La niña de la gruta negra

LA SOÑADORA
Cuando pasen delante de aquel enorme cerro que se abre mirando al poniente y baja hasta los bordes del legendario barrio de Uliachín, van a encontrar una lúgubre caverna negra. Cuentan que allí moraban por los años en que la ciudad nacía, los gimientes espíritus de una joven mujer y su hijo. Sus desgarradores lamentos se escuchaban en las escarchadas noches, cuando el silencio acunaba el sueño de los diligentes mineros. Dicen que de lo recóndito del antro surgía el eco de inacabables armonías gemebundas que se expandían impelidas por el silencio de la soledad. Los arrieros que andaban por estos andurriales se estremecían y, penetrados de supersticioso recogimiento, se santiguaban musitando:
¡Dios mío, es la niña de la Gruta Negra!.

Un día, cansados de los lamentos plañideros, hombres y mujeres de Uliachín, le pidieron al milagroso fray Sancho de Córdova, que desencantara la cueva. Dicen que al trasponer la entrada, encontraron la osamenta de una mujer en cuyo regazo, mantenía el momificado cuerpo de su pequeño hijo. El fraile rezó interminables oraciones en latín, y después de sepultar los restos de los atormentados seres, asperjó agua bendita por todos los rincones de la cueva, cesando desde entonces los escalofriantes gemidos. Más tarde, las ancianas sibilinas y confidentes hicieron conocer el acontecimiento que todavía el pueblo recuerda con estremecida reverencia.

Las continuas cartas que recibía del Perú magnificando las proverbiales riquezas que en él se daban, terminaron por exacerbar su ambición. La reiterada invitación para que embarcara a hacerse rico, decidió su viaje. Reunió sus escasas pertenencias, algún magro ahorro y abordó el barco en compañía de su mujer y su pequeña hija.

Llegado al Callao, tras larga travesía, luchando contra la nieve, el frío glacial y la inconmensurable soledad del páramo, llegó a la Villa de Pasco sobre resistentes carretas haladas por fuertes garañones. Un corro de guitarras, zampoñas, castañuelas y pitos, celebró su llegada; se bebió abundante vino, se hizo nostálgicas remembranzas y se bailó bastante. Rendido por el jolgorio descansó dos días, al final de los cuales, le adjudicaron un yacimiento cercano al naciente Cerro de Pasco para iniciar su trabajo.

Tras tomar posesión de la mina –la primera propiedad de su vida- trabajó de sol a sol para construir una casita de barro apisonada con cimiento de piedras, ventanas pequeñas y elevado techo a dos aguas, cariñosa reminiscencia de una vivienda vasca. A esta casita, muy cerca de la mina, llevó a su esposa, a su pequeña hija y a cinco hombres del lugar que trabajarían para él.

Los primeros afloramientos que encontró pagaron con creces su expectativa. Obtuvo buenos doblones por la venta de su plata. Alentado por el hallazgo, duplicó sus esfuerzos que comenzaban con los primeros rayos del alba y sólo terminaban cuando la oscuridad cubría el páramo. A muy poco tiempo, ya era un hombre de consolidado prestigio económico que había logrado ganarse el respeto y el cariño de sus coterráneos. Dos veces al mes acudía a las tertulias y fiestas que se daban en la Villa con gran contento de los asistentes. En las soleadas tardes de verano, competía en emotivos encuentros de pelotaris; en alegre corro de paisanos bebían vino, bailaban, cantaban y, en esa lengua dulce y traviesa que los pasqueños no entendían, conversaban animadamente al calor de la amistad.

Al comienzo vivió satisfecho con su holgura económica y los jugosos ahorros que aliviarían su vejez. Sin embargo, llevado por una desmedida codicia, concibió la idea de reunir todo el oro que fuera capaz para retornar triunfante a su amada Vizcaya. Quería demostrar a sus paisanos que era un triunfador. Trabajó con tanta tenacidad tratando malamente a los japiris que laboraban para él. Ni tiempo le quedaba para compartir con su esposa los momentos de su descanso. Hasta en las noches, provisto de un débil candil, entraba en el subsuelo a controlar los malacates y proyectar el trabajo del día siguiente. Como es natural, esta desmedida actividad lo fue convirtiendo en un hombre hosco y silencioso; más tarde, en agresivo y desconsiderado. Su mal carácter era alimentado por las eventuales frustraciones mineras que significaban la pérdida de filones y afloramientos.

Entretanto, su mujer se sumía en una desventura terrible que sólo en su hija hallaba consuelo.

Así las cosas, llegada una quincena, se negó a acompañar a su mujer a comprar las provisiones para su casa, como era costumbre. La señora tuvo que ir sola en el carretón llevando a su niña. Él entró en el socavón y tanto se sumió en su laboreo que no advirtió la tremenda borrasca de nieve que afuera estaba cayendo. Al salir, cerrada la noche, advirtió aterrado que su esposa no había retornado. Desesperado tomó el rumbo de la ciudad minera con la esperanza de encontrarla en el trayecto. La nieve era tan espesa que nada podía distinguirse a un paso; sin embargo, tras penosos esfuerzos, avanzó hasta encontrar el carromato que se había atascado en el barro. La pobre mujer, terriblemente empapada de pies a cabeza, pugnaba por empujar la carreta y hacer avanzar a la mula que la halaba; para tener más libertad de acción, se había despojado de su pañolón de Alaska y la chompa de lana con los que había arropado a la niña bajo un improvisado toldo de lona. Con la ayuda de unos tablones y sus recios brazos, sacaron el carretón del atolladero y siguieron avanzando.

Llegados a la barraca, la señora temblaba de frío al borde del pasmo con una tos inquebrantable y una fiebre despiadada que se acentuaba cada vez que el dolor, como aguzados puñales, le traspasaba los pulmones. La desesperada impotencia del minero era dramática. La distancia que lo separaba tanto del Cerro de Pasco, como de la Villa de Pasco, era tan grande, que no podría ir en busca de auxilio. Además, se le presentaba un dilema ¿Cómo dejar a su mujer e hija solas?. La nieve caía afuera lenta, continua, inmisericorde, en tanto el rostro de la mujer iba tomando una coloración amoratada; la tos agresiva y seca la sacudía con violencia de pies a cabeza; sentía que el corazón se le estremecía al oír el seco ronquido del pecho que se desgarraba. Al amanecer, la afiebrada trató de incorporarse y decir algo. No pudo. Sus intensos ojos verdes se quedaron fríos y petrificados en una mirada fija, larga e inmóvil. El minero la llamó, le frotó las manos, la besó y en su desesperación la sacudió con violencia y nada. La débil mujer acababa de morir.

Aquella desgracia lo marcó con terribles signos de fuego por el resto de sus días. Acosado por un sentimiento de culpa, ya no tuvo sosiego en su vida. Se sentía el causante de la muerte de su esposa. No había hecho otra cosa con su indiferencia para con la buena mujer que no sólo había sido para él, compañera, esposa y colaboradora, sino fundamentalmente impulso motor de sus empresas. Su lacerante soledad le estimuló amar a su hija con una entrega total, con un exclusivismo enfermizo, lindante con la idolatría. Quería dar a su hija lo que había mezquinado a su mujer.

Tardó mucho en sobreponerse de aquel patético acontecimiento. Para sobrellevar la crianza de su hija, llevó a una madura nodriza que, abnegada, la crió con todo su amor. Entretanto él, atormentado, ya no volvió a ser el mismo. Su temperamento se hizo más áspero y taciturno. A su avaricia fue sumando una agresividad cada vez más enervante. Con los años, esta actitud fue tomando caracteres verdaderamente dramáticos.

Y así pasaron los años.

Llegada a su juventud, la niña tomó formas de mujer, y se hizo más hermosa. Sus ojos de un glauco intenso resaltaban en su dulce rostro capulí que, enmarcado por una catarata de encrespadas guedejas negras, le daba una belleza dulce; sus labios sonrosados y alegres, siempre se mostraban risueños e inquietos; sus manos suaves y delicadas, nunca estaban en reposo; el taconeo de sus abrigadoras botas cerreñas se escuchaba en todo momento en el ir y venir de su hacendoso comedimiento hogareño. Todo su mundo lo constituía su hogar, su padre y la buena anciana que con mucho cariño trataba de ocupar el lugar de la madre. Ni amigas, ni vecinos, ni parientes. Soledad, nada más que soledad.

Los encontrados pensamientos de sus largas vigilias hacían en el minero, cifrar sus más caras esperanzas en su hija. Abrigaba la confianza que, en unos años, podría efectuar el viaje de retorno a su lejana tierra, a la que no había podido olvidar, caso contrario –meditaba- podía casarla con un rico minero cerreño; mientras tanto, seguiría trabajando en su mina, ahorrando lo necesario para el triunfal retorno. Era verdad que ya estaba cansado, sus músculos ayer prestos y ágiles, eran ahora más laxos y reacios. No había duda, necesitaba un ayudante.

En una oportunidad, conoció a un hombre joven y amable que le había ayudado a descargar sus bolsas de plata. Todo fue que se vieron y una entrañable amistad nació entre los hombres. Como el desconocido se encontraba sin trabajo, le ofreció el puesto y un lugar en su casa. Total, necesitaba la ayuda de unos brazos jóvenes.

Llegado a su casa que más parecía una isla en medio de la desolada puna cerreña, el joven se impresionó con la belleza de la damisela que ruborizada y temblorosa, estrechó la cálida mano del recién llegado.

Ese fue el comienzo.

Guitarrero y decidor, el joven entonaba emotivas coplas, cada tarde a la salida de la mina. El encanto de los versos y la dulce cadencia de las notas pronto tuvieron el sortilegio de conquistar la candidez de la niña que, con la intención de escuchar mejor las trovas, asomaba a la ventana de su recámara. Su huérfano corazón, tan sediento de cariño, de comprensión y apoyo, halló en las vivaces charlas del joven minero, el entretenimiento ameno que poco a poco fue envolviéndola en un sentimiento dulce y extraño que le obligaba a buscarlo para la plática diaria. Tanto se compenetraron el uno con el otro que comenzaron extender sus coloquios mediante furtivos encuentros nocturnos en el patio de su casa. Una noche, para no ser sorprendidos por el viejo minero, ella le abrió la puerta de su alcoba. Las citas entonces, se hicieron diarias y, sucedió lo que tenía que suceder.

Cuando el viejo minero se enteró de lo acontecido, estuvo a punto de enloquecer. No podía creer en la deshonra de su hija; del único ser que realmente le importaba. Ciego de ira buscó afanosamente al causante de la ignominia pero no lo encontró. Entonces, deshechas todas sus esperanzas, la emprendió contra su hija y furibundo la maltrató salvajemente. Dispuso que la anciana sirvienta entregara al niño en cuanto naciera.

Aquella noche el frío era inclemente. Un silbante viento helado circulaba por los confines de la puna. El dolor que atenazaba el vientre de la jovencita fue haciéndose cada vez más intenso, desgarrador, apremiante; para evitar el grito natural del suplicio, tuvo que morder un pañuelo con todas las fuerzas que le daba su castigado cuerpo. Por fin, a tres horas de la cerrada noche, nacía un niño robusto y hermoso. La joven mujer intentó una débil sonrisa al ver el fruto de sus entrañas iluminado por los tenues rayos de una mortecina lámpara minera. De pie, junto a su cama, la vieja aya que había actuado de partera, puso al niño en el regazo de la madre. En ese instante, la voz conminatoria del padre se hizo escuchar en la pieza contigua. Llamaba a la vieja mujer. La parturienta, débil como estaba por la hemorragia y el tremendo tormento que le había tocado experimentar, hizo un acopio de todas sus fuerzas y venciendo el sueño perentorio que le invadía, escuchó como desde una lejanía tenebrosa, el desconsiderado vozarrón de su progenitor.

¡No me importa que sea hombre o mujer! –Decía arrebatado- ¡Es el hijo del pecado y no tiene lugar aquí!.. ¡Tiene que desaparecer para lavar mi honra!.
Conmocionada por lo que estaba oyendo, se llenó de estupor. Le parecía estar viviendo una cruel pesadilla. Sus carnes se estremecieron y las lágrimas, incontenibles, rodaron por sus mejillas, cuando enérgico, el minero sentenció:
¡Déjala dormida ahora, pero mañana a primera hora me entregas a ese engendro del demonio para hacerlo desaparecer en la mina!…
No pudo soportar más. Su cuerpo adolorido se sobresaltó nuevamente, y sin poder evitarlo, se desmayó. Al despertar coligió, por el silencio de la estancia, que todos dormían. Una oscuridad impenetrable lo envolvía todo. Consciente de la amenaza que se cernía sobre su hijo, tramó un plan que de inmediato lo puso en práctica. Cubrió con abrigadoras mantas al pequeño, ella misma se arrebozó con un pañolón, tomó la lámpara minera que colgaba del techo y con sólo el deseo de salvar la vida de su hijo, salió huyendo a donde el destino quisiera llevarla. Bien sabía que su padre era capaz de cometer un crimen y mucho más.

Cuando sigilosamente salió de la barraca, el frío implacable le hizo estremecer. Sin hacer ruido alguno comenzó a caminar con rumbo al Cerro de Pasco. La noche estaba oscura, muy oscura. Colocó al niño a sus espaldas como desde siempre lo hacen las madres cerreñas y, lámpara en ristre, comenzó a avanzar por aquellas tenebrosas soledades nocturnas.

Ya los pies le dolían y sus manos ateridas apenas si podían sostener la lamparilla. Había avanzado un considerable trecho en muchas horas y las luces nacientes del día comenzaban a dibujar las siluetas rocosas de los cerros, cuando escuchó el débil llanto del niño, que poco a poco se hizo más apremiante; temiendo que pudiera delatar su presencia, ingresó en la primera caverna que encontró en las faldas del cerro que daba frente a la ciudad minera.

Cansada lo arropó lo mejor que pudo y estrechándolo contra su pecho, le dio a beber la primera leche materna. Desde donde estaba se podía distinguir el pueblo minero con sus calles irregulares, sus casas macilentas, sus gentes apresuradas y abrigadas bajo un cielo gris, intensamente gris, amenazador. Pensaba que no tardaría en presentarse su desalmado padre. Buscándola miró a su criatura y vio que sus ojos claros apenas si podían fijarlos en algo, la carita, estremecida por el frío glacial, parecía una pasa rojiza y arrugada. Impulsada por un rapto de emoción lo besó en la frente y lo volvió a cubrir con las mantas. Un temblor repentino se apoderó de su cuerpo e instintivamente lo abrazó para protegerlo. A medida que transcurrían las horas, el frío, el hambre, la sed, el cansancio la atenazaban y su angustia, crecía más y más. Al llegar el mediodía, se declaró una borrascosa tempestad de nieve en el Cerro de Pasco. Extenuada como estaba y expuesta al ventisquero, sus manos entorpecidas no atinaban a coger pañales. Sus dedos, a medida que se helaban, iban tomando una coloración azulada. El frío la estaba matando poco a poco. Desesperada por el trance que estaba viviendo, angustiada y sola, se abandonó a un llanto compulsivo que duró mucho tiempo. Con los ojos inflamados experimentó una extraña tranquilidad; su cuerpo agarrotado e insensible no le permitía mantenerse en pie. Rendida por tanto esfuerzo se tiró sobre unas mantas cubriéndose con el pañolón. Un dulce sueño acucioso fue apoderándose de ella. Estrechó a su hijo contra su pecho y fue sumiéndose en un sopor coactivo y pesado.

Lentamente, a manera de un níveo sudario, la nevisca llevada por el viento pululante fue cubriendo a la madre y a su hijo. Al poco rato, un túmulo blanco se levantaba sobre los cuerpos que ya no sentían nada. Sus restos, rígidos e inmóviles, contraídos por el frío, acababan de finar. El sueño liberador de la muerte los había dormido.

El monumento de Chacamarca

Personal de trabajadores de la Cerro de Pasco Copper Corporation que habían fundido el sol radiante que coronaría el monumento de Chacamarca, regalo del pueblo cerreño –entonces capital del departamento de Junín- al pueblo de Junín y en homenaje a los heroicos patriotas que lucharon por nuestra libertad.
Personal de trabajadores de la Cerro de Pasco Copper Corporation que habían fundido el sol radiante que coronaría el monumento de Chacamarca, regalo del pueblo cerreño –entonces capital del departamento de Junín- al pueblo de Junín y en homenaje a los heroicos patriotas que lucharon por nuestra libertad.

Chacamarca se ubica a siete kilómetros del pueblo de Junín, muy cerca de la Casa Hacienda de San Francisco de Chichausiri. Allí se ve el majestuoso monumento en homenaje a la Batalla de Junín. Su invicta columna coronada por una esfera negra y majestuosa se distingue nítidamente desde todos los confines de la dilatada pampa. En el mismo lugar, hasta el quinto lustro del presente siglo, permanecía un obelisco de regulares proporciones, edificado en 1846 por el prefecto de Junín, Don Mariano Eduardo de Rivero y Ustariz, en homenaje a los centauros de la libertad. Aquella pilastra inicial había sido erigida por el pueblo cerreño cuando era capital del departamento de Junín. Más tarde, al ver que el obelisco no guardaba proporción con el significado de la memorable batalla, lo derruyó y en su reemplazo erigió uno nuevo. Veamos a continuación su historia completa.

Al conmemorarse el primer centenario de la gloriosa batalla de Junín -6 de agosto de 1824- don Manuel Pablo Villanueva, Prefecto del departamento, ofrecía a nombre de la colectividad cerreña, la construcción de otro monumento –grande y majestuoso- para ser inaugurado el año siguiente: 1925.
En cumplimiento de esta oferta el vecindario cerreño se dedicó a trabajar denodadamente. Realizó kermesses, rifas, corridas de toros, erogaciones, bailes y toda clase de actividades tendientes a reunir el dinero necesario para conseguir sus propósitos.
Reunidos los fondos pecuniarios, solicitó de la Superintendencia de la Cerro de Pasco Copper Corporation, su plena colaboración. La compañía –de acuerdo con la iniciativa- dispuso que su jefatura de ingenieros estructurara los proyectos y programara adecuadamente los trabajos.
Ya con los planos y especificaciones correspondientes, el 2 de abril de 1925, setecientos hombres de la Cerro de Pasco Copper Corporation, iniciaban los trabajos. El 2 de agosto de 1925, después de cuatro meses exactos de labor efectiva, entregaban este monumento que se levantaba majestuoso en el escenario de la benemérita batalla.
Es el generoso regalo del pueblo del Cerro de Pasco, a la gloria de los soldados que nos dieron la libertad.
Este monumento es de granito y, tiene 35.926 metros de altura. Sobre una amplia gradería circular cuya longitud es de 21.24 metros, se eleva el basamento formado por dos cuerpos que están rodeados de pirámides adosadas al pedestal; y del segundo cuerpo, surge una alta columna que remata en severo y elegante capitel.
Corona este monumento, una gran esfera de bronce de diecisiete puntas que representa un sol radiante con la siguiente inscripción: “La Nación, a los vencedores de Junín –6 de agosto 1824 – 1924; siendo Presidente de la República, Augusto B. Leguía”, En la parte posterior, hay una entrada a un amplio salón con capacidad para 500 personas. Parte de allí la escalera metálica que llega a la cúspide del monumento donde debe colocarse la bandera.
El 6 de agosto de 1925 –como había prometido el prefecto- estaba listo el monumento de granito en homenaje a la victoria de Junín. El costo total de la obra fue de quince mil libras peruanas, es decir S/. 150 000.oo soles oro.
Para su fastuosa inauguración y utilizando el servicio del ferrocarril, asistieron a los campos de Chacamarca, las autoridades del Cerro de Pasco –entonces capital del departamento de Junín- presididos por el Prefecto, don Manuel Villanueva, en representación del Presidente de la República. En aquella oportunidad, muchísimos ciudadanos cerreños repletaron, inclusive, los coches de bodega.
Del Cerro de Pasco asistieron más de tres mil personas. Autoridades polìticas, representantes del Concejo Provincial de Pasco, autoridades del pueblo de Junín, una compañía de movilizables, los miembros de la Brigada de Boys Scouts del Centro Escolar de Varones No 491, presididos por el profesor, Gamaniel Blanco Murillo; también asistieron al acto, profesores y alumnos del Colegio Americano. Llegados a Chacamarca, fueron recibidos por el Gobernador del distrito de Junín, señor Francisco Villaizán y los miembros del Concejo Municipal, presididos por su Alcalde, doctor Sixto G. Dávila y el pueblo junino en general.
Como parte central del programa, se celebró una misa de campaña oficiada por el párroco de Junín, doctor Eufrasio Dávila, la alocución patriótica, a cargo del Vicario del Cerro de Pasco, doctor Esteban Quintana Guzmán.
La ceremonia de bendición fue apadrinada por el Prefecto del departamento de Junín, don Manuel Pablo Villanueva, en representación del Presidente de la República. En su alocución mencionó que el pueblo del Cerro de Pasco, le había encargado la entrega de este presente al pueblo junino para su custodia, y que lo cumplía, entregándole a la persona del alcalde.
Desde entonces, augusto e imponente, se levanta este hermoso regalo del pueblo minero, al legendario pueblo junino, en homenaje a la histórica batalla de Junín.

EL MERCADO DE ABASTOS

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El Mercado de Abastos de propiedad comunal se hallaba en la parte céntrica de la ciudad, donde actualmente se levanta el mercado moderno. Tenía su torre y pileta pública a la entrada. Fatalmente, sus estructuras construidas con paredes de barro apisonado y tabiques interiores de madera, desaparecieron como pasto de un dantesco incendio ocurrido el jueves santo del 21 de marzo de 1940. Tratando de extinguir el fuego, el bombero César Zamudio Véliz cayó desde el techo, herido de gravedad. Estuvo agonizando por tres años, al final de los cuales, murió. Es el más heroico bombero peruano que honra al Cerro de Pasco. El constructor del mercado fue Miguel Bonanni que celebró contrato con el Concejo que presidía el doctor Fidel Díaz, aprobado por Resolución Gubernativa de 12 de mayo de 1896. Luego de una serie de prórrogas pudo inaugurarse el 28 de julio de 1902, siendo Alcalde don Cesare Vito Cútolo Gambardella y Síndicos los señores Santiago Anselmi e Ignacio Alania; Inspector de Obras Públicas don Manuel Carozzo. Apadrinaron el acto, el doctor Juan C. de la Peña y señora Carmen Rosa Caballero.
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El nuevo Mercado, edificado en el mismo terreno, en 1941, por los ediles Gerardo Patiño López y Bonfilio Vermiglio. Frente al edificio, el primer carro de servicio público denominado “El Carrionino” de Luis Santiváñez Huamán.

El primer cinematógrafo

cineTodos los periódicos del Cerro de Pasco -entonces capital del Departamento de Junín- publicaron una noticia muy curiosa. En Francia, deslumbrante capital cultural del mundo, los hermanos Auguste y Louis Lumiere, habían inventado el cinematógrafo. Una creación que superaba en mucho a las más audaces fantasías futuristas y que, andando el tiempo, llegaría a convertirse en el Séptimo Arte.

La primera función cinema¬tográfica del mundo, se había realizado en Paris el 22 de marzo de 1895, en la calle Rennes Nº 4, sede de la Sociedad de Apoyo de la In¬dustria Nacional Francesa, con un éxito clamorosa¬mente ex-traordinario. Como no podía ser de otra manera, el cine llegó al Perú. El 3 de febrero de 1897 –como afirma EL COMERCIO- “Los señores A. Jobler y George de Nissolz exhibieron en el Jardín Estrasburgo de la Plaza de Armas, este portentoso invento, con la presencia del Alcalde de Lima, el intendente de policía y el inspector de espectáculos”. Los días siguientes, con éxito cada vez más crecien¬te, continuaron las exhibicio¬nes. “El cinematógrafo es hoy la diversión en boga en todas las capitales. Sus ventajas son muchas. En primer lugar es un pasatiempo que está al alcance de todas las fortunas y que es no solo moral y recreativo, pudiendo conocerse los países, sus costumbres, sus monumentos, sus calles y paseos, tan exactamente como si estuviera uno en ellos”.

En lo que respecta al Cerro de Pasco, contado con los auspicios del Consulado de Francia, los empre¬sarios, Francois Danjoy y Jean Cassia, programa¬ron la primera función cinematográfica, en el amplio salón de sesiones de la Diputación de Minería, en el barrio de Cruz Verde, el 17 de mayo de 1899. Cuatro años después de Francia y dos, de Lima.

Aquella tarde se adecuaron convenientemente las instalaciones. Se acomodaron numerosas sillas, se cubrieron con aterciopelados cortinajes los venta¬nales, se alfombró conve¬nientemente el piso, se colocó un piano de cola junto al escenario con el fin de animar las escenas de la proyección y, ¡claro!, se instaló una boletería a la entrada del local.

Desde las primeras horas de la tarde, numeroso público ávido de ver la pro-yección se hizo presente. To¬das las autorida¬des, adinerados mineros, miembros de los consulados extranje¬ros, co¬mer¬ciantes y personajes notables acompañados de sus mujeres e hijos, abarrotaron en pocos momentos las instalaciones del amplio salón.

Cuando se apagaron las luces, un silencio impresiona¬nte reinó en la sala. Inmedia¬tamente después comenzó a funcionar el proyector fijando en la pantalla las animadas escenas del corto: LA SALIDA DE LOS OBREROS DE LA FABRICA ¬LUMIERE. Al finalizar esta pri¬mera película, una tumultuosa manifestación de aplausos inundó la sala. Los organiza¬dores tuvieron que aguardar pacientemente un buen rato para proyectar el segundo corto. Es que los asistentes, ¬vivamente impresionados, co¬mentaban a grandes voces, la excelencia de la proyección. ¬Todos afirmaban estar ante un prodigioso milagro de la ciencia. El segundo corto que se exhibió en medio de las carcajadas y los aplausos del público fue el titulado EL REGADOR REGADO, la primera película cómica del mundo. La apoteosis de la velada cine¬matográfica de aquella noche llegó a su clímax cuando se proyectó LA LLEGADA DEL TREN A LA ESTACION DE LA CIUDAD. La viva claridad y la sincronización de las imágenes, lograron acentuar la admiración del público que, de pie, aplaudió la culminación de la función.

El éxito de esta primera proyección cinematográfica fue tan clamoroso, que nadie en el pueblo hablaba de otra cosa. Cuando se anunció la segunda función a beneficio de la Sociedad de Beneficencia, el público acudió desde tempranas horas a separar sus localidades. En aquella oportunidad se exhibió, además de los cortos ya mencionados, la temprana joya de la cinematogra¬fía que se denomina UNA PARTIDA DE CARTAS. El éxito de esta velada se traduce en la extraordinaria recaudación obtenida enton¬ces: CIENTO NOVENTA Y UN SOLES ORO.

Desde entonces, mucha nieve se ha evaporado en nuestra tierra. Georges Melies, desde un comienzo intuyó las grandes posibili¬dades del novísmo invento, no obstante que el padre de los Lumiere le advirtiera: “joven, el invento no se vende. Y agradézcame porque para usted sería la ruina. Puede ser explotado por un algún tiempo como una curiosidad científica, pero fuera de eso no tiene ningún porvenir comercial”. Melies no se amilanó, fundó la STAR FLMS, pri¬mera empresa de producción cinematográfica. A partir de entonces, el mundo ha aplaudido las grandes producciones que, en su momento, nos hicieron vibrar de emoción, llorar de tristeza, gozar con ocurrencias a veces disparatadas y emocionantes creaciones que nos transportaron a regiones de ensueño.

Mucho, mucho tenemos que agradecer al cine.

“Machi”, el fakir

NIÑOS DEL BARRIO 2Un día se presentó a vender golosinas en la escuela. Hasta ese momento no lo habíamos visto. Enjuto, extremadamente magro, parecía hecho solamente de huesos y pellejo. Vivía de milagro. No podíamos imaginarnos que tuviera siquiera un gramo de grasa en el cuerpo. Su rostro anguloso, sin embargo, era simpático. Su nombre era Marcelino, pero nosotros le llamábamos “Machi”, hipocorístico que él recibió con igual cariño con el que se lo pusimos. Vendía unos caramelitos que embalaba conjuntamente con películas cortadas cuidadosamente en cuadros pequeños, retazos sobrantes que le regalaban los proyectistas del Cine Grau. Para que hubiera demanda de estos caramelitos, organizaba campeonatos de “Películas” en los recreos. Así llamaba al entretenimiento que había inventado. Consistía en hacer caer de una altura determinada, una por una las películas por riguroso turno. Si uno conseguía “montar” las películas de su contrincante, se las llevaba. La diversión nos gustó y, en poco tiempo todo el mundo jugaba, “Películas”. Como es fácil suponer, la venta de su mercancía se hizo pródiga.

Le comprábamos las revistas más sensacionales de aquellos tiempos. Para nosotros: “Peneca”, “Pif-Paf”, “Tony”; para los mayores: “Leoplán”, “Cinelandia”, “Mundial”, con informaciones detalladas de la Segunda Guerra Mundial, así como “Life” y la naciente “Selecciones”; los deportistas reclamaban “El Gráfico”, con portadas y “posters” a todo color de los mejores jugadores y equipos argentinos. Tanta influencia tuvo esta publicación entre los muchachos de la época, que a lo largo y ancho de nuestro barrio florecieron equipos de fútbol como, “Huaracán”, “River Plate”, “San Lorenzo de Almagro”, “Racing”, “Banfield”. Las damas adquirían: “Aquí Está”, con portadas iluminadas por deslumbrantes bellezas pintadas por el arequipeño Vargas y luego por el argentino Raúl Manteola; “Variedades”, con notas para el hogar, chismes del cine, etc. “Machi” era un ingenioso muchacho que siempre estaba creando juguetes que los “platudos” le compraban. Lector impenitente de Billiken y Hobby –sus revistas preferidas que también nos vendía- lo convirtió en un inventor en ciernes. En ocasiones, fungía de experto cirujano cortando de raíz, las asquerosas verrugas que llamábamos “ticktes” y proliferaban en las manos de los chicos, no sé por qué razones. Cogía la mano damnificada, elegía un “tickte” y con una filuda navaja de “Gillette” se la cortaba de raíz. Cuando comenzaba a brotar la sangre, con una pajita dejaba caer dos o tres gotas de ácido nítrico y, tras una crepitación espectacular, esperaba los efectos. Un vapor blanquecino salía de la herida que tomaba un color negruzco por la quemadura; el paciente, fuertemente sujeto por el operador, mantenía la mano inmóvil soportando el terrible suplicio de la calcinada; cuando sólo quedaba un punto negro en el lugar donde antes había estado la verruga, el “Machi” cobraba. Medio real por uno pequeño y un real por un “tickte” grande.

En ocasiones, ayudado por sus amigos, sacaba a los “pitos” –pajarillos picudos, nada atractivos- de sus madrigueras ubicadas en las paredes del Estadio o el Cementerio o tantas casas viejas de la ciudad. Cada pito o “acaccllo” lo vendía a tres soles. Su sangre servía para calmar los “ardores” e “inquietudes” de muchachas casaderas que sufrían desmayos “por falta de hombre”. Los padres entonces, cortaban el pescuezo del pajarillo milagroso y les hacían beber la sangre que manaba a raudales del tajo hasta que el “acaccllo” moría exangüe.

Cuando arribaba el mes de agosto con sus ventarrones de ocasión, se dedicaba a fabricar hermosas cometas de vivos colores que vendía a buen precio a los niños “decentes”: Barriletes, Cambuchos, Estrellas, Mariposas, Buques, Aviones y Pandorgas, con sus colas, hilos, sirriachis laterales y todo. El cielo lucía iluminado de colores. A cada “chapa”, aplanada por las ruedas de la locomotora, le perforaba dos huecos, le pasaba una pita y obtenía un “sirriachi” que vendía a buen precio. Confeccionaba también zancos de latas y se agenciaba ruedas de todos los tamaños para venderlas.

Aleccionado por un charlatán que quincenalmente visitaba la ciudad minera, aprendió a vender amuletos y talismanes; especialmente unas piedrecitas rojas “sacadas de la cabeza de las serpientes encantadas” que servían para “amarrar” a las parejas. Bastaba que esta piedrecita se colocara entre el dedo del corazón mientras se estrechaba la mano de la mujer para que ésta quedara hechizada. A pedido de algunas personas, conseguía calaveras del viejo osario de Uliachín y tras enterrarlas por unos días en cal viva, las sacaba como nuevas: blancas y limpias. Las colocaba en un lugar alto para cuidar la casa y la rodeaba de piedras, cigarrillos y coca. Ella se encargaría de arrojar las piedras a los ladrones. A Machi le pagaban muy bien por este servicio. Ésta era su manera de sobrevivir. Huérfano solitario, agudizó su ingenio y extremó su audacia. Su pobreza la superaba con prolijidad y diligencia. Era muy inteligente y servicial.

Los viernes y domingos –días de exhibición de seriales en el cine- se “hacía la guita”, como decía Acquaronne, pues todos le comprábamos sus dulces. Desde las más humildes chancacas, chupetes con sabores extraños pero atractivos, chaplines y cancha con miel, hasta la exquisitez de los inolvidables “Ali-Ba-bá”, “Sublime”, “Chocolate con leche”, que costaban más.

Siempre estaba ocupado en fabricar objetos que los “vagos” presentaban como suyos en el curso de “Trabajo Manual” en los exámenes escolares; forraba cuadernos y libros, “ponía al día cuadernos” por sumas económicas. El caso es que así sobrellevaba su orfandad con decoro y mucho entusiasmo. Campeón de bolero y bolas, efectuaba buen negocio con la venta de hermosos ojitos, brillantes y caprichosos. Los trompos los transformaba de barreteros en silbadores y “pajitas”, que perdían todo su peso mientras bailaban silbando. Su esmirriado continente lo transformó en campeón de “shulula”. Había que verlo deslizarse por el tobogán resbaloso de greda. Era un campeón. Lo que más admirábamos de él era su carácter jovial y sereno. Jamás hizo caso de una ofensa. Se limitaba a mirar con ojos indefinidos a su amenazador y todo quedaba en nada. Siempre estuvo ligado a nuestras inquietudes infantiles. Nos revelaba secretos que descubría a la llegada de los circos y la presentación de los charlatanes que sacaban de sus maletas enormes boas asorochadas, más muertas que vivas, pero que “podían saltar y engullir a los hombres, de un momento a otro”. Es decir el “Machi” se las sabía todas. Nos narraba en un ámbito misterioso que su voz en sordina agravaba, las hazañas del mago “Dilmer”. Nunca comprendimos cómo, aquel maestro del misterio y la prestidigitación, pudiera haberle abierto las puertas de sus “herméticos arcanos” como decía él; el caso es que, entre bambalinas, cumplía con rigor lo que el maestro le indicara. Con un misterio estremecedor nos narraba cómo “Dilmer” había realizado las hazañas en su presentación.

Una noche, tras una activísima propaganda de treinta días, se presentaba el Gran Mago DILMER. Periódicos, radios y profusos carteles anunciaban su debut para el viernes 16 de julio a las 7.30 de la noche en el Teatro Principal. Aquel fue el homenaje más espectacular a la Virgen del Carmen, matrona de los españoles en su día. Las siete y treinta era la hora consagrada por el uso de los años para comenzar la función principal. Aquella noche no cabía ni un alma más. Todas las localidades estaban atiborradas de ávidos espectadores. Los palcos donde por lo común había cuatro sillas, reventaban de curiosos. Las galerías, no tenían ni siquiera los pasadizos libres. Estaban copados. De la cazuela, ni se diga; llena al tope, amenazaba con venirse abajo. Las voces en sordina en un comienzo, rompieron los diques de la tranquilidad y ya eran gritos de abierta protesta. Los murmullos de condena y cólera de hombres y mujeres, subían de intensidad cada vez más. No era para menos. El espectáculo estaba programado para las siete y media y, ¡no comenzaba todavía!. Todos los que miraban sus relojes movían la cabeza con desaprobación. Las manecillas señalaban que ya era las ocho de la noche. ¡Escándalo!. ¡Media hora de retraso!. ¡Nunca había sucedido nada parecido!.

En todos los rincones del teatro comenzó un sincronizado zapateo como manifiesta desaprobación. Abucheo, palmas, silbidos y taconazos eran de tal envergadura que la inmensa araña que iluminaba la sala parecía que iría a caer en cualquier momento. La irritación era tan intensa que hasta las correctas personas de la “Sociedad” que repletaban los palcos, comenzaron a dar golpes con los tacos.

Así estaban las cosas cuando una fanfarria espectacular acalló todos los ruidos, se apagaron las luces de la sala y se iluminó el escenario. Al levantarse el telón, se presentó el mago impecablemente vestido con frac negro en medio de rechiflas y aplausos divididos, hizo una venia, se acercó al borde del escenario y…
— ¡Damas y caballeros, Buenas Noches!. Al llegar al teatro me pareció oír una ola de protestas…!¿Por qué?! –preguntó.
— ¡Ya es tarde!…
— ¡La hora!…
— !Es muy tarde! ¡Mi plataaa!-respondió a gritos, la gente.
— ¡No! –dijo “Dilmer” – ¡Estoy en la hora!. Es las siete y media de la noche. ¡Miren sus relojes!.

Todos miraron las esferas de sus relojes y quedaron impresionados. Efectivamente. ¡Era las siete y media de la noche en punto!.- Una atronadora ola de aplausos coronó “el pase” del mago. ¿Cómo lo hizo?.

A partir de entonces, la noche transcurrió amena y divertida. Hubo hipnotismo, telepatía, prestidigitación, todo, en un clima de alegría general. Cuando con inmensa cierra circular partió en dos a una mujer, hubo gritos y desmayos, pero después, todo se calmó y continuó animada y brillantemente. Para el último número “Dilmer” entró en el escenario vestido con un sobretodo, bufanda y paraguas, diciendo:
— En todos los espectáculos, el público se va primero. Aquí no. Yo salgo antes. Abrió sus paraguas y remarcó- ¡Cuidado, que ha comenzado a nevar!. Y en el acto empezó a caer nieve dentro del teatro. La gente sorprendida aplaudía a rabiar; unos pocos, admirados cogían los copos y los aplastaban para salir de su asombro. Hasta ahora nadie sabe cómo lo hizo, pero tampoco lo ha podido olvidar.

Un día, Machi, conoció a un anciano, enjuto como él, que con nadie había trabado amistad en el pueblo. Alto, delgado, anguloso, barbas y pelo encanecidos, anteojos de carey de respetable grosor, sonriente y comedido, vivía en una de las habitaciones de los cinco pisos del “Edificio Proaño”, donde residía una variopinta diversidad de personajes. Este hombre enigmático lo inició en lecturas especiales y con él se pasaba horas enteras hablando sin parar. Cuando le preguntaron quién era, contestó que se trataba de un gran maestro Rosacruz y que se le respetara porque era un sabio.

En poco tiempo, el “Machi” se transformó. Ya no era el jovial e inquieto muchacho que buscaba la oportunidad de “ganarse alguito”. No. Ahora era un joven agrandado, serio, muy serio. Esto no dejó de preocuparnos. Las pocas veces que volvimos a verle nos había asegurado que tarde o temprano nos daría una sorpresa muy grande. Llegada la oportunidad, nos convertimos en sólo ojos y oídos.

El treinta de julio, en la jimkana organizada por la Municipalidad en Patarcocha, se presentó “Machi” como número principal. Inclusive, se había repartido volantes impresos en los que decía:”Presentación del Gran Fakir Abdel Azím Kadar, el elegido, con números nunca vistos en el Cerro de Pasco”. Aquel día, en la gran explanada donde se había erigido un sólido entarimado, los amigos del debutante colmábamos el escenario de su presentación en primera fila.

Para su número inicial, anunciado estentóreamente por su locutor, apareció con una bata enorme hecha de tela playa y un turbante de varias vueltas que le cubría la cabeza. Nos recordaba al malvado Ming de la “Invasión de Mongo”, inolvidable serial con Flash Gordon. Se dirigió al centro del tablado con dos de sus ayudantes que llevaban una enorme manta de lona con gran cantidad de vidrios de todos los tamaños de la Cervecería Herold. Los vidrios de botellas rotas de cerveza conformaban una variedad extraordinaria con brillantes aristas, amenazantes y filudas. Todo el mundo contuvo la respiración. La colocaron debajo de la mesa a la que se subió el fakir y, tras unos pases mágicos, entre el tétrico redoblar de tambores, saltó sobre aquella cama amenazante y peligrosa, coincidiendo con el golpe de un bombo. La gente entonces se deshizo en aplausos y aclamaciones. El fakir, triunfante, dio la vuelta todo el escenario en medio de las aclamaciones de los admirados fiesteros. ¡No había sufrido ni un solo rasguño en los pies!.

Para la segunda prueba, siempre bajo la atenta y silenciosa mirada de su asesor, los ayudantes trajeron al centro del escenario una mesa delgada sobre la que había un mantel impecablemente blanco, y sobre él, un juego de ocho alambres de acero, duros como recios clavos, semejante a los moldes que las señoras utilizan para tejer medias; un poco de alcohol y unas motas de algodón.

Primeramente levantó los alambres y, como si los afilara, puliendo uno con otro, atravesaba unos papeles para demostrar el filo que tenían. Esto hacía caminando en derredor del tinglado con un arte propio de un avezado artista, dueño y señor del espectáculo. ¡Había que verlo al flaco Machi!.

Cuando hubo recorrido dos veces el borde del escenario, siempre en el marco de un sonoro redoblante, cogió el primer alambre y tras mostrarlo al público, se atravesó la piel de un brazo de parte a parte, luego del otro y, en la parte culminante, se traspasó la nariz y los dos carrillos sin que cayera una sola gota de sangre.

La gente no lo podía creer.

Cuando un corro de borrachos orquestó un sincronizado grito de ¡Truco!. ¡Truco! . ¡Truco!.. “Machi” se les acercó y a escasos centímetros de sus rostros alcoholizados, metió y sacó muchas veces los alambres. Los beodos quedaron callados, estupefactos.

Para su número principal, caminó al centro del escenario y tras una venia se despojó de los adminículos que lo cubrían: capa y turbante. Con sólo un taparrabo muy precario su cuerpo quedó desnudo: blanco como si estuviera crudo. No obstante el aire helado que enfriaba el entarimado, ni se inmutó siquiera. Parecía un muestrario esquelético que de un momento a otro caería con la estridencia de sus huesos desarmándose. Llamó a dos enormes herreros que ayudaban a don Armando Paredes en su taller de la calle Libertad. Premunidos de sendas combas se ubicaron al lado del artista. Hizo que otros ayudantes trajeran dos sillas donde fue colocado en incómoda posición, pues sólo se sostenía por los talones en un lado y el cuello, en el otro. Daba la impresión que una fuerza invisible pero poderosa lo mantenía suspendido de la cintura, sin embargo, no había nada. Era un prodigio el cómo mantenía el equilibrio en esas condiciones; las sillas que lo soportaban estaban a extremos que sólo permitían su tensión en el aire, como si estuviera tirado sobre una plancha de vidrio o algo invisible. De inmediato, dos ayudantes más levantaron una piedra gigantesca sobre el pecho del fakir que, no sé por qué milagro, seguía manteniendo su tiesura no obstante el enorme peso añadido; luego, en medio de un sobrecogedor redoble de tambores, por rigurosa alternancia y con una continuidad pasmosa, uno a uno, los hombres fueron descargando espectaculares golpes de comba sobre la piedra. El silencio era impresionante. Sólo se oía el impacto de los combazos sacando chispas del pedrón, hasta que sucedió el portento. La piedra se quebró en dos pedazos que cayeron debajo del fakir que en ningún momento se había arqueado siquiera. Los aplausos fueron magnánimos y unánimes. Nadie lo podía creer. El estruendo de la banda municipal al ejecutar una fanfarria se apoderó de todo el ámbito fiestero. ¿Cómo lo hizo?. Nadie lo podía creer. ¿Cómo, un hombre enclenque, sin ningún vigor aparente, pudo soportar tamaño peso sin arquearse, sin un quejido, sin ninguna incomodidad?.

No hubo nada que hacer, de todos los rincones de Patarcocha partió un generalizado aplauso que el artista agradeció con grandes reverencias.

Fue suficiente.

Aquella tarde, “Machi” se consagró ante su pueblo, pero también, aquella tarde lo perdimos.

Los muchachos que venían de otros asientos mineros nos contaban después que lo habían visto echando cartas, adivinando, vendiendo talismanes y amuletos, curando y haciendo su aplaudida rutina de fakirismo. Desde entonces han transcurrido muchos años. ¿Qué habrá sido de la vida de aquel joven aventurero y emprendedor?.

EL HUERFANO DE TAMBO COLORADO

monaguillowebTres jóvenes mineros que se habían unido para explotar una mina de plata a extramuros de la vieja ciudad cerreña, vieron premiados sus esfuerzos y privaciones en muy corto tiempo. Habían descubierto un filón fabuloso que al explotarlo debidamente les dio ingentes cantidades que en las Cajas Reales las trocaron en monedas de oro reluciente.

Desconfiados uno del otro, decidieron encargar la custodia de sus riquezas a una cuarta persona, ajena a sus intereses. Después de tanto buscar le hicieron depositario al viejo dueño del tambo donde tomaban sus alimentos como pensionistas. Al entregar los caudales en un pequeño cofre de madera revestida en cuero repujado tuvieron mucho cuidado de encargarle autoritaria, pacienzuda y constantemente que, el cofre, solamente se lo daría a los tres juntos. Nunca a uno solo.
– Debes recordarlo siempre que sólo a los tres juntos –nunca a uno solo- entregarás este valioso encargo fruto de nuestro trabajo – dijeron.
– Lo tendré muy en cuenta – dijo el depositario y guardó el cofre en un buen escondite.

Así cuando los jóvenes querían aumentar sus depósitos en el arca, conjuntamente lo solicitaban y, cumpliendo su cometido, se lo devolvían. Así muchas veces. Fue transcurriendo el tiempo en el que los jóvenes alternaban las duras tareas de la mina con sus semanales y notables francachelas. Dos de ellos tocaban guitarras y cantaban, el otro tañía el violín. Este último cuidaba mucho de su instrumento extremando su celo en protegerlo; tanto es así, que para que esté seguro, se lo entregaba al viejo de la fonda para que se lo cuidara con mucho empeño.

Un día, alegres y acicalados para la juerga, salieron muy rumbosos y entusiastas; estando en la calle, repararon que el violinista no portaba su instrumento por lo que lo conminaron a que urgentemente se lo pidiera al posadero. El violinista les ordenó que lo esperaran y raudamente se presentó ante el viejo al que ordenó:
– Entrégame el cofre con nuestros ahorros.
– ¡No… tú sabes que ante los tres juntos y cuando así me lo pidan lo entregaré! – Dijo indignado el posadero.
– ¡Claro que así ha de ser! – repuso el joven violinista tranquilizándolo – para que veas que es así, acércate a la ventana y delante de ti, ellos lo autorizarán – al oír esto el viejo le siguió y, desde la ventana dirigiéndose a sus amigos, dijo:
– ¡Amigos del alma!…¿No es cierto que no tenemos tiempo que perder y debe entregármelo?……- como verán el astuto no mencionaba el instrumento. Los amigos sin pizca de sospecha y suponiendo que se refería al violín, desde abajo gritaron conjuntamente:
– ¡Claro que sí!…¡dáselo inmediatamente!…
– Muy bien – dijo el anciano – y se apartó a cumplir la orden, en tanto el violinista decía a sus amigos:
– Enseguida lo llevo. Ustedes adelántense que pronto los alcanzaré.

Al ver que sus amigos se iban muy confiados, el joven violinista fue hasta el viejo que sin ningún reparo le hizo entrega del cofre.

Aquella noche después de pasar gratas horas de alegría, llegaron al amanecer haciendo un ruido infernal. Para acallarlos el viejo se levantó de su cama y fue al encuentro de los tunantes:
– No hagan tanto ruido por favor que hay mucha gente durmiendo en el tambo.
– Está bien – respondió uno de los jaranistas y muy enojado prosiguió – ¿dónde está nuestro compañero?.

Al oír esto el anciano se quedó perplejo, pero reponiéndose de su sorpresa narró con lujo de detalles lo que había ocurrido con el cofre. Todo fue enterarse de la ocurrencia para emprenderla contra el viejo posadero a quien los perjudicados lo llevaron a empellones ante la presencia del juez que al escuchar la historia, determinó que el viejo debía pagar –en termino de 48 horas- los costos del perjuicio; caso contrario sería despojado de todos sus bienes y encarcelado por toda su vida después de ser flagelado públicamente en Chaupimarca.

Tan injusta y terminante sentencia del juez, sumió al pobre anciano en un mundo de profundas cavilaciones y copioso llanto. Al verle de esta suerte, un niño huérfano que le ayudaba en los quehaceres domésticos y a quien –dicho sea de paso trataba muy mal-se atrevió a preguntarle:
– ¿Qué es lo que ocurre mi amo que tan angustiado lo veo?.
– ¡Calla infeliz!…¡Nada podrás hacer tú por evitarlo!…
– “Una pena compartida, siempre es menos sentida” dice el refrán, recuérdelo amo, insistió el huerfanito.

En un comienzo, el anciano se mostró tan remiso a compartir sus penas que lo sumió en un mutismo impenetrable; pero fue tanta la insistencia del rapaz, que terminó por contarle todo lo acontecido sin omitir detalle alguno. Al terminar el relato, escuchó al niño que con una mirada de inteligencia le decía:
– ¿Si soluciono su problema, me hará su socio menor?.
– ¡Lo que sea!… –respondió el anciano- es tanto lo que debo que todas mis pertenencias, el tambo, la fonda y mis ahorros, no alcanzarían a cubrir mi deuda y terminaría siendo azotado en Chaupimarca y encerrado en la cárcel de por vida.
– Muy bien, señor amo –concluyó diciendo el muchacho- retorne a la casa del juez y dígale: “Señor Juez: Tenga presente que cuando los tres mineros me confiaron su dinero, me lo dieron con la orden terminante de no entregarlo si no venían los tres juntos a pedírmelo. Le ruego, por tanto, que se sirva usted mandar que vayan los dos a buscar al compañero que falta y que se presenten aquí los tres juntos para que se cumpla la condición; sólo entonces, de acuerdo con lo convenido, yo les devolveré el dinero delante de usted”.

Admirado de la inteligencia del joven sirviente, el anciano puso en práctica la recomendación por lo que el juez, muy seriamente, preguntó a los reclamantes:
-¿Es verdad lo que dice el viejo, que los tres pusieron esa condición para devolverles el cofre con el dinero?.
– Sí, señor juez –contestaron los reclamantes.
– Pues, bien. Vayan en busca del tercer socio y en mi presencia recibirán todo su dinero- terminó diciendo el juez.

Demás está decir que nunca dieron con el tercer hombre, un malandrín que cargado de riquezas desapareció como por encanto burlándose de sus socios.

El viejo posadero, agradecido por la valiosa ayuda del huérfano informó a todo el pueblo minero de las virtudes de éste y lo nombró su socio. A la muerte del anciano, el joven hizo crecer sus propiedades y se convirtió en un rico propietario sin dejar –por supuesto– la administración de la vieja posada de Tambo Colorado.

EL SANGUINARIO CACIQUE MANGORÉ

CAZADOR BRUJOConocedores que en nuestra selva central había un lugar al que llegaban todos los nativos de la zona en busca del elemento indispensable que es la sal, los españoles comandados por el capitán Andrés Salgado de Araujo, entraron a conquistar el lugar al que los naturales llamaban el “Cerro de la Sal”. Allí fundaron el pueblo “San Miguel Arcángel”, con cincuenta vecinos españoles, y otros dos pueblos de indios conversos.

En realidad, el móvil secreto de los invasores no era la difusión de la santa religión entre los infieles como ellos predicaban y los misioneros franciscanos lo creyeron, sino la explotación de un bastardo interés económico.

Se había hecho correr la voz que en esta zona, junto a las de sal, existían abundantes minas de oro de prodigiosas vetas que no habían sido explotadas, semejantes a las que abundaban en el Cerro de Santisteban de Yauricocha. Uno de aquellos españoles apellidado Bohorquez –fantasioso y hablantín- dijo al Virrey del Perú que había descubierto una zona selvática riquísima en donde el oro estaba a flor de tierra y le pedía su autorización para tomarla a nombre del Rey. Aceptado que fue el pedido, con el grado de capitán de milicias reales, logró enrolar a 36 soldados con los que avanzó a conquistar el Cerro de la Sal. En su trayecto, estos sanguinarios aventureros cometieron mil tropelías en contra de los habitantes civilizados de la ruta: Acomarca, Auquimarca, Paucartambo, Quiparacra… En poco tiempo, sirviéndose del maltrato, instauraron un imperio de maldad donde se desconocía abiertamente los preceptos que los misioneros habían sembrado en las familias conversas de la ruta. Uno de aquellos torvos opresores era el teniente de las cabeceras de montaña, principalmente del Cerro de la Sal y Quimiri, llamado Juan de Villanueva. Este patibulario autócrata, no sólo abusaba de todas las mujeres, sino que respaldado por un zurriago, hacía trabajar de sol a sol a los naturales en sus plantaciones de café y cacao. Cuando el Presidente de las Misiones, enterado de estos abusos le conminó a que dejara de explotar a los indios y les abonara por su trabajo, se indignó tanto que escribió al corregidor de Tarma, don Manuel Francisco Suárez Andrade, asegurándole que abonaría todas sus deudas con las cosechas que vendería en la ciudad minera de San Esteban de Yauricocha. Entre tanto, no sólo los gobernantes españoles conocieron estos atropellos, también los nativos que comenzaron manifestar un beligerante rechazo en contra de los invasores. Corría el año del Señor de 1642.

Tanto fue el alboroto que estos hechos llegaron a poner en serio peligro la acción evangelizadora de los seráficos, muchos de los cuales habían sido victimados en represalia por la condenable actitud de los soldados. En conocimiento de lo acontecido, el Virrey envió tropas españolas que tras numerosas refriegas, lograron apresar a los cabecillas, los capitanes Bohórquez y Villanueva que fueron enviados al presidio de Valdivia.

El mal ya estaba hecho, la acción misionera de los franciscanos por los suelos y la beligerancia de los indios en lo alto; por esta razón el Virrey ordenó el inmediato retiro de los españoles y misioneros en tanto los indios, en pie de guerra, abandonaron sus pueblos para internarse en la selva virgen con un espíritu beligerante e inconforme. Esto –como lo veremos en su oportunidad- abonó el terreno para la insurgencia de Juan Santos Atahualpa.

Tuvo que transcurrir más de veinte años, prácticamente toda una generación, para que los ánimos levantiscos de los naturales se sosegaran en la selva.

Corrido el tiempo mencionado, el Virrey Conde de Lemos auspició el retorno de los misioneros al Cerro de la Sal, Huancabamba y Quimiri. Los encargados del retorno serían el padre Alfonso Robles, cuatro sacerdotes y dos legos que comenzarían la reconquista de la selva por Huancabamba.

Estos esforzados misioneros, tras bautizar a los párvulos que encontraban en la ruta, formaron un pueblo en el Cerro de la Sal con 800 indios amages y pacañeis y luego pasaron a Quimiri para fundar Santa Rosa de Quimiri en donde edificaron una iglesia y las calles fueron bien trazadas.

Como nuevamente las misiones estaban en pleno auge, el padre Izquierdo funda el pueblo de Pichanaki en el que ya los nativos muestran su respetuoso acatamiento. Con ellos levanta la casa misional y la iglesia correspondiente. Todo iba viento en popa hasta que aconteció lo inesperado.

Un aborigen que tenía gran ascendencia sobre su gente por ser trabajador y enérgico, ofreció su colaboración y obediencia en su calidad de cacique. Se llamaba Mangoré que además de su continente fiero, sobresaliente musculatura y notable habilidad para la caza y pesca, se regodeaba de vivir entre su gente con cinco hermosas jóvenes mujeres arrebatadas a otros tantos hombres de su tribu. Total, él era el jefe y de acuerdo a su tradición tribal, esa era una de sus prerrogativas.

Por su parte, el padre Izquierdo, decidido a sentar principio de autoridad y buen precedente, llamó públicamente la atención al cacique por esta costumbre licenciosa que atentaba contra el establecimiento del matrimonio católico y, dándole un plazo conminatorio y breve, le obligó a que abandonara esa fea costumbre que era condenada por la iglesia.

Mangoré completamente sorprendido, no supo qué contestar. Para él era inverosímil que alguien le limitara el número de sus mujeres y, lo más grave, que lo hayan hecho públicamente; estaba seguro que sus hombres lo tomarían como una degradación a su cargo. Colérico, ofendido y rencoroso, buscó la mejor manera de vengarse de quien así lo había afrentado delante de su pueblo. Pronto encontró un cómplice con el que llevaría a efecto su venganza. Se trataba del cacique Siquincho del Cerro de la Sal que también había sido reprendido por el padre Izquierdo. Ambos llevados por el rencor, decidieron ejecutar su venganza. Matarían a los misioneros.

Una aciaga noche oscura como boca de lobo – a tres meses de la llegada de los misioneros- se presentó Mangoré seguido de sus parciales con los rostros pintados en señal de guerra, armados con flechas, macanas y mechones encendidos. Ágiles como felinos hambrientos, entraron raudos en el aposento donde descansaban los misioneros que sorprendidos trataron de incorporarse. No lo lograron. Una certera flecha atravesó el corazón del padre Izquierdo. Cuando el hermano Pinto y otros muchachos acudieron en su auxilio, una nutrida lluvia de flechas los abatió. Todos los misioneros y los fieles que pernoctaban en la misión, fueron muertos aquella noche. Para proseguir con su orgía de sangre, ataron con lianas los cuerpos ya sin vida y los arrastraron para arrojarlos al río. Con los mechones encendidos prendieron fuego a la iglesia y a la casa misión y mientras el fuego los consumía, profanaron los sagrados vasos y vestiduras sagradas que allí existían.
Ensoberbecidos por la brutalidad de la matanza decidieron ir a Quimiri a deshacerse de los misioneros que condenaban el salvajismo de sus costumbres. En el camino se encontraron con los padres Carrión y Cepeda que iban a auxiliar al padre Izquierdo. Sin mediar palabra alguna, ellos también fueron muertos a flechazos y rematados con sus macanas.

Al llegar a Quimiri encontraron que los misioneros se encontraban recogidos en oración. Cuando se disponía a atacarlos, un buen grupo de guerreros al mando del leal cacique Tonté, advertido a tiempo, acabaron con el sanguinario Mangoré y sus seguidores.