LA CRUZ DE HUAGURUNCHO

Panorama de una parte de la antigua ciudad donde se estaba levantando San Juan Pampa. Nótese en la parte central del fondo, la imagen imponente del nevado Huaguruncho en medio de unos nubarrones que ya están formando las cerrazones del atardecer.

Los viejos habitantes del Cerro de Pasco aseguran que a partir del siglo XVIII, sobre la cúspide del impotente nevado del Huaguruncho, se podía distinguir una colosal cruz de oro macizo cuyos áureos destellos resplandecían nítidamente en todos los confines de Pasco. Una cara de este imponente crucifijo recibía el saludo del sol naciente de las mañanas; la otra, los postreros destellos de los atardeceres. Su extraordinario brillo y enigmática ubicación intrigaba a hombres y mujeres pasqueños que contemplaban su magnificencia sin poder desentrañar el misterio de su procedencia.

Un día entre colosales nubarrones y celajes misteriosos, truenos y tormentas, tragada por desmesurados lluvias incontenibles desapareció la cruz.

Los campas, custodios del misterio, narran la siguiente historia.

Un día no precisado del mes de mayo de 1742, cuando la estación de las lluvias está terminando y los pajonales enseñaban su verde más florido, apareció navegando sobre las aguas del Perené, conducido por el cacique Simirinchi Bisabequi, un hombre joven de treinta años, luciendo una barba con algún bozo, fornidos miembros acerados, pelo cortado como los indios de Quito y color pálido amestizado; de estatura más que mediana, vestido con una chusma encarnada color achiote y con el recio continente de un monarca.

Los nativos que lo contemplaban por primera vez, se enteraron que era descendiente directo del último monarca del Imperio y que su nombre era Juan Santos Atahualpa Apu Inca. Había entrado en el Gran Pajonal para recuperar el destruido imperio de los incas, arrojando a los extranjeros, enemigos de PACHAKAMAITE, y recuperar la corona que Pizarro había arrebatado a su padre con malas artes. Decía que Dios Omnipotente le enviaba a recuperar sus reinos y había entrado en la selva para comenzar su misión en ella; que le creyesen y obedeciesen por que de no hacerlo, ha¬ría caer los montes, desbordar los ríos y arder los cielos; que a partir de aquel instante recompondría su reino para que se acaben los obrajes, ganaderías, haciendas y toda la esclavi¬tud de sus hijos. Dominador de las lenguas nativas les habló con un ardor nunca antes oído, con un amor que se traslucía en su continente emocionado y sus ojos vivos y brillantes. Tanta fue su entrega y el contenido de su mensaje que todos, imbuidos de una fe que ya casi la habían perdido, quedaron convencidos de su predicamento.

El viento que corría por la fronda avisó al río y a las aves y al trueno y a la lluvia; y así lo supieron los amueshas, los campas, los piros, los amages, los simirinchis, los shipibos, los conibos, los andes y todos lo indios de nuestra selva que presurosos acudieron a ofrecerle obediencia y lealtad, dejando abandonados sus pueblos. Tal fue la conmoción que, los indios del Gran Pajonal, se unieron incondicionalmente a los de las márgenes del Perené, Metraro, Eneno, San Tadeo, Pichana, Najandaris y todos los naturales del Cerro de la Sal. Nunca antes en la selva se había visto nada igual. Rivales encarnizados, guerreros adversa¬rios, caci¬ques sanguinarios, hablantes de diferentes idiomas y adoradores de dioses diversos, habían acudido al llamado del Apu Inca, enviado de Dios, para seguirlo y expulsar a los extranjeros que se habían apoderado del Imperio.

Cuentan que cuando una tarde de junio de 1742, el conversor de San Tadeo, el padre Santiago Vásquez de Caicedo, entrevista a Santos Atahualpa, éste le dice terminantemente que: “Ha venido a organizar su reino con la ayuda de sus hijos los indios y mestizos con terminante exclusión de los negros porque eran sirvientes incondicionales de los explotadores. Pone en aviso al Virrey para que no trate de impedir su movimiento porque él y su compañía, les torcerá el cuello como a unos pollos”. Además añade- esto es muy interesante- que vea por dónde escapa porque “por mar viene su pariente inglés”. Cuando el visitante insiste en la “pacificación” y le pide que abandone su intento de rebelión, Juan Santos es terminante al afirmar que: “Tiene derecho a su reino. Es cristiano. Reza todos los días; lee la doctrina y predica a los indios. No tiene nada contra los sacerdotes ni la ley de Cristo, pero en cambio quiere que negros y viracochas abandonen su tierra

En cumplimiento de su prédica y teniendo al Gran Pajonal como escenario de su campaña, instala su Cuartel General y se pone en acción inmediata. Destruye veintisiete misiones franciscanas, haciendas y obrajes, apoderándose de las pertenencias de los españoles, apre¬sando y castigando a los negros, llegando a matar a los más rebeldes. Arrasa con todo. Alentado por la victoria decide atacar la sierra para expulsar a los españoles. Estaba bien enterado de los infamantes abusos que éstos cometían contra los indios. Es en esta ocasión que el gobierno español, poniendo todo su empeño, procede a tender un cerco desde Huánuco hasta Huanta con el fin de contener el movimiento. Se da categoría de frontera a toda la línea disponiendo que los gobernadores de Jauja y Tarma ataquen al rebelde. En cumplimento de esta orden, los jefes, Troncoso de Jauja y Milla del Campo de Tarma, llegan con sus fuerzas hasta Quisopango en medio de la constante hostilización de los indios rebeldes, sin entrar en combate franco. Eludiendo fácilmente a estas inocuas columnas realistas, el rebelde inca avanza sobre Huancabamba en defensa de cuya plaza salen nuevas y más pertrechadas tropas de Tarma. El avance rebelde es tan arrollador que los españoles se ven precisados a instalar un fuerte en la localidad selvática de Quimiri (La Merced) pero sin lograr contenerlos. Los insurgentes muy fácilmente se apoderan de este bastión dando cuenta de sus defensores.

El avance de Juan Santos Atahualpa Apu Inca es incontenible.

Así las cosas el compungido Rey de España decide poner a la cabeza del virreinato peruano a un militar de oficio. Sustituye a Juan Antonio de Mendoza y Caamaño y Sotomayor por José Manso de Velasco, Conde de Superunda. Este nuevo Virrey organiza una expedición militar al mando del Marqués de Mena Hermosa, la misma que es batida en todas sus líneas por el inca insurgente. La derrota, con la consiguiente pérdida de vidas y material de guerra es tan estrepitosa para los españoles que, desesperados, se baten en retirada. Están completamente aterrorizados. Como último y esperanzado recurso establecen dos poderosos fuertes de contención, uno en Oxapampa y otro en Chanchamayo. Santos Atahualpa destruye con facilidad esos fuertes y luego vence a otra expedición al mando del marqués de Mena Hermosa que huye cobardemente avergonzado.

Para el año octubre de 1743, la rebelión cuenta con el franco apoyo de muchos serranos que huyendo de las atrocidades de las minas se unen a los chunchos. Por relatos de José Pulinche, capturado por las huestes del Gobernador de Tarma y por Bartolomé López, capturado en Quimiri, los españoles se enteran que más de cien serranos, atraídos por la prédica del líder incaico, se habían unido a un fuerte contingente de campas que estaban listos para atacarlos.

Transcurren algunos años y, en 1752, con el deseo de darles una lección de su poderío bélico y organizativo a los españo¬les, decide atacar la sierra. El sabe que allí es donde la sangrienta opresión de sus hermanos es más abominable y dantesca en las minas. Después de arrasar con el pueblo de Andamarca, inexplica¬blemente se detiene, posiblemente a la espera de una mejor oportunidad que fatalmente no llegó. A esto hay que añadir que las fuerzas españolas se habían organizado para presentar fiera resistencia¬ contra cualquier ataque.
El camino a la sierra estaba abierto. La resistencia en la selva central había sido vencida después de veintiún años ininte¬rrumpidos de luchas continuas sin que jamás el inca rebelde fuera derrotado. ¿Qué ocurrió entonces?…¿Por qué no terminó de tomar la sierra?. No lo sabemos, pero tampoco podemos comprenderlo. La invasión a la sierra habría significado la libertad de numerosos esclavos indios; entre ellos los pobres mineros. El caso es que Juan Santos había cumplido gran parte de su promesa. Antiguos territorios tribales habían vuelto a manos de sus legítimos dueños libres de españoles y negros. En ese momento el virreinato se estreme¬ció. Vieron de lo que eran capaces los indios. El movimiento mesiánico y reivindicatorio de Juan Santos Atahualpa había encontrado eco en todos los habitantes de la selva y de la sierra.

Al hacerse realidad esta añorada recuperación en reconocimiento por la bendición recibida del cielo para el triunfo final en la selva, el imbatible caudillo guerrero, utilizando todo el oro recogido de las minas y los ríos de la selva, hace fundir una sólida cruz bruñida de oro macizo de titánicas proporciones, que mediante un magistral y agotador trabajo de ingeniería rudimentaria, es fijada en la cúspide del Huaguruncho, construyendo un túnel vertical que comunica perpendicularmente la base con la cima del monte. Este trabajo, había demorado tres largos y fatigosos años a los empeñosos indios de la selva. Venía a significar la confirmación en la fe a Cristo del caudillo Juan Santos Atahualpa.

Los campas aseguran que, en aprobación de este magnífico gesto cristiano, Juan Santos Atahualpa fue ungido con una especial bendición de Dios, ya que al morir –cumplida su valiente misión en la selva- entre nubes y vapores brillantes, se elevó hacia los cielos en medio de cánticos hermosos y extraños con la promesa de que volvería. Por esta razón, en Metraro le han erigido una capilla de 18 metros de largo por ocho de ancho, sostenido por ocho columnas de madera en esqueleto, cubierto por techos de humiro, que en forma cruzada cubren el ámbito; en medio, el túmulo donde descansó el cuerpo de Juan Santos Atahualpa a poco de morir, hecho de cinco tablas labradas de jaracandá de 8 a 10 centímetros de espesor y a una altura de un metro veinte centímetros, situado en medio del templo, mirando hacia Oriente.

Mucho más tarde, cuando utilizando la invasión sangrienta y cruel, los españoles y los negros, volvieron a recuperar las posiciones de la selva, en medio de lluvias torrenciales, truenos y relámpagos, la cruz de Haguruncho desapareció tragada por las nieves eternas.

Los campas dicen que el símbolo volverá a refulgir cuando retorne Juan Santos Atahualpa y esta vez sí serán dueños definitivos de sus tierras selváticas.

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EL UNION MINAS DE COLQUIJIRCA.

En el amplio tinglado deportivo del centro del Perú, fue el más destacado desde su fundación: 28 de febrero de 1939. Su preponderancia continuó hasta febrero de 1948 en que ¬muere su presidente, don Ricardo Navarro Lara, dirigente que le había dotado de un dinamismo y personalidad inolvidables. Nueve años cargados de triunfos extraordinarios. Nueve años en los que estableció que el juego en conjunto podía conseguirse con disciplina y mucho entrenamiento.

Los que tuvimos la suerte de verlo jugar, no podremos olvidarlo jamás. Tenía un juego atildado que daba la impresión de hacerse de memoria porque los hombres sabían a dónde se encontraban cada uno de sus compañeros en el desplazamiento vistoso que realizaban. Sus camisas verdes de cuello blanco y pantalonetas blancas, llegaron a ser admirados en todo el centro del Perú.

El entrenador que le había dotado de un juego habilidoso, alegre y muy movido fue Atilio Scaramutti, viejo jugador del Universitario de Deportes de Lima que se quedó en nuestra ciudad cuando aquel cuadro viniera a visitarnos; lo malo de este entrenador -amigo muy cercano a los jugadores- no sólo era que compartía con ellos sus triunfos sino también sus celebraciones que eran muy regadas y el cigarrillo que no dejaba a sol ni a sombra. A él no podían exigirle más porque los resultados eran visibles y llenaban de orgullo a la hinchada minera; pero he aquí que acontece un hecho que cambió todo lo logrado hasta ese momento.

El 30 de agosto de 1940, el Unión Minas es invitado a jugar en Carhuamayo, pueblo vecino que celebraba su fiesta en honor a Santa Rosa, matrona del pueblo. Los mineros asisten muy confiados. No era para menos. Hasta ese momento ningún equipo había logrado doblegar al elenco minero. Ningún cuadro entonces vigente en el Cerro de Pasco –liga en la que estaba inscrito- había podido doblegarlo, ni siquiera empatarle. Todo había ido del color de rosa. Triunfos y nada más que triunfos.

Llegados al repleto escenario del encuentro, don Ricardo Navarro, confiado en la calidad de sus “muchachos” apuesta públicamente a los aficionados del lugar. Su vozarrón de minero enérgico hace escuchar su propuesta en todo el ámbito fiestero y, como era de esperarse, el pueblo acota una cantidad similar a la bolsa reunida por los ingenieros de Colquijirca y se pacta una jugosa apuesta. El rival del equipo minero en ese momento fue el glorioso CHACARITA de Carhuamayo que en sus filas registraba a aguerridos mozos del lugar, que no estaban dispuestos de libar el acíbar de la derrota.

Iniciado el partido en medio del fervor popular se nota a las claras el inicial dominio del equipo visitante de juego pulcro y académico que a todos hacía presagiar que obtendría un fácil triunfo. Los minutos transcurrían implacablemente animados por las alegres notas de la banda de músicos y las barras sonoras e incansables, pero el marcador no se abría no obstante el virtuosismo en exhibición. Hasta que finalizó el primer tiempo.

En el camerino no encontraban la razón a su bajo redimiento. A poco de iniciado el segundo tiempo, el Minas comenzó a dar muestras de visible cansancio. Ya sus jugadas no tenían ni la fluidez ni la vistosidad del comienzo. Daba la impresión de que en cualquier momento cederían a la impetuosidad carhuamayina. El Chacarita, por su parte, tenía un caudillo de elevada estatura: trotón, incansable, preciso que, ora en la defensa, ora en el ataque, comandaba a sus huestes con una sapiencia asombrosa. Era el inolvidable “coloso carhuamayino” José Vara.

Ya sin las fuerzas del comienzo, los mineros tuvieron que dar paso a la impetuosidad arremetedora de los locales traducido en tres espectaculares goles celebrados ruidosamente por el pueblo fiestero. El revés repercutió en el alma a don Ricardo Navarro, pero también sirvió para que conociera la realidad. Esa misma tarde –enterado de la historieta de tragos y cigarro- le extendió su cheque de cancelación a Scaramutti y a tres de los engreídos del entrenador, entre ellos a un extraordinario puntero derecho, bullidor e inteligente, apodado por su vivacidad “El trucha”. Inmediatamente contrató para trabajar en la lumbrera de Colquijirca, al legendario José Vara que como única condición pidió que ningún dirigente interviniera en la conformación ni preparación del equipo; además, llevaría consigo a dos refuerzos que fueron aceptados por la dirigencia minera: Ciro Vara y Claudio Cajahuanca. Por lo demás, buscaría a los reemplazantes de los cesados.

El nuevo cuadro estaba integrado por Modesto “Chupón” Cárdenas, gran centro forward que tenía un virtuosismo extraordinario: disparo violento y certero con ambos pies, cabeza privilegiada, visión de juego, cambios de ritmo y capacidad para rotar los frentes de batalla con pases largos y precisos a las puntas; valentía para entrar en el área, dureza para recibir golpes; fútbol sin complicaciones, funcional y hermoso. Contaba con la escolta de insignes compañeros suyos. Todos habilísimos. Hipólito “Pollo” Sánchez, insider izquierdo, ágil, valiente y habilidoso, haciendo pareja con Víctor “Capón” Ramos, efectivo alero. En el lado derecho, Jesús Sánchez, tan hábil como los anteriores y, como puntero derecho, el diminuto “Chamaco” Alania, habilidoso y luchador que en poco tiempo hizo olvidar al “Trucha”. En la línea media, tres baluartes invencibles, Isaac Landavere, el “maestro” José Vara y, Baldomero “Chalhua” Meza. Tres medios magistrales y oportunos. Cuidando el área, Pedro Bernal un habilidoso y estratégico back conjuntamente con Claudio Cajahuanca con el que se comprendían a las mil maravillas. Guardando el arco, un huachano excepcional, “Tarzán” Pérez un arquero oportuno y brillante que en su calidad de policía se había afincado en Colquijirca. En el banco de suplentes: Marcelo Torres, Ciro Vara, “Perico” González…

Así se conformó el nuevo Unión Minas. Sus hombres cumplían sus labores mineras hasta las dos de la tarde en que salían al campo deportivo donde los esperaba José Vara. El entrenamiento comenzaba con intensivos ejercicios físicos que los dejaba exhaustos. Ya cerrada la noche y luego del aseo correspondiente, se congregaban en el comedor de empleados donde recibían una excelente alimentación reparadora y fortificante luego de la cual, se realizaba una charla de carácter técnico táctico para el entrenamiento del día siguiente. El resultado no se hizo esperar. Ningún cuadro se podía parangonar con el Minas. Demás está decir que en sus filas ya no tuvieron más cabida los amigos del trago y se eliminaron las francachelas y el tabaco. Muchos buenos jugadores tuvieron que dejar las filas mineras al no poder rendir físicamente. Hubo renovación de gente. Los que se quedaron ubicaron al equipo en la cima de la popularidad. Tanta era ésta que en el centro del Perú por muchos años fue el equipo líder hasta su sorpresiva extinción..

Por aquellos años, cuando se encontraba en la cima de la popularidad, se anuncia la realización del Campeonato Nacional de Fútbol en el que el Cerro de Pasco debía intervenir. Para entonces no había otra opción. El Unión Minas de Colquiirca sería la base de la selección con el añadido de algunos jugadores de la liga cerreña: Cirilo Palacios, Jorge Moya, Máximo Lazo, Enrique Wilson,

Así siempre bajo la responsabilidad de José Vara se prepara el equipo. El tiempo vencía y, con la premura del caso, programan para enfrentarnos a la selección de Lima. Nada menos. Aquel entonces, todos los equipos limeños –todavía no había fútbol profesional- prestaron a sus mejores jugadores. Alianza Lima, Universitario de Deportes, Deportivo Municipal, Sporting Tabaco, Centro Iqueño, Sport Boys, Mariscal Sucre, Atlético Chalaco. En el telegrama que recibe la Liga se señala “Domingo 22 enero presentar selección Pasco para enfrentar selección Lima”. Nada más. El telegrama era muy escueto. Así las cosas, por la premura del tiempo tuvieron que contratar un carro mixto, es decir con una mitad con techo y otra al aire libre para que viajara el equipo. Partieron con dirección a Lima a las cinco de la tarde después de la salida del trabajo, en un viaje nocturno sin las comodidades del caso. No se podía hacer más. El traslado fue agotador y muy riesgoso por el frío implacable que tuvieron que soportar toda la noche. El agravante del caso es que, llegados a Lima, se dirigieron al Estadio Nacional a reconocer la cancha antes de tomar sus alimentos. Se llevaron mayúscula sorpresa. El estadio y alrededores estaban desiertos. Se alarmaron. El portero les informó que el partido se efectuaría a las tres de la tarde en San Vicente de Cañete. Que tenían que viajar allá. Lo hicieron. Llegaron a las dos y media de la tarde, completamente rendidos por las privaciones y la incomodidad.

Aquel día se celebraba en grande la fiesta patronal de San Vicente de Cañete por lo que todo estaba alborotado con la gente fiestera, la procesión y una gran algarabía del pueblo. Eso sí, el plato fuerte de la celebración lo constituía el partido entre las selecciones de Lima y el flamante departamento de Pasco. La expectativo era tremenda. Nuestros jugadores sin tiempo para descansar después de largo viaje y con tan solo un frugal refrigerio se aprestaron para el encuentro.

El estadio estaba completamente lleno. El atractivo, naturalmente, era la presentación de la selección de Lima donde se habían reunidos a los mejores jugadores de entonces. Pasco era un enigma. Nadie sabía de su trayectoria. A la hora exacta entraron en el campo ambos contendientes. La selección de Lima que en homenaje al Atlético Independiente de San Vicente vestía la camiseta roja del club, fue recibido apoteósicamente. Carlos Ganoza, “El pez volador” arquero titular de Universitario de Deportes, abría la columna, detrás venía el capitán Rafael Goyeneche, alto valor del Sporting Tabaco, le seguían Andrés Da Silva, Enrique Perales, el “Patrullero” González, Edgardo Mabama, Andrés “El cronómetro” Bedoya. Cuando hizo su ingreso la selección de Pasco con camisas verdes y pantalones blancos, la gente lo recibió con algo de frialdad. Aquella tarde, no sabemos con qué intención, don José Vara hizo que “Chamaco” Alania, el puntero derecho, saliera delante. El caso es que al verlo tan diminuto y enjuto, la afición le tomó simpatía y aplaudió con cierta conmiseración. Todos estaban visiblemente a favor de los limeños donde figuraban valores internacionales del Perú; en Pasco todos eran totalmente desconocidos. El caso es que, iniciado el partido, el púbico se llevó la gran sorpresa. Los pasqueños hacían un juego moderno y tan bien hilvanado que poco a poco le fue ganando el favor de los aficionados. Era un juego de extraordinaria calidad que en repetidas oportunidades hizo peligrar el arco limeño. Ya con el público completamente a su favor, expresado en sus aplausos y gritos de aliento, terminó el primer tiempo. Los pasqueños se retiraron colmados de plausos; especialmente el inquieto “Chamaco”.

El segundo tiempo tuvo parecido trámite. Dominio absoluto de Pasco con algunas escapadas sin peligro de los limeños. Aquella tarde se lució como nunca el habilidoso “Chamaco” en medio del rendido aplauso de la afición cañetana. Ya se vencía el tiempo en medio de los plácemes del público y en un avance milagroso Goyoneche le da a Gilberto Torres, puntero del Universitario que saca un potente remate al arco. Por esos avatares del fútbol, “Pollo” Sánchez al tratar de despegar lo introduce en el arco pasqueño. El gol que debió ser sonoramente festejado por Cañete, fue recibido con disgusto por la afición. Cuando terminó el partido, los aplausos unánimes fue para Pasco que en ningún momento bajo la guardia. Es más, unos hinchas entusiasmados, pasearon en hombros por todo el campo al espectacular “Chamaco” que no cabía en sí de contento.

Me contaba Baldomero Meza, héroe también de aquella hazaña que terminado el partido, fueron a tomar sus alimentos en un restaurant céntrico que en poco tiempo se atiborró de aficionados que mostraban su admiración y su cariño a los pasqueños. Después del almuerzo comenzaron los tragos que generosamente eran invitados por los cañetanos. Risas, vivas y canciones alegraban los reiterados brindis hasta que a “Chamaco” le correspondió ir al baño. Cuenta Baldomero que se encontraba en plena micción el “Chamaco” cuando sin quererlo le aplica un empujón un negro alto. Todo fue que lo sintió para encenderse como un fósforo y comenzó a insultar al negro. Éste trataba de explicarse pero, marcadamente tartamudo, no lo conseguía. Al ver esto, “Chamaco” comenzó a burlarse insultándolo a pesar de que le doblaba en tamaño. Felizmente, en ese momento un policía que había entrado al baño, se dirigió muy comedidamente al negro y con palabras cariosas le invitó a que saliera. Cuando el negro salió, dirigiéndose al “Chamaco” le dijo. ¿Qué le pasó amigo para buscar lio a semejante rival?. Cuando el diminuto jugador trató de contar los pormenores del lio, el policía terminó diciéndole. ¿Sabe quién ese negro al que usted quería faltar?- No – ¡Es “Bom Bom Coronado!, campeón sudamericano de boxeo que ha venido a ver el partido!. “Chamaco se quedó de una pieza.

Las anécdotas que ha dejado el Minas son muchas y posiblemente algún día tendremos tiempo de contarlas. Pero sigamos con la historia del Minas.

Cuando se encontraba en lo más alto de su pedestal deportivo, los directivos cometen un error garrafal. Confiados en que su prestigio bien ganado le permitiría pasar por sobre los reglamentos, hacen jugar un domingo en partido contra el Brigada Boys Scouts a un joven que los había impresionado en Goyllarisquizaga, Juan de la Cruz Benito, al que por sus soberbio juego por alto e imparables cabezazos, apodaban “Cabecita de Oro”. En la sesión siguiente –aprobación de partidos- el delegado del Brigada, con mucha razón alega que el parido que había ganado el Minas no era legal por hacer jugar a un hombre que no estaba regularmente inscrito. Don Pedro Ferrer, delegado del Minas, puso el grito en el cielo y argumentó que, “Aquí como en cualquier lugar del planeta, cinco a cero es una goleada y que por lo tanto debía dársele el triunfo al Minas”. Don Pedro Santiváñez –a la sazón su compadre- Presidente de la Liga, trató de hacer respetar las bases del campeonato otorgando los tres puntos al Brigada. Lo que aconteció después fue algo que por muchos años se comentó. Don Pedro Ferrer, en un gesto increíble, alzando la voz dijo claramente: “Esta es una liga de traidores porque, lejos de darle un apoyo al equipo que en muchas oportunidades ha representado a Pasco con calidad admirable, ahora le da las espaldas, cobardemente, comenzando con su presidente. Que él estaría viajando a Lima al día siguiente para presentar su queja ante el ente superior de la Federación Peruana de Fútbol”. Ante esta situación don Pedro Santiváñez redactó el informe de juego con las planillas correspondientes, a fin de que el reclamo se hiciera oficial. Hechas las gestiones, don José Salom, presidente de la Federación le entregó un sobre cerrado diciéndole que el contenido del oficio debía leerse en plena asamblea de delgados. Así se hizo. Los miembros del Minas pensaban que, en vista de los alegatos presentados, la resolución estaría a su favor. No fue así. Cuando se leyó el contenido, muy claramente don José Salom le decía al presidente de la liga: “Lo felicitamos por llevar el campeonato por los causes legales y, por tanto, el triunfo corresponde al “Brigada de Boys Scouts”. Fue suficiente. El Minas hizo un escándalo mayúsculo y, como si fuera poco, el viernes de aquella misma semana, ocurre un gravísimo accidente. El 24 de febrero de 1948, el Presidente y hombre clave, don Ricardo Navarro Lara, el capitán de Minas cae accidentalmente desde una altura de 300 metros dentro de la mina, falleciendo al instante. Ese día murió el Minas. Muchos de sus jugadores se fueron a alinear al Alianza Huarón y los que quedaron, ya no pudieron reverdecer los viejos laureles que había tenido.

César Zamudio Véliz, un mártir olvidado

Compañía de bomberos con su comandante general don Silverio Urbina (Con el altavoz) y a su izquierda, el héroe César Zamudio Véliz- También están, Julio Patiño León, Ambrosio Herrera, y otros venerables bomberos…

El silencioso recogimiento de los fieles en la iglesia Chaupimarca la mañana del 21 de marzo de 1940, era premonitoriamente dramático. El frío intenso había sosegado al pueblo minero que dando tregua a sus afanes cotidianos observaba un recogimiento desacostumbrado. Se celebraba el Oficio de Jueves Santo, Día de Todos los Misterios. La Santa Misa se había iniciado a las once de la mañana. La iglesia estaba al tope. Negros catafalcos cubrían las hornacinas de santos menores. Luciendo sus lábaros distintivos primorosamente bordados y sus insignias personales, numerosos grupos de mujeres de diversas agrupaciones eclesiales abarrotaban el templo: “La Congregación de los Sagrados Corazones y Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento”, “Las Hijas de María”, “La Venerable Tercera Orden Franciscana”, “La Hermandad de Nuestra Señora del Carmen”, “La Hermandad de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”, “La Hermandad del Niño Jesús de Praga”, “La Hermandad de la Virgen del Tránsito”, “La Hermandad del Beato Martín de Porras”. Ataviados de riguroso luto, las autoridades presidían los actos de solemne recogimiento; el Subprefecto, Antonio Alba Bardales; el encargado de la Alcaldía, doctor Raúl Picón Reyes; el Comisario, Teniente G.C, Pedro Marticorena, el Jefe de Línea, teniente Leonidas Morales Liendo; el Juez Instructor, doctor Abigail García Sosa; el investigador policial, Daniel Rodríguez Mar; fieles numerosos y miembros de la Compañía de Bomberos, “Salvadora Cosmopolita Nº1, en pleno, correctamente uniformados con brillantes cascos de bronce, polacas rojas, pantalones blancos y borceguíes negros de media caña. Un enmudecido recogimiento, como negro presagio silenciaba el templo.

Afuera, como de costumbre, las gentes iban y venían en el cotidiano trajín del mercadeo cotidiano. Ajetreados y bullentes compradores atiborraban los pasadizos del viejo mercado central construido en 1902 por el Alcalde de nacionalidad italiana, Cesare Vitto Cútolo, Resistentes bases de piedras y barro apisonado sostenían un sin número de tabiques de madera reseca que separaban los ambientes internos correlativamente numerados.

El reloj del frontis de la torre de madera marcaba las 11 y diez de la mañana.

En un “puesto” ubicado a la entrada del mercado, signado con el número 16, el comerciante Juan de Dios del Valle, vendedor de ron de quemar, gasolina, kerosén, petróleo, velas, bencina, carbón de madera, manteca…-peligrosa bomba de tiempo- utilizando una hornilla de ron, trataba de derretir la manteca impregnada en una lata casi vacía. Fatalmente, un chorro de manteca derretida cayó sobre la ronera aumentando el fuego que incendió la lata completa. Presionado por la flama ardiente que le quemaba las manos, arrojó lejos de sí la lata ardiente que fue a caer sobre los numerosos recipientes del depósito. Todo fue instantáneo. Eléctrico. El fuego con gigantescas y voraces lenguas se extendió inmediatamente por paredes y techo, insaciable, tenaz, imparable, inflamando las ropas del tendero. Del Valle –desesperada tea humana- salió despavorido de su tienda hecho fuego viviente que se cebaba de sus vestiduras. Un grupo de mujeres que se encontraba a la puerta atinó a cubrirle con pañolones logrando apagar las llamas que comenzaban a devorarle.

En ese instante, una horrísona explosión de los depósitos de combustible, conmovió al pueblo minero.

Ante los angustiosos clamores de la muchedumbre estremecida por la detonación, autoridades y fieles que se hallaban dentro de la iglesia salieron raudos a prestar auxilio: los bomberos los primeros. Se lanzaron a luchar contra el fuego desplazándose estratégicamente por todo el escenario de la conflagración cuando las llamas inmensas comenzaban a devorar las tiendas aledañas. Extendieron sus mangueras y las instalaron a los surtidores. Cuando abrieron las manijas de las cañerías, se encontraron con una cruel realidad: ¡¡¡No había agua!!!. Ni una sola gota. Estupefacto, sin dejarse vencer por la adversidad, el comandante, Francisco Irato, gritó con todas sus fuerzas.
— ¡!!No hay agua!!!… ¡Lleven picos y palas y traigan toda la tierra que puedan!. ¡Otro grupo trate de aislar el fuego con hachas y escalas, pronto, pronto….!

Cuando el fuego incontenible ya abrasaba paredes y techos con prontitud asombrosa, el subteniente César Zamudio Véliz, comandando su grupo premunido de escalas, hachas y garfios, subió al segundo piso, allí donde el fuego se propagaba con grandes flamas y el peligro era más acentuado. Llevado por la fiebre del deber comenzó a seccionar con su hacha los tabiques de madera para evitar que el siniestro siguiera propagándose. El humo que lo cubría le impedía la visibilidad, el calor quemante era insoportable, pero él seguía adelante. Estaba enfrascado en esta ardua tarea cuando la torre del frontispicio con su reloj convertido en una gigantesca tea, cayó aparatosamente a su lado, rozándolo pero sin tocarlo por un milagro inexplicable. El heroico bombero sentía que sus pies ardían y el humo le impedía una clara visibilidad, sin embarco, empeñado en su función seguía golpeando con el hacha mientras las calaminas explotaban por el calor confundiéndose con el espantado lamento de las gentes. El incendio alimentado por el combustible depositado en la tienda siniestrada, se elevaba en llamaradas de formas monstruosas. Cuando las primeras lampadas de tierra eran arrojadas a ese infierno pavoroso, una cáfila de buitres, confundida con gentes que ayudaban, se dedicó a saquear las tiendas de Francisco Villaorduña, de Benigno Berrocal y de Francisco Castellanos, adyacentes al siniestro hirviente. Robaban todo lo que podían mientras la policía y gentes de buena fe traían de lugares lejanos algo de agua que para nada podía servir. Llevaban todo lo que encontraban a su paso…Era un zafarrancho espantoso. Allá arriba, en el techo, arrebatado e incansable, César Zamudio Véliz, el heroico bombero, luchaba contra el fuego. Era prácticamente insalvable el edificio pero el héroe luchaba con un denuedo extraordinario. En un momento un sordo crujido se escuchó confundiéndose con el grito de espanto de centenares de gentes que ayudaban a sofocar el fuego. El piso se había quebrado y el heroico bombero caía sobre el horno llameante que los lubricantes avivaban. Un grito de terror se escuchó al unísono en las calles humeantes. Con la celeridad que dictaba el impulso fraternal, el capitán Daniel Alejos y un grupo de hombres que comandaba, arriesgando sus vidas, entraron en el férvido escenario para rescatar al compañero que en ese momento era pasto de las llamas. Tras luchar denodadamente lo sacaron del fuego y humo asfixiantes y bajo las órdenes del sargento sanitario Pedro Santiváñez, lo condujeron a la Asistencia Pública.

Entretanto, aquel viejo y querido arequipeño: Francisco Valdivia, cuya vida estuvo ligada a los dramáticos palpitares de nuestro pueblo, en un momento de oportuna inspiración hizo subir a un grupo de voluntarios al carro que los llevó de inmediato a la Bodega de la Mining Company. De allí trajeron un apreciable número de extintores con lo que atacaron el fuego. Aquello fue milagroso. Tras agónica lucha de tres horas, las lenguas del fuego fueron vencidas cuando ya iban lamiendo techos y paredes de las tiendas vecinas. Los damnificados fueron muchísimos. No habían podido salvar nada porque la ignición con gran velocidad había arrasado con todo. Sólo humeantes pavesas quedaban de todo lo que había sido un activo emporio comercial.

En la Asistencia Pública los médicos le quitaban los jirones de ropa abrasada al heroico bombero. Las heridas abiertas y terribles lo habían convertido en una llaga viva. Tenía el rostro y la cabeza completamente devorados por el fuego. Las llamas habían hecho desaparecer los rasgos de su cara. Estaba irreconocible. Sus manos eran dos llagas informes. Las llamas le habían consumido toda la piel desde la cabeza a los pies. No había ninguna esperanza de que el bombero sobreviviera; sin embargo, su bravo corazón cerreño aún latía y sus pulmones, aunque ardidos, seguían funcionando. Entonces, en un último esfuerzo, el doctor Raúl Picón Reyes, Médico Jefe del Hospital de Colquijirca –el mejor de la zona en ese entonces- ordenó su rápido traslado para ser atendido personalmente por él. Tras soportar el dolor lacerante hasta el límite de lo humano, el heroico salvador entró en coma profundo.

Hasta tres días después del tremendo percance, el subteniente César Zamudio Véliz, no se dio cuenta de que seguía vivo. Completamente inmovilizado en aquel blanco lecho, presa de un padecimiento tan intenso que parecía increíble que pudiera soportarlo, un monstruoso dolor le desgarraba el cuerpo desde la cabeza a los pies.

El cruento suplicio que sufría, no tenía cuándo acabar. En seis meses de tratamiento, no obstante el celo de los médicos, no encontraba mejoría notable. Era víctima de manifiesta agitación y delirios, insomnio y convulsiones desgarradoras mientras una frialdad y rubicundez cutánea se apoderaba de todo su cuerpo; presa de un choque nervioso sobreagudo con alteraciones sanguíneas y abierta infección microbiana, muchas veces lo hacía entrar en un sopor terrible. Las ropas al pegárseles al cuerpo por efecto de las llamas habían atacado las partes blandas, incluyendo los músculos con parte carbonizadas que produjo la aguda infección generalizada. Las quemaduras se trataban con sustancias queratoplásticas como el ictiol, tiol, caftalán, dermatol y ortoformo y para los agudos dolores el yodoformo y la antipirina. Utilizaban también cafeína para levantar el rendimiento del corazón cansado e inyecciones subcutáneas para combatir la intoxicación y la dificultad circulatoria. En todo momento hubo inhalación de oxígeno para reforzar los esfuerzos de sus pulmones y combatir la asfixia que había sufrido por el humo espeso del incendio. En los momentos más dramáticos se utilizaron cloral, pantopón y opio. Su cuerpo parecía la de un extraterrestre de las películas de ficción por la gran cantidad de vendajes, respiradores, manguerillas y agujas. Partía el alma verlo tendido con un interminable quejido angustioso sin un centímetro sano en su castigada humanidad.

Como su cuerpo tenía que mantenerse separado de las sábanas, el intenso frío le produjo una peligrosa pulmonía. En ese momento el doctor Picón Reyes se comunica con la Comandancia General de Bomberos del Perú y deciden su inmediato traslado a Lima en el tren especial extraordinario. Era imperativo que los especialistas pudieran intervenir. La vida del héroe peligraba en el Cerro de Pasco.

Embarcado, el paciente llevaba la compañía del doctor Raúl Picón Reyes y dos enfermeros muy eficientes para cuidar de su salud. La idea fue feliz porque al tramontar Ticlio a 4,800 metros sobre el nivel del mar, el corazón del héroe dejó de latir ante la alarma del médico que tuvo que efectuar un masaje atinado en la región cordial e inyectarle un remedio tónico directamente en la noble víscera. Felizmente el héroe reaccionó.

Al llegar al Hospital limeño, viendo su estado agónico, el capellán le administró los Santos Óleos. Felizmente no murió. Ante el dolor insufrible, tuvieron que suministrarle opio. Así siguió viviendo los años 1941 y 1942. Las hermandades religiosas, entretanto, rezaban con fe por su recuperación, la ayuda que se reunió siempre fue oportuna. Nadie podía creer que siguiera vivo.

Entretanto, el pueblo conmovido por el prolongado martirio de su héroe, trabajó con denuedo para conseguir que el agua discurriera con continuidad por las cañerías cerreñas. La Compañía de Bomberos, mediante una erogación general adquirió una Motobomba que, a lo largo de su historia ha sido muy útil a la población. Los concejales Vonfiglio Bermiglio y Gerardo Patiño López, hicieron construir el novísimo Mercado Municipal en reemplazo el quemado y que hasta ahora presta valiosos servicios. El suplicio del heroico bombero, no había sido en vano. Su heroicidad había motivado a sus paisanos.

Cuando los primeros meses del año de 1943 le quitaron las vendas, se podía decir que César Zamudio Véliz estaba salvado. La ciencia había logrado vencer gracias a denodados esfuerzo de los médicos y la envidiable vitalidad del héroe. En todo ese tiempo, con una asiduidad y cariño conmovedores, todos los bomberos de Lima, por riguroso turno acompañaron al héroe, alentándolo con su presencia y sus voces reconfortantes. Los padres capellanes y demás sacerdotes estuvieron continuamente visitándole para darle ánimo. Ya se encontraba muy bien pero no había logrado ver su rostro, sólo parte de su cuerpo lacerado y maltrecho. Tenía mucha curiosidad por ver cómo había quedado finalmente. Los médicos juzgaron prudente que previamente recibiera un tratamiento adecuado de preparación sicológica para lo que tendría que ver. Sin embargo, un día, por imperdonable descuido, una enfermera dejó olvidada una fuente de brillante metal, en la que había llevado inyecciones, apósitos y remedios para el paciente. Al verla tan cerca de él, haciendo esfuerzos supremos alargó los muñones deformes y rígidos: no otra cosa eran sus manos y, por primera vez se miró en la superficie del pulido metal. Un grito gutural seguido de un desgarrador sollozo estremeció la sala. ¡Quedó aterrado y tembloroso!. ¡Durante largo tiempo fue incapaz de comprender el horror de lo que veía!. Su cabeza, sin un solo cabello en ella, no era sino una bola amorfa y repugnante. Le daba la impresión que aquel rostro de pesadilla se había derretido completamente para después congelarse en una masa espantosa de un rojo purpurino. Los labios deformes se habían convertido en un pequeño agujero rodeado de protuberancias del color del hígado. Sus párpados, incapaces de cerrarse se llenaron de lágrimas incontenibles que comenzaron a correr por aquella masa informe que antes había sido un rostro humano.

A partir de entonces ya nada le importó. Ni siquiera quiso sobrevivir. En aquel momento ya había muerto.

Una turbia mañana de octubre, cuando la enfermera descorrió las cortinas de su habitación, el bombero mártir estaba inmóvil, con los ojos abiertos en una mirada dramática y dolorosa. Acababa de morir.

La Benemérita Compañía de Bomberos.

Histórica fotografía en la que se ve al pueblo en pleno enmarcando la plaza Chaupimarca. En primer término, los miembros de la Corte Superior de Justicia y, al lado, la oficialidad del Cuerpo de Bomberos. En segundo término, las Autoridades en general y, atrás, la tropa de Bomberos voluntarios de la Cosmopolita Nº 1 del Cerro de Pasco. Era diciembre del primer año del siglo XX.

Hasta aquella histórica fecha -18 de diciembre de 1901- la incidencia de siniestros se había convertido en acontecimiento cotidiano que tenía alarmada a nuestra ciudad. Los techos de paja de las casas eran presa fácil de las llamas producidas por cortocircuitos eléctricos, o lo más terrible, a descargas eléctricas originadas por tempestades atmosféricas de espantosas rayos y truenos. En todo caso, la actitud de los vecinos se limitaba a salvar las pocas pertenencias que pudieran hallar a su alcance porque el vencer al fuego siempre había resultado infructuoso. Las descargas que acompañaban a los terrorífi¬cos truenos dejaban casi siempre un doloroso saldo de muertos y heridos. La justificada alarma del vecindario fue creciendo hasta que la madrugada del 18 de diciembre de 1901, un incendio inmisericor¬de redu¬jo a cenizas toda una manzana de casas no obstante la esforzada labor de los vecinos por evitar el avance del fuego. Como consecuencia, todo aquel día fue vox pópuli la necesidad de instaurar un cuerpo de salvadores que pudieran luchar organizadamente contra los siniestros. Se conocían antecedentes de otras instituciones similares fundadas en Lima y los cerreños lo sabían. Ya se habían fundado las siguientes compañías de bomberos voluntarios.

01. UNION CHALACA, el 5 de diciembre de 1860 en el Callao.
02. ROMA Nº1, el 15 de abril de 1866,en Lima.
03. FRANCE Nº2, el 20 de abril de 1866 en Lima.
04. LIMA Nº3, el 21 de abril de 1866.
05. ITALIA Nº2, el 28 de octubre de 1868 en el Callao.
06. GARIBALDI Nº9, el 13 de octubre de 1873, en Lima.
07. GARIBALDI Nº3,el 25 de enero de 1873, en el Callao.
08. VICTORIA Nº4, el 12 de febrero de 1873, en Lima.
09. SALVADORA CALLAO Nº5, el 5 de junio de 1873 en el Callao.
10. SALVADORA LIMA Nº5,el 10 de enero de 1874,en Lima.
11. COSMOPOLITA Nº6, el 14 de agosto de 1877, en Lima.
12. MOLLENDO, el 15 de agosto de 1866, en Mollendo.
13. OLAYA Nº10, el 29 de junio de 1890, en Chorrillos.
14. CALLAO Nº5 el 10 de marzo de 1894, en Bellavista.
15. INTERNACONAL Nº7, el 17 de noviembre de 1895, en la Punta.
16. GRAU Nº11, el 8 de febrero de 1898, en Barranco.
17. SALVADORA COSMOPOLITA Nº 1, el 18 de diciembre de 1901, en el Cerro de Pasco.

La feliz iniciativa de Ambrosio Peret y Francisco Quiñones, miembros del consulado español en el Cerro de Pasco, encontró acogida en la buena gente que residía en nuestra ciudad. En torno a la idea cerraron filas todos los extranjeros residentes, por esta razón se la denominó Cosmopolita y por ser la primera en el Centro del Perú, se le asignó el número uno. El Acta de fundación de la Compañía es la siguiente:

“En la ciudad del Cerro de Pasco, a los dieciocho días del mes de diciembre de mil novecientos uno, a las tres de la tarde, reunidos en el local de la Sociedad Cosmopolita de protección Mutua Bolognesi, fueron presentes los suscritos, invitados por don Francisco Quiñones y don Ambrosio Peret, con el objeto de fundar una compañía de salvadores para resguardar las propieda¬des, siendo por consiguiente urgentísimo organizar un cuerpo de bomberos para seguridad de la población. En vista de lo cual, no habiendo hecho uso de la palabra ninguno de los concurrentes se puso al voto la proposición de los señores Peret y Quiñones, suspendiéndose la sesión por cinco minutos. Reabierta ésta y verificado el escrutinio, resultó aprobado por unanimidad. Inmediatamente se procedió a nombrar la plana mayor de la compañía con el personal siguiente:

Comandante Honorario…. Coronel don Juan Manuel Vivanco (Prefecto)
Comandante Activo……….. Juan Azalia.
Capitán………………………. Francisco Quiñones.
Tesorero………………….. Sixto M. Venegas.
Tesorero Auxiliar…………… Cesáreo Villarán.
Secretario……………………. Néstor Carrión.
Sub secretario……………… Ricardo R. Torres.
Trompeta de Orden………..Marcos Bach.

SECCION HACHAS Y ESCALAS
Teniente……………………..Ambrosio Peret.
Subteniente…………………Iram S. Proaño.
Sargento Primero…………José María Quiroga.
Sargento Segundo…………Carlos R. del Valle.

SECCION BOMBAS
Teniente………………………Lorenzo Cabello.
Subteniente…………………Eduardo Lovatón.
Sargento Primero………….Enrique Slee.
Sargento Segundo…………Fidel Fernández.

SECCION GUARDA DE PROPIEDAD
Teniente…………………………Paulino Torres y Carrasco.
Subteniente……………………Genaro Guerra y Cotera.
Sargento Primero……………Guillermo González.
Sargento Segundo…………..Domingo Rosales.

Puesto al voto la plana que antecede fue también aprobada por unanimidad. Enseguida se acordó poner en conocimiento del señor Subprefecto de la Provincia, Alcalde Municipal y el señor Juan Azalia comandante nombrado de esta Compañía, la organización del cuerpo de salvadores.

Acto seguido se practicó una erogación espontánea entre los presentes que ascendió a la cantidad de veintidós soles y que quedaron en poder del tesorero auxiliar, señor Cesáreo Villarán, con lo que terminó el acto quedando organizado el cuerpo con el nombre de Compañía de Bomberos Salvadora Cosmopolita Nº 1. Siendo las cinco de la tarde y quedando convocada la Junta Directiva a sesión extraordinaria el 20 de presente las tres de la tarde.

A partir de enero de 1902, la actuación de la flamante compañía no sólo fue providencial sino altamente efectiva. La celeridad era su lema inicial; es por eso que a iniciativa del comandante activo, el santanderino Nicasio Gallo, se colocaron escudos rojos con una S blanca a las puertas de las casas de los bomberos para ser avisados de inmediato por los vecinos, caso de incendios.

El 2 de abril de 1902, estrenan sus uniformes que consisten en: pantalones blancos, casacas rojas con dos hileras verticales de botones dorados, una S metálica dorada sobre el pecho, borceguí de cuero negro, kepís rojo con franja dorada y cinturón y fornituras de cuero.

En el TE DEUM de Fiestas Patrias de aquel año, se bendice solemnemente el Estandarte de la Compañía, apadrinado por el Cónsul inglés Henry Stone y la Señorita María Beatriz Negrete. También se bendice el carro de escalas apadrinado por don Nicolás Birimisa y la señora Tarcila Chávez Rey de Vattuone. Inmediata¬mente después pasan a la calle Libertad a inaugurar el local que había sido especialmente acondicionado y que venía prestando servicios ya desde el 28 de junio. Los padrinos fueron el señor Ignacio Alania y la señorita Julia María Azalia. En esta misma fecha acaece un luctuoso suceso. Mientras las autoridades y el público se hallaban en la ceremonia de bendición; a las diez de la mañana y en completo estado de ebriedad, Manuel Palacios trepa sobre las flamantes escaleras dejadas por los bomberos en la Plaza del León; al ejecutar unas graciosas piruetas cae aparatosamen¬te falleciendo en el acto.

Esta humanitaria institución, desde sus albores tuvo un bastión grande en su férrea disciplina, organización y su constante preparación físico-técnica. Dominicalmente en forma pública, efectuaban sus maniobras ejercitándose en manejar sus materiales. Siempre estuvieron listos para la lucha.

No sólo en las tareas de su competencia tuvo descollante actuación la Cosmopolita. En el plano social y cultural también destacó con brillo y eficacia. De allí señalamos, por ejemplo, sus tradicionales fiestas a las que, lo mejor de nuestro pueblo asistía. No era para menos, en sus filas se inscribieron mucho de los más notables hombres de Pasco.

Las veladas y conciertos musicales, teatrales y tertulia eran proverbiales y muy bien acogidas por la comunidad.

Asimismo es digno de recordación el desempeño de la banda de Músicos que, dicho de paso, en un comienzo había sido una organización aparte pero teniendo como sus directivos a los mismos de la Salvadora, denominándose FILARMONICA COSMOPOLITA como la otra, decidieron a agruparla en fusión con los bomberos. Esta banda de música, a partir de 1904 estuvo dirigida por el pintoresco Pedro Ángel Cordero y Velarde, cuando todavía estaba cuerdo. Aún no era el orate que deambulaba por las céntricas calles de Lima con su estrafalaria indumentaria, fun¬giendo de Presidente de la República y pronunciando maratónicos discursos disparatados que eran seguidos por las risas de los circunstan¬tes. A propósito, un 18 de diciembre -por rara coincidencia- falleció en Lima.

Lo que son las cosas. Esta banda de músicos que los sábados de principios de siglo, alternaba con la banda austriaca, con la de la Beneficencia Española, con la del Cuartel de Policía, tuvo un desempeño brillante y emotivo, ya que en estos torneos musicales “sacaban la cara” por el Cerro de Pasco; porque mientras la Slava bajo la batuta de Marcos Bach se lucía con los compases de valses vieneses, pasajes de Opera y Opereta, y la de la Beneficencia Española con pasodobles toreros, jotas aragonesas, bulerías y seguirías y demás música de la Madre Patria, y de la Policía con marchas, rancheras, tristes, pasillos, mazurcas y cuadrillas; la banda de la Cosmopolita ponía al tope los corazones con sentidas mulizas, hermosos yaravíes, tristes emotivos, rematados con alegres cachuas. Nuestro hayno nunca faltaba.

No queremos finalizar esta corta semblanza sin dejar de mencionar al héroe César Zamudio Véliz, heroico bombero cerreño herido mortalmente en el incendio que destruyó el mercado central el 21 de marzo de 1940. Conducido al Hospital y ante la impotencia de nuestros médicos es conducido a Lima en donde luego de cruentos y agobiantes dolores, fallece después de tres años de agonía. Fue enterrado por los bomberos de Lima en el Presbítero Maestro de Lima.

No podemos dejar de mencionar tampoco la destacada actuación de Domingo Sotil como Comandante en el período 1906 -1911, ni la de don Félix Lewandovsky entre1944 y 1951), ciudadano berlinés que adquirió un terreno de mil metros cuadrados para el nuevo local, una costosa Motobomba LA TOUR, la primera importada al Perú, la refacción completa del antiguo de la calle Libertad y la edificación del Hermoso Obelisco en memoria de los bomberos caídos en el Cementerio General. A propósito de este último acontecimiento, es necesario recordar que el domingo 13 de mayo de 1945, en un terreno cedido en forma gratuita por la Beneficencia Pública merced a las gestiones del Inspector de Cementerios señor Gerardo Patiño López -capitán vitalicio de la Institución- y a un costo de 945 soles, el albañil Jacinto Agüero, erigió el obelisco de homenaje al bombero, construído en cemento armado, entre dos cuarteles de nichos de 12 pies de alto y que se eleva sobre varias escalinatas circundado de cables de acero y decorado con dos placas, la primera, ubicada en la parte alta de una de las caras con un casco entre dos hachas, ostenta la fecha “13 de mayo de 1945″. Al pie de ésta hay otra en la que dice:” A los Bomberos caídos” y en el frente de la primera grada, otra placa en la que reza:”La Compañía de Bomberos Salvadora Cosmopolita Nº 1″. En la ceremonia estuvieron presentes, el Alcalde de la ciudad don Cipriano Proaño, el Prefecto del Departamento don José Rodríguez del Riego, el Vicario Foráneo de la Iglesia de Chaupimarca, Rvdo. Anatolio Trujillo Zevallos, el doctor Hipólito Verástegui Cornejo, Presidente del Club Team Cerro, el Comandante General de la Compañía don Félix Lewandosvky, don Víctor Rodríguez Bao, Inspector de Cultura, don Gerardo Patiño López, Director de EL MINERO; Autoridades, judiciales, educacionales, policiales y políticas en pleno así como la totalidad de bomberos de la ciudad. En la ceremonia hicieron uso de la palabra el capitán Gregorio Rivera y el teniente Félix Peraldo. Aquella misma fecha, el distinguido poeta cerreño don Armando Casquero Alcántara, publicó su poema al heroico nombero, interpretando la admiración y el cariño que toda la población siente por este benemérito soldado cívico. Esta es la creación:

DIOS TE SALVE HEROICO BOMBERO.
(Fragmento)
Para los abnegados bomberos de la Cosmopolita de esta ciudad, con mi profunda admiración y simpatía.

Porque corres de la alarma al sonar quejumbroso
y abandonas tus quehaceres y te llenas de valor
porque enfrentas tu coraje ante el fuego insidioso
y no temes el peligro ni la altura, ni al calor;
Porque sabes que en tu obra de pacífico soldado
se encomienda el destino de la casa y el hogar
y en arranques de ironía, con el rostro afiebrado,
lentamente tú consigues el incendio apagar.
Porque vibran tus entrañas al impuilso del trabajo
y te acercas a la muerte con valiente sonreir
…y no miras si hay peligro, si el dolor está debajo,
¡Dios te salve, Oh bombero, Dios te salve, en tu vivir!
¡Dios te salve, cuando subes las escalas tambaleantes!
¡Dios te salve, cuando trepas las paredes remojadas!
¡Dios te salve, cuando pisas los techados calcinantes!.
y de humo se entorpecen tus homéricas miradas…!.
¡Dios te salve! yo pregono con mis gritos más sinceros….
¡Dios te salve…porque seas el orgullo del Perú…!
¡Dios te salve, Oh bombero entre todos los bomberos
y bendito para siempre, para siempre seas tú….!

DOS DOCUMENTOS HISTÓRICOS

PRIMERO.- El registro de las primeras minas de San Esteban de Yauricocha (Hoy Cerro de Pasco) cuyo texto es el siguiente:
“Yo, don Diego Cantos de Andrada, capitán de S. M. I. Señor don Felipe Segundo, Rey de España, Castilla, Aragón, Cataluña, Navarra y Valencia, el Rosellón, el Franco-Condado, los Países Bajos, Sicilia, Cerdeña, Milán, Nápoles, Orán, Túnez, Portugal, Filipinas y de estos reinos del Perú, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y a nombre del muy Augusto Emperador de España y de estos Reinos del Perú, Señor Don Felipe Segundo y en compañía y presencia de los señores, Don Rodrigo Cantos de Andrada, Corregidor del Tambo de Xauxa, Gómez de Caravantes, Alcalde del Tambo de Xauxa, Bartolomé Díaz (el mozo), Juan Mazuelas, Luis Díaz, Miguel Romero, Bartolomé Díaz (el viejo), Cipio Ferrara Pérez, Juan Vergara, Juan Díaz (Platero), Carlos de Oliva, Juan de Padilla, Juan de Tardajos, Alonso Montalván y, de los caciques indios, don Apo Manco Surichaqui, de Hatun Xauxa; Apo Manco Guacrapaucar, de Lurinhuancas; Apo Macho Alaya, de los Hananhuancas; Alonso Xaxa, de los Yauricochas, y de otros españoles y naturales que aquí en número de sesenta y cinco habemos, tanto señores de vasallos como vasallos de señores, posesiónome y estaco el cerro, nombrado por los naturales, Cerro de Yauricocha, sus lagunas, sus contornos y todas sus riquezas, haciendo la primera mina, por mí nombrada, “Descubridora” y haciendo las primeras casas, para habitar en servicio de Dios Nuestro Señor, y en provecho de su Augusta Majestad Imperial, señor Don Felipe Segundo, a los nueve días del mes de octubre del año del Señor, de mil quinientos sesenta y siete.-Rodrigo Cantos de Andrada, Gómez de Caravantes, Bartolomé Díaz, Juan Mazuelas, Luis Díaz, Miguel Romero, Bartolomé Díaz, Cipio Ferrara Pérez, Juan Vergara, Juan Díaz, Juan de Padilla, Alonso Montalván. No firman los demás por no saberlo hacer, pero lo registran con el signo de la Cruz.- Juan de García, escribano”.

SEGUNDO.- Carta dirigida por don, Francisco Toledo, mayordomo de Su Majestad, su Visorrey, Gobernador y Capitán General de estos reinos y provincias del Perú y tierra firme, Presidente de la Audiencia Real de la Ciudad de los Reyes, etc. al Muy Alto, Muy Poderoso y Excelentísimo Rey y Señor don Felipe II Rey de España, Castilla, Aragón, Cataluña, Navarra, Valencia, el Rosellón, el Franco-Condado, Países Bajos, Sicilia, Cerdeña, Milán, Nápoles, Orán, Túnez, Portugal, Filipinas y de estos reinos del Perú, en la cual hace relación de las tierras y provincias sin cuento que ha descubierto, entre las cuales hay una más maravillosa y rica que todas llamada San Esteban de Yauricocha, que está, por maravillosa arte desconocida, sobre la cima del mundo, rodeando una grande laguna, donde la abundancia de plata es tan magnífica que nunca ojos humanos han podido contemplar igual exuberancia y prodigalidad.

Muy Alto y muy poderoso Rey y Señor: Bien creo que, vuestra majestad, por letras anteriores mías, habrá sido informado que en uno de los altos extremos del extenso valle de Jauja, al que pertenece, hay una tierra prodigiosa, abarrotada de vetas portentosas que, desde muchos años antes los infieles han venido explotando para aderezo de sus dioses paganos y los ministros que los servían. Al principio fue titulada por nombre “Cerro Mineral de Bombón” y después, “Cerro Mineral de Yauricocha”; actualmente, ha quedado asentada, en obediencia a nomenclaturas emanadas de nuestra Santa Madre Iglesia Católica, con el de “San Esteban de Yauricocha”. San Esteban en loor al protodiácono y protomártir de nuestra Santa Iglesia Católica y Romana, el siervo, San Esteban que, por su plenitud a Dios le valió ser condenado por el Sanedrín judaico y apedreado y que, al estar muriendo, clamaba perdón para sus perseguidores. “Yauricocha” porque, en lengua primitiva de los indios, dice significar: “laguna rebosante de minerales”. No obstante la oficial nomenclatura, muchos visitantes y personas de otros lugares, le denominan con admiración “Nuevo Potosí” en razón de que las minas del Cerro Rico de Potosí, han desaparecido por un aluvión que mató a más de cuatro mil personas, sepultando sus vetas. (…) “El Contador Real de la zona me ha informado debidamente, con números ilustrativos que a vos envío, que Potosí ha dejado de ser emporio de la plata. Actualmente “San Esteban de Yauricocha”, cuyo manantial es inagotable y fabuloso, ha duplicado con creces a Potosí. No obstante que el trabajo de saca es superficial, la explotación a la que se ha sometido es impresionante; cerca de trescientas minas boyantes y activas, han logrado duplicar la producción del Cerro Rico de Potosí; lo que amerita con toda justicia el título que Vuestra Majestad pudiera conferirle de “Ciudad Real de Minas”.

Porque he deseado que vuestra alteza supiese las cosas de esta tierra, que son tantas y tales, que no quiere tan larga cuenta como debo, a Vuestra Sacra Majestad suplico me mande perdonar; porque ni mi habilidad, ni la oportunidad del tiempo en que a la sazón me hallo, para ello me ayudan. Mas que todo me esforzaré a decir a Vuestra Majestad lo menos mal que yo pudiere la verdad y lo que al presente es necesario que Vuestra Majestad sepa. Y asimismo suplico me mande perdonar si todo lo necesario no contare, el cuánto y cómo muy cierto, y algunos nombres de quienes son protagonistas de estas actuaciones.

Como se sabía e hícele saber por relaciones detalladas que de esta tierra hubo hecho don Pedro Cieza de León y, principalmente, don Miguel de Estete, cronista que acompañaba a don Hernando Pizarro a Jauja, en cinco de enero de 1533, con veintiún jinetes que se decían, don Hernando de Soto, Juan Pizarro de Orellana, Lucas Martínez Vegaso, Diego de Trujillo, Luis Mazza, Rodrigo de Chávez, Juan de Rojas Solís y dicho Miguel de Estete, nueve peones de lo mejor aderezados de guerra y tres nobles de aquestos reinos de nombres, Ancamarca Maita, Tito Maita Yupanqui y Cayo Inca. Cuando encontrábanse en aquella ruta, en el lugar que denominan Pombo, al borde septentrional de una enorme laguna de agua dulce, que tiene tres leguas de circuito, en cuya laguna tuvo el padre de Atabalipa muchas balsas traídas de Tumbes para su recreación, siguieron por un llano donde hay muchos ganados y por todo el camino muchos corrales de ovejas de lana muy fina; allí, leguas más adelante, habiendo pasado un pueblo que en lengua nativa denominan Carguamayo que quiere decir “Río Dorado”, diéronse con una comitiva que llevaba quinientos mil pesos de oro entre soberbias esculturas del tamaño natural de hombres y animales de estos reinos, para pagar el rescate de su inca y señor, el dicho Atabalipa. Estos hombres hicieron saber que, al septentrión, se hallaba la tierra encantada cubierta de nieve y frío, alta, de aire fino e irrespirable, de donde provenían estas riquezas en caudales insospechados, trabajadas por admirables orfebres indianos. Haríais bien en llamarla Ciudad Real, Supremo Señor; porque aquí, todos los asombroso mitos de la antigüedad sobre riquezas fabulosas y pasadas alucinaciones de pasados tiempos; sobre islas afortunadas o misteriosas regiones de Utopía, se esfuman y languidecen ante el hallazgo asombroso de estas minas. Sobrepasa, con su incalculable abundancia, la bien merecida fama de la Cólquida y de Ofir. Es cosa de sueño. Estas fabulosas fortunas sin término, se hallan encerradas en las profundidades de la tierra más áspera, desabrida y estéril del mundo. No otra cosa es este lugar de suelos muy fríos, cordilleras altas y cerros pelados, sin ninguna clase de arboleda; lejana de los puertos marítimos y tan alta que sólo está en comunicación con Dios, los cóndores, las estrellas y los cielos”.

La Anquicha


No se trataba de una preciosidad de mujer, pero tampoco de uno de aquellos esperpentos que por sus rasgos toscos u hombrunos hiciera huir a sus marchantes. Tenía un discreto encanto que, poco a poco, se apoderaba de uno con un ímpetu indefinible que atraía con fuerza. Diríamos como los entendidos que estaba dotada de ese secreto encanto que muy pocas mujeres pueden lucir: sex –appeal; vernáculo, pero sex-appeal; un hechizo que envolvía con sus invisibles lianas el corazón y, sobre todo, el siempre vigente deseo de los garañones mineros. De mediana estatura, flancos poderosos, senos alzados y recios, cintura estrecha, pletórica de salud, con una confianza enorme en sí misma, tenía anudado en el vuelo de sus polleras el corazón de muchos hombres. Ni jovencita, ni vieja; mujer de “medio tiempo”. Siempre vestida con ropas sencillas; no con la opulencia de las señoras de muchos bienes económicos, ni la paupérrima pobreza de las cholitas desamparadas; aquellas con abrigos entallados de la última moda, y éstas, con modestas catas de castilla. No. Llevaba una vestimenta, con el número indispensable de polleras para su abrigo y comodidad; sobre éstas, la falda de organdí con bordados de flores, mandil de tocuyo floreado con amplias faltriqueras donde guardaba sus “ganancias”. En la parte superior, la polka ceñida con interiores de franela para evitar el escozor de la cobertura de “coca saco”; chompa de lana, tejida por ella misma y, finalmente, un florido pañolón de “Alaska” que la fábrica Maranganí promocionó en la sierra. Cubriéndole la cabeza, siempre un sombrero de fieltro a medio lado; primero un “Borsalino”, más tarde un “Stetson”, y finalmente -su economía en picada-, uno de fieltro tosco: “Arregui”. Nunca usó sombrero blanco de paja. No le gustaba. No era muy chola para ponérselo, decía. Su cuidado personal era muy escrupuloso. Cada media semana, con su “quipecito” de ropa limpia iba a los baños de la compañía norteamericana y se pegaba un duchazo prolijo; peinaba sus abundosos cabellos acomodándolos en dos trenzas gruesas y enormes

Después de haber sido lavandera en Patarcocha, tuvo que dejar la actividad tras una pulmonía que superó bajando de urgencia a Huariaca. Allí el aire benéfico con abundante oxígeno y su clima abrigado le repusieron la salud. Después se convirtió en trabajadora del hogar, en sirvienta, pero no se acostumbró. Todos los patrones que tuvo, trataron de “abusar” de ella. El primero fue un ingeniero en cuya casa trabajaba. Una noche que llegó borracho entró en su dormitorio y sin mediar palabra alguna la sometió a su dominio lascivo y la desfloró. Cuando la vio llorosa sacó una libra y se la puso en las manos. ¡Estaba pagada!. “El maldito “Veneno” Probaño, me rompió”- dijo. Después ejerció de vendedora de tamales, pero fracasó. No toleraba que los compradores le llevaran la contraria. Tras sonados líos con sus clientes optó por “mandar todo a rodar” y decidió que era el momento de explotar sus encantos. Se convirtió en cotidiana asistente a los bares y restaurantes de la ciudad. Jamás le faltó un pan para llevarse a la boca ni un trago para disipar su soledad; porque vivía sola. “No tengo ni un perrito que me ladre” decía. Los bohemios, especialmente los mineros, sabían muy bien que colmándole los manteles de los restaurantes tendrían la recompensa de las sábanas de su cama. Así era ella, no permitía melindres ni candideces. Sus favores los cobraba con creces. Vivía orgullosa de su cuna. Sin admitir réplicas decía: “Yo nací cerca de Dios, donde al cóndor le da soroche y a la llama le da calambres. Soy del Cerro de Pasco”. Era muy zahorí. Al pasar rápida revista de los parroquianos, descubría en un santiamén al líder del grupo que estaba bebiendo. El rito cotidiano comenzaba cuando, estudiado el terreno y las características de sus “víctimas”, arrastraba su silla, y sin más, se sentaba a la mesa junto al más gastador; ya en el transcurso de la “huasca” iría a elegir a quien sería su pareja de esa noche. Jamás nadie le hizo ningún desaire. Nadie se atrevió a “ningunearla”. Era una mujer, todo coraje, en un ambiente de pusilánimes; decidida y emprendedora en un mundo de indecisos; arrolladora, cuando en derredor de ella, las mujeres se agazapaban para llorar el abuso de los maridos o amantes; viperina y arrebatada que no permitía ningún abuso, menos con las mujeres. Ella sabía que la admiración y el homenaje que el pueblo le tributaba, le facultaban para actuar así, con desparpajo y marcado orgullo. Todos recordaban cómo, para la muerte del Prefecto, indignadísima, encabezó el movimiento femenino para expulsar al tirano que nos sojuzgaba. Con un garrote en las manos, el grito conminatorio en la garganta quebrada de indignación, liderando una horda femenina corrió por los comercios, chinganas, “toneladas”, restaurantes y bares, ordenando su cierre para que la gente saliera a protestar a las calles. Fatalmente, aquella tarde, fue tanta la indignación del pueblo que no terminó sino hasta verlo muerto. Cuando acometió la represión, fue de las primeras en caer. Lucía flamígera en todas las fotos que Barzola había tomado. Nunca lo negó. Estuvo encerrada en la cárcel cerreña, la más dantesca mazmorra del mundo, de paredes de piedra, cubiertas de musgo siempre verde y húmedo, techos de calaminas viejas que originaba una gotera inacabable en donde lluvias y nieves son aberrantemente continuas. Una prisión helada donde el frío espantoso, agravado por el agua que circula sobre el piso del empedrado, la hace insufrible. Seguramente ni en la Siberia sufrirían tanto los presos como aquí. Entre tanto, en el colmo de la ignominia y el abuso, diariamente la sacaban enmarrocada, paseándola por las calles a empujones como a una vulgar delincuente. Querían lucirla escarnecida, humillada y rendida, “para escarmiento de las cholas” como decían las autoridades. Ella jamás arrugó. Había que verla: Desfilando serena y altiva por las calles céntricas, ignominiosa pasarela del escarnio, en ese momento. Sus ojos fulguraban de orgullo cuando, muchos cobardes que la miraban, se orinaban de miedo, temblando ante lo que les podía hacer aquel engendro de la estupidez y el abuso llamado Alejandro Esparza Zañartu, un nombre para la nómina de mal nacidos, sirviente incondicional del arrogante tarmeño Odría, como antes lo había sido Damián Mústiga, insignificante y venenoso como una ladilla, chupamedias del “Mocho” Sánchez Cerro. Su mirada límpida de valentía y orgullo en la vida jamás fue domeñada. El trayecto de la cárcel al juzgado, era vía del diario peregrinaje de la mujer valiente. Todos la habían visto y, todos, sin excepción, aprendieron a admirarla. En la cárcel también tuvo que luchar bastante. Cuando cumplido su “franco” los guardias republicanos regresaban a la cárcel, al verla dormida, trataban de abusar de ella, pero en cuanto entraban como fieras hambrientas, la Anquicha se ponía de pie y, como el más experto de los peleadores, defendía su honor con uñas y dientes. Sus gritos despertaban a los otras mujeres y llegaban al pabellón de hombres que con gritos y zapateos de protesta calmaban a los abusivos. Muchos “repuchos” quedaron con las huellas de su valentía hasta que aprendieron a respetarla Eso era semanalmente, hasta que un día conoció el amor; el único amor de su vida. Cuando lo vio por primera vez, quedó admirada. Era un guardia republicano, fortachón, de raza indefinible, de talla más que mediana pero de enorme envergadura; espaldas amplias y musculosas que se iniciaban en un cuello de buey, grueso, desmedidamente enorme; brazos recios de bíceps y tríceps notables y marcados; manos gigantescas con dedos gruesos como morcillas; cintura breve pero musculosa; muslos enormes y bien proporcionados con piernas gruesas y gemelos bien definidos, perfectamente dibujados debajo de la piel brillosa. El rostro oscuro, terroso, ojos achinados como los de un japonés; labios carnosos y prominentes como los de un negro; cabeza pequeña y poderosa de pelos hirsutos y rebeldes como de un aimara. Era una extraña mezcla de razas que habían dado ese producto. Parecía un gladiador y en realidad lo era. Su enorme afición al box era excluyente. La superioridad le había permitido que, en una cuadra hermética, aledaña al reclusorio de mujeres, instalara su gimnasio. Allí colgaba bolsas de arena, pera, mancuernas y sogas. De madrugada entraba a ejercitarse. Primero sogas, con la que hacía maravillas como si estuviera flotando en el aire sin peso alguno, luego sombra, con un mellado espejo fijado a la pared de piedra; después saco y pera. En ese lapso de dos horas, el hombre transpiraba a raudales. La Anquicha, sin hacer caso de las otras reclusas, le contemplaba extasiada por la mirilla, muda de asombro, viendo el cuerpo sudoroso que emanaba agresivos olores que la ponía nerviosa e inquieta. Eso diariamente. Procedió a averiguar su vida y se enteró que había sido remitido de Lima para cumplir un castigo por “haber desobedecido una orden de un oficial”. Eso era todo. El hombre, ¡claro! se dio cuenta de la muda admiración de su furtiva observadora. Un domingo que los visitantes se retiraban, él, sin aviso previo ni pronunciar una sola palabra, la tomó de la mano y la llevó a un escondite donde había un alijo de colchonetas, le levantó las polleras y la hizo suya. La Anquicha tampoco habló pero gozó como nunca. Los encuentros amorosos se sucedieron con gran regularidad –sin duda alcahueteados por los otros repuchos- pero en todo ese lapso, él no dijo una sola palabra. No hablaba pero, en silencio, dejó una cobijas nuevas sobre la cama de ella, otro día, caramelos, otro, galletas; eran regalos de su mudo amor. La Anquicha dedujo que él la quería y comenzó a soñar. Al salir libre de la cárcel se casaría con él aunque no dijera una sola palabra. Total, lo que ella necesitaba era amor y protección y no cháchara vacía. Quería un compañero para el resto de sus días. No importaba que él no se quedara; por lo menos, debía dejarla un hijo; por eso un día, cuando desbordada de pasión lo tenía consigo, acercó sus labios a los oídos del semental y, jadeante y urgida, masculló un pedido, mezcla de súplica y mandato:

-¡Préñame!.

No hubo caso. Más tarde descubrió que las bebidas que le proporcionaba una huanuqueña para que no tuviera hijos, la había vuelto estéril. Esta huanuqueña especialista en “chamiquear” a los hombres, la había desgraciado para toda su vida. Nunca podría tener hijos. Un día el “repucho” desapareció como había venido, en silencio; ni su nombre llegó a saber, pero le dejó el sabor de un amor intenso e inolvidable.

Fijado Lima como lugar del proceso judicial, fue trasladada junto con los otras presos, para ser juzgada. En la cárcel de mujeres se hizo íntima de Isabel Pedraza, “La Rayo”, aquella negra ágil como un gato y audaz como un cernícalo que, al verla llegar, mirándola con emoción y respeto, le dijo “Tú eres bien macha, me he enterado que lideraste a las mujeres de tu pueblo para sacarle su mierda a un abusivo. ¡Eres de las nuestras!. No eres ninguna cojuda. Desde ahora compartirás con nosotras todo lo que alcancemos y nadie te faltará el respeto. Avísanos nomás quien trata de joderte. Nosotros nos encargaremos de hacerle comer su mierda”. Fue presentada a la capataz, que también “le agarró cariño”. Ésta era Josefina Huerta, conocida por el mote de “Tormenta”, triunfante luchadora de cachascán, en su recorrido por entarimados peruanos de los cincuenta; había dado cuenta de consagradas luchadoras como la “Norcoreana”, “La Siciliana”, “La Salvaje” y otras campeonas. Un día que encontró a su marido encamado con su vecina, presa de una ira homicida, dio cuenta de los dos traidores. Cuando llegó la policía, ambos tenían el cuello roto. Ahora es la “capo” del pabellón de las comunes, amiga de las presas políticas en sus encuentros en el patio principal. “La Anquicha” que ejercía la jefatura del grupo recién llegado, abogó también por su clan cerreño: Paulina Ventura Cabello, Ignacia Martel Calero, Rafaela Romero Ayala, Fortunata Orihuela Cavilla, y ella, Angélica Panduro Ricapa. Este grupo, protegido por “Tormenta”, había concitado el respeto de las reclusas porque habían dado cuenta –no de un sujeto cualquiera- sino de un poderoso; de un Prefecto. Es más, “Tormenta” le enseñó con lujo de detalles dónde y cómo golpear en las zonas más sensibles y estratégicas del cuerpo humano, lección que aprendió con creces y puso en práctica cuantas veces le fue necesario.

Nueve años estuvo en la cárcel de mujeres donde hizo muchísimas amigas. En ese lapso descubrió muchos secretos femeninos, argucias y “mañoserías” que puso en práctica a su salida por la amnistía general para los presos políticos. Ya la “Anquicha” se había “achorado” y comenzó a hacer valer sus “experiencias”, de las buenas y de las otras; por eso los marchantes se cuidaban de ofenderla. Levantisca y escandalosa, castigaría la pedantería o el desprecio. Nadie estaba dispuesto a jugarse esa carta. Algunas veces –muy raras, por supuesto- llegaba a la mesa que quería, muy comedida y amable, llevando sus dos botellas de cerveza. Las ponía encima y al instante estaba participando de la conversación. Estaba precisamente enterada de todos los acontecimientos de la vida diaria de su pueblo, su Cerro de Pasco. Conocía de las virtudes y las debilidades de los “grandes” y de los otros. Su conversación era muy activa. A los recién llegados, informaba de las ventajas de su pueblo, de las posibilidades en el comercio o la industria, pero sobre todo, en el amor. Fue la anfitriona, obsequiosa y graciosa que acompañaba al visitante hasta donde éste permitiera que lo hiciera, pero en toda esa tarea, sacaba pecuniaria ventaja que le permitía seguir adelante. Siempre tuvo cuidado de no chocar con los grandes; es más, a ellos y sus mujeres, saludaba con especial respeto; no fueran a enojarse. Como el resto del pueblo la conocía, la toleraban con mucha condescendencia. Su conducta disipada y aventurera, era un secreto a voces.

Claro que algunas veces tuvo problemas, especialmente con la policía. Era generalmente porque, algún visitante, pensando que por chola, se callaría, se negaba a pagarle sus servicios. En ese momento “le salía la india” y castigaba al agresor. Le quitaba su plata y le pegaba. Era muy mujer para hacerlo; chola poderosa, zamaqueaba a su víctima, y fugaba. Era lógico que nadie la alcanzara, no sólo porque siempre estaba en forma, sino porque conocía la ciudad con sus recovecos, callejones, caserones, atajos y demás escondrijos de los que la ciudad era pródiga para despistar al persecutor. Hasta los canes pueblerinos que la conocían, enmudecían, cómplices, en sus correrías. Las pocas veces que cayó en cana, no le probaron nada. El “cuerpo del delito” había desparecido como por encanto. Más tarde ella lo recuperaría con creces. Lo había dejado a buen recaudo en un escondrijo que sólo ella conocía. Si a pedido del agraviado debía quedarse encerrada, algún policía amigo, generalmente uno de los que se habían beneficiado de su celestinaje, le alcanzaban una cobija y, al día siguiente, salía indefectiblemente. Bueno, total, la “Anquicha” era una parte fogosamente vigente de la ciudad. Un ser especial.

Todos sabían quién era la “Anquicha”. Inclusive, haciendo alusiones canibalísticas, decían muy orondos: “Si no te has comido a la Anquicha, no eres cerreño”, es decir que quien no había gozado de sus intimidades sexuales, no era cerreño. Todos la conocían, pero pocos sabían que apellidaba Panduro Ricapa. Bueno, a nadie le importaba. En nuestro pueblo, no hace falta el apellido cuando el nombre de alguien toma carta de ciudadanía. Aquí rápidamente se identifica cuando se habla de esos seres que han nacido con calor popular y estima general del pueblo. “Capachón”, “Chuño”, “Patas a la Oreja”, “Chorreao”, “Pecas”, “Rogromanca”, “Sirriachi”, “Mufle”, “Agatón”, “Trueno”, “Piñachuncho”, “Cura Bolo”, “Mote”, “Gran Chichí”, “Poeta” etc. A este grupo de privilegiados del efecto popular pertenecía la “Anquicha”.

La conocí mejor en el entierro de “Patas a la Oreja”, cuando apesadumbrado de ese drama tan patético, me encontraba silencioso y adolorido en un rincón del cementerio. Ella estaba de servicio y me alcanzó un copón de chinguirito que la “Chapi” Quintana había llevado al camposanto. “Sírvete, papito” -me dijo- “Yo también estoy sufriendo por nuestro pobre “Patas”. “Él te quería y respetaba mucho, como yo, papito; lo sé, porque él mismo me lo ha dicho” “!Sírvete!”.

Otra noche, en el velorio de “San Martín”, -un cargador patilludo como nuestro libertador-, nos amanecimos conversando. Me relató al detalle de todo lo que le había acontecido el 48, cuando la muerte del Prefecto: “Era un demonio, papito –me dijo- y debe estar en el infierno. No puede estar en otra parte ese mal nacido. Era un abusivo. A la viejita “Lulli” Sacristán, la zarandeaba cuantas veces quería porque ella vendía comida con su ollita a la puerta de la Prefectura. Un día de pago, al ver tanta gente que le consumía, de un patadón arrojó muy lejos su olla y la Lully se quedo sin nada, llorando, desamparada. Esa viejecita, abandonada por sus hijos, solamente así se mantenía. ¡Cuántas cosas hizo el malvado, hijo de perra!. Hasta el pobre “Gardelito” –Tú conocerás, papito, al hermano de los Paulino, sastres y peluqueros de la Calle del Marqués que tenían un hermano idiota que caminaba por la calle sin saber ni quién era- Bueno, un día que el malnacido venía por la puerta de Kukurelo, se encontró con el pobre “Gardelito” que andaba por la misma vereda; de un manotazo lo arrojó sobre la acequia que estaba llena de agua donde el pobre comenzó a temblar con su epilepsia. Él se quedó riendo como un animal y sólo cuando se fue, levantaron a “Gardelito”. También pegaba a los canillitas que se le cruzaban en la calle. A nadie respetaba. La única que lo “pasaba” era la “Payasa”, chuchumeca coquetona, pintarrajeada como si estuviera en carnavales que se encamaba con el maldito grandazo, sin que la Omara se enterara. Nosotras lo odiábamos, especialmente cuando nos echó de su oficina como si fuéramos perras asquerosas. Ahh pero la “Opa” Paula le hizo pagar sus abusos. Bailó sobre su cadáver cuando el pueblo dio cuenta del maldito. Aquella tarde todos estuvimos juntos para sacarle su mierda. Me acuerdo del “Catarro” Bartola, el “Chato” Miraval, Atilio León, Lucho Llanos, Patricio Chahua, Humberto Luis y muchos cerreños machos, carajo. El relato de todas las iniquidades del Prefecto, la asonada, la represalia, su apresamiento, su juzgamiento en Lima y todo lo demás me contó aquella noche. “Un día, cuando ya había pasado tanto tiempo –siguió contando tras el cargado café que invitaron los dolientes- llegaron a la cárcel, el Prefecto Lanfranco, el comisario Bandini y otro cachaco que había llegado de Lima para decirnos que nos daba tres días de plazo para preparar nuestra ropa y otras cositas necesarias para viajar a Lima donde nos juzgarían. ¡Dios mío, que emoción, papito!. ¡Por fin nos juzgarían y sabríamos a qué atenernos!. Como sea nos preparamos los 120 que estábamos encerrados, al final sólo nos dijeron que viajaríamos 29: Veintitrés hombres y cinco mujeres. Entre mujeres estábamos, nuestra “Opa” Paula, la “Inacha” Martel, la “Rafa” Romero, la “Fortucha” Orihuela y yo. El cachaco nos dijo que, en consideración a tanto tiempo que estábamos encerrados, nos llevarían para ser juzgados; que deberíamos portarnos bien, sin alterar el orden, porque de hacerlo nos balearían. Efectivamente, papito, nos llevaron a la Estación enmarrocados para no escaparnos, con gran cantidad de cachacos cuidándonos, como si fuéramos abigeos o enemigos del Perú. En la estación nos subieron, no a los coches como pensábamos, sino a la bodega, donde llevan a los animales. No había ni a dónde sentarnos. Las puertas con armellas y tremendos candados. Enfrente, sobre un enorme cajón, habían colocado una ametralladora bien cargada que dispararían al menos escándalo que hiciéramos. En cada esquina de la bodega, dos cachacos de la republicana, también armados. Como no había ni una ventana, no sabíamos ni a dónde estábamos. Solo cuando preparaban las ametralladoras y los fusiles, sabíamos que estábamos entrando en una estación. En ese momento el capitán que era el jefe, nos hacía shhhh, y teníamos que permanecer en silencio mientras durara nuestra permanencia en la estación. Temían que, el pueblo, al enterarse de que estábamos siendo llevados como animales, nos rescatarían. Porque la verdad era esa, papito; todo el pueblo estaba indignado. Hasta ese momento, sólo el Comité de Defensa de los detenidos que presidía doña Teresa de la Matta –la mujer de Agüero, de la calle Lima- nos había ayudado. Ella se movió como nadie. Publicó avisos en el periódico y radios para que nos ayuden a juntar plata para pagar nuestra defensa en el juicio. Cuando llegamos a Lima, los periódicos nos sacaron diciendo “Ya llegaron los asesinos”, especialmente “El Comercio” y “La Prensa”. En la cárcel de mujeres nos recibieron como hermanas, con admiración, porque le habíamos sacado el alma al abusivo, a aquel maldito que siempre andaba armado con su pistola, por eso el “Capachón Minaya” le puso el apodo de “Pancho Pistolas”. Claro, una que otra presa nos miraba con sobradera pero ahí conocí a la querida de “Tatán”, a la negra que le decían “La Rayo”, la “faite” del penal. Ella se hizo mi “adú”.

Nunca vi llorar a una mujer con tanta indignación como entonces. Los años que decantan o encienden pasiones, le habían marcado con signos de fuego. Un odio acérrimo lo acompañó hasta los últimos instantes de su vida. A partir de entonces, mi admiración y mi respeto, siempre estuvo con ella. De su parte también. Cuando me veía en la calle me saludaba con mucho acatamiento.

Un día me encontré accidentalmente con ella. Venía con paso cansino, completamente débil. Al verla tan deprimida, la detuve para preguntarle por qué se encontraba así. Su estado era deplorable. Era un ser sumamente pálido, hueso y pellejo, con una ojeras espantosas. “¿Qué tienes?. –le pregunté. “No sé papito, pero ya no puedo más. Nada recibe mi estómago y sueño nomás me gana. No sé qué es lo que voy hacer”. Estaba tan mal la pobre mujer que, de inmediato me dirigí al Hospital Carrión y hablé con don Pedro Santiváñez, jefe de enfermeros, para que pudiera hacer algo por la enferma. La internaron como indigente. Más tarde me informaron que estaba muy mal, que requería de un especial tratamiento para reanimarla porque se encontraba muy débil, al extremo de encontrarse anémica. Gracias al celo de don Pedro, el ecónomo “Chacalhua” Ramírez, debía dotar de alimentación especial a la pobre mujer. A partir del día siguiente, ya tratada de sus males estomacales, la “Anquicha” ingería abundante leche y diariamente le servían sus churrascos con huevos fritos y tostadas. Aquello fue inolvidable. Había que verla. Estuvo dos meses recobrándose hasta que volvió a ser la mujer poderosa de antes. Como ya se sentía muy bien, aprovechó la llegada de las Fiestas Patrias para pedirle a don Pedro que le diera de alta. Lo logró. Salió del Hospital el 28 de julio a las nueve de la mañana. Eso, naturalmente, yo lo ignoraba. El caso es que, como siempre se ha estilado para esas fechas, los profesores del Instituto Industrial estábamos bien “pijes” con ternos nuevos, listos para el desfile, en medio de las calles que además de embanderadas, lucían con la totalidad del pueblo, ansioso de ver desfilar a los mejores muchachos cerreños. Nos encontrábamos en la plaza principal esperando que comenzara el “Te Deum”, cuando sin que lo advirtiera, apareció delante de mí la resucitada Anquicha, “huasca” como una cuba, y sin que pudiera evitarlo, me abrazó y me colmó de besos, en medio de la sorprendida algarabía de mis colegas y público curioso ahí presente. Lo que ellos no podían escuchar eran sus palabras cargadas de gratitud por las gestiones que había hecho en el hospital. Entre lágrimas y besos me agradecía el que la hubiera tenido en el hospital hasta curarse. (Creía que yo había solventado el gasto de su permanencia en el nosocomio). Los que me miraban creían que era un reencuentro entre dos amantes que se querían. Yo, ya nada pude hacer para quitar esa impresión de sus cabezas, pero desde entonces, su respeto fue más grande para mí.

Las pocas veces que volví a verla observé que ya no estaba sola. En los brazos llevaba a un perrito muy pequeño y, caminando a su lado, otro mucho más grande: sus compañeros. Los animales, como si supieran, permanecían en silencio, sentados uno en su falda y otro a su lado. “Ya no soy una mujer sola, papito”, me decía y los perros movían la cola como si entendieran Transcurrieron los años y dejé de verla. Una vez que viajé a Lima, por motivos de trabajo, murió. No pude estar en su funeral, pero la pena que invadió mi espíritu fue tan grande, que a mi retorno llegué hasta su tumba para elevar una oración por su alma. Los perros famélicos no se movían de su sepulcro.

Así era la Anquicha, que en paz descanse.

Marino Chunga Pingo(Un trompetista inolvidable)

Había llegado dirigiendo la Banda de un circo que andaba de mal en peor. No sólo los animales -atracción del espectáculo- enfermaron negándose a comer o movilizarse siquiera, sino que las lluvias y extrañas heladas nocturnas (en época de invierno nunca helaba), agravaron la situación. Las magras entradas de aquellas noches borrascosas y el riesgo que significaba seguir viviendo en esta Siberia andina, determinaron el apresurado alejamiento de los cirqueros. A él le cancelaron el contrato y lo dejaron varado con el único pago de un gracioso monito que, vendido a un suertero, le permitió seguir tirando para adelante.

En esas circunstancias y, accidentalmente, nos conocimos. Una mañana se presentó a la Radio en busca de algún “cachuelo” con qué pagar sus gastos más apremiantes. Bajo de estatura, algo fornido, de piel aceitunada, mezcla de chino, negro y cholo, tenía un par de ojitos permanentemente brillantes y traviesos; en su achinado rostro oscuro, siempre sonriente, se podía ver la marca que imprimía en sus labios, el oficio que realizaba. Me dijo ser oriundo de un pueblo cercano a San Miguel de Piura y que su nombre era, Marino. Había aprendido desde niño los secretos de la trompeta y otros instrumentos musicales; que había alternado mucho con los hermanos Neciosup, amos y señores de su instrumento en el norte del país; que lo único a lo que se había dedicado era a la música, nunca otra cosa, jamás otras inquietudes; que le urgía encontrar la manera de seguir viviendo porque sus exiguas ganancias se habían hecho humo con sus gastos más urgentes. Aquí, no conocía a nadie. Naturalmente, debido a su calidad artística prometí encontrarle una “pega”.

Lo que son las cosas.

Un sábado –dos días después de conocerlo- me encuentro con el desesperado director de una orquesta, muy popular en aquellos momentos, que estaba preocupadísimo. Esa noche tenía un compromiso en el “Club de la Unión” que estaba de aniversario, pero –me dijo muy apesadumbrado- “mi trompetista se ha “avivado” y se niega a actuar si no le pago el doble que de costumbre porque dice que como me van a pagar muy bien, él quiere compartir equitativamente de las ganancias”.

¡Miel sobre hojuelas!

Muy alegre le dije que sus preocupaciones habían terminado porque yo tenía al hombre justo para salvarlo. Le presenté a Marino con el que hablaron muy detenidamente respecto de emolumentos y técnicos musicales a emplearse.

La fiesta de aquella noche se prolongó hasta las diez de la mañana del día siguiente. Tan extraordinaria había resultado la actuación de la agrupación musical que los adinerados socios del club, muy entusiasmados, hicieron una “chancha” para seguir bailando sin importarles para nada la hora que fuera. Es ocioso decir que la publicidad que originó aquel éxito, trascendió fronteras locales. Bohemios y fiesteros no hablaron de otra cosa. En las semanas siguientes, los triunfos de repitieron en Huánuco, Huarón, La Oroya, Goyllar y otras ciudades cercanas. A partir de entonces los contratos se firmaban con meses de anticipación para la actuación de aquella orquesta y su trompetista estrella, Marino Chunga Pingo.

Todo fue avante en la orquesta. Nuestra amistad, mezcla de agradecimiento y afecto, se estrechó mucho más. Su inquietud musical era manifiesta. Siempre estaba estudiando. En abierto deseo de estimular esta inquietud, yo le invitaba a la discoteca de la radio donde nos pasábamos buen tiempo escuchando a los famosos de entonces. Harry James, con la magia de su trompeta privilegiada como primera figura de la orquesta de aquel inolvidable director y mago del trombón: Gleen Miller. Este músico norteamericano llenó toda una época durante la Segunda Guerra Mundial con la magia de sus creaciones. ¡Quién no las conoce!. Una recreación a parte significaba la audición de “Satchmo” Armstrong con recordadas interpretaciones de Blues y Jazz. Dizzi Gillespie, otro de nuestros preferidos; entre los latinos nos quedábamos con el cubano Sandoval y el español Méndez. Escuchábamos también con mucha delectación, el trombón de Tommy Dorsey; los clarinetes de Benny Goodman y Artie Show; los pianos de Duke Ellington y Count Besie. Cómo no íbamos a sentirnos arrobados de emoción con las voces de Ella Fitzgerald, Doris Day, Diana Shore, Rosemary Clooney, Frank Sinatra y otros extraordinarios artistas,

Por las noches –pletóricos de jazz y música moderna- recalábamos en “La Frontera” a beber algunos “calientes” para calentar el cuerpo y, entre trago y trago, haciendo sordina con un vaso, Marino interpretaba hermosísimas melodías de aquellos tiempos: “Solamante una vez”, “Vereda Tropical”, “Perfidia”, “Frensí”, “Serenata a la luz de la luna” y muchas otras…! ¡Qué hermosas e inolvidables resultaron aquellas horas!

Una noche muy especial, no sé de dónde se había conseguido las partituras pero, ante una improvisado auditorio ejecutó, “El vuelo del moscardón”, dificilísima pieza que sólo Harry James y uno que otro privilegiado podía ejecutar. Fue la apoteosis. Nunca olvidaremos la emoción de las gentes al aplaudir tremendo virtuosismo.

Al poco tiempo, cuando por viaje del profesor Sabino Blancas, la banda del Instituto Industrial se iba a quedar sin director, conseguimos que se le asignara la plaza de titular en el cargo. Allí, con una notable pertinacia, tesón y disciplina ejemplares, logró armar una banda de músicos de extraordinaria calidad. A partir de entonces, el plantel ocupó los primeros lugares en los desfiles cívico – militares.

Desde entonces su popularidad creció tanto que su presencia era muy solicitada en las reuniones y, por ese motivo, nuestros encuentros fueron distanciándose. Sus compromisos y los míos se hicieron cada vez tan seguidos que terminaron por alejarnos. Solamente cuando había que recordar una que otra fecha importante o, la celebración de un especial acontecimiento como navidad o fiestas patrias, permitía nuestros encuentros. Así, en una reunión que se efectuó en su casa para celebrar el onomástico de su hijo habido en una chica cerreña con la que había formado un hogar muy simpático, nos volvió a reunir tras un tiempo prolongado. Aquel día nos ofreció como plato de fondo, tras los consabidos aperitivos, un guiso apetitoso que todos consumimos con mucho apetito y deleite. A cada uno nos correspondió medio conejo –es decir lo que suponíamos conejo- que apuramos regado con un muy buen vino de Chincha. No era para menos, el sabor exquisito y la condimentación adecuada y su poco de ají molido, arrojó un potaje digno de los dioses, a pedir de boca. Terminado el guiso, Marino nos informó que habíamos comido gato, y para demostrarlo, nos enseñó cuatro cabezas de jóvenes mininos. Hubo varios tipos de sorpresa pero, al final, con un buen trago de anís del mono, todo quedó zanjado entre risas de sorpresa.

Así como ésta, nuestras reuniones, distanciadas, siempre se celebraban en casas familiares o, en “cancha neutral”, como le decían a los restaurantes o comedores. Las que –para él- comenzó como celebraciones amicales, fueron acentuándose como francachelas cotidianas que se prolongaban más de lo debido. Los brindis eran seguidos y el incumplimiento de sus obligaciones cada vez más enervante. No sólo desatendía sus deberes en el colegio y en la orquesta, sino también en su hogar. Un día, cansados de soportar su incumplimiento, lo largaron de la orquesta; otro, de la banda del Colegio. Posteriormente, en el colmo del abandono, borracho como una cuba, empeñó donde el italiano Orestes Concatto Tranquilini su única arma de lucha: su trompeta. Nunca más pudo rescatarla. La enorme responsabilidad de mantener el hogar tuvo que afrontarla solamente su esposa, trabajadora y comprensiva que, en todo ese tiempo, hizo lo posible por alejarlo de las malas compañías y los tragos. De nada sirvió. Lo buscaba en antros increíbles para llevarlo a su casa. Víctima de sus malos tratos, tuvo que arriar banderas y recluirse en su trabajo para ella y su hijo. Marino ya se había perdido. No era ni la sombra de lo que había sido. Sus días y sus noches los apuraba a punta de tragos.

Un grupo de amigos nos reunimos para ayudarlo y tras romper la barrera de su pertinacia levantada por el alcohol, conseguimos que viajara a Lima para reponerse en casa de uno de sus familiares. El viaje lo hizo en compañía de su pequeño hijo que contaba doce años. Él lo acompañaría. El día de su partida fue muy triste; consciente de que había estado echando su vida por la borda, trataría por todos los medios de volver a los carriles de la normalidad. Se despidió de su mujer y de sus amigos con una franca promesa de enmienda.

La ilusión de su readaptación duró muy poco. A la semana de su partida la policía llamó a su esposa y le comunicó que en la comisaría de la Victoria se hallaba su menor hijo que había sido encontrado vagando por esas calles, a la buena de Dios. Cuando el jovencito estuvo con nosotros, contó que su padre lo había dejado en el parque Cánepa diciéndole que en unos minutos regresaría, pero no volvió nunca más; entonces él, tras buscarlo infructuosamente, entre gente que no lo conocía, decidió recurrir a la policía. ¿Qué le había ocurrido?. El pueblo tejió mil conjeturas. Inclusive hubo personas que aseguraban haberlo visto caminar sin rumbo por las calles de Lima; otras afirmaban que había sido encontrado muerto en las aguas del río Rimac y arrojado a la fosa común del cementerio. En poco tiempo se dejó de hablar de Marino. Para todos, de una u otra manera, estaba muerto. Su familia se conformó y la vida siguió como siempre. Dos años más tarde, creyendo en su muerte, su mujer se unió a un comerciante y rehizo su vida.

Así pasaron cinco años.

Yo, había sido nombrado Secretario General de la Universidad y me encontraba desempeñando el cargo, cuando sucedió algo que no esperaba. Un 28 de julio, cuando asistíamos al participar del desfile cívico, habíamos decidido “cortar” por una calleja aledaña a la arteria central. Estábamos apresurados para tomar nuestro emplazamiento, cuando oí que me llamaban. La voz salía de un antro donde un grupo de cargadores bebía sus tragos de costumbre. De la oscuridad se acercó hacia la luz de la puerta un hombrecito macilento, harapiento, casi un cadáver y por sus ojos juguetones y brillantes, lo reconocí. Era Marino. Estaba convertido en un guiñapo humano y su cadavérica apariencia me partió el alma. Lo abracé con la misma fuerza de quien encuentra un hermano perdido y un buen rato estuvimos estrechados y cuando le miré para expresarle mi alegría por el encuentro, un mar de lágrimas se desencadenó de sus ojos ahora tristes, rodando por sus mejillas oscuras y tumefactas. ¡Cómo me dolió el alma!. De pronto tuve un sentimiento de culpa por no haberlo sacudido a tiempo para que pudiera salvarse de ese mundo de abandono y soledad. ¡Ahora estaba más solitario que nunca!. Ni siquiera tenía un hogar.

Como el tiempo me ganaba para poder tomar el emplazamiento de desfile, le alcancé cuanto tenía en los bolsillos a fin de que pudiera afrontar sus gastos más imprescindibles, y con otro abrazo me despedí con la promesa de que después lo buscaría.

En ese tiempo, mis compañeros, con el Rector a la cabeza me estaban aguardando en una esquina de aquella calle. Apenas llegué donde estaban ellos, el Rector, fuera de sí, me dijo:
— ¡¿Cómo es posible que el Secretario General de la Universidad y conocido maestro universitario, se estreche en un abrazo con un simple pordiosero y borracho?!….!¿No hay dignidad?!.
En ese momento sentí una terrible indignación. Acababa de ver a un gran amigo, convertido en mendigo y harapiento beodo. Un gran hombre convertido en una piltrafa por culpa de la bebida. Ya sin hogar, sin hijos, sin esposa, sin amigos. ¿Y se pretendía que lo desconociera abiertamente cuando, con voz entrecortada y dramática me había llamado?. No pude más. Perdí el control.
— ¡Mire, Señor!. Ese borracho haraposo, mendicante y desvalido, es mi amigo. ¡Mi amigo!, ¡¿Entiende usted lo que es eso?!. ¡Amigo!. Cuando pasaba por esa puerta me llamó y yo no podía negarme a saludarlo cuando después de mucho tiempo vuelvo a verlo. Ese hombre, así como lo ve ahora, es un artista caído en desgracia. Con él he pasado los momentos más gratos de mi vida. Momentos que jamás podré olvidar. Por eso me detuve a abrazarlo. No soy nadie para sustraerme a ese deber. Si no hubiera hecho eso, no tendría el valor de sentirme un hombre. ¡Ser maestro, señor, es demostrar con hechos, aunque sean poco gratos, lo que hemos aprendido en la vida!. No haga un escándalo por algo que de no hacerlo habría constituido una vergüenza!.

Tras un silencio cargado de angustia que siguió al diálogo, seguimos nuestros pasos para llegar al desfile.

A partir de entonces lo buscamos constantemente, pero él se escondía y no quería dar la cara. Su itinerario, según supimos después, iba del centro a los barrios marginales, donde era conocido.

Una mañana nublada, los comentarios de la gente eran muy escandalosos. Habían descubierto el cadáver de un desconocido en la calle Bolognesi. Cuando, guiados de una dolorosa premonición llegamos al lugar, se confirmó nuestras sospechas, el muerto era Marino. Estaba ahí, tirado en el rincón de una vereda donde tal vez habría estado durmiendo. El caso es que al comprobar su deceso por la extrema frialdad de su cuerpo, lo cubrimos con unos periódicos que algunas personas caritativas nos alcanzaron y fuimos a buscar el Juez de turno para el levantamiento del cadáver y su posterior envío a la morgue. Fuimos a informar a los colegas, del Instituto a fin de que adoptaran las medidas más adecuadas para sepultarlo. Cuando volvimos en compañía de casi todos los profesores, le habían quitado los calzados y despojado de sus periódicos.

Aquella noche lo velamos en uno de los salones del Instituto, los profesores de carpintería fabricaron un ataúd, y escoltado por la Banda de Música, lo trasladamos al cementerio para sepultarlo.

Cuando pasaba el cadáver por la calle, acompañado de profesores y alumnos, el murmullo era unánime. Todo el mundo cuchicheaba acerca de su desaparición y su posterior regreso; de su mujer que tenía otro marido y su total abandono. Ningún familiar estuvo con él. Antes de sepultarlo dijimos algunas palabras y tras el Himno del Instituto, lo bajamos a la fosa. En tanto la tierra caía sobre su ataúd, alumnos y maestros cantábamos, entre lágrimas, el “Huayno de los Capachos”.