ACLARACIÓN

Hace unos días, la escritora Elizabeth Lino Cornejo, bajo el título: “Escritor pasqueño César Pérez Arauco, no cita fuentes ni respeta investigaciones ajenas”, afirma que tanto en “Pueblo Mártir”, cuanto en mi libro “Filones de historia”, he plagiado su trabajo publicado en el diario EL COMERCIO de 8 de mayo del presente año. Al respecto debo decir que la mañana del dos de mayo de 1960, estuve personalmente en Huayllacancha recogiendo los datos periodísticos correspondientes a la horrible masacre, mismo día que entrevisté al doctor Genaro Ledesma Izquieta, otro de los protagonistas de aquel acontecimiento, cuyas copias en cintas magnetofónicas se hallan en Radio Pasco. Es más, este trabajo como otros relacionados al problema campesino pasqueño publiqué en el Tomo III, de mi libro CERRO DE PASCO -Historia del pueblo mártir del Perú- Capítulo Cuarto, titulado “Compañía, haciendas, campesinos y masacres” que abarca las páginas de la 135 a la 168, editado por BIZZ EDITORES el mes de junio de 1988, libro que se halla en la Biblioteca Nacional del Perú. A partir de 1961, llegada la fecha del dos de mayo, he realizado mi homenaje a los comuneros de Rancas, publicando en revistas y periódicos los pormenores de aquella hazaña. Tengo en mi poder la cinta magnetofónica de aquel acontecimiento. En consecuencia, los datos de la periodista recogidos últimamente en Rancas tengan coincidencia con los míos debido a que narran el mismo hecho. Espero que esta aclaración supere el impase. Dediquémonos, cada uno en su campo, a trabajar por nuestra tierra que tanto necesita de nosotros en estos momentos.

Gracias.

Ahora a continuar….

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HUARMIPUQUIO

amor-indioEn los albores de los tiempos, cuando por la inmensa meseta de Bombón comenzaran a pastar centenares de llamas, alpacas, guanacos, vicuñas… existía un grupo de hombres aguerridos e inteligentes de la tribu de los yauricochas que ya conocía el beneficio del oro y la plata que trabajaban a cielo abierto. Eran notabilísimos orfebres que transformaban con arte incomparable estos metales. Hacían maravillosas esculturas de hombres y animales de tamaño natural y confeccionaban múltiples joyas y adornos con incrustaciones de piedras preciosas como las sihuar (turquesas), umiñas (esmeraldas) y, traídas de lejanas comarcas, las churumamas, (perlas), para el aderezo de los vestidos del inca y la nobleza; vasos ceremoniales, máscaras, dijes, aretes y collares para el culto a Inti y otras divinidades. Todo esto enviado al Cusco desde el tiempo de Pachacutec, Inca que anexó a los yauricochas al Tahuantinsuyo.

Esta tribu estaba al mando de un diligente cacique que se solazaba del cariño y respeto de su gente. Era joven de talla regular y robustos músculos acerados que hacían su figura esbelta y vigorosa. Peinaba su larga cabellera que le llegaba hasta los hombros y la arreglaba con mucho aliño ciñéndola con un “llauto” de gruesas cintas de hilo de vicuña de fulgurantes matices, símbolo de su autoridad. Tenía la piel cetrina, amasada por el rigor de los vientos cordilleranos, el despiadado sol de las alturas y el frío riguroso de los crueles inviernos. Iba cubierto de gruesas ropas de lana de alpaca, con manguilla y pelliza de paco y “shucuyes” de suave cuero del mismo animal sujetos con amarras resistentes que, por suavidad y fortaleza era el calzado obligado en estos parajes. Su poncho, era prenda infaltable. Era afable, sencillo, laborioso. Conocía como pocos a los animales que pastaba y rastreaba con maestría tarucas y venados como nadie. Por jalcas, desfiladeros, valles, quebradas, abismos e inhóspitas cumbres, con flechas, lanzas y macanas en ristre, corría tras la huella de la caza nutricia y pródiga. Sabía donde se escondían las vizcachas y como podía atrapar a los cernícalos carniceros. Su aguda inteligencia le permitía desempeñar con éxito el ejercicio del gobierno entre la gente de su tribu minera y ganadera. Gozaba de excelente memoria fortalecida con una sutil y bien administrada capacidad de observación.

Un día que el sol iluminaba el solitario panorama de estas tierras, salió de caza. Había avistado una manada de robustas tarucas dirigiéndose al este, hacia los valles abrigados de árboles olorosos, guiados por un ejemplar imponente de fuerte cornamenta. El hato avanzaba a paso lento triscando confiado la hierba verde y jugosa de la zona. Deseoso de cobrar la pieza más grande, disparó un flechazo, pero erró. La gigantesca taruca olfateando el peligro había esquivado el dardo y la saeta apenas si pudo rozarlo. Entonces, presas de espanto, los animales huyeron a campo traviesa. El cacique al advertir enormes gotas de sangre, decidió perseguir al herido.

Corrió mucho por un larguísimo trecho hasta que comenzó a sentir los estragos del cansancio. Sediento y agotado, divisó un primoroso paraje de húmedo y fragante verdor alimentado por un puquial de aguas cristalinas y transparentes. Se sintió feliz y muy alegre. Ansioso se inclinó a beber, y cuando estaba a punto de introducir sus manos para sacar el agua, quedó fascinado de emoción. Sobre la diáfana superficie de la fuente se veía nítidamente el hermoso rostro de una muchacha nativa. Su mirada tierna le hizo estremecer. Nunca había visto una mujer tan bella.
– ¿Tienes mucha sed?. – Preguntó la beldad nativa. Al hablar con tono arrobador, sus carnosos labios dejaban ver sus blanquísimos y parejos dientes.
– Sí, tengo mucha sed, pero… me ha bastado mirarte para sentirme refrescado y satisfecho –la voz del joven cacique era débil y trémula por la emoción.
– ¡Me alegro! – Dijo ella mientras sonreía.
– Y tú tan tierna y tan bien parecida… ¿Quién eres?.
– La fuente.
– ¡¿La fuente?!
– Sí. Los dioses me han condenado a vivir confinada en este lugar.

Largos y lustrosos cabellos negros aprisionados en dos trenzas encerraban el semblante encarnado de la turbadora aparición. Su cuerpo joven, sensual y majestuosamente proporcionado estaba cubierto en toda su mórbida extensión por un manto de lana escarlata llamado “acso” que, a la vez que la abrigaba, moldeaba su cuerpo angelical. El manto estaba sujeto por varias vueltas de una larga faja bordada de vivísimos colores. Encima, una clámide de albísima tersura con flores recamadas de admirables corolas; la lliclla, sujeta al cuello por un vistoso “tickpe” de plata.
– ¿Quiénes son tus padres preciosa doncella?. –Interrogó el cacique.
– Mi padre es Libiac Cancharco, el trueno, y mi madre es Yanamarán, la lluvia…
– ¡Eres muy bella!… ¡Cásate conmigo!.
– No puedo.
– ¿Por qué?…
– Ya te he dicho, soy la fuente. Estaré eternamente cautiva en este lugar…
– ¡Yo soy un cacique… ¡te liberaré!.
– No podrías…
– ¡Reuniré a todos mis hombres y con la ayuda de ellos guerrearemos contra tus carceleros!.
– No podrás. No hay fuerzas que puedan lograrlo. Nuestros dioses han determinado que yo viva en las claridades del agua, dando vida a los campos y a los animales…
– ¡Es que yo te quiero!.
– Yo también…
– Entonces… ¡huyamos!….
– Me es imposible… soy la fuente.
– Si fueras mujer… ¿Te casarías conmigo?.
– Sí, pero ahora no puedo. Pertenecemos a mundos diferentes.

El cacique lo comprendió todo con profundo dolor.

Desde aquella vez, diarias se hicieron sus visitas a la fuente. Por las tardes, cumplidas sus tareas del día, llegaba al lugar y pasaba largas horas en compañía de la bellísima mujer que le había aprisionado en ese sentimiento dulce e indefinible del que ya no pudo desligarse. Así pasaron los meses de sol, de nieve y de viento. Y al no poder lograr el amor de aquella mágica aparición, se tornó más nostálgico y taciturno.

Lentamente fue muriéndose de amor el jefe yauricocha.

Un día hallaron su cadáver a la orilla de la fuente en donde había brotado una hermosa flor encendida.

Aseguran que en este remanso que dieron en llamar Huarmipuquio (mujer manantial) ubicado en una verde depresión entre la Quinua y el Cerro de Pasco, cuando la luna irradia su palidez de gualda en las noches serenas, se ve a los jóvenes amantes emerger muy juntos y enamorados de las aguas cristalinas, libres de las ataduras terrenales.

Ellos viven su felicidad en las profundidades del puquial inagotable y hermoso.

EL VELEIDOSO PÁJARO PITO

PORTADA DE LIBRO 1
Desde tiempos inmemoriales, la lechuza vuela en la oscuridad tratando de encontrar al pájaro traidor, responsable único de todos sus problemas: el pito. Éste está muy escondido y tiene miedo mostrarse entre los pájaros honrados y hermosos.

Bueno, pero… ¿Por qué ocurre esto?…. La historia completa es la siguiente.

En remotos tiempos, cuando los pájaros podían hablar por especial permiso de Dios, el pito era un horrible pajarraco gris, sin gracia, lúgubre, de desmesurado y afilado pico. Y cada mes, cuando la luna llena brillaba y todos los alados se reunían en asamblea, el pito saturaba los aires con sus quejas interminables.
– ¡Mírenme, mírenme, hermanos! –Gritaba quejumbroso- ¡mírenme cuan horrible soy!… Los pericos y las loras, con sus alas de esmeralda, brillan como el agua verde; la garza es blanca como la nube; el canario es amarillo como el oro y negro como el carbón; el tordo hermosamente moteado de blanco y negro; el cardenal, miren qué belleza, es como la rosa bañada en vino; sólo yo soy oscuro, feo y triste. buhhh… – y lloraba desconsolado. El águila que es el amo de todos los pájaros de la tierra, malhumorado tronó:
– ¡Estoy harto de oír al pito!… ¡Siempre quejándose, siempre suspirando y llorando!… ¡Somos lo que somos!. Nuestro creador ha tenido a bien dar belleza y majestad a alguno de nosotros; a unos velocidad, a otros, alas poderosas y garras fuertes; unos poseen una voz hermosa para cantar a la vida; a otros les ha dado una pronunciada sabiduría. Todos debemos aceptar lo que él nos ha dado. Debemos sobrellevar nuestra suerte cualquiera que ésta sea. El único impertinente y sinvergüenza que no quiere aceptar esto y se pasa la vida alegando es el pito…
– ¡Así es águila!- gritaron todos los pájaros…
– Pero para que no siga fastidiando, veamos si podemos ayudarle. Tú lechuza; tú eres muy sabia ¿Qué dices de todo esto?… ¿Hay alguna manera de ayudar al pito para que sea hermoso?.

La lechuza que había ganado su reputación de sabia por sentarse en silencio con la cabeza apoyada sobre el pecho, abriendo y cerrando sus brillantes ojos de ámbar, aclaró la garganta y habló con gran parsimonia.
– ¡Demos al feo pito la belleza que busca!. ¡La belleza como la sabiduría, se puede adquirir!, –dijo sentenciosa- que cada uno de los pájaros de colores le dé una pluma al pito. Así nunca volverá quejarse de su falta de belleza y color, pues llevará en su cuerpo todos y cada uno de los tonos que se puedan envidiar…
– ¿Y… nosotros? –Interrumpieron apremiantes los otros pájaros –nosotros también estamos orgullosos de nuestro plumaje. ¿Por qué entonces nos tenemos que desprender de alguno para satisfacer la vanidad de un pájaro tonto que nunca ha hecho nada para ganarse nuestra generosidad?.
– Bueno, todo lo que dicen es verdad. El pito nunca ha hecho nada por ganarse nuestro cariño y simpatía…
– ¡Es verdad!. –gritaron al unísono los pájaros.
– ¡Calma, calma!.- volvió a decir la lechuza. Esta vez el pito tendrá que ganarse nuestra deferencia desempeñando una misión especial.
– ¿Qué hará?. –Interrogó un pájaro.
– ¡Será nuestro mensajero!.
– ¡Bravo! –Gritaron a voz en cuello los asambleístas.
– ¡Cuándo nuestro hermano, el águila, desee reunirse con nosotros, sólo tendrá que enviar al pito para que nos convoque!. Él se encargará de avisarnos a todos. ¿De acuerdo?.
– ¡¡¡De acuerdo!!! –Gritaron los pájaros unánimemente.
– ¿De acuerdo, pito? –Preguntó el águila.
– ¡Claro, hermano, claro! –Contestó entusiasmado el pájaro gris. ¡Con mucho gusto!.

En ese momento cada uno de los pájaros de lindo plumaje, se arrancó su más brillante pluma y se la puso al pito. En un santiamén lo cubrieron del pico a la cola con las más atractivas y finas plumas escarlatas, amarillas, bermellonas, lilas, celestes, verdes, doradas, blancas, azules, plateadas, negras, marrones… Cuando concluyeron, el pito estaba recubierto de mil colores como un mágico arco iris. En ese momento era el más bello de la tierra, de los aires y de las aguas relucientes… ¡Nunca se había visto un pájaro tan hermoso!
– ¡Oh, qué bonito soy!. ¡Qué bonito soy! –Gritaba el pito fuera de sí, contoneándose ostentoso.

Cuando el águila levantó la sesión, sin siquiera una palabra de agradecimiento, el pito se perdió por los aires, haciendo alarde del boato de su abigarrado plumaje de vivísimos colores.

No había pasado mucho tiempo. Horas solamente de aquel acontecimiento, cuando el pájaro pito, incapaz de cumplir su promesa, se desatendió de lo pactado. El único pensamiento que le dominaba, era su nueva apariencia. Todo el tiempo se pasaba mirándose al espejo de las tranquilas aguas de la laguna, murmurando petulante: ¡“Qué bello soy, qué bello soy!”.

Nunca el malagradecido, entregó un mensaje. Cuando algún pájaro lo necesitaba para pedirle un servicio, se escondía entre las paredes y roquedales negándose a contestar las llamadas.

Un día, deseoso de reunirse con todos los pájaros del mundo, el águila ordenó al pito para que convocara a toda la familia alada, pero el fatuo ni siquiera intentó obedecerle. En lugar de cumplir con el encargo, se entretuvo horas enteras mirando el brillo de su plumaje en el reflejo de las aguas, gritando: “Qué lindo soy, qué lindo”.

Así llegó el día de la convención. Cuando el águila llegó al lugar del concilio no encontró a ninguno de los pájaros del mundo. ¡A ninguno!. Iracundo, salió como una flecha por los aires y pájaro que encontrara, pájaro que era castigado.
– ¿Acaso no fueron convocados para la asamblea?.
– ¡No, hermano águila, no!… ¡No sabemos nada!… –respondieron en coro.

Rabiosos todos los pájaros del mundo se recriminaban mutuamente. Los gritos desaforados eran de condena para el réprobo pito que no había cumplido con citarlos. Igualmente, ciegos de ira, maldecían a la lechuza por haberlos involucrado con semejante pillo. Tantos y tan sonoros fueron los gritos que Dios los escuchó allá arriba. Frunciendo el ceño, como nunca, el Supremo dijo:
– ¿Por qué el don de la palabra que os he concedido, lo usáis tan mal? –Y extendiendo sus manos santas hacia la tierra, colérico como nunca, sentenció:
– ¡No hablaréis más!… ¡Indignos sois de este preciado don!. Desde ese mismo instante, las voces furiosas de los pájaros se convirtieron en sonidos discordantes y varios; en agudos gritos, desagradables graznidos y una bulla que, desde entonces, no ha cesado. Sólo algunos pájaros que se ganaron el aprecio de Dios conservaron la dulzura de sus trinos.
– ¡Vos, pito malhadado!. Seréis mensajero de la muerte. Sólo cuando veáis a los hombres rodeados de la muerte, cantaréis!… ¡Vuestra vanidad será castigada severamente: volveréis a ser gris y feo como la muerte!. Sólo vuestra sangre servirá para combatir la parca, por eso os perseguirán. ¡Y como siempre os habéis escondido en los tapiales de los muros y los cementerios, viviréis hasta que la oscuridad cubra la vida!… ¡En cuanto a vos lechuza, sólo de noche podréis salir de vuestro escondite… sólo de noche!.

Dicen que desde entonces, el pito anda fugitivo, escondiéndose en los muros y en las rocas. No quiere encontrarse con la lechuza ni con el águila. En cuanto a la lechuza, su vigencia de vida se ha restringido a las horas nocturnas. Es verdad.

EL PASTOR Y LA NINFA

LULI HUARMI
Como elevada arista que tuviera su base en Tápuc, Rocco y Chipipata, se levanta imponente el paraje denominado Huampún, en cuyo regazo yacen tranquilas, apretadas por un tupido cinturón de juncos, las frígidas aguas de Huacraycocha, la laguna eterna.

Para llegar a este apartado lugar cubierto de abundante pasto verde hay que remontar una crestería y, una vez en la laguna, uno encuentra que la inmensa soledad lo cubre todo. Nada parece vivir en su entorno. Ni cerca ni lejos se puede ver una choza siquiera. Ante la vista se extiende, silenciosa y durmiente, la vasta pampa con un recortado horizonte de crestas huidizas.

En este inconmensurable paraje ocurrió hace muchos años uno de esos dramas vastos e intensos que no obstante desarrollarse a pleno sol, son generalmente ignorados por el mundo. Dramas en los que hay una extraña concurrencia de lo humano y lo cósmico.

Cuentan de un joven que había llegado a pastar sus ovejas por aquellos campos rendido por el cansancio de la caminata y acariciado por el tibio sol que alumbraba el paisaje, quedó plácidamente dormido sobre la hierba. No había transcurrido mucho tiempo cuando en forma intempestiva, el cielo se cubrió de nubes negras que desencadenaron una estrepitosa granizada extrañamente roja; el viento agudo y silbante de las soledades, alimentó el bronco estruendo de rayos y truenos que hicieron estremecer aquellos parajes. Sobresaltado como había quedado decidió recoger su ganado para llevarlo a su aprisco. Ya se enfrascaba en esta tarea cuando, igualmente misteriosa, la lluvia cesó de repente, el viento se hizo calmo y el cielo se iluminó con unas luces rosadas y hermosas.

Sorprendido, no sabía explicarse el porqué del fenómeno que acababa de presenciar. Intrigado miraba a un costado y otro de aquel lugar cuando alcanzó a ver, con gran asombro, a una muchacha de largo cabello cárdeno y ojos profundamente negros que se acercaba a él con un ruido de hojarasca que producían las alhajas que colgaban de sus opulentas vestiduras. Haciendo acopio de las fuerzas que comenzaban a abandonarlo, quiso huir a campo traviesa, pero la dulce voz de la joven mujer le detuvo diciéndole:
— No huyas, pastor; quiero hablar contigo…
— ¿Conmigo?…- su voz temblaba de emoción.
— Así es –la mujer lo miraba con sus ojos transparentes tratando de inspirarle tranquilidad.
— Pero,… ¿Quién eres?…
— Soy Luly Huarmi, la ninfa de estas aguas.
— Eres hermosa y muy rica… ¿Qué puedes querer de mí?…
— No tienes por qué ponerte nervioso. Hace tiempo que vengo observándote y sé que eres un buen muchacho; por eso quiero contraer compromiso formal contigo. Soy soltera. Quiero ser tu mujer.
— Pero… ¿Yo?… ¿Yo, Luly Huarmi?…. No, no podría. Yo soy muy pobre; no la merezco…
— No importa. Lo que me interesa es tu compañía. Nos uniremos en matrimonio y haremos aumentar nuestro ganado para vivir muy felices. Sólo te pido que guardes nuestro secreto.
—¿Por qué?.
— Nadie lo entendería. Por eso, ni tus padres deben conocer de nuestro secreto. Nadie, absolutamente nadie.
— Por esa parte, descuida niña; yo soy muy íntegro y guardaré el secreto. Ni a mis padres les contaré lo que está pasando…
— Bien, muy bien. Entonces, en este mismo lugar, mañana a la misma hora nos volveremos a encontrar. Sólo te recuerdo que a nadie debes revelar nuestro secreto.
— Bien, niña, bien- emocionado y tembloroso el joven pastor miraba extasiado a la hermosa aparición.
— Ahora, cierra los ojos.

El pastor cerró los ojos y, al momento, una ráfaga de viento, lluvia y truenos, se alternaron en rápida sucesión. Cuando volvió a abrirlos, ya la bellísima mujer de los cabellos rubios, había desaparecido. Su sorpresa, sin embargo, no quedó ahí. Sus ojos casi se desorbitaron al comprobar que en el lapso de su conversación con la ninfa, muchos corderillos habían nacido en su redil.

Cuando hubo llegado a su casa, apenas si pudo poner sus ovejas en el aprisco. Estaba ensimismado y mudo. No alcanzaba a comprender el motivo por el cual la bella mujer le había propuesto matrimonio. Cuando sus padres le formularon una serie de preguntas, él contestó con evasivas tratando de no descubrir la asombrosa inquietud que le abrazaba el corazón. Aquella noche no pudo dormir presa de una profunda emoción. Una mezcla de temor y felicidad le invadía. Su cuerpo se estremecía a la sola evocación de la hermosa faz y el cimbreante cuerpo de la enigmática mujer.

Al día siguiente, cumpliendo con las indicaciones recibidas, acudió a la cita. Allí estaba ella, radiante de belleza y ataviada con tan ricas vestiduras que brillaban a los rayos del sol. Con sonrisa dulce y diáfana, la ninfa dijo:
— No tienes nada que decirme. Sé que has cumplido tu promesa y te has hecho dueño de mi amor. Ahora sí vivirás conmigo. Seré tu esposa. Deja a tus ovejas donde están, no te preocupes, tus perros las cuidarán. Ahora cierra los ojos y sígueme…

El joven pastor obedeció las órdenes de la bella ninfa. Cerró los ojos y al momento, sintiendo en su cuerpo una levedad de pluma, como si se transportara por los aires, fue dominado por un temor que pronto se disipó. Cuando abrió los ojos, quedó admirado al ver lo que le rodeaba. Estaba en una casa muy confortable y hermosa, rodeada de numerosos sirvientes solícitos y diligentes, al centro de una laguna, en una isla misteriosa y paradisíaca. Cuando se miró a sí mismo se encontró que lucía una galas espléndidas, bordadas con hilos de oro y plata y abundantes incrustaciones de brillantes y piedras preciosas.

Aquel día se amaron con frenesí y llenos de felicidad, compartieron momentos inolvidables de éxtasis. Finalizado el día, rendidos pero contentos, decidieron separarse.
— Ya es bueno que te vayas. Espero que no olvides nunca los momentos hermosos que estamos viviendo.
— No lo olvidaré jamás. Es más, te pido que siempre estés a mi lado y nunca me dejes por nada…
— No te dejaré… Sólo tienes que conservar nuestro secreto.
— Así lo haré, te lo juro…
— Te creo.

El joven pastor volvió a cumplir con el rito. Cerró los ojos y, al reabrirlos, se encontró nuevamente con sus ovejas que habían pastado tranquilamente durante el tiempo de su ausencia. Al contarlas comprobó que había aumentado el número. Las reunió y muy contento retornó a su casa.

Desde aquella vez, diariamente salía de su casa con los primeros rayos de luz del día y retornaba al ocaso, rendido pero muy feliz. Sus padres contentos por la proliferación de su ganado, dejaron de hacer preguntas a su hijo por el milagroso aumento. Ellos se sentían afortunados de que su ganado fuera aumentando cada vez más, pero nunca llegaron a saber la verdad. (“Voces del socavón”)

EL FANTASMA DE LA MINA CERREÑA

MUERTO VIVIENTEEs sabido desde siempre que en las negras oquedades de los socavones mineros, habita una interminable cáfila de espectros espeluznantes, muquis, jumpes, almas en pena, fantasmas, trasgos, duendes y gimientes seres de ultratumba que vagan solitarios y quejumbrosos por las galerías de la bocaminas, de los farallones, de los “stopes”, de las escaleras. La experiencia de los viejos mineros sentencia que uno nunca debe aventurarse solo por aquellas galerías oscuras bajo el riesgo de darse cara a cara con uno de estos personajes misteriosos, llevándose una lacerante sorpresa y peor recuerdo. Esto es lo que le aconteció al hombre que mediante su trabajo incansable, llegó a amasar una colosal fortuna que a fines de la colonia lo convirtió en el hombre más rico del Perú: Don Manuel Fuentes Ijurra.

Enamorado de los inextricables misterios de la mina, gustaba recorrer los socavones sin ninguna compañía, salvo la de su lámpara minera. Se extasiaba a la sola contemplación de un inacabable florecimiento de fascinantes cristales subterráneos, semejante a mágicos jardines de luces y reverberos, rojos cristitos de arsénico, gualdas alimonados de cinabrio, ambarinos y topacios de silicatos; verdosos cupritos en su infinita variedad de dorado rojizo; magnetitas negras y hematitas rojas, todo en una alucinante sinfonía de colores que Ijurra hacía jugar con las luces pendulares de su lámpara.

Una noche que deambulaba solitario por estos pasajes subterráneos, oyó una fuerte detonación seguido de un ruido indefinible, como de gente avanzando hacia él con el bullicio de turbamulta cada vez más intenso. Armándose de valor decidió afrontar la invasión que no alcanzaba a distinguir. Gritó con todas las fuerzas que le daban sus cerreños pulmones:
—¡¿Quién anda ahí?!… ¡Identifíquese!… ¡¡¡¿De esta vida o de la otra?!!!… – la pregunta aumentando sus dimensiones, retumbó en la oscuridad. Luego de un silencio sobrecogedor, su lámpara iluminó un negro espectro que avanzaba hacia él con paso cansino. Con el fin de ganar la iniciativa, tragó saliva y volvió a gritar: – ¡¡¿Quién eres tú que osas atacarme con tu gente?!!-
— Soy un minero como tú, y como tú también estoy completamente solo – Respondió una voz cavernosa y profunda, cargada de misterios- Debes saber que yo soy el primer minero que llegó al Cerro de Pasco y al ver tantas riquezas en sus vetas prodigiosas, sin reparar en lo que decía, me atreví a pedirle a Dios que nunca me apartara de estos filones y me dejara trabajar hasta el fin del mundo. Desgraciadamente, Dios Todopoderoso escuchó mis palabras, que no eran un pedido sino una alabanza a tanta riqueza, y en cumplimiento de mi deseo me condenó a seguir por centenares de años una sola y misma veta. Y aquí estoy cumpliendo mi condena, acompañado de este regimiento de fantasmas que no son sino las almas de todos los mineros que quedaron sepultados en la mina. Yo ya no tengo familia y nadie me reconocería si me viera…
— ¡Déjame ver tu cara! –Se aventuró a pedir Ijurra- pueda que yo te reconozca o encuentre un rasgo de familia…

Al oír el pedido, el espectro desembozó la negra capa que lo cubría y dejó ver su faz del tamaño de un puño, reseca como una hoja muerta y arrugada como una esponja, cubierta con una vetusta gorra minera. Ijurra enmudeció. No pudo articular palabra. Volviéndose a cubrir, la tétrica aparición dijo:

— No me conoces – avanzó unos pasos más y dijo- Seguiré persiguiendo mi veta por los siglos de los siglos. Mi condena concluirá cuando termine la vida.

Nuevamente esbozado con su capa de siglos, el espectro avanzó lentamente hasta que la oscuridad tragó su imagen y el ruido tenebroso de su séquito de muertos dejando un silencio sobrecogedor en la mina. Desde entonces –aseguran los que lo conocieron- Manuel Fuentes Ijurra jamás volvió a vagar por las galerías subterráneas. No lo hizo ni cuando las aguas inundaron sus ricas galerías. Prefirió perder toda su fortuna y morir pobre a toparse nuevamente con el fantasma de la mina cerreña. (Fuente: “Voces del Socavón”)

El holocausto de “Matagente”

MUERTOS EN LA MINA
Poco antes del mediodía de aquel fatídico 28 de octubre de 1746, unas nubes gigantescas como siluetas de apocalípticos gigantes fueron reuniéndose hasta formar unas cerrazones de sombras siniestras que encapotaron completamente el cielo. La gente miraba asustada las nubes que se tornaban cada vez más oscuras con un fuerte olor a azufre que terminó por invadir todo el ámbito de la ciudad. Un negro presagio los envolvió a todos y, de pronto, como obedeciendo a una señal, los animales manifestaron una alarmante intranquilidad: los perros iban y venían, desesperados, como buscando escapar de un encierro terrible, la mayoría aullaba lastimeramente; otros se escaparon de las casas en las que vivían. Los mismo lo gatos. Caballos, mulos y burros mostraban un extraño comportamiento escarbando, coceando, corcoveando, bufando y relinchando descontroladamente. Patos, gallinas y otras aves de corral, como presas de un pánico indescriptible alborotaban los corrales. Hasta los cuyes –otrora pacíficos y tranquilos- estornudaban extrañamente abandonando sus madrigueras; otros se erguían sobre sus patitas traseras y, como rogando, se empinaban alarmados. Nadie podía explicarse este extraño comportamiento animal. Es más. En linderos de Matadería y Algo huanusha, un insoportable olor a zorrillo se había instalado haciendo irrespirable el ambiente. Más de uno había visto y oído el canto de los tucos (Buhos nocheriegos), malignos animalillos mensajeros de mala suerte, además de la enorme proliferación de mal agüeros “accacllos”, cantores de la muerte. En eso, inexplicablemente, unas extrañas nubes purpúreas que nunca se habían visto se apoderaron de las negras y tornó el paisaje de una siniestra sombra sangrienta. Era pasado el mediodía de aquel 28 de octubre. Hora de almuerzo. De pronto, siguiendo a un ronquido terrible, como si en el fondo de nuestro planeta se produjera una hecatombe espantosa, la tierra comenzó a temblar horrorosamente, como si estuviera encima de una gigantesca bestia robusta que sacudiera el polvo de sus lomos, sin poder mantenerse quieta por un instante. Los gritos desesperados de las gentes confundiéndose con el revuelo de los animales y el ladrido siniestro de canes aterrorizados, era una patética sinfonía de desfallecimiento extremo. Los sacudimientos eran tan escalofriantes que parecía que se quebraba, zarandeando con gran impulso las casas del pueblo en medio de un polvo asfixiante y ensordecedor. Muchísimas casas cayeron estrepitosamente cuando ya las gentes habían ganado las calles; muchos, de rodillas y empalmando sus manos, invocaban con desesperación que Dios calme sus iras. ¡Nunca había ocurrido algo parecido!. Bruscamente, una ráfaga de viento se abalanzó sobre la ciudad, golpeándola perpendicularmente como a través de una cabina de encierro, removiendo enormes nubes de polvo elevándolos casi hasta la cumbre de los cerros colindantes. Ahora llovía y tronaba misteriosamente, como nunca. Las ventanas se rompían y la lluvia formaba un resistente muro de cristal. Las campanas de la iglesia de Santa Rosa repicaban desordenadamente movidas por la tormenta infernal.

El cataclismo fue tan poderoso que, como un castillo de naipes, trajo por los suelos la iglesia de Santa Rosa. Pero aquí ocurrió un milagro portentoso. En un altar lateral quedaba en pie, ilesa, la imagen del Cristo flagelado; estaba cubierto con su túnica bermeja que le cubría su desnudez y, una caña entre las manos. Ese día nació la fe inquebrantable por “Taita Caña” (Así terminó por llamarse). Desde entonces, desesperado para asirse a algo que lo salvase, el pueblo acendró su fe en el Cristo Flagelado que, desde aquellos tramontos contempla mudo con su rostro magullado y penitente, todos los avatares de su devenir secular y doloroso. Los creyentes le piden clemencia y ayuda y Él, se las concede: “Taita Caña”. De pronto dejó de llover.

Las gentes veían con espanto que, en varios tramos, sin saber qué decisión adoptar, la tierra se abría y se volvía a cerrar como fauces hambrientas dejando escapar un vaho agresivo de olores minerales acerbos y urticantes. Todo se sacudía. Era espantoso. Vieron que el suelo tras una estremecedora convulsión acababa de fracturarse en la confluencia de Pariajirca Alta y Algohuanusha. Una nube colosal de polvo nunca antes vista se elevaba por los aires ensombreciendo el ambiente. La veta madre había desaparecido. Con horrísona crepitación cayó el talud del cerro colindante acopiando un desmonte colosal de miles de toneladas. ¡La mina del Rey se había hundido en toda su extensión con más de trescientos hombres dentro!. ¡Dios mío!. Por el registro de desaparecidos que se hizo conocer después, se sabe que todos eran de la zona de influencia minera del Cerro de Pasco: Jauja, Chaupihuaranga, Huánuco, Tarma, Huamalíes, Cajatambo, Huancavelica, Huaylas, Huari, Canchucos Alto, Conchucos Bajo. Total: Tres cientos. Nadie lo podía creer, sin embargo aquella tétrica huella como enorme cicatriz, señalaba que aquella galería había colapsado. ¡Trescientas vidas desaparecidas como por un acto de magia!. Todo ocurrió en segundos, en medio del sordo remezón de la tierra y los gemidos clamorosos de las gentes. Las campanas de la iglesia –únicas señales de alarma- comenzaron a repicar a rebato con una desesperación que pasmaba; la angustia trabajaba con las sogas que hacían repicar insistentemente, una y otra vez

La conmoción había sido instantánea. Todos alcanzaron a ver, una colosal nube de polvo elevándose al cielo, señalando como estela de terror, la ruptura de la tierra en ese lugar. Hombres y mujeres, como movidos por un resorte, olvidando urgencias personales en muestra de conmovedora solidaridad, convergieron en el socavón siniestro. Abandonando sus desvencijadas rancherías, esposas, hermanas, hijos… dejando un reguero de lamentos y gritos, llegaron al lugar donde la mina se había hundido. La angustia aterrorizada de mujeres y familiares de las víctimas fueron conmovedoramente patéticos.
— ¡Hagan algo! – ¡Socorro!. ¡Piedad!. Era el grito exasperado de las mujeres que corrían de un lado a otro, desesperadas, buscando la entrada de la mina para salvar a los suyos, pero ya nada se podía hacer. La extensa galería de más de quinientos metros había desaparecido. La entrada rocosa clausurada herméticamente no dejaba más que el rastro de una cicatriz como colosal mandoble asestado por la fatalidad. Miles de toneladas de desmonte se habían encajonado en lo que antes había sido la extraordinaria y colosal mina del rey. El pasadizo que seguía la alocada veta de plata, no contaba con respaldo de columna alguna; era tan rica que todo se sacaba sin prever ningún soporte. Cuando el avance se había hecho tan profundo y las velas de sebo comenzaron a apagarse por falta de oxígeno, sobrevino el derrumbe. Todo fue tan rápido que los hombres ni siquiera tuvieron tiempo de darse cuenta, hermanados por el trabajo, en cumplimiento de su tarea, saldando su cuota de martirio. Se supone que por extraer los mejores montones para sus “huachacas”, habían debilitado los precarios soportes de la galería que no pudieron aguantar el zamaqueo del terremoto.

La noticia no quedó intramuros de la ciudad, no; galopó por todas la meseta en la aterrada voz de los heraldos; se irradió por las quebradas de Chaupihuaranga y pueblos de la ruta. Conmocionó principalmente a los partidos de Jauja, Cajatambo, Huamalíes y pueblos aledaños cuyos braceros habían venido a trabajar en los socavones cerreños. Nadie lo podía creer, pero había sucedido. De estos pueblos ateridos que proveían jornaleros, salieron familiares y amigos de los inmolados a prestar apoyo para el rescate. Enormes cantidades de gentes, comandadas por sus Alcaldes, sacerdotes y caciques llegaron al dantesco escenario acrecentando su clamorosa desesperación. El cura Jacobo Maguiña y su ayudante, Juan Marín, de Chaupimarca; el cura José Eizaguirre de la Serna, el Alcalde Isidro Pontai y el Cacique Joseph Ventocilla de Carhuamayo; el cura español Pedro Ángel Yadó de Huariaca; el Alcalde de Yanacocha, Francisco Javier; el cacique Francisco León de Chacayán; el cacique, Anselmo Hachapuri y su esposa, Prudencia Huamamalqui de Huariaca; Jacinto Mesa, cacique; Feliciano Rupay, Liborio Huaricapcha de Ninagaga; todos ellos comandaban a su gente desesperada que a gritos conminatorios pedían el rescate de los cadáveres. Hasta el oportunista trepador Joseph Chavinpalpa, escoltando al Alcalde de Minas y su gente, había galopado a revientacinchas desde la Villa de Pasco y maniobraba compungido y acomodaticio, haciéndose notar ostensiblemente. Había que tener fuerte presencia de ánimo para soportar las dolorosas demostraciones de dolor de los familiares de las víctimas. Muchos desesperados querían iniciar el rescate pro no sabían por dónde comenzar. No había puertas de ingreso ni un mínimo resquicio por donde se pudiera escarbar. Impotentes tuvieron que resignarse a la evidencia. ¡No había nada qué hacer!.

El Gremio de Mineros, a solicitud de su presidente y Alcalde de Minas y Justicia Mayor, Esteban Osorio, trataba de calmar los ánimos exacerbados. Se esgrimían razones a voz en cuello pero, abrumados por el dolor, los dolientes no escuchaban. Los curas, presididos por el de Santa Rosa, improvisaron un altar en el que celebraron misa cantada. Sólo así se calmó la gente. En su homilía, el cura Eizaguirre habló de la esperanza de una vida más justa que –estaba seguro- ya estaban gozando los muertos ante la presencia del Señor. Puso especial énfasis en el perdón que se debía otorgar a quienes, directa o indirectamente, habían causado la tragedia. De inmediato se procedió a repartir alimentos y mucha coca. Se buscaba atenuar el dolor inmenso que embargaba a los dolientes.

Aquel trágico atardecer, los asociados del Gremio de Mineros –acaudalados españoles que usufructuaban el producto de las minas- se reunían de urgencia en la sala de sesiones del Consulado español.
— ¡Es una desgracia, una verdadera desgracia! – decía el Presidente- ¡Tanto que nos ha costado el encontrar la veta madre para perderla en un triz! … ¡Nunca se ha visto nada igual…!
— ¡Es terrible!. Increíble que esto ocurra justo cuando la producción de plata ha pasado de 68 mil a 300 mil marcos. ¡Algo nunca visto! –grita José Apotino Fuster, rico minero y azoguero muy relacionado con Fuentes Ijurra- La mina del Rey, el mejor filón presentado en muchos años, casi superficial, que no conocía inundación alguna. ¡Dios mío!.
— ¡Así es, perderlo todo y ¿ a qué precio?. –insiste el minero Vives- Centenares de vidas y…
— ¡Bueno, indios se encuentran a montones!…. Lo que más sentimos es la pérdida de un afloramiento extraordinario…
— Sin embargo, es sensible la desaparición de tantos hombres. Indios o no, son seres humanos. ¡Los deudos están como locos!. ¡No saben qué hacer!.
— ¡Nosotros tampoco!. ¡Se ha perdido irremisiblemente una gran veta!. ¡No creo que podamos encontrar otra igual!. En cuanto a los indios, lo único que nos queda es alcanzarles un socorro monetario para que se consuelen. Nadie, ni ninguna fuerza conocida, podría remover las toneladas de tierra que los ha sepultado. ¡Por cada uno de los muertos, les daremos diez soles de plata!. No podrán quejarse. Esa cantidad no la recibirían si hubieran muerto en sus chacras o en sus campos de pastoreo. ¡Es suficiente!. Así ocurrió aquella vez. ¡Una vida humana costó diez soles de plata!.

En esos instantes. Valiéndose de las rogativas, motetes dramáticos y compungidos, los curas atenuaron la furia de los campesinos que estuvieron velando por cinco días a la puerta del trágico socavón. En ese tiempo, los dolidos cánticos en quechua y el llanto inconsolable de viudas y huérfanos, fueron dramáticamente persistentes. De los pueblos aledaños habían venido plañideros cantores que estremecían el alma con sus responsos. Al fin y al cabo, era el único consuelo que les quedaba. La coca, aguardiente, cal y cigarros, fueron provistos por el Gremio de Mineros así como la alimentación. Los matarifes del barrio de “Matadería” afirmaban que habían aparecido muchas almas en pena que no los dejaba dormir. Que el aullido de los perros era insufrible y que, desde noches anteriores, el nauseabundo olor del zorrillo, no los había dejado en paz. ¡Están penando! –gritaban.

Durante el día, hombres y mujeres de lugares lejanos llegaban a contemplar el trágico escenario convertido en hermética tumba. Cuando emergieron grupos de beodos reclamando a voz en cuello que desentierren a las víctimas, la policía los ahuyentó; los insistentes terminaron encarcelados y azotados con el cuerpo completamente desnudo.

La llegada de los portadores de los envíos de plata a la Casa de la Moneda de Lima, fue estremecedoramente dramática. Llevados por el cura a las puertas de la mina siniestrada, contaron que el terremoto había sido más terrible en Lima donde la casi totalidad de casas habían sepultado a sus ocupantes. Que había más de dos mil muertos y que seguían sacando cadáveres de las casas destruidas. Que en el Callao el mar se había salido y barcos, chalupas y chinchorros habían encallado en el centro de la ciudad. Que el hambre era extremo porque no se encontraba nada qué comer. Que la podredumbre de los cuerpos estaba originando enfermedades que afectaban a niños y ancianos preferentemente. Que, inclusive, muchas iglesias habían caído con sus feligreses dentro. Que los bandoleros estaban haciendo su agosto, ocupada como estaba la policía en ayudar a los damnificados y a sepultar a los muertos.

El impacto que causó la ocurrencia de tantos hechos de sangre, robos, violaciones, brujerías, secuestros, asesinatos y sobre todo, el terremoto, fue de tal magnitud que, de inmediato, decidieron edificar una nueva iglesia en reemplazo de la de Santa Rosa que acababa de colapsar. La erigieron en la parte principal de Chaupimarca donde rendirían pleitesía y veneración a San Miguel Arcángel, patrono del pueblo. Por la urgencia fue construida con premura, con una sencillez y simplicidad que llama la atención. Naturalmente, por su importancia, la ciudad merecía otro templo de más prestancia, como Huancavelica, Potosí, Oruro, o Guanajuato en México, ciudades mineras como la nuestra donde se levantaron sendas catedrales que hasta ahora, desafiando al tiempo, se mantienen en pie. Para 1750, la nueva iglesia abría sus puertas a los fieles devotos y se sumaba a la de Nuestra Señora del Rosario de Yanacancha.

Transcurrido el tiempo, poco a poco, como siempre ha venido ocurriendo en estos escenarios, fue decayendo la fe, olvidándose de las calamitosas consecuencias del sismo y el holocausto de “Matagente”. La enorme tumba de Pariajirca Alta, permanecía como siempre, pero ya los visitantes eran menos; las romerías cada vez más ralas fueron distanciándose; finalmente sólo quedó una cicatriz como señal de la ignominia y el olvido. El tétrico nombre de la mina asesina quedaba prendida en el recuerdo de todos los cerreños: “Matagente”. Cada uno, compungido de dolor, evocaba los negros pasajes de esta historia sórdida e inhumana.
(La historia completa de este acontecimiento está en “Memorias el Tiempo”)

Estampas Cerreñas

Los abismales despojos de una tierra heroica que fue dando pedazo a pedazo su vida entera, de ella extrajeron incalculables riquezas para que otros pueblos y otros hombres fueran felices. ¿Quién lo reconoce?. Lo cierto es que en ningún  otro meridiano o paralelo de la tierra se ha dado esta muestra de sacrificio. En el año de 1944, nuestro poeta cerreño Lorenzo Landauro, anegado de dolor, escribe este Réquiem por su tierra.
Los abismales despojos de una tierra heroica que fue dando pedazo a pedazo su vida entera, de ella extrajeron incalculables riquezas para que otros pueblos y otros hombres fueran felices. ¿Quién lo reconoce?. Lo cierto es que en ningún otro meridiano o paralelo de la tierra se ha dado esta muestra de sacrificio. En el año de 1944, nuestro poeta cerreño Lorenzo Landauro, anegado de dolor, escribe este Réquiem por su tierra.

C E R R O D E P A S C O

¡Oh! ..ciudad mutilada…¡Oh!, pueblo que agoniza
bajo el siniestro impulso tenaz y poderoso
de maquinarias rudas que sin piedad desgarran
el indefenso vientre de nuestra madre tierra.

Imponderables ansias de máquinas hambrientas
que rugen en el fondo de oscuros subterráneos
para arrancar el oro, de las entrañas frías
inertes de la tierra del indio Huaricapcha.

¡Oh ¡ tierra del ensueño de aquel pastor humilde..
tu cielo está teñido por humos azufrados,
tu vientre desgarrado, por sus profundas grietas,
parece que exhalaras tus quejas de agonía.

Tus viejos edificios apenas se sostienen,
sobre la débil bóveda de grandes socavones,
caminas lentamente hacia tu ocaso triste,
siguiendo tu destino fatal…¡ Desolación…!

Tierra de Huaricapcha..!..¡Oh tierra generosa!
Ciudad del oro y plata, ensueño de avarientos,
las gélidas montañas absortas te contemplan
marchar hacia la ruina de tu propia grandeza.

Ciudad donde la nieve a grandes copos cae,
formando nívea alfombra en las estrechas calles,
por donde alegre pasa la ñusta enamorada,
hilando sus vellones, cantando una canción.

¡Fatídico tormento, tiránico suplicio,
de los indios mineros que agotan su vigor,
buscando entre las pródigas entrañas de la tierra
las lágrimas de ñustas, tornadas en metal.

Tragedia horripilante de un pueblo que se hunde,
ante la indiferencia de sus inermes hijos,
¡Desolación!…¡Escombros!…¡Hacinamientos!..¡Ruinas!
Tu porvenir es ése…¡Oh tierra de Carrión…!