LOS PRIMEROS DISCOS DE MÚSICA FOLCLÓRICA

Otro grupo triunfador. Esta vez el Conjunto Musical LOS CERREÑOS, triunfadores de la Segunda Feria Nacional (18 de enero de 1942) en Lima.(De pié de izquierda a derecha). Wilfredo Ramos, Emilio Quinto, Sixto Lavado, Máximo Morales, Micenio Cervantes, Severino Herrera, Ángel “Chacha” Portillo, Absalón Paredes. (Sentados, de izquierda a derecha). Antonio Camarena, Lauro Robles, Teófilo Espejo, Jorge Moya.
Otro grupo triunfador. Esta vez el Conjunto Musical LOS CERREÑOS, triunfadores de la Segunda Feria Nacional (18 de enero de 1942) en Lima.(De pié de izquierda a derecha). Wilfredo Ramos, Emilio Quinto, Sixto Lavado, Máximo Morales, Micenio Cervantes, Severino Herrera, Ángel “Chacha” Portillo, Absalón Paredes. (Sentados, de izquierda a derecha). Antonio Camarena, Lauro Robles, Teófilo Espejo, Jorge Moya.

La primera delegación de música folclórica que envió el Cerro de Pasco –entonces capital del Departamento de Junín- con motivo de las fiestas de San Juan de Amancaes, fue en junio de 1928. Estuvo conformada así. Dirigentes: Eliseo G. Malpartida, Mariano V. Collao y Alejandro Rodríguez Albornoz. Integrantes de la orquesta: Armando Paredes Ugarte (saxofón); Adrián Galarza Gallo y Nicéforo Bravo (clarinetes); César F. Urbina, Andrés Rojas y Jorge Dávila (violines); Justiniano Ariza (quena), Antonio Velita (fríscol); Julio V. Rodríguez, Silverio Laurent, Máximo y Erasmo Machado Sarmiento, (guitarras); Daniel V. Galarza, tramoyista.

A parte de las presentaciones en la pampa de Amancaes en la que estuvo presente el Presidente Leguía, el Alcalde del Rimac don Juan Ríos y todo el elemento oficial, se presentaron en el Teatro Forero (Hoy Municipal), en donde por primera vez se irradiaba música vernacular cerreña. El conjunto se presentó en el escenario que representaba al Socavón de Rumiallana, trabajado por el artista cerreño Daniel Galarza y cada músico ataviado con el vestuario del minero cerreño, originando cálidos aplausos.

Después del éxito alcanzado en esta primera presentación, la Alcaldía del Rimac, dos años después, extendió su radio de acción e invitó a los mejores conjuntos musicales del Perú; el Cerro de Pasco lo fue preferentemente. Así, el 24 de junio de 1930, con motivo de la celebración del “Día del Indio” en la pampa de Amancaes, se presentó el Conjunto Musical Cerreño, integrado por los siguientes artistas: Directores: Adrián Galarza y Nicéforo Bravo (clarinetes); César Urbina y Daniel Rojas (violines); Enrique “Mongo” Aguilar, (fríscol); Julio V. Rodríguez, Silverio Laurent y Juan Rodríguez (guitarras).

La actuación de nuestro conjunto fue magistral. Al final, en los primeros puestos quedaron ubicados, el Cerro de Pasco, y Ayacucho, cuyos representantes fueron invitados por la firma R.C.A Víctor a grabar los primeros discos con lo mejor de sus correspondientes creaciones de música popular. Nuestro representativo grabó: “A tí” muliza de Graciano Ricci y Mariano V. Collao; “Palomita blanca cuculí”, cachua de Graciano Ricci con el que obtuvieron el Primer Premio de Estuadiantinas; “Tú me enseñaste a querer”, muliza con letras de Oscar Víctor Malpartida y música de Graciano Ricci; finalmente: “La Cerreñita”, huayno popular de autor anónimo. El impacto que causó esta presentación, concitó la más grande emoción popular. El diario LOS ANDES, informaba así el retorno de nuestros representantes:

Triunfal arribo de nuestra embajada musical

“Conforme se había anunciado, la noche del lunes arribaron a nuestra ciudad los jóvenes exponentes del conjunto musical cerreño que ha actuado con éxito sobresaliente representando oficialmente a Junín en el concurso de Música Nacional, realizado en la capital de la República con la concurrencia de de las embajadas de arte de todo el territorio nacional”.

“Atendiendo a la invitación hecha por el club “Juventud Apolo” del que son miembros principales los integrantes del conjunto, acudió a la Estación del ferrocarril una enorme cantidad de personas, con el objeto de tributar la más cariñosa recepción a los viajantes, viéndose repletos completamente los andenes de la Estación. Al arribar los jóvenes músicos, Adrián Galarza Gallo (Director), Nicéforo Bravo, Juan Rodríguez, Silverio Laurent y Enrique Aguilar, después de ser saludados por sus compañeros del “Apolo” lo fueron también por la inmensa muchedumbre, ingresando después a la población en el más perfecto orden hasta llegar al local institucional APOLO donde el señor Cecilio Alcántara, presidente de la institución les dirigió la palabra de bienvenida y salutación. Adrián Galarza Gallo a nombre del grupo musical, agradeció el gesto de bienvenida que se les ofrecía y dijo que se sentían muy emocionados por haber representado dignamente a nuestro departamento en una justa nacional de gran trascendencia. Esto, dijo, nos compromete a agradecer a las instituciones y personas que nos prestaron su valioso apoyo en el momento oportuno. En medio de sonoros aplausos y hurras de parte del equipo deportivo, se pasó al agasajo que transcurrió en una marco de gran alegría”.

“Como hicimos saber a nuestros lectores, el conjunto cerreño ha conquistado el más rotundo éxito en Lima, certificado por los premios que han adquirido consistentes en una Medalla de Plata, un diploma de honor y una apreciable suma pecuniaria, además de numerosas distinciones de que fueron objeto, tanto por los representantes cerreños como por el caballeroso Alcalde del Rimac Dr. Ríos. A la repartición de premios que se efectuará mañana jueves tres, concurrirán lo jóvenes Julio Rodríguez Neira y César F. Urbina, integrantes del conjunto, que con ese objeto se han quedado en Lima”.

“Además han merecido la distinción, conjuntamente con la embajada musical de Ayacucho, de ser los únicos solicitados por el representante de la casa impresora de discos “R.C.A Víctor” para grabar los primeros discos de música folclórica . En cumplimiento de esta invitación han impreso cuatro tonos de música cerreña, por cuyo trabajo les han correspondido con una suma apropiada. Estos pues, son los primeros discos de música autóctona que se graban en el país”.

“Cerramos esta somera información, aplaudiendo la sobresaliente actuación de la juventud cerreña, componente del conjunto musical quienes deben tener la completa seguridad de que sus esfuerzos, han sido enormemente valorados en esta ciudad por todos los elementos comprensivos y justicieros”.(LOS ANDES, 3 de julio de 1930).

El más efectivo testimonio que ha quedado de aquella extraodinaria embajada lo constituyen cada uno de los discos que gran cariño los cerreños guardan en sus discotecas.

El MOTÍN DE UNISH

primeros maquinistas ingleses
La construcción del ferrocarril la Oroya- Cerro de Pasco, a manera de sinuosa columna vertebral de la Meseta de Bombón, llegaba a su fin. Se había establecido la Estación de Unish correspondiente a la Villa de Pasco, a quince kilómetros de la meta final: el Cerro de Pasco. El valioso servicio que estaba llamado a cumplir, consistía en el transporte masivo del rico mineral cerreño a la proyectada fundición de la Oroya y, de vuelta, la conducción de maquinarias y herramientas para el duro trabajo de nuestros inacabables socavones. La expectativa que generó esta obra fue mayúscula.

Iniciado el trabajo en el paraje de “Shinca Machay” con ochenta hombres, requirió con posterioridad el concurso de miles, la mayoría de los cuales eran campesinos de todo el centro de nuestra patria que atraídos por la prodigalidad del trabajo, habían venido a enrolarse al contingente caminero. Trazaban la ruta, apisonaban y reforzaban el tramo, semi enterraban los equidistantes durmientes de pino y tendían los paralelos rieles por donde, a manera de vasos comunicantes, discurrían las riquezas de las minas cerreñas.

Las amanecientes luces sorprendían a los hombres al inicio de las diarias jornadas. Un frío inclemente que agarrotaba sus músculos era sucedido por repentinos chubascos que más tarde se convertían en violentas trombas de agua que los empapaban. En otros casos, la cellisca y el granizo, con aterradoras tempestades eléctricas que se desataban en rayos y truenos espasmódicos iluminaban el yermo con fogonazos de luz escalofriante. En este caso, la vida de los hombres, pendía de un hilo. En los fríos meses invernales, la nieve inclemente borraba trazos y tapaba rutas. Y en los días serenos -lejanos al invierno- alumbraba un tímido sol, un vientecillo silbante y fino, estremecía las carnes de los carrilanos y les tostaba los rostros cobrizos, oscureciéndolos más; las manos ateridas manipulaban fierros y palancas al compás de broncos gritos de concertación. Ya entrada la noche, cuando las sombras comenzaban a devorar las inmensidades; exhaustos y rendidos, ya casi como autómatas, dejaban las herramientas. Habían trabajado doce inacabables y crueles horas. Al respecto, nadie podía decir nada. Los obreros estaban prohibidos de asociarse, de reclamar, de hablar.

Este duro trajinar por la vida laboral que sobrellevaban con entereza no era nada comparado con el despótico y abusivo trato que los jefes norteamericanos en connivencia con sus incondicionales aliados, jefes y capataces peruanos. Era un trato inhumano y prepotente que los hombres tenían que sufrir con estoicismo. Claro, no había Sindicato ni nada que se le pareciera: las leyes peruanas las prohibían.

Es así que, el jefe del último ramal ferrocarrilero, Zachary Doolan, aprovechando de su condición de jerarca, respaldado por su talla descomunal y sus amplias espaldas, trataba con profundo desprecio a los obreros del tramo, haciéndoles víctima de sus malos tratos de palabra; y lo que es peor, de obra, ya que en muchísimas oportunidades había humillado sus espaldas con una fusta de cuero que siempre llevaba consigo. Junto a este mal trato, efectuaba descuentos abusivos sin respetar la puntualidad en los pagos, la mayoría de los cuales, los realizaba con vales sin valor real para los peones.

El pueblo trabajador había soportado con estoicismo toda esta gama de abusos a los que jamás las autoridades locales habían prestado oídos. El incalificable atropello logró unificar a los obreros. El líder era Melchor Gamarra, crisol que fundía la voluntad férrea de los heroicos laboreros de la ruta. Era el coraje convertido en líder. Encarnaba como nadie al tipo de hombre de estas tierras. Jovial y sencillo, su estruendosa risa chola restallaba fácilmente; pero cuando se irritaba, imponía el temor respetuoso en sus gentes. Su noble corazón era franco y bondadoso en el afecto. Era el evangelio para los peones de la ruta. Alto, de recias facciones anchas que su poncho de vicuña agrandaba. Su nombre animaba a los operarios en el trabajo donde era el primero. Acompañado de su infaltable guitarra, improvisaba versos hermosos dedicados a su tierra amada: el Cerro de Pasco.

Melchor Gamarra era el enérgico defensor de sus compañeros. Su voz bronca se había alzado infinitas oportunidades para reclamar por el abuso de los jefes; sin embargo, era solidario adalid que había atraído sobre sí el odio de los prepotentes y abusivos, que esperanzados, abrigaban la oportunidad de deshacerse de él. Cuando los obreros se hallaban sumidos en este mundo de tensión y zozobra, ocurre un doloroso accidente.

Era el domingo 12 de junio del año de 1904.

Aquella mañana llegaba a estación un tren de carga de la Oroya con destino al Cerro de Pasco. Sobre tres lisas y nada protegidas plataformas, transportaba una cuadrilla de peones del campamento de Uco con sus mujeres e hijos. La locomotora conducida por el déspota Zachary Doolan, ora aceleraba rauda, ora frenaba bruscamente, haciendo caer a los pasajeros de la plataforma que no podían mantenerse en pie. Su temeridad llegó al extremo de acelerar imprudentemente al entrar en una zona de cambios sin que éstos se hubieran efectuado. La desastrosa consecuencia fue el violento y aparatoso descarrilamiento de las tres plataformas que fueron a caer al borde de la vía. Los hombres, mujeres y niños, arrojados muy lejos del lugar, quedaron malheridos, muchos de los cuales quedaron inconscientes. El ruido estrepitoso de las plataformas convocó con vertiginosa prontitud a los hombres- que desde el andén- habían visto la temeraria maniobra de Doolan.

Inmediatamente acuden a atender y curar solícitos a las víctimas que sangrantes yacen al borde de la vía. De todas ellas, ninguna padece como Candelaria Apaza, compañera de Melchor Gamarra. Con ella, sus tres hijas, Zenaida, Orfelinda y Margarita; todas ellas rodean solícitas aunque sangrantes a doña Josefina Peña, madre de Melchor. La pobre anciana, casi baldada por el reumatismo, tiene una seria herida en la frente y un brazo fracturado. Los lastimeros ayes de los heridos y la conmiserativa atención de todos los hombres, se han trastocado en rabiosa indignación. Temblorosos de ira increpan a grande voces la conducta del jefe norteamericano quien, ríe abierta y desafiantemente a más no poder. Esta prepotente actitud colma la medida. Melchor Gamarra, herido en lo más profundo de su alma, cruza, iracundo, varias sonoras bofetadas en el rostro del yanki que de pronto queda estático sin saber qué hacer. Ha sido suficiente. Los hombres que lo acompañan la emprenden a puntapiés y a puñetes contra el gringo que ha demudado de color.

A los desesperados gritos del gigantesco norteamericano, ha acudido con presteza el vigilante de la Estación, Cecilio Salazar que, incondicional de los yankis, ciego de ira, ha comenzado a castigar a los hombres allí reunidos con un tremendo zurriago. Los peones iracundos aprovechan la oportunidad para quitarle el látigo y, bajándole los pantalones, flagelan inmisericordemente sus carnes descubiertas. Entretanto, el norteamericano, presa de terror, ha huido a campo traviesa y de unos barracones a donde llega a refugiarse, envía a dos jinetes para que comuniquen del motín a las autoridades cerreñas.

En el campamento, gritos unánimes estremecen el dolorido escenario. Los hombres de la ruta vivan a Melchor Gamarra. Las manos tiemblan coléricas de emoción. Los ojos llamean desafiantes. Cada uno de aquellos hombres sólo quieren seguir a su líder. Coléricos proceden a detener a los capaces serviles de los gringos y a destrozar las instalaciones del campamento.

Las horas han transcurrido raudas cuando en medio del griterío, una voz alarmada acalla a todas las demás.
–!!La caballería!!….!!La caballería!!.

Delante de un nutrido grupo de hombres armados llega el subprefecto Enrique Frías, el Inspector Policial, de Unish, Agustín Bustamante, comandando un piquete de doce hombres de la Guardia Civil. Un conglomerado de yankis que se ha sumado al grupo en el trayecto, son los ingenieros, Donald Harrinson, Wilhelm Hartmann, William Higgin y George Frot, más diez incondicionales servidores. Todos están armados.

Al llegar al escenario donde las víctimas eran atendidas por los indignados braceros, las autoridades fueron rodeadas por éstos. El Subprefecto en lugar de apaciguarlos optó por reprenderlos descomedidamente enardeciendo más los ánimos de los 492 hombres. Ofendidos y desamparados de la ayuda gubernamental comenzaron a apedrear; ante esta actitud, la tropa de la Guardia Civil intervino en auxilio de las autoridades trabándose en una lucha desigual. En medio de la trifulca, dos policías fueron desarmados con cuyos fusiles hirieron a tres custodios, lo que determinó la huida de las autoridades cubierta por Peroyd Boyd, armado de una carabina.

Entretanto, el Secretario de la Subprefectura enviaba un refuerzo de diez policía que llegaron a reforzar a sus compañeros heridos, entrecruzándose una balacera de tal magnitud que hicieron huir a muchos obreros y sus familiares quedando solos en la lucha los organizadores del motín que allí mismo fueron apresados.

Como consecuencia de este choque, resultaron seriamente heridos, el jefe Doolan, Peroyd Boyd, Cecilio Salazar, con fracturas en la cabeza; los guardias Julián Zúñiga y Teodoro Córdova, gravemente maltratados y Sacramento Fernández con un balazo en el brazo izquierdo; Manuel Rojas con la cabeza quebrada, Santiago Buendía con un tiro de rifle en el vientre; Calixto Sánchez con un balazo en la pierna y, muerto el dirigente Melchor Gamarra por un tiro de rifle que le atravesó el corazón. A esto hay que añadir que las mujeres y los niños de los obreros, presentaban serias heridas por lo cual hubieron de ser enviados en varias carretas al Hospital La Providencia.

Fueron remitidos ante el Juez de Crimen, los siguientes obreros: Hildefonso Turín, Manuel Parra, Gregorio Inga, José Hurtado, Gregorio Chuquimantari, Esteban Sanabria y Benito Soto.

Llegado con urgencia el Superintendente Black Ford, llamó la atención a los malos jefes que habían incitado directamente al motín. Los obreros fueron separados del trabajo y encarcelados para ser finalmente indultados. Los obreros consiguieron con este movimiento que los norteamericanos respetaran a la clase obrera aunque para ello tuvo que ofrendase la vida del primer dirigente obrero caído en defensa de su clase: Melchor Gamarra.

Esto acontecía el 12 de junio de 1904.
(Fuente: Capítulo cuarto, pág. 114 de CERRO DE PASCO, historia del pueblo mártir del Perú – Ediciones EL PUEBLO, 25 de julio 1997).

GUDELIO ESPINOZA CÓRDOVA

GUDELIO ESPINOZA CÓRDOVASu agonía fue largamente dolorosa. Las tres operaciones quirúrgicas que le practicaron para extraerle las balas que tenía incrustadas en las entrañas, no fueron efectivas. Había sido baleado en Colquijirca el 6 de marzo de 1970 cuando, abanderado del Sindicato de Trabajadores Mineros del Cerro de Pasco, marchaba delante de sus compañeros en la histórica Marcha del Sacrificio de aquel año.

Hasta ese momento la lucha sindical había resultado infructuosa. Era imperativo adoptar otras medidas más radicales. El acuerdo resultó unánime. Tenían que efectuar una acción más compulsiva para hacer entrar en razón a la “patronal” que hasta ese momento no escuchaba sus reclamos. Decidieron efectuar una marcha de sacrificio como, años antes, lo habían hecho los alumnos de la Universidad.

Aquella brumosa mañana, cumpliendo órdenes superiores, un compacto grupo policial armado hasta los dientes, esperaba a los mineros a la entrada de Colquijirca. Frente a frente, mineros y policías tuvieron un diálogo que fue corto y conminatorio. A la orden de detenerse, la respuesta fue el avance decidido de los obreros. Ráfagas de muerte trizaron la mañana cribando el cuerpo de los mineros, el más grave resultó Gudelio. Desde entonces, sus floridos 23 años lucharon denodadamente por sobrevivir. Había nacido el 27 de febrero de 1948 en Tinyahuarco. Tras noventa días de dolor y fiebre, después de tres infructuosas operaciones, sus ojos cedieron al profundo sueño de la muerte. Era el 8 de junio de 1970. Fue sepultado en el cementerio de Ninagaga. Gude¬lio Espinoza Córdova, un nombre más en la inacabable lista de héroes y mártires mineros cerreños. Había estudiado en el Instituto Industrial Nº 3, donde lo conocí. Fue mi alumno.

A propósito. Uno de los personajes de mi reciente novela, EL PREFECTO, es categórico al afirmar que, “Cuando alguien tenga el coraje de escribir la historia de la infamia en el Perú, tendrá que comenzar en el Cerro de Pasco”. Y es cierto. En los luctuosos y dramáticos cinco siglos de vida, jamás estuvo ausente la nota trágica de los accidentes y tragedias mineras.

En el siglo XVIII, por ejemplo, el exterminio se hace tan inhumanamente desgarrador que, Fray Buenaventura de Salinas y Córdova -el franciscano que escribía “con lágrimas en los ojos”- hace una patética invocación de misericordia por los desvalidos “japiris” que dejaban sus huesos en las oquedades siniestras. Nunca le hicieron caso. Continuaron, campantes sin un ápice de piedad con el más avieso genocidio organizado que ha conocido nuestra historia. Es más, en un gesto de prepotencia y abuso, lo expulsaron del país por soliviantador e insurgente. Jamás debería retornar a su tierra en cuanto viviera. Murió en un convento de Cuernavaca en México. Entretanto el exterminio continuaba. La saca se hizo tan pródiga que los potentados alcanzaron del propio Rey de España, sonoros títulos nobiliarios de condes y marqueses con dineros contantes y sonantes de las minas cerreñas. Todos esos dineros -aciagos y malditos- estaban, -¡claro está!, empapados con la sangre generosa de los pobres laboreros y con las lágrimas de centenares de viudas y huérfanos. Parece mentira, pero es cierto. Rigurosamente cierto.

Instaurada la República por la que tanto había luchado nuestro pueblo, nada cambió para los mineros. Los pobres “japiris” siguieron bajando a los socavones para llenar las faltriqueras, ya no de los “cha¬petones” sino, esta vez, de los “patriotas”. En todo ese lapso, con el aporte de nuestros filones se enriquecieron los ingleses, franceses, italianos, polacos, alemanes, austriacos, dálmatas,montenegrinos, servios, bosnios etc. El Cerro de Pasco, cantando sus infortunios en mulizas y huaynos, siguió enterrando a sus muertos.

Con el advenimiento del siglo XX llegan los nuevos “amos”, los norteamericanos. Coincidentemente, el 26 de febrero de 1902, día en que se fundaba en Nueva York la poderosa CERRO DE PASCO IN¬VESTMENT COMPANY, los obreros cerreños efectúan un mítin de protesta porque los “yankis” incumplían las fechas de pago y, cuando debían pagar, extendían “vales” que los perjudicaba.

Ese fue el comienzo.

El 12 de junio de 1904, en Unish, un descarrilamiento en el que resultaron heridos los obreros y sus familiares, origina una asonada de protesta en la que matan a balazos al obrero Melchor Gamarra -el primer mártir obrero del Sindicalismo- al que la historia oficial no lo nombra. A partir de entonces, una interminable lista de mártires mineros nutre el libro de la lucha laboral del Perú. Bástenos revisar los periódicos cerreños de ese siglo. Vamos a encontrar relatos de escalofriantes tragedias con la desaparición de cuadrillas enteras de obreros, accidentes fatídicos, explosiones, ahogamientos, derrumbes, intoxicaciones. Sería necesario varios volúmenes para publicar todo lo acontecido. Ya Dora Mayer escribió las primeras páginas, hay que continuar la obra. Hay que reivindicar los nombres de nuestros héroes -hombres del pueblo- como Gamaniel Blanco Murillo, Pablo Inza Basilio, Gudelio Espinoza Córdova, Marmanillo, Gayoso, Sovero, Mateu Cueva, de la Matta.. Como ellos, tantos otros que dieron lo mejor de sus vidas para lograr la justicia en favor de los obreros.

El mes de junio, es un mes de evocaciones, por eso nos hemos referido al heroísmo minero y, coincidentemente, a la inmolación del héroe, Gudelio Espinoza Córdova.

EL SIETE DE JUNIO DE 1880

En el atrio de la iglesia de Chaupimarca, la anciana maestra, Clemencia Callirgos viuda de Saldarriaga, fue designada por las madres cerreñas para poner la bandera en el asta y, el abanderado Manuel Saldarriaga, su hijo, -inmensos ojos claros y cara de niño- la inclinó para que procediera a colocarla. ¡Cómo le temblaban las manos!. En sus rostros se notaba el esfuerzo que hacían para no deshacerse en lágrimas. En el ámbito de la vieja plaza, no se oía ningún ruido. El tiempo que duró el acto pareció una eternidad. Cuando se hubo terminado, los soldados presentaron armas y, el corneta, Fermín Eusebio ejecutaba un largo toque de atención que se escuchó en las lejanas distancias mineras. Era el domingo 6 de mayo de 1879. Los bizarros soldados partían de la tierra donde habían nacido a luchar a las fronteras del sur. Ninguno volvió. Todos murieron heroicamente. Esta fotografía debe ser ampliada y colocada en lugar preferencial de los centros educativos de Pasco.
En el atrio de la iglesia de Chaupimarca, la anciana maestra, Clemencia Callirgos viuda de Saldarriaga, fue designada por las madres cerreñas para poner la bandera en el asta y, el abanderado Manuel Saldarriaga, su hijo, -inmensos ojos claros y cara de niño- la inclinó para que procediera a colocarla. ¡Cómo le temblaban las manos!. En sus rostros se notaba el esfuerzo que hacían para no deshacerse en lágrimas. En el ámbito de la vieja plaza, no se oía ningún ruido. El tiempo que duró el acto pareció una eternidad. Cuando se hubo terminado, los soldados presentaron armas y, el corneta, Fermín Eusebio ejecutaba un largo toque de atención que se escuchó en las lejanas distancias mineras. Era el domingo 6 de mayo de 1879. Los bizarros soldados partían de la tierra donde habían nacido a luchar a las fronteras del sur. Ninguno volvió. Todos murieron heroicamente. Esta fotografía debe ser ampliada y colocada en lugar preferencial de los centros educativos de Pasco.

Como lo afirma el parte de guerra de la batalla de Arica (“Documental de la guerra del Pacífico” pág. 375) aquella mañana del 7 de junio de 1880, después de batirse codo a codo con su jefe, el legendario Francisco Bolognesi, cayeron los últimos soldados de la “Columna Pasco, que tras sufrir enormes bajas de guerra conformaban el batallón “Tarapacá” Nº 23: Alejandro Monfort, Aníbal Chávez, Plutarco Maúrtua, Pío Ángel Figueroa, Domingo Martínez, Evaristo Candiotti, Manuel Mier y Terán, y Manuel Aristizábal. Un poco más allá: Fermín Eusebio, Federico Bustamante y Manuel Valdivieso. A las 8.55 de la mañana, todo había concluido. El teniente chileno del 4 de línea, Casimiro Ibáñez, arrió la bandera peruana e izó la chilena en el mástil del morro de Arica. Los 220 patriotas que habían salido el 7 de mayo de 1879 de su tierra, tras un año completo en las fronteras, después de haber luchado en las batallas de San Francisco, Tarapacá, Tacna y Arica, caían cubiertos de gloria el 7 de junio de 1880. Después de compilar las notas aparecidas en los periódicos locales, les ofrezco el relato de lo que ocurrió aquel día, recordado como:

EL DÍA MÁS LUCTUOSO DE NUESTRA HISTORIA

Aquella noche del 7 de junio de 1880, el palpitar del último mensaje telegráfico difundió la trágica noticia en todo el Cerro de Pasco. Lo que se temía había acaecido. No quedaban esperanzas. Arica estaba tomada y la guerra perdida. Ninguno de nuestros soldados volvería. Familiares y amigos de los heroicos soldados de la Columna Pasco formaban dramáticos corros en la Prefectura y oficinas de los diarios. Cuando se hubo oficializado la nefasta noticia, el cura párroco a la cabeza de una delegación femenina se apersonó de uno en uno, a todos los hogares quebrantados para expresar sus condolencias. Llanto incontenible de madres, novias, hermanas, esposas, que sentían en el alma la infausta noticia. Desde las torres de las iglesias, el doloroso doblar de las campanas, irradiaban el dolor inconmensurable por todos los confines mineros. Las gentes vestían de riguroso luto. Cerraron los negocios abriéndose sólo la puerta de los mercados. Se cancelaron reuniones en clubes y casas. Nunca el pueblo lloró como aquella fecha. Por la noche, todos asistieron al simbólico velatorio en la iglesia Chaupimarca que se repletó completamente. Junto al Altar Mayor, en mesas unidas y cubiertas de sábanas blancas, de rodapiés bordados, veintidós cirios colocados simétricamente representaban las almas de los gloriosos héroes muertos por los arenales del sur. Al centro, plegada, como dormida, la hermosa bandera de la patria. Dentro del dolor que embargaba al mundo, las plegarias, motetes y responsos, eran el conmovido homenaje que se rendía aquellos valientes.

A la mañana siguiente, tras la penitente vigilia del velatorio, la masa enlutada seguía en la iglesia de Chaupimarca. Allí se congregaron con sus lábaros distintivos, cubiertos de pompones y cintas negras, todas las congregaciones religiosas. No faltaba una sola. El cura silvestre Castañeda con dos sacerdotes más venidos de Huánuco, celebraron la misa solemne de Réquiem por los caídos. El recogimiento era total. La nave del templo, como en Viernes Santo, se había cubierto de inmenso catafalco negro y, al centro, un ataúd envuelto en pana negra. Los cirios con listones negros, reverberan frente al Altar Mayor. La orquesta austro-húngara en combinación con la española, bajo la batuta del austriaco Marcos Bache, se encargó de la música sacra durante el oficio. Nunca como entonces sonó majestuoso y conmovedor el Adagio del veneciano Tomasso Albinoni. En la homilía, las palabras cargadas de dolor fueron pronunciadas por el párroco que entre otras cosas, dijo: “Hace trece meses exactos que los vimos partir. En aquel momento sabíamos que estarían expuestos a los azares de la guerra: vencer o ser vencidos”. Durante su peregrinaje sacrificado por los desiertos del sur, los acompañamos con nuestros ruegos y plegarias – única manera de estar con ellos-. Ni un solo momento los olvidamos. Pendientes del telégrafo vivimos en vilo y, tras cada traspié, nuestros corazones se estremecían”. “Tomamos conocimiento de la abnegación de cada uno de nuestros jóvenes. Primero en la carnicería de San Francisco, en la gloria de Tarapacá, en la epopeya de Tacna y finalmente en el holocausto de Arica”

“Si los pueblos tienen por costumbre coronar con el laurel a sus guerreros vencedores, deben aprender también a coronar a los que entregan la vida aunque resulten perdedores. Si levantan aras de triunfo a los que ganan, se deben erigir altares de gloria y sacrificio a los que pierden con valor, con denuedo”. “Allá en Arica, nuestros últimos valientes se arriesgaron a luchar a brazo partido y cayeron como los buenos, sin rendirse”. “Tenemos ya los símbolos vivos del honor y la gloria para presentarlos como ejemplo de virilidad y sacrificio a las generaciones que vengan”

“Por misteriosos designios, los nacidos cerca del cielo fueron a morir a orillas del mar. Sus sueños de ideales infinitos, son mecidos ahora por las olas bravías de nuestro mar invicto”. “El morro de Arica, peñón de granito sombrío, será a partir de hoy, lugar de recogimiento y meditación a donde, purificados de toda miseria, deberán ir los peregrinos peruanos, como los hijos de Israel a Jerusalén cautiva; pero no para bañar sus muros de lamentos impotentes que se estrellen contra el peso de una maldición eterna, sino para recoger de aquella tierra santa, el espíritu flotante de los últimos valientes de nuestra Columna Pasco y de sus compañeros caídos anteriormente, alma de nuestra patria, noble, heroica y hermosa”

“Las madres cerreñas y las maestras en la escuela, deben enseñar a la juventud de los centros educativos, a amar y honrar a su país como lo han hecho nuestros heroicos columnistas”

“He tenido que mitigar llantos de madres, hermanas esposas e hijas, pero en la generalidad de las dolientes hay el supremo orgullo de saber que los suyos, heroicos defensores de nuestra integridad territorial, han caído cumpliendo con el ejemplo de Grau y Bolognesi”

Al finalizar la santa misa, los dolientes comulgaron, tan igual como lo habían hecho el 6 de mayo de 1879; luego, en reverente y acongojada procesión, fue sacada la bandera nacional a la Plaza Mayor. Allí, en el mástil más elevado del mundo -cerca de Dios- en estremecedor toque de silencio, ejecutado por el trompeta de banda austro-húngara, la señora Clemencia Callirgos viuda de Saldarriaga, maestra y poeta, madre del joven gonfalonero Manuel Saldarriaga, la izó primero al tope para luego bajarla lentamente a media asta, en señal de duelo. En ese momento, ordenada y simultáneamente, todas las banderas que flameaban en edificios públicos y privados, con crespones negros en las astas, fueron bajadas a media asta. En hermoso gesto de solidaridad, los consulados hicieron lo propio. El hermético silencio que reinaba en la plaza sólo fue cortado por el agudo tañido de la trompeta dolida que conmovió las fibras más intimas de todos los allí presentes. Había que ver el esfuerzo que hacía la matrona para cumplir con el izamiento ceremonial. Sus ojos cansados rodeados de notables ojeras oscuras, se inundaron de lágrimas incontenibles que corrían a raudales por su rostro demacrado. Parecía que en cualquier momento iría a morirse, pero ella, consciente de que su hijo había muerto con una valentía sin límites, no quiso enturbiar ese homenaje a los bizarros. Como ellos, debía permanecer erguida. Se sobrepuso a su dolor y se portó como una cerreña, a la altura de las circunstancias. Igual hicieron todas las otras mujeres. Cuando nuestra bandera estuvo a media asta, la banda austro-húngara ejecutó el himno nacional. En ese instante, todos los ancianos mujeres y niños, con reverencia conmovedora, entre lágrimas de dolor y orgullo, lo entonaron profundamente, superando heridas incurables. Más tarde, en tanto llevaban la bandera en procesión, luchando con recuerdos encontrados, agobiados por el dolor, mantuvieron en alto la mirada cubierta de lágrimas, con dignidad, con coraje. Jamás permitieron que el dolor los abatiera. Sólo Dios sabe el esfuerzo que entonces tuvieron que hacer. Lo que sí sabemos es que, nunca como aquella oportunidad, se hizo el más grande homenaje a nuestros guerreros.