EL POEMA DE LAS CASAS EN RUINA

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Felipe Germán Amézaga (1915 – 1940)

Cuan honda tristeza me inspiran las casas en ruina…
sus grietas profundas me dicen su ayer;
románticos cuentos, historias henchidas
de risas, suspiros, mudable querer.
Me dicen de todo lo humano, de todo lo breve;
del paso implacable del tiempo veloz;
del frío de los años que cubre la nieve
bajo la mirada sin fondo de Dios…

Las casas en ruinas…ventanas vacías
que otrora tuvieron encanto mayor,
hoy guardan silencio como tumbas frías,
do no hay un canario, do no hay una flor;
yo siento en el fondo de mi alma una pena
y vivo el momento de ese algo que fue,
y creo me miran tras esas ventanas
mil ojos de ciego con un ..¡No sé qué…!

Cabecitas rubias, gentiles morenas
en las que decían sus canciones buenas,
la alondra, el jilguero y el mirlo burlón…
no sé qué me pasa, mirando la ruina
que dejan los tiempos cual beso fatal,
Y pienso que todo se rompe en la tierra
cual fuera de barro o débil cristal…!

LUIS PARDO NOVOA (El Bandolero)

MISHICANCALa disciplinada disposición de la defensa lo sorprendió. A lo largo de la línea que divide la Esperanza del centro de la ciudad, se había colocado una sustantiva columna de fusileros. Las zonas de la abrupta peñolería y caprichosa conformación que podían ser usadas como parapetos, se encontraban doblemente cauteladas. La parte no muy vigilada por su aparente inexpugnabilidad -entre Santa Rosa y Noruega- la constituía una enorme mole blanca, lustrosa, de roca pulida por donde, en tiempos pasados, caía el agua que discurría entre las lagunas de Patarcocha y la Esperanza. Se la llamaba: La Paccha. Tomarla constituiría la llave para romper la extensa fortificación. Luis Pardo no lo pensó dos veces. A sabiendas que se jugaba la vida, ordenó a tres de sus hombres que, en el momento de su ascenso al promontorio, lo cubrieran con sus fuegos. Así lo hicieron. Ágil como un rayo ganó el primer escalón sorprendiendo a los vigías y desde allí se impulsó hacia arriba no obstante el fuego que desde los flancos comenzaron a dirigirle. Ya en la cima llamó a sus compañeros a que hicieran lo mismo, pero debido a la clara exposición a la que se sometían, uno a uno rodaron cribados por balas cerreñas. Lo único que le quedaba al chiquiano era seguir adelante. Con sus dos revólveres en las manos, perseguido por balas silbantes, raudo como un gamo se escabulló por la calle del marqués, luego por el hotel Fort entrando como una centella en Tambo Colorado no obstante la opresión que la altura ejercía en su pecho. Cuando ya se consideraba a salvo, el impacto de una bala que le dio en el muslo, le hizo rodar a una acequia que para su buena suerte lo guareció. Consciente de que no sólo su libertad sino también su vida peligraban, decidió jugársela. Se arrastró por el canal de la acequia hasta donde Dios quisiera que fuera, pero lejos del alcance de sus perseguidores. Felizmente el cierrapuertas era general y nadie podía verlo. Siguió arrastrándose dejando un cárdeno reguero de sangre hasta que halló una pared baja que con supremo esfuerzo superó yendo a caer en el interior de un corral. En ese momento, unas locas campanas tocando a rebato alegraban la ciudad. Ya dentro, dos enormes perros los rodearon con intenciones de destrozarlo a dentelladas, pero con las pocas fuerzas que le quedaban, los hacía retroceder una y otra vez hasta que apareció una anciana, escopeta en mano, seguido de dos hombres malencarados y una bellísima mujer. Cuando la sangre inundaba sus mellados botines, con la boca reseca y la sien palpitándole a martillazos, sintió que la vida se le iba por aquel ardoroso boquete. Sus ojos comenzaron a ver minúsculas mariposas de colores y las figuras que tenía enfrente se difuminaban en sombras; ya sin aliento, cayó de bruces, pesadamente, como un pelele. Sólo entonces acudieron a auxiliarlo. Por orden de la anciana los peones lo condujeron al interior. Sobre un sofá cortaron los pantalones y dejaron al descubierto una herida sangrante –un tajo de bala había desgarrado el músculo sin tocar hueso- a la que tras duro trabajo cicatrizaron.

Dos días y dos noches ha sido presa de una fiebre delirante que ella ha calmado con húmedos paños fríos. Después de estos desvelos y curas nocturnas, cedió el caluroso estupor de sus temblores. Una mañana, ya repuesto, se dio cuenta que se hallaba en una cómoda cama de madera torneada en caoba, amplia y abrigada, de almohadones muelles, frazadas atigradas y sábanas de bayeta serrana. Entonces, a la vera de la cama, la vio a ella, sentada sobre un butacón de cuero y madera. Negrísimo moño aprisionado por peineta española, chapas naturales de sobrio rubor sobre el rostro capulí, ojitos claros como puquiales guarnecidos de largas pestañas, naricita respingada, labios mórbidos, húmedos; aretes de oro orlando las orejitas pequeñas; cuello alto y delicado rodeado de blondas de Holanda de la “polka” ceñida que destacaba la firmeza de sus senos; cintura fina, abismada en el aterciopelado mar de sus polleras. Mudo de asombro quiso articular palabras, pero ella le ordenó callar. Le explicó que viéndolo herido pensaron que era defensor del pueblo pero que por sus delirios se habían enterado de que era un invasor. Que no se preocupara, igual sintió su deber cumplir el mandato cristiano y al no haber muertos en las filas ciudadanas, su culpa no era grave. Desde aquel día, con un esmero extraordinario, ella le regaló con sus cuidados. Sabrosos y reconfortantes sancochados cerreños, frituras crepitantes, jugoso guisos, mondongos rubicundos, caldos de gallina, charqui, mote, leche, queso, mantequilla; toda la variada potajería minera fue degustada por el bandolero arreciando carnes y templando nervios. Afuera, nadie estaba enterado del milagro. Desde entonces las charlas también fueron más íntimas, derivando finalmente en cuitas sinceras. Así nació el amor entre ellos. Una noche con pudor en los labios, ella le contó que muy niña había sido casada con un rico minero que la adoraba pero que en un viaje a sus haciendas de la Quinua, la descarga de un rayo lo había fulminado. Desde entonces, auxiliada por la diligente firmeza de su madre había gobernado en las haciendas y minas que su esposo le dejara. Así también, en la intimidad de estos largos coloquios, él le franqueó las verdades de su vida. Su nombre completo era Telmo Luis Pardo Novoa, nacido en Chiquián el 19 de agosto de 1874. Que su padre, don Pedro Pardo, Gobernador del pueblo la había emprendido contra él, su propio hijo, castigándolo con zurriagos que terminaban cubiertos de sangre. Estos azotes, lejos de rendir su carácter levantisco, lo exacerbó al extremo de hacerlo odiar la casa paterna. En 1884, muere su padre en una balacera, dejándole como única heredad su libertad absoluta y su carácter aventurero. Así, desde los diez años, comienzan los agitados episodios de sus andanzas. Le confesó también que a los dieciocho años había descubierto el amor por primera vez. Julia Ramírez le había rescatado para la quietud y tranquilidad, apaciguando un tanto la tolvanera de sus aventuras.
—- Pero, qué quieres, vidita –siguió diciendo- el hombre propone y Dios dispone. Al comienzo pude subsistir en tranquilidad, en paz con mi compañera, realizando trabajos de campo en la chacra, pero… ¡yo no puedo permanecer en sosiego!. La tranquilidad me atosigaba. La aventura me reclamaba. Era una llamada apremiante que no pude dejar de atender y… una madrugada cualquiera partí para nunca más volver…

Un silencio inundado de recuerdos invadió la mente del aventurero que, emocionado, siguió relatando sus cuitas. Tenía veinticinco años cuando conoció a otra mujer, bella como un sol, delicada como una filigrana, pero comprometida para casarse con otro. Adorándola como la adoraba, no pudo más; su pasión llegó a desbordarse y sin dique posible que lo contuviera, el día de su boda con el otro, así vestida de blanco, la subió a las ancas de su potro y se la llevó. Perseguido por gentes indignadas de todo un pueblo, corre por punas y quebradas, vence jalcas y farallones, transita por el borde de los ríos, por las crestas de las montañas, avanza de día y de noche hasta que, perdido su rastro para los persecutores, encuentra un hermoso remanso serrano donde instala su nido de amor. La felicidad inconmensurable que llegó a vivir, duró tan sólo un año. Una tarde entre gritos y estertores de parto, la mujer que tanto amara muere en sus brazos. Enterrando los cadáveres de su mujer e hijo, huyó acongojado, más rudo e implacable que nunca; ya sin fe, ya sin esperanza.

Cuando en 1899, el eterno revolucionario Augusto Durand pasa por Chiquián buscando adeptos para la causa del pierolismo, traba entrañable amistad con él. El caudillo político le perdona el que haya dado muerte a su compadre Emilio Orduña y una mujer alegre que lo habían traicionado. Prometió su lealtad a cambio de la amnistía cuando llegara al poder. El círculo se cierra detrás de él. Perseguido por robar a los ricos para dar a los pobres y por unos crímenes en defensa de su vida, huye a Chile a bordo del MAPOCHO en calidad de marino. Durante la travesía sostiene un pugilato con un negro panameño que al verse perdido trata de herirlo con una chaveta pero él le dispara. Ya en Lima se enrola a las huestes de Durand que le promete perdonar todas sus faltas al tomar la Presidencia del Perú.
— Y aquí estoy, vidita, rodando incontenible, herido y sólo con tu amor.

Así, uno tras otro, los días fueron transcurriendo. Pardo iba entonando sus músculos con ejercicios diarios sin asomar a la calle. Todo conocimiento del mundo exterior se circunscribía a los periódicos de la ciudad que ella, diligente y amorosa, le leía. Por ellos se enteró de los homenajes a Negrete, la persecución a Durand, el apresamiento del coronel Flores, su jefe en la empresa revolucionaria; pero lo que más lo enfureció fue que en un exabrupto -hijo de la soberbia- el Prefecto Negrete, triunfador de la contienda, había dicho que le habría gustado enfrentarse cara a cara con Luis Pardo para echar por los suelos el mito de su valentía. Esta manifestación emitida más por jactancia que por razonamiento, le causó el impacto de un reto que él, Luis Pardo Novoa, invicto bandolero de leyenda, guardó celosamente en su calenturienta cabeza aventurera para hacerlo valer llegada la ocasión.

Pasados los días, ya completamente sano y fortalecido, recibió de su amada el regalo de un moro cuatralbo de sus campos chacayanos; aceitó sus pistolas y se alistó para la partida. Cholo aventurero metido a bandolero, sin más ley que su revólver, sin más amigo que su caballo y con infinita lealtad para aquella cerreña bella y admirable que le había salvado la vida cobijándolo amorosamente bajo su techo.

Ella ni siquiera trató de sofrenar aquel torrente de sangre desbocada que nuevamente se aprestaba a la aventura. Sabía que sus ruegos, súplicas o reconvenciones habrían sido inútiles. Sólo atinó a vivir con una fiebre extraordinaria su amor aquellos días postreros hasta que, una noche de plenilunio, tras un largo beso apasionado le dio el adiós definitivo.
— Que Dios te bendiga por lo buena que has sido conmigo. –Le dijo él- He vivido los momentos más hermosos de mi vida y no los olvidaré jamás. Te lo juro. Ahora me marcho, pero te digo que siempre estarás conmigo en mis recuerdos. Antes, voy a cobrarle una pequeña deuda a tus paisanos.

La ciudad ha silenciado los ruidos de su acezante trajinar minero. Es noche de junio. Sólo se oye las campanas del reloj público anunciando la marcha del tiempo y el susurro de un viento helado y cortante. Nocturno remanso que acuna el justo reposo de tantas vidas heroicas y laboreras sobre el efluvio sutil de su argentado basamento de plata.

Uno que otro ladrido denuncia el paso del emponchado jinete que a trote lento se dirige al centro de la ciudad. El sombrero a la pedrada cubre su frente amplia y despejada, tez morena de cejas pobladas y tupidos bigotes negros, enérgicos y achinados ojos pardos en rostro misteriosamente oriental. A esa hora, en el exclusivo Hotel Universo, a una mesa pródiga de copas y naipes, cinco potentados mineros hacen los honores al Prefecto, el coronel Octavio Negrete, triunfador de la Batalla de la Esperanza. Los naipes van y vienen alternando la suerte de los jugadores, viejos rocamboristas que en aquel tapete han dilapidado millonarias fortunas. Hace ya buen rato que los contertulios, avivando el juego emocionante, apuran el contenido de sus copas de jerez y mistral cuando se abren de par en par las puertas de cristales y entra un moro cuatralbo guiado por su jinete; la mano izquierda sujetando las bridas y la derecha sobre el bruñido pomo de su revólver. Alelados los viejos jugadores miran al hombre que acaba de entrar sin poder dar crédito a sus ojos. ¡Cómo es posible que, a ese recinto exclusivo de magnates y señores al que no puede entrar así no más cualquiera, se atreva a ingresar cabalgando ese rufián?. La sorpresa los tiene perplejos cuando la voz del recién llegado se escucha en la estancia.
— ¡Mozo!. Sírvales una vuelta igual a los señores. A mí me da una de la misma.
— ¡¡Quién es usted…!!!- Pregunta el Prefecto- para que en esa forma prepotente y descomedida ingrese a este local sin ser invitado…!
— ¡Soy el que usted quería tener enfrente, señor Prefecto: soy Luis Pardo Novoa…! -Las palabras se hielan en los labios de los jugadores, las miradas sorprendidas se entrecruzan y luego la fijan en aquel hombre de recia personalidad que termina diciendo- ¡Sólo quiero tomarme un trago con ustedes!…¡¡Salud!!- los hombres, mezcla de respeto y temor- se ponen de pie y de un solo golpe escancian sus copas. El silencio total en el que se ha sumido la sala permite escuchar con toda nitidez el tintineo de dos quintos de oro que el facineroso ha dejado caer sobre el mostrador en pago de su pedido. Después, con el rostro sereno, tiempla la rienda y retrecha el noble bruto hasta la puerta, luego gira volviendo grupas hacia la calle y dice:¡¡Hasta la vista, señores…!!!.

Y se va solo, solito, como siempre, como los guapos, sin volver la cara, sin temor a un tiro traicionero; él sabe muy bien que los cerreños son muy hombres para eso. Sabe que la lección no la olvidarán jamás. Y con el abrigado poncho de vicuña esculpiendo su cuerpo se pierde entre las sombras de la noche minera.

Carteles me van poniendo,
¡Libertad!….¡Libertad!
carteles para olvidarte,
¡Viva la esperanza!
¡Me voy, te dejo llorando!.

Allá atrás, abrumada por el recuerdo de un amor que se pierde, la linda cerreña enamorada enjuga sus lágrimas encendidas de amor y recuerdos.

LA BATALLA DE LA ESPERANZA (8 de mayo de 1908)

BATALLA DE LA ESPERANZA
Hace exactamente 101 años que los miembros del Partido Liberal, encabezados por Augusto Durand, habían decidido invadir el Cerro de Pasco y, tras apoderarse de los depósitos del Banco de Perú y Londres, de la compañía norteamericana, comerciantes y mineros, lanzar un Manifiesto a la Nación anunciando que asumían en gobierno de la nación. Enterado el pueblo se armó para ejercer su defensa, contando con la “Guardia Urbana” conformada por extranjeros residentes en la ciudad, comandada por el austriaco Nicolás Lale. Durand que estaba muy bien armado, llevaba en sus filas a los famosos bandoleros Luis Pardo Novoa y Mateo Vera, así como a destacados militares de entonces. En todo el trayecto de Chosica al Cerro de Pasco habían sembrado el terror desplazándose en el ferrocarril central. Cuando llegaron a Carhuamayo, el maquinista Harry Wall emprende veloz huida a la ciudad minera mientras los montoneros tomaban su refrigerio. Repuestos toman otra máquina llegan al objetivo y, la mañana del 8 de mayo de 1908, la atacan pero en la explanada de la Esperanza (actualmente son dos campos de fútbol) se enfrentan las fuerzas rebeldes de Durand y las locales comandadas por el coronel Octavio Negrete, prefecto del departamento de Junín. La batalla se prolonga desde las ocho de la mañana hasta las doce del día en que, derrotados, los invasores huyen. El Cerro de Pasco ha triunfado arrojando a los invasores de sus predios. Hay muchas anécdotas de esta batalla que usted puede conocer en toda su amplitud en el tomo III de nuestra historia. Una de ellas es ésta, referida a Luis Pardo Novoa. “Esta es una historia que los viejos cerreños guardaban con especial cariño y me contaron don Pablo Arias, Gerardo Patiño López, Juan Cortelezzi Martel y don Julio Patiño León.

Su nombre completo era Telmo Luis Pardo Novoa y había nacido en Chiquián el 19 de agosto de 1874. Su padre, el gobernador del pueblo, Pedro Pardo trató malamente a su hijo desde muy pequeño. Estos castigos, lejos de dominar su carácter levantisco, les exacerbaron al extremo de hacerle odiar la casa paterna. En 1844 muere su padre en una balacera dejándole como única heredad su libertad absoluta y su carácter aventurero. Así desde los 10 años comienza su vida de agitados episodios aventureros.

Cuando en 1899, don Augusto Durand pasa por Chiquián buscando adeptos para su causa, traba entrañable amistad con él. El caudillo político le perdona la muerte de su compadre Emilio Orduña y de una mujer alegre que lo habían traicionado. Prometió su lealtad a cambio de la amnistía cuando llegara al poder. El círculo se cierra detrás de él. Perseguido por robar a los ricos para dar a los pobres y por algunos crímenes en defensa de su vida huye a Chile a bordo del MAPOCHO en calidad de marino. En la travesía sostiene un pugilato con un negro panameño que al verse perdido trata de herirlo con una chaveta pero él le dispara. Ya en Lima se enrola en las huestes de Durand que le promete perdonar todas sus faltas al tomar la Presidencia del Perú.

El 4 de mayo de 1908- como hemos visto- tratan de tomar el Cerro de Pasco y no lo consiguen. La disciplinada disposición de la defensa lo había sorprendido. A lo largo de la línea divisoria de la Esperanza, abrupta de pañolería y caprichosa conformación utilizada como parapetos, se había colocado una sustantiva columna de fusileros. La no muy vigilada por su aparente inexpugnabilidad entre Santa Rosa y Noruega, lo constituía la enorme mole blanca de roca pulida por donde, en tiempos lejanos, caían las cataratas formadas por las aguas que venían de Patarcocha: La Paccha. Tomarla constituiría la llave para romper la extensa fortificación. No lo pensó dos veces. A sabiendas que se jugaba la vida, ordenó a tres de sus hombres que en el momento de su ascenso al promontorio, lo cubrieran con sus fuegos. Así lo hicieron. Ágil como un rayo ganó el primer escalón sorprendiendo a los vigías y desde allí se impulsó hacia arriba no obstante el fuego de los flancos. Ya en la cima llamó a sus compañeros a que hicieran los mismo pero debido a la clara exposición a la que se sometían, uno a uno rodaron cribados por las balas cerreñas. Lo único que le quedaba al chiquiano era seguir adelante. Con sus dos revólveres en las manos, perseguido por las balas silbantes, raudo como un gamo se escabulló por la Calle del Marqués, luego por el Hotel Fort entrando como una centella en Tambo Colorado no obstante la opresión que la altura ejercía en su pecho. Cuando ya se consideraba a salvo, el impacto de una bala en el muslo lo hizo rodar a una acequia que para su buena suerte lo guareció de las balas. Consciente que no sólo su libertad sino también su vida peligraban, decidió jugársela. Se arrastró por el canal de la acequia hasta donde Dios quisiera que fuera, lejos del alcance de sus perseguidores. Felizmente el cierra puertas era general y nadie podía verlo. Siguió arrastrándose dejando un cárdeno reguero de sangre hasta que encontró una pared baja a la que con supremo esfuerzo superó cayendo al interior de un corral; allí perdió el conocimiento.

Para suerte de él una joven viuda de un acaudalado minero lo cobija bajo su techo y con quien, más tarde sostiene un apasionado idilio naciendo un hijo de él. Incontrolable en su afán de aventuras se despide de la cerreña que lo había mantenido oculto hasta que curara sus heridas. La historia tiene una hermosa continuidad que vive en la boca del pueblo.” (Ver Voces del Socavón)

MI HOMENAJE A LA MADRE

Con el más grande respeto y reverencia, quiero rendir emocionado homenaje a las madres del mundo, especialmente a las cerreñas, con una anécdota y dos poemas conmovedores y hermosos. Comenzaré con un recuerdo de mi infancia y luego podrán leer dos hermosos versos dedicados al ser más sublime del mundo: La madre.

“Mi primer contacto con los escenarios tuvo lugar en mi escuelita de Patarcocha. Por aquellos días todos se encontraban afanados en preparar debidamente la celebración del “Día de la Madre”. Mi maestro, Mamerto Galarza Mayor, conocido como “El gato” por sus ojos verdes, me entregó un poema de Federico Barreto con versos tan hermosos y conmovedores. “Este poema vas a recitarlo en la actuación del sábado”, me dijo. Nada más. Hasta entonces nunca había tenido la oportunidad de hablar en público, menos aún en un escenario. Obediente aprendí todos los versos con indescriptible inquietud. Acuciado por la enorme responsabilidad, lo ensayaba a voz en cuello en el soledoso trayecto diario de la escuela a mi casa. Hasta que llegó el gran día. El salón de actos estaba repleto. Todas las secciones ocupaban el lado izquierdo y, la delegación femenina del 492, el derecho. Ya habían sido presentados algunos números hasta que me “tocó” recitar en representación del primer año. Cerrado el cortinaje tras el número anterior, mi profesor me ubicó en la parte central del escenario. Yo estaba vestido con mi mameluco azul en cuyo ojal lucía una flor blanca que señalaba mi orfandad y en al brazo izquierdo una franja negra que indicaba mi duelo. Después que el maestro de ceremonias terminara de anunciarme, escuché con terror el rechinar del telón abriéndose. No he podido olvidar el impacto de aquel momento. Incontables ojos curiosos clavados en mí, uniformados por el mismo silencio expectante. En primera fila, los directores y maestros rodeando a una anciana madre –invitada de honor-, detrás las traviesas miradas de los alumnos. No sé lo que me ocurrió en aquel trance, pero mi mente se puso en blanco. No recordaba nada. Miraba a un lado y otro sin recordar nada. Cuando comencé a pensar que la tierra me tragaría, sentí sobre mis hombros las afectuosas manos de mi maestro que, dándome ánimos, me susurró: “Ponte tranquilo, toma aire y, comienza. Tú sabes!”. No sé cómo, pero como un milagro recordé los versos y los dije uno a uno, con el alma, con mi vida, con un sentimiento enorme. Cuando terminé mi voz estaba quebrada y, el director, los maestros y todos los alumnos me aplaudían de pie con un cariño que jamás olvidaré. Lágrimas cargadas de dolor, rodaban por mis mejillas. Creo que me conmoví profundamente. Era explicable. Muy pocos días antes, mi madre había fallecido. Aquel poema es el siguiente:

NIÑO HUÉRFANO
MADRE MI AMOR

Madre mi amor, tu carta he recibido
y he llorado sobre ella tanto, tanto,
que sus renglones han desaparecido
bajo las turbias gotas de mi llanto.

“Hijo me dices con ferviente anhelo
en esos signos que mi pecho adora
Dios te bendiga desde el alto cielo
como yo te bendigo en cada aurora”.

“Hijo sé bueno y como bueno, honrado,
no te arrastres jamás sobre la escoria
y cuando bajes al sepulcro helado
Dios como premio te dará su gloria”.

No envidies con rencor lo que te admira
porque la envidia ruin, tenlo presente,
es una gloria para el que la inspira,
y es un veneno para quien la siente.

Si odias depón tu encono envenenado
si amas mantén tu amor hasta la muerte
y, ya seas feliz o desgraciado
aprende a conformarte con tu suerte.

Respeta siempre todos mis consejos
si buscas paz si quieres tener calma,
y hoy que me tienes de tu vista lejos
no me olvides jamás hijo de mi alma.

Esto me dices en tu carta bella,
y yo te juro madre bendecida,
que las lecciones que me das en ella
serán desde ahora la norma de mi vida.

Seré austero, sagaz, justo y honrado
como tú lo ambicionas y lo esperas,
por tu amor seré yo bueno o esforzado
por tu amor seré yo… lo que tú quieras.

Federico Barreto.

MADRE ANCIANA (2)
Ya Era Muy Viejecita

Ya era muy viejecita… Y un año y otro año
se fue quedando sola con su tiempo sin fin.
Sola con su sonrisa de que nada hace daño,
sola como una hermana mayor en su jardín.

Se fue quedando sola con los brazos abiertos,
que es como crucifican los hijos que se van,
con su suave manera de cruzar los cubiertos,
y aquel olor a limpio de sus batas de holán.

Déjenme recordarla con su vals en el piano,
como yéndose un poco con lo que se le fue;
y con qué pesadumbre se mira la mano
cuando le tintineaba su taza de café.

Se fue quedando sola, sola… sola en su mesa,
en su casita blanca y en su lento sillón;
y si alguien no conoce qué soledad es ésa,
no sabe cuánta muerte cabe en un corazón.

Y diré que en la tarde de aquel viernes con rosas,
en aquel “hasta pronto” que fue un adiós final,
aprendí que unas manos pueden ser mariposas,
dos mariposas tristes volando en su portal.

Sé que murió de noche. No quiero saber cuándo.
Nadie estaba con ella, nadie, cuando murió:
Ni su hijo Guillermo, ni su hijo Fernando,
ni el otro, el vagabundo sin patria, que soy yo.

José Angel Buesa