César Zamudio Véliz, un mártir olvidado

Compañía de bomberos con su comandante general don Silverio Urbina (Con el altavoz) y a su izquierda, el héroe César Zamudio Véliz- También están, Julio Patiño León, Ambrosio Herrera, y otros venerables bomberos…

El silencioso recogimiento de los fieles en la iglesia Chaupimarca la mañana del 21 de marzo de 1940, era premonitoriamente dramático. El frío intenso había sosegado al pueblo minero que dando tregua a sus afanes cotidianos observaba un recogimiento desacostumbrado. Se celebraba el Oficio de Jueves Santo, Día de Todos los Misterios. La Santa Misa se había iniciado a las once de la mañana. La iglesia estaba al tope. Negros catafalcos cubrían las hornacinas de santos menores. Luciendo sus lábaros distintivos primorosamente bordados y sus insignias personales, numerosos grupos de mujeres de diversas agrupaciones eclesiales abarrotaban el templo: “La Congregación de los Sagrados Corazones y Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento”, “Las Hijas de María”, “La Venerable Tercera Orden Franciscana”, “La Hermandad de Nuestra Señora del Carmen”, “La Hermandad de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”, “La Hermandad del Niño Jesús de Praga”, “La Hermandad de la Virgen del Tránsito”, “La Hermandad del Beato Martín de Porras”. Ataviados de riguroso luto, las autoridades presidían los actos de solemne recogimiento; el Subprefecto, Antonio Alba Bardales; el encargado de la Alcaldía, doctor Raúl Picón Reyes; el Comisario, Teniente G.C, Pedro Marticorena, el Jefe de Línea, teniente Leonidas Morales Liendo; el Juez Instructor, doctor Abigail García Sosa; el investigador policial, Daniel Rodríguez Mar; fieles numerosos y miembros de la Compañía de Bomberos, “Salvadora Cosmopolita Nº1, en pleno, correctamente uniformados con brillantes cascos de bronce, polacas rojas, pantalones blancos y borceguíes negros de media caña. Un enmudecido recogimiento, como negro presagio silenciaba el templo.

Afuera, como de costumbre, las gentes iban y venían en el cotidiano trajín del mercadeo cotidiano. Ajetreados y bullentes compradores atiborraban los pasadizos del viejo mercado central construido en 1902 por el Alcalde de nacionalidad italiana, Cesare Vitto Cútolo, Resistentes bases de piedras y barro apisonado sostenían un sin número de tabiques de madera reseca que separaban los ambientes internos correlativamente numerados.

El reloj del frontis de la torre de madera marcaba las 11 y diez de la mañana.

En un “puesto” ubicado a la entrada del mercado, signado con el número 16, el comerciante Juan de Dios del Valle, vendedor de ron de quemar, gasolina, kerosén, petróleo, velas, bencina, carbón de madera, manteca…-peligrosa bomba de tiempo- utilizando una hornilla de ron, trataba de derretir la manteca impregnada en una lata casi vacía. Fatalmente, un chorro de manteca derretida cayó sobre la ronera aumentando el fuego que incendió la lata completa. Presionado por la flama ardiente que le quemaba las manos, arrojó lejos de sí la lata ardiente que fue a caer sobre los numerosos recipientes del depósito. Todo fue instantáneo. Eléctrico. El fuego con gigantescas y voraces lenguas se extendió inmediatamente por paredes y techo, insaciable, tenaz, imparable, inflamando las ropas del tendero. Del Valle –desesperada tea humana- salió despavorido de su tienda hecho fuego viviente que se cebaba de sus vestiduras. Un grupo de mujeres que se encontraba a la puerta atinó a cubrirle con pañolones logrando apagar las llamas que comenzaban a devorarle.

En ese instante, una horrísona explosión de los depósitos de combustible, conmovió al pueblo minero.

Ante los angustiosos clamores de la muchedumbre estremecida por la detonación, autoridades y fieles que se hallaban dentro de la iglesia salieron raudos a prestar auxilio: los bomberos los primeros. Se lanzaron a luchar contra el fuego desplazándose estratégicamente por todo el escenario de la conflagración cuando las llamas inmensas comenzaban a devorar las tiendas aledañas. Extendieron sus mangueras y las instalaron a los surtidores. Cuando abrieron las manijas de las cañerías, se encontraron con una cruel realidad: ¡¡¡No había agua!!!. Ni una sola gota. Estupefacto, sin dejarse vencer por la adversidad, el comandante, Francisco Irato, gritó con todas sus fuerzas.
— ¡!!No hay agua!!!… ¡Lleven picos y palas y traigan toda la tierra que puedan!. ¡Otro grupo trate de aislar el fuego con hachas y escalas, pronto, pronto….!

Cuando el fuego incontenible ya abrasaba paredes y techos con prontitud asombrosa, el subteniente César Zamudio Véliz, comandando su grupo premunido de escalas, hachas y garfios, subió al segundo piso, allí donde el fuego se propagaba con grandes flamas y el peligro era más acentuado. Llevado por la fiebre del deber comenzó a seccionar con su hacha los tabiques de madera para evitar que el siniestro siguiera propagándose. El humo que lo cubría le impedía la visibilidad, el calor quemante era insoportable, pero él seguía adelante. Estaba enfrascado en esta ardua tarea cuando la torre del frontispicio con su reloj convertido en una gigantesca tea, cayó aparatosamente a su lado, rozándolo pero sin tocarlo por un milagro inexplicable. El heroico bombero sentía que sus pies ardían y el humo le impedía una clara visibilidad, sin embarco, empeñado en su función seguía golpeando con el hacha mientras las calaminas explotaban por el calor confundiéndose con el espantado lamento de las gentes. El incendio alimentado por el combustible depositado en la tienda siniestrada, se elevaba en llamaradas de formas monstruosas. Cuando las primeras lampadas de tierra eran arrojadas a ese infierno pavoroso, una cáfila de buitres, confundida con gentes que ayudaban, se dedicó a saquear las tiendas de Francisco Villaorduña, de Benigno Berrocal y de Francisco Castellanos, adyacentes al siniestro hirviente. Robaban todo lo que podían mientras la policía y gentes de buena fe traían de lugares lejanos algo de agua que para nada podía servir. Llevaban todo lo que encontraban a su paso…Era un zafarrancho espantoso. Allá arriba, en el techo, arrebatado e incansable, César Zamudio Véliz, el heroico bombero, luchaba contra el fuego. Era prácticamente insalvable el edificio pero el héroe luchaba con un denuedo extraordinario. En un momento un sordo crujido se escuchó confundiéndose con el grito de espanto de centenares de gentes que ayudaban a sofocar el fuego. El piso se había quebrado y el heroico bombero caía sobre el horno llameante que los lubricantes avivaban. Un grito de terror se escuchó al unísono en las calles humeantes. Con la celeridad que dictaba el impulso fraternal, el capitán Daniel Alejos y un grupo de hombres que comandaba, arriesgando sus vidas, entraron en el férvido escenario para rescatar al compañero que en ese momento era pasto de las llamas. Tras luchar denodadamente lo sacaron del fuego y humo asfixiantes y bajo las órdenes del sargento sanitario Pedro Santiváñez, lo condujeron a la Asistencia Pública.

Entretanto, aquel viejo y querido arequipeño: Francisco Valdivia, cuya vida estuvo ligada a los dramáticos palpitares de nuestro pueblo, en un momento de oportuna inspiración hizo subir a un grupo de voluntarios al carro que los llevó de inmediato a la Bodega de la Mining Company. De allí trajeron un apreciable número de extintores con lo que atacaron el fuego. Aquello fue milagroso. Tras agónica lucha de tres horas, las lenguas del fuego fueron vencidas cuando ya iban lamiendo techos y paredes de las tiendas vecinas. Los damnificados fueron muchísimos. No habían podido salvar nada porque la ignición con gran velocidad había arrasado con todo. Sólo humeantes pavesas quedaban de todo lo que había sido un activo emporio comercial.

En la Asistencia Pública los médicos le quitaban los jirones de ropa abrasada al heroico bombero. Las heridas abiertas y terribles lo habían convertido en una llaga viva. Tenía el rostro y la cabeza completamente devorados por el fuego. Las llamas habían hecho desaparecer los rasgos de su cara. Estaba irreconocible. Sus manos eran dos llagas informes. Las llamas le habían consumido toda la piel desde la cabeza a los pies. No había ninguna esperanza de que el bombero sobreviviera; sin embargo, su bravo corazón cerreño aún latía y sus pulmones, aunque ardidos, seguían funcionando. Entonces, en un último esfuerzo, el doctor Raúl Picón Reyes, Médico Jefe del Hospital de Colquijirca –el mejor de la zona en ese entonces- ordenó su rápido traslado para ser atendido personalmente por él. Tras soportar el dolor lacerante hasta el límite de lo humano, el heroico salvador entró en coma profundo.

Hasta tres días después del tremendo percance, el subteniente César Zamudio Véliz, no se dio cuenta de que seguía vivo. Completamente inmovilizado en aquel blanco lecho, presa de un padecimiento tan intenso que parecía increíble que pudiera soportarlo, un monstruoso dolor le desgarraba el cuerpo desde la cabeza a los pies.

El cruento suplicio que sufría, no tenía cuándo acabar. En seis meses de tratamiento, no obstante el celo de los médicos, no encontraba mejoría notable. Era víctima de manifiesta agitación y delirios, insomnio y convulsiones desgarradoras mientras una frialdad y rubicundez cutánea se apoderaba de todo su cuerpo; presa de un choque nervioso sobreagudo con alteraciones sanguíneas y abierta infección microbiana, muchas veces lo hacía entrar en un sopor terrible. Las ropas al pegárseles al cuerpo por efecto de las llamas habían atacado las partes blandas, incluyendo los músculos con parte carbonizadas que produjo la aguda infección generalizada. Las quemaduras se trataban con sustancias queratoplásticas como el ictiol, tiol, caftalán, dermatol y ortoformo y para los agudos dolores el yodoformo y la antipirina. Utilizaban también cafeína para levantar el rendimiento del corazón cansado e inyecciones subcutáneas para combatir la intoxicación y la dificultad circulatoria. En todo momento hubo inhalación de oxígeno para reforzar los esfuerzos de sus pulmones y combatir la asfixia que había sufrido por el humo espeso del incendio. En los momentos más dramáticos se utilizaron cloral, pantopón y opio. Su cuerpo parecía la de un extraterrestre de las películas de ficción por la gran cantidad de vendajes, respiradores, manguerillas y agujas. Partía el alma verlo tendido con un interminable quejido angustioso sin un centímetro sano en su castigada humanidad.

Como su cuerpo tenía que mantenerse separado de las sábanas, el intenso frío le produjo una peligrosa pulmonía. En ese momento el doctor Picón Reyes se comunica con la Comandancia General de Bomberos del Perú y deciden su inmediato traslado a Lima en el tren especial extraordinario. Era imperativo que los especialistas pudieran intervenir. La vida del héroe peligraba en el Cerro de Pasco.

Embarcado, el paciente llevaba la compañía del doctor Raúl Picón Reyes y dos enfermeros muy eficientes para cuidar de su salud. La idea fue feliz porque al tramontar Ticlio a 4,800 metros sobre el nivel del mar, el corazón del héroe dejó de latir ante la alarma del médico que tuvo que efectuar un masaje atinado en la región cordial e inyectarle un remedio tónico directamente en la noble víscera. Felizmente el héroe reaccionó.

Al llegar al Hospital limeño, viendo su estado agónico, el capellán le administró los Santos Óleos. Felizmente no murió. Ante el dolor insufrible, tuvieron que suministrarle opio. Así siguió viviendo los años 1941 y 1942. Las hermandades religiosas, entretanto, rezaban con fe por su recuperación, la ayuda que se reunió siempre fue oportuna. Nadie podía creer que siguiera vivo.

Entretanto, el pueblo conmovido por el prolongado martirio de su héroe, trabajó con denuedo para conseguir que el agua discurriera con continuidad por las cañerías cerreñas. La Compañía de Bomberos, mediante una erogación general adquirió una Motobomba que, a lo largo de su historia ha sido muy útil a la población. Los concejales Vonfiglio Bermiglio y Gerardo Patiño López, hicieron construir el novísimo Mercado Municipal en reemplazo el quemado y que hasta ahora presta valiosos servicios. El suplicio del heroico bombero, no había sido en vano. Su heroicidad había motivado a sus paisanos.

Cuando los primeros meses del año de 1943 le quitaron las vendas, se podía decir que César Zamudio Véliz estaba salvado. La ciencia había logrado vencer gracias a denodados esfuerzo de los médicos y la envidiable vitalidad del héroe. En todo ese tiempo, con una asiduidad y cariño conmovedores, todos los bomberos de Lima, por riguroso turno acompañaron al héroe, alentándolo con su presencia y sus voces reconfortantes. Los padres capellanes y demás sacerdotes estuvieron continuamente visitándole para darle ánimo. Ya se encontraba muy bien pero no había logrado ver su rostro, sólo parte de su cuerpo lacerado y maltrecho. Tenía mucha curiosidad por ver cómo había quedado finalmente. Los médicos juzgaron prudente que previamente recibiera un tratamiento adecuado de preparación sicológica para lo que tendría que ver. Sin embargo, un día, por imperdonable descuido, una enfermera dejó olvidada una fuente de brillante metal, en la que había llevado inyecciones, apósitos y remedios para el paciente. Al verla tan cerca de él, haciendo esfuerzos supremos alargó los muñones deformes y rígidos: no otra cosa eran sus manos y, por primera vez se miró en la superficie del pulido metal. Un grito gutural seguido de un desgarrador sollozo estremeció la sala. ¡Quedó aterrado y tembloroso!. ¡Durante largo tiempo fue incapaz de comprender el horror de lo que veía!. Su cabeza, sin un solo cabello en ella, no era sino una bola amorfa y repugnante. Le daba la impresión que aquel rostro de pesadilla se había derretido completamente para después congelarse en una masa espantosa de un rojo purpurino. Los labios deformes se habían convertido en un pequeño agujero rodeado de protuberancias del color del hígado. Sus párpados, incapaces de cerrarse se llenaron de lágrimas incontenibles que comenzaron a correr por aquella masa informe que antes había sido un rostro humano.

A partir de entonces ya nada le importó. Ni siquiera quiso sobrevivir. En aquel momento ya había muerto.

Una turbia mañana de octubre, cuando la enfermera descorrió las cortinas de su habitación, el bombero mártir estaba inmóvil, con los ojos abiertos en una mirada dramática y dolorosa. Acababa de morir.

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7 respuestas a “César Zamudio Véliz, un mártir olvidado

  1. soy bombero de pasco y me parece muy bien , que le aya dedicado un prarrafo en su libro pueblo martir ala compañia de bomberos de pasco
    no se si tiene la fotografia de la banda infantil y de la filarmonica cosmopolita en sus archivos le agradeceria mucho si me podria consegirlos gracias y siga adelante Dios lo bendigue

    1. Teobaldo: En próximas entregas seguiremos hablando de los gloriosos bomberos de Pasco. Han tenido notables actuaciones en nuestra historia que bien merece nuestro más grande homenaje. Ojalá pudieran facilitarme las fotografías que tengan en la compañía para que todo el Pertú las conozca. Mis saludos y abrazos para todos los bomberos cerreños.

  2. la compañia tuvo una banda infantil que estuvo en la inaguracion del ferrocaril de huancayo el año 1908,

  3. juan manuel vivanco que es lo que hizo por los bomberos de pasco no lo se y si nestor carion fue hermano de daniel alcides carrion gracias

  4. Gracias por publicar este texto, fué muy triste lo que le acontecio a este Bombero Valiente, pero es doblemente triste cuando lee un bombero como yo. No soy Cerreña, pero inicie mi carrera bomberil en Pasco, guardo los mejores recuerdos de todos mis hermanos bomberos en la “17” bueno, No soy cerreña como dije, pero Fuí a visitar el nicho de César Zamudio Véliz, aqui en el Cementerio Presbitero Maestro en Lima y con que me encontre… con una Nicho triste, polvoriento, abandonado, con las letras que apenas se ven… Bueno, el fue un Héroe; fue un Heroe Cerreño, Ojala que algún día se promueva y se le rinda un Justo homenaje…
    Gracias.

    1. Respetada Paola Valle:
      Jamás debemos olvidarnos de los que nos dieron patria y dignidad. El recuerdo de sus actos valerosos y muy significativos, nos impulsan a seguir en la brega por servir a nuestros menores.
      Mis respetos para usted.

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