LA FIESTA DE LAS CRUCES.

la-fiesta-de-las-crucesEs una festividad religiosa que desde la colonia ha concitado gran recogimiento en el Cerro de Pasco. Como en toda España se realiza este festejo desde tiempos inmemoriales, en el bagaje de los conquistadores llegó a nuestra patria, alcanzando gran difusión en todos los pueblos del interior del país.

Es fácil darse cuenta de la gran manifestación de fe a lo largo y ancho de nuestro territorio en cuyas partes más elevadas o más visibles hay una capilla o una Cruz de la Pasión con todos sus símbolos. La Cruz de la Pasión ha reemplazado a las incaicas “Apachetas”, que ubicadas en las partes más altas de los cerros servían para pedir a los dioses, el ejercicio de sus benefactoras acciones; los españoles trajeron la Cruz que ha quedado en su lugar.

En el Cerro de Pasco, hasta muy entrado el presente siglo, podía verse el signo sacro a la puerta de las Iglesias de Chaupimarca y Yanacancha; las fotografías existentes, así lo confirman. En un determinado momento, los “decentes” juzgando que la presencia de la cruz era antiestética y de gusto folklórico, decidieron quitarla; es decir había que parecerse a Lima, en ninguna de cuyas iglesias se podía ver la Cruz. Sólo lo “cholos” tienen esa costumbre, dijeron.

“Decentes” y todo, la fe se iba acrecentando en forma incontenible. En cada barrio cerreño importante se erigió una capilla para venerar a la Cruz y, desde aquellos tiempos también, la fiesta ha seguido adelante. Durante todo un año, -de mayo a mayo- el prioste o mayordomo, funcionarios y fieles en general, se preparan para celebrarla con gran pompa y recogimiento. Como tenía que contarse con un acto digno de su importancia, consideraron a la Chunguinada como la justa pleitesía de un pueblo agradecido. Así la chunguinada es el espectáculo central de la fiesta. Por eso desde la víspera todo se deja todo listo para el día central que es el tres de mayo, instituido por la Iglesia Católica. Con ello se quiere honrar a la Cruz del Salvador, porque en tal fecha fue hallada después de permanecer largo tiempo extraviada. La apretada historia de este hecho es la siguiente.

Se cuenta que el Emperador Romano, Constantino había tenido una revelación al ver una enorme cruz que brillaba en el cielo, circundado de las palabras: “In hoc signo vinces”. Desde aquel momento, ya convertido al cristianismo, reemplazó las águilas de los estandartes romanos y acuñó las nuevas monedas con el símbolo sacro. No sólo él, sino también su madre, la piadosa Elena que no descansó hasta dar con la cruz en la que había muerto nuestro Salvador y extraviada después de que el cuerpo fuera retirado. Tuvo muchísimas dificultades para cumplir su aspiración, pero movida por su fe, y guiada por los consejos de sabios ancianos, llegó al mismo lugar del suplicio donde descubrió enterradas tres cruces: una de Jesucristo y las dos restantes de los ladrones crucificados con él. Como no se podía saber a ciencia cierta cuál correspondía al Salvador y cuáles a los ladrones, intervino San Macario, a la sazón patriarca de Jerusalén que, inspirado por Dios, aplicó las tres cruces a una mujer que agonizaba y mientras que dos no tuvieron efecto alguno, al tocar la tercera, la mujer sanó milagrosamente. Como se notaba que en el ambiente había duda de la gente, hizo traer a un hombre que acababa de morir y aquí también, fue la cruz signada por el milagro el que lo hizo resucitar mientras que las otras no habían tenido efecto alguno. Prosternados los fieles presentes, aclamaron que aquélla era la cruz en la que el Salvador había muerto. Desde esa fecha quedó instituido el Día de la Santa Cruz. Era el tres de mayo del 328. Es más, Constantino conmovido por el descubrimiento de su madre, hizo edificar una Basílica sobre el Gólgota con el nombre de ANASTASIA.

El pueblo cerreño –volviendo a lo nuestro- religioso como pocos, reverente ante la Cruz, símbolo supremo de dolor y de amor, celebra con gran recogimiento la fecha. Es tanta su devoción que le ha dedicado toda una semana y, a veces muchos días más, para recordarlo. Por eso es que, cada barrio importante de la ciudad minera, ha erigido un Capilla para honrar a su Cruz. Huancapucro que desde su elevación se ha convertido en bello mirador de la ciudad, cuenta en la actualidad con gran cantidad de fieles. Uliachín, antiquísimo barrio, límite sur de la ciudad minera, tiene el suyo con una envidiable tradición guardada por numerosos fieles. San Cristóbal, en el corazón de la ciudad, actualmente reúne a varios grupos que fraternalmente conllevan las celebraciones. Curupuquio, en el barrio obrero de Ayapoto tiene también una sólida organización y numerosos seguidores. San Atanasio, en la parte céntrica del Cerro, naturalmente cuenta con sus cofrades y amigos. La fe inquebrantable del pueblo minero sigue edificando capillas en sus barrios respectivos en donde se están formando también nuevos danzantes de chunguinada.

Como las que se veneran desde el tres de mayo son las cruces; éstas se presentan como tales, sólo cruces; eso sí, llevan una serie de representaciones que la adornan. Los símbolos que acompañan al madero tienen, cada uno, su significado. En primer lugar, en la parte alta, coincidiendo con el cruce del soporte y los brazos, se ve el paño de la Verónica, donde se distingue nítidamente el divino rostro sufriente de Nuestro Señor. Encima del lienzo va la corona de espinas que se le colocara a Jesús, como burla y tormento en el momento de la flagelación. Inmediatamente arriba, el cartelito con las palabras INRI, que como burla sangrienta al Hijo de Dios, llamaron Rey de los Judíos. En la cúspide hay un gallo, elemento indispensable en las representaciones de la Pascua de Cristo, que simboliza la reiterada negación y felonía de su apóstol Pedro. Otro símbolo que muy pocas cruces tienen, es el cartelito en el que se notan unas letras negras S. P. Q. R, que en latín quiere decir SENATUR POPULOS QUORUM ROMANUS (“El Senado y el Pueblo de Roma”). Estas palabras se colocaban en todos los Decretos romanos acompañando a los documentos oficiales de la época. Un redondo disco amarillo sobre el que se pinta una sonriente cara regordeta, representando al sol, sobre el brazo derecho del madero; en cambio al extremo izquierdo va una luna en cuarto menguante tallada en madera. Del brazo izquierdo hasta el medio del soporte central, la lanza con la que Longinos atravesó el costado derecho del Salvador del Mundo; simétricamente, del brazo derecho pende una larga varilla circular en cuyo extremo superior se halla la esponja que, mojada en hiel y vinagre, se le acercara al Crucificado cuando éste manifestó tener sed. Oblicuamente, pendiente de los brazos derecho e izquierdo hasta el centro del soporte central, hay dos escaleras que sirvieron para hacer descender el bendito cuerpo de Cristo después de su muerte; también pende una larga sábana de tela blanca usado por José de Arimatea, Nicodemo y sus ayudantes para hacer descender el cuerpo bendito. Más abajo, en el cuerpo central, tres sólidos clavos de acero con los que se fijó el cuerpo santo; el martillo con el que se clavó manos y pies; dos tenazas con las que se extrajeron los clavos; los cinco dados que emplearon los soldados romanos para jugarse las vestiduras del Salvador; la balanza en la que se pesarán las almas en el Juicio Final; el cáliz del rito de la última cena y la bolsa conteniendo las treinta monedas con que fue vendido el Señor por Judas, el traidor.

Cada año, el sábado de Gloria, -culminación de Semana Santa- todas las capillas han sido adornadas interior y exteriormente con cintas de papeles, cadenetas, quitasueños y artísticos faroles luminosos enmarcando el nombre de los mayordomos que mandarán celebrar la fiesta anual. Fuera de la capilla, a la puerta, los servicios correspondientes invitarán a los fieles el “Café Macho” consistente en un café “garpo” (rústico) avivado con un buen copón de aguardiente. Por su parte la chiquillería celebra alborozada el retumbar de los triquitraques y los cohetes de varios tiempos que anuncian la alegría que se está viviendo. La felicidad general es el común denominador de esta celebración.

Cercana la medianoche del Sábado de Gloria, víspera del Domingo de Pascua de Resurrección, en un marco de recogimiento y plácemes, se efectúa el “Cruz Jorgoy”, o sea la sacada de la cruz. Parejas de esposos, novios y amigos del barrio, acompañados de una competente orquesta sacan reverentes al Santo Madero y lo llevan por las calles céntricas en procesión hasta la casa del artista popular que; retocará, pintará, pulirá y hará todo lo necesario para dejarla lista para la fiesta central. En pago recibirá el presente de significativos tragos de parte del prioste. Finalizado este acto protocolar, la rondalla de fieles se retira cuadrillando por las calles, luciendo su complacencia por haber cumplido con el primer paso de esta gran fiesta. Todo culmina ruidosamente con una jarana en casa del Mayordomo. Las parejas chispeadas se retiran a sus casas en tanto, las comisionadas correspondientes, irán a un lugar donde abunde el agua a lavar el mote, las tripas del carnero, la cabeza y toda la carne que se empleará en la preparación del rico Mondongo cerreño y otros potajes que se servirá en la fiesta. Otros fieles que no han participado de esta fiesta, a esa hora, están yendo a la misa de Pascua de Resurrección.

Ahora hay que esperar sólo la llegada de mayo.

Es necesario mencionar aquí que hay un barrio cerreño muy tradicional que, con igual entusiasmo y fe realiza la Fiesta de la Cruz; es el Barrio de Paragsha, donde se conmemora el 14 de setiembre de cada año, en una capilla muy bien acicalada y hermosa. No les falta razón a los paragshinos. Esta fecha está signada por la Iglesia como el Día de la Exaltación de la Cruz. El origen de tal día y tal celebración, es el siguiente:

Edificada la Basílica Anastasia por Constantino para celebrar el descubrimiento de la cruz después de estar extraviada –como lo vimos anteriormente- lleno de fe por los milagros recibidos, hizo construir otra iglesia sobre el Gólgota con el nombre de Martyrium, en donde se realizó por primera vez, el 14 de setiembre del 335, la Fiesta de la Exaltación de la Cruz.

En su razón los paragshinos, celebran con gran boato, no sólo a la Cruz, sino a nuestro mismo Señor, al que la fe de ese barrio le denomina, el Señor de la Exaltación; “Taita Icsha” como cariñosa pero respetuosamente se le llama. Aseguran que es muy milagroso y su celebración, ruidosa y alegre, con participación de chunguinada, negritos de Huánuco y Auquish Danza, es muy sonada en nuestra vieja ciudad minera.

Durante los primeros días de mayo de cada año en los que se celebra la “Fiesta de las Cruces”, muchas son las comparsas representativas de cada capilla: Uliachín, Huancapucro, San Atanacio, San Cristóbal, Curupuquio, Santa Rosa, etc. Programada con mucha anterioridad el itinerario que habrán de cumplir, tienen anotados los nombres de capillas, personas y autoridades que habrán de visitar durante los días de fiesta. Son muy meticulosos en cumplir esta agenda. Así, diariamente están de pie con las primeras luces del día. Generalmente a las siete de la mañana ya están presentes en la misa del día y luego en la explanada de la capilla danzan lo mejor de su repertorio en homenaje a la capilla visitada.

Después de la ceremoniosa danza en honor de la Santa Cruz, los chunguinos rompen el protocolo y en homenaje al mayordomo anfitrión, la guiadora invita a bailar al mayordomo mientras que el guiador lo hace con la esposa de éste. Los demás, hombres y mujeres, hacen lo propio con los familiares y amigos allí presentes. Finalizada la danza, continúan en el cumplimiento del itinerario.

En realidad, hay una serie de pasos que se cumplen en estos festejos (Ver el tomo VII de la Historia del Pueblo Mártir del Perú). Ya devueltos los disfraces a sus alquiladores, los chunguinos con trajes de diario salen a bailar por las calles en compañía de sus familiares y amigos. Delante de todos, un fuerte mozo, llevando la cabeza del toro degollado hará cómicas piruetas como amenazando a la gente pueblerina; muchas veces levantará las faldas de las mujeres apostadas en las veredas originando la algarabía de los asistentes. Los cohetes en escandalosas explosiones, los sones de algarabía de los cachimbos y los brindis menudos, están despidiendo la fiesta hasta el próximo año.

Como parte especial de esta despedida, las despenseras llevarán consigo grandes canastas en las que portarán el “Trucay” que no son sino una amalgama de muñecas de pan, de diversos tamaños, cocinados previamente. Estas serán repartidas de acuerdo a los tamaños; cuanto más grandes, más responsabilidades. La mayor será para el funcionario entrante, las medianas para parientes, invitados y bailarines. Todo el que recibe el “trucay”, se está comprometiendo, implícitamente, a contribuir con el funcionario para el éxito de la fiesta del año que viene. Algunos ofrecen el toro, carneros, cuyes, gallinas, licores, la orquesta, ingredientes etc. etc.

Rendidos pero contentos de haber tributado reverente homenaje a la Santa Cruz de Mayo, de haber visitando todas las capillas cerreñas, a las autoridades y personajes notables de la ciudad, los chunguinos, los chutos, el prioste, los funcionarios, los mayordomos comprometidos para el próximo año, la despensera, las cocineras, los tulperos, los coheteros, los servicios; todos descansarán a la espera de una nueva versión de la Fiesta de las Cruces. Entretanto, la Cruz bendita del barrio, derramará sus santas bendiciones en los hogares creyentes.

Estampas cerreñas

Nuestra plaza de Chaupimarca una mañana nevada y, debajo, un soneto creado por nuestro inolvidable poeta Ambrosio W. Casquero Dianderas ( 4 de abril de 1898 – 29 de mayo de 1942)
Nuestra plaza de Chaupimarca una mañana nevada y, debajo, un soneto creado por nuestro inolvidable poeta Ambrosio W. Casquero Dianderas ( 4 de abril de 1898 – 29 de mayo de 1942)

NIEVA

Silencio, calma…Nítidas cumbres…
allí un árbol viejo… sin un trino de aves…
Mira la nieve de aquestas Cumbres,
hombre prosaico que nada sabes…

Bajo del cielo que blanco viste,
como en un peplo raro y sedeño,
este es el lloro del tiempo Triste,
que el alma incita al albo sueño…

Y esta Visión a ella imprime
la sed de amar los pensamientos
con un sentido de ética pura….

Bella es la nieve, manto sublime
que en magia en blancos deslumbramientos
al Ande Enorme, Rey de la Altura…

EL CAZADOR BRUJO

cazador-brujo-2Este era un experto cazador amuesha, querido y admirado en su tribu. Nadie mejor que él en el uso del arco, la flecha, la cerbatana y las trampas. Su puntería era tal que en el llano o en pleno vuelo podía abatir perdices, paujiles, pavos de monte, pericos, loros, chiriclés; con la cerbatana otro tanto, su puntería era infalible; cazaba violinistas, suciollas, huasachitos, carpinteros, picaflores, shivillos, sivichivis; como trampero, muy efectivo: arroceros, pecho amarillos, páucares, unchalas, manacaracos y gavilanes. Adornada su cabeza con el vistoso plumaje del “Siete colores”, misteriosa y bellísima ave del monte que le daba un especial atractivo. Pescaba con gran habilidad: bocachicos, doncellas, zúngaros, toas, bufurques, fasacos, bagres, carachamas, turishuquis, sábalos, motas, pacos, palometas, taricayas, lagartos, cunshis, shirapiras; y cuando estaba a su alcance fácilmente daba cuenta de lagartos, cupisos y charapas. Todos admiraban esa habilidad jamás igualada. Sus incursiones por el monte le aportaban abundante caza de, sachavacas, venados, saginos, huanganas, ronsocos, majás, tortugas; especialmente de monos: su especialidad.

Pero sus habilidades no estaban circunscritas a la caza y pesca. No. Poseía una rarísima habilidad de adivinador y curandero. Conocía todas las yerbas, raíces, tallos y frutos montaraces que curaban; grasas, pieles, plumas y garras de animales que utilizaba con prodigioso acierto. En muchos kilómetros a la redonda era buscado por su extraordinaria mano para curar.

Cuentan que una tarde de aquellas que se encontraba cazando en la espesura de la floresta, alcanzó a divisar una hermosa mona gigantesca que se desplazaba rauda y graciosa por entre la enmarañada arboleda: un simio muy raro que, ágil y resistente, saltaba de rama en rama rápidamente. No lo pensó dos veces. Apuntó con mucho cuidado y la flecha fue a darle en el pecho. En ese preciso instante -misterio de la jungla- se escuchó un gemido escalofriante que retumbó en la selva espantando a las aves que volaron aterrorizadas. Era el maldito TUNCHI (Demonio de la selva) cuyo chillido se centuplicó por aquellas fragosidades verdes. La mona herida cayó desde lo alto pero tras breves movimientos espasmódicos se repuso de inmediato; nuevamente de pie, trató de arrancarse la saeta que lo hería, pero al no conseguirlo la quebró y con la mitad metida en el torso sangrante huyó desfalleciente de árbol en árbol perdiéndose en la intrincada floresta. El cazador, entretanto, sin poder explicarse lo que estaba pasando, quedó anonadado. ¿Cómo podía suceder aquel prodigio reservado sólo a los dioses y a los seres malignos?. Largo tiempo estuvo así. Se lamentó el no poder llevar a su choza aquella extraordinaria pieza pero más tarde se conformó con lo conseguido el resto de la tarde. En sus oídos todavía retumbaba el chillido escalofriante del demoníaco Tunchi.

Aquella noche no pudo conciliar el sueño. Todo lo que le había ocurrido le parecía demasiado aterrador y fuera de lo común.

Pocos días después, estando nuevamente en la espesura, fue sorprendido por un personaje misterioso, aparecido de la nada:
–“No tengas miedo – le dijo- soy un hombre como tú, sólo que más viejo”…
–¿Qué quieres de mí?– Preguntó el cazador.
–Sé que eres un gran curandero y que adivinas con la coca. He venido para pedirte por favor muy especial. Quiero que me acompañes a mi casa. Mi mujer está muy enferma, en trance de muerte, y sé que tú puedes curarla.
–¿Qué le ha ocurrido?.
–Se ha lastimado con una enorme espina que la está matando. Necesito que la cures. Tú puedes hacerlo. Lo sé, …lo sé
–Está bien… -balbuceó el cazador más muerto que vivo. No comprendía la razón por la que se llenaba de pánico; el aspecto de su interlocutor era de un ser humano común y corriente; sólo que había algo en sus ojos, tenebrosos e inescrutables, que hacía imposible mantenerle la mirada.
–Bien. Para que no demoremos en el viaje, porque vivo muy lejos, tienes que cerrar fuertemente los ojos y no los abrirás hasta que te lo diga.
–Bien- Hizo lo que le ordenó y en ese momento sintió un zumbido lúgubremente insondable que duró breves segundos, al final de los cuales oyó al incógnito personaje que le decía:
–Hemos llegado. Abre los ojos. -Cuando lo hizo, quedó doblemente sorprendido. Se encontraba en una mansión espléndidamente lujosa en la que el aire raramente fresco invadía todo el ambiente, los muebles recubiertos de damascos y sedas, relumbraban; las alfombras de Persia con exóticos dibujos hacía que los pasos no se sintieran; en las paredes se notaban columnas de mármol con incrustaciones de piedras preciosas y encarnados cortinajes que cubrían los muros. Después de atravesar pasillos y estancias lujosísimas llegaron a una habitación a la que se le invitó a entrar.
–Pasa, buen hombre; aquí está mi esposa que está muy enferma. Abrió la puerta y al penetrar, el cazador quedó boquiabierto. Sobre la cama, cubierta con edredones de seda, yacía una bellísima mujer cuyos negrísimos ojos resaltaban sobre su palidez de muerte. El hombre descubrió las frazadas y la mujer se mostró desnuda frente al curandero. Este quedó petrificado. Resaltando sobre el pecho se notaba la parte de una flecha que de inmediato el cazador reconoció como suya. “Esta flecha es mía –pensó- pero no me puedo explicar por qué está en el cuerpo de esta bellísima mujer. Sólo que el mono que herí y la mujer sean una misma persona” Sí, ya no hubo duda, eran la misma persona. Pero, como es lógico, tuvo que fingir ante el anfitrión. Preparó un emplasto de ayahuasca y una pócima de San Pedro, para beber; extrajo la flecha del cuerpo y tras aplicarle el emplasto verdoso le hizo beber el menjunje. Al momento, la herida quedó curada. El cazador no podía explicarse la rapidez de la reacción, pero así fue. La mujer recuperó su belleza y, alegre como unas pascuas, se calzó las sandalias y se puso a cocinar un banquete con el que agasajó al cazador.

Pasado el tiempo, -esto ha quedado como una historia maravillosa- el cazador se regodeaba en el seno de su tribu de haber curado a la mujer del TUNCHI que vive en una mansión cubierta de lujo y mucho esplendor en las entrañas del monte.

EL MUJERIEGO

serenateroCuando el ventoso mes de agosto llegaba a su fin, el pueblo de Ticlacayán armaba un revuelo inusitado por el retorno de un joven lugareño que había servido en nuestro ejército. Una medalla colgada de su pecho con una cinta encarnada era su más grande orgullo. En reconocimiento de su valor y arrojo en el conflicto con el Ecuador la superioridad lo había condecorado. Emocionado, el pueblo organizó una actuación cívica en las que las autoridades le dieron la bienvenida con emotivos discursos que alababan su bizarría. Aquel día también, después de expresar su agradecimiento el joven licenciado puso al descubierto una de sus más sobresalientes habilidades: acompañado de su guitarra, de la que demostró ser extraordinario ejecutante, dedicó en su bien timbrada voz una serie de canciones limeñas y tonadas de otros pagos. La gente muy entusiasmada lo premió con generosos aplausos.

Sin embargo.

El transcurrir de los días reveló que aquel joven de facciones agradables y risueñas, no obstante su continente acerado y su talla respetable, le huía ostensiblemente al trabajo con argumentos fútiles y risibles. Diariamente dormía hasta muy avanzado el día y, al promediar la tarde, se levantaba a deambular por las calles muy acicalado con sombrero a la pedrada, faja roja a la cintura donde lucía un “corvo” gigantesco, semejante a un alfanje árabe. “Este es mi compañero” sentenciaba señalando tremendo puñal. Su díscolo y camorrista carácter pronto se hizo conocido. Con el menor pretexto, encardenaba a golpes el rostro y el cuerpo de otros hombres jóvenes del pueblo. Quería demostrar a todos que era el galán más bravo de todos. Las noches dormidas bajo el dulce aroma de los eucaliptos, eran interrumpidas por las estridentes serenatas que sin ningún temor ni respeto llevaba a la ventana de las más hermosas chicas del predio. Se convirtió en un imponente seductor que, en cuanto pusiera los ojos en una hermosa adolescente, no paraba hasta conquistarla.

La primera en caer en sus redes fue Maura, una hermosa ticlacaína de veintidós años, que por su belleza y encanto personal, era la suprema aspiración de todos los mozos el lugar. No pudo resistir las frases picantes cargadas de amorosa intencionalidad, los atrevidos requiebros, ni las diarias serenatas nocturnas. Tímida y rendida cayó en las garras de tremendo gavilán. Enamorada como estaba, no hizo caso de consejos ni recomendaciones; caprichosa y halagada, se entregó incondicionalmente al enamorado serenatero.

Por esos mismos días, el Casanova se empeñó en conquistar a la dulce Helmicha, hija única de un anciano matrimonio. Nada consiguió el padre al recriminar la actitud del cortejador. A la vista del puñal, el enojo y sed de justicia, se enfriaron. Aprovechando la impotencia y debilidad de los viejos se la llevó sobre el anca de su corcel, y una semana después, mancillada la flor de sus encantos, la regresó a su morada como si nada hubiera ocurrido.

Cuando las autoridades tomaron conocimiento de este bochornoso acontecimiento, lo conminaron a que se casara para reparar su falta, pero nada consiguieron. Altanero y vociferante respondió que nadie tenía derecho a meterse en su vida privada y, aventando a la puerta de la gobernación, dejó a los ancianos del pueblo con la palabra en los labios.
Aquella misma noche, bajo la ventana de la sensual María del Carmen, su voz potente rasgaba la quietud de la noche:

En las alturas de Ticlacayán
nuevos amores he conseguido,
de cada uno tengo un recuerdo,
y en cada uno dejé mi marca.

Condorhuaían, pronto me voy,
Calacha punta, te quedarás;
papita menuda cosecharás
de mi cariño te acordarás.

La Malla, la hermosa Malla, bullanguera como calandria cantarina, hacendosa como buena ticlacaína, tampoco supo sustraerse a la impetuosa parla amatoria del enamorado guitarrista. Aquella noche, bajo la fresca brisa nocturna, en un tálamo de hierbas húmedas y aromáticas, perdió la candorosa inocencia de su juventud.

De nada sirvieron advertencias ni recomendaciones. La risa procaz del crápula, era la atrevida respuesta a todo intento de ordenamiento. Su disoluto imperio fue creciendo cada vez más como el ímpetu de un torrente desbocado.

En medio de esa vorágine de atrevimientos y pasiones tormentosas fueron aumentando las víctimas de los arrestos del serrano garañón. Liliana Luz, con sus juguetones diecisiete años y sus largas trenzas endrinas; la Epifania, la de los dulces ojos, comprometida para casarse con otro y cuya boda quedó deshecha por la intolerante actitud del galán; la Techi, tierna y delicada pastorcilla que sorprendida en su trayecto, fue mancillada junto a los carneritos que pastaba. No había nada que hacer; el fanfarrón tenía franquicia para el delito y la prepotencia, hasta que se topó con la imponente Josefina, chola poderosa de hermosas facciones morenas, cuerpo exuberante y majestuoso, que había logrado mantener invicto su corazón no obstante que en sus impetuosos veinticinco años, numerosos adoradores la habían pretendido ofreciéndole riquezas y honores a sus pies. A esta opulenta y bellísima mujer, mucha gracia le causó escuchar bajo su ventana.

Desde mi pueblo de Ticlacayán
alzo la vista hasta Pillogaga,
donde mi dulce y buena Finita,
me espera enamorada y adormecida.

¡Ay! subidita de Pitic
tú nomás eres testigo,
de las noches que he pasado
con mi cholita mañosa.

La Finita, bella como ninguna, no era como las otras; su infancia y juventud, acompañando a su padre negociante, le había brindado toda clase de experiencias que como vívidas lecciones se engarzaron en su cerebro y su corazón. Mucho había luchado para no ser pasto de las libidinosas tentaciones de los hombres. Su figura magnífica, sus flancos imponentes y su belleza magistral, le habían brindado alegres como dolorosas enseñanzas. Tuvo que vencer muchas tentaciones porque, como una madre, tenía que cuidar de su única hermana Antolina, que con sus floridas dieciocho primaveras no sólo era la luz de sus ojos sino también la más grande razón de su vida.

Sin embargo.

Confiada en las promesas del cantor se había entregado totalmente subyugada en tanto hacía los preparativos para su boda. Todo en su hogar era alegría y esperanza hasta que, notando la prolongada ausencia de su novio, fue en su busca y, al encontrarlo, le increpó su conducta. El infame respondió con una carcajada y unas palabras duras, muy duras, con las que le hacía saber que todo había sido una farsa y que nunca se casaría con ella ni con nadie.

Poco faltó para que muriera de angustia. Temblorosa y casi sin aliento tras la experiencia vivida, llegó a su hogar y allí encontró a su hermana Antolina, en una mar de llanto incontrolable.
– ¡¿Qué tienes hermanita?! –Preguntó ansiosa superando la pena que doblegaba sus fuerzas.
– Nada, nada hermanita –lágrimas incontenibles seguían brotando de sus ojos.
– ¡Algo grave te ocurre. Nunca ha habido secretos entre nosotras!…¡Tienes que decirme lo que te sucede!….
– No hermanita, no. Es algo muy doloroso e incomprensible. Tengo mucha pena de decírtelo…
– Sin embargo, es tu deber contármelo. No debes ocultarme nada… ¡Habla!…
– ¡Se trata de tu novio!….
– ¡¿Qué es lo que ha hecho ese canalla, dímelo?!… ¡Dímelo!.
– Esta mañana me he enterado que convive con seis mujeres del pueblo… ¿Tú no lo sabías?.
– ¡No, claro que no!…pero… ¿Quiénes son esas mujeres?.
– La Helmicha, la Malla, la Lilicha, la Maura, la Ipicha y la Techi.
– ¿Todas ellas?.
– Así es… a ti te ha ofrecido matrimonio y a ellas, también…!!!
– ¡Es una basura!.
– No se casará con ninguna de ellas…
– ¡Conmigo tampoco!…El bellaco ha aprovechado de nuestra ingenuidad para engañarnos y reírse después… ¡Es un canalla!… ¡Un mal nacido!….
– ¡Pero eso no es todo Josefina!…
– ¡¿Qué más?!…¡dímelo!.
– Esta tarde, en el camino al pueblo… me ha requerido de amores, jurándome que ninguna mujer le interesa como yo. Me ha prometido que conmigo sí se casará…
– ¡Maldito!.
– ¿Qué haremos, hermanita?.
– Déjame pensarlo. –Por un largo rato estuvo cavilando en silencio, caminando por la estancia, meditando, meditando, meditando… hasta que, decidida, dijo –pasado mañana comienzan los preparativos de la fiesta patronal. Tú debes hablar con las muchachas que has mencionado y decirles que se ofrezcan a participar en el “Ashua Ruhuay”, tú y yo también nos apuntaremos para trabajar haciendo la chicha. En esa ocasión conversaremos detalladamente… Nuestro honor no puede quedar por los suelos… ¡Tiene que pagarlo el maldito!. ¡Tiene que pagarlo!.

Siguiendo con el plan trazado las ocho mujeres se reunieron en la casa del funcionario donde se preparaba la chicha. Ninguna era la que había sido. Marchitas, maltrajeadas y enjutas, eran la viva imagen del sufrimiento. Todas estaban adoloridas y humilladas. Todas llevaban en sus entrañas el fruto de sus sofocantes amores vividos. Todas ardían en odio incontenible. Los mozos ayer obsequiosos y amables, sólo tenían actitudes de reproche y de desdén para con las mujeres ayer admiradas y deseadas.

Aquel día, una a una desnudó su corazón haciendo conocer su desesperación. Todas eran víctimas, no sólo de la agresiva actitud del rufián, sino del desprecio y maltrato de sus padres y familiares que, lejos de comprenderlas, las habían condenado a vivir en humillación, desempeñando los más vergonzosos servicios caseros. Las gentes en las calles ya ni siquiera las miraban; es más, continuamente les dirigían pullas e indirectas que las tenían muy agobiadas. Aquel día, cada una de las ocho mujeres conocieron el drama de las otras y, furiosas, llegaron a una misma conclusión: todas consumarían una cruel y ejemplar venganza.

Durante preparación de la chicha trazaron un plan que juraron cumplir al pie de la letra.

Así llegó el 29 de junio. Desde las primeras horas de la mañana, en gran marco de alegría y la luminosidad del sol, se reunió el pueblo fiestero presidido por los funcionarios de turno. Después de la misa solemne y la tradicional procesión del santo patrono, comenzó el baile en la plaza principal.

El vanidoso burlador, haciendo ostentación de su llamativa vestimenta, se dedicó a bailar con la joven Antolina, regodeándose y mofándose de las otras chicas que había ultrajado. Iba y venía altanero con su pantalón de montar, botas radiantes, faja al cinto y sombrero a la pedrada. Los ojos llameantes de sus víctimas refulgían con un brillo de odio a muerte al contemplar el regodeo narcisista del canalla. Durante la fiesta, nadie bailó con ellas; la despreciaban de tal manera que daba la impresión que no existieran.

¡Eso es lo que al final ellas querían!….¡El plan marchaba a la perfección!.

Finalizada la fiesta patronal que duró una semana completa, la atractiva Antolina -fingiendo caer rendida- le pidió a su cortejante que la llevara muy lejos del pueblo, al cerro más elevado de Ticlacayán, para que allí le entregara su amor sin testigos de ninguna clase. Entusiasmado, el engolosinado guitarrista aceptó, y fijaron fecha y hora para el encuentro.

Llegado el día de la cita, el don Juan se presentó a la hora acordada para llevar a Antolina al lugar prefijado. La jovencita, acicalada con sus mejores galas y más linda que nunca, llevaba en las manos unas cobijas y una botella grande con un líquido viscoso que dijo era un refresco para beber.

Tomados de las manos ascendieron hasta la cumbre más alta de Ticlacayán como dos tórtolos. Tendieron las cobijas para amarse, pero antes, la dulce Antolina con voz acariciadora y apacible le pidió que bebiera el licor que había llevado. Después de apurar varios sorbos, el hombre ciego e impetuoso comenzó a besar a la joven, pero a medida que lo hacía, una manifiesta modorra se apoderaba de su cuerpo. Transcurrido un buen rato y ya como en trance, el hombre escuchó la pregunta:
– ¿Por qué te has burlado de tantas mujeres?.
– ¡¿…Yo?!….
– ¡Sí, tú!.
– ¡No, jamás, Toñita, jamás!. Yo no me he burlado de nadie…
– ¿De nadie, dices?….
– ¡De nadie, amor!- casi gritó el inmóvil galán.

En ese momento aparecieron las ocho mujeres ultrajadas que habían sufrido la degradación de su burla. Las ocho estaban juntas. La poderosa Josefina llevaba una gruesa soga y, la Malla, un puñal descomunal en sus manos…

El hombre quedó mudo de espanto. Inmóvil, con los ojos muy abiertos y una copiosa transpiración cubriéndole el rostro, nada pudo hacer cuando las decididas mujeres lo maniataron y luego de desnudarlo completamente, lo echaron sobre el suelo con los brazos y piernas abiertas, clavándolo en sendas estacas, semejante a un cuero de res tendido para secarse. Como el hombre gritaba desaforado bajo el peso de las ocho mujeres, la Josefina –sangre de furia en los ojos- de un tajo brutal le seccionó la lengua y entregó el filudo cuchillo a Maura que con los cabellos en revoltijo y una extraña luz de rabia en los ojos, mutiló con saña los órganos genitales del abusivo, dando lugar a un incontenible surtidor de sangre. Sobre la herida abierta, la Helmicha, sin piedad de ninguna clase, esparció abundante sal molida sin hacer caso de los roncos gemidos del mujeriego.

Poseídas de una furia homicida –mientras el hombre arrojaba la vida entre tremebundos estertores- las mujeres iban desollando aquí y allá, regodeándose con el llanto sordo de la víctima. Deformaron el rostro arrancándole los ojos, las orejas, la nariz; hundiendo una y otra vez el gigantesco puñal en las partes más sensibles del cuerpo.

Más tarde, cuando numerosos cernícalos carniceros se aprestaban a disputar la presa tasajeada, dejaron una masa informe todavía palpitante en el lugar y bajaron en silencio hasta la orilla del río; allí se desnudaron completamente y como cumpliendo un ritual, se bañaron todos los rincones de sus cuerpos ayer virginales; lavaron sus ropas y volvieron a su pueblo, satisfechas.

¿Sabía usted…?

dsc007381¿Que, El Cerro de Pasco, en los Andes centrales del Perú, es la ciudad más alta del Mundo?. Está encaramada a 4.388 metros sobre el nivel de mar. (Delegaciones científicas de Francia, Inglaterra y Estados Unidos –cada uno en su tiempo- así lo han comprobado). Por el contrario, el asentamiento israelí de Ein Bokek, a orillas del Mar Muerto, es la ciudad situada a menor altitud del Mundo. Está ubicada a 393,5 metros bajo el nivel del mar. El Mar Muerto, que es un lago en realidad, está a 395 metros bajo el nivel del mar. Es necesario mencionar que hay un lugar habitado más alto donde, por razones especiales de servicio residen algunos habitantes. Es la aldehuela de Aucachilca en Chile ¡¿Cuándo no Chile?, donde habita una veintena de trabajadores. Está a cinco mil metros. Haciendo el deslinde necesario y aclaratorio, éste es un villorrio insignificante frente al Cerro de Pasco que de acuerdo a la nomenclatura oficial de cetros urbanos poblados es una ciudad con una jerarquía muchos más alta. Ciudades son, Nueva York, Paris, Roma, Buenos Aires, el Cerro de Pasco…..

vista-de-la-ciudad-antigua-desde-huancapucroQue el Cerro de Pasco fue la capital del departamento de Junín desde el 13 de setiembre de 1825, en que el Consejo de Gobierno, mediante Decreto Supremo reconoce sus patrióticos servicios prestados a la lucha por la independencia. Simón Bolívar refrenda este nombramiento. Después de119 años que con hidalguía y prestancia había desempeñado esta función, el 15 de enero de 1931 –fecha de ingrata recordación- el tirano Luis Miguel Sánchez Cerro arguyendo “altura y frigidez”, la traslada a la ciudad de Huancayo. El pueblo cerreño ofendido, con sus más ilustres hijos a la cabeza, luchó con denodado tesón por trece años para que se le restituyera la categoría arrebatada. El 27 de noviembre de 1944 lo logra por eficaz gestión de nuestro diputado Manuel B. Llosa. La ley Nº 10030 lo firma el Presidente de la República Manuel Prado y Ugarteche.

“Punta” de Chunguinada de la capilla de Curupuquio en el Cerro de Pasco. Por primera vez integran danzantes mujeres. Anteriormente sólo los hombres realizaban esta danza por lo pesado de su vestimenta de plata pura y por los días enteros que tenían que estar bailando en homenaje a las cruces de mayo-
“Punta” de Chunguinada de la capilla de Curupuquio en el Cerro de Pasco. Por primera vez integran danzantes mujeres. Anteriormente sólo los hombres realizaban esta danza por lo pesado de su vestimenta de plata pura y por los días enteros que tenían que estar bailando en homenaje a las cruces de mayo-
Que la CHUNGUINADA, la más hermosa danza del centro del Perú, nació en el Cerro de Pasco a mediados del siglo XIX, cuando numerosos grupos de europeos se afincaron en sus predios para trabajar sus minas. Su nombre proviene de CHUNGA (“Burla festiva”) de donde viene CHUNGUINADA y no “chonguinada” como pronuncian los motosos llegando a la audacia de decir que había nacido en un pueblo llamado Chongos. La verdad es que, el pueblo cerreño, al ver las apoteósicas celebraciones en los consulados europeos, trató de imitar sus danzas; así de los franceses el minué con su despliegue de elegancia y vistosidad; de los españoles, la pavana y la sardana; de los italianos, la chacona, de los austriacos, sus cuadrillas. En general de todos estos grupos danzaban sus cuadrillas, es decir, la danza corporativa con las que se desplazaban por la calles. Por eso hay cuadrilla imperial, francesa, española, etc. No olvidar que, en aquel tiempo funcionaban doce consulados europeos en el Cerro de Pasco, una ciudad cosmopolita. Andando los años, los braceros que laboraban en la ciudad minera, llevaron a sus pagos el ejercicio de esta danza. Hoy en día se baila en todo el centro del Perú. La chunguinada es cerreña. (Ver la descripción completa de esta danza en el tomo VII de “Historia del pueblo mártir”)