuestras lágrimas se confundieron con aquel temporal. Ese día lo vi  muy emocionado y ayer lo hemos recordado.

Cada vez que nos encontrábamos, atando viejos recuerdos, desandábamos viejos caminos que ahora tendré que caminar solo. Hay tanto para contar al respecto y pronto lo estarán leyendo los amigos que bien me quieren. Entre tanto, con el alma muy emocionada, pido al Divino Hacedor, le conceda el descanso eterno a que tiene derecho. Hermano Julio: Descansa en paz.

LA INOLVIDABLE FIESTA DE QUIULACOCHA

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Al oeste de la rancia y legendaria Villa Minera del Cerro de Pasco, capital minera del Perú, en amplia explanada que circundan rugosos cerros, se halla el histórico pueblo de Quiulacocha. Su nombre lo debe a la apacible laguna que estaba a la vera del poblado. Sus rielantes aguas -hace ya muchos años- cobijaba gran cantidad de aves de variada especie, que con sus gritos le daban vida; de allí su nombre: QUIULLA: ave; COCHA: laguna. “Laguna de aves”. En la actualidad ya no existe, el relave minero de las concentradoras al mezclarse con sus aguas, la mataron; luego, ocupando totalmente su lecho, la hicieron desaparecer. Actualmente es un muerto depósito mineral.

Este laborioso pueblo se comunica con el Cerro de Pasco mediante una vía por donde transitaban mulas cargadas de plata y donairosos chalanes que, quimbosos, la frecuentaban. Al pasar los años, roncos camiones la surcaron en su trajín de transporte. Paralelo a este antiquísimo camino, se prolongaba el promontorio de tierra negra por donde circulara el Ferrocarril Mineral de Pasco –primero de la sierra del Perú- que fue inaugurado el 1º de junio de 1869. Este ferrocarril ya desaparecido, transportaba el mineral de los yacimientos cerreños hasta los ingenios de Quiulacocha, Occoroyocc, Sacrafamilia y Tambillo. Partía de la estación de la Esperanza que actualmente ocupa la cárcel central. De vuelta, ya pisoteado y amalgamado -convertido en plata piña- el mineral era conducido hasta la “Fundición de Barras de Plata”, al final de la calle Parra, donde  funcionó la Comisaría policial.  De aquí salían brillantes lingotes, sellados, numerados y registrados por las Cajas Reales.

A mediados del siglo XIX, tras la llegada de los inmigrantes europeos, el alemán Herold, procedió a fabricar una cerveza de extraordinaria calidad, así como populares bebidas gaseosas que eran consumidas en todos el centro del Perú. Por eso la cristalina fuente de aguas puras de “Piedras Gordas” a la vera del camino, era lugar de cita semanal de los más famosos dipsómanos cerreños. Un poco más allá, se estableció el primer campo de aterrizaje, donde se recibió los aviones de los arriesgados pioneros de nuestra aviación. Allí hicieron proezas de exhibición con los primeros aviones de guerra que el Cerro de Pasco regaló a nuestra naciente aviación. La estrella de aquella demostración fue el piloto francés, Charles Corsant. Allí, también, tras superar los Andes, arribó Giovanni Ancilotto, héroe de la primera guerra mundial, recibido en triunfo por las autoridades de comienzos del siglo XIX.

Quiulacocha, apacible y silenciosa, residencia de ricos mineros de otrora, donde naciera el notable periodista y jurisconsulto, Sebastián Estrella Robles, fue también, cuna de doña Dolores García Navarro, madre de nuestro mártir, Daniel Alcides Carrión García. Ella había nacido en la amplia y señorial casa de los Navarro, plateros de antología, relacionados con los más insignes orfebres de Quito, Loja, Guayaquil y Huamanga. En ese lugar conoció al notable médico y abogado lojano, Baltasar Carrión, con quien procrearon a nuestro mártir.

A fines del siglo XIX y comienzos del siguiente, con su única calle principal que la cruza longitudinalmente, celebraba el 16 de agosto la tradicional fiesta de San Roque, sacrificado y piadoso santo francés, patrono del pueblo. En estos singulares festejos, los jinetes –hombres y mujeres-, lucían sus notables habilidades ecuestres para beneplácito de una enfervorizada multitud de romeros.

Desde las primeras horas de la mañana, camaretazos, bombardas y cohetes, anunciaban a los pueblos circunvecinos que la fiesta se había iniciado. Alegres campanas al vuelo, convocaban al inicio de la misa solemne en su iglesia. Campanudos sacerdotes y su séquito de monaguillos inundaban el pueblo con incienso sagrado, jaculatorias y rezos salmodiados y píos, celebraban el rito. A la puerta del templo -guirnaldas, quitasueños, banderines- los músicos llenaban de estruendosas melodías el ambiente fiestero. Enorme cantidad de fieles, extranjeros y nativos, trajeados de fiesta, atiborraban el templo. Más allá, como un lienzo magistral de famosos pintores españoles, una imponente ringla de caballos de pura sangre, a la espera de sus chalanes. Enjaezados lujosamente -a cual mejor- lucían su estampa sorprendente, de alzada notable, proclamando su noble estirpe.

Terminada la misa cantada, paseaban al santo patrono por las calles del pueblo, en contrita procesión. Detrás iban los diáconos, adustos y solemnes, con  sus casullas de fiesta, bajo palio sagrado, presidiendo el imponente recogimiento. Tras la gran cantidad de fieles, numerosos chalanes y amazonas –españoles, italianos, ingleses, alemanes, franceses, austriacos, croatas, húngaros- sobre sus regias cabalgaduras de festividad. Lujosamente engalanados con aperos de cuero fino y brillante, guarnecidos con plata maciza, los corceles obedecían al jinete que, cómodamente sentado en su montura de cajón, cubierta de pellón sampedrano, los guiaban con la suave presión de sus espuelas de plata. Piafaban, escarbaban, bailaban, retrechaban, gambeteaban, caracoleaban, con increíbles cabriolas que incitaban el clamoroso aplauso de los espectadores. Los chalanes, lucían blanco y hermoso sombrero de paja de Guayaquil, pañuelo blanco de seda que, acariciado por el viento, abanicaba su recio rostro amarcigado de soles y vientos.  Amplio poncho de vicuña, cubriendo el pantalón de montar, ajustado con botas de cuero y tintineantes espuelas de plata que cantaban su grandeza sobre los empedrados caminos del Cerro. En la parte central, como esplendorosas reinas, las elegantes amazonas cerreñas, escoltadas por los chalanes. ¡Qué belleza de mujeres! ¡Cuánto donaire y elegancia! Todos –hombres y mujeres- en la explanada de la capilla, devuelto San Roque, al altar, procedían a  mostrar sus habilidades ecuestres ante la admiración del público, del cura y, de las bellas damas invitadas.

El primero en destacarse era el caballero español don Gaspar Gallo Díez, rico comerciante, aficionado a la cría de caballos de raza. Había venido de Santander y tras denodado trabajo empresarial llegó a ser acaudalado comerciante, titular de la firma, “Gallo Hermanos”. Siempre iniciaba su actuación -en coordinación con los músicos lugareños- con una galana mazurca que en cuanto su cuatralbo lo escuchaba, se ponía a danzar que era un primor; luego, gobernado por la suave presión de las riendas, realizaba una suerte de gambetas muy festejadas y, para finalizar –crines al viento- el corcel piafaba vistosamente, alternando delanteros y traseros, para retirarse trotando majestuosamente. El jinete agradecía, sombrero en mano, los nutridos aplausos y sonoras aclamaciones, haciendo empinar a su caballo.

Las voces de asombro no habían acallado, cuando un relincho penetrante imponía silencio. El italiano Lorenzo Languasco entraba a tallar con un tordo impresionante. Su caballo de largas crines, firmes agujas y amplia grupa, caracoleaba y piafaba para empezar, avanzando con paso picado, quedando estático por un lado, para luego retrechar con el cuello tenso, en arco imponente, y para no quedarse atrás, se despedía alegremente, bailando y trazando círculos. Los Languasco proceden de Oneglia, Italia. Su dedicación y empeño le abrieron amplio campo en el comercio, ganadería y minería; en su hacienda de Yanamate, poseían abundantes cabezas de ganado y era dueño de varias minas de plata. Don Lorenzo había desempeñado el cargo de cónsul del reino de Italia en el Cerro de Pasco.

Las palmas de admiración no se hacían esperar. La banda austro húngara poniendo un toque de triunfo ejecutaba una saltarina mazurca coreada por la asistencia. Las voces pedían el bis con insistencia y, los músicos, pletóricos, atendían la solicitud con una cachua traviesa y querendona. Cuando el entusiasmo estaba al tope, una marcha de coraceros se hacía aplaudir.

La hidalga estampa del caballo criollo hacía su aparición en el escenario. Su paso acompasado sincrónico y sonoro llenaba de orgullo a don Arístides Mellán, limeño de pura cepa, que cunda y juguetón afirmaba: “Yo me quedé en el Cerro, por las tetas y las vetas”. Casó con una hermosa cerreña de acaudalada familia y llegó a ser próspero minero. Era jactancioso por sus caballos de marcada ascendencia árabe. Aquel día, después de hacerlo caracolear a su gusto, lo hizo bailar, avanzando de costado, llegando a entusiasmar a su equino que más parecía una criatura traviesa; los aplausos y aclamaciones llenaban el ámbito a su retirada.

Inmediatamente había que abrir amplia calle. De un extremo, a galope abierto, la negra estampa de un moro se dibujaba contra el azul intenso de nuestro cielo serrano. La abierta carrera se interrumpía de golpe en una parada seca, delante del atrio, donde se hallaban los circunstantes. Los húmedos belfos del bruto, sofrenado por el jinete, se abrían como un gesto de desafío, al sentarse sobre los cuartos traseros en saludo impresionante. No es extraña la fogosidad del corcel; ha sido amaestrado y, ahora conducido por don Rufino Mier, nieto del connotado patricio, Camilo Mier, jefe de las montoneras cerreñas que lucharon por nuestra libertad, al lado de Álvarez de Arenales, Simón Bolívar y finalmente de Avelino Cáceres. Efectuado el saludo de entrada, vuelve a grupas e inicia una carrera desenfrenada y franca por el reducido escenario enmarcado por los romeros; termina haciendo un ocho perfecto con gracia de ballet. Se para en dos patas y marca alternativa los delanteros. Los aplausos estruendosos premian la hazaña.

No hay nada que hacer, la fiesta es todo un éxito. El fino champagne francés brindado por el consulado galo en tintineantes copas de bacarat, es escanciado con placer. Los chapetones, dicharacheros y alegres, no se quedan atrás. Han traído lo mejor de las bodegas españolas. Un jerez maravilloso que hace brillar los ojos de las damas, pintándoles un delicado rubor en las mejillas. Los varones escancian, con elegancia, las botas repletas de fina manzanilla gitana.

Ya el pueblo esta chispeado. El pisco puro de Ica ya ha encendido a más de un espontáneo que, pañuelo en mano, invita a bailar a una dama en franco corro de entusiasmo. Más allá, en albas carpas adornadas de cadenetas y quitasueños, las vivanderas ofrecen hirvientes y rubicundos mondongos con alijo de verde perejil; membrudos cuyes, aderezados en salsa de maní; cabritos al horno, arvejitas, charquicán, anticuchos y, como si fuera poco, melosos buñuelos y demás dulces de ensueño, como el desaparecido “ranfañote” de chancaca, cocos, nueces, queso, pan y otras mixturas. La cerveza “Herold” refresca a más de uno de los circunstantes, dicharacheros y jubilosos. De pronto, un claro y taladrante clarín, anuncia la presencia del último jinete. Bien se ha cuidado don Toribio Oyarzábal de ser el de fondo. Razones no le falta. No sólo es descendiente de vascos patricios que lucharon por nuestra libertad sino, actualmente, mineros de antología y destacados miembros del gobierno. Quiere  mostrar su pericia ecuestre pero también su riqueza. Si los precedentes jinetes han demostrado la valía de sus avíos, éste llega al máximo. En su gallardo alazán, ricamente enjaezado, trotan varias vueltas con el fin de hacer admirar su montura tallada a mano, con incrustaciones de oro y plata. Si el arnés es riquísimo, y la ropa del jinete, muy elegante, lo que más llama la atención son los herrajes de plata de su lustroso alazán, cuya fina pelambre reluce con los reflejos del sol. Después de mostrar su sapiencia de jinete y la riqueza de su apero, don Toribio se retira en medio de vivas aclamaciones de la gente. Más tarde, como es su costumbre, encenderá sus habanos con billetes de una libra.

Finalizado el torneo hípico, dejando tema para encendidas discusiones, los jinetes ponen a buen recaudo a sus cabalgaduras para servirse las mixturas y bocaditos que expenden las vivanderas, sin dejar de piropear a las hermosas cerreñas.

Llegada la noche, la alegría al tope, desatada por sorbos de finos tragos que encandilan  las conciencias, se abre un torrente de felicidad y alegría que los hace bailar iluminados por románticos candiles. En un rincón débilmente iluminado, besos y juramentos, en otro, un par de guitarras magistralmente pulsadas que acompañan a las voces cargadas de tristeza y de amor de, Ildauro Díaz y Manuel Gutiérrez, en el dúo de antología a través de todos los tiempos:

Los tristes taladran la noche con sus quejas sentidas y las mulizas acompasadas y rítmicas, nacidas en los páramos cerreños se encargan de hacer llegar el mensaje al corazón ausente; y cuando los recuerdos humedecen los ojos, la cachua o el huainito, aceleran el ritmo de los corazones. Más allá, en una casa iluminada por lámparas potentes, un grupo de mineros juegan a la “pinta”. Sobre la tersa superficie de un tapete, montones de relucientes onzas de oro; en el suelo –su peso y tamaño así lo requerían- las barras de plata, cambiaban  de dueño, pasando de unos a otros. Así se jugaba entonces. Grandes y significativas cantidades de oro y plata.

Al día siguiente -humos de alegría en la cabeza- retornaban los fogosos jinetes  haciendo vistosas cabriolas en todo el trayecto a guardar a sus hermosos caballos que trataban como a la niña de sus ojos. Quiulacocha quedaba tranquila y  los trabajadores de los ingenios   seguían laborando.

Esta hermosa costumbre lugareña decayó radicalmente cuando, a comienzos del siglo pasado, la compañía norteamericana estableciera su monopolio al comprar las minas cerreñas, originando el éxodo de los románticos mineros europeos. Éstos han dejado imperecederos recuerdos en las páginas de nuestra historia.

 

 

 

LULI COCHA (Leyenda)

luli-cocha

Muy cerca de Ninagaga, a la vera del camino que lo une con Huachón, hay una hermosa laguna repleta de truchas a la que se le ha dado el nombre de Luli cocha. De este lugar se cuenta la siguiente leyenda:

Al borde de sus aguas, hace mucho tiempo, vivía un hombre cuyo sustento dependía de la crianza de ovejas a las que amorosamente iba a pastar a largas distancias.

Este pastor, que diariamente tenía que preparar sus alimentos después de llegar cansado a su casa, se sorprendió cierto día. Encontró su humilde casucha muy pulcra y atusada y, sobre la mesa, un caliente y delicioso almuerzo. Quedó sorprendido. Seguro de ser víctima de una broma, estuvo contemplando los apetecibles potajes ahí expuestos. Tan apetitosos estaban que finalmente tuvo que devorarlos por el extremo apetito que lo apremiaba. Todo resultó muy agradable porque quedó ahíto y satisfecho, pero por más que se esforzaba, no alcanzaba a adivinar quién podía haberle hecho aquella broma.

Al ocurrir lo mismo los siguientes días, su curiosidad fue en aumento. Tremendamente intrigado decidió averiguar quién era el autor de estos enigmáticos sucesos. Así, cierto día fingió ir a trabajar pero sigilosamente regresó dando un rodeo por la parte posterior y alta de una colina  desde donde podía ver claramente su choza; se acomodó detrás de una roca y pacientemente se puso al acecho.

No había transcurrido mucho tiempo cuando vio que una bella mujer entraba en su morada y se ponía a cocinar. Con gran sigilo bajó del cerro y la sorprendió.

  • Tú eres la que me prepara los alimentos ¿No?.- Preguntó él.
  • Sí, – respondió débil y completamente turbada la joven.
  • ¡¿Por qué?!.
  • Veía que todos los días llegabas muy cansado a prepararte tus alimentos. Rendido estabas, lo hacías con gran dificultad, por eso decidí apoyarte.
  • ¿Quién eres tú? –Interrogó el pastor.
  • Soy el alma de esta laguna. Soy Luli Huarmi.
  • .. ¡Eres mujer!
  • ¡Claro!.
  • Entonces, si quieres ayudarme… ¿Por qué no te casas conmigo?
  • Si así lo quieres, seré tu mujer, pero con la única condición que nunca me traiciones, en cuyo caso yo sería capaz de una venganza muy cruel. Soy muy celosa.

A partir de entonces, muy contento él, y muy enamorada ella, unieron sus vidas en busca de felicidad. Al poco tiempo fueron alegrados con la llegada de un bebé.

En este ambiente de comprensión y cariño fueron muy felices por algún tiempo hasta que, apremiado por la necesidad, él tuvo que marchar al Cerro de Pasco por razones de  negocios. A partir de entonces sus viajes se hicieron continuos con una duración de seis a siete días cada uno. Durante estos alejamientos nada anormal ocurría, hasta que un día en que el esposo estuvo ausente, en plena tempestad de nieve, pasa por su casa un viajero y pide alojamiento. Ella, viendo la inclemencia del tiempo, accede y le franquea la puerta. El extraño y sereno encanto de la mujer cautivó al viajero que al darse cuenta del gran amor que  profesaba a su marido, decide fomentar en ella el malhadado  fantasma de los celos. A partir de entonces, hace más continuas sus visitas aprovechando la ausencia del marido, con el único fin de seducirla.

  • Señora, yo conozco a su marido. Es negociante como yo, pero lo que me apena es que, mientras usted aquí sola sufre los rigores del clima con la única compañía de su hijo, él se esté divirtiendo con una cerreña que ya es su mujer.

Estas y otras cosas le contaba. Poco a poco, la mal intencionada acción del visitante ocasionó la desconfianza y el desamor de la mujer hasta que terminó por odiarlo mortalmente. Envenenada de celos, la mujer, buscaba la manera de vengarse de su marido sin saber que él se dedicaba íntegramente a su tarea de proveedor de carne para los mineros. Decidida a castigar lo que ella suponía la traición de su marido y convencida de que el hijo de ambos era la suprema adoración del hombre, decidió ejercer represalia por medio del niño.

Así, un mediodía que el pastor retornaba de las minas, vio que sobre la cocina hervía una espumante olla de fierro. Llamó a su mujer dando grandes voces, pero ésta no respondió, escondida como estaba. El  hombre se acercó entonces con el fin de averiguar cuál era el potaje que su compañera le había preparado, levantó la tapa de la olla y horrorizado vio que dentro hervía el cuerpecito, piernecitas y brazos del pequeño. En el colmo de la desesperación salió para preguntar a su mujer y sólo alcanzó a observar que ella se sumergía a las aguas de la laguna seguida de todos sus animales.

El pastor enloqueció y al poco tiempo murió sepultado por la nieve;  la laguna por su parte se hizo maldita. Cuando una mujer encinta se acerca a ella, es seguro, que el niño que está gestando morirá irremisiblemente.

 

 

REPORTAJE (Entrevista radial al doctor Emilio Marticorena Pimentel)

Esta es una entrevista radial para “Radio Corporación” cuando el insigne cardiólogo trabajaba en el Cerro de Pasco y se presentó un dramático caso a un obrero llamado Fridolino Carhuajulca. La grabación de ésta y otras entrevistas se hallan en su archivo correspondiente)

dr-marticorena-pimentelDoctor, el caso de Fridolino Carhuajulca, es muy preocupante. Él sufre intensamente con lo que le está ocurriendo, su familia también. ¿Qué nos puede referir de su caso?

.- Este paciente de treinta y nueve años de edad, natural del Cerro de Pasco, vive en una lucha constante contra el medio ambiente donde ha nacido. Todos los días sus pulmones absorben menos oxígeno que la mayoría de sus paisanos lo que aumenta la frecuencia de su respiración. Esta sensación de ahogo no lo deja trabajar ni dormir. Por las noches aumenta la presión y le hace sentir mucho calor. Una verdadera pesadilla. Carhuajulca sufre los estragos que se llama “Mal de Montaña Crónico” (MMC) que afecta no solo a él sino a todos tus paisanos que han nacido y permanecen en estas grandes alturas. No olvides que estamos en la ciudad más alta del mundo.

  • Pero lo que lo alarma es que respira como si nada ocurriera
  • Ese fenómeno a nuestra altitud puede resultar peligrosísimo. La hemoglobina se eleva y el volumen de la sangre se incrementa saturando todo el sistema circulatorio. Eso –naturalmente- produce fatiga, dolores de cabeza y alteraciones de la memoria. Le hemos recomendado que baje a vivir en una tierra de menos altura…
  • Él me ha dicho eso, pero resulta que aquí ha formado su hogar, aquí trabaja y asegura que se ha acostumbrado. Afirma que cada cierto tiempo le sacan un litro de sangre y le ponen suero. Eso le hace sentir mejor, pero sabe que no le está curando….
  • Eso está generalizado aquí. Creen que para un nativo de estas tierras, la altura es un medio natural en el que siempre va a vivir; sin embargo sabemos que puede sufrir complicaciones físicas si no termina de aclimatarse adecuadamente.
  • ¿A pesar de haber nacido aquí….?
  • Mira, César. En ningún caso la altura es un medio natural para vivir. El ser humano no está diseñado ni biológica ni psíquicamente para establecerse en un medio extremo como es el Cerro de Pasco. Por encima de los 3,500 metros, la presión atmosférica se reduce de tal modo que inhalamos menos oxígeno y la frecuencia y la profundidad de la respiración aumentan. Esto hace difícil pensar, trabajar y dormir.
  • O sea que es difícil la adaptación…
  • Si quisiéramos terminar por adaptarnos, tendríamos que desarrollar ciertas características genéticas que nos permitan vivir en grandes altitudes. Los únicos seres verdaderamente adaptados a la altura son cierto tipo de animales como el cuy, los camélidos andinos y algunas aves y batracios con una evolución de millones de años que les ha permitido adaptarse. Ellos han desarrollado genes que permiten que su hemoglobina capte más oxígeno, haciendo que algunas variables cardiorespiratorias sean distintas. El hombre cerreño, en cambio, lo que hace es aclimatarse, es decir, solamente aumenta su capacidad vital para lograr vivir en altura.
  • ¡Qué interesante!
  • En su lucha por conseguir más oxígeno, el organismo del cerreño modifica algunas funciones circulatorias y respiratorias de modo que sus células no se den cuenta que hay menos oxígeno. Es por esta razón que ustedes los cerreños tienen los pulmones más grandes, respira más, genera más glóbulos rojos en su sangre y su corazón crece y late más rápido que el de un hombre corriente.
  • Entonces esa es una adaptación más adecuada….
  • El problema es que estas condiciones varían cuando se trasladan a nivel del mar. En pocos días su capacidad de llevar aire a sus pulmones es la misma que una persona normal y hasta el tamaño de su corazón se reduce. Esa es la más clara prueba de que no está aclimatado a la altura
  • Finalmente, mi querido César, el mayor riesgo de esta enfermedad llamada mal de montaña crónico (MMC) descrita en 1925 por el doctor Carlos Monge Medrano, es capaz de afectar diversos sistemas del cuerpo. Sus principales son las personas que como ustedes han nacido y vivido siempre por encima de los 2,500 metros y que poco a poco, sutilmente, empiezan a respirar como un individuo que ha vivido a orillas del mar.

carrera

ESTAMPAS CERREÑAS

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Reproducimos una añosa fotografía en la que puede verse el extremo norte de nuestra ciudad, con su cielo gris y la silueta de sus rugosos cerros perdiéndose en la lejanía. En la parte superior central podemos ver las paredes de nuestro viejo cementerio general, ubicado en cumplimiento de las leyes entonces “a las afueras de la ciudad, cuanto más distantes mejor, para preservar a la población de contraer contagios por las emanaciones de los cuerpos corruptos que allí yacen”. Esa zona se la denominaba “Pariajirca Alta” y pertenecía al minero español, don José Gallo Díez que lo donó a la Beneficencia Pública en 1879. En la parte baja una hilera de casas encaladas correspondientes a Yanacancha.

En aquel entonces, los trabajos mineros de la compañía norteamericana se realizaban en la profundidad de los socavones cuyas ramificaciones de intrincadas galerías se desplazaban siguiendo la orientación de la vetas minerales. El día de hoy todo se ha transformado. Iniciado el “Tajo abierto” la dinamita, perforadoras, cargadores frontales e interminable parafernalia de maquinarias gigantescas han ido tragándose nuestra tierra y sus fauces insaciables han hecho desaparecer viejos caminos como el que se ve en la parte baja y conducía a Salcachupán. Hoy todo conforma un espantoso agujero donde están sepultando nuestra historia.