EL CURA DE CHACAYÁN (Segunda parte)

El cura de Chacayan 2

En otra oportunidad, cuando el mayordomo de la hacienda Chinche, Nicolás Quevedo había viajado con sus ayudantes, José Pizarro y Pablo de Rivera, a revisar su campo de papas en la ranchería de Villo; encontrándolas listas para ser cosechadas, se trasladaron a Yanahuanca a beber en la chingana de Felipe de Luna.  Tras la copiosa celebración ya se retiraban cuando a la altura de El Molino, el cura los vio y comenzó a dar voces llamándolos. Con el fin de evitar un lío mayúsculo al que el fraile estaba acostumbrado apuraron el paso fingiendo no oír el llamado. Esto amoscó  al dómine que presa de ira incontenible, no sólo aumentó sus gritos sino que subiéndose al campanario tocó a rebato dando grandes voces fingiendo que había sido atacado por los tres hombres que apuraban el paso. Ante tremendo escándalo, hombres y mujeres acudieron en auxilio del cura díscolo que gritaba hasta desgañitarse:

— ¡Tráiganme a esos tres canallas que me han faltado!… ¡Tráiganmelos, vivos o muertos!… ¡Ahora mismo!… ¡Vive Dios!…

Al momento, un zambo criado del cura, montado en una mula y el opilado inter en otra, conformaron una comitiva de persecución que a medida que avanzaba, iba agigantándose en tanto se hacían comentarios oprobiosos en contra de los tres inocentes que huían para salvar el pellejo.

Cuando los beodos perseguidos ya estaban a punto de llegar a la ranchería de Villo, los pobladores que los perseguían, sin mediar un ápice de misericordia alertaron a los campesinos de Villo, diciéndoles…

—¡¡¡Detengan a esos tres asesinos que han dado muerte al cura de Chacayán…!!!

De tal manera fue dada la orden que los campesinos les cubrieron la retirada en tanto que los que los perseguían los atacaban por las espaldas. En un santiamén los que huían fueron alcanzados por los pedrones disparados con certeros hondazos que los desmontaron de sus cabalgaduras y los tiraron semimuertos y sangrantes. Fueron apresados y así, desangrándose, en umbrales de la inconsciencia, fueron llevados a Yanahuanca a presencia del cura Juan José de Hoyo y Somocurcio. Él vería lo que se hacía con ellos. Pero eso no quedó ahí, el zambo criado y el enteco inter del cura venenoso,  con el auxilio de otros hombres, desnudaron completamente al mayordomo Nicolás Quevedo, se apropiaron de sus vestimentas, aperos y dinero y lo arrojaron desde las alturas de Quisque al río caudaloso que por abajo corre. Llegados a Yanahuanca, presos, Pizarro y Rivera, fueron juzgados por el cura, amarrados al cepo y elevados hasta el cielo raso y así, torturados diariamente y sin alimentos, estuvieron detenidos dos meses. Sólo la intervención del escribano Félix Rocatallada, en nombre del Alcalde del pueblo, consiguió que fueran puestos en libertad aunque jamás les devolvieron sus pertenencias.

Los familiares del difunto elevaron sus quejas ante Manuel de Angulo, Teniente Gobernador del Partido de Pasco, pero éste, no obstante los airados reclamos de los campesinos, lo declaró inocente. Veinte marcos de plata piña compraron su asquerosa complicidad. El inaudito caso ocurrió no obstante que los deudos presentaron como prueba del delito, el cuerpo monstruosamente hinchado e irreconocible de la víctima hallado entre los peñascales ribereños.

Avezado intrigante, el cura maldito, en su deseo de seguir perjudicando al hacendado Gil de la Torre, se coludió con diez indios de Villo, yanaconas de la hacienda, quienes se declararon en rebeldía y no quisieron trabajar en  Chinche ni en Pomayarus. De nada le valió a Gil de la Torre presentar ante las autoridades coloniales el libro en el que se había asentado la entrega de estos hombres para su servicio personal. La disposición había emanado del teniente General Manuel Gómez Iparraguirre. Los indios fugaron de la hacienda, pero el ganado que el hacendado había puesto bajo su cuidado, fue a parar a manos del cura de Chacayán. Para pagar el “generoso” gesto de éste, los indios alzados tuvieron que trabajar de sol a sol hasta entregarle una casona en Yanahuanca a donde fue a vivir definitivamente. Desde allí ejercía su autoridad malhadada. Para terminar de hundir al hacendado se conchabó con  Tomás de Izuriaga y su hijo Agustín, naturales de Villo; Juan José Flores de la hacienda Huarautambo y los hermanos Basilio y Nicodemo Reyes de  Yanahuanca. Los malandrines, alentados por el cura que se había convertido en socio mayor, formaron una poderosa gavilla con otros chinchinos sanguinarios. Comenzaron arrasando chacras, ganado y otras propiedades de Bernardino Gil de la Torre, llegando a atacar sus minas  e ingenios diseminados en territorios de Bombón y Pasco. El imperio del tirano había llegado a límites insospechados. En el transcurso de un lustro –sangriento y fatídico- se había hecho dueño y señor de tierras, animales, minas e ingenios. En este lapso también nacieron muchos niños,  fruto de las inacabables aventuras de su Inter.

Como es de suponer, la extrema pasividad del pueblo llegó a convertirse en resentimiento nunca antes visto. Un odio contenido iba incubándose en el alma de hombres y mujeres de Chaupihuaranga y pueblos mineros de Pasco. Sólo faltaba un detonante. Éste llegó un 29 de junio en Yanahuanca, cuando se celebraba a San Pedro, Patrono del pueblo. Aquel día, terminada la misa, se enteró que el Alcalde de Campo de los pueblos de Huarautambo, Andachaca, Chango y Antapirca, no había cubierto el aporte pecuniario que correspondía debido a la miseria que pasaban. Sin medir palabra alguna el cura atacó con saña desmedida al Alcalde. Cogiéndole del cabello lo hizo arrodillar y delante de toda la feligresía la emprendió a puñadas en el rostro contraído del pobre anciano. Fue suficiente. Sin proferir una sola palabra de protesta, los campesinos esperaron a que el cura díscolo terminara de engullir una abundosa potajería pueblerina de cuyes, gallinas, terneros y lechones. Para remojar tremenda comilona, las mujeres habían preparado una chicha especial con abundantes plantas astringentes y venenosas. Cuando hubo terminado de comer, se sintió muy mal. Una opresión insoportable en el vientre abotagado lo convirtió en un montón de cianótica carne grasosa y gimiente. Tenía la sensación de que había ingerido, en lugar de carnes y papas, abundantes piedras. Tal su malestar que devino en sudoraciones frías y abundantes que caían por su rostro cianótico y transfigurado en un muestrario de muecas grotescas y asquerosas.

— ¡Ha comenzado la lipidia!! ¡Sus tripas se están enredando! -dijo un desdentado viejo indio.

Su agonía fue cruentamente larga. En el espacio de tiempo en que moría, hombres y mujeres se dedicaban sólo a mirarle sin atinar a hacer nada para auxiliarlo. Mismos cernícalos. El único que podía hacer algo era su Inter, pero éste, completamente borracho por obra y gracia de sus mujeres que le habían dado a beber abundante aguardiente de caña con chamico, también se encontraba al borde de la muerte. En ese estado, el maltratado cacique dio una orden: ¡Cápenlo! Al momento un enorme cuchillo diestramente manejado seccionó los genitales del abusivo que se transformó en un eunuco gimiente. Inmediatamente cogieron al moribundo que hedía a mil demonios y lo llevaron en vilo hasta  la esquina de El Molino desde donde, como quien arroja un fardo pesado, largaron el cuerpo del cura de Chacayán, cuando sus ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas. Lo mismo hizo con su adlátere, el opilado ayudante.

 

 

 

 

EL CURA DE CHACAYÁN (Primera parte)

El cura de ChacayanEste era un cura de pocas pulgas y muy malas intenciones que al  hacerse cargo del  curato de Chacayán -cabeza de doctrina de la zona- quiso imponer sus apetitos, ni pocos ni santos, de la manera más expeditiva y cruel posible.

Era un español de talla descomunal de fiera mirada de predador aquilino. Todo era excesivo en él: manos, pies, tórax y cabezota pelada: desproporcionada y desagradable. No paraba mientes en escanciar de un solo tiro una botella de cañazo o engullir en un santiamén cuyes, perdices, cabritos, terneras o lechones aderezados en hirviente achiote de quemante ají. Su enorme bocaza de belfos colgantes, dientes filudos y formidables se prestaban para ello. Era una máquina para tragar. Con voz tronante y destemplada, envenenada de maldad e imposición, lastimaba a quienes se les pusieran al frente y humillaba a los campesinos que estaban bajo la férula eclesial. Agresivo de lascivia dispuso que las mujeres más jóvenes y agraciadas estuvieran a su servicio, no sólo en la cocina, lavado, zurcido, siembra y crianza de animales, sino como compañeras de cama donde satisfacía bestialmente sus inacabables apetitos venéreos.

Su nombre era Juan José de Somocurcio y Hoyos, había llegado a poco de iniciarse la cosecha de papas de aquel año de 1759. Venía con él, su Inter, es decir su  ayudante; un fraile alfeñique de cara larga, palidez extrema, pómulos salientes, ojos chispeantes y desgreñados cabellos negros. Era una desvaída y flaca figura escapada de un lienzo del Greco. Su nombramiento se debió a su apellido de alcurnia que traía como trapo de limpieza por su rapacidad comprobada. Se llamaba Juan Antonio González de Vidaurre y Escobedo. Ambos sabandijas conformaban un dúo de temer que se entendían a la perfección. Eran el uno para el otro. Si el cura era la encarnación de la gula y la lujuria, el ayudante era parco en el yantar, pero inigualable garañón de misteriosa y resistente voluptuosidad. Una perfecta combinación de enervante maca, wanarpo, miel de abejas, polen y abundante caldo de ranas, logró el prodigio de formar a aquel fornicador incansable, hacedor de proezas jamás igualadas.

Esta odiosa yunta gobernaba la cabeza de doctrina que abarcaba todos los ubérrimos pueblos de la quebrada de Chaupihuaranga, ubicada a centenares de leguas de la capital, y por lo tanto, oculta a los ojos de las  autoridades virreinales. Aquí, lejos de cualquier control y como lo habían planificado detenidamente, sentaron sus reales para obtener los más provechosos botines.

Posesionados de la casa cural y terrenos adyacentes, el tándem decidió iniciar su acción nefasta, a poco de arribar.  Su  primera víctima fue don Bernardino Gil de la Torre -español como ellos-  rico terrateniente y minero muy considerado en el ambiente poblano, dueño de la hacienda Chinche  y la Estancia Pomayarus, a quien, sin mediar trato de comedimiento ni buenas maneras, exigieron les otorgue todas las lanas producidas en la hacienda para iniciar un lucrativo negocio. Ofrecieron de muy malas maneras precios exiguos e insultantes que con todo comedimiento el hacendado rechazó. Es más, les dijo  que la venta estaba comprometida por su Administrador al Gobernador don Pablo Sáez de Bustamante que compraría toda la producción del año. En ese momento, sin sospecharlo, el hacendado estaba firmando su condena. El monstruoso clérigo cogió del cogote al endeble anciano  y, cuando estaba a punto de quebrárselo, los hombres de la hacienda y el desgreñado fraile que lo acompañaba, lograron que lo suelte, pero al hacerlo, rojo de ira, con mirada asesina prendida de los ojos de su víctima, sentenció: ¡Has cavado tu tumba!. En medio de un silencio producido por el terror de un acto que jamás podría esperarse de un sacerdote, volvió las espaldas pronunciando terroríficos latinajos y, haciendo una señal a su opilado  ayudante, montó en su mula negra y partió. Cuando la noticia se difundió por toda la quebrada de Chaupihuaranga, nadie lo creyó.

La mala suerte quiso que a pocos días del desgraciado acontecimiento, el hijo de un caporal negro, un angelito de tres años, muriera en la hacienda por la coz de una mula. En cumplimiento del mandato eclesiástico, el mismo caporal  fue a la iglesia a pedir al cura el auxilio de la religión para el muertito. Herido como una fiera, el fraile abusivo no sólo no quiso autorizar el entierro, ni siquiera quiso cantarle el laudate al pobre negrito, sino que amparado por su sotana, le arrebató un hermoso caballo y una yegua preñada que hizo quedar como garantía, diciendo que no realizaría ningún acto religioso en tanto el hacendado no abonara una cuenta de cincuenta pesos de plata que debía al cura anterior, don Agustín de Gorostiza. Naturalmente ésta era una deuda inventada. En este trance, el caporal Ascencio Herrera, rogó que el hacendado abonara la deuda ficticia que posteriormente se lo descontaría a él. Abonada la “cuenta” el cura y el inter realizaron el sepelio cuando el cadáver ya hedía insoportablemente.

Después del hacendado, las víctimas más perjudicadas fueron los habitantes de los pueblos  de Chaupihuaranga: Yanahuanca, Chacayán, Goyllarisquizga, Páucar, San Pedro de Pillao, Santa Ana de  Tusi, Tápuc y Vilcabamba. Hombres, mujeres y niños, comenzaron a ser tratados como animales por el abusivo que con meticulosidad  que no conocía límites, hizo coincidir el santoral católico con cada uno de los domingos para que se rindiera pleitesía y acatamiento a cada santo. De las fiestas patronales, ni se diga. El programa para cada uno fue redactado con ahínco, teniendo cuidado que cada prioste  apuntado en la lista tomara en cuenta la responsabilidad que estaba asumiendo. Quería obtener notables beneficios en cada una de las celebraciones.

Llegado cada domingo, los mayordomos debían juntar cuatro pesos y medio por misa cantada y dos por el sermón que sólo consistía en decir cuatro o cinco palabras en medio de amenazas de castigos divinos para los que no cumplieran; concluida la rápida homilía se sacaba al santo en procesión para lo cual debían abonar tres pesos más por el recorrido bajo palio, las ceras y el incienso. Todo esto se debía pagar al instante. Tras la procesión y ya en el atrio de la iglesia, los mayordomos debían entregar al clérigo, dos o tres docenas de gallinas, cuyes, huevos, carneros y uno que otro lechón para ser llevados a la casa parroquial. Los niños que tampoco se libraban del desmedido apetito del cura, debían llevar un huevo cada uno, abundantes haces de leña para alimentar el fuego casero además de hierbas para alimentar las mulas y caballos de su propiedad. Todo concluía con una comilona pantagruélica donde, entre eructos y ventosidades, engullía todo lo que le ponían delante.

El día de difuntos, por su amenazante disposición, todos los deudos debían asistir al camposanto a recordar a sus muertos. Para ello se agenciaba dos botellas de vino compradas en el Cerro de Pasco con las que hacía su negocio. Las ponía sobre la sepultura y cantaba un rápido responso, finalizado el cual, el deudo debía pagar el servicio y el  precio del vino que era la mejor manera de homenajearlo. El vino, ya de su propiedad, le era vendido al siguiente deudo. Nadie podía alegar porque para hacer cumplir lo estipulado, estaba acompañado de sus dos negros sirvientes, mal encarados y completamente desalmados. En todo ese tiempo, el Inter, cura lujurioso, ha ido anotando nombre y dirección de las más apetecibles jóvenes de la comarca para hacerlas pasto de sus abusos sexuales. Su alegría se desbordaba en cada fiesta patronal; en ellas, siguiendo ancestrales costumbres del pueblo, adornaban a las pallas –hermosas jovencitas, castas   y puras- para adorar al Inca. Naturalmente, el Inter se las arreglaba para estar presente en el acontecimiento. Más tarde este enjuto semental, las convertía en sus concubinas.

Continúa…..

 

JUAN SANTOS ATAHUALPA Por Francisco Loayza

Francisco Loayza, revelando manuscritos de los años 1742 y 1755, en su obra JUAN SANTOS EL INVENCIBLE (Lima 1942), afirma que Santos era directo descendiente del inca Atahualpa. Los respaldan documentos  del Archivo General de Indias en Sevilla, España.

Juan Santos Atahualpa

En 1730, Juan Santos habría tenido entre 18 y 20 años, y está claro que su decisión revolucionaria estaba tomada desde aquellos años de juventud en el Colegio del Cusco, antes de su viaje a Europa y Angola (África).

Este hombre de férrea y arrolladora personalidad hablaba varios idiomas aprendidos  en Europa, especialmente el latín.

La cultura de Juan Santos fue sólida. Era un políglo­to, era un estratega, era un psicólogo y era un gran sugestionador, como todos los conductores de hombres. La contemplación de las ruinas del poderío de sus abuelos, y los sufrimientos de su raza vencida por un poder cruel y bárbaro, rumbearon su alma hacia horizontes de inconformidad y rebeldía. (Op.cit)

Era profundamente religioso cristiano que rezaba todos los días, que leía las Sagradas Escrituras, que predicaba a los indios con la fe con que lo hacían los sacerdotes; que sobre el pecho descubier­to, franco y poderoso, llevaba un sólido crucifijo de plata asegurando que EL guiaba sus pasos. Sebastián Lorente dice al respecto:

Entre los salvajes alzados formaron una masa imponente en torno de un indio del Cusco, llamado Juan San­tos(…) Según cuentan, llevaba sobre el pecho una patena de oro que los deslumbraba reflejando los rayos del astro del día; conservaba la cruz y las imágenes veneradas.(LORENTE, Sebastián-HISTORIA DEL PERU BAJO LO BORBONES-)

Cuando una tarde de junio de 1742, el conversor de San Tadeo, el padre Santiago Vásquez de Caicedo, entrevista a Santos Atahualpa, éste le dice terminantemente que: “Ha venido a organizar su reino con la ayuda de sus hijos los indios y mestizos con terminante exclusión de los negros porque eran sirvientes incondicionales de los explotadores. Pone en aviso al Virrey para que no trate de impedir su movimiento porque él y su compañía,  les torcerá el cuello como a unos pollos”. Además añade- esto es muy interesante- que vea por dónde escapa porque “por mar viene su pariente inglés”.  Cuando el visitante insiste en la “pacificación”, Juan Santos es terminante al afirmar:”Tiene derecho a su reino. Es cristiano. Reza todos los días; lee la doctrina y predica a los indios. No tiene nada contra los sacerdotes ni la ley de Cristo, pero en cambio quiere que negros y viracochas abandonen su tierra” (Loayza Op, cit: 30).

En cumplimiento de su prédica y teniendo al Gran Pajonal como cuartel general, se pone en acción inmediata arrasando con todo. Destruye veintisiete misiones franciscanas, haciendas y obrajes, apoderándose de las pertenencias de los españoles, apre­sando y castigando a los negros, llegando a matar a los más rebeldes. Alentado por esta victoria decide atacar a la sierra para expulsar a los españoles, pues estaba bien enterado de los infamantes abusos que éstos cometían contra los indios. Es en esta ocasión que el gobierno español, poniendo todo su empeño, procede a tender un cerco desde Huánuco hasta Huanta con el fin de contener el movimiento. Se da categoría de frontera a toda la línea y se dispone que los gobernadores de Jauja y Tarma ataquen al rebelde. En cumplimento de esta orden, Troncoso de Jauja y Milla del Campo de Tarma, en condición de jefes, llegan con sus fuerzas hasta Quisopango en medio de la hostilización de los indios rebeldes pero sin entrar en combate franco. Eludiendo fácilmente a estas inocuas columnas, Juan Santos Atahualpa avanza sobre Huancabamba en defensa de cuya plaza salen nuevas y más pertrechadas tropas de Tarma. Así las cosas, ante el avance arrollador de los rebeldes, los españoles instalan un fuerte en Quimiri (La Merced) sin logar contenerlos. Los insurgentes muy fácilmente se apoderan del fuerte dando cuenta de sus defensores.

El avance de Juan Santos Atahualpa Apu Inca es incontenible.

Así las cosas el compungido Rey de España decide poner a la cabeza del virreinato peruano a un militar de oficio. Sustituye a Juan Antonio de Mendoza y Caamaño y Sotomayor por José Manso de Velasco, Conde de Superunda. Este nuevo Virrey organiza una expedición militar al mando del Marqués de Mena Hermosa, la misma que es batida en todas sus líneas por el inca insurgente con la consiguiente pérdida de vidas y material de guerra para los españoles que, desesperados, se baten en retirada estableciendo dos poderosos fuertes de contención; uno en Oxapampa y otro en Chanchamayo. El invicto rebelde destruye esos fuertes y luego vence a otra expedición al mando del marqués de Mena Hermosa.

A estas alturas es necesario mencionar que los serranos siempre estuvieron del lado del mesiánico líder. En sus huestes actuaban muchísimos indios que, huyendo de las atrocidades de las minas, se habían internado en la selva. En LA SAL DE LOS CERROS, Stefano Varese, dice:

En 1743, la rebelión cuenta ya con el apoyo de muchos serranos que se han agregado a aquella miserable gente chuncha. (…)En el mismo año, en la expedición del Gobernador de Tarma, se apresa a un serrano, un cierto

José Pulinche. Hacia el final de octubre, cerca de Quimiri, capturan a otro indio de la sierra, Bartolomé López que declara que más de cincuenta serranos y varios campas están esperando a la expedición para atacarla. El apoyo de los andinos había comenzado en agosto de 1743(…) se había esparcido la voz que el nuevo inca quería a los quechuas y los llamaba a su lado. En esa ocasión se le unieron cien indios de la sierra. (VARESE; 188).

Transcurren algunos años y, en 1752, con el deseo de darles una lección de su poderío bélico y organizativo a los españo­les, decide atacar la sierra. El sabe que allí es donde la sangrienta opresión de sus hermanos es más abominable y dantesca. Después de arrasar con el pueblo de Andamarca, inexplica­blemente se detiene, posiblemente a la espera de una mejor oportunidad que fatalmente no llegó. A esto hay que añadir que las fuerzas españolas se habían organizado para presentar fiera resistencia contra cualquier ataque.

El camino a la sierra estaba abierto. La resistencia en la selva central había sido vencida después de veintiún años ininte­rrumpidos de luchas continuas sin que jamás el inca rebelde fuera derrotado. ¿Qué ocurrió entonces?… ¿Por qué no terminó de tomar la sierra? No lo sabemos, pero tampoco podemos comprenderlo. La invasión la sierra habría significado la libertad de numerosos esclavos indios; entre ellos los pobres mineros.

El caso es que después de veinte años de lucha, Juan Santos había cumplido gran parte de su promesa. Antiguos territorios tribales habían vuelto a manos de sus legítimos dueños, libres de españoles y negros. En ese momento el virreinato se estreme­ció. Vieron de lo que eran capaces los indios. El movimiento mesiánico y reivindicatorio de Juan Santos Atahualpa había encontrado eco en todos los habitantes de la selva y de la sierra.

La fecha de la muerte física de Juan Santos interesa a los biógrafos pero a los ojos de la tradición campa, éste es un dato de escasa importancia. Los franciscanos, que nunca vieron con buenos ojos la rebelión De Juan Santos, lo hacen aparecer como un salvaje. Otros como Albino Carranza, en su libro EL VALLE DE CHANCHAMAYO, respecto de la muerte del adalid, dice:

Después de sus encuentros con las guarniciones españolas y expulsión definitiva de los Padres Misioneros continuó sus merodeos entre las quebradas de Chanchamayo, Vitoc y Monobamba…Murió por los años de 1755 a 1756 en una fiesta que acostumbraban celebrar los salvajes en la cosecha del choclo. Consis­tía en beber y practicar simulacros de combate arrojándose las corontas; en el fragor del simula­cro, un indio émulo de Santos que tomaba parte en la fiesta, pa­ra cercio­rarse si era realmente hijo de la Divinidad le asestó una pedrada, lanzada con una honda, que le hirió gravemente y de cuyos resultados murió. Antes de su muerte hizo que llevasen a su presencia al asesino, quien, según unos, fue muerto por sus propias manos y según otros, victimado por orden su­ya”(CARRANZA, Albino, EL VALLE DE CHANCHAMAYO-Lima 1894)

Para aquellos indios que conservan el recuerdo de la gran rebelión, Juan Santos no ha muerto nunca…«Desapareció su cuerpo echando humo…».La imagen del Mesías indio portador de un mensaje y una promesa de soberanía se confunde en el recuerdo de los campas, se pierde tal vez como su cuerpo físico en el humo. Su enseñanza, el espíritu de su rebelión, permanece entre sus hijos los indios, aunque lo único tangible que queda es un pequeño montículo de piedras, restos silenciosos, arrimados al Cerro de la Sal, único testigo de una antigua tumba que miraba al oriente (VARESE;208).

Al respecto, pasados muchísimos años y finalizando el siglo XIX, (1891), luego de visitar la zona en viaje de estudios, la Comisión presidida por el doctor Joaquín Capelo de la Sociedad Geográfica de Lima, decía:

“La capilla que los indios erigieron en el sitio llamado Metraro, es un monumento de 18 metros de largo por ocho de ancho, sostenido por ocho columnas de madera en esqueleto; los techos son de  humiro y en forma cruzada. En medio se eleva el túmulo donde descansaba el cuerpo de Juan Santos Atahualpa y estaba hecho de cinco tablas de  jaracandá labrado de 8 a 10 centímetros de espesor de una altura de un metro veinte centímetros y está situado en medio del templo, mirando hacia Oriente”. (Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima, Tomo I, nº7 de 1891).

Este movimiento indio de gran envergadura dejó profunda huella en todo nuestro territorio porque, aún después de muerto, su movimiento siguió latiendo por muchos años. Uno de los que más dedicadamente estudió este movimiento nos dice:

La sublevación de Juan Santos Atahualpa, una de las más importantes de las poblaciones indígenas de la selva sudamericana, refleja un estado de saturación alcanzado por las culturas nativas maltratadas y ofendidas en lo más profundo de sus tradiciones. La clara conciencia indígena de que el creciente avance y la intromisión cada vez mayor de los blancos y mestizos en sus territorios, es la causa principal de su decaimiento cultural y de su lenta agonía fí­sica, encuentra su expresión en una esperanza mesiánica encarnada en la figura de Juan Santos Atahual­pa.(VARESE, 1973:173).

“El fin de este caudillo tiene visos maravillosos, legendarios, en el recuerdo de los montañeses. Para unos, no ha muerto; creen que es inmortal. Para otros ha subido al Cielo en cuerpo y alma, rodeado de nubes; y volverá a la tierra…”(Loayza).

 

 

EL SACRIFICIO DE UNA MADRE

La señorita Anna Katherina Egg, de la Villa de Silz -quince años de edad- se inscribió para el viaje desde Alemania al lejano Pozuzo. El aporte de esta joven mujer fue muy significativo para conocer los pormenores dramáticos de aquella travesía heroica. Escribió muy bien documentadas y extensas cartas a su tío Joseph Schöpe relatándole las descarnadas peripecias de los peregrinos que partían ilusionados a su nueva patria. Tenían la seguridad que allá encontrarían el nido que habían soñado.

De una de sus dramáticas cartas, sacamos este pasaje de aquella inolvidable  aventura:

el sacrificio de una madre“Gracias a una determinación del reverendo Joseph Egg, seis familias se adelantaban unas leguas para sembrar y criar animales para la alimentación de los braceros que abrían el camino hacia el Pozuzo. Era un verdadero milagro ¡¡Cómo crecía todo rápidamente!! La caña de azúcar brindaba su abundante jugo en seis meses, con él se hacía chancaca y  huarapo. El maíz brindaba sus tiernas mazorcas en tres meses; el arroz, con sabor y calidad extraordinarios, en seis meses; en un año tenían gigantescas yucas, y en un año también, hermosos plátanos. ¡Las plantas crecían hermosas! Los panes cocidos con harina de maíz y yuca, amasados con abundantes huevos, eran sabrosísimos. Gran cantidad de gallinas, pavos, cerdos y patos, completaban el cuadro. Toda esta exuberante producción, significaba una bendición para quienes necesitaban de urgente y continuo apoyo. Sin embargo, llegadas las torrentosas lluvias, otra desgracia ensombreció la vida de los cruzados de la aventura”.

“Las seis familias que se habían aposentado en el recodo de un río para sembrar y criar animales, a la espera de los braceros que abrían el camino, fueron sorprendidos a las nueve de aquella noche del 28 de febrero de 1859, por una torrentosa y escalofriante avalancha de lodo y agua. El bronco sonido hizo temblar la tierra poniéndolos en alerta. De la parte alta de una estrechura, un gigantesco alud de miles de toneladas de barro se desplazaba arrastrándolo todo: agua, lodo, piedras, árboles. El cenagoso turbión envolvió en sus rabiosas entrañas, como si fueran débiles briznas, todo lo que hallaban a su paso. Posiblemente los árboles, ramas, piedras y lodo, caídos en la parte de arriba, habían represado el agua de tal manera que convertida en laguna artificial con abrumadora presión por su sobrecargado caudal, voló en mil pedazos originando una terrible torrentera que arrasó con plantas, animales y pertenencias de los colonos. Ellos mismos fueron arrastrados río abajo. Los cuerpos iban dando tumbos entre el torbellino de barro, piedras y ramas, chocando contra los peñascos. En la oscuridad de la noche, era desesperante oír los gritos de las familias que entre ellas se buscaban unos a otros. Muchos salvaron a nado, cogiéndose después de ramas y arbustos de las orillas; no así la tirolesa Roesi Hormayer que, por un milagro inexplicable, fue arrastrada hasta un rincón en el que no podía tocarse el fondo para poder posar los pies en la lucha por la supervivencia; prácticamente se hallaba flotando sobre las aguas agitadas. Con valor extraordinario se cogió fuertemente con la mano izquierda de un árbol que tocaba la superficie pero con raíces profundas que lo hacía resistente, con la otra mano, sostenía a su niño de poco tiempo de nacido. Era una lucha tremenda, sin tregua ni posibilidades de terminar. Las fuerzas estaban a punto de abandonarle pero rezando fervientemente y reuniendo todas sus energías, sobrellevó la dura prueba. Felizmente, a manera de nido, la hojarasca con sus raíces había formado una plataforma donde colocó al niño que gritaba aterrorizado. La noche tan oscura impedía ver absolutamente nada; sólo el terrorífico rugido de la avenida lo cubría todo.  La lluvia estrepitosa y el torrente del río fundiéndose en la oscuridad, era lo más horrísono que invadía la noche lóbrega. Los desgarradores gritos de las mujeres llamando a sus maridos y el de los hijos convocando a sus padres era una dolorosa sinfonía de lamentos. A Rocsi, completamente desesperada le parecía que el tiempo se había detenido en medio del horror. Haciendo todo lo que su cansado cuerpo le permitía, esforzándose a extremos sobrehumanos, pudo ver que la luz filtrándose entre la hojarasca, le dejaba ver su realidad. Estaba salvada. Con la claridad del día volvieron a reunirse por milagro. ¡Era increíble! Lo habían perdido todo,  habían muerto seis personas, pero ellos estaban vivos”.

“Las tímidas luces aurorales del día siguiente sorprendió a los hombres con las miradas distantes y oscuras; torvos, silenciosos, inmóviles. Las mujeres, con los ojos inflamados por el llanto, sin haber dormido en toda la noche, extendían sus húmedas miradas hacia el infinito, sin alcanzar a comprender la magnitud de la tragedia. ¿Qué podían hacer? ¡Estaban tan lejos de la patria amada y el único camino que les quedaba, era el de la lucha! ¡¡No podían claudicar!! ¡No podían dejarse vencer! Al promediar el mediodía y con el reverendo Egg a la cabeza, en respetuoso silencio, continuaron abriendo el camino al Pozuzo. Algunas familias aterrorizadas, abandonaron la empresa”.

Al respecto, en su dramático diario, el reverendo Joseph Egg, escribía lacónicamente. “Ayer 28 de febrero de 1859, a las nueve de la noche se produjo una avalancha de lodo y piedras que arrasó con la mayoría de viviendas, causando la muerte de seis personas (tres adultos y tres niños). Han sido sepultados en el cementerio alemán”.

Este es uno de los dramáticos pasajes de los que está plagada aquella riesgosa aventura. Hombres y mujeres valientes supieron conquistar la gloria y el bienestar para sus familias. Nuestro homenaje de admiración y afecto para los héroes de la odisea.

FUENTE: Libro: PUEBLO MÁRTIR (Historia del Cerro de Pasco)

EL PROFANADOR (Cuento popular)

El profanador

De esto hace muchísimo tiempo. Después de los agotadores trabajos de los patriotas por arrojar a los “chapetones” del Cerro de Pasco, su constancia tuvo su premio. Una gran cantidad de españoles fugaron hacia otras tierras. Sólo los que se avinieron a vivir bajo la tutela patriota que acababa de instalarse quedaron en la ciudad; los más, huyeron para no volver más. En su fuga dejaron ingentes cantidades de riquezas que los nuevos gobernantes cogieron para sí. Tesoros, ganado, minas, comercios, haciendas, ingenios.  Los pocos recalcitrantes y fieles al rey llegaron a dar con sus huesos en la Fortaleza de San Felipe en el Callao donde terminaron sus días.

Por aquellos años, a extramuros de la ciudad, camino a Yanacancha, donde más tarde se va erigir el castillo de la mina “El Diamante”, residía una viejecita que había convivido con un rico español que huyó sin importarle para nada el destino de su pareja. Sola y desamparada no quiso alejarse de la casa donde había transcurrido toda su vida y de la que guardaba hermosos recuerdos. Cuando vio que la muerte la rondaba hizo llamar a sus conocidos y, delante de un cura, les pidió que –llegado el momento- la enterraran con todas sus pertenencias. El cura dio fe de este pedido.

Cuando se produjo su fallecimiento, cumpliendo con el pedido la sepultaron con todas sus alhajas  que en realidad no eran muchas. El cementerio adyacente a la iglesia de Yanacancha, construido por el minero cerreño José Malpartida Cuestas, acababa de estrenarse. Ella fue la primera en  ocupar el campo santo.

Las almas pías que todavía existían por aquellos tiempos guardaron herméticamente el secreto del  acontecimiento. Sin embargo, por algún resquicio misterioso, se dejó escapar el encargo de la anciana, encendiendo la ambición de los sacrílegos.

Transcurridos algunos años se aposentaron en la iglesia unos malandrines que ya estaban enterados de la voluntad de la anciana.

Una lóbrega noche fría, entonados con unos tragos de aguardiente, éstos, procedieron a profanar la tumba de la anciana. No les fue difícil acopiar aquellos tesoros. Cuando ya estaban a punto de volver a cubrir el ataúd, uno de ellos se percató que en la huesuda mano izquierda de la difunta relucía un enorme anillo de oro. No obstante el hermético encierro la joya no se había ensombrecido. Exultante el malandrín quiso extraer el anillo, pero no pudo. No obstante que el dedo carecía de carnes, la joya estaba como pegado al hueso. El malandrín no se dio por vencido y utilizando la pala de cavar, seccionó el dedo. Recién lo tuvo en su poder.

El acontecimiento quedó cubierto por el silencio y la complicidad de los rateros. Nadie se enteró de la profanación.

Así transcurrieron los años.

Una tarde que la penumbra inundaba el ambiente por la puesta del sol. Estos mismos hombres que siguieron cuidando el camposanto, vieron sobre una tumba a una señora que no se movía concentrada en su oración.

Enojados por la desobediencia a los reiterados pedidos de que abandonara el cementerio, la tomaron de los brazos para sacarla. En eso, uno de ellos, vio que a una de las manos le faltaba un dedo. Aterrorizados, quedaron pasmados y vieron que el velo que la cubría cayó por los suelos dejando ver su cadavérica faz. Inmediatamente reconocieron que era el cadáver de la profanada. La muerta, misteriosamente, como guiada por una fuerza recóndita giró su esquelético rostro hacia el profanador que de inmediato cayó fulminado por un infarto. El cómplice huyó profiriendo gritos de terror y arrojando abundante espuma por la boca. Cuando lo llevaron al hospital no pudieron hacerlo reaccionar, miraba desorientado con una mirada tenebrosa que escarapelaba el cuerpo mirar. Murió muchos años después, víctima de una locura que jamás lo dejó.

Valioso informe científico sobre Oxapampa (1927)

Oxapampa 5
Por considerar de suma importancia el informe que sobre la agricultura en Oxapampa hicieran los científicos, Louis Hecq, y E. Parent, publicado en los principales diarios de nuestra ciudad en el año de 1927, nos es grato transcribir parte del mismo, con el fin de que se tome conocimiento de cómo se encontraba aquel valle pasqueño por aquellos años.

El valle de Oxapampa es una llanura de terrenos fértiles de 8 leguas de largo a donde se halla establecida desde el año de 1856 una colonia alemana que fue la primera que desembarcó en el Perú y que posteriormente, en el año de 1868 fue aumentada con el arribo de nuevas familias alemanas. Aunque al principio se dirigieron a Pozuzo, muchas de ellas dejaron después ese lugar que no consideraron conveniente para su establecimiento y se dirigieron a Oxapampa.

Inmediatamente después de instalada aquella gente laboriosa comenzó a trabajar y mientras las mujeres preparaban convenientemente sus albergues, los hombres se pudieron a derribar los gigantescos árboles de la selva. Pronto tuvieron una regular extensión de terreno desmontado en el que se apresuraron a sembrar las plantas que debían asegurarles la vida. Las tres familias llegadas al principio no permanecieron solas mucho tiempo: la fertilidad del suelo y la salubridad del clima, atrajeron a otros colonos del Pozuzo, de tal manera que hoy se encuentran en Oxapampa cerca de 70 familias. Bajo el punto de vista agrario, Oxapampa puede producir toda clase de vegetales como maíz, caña, arracacha, yuca, papa, frijoles etc. El café prospera admirablemente y las plantas en general son muy vigorosas, lo que parece ser debido a su gran elevación (1,800 metros sobre el nivel del mar) que indudablemente conviene mucho a este cultivo, pues es siempre en las mayores alturas donde hemos encontrado plantaciones dignas de llamar la atención.

 La caña también da productos bastante remuneradores, pero su período de desarrollo es largo (3 a 4 años) y nunca florece, aunque en Chanchamayo la flor aparece a los diez meses. Con el jugo se fabrica chancaca y aguardiente. Hemos tenido ocasión de visitar el destilatorio del señor J, Hassinger, muy bien instalado con pocos gastos y que utiliza el agua como fuerza motriz.

Oxapampa tiene el aspecto de un bonito pueblo europeo por sus casas de madera que recuerdan una población suiza y por el estilo de sus construcciones. Los habitantes han llegado a producir y fabricar ellos mismos casi todo lo que necesita para la buena vida campestre a la que están muy acostumbrados.

A pesar de las dificultades del viaje que se puede considerar como un obstáculo para el desarrollo del la colonia. Oxapampa exporta al Cerro de Pasco aguardiente, café, carne de chancho, manteca, mantequilla etc. La exportación de café puede ser evaluada en mil quintales al año. Cada familia posee su ganado para la producción de la leche y mantequilla necesarias para su consumo. El ganado en general es muy bueno y el conocimiento que de su bondad se tiene en todo el departamento de Junín, justifica la gran demanda y las continuas compras que se hacer de sus crías con el objeto de llevarlas a Chanchamayo y Tarma a pesar de las dificultades del viaje.

Debemos consignar aquí la extrañeza que nos produjo su precocidad: hemos visto vaquillas de dos años completamente desarrolladas y preñadas, lo que proviene principalmente de los cuidados y de la selección que trata de conservar la colonia en la crianza de sus ganados. Al lado de cada casa se halla siempre un estable construido con madera, los que son de un modo particular, que merecen especial recomendación: consisten en estacas fijas en el suelo que sostienen un techo de madera; a 20 centímetros del suelo se halla un piso de madera también sobre el cual se pone la pajaza que tiene por objeto recibir las deyecciones y también procurar el mejor descanso de los animales. El establo se halla abierto por todas partes desde 1.25 desde la parte más baja está completamente cerrada. Cada vaca está separada de su vecina por un tabique de manera que no pueden moverse entre ellos. Por atrás del espacio reservado a las vacas se encuentra un pasillo de 30 centímetros para el pasaje y la comodidad de la limpieza que cada día se efectúa por la mañana. Por la parte de afuera, al lado del establo, hay abierto un hoyo para recibir el estiércol. En fin, los colonos de Oxapampa observan todas las costumbres europeas tan convenientes para la perfecta conservación y mejoramiento de la cría del ganado. Las vacas que están en producción de leche pasan la noche en el establo donde se les amarra y se les da su alimentación escogida que consiste en troncos de plátanos cortados en pedazos, arracacha y granos de maíz. Esta sobre ración se les da dos veces al día, en el momento del ordeñamiento, es decir, por la mañana y por la tarde. Durante el día las vacas quedan en libertad en terrenos antes cultivados y que, una vez que se ha dejado de sembrarlos, se cubren de una vegetación espontánea.

Las vacas son ordeñadas por las mujeres que las tratan con la mayor contemplación. Es muy curioso ver a estos animales regresar por la tarde al establo sin necesidad de arrearlos, como no hay tampoco necesidad de amarrar a las vacas por las patas para efectuar el ordeño.

La crianza de los chanchos se hace en un cercado establecido en los terrenos donde pastan las vacas. En el mismo cercado se hallan establos para las marranas que han parido y para los chanchos que se quiere engordar. Cuando los chanchitos tienen  la edad de dos meses se les quita la madre y se les deja en libertad en el cercado hasta que hayan alcanzado un año; buscan ellos mismos su manutención y no se les da sino un poco de maíz en la tarde. A la edad de un año son encerrados en los establos para engordarlos. Allí reciben maíz en grano, arracacha, leche desnatada etc., permaneciendo en estas condiciones durante seis meses, más o menos, hasta su completo engorde, porque lo que se trata de obtener, sobre todo es la manteca que junto con los jabones constituye el principal producto de exportación. Otro producto que también es aprovechado es la carne salada ahumada, pero es consumida por los mismos habitantes.

La marrana da de ocho a diez crías y sólo los machos son castrados. La avicultura es próspera, a tal punto que los huevos se venden a ocho por un real. En una palabra podemos decir que Oxapampa es una verdadera colonia, en la que todos sus habitantes se ingenian y trabajan por conseguir utilidad y bienestar, habiendo prosperado rápidamente, pero que encuentra ciertas dificultades para su desarrollo en la poca practicabilidad de sus caminos, tanto al Cerro como a la Merced.

Muy grato es dar cuenta aquí del mejoramiento del mejoramiento del ganado obtenido en el valle de Oxapampa, porque es una enseñanza elocuente de lo que se puede alcanzar con una selección juiciosa y con las aplicaciones de la gimnástica funcional.

Si los colonos de Oxapampa han podido obtener tales resultados, los criadores de la costa y de ciertas partes de la sierra, pueden obtenerlos más rápidamente y mejores, desde que tienen además a su disposición pastos de superior calidad.

No se puede hacer de tratar de mantener como se hace ahora, un gran número de reses; lo que se debe hacer estar pocas, pero en buenas condiciones. Que se deje a la crianza actual los terrenos de poco valor nos parece bien; pero no creemos en la imposibilidad de establecer en los mejores valles de la sierra establos de los géneros de los de Oxapampa, apropiados naturalmente a las condiciones climáticas de las localidades, en los que el suelo puede producir alfalfa, cebada u otros buenos pastos, que deben ser reservados a un número limitado de vacas escogidas, que bien cuidadas así como sus crías, bastarán para constatar e pocas generaciones, un gran mejoramiento, tanto en los animales mismos como en sus productos.

Una vaca, en el momento de mayor lactación, produce de doce a quince litros de leche, manteniéndose así tres meses, al cabo de los cuales principia la disminución para terminar a los 9 o 10 meses.

Hoy la costumbre de dejar mamar siempre a la ternera después de la ordeñación, porque la leche tiene allí poco valor puesto que no hay donde venderla. Tampoco se expende mantequilla fuera del pueblo, sino cuando se puede aprovechar la ocasión de llevar al Cerro o a la Merced con otras mercaderías. La leche es consumida pura para los colonos mismos y el resto es aprovechado para la fabricación de mantequilla. La descremación se hace según el antiguo sistema de reposo, y el batido en una batidora primitiva también. La leche desnatada sirve para la fabricación de quesos frescos sin ninguna preparación, aunque el uso más frecuente que de ella se hace es la alimentación de las terneras y de los chanchos, animales que son objeto de una exportación importante.

Los primeros que trabajan en este sentido, no solamente recibirán el provecho que les resulte, sino que experimentarán también la satisfacción de haber impulsado la agricultura del país.

Al terminar nuestro informe, séanos permitido dirigir a las autoridades, a los propietarios y administradores de los fundos que hemos visitado, nuestros más sinceros agradecimientos por su generosa hospitalidad y los importantes datos que se han servido suministrarnos.

LA MUJER QUE CAMBIÓ EL TIEMPO (Crónica)

Por Manuel Scorza.

la mujer que cambio el tiempoEl era tan poderoso y temido que una vez, en una plaza, dejó caer de su bolsillo una moneda de un sol. Nadie se atrevió a tocarla durante un año. He contado la historia en Redoble por Rancas. Era juez de la provincia de Yanahuanca, en los Andes Centrales, donde hoy arde la guerra civil de Sendero Luminoso.

Pepita Montenegro, su legendaria mujer, disfrutaba tanto de las fiestas que ofrecérselas era requisito obligatorio para presentarse a la justicia o simplemente para no enemistarse con el juez Montenegro. Por su orden, pleiteantes y notables, ofrecían festines y festines. Y cuando los notables ya no pudieron costearlos, se ordenó que los banquetes los ofrecieran los pobres. Para que no adujeran miseria o falta de recursos, se les obligó a aceptar cuantiosos préstamos que los oferentes arruinados demoraban años en pagar. Deudas hubo que tardaron una generación en cancelarse. Y como Pepita Montenegro encontrara demasiado largo el tiempo que separa el Año Nuevo del Año Nuevo, la Navidad de la Navidad, el Aniversario Nacional del siguiente Aniversario Nacional -celebraciones que los pueblos no podían eludir- suprimió el correo y dispuso acelerar el tiempo. Abrevió los meses (tenían diez días) y acortó los años. El tiempo montenegrino avanzó más veloz que en el lento calendario gregoriano. Cuando su pueblo de siervos decidió rebelarse, en sus dominios se vivía el año 2386. He contado estas desmesuras en El Jinete Insomne y en Cantar de Agapito Robles.

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