LA ROCKOLA

Rockola 2Por aquellos días, la exitosa aparición de la rockola, originó un enorme revuelo en la muchachada del Colegio. Con hiperbólica exageración, “Pepe Botellas” no dejaba de magnificar su sonido, su nitidez, y su modernismo. ¡Es cojonudo!, repetía una y otra vez, con ojos que querían saltársele de las órbitas. Su rostro rubicundo, prematuramente mofletudo, contribuía a remarcar su asombro extraordinario. Rodeado de la totalidad de alumnos, casi gritaba enajenado de admiración: “¡Es como si tuvieras a la orquesta a tu lado!. Su sonido se puede aumentar o disminuir a voluntad; es incomparable. Armar un “tono” con ese aparato debe ser algo “bestial”. Uno, después de poner en la ranura una moneda de cinco reales, al simple manipuleo de unos botones, escoge lo que desea escuchar y, ¡listo!. ¡Qué bacán!. ¡Qué bestial!. ¡Mundial! ¡A bailar!”. Las preguntas lo acribillaron de uno y otro lado. Él respondía con el mismo entusiasmo. Todos le creyeron porque “Pepe Botellas” raramente asistía a las clases de la tarde. Sólo la importancia de la noticia lo había impelido a romper sus perennes vacaciones. (Después supimos que el dueño del aparato le había enviado al Colegio para concitar nuestra atención a cambio de unos tragos).

Cuando “Panza de Agua” Ayzanoa –nuestro Regente- hizo sonar la campana de salida, en un santiamén los del Quinto Año estábamos disciplinadamente formados, como nunca, listos para salir sin importarnos para nada la salida de las chicas del patio femenino. Estando fuera en ansioso tropel, como los huelguistas mineros de la “compañía”, íbamos pletóricos de entusiasmo a conocer la novedad. Al plantarnos a la puerta del “Bar Café, Carrión” de Mario Robles, en la Plaza Dos de Mayo, no sólo estábamos los de la promoción; nos rodeaba un nutrido grupo de alumnos de otras secciones que expectantes de asombro se aprestaban a admirar aquel portento de modernidad. Entramos, y allí estaba la enorme caja metálica de líneas modernas y audaces, iluminada por brillantes y siempre cambiantes colores de mágicos contrastes. Nadie pronunciaba palabra. Nuestros ojos escrutadores hablaban por nosotros. En la parte superior, sobre un fondo diamantino de negrura magistral, resaltaban nítidamente las letras doradas de la marca: WURLITZER, nombre que más abajo y en caracteres mucho más grandes, ocupaba toda la dimensión de los parlantes. Los discos que ordenadamente se mostraban en un panel especial eran de 78 revoluciones por minuto, de frágil carbón, con las melodías que en esos momentos deslumbraba a todos. (Mucho tiempo después serían de 45 revoluciones). “Pepe Botellas” precoz ebrieta de cuarto año, nos miraba con cara de satisfacción al comprobar nuestra incredulidad. Inmediatamente, alineados en orden correlativo, dos líneas de teclas luminosas. En la primera, figuraban todas las letras del abecedario y, en la segunda, los números correspondientes: del cero al nueve. Sus combinaciones permitían la selección de la pieza a escucharse. Más abajo, un iluminado panel en el que figuraban con amplitud, el nombre del disco, su género e intérpretes. No había sino que presionar estos botones tras depositar una moneda para que se efectuara el milagro. Nuestro guía, “Pepe Botellas”, sacó del bolsillo una moneda de cincuenta centavos y como un mago que va a realizar un prodigio, la dejó caer en la ranura; al momento se realizó el portento. Un aditamento central, parecido a una paleta, giró parsimoniosamente para ubicar el disco seleccionado; hallado éste, lo recogió y luego de ponerlo en la parte central para su ejecución, volvió al costado donde había estado en el comienzo. La guja reproductora bajó parsimoniosamente sobre el disco y de inmediato surgió la magia de un alegre chorro de sonidos que a todos encandiló. La alegrona voz del “Muñecón de Colombia” con: “Bésame Morenita” se irradió por todo el salón:

Mírame, mírame, quiéreme, bésame morenita
que me estoy muriendo por esa boquita
tan jugosa y fresca, tan coloradita.
como una manzana, dulce y madurita,
que me está diciendo
no muerdas tan duro, no seas goloso
y besa que besa que es más sabroso
y dale un abrazo a tu morenita.
Y me está pidiendo que bese que bese la condenada
y que abrazo sin beso no sabe a nada
así me lo dice mi morenita.
Mírame, bésame, quiéreme morenita.

Nuestro mudo asombro se encendió cuando “Pepe Botellas” largó a bailar con su estilo “chonguero” y contagiante. Todos llevábamos el ritmo sobre libros y cuadernos. Hasta el “Opalong”, Pablo Pucuhuanca Maquera, -tozudo cholo puneño- estaba emocionado. Corsino Santiago Valle comenzó a bailar con su archirival y declarado enemigo, el “Espinita” Rafael Torres Peña –Ese día estaban juntos pero no para trompearse sino para bailar- también estaban Chop – Chop Martínez, Juanito Rodríguez Munguía, “Chino” Campoa, Cipriano Colqui Robles, Ángel Madrid Marrull. Sentíamos que la orquesta estaba allí, con nosotros, en la intimidad de aquel cerreño café.

¡Qué emoción!.

Por aquellos días, la Sonora Matancera campeaba triunfal en la preferencia estudiantil. Cómo olvidar, por ejemplo, a Bienvenido Granda cantando, “Angustia”, o al “inquieto anacobero” Daniel Santos en, “Virgen de Medianoche” o a Carlos Argentino con “Apambichao”, o a aquella voz inquieta de la novísima Celia Cruz, o la melosa de Olga Chorens; es decir todas las estrellas de la Sonora: Nelson Pinedo, Vicentico Valdez, Bobby Capó, Alberto Beltrán….. Los “templados” también tenían lo suyo. Los Panchos a la cabeza, Los Tres Diamantes, Nicolás Urcelay, Gregorio Barrios, Leo Marini, Genaro Salinas, Fernando Albuerne, Luis Alberto del Paraná. Reforzados por las películas que proyectaba el “Grau”, Pedro Infante encandilándonos con “Flor sin retoño” o “Cien años”; Miguel Aceves Mejía y sus extraordinarios falsetes; la magistral Lola Beltrán que encumbró a José Alfredo Jiménez, especialmente con “Cucurrucucú paloma” y “Corazón, corazón”. Es decir, canciones para todas las preferencias. No está demás decir que, deslumbrados por la calidad del sonido, pasamos un buen rato de escuchas en aquel magistral desfile de estrellas. Todos nos convertimos en admiradores de este milagroso aparato al que llamaban Rockola. Creo que Mario Robles se llenó de plata en muy corto tiempo porque, desde las primeras horas de la mañana hasta muy pasada la medianoche, el aparato no dejaba de sonar. En poco tiempo otros establecimientos trajeron sus armatostes sonoros con gran espectacularidad: “Las Camelias”, “La Cabaña”, el “Bolívar”, “El Farolito”, “Tres Estrellas”.

Alentados por las ventas obtenidas, los agentes de la Wurlitzer, visitaron el burdel llevando consigo otro enorme aparato de colores chuchumecones y formas más atrevidas y escandalosas. Estaban convencidos que ése era el aparato apropiado para el lupanar. Frente a la Mami que tenía una actitud de “No quiero nada”, el más vejancón y apuesto de los vendedores soltó un “floro” convincente, detallando las inmejorables ventajas del aparato; para hacer más contundente la exhibición, la instalaron en el entarimado donde hasta la noche anterior el “Conjunto Estable” del burdel animaba los amartelamientos chongueros. El aparato se iluminó con extrañas y cambiantes luces esplendentes, semejante a marquesinas espectaculares de cines norteamericanos. El impacto fue instantáneo. La Mami y sus pupilas miraban asombradas el espectáculo. Cuando el aparato comenzó a sonar, los ojos de las curiosas parecían que irían a salírsele de sus órbitas. De inmediato, como prodigio de “La mil y una noches”, la orquesta “Billo´s Caracas Boys” inundó la estancia prestando marco a la voz incomparable del tenor venezolano Alfredo Sadel. Los ojos de la Mami se encharcaron de nostalgia cuando escuchó los primeros compases de “Damisela Encantadora”. ¡Qué viejas saudades no se agolparían en la mente de la vieja mujer que tuvo que regarlas con lágrimas vivas y abundantes!. Cuando terminó la canción, unánimes aplausos mostraron la total aprobación de las pelanduscas que, emocionadas consolaban a la Mami. Ya no hubo nada qué hacer. El armatoste quedaría allí “per sécula seculorum” y ya nadie habría de moverlo.

Aquel fue el día más triste para “Trapito” Rodríguez y compañía. Cuando llegaron con el entusiasmo de siempre, se toparon con la más grande sorpresa de su vida. En el lugar donde hasta el día anterior estaba el piano, -negro y lustroso-ahora lo ocupaba un extraño y mayúsculo aparato de colores escandalosos. Por largo rato estuvieron mudos de dolorosa premonición. La “Mami” –haciendo de tripas corazón- cumplió con informarles muy compungida que, en la necesidad de adecuarse a la modernidad, se veían obligadas a instalar la rockola y que, a partir de esa noche, ya no requerirían sus servicios. No dijo más. Un apretón de manos cerró el trato. Los músicos fueron al bar acompañados de las niñas que solidarias, sentían el cambio que entonces comenzaba en sus vidas. Omara, poniéndole el brazo sobre los hombros le dijo a “Trapito”: “Hay que tener coraje para afrontar todo lo que se presenta. No olvides lo que Leonidas Yerovi decía al respecto: “Cuando ames a una mujer// ámala de tal manera// que la dejes de querer// cuando ella ya no te quiera”. Lo propio hizo Malena, Simona, la Limeña, la “negra” María, Norma y Vilma. En silencio apuraron sendas copas de cognac y se retiraron. Los ojos del “Trapito” brillaban, húmedos. Con las manos temblorosas y las lágrimas pugnando brotar de sus ojos, pensó muy apesadumbrado. Habían dejado gran parte de su juventud dando vida a las noches burdeleras; ahora que no los necesitaban, lo echaban como trastos inservibles. A partir de entonces, el pianista “Trapito” Rodríguez, tuvo que convertirse en florista encargado de confeccionar las coronas mortuorias de los obituarios citadinos. Diariamente, desde las primeras horas se le veía a las puertas del Hospital Carrión, esperando los decesos para atenderlos. Se hizo íntimo del “Cura Bolo”. Los dos participaban de parecida inquietud. “Cara de Mango”, -la primera voz- descubrió tardíamente que no tenía ninguna otra habilidad para sobrevivir; al final, terminó de ayudante de mecánico en el taller de Lasteros; el “Tuerto” Rojas, tras guardar el piano en un rincón del patio donde acabó de arruinarse, se dedicó a reparar los somieres y camas de las chicas. No quiso abandonar el burdel. Alternaba esta ocupación con la de ayudante en una empresa de Transportes. Ya eran otros tiempos. En ese momento comenzaba otra etapa en el lupanar y en la ciudad.

Estampas Cerreñas

la calle del marqués
La bajada de Santa Rosa.- Tramo de la ciudad que superando el campamento de la Esperanza lo unía a la legendaria calle del marqués. En primer plano –a la derecha- se ve el Hotel Venecia, el más próximo a la estación que recibía gran cantidad de huéspedes. Más arriba, otro hotel, FORT, de doña Carmen Fort. Enfrente (no aparece en la foto), la Lumbrera Central, que después fue trasladada al Castillo de Lourdes.

En el promontorio de la izquierda, se levantaba la Iglesia de Santa Rosa con su correspondiente plazuela. Cuando colapsó esta iglesia se erigió la de Chaupimarca. Más arriba del Venecia se ve el predio de don Encarnación González, juez y gobernador vitalicio de Chaupimarca; la casona de la familia Secombe; la panadería Venegas; el bar de Leoncio Villar; el restaurante del chino Chale Lam, comienzo de una serie de negocios de chinos afincados en nuestro predio. Todos estos edificios –como cuenta don Gerardo Patiño López- cayeron en el terremoto del 1º de noviembre de 1947. Los trabajos mineros terminaron por hacer desaparecer este tramo tan recordado por los viejos cerreños.

EL CERRO DE PASCO PIONERO DEL FÚTBOL EN EL PERÚ

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El Comercio y otros diarios limeños en circulación el año de 1910, anunciaban el “Match” entre el UNIÓN CRICKET de Lima, frente al CERRO DE PASCO FOOTBALL CLUB, de la entonces capital del departamento de Junín. Era el primer partido interprovincial de nuestra historia en el que se disputaba la “Copa Municipal” de Lima. Hasta entonces, las competencias se habían circunscrito a cotejos entre el Unión Cricket y el Lima Cricket, los mejores equipos de Lima, nunca con otros equipos ajenos al ámbito de la capital. Con este motivo viajó por ferrocarril la “hinchada cerreña” que desde 1885 practicaba el fútbol. El 29 de julio de 1910, en la cancha de Santa Beatriz, estuvieron frente el “Unión Cricket” de Lima, frente al “Cerro de Pasco Fútbol Club”. Se realizaba el primer encuentro interprovincial de la historia del Perú. El equipo cerreño ganó por uno a cero. Lo importante de este cotejo no es el resultado sino la magistral demostración que dejó el equipo cerreño integrado por ingleses. Lima estaba impresionada. Por eso se programó un segundo encuentro, esta vez entre el “Cerro de Pasco Mining Sport and Foot Ball Club American” vs. “Combinado limeño” en el que alineaba lo mejor del fútbol capitalino. Se jugó el primero de enero de 1911, en el la cancha del Recreo Grau en pleno centro de Lima. Esta vez ganó el equipo de Lima por un “penal” que sólo el árbitro vio. Eso aseguraron los diarios de entonces. Los ánimos estaban encendidos. Así se programa un tercer encuentro para el 30 de julio de 1911, en el campo del “Lima Cricket” disputándose un hermoso trofeo de plata donado por la Municipalidad de Lima, entre la Selección del Cerro de Pasco contra la Selección Peruana de Fútbol. Ganó brillantemente el Cerro de Pasco por tres a dos, en un partido vibrante que fue recordado por muchos años. Para el 29 de julio de 1912 en la cancha de Santa Beatriz, se programa el cuarto encuentro entre la Selección Peruana de Fútbol vs. La Selección de Fútbol del Cerro de Pasco. En emocionante demostración de clase gana el Cerro de Pasco por un gol a cero, después de jugarse tres suplementarios. Se disputaba también la suma de CUARENTA MIL SOLES, que los hinchas limeños y los cerreños habían reunido. El 28 de julio de 1913, en el terreno de Santa Beatriz, la Selección Peruana de Fútbol tras memorable partido, se cobró la revancha frente a la Selección del Cerro de Pasco derrotándola por dos goles a uno. El 28 de julio de 1914, están frente a frente los enconados rivales de la SELECCIÓN PERUANA DE FÚTBOL VS. SELECCIÓN DE FÚTBOL DEL CERRO DE PASCO. Este sexto partido lo ganó el Cerro de Pasco por tres goles a dos. Hay que leer las crónicas de entonces para informarse de la gran impresión que causaron los futbolistas cerreños.

¿Cómo es que el Cerro de Pasco había adquirido aquella gran maestría en la práctica del fútbol?. Muy sencillo. Cuando se estableció la Compañía Pasco Peruana para instalar el desagüe en el socavón de Rumiallana, los contratistas trajeron gran cantidad de jóvenes ingleses que traían consigo la práctica de este deporte. Posteriormente con el tendido del Primer ferrocarril de la Sierra, más jóvenes ingleses llegaron, todos futbolistas. Nuestros hombres que primeramente contemplaban los partidos, más tarde entraron a competir con sus “maestros” con los que se fundaron muchos clubes de fútbol cuando otros encumbrados pueblos del Perú ni conocían este deporte. (Vean “Filones de Historia” donde se narran al detalle estas hazañas deportivas).

El primer ferrocarril de la sierra.

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“Fue en la minería, más que ningún otro sector productivo que el ferrocarril vino a introducir una auténtica revolución en su producción y comercialización. Se requirió del transporte de pesadas y voluminosas masas de mineral desde los socavones hasta los ingenios de beneficio. Además se necesitaba del abastecimiento de insumos igualmente voluminosos y pesados, como la sal, la madera o el carbón. Luego del éxito obtenido con el ferrocarril de Lima a Callao (1851), se instauró el primero con el nombre de “El Ferrocarril de la sierra”.

Autorizado por ley de 8 de noviembre de 1863 el Gobierno autorizó la propuesta de Orbegozo y Wyman para construir este ferrocarril que unía el Cerro de Pasco con las haciendas minerales ubicadas al oeste de la población. Para ello llegaron gran cantidad de obreros y técnicos ingleses muy jóvenes. Al comienzo sufrió dificultades de índole económica y el complot de los arrieros para que no prosperara. Por fin, teniendo como estación al edificio que actualmente ocupa la Cárcel Central, se inauguró el 1º de junio de 1869. Partía del tajo de Santa Rosa para recorrer las riberas de Quiulacocha, Occoroyoc, Tambillo y Sacrafamilia, sede de las haciendas, con un recorrido total de siete leguas (38 Kms.). El financiamiento se hizo a través de suscripción de acciones por los mineros que iban a beneficiarse con la obra. Muchas haciendas que se hallan cerca de este ferrocarril, recibían cuatro veces al día los minerales del Cerro de Pasco. El camino carretero de Quiulacocha que estaba a lo largo del ferrocarril, facilitó también el transporte de los minerales sin el concurso del ferrocarril” dice el informe de Alejandro BABINSKI, presentado a la Junta Central de Ingenieros de Lima en 1876.

La irrupción del ferrocarril en la tranquila vida minera del Cerro de Pasco constituyó un acontecimiento muy impòrtante. Los jóvenes ingleses traían con ellos el novedoso deporte del fútbol que se practicó masivamente en todos los campos cerreños y, siguiendo la costumbre inglesa, se fundaron muchos clubes (El tema completo véase en el tomo II de la Historia del pueblo mártir).

EL CASTIGO DE LOS JIRCAS

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Era el hombre más festivo de aquella comarca cubierta de ichu. No obstante vivir en los agresivos ventisqueros de la Meseta de Bombón, jamás se le vio enojado o pesaroso. Bromista, alegre y juguetón, no perdía la ocasión de divertirse como un niño con los amigos que encontrara. Conocía aquellos contrafuertes como la palma de su mano. Correteando alegre, mientras su ganado pacía, había recorrido todas las estrechuras, subiendo y bajando por los enigmáticos desfiladeros oyendo sus gritos sobredimensionados por las desnudas cortaduras donde sólo reina el frío y la soledad. Al final, llamaba a sus perros a todo pulmón desde el primer otero donde pudiera ver las escarmenadas manchas de sus ovejas.

Su pequeña estancia estaba ubicada en Jancacancha, un campo nevado que colindaba con los riscos de Runtunayoc y Tuctopunta. Con la risa a flor de labios, todo lo hacía con entusiasmo contagiante. Apenas comenzaban a clarear los horizontes orientales junto con el incansable canto de los pucuyes –madrugadores como él mismo- se ponía de pie, se vestía y, ¡A trabajar!.

Desde aquellos momentos, con el alegre silbo en sus labios reunía a sus ovejas y salía con ellas, acompañado de “Rayo” y “Trueno”, sus perros, a deambular por aquellas heladas inmensidades. Sus festivas correrías por las rugosidades frías, fatalmente, pronto devinieron en atrevidas e irreverentes. Entraba en los ancestrales “machays” donde a decir de los viejos, reposaban la osamenta de los abuelos y desafiante gritaba y se burlaba ruidosamente. Cuando hallaba los presentes que los peregrinos dejaban a los gentiles auquillos, los hacía volar por los aires en atrevidas manifestaciones de sacrilegio. Las velas, la chicha, la coca, los cigarrillos y caramelos –ofrenda de los creyentes- eran despedidos en pocos minutos. Ni un temor, ni una pesadumbre, perturbaban la acción del profanador.

Bien lo sabía él que había visto la diligente ceremonia de veneración con que, hombres y mujeres, especialmente viejos, efectuaban al dejar sus ofrendas en aquellas cavernas. No sólo eso, había oído contar a su abuelo de la habilidad de un curandero margosino que venido de tan lejos, conversaba con el cerro; éste obediente y cumplido, – previo homenaje de sumisión y respeto traducido en un buen alijo de coca, cigarros, y aguardiente- contestaba las preguntas del nigromante con una voz cascada y profunda. Había observado con admiración el recogimiento con que los mayores se dirigían a los jircas yacientes de aquellas cavernas. Así y todo, llevado por su atrevimiento y la complicidad del silencio, desconocía abiertamente el acatamiento que debía a la añeja tradición de sus ancestros.

Pero…

Un día que estaba ocupado en una de sus correrías, en forma por demás misteriosa, un viento helado comenzó a silbar por entre los roquedales diseminando un acérrimo olor azufrado que invadió todos los confines. En ese momento, sin que pudiera evitarlo, una fuerza extraña y poderosa lo llevó como a un autómata a las puertas de la gigantesca caverna llamada “Pachapa – Shimin” (La gran boca de la tierra). Cuando hubo llegado a este lugar, el cielo se encapotó formando amenazadoras cerrazones y un relámpago trazó su rúbrica luminosamente inquietante en los cielos. En ese instante se oyó una voz, misteriosa y profunda, salida del antro misterioso:
–¡Yo soy la boca del mundo y por mí escucharás lo que los dioses deben decirte!…¡ Queremos recordarte algo que a sabiendas no has obedecido!…. Desde hace muchísimos días y noches y soles y nevadas, los machays, los Jircas, las apachetas, son lugares sagrados que debe reverenciarse; pero tú no sólo no los has respetado, sino que los has ofendido. La Pachamama que te ha provisto de abundante alimento sin que te falte un solo día: “chicash”, “tuclush”, “papa shillinco”, “mauna”, “papa shire”, todo… para que tu ganado se harte de abundante pasto de estas inmensidades; para que puedas levantar tu morada y vivir en ella; la que te ha dado abundante champa para el fuego de tu hogar. La Pachamama donde has encontrado en abundancia venados, vizcachas, tarucas, llamas, guanacos y vicuñas que te han servido para tu alimentación y abrigo… – La voz tajante, bronca e inconfundible, señalaba, puntualizaba y ponía énfasis en cada nombre para que no se le fuera a olvidar al irreverente. Éste escuchaba alelado y lleno de pesadumbre las reconvenciones del cerro -. ¡La Mamacocha (lago de Junín) te ha dado abundantes challwas, saga y uchuc challwas y ranas enormes; y entre los totorales de la ribera y los islotes del interior, wachwas, yanavicos, parihuanas, zambullidores, yacutucus, corcovados, aynos, gallaretas, chorlitos, piwis, y gran variedad de patos por centenares…

Todo lo que el cerro decía en tono magistral, retumbaba en la conciencia del irreverente. Su conciencia, cargada de culpa, no encontraba la manera de rectificarse porque la acusación era muy grande.

– Una conjunción de dioses formadores de la tierra, me han encomendado traerte una condena a tu mal proceder. Las iras de Libiac Cancharco, el trueno que hace temblar la tierra y su hacendosa mujer, Yanamarán, la lluvia buena que riega estos confines, han decidido con la aprobación unánime de todos los jircas durmientes en los machays de estos confines, castigarte con la más cruel de las condenas que ningún hombre animal o tierra quisiera recibir: LA ESTERILIDAD. ¡Jamás en tanto vivas, tu simiente reseca e inútil podrá germinar en mujer alguna!; asimismo, tus animales perecerán infecundos y los terrenos en donde vives, se marchitarán irremediablemente…!!!

El sacrílego había quedado petrificado de pesadumbre al oír la terrible condena que sus ancestros, a través de “Pachapa shimin”, le habían hecho llegar. Ni siquiera pudo derramar una lágrima, estaba seco como un guijarro y, cosa extraña, en un santiamén, el cielo había recuperado su azul imponente y los rayos de sol caían a plomo sobre su cabeza. Desde aquel día también la condena se fue cumpliendo invariablemente. La risa murió en sus labios y su dolor fue en aumento al comprobar que las pastoras que antes habían compartido con él la hirviente quemazón de sus ardores amorosos, ahora se reían de él al comprobar su manifiesta impotencia, caso raro y reprobable en esta parte de la tierra; a su imposibilidad de amar se sumó la lenta extinción de su ganado y la sequedad de sus tierras, ayer verdes y frondosas.

Pasados los años, sin la compañía de sus perros y la ausencia total de su ganado, rodeado de resecos pastizales que se convertían en enormes polvaredas a la sola presentación de los vientos, seco como un tronco añoso y agostado, murió una tarde sin que hubiera nadie que le cerrara los ojos.

LA NINFA AMUESHA

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Cuando se llega a Oxapampa –esmeralda viviente del territorio pasqueño- uno es recibido por un cálido paisaje maravilloso y edénico. El río que lo riega discurriendo rumoroso y azufrado separa a Oxapampa de Chontabamba. En estas verdes inmensidades cubiertas de gigantescos árboles de cedro, pino, nogal, jacarandá, caoba y mohena, se asentó hace centenares de años, el aguerrido pueblo Amuesha.

Cuando el sol, descorriendo las nubes que forman amenazadoras camanchacas, ilumina el cielo oxapampino, puede distinguirse recortando el horizonte montañoso, la silueta yaciente de una hermosa mujer dormida. Allí está ella nítidamente tirada cara al cielo. Las suaves curvas de su rostro joven, la agresiva prominencia de sus senos núbiles y erectos, los contornos de sus muslos y piernas poderosas, conforman el perfil de una atractiva belleza indígena. De ella ha quedado, fresca como el aroma de la orquídea, una leyenda que emocionadas las abuelas cuentan a sus nietos.

Dice que un aguerrido guerrero casado con la más bella mujer de los contornos, esperaba ansioso la llegada del fruto de su amor. Sus sueños se poblaron de esperanzas y augurios. Fantaseaba con tener un hijo tan poderoso que conservara invictas sus inmensas heredades; tan diligente que atesorara feraces esos campos ilimitados; tan bondadoso que se condoliera de sus gentes; pero sobre todo, tan valiente que no se dejara vencer por las adversidades. Por eso fue enorme su alegría cuando sus manos temblorosas sintieron el palpitar de la vida que venía y quiso compartir la buena nueva con el resto del mundo.

Sus sueños fueron tantos y tan desproporcionados que cuando el agudo vagido del recién nacido repercutió en los confines de la jungla, su corazón esperanzado dio un gran salto de alegría. Su júbilo duró poco. Cuando lo tuvo en sus brazos comprobó que no era el poderoso heredero que esperaba. Era una mujer. Junto al llanto de la niña, su corazón comenzó a lamentar sus frustraciones.

Los días transcurrían y la soledad, cada vez más avasalladora, lo iba aislando terriblemente. No tendría, como había soñado, el ayudante que lo acompañara a sus incursiones en el monte para cobrar las piezas de caza y pesca; no contaría con el brazo fuerte que lo ayudara en la chacra; su fatal pesimismo lo hacía ignorar deliberadamente a la niña que conjuntamente con su madre se sentía marginada. Sumido en su pena ni advirtió que los días iban pasando.

Entretanto la niña iba creciendo. Su cuerpo ayer frágil y pequeño, alto y cimbreante, fue tomando dimensiones de mujer. Cuando caminaba, hacía evocar el paso de los felinos; su “cushma” de geométricos garabatos, como una segunda piel, resaltaba la majestad de sus formas. Su rostro, siempre dulce y sonriente, alcanzó una belleza jamás vista por aquellos cálidos parajes.

Pronto había quedado convertida en mujer.

La noticia cundió por aquellos parajes. Todos los mozos del lugar convocados por el llamado del amor la pretendieron. En vano. Una sola vez correspondió con una sonrisa el regalo de un guerrero amuesha. No obstante que el aguerrido enamorado hiciera espectacular demostración de su fuerza y sus habilidades; que la acosara con la pertinacia de sus ruegos y homenajes, el corazón de la joven quedó invicto. Por fin el guerrero se rindió. Él se fue con el recuerdo de su agradecida sonrisa y ella quedó con un hermoso collar de chaquiras que fue su único adorno. Ella tenía como único afán de su vida, el servir diligentemente a su insatisfecho padre que, después de mucho tiempo, había comprendido que en ella, tenía un tesoro consigo.

Todo el mundo tenía que admirarla cuando, garbosa y ondulante, caminaba por los verduscos senderos del risueño valle. Los niños la admiraban, los hombres la deseaban, los viejos la respetaban; pero todos la querían. Hombres y mujeres. Ella cumpliendo su misión de servicio a su padre, divertida y alegre, iba al río, a las cochas, a las cascadas, a bañarse nadando juguetona. Esa era su más grande pasión: el agua. Ninfa selvática y hermosa, reina del río y de la lluvia, podía pasarse horas enteras jugueteando ondulante y feliz en las profundidades y la superficie de las cochas. El agua era su elemento. Cuando llovía, era una fiesta para ella; salía a corretear por los campos con el sólo deseo de mojarse. Hasta las gotas de rocío que pródigas bañaban las flores y los campos en las madrugadas, eran recogidas con delectación por sus finas manos, blancas y suaves.

Así fue pasando el tiempo. Un día, sin que nadie lo entendiera, un sol terriblemente abrasador comenzó a marchitar los campos; la camanchaca desapareció, las neblinas se esfumaron y enormes cicatrices polvorientas se formaron por donde antes discurriera el río; el Yanachaga enmudeció el bronco tronar de sus cielos; las “pacchas” y las cochas languidecieron y los animales, esqueléticos y sedientos, fueron muriendo inexorablemente. Aquel año, como es natural, los amueshas no hicieron la fiesta de iniciación de las lluvias donde abundaba el masato embriagante, las danzas y canciones lugareñas; tampoco hubo grandes comilonas. La sequía ahogaba a los campos y la tristeza consumía a hombres y animales hambrientos. Consultado el brujo de la tribu, predijo más hambruna, más desgracias y más muerte si no se ofrecía un sacrificio propiciatorio a los dioses ancestrales, caprichosos y vengativos.

La hija del cacique, ninfa de las aguas ahora ausentes, lo comprendió todo en un instante. Aunque ninguna ley la obligaba, ella, la más amada por su gente, la más hermosa doncella de los contornos, decidió inmolarse por su pueblo moribundo. Estaba segura de que los dioses recibirían su ofrenda como el pago justo y oportuno para liberar a su pueblo de la sequía.

Su decisión estaba tomada. Una mañana, ardiente como ascua fogosa, salió de su choza como todos los días. Caminaba, esta vez, raramente dubitativa, como si un tremendo peso le agobiara las espaldas; su dulce rostro no tenía la luminosidad de otros días; una sombra imprecisa de dolor le teñía unas ojeras profundas. Esta fue la última vez que la vieron. No más. Alarmados la buscaron todo el día. Recorrieron caminos, divisaron abismos, otearon farallones y nada. Sólo el eco retumbante devolvía las llamadas de angustia; después todo fue silencio. Por la noche, provistos de humeantes teas, anduvieron caminos con gritos que retumbaban en la espesura.
–¡Niche… Niche… Niche… Niche!… – Así se llamaba -. Sólo el eco devolviendo las angustias se escuchaba en la negra oscuridad. A la mañana siguiente, -desesperación en los ojos, sequedad en las bocas-, hallaron las chaquiras que envolvían su cuello junto al lago Chontabamba. Mal presagio. Entonces -cuentan los ancianos- como un suspiro, los cielos ayer nomás brillantes, se ensombrecieron de negras cerrazones y en tanto comenzaba a retumbar el Yanachaga, las aguas retornaron pródigas en una lluvia nueva y esperada, pero acompañada de remezones terráqueos, de fumarolas espectaculares, de volcanes ayer dormidos y las aguas azufradas del Oxapampa, bajando impetuoso, retornaba a su cauce. Después de un año de sequía, volvía a llover. Aquella noche, los campos murientes calmaron su sed, los animales supervivientes recobraron la vida. Fue un milagro. Todo en una noche.

Al día siguiente, deshechas ya las nubes, el pueblo amuesha pudo ver estremecido allá en el horizonte, recostado, desnudo y de cara al cielo, el cuerpo de la agraciada criatura. No lo pensaron más. El sacrificio de la Ninfa estaba claro. Ella, bondadosa y noble, se había inmolado para que su pueblo pudiera seguir viviendo.

Pasarán los siglos –dicen los amueshas- pero ella, incólume y hermosa, seguirá recibiendo en su cuerpo desnudo, las aguas vivificantes de la selva que tanto le habían gustado.

Estampas Cerreñas

La torre del Hospital Carrión, enmarcada por un viejo quinual delante de la morgue.
La torre del Hospital Carrión, enmarcada por un viejo quinual delante de la morgue.

VIEJO RELOJ DEL HOSPITAL
(Felipe Germán Amézaga)
(1915 – 1940)

Viejo reloj del hospital que marcas lentamente
mis horas angustiosas tan tristes y tan frías,
eres cual martilleo golpeando entre mi mente,
con persistencia loca y furia de inconsciente
sin medir todas mis penas y acerbas agonías.

La historia es la tragedia de tantos que han callado
mientras que tú sigues estoico en tu compás,
marcando la hora negra del nuevo condenado,
que en la fosa innoble será depositado,
para ese largo viaje sin vuelta ni jamás…!

Mas eres un consuelo también en la tristeza,
de las horas nocturnas del gélido hospital,
cuando el insomnio cruento tortura mi cabeza,
y el alma como un niño piadosamente reza,
con el terror marcado de un próximo final…!

Viejo reloj prosigue, prosigue en tu tarea,
tus golpes son precisos, sinceros, sensitivos,
en ti se compendia el todo de una idea.
Y cuando tu fúnebre sonata clamorea,
en el cerebro danzan mil bárbaros motivos…

Viejo reloj que marcas mi trágica jornada,
señalarás un día mi deceso mortal,
y mientras que duerma ya mi carne cansada,
tú seguirás tu faena en el triste hospital.

Mas dejo en ti el recuerdo de mis horas de angustia
llevo en mi cerebro grabado el tic tac,
ese tic tac que marca el paso de la vida
señalando el principio y el lúgubre final.

Para el alma enferma nerviosa, taciturna
que tortura la carne con su loca inquietud
tu sonidos semejan, en la hora nocturna,
labor del carpintero, que clava un ataúd.

UN RECORD MUNDIAL

Ciclismo
Raúl Salvatierra Rojas era un joven cerreño que cultiva muchas actividades deportivas, principalmente el fútbol. Alineó en varios equipos, destacándose en el Atlético Banfield Club, donde jugaba de interior derecho. El uso de su bicicleta, de la que sólo se desprendía para comer y dormir, le había proporcionado un especial estado atlético con notable resistencia física.

Cercana la fecha del aniversario de nuestro mártir Daniel A. Carrión, decide rendirle un homenaje personal que nada tuviera que ver con lo hasta entonces realizado. ¡Quería batir el récord mundial de permanencia en bicicleta!.

Al comienzo nos pareció una utopía considerando la altitud, la época lluviosa y el tránsito nutrido que había en nuestro pueblo. No olvidar, que aquellos tiempos, los carros que venían de la montaña en tránsito a Lima y viceversa, pasaban por el centro de la población. Empecinado en realizar la prueba, comprometió a los amigos, a las instituciones y, fundamentalmente a la Liga Provincial de Ciclismo, para que lo auspiciaran; habló con el Presidente de la Comisión Deportiva Departamental, el doctor Hipólito Verástegui Cornejo, que autorizó la prueba; es más, él personalmente controlaría el evento individual. Por nuestra parte, en el espacio deportivo que dirigíamos, incentivamos a la opinión pública a fin de que pudiera brindarle su más franco apoyo. Varias instituciones se comprometieron a colaborar con alimentos, abrigo, bebidas calientes etc.

A las diez de la mañana del primero de octubre de 1961, culminada la presentación con los discursos que en estos casos se estilan, largó la prueba que estaría restringida al circuito que partiendo de la Plaza Chaupimarca, subiría por Dos de Mayo y daría la vuelta en la Plaza Centenario y, eventualmente en la Plaza Carrión. Estaba premunido de una vestimenta gruesa que le permitiera soportar el frío, constituida por una chompa “Jorge Chávez”, medias y pantalones de lana, zapatillas, guantes y bufanda que podía ponerse a lo largo de la prueba.

Desde la primera noche del intento, la solidaridad de los amigos se manifestó de muchas maneras. Grupos diseminados a lo largo del recorrido lo confortaban con aplausos y voces de aliento; los músicos y cantantes, al salir de sus actuaciones en la radio, lo acompañaban un buen rato; sus interpretaciones lograban que mucha gente se arremolinara y de esa manera no lo dejaban solo. Por turno, los miembros de los clubes, especialmente en la rama femenina, le alcanzaban durante la noche, alimentos y bebidas para reconfortarlo. En las noches, algunos amigos, por turno, montaban sobre sus bicicletas y escoltaban al campeón. En ese lapso, un controlador certificaba su permanencia en la máquina. Cualquier emergencia sanitaria se solucionaba a lo largo de la ruta. El doctor Verástegui había dispuesto muy atinadamente la presencia de enfermeros y auxiliares con sus respectivos elementos de trabajo.

Los dos primeros días fueron completamente fáciles para el campeón, no así los últimos. A medida que se acercaba el límite, no obstante los alimentos que se le brindaba, Salvatierra se sentía desfallecer; el cansancio, el frío y sobre todo el sueño, estaban a punto de dominarlo. Sus acompañantes se valieron de mil y una argucias para mantenerlo despierto sobre la bicicleta.

Por fin, el cinco de octubre a las seis en punto de la tarde, al completar ciento cinco horas (105) de permanecer sobre la bicicleta, el campeón desmontó, en medio de los emocionados aplausos del público. Su aspecto era dramático, tambaleante, con la barba crecida y prominentes ojeras. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para firmar las planillas correspondientes. Tras el examen de rigor, el doctor Verástegui negó a que siguiera con la prueba. Su vida estaba en peligro. ¡Ya es suficiente! –Dijo- ¡Había batido el record Mundial de Permanencia en Bicicleta!. Las aclamaciones, entonces, fueron estentóreas, como es ahora el olvido. Su cansancio era tal que sin hacer caso de las aclamaciones ni la maniobra de llevarlo en hombros por las calles como aun torero triunfador, sólo pedía que lo llevaran a su cama, después de tres vueltas entre aplausos, ya no sintió nada. Estaba dormido como una piedra.

Transcurridos los años, le renuevo mi homenaje de admiración y cariño a Raúl. Su récord mundial que nos llena de orgullo, especialmente a quienes compartimos inquietudes deportivas en nuestra juventud, debe ser registrado en el Libro de Records Guiness, por dos motivos muy especiales. El primero por haber estado ciento cinco horas ininterrumpidas sobre una bicicleta, venciendo el cansancio, el sueño y el frío, en el lugar más alto del mundo. El segundo porque, siendo un recordman especial, jamás se le subieron los humos y se mantuvo sencillo como siempre, sin ningún tipo de alarde. Mi homenaje a este gran cerreño al que nunca olvidaré.

EL POEMA DE LAS CASAS EN RUINA

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Felipe Germán Amézaga (1915 – 1940)

Cuan honda tristeza me inspiran las casas en ruina…
sus grietas profundas me dicen su ayer;
románticos cuentos, historias henchidas
de risas, suspiros, mudable querer.
Me dicen de todo lo humano, de todo lo breve;
del paso implacable del tiempo veloz;
del frío de los años que cubre la nieve
bajo la mirada sin fondo de Dios…

Las casas en ruinas…ventanas vacías
que otrora tuvieron encanto mayor,
hoy guardan silencio como tumbas frías,
do no hay un canario, do no hay una flor;
yo siento en el fondo de mi alma una pena
y vivo el momento de ese algo que fue,
y creo me miran tras esas ventanas
mil ojos de ciego con un ..¡No sé qué…!

Cabecitas rubias, gentiles morenas
en las que decían sus canciones buenas,
la alondra, el jilguero y el mirlo burlón…
no sé qué me pasa, mirando la ruina
que dejan los tiempos cual beso fatal,
Y pienso que todo se rompe en la tierra
cual fuera de barro o débil cristal…!

LUIS PARDO NOVOA (El Bandolero)

MISHICANCALa disciplinada disposición de la defensa lo sorprendió. A lo largo de la línea que divide la Esperanza del centro de la ciudad, se había colocado una sustantiva columna de fusileros. Las zonas de la abrupta peñolería y caprichosa conformación que podían ser usadas como parapetos, se encontraban doblemente cauteladas. La parte no muy vigilada por su aparente inexpugnabilidad -entre Santa Rosa y Noruega- la constituía una enorme mole blanca, lustrosa, de roca pulida por donde, en tiempos pasados, caía el agua que discurría entre las lagunas de Patarcocha y la Esperanza. Se la llamaba: La Paccha. Tomarla constituiría la llave para romper la extensa fortificación. Luis Pardo no lo pensó dos veces. A sabiendas que se jugaba la vida, ordenó a tres de sus hombres que, en el momento de su ascenso al promontorio, lo cubrieran con sus fuegos. Así lo hicieron. Ágil como un rayo ganó el primer escalón sorprendiendo a los vigías y desde allí se impulsó hacia arriba no obstante el fuego que desde los flancos comenzaron a dirigirle. Ya en la cima llamó a sus compañeros a que hicieran lo mismo, pero debido a la clara exposición a la que se sometían, uno a uno rodaron cribados por balas cerreñas. Lo único que le quedaba al chiquiano era seguir adelante. Con sus dos revólveres en las manos, perseguido por balas silbantes, raudo como un gamo se escabulló por la calle del marqués, luego por el hotel Fort entrando como una centella en Tambo Colorado no obstante la opresión que la altura ejercía en su pecho. Cuando ya se consideraba a salvo, el impacto de una bala que le dio en el muslo, le hizo rodar a una acequia que para su buena suerte lo guareció. Consciente de que no sólo su libertad sino también su vida peligraban, decidió jugársela. Se arrastró por el canal de la acequia hasta donde Dios quisiera que fuera, pero lejos del alcance de sus perseguidores. Felizmente el cierrapuertas era general y nadie podía verlo. Siguió arrastrándose dejando un cárdeno reguero de sangre hasta que halló una pared baja que con supremo esfuerzo superó yendo a caer en el interior de un corral. En ese momento, unas locas campanas tocando a rebato alegraban la ciudad. Ya dentro, dos enormes perros los rodearon con intenciones de destrozarlo a dentelladas, pero con las pocas fuerzas que le quedaban, los hacía retroceder una y otra vez hasta que apareció una anciana, escopeta en mano, seguido de dos hombres malencarados y una bellísima mujer. Cuando la sangre inundaba sus mellados botines, con la boca reseca y la sien palpitándole a martillazos, sintió que la vida se le iba por aquel ardoroso boquete. Sus ojos comenzaron a ver minúsculas mariposas de colores y las figuras que tenía enfrente se difuminaban en sombras; ya sin aliento, cayó de bruces, pesadamente, como un pelele. Sólo entonces acudieron a auxiliarlo. Por orden de la anciana los peones lo condujeron al interior. Sobre un sofá cortaron los pantalones y dejaron al descubierto una herida sangrante –un tajo de bala había desgarrado el músculo sin tocar hueso- a la que tras duro trabajo cicatrizaron.

Dos días y dos noches ha sido presa de una fiebre delirante que ella ha calmado con húmedos paños fríos. Después de estos desvelos y curas nocturnas, cedió el caluroso estupor de sus temblores. Una mañana, ya repuesto, se dio cuenta que se hallaba en una cómoda cama de madera torneada en caoba, amplia y abrigada, de almohadones muelles, frazadas atigradas y sábanas de bayeta serrana. Entonces, a la vera de la cama, la vio a ella, sentada sobre un butacón de cuero y madera. Negrísimo moño aprisionado por peineta española, chapas naturales de sobrio rubor sobre el rostro capulí, ojitos claros como puquiales guarnecidos de largas pestañas, naricita respingada, labios mórbidos, húmedos; aretes de oro orlando las orejitas pequeñas; cuello alto y delicado rodeado de blondas de Holanda de la “polka” ceñida que destacaba la firmeza de sus senos; cintura fina, abismada en el aterciopelado mar de sus polleras. Mudo de asombro quiso articular palabras, pero ella le ordenó callar. Le explicó que viéndolo herido pensaron que era defensor del pueblo pero que por sus delirios se habían enterado de que era un invasor. Que no se preocupara, igual sintió su deber cumplir el mandato cristiano y al no haber muertos en las filas ciudadanas, su culpa no era grave. Desde aquel día, con un esmero extraordinario, ella le regaló con sus cuidados. Sabrosos y reconfortantes sancochados cerreños, frituras crepitantes, jugoso guisos, mondongos rubicundos, caldos de gallina, charqui, mote, leche, queso, mantequilla; toda la variada potajería minera fue degustada por el bandolero arreciando carnes y templando nervios. Afuera, nadie estaba enterado del milagro. Desde entonces las charlas también fueron más íntimas, derivando finalmente en cuitas sinceras. Así nació el amor entre ellos. Una noche con pudor en los labios, ella le contó que muy niña había sido casada con un rico minero que la adoraba pero que en un viaje a sus haciendas de la Quinua, la descarga de un rayo lo había fulminado. Desde entonces, auxiliada por la diligente firmeza de su madre había gobernado en las haciendas y minas que su esposo le dejara. Así también, en la intimidad de estos largos coloquios, él le franqueó las verdades de su vida. Su nombre completo era Telmo Luis Pardo Novoa, nacido en Chiquián el 19 de agosto de 1874. Que su padre, don Pedro Pardo, Gobernador del pueblo la había emprendido contra él, su propio hijo, castigándolo con zurriagos que terminaban cubiertos de sangre. Estos azotes, lejos de rendir su carácter levantisco, lo exacerbó al extremo de hacerlo odiar la casa paterna. En 1884, muere su padre en una balacera, dejándole como única heredad su libertad absoluta y su carácter aventurero. Así, desde los diez años, comienzan los agitados episodios de sus andanzas. Le confesó también que a los dieciocho años había descubierto el amor por primera vez. Julia Ramírez le había rescatado para la quietud y tranquilidad, apaciguando un tanto la tolvanera de sus aventuras.
—- Pero, qué quieres, vidita –siguió diciendo- el hombre propone y Dios dispone. Al comienzo pude subsistir en tranquilidad, en paz con mi compañera, realizando trabajos de campo en la chacra, pero… ¡yo no puedo permanecer en sosiego!. La tranquilidad me atosigaba. La aventura me reclamaba. Era una llamada apremiante que no pude dejar de atender y… una madrugada cualquiera partí para nunca más volver…

Un silencio inundado de recuerdos invadió la mente del aventurero que, emocionado, siguió relatando sus cuitas. Tenía veinticinco años cuando conoció a otra mujer, bella como un sol, delicada como una filigrana, pero comprometida para casarse con otro. Adorándola como la adoraba, no pudo más; su pasión llegó a desbordarse y sin dique posible que lo contuviera, el día de su boda con el otro, así vestida de blanco, la subió a las ancas de su potro y se la llevó. Perseguido por gentes indignadas de todo un pueblo, corre por punas y quebradas, vence jalcas y farallones, transita por el borde de los ríos, por las crestas de las montañas, avanza de día y de noche hasta que, perdido su rastro para los persecutores, encuentra un hermoso remanso serrano donde instala su nido de amor. La felicidad inconmensurable que llegó a vivir, duró tan sólo un año. Una tarde entre gritos y estertores de parto, la mujer que tanto amara muere en sus brazos. Enterrando los cadáveres de su mujer e hijo, huyó acongojado, más rudo e implacable que nunca; ya sin fe, ya sin esperanza.

Cuando en 1899, el eterno revolucionario Augusto Durand pasa por Chiquián buscando adeptos para la causa del pierolismo, traba entrañable amistad con él. El caudillo político le perdona el que haya dado muerte a su compadre Emilio Orduña y una mujer alegre que lo habían traicionado. Prometió su lealtad a cambio de la amnistía cuando llegara al poder. El círculo se cierra detrás de él. Perseguido por robar a los ricos para dar a los pobres y por unos crímenes en defensa de su vida, huye a Chile a bordo del MAPOCHO en calidad de marino. Durante la travesía sostiene un pugilato con un negro panameño que al verse perdido trata de herirlo con una chaveta pero él le dispara. Ya en Lima se enrola a las huestes de Durand que le promete perdonar todas sus faltas al tomar la Presidencia del Perú.
— Y aquí estoy, vidita, rodando incontenible, herido y sólo con tu amor.

Así, uno tras otro, los días fueron transcurriendo. Pardo iba entonando sus músculos con ejercicios diarios sin asomar a la calle. Todo conocimiento del mundo exterior se circunscribía a los periódicos de la ciudad que ella, diligente y amorosa, le leía. Por ellos se enteró de los homenajes a Negrete, la persecución a Durand, el apresamiento del coronel Flores, su jefe en la empresa revolucionaria; pero lo que más lo enfureció fue que en un exabrupto -hijo de la soberbia- el Prefecto Negrete, triunfador de la contienda, había dicho que le habría gustado enfrentarse cara a cara con Luis Pardo para echar por los suelos el mito de su valentía. Esta manifestación emitida más por jactancia que por razonamiento, le causó el impacto de un reto que él, Luis Pardo Novoa, invicto bandolero de leyenda, guardó celosamente en su calenturienta cabeza aventurera para hacerlo valer llegada la ocasión.

Pasados los días, ya completamente sano y fortalecido, recibió de su amada el regalo de un moro cuatralbo de sus campos chacayanos; aceitó sus pistolas y se alistó para la partida. Cholo aventurero metido a bandolero, sin más ley que su revólver, sin más amigo que su caballo y con infinita lealtad para aquella cerreña bella y admirable que le había salvado la vida cobijándolo amorosamente bajo su techo.

Ella ni siquiera trató de sofrenar aquel torrente de sangre desbocada que nuevamente se aprestaba a la aventura. Sabía que sus ruegos, súplicas o reconvenciones habrían sido inútiles. Sólo atinó a vivir con una fiebre extraordinaria su amor aquellos días postreros hasta que, una noche de plenilunio, tras un largo beso apasionado le dio el adiós definitivo.
— Que Dios te bendiga por lo buena que has sido conmigo. –Le dijo él- He vivido los momentos más hermosos de mi vida y no los olvidaré jamás. Te lo juro. Ahora me marcho, pero te digo que siempre estarás conmigo en mis recuerdos. Antes, voy a cobrarle una pequeña deuda a tus paisanos.

La ciudad ha silenciado los ruidos de su acezante trajinar minero. Es noche de junio. Sólo se oye las campanas del reloj público anunciando la marcha del tiempo y el susurro de un viento helado y cortante. Nocturno remanso que acuna el justo reposo de tantas vidas heroicas y laboreras sobre el efluvio sutil de su argentado basamento de plata.

Uno que otro ladrido denuncia el paso del emponchado jinete que a trote lento se dirige al centro de la ciudad. El sombrero a la pedrada cubre su frente amplia y despejada, tez morena de cejas pobladas y tupidos bigotes negros, enérgicos y achinados ojos pardos en rostro misteriosamente oriental. A esa hora, en el exclusivo Hotel Universo, a una mesa pródiga de copas y naipes, cinco potentados mineros hacen los honores al Prefecto, el coronel Octavio Negrete, triunfador de la Batalla de la Esperanza. Los naipes van y vienen alternando la suerte de los jugadores, viejos rocamboristas que en aquel tapete han dilapidado millonarias fortunas. Hace ya buen rato que los contertulios, avivando el juego emocionante, apuran el contenido de sus copas de jerez y mistral cuando se abren de par en par las puertas de cristales y entra un moro cuatralbo guiado por su jinete; la mano izquierda sujetando las bridas y la derecha sobre el bruñido pomo de su revólver. Alelados los viejos jugadores miran al hombre que acaba de entrar sin poder dar crédito a sus ojos. ¡Cómo es posible que, a ese recinto exclusivo de magnates y señores al que no puede entrar así no más cualquiera, se atreva a ingresar cabalgando ese rufián?. La sorpresa los tiene perplejos cuando la voz del recién llegado se escucha en la estancia.
— ¡Mozo!. Sírvales una vuelta igual a los señores. A mí me da una de la misma.
— ¡¡Quién es usted…!!!- Pregunta el Prefecto- para que en esa forma prepotente y descomedida ingrese a este local sin ser invitado…!
— ¡Soy el que usted quería tener enfrente, señor Prefecto: soy Luis Pardo Novoa…! -Las palabras se hielan en los labios de los jugadores, las miradas sorprendidas se entrecruzan y luego la fijan en aquel hombre de recia personalidad que termina diciendo- ¡Sólo quiero tomarme un trago con ustedes!…¡¡Salud!!- los hombres, mezcla de respeto y temor- se ponen de pie y de un solo golpe escancian sus copas. El silencio total en el que se ha sumido la sala permite escuchar con toda nitidez el tintineo de dos quintos de oro que el facineroso ha dejado caer sobre el mostrador en pago de su pedido. Después, con el rostro sereno, tiempla la rienda y retrecha el noble bruto hasta la puerta, luego gira volviendo grupas hacia la calle y dice:¡¡Hasta la vista, señores…!!!.

Y se va solo, solito, como siempre, como los guapos, sin volver la cara, sin temor a un tiro traicionero; él sabe muy bien que los cerreños son muy hombres para eso. Sabe que la lección no la olvidarán jamás. Y con el abrigado poncho de vicuña esculpiendo su cuerpo se pierde entre las sombras de la noche minera.

Carteles me van poniendo,
¡Libertad!….¡Libertad!
carteles para olvidarte,
¡Viva la esperanza!
¡Me voy, te dejo llorando!.

Allá atrás, abrumada por el recuerdo de un amor que se pierde, la linda cerreña enamorada enjuga sus lágrimas encendidas de amor y recuerdos.