UNA SITUACIÓN MUY PREOCUPANTE

En una de las páginas de nuestro último libro, “Filones de Historia”, mencionábamos la noticia publicada en algunos diarios de la capital en la que se afirmaba que “47 niños de Cerro de Pasco recibirían atención médica especializada del Ministerio de Salud por presentar altos niveles de plomo en la sangre (…) Los exámenes para el dosaje de plomo, cadmio y arsénico serían realizados por el Instituto Nacional de Salud” (Julio del 208). El 07 de abril –por gestión directa de la congresista Gloria Ramos Prudencio- trajeron a Lima a la niña de cuatro años de edad, Thays Palma Carhuaricra, por presentar un peligroso cuadro de saturnismo con 120 microgramos por decilitro de sangre y la pérdida total del habla. Ayer, martes 21, se informaba que los profesionales del Instituto Nacional de Salud habían conseguido disminuir a 51.89 microgramos de plomo por decilitro de sangre. Una noticia que no termina de conformarnos porque el máximo que se puede tolerar es de 10 microgramos por decilitro de sangre. Ahora esperamos que la niña pueda recuperar el habla ya que, como lo han afirmado los médicos, no puede retornar al Cerro de Pasco porque su saturnismo se haría crónico con grave peligro para su vida. ¡Una niña de sólo cuatro años y ya ha sido exiliada de su tierra natal!. Este, como puede verse, es un letal aviso contra la salud de nuestros niños. Es una señal de alarma para que las autoridades terminen la reglamentación del traslado de la ciudad. En la demora está el peligro para la salud de nuestros niños. Invoco a la Central de Periodistas en actividad en Pasco a que presionen a fin de que el traslado se haga efectivo lo más pronto posible, caso contrario, tendríamos que seguir lamentando dolorosos casos como el que comentamos.

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La leyenda de la maca

la-maca“En la altiplanicie de Bombón que va de la Cima hasta las estribaciones del Nudo de Pasco, en extensión que supera las veinte leguas de Sur a Norte y un ancho promedio de cinco -de Este a Oeste- está la laguna de Chinchaycocha, la más alta del planeta. De ella brotan las corrientes cristalinas que extendiéndose hacia el extremo sur, conforman el legendario Mantaro. En su nacimiento son transparentes, heladas y de poca profundidad, pero a medida que descienden, alcanzan mayor calado al recibir el tributo de otros riachuelos con los que conforma el ubérrimo valle que lleva su nombre.”

“En aquellos tiempos –dice el códice- cuando los hombres andaban tras la caza nutricia por estas nivosas estepas de frío, emergía como un hito sobrecogedor, RACCO, el “Cerro Gordo”. Pero, no estaba solo, a su lado se elevaba otro, llamado Yacolca, su hermano, que por una desavenencia habida entre ellos, decidió retirarse a otro territorio cercano a Andajes, donde quedó asentado definitivamente. Desde entonces, Racco quedó solitario en territorio pasqueño, venerado como el dios bienhechor, proveedor de alimentos.”

“En esta pirámide trunca, misteriosa y enorme, está concentrado todo el magnífico poder de atávicas energías. Aquí residía, por ser principal paccarina, Libiac Cancharco, el dios trueno devastador y Yanamarán, su esposa, la diosa lluvia, surtidora de aguas de ríos y cochas; los acompañaban sus hijos: Chuquilla, el rayo; Catuilla, el relámpago; Libiac, el trueno, Úchuc Libiac, el resplandor. Eran tiempos remotos en los que aún no habían llegado los extranjeros barbados, ni siquiera las tribus de los Yauricochas, ni los Pumpush, ni los Tinyahuarcos, ni los Yanamates, ni los Yaros.”

“Esta legendaria pareja ancestral, premunida de poderes omnímodos, gobernaba la vida de los primeros pastores lugareños. Los cóndores, amos y señores de las alturas -sus vigías- controlaban el cumplimiento de costumbres establecidas por los ancianos. Debían depositar en apachetas, cavernas y depresiones, resguardadas de la agresión del clima, sus ofrendas votivas. Jamás a nadie, se le ocurrió incumplir el tácito mandamiento. Nadie podía fallar. Los jircas y cóndores vigilantes, denunciaban desobediencias y deserciones. El castigo por incumplimiento era terrible. Chuquilla, con estrépito impresionante remecía la tierra tras el zigzageante latigazo luminoso de Catuilla, el relámpago. Todo temblaba. Los pastores que habían corrido en busca de abrigo en los roquedales, permanecían silenciosos, aplacando con su coca el terror que los invadía. Los sorprendidos en la llanura quedaban estáticos en el mismo lugar. Pastor, perros y animales, permanecían inmóviles, soportando la inclemencia que Yanamarán prodigaba. Si se movían de un lugar a otro, atraerían sobre sí la furia de relámpagos, rayos y truenos que fulminan. Los infieles caían exterminados, convertidos en cenizas.”

“Esto lo saben los hombres desde pasados milenios. Racco ha revelado a través de los ancianos, los castigos para quienes se atrevan a incumplir las leyes. Así –asegura el Códice- hace miles de años, cuando el mundo estaba todavía en tinieblas y opalinas claridades destacaban los perfiles del paisaje, ocurrió el primer cataclismo que Libiac Cancharco, Yanamarán y sus hijos, desataron. Pesados mastodontes de andar cansino y amenazante, fieros megaterios de espectrales y demoníacas figuras, cayeron chamuscados por la ígnea reventazón de truenos horrorosos que hacían trepidar la tierra; los ciervos gigantescos, la paleollama, antecesora de los camélidos y los salvajes sachacaballos de entonces, cubiertos de lana y cerdas, que deambulaban en manadas espantadas, cayeron también junto con el salvaje predador, tigre dientes de sable. Los dioses habían desatado sus arrebatos incontenibles. Días y noches ilimitados ocasionaron una tormenta de inclementes proporciones. Los cielos se agitaron en convulsiones mortales dejando abierto un inagotable surtidor de agua que los siglos jamás volvieron a ver. Rayos, truenos y centellas, castigaban las llanuras entre los patéticos gemidos de los monstruos agonizantes. Pronto, el turbión que desgarraba los cielos, se convirtió en torrenteras incontenibles que arrastraron todo lo que encontraba a su paso. Incapaces de mantenerse en pie, los monstruos resbalaron como pequeñas piedras sin destino; arrastrados como briznas insignificantes. Para nada les valió garras, cuernos ni colmillos gigantescos. Desaparecieron como por encanto. Desde la cumbre del mundo fueron arrastrados a valles inferiores y playas remotas donde, finalmente, sus huesos se calcinaron en inmensos arenales. Arriba, quedaron sólo lagos y lagunas esparcidos en grandes extensiones. Desde entonces, de los manantiales de las alturas, ríos torrentosos desembocan en los océanos regando las tierras bajas donde florece la vida siempre renovada. Así, al noroeste del Nudo de Pasco, en el flanco septentrional del nevado de Raura en la cordillera de Huayhuash, se origina el río Marañón que en sus orígenes recibe los desagües de las lagunas Niñococha, Santa Ana y Lauricocha; al suroeste, nace su mayor afluente que en su nacimiento se llama Rauracancha, luego Blanco; más tarde, impetuoso a medida que desciende, Chaupihuranga. Éste, al juntarse con el Huariaca, forma el majestuoso Huallaga. En territorio Pumpu –parte occidental- nace el legendario Mantaro que, discurriendo paralelo a la costa del Pacífico, fecunda tierras de Tarma, Yauli, Jauja, Huancayo y Tayacaja. Como éstos, incontables manantiales, descendiendo por sus laderas, llegan a formar numerosos ríos”

“Tuvo que pasar mucho tiempo –“Nieves de nieves”- para que la tierra volviera a poblarse. Apenas se insinuó la floración de los pastos, aparecieron junto con el hombre, llamas, alpacas, vicuñas y guanacos de espesos y abrigadores pellones; ágiles tarucas y venados de cola blanca; inquietas vizcachas que en los atardeceres asomaban a la entrada de sus madrigueras para gozar de los postreros rayos del sol; también los pequeños mamíferos –ojitos de pedrería-: los cuyes, animalitos ligados a la vida del hombre de estas alturas; compañero y alimento de su vida. Establecido el hombre sobre los Andes, los dioses, muy conmovidos, decidieron impulsar su existencia, impulsándola a prosperar. Conscientes de su misión, decidieron poblar esta meseta cuyos confines se perdían en lejanías inalcanzables, con hombres y mujeres cuya descendencia la cubriera de vida. Establecieron aquí una raza poderosa con caracteres inconfundibles, precisos e irreversibles, que domeñaran la elevación, la soledad y el pasmo del frío. Una raza con una personalidad única en su morfología, en su fisiología y en su genética; en su salud y en su enfermedad; en las actitudes espirituales, en la guerra, en la organización social, en su vida y en su muerte; puso sobre este páramo, a la Raza Cósmica de los Andes. Hombres y mujeres de pulmones enormes para poder absorber la escasez del oxígeno vivificante; un corazón incansable que hiciera circular pródiga la espesa sangre morena por su cuerpo broncíneo; tan poderoso que pudiera vencer fácilmente el fantasma de la fatiga. Así y desde entonces, estos seres notables tienen un rendimiento muscular, dos, tres y hasta cuatro veces superior al de los pálidos habitantes de las costas y los llanos. Eso sí. Así como los quinuales se revisten de cuantiosas películas para soportar los rigores del clima, la mujer deberá usar numerosas polleras que resguarden con abrigo su fecunda matriz, generadora de vida.”

“Transcurridos los tiempos, la Raza Cósmica pobló con creces la estepa de pastizales verdes donde vagaban abundantes rebaños de animales primitivos que les sirvió de alimento. En las paredes de las cavernas –sus moradas- dejaron el testimonio de sus audaces proezas cinegéticas. Muchos años adelante, los domesticaron y convivieron con ellos, sirviéndoles de sustento nutricio; sin embargo, Racco no estaba contento. Se encontraba muy preocupado. Su raza no podía depender solamente de la carne. Tenía que ingerir vegetales tonificantes que fatalmente aquí no se daban. En este ventisquero, castigado por vientos helados y eternos, donde no brotaba planta alguna, y los cerros y llanos son pelados, cubiertos con solamente “ichu” y “ocsha”, gramíneas primitivas, se hacía imperativo hacer un milagro. En uso de los poderes que le había conferido el Jirca Yaya, decidió hacer germinar un fruto que no solamente los alimentara, sino también los hiciera fuertes, poderosos y fecundos. Formó una semilla amasada con nieve, rayos de sol, minerales –muchos minerales- y luminosos reflejos del arco iris; pero como el fruto debería ser fuerte y resistente para poder vivir en estas alturas, convocó a las deidades lugareñas, LIBIAC CANCHARCO, el imponente trueno y, YANAMARÁN, la lluvia. Ambas le dotaron de existencia. LIBIAC CANCHARCO, le insufló un poderoso soplo de vida con el estrépito de un trueno que remeció los Andes y una culebrina de terroríficos ramificaciones que hizo trizas la oscuridad de los cielos. YANAMARÁN, poniendo en juego toda la gama de variantes pluviales, la regó con la delicada sutileza del rocío, con la suavidad de la nieve, aguanieve, nevazones y ventiscas; la sometió a la furia descontrolada de la pedrisca de granizadas implacables; la puso bajo la rigidez de la escarcha y su dureza helada; le enseñó la variedad de un calabobo, un chaparrón, un chubasco y las insufribles trombas de agua. Doce meses después –de la siembra a la cosecha- culminó el prodigio. Venciendo los duros contrastes de temperaturas que dominan estos niveles, inmenso frío, heladas nocturnas y la insolación quemante de los mediodías, apareció sobre la faz de la tierra, el fruto mágico: la Maca. Allí estaban para anunciarlo, esparcidas a ras del suelo, triunfantes como verdes penachos, los florecidos manojos de sus arrosetadas hojas. Había sucedido un prodigio en estas alturas, un verdadero milagro. Desde entonces, sólo en estas comarcas, depósito de toda suerte de minerales, puede germinar esta planta, poderoso compendio de hierro, calcio, yodo, fósforo, potasio, manganeso, magnesio, zinc… alimento excepcional para hombres y mujeres vigorosos.”

“En el comienzo de la vida, siete sacerdotes subidos de otros tantos lugares feraces, rendían pleitesía a Racco, antes de la siembra de la maca. Gritando desaforadamente a los vientos de los cuatro puntos cardinales, invocaban siete veces a las deidades. Ajustando cuentas, los ancianos aseguraban que las siete invocaciones por los cuatro puntos cardinales, arrojaban la cifra 28, que corresponden a los veintiocho días que componen el ciclo lunar. Si no cumplían con esta costumbre, inconmensurables trombas de aguas borraban todo vestigio de vida. Torrenteras arrolladoras se encargaban de ello. Caso contrario, soles quemantes convertían en cenizas los pastizales y verduras de los valles. Ninguno de estos castigos quieren los hombres, por eso, siempre obedientes, dejaban sus ofrendas a los jircas para que no se enojen”.

“Actualmente, los agradecidos campesinos, efectúan significativos ceremoniales para la siembra de su semilla. Con hermosas melodías de quenas, antaras, pincullos y tinyas, entierran una piedra un tercio de largo -denominada “huanca”- que representa a Racco, rodeado de un manojo de ichu doblado en dos, con las puntas dirigidas a la superficie. Para que la semilla aprenda a crecer, la entierran con la PITACOCHA (una papa traída de los valles cálidos y partida en dos), junto, a unos panecillos denominados PARPA y TANTALLA; abundantes mazamorras, llamadas TICTI, exuberantes hojas de coca y chicha en profusión. Todo esto pidiéndole a sus dioses ancestrales, prodigalidad y buena calidad en la cosecha”

“Cumplido el año, cosechan el fruto portentoso, parecido al rabanito, con colores que el arco iris le ha dado: amarillo, morado, blanco, gris, y matices intermedios; la suavidad transmitida por los ampos de nieve; la dulzura de la chicha; el intenso calor del sol de las alturas, concentrado en su cuerpo y le permite combatir con eficiencia males respiratorios, dolencias reumáticas y deformaciones del bocio. Pero lo más notable de este fruto altamente revitalizador, es su increíble poder fertilizante, amalgamado por los poderosos minerales de la Pachamama, fundidos por los atronadores ramalazos de Libiam Cancharco y regado por la generosa Yanamarán. Es tanto que los jóvenes –hombres y mujeres- en tiempos aurorales estaban prohibidos de ingerirlo por su enervante potencia genética que llegaba hacerlos lujuriosos. En cambio, los casados sí podían degustarlo. Los hacía los amantes más ardientes y perennes. Lo que el fruto toma de la tierra –la chacra debe descansar siete años para volver a producir- se los da a los hombres y mujeres. En estas cósmicas regiones no se conoce la esterilidad ni la impotencia. El milagro es del fruto mágico de los dioses: LA MACA.”

DONDE CAYÓ UNA ESTRELLA

goyllarisquizga1Al comenzar el siglo XVI, el impetuoso reino de los Yarollacuaces –notables pastores de aquellos tiempos- se extendía por las inconmensurables soledades de la zona que actualmente ocupa la provincia de Daniel Alcides Carrión del departamento de Pasco. Sus confines se extendían por el norte hasta colindar con los Yachas y Chupachos; por el sur, con los Yauricochas; por el oeste, con los Huancho y, por el este, con la exuberante y verde zona del Rupa-Rupa, dominio de los Panataguas.

En esta inmensa estepa jalonada de jalcas, pacían los abigarrados hatos de llamas, alpacas, huanacos y vicuñas que utilizaban para su alimento y el trueque. Tenaces trabajadores y valientes guerreros tenían sus viviendas circulares hechas de piedras superpuestas formando barrios unidos y colindantes.

En las estrelladas noches de luna, cansados por las interminables caminatas diarias del pastoreo, se sentaban a sus puertas abrigados por el reconfortante calor de las fogatas familiares a degustar la cálida compañía de la coca y charlaban fraternalmente acerca de lo ocurrido en el día. Horas enteras se pasaban contemplando el reverbero de los luceros, que en ningún lugar como aquí, se puede admirar en toda su majestad. Cuando el cansancio doblegaba sus músculos, se sumían en el dulce sueño reparador del descanso.

Cuentan que una noche cerrada, en la que apenas si podía distinguirse el brillo de las distantes estrellas, vieron aterrorizados que de la negra lejanía, una estrella cada vez más brillante y veloz se acercaba amenazadoramente a la tierra. Con los rostros demudados y los ojos desmedidamente abiertos; hombres, mujeres y niños, contemplaron que al aumentar sus dimensiones, emitía estremecedores y chispeantes reflejos. La masa candente y pavorosa que en brevísimos instantes había cortado el horizonte, chocó con la tierra con una apocalíptica explosión con efectos tan violentos como la vibración de mil terremotos. En ese instante, una columna de humo de fantasmagóricas proporciones se elevó por los aires, pudiéndosele ver a centenares de leguas a la redonda. Simultáneamente, una serie de truenos espantosos rasgaron los aires irradiando una corriente calorífica en tres gigantescas ondas expansivas que arrojaron a los hombres, animales y piedras como si fueran minúsculos granos de polvo. Como una condensación del aire, la tierra y los escombros levantados, se formaron enseguida unas nubes plateadas y espesas que hicieron llover sobre la región una insólita lluvia misteriosamente negra. Casi enseguida, otras nubes colosales invadieron el cielo serrano despidiendo una encandilante luz de belleza excepcional y notables efectos crepusculares. Irradiaciones carmín, verdeamarillentas y rosas iluminaron la noche como si fuera el más luminoso día de verano estepario. Los destellos del fuego habían generado unos segundos de insoportable calor que llegó a derretir la gruesa escarcha en una considerable profundidad y chamuscó violentamente los pastos y las piedras. Era increíble lo que estaba ocurriendo. Estremecidos por la explosión y armándose de valor, los más curiosos habitantes se acercaron al lugar del estallido. Comprobaron que en muchas leguas a la redonda se encontraban diseminados los chamuscados cadáveres de decenas de hombres y animales. Cuando llegaron al centro de la zona calcinada, quedaron estupefactos. Un cráter espectral de vasta amplitud y considerable profundidad mostraba unas paredes cuyas piedras, al quemarse, se habían derretido hasta alcanzar un brillo de inusitada negrura. Al fondo, la enigmática masa negra, porosa y brillante, humeaba rendida.

Juzgando de mal agüero el boquete abierto, bautizaron a este lugar con el nombre de CCUYLLURISHQUISHGA, es decir: “Donde cayó una estrella”, y compungidos se alejaron. “Aquí reside la muerte” – dijeron. Más tarde, transcurrido muchos soles y muchas nieves, cuando del pasto chamuscado nació la hierba nueva, los resignados nietos se avecindaron en esta zona que tiene como linderos y señales a los cerros de Puyuaypunta; Gashapunta, Cachuchapunta, Sal y Rosas, Cruzpunta, Guillenpunta; y finalmente Nazareto, en donde reverentes, ya en épocas recientes, colocaron una cruz de mayo con la divina imagen del Nazareno.

Poco a poco las generaciones fueron olvidando la hecatombe y cuando en enero de 1834, don Manuel Bermúdez comienza a explotar el carbón, las familias se agrupan en los diferentes barrios goyllarinos; la Gasha, Pampa Verde, Chapur, Chivato, Curohogo, Siete Estufas, La Estación y Goyllar Viejo.

Sin embargo, los más viejos no han olvidado que en las entrañas profundas de Goyllarisquizga, la muerte ha fijado su reino de sombras y está solamente dormida; por eso –dicen- cuando periódicamente despierta enojada, hace estremecer sus entrañas sepultando a los hombres que se atreven a explotar sus riquezas.

Sólo así queda tranquila.

Gamaniel Blanco Murillo (Mártir obrero)

gamaniel-blanco-murilloLos eléctricos latigazos de las tormentas, las lluvias inmisericordes y la silenciosa persistencia de la nieve, amainaban para mayo. En las capillas colmadas de cadenetas y quitasue¬ños, los fogonazos de petardos y el triquitraque de los cohetecillos, alegraban a la gente fiestera del pueblo. Era la conmemoración anual de las cruces. En Huancapucro, San Atanasio, Cu-rupuquio, San Cristóbal y Uliachín, rondallas danzarinas de chunguinos con sus atuendos de plata y pedrería; bembones y elegantes negritos de Huánuco; decré¬pitos bailantes de “Auquish Danza”; atrabiliarias comparsas de “Chunchos” de caretas de madera, con lanzas, flechas y macanas guerreras, bai¬lando en homenaje al Santo Madero. El tercer día de aquel mes de mayo de 1907, nacía Gamaniel Blanco Murillo, hijo de Desiderio Blanco, natu¬ral de Dos de Mayo y Juana Murillo, del asiento minero de Vinchos. El acontecimiento quedó registrado en la Partida Nº 397 de libro de nacimientos de la Municipalidad del Cerro de Pasco. A insistencia de la madre, le pusieron el mismo nombre del hermanito muerto de pulmonía al nacer en 1934.

Sus estudios primarios, como todos los niños pobres de su tierra, los realizó en la única Escuela Municipal que funcionó bajo el amoroso rigor de dos insignes maestros, Ángel Ramos Picón y Antonio Martínez. Ellos mo¬delaron su espíritu acucioso e inconforme. Él lo reconocerá más tarde. Por especial pedido de estos patriarcas magistrales, Gamaniel se inclinó por la docencia y, tras recibir la preparación correspondiente rindió brillantes exámenes que lo facultaban a ejercer el magisterio en calidad de PRECEPTOR.

Como era de esperarse, la Escuela Municipal que lo formó, fue la que lo recibió como flamante maestro. En este plantel que, andando los años, sería numerado con el 491, derramó toda su inquietud y su amor por la niñez. Aquí fue modelando el espíritu y el carácter de sus alumnos que, en reciproci¬dad, le otorgaban su cariño y respeto reverentes. Su labor proficua y ejemplar no se circunscribió a las cuatro paredes del aula, no; la extendió al pueblo todo. Se valió de periódicos, de conferencias, conversato¬rios y todos los medios a su alcance para nutrirlos con su talento. Fundó la Brigada de Boys Scouts, donde los niños efectuaban una acción positiva diariamente. El mismo, secundado por sus discípulos, se inscribe en la Liga local de Fútbol y Atletismo. No sólo había que nutrir el espíritu de los hombres, también era imperativo fortalecer sus cuerpos.

En los periódicos y revistas que hemos rastreado para escribir la historia de su vida, hallamos que Gamaniel era poeta de exquisita sensibilidad y lleno de calor humano; un periodista combativo que emerge el año de 1925, en octubre para ser precisos, cubriendo la información de aquella maravillosa hazaña que realizaron Teobaldo Salinas, Manuel Oyarzábal, Juan Manuel Beloglio y cuatro jóvenes más. En un heroico “Ford T” de aquellos años, trazaron la ruta titánica por donde se ha construido la carretera Cerro de Pasco – Lima (Vía Canta). En aquella oportunidad, Gamaniel, de dieciocho años, nos hace el registro de la odisea, día a día, constituyéndose en un extraordinario testimonio de las peripecias, las frustraciones y la lucha que desarrollaron aquellos esforzados pioneros. Noso¬tros la publicamos en LA TRAVESIA.

Todos los periódicos cerreños acogen sus versos cargados de emotividad lírica que trasuntan claramente las inquietudes de su alma juvenil. Casi todas sus creaciones iniciales son de rendido homenaje a la tierra que lo viera nacer.

Afincado en Morococha, entabla amistad con los más connotados luchadores de aquel lugar como Adrián Sovero. Fruto de su inquietud, utilizando el seudónimo de “Alcides Marín” publica: APUNTES MONOGRAFICOS DE MOROCOCHA, y la obra Teatral, GLORIA A LA MADRE

Así llegamos al año de 1928, en que¬ el notable pensador peruano, José Carlos Mariátegui, publica en AMAUTA y LABOR, las cartas de Gamaniel Blanco – su corresponsal-. Las denuncias del líder sindical son acogidas por Mariátegui y las respuestas de éste, van a acentuar el espíritu indomable y rebelde de Gamaniel que, con más demuedo, lucha por conseguir la reivindica¬ción de los obreros mineros.

Como para seguir la batalla, era necesario despertar la conciencia dormida de los obreros, con su verbo de poeta y el ímpetu de su juventud, conmueve a los hombres instándolos a organizarse. Se constituye en uno de los primeros profesores de Educación Sindical que lleva su voz de justicia a Goyllarisquiz¬ga, La Oroya, Casapalca, Morococha y otros centros obreros que reciben su palabra con admiración y respeto, sumándose a la caravana de luchadores. Ese año funda, con otros combatientes, el Sindicato de Morococha. Allí inicia la primera huelga organizada porque la Compañía había rechazado el Pliego de Reclamos, sin-tetizado en los siguientes puntos: Aumento de Salarios; supresión del sistema de contratos; cumplimiento de la jornada de ocho horas; que el médico del hospital en que se atendían los obreros, ha¬ble castellano y no sólo inglés.

Recordemos que todo esto sucede al inicio de la gran crisis capitalista y, una vez surgida ésta, las condiciones de vida empeoraron para los obreros. Todo el Perú, especialmente el centro, está enardecido. El peso del capitalismo era descargado con fuerza cada vez mayor sobre el movimiento obrero y popular. Es¬to entonó las movilizaciones. “A lo anterior debía añadirse la alta concentración laboral del proletariado minero: cerca del 30% trabajan en la sierra central en los campamentos de la Cerro de Pasco Corporation. La mayoría de operarios procedían del valle del Mantaro, escenario de una importante movilización regional cuando los campesinos que sufrieron los efectos devastadores del humo y el relave de la fundición de La Oroya, apoyados por la burguesía mercantil local, por intelectuales como Nicolás Terreros, e incluso por un equipo de técni¬cos, emprendieron una serie de reclamaciones contra la empresa norteamericana. Aunque ubicado en cauces legales, fue un movimiento de gran envergadura que consiguió imponer a la empresa el pago de algunas indemnizaciones a los propietarios del valle. De esta manera, en la región central, a la vez que surgía el proletariado, se formaba un movimiento de claro perfil antiimperialista, todo lo cual acrecentaba la importan¬cia del proletariado minero
(FLORES GALINDO, Alberto – LA AGONIA DE MARIATE¬GUI- 1980:77).

El 12 de noviembre de 1930, se inaugura el Primer Congreso Minero del que iba a salir la Federación, siendo el principal organizador de este certamen, Gamaniel Blanco Murillo. Pero aquí comienza la represión. Al día siguiente, aprovechando la oscuridad de la noche, los dirigentes son arrancados de sus hogares y en la madrugada enviados al Frontón conjuntamente con los Delegados que se habían hecho presentes. Con el fin de amedrentar a los mineros que quedaban, el prefecto Santiváñez viaja a Morococha, a dirigir personalmente el operativo de detención de los líderes sindicales con Gamaniel Blanco a la cabeza. Ya en la plaza de Morococha- nos relataba don Juan Cortelezzi, compañero y amigo de Gamaniel allí presente-, envalento¬nado levanta la voz y en forma descomedida recrimina a los obreros asistentes; Gamaniel que allí se encontraba, pi¬de a sus compañeros que lo levanten en hombros y valientemente replica al militar entre los aplausos del pueblo. Terminada esta osada actitud se retira a su escondite; pero aquí surge la figura del Judas, que siempre está presente en la vida de los grandes hombres. Como no podían dar con el escondite de Gamaniel; el Prefecto llama a los capataces mineros y en la oficina de la Superintendencia les dice:
–Miren, lo único que el Gobierno quiere, es apresar a Gamaniel Blanco que es el causante de todos estos desórdenes ocurridos en el centro de nuestra patria. Y como sospechamos que alguno de ustedes sabe en dónde se ha escondido, vamos a recibir la información en el mayor secreto posible y, el que nos señale el lugar donde se encuentre escondido, será ascendido inmediata¬mente en la Compañía, aumentándosele el sueldo. Por supuesto, na¬die se enterará de este acuerdo porque será hecho en el mayor secreto.

Al día siguiente – sigue contándonos don Juanito Cortelezzi – tocaron a la puerta del “gringo” y se presentó el traidor, un tal Ponciano Leyva, que pedía hablar con el Superintendente y con el jefe Militar a quienes dijo:
–Esperando que cumplan con lo que han prometido, les voy a decir que Gamaniel Blanco está escondido en los altos de una casa en Morococha Vieja – En un papel dio los más mínimos detalles.

Después de proporcionar las señas correspondientes, el delator se retiró y, al momento una patrulla policial lo encontró en la troje de la casa de un obrero. De allí lo sacaron a culatazos y lo ataron para embarcarlo inmediatamente a Lima, de donde fue enviado al Frontón. Era el 10 de noviembre de 1930.

Cuando el delator se enteró del apresamiento de Gamaniel, se apersonó a la oficina del Superintendente a reclamar su ascenso y aumento de sueldo prometidos y se encontró con esta sorpresa. El gringo, indignado le dijo:
–Mire, si usted ha sido capaz de traicionar y delatar a un hombre que, acertada o equivocadamente, está luchando por ustedes. ¿Qué puedo esperar yo que soy extranjero y no soy amigo de los obreros?. Así que, en este momento queda usted despedido y tiene dos horas para que abandone Morococha, y si se resiste, yo haré conocer que usted es un vil delator y, lo que más le conviene es irse. A la puerta de su casa hay dos camiones para que transporte sus “cosas” (Relato de don Juan Cortelezzi Martel, compañero y amigo de Gamaniel Blanco).

Cuando la noticia del apresamiento se publica en los diarios de lucha del país, las voces de connotados líderes y periodistas cerreños se hace escuchar a los cuatro vientos. La voz enérgica de Miguel de la Matta; la indeclinable protesta de Andrés Urbina Acevedo, de Augusto Gayoso Picón; de los líderes de Morococha, La Oroya y del resto del Perú.

Transportado fuertemente custodiado al Frontón, es recibido con muestras de simpatía por los presos políticos que Sánchez Cerro había enviado a la isla. Por directa y especial disposición del tirano, el Director del Frontón, Hernando Arnáez Morla, el Subdirector, Ildefonso Torrico y el jefe de la Guarnición, Tenien¬te Edmundo Bazo, orquestan las torturas y vejámenes contra el joven luchador. Para que la orden presidencial se cumpla, Edel¬miro Portugal, sanguinario esbirro del “mocho”, viaja al Frontón a dictar las disposiciones criminales.

Durante el día, Gamaniel era sepultado vivo en una estrecha celda de cemento, sin luz y casi sin aire; condenado a dormir sobre el frío cemento, recibiendo una sola ración de la inmunda bazofia al día para que se alimentara. Al promediarse el mediodía, castiga¬ban su cuerpo desnudo con enormes varas de goma hasta que perdiera el conocimiento. Al atardecer era llevado a la “lobera”, una caverna ubicada casi a nivel de mar, esculpida en la roca dura. Aquí lo engrillaban de pies y manos y lo dejaban, de pie. Al atardecer, la marea subía y, llegada la noche, ya le llegaba al mentón y, claro, no obstante el frío, tenía que luchar contra el acuciante sueño que si le vencía, irremediablemente moriría ahogado. Al día siguiente, cuando la marea bajaba, los custodios lo sacaban temblando de frío, rendido de sueño y con las huellas de los mordiscos de las alimañas del mar, y lo tiraban a la playa de donde los luchadores encarcelados lo recogían, le daban café caliente y lo hacían dormir, pero él, presa de terribles pesadi¬llas, despertaba convulso y afiebrado, estremeci¬do de temblores horrendos. Así, hasta que bien entrada la mañana, nueva¬men¬te lo llevaban a encerrar en su celda especial. A¬sí, diariamen¬te. ¿Cuántas veces sus lágrimas no se habrán mezclado con las salobres agua del mar?. Llanto de rabia, de impotencia, de furia ante tanto abuso.

En las páginas de LOS ANDES del año de su muerte, se publica la siguiente creación. En ella podrá apreciarse claramente que en él se fundían claramente, de un lado la exquisita sensibilidad del poeta que más de una vez puso de manifiesto en sus versos; del otro, la bravura del joven luchador que sin ápice de cobardía hizo frente a tantas dificultades que encontró en la vida. En él se fundían entrañablemente. La dulzura y pasividad de un cordero ante la inmolación y la bravura del león que no se rinde ni herido. Leamos

«Amoroso y tierno niño que me escuchas, voy hablarte del ser que más queremos en el mundo.
–¿Cuál es? – será tu pregunta – pero ante mi respuesta permanecerás callado y meditabundo. Pues mi conversación trata sobre lo que es la MADRE.

La madre, niño, es el amor de nuestros amores; el don más preciado de la vida; el santuario del ideal más noble, bello y grande; la felicidad y el contento del hijo. Eso es la madre; eso es la mujer autora de nuestros días.

El niño y el hombre, aman a su madre con fervor muy grande, con toda la devoción de su ser, con todo el amor de sus entrañas. E¬lla vela por el hijo con cariño más puro y virginal: ora acariciándolo en horas de placer besando con sus santos labios la frente del tierno infante; ora meciéndolo en sus brazos al ritmo de sus trovas infantiles, para proporcionarle alegría al corazón de su hijo; ora dulcificando las horas de tristeza y llanto, que muchas veces suele tener el niño, con sus palabras tan dulces y armoniosas que brotan a raudales del fondo mismo de su corazón; ora cuidándolo desconsolada en las negras noches de dolor- si alguna desgracia sucede a su querido hijo- colmándolo de caricias y procurando así, curar sus dolores con el remedio santo de su amor; ora inculcando ejemplos de bien para todos sus semejantes; ejemplos de amor, de bondad para con los anima¬les, plan¬tas y demás seres creados por la naturaleza.

Las caricias de esa mujer que debemos llamarla bendita, son más dulces que el néctar de las flores primaverales; más ambicionadas que todas las dichas que se pudieran conseguir en el camino de la vida.

Ella participa de nuestras alegrías, de nuestros sufrimien¬tos; ella lo sabe todo. Por eso, cuando el hijo llora, llora también ella; cuando el hijo está alegre y ríe, el corazón de la madre es un santuario de gozo. ¿Por qué será esto?. Todo esto sucede porque ella ama, no con el amor ficticio ni pasajero, sino con el amor duradero y grande, con la misma esencia de ese don querido. En todas las épocas, en todas las edades, el hijo invoca el sagrado nombre de su madre. Niño amoroso: ama a tu madre con el fervor sagrado de tus entrañas; quiere la con toda tu alma, porque cumplir con ese deber, es cumplir con la ley más bella que Dios ha impuesto a los hijos. La madre nunca dice una mentira, nunca engaña; habla en todo momento palabras desnudas de egoísmo.

El amarla no sólo consiste en demostrar cariño, no. El amarla consiste, principalmente, en cumplir sus mandatos, obedecer sus consejos. Aquellos niños que no obedecen los consejos maternales, viven a su manera y con el transcurso de los años se constituyen en seres nocivos a la sociedad y a la patria, lo contrario sucede si el hijo es obediente, pues, en sus futuros días será la honra, el estímulo, la satisfacción de todos. Para su madre, será una gloria infinita. Por eso niño, mi consejo para ti es: Ama a tu madre, cumple sus consejos y labrarás la felicidad de tu futuro.

Gamaniel Blanco Murillo.

Como puede verse, Gamaniel Blanco Murillo amaba a su pueblo, amaba a su madre; sus rasgos de lucha demuestran claramente el enorme amor que profesaba a sus compañeros de infortunio, los obreros. Durante lo mejor de su juventud se había entregado abiertamente a la lucha por la consecución de las mejoras dignas para los mineros, sin embargo, aunque parezca mentira, uno de los teóricos del partido comunista, un tal Martínez de la Torre, en una carta enviada a Del Prado insistía en “formar inmediatamente células adheridas al Partido, que trabajen bajo la dirección del mismo. Si antes se había hecho el trabajo a partir de los dirigentes sindicales y respetando los planteamientos de éstos por más que pudieran parecer oportunistas; ahora se busca limpiar la organización de la influencia pequeño burguesa y chauvinista, procurando que en la dirección estén solamente los auténticos que demuestren un firme sentido de clase y una gran voluntad de acción, para lo cual hay que deshacerse de los pequeño-burgueses como Gamaniel Blanco y Adrián Sovero (…) la labor más interesante en este instante es demostrar a los camaradas mineros que no es un problema de nacionalidad sino un problema de clase. La explotación en las minas es un fenómeno netamente capitalista, completamente independiente de la religión, raza o país. A los mineros tiene que serles indiferente que el que extraiga la plusvalía sea la Cerro de Pasco Copper Corporation o el señor Proaño. La lucha se plantea, pues, para ellos, en un definido terreno proletario y por consiguiente de lucha de clases”

Como fatalmente puede deducirse, ya Gamaniel no les servía a estos teóricos de pacotilla. Lo que buscaban eran autómatas asesinos que obedecieran a pie juntillas sus órdenes. Estos huidizos “luchadores”, traicionaron las más grandes aspiraciones de un hombre que, en todo terreno, los superó como luchador y como líder. Transcurridos los años, -lo hemos visto- la sangre y el sacrificio de Gamaniel fue capitalizado por estos traidores que postularon a cargos gubernamentales de la nación, felizmente sin éxito alguno. Bueno, sigamos.

Pocos hombres habrán sufrido como Gamaniel Blanco Murillo. Po¬cos habrán soportado el lacerante odio de sus carceleros por su amor a la justicia; por su indesmayable amor a los obreros, por su irrenunciable postulado de lucha. Por la traición infame de quienes debieron respaldarlo siempre. Las salvajes palizas diarias que le propinaban, sus nocturnos cautiverios en la “lobera”, su hermético encierro, no pudo ser resistido por su castigado cuerpo. A¬quella aciaga mañana del 16 de abril, al cumplirse justamente el primer aniversario de la muerte de su maestro José Carlos Mariátegui, moría en la carceleta del Hospital Guadalupe del Callao, arrojando con los últimos vestigios de la generosa sangre de sus pulmones, el último grito de rebeldía que en su vida había sido su norte. Era la madrugada del 16 de abril de 1931. Moría en la flor de la vida. Estaba por cumplir 24 años.

Inmediatamente, para ocultar el crimen, lo envolvieron en una sábana y, como una última limosna, lo entregaron a sus amigos para que lo enterraran. Su cuerpo está sepultado en el Cementerio Baquíjano, pero, desde aquel día, en cada recoveco de la mina, en cada galería poblada de lamentos, en cada espalda sudorosa y maltra¬tada, hay un luminoso canto de justicia prendida en cada uno de los corazones mineros. El no ha muerto.

El monumento más grande que le ha erigido su pueblo lo constituye el Instituto Superior Pedagógico que lleva su nombre. Un sagrado lugar donde diariamente, en la lección tenaz y el esfuerzo fructífero, se está preparando la juventud que él tanto amó. No hay mejor monumento que éste, estoy seguro, donde la juventud le rinde diaria pleitesía luchando por una mayor justicia entre los hombres.

En la edición del 18 de abril de 1931, en LOS ANDES, la pluma flamígera y siempre valiente de Andrés Urbina Acevedo, dice:

ADIOS AMIGO
(A la augusta memoria del intelectual cerreño, Gamaniel Blanco, muerto en el Frontón, víctima del imperialismo).

¡Un golpe rudo y fiero acaba de asestarnos la fatalidad!…. ¡No solamente la crueldad de los “hombres contra los hombres”, sino también el destino, se presenta contra nosotros!.

Más… ni el dolor agudísimo que tortura nuestro espíritu por el alejamiento eterno del hermano, ni todos los despreciables obstáculos juntos que, cual estropajos arrojados en nuestro sendero de libertad, han de arrancarnos jamás una lágrima cobarde, ni un quejido de humillación de impotencia,… no… Por eso, ante la desaparición del noble compañero, y destacado cerreño Gamaniel Blanco, que con su pluma depuradora y sin mancha estigmatizó siempre a explotadores y mandones, colocamos en las columnas de la prensa, con caracteres que jamás desaparecerán, la ¡maldición eterna sobre aquellos culpables que sumisos a sus malvados instintos, precipitaron el final de una vida útil, mil veces más prometedora de grandezas para este fatal Perú que la de sus gratuitos enemigos, de cuyas consecuencias, si es que lo conservan, no podrá apartarse jamás el índice acusador de la ineludible justicia que más tarde o más temprano, ha de llegar a su fin. Por eso con todas las rebeldías de nuestra alma libre, que fueron las mismas de Blanco, lanzamos la más dura imprecación contra ese mismo destino, que hoy nos es fatal.

¿Cuánto tiempo todavía hemos de mirar los insultantes e irónicos cuadros de la injusticia social que presenciamos mientras allá, en las mazmorras del Frontón?, Donde fuera recluido por la dictadura sanchezcerrista, muere asesinado Gamaniel Blanco, como lo ha dicho Ángela Ramos ante la tumba del epónimo Mariátegui; mientras decimos, baja a la tumba un defensor del proletariado, un elemento útil a su patria, una valioso exponente de la intelectualidad cerreña, lejos y abandonado del regazo de los suyos; nace en el Cerro de Pasco, se pasea provocador y altanero, sarcástico ante nuestras leyes, el asesino de un obrero, George Mac Queen, culpable único y directo de los graves sucesos de setiembre del año pasado, cuando las prisiones del país claman por él a gritos. !

Gamaniel Blanco Murillo, hijo de esta ciudad, intelectual de prestigio y valioso periodista, a la par que amantísimo ciudadano de su tierra, por cuyo mejoramiento, en todo orden de cosas, se desveló mayormente, atestiguando lo que decimos, la excelente organización que bajo su mando tuviera la Brigada de Boys Scouts, la eficaz ayuda a la obra del monumento a la Columna Pasco, la creación de la brillante biblioteca del Club “Juventud Apolo”, su sobresaliente actuación como Auxiliar del Centro Escolar de Varones, su resaltante labor periodística en “Los Andes” y demás colegas. Así como en ADELANTE que él fundara y dirigiera, en la Revista Pedagógica “Fíat Lux”, y muchas otras actividades que por el momento se nos olvida. Últimamente tuvo como campo de acción su pujante dinamismo en el asiento minero de Morococha en donde fuera solicitado para integrar el personal docente del Centro Escolar Obrero, aportando en bien de este lugar, entre muchas plausibles obras, con la publicación de un importante estudio titulado “Breves Apuntes para la Monografía de Morococha”, y luego con la del Periódico “Justicia”, vocero del proletariado, de vibrante y altiva campaña. Con motivo del último movimiento reivindicativo obreril de la región, fue designado como Delegado de los trabajadores de Morococha ante el Congreso Obrero de la Oroya, que trajo como consecuencia; Primero su prisión en la Comisaría de la Oroya, donde nos confundimos, por _última vez, en un largo abrazo con el infortunado y recordado camarada, y después su reclusión en el Frontón, injusticia incalificable que ha motivado su desaparición del escenario de la vida, en plena gestación de sus nobles ideales y, cuando esperanzas aurorales nos hacían ver en él a un triunfador. El Partido Comunista del Perú, al que se había afiliado últimamente, ha dado a sus restos honrosa y modesta sepultura.

Gamaniel:
En el sitio incontaminado en que hoy moras: sueña en paz. Tus sacrificios y tus desvelos no han de permanecer estériles, ni han de quedar en la impunidad. !Tu nombre escrito con letras de oro en las páginas de la humanidad, sin amparo reluce hoy y seguirá perenne con brillante regadora ante los miopes ojos de los enemigos de la hora que ya llega!.

Y..

Deja que el más sincero de tus amigos en la adolescencia y en la juventud, se descubra solemne ante tus yertos despojos y depositando un ósculo en la sagrada mortaja de tu memoria, siga su ejemplo de caer sonriente en la lucha sacrosanta… Amigo, Gamaniel… Adiós.
Andrés Urbina Acevedo.

NUESTRA LAGUNA DE PATARCOCHA

Cuando en 1936, nuestro genial compositor Andrés Urbina Acevedo, al alimón con el notable músico Jesús Enciso, creaban nuestro emblemático huaino, “Ay mi cholita”, no sólo estaban fundiendo la belleza de la poesía con la música sino que estaban instaurando los cánones de nuestra canción popular. Transcurridos quince lustros de aquel momento espectacular, pervive emotiva y conmovedora en los corazones de quienes nos hallamos exiliados de nuestra tierra bendita. Interpretarla, remueve las fibras más íntimas de todo nuestro ser y encharca de recuerdos y tristeza nuestros ojos cansados.

¡Ay mi cholita!

Como las aguas de Patarcocha,
Que poco a poco se van secando,
Así lo mismo ¡Ay! mi cholita,
Sus procederes está cambiando

De esa laguna ya nadie quiere
Beber sus aguas ayer ansiadas,
Así lo mismo, ¡Ay! mi cholita,
Ya no me atrae con sus miradas

Por las huanquitas bien cuidadita,
¡Qué orgullosa fue Patarcocha!,
Así lo mismo ¡Ay mi cholita!,
de mi amor fue su fiel songocha

Esa laguna la desecaron
Sedientas bombas del extranjero,
Así lo mismo ¡Ay! mi cholita,
Mi amor hoy mata por vil dinero

ESTRIBILLO

Como las aguas de los pilones,
Que turbias caen, gota a gotita,
Así se muestran, en sus amores,
Hoy en día, cualquier cholita.

Letra de Andrés Urbina Acevedo
Música de Jesús Enciso

No es para menos. La laguna de Patarcocha es y ha sido desde siempre, el símbolo vigente de nuestro pueblo luchador. Ahora que el Alcalde en connivencia con la compañía Volcan, pretende desecarla pasando por sobre las leyes ambientales que declararan como áreas intangibles los cauces, riberas y fajas marginales de los ríos, arroyos, lagos, lagunas y vasos de almacenamiento; han originado la más enérgica protesta y condena de nuestro pueblo. En el convenio se asegura que la “Minera Volcan rellenará la laguna con material adecuado (es decir con su desmonte minero) y la Municipalidad tendrá la responsabilidad de drenar la laguna, con la finalidad de conseguir aproximadamente 11.4 hectáreas de terreno superficial para fines urbanos”. Como creemos que por su ilegalidad este convenio no va a ponerse en práctica y, esperando que el pueblo -especialmente su juventud- vele por su integridad, queremos aprovechar el momento coyuntural para hacerles llegar dos crónicas muy importantes. La primera, referida a sus momentos aurorales de más de medio siglo y, la segunda, a su función primordial como fuente de consumo, mediante: “La huanquitas aguadoras”.

Cuando los españoles invadieron nuestro territorio, se dieron con un espacio abrupto, plagado de lagunas y emergentes islotes que los naturales conocían con el nombre de YAURICOCHA: “La laguna de los metales”. Sus habitantes, los yauricochas -los más extraordinarios orfebres de América- tenían como centro de su terruño a Chaupimarca. Los invasores juzgaron necesario desecar las lagunas. No les fue difícil. La elevación en la que se encontraban permitiría dirigirlas a las partes inferiores. Así lo hicieron. Al desaguarlas por impulsivas riadas hacia las partes bajas, dejaron al descubierto un sedimento blanquísimo de plata pura que por siglos había permanecido bajo las aguas. La plata a flor de tierra, en una orgiástica abundancia, estaba pródigamente diseminada por aquellas soledades blancas y sólo había que extender la mano para tenerla. Ese día comenzó la explotación que todavía continúa.

Los informes geológicos nos dicen que la enorme Yauricocha, quedó dividida en cinco lagunas. La que quedó al centro del poblado con el nombre de Patarco¬cha, era una sola. Todavía a inicios del siglo XIX, se dividió en dos (tomar y lavar). Ella recibía tributo subterráneo de Yanamate, y compartía con Chaquicocha para desaguar en otra de nivel más bajo llamada Esperanza a donde caía el agua por la zona llamada “La Paccha”; de aquí bajaba a Lilicocha (donde actualmente se asienta el Hospital del Seguro) para desaguar finalmente en la laguna de Quiulacocha.

Nótese la altura a la que se hallaba la laguna de lavar. Enfrente se puede ver el edificio del “Club de Tiro”, fundado el siglo anterior, cuando todavía no se había edificado la escuela de Patarcocha.
Nótese la altura a la que se hallaba la laguna de lavar. Enfrente se puede ver el edificio del “Club de Tiro”, fundado el siglo anterior, cuando todavía no se había edificado la escuela de Patarcocha.

Patarcocha de lavar –como podemos ver en la fotografía que publicamos- servía para que allí lavaran las ropas de la gente y el espejo de su agua se hallaba ras del suelo. Los norteamericanos, a partir de 1901, utilizando sus aguas para el funcionamiento de sus máquinas gigantescas, fueron aminorando su caudal, bajando el espejo muchos metros más abajo hasta que, otro Alcalde como el actual, permitió que la desecaran totalmente, matando así a nuestra laguna de lavar. ¿Saben el mal ecológico que estaban cometiendo?. No. Ahora se quiere hacer lo propio con la que todavía nos queda. ¡Qué barbaridad!. ¡No lo permitamos!.

LAS HUANQUITAS AGUADORAS
(Del libro “Filones de Historia”)

En nuestro pueblo, el problema del agua potable tiene una incómoda vigencia desde siempre. Es un tema que cada año sacaban a relucir, como caballito de batalla, los aspirantes a la Alcaldía. Una vez en el cargo, en tanto tomaren conocimiento de las gestiones realizadas o por realizarse, se agotaba el tiempo. Éste debía durar un año -período tan corto en el que nada verdaderamente significativo podía realizarse- de ahí que el funesto problema tema fuera alargándose per sécula seculorum. Hasta ahora – aunque no quiera creerse – la cantilena continúa.

Bueno, el caso es que para solucionar el tremendo inconveniente de trasladar el agua de la laguna de Patarcocha hasta las casas particulares, se constituyó un simpático gremio de “Aguadoras”, encargadas de esa pesada labor; especialmente cuando “el cielo se venía abajo” y las calles enfangadas por la lluvia, la nieve o el granizo, hacían algo más que heroico el trasiego de recipientes con agua. Por otro lado, las respetables familias “Decentes” jamás iban a permitir que sus sirvientas perdieran precioso tiempo en ese menester. De ahí que con una visión práctica y expeditiva, las jóvenes mujeres venidas del valle del Mantaro, conformaron el gremio mencionado al que, con especial cariño, se las denominaba: “Las huanquitas aguadoras”.

Estas mujeres que tenían que ser jóvenes para resistir la exigencia del transporte, en número de treinta a cuarenta, eran las encargadas del acarreo del agua, de la laguna a la casa. Para ello contaban generalmente con latas vacías de “Aceite linaza”, o de manteca o pequeños barriletes que, de acuerdo a la distancia tenían una tarifa previamente estipulada. Hasta Chaupimarca, diez centavos; hasta la Plaza Centenario, quince centavos y, más allá de esos límites, veinte centavos. Como era de esperarse, coordinadamente con un encargado por la Municipalidad que revisaba el estricto cumplimiento de las normas de higiene de las latas, las “huanquitas” de motu proprio, cuidaban la limpieza de todo el perímetro de la laguna. Jamás permitían que los animales se acercaran a las orillas y, a las personas que “iban a hacer sus necesidades” por ahí cerca, las ahuyentaban a pedradas contando con la aquiescencia policial, de tal manera que la limpieza del agua estaba garantizada. De entre ellas, había un grupo que iba hasta Garga y de la fuente cristalina de “Piedras Gordas”, sacaba el agua de una pureza extraordinaria y la llevaban hasta la casa de determinadas familias “Decentes”, para vendérselas a mayor precio; eso sí, para probar que eran de aquel lugar, llevaban un manojito de frescos berros que por la zona abundaban. Pasado el tiempo, el alemán Wilhelm Herold, al ver la excelente calidad del agua, decidió instalar una cervecería; para ello hizo traer a través del consulado alemán, el lúpulo y levadura de Baviera que, conjuntamente con la fresca cebada del Mantaro, arrojó una deliciosa cerveza que por mucho tiempo se bebió a raudales en el Cerro de Pasco y lugares aledaños: La famosa “Cerveza Herold”.
Daba gusto por aquellos años –permítanme la digresión- ver dominicalmente a nutridos grupos de amigos dirigirse a la cervecería que quedaba frente a la laguna de Quiulacocha, llevando sus guitarras con gran entusiasmo y una sed de enormes magnitudes. Ya en el lugar y efectuado el prorrateo correspondiente, se comenzaba adquiriendo un costal de cerveza que estaba constituido por tres docenas muy bien embaladas con unos protectores de totora por cada botella. Las bromas, chistes, y canciones a voz en cuello, alegraban aquellos andurriales. En determinado momento, se mandaba traer enormes butifarras de salchichas tudescas fabricadas por el alemán Nicolás Pohellmann, entre sustanciosos toletes de la panadería “El Modelo” del francés Leopoldo Martin. En todo momento la alegría era desbordante y continua. Ya llegado el véspero, la “tropilla” de animadas “Tiras” con pasos inseguros, por tanto “trago”, la guitarra al hombro y una bullanguera algarabía volvían a la población. Yo, niño que vivía en el “Misti” -barrio de leyenda- los veía pasar, chispeados, siempre alegres y cansados.

Bueno, volviendo a las “huanquitas”, diremos que su labor, muy apreciada por cierto, no estaba restringida al transporte del agua solamente, también tenían que cumplir otra tarea de profilaxis urbana. Cuando por la superpoblación se determinaba el exterminio de los canes vagos mediante las tabletas de estricnina, las huanquitas, después de atar una soga al rabo del animal muerto, tenían que llevarlo hasta las abandonadas bocaminas de “Algohuanusha” (Perro muerto), y arrojarlos a dichas oquedades. De ahí que esta zona alta, entre Matadería y Huancapucro, plagada de agujeros mineros, tome el nombre de Algo Huanusha.

Nos llegamos a acostumbrar tanto a las huanquitas que dejamos de poner interés en el pedido de agua para el Cerro. Es más, nos contaba don Juanito Cortelezzi que, en una rueda de amigos, cuando alguien avivó el tema del agua, otro contertulio le respondió airado y poniendo punto final al tema: “No puedo creer que haya un “cerreño” que sea tan mezquino que no pueda pagar un real por un poco de agua, carajo. Además, las cholitas son tan lindas y comedidas”.

Lo que también se recuerda de este simpático y muy querido gremio es que, llegado el último día de carnaval, premunidos de vistosos disfraces, rodeadas de serpentinas y pintadas el rostro con harina, organizaban su “Corta Monte”, inicialmente alegrado por arpa, violín y tinya, posteriormente por mejor estructurados conjuntos musicales. En realidad, la verdad sea dicha, fueron las “huanquitas” las que instituyeron la costumbre del cortamente en la ciudad minera. La alegría de estas rondallas pueblerinas era contagiosa porque, como siempre, artistas de la danza y la gracia, gozaban tremendamente de la fiesta. Nunca he visto bailar a nadie, con más gracia y elegancia que a los jaujinos en sus “tumba monte”. Por otra parte, para nutrir de parejas el jolgorio, utilizaban una muy alegre “trampa”. A los mozos que podían apresar las chicas, lo amarraban en el árbol. Quienes quisieren obtener su libertad tenían que “portarse” (pagar) uno o dos botellas de aguardiente, después de lo cual se quedaban a seguir bailando. ¡Imagínense la cantidad de “presos” que habría por aquello días!.

Cuando agotadas las gestiones, se consiguieron que en estratégicos lugares de nuestra población se colocaran pilones de agua, el gremio se debilitó; pero es necesario decir como un imperativo de admiración y respeto, que la mayoría de estas sacrificadas mujeres, con el ingreso de su trabajo de aguateras, lograron la sobresaliente preparación de sus hijos. Mucho se habló -como ejemplo substancial- del caso de un notable abogado que ejerció en nuestra ciudad y llegó a ser miembro destacado de la Corte Superior de Justicia: era hijo de una “huanquita aguadora”.

Las numerosas “huanquitas” con sus recipientes para transportar el agua, a orillas de la laguna de Patarcocha (de tomar), de donde sacaban el agua aprovechando del “muelle” construido a la orilla. El agua abundante, se hallaba a ras del piso y era numeroso el número de aguateras.
Las numerosas “huanquitas” con sus recipientes para transportar el agua, a orillas de la laguna de Patarcocha (de tomar), de donde sacaban el agua aprovechando del “muelle” construido a la orilla. El agua abundante, se hallaba a ras del piso y era numeroso el número de aguateras.

NUESTRA SEMANA SANTA

semana-santaEl inicio de la Cuaresma siempre fue observado con verdadero recogimiento. Las cuarenta y seis jornadas que se inician el miércoles de ceniza con las que se conmemoran los cuarenta días que Jesucristo ayunó en el desierto, tuvieron especial significado en el pueblo minero. Pasadas las locas jornadas del carnaval, agotados de tanto juego y disipación, hombres y mujeres, se aprestan a obedecer los mandamientos vigentes de la Cuaresma.

El párroco de San Miguel de Chaupimarca, ha hecho circular el programa a cumplirse con una introducción que dice: “La Santa Cuaresma es el tiempo destinado a restaurar las fuerzas espirituales y sacar al alma de la inercia, indiferencia y olvido en que vive con relación a su Creador y fin último, cuya consecuencia es la suprema aspiración de los hombres de la tierra. De aquí nace para todo hombre el deber de conquistar la vida eterna, mediante la oración, la penitencia y las distintas obras de misericordia: Prácticas esenciales que deben observar en todo el tiempo, pero de un modo especial en la Santa Cuaresma, destinado por la Iglesia Católica para el arrepentimiento y el perdón de las culpas”.

En este ambiente de recogimiento se recibe las efemérides católicas de más impactante significado: Semana Santa. El pueblo minero está de duelo la semana entera. En ella se recuerda los Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Su inicio está fijado para el Domingo de Ramos rememorando su entrada triunfal en la ciudad de Jerusalén cinco días antes de su muerte. Es la semana que precede a la fiesta de la Pascua de Resurrección en la que oración, recogimiento y ayuno deben ser estrictamente observados.

Nadie, por más agnóstico que sea, romperá la tradición del ayuno. Caso de no observarse una férrea abstinencia de alimentos prohibidos, en el comercio citadino se hallará los sustitutos de las carnes rojas. Los comerciantes extranjeros, han importado para la fecha, notable cantidad de Bacalao de Noruega que ricos y pobres consumen durante estos días. También encontrarán variedad de sardinas sevillanas en aceite de oliva, calamares en su tinta, anchoas, y cangrejos en conserva; es decir una variada muestra de enlatados, noruegos y españoles, preferentemente.

Quienes quisieran especies marinas frescas, deberán esperar en la estación del ferrocarril pescados y mariscos enviados de Lima en gigantescas cestas repletas de hielo. Cuando los bolsillos no son pródigos para estas consumiciones, en casa se conformarán con una serie de platos muy típicos, muy nuestros, como el cushuro, una alga redonda con la que se prepara sabrosos picantes; los “pogtes” de zapallo, los “ajiacos” con buena porción de queso, también, cómo no, los “morayes”, grandes chuños blancos, rellenos de queso que puestos al horno son una delicia; las ensaladas de berros y una variedad de dulces de caya, maíz, chuño negro, calabaza, tocosh, cahui y maca. En el mejor de los casos, ranfañote con cocos, nueces, chancaca, queso, etc.

Desde las primeras horas del domingo, en el atrio de la vieja iglesia de Chaupimarca, se topa uno con numerosos vendedores de palmas y ramos venidos de pueblos vecinos como Dos de Mayo y Panao, principalmente. Sus atuendos los denuncian a las claras, especialmente sus “chaplacos”, toscas sandalias con correajes que los aseguran a sus pantorrillas. (En referencia a este tipo de calzados, nosotros siempre les hemos llamado “Chaplacos” a los huanuqueños y personas de la zona; ellos en reciprocidad nos decían “Shucuyes” a los cerreños). Estos son los artesanos que desde días antes han estado tejiendo artísticamente los ramos en una gran variedad de figuras; desde las más simples hasta aquellas que, en primor de filigrana, revelan a artistas populares de gran habilidad. El precio de cada ramo está fijado por el arte y la paciencia con que ha sido tejido; desde unos cuantos centavos hasta un sol.

El caso es que todos los fieles compran sus correspondientes ramos de palmas con los que entrarán en la iglesia. A las once de la mañana, anunciada por las campanas, comienza la celebración solemne con la bendición de palmas y la homilía correspondiente. Finalizada ésta, en un ambiente de fiesta y contento sacan en procesión la imagen del Señor, los fieles la acompañan blandiendo palmas y entonando cánticos religiosos de Hosannas y Aleluyas triunfales.

Los mineros, sus esposas y sus niños, acompañan el cortejo. Las principales calles celebran el paso triunfal del Mesías montado sobre un pollino blanco y gracioso. Aplausos, vivas y cánticos enmarcan la procesión que hace un gran recorrido.

Terminada la fiesta, las palmas benditas son guardadas con reverencia y colocadas en las partes altas de la casa – se tiene por cierto que ellas alejan los males que los enemigos personales puedan hacer-; es más, un ramo pequeño es siempre portado con fe porque, quien lo posea, estará a salvo de rayos y truenos que en esta tierra son mortales. El ramo se utiliza también para ponerlo en manos de un agónico, ayudándole a bien morir. La bendición y milagros de estos ramos, son incontables.

El Lunes Santo, los fieles recuerdan la visita de Jesús a la casa del resucitado Lázaro y la manera cómo, la hermana de éste, ungió de perfumes los pies del Señor y los secó con sus cabellos. Por eso este día muy especial, la misa es celebrada preferentemente para los dolientes. Los pacientes del hospital Carrión, ayudados por enfermeros, están presentes en la santa misa. Éste como los siguientes días santos, se realizará pláticas doctrinales alternadas con sermones morales, trisagio con la exposición de su Divina Majestad, Salve en honor de la Virgen Madre y antes de cada acto, el rezo del Santo Rosario.

El Martes Santo, siempre en completo recogimiento, se efectúa las oraciones y el recorrido de las siete estaciones dentro del templo, guiados por el cura y la colaboración de las numerosas hermandades religiosas de la localidad. Del lunes al viernes santo se efectúa el devotísimo ejercicio del Quinario.

El Miércoles Santo comienzo del gran duelo cristiano, se recuerda el día en que fue sentenciado a morir el divino Nazareno. El dolor de los penitentes es cada vez más dramático. La iglesia ante la asistencia de todos los fieles, celebra el Oficio de las Tinieblas en el que se enciende once cirios colocados en un candelabro triangular que se van apagando sucesivamente al final de cada Salmo. Demás está ponderar el recogimiento con que es acompañado este rito cristiano.

Ahora es jueves santo, Día de Todos los Misterios. El frío intenso ha sosegado al pueblo minero que dando tregua a sus afanes observa un recogimiento inusitado. Desde las primeras horas de la mañana, premunidas de magros fiambres, las familias han ido a recoger abundantes flores silvestres que, en mantas y talegas, llevarán a la procesión nocturna del día siguiente y desde balcones y ventanas las arrojarán sobre el cuerpo inanimado del Divino Maestro, y más tarde, bendecidas ya por la sangre redentora, servirán para frotar los cuerpos de críos asustados y enfermos incurables.

Con las sombras vesperales oscureciendo el ambiente, ataviadas de severísimo luto, las mujeres entran en la iglesia en compungido silencio. Allí están todas. Las del pueblo, esposas, novias, hijas y hermanas de los obreros, con pañolones de Alaska o mantas de Castilla cubriéndoles la cabeza.

Las espléndidas y bellas mujeres extranjeras, españolas, italianas, francesas, inglesas, yugoslavas; esposas e hijas de los ricos mineros, hacendados y comerciantes mayores, llevando vistosos rosarios y libros de rezo en una mano y blancos cirios con festones negros en la otra. Ellas, cumplen un papel importante en todas estas celebraciones luciendo sus lábaros distintivos primorosamente bordados y sus insignias personales, conformando las diversas agrupaciones eclesiales: “La Congregación de los Sagrados Corazones y Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento”, “Las Hijas de María”, “La Venerable Tercera Orden Franciscana”, “La Hermandad de Nuestra Señora del Carmen”, “La Hermandad de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”, “La Hermandad del Niño Jesús de Praga”, “La Hermandad de la Virgen del Tránsito”, “La Hermandad del Beato Martín de Porras”.

Los hombres que las acompañan -raramente silentes- caminan de puntillas no obstante sus pesados zapatones. Allí en la santidad del templo están los que mandan y los que obedecen; los campanudos dueños de los filones y los que los trabajan de sol a sol; cada uno en su lugar, respetuosos y silenciosos; el dolor del Hijo del Hombre los ha reunido en el santo lugar ajeno a las negras galerías mineras, usinas, talleres y oficinas.

El Altar Mayor que ha sido cubierto con un gigantesco paño negro, oculta hornacinas que cobijan a santos menores; el monumento a la Santa Eucaristía preside los actos litúrgicos. Debajo de este túmulo santo, en sendos recipientes de vidrio, el Aceite para los enfermos, el Santo Crisma para el bautizo y, el óleo para los catecúmenos. En su debido momento, todo es bendecido por el sacerdote como parte fundamental del rito vespertino que recuerda los grandes Misterios de la Pasión del Señor. Al leerse la Epístola sacada del capítulo XI de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, se recuerda la institución del Sacramento de la Santa Eucaristía promulgada por el Nazareno en la Ultima Cena y, el cura remarca, una y otra vez, el crimen y el castigo de los que a ella se acercan indignamente. El lavatorio de los pies de doce mendigos lo efectúa el Vicario Parroquial a imitación de su Maestro y Señor que lavó los pies de sus apóstoles; para finalizar se entregará la llave del Sagrario al Prefecto del Departamento que debe guardarla hasta el día siguiente en que la devolverá al inicio del ritual.

Concluida la Santa Misa, siempre en ordenado recogimiento, el sacerdote guía el itinerario del Santo Rosario. Las voces en sordina entremezclan sus susurros suplicantes. De rato en rato, para mantener activa la vigilia, con su patética voz de bajo, el cura estremece el templo con plañideros motetes gregorianos. Todo, durante el velatorio, es “a capella”; la música instrumental está ausente. Las horas transcurren así, lentas y dolorosas, en las que más de unos ojos se han cubierto de lágrimas. Los cofrades de las diversas instituciones eclesiales asisten religiosamente al acto que transcurre en un recogimiento ejemplar y, al aparecer los primeros rayos del alba, retornan silenciosamente a sus hogares.

Cercano ya el mediodía del Viernes Santo, todo el pueblo- sus autoridades por delante- asisten a escuchar las siete palabras que las difundirá un orador religioso invitado especialmente para la ocasión. Durante el Sermón de las Tres Horas se evocará la agonía del Señor y se meditará profundamente acerca del significado de las siete palabras pronunciadas en la cruz.

Llegada la hora nona, ya muerto el Salvador después de pronunciada sus últimas palabras, cuando las tinieblas cubren al mundo, los integrantes de la cofradía de los Santos Varones, todos ataviados de túnicas y turbantes blancos, auxiliados de escaleras, sogas, tenazas y lienzos, proceden a descolgar el sangrante y descoyuntado cuerpo de Cristo como lo hicieran José de Arimatea y Nicodemo.

Este es un momento muy emocionante. Las mujeres lloran desconsoladas y más de un hombre deja caer gruesos lagrimones por sus mejillas. En silencio reverente, guiados por las conminatorias voces del prioste, los hombres de blanco proceden a colocar el Santo Cadáver en su iluminado féretro de gruesos cristales. Un poco más tarde –no importa que llueva o nieve o el cielo esté encabritado entre ramalazos eléctricos- sacan en procesión los despojos del Salvador que entonces deberá recorrer las calles cerreñas.

Con la lluvia intensa que empapa el féretro, el Divino Nazareno avanza llevado por los recios hombros mineros; hombros broncíneos que cargan metales, que sostienen traqueteantes perforadoras, que empujan coches repletos de metal por las negras galerías; perforistas, troleros, enmaderadores, timbreros, tareadores, wincheros, maquinistas… Nunca mejor llevado el Inmaculado. Hombres que sufren un calvario duro en las oquedades mineras, transportando en hombros al Divino Redentor que ha sufrido como ellos. Estos penitentes, abrigados con gruesas bufandas e impermeables y pellizas de cuero, conducen al Señor por las rúas inundadas.

Los pasos uniformes y acompasados chapalean a veces en los charcos, sin perder la disciplina del avance. Cabezas y cirios se guarecen bajo negras paraguas en tanto fieros ramalazos relampagueantes iluminan la marcha contrita.

Jesús viene por las calles,
todo llagas y dolores,
y con los brazos abiertos,
en busca de pecadores.

Las voces broncas, taladrantes, de extrañas tesituras, compitiendo con los estrepitosos fuetazos del tiempo inundan la noche alternando con la banda de tambores y estridentes clarines. La multitud entona el canoro texto del Miserere. El Divino Redentor, tiene cubierto el cuerpo magullado con un alba túnica que hace resaltar sus pómulos tumefactos y sus sienes laceradas por las agudas púas de la corona del suplicio.

Su gloriosa presencia atenúa rencores, alivia penas, consuela dolores. Las voces engoladas cantan:
Hasta cuándo, hijo perdido,
hasta cuándo has de pecar..?
¡No me seas tan ingrato,
llora pues tu iniquidad…!

Escoltando el féretro, los gallardos bomberos de la Cosmopolita con casacas rojas y pantalones blancos, brillantes cascos de bronce y hachas con crespones negros avanzan a imitación de las centurias romanas; en fila paralela, los miembros de la policía con uniformes de gala y armas a la funerala.

También están los “Santos Varones” y los integrantes de otras cofradías.
¿ No me ves aquí clavado
con espinas en la sien. ?
Hijo mío, así me has puesto
con tu negra ingratitud.

Durante el largo recorrido procesional, piadosas mujeres arrojan flores – ayer recogidas – sobre el cuerpo de Cristo. Son las únicas flores heroicas que se atreven a germinar en nuestras alturas. Son las pequeñas “para-para huaytas” de corolas amarillas y naranjas y rojas y lilas que caen desde las ventanas, desde los balcones, desde los altillos. Las abuelas conmovidas aseguran que estas florecillas son las lágrimas de la Dolorosa.

La Santa Virgen María, con el rostro traspasado de dolor y perlado de lágrimas, avanza en hombros de las devotas mujeres cerreñas. Ellas, arrebujadas en sus gruesos pañolones negros, uniforman sus pasos en una lentitud de recogimiento, en tanto sus voces agudas salmodian emotivas canciones.
¡Salve!…¡Salve!, cantaban, María,
que más pura que Tú, sólo Dios;
y en el cielo una voz repetía:
más que Tú sólo Dios, sólo Dios…!

La afligida Madre Virgen –viva imagen del dolor- va sobre riquísima peana de plata repujada y negro manto de terciopelo negro bordado en oro. Siete puñales de plata le atraviesan el corazón sangrante apenas sostenido por su pálida mano.
Con torrentes de luz que te inundan,
los arcángeles besan tus pies,
las estrellas tu frente circundan,
y hasta Dios complacido te ve.

El terebrante sonido de las matracas acompasa el lento caminar de los cerreños. En cada esquina y debajo de un farol ex profesamente colocado, desafiando la opacidad de la lluvia, el altar o monumento familiar erigido por las piadosas manos femeninas de la casa. Cada uno de ellos iluminado también con lacrimosos cirios, estampitas de flores, rodeados de palmas y olivos santos.
María, Tú eres mi madre,
María, Tú eres mi luz,
María, madre mía,
Yo te doy mi corazón.

Hombres y mujeres, ante la conmovedora presencia de la Dolorosa, han olvidado diferencias, han dado tregua a cotidianos rencores porque sólo Ella, la Paz, está presente.

El sábado, dedicado a la Santísima Virgen María, la iglesia sigue de duelo. A las diez de la mañana el Santo Oficio empieza con la consagración del nuevo fuego; sigue la bendición de los cinco granos de incienso destinados a aplicarse al cirio pascual cuya santificación va seguida de las doce lecciones de la Escritura Sagrada, llamadas Profecías, cuya lectura se alterna con cánticos y oraciones.

Por otra parte, cercana la medianoche del sábado, parejas de esposos, novios, amigos de barrio y fieles creyentes de nuestro pueblo minero, se dirigirán a las Capillas de los barrios y acompañados de orquestas típicas efectuarán el “Cruz Jorgoy”, que consiste en sacar la cruz para conducirla en procesión al taller del artesano que lo retocará para la “Fiesta de las Cruces” que esa noche tiene inicio.

Al día siguiente, Domingo de Pascua de Resurrección, DOMINICA IN ALBIS, carcajadas de sonoras campanas delatan la alegría del pueblo. ¡Cristo el Señor ha resucitado!. En el desayuno degustarán mórbidos “Panes de Dulce” remojados en apetitosos chocolates cusqueños. Atrás quedan los potajes de “lawitas” y mazamorras, de guisos y frituras con el blanco bacalao de Noruega que los extranjeros importaban a sus tiendas; toda una variedad culinaria para aliviar los obligados ayunos en los que predominaban la abstinencia de la carne; de todas las carnes. Los severos atavíos negros serán nuevamente guardados, – protegidos por bolas de naftalina- en los viejos arcones familiares hasta el próximo año.

Se ruega al Divino que, entretanto, no sea necesario sacarlos. Los negros catafalcos de la iglesia serán reemplazados por sendas túnicas blancas; los santos nuevamente asomarán en sus hornacinas. Por la noche, entre la algazara del pueblo, públicamente será quemado el monigote que representa a Judas Iscariote, el maldito traidor y, libres de pecados, hombres y mujeres renovarán sus bríos laboreros y la vida continuará, como siempre.

LA TRAGEDIA MINERA DE “PIQUE CHICO”

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La aciaga mañana del 23 de enero de 1910 comenzaba a mostrarse completamente nublada. Las oscuras cerrazones que cubrían los cielos -negro presagio- parecían haber hecho descender los nubarrones, que podían tocarse con las manos. Se iniciaba un domingo sombrío y, no obstante ser día de guardar, las gentes presurosas iban de un lugar a otro, con sus inquietudes y sus ansiedades. Para este poblado minero no hay tregua posible. Los músculos activos y diligentes no guardan, no pueden guardar un domingo. La avidez de la compañía no puede permitirse ese lujo. El activo poblado minero de Goyllarisquizga -“Donde cayó una estrella”- ha aglutinado a numerosos hombres venidos de diferentes lugares, ofreciéndoles el riesgoso trabajo en sus negras galerías. En sus socavones, seguirán como obsesos, la veta carbonífera del yacimiento.

Son las seis con treinta minutos de la mañana, y da la impresión de que el resto del día transcurrirá con el acostumbrado ritmo cotidiano, cuando un remezón sordo, como producido por el más terrorífico terremoto, estremece las casas haciéndolas temblar desde sus cimientos. Las gentes alarmadas ganan las calles y, mudas de espanto, se interrogan con las miradas. De la parte baja donde se aposenta la mina, se eleva un humo negro, denso y acérrimo, que empieza a envolverlo todo, produciendo irritación y escozor en narices y ojos. Una vieja mujer, desencajada y pálida, figura de un negro presagio, grita:
-!!!La mina…!!!!
Y las madres y las esposas y las hermanas y los hijos y las hijas, corren desaforados a la puerta del socavón, dejando un reguero de gritos y lamentos. La carrera calle abajo es desesperada y angustiosa. En el trayecto se encuentran con un hombre que, desencajado, con los ojos desmesuradamente abiertos de terror, tartajea en los umbrales de la inconsciencia…
-¡¡¡El…pique..chico..de la mina..¡¡¡se ha hundido!!! -Y suelta el dique de su emoción, en un llanto irrefrenable.
La desesperación y la angustia se apoderan de todos. Algunos hombres, con fuerte presencia de ánimo, impiden que las mujeres entren en la mina. Están como locas. Ya han llegado más hombres y presurosos, cubriéndose las narices con unos simples pañuelos, ingresan en el socavón a salvar a sus compañeros. Muchos de estos abnegados valientes no volverán a salir. El gas grisú en toda su mortal intensidad sigue cobrando más vidas.

Pasado un tiempo llegan el superintendente Cowans y el comisario Gabriel Saco, que de inmediato disponen -con el poco y deficiente equipo con que cuentan- la conformación de brigadas de rescate. El trabajo de estos hombres debidamente preparados para casos como éste, es arduo y arriesgado. Imbuidos de amor fraternal, suplen las deficiencias materiales con el calor humano del esfuerzo. Tres horas después, en un tren expreso de la Minning Company, llega desde el Cerro de Pasco, el médico de la Compañía, el Doctor Arthur Shaw y, veinte policías al mando del inspector Enrique Sánchez Burgos. Transportan numerosos ataúdes.

La labor de rescate es cada vez más dura y desesperante. Entre un humo asfixiante que nubla todo el trayecto de las labores, se oyen mezcla de órdenes, gritos, lamentos, llantos y quejidos desesperados. Los hombres que han entrado -ojos llorosos y temblor en los pulsos- sacan cadáveres mutilados, sin cabeza, sin brazos, sin piernas, y los amontonan a la puerta de la galería. Los heridos, exangües y jadeantes, soportan estoicamente, hasta el límite de lo humano, el tremendo dolor de sus heridas.

Los voluntarios del rescate ya están agotados; sin embargo, para insuflarles más ánimos en el cumplimiento de la tarea, les dan colmados pocillos de aguardiente a cada uno de ellos. Desatinada disposición que va a originar un amago de linchamiento del Superintendente y el staff que lo acompaña. Felizmente, la oportuna y enérgica acción de la policía, evita que ocurra semejante desenlace. No es para menos. Todos los allí presentes están angustiados, desesperados, impotentes; sintiéndose solidarios con las víctimas y sus familiares. Es más. Cuando al calor del desastre, los obreros habían presentado su reclamo, el Superintendente les informó que no se angustiaran, que la Compañía indemnizaría a los familiares con “cincuenta soles por cada muerto”. La reacción no se hizo esperar y -como dijimos- de no contarse con la fuerza del orden, se habría tenido que lamentar una sangrienta asonada.

Así, en un ambiente de tensión anímica y humo asfixiante que cubría todo el poblado, se dio por finalizado la tarea de rescate, a las tres de la tarde. En el pequeño hospital e improvisadas instalaciones adyacentes, 56 heridos graves se debatían entre la vida y la muerte. En el corredor quedaban apilados 29 cadáveres, mutilados e irreconocibles, resultado del doloroso holocausto minero.

Aquella mañana, faltando treinta minutos para la salida, el italiano Pietro Gava, exigente capitán de minas, había ordenado que se enciendan los tiros en el nivel “G” de Pique Chico, para dejar expedito el trabajo a los obreros que debían entrar en el turno de las siete. Los hombres que lo acompañaban -alrededor de cien- habían trabajado intensamente esa noche y, la orden de cargar los tiros de dinamita, se supone que lo habían efectuado con cisco de carbón húmedo y no con la arcilla reglamentaria. Este desatinado y arriesgado reemplazo, es lo que originó tan fatídica y cruenta explosión. La chispa que ocasionó el ensordecedor estallido de grisú, recorrió la galería más de 1,400 pies, destrozando el maderamen, las instalaciones de alumbrado eléctrico y la línea Decauwille. A lo largo de la siniestra galería, quedaban regados los cuerpos y miembros mutilados de los mineros.

Recién entonces, la prensa peruana reparó en el significado de la horrible tragedia. Todas las organizaciones gremiales, culturales y sociales, se solidarizaron con los familiares de los caídos. El Gobierno tomó en serio el control de las compañías mineras de entonces a fin de que cumplan con las leyes vigentes de seguridad. La primera medida adoptada, fue la de suspender el trabajo en las minas de Goyllar, hasta el nueve de agosto de 1919. En siete meses quedaría expedito un sistema de seguridad que garantizara la vida de los mineros. Así lo hicieron saber al organismo rector que, previa revisión –después de los siete meses- autorizó para que continuaran los trabajos.

Lo que son las cosas.

Al día siguiente de emitida la ordenanza, -10 de agosto de 1,910- se reiniciaban las labores. Había plena confianza en todas partes por las medidas de seguridad adoptadas. Sin embargo, siendo las cinco menos cinco de la tarde, se produjo una segunda horripilante explosión, más dantesca que la primera, en el nivel “F”. Esta vez con 310 hombres dentro, al mando del capitán Carlos Valle. Después de las sacrificadas tareas de salvataje, fueron contabilizados: 72 muertos y 60 heridos. Del resto, – 168 hombres- nunca más se supo nada.

La prensa nacional que ya había tomado conciencia del significado de ambos holocaustos acaecidos en Goyllar, publicaron el testimonio de un testigo de excepción que había visto todo lo ocurrido después de la segunda explosión. Este testimonio se sintetiza así:

Muchos muertos fueron arrojados a los pesebres, de donde los hizo extraer el Prefecto, tan pronto como se dio cuenta de ello, por la protesta de los deudos y demás operarios.

La empresa mandó fabricar inmediatamente cajones grandes cuadrilongos en los cuales se depositaron los muchos miembros aislados que se encontraron junto al punto crítico de la explosión. Entre los sucumbidos había un padre que abrazaba a su hijo de quince años de edad. Los cadáveres horriblemente mutilados, se velaron en las habitaciones de los obreros que son unos cuartuchos estrechos de 2 y medio varas de fondo por dos de ancho. Allí permanecieron 48 horas despidiendo hedores insoportables. Al entierro de las víctimas no asistió nadie de la empresa. Ni la presencia del dolor fue capaz de despertar en el corazón de los capitalistas un impulso de fraternidad hacia el pobre siervo indígena.

Los muertos y heridos fueron sacados en hombros, por falta de toda clase de medios. Al hecho de no estar a la mano los elementos necesarios, de debe la pérdida de muchas vidas. Los norteamericanos aplicaban a los asfixiados, ácido acético diluido en agua, y amoníaco líquido. Uno de los titulados médicos de la empresa diagnosticó como embriaguez un caso de asfixia, ejemplo en el cual se funda la comisión oficial para opinar que el gobierno deniegue la reconsideración pedida por la Compañía del Decreto que ordena que los médicos empleados en los hospitales de las empresas mineras, sean profesionales recibidos, conforme a las leyes del país.

El llamado Hospital de Goyllarisquizga no es sino un lugar para atender casos urgentes en materia de accidentes, y, el Prefecto se vio precisado a llevarse consigo al Cerro de Pasco, a los heridos para que allí fueran debidamente atendidos.

La prensa peruana siguió preguntándose: ¿Cabe mayor desprecio hacia la humanidad que este abandono en que dejaba la compañía millonaria del Cerro de Pasco a sus operarios?.

En cuanto a las idemnizaciones, la compañía hizo todos los gastos del funeral quedando acordado con ella el inmediato abono de los saldos acreedores a los deudos y cancelación de las cuentas a su cargo y a favor de la empresa. Por su parte, el Prefecto de Junín entregó a cada familiar una libra peruana obsequiada por el Supremo Gobierno.

Como advertirán nuestros lectores – sigue diciendo el periodista- la catástrofe ocurrió con anterioridad a la promulgación de la ley del 20 de enero de 1911, de manera que las demandas de indemnización quedaban sujetas a lo dispuesto en el artículo 12 del reglamento de locación de servicios mineros. Respecto a los braceros provenientes de Jauja que conforman la gran mayoría de las víctimas, ellos habían acordado, con el enganchador Castro, la suma de 20 libras peruanas como indemnización por accidente, cantidad que la empresa convino con la Comisión Oficial en abonar en Jauja a los deudos, en presencia del delegado de minería para mayor seguridad de la entrega. Sin embargo la Compañía burló este acuerdo, despachando un tren a Jauja con los deudos, que eran acuñados en coches jaula como si fueran ganado sin esperar al delegado que tenía que llegar al Cerro de Pasco.

La curación de los heridos, que fueron bien atendidos en el Cerro de Pasco bajo la vigilancia del Prefecto corrió, como es natural, a cargo de la Compañía que se comprometió a considerar devengadas en el jornal íntegro de cada uno de ellos hasta su completo restablecimiento, y en el caso de quedar alguno imposibilitado, total o parcialmente, entregarle una indemnización cuyo monto estará reglado por la Delegación de Minería.

La hecatombe minera fue de tal magnitud que, el gobierno encargo a los ingenieros, señores Habich y Bravo para que emita un informe final. Alguno de cuyos acápites señalamos:

EL MANEJO DE LAS LABORES.- Los taladros se cargan con uno o dos cartuchos de carbonita, explosivo permitido para minas de carbón en Estados Unidos, pesando cada cartucho, media libra inglesa. En las galerías principales se ven cajones de arcilla, destinada a atacar los tiros, pero sucede en muchos casos que los indios, mal vigilados, emplean para el objeto polvo de carbón, que es sumamente inflamable.

Los capitanes dejan en un libro especial, indicaciones acerca del estado de ventilación y gases de la mina, pero no le consta a la comisión que antes de la entrada al trabajo de cada cuadrilla, hagan una inspección debida a la mina.

En términos generales, el sistema de ataque es el llamado en norteamérica: “descargar lo sólido” (shooting of the solid), que no debe utilizarse por los peligros que ofrece.

En la mina hay poca provisión de agua.

En las galerías principales hay luz eléctrica. En las demás labores, los operarios usan lámparas sujetas a las gorras.

El carbón de Goyllarisquizga es rico en gases, que se desprenden a temperaturas relativamente bajas y muy suceptible a reducirse a polvo, el que, por la sequedad de la mina, se levanta con extrema facilidad.

En las lámparas debiera quemarse alcohol o bencina, y no aceite como sucede.

La explosión se produjo probablemente por no haberse humedecido bastante las labores.
La comisión atribuye la causa de esta explosión como de las anteriores (la de enero y otras dos que no fueron comunicadas a la delegación de minería y que produjeron 5 y 7 heridos) al sistema de “shooting of the solid”.

La comisión reconoce que ha habido descuido y defectos técnicos en los trabajos como causa de la catástrofe, que acusan carencia de versación profesional en los encargados de ejecutarlos y, olvido de las reglas elementales de prudencia en la explotación de yacimientos, tan conocidamente peligrosos, como son los de carbón.

Con excepción del empleo de la pólvora de seguridad, la compañía minera no ha cumplido ninguna de las prescripciones contenidas en el supremo decreto del 28 de enero de 1,910; no habiendo ni un solo aparato de salvamento, ni una cuadrilla afectada a tal labor, hasta se carecía de camillas para el transporte de los heridos; todo hubo de llevarse del Cerro de Pasco, con la demora consiguiente.

Tampoco ha observado la compañía ninguna de las medidas dictadas por la delegación de minería a raíz del accidente análogo del 23 de enero; lo que demuestra el poco o ningún acatamiento que merecen a la compañía las prescripciones de las autoridades correspondientes, sobre todo cuando estima dispendiosa su ejecución.

10. Medidas que deben adoptarse para evitar accidentes.

Insistir en la capacidad técnica de los directores de trabajos mineros y la inspección obligatoria y permanente de tales trabajos por funcionarios del gobierno.

La revalidación, sujeta a reglas severas, de los títulos de ingeniero, a veces repartido con prodigalidad, cuando se trata del activo ejercicio de esa profesión en el exterior del país que concede diplomas, importan una garantía indispensable de la que aparece por demás oportuno pronunciarse.

Un cierto ambiente de rebelión, continúa diciendo el informe, existe indudablemente en la Empresa interesada; las medidas, o son imperfectamente aplicadas o no lo son absolutamente, cuando se creen dispendiosas o molestas, y todo esto demanda una continua y enérgica inspección que vigile su exacto cumplimiento.

Con todo, sería muy pequeño el resultado que se obtuviera, si no se estableciese una vigilancia extrema por la administración de la mina y no se recordará constantemente al personal de trabajo en ella, los peligros a que está expuesto y los medios y precauciones que deba tomar para evitarlos, los que se lograría mediante frecuentes explicaciones por los empleados superiores de las minas.

Urge desterrar de una vez y para siempre el sistema de trabajo “shooting of the solid” de la mina de Goyllarisquizga y reemplazarlo con el sistema “undercutting” o “shearing”.

Cree la comisión que un plazo máximo de tres meses será suficiente para la adquisición de dichas máquinas en número suficiente para las necesidades de la actual explotación.

Por el momento se impone la suspensión de los trabajos en el nivel “G”. Otra medida indispensable es el aumento de dotación de agua y la remoción, en forma adecuada, del polvo que forma aglomeraciones, como ha podido observarse en los niveles “J” y “G”.

Las labores deben ser revisadas por los capitanes respectivos, antes de prender los tiros, para constatar si están bien humedecidos. Es indispensable también, que no se proceda a prender los tiros y las lámparas de seguridad, que no detallamos aquí para no hacer demasiado extenso este trabajo, que sólo servirá para invitar a un estudio detenido de los procedimientos de la Cerro de Pasco Minning Company.

Es indispensable que se tenga expedita siempre, por lo menos dos cuadrillas de salvamento y una provisión de útiles necesarios para el mismo objeto, que faltaron absolutamente durante la última catástrofe. Llegando cuatro horas después, y todavía insuficientes, del Cerro de Pasco.

Debe obligarse asimismo a al compañía que lleve una total refacción y limpieza del hospital de Goyllarisquizga. En este establecimiento sólo se encontraron tres camas y la mesa de operaciones que allí existe, es reveladora del notable descuido que reina.

En vista del poco acatamiento a las disposiciones emanadas de las autoridades respectivas, es preciso establecer una enérgica sanción consiguiente al incumplimiento de tales órdenes, aconsejándose establecer una escala que pudiera comenzar una multa de 1,000 libras mínima y llegar aún a la suspensión de los trabajos, por tiempo más o menos dilatado, en caso de reincidencia y según la gravedad de la falta.

Concluye el informe, haciendo mención de actos de nobleza realizado en el salvamento por el superintendente Frank Rally, el ingeniero Aurelio Ruíz Huidobro, el sobrestante del nivel “E”, Luis Flores y los sargentos de la policía del Cerro de Pasco, Acosta y Ballesteros. Las autoridades respectivas y los médicos Portella y Anchorena, prestaron, en su esfera de acción, los más activos servicios.

11. Sigue la infamia.

Aunque parezca mentira, todo fue el que la comisión dejara el Cerro de Pasco, para que la compañía norteamericana dejara de cumplir lo que se había comprometido. Es así que, el 23 de agosto de 1,910, el diputado Carlos Lora y Quiñonez, dirigió un oficio al Ministro de Fomento, en el cual se refiere a la denuncia hecha en los diarios de Lima, de que la Cerro de Pasco Mining, había reanudado sus labores en la mina de carbón de Goyllar inmediatamente después que la comisión investigadora dejara la ciudad. Como es probable, no cumplieron con las modificaciones prescritas.

El señor Joaquín Capello -uno de los más brillantes parlamentarios que nos representara- dijo en la Cámara de Senadores el 24 de octubre de 1,910, que el Decreto de Gobierno, emitido el 26 de Agosto, después de la presentación del informe de la Comisión Oficial, había dispuesto que las cuentas pendientes de los que resultaron víctimas de ese accidente serían canceladas por la Empresa y que, por informe de la Asociación Pro-Indígena publicado oportunamente en los diarios de Lima, y contradicho por nadie, se sabía que multitud de esas cuentas no habían sido canceladas; que las familias de los que perecieron en la catástrofe, eran perseguidas en Jauja para que paguen lo que adeudaban, los que perdieron con su vida cuanto pudieran perder.

En aquella misma sesión presentó el citado senador un proyecto de ley, tendiente a proteger al operario indígena contra el despotismo de los grandes industriales. Pasó a una comisión parlamentaria.

12. LA LEY DE ACCIDENTES DE TRABAJO.

Como hemos visto, por lo ingente e imperativo que resultaba una ley de accidentes, el parlamento se puso a trabajar. Los numerosísimos accidentes mineros, trágicos y luctuosos, así lo determinaron. Es así que el 18 de noviembre de 1,905, José Matías Manzanilla, presenta un proyecto a su Cámara que después de debates encontrados e irreconciliables es remitido a “comisiones”, el eterno lugar donde duermen las aspiraciones del pueblo. Por fin, después de tanta espera, el 2 de agosto de 1,907, los dictámenes se someten a un debate. Nada se sacó en claro. El presidente Pardo, enojado por la demora, convoca a los grupos contrarios y presenta un proyecto de ley el 1 de agosto de 1,908; la discusión era acalorada, !claro! en el parlamento estaban los terratenientes, industriales y poderosos a quienes no le convenía la dación de la ley. En la defensa de la clase obrera bregó ejemplarmente Manzanilla y nuestro representante Joaquín Capello. Por fin el 06 de septiembre de 1,908 se aprueba el proyecto en Diputados para pasar a Senadores y , ese día, el pueblo obrero celebra ruidosamente el primer triunfo.

El proyecto fue discutido a partir del 05 de agosto de 1,910 en la Cámara de Senadores, donde Joaquín Capello tuvo un papel extraordinario. El 18 de octubre de 1,910 se aprobaba con ampliaciones, supresiones y correcciones, dándose paso a la ley No 1378, en cuyo artículo primero se decía: “El empresario es responsable por los accidentes que ocurran con sus obreros y empleados en el hecho del trabajo o con ocasión directa de él”.

Éste, indudablemente, fue un triunfo, porque hasta ese entonces los accidentes de trabajo no eran indemnizados ya que lo relativo a ellos tenía vigencia los dispositivos del código civil de 1,852.