La Anquicha


No se trataba de una preciosidad de mujer, pero tampoco de uno de aquellos esperpentos que por sus rasgos toscos u hombrunos hiciera huir a sus marchantes. Tenía un discreto encanto que, poco a poco, se apoderaba de uno con un ímpetu indefinible que atraía con fuerza. Diríamos como los entendidos que estaba dotada de ese secreto encanto que muy pocas mujeres pueden lucir: sex –appeal; vernáculo, pero sex-appeal; un hechizo que envolvía con sus invisibles lianas el corazón y, sobre todo, el siempre vigente deseo de los garañones mineros. De mediana estatura, flancos poderosos, senos alzados y recios, cintura estrecha, pletórica de salud, con una confianza enorme en sí misma, tenía anudado en el vuelo de sus polleras el corazón de muchos hombres. Ni jovencita, ni vieja; mujer de “medio tiempo”. Siempre vestida con ropas sencillas; no con la opulencia de las señoras de muchos bienes económicos, ni la paupérrima pobreza de las cholitas desamparadas; aquellas con abrigos entallados de la última moda, y éstas, con modestas catas de castilla. No. Llevaba una vestimenta, con el número indispensable de polleras para su abrigo y comodidad; sobre éstas, la falda de organdí con bordados de flores, mandil de tocuyo floreado con amplias faltriqueras donde guardaba sus “ganancias”. En la parte superior, la polka ceñida con interiores de franela para evitar el escozor de la cobertura de “coca saco”; chompa de lana, tejida por ella misma y, finalmente, un florido pañolón de “Alaska” que la fábrica Maranganí promocionó en la sierra. Cubriéndole la cabeza, siempre un sombrero de fieltro a medio lado; primero un “Borsalino”, más tarde un “Stetson”, y finalmente -su economía en picada-, uno de fieltro tosco: “Arregui”. Nunca usó sombrero blanco de paja. No le gustaba. No era muy chola para ponérselo, decía. Su cuidado personal era muy escrupuloso. Cada media semana, con su “quipecito” de ropa limpia iba a los baños de la compañía norteamericana y se pegaba un duchazo prolijo; peinaba sus abundosos cabellos acomodándolos en dos trenzas gruesas y enormes

Después de haber sido lavandera en Patarcocha, tuvo que dejar la actividad tras una pulmonía que superó bajando de urgencia a Huariaca. Allí el aire benéfico con abundante oxígeno y su clima abrigado le repusieron la salud. Después se convirtió en trabajadora del hogar, en sirvienta, pero no se acostumbró. Todos los patrones que tuvo, trataron de “abusar” de ella. El primero fue un ingeniero en cuya casa trabajaba. Una noche que llegó borracho entró en su dormitorio y sin mediar palabra alguna la sometió a su dominio lascivo y la desfloró. Cuando la vio llorosa sacó una libra y se la puso en las manos. ¡Estaba pagada!. “El maldito “Veneno” Probaño, me rompió”- dijo. Después ejerció de vendedora de tamales, pero fracasó. No toleraba que los compradores le llevaran la contraria. Tras sonados líos con sus clientes optó por “mandar todo a rodar” y decidió que era el momento de explotar sus encantos. Se convirtió en cotidiana asistente a los bares y restaurantes de la ciudad. Jamás le faltó un pan para llevarse a la boca ni un trago para disipar su soledad; porque vivía sola. “No tengo ni un perrito que me ladre” decía. Los bohemios, especialmente los mineros, sabían muy bien que colmándole los manteles de los restaurantes tendrían la recompensa de las sábanas de su cama. Así era ella, no permitía melindres ni candideces. Sus favores los cobraba con creces. Vivía orgullosa de su cuna. Sin admitir réplicas decía: “Yo nací cerca de Dios, donde al cóndor le da soroche y a la llama le da calambres. Soy del Cerro de Pasco”. Era muy zahorí. Al pasar rápida revista de los parroquianos, descubría en un santiamén al líder del grupo que estaba bebiendo. El rito cotidiano comenzaba cuando, estudiado el terreno y las características de sus “víctimas”, arrastraba su silla, y sin más, se sentaba a la mesa junto al más gastador; ya en el transcurso de la “huasca” iría a elegir a quien sería su pareja de esa noche. Jamás nadie le hizo ningún desaire. Nadie se atrevió a “ningunearla”. Era una mujer, todo coraje, en un ambiente de pusilánimes; decidida y emprendedora en un mundo de indecisos; arrolladora, cuando en derredor de ella, las mujeres se agazapaban para llorar el abuso de los maridos o amantes; viperina y arrebatada que no permitía ningún abuso, menos con las mujeres. Ella sabía que la admiración y el homenaje que el pueblo le tributaba, le facultaban para actuar así, con desparpajo y marcado orgullo. Todos recordaban cómo, para la muerte del Prefecto, indignadísima, encabezó el movimiento femenino para expulsar al tirano que nos sojuzgaba. Con un garrote en las manos, el grito conminatorio en la garganta quebrada de indignación, liderando una horda femenina corrió por los comercios, chinganas, “toneladas”, restaurantes y bares, ordenando su cierre para que la gente saliera a protestar a las calles. Fatalmente, aquella tarde, fue tanta la indignación del pueblo que no terminó sino hasta verlo muerto. Cuando acometió la represión, fue de las primeras en caer. Lucía flamígera en todas las fotos que Barzola había tomado. Nunca lo negó. Estuvo encerrada en la cárcel cerreña, la más dantesca mazmorra del mundo, de paredes de piedra, cubiertas de musgo siempre verde y húmedo, techos de calaminas viejas que originaba una gotera inacabable en donde lluvias y nieves son aberrantemente continuas. Una prisión helada donde el frío espantoso, agravado por el agua que circula sobre el piso del empedrado, la hace insufrible. Seguramente ni en la Siberia sufrirían tanto los presos como aquí. Entre tanto, en el colmo de la ignominia y el abuso, diariamente la sacaban enmarrocada, paseándola por las calles a empujones como a una vulgar delincuente. Querían lucirla escarnecida, humillada y rendida, “para escarmiento de las cholas” como decían las autoridades. Ella jamás arrugó. Había que verla: Desfilando serena y altiva por las calles céntricas, ignominiosa pasarela del escarnio, en ese momento. Sus ojos fulguraban de orgullo cuando, muchos cobardes que la miraban, se orinaban de miedo, temblando ante lo que les podía hacer aquel engendro de la estupidez y el abuso llamado Alejandro Esparza Zañartu, un nombre para la nómina de mal nacidos, sirviente incondicional del arrogante tarmeño Odría, como antes lo había sido Damián Mústiga, insignificante y venenoso como una ladilla, chupamedias del “Mocho” Sánchez Cerro. Su mirada límpida de valentía y orgullo en la vida jamás fue domeñada. El trayecto de la cárcel al juzgado, era vía del diario peregrinaje de la mujer valiente. Todos la habían visto y, todos, sin excepción, aprendieron a admirarla. En la cárcel también tuvo que luchar bastante. Cuando cumplido su “franco” los guardias republicanos regresaban a la cárcel, al verla dormida, trataban de abusar de ella, pero en cuanto entraban como fieras hambrientas, la Anquicha se ponía de pie y, como el más experto de los peleadores, defendía su honor con uñas y dientes. Sus gritos despertaban a los otras mujeres y llegaban al pabellón de hombres que con gritos y zapateos de protesta calmaban a los abusivos. Muchos “repuchos” quedaron con las huellas de su valentía hasta que aprendieron a respetarla Eso era semanalmente, hasta que un día conoció el amor; el único amor de su vida. Cuando lo vio por primera vez, quedó admirada. Era un guardia republicano, fortachón, de raza indefinible, de talla más que mediana pero de enorme envergadura; espaldas amplias y musculosas que se iniciaban en un cuello de buey, grueso, desmedidamente enorme; brazos recios de bíceps y tríceps notables y marcados; manos gigantescas con dedos gruesos como morcillas; cintura breve pero musculosa; muslos enormes y bien proporcionados con piernas gruesas y gemelos bien definidos, perfectamente dibujados debajo de la piel brillosa. El rostro oscuro, terroso, ojos achinados como los de un japonés; labios carnosos y prominentes como los de un negro; cabeza pequeña y poderosa de pelos hirsutos y rebeldes como de un aimara. Era una extraña mezcla de razas que habían dado ese producto. Parecía un gladiador y en realidad lo era. Su enorme afición al box era excluyente. La superioridad le había permitido que, en una cuadra hermética, aledaña al reclusorio de mujeres, instalara su gimnasio. Allí colgaba bolsas de arena, pera, mancuernas y sogas. De madrugada entraba a ejercitarse. Primero sogas, con la que hacía maravillas como si estuviera flotando en el aire sin peso alguno, luego sombra, con un mellado espejo fijado a la pared de piedra; después saco y pera. En ese lapso de dos horas, el hombre transpiraba a raudales. La Anquicha, sin hacer caso de las otras reclusas, le contemplaba extasiada por la mirilla, muda de asombro, viendo el cuerpo sudoroso que emanaba agresivos olores que la ponía nerviosa e inquieta. Eso diariamente. Procedió a averiguar su vida y se enteró que había sido remitido de Lima para cumplir un castigo por “haber desobedecido una orden de un oficial”. Eso era todo. El hombre, ¡claro! se dio cuenta de la muda admiración de su furtiva observadora. Un domingo que los visitantes se retiraban, él, sin aviso previo ni pronunciar una sola palabra, la tomó de la mano y la llevó a un escondite donde había un alijo de colchonetas, le levantó las polleras y la hizo suya. La Anquicha tampoco habló pero gozó como nunca. Los encuentros amorosos se sucedieron con gran regularidad –sin duda alcahueteados por los otros repuchos- pero en todo ese lapso, él no dijo una sola palabra. No hablaba pero, en silencio, dejó una cobijas nuevas sobre la cama de ella, otro día, caramelos, otro, galletas; eran regalos de su mudo amor. La Anquicha dedujo que él la quería y comenzó a soñar. Al salir libre de la cárcel se casaría con él aunque no dijera una sola palabra. Total, lo que ella necesitaba era amor y protección y no cháchara vacía. Quería un compañero para el resto de sus días. No importaba que él no se quedara; por lo menos, debía dejarla un hijo; por eso un día, cuando desbordada de pasión lo tenía consigo, acercó sus labios a los oídos del semental y, jadeante y urgida, masculló un pedido, mezcla de súplica y mandato:

-¡Préñame!.

No hubo caso. Más tarde descubrió que las bebidas que le proporcionaba una huanuqueña para que no tuviera hijos, la había vuelto estéril. Esta huanuqueña especialista en “chamiquear” a los hombres, la había desgraciado para toda su vida. Nunca podría tener hijos. Un día el “repucho” desapareció como había venido, en silencio; ni su nombre llegó a saber, pero le dejó el sabor de un amor intenso e inolvidable.

Fijado Lima como lugar del proceso judicial, fue trasladada junto con los otras presos, para ser juzgada. En la cárcel de mujeres se hizo íntima de Isabel Pedraza, “La Rayo”, aquella negra ágil como un gato y audaz como un cernícalo que, al verla llegar, mirándola con emoción y respeto, le dijo “Tú eres bien macha, me he enterado que lideraste a las mujeres de tu pueblo para sacarle su mierda a un abusivo. ¡Eres de las nuestras!. No eres ninguna cojuda. Desde ahora compartirás con nosotras todo lo que alcancemos y nadie te faltará el respeto. Avísanos nomás quien trata de joderte. Nosotros nos encargaremos de hacerle comer su mierda”. Fue presentada a la capataz, que también “le agarró cariño”. Ésta era Josefina Huerta, conocida por el mote de “Tormenta”, triunfante luchadora de cachascán, en su recorrido por entarimados peruanos de los cincuenta; había dado cuenta de consagradas luchadoras como la “Norcoreana”, “La Siciliana”, “La Salvaje” y otras campeonas. Un día que encontró a su marido encamado con su vecina, presa de una ira homicida, dio cuenta de los dos traidores. Cuando llegó la policía, ambos tenían el cuello roto. Ahora es la “capo” del pabellón de las comunes, amiga de las presas políticas en sus encuentros en el patio principal. “La Anquicha” que ejercía la jefatura del grupo recién llegado, abogó también por su clan cerreño: Paulina Ventura Cabello, Ignacia Martel Calero, Rafaela Romero Ayala, Fortunata Orihuela Cavilla, y ella, Angélica Panduro Ricapa. Este grupo, protegido por “Tormenta”, había concitado el respeto de las reclusas porque habían dado cuenta –no de un sujeto cualquiera- sino de un poderoso; de un Prefecto. Es más, “Tormenta” le enseñó con lujo de detalles dónde y cómo golpear en las zonas más sensibles y estratégicas del cuerpo humano, lección que aprendió con creces y puso en práctica cuantas veces le fue necesario.

Nueve años estuvo en la cárcel de mujeres donde hizo muchísimas amigas. En ese lapso descubrió muchos secretos femeninos, argucias y “mañoserías” que puso en práctica a su salida por la amnistía general para los presos políticos. Ya la “Anquicha” se había “achorado” y comenzó a hacer valer sus “experiencias”, de las buenas y de las otras; por eso los marchantes se cuidaban de ofenderla. Levantisca y escandalosa, castigaría la pedantería o el desprecio. Nadie estaba dispuesto a jugarse esa carta. Algunas veces –muy raras, por supuesto- llegaba a la mesa que quería, muy comedida y amable, llevando sus dos botellas de cerveza. Las ponía encima y al instante estaba participando de la conversación. Estaba precisamente enterada de todos los acontecimientos de la vida diaria de su pueblo, su Cerro de Pasco. Conocía de las virtudes y las debilidades de los “grandes” y de los otros. Su conversación era muy activa. A los recién llegados, informaba de las ventajas de su pueblo, de las posibilidades en el comercio o la industria, pero sobre todo, en el amor. Fue la anfitriona, obsequiosa y graciosa que acompañaba al visitante hasta donde éste permitiera que lo hiciera, pero en toda esa tarea, sacaba pecuniaria ventaja que le permitía seguir adelante. Siempre tuvo cuidado de no chocar con los grandes; es más, a ellos y sus mujeres, saludaba con especial respeto; no fueran a enojarse. Como el resto del pueblo la conocía, la toleraban con mucha condescendencia. Su conducta disipada y aventurera, era un secreto a voces.

Claro que algunas veces tuvo problemas, especialmente con la policía. Era generalmente porque, algún visitante, pensando que por chola, se callaría, se negaba a pagarle sus servicios. En ese momento “le salía la india” y castigaba al agresor. Le quitaba su plata y le pegaba. Era muy mujer para hacerlo; chola poderosa, zamaqueaba a su víctima, y fugaba. Era lógico que nadie la alcanzara, no sólo porque siempre estaba en forma, sino porque conocía la ciudad con sus recovecos, callejones, caserones, atajos y demás escondrijos de los que la ciudad era pródiga para despistar al persecutor. Hasta los canes pueblerinos que la conocían, enmudecían, cómplices, en sus correrías. Las pocas veces que cayó en cana, no le probaron nada. El “cuerpo del delito” había desparecido como por encanto. Más tarde ella lo recuperaría con creces. Lo había dejado a buen recaudo en un escondrijo que sólo ella conocía. Si a pedido del agraviado debía quedarse encerrada, algún policía amigo, generalmente uno de los que se habían beneficiado de su celestinaje, le alcanzaban una cobija y, al día siguiente, salía indefectiblemente. Bueno, total, la “Anquicha” era una parte fogosamente vigente de la ciudad. Un ser especial.

Todos sabían quién era la “Anquicha”. Inclusive, haciendo alusiones canibalísticas, decían muy orondos: “Si no te has comido a la Anquicha, no eres cerreño”, es decir que quien no había gozado de sus intimidades sexuales, no era cerreño. Todos la conocían, pero pocos sabían que apellidaba Panduro Ricapa. Bueno, a nadie le importaba. En nuestro pueblo, no hace falta el apellido cuando el nombre de alguien toma carta de ciudadanía. Aquí rápidamente se identifica cuando se habla de esos seres que han nacido con calor popular y estima general del pueblo. “Capachón”, “Chuño”, “Patas a la Oreja”, “Chorreao”, “Pecas”, “Rogromanca”, “Sirriachi”, “Mufle”, “Agatón”, “Trueno”, “Piñachuncho”, “Cura Bolo”, “Mote”, “Gran Chichí”, “Poeta” etc. A este grupo de privilegiados del efecto popular pertenecía la “Anquicha”.

La conocí mejor en el entierro de “Patas a la Oreja”, cuando apesadumbrado de ese drama tan patético, me encontraba silencioso y adolorido en un rincón del cementerio. Ella estaba de servicio y me alcanzó un copón de chinguirito que la “Chapi” Quintana había llevado al camposanto. “Sírvete, papito” -me dijo- “Yo también estoy sufriendo por nuestro pobre “Patas”. “Él te quería y respetaba mucho, como yo, papito; lo sé, porque él mismo me lo ha dicho” “!Sírvete!”.

Otra noche, en el velorio de “San Martín”, -un cargador patilludo como nuestro libertador-, nos amanecimos conversando. Me relató al detalle de todo lo que le había acontecido el 48, cuando la muerte del Prefecto: “Era un demonio, papito –me dijo- y debe estar en el infierno. No puede estar en otra parte ese mal nacido. Era un abusivo. A la viejita “Lulli” Sacristán, la zarandeaba cuantas veces quería porque ella vendía comida con su ollita a la puerta de la Prefectura. Un día de pago, al ver tanta gente que le consumía, de un patadón arrojó muy lejos su olla y la Lully se quedo sin nada, llorando, desamparada. Esa viejecita, abandonada por sus hijos, solamente así se mantenía. ¡Cuántas cosas hizo el malvado, hijo de perra!. Hasta el pobre “Gardelito” –Tú conocerás, papito, al hermano de los Paulino, sastres y peluqueros de la Calle del Marqués que tenían un hermano idiota que caminaba por la calle sin saber ni quién era- Bueno, un día que el malnacido venía por la puerta de Kukurelo, se encontró con el pobre “Gardelito” que andaba por la misma vereda; de un manotazo lo arrojó sobre la acequia que estaba llena de agua donde el pobre comenzó a temblar con su epilepsia. Él se quedó riendo como un animal y sólo cuando se fue, levantaron a “Gardelito”. También pegaba a los canillitas que se le cruzaban en la calle. A nadie respetaba. La única que lo “pasaba” era la “Payasa”, chuchumeca coquetona, pintarrajeada como si estuviera en carnavales que se encamaba con el maldito grandazo, sin que la Omara se enterara. Nosotras lo odiábamos, especialmente cuando nos echó de su oficina como si fuéramos perras asquerosas. Ahh pero la “Opa” Paula le hizo pagar sus abusos. Bailó sobre su cadáver cuando el pueblo dio cuenta del maldito. Aquella tarde todos estuvimos juntos para sacarle su mierda. Me acuerdo del “Catarro” Bartola, el “Chato” Miraval, Atilio León, Lucho Llanos, Patricio Chahua, Humberto Luis y muchos cerreños machos, carajo. El relato de todas las iniquidades del Prefecto, la asonada, la represalia, su apresamiento, su juzgamiento en Lima y todo lo demás me contó aquella noche. “Un día, cuando ya había pasado tanto tiempo –siguió contando tras el cargado café que invitaron los dolientes- llegaron a la cárcel, el Prefecto Lanfranco, el comisario Bandini y otro cachaco que había llegado de Lima para decirnos que nos daba tres días de plazo para preparar nuestra ropa y otras cositas necesarias para viajar a Lima donde nos juzgarían. ¡Dios mío, que emoción, papito!. ¡Por fin nos juzgarían y sabríamos a qué atenernos!. Como sea nos preparamos los 120 que estábamos encerrados, al final sólo nos dijeron que viajaríamos 29: Veintitrés hombres y cinco mujeres. Entre mujeres estábamos, nuestra “Opa” Paula, la “Inacha” Martel, la “Rafa” Romero, la “Fortucha” Orihuela y yo. El cachaco nos dijo que, en consideración a tanto tiempo que estábamos encerrados, nos llevarían para ser juzgados; que deberíamos portarnos bien, sin alterar el orden, porque de hacerlo nos balearían. Efectivamente, papito, nos llevaron a la Estación enmarrocados para no escaparnos, con gran cantidad de cachacos cuidándonos, como si fuéramos abigeos o enemigos del Perú. En la estación nos subieron, no a los coches como pensábamos, sino a la bodega, donde llevan a los animales. No había ni a dónde sentarnos. Las puertas con armellas y tremendos candados. Enfrente, sobre un enorme cajón, habían colocado una ametralladora bien cargada que dispararían al menos escándalo que hiciéramos. En cada esquina de la bodega, dos cachacos de la republicana, también armados. Como no había ni una ventana, no sabíamos ni a dónde estábamos. Solo cuando preparaban las ametralladoras y los fusiles, sabíamos que estábamos entrando en una estación. En ese momento el capitán que era el jefe, nos hacía shhhh, y teníamos que permanecer en silencio mientras durara nuestra permanencia en la estación. Temían que, el pueblo, al enterarse de que estábamos siendo llevados como animales, nos rescatarían. Porque la verdad era esa, papito; todo el pueblo estaba indignado. Hasta ese momento, sólo el Comité de Defensa de los detenidos que presidía doña Teresa de la Matta –la mujer de Agüero, de la calle Lima- nos había ayudado. Ella se movió como nadie. Publicó avisos en el periódico y radios para que nos ayuden a juntar plata para pagar nuestra defensa en el juicio. Cuando llegamos a Lima, los periódicos nos sacaron diciendo “Ya llegaron los asesinos”, especialmente “El Comercio” y “La Prensa”. En la cárcel de mujeres nos recibieron como hermanas, con admiración, porque le habíamos sacado el alma al abusivo, a aquel maldito que siempre andaba armado con su pistola, por eso el “Capachón Minaya” le puso el apodo de “Pancho Pistolas”. Claro, una que otra presa nos miraba con sobradera pero ahí conocí a la querida de “Tatán”, a la negra que le decían “La Rayo”, la “faite” del penal. Ella se hizo mi “adú”.

Nunca vi llorar a una mujer con tanta indignación como entonces. Los años que decantan o encienden pasiones, le habían marcado con signos de fuego. Un odio acérrimo lo acompañó hasta los últimos instantes de su vida. A partir de entonces, mi admiración y mi respeto, siempre estuvo con ella. De su parte también. Cuando me veía en la calle me saludaba con mucho acatamiento.

Un día me encontré accidentalmente con ella. Venía con paso cansino, completamente débil. Al verla tan deprimida, la detuve para preguntarle por qué se encontraba así. Su estado era deplorable. Era un ser sumamente pálido, hueso y pellejo, con una ojeras espantosas. “¿Qué tienes?. –le pregunté. “No sé papito, pero ya no puedo más. Nada recibe mi estómago y sueño nomás me gana. No sé qué es lo que voy hacer”. Estaba tan mal la pobre mujer que, de inmediato me dirigí al Hospital Carrión y hablé con don Pedro Santiváñez, jefe de enfermeros, para que pudiera hacer algo por la enferma. La internaron como indigente. Más tarde me informaron que estaba muy mal, que requería de un especial tratamiento para reanimarla porque se encontraba muy débil, al extremo de encontrarse anémica. Gracias al celo de don Pedro, el ecónomo “Chacalhua” Ramírez, debía dotar de alimentación especial a la pobre mujer. A partir del día siguiente, ya tratada de sus males estomacales, la “Anquicha” ingería abundante leche y diariamente le servían sus churrascos con huevos fritos y tostadas. Aquello fue inolvidable. Había que verla. Estuvo dos meses recobrándose hasta que volvió a ser la mujer poderosa de antes. Como ya se sentía muy bien, aprovechó la llegada de las Fiestas Patrias para pedirle a don Pedro que le diera de alta. Lo logró. Salió del Hospital el 28 de julio a las nueve de la mañana. Eso, naturalmente, yo lo ignoraba. El caso es que, como siempre se ha estilado para esas fechas, los profesores del Instituto Industrial estábamos bien “pijes” con ternos nuevos, listos para el desfile, en medio de las calles que además de embanderadas, lucían con la totalidad del pueblo, ansioso de ver desfilar a los mejores muchachos cerreños. Nos encontrábamos en la plaza principal esperando que comenzara el “Te Deum”, cuando sin que lo advirtiera, apareció delante de mí la resucitada Anquicha, “huasca” como una cuba, y sin que pudiera evitarlo, me abrazó y me colmó de besos, en medio de la sorprendida algarabía de mis colegas y público curioso ahí presente. Lo que ellos no podían escuchar eran sus palabras cargadas de gratitud por las gestiones que había hecho en el hospital. Entre lágrimas y besos me agradecía el que la hubiera tenido en el hospital hasta curarse. (Creía que yo había solventado el gasto de su permanencia en el nosocomio). Los que me miraban creían que era un reencuentro entre dos amantes que se querían. Yo, ya nada pude hacer para quitar esa impresión de sus cabezas, pero desde entonces, su respeto fue más grande para mí.

Las pocas veces que volví a verla observé que ya no estaba sola. En los brazos llevaba a un perrito muy pequeño y, caminando a su lado, otro mucho más grande: sus compañeros. Los animales, como si supieran, permanecían en silencio, sentados uno en su falda y otro a su lado. “Ya no soy una mujer sola, papito”, me decía y los perros movían la cola como si entendieran Transcurrieron los años y dejé de verla. Una vez que viajé a Lima, por motivos de trabajo, murió. No pude estar en su funeral, pero la pena que invadió mi espíritu fue tan grande, que a mi retorno llegué hasta su tumba para elevar una oración por su alma. Los perros famélicos no se movían de su sepulcro.

Así era la Anquicha, que en paz descanse.

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Marino Chunga Pingo(Un trompetista inolvidable)

Había llegado dirigiendo la Banda de un circo que andaba de mal en peor. No sólo los animales -atracción del espectáculo- enfermaron negándose a comer o movilizarse siquiera, sino que las lluvias y extrañas heladas nocturnas (en época de invierno nunca helaba), agravaron la situación. Las magras entradas de aquellas noches borrascosas y el riesgo que significaba seguir viviendo en esta Siberia andina, determinaron el apresurado alejamiento de los cirqueros. A él le cancelaron el contrato y lo dejaron varado con el único pago de un gracioso monito que, vendido a un suertero, le permitió seguir tirando para adelante.

En esas circunstancias y, accidentalmente, nos conocimos. Una mañana se presentó a la Radio en busca de algún “cachuelo” con qué pagar sus gastos más apremiantes. Bajo de estatura, algo fornido, de piel aceitunada, mezcla de chino, negro y cholo, tenía un par de ojitos permanentemente brillantes y traviesos; en su achinado rostro oscuro, siempre sonriente, se podía ver la marca que imprimía en sus labios, el oficio que realizaba. Me dijo ser oriundo de un pueblo cercano a San Miguel de Piura y que su nombre era, Marino. Había aprendido desde niño los secretos de la trompeta y otros instrumentos musicales; que había alternado mucho con los hermanos Neciosup, amos y señores de su instrumento en el norte del país; que lo único a lo que se había dedicado era a la música, nunca otra cosa, jamás otras inquietudes; que le urgía encontrar la manera de seguir viviendo porque sus exiguas ganancias se habían hecho humo con sus gastos más urgentes. Aquí, no conocía a nadie. Naturalmente, debido a su calidad artística prometí encontrarle una “pega”.

Lo que son las cosas.

Un sábado –dos días después de conocerlo- me encuentro con el desesperado director de una orquesta, muy popular en aquellos momentos, que estaba preocupadísimo. Esa noche tenía un compromiso en el “Club de la Unión” que estaba de aniversario, pero –me dijo muy apesadumbrado- “mi trompetista se ha “avivado” y se niega a actuar si no le pago el doble que de costumbre porque dice que como me van a pagar muy bien, él quiere compartir equitativamente de las ganancias”.

¡Miel sobre hojuelas!

Muy alegre le dije que sus preocupaciones habían terminado porque yo tenía al hombre justo para salvarlo. Le presenté a Marino con el que hablaron muy detenidamente respecto de emolumentos y técnicos musicales a emplearse.

La fiesta de aquella noche se prolongó hasta las diez de la mañana del día siguiente. Tan extraordinaria había resultado la actuación de la agrupación musical que los adinerados socios del club, muy entusiasmados, hicieron una “chancha” para seguir bailando sin importarles para nada la hora que fuera. Es ocioso decir que la publicidad que originó aquel éxito, trascendió fronteras locales. Bohemios y fiesteros no hablaron de otra cosa. En las semanas siguientes, los triunfos de repitieron en Huánuco, Huarón, La Oroya, Goyllar y otras ciudades cercanas. A partir de entonces los contratos se firmaban con meses de anticipación para la actuación de aquella orquesta y su trompetista estrella, Marino Chunga Pingo.

Todo fue avante en la orquesta. Nuestra amistad, mezcla de agradecimiento y afecto, se estrechó mucho más. Su inquietud musical era manifiesta. Siempre estaba estudiando. En abierto deseo de estimular esta inquietud, yo le invitaba a la discoteca de la radio donde nos pasábamos buen tiempo escuchando a los famosos de entonces. Harry James, con la magia de su trompeta privilegiada como primera figura de la orquesta de aquel inolvidable director y mago del trombón: Gleen Miller. Este músico norteamericano llenó toda una época durante la Segunda Guerra Mundial con la magia de sus creaciones. ¡Quién no las conoce!. Una recreación a parte significaba la audición de “Satchmo” Armstrong con recordadas interpretaciones de Blues y Jazz. Dizzi Gillespie, otro de nuestros preferidos; entre los latinos nos quedábamos con el cubano Sandoval y el español Méndez. Escuchábamos también con mucha delectación, el trombón de Tommy Dorsey; los clarinetes de Benny Goodman y Artie Show; los pianos de Duke Ellington y Count Besie. Cómo no íbamos a sentirnos arrobados de emoción con las voces de Ella Fitzgerald, Doris Day, Diana Shore, Rosemary Clooney, Frank Sinatra y otros extraordinarios artistas,

Por las noches –pletóricos de jazz y música moderna- recalábamos en “La Frontera” a beber algunos “calientes” para calentar el cuerpo y, entre trago y trago, haciendo sordina con un vaso, Marino interpretaba hermosísimas melodías de aquellos tiempos: “Solamante una vez”, “Vereda Tropical”, “Perfidia”, “Frensí”, “Serenata a la luz de la luna” y muchas otras…! ¡Qué hermosas e inolvidables resultaron aquellas horas!

Una noche muy especial, no sé de dónde se había conseguido las partituras pero, ante una improvisado auditorio ejecutó, “El vuelo del moscardón”, dificilísima pieza que sólo Harry James y uno que otro privilegiado podía ejecutar. Fue la apoteosis. Nunca olvidaremos la emoción de las gentes al aplaudir tremendo virtuosismo.

Al poco tiempo, cuando por viaje del profesor Sabino Blancas, la banda del Instituto Industrial se iba a quedar sin director, conseguimos que se le asignara la plaza de titular en el cargo. Allí, con una notable pertinacia, tesón y disciplina ejemplares, logró armar una banda de músicos de extraordinaria calidad. A partir de entonces, el plantel ocupó los primeros lugares en los desfiles cívico – militares.

Desde entonces su popularidad creció tanto que su presencia era muy solicitada en las reuniones y, por ese motivo, nuestros encuentros fueron distanciándose. Sus compromisos y los míos se hicieron cada vez tan seguidos que terminaron por alejarnos. Solamente cuando había que recordar una que otra fecha importante o, la celebración de un especial acontecimiento como navidad o fiestas patrias, permitía nuestros encuentros. Así, en una reunión que se efectuó en su casa para celebrar el onomástico de su hijo habido en una chica cerreña con la que había formado un hogar muy simpático, nos volvió a reunir tras un tiempo prolongado. Aquel día nos ofreció como plato de fondo, tras los consabidos aperitivos, un guiso apetitoso que todos consumimos con mucho apetito y deleite. A cada uno nos correspondió medio conejo –es decir lo que suponíamos conejo- que apuramos regado con un muy buen vino de Chincha. No era para menos, el sabor exquisito y la condimentación adecuada y su poco de ají molido, arrojó un potaje digno de los dioses, a pedir de boca. Terminado el guiso, Marino nos informó que habíamos comido gato, y para demostrarlo, nos enseñó cuatro cabezas de jóvenes mininos. Hubo varios tipos de sorpresa pero, al final, con un buen trago de anís del mono, todo quedó zanjado entre risas de sorpresa.

Así como ésta, nuestras reuniones, distanciadas, siempre se celebraban en casas familiares o, en “cancha neutral”, como le decían a los restaurantes o comedores. Las que –para él- comenzó como celebraciones amicales, fueron acentuándose como francachelas cotidianas que se prolongaban más de lo debido. Los brindis eran seguidos y el incumplimiento de sus obligaciones cada vez más enervante. No sólo desatendía sus deberes en el colegio y en la orquesta, sino también en su hogar. Un día, cansados de soportar su incumplimiento, lo largaron de la orquesta; otro, de la banda del Colegio. Posteriormente, en el colmo del abandono, borracho como una cuba, empeñó donde el italiano Orestes Concatto Tranquilini su única arma de lucha: su trompeta. Nunca más pudo rescatarla. La enorme responsabilidad de mantener el hogar tuvo que afrontarla solamente su esposa, trabajadora y comprensiva que, en todo ese tiempo, hizo lo posible por alejarlo de las malas compañías y los tragos. De nada sirvió. Lo buscaba en antros increíbles para llevarlo a su casa. Víctima de sus malos tratos, tuvo que arriar banderas y recluirse en su trabajo para ella y su hijo. Marino ya se había perdido. No era ni la sombra de lo que había sido. Sus días y sus noches los apuraba a punta de tragos.

Un grupo de amigos nos reunimos para ayudarlo y tras romper la barrera de su pertinacia levantada por el alcohol, conseguimos que viajara a Lima para reponerse en casa de uno de sus familiares. El viaje lo hizo en compañía de su pequeño hijo que contaba doce años. Él lo acompañaría. El día de su partida fue muy triste; consciente de que había estado echando su vida por la borda, trataría por todos los medios de volver a los carriles de la normalidad. Se despidió de su mujer y de sus amigos con una franca promesa de enmienda.

La ilusión de su readaptación duró muy poco. A la semana de su partida la policía llamó a su esposa y le comunicó que en la comisaría de la Victoria se hallaba su menor hijo que había sido encontrado vagando por esas calles, a la buena de Dios. Cuando el jovencito estuvo con nosotros, contó que su padre lo había dejado en el parque Cánepa diciéndole que en unos minutos regresaría, pero no volvió nunca más; entonces él, tras buscarlo infructuosamente, entre gente que no lo conocía, decidió recurrir a la policía. ¿Qué le había ocurrido?. El pueblo tejió mil conjeturas. Inclusive hubo personas que aseguraban haberlo visto caminar sin rumbo por las calles de Lima; otras afirmaban que había sido encontrado muerto en las aguas del río Rimac y arrojado a la fosa común del cementerio. En poco tiempo se dejó de hablar de Marino. Para todos, de una u otra manera, estaba muerto. Su familia se conformó y la vida siguió como siempre. Dos años más tarde, creyendo en su muerte, su mujer se unió a un comerciante y rehizo su vida.

Así pasaron cinco años.

Yo, había sido nombrado Secretario General de la Universidad y me encontraba desempeñando el cargo, cuando sucedió algo que no esperaba. Un 28 de julio, cuando asistíamos al participar del desfile cívico, habíamos decidido “cortar” por una calleja aledaña a la arteria central. Estábamos apresurados para tomar nuestro emplazamiento, cuando oí que me llamaban. La voz salía de un antro donde un grupo de cargadores bebía sus tragos de costumbre. De la oscuridad se acercó hacia la luz de la puerta un hombrecito macilento, harapiento, casi un cadáver y por sus ojos juguetones y brillantes, lo reconocí. Era Marino. Estaba convertido en un guiñapo humano y su cadavérica apariencia me partió el alma. Lo abracé con la misma fuerza de quien encuentra un hermano perdido y un buen rato estuvimos estrechados y cuando le miré para expresarle mi alegría por el encuentro, un mar de lágrimas se desencadenó de sus ojos ahora tristes, rodando por sus mejillas oscuras y tumefactas. ¡Cómo me dolió el alma!. De pronto tuve un sentimiento de culpa por no haberlo sacudido a tiempo para que pudiera salvarse de ese mundo de abandono y soledad. ¡Ahora estaba más solitario que nunca!. Ni siquiera tenía un hogar.

Como el tiempo me ganaba para poder tomar el emplazamiento de desfile, le alcancé cuanto tenía en los bolsillos a fin de que pudiera afrontar sus gastos más imprescindibles, y con otro abrazo me despedí con la promesa de que después lo buscaría.

En ese tiempo, mis compañeros, con el Rector a la cabeza me estaban aguardando en una esquina de aquella calle. Apenas llegué donde estaban ellos, el Rector, fuera de sí, me dijo:
— ¡¿Cómo es posible que el Secretario General de la Universidad y conocido maestro universitario, se estreche en un abrazo con un simple pordiosero y borracho?!….!¿No hay dignidad?!.
En ese momento sentí una terrible indignación. Acababa de ver a un gran amigo, convertido en mendigo y harapiento beodo. Un gran hombre convertido en una piltrafa por culpa de la bebida. Ya sin hogar, sin hijos, sin esposa, sin amigos. ¿Y se pretendía que lo desconociera abiertamente cuando, con voz entrecortada y dramática me había llamado?. No pude más. Perdí el control.
— ¡Mire, Señor!. Ese borracho haraposo, mendicante y desvalido, es mi amigo. ¡Mi amigo!, ¡¿Entiende usted lo que es eso?!. ¡Amigo!. Cuando pasaba por esa puerta me llamó y yo no podía negarme a saludarlo cuando después de mucho tiempo vuelvo a verlo. Ese hombre, así como lo ve ahora, es un artista caído en desgracia. Con él he pasado los momentos más gratos de mi vida. Momentos que jamás podré olvidar. Por eso me detuve a abrazarlo. No soy nadie para sustraerme a ese deber. Si no hubiera hecho eso, no tendría el valor de sentirme un hombre. ¡Ser maestro, señor, es demostrar con hechos, aunque sean poco gratos, lo que hemos aprendido en la vida!. No haga un escándalo por algo que de no hacerlo habría constituido una vergüenza!.

Tras un silencio cargado de angustia que siguió al diálogo, seguimos nuestros pasos para llegar al desfile.

A partir de entonces lo buscamos constantemente, pero él se escondía y no quería dar la cara. Su itinerario, según supimos después, iba del centro a los barrios marginales, donde era conocido.

Una mañana nublada, los comentarios de la gente eran muy escandalosos. Habían descubierto el cadáver de un desconocido en la calle Bolognesi. Cuando, guiados de una dolorosa premonición llegamos al lugar, se confirmó nuestras sospechas, el muerto era Marino. Estaba ahí, tirado en el rincón de una vereda donde tal vez habría estado durmiendo. El caso es que al comprobar su deceso por la extrema frialdad de su cuerpo, lo cubrimos con unos periódicos que algunas personas caritativas nos alcanzaron y fuimos a buscar el Juez de turno para el levantamiento del cadáver y su posterior envío a la morgue. Fuimos a informar a los colegas, del Instituto a fin de que adoptaran las medidas más adecuadas para sepultarlo. Cuando volvimos en compañía de casi todos los profesores, le habían quitado los calzados y despojado de sus periódicos.

Aquella noche lo velamos en uno de los salones del Instituto, los profesores de carpintería fabricaron un ataúd, y escoltado por la Banda de Música, lo trasladamos al cementerio para sepultarlo.

Cuando pasaba el cadáver por la calle, acompañado de profesores y alumnos, el murmullo era unánime. Todo el mundo cuchicheaba acerca de su desaparición y su posterior regreso; de su mujer que tenía otro marido y su total abandono. Ningún familiar estuvo con él. Antes de sepultarlo dijimos algunas palabras y tras el Himno del Instituto, lo bajamos a la fosa. En tanto la tierra caía sobre su ataúd, alumnos y maestros cantábamos, entre lágrimas, el “Huayno de los Capachos”.

El Monumento de nuestro Mártir Daniel Alcides Carrión.

Monumento a nuestro mártir (al fondo) un soleado día de comercio en la ciudad minera.

Era Vox Populi la poderosa obligación de erigir un monumento a la gloria de nuestro mártir epónimo. Se sabía que el único con que se contaba en la república era el mausoleo que guardaba sus restos en el cementerio Presbítero Maestro de Lima, erigido por iniciativa de los redactores de la revista especializada MONITOR MÉDICO que con una colecta popular pudieron levantarla en mármol de carrara a una altura de 4,50 metros, trabajado en una pilastra corintia por el escultor italiano Federico Tenderini, a un costo de 1000 soles de plata. Era un imperativo hacer lo propio en su cuna. Todos tenían conciencia de ello. La aspiración no podía esperar más. Es así que, en el mes de marzo de 1921 al efectuar un esquema del programa de celebración del primer centenario de nuestra independencia, nace la idea brillante en el seno de una prestigiosa institución. En la sesión extraordinaria del Club de Tiro Nro. 128 en Cerro de Pasco, el 18 de abril de 1921, Gerardo Patiño López, capitán del equipo de tiro, Francisco del Castillo, Secretario; y Fructuoso Quiroga, vocal de tiro; presentaron una moción de orden del día en la que manifestaban que acercándose el día de celebración del centenario nacional y siendo necesario que la institución hiciera algo para esa fecha y su celebración, proponían que con los fondos disponibles que se hallaban recaudados en la tesorería municipal, provenientes del impuesto a la coca, creada por el Congreso Regional del Centro mediante ley Nro. 78, se erigiera un monumento al mártir de la ciencia médica Daniel Alcides Carrión García, en una de las plazas de la ciudad, como número importante para la citada festividad y cumpliendo un deber ciudadano de honrar la memoria de uno de los más grandes cerreños que se inmoló por la ciencia.

El presidente del club, Julio Cárdenas, entre aplausos de aprobación , hizo suya la moción que fue calurosamente respaldada por los socios siguientes: Clinton Plummer, Arturo Nalvarte, Cosme Gallo, Humberto Galantini, Santiago Anselmi, Modesto Tello Véliz, Eduardo Nieto, Guillermo Arauco, Ismael Valencia Pinto, César García Milla, Rubén Mestanza Pazos, Louis Koening, Ángel Soto Robles, Alejandro Privat, Gerardo Correa, Luis Alberto Ibarra, Pablo Remuzgo, Vicente Arteta, Teobaldo Guzmán, Enrique Woolcott y Alejandro Chávez. Y aunque parezca mentira hubo socios que se opusieron a suscribir la moción, sus nombres no vale la pena consignarlos.

El cumplimiento de la moción, se pusieron de acuerdo el presidente Cárdenas con el Alcalde Benjamín Madueño y laboraron juntos en el cumplimiento de esta aspiración ciudadana. Es así que, en primer lugar, encargaron al diputado por Pasco Juan Manuel Yáñez León, hiciera las gestiones en la Escuela de Artes y Oficios para la confección del monumento vaciado en bronce, ya que la placa conmemorativa sería fundida en los talleres de la Railway Company. Como surgiera un impase respecto del tenor literal de la placa en el que se hacía figurar al Concejo Provincial de Pasco como la única realizadora de esta obra, no mencionándose para nada al Club de Tiro que en realidad era el donante, tuvo que intervenir el fiscal de la Corte Superior de Justicia Gerardo Lugo quien determinó que ambas instituciones figuraran en la placa. Así quedó acordado. La pilastra central del monumento fue diseñada y construida por el ingeniero Nicolás Arauco Bermúdez y debería ubicársele en la plazuela Carrión antes denominada Plazuela del León y luego Jorge Chávez que se llegó a cambiar por la de Carrión con la que se le conoce a partir de aquel año.

La solemne inauguración se efectuó el 28 de julio de 1921 apadrinado por don Augusto Bernardino Leguía, representado por el Prefecto de Junín, coronel Enrique Galdós. La concurrencia fue numerosa y los diarios de la época reseñaron la actuación en grandes términos.

El balance de la obra, fue el siguiente:

Valor del pedestal abonado por el Ing. Nicolás Arauco S/. 1500,00
Valor del busto de la Escuela de Artes y Oficios S/. 1400,00
A la factoría Railway Company por la placa S/. 600,00
Gasto de embalaje del busto S/. 30,00

TOTAL S/. 3530,00

LA AVIACION EN EL CERRO DE PASCO


Es importante recordar que en los albores de la naciente Fuerza Aérea del Perú, mediante erogaciones, actividades culturales, corridas de toros, zarzuelas, kermesses, bailes y rifas, el pueblo del Cerro de Pasco regaló con dos aviones “caza de combate” a la Institución naciente.
¿Cómo fue aquello?.
Llegada a Lima la Misión Militar Francesa, integrada por el Teniente Coronel Jules D. Beau¬diez, el Mayor Louis Condoret y el Teniente Joseph Romanet -hérores de la Primera Guerra Mundial-, al comando de una cuadrilla de catorce aviones de reconocimiento, acrobacia e instrucción, para fundar la Fuerza Aérea del Perú, la noticia cundió en el territorio nacional. Aquel histórico año de 1920, sensible como pocos, el pueblo cerreño funda el CIRCULO AEREO Y PRO AVIACION integrado por distinguidos ciudadanos de entonces. Querían cooperar activamente en la cimentación de nuestra Fuerza Aérea lograron reunir un apreciable fondo pecuniario para la primera adquisición. En coordinación con el Ministerio de Guerra de entonces, el Círculo Aéreo cerreño, compra dos aviones de caza de combate de la marca SALMSON del gobierno francés y lo dona a nuestra Fuerza Aérea. Emocionado, el novísimo Comando aéreo en retribución a tan laudable gesto determina que, conjuntamente con una delegación especial, uno de los aviones sea desarmado y enviado por ferrocarril a nuestra ciudad. Querían que el generoso pueblo minero pudiera ver en acción a una de las naves guerreras que acababa de regalar al Perú. La delegación que entonces nos visitara estaba integrada por el teniente de la Fuera Aérea Francesa Joseph Romanet, el Jefe de la Escuela de Mecánicos de Aviación, Abel Bremond y los mecánicos nacionales, Manuel Sánchez y Ricardo Arredondo.
Nada de lo programado salió como se esperaba. La implacable nevada, las tormentas de rayos y truenos, las lluvias y una serie de contratiempos estuvieron a punto de hacer fracasar la exhibición. Mucho se tuvo que trabajar para que se cumpliera con el sueño de los cerreños: ver en vuelo a uno de sus aviones. Pero, por fin llegó la fecha.
La tarde del 7 de noviembre de 1920, en medio de una expectativa nunca antes vista, se hicieron presentes en la pampa de Occoroyoc -elegido como campo de aterrizaje- un numeroso público presidido por las autoridades locales. Colocado al mando de la nave el piloto francés Charles Corsin, después de tres fallidos intentos, se elevó por los aires en medio de una enfervorizada explosión de entusiasmo. El avión había logrado vencer el enrarecimiento del aire superando la presión atmosférica y, ya en el aire, en medio de ensordecedores aplausos la nave sobrevoló Quiulacocha, Rancas, Yurajhuanca y el Cerro de Pasco. Sólo las amenazantes cerrazones obligaron a aterrizar al avión. Lo que ocurrió después fue increíble. El pueblo visiblemente emocionado, sin importarle para nada la intensa granizada que comenzaba a caer, levantó en hombros al joven piloto francés dando vivas al Perú, a la aviación, a Francia y, naturalmente, al Cerro de Pasco. Más tarde, otorgó una medalla de oro a monsieur Charles Corsin abrumándolo de homenajes y cariñosas demostraciones de aprecio.
Sumándose a la gratitud que el gobierno expresaba a nuestro pueblo por la donación de los dos aviones, a las doce del día del dos de mayo de 1921, el piloto italiano Giovanni Ancilotto, realizó un raid aéreo LIMA-CERRO DE PASCO-LIMA. El primer tramo lo hizo en una hora y 35 minutos y el retorno a Lima en una hora y 28 minutos. Lastimosamente el pueblo minero no pudo ver en acción a nuestro héroe Juan Bielovucic quien al llegar a esta ciudad a cumplir su vuelo de exhibición, fue presa de un agudo soroche que determinó su inmediato retorno a la capital.
Todos estos hechos contribuyeron a despertar en nuestros jóvenes, las ansias de volar, habiéndose registrado con gran éxito el nombre de muchos cerreños en las filas de la Fuerza Aérea Peruana como el de Gastón Quirós quien, al efectuar un vuelo de prueba sobre el desierto de Sechura cayó a tierra y, rescatado después de varios días tuvo una destacada actuación en el conflicto con el Ecuador en 1941.
Estas son algunas de las páginas de nuestra historia que inexplicablemente habían permanecido empolvadas por la ingratitud y la incuria. (Leer la reseña completa en nuestro libro “Filones de Historia”)

Los yauricochas, nuestros antepasados


Los primeros hombres que ocuparon esta alta zona en la que se yergue actualmente el Cerro de Pasco fueron los yauricochas. Su territorio colindaba con los tinyahuarcos (actualmente Colquijirca, Smelter, Alto Perú, Vicco, Ninagaga) y los pumpush (Carhuamayo, Óndores, Junín). “Yauricocha” quiere decir: “Laguna de metales”. Existía una comunicación subterránea entre varias lagunas que se entrelazaban entre sí por canales subterráneos. La primera y más alta, Yanamate, luego Yauricocha-(pasado el tiempo cambió por Patarcocha)- y, descendiendo, La Esperanza, Lilicocha y, finalmente, Quiulacocha. El centro del poblado lo constituía Chaupimarca. Eduardo Lanning y Herman Buse, nos revelan que tenían en las cavernas, lugares comunes de refugio. Eran cazadores nómades que se alimentaban de carne de auquénido y venado que atrapaban valiéndose de dardos y lanzas con puntas de piedra. De baja estatura (no más de 1,60 mts. promedio), cráneo dolicocéfalo alargado, del tipo que los antropólogos denominan PALEOAMERICANO LAGOIDE, cavernícolas y carnívoros mas no caníbales. Trabajaban la piedra con rara habilidad haciendo pocos pero útiles instrumentos para hacer prosperar el arte de la orfebrería. Del cuerpo de los animales confeccionaban piezas de protección con las que se libraban de la inclemencia del tiempo marcadamente frío.

Lo que debe magnificarse de los yauricochas es que fueron los primeros grandes orfebres de América. Tuvieron incomparable habilidad para trabajar los metales. De los agrestes roquedales circundantes sacaban la plata y el oro con la que transformaban las pepitas en cintajos que tras cuidadosos repujados, embutidos y soldados, transformaban en finas esculturas. Eran inspirados artistas naturales.

Por insondables misterios que la noche de los tiempos tiene ocultos, los yauricochas, descubrieron los metales que, andando los años, llegaron a transformar con sorprendente habilidad. Aprendieron a reconocerlos en sus yacimientos, extraerlos, fundirlos y moldearlos. Primordialmente utilizaron el oro, la plata, el cobre y algunas aleaciones, para manufacturar objetos ceremoniales y utensilios de uso común. Además de mineros, los yauricochas eran excelentes ganaderos y saladeros. La admiración con que los cronistas describieron las hermosas esculturas metálicas llevadas a Cajamarca para el rescate del inca, confirmaba que la región andina era el primer centro metalúrgico de América. ¡Qué duda cabe!. El foco principal de este núcleo fue la hoya metalífera de los yauricochas. Ellos fabricaban artísticos y majestuosos objetos de arte en oro, plata y cobre; incluso, platino. Efectuaban diversas aleaciones entre las que destacaban los bronces, tanto de estaño como de arsénico; el plomo y mercurio también los conocían pero raramente utilizaron. Estos minerales fueron trabajados por procedimientos mecánicos, utilizando herramientas de piedra. Martillos de tamaños y formas diversas; yunques de piedras, cuya diferencia de aspereza y grano, la aprovecharon a modo de lima; tenazas, moldes y demás instrumentos para trabajo de vaciado, filigrana, perforación y engaste. Con el fin de evitar las huellas del martillo y del yunque, usaban tejidos de lana que por su elasticidad natural, obligaban al metal a extenderse junto con ellos, bajo el impacto de los golpes. De esta forma el martillado, corte y repujado, constituyeron las formas primitivas del trabajo en metal. Luego vendrían los cortes en tiras, incisión, dorado y unión y soldadura en frío. En el desarrollo de la tecnología metalúrgica y la orfebrería primaron los valores estéticos, simbólicos y religiosos más que los funcionales. Buscaron fusionar en una sola pieza conceptos tan dispares como la musicalidad, el colorido, la suntuosidad, el respeto, la jerarquía y el impacto visual. La técnica del martillado y laminado con una destreza sin igual, tanto en el manejo de las herramientas como en las aleaciones. Debían, primero, elegir la aleación adecuada –el cobre utilizaron mucho para estos menesteres- mediante el cual podía ser trabajado o forjado, ya fuera en frío o en caliente. Los yauricochas suponían que la plata era la representación de la luna, esposa del sol y pronto se dieron cuenta que el oro –representación del sol- era completamente incorruptible e inatacable por otras fuerzas que se encuentran libres en la naturaleza. Lo hallaban puro o asociado a la plata, su compañera, mezclada con grava, arena, arcilla o cuarzo; en formas de pepitas o en granos, escamas, polvos o incrustaciones. Admirados de su calidad repararon también que es muy dúctil y muy maleable. Así llegaron a formar delgadísimas láminas con las que fabricaron hermosísimas esculturas que representaban seres vivos, animales y plantas varias. Ellos también, como sus antepasados que plasmaban su admiración en pinturas rupestres, hacían animales y hombres del tamaño natural, propiciando la mágica intervención de sus dioses en la caza y la ganadería. Para la confección de sus ídolos, utilizaron también una gran variedad de piedras preciosas que incrustaban con técnicas muy especiales. Ágatas, amatistas, alabastros, calcedonias, citrinos, cinabrio, copiaditas, turquesas, ónices, cuarzos de varios colores, granates, piropos, malaquitas, ópalos, sílex, lapislázuli, etc.

Pedro Cieza de León (1549), admirado ponderaba la abundancia argentífera del lugar que más tarde sería el Cerro de Pasco. Decía: “Hay tanto oro y plata para sacar por siempre jamás; porque en todas partes que busquen y caven, hallarán abundante oro y plata”. Él había visto, deslumbrado, la abundancia argentífera que se hallaba a flor de tierra y que los nativos la trabajaban a cielo abierto; había admirado la maestría alcanzada al atarear con gran habilidad el oro, la plata, el cobre y aleaciones con los que fabricaban esculturas extraordinarias, adornos, vajilla y objetos de culto para sus dioses. Acababa de verlo. “…y lo que más se nota es que tienen pocas herramientas y aparejos para hacer lo que hacen, y con mucha facilidad lo dan hecho con gran primor. En tiempo que se ganó este reino por los españoles se vieron piezas hechas de oro y plata, soldado lo uno con lo otro, de tal manera que parecía que había nacido así. Viéronse cosas más extrañas de argentería, de figuras y otras cosas mayores que no cuento porque son numerosas; baste que afirmo haber visto con dos pedazos de plata y otras dos o tres piedras, hacer vajillas, y tan bien labradas, y llenos de bernegales, fuentes y candelabros de follaje y labores que tuvieron bien que hacer tan bueno con todos los aderezos y herramientas que tienen; y cuando labran no hacen más que un hornillo de barro donde ponen el carbón, y con unos cañutos soplan en lugar de fuelles. Sin las cosas de plata, muchos hacen estampas, brazaletes, ajorcas, vasos, cordones y otras cosas de oro; y muchachos que apenas saben hablar, entienden en hacer estas cosas. Son muy precoces. Poco es ahora lo que labran en comparación con las grandes y ricas piezas que hacían en tiempo de los incas; pues la chaquira tan menuda y pareja la hacen, por lo cual digo que hay grandes plateros en este reino”.

Entre 1975 y 1976, los destacados arqueólogos Luis Hurtado de Mendoza, Carlos Chaud y Rómulo Ríos, 20, realizan un extraordinario descubrimiento en el barrio de Champamarca del Cerro de Pasco: el yacimiento alfarero de “Piedras Gordas”. En un área de 300 metros cuadrados en el que se diseminan varios refugios rocosos, encontraron numerosos utensilios y artefactos trabajados en hueso, tales como leznas, lasqueadores y tajadores. Igualmente recogieron una apreciable cantidad de cuchillos, lascas, perforadoras y varios objetos de piedra más. Todas estas son pruebas de la existencia de cazadores primitivos en la zona los yauricochas. En las capas más profundas de las excavaciones, hallaron gran cantidad de huesos de cérvidos, camélidos y aves, lo cual creemos, haya gravitado poderosamente en el asentamiento de los primeros grupos humanos por la abundancia de recursos de fauna y flora nutricias: tarucas, venados, vicuñas, llamas guanacos, perdices, patos, challwas, bagres, ranas, patillos silvestres, yanavicus, parihuanas, gaviotas, onguena, cushuro, berros, papa shilinco, y fundamentalmente, maca.

Por aquellos tiempos la habilidad artística de los yauricochas llegó a conocerse en el Cusco y, como es lógico, su territorio se convirtió en un ambicionado objetivo de conquista. Por eso, cuando los tinyahuarcos irradiaron con sus tamboriles el inminente ataque de hombres que decían venir del “Ombligo del Mundo”, los persiguieron a campo traviesa y los derrotaron. Las deidades vengadoras hicieron lo suyo. Trombas diluviales anegaron abras y caminos; rayos y truenos cobraron numerosas víctimas que fueron despedazadas por aviesos cóndores. No una, sino siete veces. Los invasores quechuas que venían por orden de Pachacuti, cayeron en la cuenta de que ningún ejército podría vencer a estos guerreros tenaces. Tuvieron que cambiar de estrategia. Humillaron armas y avivaron astucia y diplomacia. Así, un día brillante de junio, cuando el sol destacaba todo su poderío en el inmenso cielo azul, vieron aparecer en la lejanía, una inmensa caravana de personas extrañas, completamente desarmadas, sin escudos, arcos, macanas ni flechas, sólo panoplias con armas decoradas como presentes para los anfitriones; frutas, verduras y maíces magistrales; porongos enormes, repletos de chicha dulce, pero embriagante; ejército de vestales, jóvenes y hermosas, apetecibles, escogidas, para entregarlas como muestra de buena voluntad y homenaje. Con ellas sellarían el vínculo definitivo de sangre que los uniría por el resto de los tiempos. Sólo así lograron aliarse para formar una sola y poderosa nación que llamaban Tahuantinsuyo. A partir de entonces, los hermosos trabajos de orfebrería artística, siempre admirado por los siglos, comenzaron a ser llevados a Cusco para el culto de Inti y de la nobleza inca. Sin embargo, algunos valiosos orfebres quedaron en nuestros pagos, laborando otros objetos artísticos. La prueba es que para pagar el rescate del inca en Cajamarca, de nuestro territorio salieron ingentes cantidades de piezas de oro y plata. Era el trabajo de nuestros orfebres. ¿De qué otra parte podían sacar los metales preciosos en cantidades sorprendentes para trabajar en su transformación en joyas de ensueño?”. Más tarde, mucho más tarde, hordas de extranjeros barbados, conchabados con tribus traidoras de otros pagos, se adueñaron de las riquezas inagotables transformando a los dueños en vasallos. De esto, hace cinco siglos.”