EL JINETE CERREÑO, CREADOR DE LA MULIZA

CHALAN CERREÑO WEB
Ubicado en la parte más alta del planeta, alejado del puerto de transporte de minerales y centros de producción de bienes de consumo, el Cerro de Pasco recibió a partir del siglo XVII, el valioso aporte de un personaje muy importante en la actividad minera de entonces: el mulero. Éste no solamente debía traer miríadas de mulas del norte argentino en largas jornadas, sino también transportar enormes masas de mineral desde los socavones hasta los ingenios ubicados a considerables distancias; de vuelta, madera, carbón y sal, elementos muy útiles para la metalurgia de entonces; en casos muy especiales, lingotes de plata de nuestras callanas hasta la Casa de Moneda de Lima con todos los riesgos y peligros que la empresa imponía. La cosa no queda ahí; debido a que en la ciudad minera no se cultiva ningún producto alimenticio, debía traerlo de considerables distancias.

Inicialmente se utilizaron las llamas para el transporte metálico, más tarde, los mineros se vieron en la necesidad de cambiarlas por las mulas. La sustitución se llevó a cabo entre los años 1600 a 1610. En el comienzo, cuando resultó extremadamente abundante la producción minera, la llama y el caballo resultaron débiles e insuficientes para el transporte de la metálica saca. La llama, por ejemplo, podía cargar hasta cien libras de peso cubriendo una distancia de diez leguas diarias y le era dramáticamente difícil vencer los ríspidos y agrestes caminos de la zona andina; por esta razón se recurrió a la solución ideal: la mula.

Este híbrido resulta del cruce de un asno macho con yegua. Su parecido físico con sus progenitores es obvio; el éxito de la mezcla radica en la resistencia que proporciona el padre (asno) y la velocidad, temperamento y elegancia de la madre (yegua). Su coeficiente digestivo le permite aprovechar alimentos que los caballos asimilan con mucha dificultad, por esto su mantenimiento resulta más barato que el del caballo. No solamente resultaba idóneo para el transporte metálico como había ocurrido en Potosí, sino también para el pisoteado de la plata en los ingenios. Su compra entonces se torna increíble: Dos mil mulas diarias en el mercado, afirma admirado el visitante alemán Tadeo Hanke y, otro visitante, Tord Lazo, remarca: En el Cerro de Pasco activísimo centro comercial, el negocio mayor se realiza con Quito por sus textiles y Córdoba, Salta y Tucumán, como proveedores de mulas para el trabajo minero.

El notable visitante germano escribía admirado: “No obstante las asperezas de un clima agresivo y siempre cambiante, el Cerro de Pasco, es una de las más recomendables y admirables poblaciones del reino del Perú, tanto por su crecido vecindario, que cada día va en aumento, como por el mucho dinero que circula y hace todo el fondo de su comercio. Esta abundancia proverbial sirve también para dar vida a los pueblos vecinos que traen alimentos y otras cosas como Huánuco, Jauja, Tarma, Huancayo, Conchucos, Chachapoyas y pueblos de la selva. En dicha ciudad se presenta el espectáculo más agradable a la contemplación de los curiosos, pues se ve llegar a numerosos vecinos de Jauja, para expender una gran variedad de harinas; a los de Conchucos, con el mismo afán y con el de vender la abundante y hermosa ropa que labran en su país, no obstante que también los de Huamalíes conducen los suyos en variedad notable; a los de Ica, ofreciendo su muy solicitada gama de aguardientes, centenares de botijas de pisco, vino y vinagre; pero también, alfeñiques, chancacas y mieles; de Cusco y Huamanga bayetones dobles de color, fino y entero, de algodón abatanado, pañetes, pellones, alfombras de lana, chuses para adornos de iglesias y casas, tocuyos, suelas, badanas, petaquillas prensadas y figuras de madera y piedra; de Tarma, cordellates, jergas, y perniles de puerco; a los de Arequipa con ajos, cebollas, ajíes, ropa y suelas, además de jabones y aceite; a los de Huaylas cuya importancia principal se compone de azúcar; a los de Huánuco que conducen coca, chancaca, mieles, cascarilla, resinas, granos y frutas; a los de Cajatambo y Chancay que transportan el ingrediente tan necesario de la sal. A esto hay que añadir el comercio de dos mil mulas diariamente, las que se emplean para la conducción de los metales cuyo dinero se paga al contado, reportando a sus dueños de esta suerte, ganancias ventajosas, siendo el alma de todo esto, la propiedad de la mina.”

Para esas fechas, todavía circulaban recuas de cuatro a seis mil llamas, movilizadas en los trajines comerciales de la coca, el alcohol y los alimentos mencionados. Era un espectáculo especial cuando las llamas entraban en la ciudad en medio del ruido de sus cencerros y el silbido de los pastores. En cualquier caso, las características técnicas de esos dos animales de carga eran completamente diferentes, al igual que lo eran sus áreas de crianza, formas de propiedad y tipos de comercio en que se utilizaban.

Haciendo un promedio general, la tropa de mulas con vacas, carneros y carretas podían trotar 84 kilómetros en un día en aproximadamente doce o catorce horas de marcha. Los baquianos recomendaban un descanso de dos días entre cada jornada. Para evitar la demora, lo ideal era 8 horas de viaje diario para no agotar a los animales. Éstos eran alimentados con pasto verde fresco de las laderas circundantes y fardos de forraje seco, avena y maíz. Las mulas son muy fuertes y pueden cargar arriba de 100 kilos sin inconvenientes. Para salvaguardar la vida del animal en el ambiente montañoso y asegurar las cargas, le colocaban 60 kilos que, sumados a los aproximadamente 20 kilos de la “alabarda” (atalaje especial para sujetar la carga sobre el lomo del animal) hacían un total de 80 kilos.

El transporte de mercancías se efectuaba en recuas que llevaban un recipiente a cada lado. Ocho o diez cargueros conformaban una recua; cuando había más de seis se la dividía en retazos y para lograr que prosiguieran sin dispersarse, eran alentadas y guiadas por el cencerro de una madrina. Las carretas que también conformaban la tropa, estaban haladas por cinco mulas, una en las varas, dos laderas y dos cuadreras. El conductor o carretero debía apretarse fuertemente la cintura con una faja de lana para resistir la fatiga de diez o más horas de jornada y proteger los riñones a los cuales afecta el paso peculiar de la mula; sobre la faja usar cinturón común para la vaina del cuchillo que llevaba a la cintura.

Las caravanas no siempre llegaban indemnes a destino; muchas veces fueron asaltadas por ladrones de caminos que las esperaban en determinados lugares; por eso se trataba de que fueran compactas y nutridas.

Amarillentos documentos de aquellas épocas evidencian el increíble stock de mulas y caballos en el Cerro de Pasco. Las primeras, entre dos mil a tres mil, diariamente, utilizadas como medio de transporte de minerales de los seiscientos socavones para su depuración y beneficio en las respectivas haciendas. Los segundos, además de conducir a sus jinetes mineros, un millar, trabajando en los ingenios que molían y refinaban metales en las riberas de Pasco, Quiulacocha, quebradas de Pucayacu, Tullurauca y Ulcupalpa.

Pero la mula no se da así no más simplemente como el caballo o el burro; se necesita de una cría especializada que solamente se daba en el norte argentino, zona singularmente signada para la cría y venta de mulas. Ante el auge fabuloso de la venta de mulas, Córdoba, que por aquellos días pertenecía a la provincia de Tucumán, ocupaba la zona serrana que por la disposición de sus valles se transformaban en excelentes y resguardados potreros, como hechos ex profeso, con tan sólo un cerco en las entradas. Entre propiedad y propiedad, los límites quedaban asegurados a un bajo costo puesto que la naturaleza con sus vallados naturales, hacía importantísima la separación porque se utilizaban pircas de piedras o arbustos muy abundantes en la zona. Aquí estaban asentados los grandes criaderos de mulas y sus extensos potreros invernales, de tal manera que las tierras aptas de la sierra eran ocupadas en su totalidad. Cuando el espacio se redujo por la abundancia de animales, los potreros se fueron extendiendo en toda la zona pampeana argentina, especialmente en dirección a Santa Fe. Para entonces Córdoba ya estaba saturada por más de 800 estancias. En esa época, por el sentimiento de cooperación, los animales podían pastar en todas las extensiones sin limitarse a terrenos privados. Todo era comunitario. Al principio al menos, después se originarían los conflictos de propiedades. La cría de mulas había invadido todos los terrenos y no había lugar para la agricultura

El problema que representa su cría consiste en que, a diferencia del vacuno cimarrón que se produce libremente en los campos, exige ciertas técnicas para su reproducción y una especial dedicación en varias etapas, desde noviembre en que comenzaba la parición, hasta el 24 de junio, día de San Juan, en que comenzaba la hierra y la venta consiguiente. En todo ese tiempo había que seleccionar y separar los conjuntos reproductores, cuidar de la alimentación de las pequeñas crías, capar a los machos, marcarlos con hierro, amansarlos y, la prueba más brava, arrearlas, por millares, hasta la zona de venta de los ventisqueros de Pasco. La mula con toda esta delicada tarea de carga, sólo podía estar a cargo de personajes especializados: los muleros cerreños y los empresarios fleteros de Córdoba, Tucumán, Santiago del Estero, Salta, Jujuy. Desde allí había que traer las mulas que la industria minera cerreña requería. Así, los gauchos y cholos cerreños -llamados muleros por esta profesión- conducían miles de mulas a través de las inmensas pampas argentinas y, trepando los nivosos Andes llegaban a nuestros predios.

El mulero, por esta razón, fue un personaje especial en el Cerro de Pasco durante todo el siglo XVIII. Alcanzó tal nombradía que, impresionado por su prestancia, audacia, extrema sensibilidad y notable habilidad ecuestre, el pintor francés Leoncé Angrand, al visitar nuestra ciudad, lo plasmó en numerosos lienzos y apuntes a pluma. Fue hombre duro, acostumbrado a las tareas de campo y a lidiar con mulas ariscas. De estoicismo proverbial, gozaba de un profundo sentido de libertad. Jamás, bajo ninguna condición por apremiante que fuera, la perdió para bajar a los socavones; su vida fue libre como los aires. Generalmente joven, hijo de dueños de minas en el mejor de los casos o de comerciantes que proveían de bienes a los mineros –se les llamaba “aviadores” por el negocio de los avíos mineros-; guitarrista, decidor, enamorado y “pata de perro”, su “profesión estaba como pensado para él puesto que servía para saciar su sed de aventuras”. Trashumante impenitente, amante de aventuras, mercaba mulas y caballos para la carga y el transporte; su negocio redondo consistía en la venta de mulas para el trabajo minero; de ahí su nombre. Muchos de ellos, con el bozo insinuándose en su rostro imberbe, abandonaban la casa paterna rebeldes ante el peligro del enganche para el trabajo socavonero.

El amor, brújula alucinante de la juventud, los atraía con fuerza extraordinaria, Tenían, como los marinos, “en cada puerto un amor”. Guitarra en mano, serenateros y cantores, enamoraban a las parlanchinas tucumanas, entrerrianas, santiaguinas y cordobesas; especialmente a las de Jujuy, que como las pinta Carrió de la Vandera, eran las más pulidas y graciosas; parecidas a las sevillanas, con una correcta pronunciación del castellano, elegantes aunque no tanto como las limeñas; alegres y querendonas. Las de San Felipe de Real, -más conocido por Salta-, bellas, de rostro atezado, con largas cabelleras que les cubrían las caderas, trenzadas con hermosas cintas de colores. ¡Cuántos amores no habrán dejado por aquellos andurriales de Dios!.

Esta obcecada inclinación a conservar su libertad los mantenía solteros hasta que, pasados los años, decidían “sentar cabeza” e instaurar un hogar. Éstos eran los menos; los más llegaban a viejos para vivir de sus recuerdos, narrando sus aventuras y entonando mulizas ante arrobados auditorios de chinganas amicales.

Lo más notable de este bizarro jinete, -hablando de su indumentaria- era su chambergo de amplias alas que le permitía, sin ningún menoscabo, resistir la fuerza de granizos y trombas de agua; la nieve implacable, el viento silbante y envolvente o las agudas esquirlas de las heladas nocturnas y amanecientes. Tal su resistencia. Era también cobertura providencial para atenuar los quemantes rayos solares de las inmensas estepas; calado sobre la cabeza, cubría la pelambre alborotada y rebelde que estaba previamente contenida por vincha o pañuelo de color; terminando en un barboquejo resistente anudado en el barbado mentón o, al cuello, si se lo ponía a las espaldas. Era peculiar este sombrero viajero, oscurecido por vientos, lluvias, heladas y distancias. El pañuelo, generalmente en derredor del cuello, le servía para cubrir sus narices ante la arremetida de polvorientas ráfagas que en determinados tramos de la vía lo sorprendían.

Los pantalones de abrigadora lana o “diablo fuerte”, con rodilleras y entreperneras de cuero, iban sobre el calzoncillo de bayeta, sujetos con gruesa correas de cuero de enormes hebillas que no sólo servía para sujetarlos, sino también para contener el enorme puñal que era arma y utensilio imprescindible en su vida. Este instrumento de hoja brillante y sólida, diseñada más para herir que para cortar, era traído desde Toledo hasta el consulado español de la ciudad. Su calidad, finura y resistencia, eran extraordinarios; contaba con guarnición para cubrir el puño y, gavilanes para los quites; mucho se asemejaba al “Facón” gaucho.

Las botas de media caña contenían el extremo de los pantalones y las tintineantes espuelas nazarenas de plata. El torso cubierto con camiseta de franela, debajo de una camisa de bayeta o jerga sobre la que vestían chompa y pelliza de cuero con interior de lana y fuertes botones de cuerno de toro; adherida a la chaqueta, una cruz hecha con la “Palma de la Pasión” bendita el Domingo de Ramos, para protegerse de rayos, truenos y tempestades. Y siempre, sin falta, a la grupa del caballo, una querendona vihuela para los momentos del alma que no eran pocos y, la cantimplora para el agua salvadora.

Cubriendo todas estas prendas, el poncho, tejido en lana de vicuña que le proporcionaban un abrigo proverbial; a pie o sobre el caballo, cubrían todo su cuerpo y, en otros casos, lo revestían con otro ligero de hule impermeable que colocaba encima del anterior, evitando que se empapara con la lluvia. Llegada la noche, ponchos y caronas de caballo le servían de cama y, la silla, de almohada. En la mayoría de los casos, tras la consulta con la expresión de los cielos, ante la amenaza de lluvia, podían usar los toldos que los protegerían durante el sueño.

El correaje y montura de cuero, portaban a un costado, el lazo y el zumbador; enorme zurriago que hacía restallar en las soledades para conseguir la obediencia del muleraje; a esto se añadía el fuete o fusta de cuero con incrustaciones de plata.

El mulero cerreño había conseguido un mimetismo extraordinario con el gaucho del Plata, su compañero de conducción de mulas. Igual valor, igual independencia, igual sensibilidad. En su desconsuelo y soledad –compañeras de su vida- la música y la canción venían solos a sus labios; el mulero aventurero, sabía cantar; le inspiraban el canto postrero de los pájaros en el atardecer, el incendio del sol en el horizonte, el profundo silencio de las pampas y los atardeceres ganadores de sombras y nostalgias. El sufrir la distancia del ser amado, el misterio del porvenir nada seguro, le enseñaron a cantar. Su trova pujante y vívida creció en la pampa como activa expresión de su vida errante y viajera. También en el vivac nocturno, endulzaba la noche con su entonación de congoja dolida. Voz y guitarra, confidentes de desconsuelo, se escuchaban hasta bien entrada la noche, angustiando el pecho de aquellas figuras perfiladas alrededor del fuego; les llegaba desde la infinita armonía de aquella naturaleza montaraz y salvaje donde el mugido y el relincho redondeaban la idea de paisaje. Cantando ganaba el ánimo de sacar la melancolía hasta la superficie de su ser y alcanzar la conformidad de su dolor.

El mulero vino a ser –salvando distancias y tiempos- el mismo bardo, el vate, el trovador de la Edad Media que se desplazaba entre ciudades cantando a sus héroes perseguidos por la justicia, a su tierra -“su pago”- que ama no obstante su errancia, a la mujer que ama y muchas veces lo desdeña; está haciendo candorosamente la misma labor de la crónica, relato de costumbres, historia y biografía, como lo hacían los bardos de aquellos tiempos y, que más tarde van a ser recogidos como documentos para que los historiadores ejerzan su trabajo de relatores de tiempos pasados. Nuestros muleros eran poetas y músicos además de valientes y expertos jinetes. Eso todo el mundo lo sabe. Sus versos querendones, urdidos con aliño y mucho afecto, alimentados por una música dulce y acompasada era propagada por los dilatados espacios libres de las pampas, entre el norte argentino y el Cerro de Pasco. En la monótona tarea diaria de conducir miríadas de mulas, los silbidos, guapeadas y gritos, se alternaban con la dulce canción que al compás del trote de las cabalgaduras entonaban; eran endechas musicales inspiradas en las querencias dejadas en los tambos de la ruta; canciones de un corte peculiar y sentimental que por ser canción de muleros devino en muliza. Esta nueva creación llegó a reemplazar al triste que entonaban al calor de los fogones camperos, matizados con vidalitas y alegres cielitos, Más tarde en las chinganas del predio minero adquirían carta de ciudadanía cuando el pueblo la hacía suya; poetas y músicos citadinos crearon otras mulizas que el pueblo cantaba con deleite.

Por otra parte, en llanuras tan inmensas donde sendas y caminos se cruzan en todas direcciones y las bestias transitan a campo abierto, es preciso seguir las huellas del animal que se ha escapado y distinguirlas de entre mil; y saber por la simple observación de los rastros, si va libre o cargado, despacio o ligero; y cuándo pasó por aquel lugar; es decir debe ser un rastreador, especialista en huellas porque continuamente se veía sorprendido por alguna contingencia. En el trayecto muchas mulas “volvedoras” se separaban huyendo de la tropa y se internaban en montes y roquedales; de allí tenía que sacarlas; solamente quien sabe descifrar en los accidentes del suelo las pistas dejadas podía realizar la tarea. También debía ser acertado baqueano; hombre que conoce como la palma de su mano inmensidades de leguas y leguas de terreno; saber por dónde debía transitar con su tropa, dónde abrevar y dónde buscar seguridad cuando lo requiriera la hora, las urgencias de la marcha o las inclemencias del tiempo; debía saber “cortar” campo a través de treinta o cuarenta leguas por la pampa sin sendas, sin árboles, sin accidentes notables de referencia y llegar justamente a la encrucijada de los caminos; esto le ahorraba una jornada o dos; debía conocer las variantes que por riadas o avenidas de ríos peligrosos debía sortear. Por éstas y otras razones debía ser notable baqueano y excelente rastreador; ser, además, un hombre paciente y sufrido para soportar sin una queja la sed, el hambre, el frío, la lluvia, el calor, la fatiga, las grandes nevadas que en las cordilleras hacen desaparecer los caminos; debía saber por la intuición que alimenta la experiencia, si la tormenta que se avecina traerá lluvia, granizo o nevada para tomar las provisiones del caso; si las mulas bufan porque son ariscas o porque en la oscuridad de los peñascales han descubierto la presencia del puma en acecho; debía distinguir sin equivocarse si la polvareda que se veía a grandes distancias era producida por animales, carretas o por una partida de maleantes cuatreros y abigeos que por la ruta proliferaban. Por eso, un mulero viejo exclamaba: “Es triste la vida del mulero: venga frío, venga lluvia, venga nieve; el mulero no puede abandonar a su tropa, sino proteger con el escudo de su vida a su gente y a sí mismo”

El mulero cerreño al afincar su libertad en la rebeldía y su tarea de viajero empedernido, confiaba ciegamente en su caballo, compañero inseparable de aventuras. Este noble animal fue un admirable instrumento en sus manos. Con él se liberó de la mita y la encomienda mineras. Es más. Con él se convirtió en jinete de leyenda, uno de los más grandes jinetes que han alcanzado a ver las caballerías del mundo –cosacos, mamelucos, gauchos, llaneros charros y rotos-; de conquistado se transformó en conquistador. Las distancias fueron empequeñecidas por él. Jinete y caballo se compenetraron de tal manera que llegaron a ser uno solo. Podía ir el jinete dormido o borracho sobre su caballo, él lo sostenía. Cuando perdía el caballo, compungido, reclamaba:

“Mi caballo es mi vida,
mi bien, mi único tesoro;
ladrón devuélveme mi moro,
yo te daré mi querida..”

Inclusive su identificación era tan manifiesta que, antes que a la mujer, prefería a su caballo.

“Mi mujer y mi caballo,
se han ausentado;
mi mujer puede marcharse;
¡mi caballo me hace falta!

Después de trotar centenares de kilómetros conduciendo la bagualada de mulas, no era de él que se ocupaba el mulero, sino de su caballo; éste después de trotar inconmensurables distancias a sólo agua, volvía exhausto; el mulero se ponía a cuidar de su bestia fraternal: le practicaba incisiones en el paladar y le hacía tragar sal pulverizada y con sal cuidaba de sus heridas. Las bestias se reponían y engordaban.

Era la época en que los opulentos mineros, además de los que utilizaban en sus labores cotidianas, contaban con cinco o seis caballos de silla de fina estampa, impresionantes, enormes, traídos de Argentina o de los campos chilenos pagando un precio fabuloso por ellos.

Para un cuidado adecuado y conveniente, hacían construir caballerizas especiales en sus casas solariegas provistas de buen techo y paredes gruesas; no debía existir ningún resquicio por donde pudiera colarse el aire frío que atentara contra la salud de los equinos. Cada animal estaba muy bien protegido por una gruesa capa de interior de lana y cobertura de tela más ceñida, abrigadora –“capa para caballos”- que le cubría todo el cuerpo para conservar su calor; el piso cubierto de aserrín para proteger los cascos; su alimentación exclusiva con forrajes especiales y avena de la mejor calidad además de los pastos de su entorno que les permitía lucir saludables y robustos. Su fina pelambre lustrosa asentaban con cepillos especiales. Los había de todos los matices: Alazanes, tordillos, zainos, bayos, overos, castaños, ruanos, morcillos y moros.

Eran el orgullo de los rumbosos cerreños de antaño, sinónimo de nobleza, fidelidad, temperamento y altivez; cúmulo de virtudes admirables que proclamaban su estirpe. Habían heredado de las jacas españolas la elevación de los miembros delanteros; de los berebere, su ambladura, es decir su modo de andar; del árabe su delicadeza y hermosura. Era un deleite para la vista su marcha llena de gracia pinturera y su monumental figura. A las romerías asistía con sus corceles muy bien emperifollados, apero o conjunto de arreos de fino cuero, reforzado con plata brillante: terno de cabeza o jato, falsa rienda y, sobre la montura “de cajón”, el pellón de mechas llamado sampedrano, adquirido en el norte al costo de un “ojo de la cara”. El jinete con elegante terno inglés sobre el que calaba su poncho de vicuña, alón sombrero de paja de junco o de toquilla, pañuelo blanco de seda al cuello, poncho fino de lana de vicuña; zapatos altos y artísticas espuelas “Nazarenas” de plata. El escenario para el lucimiento: Huariaca, Yanamate, Quiulacocha…

PEDRO ÁNGEL CORDERO Y VELARDE

corderovelardeDe todos los pintorescos personajes que recordaban nuestros viejos en sus amenas tertulias de club, resaltaba con luz propia el excéntrico chiflado, músico, poeta y loco: Pedro Ángel Cordero y Velarde. Cerreño, de padres ayacuchanos, había nacido en el barrio de Matadería, el mismo año en que moría nuestro mártir Daniel A. Carrión, 1885.

Dotado de un excepcional “oído” para la música, precoz e infaltable en retretas y bullangueras celebraciones, se inició en el redoblante para después –aplicado y emprendedor-, asimilar los secretos de gran cantidad de instrumentos en las magistrales enseñanzas de inolvidables maestros. El primero de ellos, el que modeló su carácter y lo puso en el camino del éxito con exigentes enseñanzas fue Markos Bache, notable maestro croata, nacido en Dubrovnik; traído por el consulado Austro – húngaro para dirigir su orquesta sinfónica y su banda de músicos del “Centro Musical Slavo del Cerro de Pasco”, de notable éxito desde fines del siglo XIX. Llegó a dominar todos los instrumentos de cuerda, viento y percusión; mas fue con la trompeta con la que alcanzó maestría ejemplar. Estudioso como pocos, en la primera década de nuestro siglo, lo encontramos dirigiendo a “La Cosmopolita”, Banda de Música de la Benemérita Compañía de Bomberos Salvadora No 1.

Alegre y hablantín como pocos, de baja estatura y cetrino como todo mestizo de predominio andino, tenía unos ojos juguetones e inquietos que revelaban una inteligencia notable. A medida que transcurrían los años, sus iniciales y hasta inocentes palomilladas, fueron adquiriendo caracteres alarmantes. Ya no eran simples guasas, bufonadas o chistes, sino locuras que iban adquiriendo tonos que salían del carril de la normalidad. A estas actitudes fuera de tono, aunque risible para la mayoría, el pueblo las bautizó como “corderadas” en directa alusión a su apellido.

Al entrar en la segunda década del siglo siguiente, crítico mordaz e inoportuno, no perdía ocasión para zaherir y mortificar públicamente a las autoridades con sus comentarios fuera de tono y sus pullas comiquísimas que todos celebraban alegremente. Bueno, todos no; los damnificados, especialmente personas notables, no veían ninguna gracia en aquellas ocurrencias. Cansados de sus excentricidades y falta de seriedad en el cumplimiento de sus funciones, los amoscados “manda más” cancelaron sus servicios y lo pusieron de patitas en la calle. No aceptaron más sus “corderadas”.
El damnificado, por su parte, convencido de que su figura agigantada por obra y gracia de su alterado cacumen era de muy grandes dimensiones para un escenario estrechamente pequeño como el Cerro de Pasco, decidió marcharse. Un día, rodeado de gente que lo admiraba y gustaba de sus “corderadas”, largó su último maratónico discurso cargado de tristeza muy sincera en el que confesó que se iba a la capital a ocupar “el sitial al que tenía derecho” y que si Rumimaqui –a quien tanto admiraba- no había podido restaurar el lugar de “Apu Inca” que tampoco lo había podido lograr su antepasado Juan Santos Atahualpa, él lo lograría con creces. ¡Lo juró solemnemente!. Gruesos y sinceros lagrimones sellaron la despedida. Así, apesadumbrado pero decidido, partió con rumbo a Lima a ejercer el gobierno de su “ínsula barataria”.
Siempre dan pena los que se quedan,
siempre dan pena los que se van.

Los que se van, se van muy tristes,
los que se quedan, quedan llorando.

Siempre dan pena los que se quedan,
siempre dan pena los que se van.

Llegado a Lima se avecindó en un solar de la calle San Ildefonso en donde, deseoso de conquistarlo, conformó una orquesta sinfónica con jóvenes músicos peruanos. Diez años estuvo al frente de esta quijotesca agrupación ofreciendo conciertos en barrios y pueblos cercanos a la capital. Se encontraba triunfante y pletórico en esta tarea cuando se produjo el terremoto del 40 que destruyó su vivienda, sus instrumentos, partituras y todo lo que poseía. Quedó en la calle. Esto agravó su chifladura. En 1942, en plena guerra mundial, afincado en una casa semidestruida de la calle Zavala, funda la “Academia de Música Cordero y Velarde”, donde impartía clases de teoría, solfeo y ejecución de instrumentos. El éxito que obtuvo en esta institución elevó su entusiasmo y se dedicó en cuerpo y alma a brindar lo mejor que tenía a los jóvenes que estudiaban en su Academia. Una de sus más dinámicas alumnas fue la joven soprano Rosa Aguilar que, andando los días, transforma en profundo amor su loca admiración por el maduro maestro. Decidida a compartir los desmesurados sueños del artista se casa con él. Al lado de esta abnegada y ejemplar compañera funda el “Teatro Folklórico” con el que cumple notable actividad artística. La calidad de su elenco es notable. Con Rosita Aguilar están, Julia Peralta, Inés Oropeza, Blanca Santiago y Julio Castillo, como figuras principales, con los que preparó el montaje de las Operas nacionales “Sumac – Ticka” e “Ima Sumacc” a llevarse a efecto en el Teatro “Conde de Lemos”. Fatalmente, por motivos económicos y de otra índole, jamás llegaron a estrenar. Uno de sus más notables alumnos, el músico cuzqueño Alejandro Vivanco, conmovido, dice de él lo siguiente: ” Puedo dar testimonio de su calidad de músico, porque después de las lecciones de solfeo, al advertir mi curiosidad, me mostraba orquestaciones completas de música incaica de su creación para sus dramas; también rico vestuario y decorados. En cada ocasión se sentaba al piano de cola y me hacía oír las arias y pasajes que a su criterio eran los más interesantes. En esa ocasión me obsequió sus dos partituras editadas: “Himno a la Redención Peruana” y “Daniel Alcides Carrión”, poema musical dedicado a su paisano.”. Sin embargo, es necesario decirlo: con sus ambiciones crecía también su chifladura ya muy conocida en toda Lima.
Conocedores de sus sueños de grandeza y exorbitantes ambiciones, el periodista peruano Federico More y el músico ayacuchano Osmán del Barco –exitosos personajes aquellos días- deciden jugarle una broma y en el periódico EL HOMBRE DE LA CALLE que publicaban, le insinúan que se postule a la Presidencia de la República. Emocionado el hombre otorga poderes plenos a sus mentores para que lo inscriban. Informado posteriormente que había perdido los comicios nacionales, cae en una depresión profunda. Fue suficiente. Persiguiendo la inalcanzable quimera del poder, había despilfarrado todas sus propiedades. Cuando se dio cuenta del engaño, derrotado y empobrecido, más solo que nunca, en el clímax de su locura, le quedó la fantasía de que no sólo era Presidente del Perú sino también, “Apu Capac Inca, Emperador del Perú y Conductor del Mundo; Soldado de Tierra, Mar, Aire y Profundidad; Rey de Financistas y Mago del Estado por Voluntad Divina” y, claro, comenzó a ejercer su “mandato presidencial”.
En su desquiciada fantasía, había logrado asumir la Primera Magistratura de la Nación. A partir de entonces se le veía ataviado con una llamativa indumentaria. En honor a su alta investidura lucía un chaquet negro de solapas grasientas tachonado de llamativas condecoraciones de hojalata y espejuelos cruzado por la “Banda Presidencial”. Su infaltable sombrero de tarro, desgastado y fileteado de roturas y magulladuras, realzaba su serio continente. Su paso siempre raudo y parsimoniosamente serio, -camino de cualquier parte-, lo conducía arrebatado entre risas y comentarios de los viandantes del famoso jirón de la Unión. Cuando alguien, siguiéndole la corriente, le preguntaba adónde iba, invariablemente contestaba:
—!Estoy muy apurado, me necesitan en Palacio!. Tengo una cita muy urgente- y continuaba siempre arrebatado a grandes trancos a cumplir con su imaginaria cita.
Era muy común verlo pronunciar extensos discursos cargados de entusiasmo como de risibles propuestas de Gobierno. Llevaba consigo –periodista combativo y vocinglero- ejemplares de su periódico EL LEÓN DEL PUEBLO, “Sale cuando puede y pega cuando quiere”, claro muestrario de su locura y enajenación inofensivas. En su primer número dice en unos versos
Qué eco más resonante,
es hoy el ,¡ Viva Cordero!;
será el Presidente primero,
que al Perú lo lleve avante.

Pobres y ricos serán,
lo que ellos debieron ser,
tenemos oro, plata y mujer,
que ustedes no negarán

Nunca cesó de impugnar todas las elecciones que se vivieron en su tiempo porque, los otros “en el imposible caso de ser elegidos en el cargo de Presidente, no podrán realizar ningún programa sin mi consentimiento, pues todos los proyectos habidos y por haber son míos, me los han robado”. A través de su periódico hizo público el contenido de su combativo epistolario.
En su edición correspondiente al 18 de febrero de 1960, por ejemplo, el Conductor del Mundo le decía al Presidente Manuel Prado, “El año 1956 le dije en el LEON DEL PUEBLO, lo desdichado que iba a ser su gobierno, como así ha sucedido, porque mi palabra es autorizada cual de un profeta, porque tengo la huella divina”..”Para el 8 de diciembre del año 1957, le pedí que me entregara el mando pero su feroz orgullo me lo negó. En 1958 mi partido, la Juventud Corderista, le pegó en el Campo de Marte una terrible pifiada que no olvidará por sécula seculorum, con palabras soeces que cualquier gobierno hubiera renunciado, pero usted, sordo como una tapia, se zurró en la noticia, lo que quiere decir que su dignidad fue verde y el burro se lo comió”.
En la edición del 15 de junio de 1956, alega en su editorial: “… y espero que esta vez, por dignidad se me haga justicia y se me entregue la Presidencia, porque es designio de Dios y de mi pueblo…yo propugné todas las grandezas que hoy posee el Perú mientras ustedes me plagian y no han hecho nada y nada harán”.
En 1958, indignado, decía: “El tiempo de la impostura y del engaño, de la opresión y de la fuerza, está ya lejos de nosotros y sólo existe en la historia de las calamidades pasadas. Por eso vengo a poner término a esta época de dominación…”.(…) “Me causa dolor ver desde mi Atalaya de Emperador, o Inca Wasi, cómo el cielo azul de la convivencia que no es cielo ni es azul, está adquiriendo un aspecto aborregado”.
El año siguiente, gritaba: “¿Hasta cuándo nos van a moler 800 millones de déficit del Erario Nacional…Déjenme la Presidencia que si ustedes no pueden, lo pago yo, porque soy el rey de las finanzas y mago del Estado”.
Pobre mi patria querida,
qué malos hijos te han dado,
mas ya sabré defenderte,
porque yo no estoy comprado.

En su gobierno pasado,
mil millones se llevó,
y a nadie cuenta le dio,
al manicomio lo envió,
y por las puras alverjas,
la Presidencia agarró.

El notable músico, Alejandro Vivanco, en otro pasaje de sus memorias recuerda así a su maestro Cordero y Velarde. “El año en que el doctor Jorge Prado llegó de Brasil como candidato a la Presidencia, sus parciales organizaron un mitin en la Plaza Dos de Mayo para presentar su programa, pero ese mismo, día Cordero y Velarde improvisó otro mítin; enterado el pueblo llenó la Plaza San Martín y dejó desairado a Prado”.
“Cierta mañana llegó a la Librería “La Pluma” de la calle Trinitarias que yo regentaba y como de costumbre me contaba sobre su rutina diaria. En eso recibió un mensaje de larga distancia a través de una concha marina de caracol que llevaba en el bolsillo. (Se adelantaba en muchísimos años a la aparición de los modernos teléfonos celulares). Escuché el siguiente diálogo, “¡¡¡Aló, aló, querido Adolfo Hitler!!!. Hablas con el Emperador Cordero y Velarde, Conductor del Mundo. (pausa) ¡Gracias por interesarte por mi Imperio!. Estoy en vísperas de recuperar la silla presidencial. Caso contrario tendré que abandonar el país para ir a informarle al Santo Padre. ¡ A propósito, Adolfo, hermano del alma mía, si hablas con el ingrato de Benito (Musolini), dile que estoy pendiente de su llamada. ¡Ama sua, ama jella, ama llulla; ama jodemaicho!.

Estando en la Presidencia el arquitecto Fernando Belaunde Terry, le dirige una misiva en la que le dice: “Usted como líder, YO como Emperador, somos dos potencias soberanas que debemos entendernos o destruirnos, pues no hay lugar para los dos en este cochino planeta de los simios”. Finaliza la carta con una explicación: “Por estos motivos le dirijo la presente carta abierta, vale decir sin sobre, para que me explique su extraña conducta y me diga con franqueza si mantiene su adhesión a mi persona, y si fuera lo contrario, sabre a qué atenerme y lo dejaré suelto en plaza. Los bueyes sueltos, bien se lamen”. “Mi plan de gobierno y alimentación contienen mi huella divina, revelado para el bienestar de The peruvian family”.
Nicolás Yerovi, otro de los que han escrito sobre nuestro Presidente y Monarca chiflado dice, “Más allá de los anecdótico, Cordero y Velarde simboliza en su grado más extravagante los extremos de la más conmovedora huachafería y del más patético delirio a que son capaces de llegar quienes en el Perú se ven asaltados por cierta locura de poder. Porque si el poder envilece, desearlo enloquece; de allí que en épocas electorales los más de nuestros políticos no dejan de pergeñar sus propios ditirambos, ofrecer sin empacho lo imposible y llegar a convencerse, aunque sea por un breve lapso, de la verdad que no encierra sus generosas promesas”.
En “Los apachurrantes años 50”, Guillermo Thorndike, rememora que en un cónclave organizado por los monjes dominicos para buscar un candidato que encarnara las necesidades del momento, se presentó sin ser invitado el chiflado Cordero y Velarde: “Entonces llegó, anciano de levita negra y pantalón listado, discretamente zurcido, con hongo, bastón y escarpines viejos que cubrían sus humildes zapatos acabados de lustrar. No viajaba en limusina con chofer, ni nunca había estado en París, ni parecía de este mundo. Pero toda la tragedia del Perú al que no habían invitado los dominicos se abrillantaban en la locura de sus ojos. Su sola aparición enmudeció el discurso. Avanzó con dignidad por el salón repleto de personajes hasta sentarse a un lado, más bien en el coro que entre los potentados, en primera fila y cerca de la presidencia. Wiese y Miró Quesada se miraron sin saber qué decir. Los fogonzazos de los fotógrafos se concentraron en el Apu Inca Verdadero. Hasta ese instante, los pretendientes habían discurseado de Dios, la Patria, el orden establecido, nuestras sagradas instituciones, la paz pública, el luminoso porvenir de nuestros hijos. ¿De qué podrían hablar ahora, frente a la faz demacrada de un Perú que rara vez había sido feliz?. Con respetuosa solemnidad, Cordero y Velarde escuchaba a los principales. Después intervino en su condición de Apu Inca Verdadero y del desorden de sus palabras se supo que otra era la paz solicitada por el pueblo y que no era justicia de todos aquella que preocupaba a los poderosos de la tierra. No su voz, sino el ridículo de aquellos príncipes forzados a escucharlo, convirtió el cónclave en el más grande fiasco de la derecha peruana. Al día siguiente, “La Prensa” destacó en primera plana a Cordero y Velarde junto a los organizadores de la transición presidencial. La gente carcajeó durante semanas, meses. Y casi nadie reparó que, por fin, el Apu Inca Verdadero había modificado una parte de la historia del Perú”.
Pedro Ángel Cordero y Velarde, el viejo músico de la “Cosmopolita” del Cerro de Pasco, el arrebatado candidato cerreño a la Presidencia del Perú, murió pobre y abandonado en un viejo callejón limeño, signado con el número 123 de Carmen Alto, en el Jirón Junín de Lima. Era el 18 de diciembre de 1961. Curiosamente, ese día la Compañía de Bomberos Salvadora Cosmopolita, celebraba su sexagésimo aniversario.

LOS PANES EN EL CERRO DE PASCO

panesEl origen del pan tiene tan antigua data que no puede precisarse a ciencia cierta cuándo apareció; tanto es así que Eduardo Benot, termina diciendo: “Sabemos cómo se llama Atila, pero ignoramos quién inventó el pan”. Lo cierto es que el conjunto de alimentos que tomamos diariamente, se denomina como “el pan nuestro de cada día”. Es el más humilde pedido que hacemos a Dios en el Padrenuestro. Las referencias bíblicas son numerosas. No olvidemos que, a consecuencia del pecado de nuestros primeros padres, el hombre fue condenado “a ganar el pan con el sudor de su rostro” (Génesis III,19). También en el Génesis leemos un relato muy instructivo: “Apareció el Señor a Abraham en el vale de mambre, estando él sentado a la puerta de su tienda…; sucedió que alzando los ojos vio cerca de sí parados a tres personajes y haciéndoles profunda reverencia, les dijo: “Señor, si yo, sirvo tuyo, he hallado gracia en tu presencia, no pases de largo… Yo os pondré un bocado de pan para que reparéis vuestras fuerzas…” Ellos respondieron: “Bien, haz como has dicho”. Abraham entró corriendo en el pabellón de Sara y le dijo: “Ve pronto; amasa tres satos de harina de flor y cuece unos panes en el rescoldo”. Lo sublime es que, el pan, representa al cuerpo de Cristo. Él mismo lo dijo en la última cena: “Éste es mi cuerpo, coman todos de él, que será entregado para el perdón de los pecados. Hagan esto en conmemoración mía”.

El pan, es un alimento que evolucionó y acompañó al hombre a lo largo de la historia. En todos los países del mundo se fabrica y consume el pan. En lo referente a lo nuestro, Fernando Cabieses decía: “Como trueque del oro y de la plata que del Perú fueron a socorrer las agotadas reservas financieras de la Corona Española, llegaron al Perú muchos nuevos productos agrícolas que el labriego peruano pronto aprendió a cultivar. La caña de azúcar, el olivo; las frutas bíblicas, higo, dátil, vid, granada; el arroz, la cebolla, la cebada, la zanahoria y el trigo”… y claro, con los españoles llegó el arte de la panificación ya que en el Perú de entonces se desconocía el pan. Con el paso de los años, en el Perú y particularmente en nuestra tierra minera, este novísimo producto fue tomando muchas formas con sus denominaciones respectivas aunque sus componentes siguen siendo los mismos: harina de trigo, levadura, agua, sal y una pizca de sal. Todo dependió de los panificadores que inicialmente fueron españoles, luego italianos, franceses, alemanes, austriacos etc. con una notable y hacendosa cooperación vernacular, cada uno con su especialidad.

En lo que respecta al Cerro de Pasco, el aroma que expedían los panes al salir del horno, era tan especial, que al promediar el atardecer se los compraba en las numerosas panaderías cerreñas. Otro tanto ocurría en las madrugadas. Recordamos con verdadera nostalgia y cariño alguno de aquellos panes.

El “Pan de Manteca”, amasado con cierta proporción de manteca de cerdo que le daba un sabor característico, era el más popular. Se parecía mucho al que en Lima denominan francés; sólo que el nuestro era rechonchito y muy sabroso. Una letrilla muy popular de aquella época, decía lo siguiente:

Pan de manteca
para la mama que da teta;
pan de cebada
para el papá que no da nada.

El “Pan de Punta” era, un pan alargado que al momento de su cocción se doraban sus extremos convirtiéndose en una verdadera delicia. Era con el pan de manteca, uno de los más comunes. De esta familia, uno de los más grandes era el denominado “Chalaco”.

En nuestra ciudad vendían tres panes medianos unidos en un solo bloque al que denominaban: “Pan Francés”.

A propósito, el “Pan de Cebada”, era uno muy áspero aunque con un saborcillo agradable, por lo que sabemos, era uno de los más alimenticios de todos. Se dice que es una creación de panaderos alemanes y lo creemos porque era uno de la especialidad de Rubén Bauer.

El “Pan de mantequilla” era una verdadera delicia. Su presentación era muy llamativa. Cuatro bolas unidas con arte formando un cuadro y amasado con la deliciosa mantequilla que en nuestra tierra fue siempre de excelente calidad. Su sabor era tan delicioso y su consistencia suave.

Algunas panaderías como la de Bauer se permitía el expendio de los famosos, “Panes de Yema”. Un delicioso manjar que a poco de salir del horno volaba por la preferencia de los consumidores. Dentro de especialidad estaban las roscas, también de yema, que sobresalían por su llamativo color amarillo proporcionado por la yema de los huevos utilizados, mas no por colorante alguno.

Sin llegar a dimensiones enormes y por el contrario, más delicados y pequeños, se expendían los petipanes que, al decir de los entendidos era una creación francesa de nombre “Petit – Pan”.

Inspirados por los éxitos que obtenía en el mundo musical la inolvidable cantante y bailarina brasileña, Carmen Miranda, los panaderos crearon un pan muy delicioso conformado por sucesivas envolturas. Lo llamaban “Carioca”. Fue muy popular en nuestra tierra minera.

Entre los más grandes, el más socorrido era el Tolette, que equivalía a dos o tres piezas comunes. También estaba el “Pan de Molde”, grande, casi rectangular, muchas veces con tres divisiones, pero en todo caso, con una crocante y tostada envoltura. Este pan, además de los de manteca, alcanzó gran popularidad cuando la Cerro de Pasco Corporation estableció una panadería para sus servidores. En pocos minutos, estos panes que además de gustosos eran enormes, “volaban” en cuestión de minutos ante colas interminables. Otro era el “Pan de Tropa” Descomunal. Se decía que con uno solo de estos panes, un hambriento soldado quedaba satisfecho. Otro tan grande pero más tosco era el que el vulgo denominaba y quedó con ese nombre: “Tranca culo”. Las personas decentes se referían a él tan sólo como.. “Tranca…”. Hay que imaginarse los efectos que producirían la ingesta de este pan para recibir tal nombre.

También había, ¡Cuándo no!. Panes que llevaban dulce en su masa o en su cobertura. Tal el caso de las “Llapsitas” que era una delicia para los niños. Las “rosquitas de manteca” ensartadas en una pita blanca que se vendían a medio real, es decir a cinco centavos. Diez rosquitas por medio.

Pasado el dramatismo de la Semana Santa, las panaderías expendían precisamente el “Pan de Pascua”. Una verdadera delicia familiar. Era grande y tenía la forma de un muñeco. Estaba amasado con huevo, leche, mantequilla, almendras, pasas y otros ingredientes dulces que se combinaban con chocolates del Cusco.

El que se llevaba las palmas por su sabor y consistencia, era el famoso “Pan de Chacayán”; una hogaza deliciosa que se adquiría interdiariamente a la llegada del ferrocariil de Goyllarisquizga. Hechos con harina de trigo y en hornos caseros especiales que les imprimían un sabor inigualable. De él habla Mavilo Calero Pérez y dice con conmovedora evocación: ¨¿Quién podría resistir la faz dorada de esos panes, su olor penetrante y provocador, su gusto especial, su valor alimenticio y su precio popular?. Todos resaltaban que no estaba madurado con levadura industrial sino al natural, con chicha. La harina era pura de la región; la manteca de los cerdos criados afanosamente en casa; cocidos en hornos calentados con leña…Pese a todas estas virtudes su costo estaba más cerca de los pobres. Era un señor pan, por todos los lados, como lo era el “chapla” en la zona de Huánuco”.”El pan charqui”, es una pieza amasada con agua, sal y harina y sin levadura. Es muy agradable cuando acaba de salir del horno. Más tarde, pierde consistencia y sabor.

“Pan de Azafrán”, amasado con harina de calidad y amarillado con azafrán.

Recuerdo que, en las madrugadas, al salir el pan del horno, mis amigos de la Cooperativa panificadora EL MINERO, no sólo me invitaban los panes frescos sino que los degustábamos con una bebida especial preparada por ellos mismos que recibía el nombre de “Chimpuca” hecha de pan quemado y agua, parecido al café.

CARLOS REYES RAMOS

fcdp255webUno de los amigos que a lo largo de mi vida me ha impresionado grandemente fue Carlos Reyes Ramos, un artista tan extraordinario que nos dejó una enseñanza imperecedera de humildad y grandeza. Permítanme recordarlo ahora.

Era notablemente moreno, de talla mediana, talante modesto acentuado con su vestir, limpio y ordenado, pero sencillo. Cuando lo conocí, me impresionó su sencillez y su simpatía. Fue don Lucho Llanos quien nos presentó. Había que hablar con él para llegar a conocerlo plenamente. Su plática sin ningún tipo de afectación dejaba traslucir una sólida preparación humanística. Desde el comienzo simpatizamos mutuamente. Mucho me impresionó sus comentarios acerca de mi programa ANTOLOGÍA que propalaba a partir de la once de la noche irradiando poemas con piezas clásicas de los grandes maestros y música romántica en alternancia. Él comprendía que era la única manera de hacer asequible al pueblo las creaciones de la poesía universal. Dotarla de un ambiente demasiado académico y serio, habría logrado ahuyentar a la audiencia que siempre fue numerosa. Por estos acertados comentarios, pude calibrar su preparación cultural, sólida y amena. Es más. En una oportunidad me alcanzó unas acertadas creaciones suyas que con mucho gusto las irradié y las publiqué en nuestra revista EL PUEBLO que gozaba de gran popularidad. Posteriormente aparecieron publicadas también en el periódico LA ANTORCHA. Una de sus primeras páginas publicadas fue:

V I V I R
Venimos a la tierra por un minuto cósmico. Tiempo brevísimo que tenemos el imperativo de emplear bien. Desde que vemos la luz, desde que nacemos, ya tenemos derecho a participar de todo lo que la vida nos puede dar: sustento, casa, abrigo, trabajo, amor, amistad, fraternidad y todo aquello que nos haga perfectamente lógica nuestra convivencia. Vivir supone sentir el acercamiento cariñoso, mutuo e ideal, de todo lo noble que existe en el alma del conglomerado. La naturaleza creadora nos puso sobre la tierra rodeados de todos los beneficios como diciendo: “Ahora a vivir como hermanos… y nosotros no seguimos el mandato natural de esta cotidiana moral y vivimos como enemigos, en eterna beligerancia como si fuéramos especies diferentes. ¡Hermanos! He ahí una perspectiva onírica, ilusoria.. ¡Hermanos!. Una luz imperceptible que se pierde en la penumbra de todas las ambiciones humanas. Hermanos que guerrean, hermanos separados hasta por una errónea idea política, hermanos que se traicionan,…en fin, hermanos lobos que sólo se acuerdan de acariciarse, pomposamente sobre el tabladillo de las conveniencias. Está visto que el que le corresponde en la vida. Armamentos para exterminarse, desde el más pequeño proyectil hasta la bomba atómica. Motivos para odiarse desde una mujer hasta una prebenda. … Este siglo XX es un minuto de la historia en que los hombres, los “hermanos” han hecho el sendero de la vida intransitable. Vivir, vivir es hallar la felicidad todos unidos posponiendo sentimientos subalternos. El ejemplo de las hormigas, las abejas y las palomas nos hacen bajar la mirada para añorar tiempos mejores, como la lejana comunidad de nuestros indios, los curacas, que es el testimonio vivo de la historia y el orgullo ancestral de nuestra raza. A veces soñando quisiera que todos nos tratáramos como hermanos verdaderos y nos diéramos las manos con el corazón

¿Por qué hombres pedantes
Y ambiciosos, matáis toda armonía?
Si somos un instante.
¡Vivamos en amor y alegría!.

Un domingo me sorprendió verlo arbitrar un partido de fútbol de la Liga. Lo hizo con acierto y se le abrieron las puertas del difícil e incomprendido deporte de juzgar las jugadas ajenas.

Pero la sorpresa mayúscula e inolvidable la recibí una noche en la que don Lucho nos hizo una invitación especial a LA ESQUINA DEL MOROCHO. Armó un hermoso programa evocativo en el que el número central lo ocupó Carlos Reyes Ramos. Sorpresa. Nos llenamos de enorme satisfacción al comprobar que era cultor de la guitarra clásica y conocido concertista en la Lima de aquellos días. Aquella noche, en atención al grueso de los invitados, especialmente gente de la radio, periodistas, maestros y otros intelectuales, acompañado de “Vichi” Llanos, ejecutó en laúd, hermosísimos valses populares que nos emocionaron mucho. IDOLATRIA, ROSAS DE OTOÑO, ISABELITA, LOS ROSALES, TU OLVIDO y muchos otros que ganaron el aplauso general de los habitúes. La humorada llegó al tope cuando secundaron la interpretación de voces hermosísimas y perfectamente afiatadas de los Hermanos Llanos: Marcial y Lucho. Ellos, al estilo implantado por aquel inolvidable trío argentino de Irusta – Fugazot y De Mare, nos hicieron vivir todo el esplendor de los valses que siempre están presentes en la memoria. Jamás olvidaremos aquella noche amenísima que terminó el domingo a las ocho de la mañana con un reconfortante caldo de cabeza..

Olvidaba comentarles que en aquella velada, con una cortedad conmovedora nos ofreció sus servicios personales de sastrería. Como era de esperarse, ganó numerosísimos clientes. Así que en el transcurso de una semana nos visitaba trayéndonos figurines y muestras de telas de excelente calidad, nos tomaba medidas que anotaba en un cuaderno y recortaba un pedazo de la tela elegida junto con el compromiso. A la semana siguiente ya nos estaba probando los trajes. Hacía ajustes con alfileres y puntadas, trazos con tizas e hilvanes y, nuevamente se llevaba los trajes a Lima. A la semana siguiente ya los teníamos listos. La totalidad de sus admiradores le encargábamos nuestros ternos. Sólo de esa manera podíamos gozar de sus visitas semanales. Se alojaba en la casa de su anfitrión y hermano de juramento, don Lucho Llanos, en donde siempre fue tratado con un cariño y respeto extraordinarios. Doña Isabel Goyena, esposa de don Lucho, su hijo Vichi, Ignacio y sus hermanos, se desvivían por atenderlo. No podía ser menos, don Lucho siempre fue un caballero a carta cabal y, Carlitos bien se lo merecía.

Sábados y domingos, cuando nos visitaba, tras los encuentros futboleros, recalábamos a la ESQUINA DEL MOROCHO y allí, pudimos gozar de su acertada digitación en ejecuciones clásica con piezas de Soir, Tárrega, Villalobos, Rodrigo y muchos otros maestros inolvidables. Es más, con esa sensibilidad muy suya, hacía marco flamenco -que también dominaba-, para invitarme a recitar poemas de Ochaíta, Rafael de León, García Lorca y otros poetas españoles; todo con una aceptación general que me conmovía. A partir de entonces, casi en todas las humoradas de LA ESQUINA DEL MOROCHO alternábamos con música y poesía. La costumbre se extendió y sirvió para que hagan conocer sus creaciones varios poetas lugareños como Juvenal Augusto Rojas, Carlitos Rodríguez Minaya, Arnulfo Becerra Alfaro y un inquieto joven que había llegado del norte a prestar servicios en el Colegio Carrión: Genaro Ledesma Izquieta. Como es natural, mi admiración y mi afecto hacia Carlitos creció enormemente. Él correspondía con creces este sentimiento fraternal. Lo admirable de todo –yo diría, ejemplar- que no obstante ser un artista de tantos pergaminos, siempre buscaba mantener un perfil bajo con humildad conmovedoramente admirable. Es más, solía contar con un gracejo especial numerosas anécdotas en las que no siempre salía bien parado.

Una de ellas dice que estando apremiado de viajar al asiento minero de Chicrín –a doce kilómetros del Cerro de Pasco- sin que apareciera ningún carro que pasara por aquel lugar, vio que a la puerta del restaurante EL VIAJERO se hallaba una camioneta de aquella compañía minera. Urgido como estaba entró en el establecimiento y pidió a los ingenieros que allí estaban almorzando, que por favor lo condujeran al mencionado lugar. Naturalmente aceptaron la petición, pero le dijeron que como en la cabina no podrían caber todos, se acomodara en la parte posterior. Carlos subió, se acomodó y esperó a que los ingenieros salieran del restaurante. Ya estaba un buen tiempo sentado allí, cuando advirtió que un canillita que voceaba los periódicos limeños, lo contemplaba de arriba a abajo de una manera tan escandalosa que ya molesto le preguntó.
— ¡¿ Que miras tanto muchacho del diablo?!. Acaso, ¿Tengo monos en la cara?!.
— No, señor.
— Entonces, ¿Qué tanto miras?!.
— Miro porque: ¡Es la primera vez que veo una camioneta con chimenea! – y diciendo esto, carcajeándose escandalosamente se alejó del lugar.

Otra vez ocurrió lo siguiente. Un domingo en la mañana, antes de ir al estadio donde ambos debíamos cumplir nuestras correspondientes tareas, me dijo que el gran Alirio Díaz, extraordinario guitarrista venezolano, entonces visitante de nuestra capital donde estaba actuando y alumno preferido del maestro Narciso Yepes, estaba buscando una guitarra de doce cuerdas y la quería para su colección particular que era muy conocida. Como estos instrumentos se vendían en el mercado cerreño fuimos allá. Efectivamente, pletóricas, con adornos especiales, colgando de la parte alta se lucían cuatro o cinco guitarras de doce cuerdas. Como quien no quiere la cosa le solicitamos al vendedor a que nos las mostrara, eso sí, sin traslucir ningún entusiasmo para evitar que nos subiera el precio. Carlos probó una y otra hasta que eligió una muy bonita. Como se usa en estos casos, comenzamos a regatear el precio. El dueño se había plantado en ochenta soles y nosotros le ofrecíamos setenta. Tanto fue el tira y afloja que transamos en setenta y cinco y, al momento de cancelar la cuenta, el dueño nos dijo;: “Como se están llevando una buena compra, voy hacerle un regalo al “negrito”” y, uniendo la acción a la palabra, le entregó un librito que tenía como título: MÉTODO PARA APRENDER A TOCAR GUITARRA. Naturalmente no entendió el significado de nuestra risa carcajeante. ¡Le estaba regalando un método a quien era un maestro sin igual de la guitarra!.

Recuerdo claramente que una noche sabatina – transmitían el programa ASÍ CANTA EL CERRO DE PASCO con sus animadores propios por lo que tenía anuencia para no asistir- me encontré con Carlitos y nos pusimos a conversar. Él siempre traía noticias frescas de los grandes movimientos culturales que se desarrollaban en Lima, como conciertos, presentaciones teatrales, ballet, ópera, zarzuela, etc. y me regalaba con programas de sus conciertos en algunas instituciones culturales que lo habían invitado. Como es fácil colegir, la conversación además de nutrida y amena, era muy extensa. Ya habíamos caminado bastante tiempo y nos moríamos de frío cuando decidimos entrar en un restaurante a beber un café caliente que mucho lo necesitábamos. Entramos en el HOTEL BOLÍVAR donde había un saloncito dotado de una abrigadora estufa siempre fogosa. Aquella noche llegamos tarde. La mesa cercana al calefactor estaba ocupada por un nutrido grupo de profesores de la Universidad, con su Rector, Oscar Recoba Chévez, un gran amigo que al vernos entrar tuvo la amabilidad de invitarnos a sentarnos a su mesa, pero debido a sus compañeros apristas, me negué muy cortésmente a hacerlo. Le dije que quería dilucidar un tema muy importante con mi amigo y que después aceptaría su invitación. Creo que no es demás decir que yo desempeñaba el cargo de Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad y todos aquellos profesores creían que yo era comunista por no haberme alineado con ellos. Falso. Yo mantenía mi independencia absoluta. Bueno el caso es que, aceptadas las disculpas, el Rector siguió con sus amigos y yo con el mío. Al poco rato ya estábamos enfrascados en una amena conversación cuando oímos escandalosas aclamaciones, gran salva de aplausos y comentarios de admiración a grandes voces. El el chofer de la Universidad acababa de entregarle de un hermoso estuche de guitarra al Rector. Éste en medio del clamoreo general, aplausos y silbatinas de aprobación, abrió el estuche y sacó una hermosa guitarra FALCÓN de concierto. ¡Qué bello instrumento!. Los ojos de Carlitos brillaban al contemplar la joya. Yo quedé mudo de asombro, mucho más cuando escuché decir al Rector.
— ¡Esta es la joya más hermosa que tengo en la vida y acabo de comprarla en Lima. Me ha costado dieciocho mil soles, pero bien merece el precio. Es una magnífica guitarra de la que nunca me desharé. Solamente la quebraría en mil pedazos si encontrará que alguien la tocara mejor que yo. Pero eso es imposible. Así que para inaugurarla, voy a interpretarles un valse que está de moda en todo el Perú. ¡Víbora!.

Las aclamaciones y vivas no se hicieron esperar y al instante hizo la introducción pertinente del vals anunciado y con mucho aliño y acierto se echó a cantar y, mientras lo hacía, yo quedé amoscado por su soberbia y falta de humildad.

Cuando hubo terminado y los aplausos no se acallaban, me acerqué a su mesa y le dije:
— Dijo usted, señor Rector, que nadie toca mejor que usted?
— Dije –me rectificó- que yo haría añicos esta guitarra si encontrara a otro que tocara mejor que yo”.
— Entonces, ¿Puede prestármela un momento?.
— ¡¿Toca usted, caballerito?!
— No, pero…!Carlos! –llamé a mi amigo que no quiso acercarse en un primer momento porque no le había pedido anuencia para hacer lo que tenía que hacer, pero cuando vio la guitarra en mis manos, se acercó, tomó una silla, la cogió, la templó brevemente y ante la admiración extraordinaria ejecutó “Los sitios de Zaragoza” poniendo al descubierto toda la gama de su arte maravilloso e inconmensurable, especialmente cuando simula el redoble de tambores y la marcha militar de inigualable contornos épicos. Cuando terminó, eran unánimes las aclamaciones en pie de los circunstantes de ésa y las otras mesas. Me entregó la guitarra que a mi vez se la devolví al Rector y tras una venia respetuosa, nos retiramos. Estábamos por sentarnos cuando escuchamos un estrépito impresionante y al dar vuelta, vimos estupefactos que el Rector sostenía en sus manos sólo el mástil de la bella guitarra y el resto, convertido en astillas, pendía de las cuerdas. La había hecho trizas en la columna de la sala sin que nadie hiciera nada por detenerlo.
— ¡Gracias, maestro!. ¡Acaba de darme una hermosa lección de humildad!. ¡¡¡Usted sí es un guitarrista!!!- le dijo a Carlitos estrechándolo en un abrazo largo y emocionado. Yo sentí en el alma el triste final de la guitarra. Más edificante hubiera sido que se la regalara. Habría sido un premio excepcional.

Por lo demás, nuestra amistad con Carlos fue creciendo intensamente. La noche que estrené LA DAMA DEL ALBA de Alejandro Casona en el teatrín “Leonardo Arrieta” del INEI, lo vi en primera fila al lado de muchos fraternales amigos que siempre me han respaldado, especialmente los asistentes a la “Esquina del Morocho”. Su presencia me daba una fuerza notable porque yo sabía que me estaba apoyando en esa cruzada que hace tiempo realizamos en nuestra tierra. Al final del cuarto acto, cuando los aplausos generosos coronaban nuestro esfuerzo, lo vi de pie, con una fogosidad extraordinaria en los aplausos y las aclamaciones y, no lo olvidaré, dos enormes lagrimones rodaron por sus mejillas morenas y buenas. Mismo sollozo que compartimos la noche en que el Cerro de Pasco se clasificaba para representar al centro del Perú en el campeonato Nacional de Básketbol. Aquella noche, en medio de una lluvia imparable, se culminaba con una gran campaña. Don Lucho Llanos, Enrique Suárez, y Carlitos Reyes, eran los directivos de aquella empresa. Realizadores de un sueño maravilloso. No dejaban de llorar abrazados como hermanos en tanto el público empapado pero emocionado los aplaudía generosamente.

Un día que había llegado a entregar las obras, se sintió muy mal. Con el apremio que el caso requería lo trasladamos a Huariaca, un lugar bajo, respecto del Cerro de Pasco. Allí el médico nos hizo saber que, gracias al oportuno auxilio, había salvado la vida. Él no debía subir al Cerro de Pasco, su corazón estaba muy enfermo. En la tarde, cuando lo embarcamos en la Agencia Arellano nos estrechamos en un abrazo extenso e interminable que nunca olvidaré. Teníamos los ojos nublados. Fue la última vez que nos vimos. Al poco tiempo me enteré de su muerte. Me sentí tan triste y no puedo olvidar sus muestras de afecto sincero y desinteresado. Es decir nos regaló con su presencia en momentos que más lo necesitábamos. Adios amigo entrañable.

EL INOLVIDABLE KIOSKO ESCARDÓ

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Esta obra llegó a constituirse en símbolo del Cerro de Pasco al igual que la Torre del Hospital Carrión o el Castillo de Lourdes. La hermosa glorieta que por más de cuatro décadas constituyó un motivo de orgullo para los cerreños, por un acto de miopía política y estupidez urbanística y estética, fue reemplazada por una fuente de bronce que donara la compañía minera Atacocha. El «Kiosko» fue llevado al distrito cercano de Huayllay donde todavía está en pie.
Construida sobre un entarimado octogonal de piedra y granito de un metro de altura, estaba circundada por una balaustrada por cuatro costados y cuatro graderías trabajadas en piedra por los otros cuatro lados con sus pasamanos correspondientes. Sobre los ocho ángulos de la superficie se habían erigido sendas columnas de pino blanco de cinco metros de altura sobre las que se asentaba el techado de zinc con festones decorativos tallados en madera y rematando el vértice concéntrico, un tragaluz artístico con su correspondiente cobertura de vidrio; en la parte baja, completando la belleza del monumento, cuatro bancas de hierro con crucetas de madera.

El “Kiosko”, era el escenario para las magníficas retretas de fin de semana ofrecidas por las bandas de música del lugar; para las serenatas de año nuevo a cargo de las instituciones carnavalescas; para ubicar el altar en las grandes misas de campaña; tribuna visible y espectacular para las jomadas de lucha obrera y política; techo público y favorable para guarecerse durante las sonoras granizadas, calladas nevadas y lluvias abundosas; lugar, en fin, en el que los venidos de fuera, podían guarecerse pasando gratos momentos. Donado por el Alcalde, el ingeniero Héctor Escardó, fue inaugurado a las tres de la tarde del domingo 18 de enero de 1914 y apadrinada por su Excelencia el Presidente de la República, Guillermo Billinghurst, representado por el Prefecto accidental Domingo Arenas y bendecido por el Vicario Dr. Carlos Lino Pérez. Aquel día el pueblo vibró jubiloso y la clase obrera aplaudió el gesto del Alcalde dando vivas de adhesión al gobierno que por fin se había acordado de los obreros. El Concejo Provincial por unanimidad en la sesión el día anterior, había decidido cambiar el nombre de nuestra Plaza Chaupimarca por el de Plaza Daniel A. Camón en homenaje a nuestro mártir. Aquel día, muchos fueron los oradores que magnificaron el significado de la obra y aplaudieron al señor Escardó que no era la primera vez que donaba algo a la tierra que lo había cobijado.

Esta fue una obra que, pasado el tiempo, se recuerda con especial cariño y, salvando la lejanía temporal, se le recuerda con verdadera gratitud y cariño.

Luis Fabio Xammar Jurado.

LUIS FABIO XAMMAR JURADO
Este distinguido maestro, crítico y poeta yanahuanquino, truncado trágicamente a la edad de treinta y cinco años, cuando empezaba a florecer pletórico y triunfal en el ejercicio de la docencia y el quehacer literario, honra, con sus creaciones cargadas de singular calidad, a las letras de nuestra patria.

Cuando comenzaba a ejercer una docencia universitaria ejemplar y provechosa en la vieja casona de San Marcos y yendo en representación de nuestra patria a un Congreso Internacional en la ciudad de Colombia, falleció trágicamente en un accidente de aviación en Medellín el 18 de marzo de 1947. Por esos días, escribía estos premonitorios versos.

EN LA CRUZ DEL CAMINO

En la cruz del camino Frente a mis tres caminos
ha expirado una senda palpitantes de tierra,
ha nacido una duda me han brindado sus voces,
y ha brillado una pena. como mudas, sinceras.

El ayer arrimado En la cruz del camino,
a su cruz de madera ha expirado una senda,
se ha quedado temblando y el ayer era un perro
como música vieja. custodiando a la muerte.

Luis Fabio Xammar Jurado, nació en el fundo CHACAPAMPA, heredad de su señora madre, unos kilómetros más abajo de Yanahuanca en el año de 1911. Su padre de origen catalán, tenía una tienda de comercio en la Plaza Chaupimarca junto a la histórica iglesia cerreña donde habían nacido sus dos hijos mayores, hermanos de Luis Fabio. Antonio, el mayor, notable periodista que en calidad de Director el periódico Universal, había viajado a Francia, Italia, Alemania y, Carmen, la segunda, una poeta notable.

Su madre, la señora Clotilde Jurado, natural de Yanahuanca, había abandonado el arte de la pintura en el que había obtenido plausibles creaciones, en aras del matrimonio y de sus hijos.

EL SURCO ÁVIDO.

Amo la honda llaga que en la tierra,
el árbol ha dejado al caer,
como muda protesta dolorosa
de un pasado que fue.

Hay oculto deseo en esa herida,
siempre nueva en su fe,
y es que entre sus bordes se desliza,
la semilla que alienta un nuevo ser.

Es un eterno poeta el surco ávido
siempre y nunca saciado en su sed.

Luis Fabio Xammar se aleja de la heredad paterna a muy tierna edad para realizar sus estudios primarios y secundarios en el Colegio de Jesuitas, LA INMACULADA de la ciudad de Lima. Su paso por estas aulas, le deparan nueve premios de excelencia en diez años. Su profunda inclinación religiosa y su apego a los estudios sufre un significativo vuelco en el último año de su permanencia en el plantel; sin embargo, por sus cualidades especiales, se le concede el honor de decir el discurso de despedida a nombre de la promoción. Este fue un discurso de tinte revolucionario -rememora su entrañable amigo de infancia y compañero de estudios, José Alfredo Hernández- que descubre su alma rebelde e insatisfecha por los destinos del Perú. ¿Fue influenciado por su padre?. No lo sabemos. Pero es necesario mencionar que su padre, don Antonio Xammar llegó a ser un activo dirigente comunista en la década de los treintas por lo que fue muchas veces detenido y enviado a prisión a la ciudad de Lima.

Terminada su secundaria, ingresa en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos en donde, a poco de su incorporación, interviene activamente en varios grupos y cenáculos literarios. En el grupo ACCION SOCIAL DE LA JUNTA, por ejemplo, muestra sus dotes de enjundioso y notable orador, polemista agresivo y periodista revolucionario. Es en el transcurso de estos mismos años cuando reúne a un inquieto grupo de jóvenes y funda con ellos la revista SURSUM donde inicia sus escarceos de poeta.

LAGUNA VISION DEL CIELO

Laguna, visión del cielo Doncella pura asediada
aprisionada aquí abajo por el sol enamorado,
frágil cinturón de juncos amoroso espejo mudo
y vestida toda en pájaros. del aire, la luz y el canto.

Paréntesis en la tierra, Confidente de la nieve
formada un día de llanto más blanca de los más alto,
silenciosa, que va en brazos que para llorar contigo
de un río rodando llanos. bajó hecha de luz y ocasos.

Laguna, compendio inmóvil
del sol, del cielo y del llanto:
mudo espejo en soledades
claro bullicio de pájaros.

El año de 1930, con diecinueve años de edad, se inicia como notable versificador con el volumen PENSATIVAMENTE. Su ávida necesidad de expresarse lo incita a publicar inmediatamente LAS VOCES ARMONIOSAS (1932) revelando su acuciosa inquietud estética. De 1930 a 1932, con un grupo de inquietos sanmarquinos de su promoción, publica también la revista PALABRA, en la que muestra una gran curiosidad por las novedades estéticas de moda como todos los sucesos de ámbito cultural, especialmente los relacionados con las tradiciones populares de nuestra patria.

Al recesarse la Universidad de San Marcos en el año de 1932, va a retornar a su tierra natal encontrando en ella su profunda vena telúrica de clara inspiración folklórica que a manera de Vallejo y Valdelomar, pero con una muestra muy personal de su “cholismo” auténtico, nos regala con una serie de creaciones poéticas que va a compilar en WAYNO, la más lograda de sus concepciones artísticas en la que se refleja su profundo y notable personalidad lírica. En esta época, sus obras son publicadas con notables y favorables comentarios en los diarios LA PRENSA y LA NACION de Buenos Aires. Por ejemplo, el crítico literario de EL COMERCIO, Aurelio Miró Quesada Sosa, refiriéndose al mencionado poemario, dice: “En una fina y elegante edición, que revela una vez más el sentido artístico y el vigilante cuidado de la forma que tanto distinguen a su autor, acaba de publicar Luis Fabio Xammar una nueva versión de WAYNO el bello libro de poemas que había alcanzado muy justificado éxito cuando hizo su primera aparición ante el público”.

En WAYNO se reúnen, con sereno equilibrio, los poemas de tono subjetivo con las escenas coloristas de la vida en el Ande. El autor mismo ha cuidado de distribuir ambas maeras en una especie de ritmo alternado, que se manifiesta, desde el punto de vista de la forma, en la inclinación por el endecasílabo de la primera y tercera parte de su obra, y el égil; cultivo del romance en la parte central. Pero esta separación externa no perturba la unidad esencial de los poemas, hermanados por una gracia lírica, una suave ternura y una agradable lozanía que es don común de todos.

Para alcanzar estas virtudes, Xammar ofrece en WAYNO una visión alegre y optimista de la sierra peruana. Lejos de las preocupaciones de caracter social, sin el rebuscamiento y las exageraciones torturadas de muchos poemas andinistas Xammar llega a los temas y paisajes del Ande con limpia emoción y sin prejuicios. Por eso ha conseguido tales escenas líricas, hechas con aire matial y suave sentido campesino, que nos presentan no una sierra éspera, sino una sierra amable, con valles y trigales, rumor de agua y fulgores de estrellas.

Sus personajes son los adecuados para unos paisajes tan galanos. Con sus manteletas de colores y sus husos ligeros, pasan cholitas suaves con sonrisas de fruta, cuerpos de “pan moreno” y “mejillas de ají”. Camino al puquial, o entre las pircas, van desfilando esas flores de arcilla que andan y anan en silencio, mientras el sol encendido “las aguaita y el río se precipita”. A veces hay una nota de ironía, como en los romances “Andando la chola linda”, “La chola a bañarse al río”, o el intencionado:”Te seguiré hasta el puquial, cholita, aunque no lo quieras”. Otras veces es sólo un elogio tierno y fino, con cierto dejo de melancolía, como en el poema “Eres serrana y rubia como el trigo en agosto”, o el bello romance que comienza:

Murió la cholita ufana
una mañana de abril.
Murió porque Dios le dijo
que tenía que morir.

Si los primeros poemas de WAYNO tienen una inclinación más musical, en los romances hay un alegre despliegue colorista, de tonos vivos como en tela de poncho. Podrían citarse algunos ejemplos :”Laguna visión del cielo, frágil cinturón de juncos”, “tu cuerpo fértil de greda, fresco tinajón de arcilla”, “la luna taza de nieve blanca de la vaca pinta”. Pero son sólo matices que no deslumbran, sino que se suceden en el fresco y lozano fluir de los poemas, que hacen de WAYNO por la intención y por la forma, una de las colecciones líricas más finas de nuestra poesía de estos años.

Para completar el agrado, el libro (que tiene una portada de Camilo Blas) lleva como ilustraciones musicales dos bellos “lieder” de Carlos Sánchez Málaga. (EL COMERCIO, 12 de julio de 1942).

ROMANCE DEL DIOS CHOLO.

Entre tempestades altas, Abajo, la chola tiene
en potro de luna overa, su corazón de cereza,
viejo el dios cholo desciende como una planta medrosa
emponchado por estrellas. creciendo entre la tormenta.

De tanto agitar los ángeles Hasta la nieve subió
sus alas sobre la tierra por huira-huira azucena
un cortinaje de nubes y vinieron las vicuñas
bajando relampaguea calladitas, a lamerla.

En los espejos de hielo Frutos de alegría caen
se retrata la primera de entre sus manos repletas,
-chola que no sólo es chola- En la frente de la Guagua
sino también es gacela brillan dos estrellas nuevas.

Y esa mañana se vio Con una sonrisa dulce
-adornao con sus trenzas- como una naranja, sueña
bajar, muy linda, sonrisas la chola con sus sembríos
en manojitos de hierbas. florecidos de borregas.

Lleva toda la mañana, Y el huallqui todo repleto
una larga tarde lleva, de dulce coca morena;
llega la noche y la guagua muy maduros los duraznos
la muerte ya se la lleva. muy lejanas las tristezas.

Con una ovación de truenos Mientras por los cielos altos
llega el dios cholo a su puerta galopando en nube almendra,
-“mamacha” del cielo vengo”- -arriba, arriba, el dios cholo-
a ver la gugüita enferma. vuelve a la cordillera.

Levantado el receso universitario en el año de 1935, deja su tierra y retorna a Lima inscribiéndose en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica para seguir sus estudios de leyes. Simultáneamente sigue asistiendo a la Facultad de Letras de San Marcos en donde obtiene el grado de Bachiller en el año de 1937 y el de Doctor en Letras en el año de 1938. Ese mismo año, en mérito a sus cualidades intelectuales y humanas es incorporado a la docencia superior, siendo entonces el catedrático más joven de la Universidad. En San Marcos profesa la cátedra de Literatura Antigua (1938) en reemplazo del patriarcal maestro y poeta tarmeño don José Gálvez Barrenechea y, de 1939 a 1947 “Autores Selectos de la Literatura Universal”.

Invitado por prestigiosas universidades de países hermanos viaja por Chile, Brasil, Argentina, Uruguay y Bolivia y, dolido por la ignorancia en que se tenía al Perú, funda la revista TRES en compañía de sus más grandes amigos: Arturo Jiménez Borja y José Alfredo Hernández. Esta revista cumple con orden y acierto la difusión de los valores ecuménicos de la Lieteratura del Perú.

C H O L A L I N D A.

Andando la chola linda Tierra que pisó su planta
con una flor en la mano es tierra de maravilla:
con una flor en el pelo de cada huella una flor
andando por la campiña. esparce su lumbre fina.

Su risa en el agua nueva. Flores de sus ojos. Casi
Ella camina, camina, flores de amor primitivo
y la flor de su corpiño las que caen de sus brazos
!Qué nieve color de arcilla!. y mueren en su alegría.

Junto a la oreja, una flor, Mucho la quieren los cholos:
sólo otra flor se abriría: mucho, en esta serranía.
y sobre ella cien miradas Más flor que la flor de coca
como flores de codicia. y que la papa amarilla.

Camino al puquial, los cholos Y sin voltear la cabeza
parados tras de las pircas. ella camina muy digna:
ella camina, camina bajo el arco de sus cejas
y camina calladita. hay dos flores amatistas.

Y la chola linda va !Y toda la chola linda
a la chacra de la orilla, es una flor cabritilla,
por sembrados que se queman nacida en noche de cashua
de esperanzas y delicias. y entre porongos de chicha!.

Simultáneamente con el ejercicio de la docencia, publica sus obras en prosa con los siguientes títulos: VALORES HUMANOS EN LA OBRA DE LEONIDAS YEROVI (1938), VALDELOMAR, SIGNO (1940), DON RICARDO PALMA (1941); JUAN DE ARONA (1943); MANUEL ATANASIO FUENTES (1945); ENRIQUE BUSTAMANTE Y BALLIVIAN (1945) y JUAN DEL VALLE CABIEDES (1946).Finalmente el año de 1947, poco antes de partir al viaje sin retorno, escribe su libro LA ALTA NIEBLA que lo presenta en Colombia.

EL BAÑO DE LA CHOLA.

La chola a bañarse al río En la espalda quipichado
apuradita camina su atado de ropa limpia
el sol goloso la aguaita y de la boca a los ojos
y el río se precipita. bailándole la sonrisa.

Ardiendo ! qué coloradas !Qué no diera por mirarla
qué redondas sus mejillas; que no diera por seguirla.
cómo se adivina alegre, Como tuna de huayunca
linda, cómo se adivina! es sabrosa y con espinas.

Como vizcacha se esconde, Tu cuerpo fértil de greda,
es desconfiada y no mira fresco tinajón de arcilla
-amoroso cazador- cocido al calor del sol
quisiera cazarte viva. para chamicar la chicha.

Cómo se ensombrece el río ¿Cuándo te tendré en mis brazos
-río abajo, río arriba- cuándo beberé de tu vida?.
al abrazarte desnuda, -borracho por nuestras penas
quisiera arrastrarte viva. y borracho de alegría.

Su tremenda capacidad de trabajo y su notable inteligencia determinan que don Manuel Beltroy lo nombre Jefe de la Sección Bibliotecas en la Dirección Artística y Extensión Cultural del Ministerio de Educación Pública (1941-1943). De 1943 a 1946, el maestro peruano don Jorge Basadre, Jefe de la Biblioteca Nacional, lo nombra en el cargo de Secretario General de la misma, cargo que ejerce hasta 1946, año en que recibe el nombramiento de Director de Educación Artística y Extensión Cultural.

En marzo de 1947, por expresa disposición del Rector de San Marcos, doctor Luis Alberto Sánchez, viaja a Colombia en representación de la Universidad con tan trágica suerte que, a 25 kilómetros de Medellín, en un cerro escarpado e inaccesible, se estrella el avión en que viajaba falleciendo trágicamente. Los restos del avión carbonizados y esparcidos por los vientos de la altura, impidieron la repatriación de sus restos mortales para sepultarlos en su tierra amada.

LA MUERTE DE LA CHOLITA.

Murió la cholita ufana Toda la noche bailaron
una mañana de abril, la cashua del perejil,
murió porque Dios lo dijo con la coca entre los dientes
que tenía que morir. para olvidar y dormir.

Al morir volvióse toda La enterraron fresquecita
carne de bronce y marfil. como una flor capulí,
La envolvieron en su pullo guardada en cajón de palo
de bayeta carmesí. sin cepillar ni pulir.

Cómo lloraron los cholos Una mañana de jebe
abrazándose entre sí; prolongándose hasta el fin,
Ya se murió la cholita vio cómo subió la chola
sin venirse a despedir. por un cielo verde gris.

Cómo llegaba a la gloria, Su corazón chiquitito
cómo ingreso sin pedir. era un corazón de anís,
Cómo sonaban las llaves que subía con las notas
de San Pedro en el mandil. que bajaban del violín.

El día en que la cholita Nunca te vieron cholita
llegó al cielo a sonreir, los cholos de este país,
todo el cielo era naranjas como esa noche en el cielo
de un confín a otro confín. con las mejillas de ají.

Los ángeles con guitarras Y todavía te espera
entonaban huaynos, y más de un cholo por aquí;
ella bailaba y bailaba -Cuándo vendrá la cholita
con un cholo serafín. que se fue sin despedir.

Mientras tú sobre las nubes
pareces ir a morir,
bailando y bailando ufana
con el cholo serafín.

Casa grande de la hacienda Chacapampa, propiedad de la señora Clotilde Jurado donde naciera el insigne hombre de letras, Luis Fabio Xammar Jurado, el más grande escritor y maestro que Pasco le dio al Perú.
Casa grande de la hacienda Chacapampa, propiedad de la señora Clotilde Jurado donde naciera el insigne hombre de letras, Luis Fabio Xammar Jurado, el más grande escritor y maestro que Pasco le dio al Perú.

Los juegos infantiles

trompos
Los juegos infantiles en mi tiempo estaban claramente determinados por el clima reinante en el Cerro de Pasco: invierno y verano. Bueno de alguna manera hay que llamarlas porque la única estación señalada y continua era el invierno. No les faltaba razón a los que proclamaban que las dos únicas estaciones que se conocían, eran el invierno y la estación del ferrocarril. El invierno comenzaba a mediados de octubre con tímidas lloviznas; época para el uso de pequeños zancos que confeccionábamos con latas de leche vacías a las que les colocábamos las manijas de alambre que se fijaban en cada lata que quedaba como un estribo y al extremo opuesto, a manera de una manija para guiar con las manos y mantenerlo adherido a los pies.

LAS COMETASA medida que transcurrían los días, el invierno se manifestaba abiertamente con sonoras granizadas, imparables celliscas, trombas incontenibles, hasta las silenciosas nevadas que, cayendo día y noche, blanqueaban a nuestro pueblo con su albo manto de incomparable belleza. Era tanto el peso de la nieve que traía por los suelos postes y alambres de luz, teléfono y telégrafo. Esta era la época de los juegos de salón: del bolero, del sirriachi, tres en raya, damas y todo aquello que nada tuviera que ver con el tiempo. Luego, desde los primeros días de mayo hasta mediados de octubre, la timidez del sol determinaba el tiempo de la “shulula”, el trompo, las bolas, el palitroque, el salto cabrito… El remiso verano recién se acentuaba a plenitud en junio para ir decayendo con los días. Cuando el piso estaba seco, nos desplazábamos de un sitio a otro por las calles utilizando una rueda que conducíamos mediante un manejador de alambre grueso; las mejores y más aceptables eran aquellas hechas con los extremos de los cilindros metálicos, pulidas adecuadamente; claro, podían tener diferentes tamaños. Esta era la época en que también en el barrio jugábamos béisbol. No olvidar que los norteamericanos jugaban en el Cerro de Pasco, Smelter y la Oroya compitiendo con novenas de connacionales o japoneses y peruanos. Nosotros lo asimilamos como “Maninbola” con todo el reglamento que vigía para el deporte. En agosto hacían su aparición los vientos que retozaban a sus anchas por las punas. En el cielo azul de aquellos días se podían ver hermosas cometas de colores, formas y tamaños diversos. Una parvada de niños bullangueros y corretones iban de aquí a allá, tratando de ganar altura y distancia para sus cometas en competencia con sus amigos. Aquí también estaban los que trataban de destrozar al contrincante. Para ello colocaban filosas navajas de afeitar a las colas de sus cometas, las que en su balanceo pendular en el aire, cortaban los hilos de la cometa del contrario después que se habían acercado lo suficiente para conseguirlo. Todos los niños, ilusionados enviábamos mensajes escritos con papeles agujerados por el centro a fin de que colocados en el hilo, fueran a llegar hasta la cometa; estos mensajes cariñosos alentaban a que se elevasen más y más: eran los famosos “cachapuris”. Si en esta época la bendición del sol calentaba generalmente en el día, era durante la noche cuando la implacable helada que con sus hirientes esquirlas escarchaba puquiales y acequias, cebándose en el rostro de los lugareños, atezándolos. Primavera y otoño pasaban inadvertidos.

LA SHULULA.- Era en los meses de sol, libre ya de lluvias, nevadas y truenos –la tierra acariciada por el sol- cuando recurríamos a un juego muy nuestro, muy cerreño; la shulula. Era el juego que servía para demostrar la audacia y la agilidad de los muchachos. Un peligroso resbaladero tobogán del que más de uno salía averiado y embarrado porque era un tobogán natural en el gredoso barro cerreño.

Frente a nuestra escuela había una falda de pronunciado declive conformando una pendiente peligrosa, muy brava, de 45 a 50 metros que iba a morir a las orillas de la laguna de lavar de Patarcocha; laguna ésta muy querida que, a instancias de los “dueños” de la ciudad, se desecó. Sobre ella, es decir sobre el relave que ocupa el lugar de las aguas, se levanta parte de la ciudad. Aquí estaba ubicado el resbaladero: un reto a nuestra agilidad y audacia temerarias.

Mientras escuchábamos las clases, de ocho a diez de la mañana, nadie se acercaba al baño; todos aguantábamos heroicamente, a como diera lugar, la urgencia de orinar y cuando la sonora campana resonaba en nuestro patio anunciándonos el único recreo de la mañana, rápidamente tapábamos nuestros tinteros, limpiábamos nuestras plumas y libros y cuadernos y reglas y lapiceros guardándolos en nuestra bolsa hecha de talegas viejas de harina. No se esperaba ni un minuto. En medio de una bulla ensordecedora, en loca carrera íbamos a ubicarnos al filo de la pendiente y, todos a una, soltábamos nuestra continencia orinando sobre el marcado surco de nuestra shulula, afinando el camino por donde discurría la micción lubricando el trayecto. Expedito el resbaladero- no era cosa de esperar- el más audaz de los muchachos, encajaba un pie sobre el carril, se ponía en cuclillas y al levantar el otro pie, se convertía en una bala humana que se deslizaba raudo desde la cima hasta la orilla de la laguna donde muchas veces se “costaleaba” aparatosamente. Pocos eran los que poseían la maestría de llegar invictos. El clamoreo general era enorme; aplausos, vivas, silbidos y mofas para los que llegaban a destino. No eran pocos los que rodaban espectacularmente por no haberse podido mantener con un pie en alto mientras se deslizaba. Una vez abajo, se levantaba el héroe, se sacudía los pantalones embarrados y volvía a ejercer su turno de velocidad y vértigo.

Muchas veces –perdónenme la digresión- mientras nosotros estábamos en clase dentro de las aulas, el “Matón” Marcial Riofano, un cholazo enorme, sargento licenciado del Ejército que fungía de disciplinario del plantel, con el único objetivo de hacernos daño, clavaba sibilinamente unos huesos en el trayecto de la “shulula” de tal suerte que, el que inauguraba, al tropezar con estos obstáculos, volaba por los aires, a veces hasta perder el conocimiento; pero ese traspiés delataba claramente en dónde se encontraban los huesos que el matón había enterrado. Los retirábamos prestos e inmediatamente continuábamos con la hermosa tarea de “shulular”.

Cuando la campana volvía a convocarnos, cansados pero felices, llegábamos a filas con los zapatos cubiertos de barro, en un tris de abrirse como rosas y las ropas hecho una miseria, especialmente los pantalones, todos almidonados de greda que, más tarde, secados ya por el calor del cuerpo, semejaban una armaduras de pobres caballeros de la aventura. ¡Y claro que eran armaduras!, porque cuando los viejos nos azotaban por tamaña aberración, los rebencazos que nos prodigaban no los sentíamos.

EL TROMPO.- Era un bonito juguete de madera con una púa de acero en una punta y suave cabezal en la parte superior opuesta. Estaba hecho de una madera dura y resistente como ishpingo, moena, tornillo, naranjo y, en algunos casos de noble caoba; ágil y leve como una avecilla. Torneado en forma de pera llevaba decorativas estrías laterales y, en algunos casos, decorados con llamativos colores y diseños concéntricos que, al bailar ofrecían un solo y hermoso color. Estos eran los más bellos y espectaculares, pero muy raros.

Los más ligeros y elegantes eran los torneados en caoba –ya lo dijimos -, pero con la púa en forma de corazón que, colocada con precisión, hacían bailar al trompo como clavado en el suelo en un alarde de equilibrio y precisión geométricos y, como si fuera poco, levantado a la mano, casi no tenía peso; por eso decíamos que era “pajita”. En su frenético girar emitía un zumbido agudo pero sutil que hacía exclamar a los muchachos: ¡ Está “ringiando”!..

Era un deleite verlo bailar y silbar, pero allí concluía su encanto, porque para las competencias, no servía de mucho. Era otra cosa. Para los torneos estaban los trompos más robustos y con púa larga hecha de clavos de acero pulido. Estos trompos bailaban trazando una elipse muy precisa y servía para jugar a las “sacachapas” y “sacamedio’, “mandacuco” y la infame “cocina”.

Había trompos matreros con púas gigantescas y tan mal colocadas que bailaban dando saltos, brincando de una lado a otro; eran los infames “berreteros” que por sus saltos imprecisos también eran llamados “zangaracheros”. Estos eran los trompos asesinos que en manos de los sicarios, abrían el corazón de los otros trompos al primer intento.

Sin embargo, seamos justos, a parte de este destripador juego de la “cocina” y el “mandacuco” – en el que se iban pegando golpes al otro trompo mientras bailaba- los “barreteros” eran excelentes para jugar “sacachapas”y “sacamedio” (medio real) ya que su acerada prominencia metálica se prestaba para ello. A cada “wipia”, es decir, a cada lance, con una habilidad de maestro, se dirigía el trompo bailando sobre la chapa o la moneda y ésta aparecía fuera del círculo en el que estaba encerrado. El “chipche” (prenda) que era expulsado, pertenecía al jugador que lo sacaba.

En mi promoción hubo excelentes maestros del trompo. Se les conocía porque, a la altura de la segunda falange de la mano derecha, lucían una sangrante abertura originada por el áspero roce de la “huaraca”, es decir, el cordel con el que se hacía bailar el trompo. A ese extremo llegaba el fanatismo por este juego. Bueno, es que la recompensa de las ganancias bien lo merecían. Todo dependía de los trompos. Había algunos que caían rendidos después de haber durado hasta seis “wipias”.

EL PALITROQUE.- En el palitroque se ponía en juego la habilidad, rapidez y buena vista de dos contendientes. Para practicarlo, se utilizaban dos palos generalmente cortados de un mango de escoba. El más largo, de unos cincuenta centímetros más o menos, servía para arrojar lo más lejos posible al pequeño, generalmente de unos 15 centímetros. Previamente, a éste se le había colocado sobre una piedra pequeña, a la altura de la mitad, para que la parte inferior se posara sobre el suelo y la otra quedara en el aire a manera de una palanca. Al recibir el golpe del palo grande, el pequeño saltaba unos centímetros del suelo, lo que aprovechaba el jugador para darle un segundo golpe y arrojarlo unos diez o quince metros. Entretanto el contendiente esperaba que el palo pequeño fuera arrojado para intentar atraparlo en el aire. Si lo conseguía, reemplazaba al jugador de turno para tirar el palo; caso contrario, de donde cayera lo enviaba al cajón que no era sino un cuadro pequeño señalado en el suelo de más o menos diez centímetros de lado. La distancia en la que cayera era medida por los largos del palo grande cuyo valor era de diez puntos cada largo. Fijados los topes, cada jugador utilizaba su turno y a cada centenar se cambiaba la manera de tirar: rapiña, libre, doble rapiña etc.

El Sirriachi.- Este era un juguete peligroso, muy peligroso. Su nombre no era sino la prostitución del diminutivo sierra; es decir un hipocorístico regional (que expresaba que era una sierrita). Estaba constituido por una finísima lámina circular hecha de tapa de gaseosa, aplanada, atravesada de parte a parte por un cordel a través de dos agujeros. Atadas las puntas del cordel y la lámina del centro, envolviendo y luego estirando simultáneamente, una y otra vez, se conseguía que ésta girara misma sierra circular. La lámina aplanada al máximo por haber sido colocada sobre la riel al paso del ferrocarril adquiría un filo tremendo que circulando con un zumbido muy peculiar podía cortar ciertos objetos. Muchos “chuches” –los malos- cortaban con él las ropas y bolsones escolares de sus compañeros.

Sol o luna.- Era en las noches, aquellas en las que se podía distinguir con una asombrosa claridad toda la orfebrería de estrellas que resplandecían en aquel cielo azul, intensamente azul de nuestra tierra; cuando en la explanada del barrio nos reuníamos los niños del Misti. Cogidos de las manos, mirando hacia arriba, con una candidez conmovedora cantábamos en coro:
Mama luna, dame medio,
Para comprarme un caramelo.

Pasada la primera euforia producida por la contemplación de la astral maravilla, nos poníamos de acuerdo para jugar: SOL O LUNA. El juego consistía en que, en secreto, los dos muchachos más grandes del grupo, se nombren de sol o luna (esto sin que el resto lo supiera), y cogiéndose de las manos formaban un túnel por donde debíamos pasar el resto de los muchachos que, agrupados en una fila indestructible, pasábamos raudos –imitando a un ferrocarril con sus coches- por el túnel y el último de la fila trataba de ser cogido por los mayores. Si lo conseguían, le preguntaban: ¿Sol o luna?. De acuerdo a la respuesta se colocaban detrás de uno u otro, según correspondiera. Formados ya los dos grupos, procedíamos a pelear el “Nudo de Guerra” para lo cual se trazaba una línea divisoria, pasada la cual por cualquiera de los equipos, determinaba al ganador. Esto, claro está, después de un fogoso tira y afloje espectacular. El caso es que nos divertíamos de lo lindo hombre y mujeres.

El Mercader.- Otro juego nocturno que recuerdo con enorme cariño es el que denominábamos EL MERCADER. Comenzaba nombrando al comprador y al vendedor de una determinada especie a negociarse, generalmente fruta o herramientas. El vendedor le ponía nombre a cada uno de los productos sin que el comprador pudiera escucharlo. Hecho esto, el vendedor aglutinaba su mercadería y comenzaba el juego.

El comprador llegaba a la puerta del vendedor y se suscitaba el siguiente diálogo:
— El ángel viene con una bola de oro.
— ¿Qué desea…?
— Una fruta…
— ¿Qué fruta..?
El comprador decía el nombre y de haber en existencia se lo llevaba, caso contrario fingía irse para volver con otra fórmula.
— El diablo viene con setenta mil cachos…
— Y…¿Qué quiere?.
— Un fruta…
— ¿Qué fruta…?.
De la misma forma que la anterior se seguía jugando hasta que todo estuviera vendido. Luego se cambiaba de comprador y vendedor.

El Mundo o la Colonia.- Cualquiera de estos nombres podía asignársela a este juego que se practicaba en los meses secos, es decir en los que no había lluvia ni nieve. Servía para poner en juego la habilidad y resistencia de dos contendientes; quien mayor habilidad tuviera en cerrar cajones en disputa y resistía incólume el juego: ganaba.

Para ello, utilizando un resistente clavo grueso se trazaba sobre el piso un figura de un avión de dos alas, una iglesia con muchos cajones o un edificio de muchos compartimentos. Cada uno de los compartimentos se señalaban con sus números correspondientes que indicaban el valor de cada cajón. Se comenzaba arrojando la teja –cada uno de los contendientes debía preparar una a fin de que no saltara en el momento de caer sobre el cajón- . Se iniciaba en el primer cajón del que se debía llevar la teja con un solo pie hasta el siguiente cajón teniendo cuidado de no pisar en ningún momento las líneas demarcadas. Esto debía hacerse a saltos en el trazado sosteniéndose solamente con un pie. Así sucesivamente debía arrastrar la teja ganando los varios cajones, pasando cada vez los compartimentos anteriores hasta llegar al último. Cada vez que uno terminaba la vuelta, estaba autorizado a cerrar un cajón que el contendiente no podía pisar.

El otro sistema correspondía a echar la teja y luego ir saltando de cajón en cajón, cerrando uno en cada vuelta pero alternadamente a fin de que el contrario pudiera tener acceso al juego brincando alternadamente sobre los cajones que les correspondía mas no en el del contrario.

El salto cabrito.- En Argentina, a este juego lo llaman “Lingo”, lo hemos leído en Billiken. Para su práctica se necesitaba agilidad y resistencia y consistía en efectuar saltos apoyados sobre el rival.

Se comenzaba rifando el turno para “chantarse”, es decir, para ponerse de cabrito sobre el que debía de saltar el resto. El perdedor se ponía con el cuerpo inclinado a fin de resistir los embates del salto. Los contendientes corrían por turno para saltar sobre el “chantado”. A medida que transcurría el tiempo, los saltos demandaban mayor dificultad. El muchacho que no conseguía saltar limpiamente, reemplazaba y se “chantaba” hasta que otro chico fracasara.

Tres en raya.- Este es un juego para practicarlo en invierno, es decir dentro de la casa. Consiste en que cada uno de los contendientes debería tener tres fichas (piedrecitas, maicitos, palitos etc.) los que van colocándose alternativamente en los puntos de partida de cierto trazado de líneas, de manera que, para ganar la partida, había que conseguir alinear las tres fichas en determinado sentido de las rectas. Es decir debía haber “tres en raya”; en una sola raya.

Cara o sello o “Chapas”.- Este es un juego que lo mayores llevaban a extramuros de los de envite porque jugaban monedas en apreciables cantidades que, nosotros los niños, no podíamos acceder. Pertenece a la época en la que entró en vigencia las monedas de cobre gordos y chicos. Se jugaba con los gordos. Como tenía dos figuras (Cara o sello) se tenía dos piezas, una con la cara para arriba y otra con la cara para abajo. Al tirarse al aire ambas monedas y caer sobre el suelo, tenían que coincidir en su significado para que el tirador gane. Por cada tiro se hacía una apuesta.

canicasLas bolas.- Este fue un juego de hermosas como numerosas variantes. Llegados los días de sol, todos los niños nos premuníamos de nuestras correspondientes bolas para competir en el juego con sus amenas variantes como: la quena, la trinca, la sierra etc. Cada uno, por ley, deberíamos tener una “mediana” que era la que mandaba, por eso era la más grande o más sólida; el caso es que cada quien tenía la suya. Las habían de acero, de vidrio o de piedra; sí, de piedra. Una piedra perfectamente pulida y brillante que se utilizaba para cualquier juego. También, cada uno debería de poseer su arsenal de bolas, principalmente “ojitos” que eran bolas de cristal de una belleza increíble y de diseños y colores tan caprichosos que causaba arrobamiento el contemplarlas. Cuando estos ojitos eran pequeñitos, se les llamaba “chinis”; las melladas o maltratadas recibían el nombre de “sarnas”, que no valía sino media bola.

Recuerdo claramente que a nuestra escuela a donde llegábamos jugando “la trinca”, había muchachos diestros que daban fácil cuenta de sus rivales. En mi barrio, el “Shico” y el “Chancho” Julián Espíritu era los más diestros.

El pelotaris.- Este deporte tan amado y practicado por nuestros mayores era, para los vascos que lo trajeron, “el deporte ideal para desarrollar la fuerza, la agilidad, la vista y la resistencia”. En nuestra tierra se jugaba a mano pelada con pelotas fabricadas ex profesamente con un envoltorio de cintas de jebe que llegaban a pesar 125 gramos cada una y que daban rebote en las canchas que recibían el nombre de FRONTÓN. Consistían estas canchas en un campo de 15 a 20 metros con una sólida pared en ángulo recto de 12 a 14 metros de altura, cubierta de cemento o barro apisonado que permitiera el bote adecuado de la pelota que por turno estrellaban los jugadores en partidos simples o dobles, después que la pelota botara sobre el piso.

Era tan apasionante este deporte que no obstante su alto valor atlético, ya casi no se practica en nuestra tierra en donde hubo memorables peloteros. Cada barrio tenía su frontón; los más recordados son los frontones de Pío Ramírez, en la Esperanza, de José Castillo Díaz en Huancapucro, de Gregorio Merello en Rockovich y el de nuestra escuela de Patarcocha donde nuestros maestros sostenían reñidos partidos. También utilizaban las paredes de la iglesia Yanacancha y otros lugares. Jugadores notables fueron: Pedro Santiváñez, Marcelino Suárez, Julio Paitán, “Togro” Rojas, Mamerto “Gato” Galarza, Horacio Zárate Jurado, Juan Casas Vásquez…

LA CERVECERÍA HEROLD

cerveza HEROLD
Abiertas las puertas a quienes quisieran venir a trabajar en nuestra patria, una avalancha de hombres y mujeres de Europa llegaron a aposentarse en nuestras inmensas extensiones vírgenes; entre ellos, los alemanes. El censo de 1876 nos dice que al Cerro de Pasco arribaron 24 alemanes: 12 hombres y 10 mujeres. Enfrentando el rigor de las extremadas temperaturas bajas y la anoxia de sus astrales alturas se avinieron a vivir cerca del cielo, como el resto de europeos, con el único fin de acumular el dinero que, aquí, siempre se ha dado a raudales.

Por los datos que tenemos a la mano, sabemos, por ejemplo de “Wilhelm Schuermann, natural de Frankfurt, en 1866, a la edad de 24 años, desembarca en el Perú y marcha hacia el Cerro de Pasco donde se casa con hermosa dama de una opulenta familia”; del “loco” Hartmann, pionero de la cohetería en nuestro país, que construyó un aparato que hizo volar de Gayachacuna a la laguna de Quiulacocha donde se hundió aparatosamente tras un vuelo espectacular que todos los diarios del Perú comentaron; de Rubén Bauer, notable panadero amasador de los más deliciosos panes, degustados por nuestro pueblo, en su mayúscula variedad; de Félix Lewandovsky, ciudadano berlinés, experto mecánico y gran amigo de los cerreños, notable concejal y Comandante General de la Compañía de Bomberos a la que dotó de valiosos elementos de trabajo que hasta ahora se conservan; de Nicolás Pohellmann, importante fabricante de embutidos cuyo radio comercial abarcaba todo el centro del Perú.

Fue el importante escritor y viajero alemán, Frederick Gestaeker, al visitarnos en las postrimerías del siglo XIX, conocedor de la idiosincrasia de sus paisanos, nos dice: “Se han establecido en el Cerro de Pasco toda clase de artesanos, contándose entre ellos, muchos alemanes. Aquí se ha instalado asimismo un médico alemán, así como un relojero alemán y un joyero, y por lo que he podido saber, la vida de sociedad transcurre alegre y activamente. Como en todas partes, allí están también los alemanes divididos en diversos partidos, los que no se pueden ver unos a otros. Es posible que hayan obrado así para no calumniar su carácter nacional, quizá también hayan obedecido otras razones. En todo caso he comprobado lo que en muchas tierras extranjeras, en las que encontré a los alemanes divididos y separados. Tomados individualmente todos son buena gente, muy honesta, pero cualquier malentendido, da lugar a provocaciones. Rencilleros y oletones se ven en todas partes, los cuales, de una palabra dicha a la ligera y entendida por ellos a su manera, hacen un escándalo porque la difunden distorsionada, haciendo la ruptura inevitable, después de que ambas partes se han insultado y maltratado. Cada cual cree tener la razón, nadie quiere dar un paso hacia la reconciliación que cada cual lo considera imposible, de suerte que la enemistad se vuelve irremediable”.

Un núcleo, más que familiar, estaba conformado por Frederick Herold y su hermano Whilhelm, Jorge Rackebrandt, Félix Levandovsky, Leopold Hartmann, Otto Shuermann y Nicolás Phoellmann. Todos ellos alemanes. El emprendedor Frederick Herold, técnico de la Escuela de Munich, en la fabricación de Cerveza, tras conocer la excelente agua del manantial natural de “Piedras Gordas” y conversar con su hermano Emil y demás paisanos, decidió establecer una cervecería y, a la cabeza del grupo de visionarios, se puso a cumplir con su sueño.

Desde un primer momento, con un empeño rayano en la fiebre, encabezó el trabajo de establecer la cervecería. Comenzó con la ampliación del pozo dotado de bomba extractora de fuerza eólica y eléctrica correspondiente, instalaciones interiores y un patio enorme para el secado de la cebada y otras tareas. Tras algunas semanas de empeñoso trabajo dejó expedito el centro industrial. Estaba ubicado, a la vera del camino que conducía a Quiulacocha, a escasos veinte metros de la enorme laguna en cuyos amaneceres lechosos y atardeceres ahítos de luces murientes, parvadas de yanavicos, liclish, parihuanas, piwis, suchos, patos, gaviotas y otras aves, revoloteaban con una sinfonía especial de gritos y aleteos. Entrando la noche, todo quedaba en paz. Era una amplia casona de paredes encaladas, en cuyo patio principal, se veía circular sin sosiego las aspas de la succionadora de agua, además de las otras instalaciones correspondientes.

Don Frederick era tan meticuloso en la escogencia de los ingredientes que, a la cabeza de sus operarios, cumplía como un rito sagrado, todos los pasos para elaborar la más rica cerveza de aquellos tiempos. El agua, limpia y pura, incolora e inodora, sin ningún exceso de cloruro sódico, cálico o magnésico, exenta de hierro pero con una justa proporción de cal, la proporcionaba “Piedras Gordas”, a través de su inagotable pozo. La cebada, de granos íntegros y maduros, libre de todo tipo de impurezas, seleccionada por él mismo, era del valle del Mantaro. El lúpulo, de fuerte perfume y conos perfectos, como la levadura de primera calidad, eran traídos de la localidad de Spalt, en Baviera, a través del consulado Austro – Húngaro.

Cumplido el tiempo de fermentación en tres etapas sucesivas, la preparación de la malta, germinación y demás pasos de su química, se tenía una cerveza deliciosa, de excelente calidad. Embotellada en envases de vidrio verde, con su propio gas carbónico, tapadas mecánicamente con modernos sistemas de enchapado y etiquetado correspondiente, salía al mercado. El público, ávido de una bebida sabrosa, desechó el puro de Ica que de bebía entonces; aquel famoso pisco se expendía en las “Toneladas” a las que llegaban en grandes barricas; se lo bebía puro o mezclado con aromáticos vermouths italianos de atractivo bouquet como los Cinzanos, a este trago se le puso el nombre de “Capitán”. Nuestros obreros, por su parte, por beber la “Herold” dejaron de lado el aguardiente de caña de Vichaycoto y Quicacán.

En carretas o carros que seguían diversas direcciones, se embarcaban los “costales” de cerveza a cuyas botellas se las había forrado con protectores “ponchos” trabajados artesanalmente en totora, que crecía, ahí nomás, a orillas de la laguna de Quiulacocha. Estos empaques las protegían de los roces que podían quebrarlas. Había para escoger. Por ejemplo: “Pilsener”; “Baviera”, “Extracto de Malta” y, la “Salvator”, recomendada como tónico familiar por su alto contenido de malta.

Con una habilidad extraordinaria, los despachadores hacían caber exactamente tres docenas en cada costal y los despachaban a los numerosos mercados de la zona. Siempre, por todos los años que estuvo vigente, el costal de cerveza costó S/. 3.50. (Tres soles cincuenta).

No sólo cerveza blanca y negra, envasaba Herold. En botellas más pequeñas (Medias botellas), la “Soda”, cristalina y pura, con su gas cosquillante de sabor extraordinario que costaba diez centavos; “Sí – Si”, de un color rojo; “Cerecina”, con sabor a sazonadas cerezas: “Frambuesa”, de ese sabor tan agradable. Todo el mercado de la zona hasta Ambo, San Rafael y Huánuco por un lado y Colquijirca Pasco, Carhuamayo y Junín, por el otro, estaban saturados de estas bebidas. También, claro está, se las vendía en Lima.

Ahí no quedaba la cosa. Phoellmann, especialista en la fabricación de embutidos, tuvo una idea brillante. Compró una notable piara de cerdos blancos, y finos, enormes, de la raza Yorkshire, que criaba en los patios interiores y alimentaba con la cebada que quedaba de la fabricación de la cerveza, reforzado con restos de comida traída del Hotel Esperanza. Había que ver a estos animales. Enormes y tan gordos que para alimentarlos los ponían entre unas crucetas de madera sólida que llamaban “callapas” para que no se cayeran y, tiernos todavía, los beneficiaban. Con esta carne de primera fabricaba jamón, jamonada, jamón inglés, jamón ahumado, jamón del país y una inacabable serie de embutidos, salchichas, salchichones, chorizos, longanizas, mortadelas. Todos estos productos de óptima calidad se distribuían en toda la zona central del país con manifiesta aceptación general.

Era el domingo, día en que nadie trabajaba, cuando se realizaba una masiva peregrinación de bohemios a la cervecería HEROLD. Nutridos grupos de amigos, conformando notables “tiras” estaban liderados por sus adalides. Un grupo estaba conformado por Alfredo Arredondo, maestro guitarrista jamás superado, secundado por los hermanos Sarmiento, también guitarristas notables que lo secundaban con gran suceso. En otro grupo, lo vocingleros, escandalosos y palomillas, “Capachón” Minaya, los hermanos Collao, “Chino” Campoa” y “Liclish” Ráez; un trío de polendas, conformado por Teodoro Lizárraga, Jorge Malpartida y Pepe Languasco. Otro grupo con Pedro Pablo Alcántara, Zenobio Lobatón, los “cojos” Urbani y Vivas; el “León de la Sierra” con su séquito de incansables músicos.

A medida que iban llegando, premunidos de instrumentos musicales, se instalaban en lugares establecidos por la tradición. Nadie podía ocupar el sitio ajeno. Era costumbre que se respetaba a pie juntillas.

Los costales eran llevados a uno y otro grupo que bebía con gran entusiasmo. Al promediarse el mediodía, se ponían en venta gigantescos emparedados. En caliente “Tolettes” recién salidos de la panadería Bauer, se rellenaban con variedad de jamones y salchichas que llevaban guarniciones de cebollas, lechugas y rocotos con los que recuperaban fuerzas y, nuevamente, le daban a los tragos. Entre tanto, los cantantes y conjuntos improvisados lucían sus habilidades canoras, las “tiras” con sus líderes a la cabeza se enfrascaban en ruidosas competencias de rayuela, tejos y sapo. Así, entre cervezas, emparedados, cantares y juegos hacían transcurrir el día.

Cuando llegaba el véspero frío, las aguas de la laguna rielaban con brillos de pedrería, impulsadas por el viento; en el cielo, el sol ya metiéndose en la oscuridad, mostraba un fantástico espectro de luces y colores de todos los matices; desde el pálido carmín hasta el ensangrentado punzó. El rojo se iba muriendo en mágicas facetas de oscurecidos colores. Ralos, como rasgados por un cuchillo, se acomodaban gualdas, zarcos, áureos, habanos, tornasol, múrice, en asombrosas y cambiantes matices, cada vez más oscuros. Entonces, canceladas las cuentas y apuestas, las guitarras al hombro, las “Tiras” emprendían el regreso, todavía chispeados, abrazados en nutridos grupos. A medida que avanzaban los corros de iban raleando. Muchos quedaban en el trayecto donde vivían.

Todavía recuerdo cuando pasaban por mi barrio los briagos trabajadores de mi pueblo -ya entrada la noche- con la alegría en el rostro y la dulce canción en los labios.

EL BASKETBALL EN EL CERRO DE PASCO

Representativo de Pasco en los “Primeros Juegos Centroperuanos” de 1950. Están, Augusto Caballero Fúnegra, “Avestruz” Martel, Braniza, Félix “Chorreao” Molina, “Colorao” Dagoberto Arroyo, Félix “Chino” Baldoceda y Máximo Lazo, entre otros.
Representativo de Pasco en los “Primeros Juegos Centroperuanos” de 1950. Están, Augusto Caballero Fúnegra, “Avestruz” Martel, Braniza, Félix “Chorreao” Molina, “Colorao” Dagoberto Arroyo, Félix “Chino” Baldoceda y Máximo Lazo, entre otros.

Desde que estos apasionantes deportes hicieron su aparición en la escena deportiva del mundo, encontraron enorme acogida en el seno de la juventud cerreña. Los jóvenes de aquellos tiempos respondieron activamente al reto que significaba practicarlos en el tinglado más alto del mundo: 4380 metros sobre el nivel del mar.

Para escribir sobre estos deportes hemos tenido que recurrir a quienes fueron tal vez sus más grandes representantes a través de todos los tiempos, Félix Baldoceda Yanútulo, César Malpartida Matos y Augusto Caballero Fúnegra, quienes nos refirieron los momentos aurorales de este hermoso deporte que ha alcanzado enormes proyecciones. Posteriormente, programas, periódicos y revistas citadinos, nos han prestado muchos datos interesantes de los cuales, para transmitirles su calor inicial, los transcribimos íntegramente, pero es necesario explicar que, como esta es una primera parte de la serie dedicada a estos deportes, utilizaremos algunos fragmentos obtenidos de nuestros informantes y, los vacíos que quedaren, los iremos cubriendo a medida que se obtengan los datos necesarios. Hablemos primeramente de su nacimiento en el mundo.

«En 1891, siendo Director de Educación Física de la Universidad de Springfield (Estado de Massachussets), el doctor James Naismith, recibió de sus superiores el encargo de concebir un nuevo deporte de conjunto que ofreciera la emoción de los que a la sazón apasionaban, sobre todo el base-ball y el foot-ball, simplificándolos y haciéndolos asequibles a locales cerrados que permitieran practicarlos en las tardes más crudas del invierno»

«Fue entonces cuando Naismith ideó el Baloncesto, a base de elementos sencillos y simples como los que le dan el nombre; basket (cesto) y ball (balón). O sea, introducir un balón dentro de una cesta. Los primeros partidos serios se jugaron en 1894. En un principio con ocho jugadores por bando; luego, con siete y, al fin con cinco.

En el transcurso de los años, y a copia de experiencias prácticas, ideó el reglamento del actual baloncesto cuya consagración definitiva se produjo en 1936, al entrar los Juegos Olímpicos de Berlín, donde triunfó con gran amplitud el equipo de Estados Unidos entre 21 participantes, entre ellos el Perú que, en su primer partido le ganó a China, después se retiró. El equipo peruano de entonces estuvo conformado así: Miguel Godoy, Roberto Rospigliosi, Antonio Flecha, José Carlos Godoy, Manuel Arce, Rolando Bacigalupo, “Koko” Cárdenas, Fernando Ruiz, Pedro Vera, Luis Jacob, “Cañón” Oré, Armando Rossi y Willy Dasso. Desde entonces, su progreso ha sido cada vez más notable.

En lo que al Cerro de Pasco se refiere, fue en la histórica Escuela de Patarcocha donde este elegante deporte dio sus primeros pasos. Se iniciaba la tercera década del siglo veinte precisamente alentado por las olimpiadas en Alemania. Félix Arauco, profesor del plantel, reunió a sus colegas profesores y a un grupo selecto de jóvenes de talla más alta de aquellas aulas a integrar los primeros quintetos. De aquellos se recuerda a Félix Arauco, Félix Baldoceda Yanútulo, Augusto Caballero Fúnegra, «Traca» Espinoza, «Chimby» Rivera, César Malpartida Matos, “Tuerto” Mena y otros. Por esos días llegaba a trabajar al Cerro de Pasco, don José «Pepe» Faura, ex integrante de notables equipos limeños, especialmente del «Deportivo Flecha» de la Victoria. Fue su maestría la que levantó el entusiasmo y la calidad de los noveles debutantes. Llenos de entusiasmo seguían las indicaciones del maestro, asimilando las primeras tácticas que se empleaban en nuestro naciente basketball con una pesada pelota de cuero No 6 con «pichina» y todo, en primigenios escenarios de tierra apisonada. “Aquellos tiempos todavía no se conocían las zapatillas. Teníamos que jugar con alpargatas que los vascos utilizaban en sus juegos de pelotaris y, a veces, hasta las alpargatas de los chinos, con tal de estar ágiles. Los que no conseguían estos aditamentos jugaban con zapatos de calle” –dice “Cucho” Caballero. “Aquel deporte llamó la atención de nuestro pueblo que miraba con arrobamiento nuestras prácticas y asistía muy gustoso al Campeonato de entonces” –refiere Félix Baldoceda. “Tuvo que transcurrir muchos años para que nos llegaran las pelotas norteamericanas. Eso ocurrió cuando ya éramos los primeros en el centro del Perú” –dice “Traca” Espinoza”. Así con esa indumentaria los muchachos alcanzaron notable calidad en su juego. El primer escenario lógicamente fue el de nuestra histórica escuela, le siguieron el de la Comisaría y el que estaba frente a la Estación del Ferrocarril y otros clubes, como el Centro Tarmeño en la Esperanza. Formados ya varios quintetos, se iniciaron con partidos interclubes para luego terminar participando en un campeonato oficial.

Como una especial referencia, nos es grato transcribir íntegramente la crónica del Campeonato de Básketball realizado en octubre de 1938, publicado en «La Voz de la Juventud» del Club Daniel Alcides Camón, página 4 que a la letra dice:

EL CAMPEONATO DE BASKETBALL

«Como está bien enterado el público de esta ciudad, el domingo 9 del presente (Octubre), tocó a su fin el torneo del epígrafe que tan entusiastamente fuera organizado por dinámicos practicantes del baloncesto, con el apoyo de las entidades afiliadas.

La culminación de tan importante torneo ha sido muy grata, ya que no podía esperarse otra cosa, teniendo en cuenta el entusiasmo y optimismo puesto por sus organizadores en su afán de que se obtenga los mejores resultados. El fruto de sus esfuerzos una vez más ha demostrado que sus ambiciones por cultivar la educación física son grandes y optimistas, sobre todo, el mantener la confraternidad deportiva».

Los equipos que participaron en la presente temporada, han sido cinco: El Team Cerro, el Sport Peruano, el Deportivo Flecha, el Juventud Bolognesi y Juventud Daniel A. Camón, organizador del certamen. Al final se registró el siguiente resultado:

• CAMPEÓN – Club Sport Peruano
• SUBCAMPEÓN – Club Team Cerro.
• TERCERO – Club Juventud Carrión.
• CUARTO – Club Deportivo Flecha.
• QUINTO – Club Juventud Bolognesi.

Se está anunciando para una fecha oportuna la realización del Campeonato Relámpago en la Villa de Huariaca».

No hay duda que la actividad era muy notable ya que en otra crónica de aquellas fechas, se hace conocer de un partido amistoso en los términos siguientes:

«El día domingo 9 del presente (Noviembre) con el fin de estrecharse vínculos deportivos, el equipo de nuestra Institución (Daniel Carrión) jugó un partido amistoso con el Club Juventud Bolognesi disputándose una copa donada por nuestro protector don Filomeno Punto.

La competencia efectuada en el campo del Centro Tarmeño (la Esperanza) resultó lucida y emocionante, viéndose pasajes de técnica y rapidez; pero el amplio conocimiento de los nuestros, fue el origen de la victoria que obtuvo por 22 puntos contra 07 del rival.

El cuadro representativo del Carrión, con este triunfo ha levantado el prestigio deportivo del mismo, por cuyo motivo fueron agasajados y felicitados por los consocios. (Edición de 20 de octubre de 1938; 05).

A partir de entonces, los equipos fueron progresando a pasos agigantados y para sopesar su avance, con mucho tino invitaron a renombrados equipos de la capital a sostener encuentros de exhibición con los nuestros: El Deportivo Flecha, Chiclayana, y otros alternaron en nuestros “Courts”. Estas competencias, realizadas en nuestro iluminado Court del Instituto de Minería con gran asistencia de espectadores, nos dieron la pauta de que habíamos progresado notablemente.

Recordamos a aquel famoso quinteto que dio tardes inolvidables de extraordinaria exhibición de basketball en los escenarios del Recreo Carrión primero y en el Court del Instituto Industrial, después: el Club Sport Peruano. Este, que fue el equipo representativo de toda la calidad alcanzada por nuestro Basketball. Lucia una vistosa indumentaria rojiblanca conformada por una camiseta y una pantaloneta de seda que juntas formaban un rombo blanco con su contorno rojo. Recordamos a Félix Baldoceda, Augusto Caballero, Dagoberto «Colorao» Arroyo, Miguel Rosales, Máximo Lazo, «Pitag Chay» Osorio, Fortunato «Avestruz» Martel, Salazar y muchos más que vistieron aquellas sedas invictas. También estaban el «Tuerto» Mena, «Chiste» Arroyo, «Shuyto» Porras, «Chino» Chinchan.

O aquel otro quinteto que apareció con un juego vistoso, pero sobre todo rápido, que fue el ANTENOR RIZO PATRÓN. Allí alternaban: «Tarzán» Iparraguirre, Emilio Ricaldi Mariscal, Jorge Gorritti, Fortunato Villagaray Poma, Pancho y Tomás Quispe, Marcos Meza Otayza, «Piñachuncho» Bustamante, Ricardo Palacín, Glicerio «Chivirico» Gutiérrez; más tarde, Mauro Suyo, Julio Atahuamán, Antonio Arellano Martorell, Víctor Davales Delgado «El Socarrón», Julio Baldeón Gavino, Paco «El Jet» Villavicencio, Marcial Paredes, habilísimo jugador que más tarde se convirtió en extraordinario arbitro de la FIBA (Arbitró el partido definitorio de un Mundial de Básket). Justo Mendoza Gorritti, el goyllarino Ulloa….

El Alejandro Villanueva con sus grandes valores como Agustín Bardales, José Vergara Gardella; chiclayano el primero y chalaco el segundo; grandes jugadores que al recordar viejos tiempos, sienten que han hecho una notable labor por la tierra que más quieren después de la suya. Wemer Gárate, Eduardo Guerra Bahamonde, Luis Cálamo, «Mocho» Armando Santiago, «Rica» Cruz, Juan Paitán Ugarte; Braulio Toledo, que fue el primero en traer diagramas especiales al campo. Era un apasionado teórico de este deporte.

Cuando se funda el «Club Deportivo Municipal» -24 de mayo de 1941- gracias a la iniciativa de Alfredo Echevarría, Andrés Cruz, Juan España, Guillermo Meza y otros muchachos -nos contaba en una hermosa charla evocativa nuestro inolvidable amigo, Edmundo Mendoza Bao-, a la vez que participaba en el fútbol, también lo decide hacer en Basketball. «Mundo» Mendoza nos asegura que las hermanas de Paco Hurtado y César Privat, bordaron las camisetas que con gran acierto defendieron, el «Chino» Chin Chan, Esteban «Tico» Molina, Ricardo Cruz, Isaac Aguilar, Paco Hurtado, Augusto Parra , como iniciadores, para dar paso a otros valores que con gran entusiasmo defendieron la divisa de la franja posteriormente.

El Estudiantil Carrión con el «Teacher» Eugenio Pastrana Chamorro, un maestro ejemplar, «Pallaco» Santiago, Abel Arauco Collazos, Miguel Dávila Ramos, Job Arzapalo Callupe, Julio Trujillo Salcedo, Víctor Bezada «Callá», Julio Córdova, Oscar Padilla Terrazos, Hugo Bezada, la lista que sigue es interminable.

De los inicios del «Estudiantil Carrión», tenemos una reseña que escribiera Alfredo Echevarría cuando recordábamos el cincuentenario de nuestro plantel. «Como el primer local del Colegio era muy estrecho e incómodo, en 1943 no hubo actividad deportiva; tuvimos que esperar al año siguiente en el que, ya ubicados en la calle Puno y gracias a las gestiones de notables alumnos que militaban en equipos de la Liga local, Eugenio Pastrana, Samuel Osario y Raúl Loli, se consiguieron los castillos de básketbol que, previa reparación de los tableros, se colocaron en el patio. El día de la inauguración, en que se conmemoraba el primer aniversario del platel, se enfrentaron los equipos del «Juventud Carrión» – gracias a su capitán César Malpartida- el primer cuadro que tuvo el Colegio estuvo conformado por Samuel Osorio, Eugenio Pastrana, Raúl Loli, Gregorio Chinchan, Paulino Acurio y Alfredo Echevarría.

«Si bien los primeros cotejos nos fueron desfavorables frente a cuajados equipos como el «Sport Peruano», «Juventud Carrión», etc. Nosotros nos preparábamos diariamente para ensamblar el cuadro y, si bien no pudimos afiliarnos a la Liga porque todos los integrantes del Colegio pertenecían a varios equipos, fue en las excursiones donde nuestro quinteto mostró su valía. En 1946 fuimos al Callejón de Huaylas visitando Trujillo, Chiclayo, Casma, Chimbote, etc. En donde conseguimos sonados triunfos que fueron muy bien comentados por propios y extraños. En vista del éxito obtenido, en 1947 partimos al sur, pero como varios de nuestros profesores eran del valle del Mantaro, visitamos los pueblos de Concepción, San Jerónimo y otras localidades donde el quinteto salió airoso, lástima que esta racha triunfal terminara en Ayacucho. Allí enfrentamos al representativo del «Mariscal Cáceres», Raúl Loli sufrió la fractura de una mano. A raíz, de este accidente ya no pudimos competir en otras ciudades del sur. Desde entonces las nóminas fueron cambiando y, ya inscritos en la Liga, siguieron obteniendo notables triunfos para el Colegio»

Otro de los equipos notables fue «La Casa de Piedra» en la que alternaban notabilísimos jugadores como, Félix «Chorreao» Molina, Juan «Jalisco» Rosales, Ricardo Cruz, Esteban «Wiro» Molina, Wemer Gárate, Eduardo Guerra Bahamonde, Luis Cálamo, «Mocho» Armando Santiago, Braulio Toledo.

Creada la Universidad, en 1963 fundamos el equipo universitario en el que figuraron Miguel Dávila Ramos, Pablo Dávila Ramos, Víctor Dávalos Delgado, Roberto Yalán Soto, Nectalio Acosta Ricce y César Pérez Arauco; más tarde Alejandro Volta.

Creemos que la prueba más exigente que tuvo nuestro Bástetball, la afrontó en 1950 con motivo de los PRIMEROS JUEGOS CENTRO PERUANOS, realizados en la ciudad de Huancayo. En aquella oportunidad, no obstante contar con el amplio favoritismo de los aficionados, perdió el partido definitorio frente a la selección huancaína. El resultado fue estrecho pero se dejó en claro que era uno de los principales equipos del centro del Perú. Los artífices de aquella legendaria actuación fueron: Félix Baldoceda, Augusto Caballero, Dagoberto «Colorao» Arroyo, Félix «Chorreao» Molina, Ernesto Branisa, Alberto Tejada, Máximo Lazo, Fortunato «Avestruz» Martel, etc.

Como dirigentes no olvidamos a don José Antonio Tello, al dinámico Enrique Suárez Rojas y sobre Todo a Kameko Irarika que fue el que impulsó la construcción de nuestro Coliseo Cerrado.

En 1965, después de una notable actuación, el Banco Popular del Perú, logró su sexto campeonato. Integraron el equipo: Antonio Chuy, Félix «Chorreao” Molina, Julio Córdova, Julio Atahuamán, Francisco «Pancho» Quispe y Glicerio Gutiérrez. Como suplentes se registró a José Cuevas, “El Itish”, Juan Slee, Guillermo León, Luis Salinas y Pablo Ampuero.

La última selección cerreña que nos representó en Tarma con motivo del Campeonato Nacional de Básketball, estuvo integrado por Pablo Dávila Ramos, Pedro La Cotera, Julio Atahuamán, Francisco Quispe, Nectalio Acosta Ricce, Víctor Dávalos Delgado, Julio Córdova, Antonio Arellano y Luis Hugo Robles Jiménez.

Esperamos que nuestra juventud actual continúe practicando este hermoso deporte.

El Sport Peruano con sus inolvidables valores: Félix Baldoceda Yanútulo, Miguel Rosales Llanos, Augusto Caballero Fúnegra, Dagoberto Arroyo y otros. Al lado del niño como mascota del Club, una pelota Camel Nº 6, con la que se jugaba aquellos tiempos.
El Sport Peruano con sus inolvidables valores: Félix Baldoceda Yanútulo, Miguel Rosales Llanos, Augusto Caballero Fúnegra, Dagoberto Arroyo y otros. Al lado del niño como mascota del Club, una pelota Camel Nº 6, con la que se jugaba aquellos tiempos.

EL SEPELIO DE CARRIÓN

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Sus compañeros presienten que ha llegado el momento final. Atentos contemplan apesadumbrados de impotencia, el cuerpo martirizado. Enrique Mestanza, escribe: “El aspecto de su piel, como su fisonomía particular, es patéticamente notable. Además de la sequedad y palidez extremas de la primera, se observa un tinte subictérico que, unido a su aspecto árido y terroso, le imprimen una gran semejanza con el que frecuentemente se observa en los atacados de pirexias. Las mucosas, especialmente la gingibo labial, completamente descoloridas, semejan en mucho al color de la cera. El rostro desencajado, los ojos hundidos, rodeados de un círculo negruzco, las mejillas y sienes, completamente deprimidas; la nariz afilada y los pabellones auriculares casi transparentes; ya en su mirada no se nota la penetración y vivacidad que antes le distinguían, manifestándose ahora sombría y como velada; su voz, aún cuando animada por momentos, ha perdido también la animosidad y entusiasmo de antes”. Abriendo los ojos con mucha dificultad, el enfermo se dirige a sus amigos y con un hilo de voz, les susurra: “Quiero estar solo. No me dirijan la palabra, por favor. Díganle a los amigos que vengan a visitarme, que estoy durmiendo; aun cuando estuviere despierto. ¡Por favor!”. Sus amigos asienten con la cabeza y él cierra los ojos, presa de los dolores que lo agobian sin piedad. Rodeándolo, están los que desde el Colegio, han conformado una hermosa y fraternal amistad: Mariano Alcedán, Julián Arce, Enrique Mestanza, Casimiro Medina, Ricardo Miranda y Manuel Montero. Se hallan muy preocupados. Conjuntamente con el doctor Evaristo Manuel Chávez, están presentes también muchos compañeros de estudios de otros años Se han enterado por su hermano Alejo Valdivieso que doña Dolores García –su madre- está muy delicada de salud. Con voz completamente apagada y trabajosa, les manifestó su dolor por la noticia, pero al hacerlo encuentra dificultad en expresar sus pensamientos. Desde ayer, se le ha notado esta anomalía, por eso Mariano Alcedán había escrito en el Diario: “Durante la noche hemos podido observar una amnesia verbal de la siguiente forma: cuando a consecuencia de alguna necesidad nos llama, trata como es natural, de explicarnos lo que desea y otras veces lo que siente; pero después de algunas palabras se detiene, por no recordar, según dice, la palabra o palabras que corresponden a la idea. Se desespera y entonces exclama: “¡No sé por qué me he vuelto tan torpe, pues no puedo explicarme!”. En el ambiente hay un silencio pesado, cargado de dolorosos presagios. Recordaron que en el momento de prepararlo para conducirlo al Hospital francés, “Meson de Santé”, para una transfusión de sangre, viendo sus rostros de preocupación, les había dicho: “Aún no he muerto, amigo mío, ahora les toca a ustedes terminar la obra ya comenzada, siguiendo el camino que les he trazado”. Se le notaba leve mejoría, indudablemente por la esperanza de que la transfusión de sangre le otorgaría nueva vitalidad; sin embargo, cuando abraza a su madrina pidiéndole oculte la noticia a su madre y mira por última vez el escenario de sus sufrimientos, se le escapa una lágrima y cae desmayado en brazos de sus amigos. Está muy mal.

Llegado al hospital francés, su contrariedad ha sido grande cuando le informaron que era imposible la transfusión. Un desaliento anonadante se adueñó de su ánimo. A medida que transcurrían las horas ha ido agravándose notablemente. Miró a sus amigos con una ojeada vidriada y lejana, pero ya no los reconoció. Todo el día lunes cinco ha sido acometido por retortijones e incomodidad. Agoniza. A las 9 y 45 de la noche, haciendo un esfuerzo supremo exclama claramente: “Enrique, Cést Finit”. No volverá a hablar más. Sus colegas y amigos que han ido llegando, silenciosos y apesadumbrados, lo contemplan. Quisieran dar algo de sus vidas para aliviar la de su compañero, pero se rinden ante la evidencia de que ya está en las finales. Sus pupilas están dilatadas, su pulso filiforme y apenas perceptible; poco a poco aparece el estertor traqueal. Después de tres o cuatro inspiraciones lentas y superficiales, le sigue una pausa espiratoria, cada vez más prolongada. A las once con treinta de la noche del lunes 5 de octubre de 1855, lanza su último suspiro, breve y profundo. Ha muerto. Ha ido a ocupar su lugar al lado del Todopoderoso. Lágrimas silenciosas corren por las mejillas amigas. Su hermano, Alejo Valdivieso García, cierra sus párpados y coloca la almohada a manera de cuña en la nuca y le cruza los brazos por delante. Entre sus dedos coloca un rosario con crucifijo que su madre le había dejado. Entre sollozos lo cubre con la sábana.

Su muerte se dio a conocer de inmediato a la opinión pública del Perú y el extranjero, mediante la prensa científica y principales publicaciones de la capital. Sus compañeros dispusieron un ambiente especial del Hospital para velar sus restos.

El día martes 6, el ambiente nacional amaneció estremecido de dolor. Gran parte de la opinión pública manifestaba su admiración por el noble y valeroso gesto del joven estudiante. Se sugería la apertura de una colecta popular para erigirle un monumento; pero algunos miembros de la prensa limeña, con bajas intenciones, sostenía que se había cometido un asesinato o, en todo caso, el suicidio de “un joven incauto”. Esto llenó de indignación de sus compañeros de estudios que enviaron abundantes cartas aclaratorias. Para aplacar los comentarios antojadizos, la Subprefectura y la Intendencia de Policía, ordenaban se practique la autopsia del cadáver mediante la disposición siguiente: “Habiendo llegado a conocimiento de esta Subprefectura que el estudiante don Daniel Alcides Carrión ha fallecido víctima de la inoculación de la verruga, que se hizo por sí mismo o porque consintió en ello –al decir de la prensa- y teniendo en consideración: 1º que esto equivale a suicidio u homicidio calificado condenado por nuestra leyes y, 2º que por tanto conviene practicar los esclarecimientos respectivos para descubrir a las personas que hayan tenido participación en la ejecución de uno u otro delito, se resuelve: Reconózcase el cadáver del citado señor Carrión por los señores Médicos de Policía y fecho pásese el certificado que expidan, con copia autorizada de la presente Resolución, al juzgado del crimen de turno para que se instaure el sumario correspondiente, conforme al artículo 111 del Código de Enjuiciamientos, en materia penal. Regístrese. De inmediato, los médicos legistas: Ignacio La Puente, Leandro Loli y Manuel María Vega, realizaron la autopsia de ley. Con este documento se procedió a la investigación legal correspondiente para deslindar responsabilidades.

Los periódicos del Cerro de Pasco, sorprendidos por la controversia que había suscitado la muerte de nuestro mártir, reivindicaron su nombre e hicieron conocer la alta calidad humana que siempre le había adornado. El pueblo quedó comprensiblemente conmovido. Le dolió mucho más que el Hospital cobrara a los familiares el importe de los días de hospitalización de tan grande representante de la grandeza humana.

El sepelio se realizó a las cuatro de la tarde del día miércoles 7 de octubre de 1885. Habían velado sus restos todo el día seis en el que fueron llegando gran cantidad de aparatos florales que rendían homenaje a su heroico sacrificio. Al sepelio asistieron consternados todos sus compañeros de estudio que, reverentes y en contrito silencio, sacaron el ataúd que contenía sus restos de la sala principal de la “Maisón de Santé”, y a la usanza de la tierra que lo viera nacer, lo condujeron en hombros, por riguroso turno. En ningún momento -como si estuviera en su tierra- faltaron hombros para cargarlo. La fúnebre carroza negra no fue utilizada en ningún momento. Arrastraban el duelo, tomando las cintas del féretro, los doctores Mariano Macedo, Manuel C. Barrios, Eduardo Sánchez Concha y Francisco Almenara Butler.

Más de quinientas personas de riguroso luto escoltaban a cuatro alumnos de medicina que llevaban el féretro desde la Plazuela de San Carlos. En orden siguió la comitiva por las calles de los Huérfanos y demás rectas, hasta la Plazuela de la Inquisición; de allí continuaron por la Facultad de Medicina San Fernando hasta llegar a Santa Clara. En todo el trayecto fue conducido en hombros de sus compañeros que se turnaban en distintas ocasiones manifestando todos ellos el deseo de cargarlo. Llegada la comitiva al Cementerio Presbítero Maestro, tomaron las cintas el Sr. Canónigo Zárate y los doctores Macedo Barrios y Sánchez Concha. Antes de depositar el cadáver en su tumba hicieron uso de la palabra los doctores Macedo, y Almenara; también los señores Medina, Showing, Mestanza y Galdo.

Después de los discursos sentidamente pronunciados, el ataúd fue colocado en el nicho Nº 185, letra C, del cuartel central de “Santa Ana” como consta en el libro manuscrito de defunciones Nº 23 del año 1885 del Archivo Central de la Beneficencia Pública de Lima.

La estela de admiración que despertó en el mundo entero su martirio fue inconmensurable. Las investigaciones también siguieron adelante. Desfilaron ante el Juez todas las personas que algo tuvieran que ver con el martirologio. El Inspector del Hospital “Dos de Mayo”, Juan José Moreyra; el empleado del mismo Hospital, Jesús María Farfán; el doctor Leonardo Villar y los practicantes, Julián Arce y Sebastián Rodríguez. Se buscó infructuosamente a Carmen Paredes, joven al que se la había extraído la sangre verrucosa; nunca se le encontró. El 19 de octubre le correspondió al médico Evaristo Manuel Chávez -el que le inoculó el virus al mártir-, de treinta años, soltero, natural de Huaraz. Su declaración fue la siguiente: “Preguntado si sabe por qué se le toma esta declaración, contestó: que presume sea a consecuencia del decreto del Intendente de Policía sobre los experimentos científicos y fatal fin del malogrado Carrión”. “Preguntado si sabe quiénes han sido los autores o han tenido participación en el hecho que produjo la muerte de Carrión, expuso: que el joven Carrión, estudiante muy adelantado, venía preocupándose seriamente de la enfermedad llamada “verruga” y tenía estudios avanzados sobre esa enfermedad desde hace más de dos años. Conocía todo el proceso por observaciones recogidas en hospitales y en la práctica civil; conocía también los lugares del Perú donde se produce esta enfermedad; conocía el tratamiento y, deseoso de descubrir su inoculacidad y los síntomas y fenómenos que siguen al primer período de esta enfermedad que ha sido un misterio para la ciencia, resolvió practicar si inoculación, adelantándose en esto a sabios europeos que actualmente tratan de estudiarla; indudablemente, la inoculación debía hacerse en el hombre, pues sólo de él se puede sacar la explicación de los síntomas experimentales y transmitirlos al papel. Juzgo que convino que ese hombre no podía ser otro que él, interesado como estaba en descorrer este velo de las ciencias, y por eso firmemente persuadido hablaba en todas partes y por muchas ocasiones instó al declarante para que le hiciera la inoculación; testigos de esto, el señor doctor Villar, sus compañeros de Colegio, de una manera particular el interno de la sala del doctor Villar, don Julián Arce, y el externo, don Sebastián Rodríguez. En todas estas ocasiones nuestra negativa fue franca y se le trataba de disuadir de esta idea no previendo que había de causarle la muerte, pues era ignorado en la ciencia el resultado práctico que ha dado, cual es, la unidad etiológica de la verruga y la fiebre de la Oroya; nuestra oposición a la inoculación sólo se fundaba en que contrayendo este joven la verruga se atrasaría en sus estudios por las molestias consiguientes a los dolores y fiebrecillas que era lo único que sabíamos producía la erupción de esta enfermedad. No estuvo pues, ni en la mente de él ni en la de nosotros, el triste fin que tuvo. Llegó por fin el día veintisiete de agosto del presente año y se presentó Carrión al “Hospital Dos de Mayo”, sala de las Mercedes, a donde pasaba visita el doctor Villar, los señores Arce y Rodríguez y el que habla; estaba resuelto del inquebrantable propósito de llevar a cabo su idea y se fundaba en que un muchacho de catorce años, sin diátesis, y que había tenido una verruga discreta, tan benigna que sólo duró unos pocos días en el Hospital y cuyas dos únicas erupciones ya estaban atrofiándose, tomaba su alta ese día y, decía que no volvería a presentarse otra ocasión tan favorable como ésta y que le garantizaba probablemente contraer también una verruga, tal vez aún más benigna, dado caso que prendiera la inoculación. Esta vez fueron inútiles los consejos y resistencia de parte de nosotros para disuadirlo de su idea, habiéndose negado el declarante terminantemente (que era a quien se dirigía), se descubrió los brazos y provisto de una lanceta de vacuna se iba hacer una operación brusca; la inoculación era inevitable y se iba a acompañar de mayores males con las heridas que el instrumento conductor del virus iba a causar manejado por sus propias manos; entonces creyó –el que habla- su deber de amigo y hasta un deber profesional, regularizar al menos, es decir, hacer científica la operación de Patología Experimental que, repito, era inevitable. Pocas horas después, las picaduras de las lancetas desaparecieron sin dejar huellas, pues ni se inflamaron las heridas, ni siquiera se irritó la piel, mucho menos hubo supuración ni otra consecuencia; todo esto en presencia de las personas que ya he citado y que se hallaba consignado en el informe del doctor Villar, que a solicitud del Decano de la Facultad de Medicina, a la Beneficencia Pública de esta capital fue expedido. Pasaron cuarenta días sin que los periódicos que dieran cuenta del hecho el mismo día de la operación, ni las autoridades, ni el señor decano de la facultad ni persona alguna, se hubieran ocupado del asunto; ya porque lo creyeran de pura utilidad científica, ya por que dudaran del éxito, o por indiferencia; el mismo Carrión desesperaba ya del éxito cuando fue acometido, a los treinta días, de fiebrecitas al parecer remitentes; tan se creyó así que, profesores y compañeros suyos, le aconsejaron se atendiese como tal; mas pasados los días, las fiebres se hicieron anemizantes tomando el tipo de las fiebres de la Oroya que tanto estrago hacen y han hecho entre nosotros. La asistencia de los doctores Romero, Macedo, Villar, Flores, el que habla y el esmero con que fue cuidado por sus compañeros de Colegio, nada pudieron hacer para salvar esta preciosa existencia que nos ha legado el descubrimiento de un misterio de la ciencia y sentado bases de un nuevo porvenir para la medicina nacional. Trasladado al Hospital francés dos días antes de su muerte con el objeto de hacer una transfusión de sangre que, fatalmente no tuvo lugar, falleció el cinco de octubre a las once y media de la noche, estando el declarante a su cabecera con varios de sus compañeros, llenos de interés por el amigo y por el hombre extraordinario que por descubrir la ciencia ofreció su misma vida. Que nunca ha sido enjuiciado ni preso. Concluyó el acto con la firma: Evaristo Chávez.

A los dos años, o sea el 5 de noviembre de 1887, los restos mortales de Carrión, se guardaron en el mausoleo de mármol el que lleva esculpido en alto relieve su busto.

Es, en esta forma como ha transcurrido la vida del hombre modesto que se convierte en héroe de la ciencia, perennizado en el orbe el nombre sagrado de la medicina peruana; vida que servirá de ejemplo a la noble juventud de nuestra querida patria, y los que llevan en lo más íntimo de su ser la terrible responsabilidad de luchar contra el dolor de la muerte.

Al final, el informe del Agente Fiscal ante el Juez del Crimen, decía: “Iniciado este sumario a consecuencia del oficio dirigido al señor subprefecto, suponiendo que el fallecimiento del estudiante de medicina don Daniel Carrión haya sido el resultado de un suicidio o de un homicidio calificado, dispone se practiquen los esclarecimientos del caso, se han actuado todas las diligencias propias de esta citación del juicio, y es llegado el caso de apreciar su mérito con arreglo a ley. Para esto conviene ante todo, establecer la verdad de los hechos, tal como aparece en autos:

Daniel A. Carrión, de 26 años de edad, alumno del sexto año de la Facultad de Medicina, se había dedicado con ahínco al estudio de la “Verruga”, enfermedad que, bajo la forma eruptiva, es conocida desde tiempo inmemorial como endémica y exclusiva de algunas zonas del país. En su afanoso empeño por descubrir los misterios en que se envolvía tan horrible flagelo, y no contento con haber acumulado preciosos datos respecto de la topografía de la enfermedad y de sus diferentes períodos, resolvió observar en sí mismo todas las evoluciones de este estado morboso, comenzando ante todo, por averiguar si su germen era inoculable.

Animado de este propósito que llegó a convertirse en una idea fija, manifestaba a sus compañeros de estudio la resolución irrevocable que tenía que practicar esa operación, y su deseo de presentar un trabajo concienzudo y en cuanto fuese posible, completo sobre la naturaleza infecciosa de la “verruga”, para optar el grado de Bachiller en la referida Facultad.

En diversas oportunidades solicitó con insistencia al doctor D. Evaristo M. Chávez, para que le hiciera la inoculación; pero éste, lo mismo que el doctor Villar, trataron de disuadirlo; no tanto porque creyeran que hubiera gran peligro en ese experimento, pues era desconocido para la ciencia el resultado práctico que desgraciadamente ha tenido; sino porque consideraban que, contrayendo Carrión la “verruga”, como era de esperarse, sufriría algún atraso en sus estudios a consecuencia de los dolores y fiebre que acompaña siempre a la erupción de la enfermedad.

Una circunstancia vino a decidir por completo a Carrión, haciendo inútiles esfuerzos de los que se oponían a su arriesgada empresa. Existía en el Hospital “Dos de Mayo” un enfermo de verrugas, joven de catorce años, de buena constitución y exento de toda diátesis: la verruga que padecía era benigna y de forma discreta; y estando ya curado, debía darse de alta el 27 de agosto último. Carrión juzgó que difícilmente se le presentaría otra ocasión para realizar su idea en condiciones más favorables; y desde entonces su resolución fue ya inquebrantable. En vano los doctores Villar y Chávez quisieron nuevamente impedir que llevase acabo su arriesgado propósito; sus consejos y exhortaciones fueron infructuosos; y como el segundo rehusara terminantemente practicar la inoculación, se decidió verificarla por sí mismo. Para el efecto, se descubrió los brazos y provisto de una lanceta de vacuna, iba ya hacerse una operación brusca en la parte superior y anterior del antebrazo izquierdo, exclamando: “Suceda lo que sucediere, no importa; quiero inocularme”. Fue en ese trance inevitable cuando el doctor Chávez, considerando que el sitio considerado por Carrión no era acaso el más a propósito para verificar la picadura, y que era muy posible que se hiciera algún daño manejando el instrumento con sus propias manos, procuró regularizar la operación, cumpliendo así un deber profesional y de amistad; tomando la lanceta, con pulso firme y ánimo sereno practicó la inoculación en el lugar en que generalmente se hace la vacuna, como que se hallaba dominado del fanatismo científico de Carrión.

Los primeros días que siguieron a este acontecimiento, no experimentó Carrión ningún síntoma particular, hasta el 19 de setiembre, en que se sintió acometido por fiebres al parecer remitentes, que fueron tratadas como tales; poco después, la fiebre aumentó hasta tomar el tipo llamado de la Oroya, que tantas víctimas ha hecho, siendo impotente la ciencia para disputarlas a tan terrible dolencia.

De nada sirvió el interés que acreditados profesores y condiscípulos de Carrión desplegaron para salvar esa preciosa existencia; ni la más esmerada asistencia, ni el empleo de todos los medios conocidos para combatir tan peligrosa enfermedad, fueran parte a impedir que a las 11.30 de la noche del 5 de octubre último falleciera rodeado de compañeros y amigos, quienes a la vez que deploraban tan irreparable pérdida, eran los primeros en rendir el debido homenaje al intrépido y valeroso joven que se había sacrificado en aras de la ciencia, al tratar de arrancarle uno de sus numerosos arcanos (Fs 5, 11v, 12, 16 y 21).

El hecho de la inoculación se hizo pronto del dominio público revelado por todos los diarios que se editan en esta capital, y sin embargo, nadie pensó entonces que se había perpetrado un acto punible que hiciera necesaria la intervención del Ministerio Público; muchos juzgaron, por el contrario, que con orgullo podría añadir a los muchos que tiene ya conquistados por la asidua consagración de sus ilustres profesores.

Pero tan inesperado como fatal desenlace que ha tenido el audaz experimento, ha dado margen a que se interprete de diversos modos el móvil que impulso al malogrado joven y la participación que en el hecho tuvo el doctor Chávez, hasta el punto de creerse que el primero fue suicida y el segundo, reo de homicidio calificado. Preciso es desvanecer creencias tan erróneas, a fin de que la menor sombra no empañe la gloria que con tan justo título ha conquistado Carrión; gloria que de algún modo se refleja en el país que lo viera nacer y lo alentara en el espinoso e ingrato camino de las investigaciones científicas.

Nuestro Código Penal, de acuerdo con los más obvios principios filosóficos de jurisprudencia criminal, no considera el suicidio como un hecho justificable, y no porque no sea un acto evidentemente inmoral, sino porque cuando llega a consumarse, desaparece el delincuente, es decir, desaparece la persona sobre quien pudiera recaer la sanción condigna; y sobre todo porque en ese caso la sanción natural es completa y eficaz, y hace inútil por consiguiente la aplicación de la sanción social. Más aún cuando el suicidio es un delito que por su naturaleza escapa a la acción de la sociedad, para que un hecho sea calificado como tal, preciso es que reúna las dos condiciones esenciales y constitutivas de todo delito, a saber: el perfecto conocimiento del resultado que ha de producir el acto que se practica, y la firme decisión de conseguir el resultado. Ahora bien, del sumario aparece que no ha concurrido en el caso que se trata ninguna de las circunstancias antedichas.

Carrión muy lejos de correr en pos de una muerte segura, se proponía un fin elevado y noble: buscar un antídoto eficaz para disputar a la verruga numerosas víctimas; y, tal vez si, en sus ensueños juveniles, pensaba inaugurar su carrera médica con un descubrimiento asombroso, que le habría dado muy merecida celebridad. En todo pudo pensar menos en que, estando en la flor de su edad y próximo a concluir la carrera a que se había dedicado, viniera la muerte a desvanecer cruelmente todas sus ilusiones y destruir todas sus esperanzas. Y había fundadas razones para que esta idea no se presentase. Como se ha dicho ya, el enfermo de verrugas era muy joven, de una constitución robusta y sana, y las dos verrugas que tenía eran de carácter benigno. Había pues, motivo para esperar que en el caso –muy dudoso por cierto- de que la inoculación tuviera consecuencias, la verruga que adquiriera sería aún más benigna, lo cual le permitiría estudiar tranquila y fríamente la marcha de la enfermedad en sus diversos períodos. Tan cierto es esto que, según se impone en el informe de páginas 15, muchos médicos creyeron entonces -porque no había ningún antecedente conocido- que “la inoculación sería inerte y que quedaría sin resultado alguno”.

Con el abnegado sacrificio de Carrión, se ha descubierto dos principios: 1º Que la verruga es transmisible por inoculación; 2º que esta enfermedad y la llamada “Fiebre de la Oroya” no son sino períodos de una sola y misma dolencia; y como se expresa en el lenguaje técnico, se ha comprobado la unidad etiológica de ambas enfermedades. No ha sido, pues, estéril ese sacrificio, y hoy, en posesión de tan valiosos datos, tienen nuestros médicos ancho campo para completar la tarea que se propuso llenar aquel cuya pérdida nunca se deplorará bastante.

Si no había razón para esperar que el experimento tuviese un resultado funesto, es claro que su persistencia en llevarlo a buen fin obedecía únicamente al levantado y plausible propósito de colocar su nombre entre los benefactores de la humanidad.

No han concurrido, por lo expuesto, las circunstancias indispensables para que el hecho alcance las proporciones de un delito; y por consiguiente el calificativo de suicidio aplicado a Carrión, a todas luces inaceptable. Se dirá tal vez que la duda respecto del éxito del experimento era suficiente causa para que no lo intentara; pero la remota posibilidad de un peligro, cuando se trata de conseguir un fin altamente humanitario, no es ni debe ser motivo para apartar de tan glorioso camino a los que tienen la grandeza de alma y la firmeza de carácter necesarios para afrontarlo.
La ciencia, en sus múltiples manifestaciones, no habría alcanzado ciertamente el grado de adelanto en que hoy se encuentra, si no hubieran existido seres privilegiados que, posponiendo toda consideración personal, trabajaran con intrepidez por ensanchar sus dominios. En el citado informe, citan los nombres de los profesores Gilbert, Caré, Olivier, Bichefontaine, que han realizado en otros hombres y en sí mismo inoculaciones de diversos gérmenes de enfermedades mortíferas, para manifestar “que hay seres superiores de espíritu fuerte, que cuando van en pos de una verdad o de un hecho útil a la humanidad, se sacrifican y arrostran todo peligro”, y agrega con sobrada razón: “Que a esos hombres que la conciencia universal llaman héroes, es justificables tildarlos con el estigma de criminales incautos. Bastaría recordar los justamente célebres nombres de Koch, Pasteur, Ferrand, Freire y otros que, proponiéndose fines idénticos, se esfuerzan por liberar a la humanidad entera de sus más implacables enemigos, arriesgando, con sublime entereza, su propia existencia.

Una última reflexión para concluir lo relativo a la calificación legal del hecho realizado por Carrión. ¿Cómo puede explicarse que el niño verrugoso, de cuya sangre si hizo uso para inocular aquella enfermedad, presentase una marcha benigna y normal hasta el punto que se le dice por enteramente curado, y ese mismo virus, inoculado a Carrión, produjera una enfermedad de carácter mortal?. El germen morboso era el mismo, y sin embargo, los resultados fueron totalmente opuestos. Esto manifiesta que cada organismo tiene su modo de ser especial; y que un principio morboso puede producir tales o cuales fenómenos según sea la peculiar constitución del terreno en el que va a germinar.

Las mismas razones que se han alegado para desvanecer el falso concepto de que Carrión sea considerado un suicida, sirven para demostrar que no es menos aventurado la aserción de que el doctor Chávez se haya hecho reo de tremendo delito de homicidio. Con efecto: 1º el doctor Chávez como el malogrado Carrión, y como muchos profesores de medicina, tenían motivo para dudar que la inoculación de la verruga fuese posible, pues la creencia más general consideraba que dicha enfermedad era de origen miasmático, y que sólo podía contraerse en determinados parajes, y 2º caso de que la inoculación produjera los resultados que Carrión se proponía observar, había de producirse una verruga benigna que alejaba la idea de todo peligro. Hay, sobre todo, un argumento decisivo: consta por la relación de los hechos, según aparece de autos, que el doctor Chávez se decidió a operar a Carrión en el último extremo, cuando era ya imposible impedir que por sí mismo practicara la inoculación y sólo por evitar los daños que involuntariamente pudiera haberse causado al proceder en tan desfavorables condiciones; y esto después de reiteradas y rotunda negativas, de manera que en el supuesto, no concedido, de que la acción del doctor Chávez pudiera considerarse como punible, estaría exento de toda responsabilidad, según el espíritu del inciso 8º, del artículo 8 del Código Penal.

Por último, en el presente caso, no debe prescindirse del fallo que la opinión pública ha formulado respecto de la empresa acometida por Carrión. Unánimemente han sido aplausos y elogios que le han prodigado; todo los periódicos, haciéndose interpretes de esa opinión, le han dedicado sentidos y encomiásticos artículos; doctas asociaciones como la “Academia Libre de Medicina” y la “Unión Sanfernandina”, tienen como un honor considerarlo en el número de los socios presentes; y en la actualidad se lleva a cabo una suscripción popular con el fin de erigirle un mausoleo perpetuando su memoria, que lo recuerde a las generaciones venideras como a un mártir de la ciencia.

En mérito de todo lo expuesto, este Ministerio es de sentir que, no habiéndose acreditado la existencia de delito alguno, ni apareciendo el menor indicio de culpabilidad contra el doctor Evaristo M. Chávez, debe usted proceder de acuerdo con lo que previene la primera parte del artículo 91 del Código de Enjuiciamientos de un modo absoluto en el conocimiento de esta causa; salvo siempre el más ilustrado parecer de Usía. Lima noviembre 25 de 1885.

Con este documento se dio por terminada la controversia y a partir de entonces sólo comentarios favorables, llenos de admiración y homenaje, proliferaron en la prensa mundial. Comenzando por la limeña, la prensa extranjera se prodigó en significativos homenajes a la egregia figura del mártir. Transcurridos los años, un grupo de alumnos cerreños realizó una Marcha de Sacrificio con el que consiguió la fundación de la Universidad Nacional Daniel Alcides Carrión, el más grande monumento a su egregia figura.