EL TAPADO

el-tapado-22Hace muchísimos años, cuando todavía existían almas pías y temerosas de Dios en estas tierras mineras, vivía en una rinconada de la plazuela Ijurra, un albañil cargado de deudas y familia pero que, además de diligente y cumplido con sus obligaciones, era un dechado de virtudes. Buen padre, excelente esposo y –como hemos dicho- cumplido alarife cerreño. Con mucha fe en los designios de Dios, soportaba su pobreza con decoro. Jamás tenía una palabra de reproche o desesperanza por la situación que sobrellevaba y, a decir verdad, la misericordia divina nunca abandonaba a aquella humilde familia donde las oraciones y la paciencia presidían los actos cotidianos; nunca faltó un pan para llevarse a la boca.

La fama de honrado, cumplido y excelente trabajador, se hizo conocida en el Cerro de Pasco done, a pesar de su extrema pobreza, era muy querido en la ciudad cimera. Y, como Dios sabe premiar la fe, la esperanza y la caridad de la manera a veces más increíble, he aquí lo que le sucedió al buen mazonero.

Un día que se encontraba puliendo y limpiando sus espátulas, badilejos, plomadas, codales, terrajones y cordeles, acertó a pasar por su puerta un anciano medio encorvado, cubierto con una ropa raída y brillosa de mugre cuya mirada a través de los vetustos quevedos, parecían entrever una aguda interrogación. Buen rato estuvo contemplándolo, hasta que, satisfecha su curiosidad, decidió iniciar el diálogo:
– Buen día albañil.
– ¡Buen día nos dé Dios, señor!….
– Mire, albañil. He venido de un lugar distante de esta su casa porque he observado que es usted un buen cristiano y persona en quien confiar.
– Gracias señor.
– ¿Querría hacerme usted un trabajito?.
– ¡Claro que sí, señor!. ¡Con mucho gusto!.
– ¡Bueno, es que este trabajo es secreto para el que necesito de toda su discreción!.
– Si así lo desea, así lo haré señor.
– Habré de pagarle muy bien y no se arrepentirá. Sólo quiero imponerle una condición. Tendrá usted que permitir que le cubra los ojos y le lleve así vendado hasta el lugar del trabajo que se hará esta noche.
– Si me ha de pagar bien y llevar de la mano… ¡acepto!.

El trato quedó hecho.

Aquella noche, en cumplimiento de lo pactado, se presentó el viejo de los quevedos envuelto en una vieja capa pluvial y con una lámpara en la mano. Llegado que hubo a la casa del albañil procedió a vendarle los ojos y, tomándolo de la mano, partieron con rumbo desconocido.

El albañil que no veía nada caminaba a ciegas por las desiguales calles cerreñas. Subía y bajaba montículos, ascendía por empinadas escaleras, iba a la izquierda y daba la vuelta a la derecha, caminaba grandes trechos escuchando el ruido de las pisadas retumbando en las calles silenciosas. Caminó un trecho que calculó en media legua, hasta que el viejo le detuvo y le dijo:
– ¡Aquí es!….

El albañil escuchó el ruido de la pesada llave al girar en la enmohecida chapa y luego de cinco vueltas, comenzaron a crujir los goznes de una puerta tan grande como quejumbrosa.

Después de entrar, el viejo colocó grandes y chirriantes trancas al portón. Siempre con las vendas sobre los ojos, el mazonero avanzó por varios compartimentos y luego ingresó en un patio interior.
-¡Hemos llegado!. –dijo el viejo.

Cuando le fueron quitadas las vendas, el albañil vio un vetusto patio empedrado de caprichosas baldosas de piedras, en donde la oscuridad reinante apenas era vencida por la mortecina lámpara minera.
– Lo que quiero es que haga una bóveda en este lugar –dijo el viejo – saque las piedras necesarias y, después de hacer la bóveda para un cadáver, volver las piedras a su sitio, de tal manera que no se note ninguna irregularidad. Todo debe quedar como si no se hubieran tocado las piedras… ¿De acuerdo?.
– ¡Claro que sí, señor!…ni usted mismo notará dónde está la bóveda.
– ¡Bien!. ¡Aquí están los ladrillos, cal, arena, agua, maderas y todo lo que ha menester para la obra!.
– ¡Magnífico, señor! –Dijo el alarife y con gran entusiasmo atacó la empresa.

Lo primero que hizo, fue sacar trece baldosas de largo por cuatro de ancho, luego comenzó a cavar la tierra hasta alcanzar una profundidad de tres varas. Cuando se aprestaba a enladrillar el ábside, se oyeron lo sonoros cantos de los primeros gallos. Entonces el viejo, sentado como una momia, dijo:
– ¡Nos ha sorprendido el día!…¿Puedes volver esta noche para terminar el trabajo?.
– ¡Con gusto señor!… Esta noche terminaré la obra… ¡venga nomás a buscarme!.
– ¡De acuerdo!…Ahora, ¡toma esta moneda de oro y mañana al terminar, te daré el doble!….
– ¡Gracias… muchas gracias!. Le esperaré esta noche-. Después de vendarle los ojos, lo regresó a su casa.

Efectivamente, tal como lo acordaron, lo hicieron. Repitiendo la misma precaución de la noche anterior entraron en la vieja casona y bajo la tenue luz del candil, quedó terminada la obra.
– Ahora- dijo el viejo de los quevedos- quiero que me ayudes a traer el cadáver que yacerá en esta cripta.

El albañil tembloroso y con los pelos de punta siguió al viejo hasta unas piezas interiores creyendo que al final hallarían el espectáculo macabro de un hombre muerto. Caminaron un largo trecho hasta entrar en un ambiente donde encontraron un viejo arcón forrado en cuero repujado.

El alma le volvió el cuerpo al albañil al comprobar que se trataba de un añejo baúl, posiblemente llenos de monedas, porque pesaba como un demonio.

Llevaron el arcón con mucho trabajo y lo introdujeron en el hueco. Luego con mucha paciencia, el alarife volvió las baldosas a su lugar de origen quedando tan perfectas como si nadie las hubiera tocado.

Estaba amaneciendo.

El albañil fue vendado y llevado a su casa por distinto camino con el fin de que no pudiera reconstruir el itinerario seguido, aunque quisiera. Llegados a la casa el viejo le dijo:
– ¡Estoy más que contento con tu trabajo!. ¡Es muy bueno!. En pago de ello te entrego estas tres monedas de oro. ¡Eso sí!, no lo olvides. ¡Todo lo que has visto y oído esta noche, lo tendrás callado!. Debes guardar el secreto como una tumba. ¡Caso contrario una maldición caerá sobre ti!….

Después que el anciano se retirara, el albañil se quitó las vendas e inmediatamente llamó a su mujer y le dijo que Dios se había apiadado de ellos y que aquel día cocinara lo mejor que encontrara en el mercado.

Durante quince días vivieron a cuerpo de rey con las providenciales monedas de oro, después de las cuales volvieron a la misma parvedad, matizada de ruegos, plegarias, jaculatorias y rezos.

Así pasaron, uno, dos, tres,… cinco años…

Un día que se hallaba fregando sus herramientas y accesorios de albañilería, acertó a pasar por su puerta, un viejo enjuto como un espectro que le quedó mirando un buen rato hasta que dijo:
– Me han dicho, buen hombre, que eres muy pobre.
– ¡Así es señor!. Sin embargo no puedo quejarme. ¡Dios no se olvida de nosotros!…
– Bueno, bueno… entonces te gustaría hacer un trabajito, ¿no es así?.
– ¡Siempre estoy dispuesto, señor!.
– Bien, bien… necesito que me arregles la casa que el dueño anterior la ha dejado en escombros y nadie quiere habitarla.
– ¿Dónde está ubicada la casa?.
– No está muy lejos de aquí… ¡vamos!.

Marchó el albañil con el longevo dueño de casa y efectivamente, llegado al lugar, hizo girar una gigantesca llave, abrió el portón y le hizo entrar en la casona. Pasaron una habitación y otra y otra, hasta que llegaron a un patio interior completamente empedrado. El corazón le dio un vuelco al albañil… ¡Estaba en el mismo patio donde había efectuado el entierro! … ¡¿Cómo no había de reconocerlo si cada piedra, cada rincón, cada recoveco, se había grabado en su memoria?!…

Haciendo esfuerzos supremos por disimular su emoción, llenándose de aire los pulmones ya que su corazón le saltaba en el pecho como alegre campana de pascua, preguntó:
– ¿Y quién ha ocupado esta casa que la ha dejado como un chiquero?.
– ¡Que Satanás se lo lleve!… Aquí vivió un miserable usurero que durante toda su vida fue amasando plata para que al final el diablo se lo llevara. Un grandísimo explotador a quien nada importaba los demás, aunque los viera morirse. Era inmensamente rico con la plata que le daba sus minas. Inclusive con sus malas artes consiguió quitarle sus yacimientos a los que le debían dinero… Esta vieja casona es lo único que he podido rescatar de todo lo que me debía el maldito. ¡Era un endemoniado canalla!.
– ¿Y dónde está ese señor?.
– ¡En los infiernos!…¡Allá ha de estar!.
– ¿Ya murió?.
– ¡Claro que sí!…Un día reventó y lo encontraron aquí mismo.
– ¿Y sus riquezas?… –preguntó el albañil aparentando inocencia.
– ¡Se las guardó el demonio… Nadie encontró nunca nada!…probablemente lo ocultaría en una de sus tantas minas… no me extrañaría…
– Veo señor que usted no le tenía buena estima…
– ¡Qué estima podría guardarle a un granuja que nunca me pagó mis rentas!….
– ¿Nunca?.
– Sólo el primer mes, después nada.
– ¿Tan avaro era…?.
– Aún más, pese a estar muerto, sigue haciéndome la vida imposible.
– ¿Cómo así, señor?.
– La gente no quiere arrendar esta casa aduciendo que en la noche vaga penando el alma del abyecto que se las pasa gimiendo y llorando… ¡Dios sabe por qué!. ¡Debe ser que no le han dejado entrar ni en el infierno!…
– ¡Mire señor. –dijo el albañil tomando aire y tratando de disimular la emoción que le aceleraba las pulsaciones y le secaba los labios-. Si nadie quiere vivir aquí, deje que yo venga a habitarlo con mi familia por espacio de tres meses y, a cuenta de los alquileres, dejaré la casa como nueva!. – Hubo un largo silencio en el que el viejo quedó mirándolo de hito en hito por largo tiempo, hasta que casi gritó
– ¡¡¡¿Es posible?!!!.
– ¡Seguro que sí!, ante el griterío de los inocentes, no hay fantasmas que se resistan. Los angelitos harán huir al mismísimo demonio. Además, yo traeré al cura para exorcizar el lugar, y le aseguro que en los tres meses que viva con mi familia, el fantasma desaparecerá…
– ¡¡¿Tendrá el valor de vivir con su familia aquí?!!….
– ¡Sí señor! … ¡Yo y mi familia tenemos el apoyo de Dios y no le tememos a ningún espantajo!…
– ¡De acuerdo albañil, de acuerdo!… De aquí a tres meses me entregará usted la casa muy bien remozada y sin fantasmas… ¡¿No es cierto?!.
– ¡Así es señor!.
– ¿Y….No tendré que pagarle nada….?
– ¡Nada….!
– ¡Trato hecho!….

Viendo que la oferta le convenía, el dueño de casa se apresuró en transar con el alarife que, inmediatamente, trasladó su numerosa prole al caserón de marras.

Lo primero que hizo el albañil una vez instalado con toda su familia, fue elegir una noche tranquila, cuando su mujer y sus hijos dormían, para proceder a sacar el tapado.

Inicialmente removió cuatro baldosas, por cuyo hueco introdujo el cuerpo de un perro recientemente sacrificado, con el fin que el antimonio producido por las monedas enterradas fuera absorbido por el cuerpo y la sangre del can. No quería correr el riesgo de envenenarse con el gas letal de antimonio que emanan los metálicos entierros.

Pasado un tiempo prudencial, volvió a sacar las piedras y con mucho cuidado, procedió a abrir el viejo arcón de cuero repujado. Al ver su contenido quedó maravillado. Relucientes monedas de oro atiborraban el baúl hasta el tope. Agradecido por esta merced que el Hacedor Supremo le enviaba, se puso de rodillas y con mucho fervor oró y, al día siguiente, hizo celebrar una misa por el descanso y paz eterna por el viejo de los quevedos en la iglesia Santa Rosa. Y como lo había prometido, fue remozando con mucho ahínco los patios, los pasadizos, la sala y los aposentos; cambió puertas, ventanas, balaustres y escaleras; hizo repajar el techo y al cumplir los tres meses, la vivienda estaba como nueva.

Pero, así como la casa iba renovándose, también el albañil –ayer andrajoso y pobre- fue convirtiéndose en el hombre mejor vestido del Cerro de Pasco. Los domingos asistía a la Santa Misa. Las limosnas en la iglesia eran pródigas. Tenía abierta las manos para los pobres de la ciudad minera. Jamás se olvidó de rezar al Todopoderoso.

Las abundantes monedas de oro desenterradas le dieron la más hermosa felicidad hasta el fin de sus días.

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LA HISTORIA QUE MUCHOS IGNORAN

panoramica

La incesante explotación del trabajo minero ha convertido a mi tierra en un abismal cráter que semeja una tumba horripilante. Esto comenzó hace más de quinientos años. El pueblo ha tenido que prenderse de los cerros para seguir viviendo. Mujeres gestantes y niños indefensos se han convertido en víctimas de la inhumana secuela de explotación. Los científicos aseguran que el 91% de niños tienen metales pesados en la sangre, especialmente plomo. Esto los está matando. Toda esta aberración inhumana no es nueva. Hay un recuerdo indeleble grabado en mi niñez. No transcurría un solo día sin que la sirena de la mina no prolongara su agudo alarido anunciando una desgracia dentro de sus galerías. Con el corazón lleno de negros presagios, hombres, mujeres y niños convergían a la puerta del hospital; yo que vivía a escasos metros, ya estaba prendido del alambrado que daba a la sala de emergencias. Minutos más tarde la ambulancia entraba trayendo uno o más cuerpos martirizados. Durante el agónico lapso de espera, entre preguntas y sospechas, mil y una conjeturas se intercambiaban entre los curiosos. El informe final del encargado del Hospital ponía fin a todo. Disipaba negras premoniciones de unos y taladraba el corazón de otros: los familiares de las víctimas. Un reguero de quejidos, lágrimas y lamentos terminaban por envolver a éstos. Nunca pude ver tanto dolor junto como en aquel cotidiano acontecimiento. Eso me marcó para siempre. Decidí investigar la verdad de éste y otros acontecimientos que se daban cotidianamente: huelgas, asonadas, abusos y mil y un sucesos que me indujeron a investigar la historia de mi tierra.

Creí que como todos los pueblos del mundo, el mío tendría escrita la suya. No la encontré. Añejos poblados de América como Potosí -pueblo muy parecido al nuestro- la había plasmado con sus cronistas e historiadores notables. Juan Sobrino y Diego Guillestegui detallaba sus orígenes; Gabriel Gómez de Sanabria, sus asonadas y motines; Bartolomé Dueñas, despilfarros y grandezas; Bernardo de la Vega, su magnificencia proverbial; pero, por sobre ellos, Bartolomé Arzans Ursúa y Vela, con su HISTORIA DE LA VILLA IMPERIAL, coronaba aquel fresco grandioso de su historia. Así como Potosí, Guanajuato, Zacatecas, Taxco, Real del Monte, Huancavelica y otros pueblos mineros contaban con su historia escrita. Sólo el Cerro de Pasco no la tenía. Inicialmente pensé que tal vez sería porque desde nuestros antepasados -los yauricochas- éramos completamente reservados y guardamos un perfil bajo para evitar la publicidad y la ostentación. En aquellos era comprensible. Debían mantener en secreto el lugar donde fluían los manantiales de incalculables tesoros con los que realizaban soberbios trabajos de orfebrería que los españoles contemplaron admirados.

A nadie se le había ocurrido relatar éstos, como posteriores acontecimientos dramáticos. Desde entonces -esto comprende más de sesenta años- me embarqué en la tarea de escribirlos. La tarea ha sido ardua e incomprensiva. A través de toda la existencia de la ciudad, se han hecho desaparecer valiosos documentos que me habrían ayudado en mi trabajo; en otros tiempos, hordas invasoras chilenas atizaron fuegos abrigadores con libros de entidades públicas y privadas, quitándonos nuestra memoria institucional. Lo más generalizado de esta falencia tiene que ver con la indolencia de sus gentes que se hicieron cómplices de la depredación. Sin embargo -es bueno decirlo- en aquella búsqueda encontré documentos de enorme valor que me han servido mucho. Para ello tuve que visitar bibliotecas particulares que felizmente en Lima hay muchas, pero los más valiosos que tuve entre mis manos, fueron los antiguos códices nativos reunidos en el “Garashipo”, mezcolanza de quipus, tocapos, dibujos, quillcas y crónicas españolas anónimas que relatan la historia de los yauricochas. Los campesinos que lo guardan con comprensible veneración y celo, me permitieron leerlo.

Hasta ese momento descubrí que ante el pasado insondable y lejano, el imaginario popular había urdido historias que pretendían explicar -a su manera- el descubrimiento del inagotable venero de minerales. La más conocida es la que le atribuye el colosal hallazgo a Santiago Huaricapcha, personaje mítico que jamás existió. Sin embargo, cada vez que el pueblo se reúne para celebrar sus fastos, se lo recuerda como si fuera un personaje de carne y hueso. Así estábamos de desorientados y mal encaminados. Ahora sabemos plenamente que el verdadero inicio de nuestra historia, es éste.

El Comienzo.

Hace 65 millones de años, una apocalíptica explosión como producida por centenares de bombas atómicas juntas, originó un brillo deslumbrante que cubrió todos los cielos. Un inmenso asteroide de hierro e iridio incandescentes de dieciséis kilómetros de diámetro, desplazándose a 96 mil kilómetros por hora, impactó sobre el golfo de Yucatán en México. El choque liberó una energía equivalente a mil millones de megatones de TNT -más de 10 millones de veces, la energía de la más potente Bomba “H”- produciendo horrorosas erupciones volcánicas, dantescos incendios, pavorosos terremotos y maremotos y tsunamis que levantaron olas colosales de un kilómetro de altura que barrieron las proximidades de los océanos y desbordaron sus costas. El impacto produjo una abrasadora onda de fuego que exterminó a los monumentales animales que entonces poblaban la tierra: los dinosaurios. El viento y las corrientes volcánicas afectaron su curso entre asfixiantes nubarrones de polvo y ceniza; los gases de extraña negrura cubrieron la tierra encerrándola en una oscuridad pavorosa, por tres meses; más tarde descargaron torrenciales lluvias ácidas que terminaron por matar plantas y animales sobrevivientes. La vida hasta entonces vigente, casi desapareció de la faz de la tierra. Lo más importante para nuestra historia es que, aquellas trepidaciones, catapultaron insondables profundidades marinas hasta las inverosímiles alturas que en la actualidad ostentan. Hace 65 millones de años, el Cerro de Pasco estuvo en las profundidades de mares desconocidos; ahora está encaramado a 4,388 metros sobre el nivel del mar. Es la cuidad más alta del mundo. (Delegaciones científicas de Francia, Inglaterra y Estados Unidos –cada una en su tiempo- lo han certificado así). Ahora encuentro explicación al hallazgo que en mis tiempos de escolar nos asombró sobremanera. En los terrenos donde jugábamos fútbol –piedras y cenizas del viejo estadio, “Chaquicocha”, “Lama pampa”, “Cancha blanca” y, “La Calera”- encontramos unas piedras misteriosas que utilizamos como tejas para nuestros juegos de colonia, mundo etc. como hechas ex profeso para el juego y que, mirándolas bien, eran fósiles que en tiempos remotos habían sido conchas marinas, valvas, gusanos y peces extraños, convertidos en piedras. Otros niños afortunados, encontraban rocas transparentes impregnadas de algas marinas, conchas de caprichosas conformaciones, arácnidos, gusanos, insectos insólitos y ramas de plantas desconocidas, como si alguien las hubiera fundido en trozos de obsidiana; caballitos de mar y restos óseos de peces raros y escalofriantes, de insondables abismos desconocidos. Muchos –ahora viejos como yo- conservan estas mágicas rarezas en su poder como patético recuerdo de nuestra niñez. Aquellos tiempos, nuestros maestros no supieron explicarnos el origen de estos fósiles; ahora sabemos que son muestras irrebatibles de que, hace 65 millones de años, nuestra tierra conformaba uno de los lechos de mares entonces existentes.

Transcurridos los siglos, los sedimentos que fueron acumulándose llegaron a alcanzar más de tres mil metros de espesor en plegamientos que en muchos lugares se cubrieron de rocas extrañas producidas por la intensa actividad volcánica; tal el caso del Bosque de Piedras de Huayllay, maravilla del mundo. Lo más remarcable de este acontecimiento es que, a través de miles de años, en su proceso de orogenia, fue depositando en nuestra zona una fabulosa riqueza mineral que en ningún otro lugar del planeta se ha repetido. Gran parte de la existencia de oro, plata, cobre, zinc, estaño, plomo y otros metales se concentraron en el núcleo central de la llamada “Hoya metalífera de Pasco” cuyo núcleo central es el Cerro de Pasco. Se ha probado que tiene los depósitos de sulfuros metálicos más grandes y de más alta ley en el mundo. Para 1966, había concentrado el 49.7 % de la producción de plomo, 46.2% de zinc y el 20% de plata, entre otros metales, demostrando que es el más importante distrito metalogenético, pilar de la economía nacional. Pero, no sólo su variedad, sino su abundancia es tan significativa que, explotándose las veinticuatro horas de todos los días, de todos los meses, desde hace quinientos años, todavía sigue inagotable. El estudioso francés, Miguel Chevalier, en su curso de Economía Política dictada en 1846, con datos tomados de las memorias de los virreyes y los correspondientes archivos españoles, estableció que hasta esa fecha se había extraído de las minas cerreñas, 160 millones de marcos de plata, cerca de 37,000 toneladas métricas con un valor aproximado de doscientos millones de libras esterlinas, al que debe agregarse un 30 ó 40 % de los contrabandos no tomados en cuenta.

Hace dos años, los geólogos probaron en un congreso internacional con ayuda de estudios previos, planos, mapas e impresionantes fotografías satelitales a colores, la interminable gama de minerales de la hoya mineral de Pasco. Explicaron que: “Los sensores híper y poliespectrales brindan desde el espacio imágenes con una detallada información sobre la composición química de los materiales de la superficie terrestre. Esta posibilidad tecnológica ha generado un enorme impacto de aplicación tanto en la búsqueda y exploración de recursos minerales como en mapeos de geología que permite cubrir una superficie de 34.225 kilómetros cuadrados (185 km x 185 km), indicando en una primera etapa posibles zonas con potencialidad de yacimientos”. En nota aparte nos enteramos que: “En 2001, la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (Conae) y la Administración Nacional del Espacio y la Aeronáutica de los Estados Unidos (NASA) tomaron las primeras imágenes hiperespectrales de diferentes áreas de Sudamérica con el sensor aeroportado Aviris (Advanced Spaceborn Termal Emision and Reflection Radiometer). Los primeros investigadores que incursionaron hace tiempo en diferentes zonas del país, no sólo no contaban con los avances en cuanto a imágenes y sensores de nuevas tecnologías, sino que por ese entonces no estaba muy desarrollada la teoría conocida hoy como tectónica o mecánica de placas, que permite explicar desde otro punto de vista los procesos y fenómenos geológicos.”. ¿Cómo detecta este sensor Aviris la composición química terrestre?. “Un número de minerales y rocas tiene características espectrales definidas. Esto permite que sean reconocidos y mapeados desde el espacio”. Todas estas últimas técnicas nos han demostrado que en nuestro planeta, el Cerro de Pasco es un depósito colosal de minerales. Allí están los mapas espectrales para probarlo. La prueba salta a la vista. No obstante ser explotado por más de 450 años, continúa vigente e inagotable. Diariamente, a cualquier hora del día o de la noche que se visite el Cerro de Pasco, se podrá ver el impresionante espectáculo del trabajo persistente de sus hombres. Aquí se trabaja las veinticuatro horas del día, en tres turnos, sin ningún reposo. Si antes se laboraba mediante jaulas que bajaban y subían a hombre y coches repletos de minerales de las profundidades, en la actualidad, mediante el “Tajo abierto”, innumerables carros como diligentes hormigas laboreras, suben centenares de miles de toneladas de mineral en todas las horas de todos los días de todos los meses desde hace 450 años. Y hay para rato, aunque intereses mal intencionados quieran hacernos creer lo contrario. Esta fabulosa producción fue la que determinó su grandeza económica que admiran los siglos, pero también, -¡Qué duda cabe!- la que lo ha postrado en un mar de ignominia y abandono.

Retomando el hilo de nuestro relato, los imponentes relieves residuales de los Andes, cubiertos de glaciares, hielo y nieve, estuvieron conformando los nudos de Pasco y Vilcanota -centro y sur andinos- así como las mesetas de Bombón y el Collao, respectivamente, donde se hallan los mayores cuerpos de agua dulce de los Andes: Chincaycocha y Titicaca. Las colosales masas de roca dura que han resistido eficientemente procesos erosivos, más que las montañas de su entorno, cumplen desde entonces, un importante papel hidrográfico. De sus faldas nacen numerosos ríos.

Segunda etapa…

Cuando –transcurrido los siglos- hace 20 mil años, los primeros seres humanos llegaban a los Andes, tuvieron que afrontar arriesgadas opciones de vida ocupando espacios terriblemente hostiles. Inicialmente se protegieron del excesivo frío y recios vientos en los abrigos naturales de las cavernas. Sin ser todavía cazadores expertos, llegaban tras las piezas de caza para alimentarse.

En esos tiempos estaban viviendo en nuestro inmenso territorio, animales hoy completamente extinguidos. Los Mastodontes, parientes sudamericanos de los elefantes, de muchas toneladas de peso y de 4 a 5 metros de altura; los Megaterios, parecidos a los actuales perezosos, de normes pesos y dimensiones descomunales; los Gliptodontes, ciclópeos armadillos acorazados; las Paleolamas, antecesoras de los camélidos sudamericanos; Sachacaballos, pequeños caballos cubiertos de cerdas, diferentes a los caballos que fueron traídos por los españoles; los Ciervos Gigantescos, de frondosas cornamentas, y, los Tigres Dientes de Sable, estremecedores predadores que fácilmente daban cuenta de los gigantes mencionados. Tras alimentarse con una pequeña parte, dejaban la mayor que servía de alimento a los primeros hombres que se habían ubicado en estos lares.

En lo que podíamos llamar, caza menor, se consideraba lagartijas, gusanos, ratones, vizcachas, perdices, y enorme variedades de aves y peces. Alimentándose de estos animales, el hombre vivió unos ocho mil años. De los veinte a los doce mil años.

La tercera etapa…

Por razones que se desconocen, hace doce mil años, se produjo una sucesión de deshielos que ocasionaron imponentes riadas que arrasaron con todo lo que encontraban a su paso. De nada les sirvió a aquellos colosos, garras, colmillos ni cuernos; todos fueron arrastrados hacia las tierras bajas por estremecedores waicos. Los únicos que se salvaron momentáneamente, fueron los que se guarecieron en las cavernas del entorno donde, al no encontrar alimento -todo era barro y rocas- dejaron sus huesos.

Andando los años, el sabio italiano Antonio Raimondi, que en 1857 visitaba la ciudad minera, al pasar por la cordillera Raura y Lauricocha, descubrió en la caverna de “Sanson Machay”, los restos de estos animales. Al siglo de este acontecimiento, Augusto Cárdich, descubre los restos de hombres, mujeres y niños de una antigüedad de 9 525 años.

Entre 1975 y 1976, los científicos peruanos Luis Hurtado de Mendoza, Carlos Chaud y Rómulo Ríos, descubren el yacimiento Alfarero de “Piedras Gordas” en el barrio de Champamarca donde descubren leznas, lasquedores, cuchillos, huesos de camélidos, ciervos, aves y otros restos que demuestran que los primeros hombres de sudamérica habitaban en lo que más tarde va a ser una próspera ciudad minera.

De 12 a 10 mil, la tierra está tomando nueva fisonomía. La ciencia no nos dice nada de lo que aconteció entre tanto.

Cuarta Etapa….

Hace diez mil años la tierra ya estaba habitable. Se había consolidado la cadena de los Andes y aparecieron los camélidos sudamericanos: llama, vicuña, alpaca, guanaco; los cérvidos como las tarucas, liuchos y venados de cola blanca. También wachwuas, parihuanas, yanavicos, gallaretas, liclish, corcovados, patos: llacsa, jerga, real, zambullidores, piwichos, chorlitos, ranas gigantes, variedad de callhuas, vizcachas. El hombre ya fabrica armas para cazar y sigue habitando las cavernas donde deja pintadas escenas de sus proezas cinegéticas.

Quinta etapa….

Entre los cinco y seis mil años, el hombre domestica el cuy, la llama, el guanaco y la wachua. Eso sí, tenía que tener mucho cuidado de los predadores como los cóndores, cernícalos, pumas, zorros.

Ya el hombre está, posesionado de la tierra. Ha dejado las cavernas y construye su vivienda de piedras con techos de paja, hace corrales de piedra donde cría a las llamas. Cultiva la papa shillinco, mauna, papa shire, ticlash, tuclush parientes montaraces de la papa con los que hacen chuños, morayes, de abundante almidón; ocas, mashua, quinua. Han descubierto la arquitectura y ganadería; más tarde la cerámica, con ollas, cántaros y demás recipientes; también la textilería con lana y cuero de los camélidos.

Es en este momento que numerosas agrupaciones humanas se posesionan de la enorme meseta de Bombón. Conformando el grupo de los yaros yanamates, estás los “pumpush” que ocupan las nacientes del “Upamayo” (Mantaro), en la zona de Óndores; los “Tinyahuarcos”, en la zona de Colquijirca, y los “Yauricochas” de quienes Eduardo Lanning y Herman Buse, nos revelan que tenían en las cavernas lugares de refugio. Eran cazadores nómades que se alimentaban de carne de auquénido y venado a los que atrapaban valiéndose de dardos y lanzas con puntas de piedra. Duccio Bonavia, afirma que eran de baja estatura, cráneo dolicocéfalo alargado, del tipo que los antropólogos denominan PALEOAMERICANO LAGOIDE. Los Yauricochas trabajaban la piedra con rara habilidad, haciendo pocos pero útiles instrumentos. Sus manos, ya dadas con relativo alarde a crear, tenían en esas piedras, un valioso instrumento. Es verdad. Por insondables misterios que la noche de los tiempos tiene ocultos, los yauricochas descubrieron los metales que, andando los años, llegaron a transformar con sorprendente habilidad. Aprendieron a reconocerlos en sus yacimientos, extraerlos, fundirlos y moldearlos. Primordialmente utilizaron el oro, la plata, el cobre y algunas aleaciones para manufacturar objetos ceremoniales y utensilios de uso común. Además de mineros, los yauricochas eran excelentes ganaderos y saladeros. La admiración con que los cronistas describieron las hermosas esculturas metálicas llevadas a Cajamarca para el rescate del inca, confirmaba que esta región andina era el primer centro metalúrgico de América. ¡Qué duda cabe!. El foco principal de este núcleo fue la hoya metalífera de los yauricochas. Ellos realizaban artísticos y majestuosos objetos de arte en oro, plata y cobre; incluso, platino. Efectuaban diversas aleaciones entre las que destacaban los bronces, tanto de estaño como de arsénico; el plomo y mercurio también los conocían pero raramente utilizaron. Estos minerales fueron trabajados por procedimientos mecánicos, utilizando herramientas de piedra. Martillos, de tamaños y formas diversas; yunques de piedras, cuya diferencia de aspereza y grano, la aprovecharon a modo de lima; tenazas, moldes y demás instrumentos para trabajo de vaciado, filigrana, perforación y engaste. Con el fin de evitar las huellas del martillo y del yunque, usaban tejidos de lana que por su elasticidad natural, obligaban al metal a extenderse junto con ellos, bajo el impacto de los golpes. De esta forma el martillado, corte y repujado, constituyeron las formas primitivas del trabajo en metal. Luego vendrían los cortes en tiras, incisión, dorado y unión y soldadura en frío. En el desarrollo de la tecnología metalúrgica y la orfebrería primaron los valores estéticos, simbólicos y religiosos más que los funcionales. Buscaron fusionar en una sola pieza conceptos tan dispares como la musicalidad, el colorido, la suntuosidad, el respeto, la jerarquía y el impacto visual. La técnica del martillado y laminado con una destreza sin igual, tanto en el manejo de las herramientas como en las aleaciones. Debían, primero, elegir la aleación adecuada –el cobre utilizaron mucho para estos menesteres- mediante el cual podía ser trabajado o forjado, ya fuera en frío o en caliente. Los yauricochas suponían que la plata era la representación de la luna, esposa del sol y pronto se dieron cuenta que el oro –representación del sol- era completamente incorruptible e inatacable por otras fuerzas que se encuentran libres en la naturaleza. Lo hallaban puro o asociado a la plata, su compañera, mezclada con grava, arena, arcilla o cuarzo; en formas de pepitas o en granos, escamas, polvos o incrustaciones. Admirados de su calidad repararon también que es muy dúctil y muy maleable. Así llegaron a formar delgadísimas láminas con las que fabricaron hermosísimas esculturas que representaban seres vivos, animales y plantas varias. Ellos también, como sus antepasados que plasmaban su admiración en pinturas rupestres, hacían animales y hombres del tamaño natural, propiciando la mágica intervención de sus dioses en la caza y la ganadería. Para la confección de sus ídolos, utilizaron también una gran variedad de piedras preciosas que incrustaban con técnicas muy especiales. Ágatas, amatistas, alabastros, calcedonias, citrinos, cinabrio, copiaditas, turquesas, ónices, cuarzos de varios colores, granates, piropos, malaquitas, ópalos, sílex, lapislázuli, etc.

Esta habilidad artística de los yauricochas llegó a conocerse en el Cusco y, como es lógico, su territorio se convirtió en un ambicionado objetivo de conquista. Por eso, cuando con afán de conquista, los guerreros que decían venir del “Ombligo del Mundo” trataron de avasallarlos, los persiguieron a campo traviesa y los derrotaron. Las deidades vengadoras hicieron lo suyo. Trombas diluviales anegaron abras y caminos; rayos y truenos cobraron numerosas víctimas que fueron despedazadas por aviesos cóndores. No una, sino siete veces. Los invasores quechuas que venían por orden de Pachacuti, cayeron en la cuenta de que ningún ejército podría vencer a estos guerreros tenaces. Tuvieron que cambiar de estrategia. Humillaron armas y avivaron astucia y diplomacia. Así, un día brillante de junio, cuando el sol destacaba todo su poderío en el inmenso cielo azul, vieron aparecer en la lejanía, una inmensa caravana de personas extrañas, completamente desarmadas, sin escudos, arcos, macanas ni flechas, sólo panoplias con armas decoradas como presentes para los anfitriones; frutas, verduras y maíces magistrales; porongos enormes, repletos de chicha dulce, pero embriagante; ejército de vestales, jóvenes y hermosas, apetecibles, escogidas, para entregarlas como muestra de buena voluntad y homenaje. Con ellas sellarían el vínculo definitivo de sangre que los uniría por el resto de los tiempos. Sólo así lograron aliarse para formar una sola y poderosa nación que llamaban Tahuantinsuyo. A partir de entonces, los hermosos trabajos de orfebrería artística, siempre admirado por los siglos, comenzaron a ser llevados a Cusco para el culto de Inti y de la nobleza inca. Sin embargo, algunos valiosos orfebres quedaron en nuestros pagos, laborando otros objetos artísticos. La prueba es que para pagar el rescate del inca en Cajamarca, de nuestro territorio salieron ingentes cantidades de piezas de oro y plata. Era el trabajo de nuestros orfebres. ¿De qué otra parte podían sacar los metales preciosos en cantidades sorprendentes para trabajar en su transformación en joyas de ensueño?”. Más tarde, mucho más tarde, hordas de extranjeros barbados, conchabados con tribus traidoras de otros pagos, se adueñaron de las riquezas inagotables transformando a los dueños en vasallos. De esto, hace cinco siglos.”

Todas estas afirmaciones nacen y están respaldadas por cronistas españoles que –cada uno en su tiempo- nos dejaron sus testimonios. Pedro Cieza de León, Antonio Vásquez de Espinoza, Íñigo Ortiz de Zúñiga, Garcilaso de la Vega, Miguel de Estete, Agustín de Zárate, Pedro Sancho, Francisco de Xerez, y otros.

HA LLEGADO LA HORA

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Desde hace sesenta y cinco millones de años en que unas eclosiones colosales removieron las entrañas del planeta, nuestra tierra fue elevada a limites astrales en los que se encuentra actualmente. Somos la ciudad más alta del mundo. Ese fenómeno que pulverizó a los dinosaurios con la proliferación de terremotos, tsunamis, volcanes y explosiones colosales, acumuló en las entrañas de nuestra tierra la más grande variedad de minerales en cantidades verdaderamente colosales. (Hasta ahora, trabajándose todas las horas del día y de la noche, se ha sacado ingentes cantidades de minerales y, todavía hay más). Y cuando hace más de cinco siglos, los yauricochas –nuestros antepasados- comenzaron a trabajar el oro, la plata, el cobre y algunas aleaciones como los bronces -tanto de estaño como de arsénico- plomo, platino y mercurio, convirtiéndose en los más renombrados orfebres de toda la América hispánica, nuestro destino estaba prefijado. Con los españoles abrimos las minas en el corazón de la naciente ciudad y éstas, como un cáncer maléfico, han ido creciendo desaforadamente, engullendo en su avance todo lo hermoso que teníamos como hitos de vida. Llegado el momento, sin piedad de ninguna clase, ha ido envenenando la sangre de nuestros niños y nuestras mujeres a límites que ya no podemos tolerar. Es necesario retirar nuestra ciudad a un lugar que garantice la salud de nuestra gente. Es imperativo. El Cerro de Pasco debe trasladarse a un sitio cercano que las encuestas han determinado sea entre Villa de Pasco, Ninagaga y Vicco. Debe ser así. De esa manera se salvará la vida de nuestros niños y madres gestantes que diariamente a las 10 y 15 horas del día, absorben las diminutas esquirlas de pesados polvos metálicos que las explosiones esparcen, ocasionando serios trastornos de salud. Los científicos afirman que el 91% de nuestros niños tienen metales pesados en la sangre, especialmente plomo. Esto es criminal. Si queremos salvar el futuro de nuestros niños debemos acelerar el procesos de traslado. Cuanto más nos demoremos, más peligroso ha de ser. Por eso invocamos a las actuales autoridades de nuestra ciudad a fin de que posponiendo intereses de grupos o ambiciones personales, se pongan a trabajar conjuntamente para el éxito de este traslado. No vaya a ocurrir esta vez como en el pasado, que los aprovechadores y sabandijas que buscan ganar a río revuelto, empantanen las cosas para sacar provecho personal. No lo permitamos. Es necesario trabajar de inmediato para lograrlo y no esperar más tiempo. No debe repetirse lo que ha acontecido en Pisco después del terremoto del 15 de agosto. Un entrampamiento burocrático de lo más condenable ha empantanado la marcha de la solución. Ha transcurrido más de un año y casi nada se ha avanzado. No permitamos que ocurra lo mismo. Es imperativo que trabajemos de inmediato. En cuanto los cien mil quinientos millones de soles que se necesitan para el traslado, es el gobierno el que debe sufragarlos. ¿No ha recibido miles de millones de soles, producto de nuestras minas a lo largo de quinientos años de nuestra historia?. Es imperativo que el gobierno se responsabilice de esta inversión. Que exija a la compañía minera Volcan y las otras que operan en la zona por medios legales que corresponden que contribuyan con gran parte de este gasto. Total, ya libres de trabas técnicas, en el futuro podrán efectuar su trabajo con más libertad y resarcirse de los gastos que por el traslado efectúen. Es una inversión a largo plazo que se pagará con creces. Así como destina millones de dólares para entroncar una carretera transoceánica, o proyecta la construcción de la costa verde, en Lima, así nuestro gobierno debe solventar el gasto total del traslado. Tenemos todo el derecho para exigir que esto sea así. Se trata de la vida de nuestros hijos y la continuidad de existencia de la capital minera del Perú. Nuestros niños y nuestras mujeres nos lo agradecerán.