Dos huainos inolvidables de Arturo Mac Donald


Hijo de un ganadero escocés llegado al Cerro de Pasco para trabajar en la hacienda de don Eulogio Fernandini y de una linda cerreña, bebió con la leche materna todo el amor por su tierra cimera a la que más tarde va a cantar en sus versos carnavalescos. A partir de 1928 irrumpe a la palestra cuando en nuestra ciudad había una pléyade de notables poetas y músicos. Donde más destacó fue en sus creaciones carnavalescas. De ellas han quedado en el recuerdo, y todavía se cantan, dos hermosos huainos.

El «Team Cerro», fue una institución que con especial regularidad cumplía una programación de homenaje a las personas e instituciones más destacadas del medio. Cada año celebraba con especial afán: «El Día de la Madre». El año de 1932 sale a la palestra este notable poeta cerreño que, a lo largo del resto de su vida, nos regaló con lo mejor de sus inquietudes. Para muestra, un botón:

JARANA

Se ha encendido la noche de entusiasmo,
el recinto de la casucha se desflora;
hay cholos que ríen con palmadas
ya hay cholas que taconean el sonido.

Adentro: todo es festividad de gloria,
afuera, llanto de luz del plenilunio…
mientras las guitarras lloran alegrías
los corazones se ríen con sus penas.

La shacta enloquece los cerebros,
convirtiendo en carnaval esa algazara
que una chola enmantada desemponcha un cholo.

¡Jarana…jarana cerrense, incomparable,
que bebe el corazón a grandes sorbos
mientras canta el zapateo a carcajadas…!!!

Pero de todas sus creaciones, dos son las que han prendido en el alma del pueblo. Una es el huaino escrito en 1937 con el título original de MI CERREÑA, pero que el pueblo lo conoce como NIEVES ANDINAS y, otro al que denomina LÍRICO CONSEJO, pero que el pueblo lo conoce como AÑO NUEVO.

MI CERREÑITA
(Nieves Andinas)

Hasta las nieves andinas,
con ser nieve, paisanita,
con sus aguas cristalinas,
llora de peña en peñita.

En el puquio de la pampa
también llora el agua lisa,
cuando su cielo graniza
cargado de penas tantas.

Y tú, ingrata cerreñita,
por huraña y desdeñosa,
con tu hermosura de rosa
no asomas ni a tu chocita.

Si con desdenes me pagas
el amor que yo te tengo,
ten cuidado con lo que haces,
paisanita te prevengo,

LÍRICO CONSEJO
(Año Nuevo)

Año Nuevo, nuevas flores
en el jardín del vivir;
quisiera nuevos amores,
para dejar de sufrir
La piedra de la peñita
resbala por resbalar
cuidado mi correntía
así te vaya a pasar.

En la roca resbaladiza
no te pongas a jugar,
porque la piedra dura v lisa
bien te puede traicionar

No te olvides cerreñita,
mi consejo y mi pasión,
que sería mi penita
más triste que tu traición.

El año de 1937 lo encontramos en la ciudad de Lima a donde viaja para «cambiar de aires». Aquel año, conmovido ante la magnificencia de la procesión del Señor de los Milagros escribe un poema que publican los diarios de Lima.

Después de dos años de permanencia en la capital afrontando una serie de graves problemas, completamente agobiado lejos de sus seres queridos y sus amigos, se suicida arrojándose desde el Puente de Piedra a las aguas del río Rimac, muriendo arrastrado por sus aguas. El Cerro de Pasco se conmueve tremendamente. Es el 7 de agosto de 1939. Los diarios hicieron eco de este tremendo dolor. Nosotros, con especial afecto, transcribimos lo que decía «La Voz de la Juventud», de aquellos días.

«Una noticia trágica e impresionante nos trae hasta nosotros la mala nueva de la inesperada desaparición de un distinguido joven cerreño de quien se esperaba mucho en la hermosa tarea de la Literatura: Arturo Mac Donald. Nos viene esta noticia como una saeta traidora que traspasa el corazón dejando en esta herida sangrante del dolor y el profundo pesar; como una espina punzante que hiere sin piedad el espíritu saturado de emociones y de ingratitudes».

«Parca inhumana y traicionera de la muerte, acaba de arrebatar de la tierra un ser estimado y digno, para extinguir su vida y remontarla a las desconocidas regiones de lo ignoto. Se lo lleva dejando tras de sí un valle de lágrimas entre los suyos y un triste lamento entre sus amigos que beben el acíbar que deja la ausencia.

«Se va aquella promesa literaria para el Cerro de Pasco a vagar en las lejanías inconmensurables de la eternidad, dejando un inmenso y desolado vacío; se va a entregar su alma al Divino Creador, para nunca jamás volver. Pero el recuerdo, la imagen de su espíritu inquieto y pensador se queda, vislumbrando centellantes luces del recuerdo; se queda el fruto de su cerebro fértil; su grandiosa producción poética».

«Quienes ha tenido la dicha de conocerle, quienes han libado la dulce y rítmica armonía de sus versos; quienes han compartido de su sincera amistad, no podemos menos que oprimir en nuestro corazón una infinita melancolía y un profundo dolor. En un apartado rincón de nuestra alma se adentra a pesar de su ausencia y en nuestra mente se reconcentra el joyel literario hoy esparcido y glorificado».

«¡Que la paz y la tranquilidad vele su tumba lóbrega y su nombre y su santa memoria sean venerados en los altares de la inmortalidad y la gloria»

«La Voz de la Juventud»

LOS CREADORES DE “EL COMERCIO” en el cerro de pasco


En el devenir de la historia del mundo han ocurrido una serie de controversiales anécdotas que tienen por término un final feliz y positivo. Tal el caso de una amistad nacida entre dos hombres que luchaban en bandos contrarios en la convulsionada época de la independencia de nuestra patria y, finalmente unidos por una amistad inquebrantable, consiguieron realizar actividades muy positivas para nuestra patria, especialmente cuando crearon un diario que, como dijo el cazurro padre Urías, está escrita la historia del Perú: EL COMERCIO.

Como mucho del accionar de estos hombres -el argentino Alejandro Villota y el chileno Manuel Amunátegui- alineados en campos antagónicos, tuvieron por escenario la alta tierra minera del Cerro de Pasco en su época de mayor esplendor económico, nos es grato hacer conocimiento de nuestros lectores, el desenlace feliz de esta imperecedera amistad.

Don Alejandro Villota, nacido en Buenos Aires (Argentina) en 1803, desde su juventud había abrazado la causa libertadora. A los 17 años, conjuntamente con su hermano Félix, se alistan en el Ejército de los Andes que lideraba don José de San Martín. Este ejército, después de cruzar los Andes, invade la Capitanía General de Chile y tras derrotar a las fuerzas realistas en Chacabuco y Maipú, arrojan a los invasores del territorio sureño y juran la independencia de Chile. El 19 de agosto de 1820 zarpa del puerto de Valparaíso hacia el Perú y el 8 de septiembre desembarca en la bahía de Pisco. Posesionado de este lugar, San Martín decide destacar una columna volante al interior del país para que, en marcha de circunvalación, despertase el espíritu revolucionario en las provincias. El jefe de esta empresa fue el General Juan Antonio Álvarez de Arenales. Durante su triunfal recorrido inicial muere su hermano Félix en Oyón, donde fue sepultado. El Ejército de los Andes llega al Cerro de Pasco y el 6 de diciembre de 1820 se enfrenta a los realistas en la Batalla del Cerro de Pasco donde triunfa rotundamente. Villota está presente en la juramentación de la independencia de la ciudad minera del día siguiente, 7 de diciembre.

Posteriormente, cuando llega Simón Bolívar, él todavía sigue en la conformación del ejército patriota pero, esta vez, en calidad de soldado y periodista, como redactor del periódico EL CENTINELA EN CAMPAÑA que con prensas portátiles sale a la luz en el Cerro de Pasco el 24 de julio de 1824, bajo la dirección del capitán Andrés Negrón. Su talento le permite la misión de ser redactor principal y en esa condición está presente en Rancas, previa a la batalla de Junín donde triunfan rotundamente. Posteriormente viajan a Ayacucho, último reducto realista en donde triunfan nuevamente. Acogiéndose a la generosidad de la capitulación decide radicar en aquella ciudad, oportunidad en la que traba amistad con el chileno Amunátegui.

Don Manuel Amunátegui había nacido en Chillán (Chile) el 3 de junio de 1802. Hijo de español y chilena. Desde muy joven -tenía once años- se enroló en el ejército realista. Luchó bajo las órdenes de los generales Canterac y Valdés terminando su actuación con la capitulación de Ayacucho donde decidió residir inicialmente. Allí vivió durante tres años. Enamorado de doña Dominga Ayarza –una de las más distinguidas familias del lugar- contrae enlace y se dedica a las actividades periodísticas llegando a fundar, conjuntamente con su amigo Alejandro Villota, el periódico ayacuchano EL INDÍGENA. Bajo la dirección de don Juan Ignacio García de los Godos –hombre experimentado en estos avatares en los que los amigos todavía estaban bisoños- sale a luz el 1º de febrero de 1833. Convencido que era necesario arriesgar para obtener mejores frutos de su trabajo, decide viajar conjuntamente con su amigo a la minera ciudad del Cerro de Pasco, a la sazón emporio de riquezas inacabables, para poner a prueba sus grandes conocimientos mercantiles y contables.

Ya en el Cerro de Pasco encuentra un panorama desolador. Las legendarias minas de plata habían sufrido un colapso como resultado de la lucha independentista, produciendo escasa barras porque la gran mayoría habían sido inundadas. Las bombas implantadas por el inglés Richard Trevithick habían sido destrozadas. Esta desgracia inspiró a Alejandro Villota para que decida importar máquinas de vapor para desaguar las minas. Por otro lado –siempre en compañía de su amigo Amunátegui- colabora en los periódicos de entonces y firma un jugoso contrato con los mineros de la ciudad para instalar dos máquinas a vapor que desaguarían las minas. No obstante el importe de más de cien mil pesos peruanos y su interés personal, la empresa no prosperó por una serie de razones de orden político. Otro de los renglones que atacaron fue el de la importación de mulas del norte argentino destinados a los trabaos mineros de entonces. En este renglón, por sus valiosos nexos amicales, obtiene éxito. Después de permanecer en nuestra ciudad por trece años consecutivos haciendo periodismo y desempeñando papales directrices de bancos ingleses y franceses, en febrero de 1839 se retira a Lima a donde su amigo lo había adelantado. Imbuidos de ideas modernos y llevados por su profundo sentido humanista, el 4 de mayo de 1839 editan el primer número de EL COMERCIO -el diario más importante del Perú- bajo la dirección de José María Monterola que por treinta años -hasta el día de su muerte- dirigió el diario. En EL COMERCIO, según el padre Urías, está escrita la historia del Perú.

EL JARANISTA

Vicente Saldívar, cariñosamente conocido por Visho, era un joven cerreño muy amigo de andar en jolgorios y jaranas. Su maestría para pulsar la guitarra era muy bien apreciada en las reuniones. En la época en que nuestra ciudad minera contaba con eximios guitarristas, Visho se llevaba las palmas cuando ejecutaba traviesas cachuas, querendones huainitos, acompasadas chimaychas, hermosas mulizas y desgarradores tristes. Reclamado por amigos y compañeros de trabajo, salía diariamente al cerrarse la noche, acompañado de su infaltable compañera: la guitarra. Eso sí, al asomar las primeras claridades del alba, tras un desayuno reconfortante y sostenido, dejaba el instrumento en su casa y se iba a trabajar puntualmente. Pase lo que pase, nunca faltaba a su trabajo.

Una de esas tantas noches de jolgorio, había salido muy entusiasta para animar una fiesta a extramuros de Paragsha en la que, además de excitante trago y abundantes viandas, habría una profusión de elemento femenino. Estaba de plácemes. Así que envolviendo su guitarra española en una talega vacía de harina –nevaba copiosamente- encaminó sus pasos a aquel barrio tan cerreño y tan querido.

El jaleo, como se había programado, fue excelente. Se bailó, se comió y se bebió con gran entusiasmo. Las chicas, a cuál más alegre y bonita, hicieron que las horas parecieran muy breves; la comida cerreña, pródiga, variada y riquísima, mantuvo las fuerzas al tope; el trago, además de abundante, fue muy fino y variado.

Cumpliendo con su inveterada costumbre, al aparecer los primeros rayos de luz por el oriente, guardó su guitarra en su talega y se retiró desoyendo las súplicas y reclamos de los juerguistas. Al salir de la reunión advirtió que la nieve caída durante la noche había sido tan copiosa que, borrando los caminos de la zona, la hacía parecer territorio de un insólito y blanco planeta; sin embargo, venciendo mil dificultades y mirando como hitos las lumbreras mineras, emprendió el regreso a su morada. Los pies al hundírsele en la nieve dificultaban su avance, sin embargo, alentado por su buen humor y mantenido por los humos de los tragos, siguió adelante entonando una melodía lugareña.

Ya había logrado avanzar un buen trecho cuando a la altura de Gayachacuna, barrio de su residencia, creyó oír el angustioso lloro de un niño. Curioso, oteó a su derredor y no alcanzó a descubrir nada. Sólo la tersura de la nieve que invicta señalaba el horizonte. Intrigado siguió progresando cuando nuevamente oyó el desgarrador llanto de la criatura. Esta vez sí pudo distinguir un envoltorio cubierto de bayetas y de jerga de donde partía el lastimero lloro de la criatura.

Con el corazón estremecido de pena, tildando de perversos a los padres que habían abandonado a aquel pequeño ser en tanto frío, alzó en sus brazos al niño que al instante dejó de llorar. Para poder transportarlo más cómodamente se puso la guitarra en bandolera como si fuera una escopeta y siguió avanzando afanosamente pero con la íntima felicidad que su buena acción le deparaba.

Había avanzado un buen tramo, cuando una voz cavernosa y horrible, como salida de ultratumba, emergió del lugar donde se suponía estaba el niño.
— ¡ Visho!… ¡Mira mi “yente”! (diente)…

No había duda. La voz de la que él creía una criatura, era ésa, cavernosa y horrible. Preso de súbito terror, temblorosas las manos, descubrió los pañales y un grito de pavor se ahogó en su garganta. En lugar del pequeño que él sospechaba habría de encontrar, apareció un ser terrorífico y horripilante rostro demoníaco; alargado, cubierto de pústulas repugnantes, ojos tumefactos y agresivos que le miraban; boca desdentada y babeante, rodeada de negras cerdas que se abrían en una mueca horrorosa que parecía el espantoso remedo de una risa. Dos colmillos espumosos y fieros como de voraz reptil, le amenazaban arremetedores.

A punto de desmayarse, hizo acopio de las desfallecientes fuerzas que le quedaban y arrojó muy lejos aquel satánico envoltorio y emprendió la huida desesperada. El joven jaranista hacía esfuerzos sobrehumanos por avanzar mientras que a sus espaldas, una carcajada mefistofélica hacía estremecer las soledades.

Fuera de sí, perseguido por aquella risotada infernal, luchando con la nieve, fue progresando hasta que sus fuerzas le abandonaron a la entrada de una mina en laboreo.

Cuando lo encontraron los mineros que acudían a su trabajo, estaba con los ojos desorbitados y la boca babeante de espuma y sin sentido. Conmiserativos lo atendieron, lo reanimaron y luego de un buen rato, el jaranista contó al detalle lo que le había ocurrido. Los mineros intrigados fueron a buscar por el lugar señalado y, sobre la igualdad de la nieve, se notaban ostensiblemente los pasos del jaranista y se veía también con gran claridad, una buena cantidad de rastros dejados por las patas de una cabra. Alarmados siguieron los rastros sobrehumanos por un largo trecho hasta que éstos se perdieron a la entrada de una mina. Aterrorizados se santiguaron convencidos de que las huellas eran del demonio en persona.

Demás está decir que, desde aquella fecha, Visho dejó la guitarra y no quiso saber de jaranas.

LA CABEZA VOLADORA


En aquellos tiempos, cuando la opulencia del Cerro de Pasco era significativamente turbadora, existía un riquísimo señorón, dueño de las minas más boyantes de la época, que había registrado sus propiedades en inmensas extensiones. De Pariajirca a Quiulacocha, de Cayac Chico a Yanacancha, de Shihayuro a la Docena, de Yurajhuanca hasta Cruz Verde; decenas de yacimientos generosos e inacabables que cubrían la asombrosa extensión de toda la ciudad minera y aledaños.

Este acaudalado minero tenía siete hijos varones, laboriosos y fuertes que le ayudaban en el trabajo de sus minas y, una sola hija mujer cuya llegada al mundo le había costado la vida a su esposa. Si los siete varones eran su orgullo por el generoso brazo que aportaban en la explotación de los yacimientos, era la niña la luz de sus ojos y alegría de su corazón. Ella era intensamente rubia, como si las hebras de su cabello fueran de oro reluciente; su risa argentina tintineaba en la ranchería minera a toda hora. Nunca estaba quieta. Desde las primeras horas del alba sus pasos menudos resonaban en la estancia en el diario trajín de la labor hogareña. Preparaba reconfortantes desayunos para que su padre y sus hermanos iniciaran con gran brío la diaria labor minera. Durante el día, en tanto el fogón sazonaba locros sabrosos y frituras crepitantes, ella tejía bufandas, chompas, guantes y medias; lavaba y planchaba la ropa de la familia; limpiaba la casa con una meticulosidad extraordinaria; preparaba riquísimos dulces con frutas y chancacas huanuqueñas; bordaba primorosos manteles que eran impresionante estallido de flores y mariposas multicolores. Lo dicho. Era la reina del hogar y el contento de su padre.

La ayudante y cuidadora de la niña era una vieja mujer, flaca y desgarbada; hermética y misteriosa, que la amaba con extraña predilección. Ella había quedado de niñera de la alegre rubiecita cuando murió la madre.

Las diarias cenas nocturnas, presididas por el patriarcal anciano, tenían la virtud de congregar a toda la familia en un ambiente de conmovedora fraternidad hogareña. Cada uno de los siete mozos, todavía con las botas puestas, informaban al viejo de lo ocurrido en la mina; éste escuchaba, y cuando juzgaba necesario, preguntaba. Entretanto, escanciaban la sopera y fuentes de guisos y frituras. La joven, rubia como un sol, los atendía solícitamente. Terminada la limpieza de la vajilla, después de estampar sendos besos en las mejillas de su padre y hermanos, se retiraba al aposento que compartía con su nodriza. Ya en su alcoba, apartada de la vista de los suyos, escuchaba extasiada los cuentos misteriosos y las iniciaciones esotéricas que la vieja le endilgaba por horas enteras. Cansada de tanta plática quedaba profundamente dormida.

Así fueron transcurriendo los inviernos con sus crueles ramalazos de rayos y truenos; con la silenciosa cobertura de nívea suavidad; con sus granizadas y trombas de agua; pasaron los veranos con los cielos abiertos en cuyo azul majestuoso el sol lucía imponente en el día y los luceros parpadeaban luminiscencias extrañas y distantes por las noches; con las minúsculas esquirlas de la escarcha que en un santiamén convertían en carámbanos colgantes las aguas de las goteras; con la amaneciente opacidad de los relentes.

Un día -pueblo chico infierno grande-, entre aspavientos y ojos abiertos de asombro, un minero reveló el secreto a otro; éste se lo dijo a su mujer; que a su vez se lo contó a una comadre; y así lo llegaron a saber las huanquitas aguadoras y el matarife y la moledora de metales y el pallaquero y la comadrona y el sacristán; el rumor incontenible se difundió por todos lados que hasta los pastores de las estancias más lejanas, los arrieros incansables y los viajeros trashumantes lo llegaron a conocer. La hija del minero ricachón, aquella rubiecita de encantadora sonrisa: ¡Era bruja!…

Todos los cerreños, entre rezos y estremecimientos lo llegaron a saber, menos –cosa extraña- el padre y los hermanos. Hasta que una noche, el hermano mayor, al levantarse de la cama de la mujer con la que tenía amores, fue increpado por ésta.
— ¿Por qué me dejas tan temprano?…- dijo acaramelada.
— No puedo llegar tarde a mi casa. Mi padre se disgustaría. Mañana tengo que trabajar en la mina.
— No seas malo pues… ven – suplicaba la mujer.
—¡No!- la respuesta fue tan rotunda y tajante que ofendió a la mujer.
— ¡Oye! –Dijo con ira la querida desairada- ¡Tu padre de quien debe preocuparse, no es de ti, sino de tu hermana!….
— ¡¿…Qué?!… ¡¿De mi hermana?…!
— ¡Claro… de esa bruja!
— ¡¿Qué estás diciendo, maldita?…!- y un sonoro bofetón convirtió la boca de la mujer en una rosa sangrante de imprecaciones mortales.
— ¡Tu hermana es una vil y maldita bruja!… Y para que lo sepas… a esta hora seguramente ni ha llegado a tu casa… ¡Imbécil… !

El hombre castigó con saña a la querida hasta dejarla inconsciente, pero las palabras que ésta pronunciara, quedaron prendidas en su conciencia como dardos venenosos y urticantes. Anonadado, como un sonámbulo llegó a su casa y luego de despertarlos contó a sus hermanos lo que le había ocurrido. Ninguno creyó ni un ápice de la tenebrosa historia. Nadie podía dar cabida en su mente ni en su corazón la monstruosa versión. Entonces, urgidos por el mayor, espiaron silenciosamente a su hermana durante algunas noches hasta que un viernes de luminoso plenilunio, justo a la medianoche, vieron abrirse la ventana de la alcoba de donde, como un ave misteriosa, salía una cabeza de pródiga cabellera blonda, desplazándose ingrávida por los aires como si se tratara de un globo caprichoso y juguetón. Acompañándola, una escuálida perra amarilla, ladrando, jugueteando misteriosamente con ella tratando de guiarla. Después de un buen rato de juego cabeza y perra desaparecieron por los aires. Atónitos, los hermanos que no alcanzaban a comprender lo que acontecía, decidieron perseguir aquellas fantásticas apariciones.

Entretanto, el viejo minero, alarmado por el ruido que habían originado sus hijos, salió al patio y llamó a grandes voces. Nadie contestó. Temeroso de que pudiera sucederle alguna desgracia a su engreída, subió a grandes trancos las escaleras que conducían a la alcoba de su hija; llamó con los nudillos, después a grandes voces y al no encontrar respuesta alguna, echó la puerta abajo. Lo que vieron sus ojos lo dejaron petrificado. Incapaz de hilvanar sus ideas sólo atinó a contemplar el macabro espectáculo. ¡Su hija estaba sin cabeza!. Más allá, sobre su cama, la vieja mujer yacía como muerta, pálida y sin respiración. Un grito de horror retumbó en la estancia y el añoso minero rodó inconsciente por los suelos.

En todo ese tiempo, jadeantes y sudorosos, los jóvenes seguían a la cabeza rubia que se desplazaba rauda por los aires guiada por la escuálida perra amarilla; los ojos brillantes como ascuas, los pelos al aire como diabólicos flecos; el rostro desencajado y las fauces abiertas y babeantes donde se le habían pronunciado dos filosos caninos; sus mandíbulas como satánicas bisagras se abrían y cerraban con una continuidad espantosa de ruidosas y espectrales tijeras.
— ¡Tac!… ¡Tac!… ¡Tac! -sus blancos dientes producían metálicos sonidos que estremecían la noche cerreña.

La cabeza infernal, desde considerable altura iba de un lado a otro como si buscara algo; desde allí miraba a la perra amarilla que, incansable y juguetona, le señalaba el itinerario a seguir. Desde su escondite los hermanos contemplaban, sin ser vistos, los destellos que emitía la rubia cabeza de cabellos flotantes iluminada por la luna. Llegando al Misti se detuvo en la laguna de Lilicocha donde, coqueta, se regodeaba contemplando su rostro espectral en la superficie de las aguas; de allí, como un cernícalo hambriento, fue a posarse sobre el castillo de la mina Excélsior. Los canes del barrio se alocaban alargándose en lúgubres aullidos denunciando la presencia de la muerte.

Cuando la cabeza voladora llegó a la plaza Chaupimarca, temerosa de la casa de Dios, se alejó por la calle Grau, por la del hospital y luego Amazonas hasta el Tajo Shihuayro en cuya lumbrera, con los pelos sueltos al viento, los ojos relampagueantes y las mandíbulas sonantes como hambrientas tijeras, oteaban de un lado a otro…
—¿Qué hace, Dios mío? – Preguntó el hermano menor.
— Parece que busca una víctima para matarla –contestó el mayor, acezante por la correría nocturna.
Pasado un buen rato sin que ningún mortal apareciera, la cabeza volvió a elevarse atravesando los andurriales de Gayachacuna y cruzando las calles de la Chancayana y Digo-Digo terminó posándose en las alturas de Mesapata; desde allí, sin que sus hermanos se dejaran ver, continuó atareada en su busca de gente para matarla. Al ver que la cabeza infernal volaba cada vez más rauda y que sería muy difícil alcanzarla, decidieron regresar a la casa paterna con el fin de preparar una trampa para cazarla.

Así lo hicieron. Apoyados por los peones de la mina, reanimaron al padre y armados de fuertes reatas, sogas, costales y zumbadores, tendieron un cerco para aprisionar a los espectros nocturnos.

No tuvieron que esperar mucho tiempo. Cuando vieron a la perra amarilla pugnando por entrar en la casa, todos a una cayeron sorpresivamente sobre el maléfico animal que se defendía con terribles dentelladas en tanto la voz gangosa –voz de la criada- maldecía como una condenada. Mientras la lucha con la perra continuaba afuera, la cabeza voladora, como impulsada por una fuerza maligna, entró por la ventana abierta del dormitorio y fue a pegarse aparatosamente, emitiendo un chasquido infernal, al cuerpo yaciente de la joven.

Alborotados por el escándalo que hacía la perra cautiva, hombres y mujeres del pueblo, enterados del satánico hecho convergieron con prontitud de asombro en la casa del viejo millonario. Paralelamente, un grupo de piadosas mujeres fue a la iglesia Chaupimarca a traer al cura que provisto de agua bendita, crucifijo, cáliz, hostias, breviarios, incienso, un maletín y un hermético libro negro, llegó al lugar del acontecimiento.

Ante la expectante curiosidad de la muchedumbre cada vez más numerosa, se quitó el bonete y la esclavina poniéndose el alba sobre la sotana fijándola con el cíngulo; terminado de ponerse la ropa ritual cogió un enorme crucifijo de plata y se acercó a la joven a quien, después de decir unas oraciones, comenzó a interrogar.
— Niña… ¿Crees en Dios?…
— ¡Sí, padre; sí!…
— ¿Sabes que estabas al servicio del demonio?…
— ¡No, padre, no!… – Se alarmó la joven.
— ¿No sabes que tu cabeza, separada de tu cuerpo, deambulaba por las noches volando por los aires?…
— No, padre; ¡No lo sé!…- Sus ojos claros denotaron terrible sorpresa.
— ¿Qué es para ti la mujer que te cuida?…
— Ella es mi acompañante, padre…
— ¿Nunca te habló del demonio?…
— No, padre, del demonio, no; sólo me ha referido la existencia de un ser extraordinario de grandísimo poder al que ella llama: El Príncipe de las Tinieblas…
— ¡Es el demonio!…
— ¡Padre!… -Estuvo a punto de gritar aterrorizada la joven.
— No te alarmes, hija; sólo quiero que me digas lo que hacías con ella en las noches de los viernes en tu alcoba.
— Bueno, padre… Mi nodriza me untaba la cara con una extraña pomada asegurándome que con ella me pondría bonita…
— ¿Qué más?…
— Mientras iba frotándome la cara, pronunciaba extrañas palabras en un idioma que desconozco…
— ¿Qué más.?…
—¡Nada… nada más!… Yo me quedaba dormida mientras ella hablaba.
— ¿No recuerdas nada más?…
— ¡Nada, padre, nada! – Comenzó a sollozar asustada.
— ¡ Claro…¡La maldita hechicera te dormía y te utilizaba para servir al demonio!…

Después de escuchar la confesión de la joven, rezó complicada y extensa oración en latín después de la cual la absolvió. Un grupo de ancianas piadosas oraba de rodillas respaldando las maniobras del cura en tanto que el resto –turba encolerizada- aprisionaba fuertemente a la esquelética perra que, por extraños misterios, hacía gala de una fuerza extraordinaria. En un instante, ante el estupor del gentío, la vieja nodriza volvió en sí. Al verla consciente, el cura, leyó en voz alta una extraña oración del enorme libro negro y encarando a la mujer comenzó a interpelarla.
— ¡Te conmino en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, a que nos digas tus pecados en confesión que te librará del Maligno!…
— Sí, padre –respondió la mujer aparentando humildad.
— ¡¿Cuándo te iniciaste en el ejercicio de la brujería?…!
— Muy joven, padre. Fueron unas mujeres de mi pueblo las que me iniciaron para que en una misa negra nos convirtiéramos en esposas de él.
— ¡¿De quién?…!
— De Lucifer, padre…
— ¡Del demonio!…
— Sí, sí; padre!…
— ¿Por qué?…!
— Caímos en su poder!…
— ¿Cuántas son ustedes?…
— Siete…
— ¿Dónde están las otras?…
— En distintos lugares. Nos reunimos cada año a la primera luna nueva…
— ¡¿Cómo le sirves a Satanás?…!
— Primero convertida en cabeza voladora y dando muerte a los hombres y mujeres cuyas almas son para mi amo.
— ¿Eso es lo que querías hacer con tu niña rubia?…!
— Sí….
— ¿Lo lograste?…
— No. Ella es demasiado pura y buena. Dios la está protegiendo…
— ¿Y cómo utilizabas su cabeza?…
— Yo ya no tengo fuerzas. Quería que ella me reemplazara. La hipnoticé y la hice seguirme en sueños…
— ¿Cómo la hacías dormir?…
— Con la oración especial y con el ungüento mágico para frotarle la cara, que me dio mi amo…
— ¡¿De qué está hecho ese menjunje..?!
— De hierba mora adormecedora…
—¡¿Qué más?…!
— Belladona… ruda…
— ¡¿Con todo eso hacen la pomada?…!
— Si, padre… Utilizamos como base la sangre y la grasa de los niños recién nacidos, sin bautizo…
— ¡¿Con eso untabas a la niña que tenías que cuidar?…!
— ¡…Sí!…
— ¿Te arrepientes?…
— Sí, padre…
— Habiendo escuchado tus pecados de los que te arrepientes, te purificaré con leche y manteca, que es lo más apropiado en este caso, conjurando a Satanás para que abandone tu cuerpo –simultáneamente, mientras rezaba, iba untando con leche y manteca a la bruja.
— Toma manteca traída de un redil santo, leche traída de un establo casto. Sobre la manteca inmaculada del redil deshaz el encantamiento. Embadurna a la enferma, hija de Dios verdadero a fin de que sea pura como la manteca, para que sea limpia como la leche.
¡Que su piel brille como plata pulida!…
¡Que sea clara como el cobre brillante!….

Tras haberle embadurnado la cara, las manos, los pies y el pecho a la posesa, tratando de purificarla, el sacerdote procedió al trazo del círculo mágico con yeso alrededor de la vieja mujer, guiado por el libro de los exorcismos. Su voz retumbó en el ámbito cuando dijo:
— ¡Cierra a esta mujer en el círculo, en el gran círculo de yeso. La puerta con cierre a la derecha y a la izquierda… ¡Ciérrala!.. ¡Las malas artes sean conjuradas con todo lo que haya de mal!…

En ese instante la mujer profirió un grito horripilante que hizo estremecer a todos los allí presentes. Era una voz cavernosa y profunda y bronca, no de la vieja mujer… ¡Era el demonio.!…
— ¡ Noooo!

Poseída por Satanás, la mujer comenzó a convulsionarse aparatosamente, cubriéndose de copiosas transpiraciones y fétidas excreciones. Sus labios proferían horrendas palabras en latín. Todo era que el cura le acercara la cruz a la cara y la posesa gritaba con la voz del Demonio. Por su parte, sudoroso el sacerdote, tratando de hacer escuchar sus fórmulas eclesiales, gritaba también…
— ¡Vade retro, Satanás…. Vade retro.!…

En esa lucha interminable estuvieron muchísimo tiempo hasta que, cercana la medianoche, –rendido y acongojado- el cura dijo que el demonio no quería abandonar el cuerpo de su servidora. Al escuchar esta noticia, hombres y mujeres ataron fuertemente el cuerpo de la hechicera y lo condujeron al cerro de Gayachacuna donde lo colocaron sobre una pira ex profesamente levantada. A poco de arder alimentado por abundantes leños traídos por las mujeres, el cuerpo de la pitonisa explotó aparatosamente inundando todo el ámbito del Cerro de Pasco de un hedor insoportable con fuertes emanaciones de azufre.

Sólo de esta manera nuestro pueblo minero pudo librarse del anticristo que finalmente se llevó consigo el cuerpo de su sirvienta a las sombras del infierno.

JUAN OSO


Hace ya muchos años, en una aldea pasqueña luminosa de sol y verdor, vivía una esbelta joven campesina de hermoso rostro. Hacendosa como era, muy de madrugada comenzaba a realizar sus labores cotidianas ante el contento de sus ancianos padres que veían en ella, no sólo la alegría del hogar, sino también la ayuda providencial a sus afanes. Esta encantadora joven tenía por costumbre ir ordinariamente al manantial del pueblo con un enorme porongo a traer agua que pudiera necesitarse en la noche. Su retorno siempre coincidía con el toque del Ángelus que de la iglesia del pueblo se irradiaba por toda la comarca y diariamente también, a esa misma hora, de entre los arbustos cercanos al manantial, un par de ojos curiosos y extasiados contemplaban a la joven en el cumplimiento de su tarea.

Un día que la muchacha había ido a traer agua de la fuente, de la espesura de los arbustos cercanos emergió la figura de un oso gigantesco que sigilosamente se acercó a ella y atrapándola con sus poderosos brazos se la llevó a las alturas sin que nadie los viera.

Los padres de la joven, alarmados por la demora, habían salido en su busca sin poder hallarla. Así, todo el pueblo la buscó por muchísimos días, hasta que se cansaron de hacerlo. Sólo los padres, fieles y amorosos, continuaron con la búsqueda por mucho tiempo hasta que, uno tras otro, murieron agobiados por la pena. Mientras tanto, ¿Qué ocurría allá en la abrupta y lejana caverna a dónde había sido llevada?…

El oso, manifiestamente enamorado de la joven mujer, la había encerrado en una cueva llenándola de atenciones y caricias que, al comienzo la raptada rechazaba. Para que no faltaran las provisiones, diariamente salía muy de madrugada, para lo cual, gracias a su fuerza descomunal, movía una gigantesca piedra que cubría la entrada. Una vez que salía, retornaba la piedra a su sitio dejando encerrada a la mujer. Esta diaria ocupación duró varios meses, hasta que un día la joven alumbró un hermoso niño, robusto y alegre que, cosa curiosa, no obstante ser hijo del oso, era una criatura completamente normal en su aspecto humano.

Consolada de su mal de ausencia con la compañía de su hijo, la joven mujer volcó todo su amor y celo en el cuidado del niño que poco a poco fue creciendo inquieto y fuerte como su padre. Cuando adquirió el uso de conciencia, se dio cuenta de la tristeza de su madre y de las lágrimas que derramaba. Al preguntarle por la razón de su congoja, ésta le contó con lujo de detalles lo que le había ocurrido. Enterado de la historia y dolido por su tristeza, decidió ayudarla a recuperar su libertad. Un día, éste, ya desarrollado notablemente, utilizando maderas y piedras, logró mover la gigantesca roca que rodó cuesta abajo, con tan mala suerte que aplastó a su padre que en ese momento subía. Al verse libre, la madre tomó de las manos al niño y tras muchos años de ausencia, bajó al pueblo.

Al llegar, todo lo encontró cambiado. Se enteró de la muerte de sus padres y lloró, lloró mucho. Las buenas gentes del pueblo, enteradas de su desgracia, decidieron ayudarla. El sacerdote ya anciano y cansado, le ofreció la casa parroquial para que allí viviera en compañía de su hijo. “Hay que hacerlo cristiano primero”, había dicho y así se hizo. El mismo cura fue su padrino y le puso por nombre: Juan.

A partir de entonces, el niño comenzó a llevar una vida normal como todos los niños del pueblo, con una sola excepción: tenía una fuerza colosal. Fue cuando entró en la escuela que el cura pasó a sufrir con las travesuras del niño a quien, por su fuerza desmesurada, habían comenzado a llamar Juan Oso. Esta fue la razón para que en todas las horas de día recibiera quejas de diferente índole.
— “Que a mi hijo le ha desgranado todos los dientes de un golpe con su manaza…”
— “Que mi carretón lleno de víveres la ha hecho rodar por la pendiente”.
— “Que de un solo golpe a destrozado mi cerca y mis animales se han escapado…”
— “Que de un puntapié ha matado a mi perro”…

Que si esto. Que si lo otro; en fin, las quejas eran numerosas y graves. De nada valieron las recomendaciones ni los azotes del anciano cura. La situación era insostenible, hasta que un día, creyendo que un buen susto lo arreglaría, se coludió con un pariente del sacristán con el que tramaron un plan para asustarlo. Ceremoniosamente, el cura le llamó y le dijo:
— Mira, hijo; ayer ha muerto un hombre muy malo, al que confesé y ayudé a bien morir. Como era un canalla, nadie irá a su velorio; por eso te pido que vayas tú cristianamente y lo veles por esta noche para enterrarlo mañana…
— Bien, padre. Así lo haré – respondió muy solícito Juan Oso.

Llegado a la casa mortuoria comprobó que efectivamente, sobre una mesa, cubierto con una sábana, estaba tirado el cadáver de un hombre. Era –como sabemos- el pariente del sacristán que, complotado con el cura, se fingía muerto. En la sala no había nadie más, él solo, velaría al muerto

Juan oso se sentó al lado del difunto y cuidando de que las ceras ardieran bien, velaba en silencio cumpliendo con el encargo de su padrino. Ya había transcurrido más o menos una hora de su llegada cuando el “muerto” se sentó rígido, haciendo caer las ceras y la sábana. Juan Oso, comprensivo y sin inmutarse, tomó al hombre con una mano en el pecho y la otra en la espalda y con un movimiento enérgico lo volvió a acostar; puso los cirios en su lugar y siguió velando. El “muerto” repuesto del primer sacudón tomó fuerzas y volvió a sentarse. Nuevamente Juan Oso lo hizo echarse con energía. Después de casi dos horas y casi al amanecer, el “muerto” volvió a sentarse estrepitosamente, esta vez emitiendo gruñidos amenazadores, gesticulando aparatosamente para asustar a su velador. Juan Oso no resistió más; de un solo manotazo en el cráneo lo dejó definitivamente muerto.

A la mañana siguiente, al verlo entrar muy campante, el curioso sacerdote le preguntó:
— Dime hijo… ¿Cómo te fue en el velorio?…
— Bien, padre; sólo que usted tenía razón…
— ¿Por qué?…
— El muerto era un hombre malo y a punto de condenarse.
— ¿Por qué lo dices?…
— Durante el velorio se incorporó varias veces de la mesa…
— ¿…Y?
— Cuando se estaba condenando yo le di un golpe en la cabeza y lo maté definitivamente, y para que no se le ocurra condenarse, acabo de enterrarlo cubriendo su tumba con las piedras más grandes que he encontrado. No tenga cuidado, padre; no saldrá, se lo aseguro.
— ¡Dios mío… ¡Dios mío!…¡Si a este hombre no tenía que ocurrirle esto!……¡Salvaje!… – gritaba desesperado el sacerdote.

Así de trágicas las cosas, el pobre cura ya cansado y viejo habló con la madre de Juan Oso y le dijo que era necesario que su hijo, saliera en busca de su destino, que ya era suficientemente fuerte para afrontar la vida; que era imperioso que se fuera. La madre, entre lágrimas, le manifestó que ella también estaba de acuerdo con la medida.

En cumplimento de esta disposición, un día muy de mañana, después de recibir la bendición de su padrino y el cariñoso beso de su madre, salió con rumbo desconocido sin más equipaje que su fiambre y una manta para su abrigo.

A poco de andar y ya con las sombras cubriendo la tarde, llego a una villa hospitalaria que lo acogió con gran cariño. Había llegado justo cuando los habitantes estaban aterrorizados por la presencia de un sanguinario puma que, no sólo atacaba a los animales y se los comía, sino que también atacaba y engullía humanos. Las gentes, llenas de pánico, se cuidaban de salir de sus predios. Al ver que el espanto había hecho presa de hombres, mujeres y niños del pueblo, Juan Oso pidió fiambre y una gigantesca y filuda hacha, con la que se aventuró en el peligroso bosque, guarida de la sanguinaria bestia. Al verlo salir, las gentes temieron por su vida, pero con un resto de esperanza lo alentaron. Las horas pasaban, las expectativas crecían pero nada se sabía. Por fin, después de tres días de ausencia, cuando ya la confianza se había desvanecido, vieron llegar a Juan Oso halando un gigantesco carretón repleto de leña cortada y, sobre la leña, el cuerpo muerto de un gigantesco puma victimado a hachazos por él.

El pueblo agradecido en medio de vítores le brindó lo mejor que tuvo en víveres y regalos, y en un ambiente de fiesta campesina lo retuvo por dos días, hasta que decidió seguir su marcha.

En su largo trayecto, llegó a otro pueblo que acababa de ser asolado por unos bandoleros despiadados que habían robado las pertenencias, alimentos y animales de los pobladores dejándoles en el desamparo y la miseria; es más, habían jurado volver en tres días para que el cura les hiciera entrega de todo lo que la iglesia atesoraba. El sacerdote y todos los feligreses estaban aterrorizados. Enterado de esta amenaza, Juan Oso, decidió esperar a los malhechores. Llegado el día, efectivamente ocho desalmados desmontaron en el centro de la plaza y amenazantes se dirigieron a la iglesia. No lo esperó más, Juan Oso encaminó sus pasos a la santa casa y cuando estaban a punto de maltratar al cura, cogiendo uno a uno por el cogote les endilgó tal paliza que, a la media de hora, cuando los fieles entraron en la iglesia, encontraron amontonados a los facinerosos, uno sobre otro, muertos.

En este mundo de andanzas de sendos triunfos, Juan Oso iba demostrando su poder y osadía hasta que, peregrino de la aventura, llegó finalmente a un pueblo al que encontró quedo y temeroso. Todavía la noche no había llegado al pueblo donde se dio con la sorpresa de encontrarlo agazapado y en sigilo. Ni los animales estaban en sus corrales. Intrigado por esta actitud tocó una puerta inquiriendo por lo que acontecía y, un aterrorizado anciano, por una ventana entreabierta le dijo que se fuera, que el pueblo estaba así de cierrapuertas porque a partir de esa hora llegaba el condenado que destrozaba todo lo que encontraba y devoraba a todo el ganado; que el condenado era un rico y cruel terrateniente muerto, al que Dios había castigado. Diciendo esto, el viejo volvió a cerrar la ventana y todo quedó nuevamente en silencio.

Viendo que el cielo se encapotaba amenazante, decidió pernoctar en el único lugar posible en ese momento: el ruinoso caserón que en otra época había sido floreciente mansión del terrateniente muerto. El aspecto lúgubre de la vieja casona no influyó para nada en el espíritu del fogoso aventurero que, sin temor alguno tendió una manta y se recostó a descansar. Muy pronto se quedó dormido.

Promediaba la medianoche, cuando un silbido tétrico y penetrante seguido de un vientecillo helado, le hizo despertar. En ese estado oyó una voz misteriosa y bronca que preguntaba:
— ¿Caeré… o no… caeré?.

De primera intención, el significado de la pregunta más que en la forma en que había sido formulada, le intrigó. Pasado un buen tiempo, nuevamente la voz se hizo escuchar en el recinto:
— ¿Caeré o no caeré?.
Ya repuesto de la sorpresa, contesto:
— ¡Cae pues, si quieres! – Y al instante cayeron los despojos de un torso y el vientre de un cadáver nauseabundo. Intrigado y sin moverse, Juan Oso contemplaba aquella carroña sin sentir por ella ningún temor. Ya se estaba olvidando del asunto cuando nuevamente la misma voz:
— ¿Caeré o no caeré?¡¡
— ¡¡Haz lo que quieras, ya te he dicho! – Y un par de piernas primero y de brazos después cayeron al lado del tronco y al instante se unieron con un sonido horrendo y desagradable. No había transcurrido mucho tiempo, cuando nuevamente la voz:
— ¿Caeré o no caeré?…
— ¡Ya, carajo!, tanto preguntas. ¡Cae las veces que quieras! – Y al instante una cabeza de rostro terrorífico cayó para unirse con el cuerpo yaciente. Completado su cuerpo se puso de pie el espectro gigantesco, y dirigiéndose a Juan Oso le espetó con voz gangosa:
— ¡¿Quién eres tú que te atreves a invadir mis dominios y a enfrentarme sin ningún temor?!… ¡¿Quién eres?!
— Eso a ti no te importa – respondió Juan Oso.
— Bien, veo que eres muy valiente porque eres el único que ha osado enfrentarme. En consecuencia, sino quieres morir y ser devorado, tendrás que defenderte. ¡Aquí hay dos espadas!.

El condenado, arrastrando su hediondez de muerte, trajo las dos armas y arrojando uno a los pies de Juan Oso le reto:
— ¡Toma la espada y defiéndete sino quieres morir!…¡Voy acabar contigo por tu atrevimiento a venir a ofenderme!. Es la media noche y lucharemos – si me resistes – hasta que cante el último gallo; en ese momento veremos quien ha vencido.

Sin hacer ningún comentario – lacónico como era – Juan Oso se enfrentó al condenado con quien comenzó a luchar a brazo partido.

La pelea se hizo tremenda y escalofriante. Misteriosamente, después de cada tajo que seccionaba el cuerpo del condenado, las partes se volvían a juntar. Así toda la noche. El combate era sin cuartel. Ni uno ni otro pedía tregua. Cuando ya, Juan Oso comenzaba a sentir cansancio y aparecían las primeras claridades del alba, cantó el primer gallo. Continuaron batallando más encarnizadamente hasta que cantó el segundo gallo y, en ese ambiente desesperante y agónico cantó el último gallo. Ya había amanecido. En ese momento el condenado arrojó su arma y poniéndose de rodillas implorante, le dijo a Juan Oso.

—¡¡Basta ya!…¡Me has vencido!…¡Gracias a Dios me has vencido!
…Yo en mi vida fui un cruel hacendado que hice mucho mal en la tierra en mi afán de acumular riquezas. A mi muerte Dios no me dejó entrar en su reino y me condenó a sufrir en la tierra. Sólo un hombre como tú podía liberarme venciéndome. Ahora estoy en condiciones de volver al lado de Dios, pero para esto, te enseñare el lugar donde tengo enterrada mis riquezas. Te pido por favor que la repartas entre todos los habitantes de este pueblo. A ti, te regalo el más grande cajón de oro y por último te pido que me hagas decir una misa para poder descansar en paz.
Diciendo esto, el condenado se convirtió en humo y ascendió a la paz eterna.

Juan Oso enternecido por la historia, desenterró los tesoros y en atención a las instrucciones, repartió lo correspondiente al pueblo que volvió a vivir muy dichoso después de la misa que mandaron celebrar por el descanso del infeliz condenado.

Cuando se disponía a llevar su cajón lleno de oro, advirtió que no podía moverlo; en ese instante cayó en la cuenta que Dios misericordioso, lo había convertido en un hombre común y corriente, como los demás.

Al llegar a su pueblo fue recibido con muestras de cariño, especialmente por el cura y por su madre. Organizó una gran fiesta con todo el pueblo; compró una casa muy hermosa y se casó con una lindísima chica y en compañía de su madre y sus hijos, vivió feliz por el resto de sus días.

LA NAVIDAD CERREÑA


Ha llegado el 24 de diciembre a la ciudad minera. Desde la mañana se ha abierto el surtidor de nieve que silenciosamente cubre de albura a la ciudad, como si el tiempo no quisiera excluirse del festejo de la Noche Buena. A medida que transcurren las horas, techos, y antepechos de ventanas, alféizares, dinteles y montantes de puertas y balaustres de balcones, han ido blanqueándose. Los bordes de las ventanas están cubiertos de nevada dejando tan sólo una abertura para tamizar la luz. Cuentan que ante estas nieves copiosas, los viejos mineros se frotaban las manos de plácemes; derretidos los copos, bajarían en arrebatadas riadas de todas las laderas convergiendo en los Ingenios –molienda de metales-, dejando la amalgama de plata y mercurio en el fondo de los pozos después de haber arrastrado todo el barro.

Las calles cerreñas están vestidas de fiesta. Ríos de gente abrigada, provista de gruesos zapatones ellos, y botas hasta la pantorrilla, ellas, circulan apresuradas para converger en el centro; van caminando sobre la nieve que cruje con un sonido especial que transcurrido el tiempo, rememoramos con nostalgia. La subida de la calle del marqués fulgura con extrañas luminosidades. A cada puerta, colgados dos o tres faroles de artesanía asiática, le dan un encanto especial a esta vieja y linajuda calle cerreña. Aquí están aposentados chinos y japoneses que aún sin ser su fiesta, colaboran para que la nuestra -conmemoración de la cristiandad- sea más hermosa. Los negocios de españoles, austriacos, croatas, italianos, franceses, ingleses, polacos… extranjeros residentes en la cimera ciudad, están repletos de gente ávida de comprar lo necesario para celebrar la Noche Buena. Destacan las bodegas de los españoles Vicente Vegas y Francisco “Paco” Gallo; de los italianos Alessio Sibille, Orestes Concatto y Vincenso Beloglio; del francés Leopoldo Martin; de los austriacos Nicolás Lale y Juan Kukurelo; del catalán Antonio Xammar, de los croatas Jorge Klococh, Nicol Vlásica, Franko Soko y decenas de croatas más.

Los campamentos mineros de Ayapoto, San Andrés, Noruega, Cureña, Railway, Yanacancha y La Esperanza, -radiantes de luminosidad-, lucen alegres y bulliciosos con los destellos de la nieve. Frente al campamento de la Esperanza, en el domicilio de Delfín Castillo, Felicia Taylor e hijos, han erigido un nacimiento extraordinario; como ellos, todas las familias cerreñas han armado los suyos. Hoy día todos recuerdan que: “Faltaban pocos días para la navidad del año 1223 cuando San Francisco de Asís regresaba de una peregrinación, agradecido por todo lo que había visto y oído y más convencido que nunca de hacer algo que rompiera el lujo y boato existentes en esa época en la iglesia, concibió una representación del nacimiento del Mesías, acorde con la vida y enseñanza de Jesús y solicitó permiso al Papa Honorio III, protector de las órdenes mendicantes, para celebrar aquella navidad de un modo especial, con un Belén al aire libre. El permiso le fue concedido y la víspera del 25 de diciembre, una de las grutas de la aldea montañosa de Greccio, en Italia, se iluminó con las velas y antorchas de los campesinos que fueron a presenciar el acontecimiento. La historia señala que San Francisco dijo el sermón y leyó el Evangelio de la Misa de Gallo desde una especie de púlpito. A partir de entonces, en todo el mundo católico se levantan los nacimientos en conmemoración de la santa Epifanía”. Fueron en consecuencia, los miembros de la seráfica orden franciscana los que lo echaron a rodar la costumbre por el mundo cristiano. Al Perú llegó traído por los colonizadores con el nombre de Nacimiento o Belén. Como no podía ser de otra manera, a nuestra ciudad arribó con los primeros mineros españoles para adornar los hogares, ricos y pobres.

El hogar de los yanquis no está exento de celebrar la Noche Buena. En lugar preferente de su sala, han colocado un hermoso pino con guirnaldas brillantes, bombillos de luz eléctrica, listones, bolas luminosas, caramelos y sorpresas; debajo, en lustrosos envoltorios, los regalos familiares.

Delante de los resplandecidos escaparates, especialmente en la Mercantil de la “Compañía”, rostros asombrados de inquietos ojos infantiles contemplan juguetes de ensueño. Carros de último modelo, exactas réplica de las marcas que vende “Gallo Hermanos”; muñecas de biscuit de rostros delicados y pelucas endrinas o rubias; juegos completos de té; fantásticas casas de muñecas; trenes eléctricos que atraviesan túneles y puentes con estridentes silbidos y controles a desnivel; soldados de plomo defendiendo de indios que atacan un fuerte del Far West; equipos completos de pieles rojas de plumajes colorinescos, armas y tiendas de cuero; disfraces de “Llanero Solitario” y Toro, del ” Zorro” y el “Ultimo mohicano”; pelotas de cuero y bates de béisbol; pistolas de cachas de nácar y cartucheras de cuero; espadas, corazas y dagas. Toda una gigantesca variedad de juguetes que con sólo mirarlos nos hacían soñar.

El nacimiento navideño brilla como la gloria. A los “chiuches” se nos pela los ojos de asombro al mirarlo. ¡Qué hermoso está el Retablo!. Sobre una arquería de quishuares de redondeadas hojas verdes y filo blanco han amarrado molles y retamas y chiracas y eucaliptos, cuyos cálidos aromas trascienden la estancia fiestera. Alternadamente, en cortados envases de lata, las semillas de trigo y cebada que se han sembrado y ahora forman atractivos haces verdes. Inmediatamente después, las rocas de unas cavernas trabajadas con papeles de cemento y pintados con trazos de colores simulando vetas impregnadas de piritas y cascajos y rosicler y pavonadas y deslumbrantes filones de sílice, ámbar, burcita, feldespato y obsidiana. El capillero ha tenido el acierto de contratar al electricista Cristóbal que con extraordinaria habilidad ha colocado focos blancos y pintados en los más intrincados e inaccesibles rincones de la caverna en el que se erige el pesebre. Al centro del portal, sobre una rústica cama de madera cubierta de pajas, el Niño, hermoso y sonriente como un sol, abrigado con finos ropones de lana, tejidos por laboriosas manos cerreñas. ¡Debe estar abrigado! Flanqueado por el barbado José, el carpintero, su padre y María, cardadora de lana, su madre, un trío tradicional: la mula, el borriquito y el buey. Frente a Él, de rodillas, tres reyes de regias vestiduras, uno blanco y cano; otro rubio y joven; el tercero moreno tirando a negro; Melchor, Gaspar y Baltazar portando cada uno cofres conteniendo sus más preciados regalos. “Gaspar ofreciendo el oro, vestido con su túnica color jacinto, simbolizando el matrimonio; Melchor entregando la mirra, llevando ropaje de distintos colores, en señal de penitencia; y Baltazar, el incienso, con un atuendo de color azafranado, que representa la virginidad”. Han llegado de tan lejos siguiendo la estrella luminosa y, no obstante el cansancio que los agobia, sus ojos relampaguean de dicha y sus rostros trasuntan la felicidad de estar ante el Hijo de Dios. Por lo demás, entre sinfonía de relinchos y mugidos, grupos de jóvenes pastores con sus tiernos “shutis” al hombro y su séquito de ovejas y carneros de retorcidas astas, rinden su homenaje al Niño. Se ven también vacas y pollinos y potros y cabras y llamas y vicuñas y alpacas, menos el chancho; la leyenda cuenta que cuando de plácemes todos los animales se aprestaban a concurrir a la adoración, él, ocioso, cochino y rezongón, se negó a asistir; desde entonces jamás pudo levantar la cabeza y nunca mirará al cielo. ¡Dios no lo quiere!.

Del arca maravillosa donde se guardan los juguetes del niño, el capillero –mago de creación e inventiva- ha sacado aves de variadas plumaje que, en grupos compactos se desplazan mayestáticos sobre un espejo que simula un transparente lago encantado: patos reales, cisnes majestuosos, robustos gansos, diminutos patillos detrás de mamá pata, flamencos de largas piernas, alcatraces, gaviota y lebreles y guacamayas y pingüinos y piwis. Aves de agua dulce y mar. ¿Por qué no? ¿No es la noche de los milagros?. Rodeando el lago también una variopinta mudanza de pájaros de formas, tamaños y colores diferentes, envueltos en la magia de paz que reina en el Nacimiento; águilas, halcones, lechuzas, quetzales, papagayos, zopilotes, gavilanes, cornejas, palomas, codornices, lechuzas, frailiscos. En una esquina, prodigio de inventiva, una mina con sus coches de transporte mineral y sus mineros. ¿Cómo podían estar ausentes estos prodigiosos buscadores de riquezas?. ¡Qué hermoso está todo!. Imbuidos de fe, los niños hemos dejado al lado de la cama nuestros mellados zapatitos vacíos de amor y esperanza. Siempre siguieron vacíos.

Cercana la medianoche, una parvada de tiernos niños ataviados de pastorcillos, recorren pletóricos de entusiasmo las ateridas calles en una conmovedora rondalla bulliciosa.

Venid, pastores, venid,
venid a adorar,
al Rey de los Cielos
que ha nacido ya…!

Ellos entonan alegres villancicos, tiernas y dulces tonadas cuya música retozona y letras ingenuas fueron inventadas por las sencillas gentes del pueblo, por los poetas de la villa; de allí su nombre: villancico. Nacido en pleno siglo XV, se constituyó en alijo de los conquistadores y trepó las aventureras carabelas que recalaron en nuestras costas. A su llegada tomó carta de ciudadanía en nuestro pueblo y se hizo cerreño. Tenía que ser así, porque labrado en el dulce idioma castellano, junto con los romances, las adivinanzas, las coplas y los cantares, pasó a pertenecer al pueblo minero también.

Corramos, corramos,
volemos allá;
que Dios niño y pobre,
nos acogerá.

De camino a la vieja iglesia de Chaupimarca donde alegrarán la Misa de Gallo, recalarán en los nacimientos familiares que hay en el trayecto. Ellos con sus multicolores birretes de lana, camisetas y chalecos y pantalones de bayeta y “shucuyes” pastores, cargan sobre sus tiernos pechos sus hondas iridiscentes, en tanto una de sus manos acompaña la danza con el acompasado sonido de una sonajas de chapas; uno de ellos –el mayorcito- conduce al grupo con un sonoro triángulo metálico.

Arre, borriquito,
vamos a Belén,
que mañana es fiesta,
pasado también.

Ellas, caritas encendidas de arrebol y de felicidad, con sus faldellines de colores, polkitas iluminadas de abalorios y la cata de castilla bordada sobre las espaldas, transportando un quipecito de tierna paja para abrigar al niño. Llegados al nacimiento, las parejitas bailan de dos en dos, acercándose al niño y, sin perder el compás, se prosternan ante el Él.

En lecho de paja
desnudito está,
viendo a las estrellas,
a sus pies brillar.

Los pastorcillos son niños del pueblo, hijos de perforistas, carrilanos, enmaderadores, troleros, tareadores, perforistas, etc. Para la oportunidad han estado ensayando en una o varias casas de fieles celebrantes. Después de haber bailado cinco o seis rondas, rodeados de los circunstantes, beben calientes tazas de chocolate para seguir su peregrinaje a otro nacimiento.

Cercana la medianoche habrá un silencio expectante que sólo será roto – a las doce en punto- por el agudo silbido de los “pitos” de las minas, el ulular de la sirena de la Compañía de Bomberos, el bullicioso rebato de las campanas de iglesias y capillas; las bombardas y los cohetes sonoros. ¡Feliz Navidad! y los abrazos de amor y buena voluntad unirá a familiares y amigos. Tras haber bebido el chocolate con bizcochos, pan de maíz y bizchuelos, en una rondalla de felicidad, todos sin excepción, chicos y grandes, formarán parejas para adorar al Niño. Así, con la alegre música continua, una tras otra, las parejas llegan ante el Salvador del Mundo y prosternándose dejan sobre un platillo su óbolo navideño. Nadie se libra. Cuando todos han adorado, la música lugareña pletórica y alegre, animará el baile de los circunstantes que amanecerán llenos de alegría.

Mi agradecido homenaje a los que lograron la creación de la Universidad Nacional Daniel Alcides Carrión


(Fragmento del relato de la Marcha de Sacrificio realizado por los alumnos para la creación de nuestra Alma Mater del 23 al 29 de diciembre de 1963 –Tomo VIII – página 392 en “Historia del Pueblo Mártir del Perú”)

La madrugada del 23 de diciembre de 1963 nos reunimos en el local de la calle Lima los alumnos que habíamos decidido reclamar la creación de una universidad autónoma para nuestra tierra. Sólo estábamos 13 varones y 4 mujeres. Todos alumnos. Sin ningún maestro. En la calle, la unidad móvil de los Bomberos. El ambiente dejaba traslucir un marcado pesimismo, pero igual, empeñados en nuestra decisión seguimos con los preparativos. Faltaban quince minutos para la seis de la mañana cuando la alumna Betty Núñez y su señora madre nos sirvieron un chocolate caliente. Aprovechando el momento, un alumno me pidió que postergáramos la marcha por que la consideraba inoportuna; en Lima todos estarían enfrascados en la celebración de la navidad y nadie nos haría caso. Les respondí que por esa razón la marcha sería impactante. Nadie en su sano juicio que no esté inspirado por algo sublime haría una empresa de esa magnitud en la fecha que tanto significado cristiano tenía. Era muy oportuna la fecha. Argumentaron que éramos muy pocos para cumplir la empresa. Tan sólo, trece. En respuesta les dije: “ Parece que nuestros estudios no han servido para nada”… ¿No recuerdan que hace dos siglos, tan sólo trece hombres decidieron llevar sobre sus hombros la responsabilidad de irradiar por el mundo la religión del amor y del perdón?. Lucharon empecinadamente por conseguirlo. Sufrieron como nadie en su empeño. ¿No lo han conseguido?. Para una empresa grande como la que vamos a emprender no se necesita más gente. Somos suficientes. Para esto sólo se necesita tener fe y coraje. Lo demás cae por su propio peso”. “En otra oportunidad – les dije- un hombre decidido trazó una raya en la arena y la pasó, doce más lo siguieron. Esos trece hombres conquistaron el Perú. Los grandes triunfos y consecuciones para el mundo lo han hecho pocos hombres. Los visionarios. Aquellos que tuvieron fe. Las masas los siguieron. No se necesita sino coraje y fe” “Veo que muchos de ustedes han sido contagiados por los derrotistas. Quienes quieran quedarse que lo hagan, pueden hacerlo. Nadie les reprochará. Es mejor ahora. Más tarde, sería muy triste. Si nadie quiere acompañarme, díganmelo. Yo iré solo. Tengo que dar cuenta a mis menores de este momento. Si fracaso, caeré luchando, porque nunca quiero recordar este momento con vergüenza. Esta es nuestra oportunidad, sino quieren tomarla, déjenla. Marcharé sólo. Váyanse si quieren. Yo caminaré solo. El alma de los niños de mi pueblo que acaban de nacer o los que no han nacido todavía, estará conmigo. A ellos, a los niños que necesitan de nosotros, tengo que darles cuenta. No digan más”. Se produjo un silencio notable pero cargado de paz. Y cuando sonó el pito de las seis, todos estaban conmigo.

En ese momento, llegaron siete más. Pienso que, en la esperanza que no seguiríamos, estarían escondidos por algún lugar. Ese día los que salimos fuimos:

César Pérez Arauco.
Luis Aguilar Cajahuamán. Fulgencio López Castillo.
Max Fernández Figueroa. Félix Luquillas Hualpa.
Raúl Canta Rojas. Nectalio Acosta Ricse.
Antonio Arellano Martorell. Antonio Torres Andrade.
Joaquín Cortina Valverde. Carlos Aguilar Ramírez.
Hipólito Cabello Livia. Víctor Dávalos Delgado.
Ruth Gálvez Bravo. Teresa Idonne Isla.
Juana Espinoza Celestino. Lucía Álvarez Luchini.
Pascual Córdova (Enfermero) Gabriela Da Silva (Enfermera)
José Illanes (Bombero)

De todos los nombrados, cinco no eran alumnos: Joaquín Cotrina Valverde, entonces Secretario General al que le debíamos sus honorarios. Por eso, en un aparte me expresó: ”Permítanme marchar con ustedes. Todo mi dinero lo he dispuesto para pagar mis deudas. Por lo menos acompañándoles no iré solo. No tengo ni para pasaje. Si triunfan, como creo que así será, volveré con ustedes a seguir laborando en la Universidad. Caso contrario me quedaré en Lima a buscar trabajo, pero con la gran satisfacción de haber colaborado con ustedes”. Se lo agradecí y lo incluí como un alumno más. La señorita Lucía Álvarez Luchini, integrante de nuestro elenco teatral, y flamante reina de belleza del Colegio Carrión, también me pidió marchar con nosotros por estar muy vinculada a nuestra Casa de Estudios. El señor José Illanes, gran amigo, designado por su comando para acompañarnos conduciendo el pequeño carro auxiliar. Finalmente, Pascual Córdova y Gabriela Da Silva, enfermeros sin cuya ayuda nos habría sido imposible superar los problemas de salud presentados en el trayecto. Ellos fueron los que más trabajaron. Más que todos nosotros juntos. Mi gratitud emocionada.

(…)
Marchábamos con gran entusiasmo por más de tres horas hasta que en un cruce del camino de la enorme meseta, un volquete de la Compañía Minera Milpo con nuestro amigo Bejarano, alumno de Minas, nos dio el alcance. En él llegaban a sumarse a la marcha: Elián Marcos Cárdich, Andrés Rosas Clemente, Julio Baldeón Gabino, Juan Casas Delgado, Ernesto Misari, Juan Agüero de la Matta, Eduardo Mayuntupa Punto y Oscar Berrospi López. Ocho hombres más que fueron recibidos con gran algarabía. Ya éramos veinte y una personas. Los recién llegados también demostraban su enorme complacencia de haber decidido su aporte a nuestra causa. Antes de darnos el alcance habían estado presentes en un mitin que el pueblo había improvisado al conocer de nuestra marcha. Después de los abrazos hicieron bajar una olla enorme con un charquicán rojo y apetitoso que esparcía su fragancia de una manera agresiva. Elián Marcos, en ese momento, saca de su mochila un enorme botellón que contenía un líquido transparente con unas ramas verdes dentro y, entregándomelo, me dice: “Shisha, esto es para el cansancio. Te lo envían unas viejitas cerreñas”. Tras la entrega continuó con la tarea de bajar la olla y adecuarse al grupo.

Yo que había recibido la botella, pensando que era una bebida para el cansancio, ordené a Luis Aguilar para que, utilizando la tapa de su cantimplora, repartiera unos sorbos a todos por igual. ¡Tratara de hacer alcanzar para todos! –le dije-. “Tú, el primero –me contestó- el comandante debe ser el primero en dar el ejemplo”. Accedí y bebí el menjunje. Casi me caigo de impresión. Además de su sabor extremadamente picante, casi corrosivo, encendía las entrañas como el más bravo aguardiente de caña. ¡Cómo quemaba!. “Ahora tú”, dije a Lucho sin dejar traslucir el sabor endemoniado del bebedizo. Así, siguiendo el ejemplo dado, todos tomaron tratando de disimular el ardor que experimentaban. Hasta que se acabó la botella. En eso trataron de servir el charquicán, pero ¡se habían olvidado, platos y cucharas!. Como el hambre era apremiante. Alguien comenzó a repartir hojas del periódico “Ultima Hora” que había traído y, desde el que repartía, hasta los que comíamos, lo hicimos con las manos. ¡El espectáculo era tremendo!. “Daba la impresión que un grupo de caníbales, daban cuenta de sus presas”. Bueno, el apetito era desmedido. En un santiamén quedó vacía la olla y todos –los labios rojos de achiote- nos sentimos satisfechos. En eso, Elián Marcos se dirige a mí, y:
— ¡Shisha!….¿La frotación?-
— ¿Qué frotación?.
— La que te acabo de dar, pues…
— A mí…?
— Claro. Esa botella que te entregué es una frotación que han preparado nuestras viejitas. Es para el cansancio. Hay que frotarse las piernas con mucha fuerza para que se sientan bien. ¿Dónde, está?.
— ¡Nos la hemos bebido…!!! Una risotada estruendosa se expandió por aquellas soledades.

La presencia de aquellos compañeros, nos encendió el arrebato; sobre todo el comentario que nos hicieron conocer. “Todo el pueblo está pendiente de los alumnos que marchan a Lima”. Sin embargo, aquel día, influenciados por el entusiasmo y nuestro buen estado físico, avanzamos a buen paso y al promediar las tres de la tarde entrábamos en Junín.

LA LLEGADA

A las doce del día del 29 de diciembre de 1963, estábamos ocupando la avenida Abancay en medio de una conmovedora expectativa general. Los gritos estudiantiles atronaban. Confieso que me encontraba sorprendido de la vitalidad de mis compañeros. No pensé que pudieran manifestar tanto empuje después de del esfuerzo desplegado. A lo largo de la calle, los fotógrafos de la prensa imprimían sus placas. (Al día siguiente, todos los diarios, con sendos relatos, ilustraban el acontecimiento). Estoy muy conmovido de cómo la gente que iba en los carros de servicio urbano, nos aplaudía con generosidad.

Al pasar por el Ministerio de Economía, entre las muchas personas que se hallaban a la entrada del edificio, alcancé a distinguir al señor Campero, Jefe de la Caja de Depósitos y Consignaciones de nuestra ciudad que cuando escuchó nuestras maquinitas y leyó nuestras pancartas, bajó las gradas y de una manera que me conmovió enormemente, se puso del lado nuestro y con él seguimos marchando. Para entonces ya algunos alumnos de las universidades limeñas se habían sumado a la comitiva estudiantil. Los gritos, proclamas y maquinitas, eran rotundos y varoniles. En ese momento sentí un enorme orgullo por mis compañeros.

Llegando a la plaza Bolívar, viramos hacia la derecha y entramos por la Biblioteca del Senado. Toda la plaza estaba plagada de obreros portuarios y otros gremios. Cuando nos vieron llegar, respetuosamente abrieron calle y, aplaudiéndonos, nos dejaron seguir hacia la puerta del Congreso. Yo no lo podía creer. Esa muestra de solidaridad era muy especial. La puerta del Congreso estaba resguardada por una tupida delegación de la Guardia de Asalto que con metralletas y máscaras anti gases, impedían el paso. Era imposible avanzar un poco más. Nos quedamos frente a la puerta principal sin dejar de gritar a voz en cuello nuestras consignas, cuando sucedió algo inesperado. Salió un edecán de interior del Congreso y habló con el Comandante que dirigía a los policías: “Hay orden del Presidente del Congreso para que pueda entrar en el recinto la delegación de Estudiantes. Ha sido un pedido del diputado Llanos de la Matta”, mágicamente se hizo una calle resguardada por los custodios por donde entramos al Congreso. A la puerta, nos esperaba Llanos de la Matta. A medida que nos estrechaba las manos pude ver cómo sus ojos se enturbiaban. No era para menos. Parecíamos unos engendros de alguna película terrorífica de esas que por esos días abundaban. Nuestras caras estaban cubiertas de escamas oscuras y se notaba claramente los signos de abatimiento que veníamos arrastrando. Entretanto, se había suspendido la sesión para recibirnos.

Tras las cálidas palabras de bienvenida del Presidente, el relator dio lectura al memorial que portábamos respaldado por los sindicatos de trabajadores, las Comunidades Campesinas, los Clubes Sociales y Deportivos, los Concejos Municipales y buen número de ciudadanos notables. Cuando fui invitado a exponer nuestro pedido, rodeados del Alcalde, los secretarios generales de los sindicatos, de obreros, de empleados y de ferroviarios, hice uso de la palabra de una manera tan rotunda y conmovedora, sin dejar de ser respetuosa y varonil, que al final fui aplaudido generosamente por todos los asistentes. Nunca había hablado como entonces. Puse mi empeño y el calor que nos animaba a todos los estudiantes y obtuve un éxito. En medio de las cariñosas palmas que premiaban mi intervención, escuché el aliento quebrado de emoción del “Ronco” Santiago: “ ¡¡¡ Buena, Cesarcito!!!”. Inmediatamente después, el Presidente del Congreso, don Fernando León de Vivero, nos dijo: “Nos encontramos muy emocionados por la muestra de entereza que acaban de demostrar los estudiantes del Cerro de Pasco y a usted, señor Presidente de la delegación, le encargo: Dígale a ese pueblo generoso que, lo que ha pedido, ha sido aceptado totalmente. Cerro de Pasco ya puede contar con su Universidad autónoma. –Fue el momento más hermoso de toda la travesía, hubo abrazos y lágrimas- pero como tenemos que ser respetuosos de los procedimientos, empeño mi palabra a nombre de la Célula Parlamentaria Aprista que el próximo año de 1964, la ley de su creación será discutida y aprobada en ambas cámaras y, los primeros días del 1965, ya tendrán la Universidad que han venido a solicitar” Los aplausos se centuplicaron y la emoción nos nublaba los ojos. Habíamos conseguido nuestra Universidad. Sólo Dios sabe lo que nos había costado. De inmediato, respetuosamente, en medio de los aplausos generosos de los congresistas nos retiramos del aquel histórico recinto. ¡Habíamos conseguido lo que habíamos venido a pedir: Nuestra Universidad!. Era aquel 29 de diciembre de 1963, hace 46 años.

LA MATANZA DE DICIEMBRE DE 1908


Había transcurrido dos horas del escrutinio final de las elecciones municipales en el que triunfara la causa del pueblo frente al grupo norteamericano. Una facción de entusiastas triunfadores marchaba por la plaza Chaupimarca cuando se encuentra con los agresivos perdedores que entraban en la Plaza. Los insultos tabernarios, mentadas de madre, maldiciones y demás insultos menudean; los esbirros, conscientes de su mayoría, se van a las manos para maltratar a los poquísimos partidarios triunfalistas que quedan. La barahúnda originada por el ataque es de tal magnitud que los que ya se habían retirado tuvieron que retornar en defensa de los agredidos que sangraban copiosamente. El acontecimiento ha adquirido caracteres dramáticos y cruentos. El centro de la ciudad es un hervidero de odio. Los unos y los otros reparten golpes a diestra y siniestra, llevando la peor parte las huestes del pueblo que están desarmadas. Algunas mujeres gritan desesperadas desde sus balcones, se lamentan de lo que están viendo. Las voces han corrido como reguero de pólvora hasta los más apartados lugares enfureciendo a la ciudadanía. En ese momento, todo el pueblo se vuelca a las calles en un levantamiento repentino cansado de soportar orquestados atropellos de quienes acababan de llegar a adueñarse de la ciudad. A medida que transcurre el tiempo, el gentío aumenta con nuevas incorporaciones de gente del pueblo: obreros, artesanos, pequeños comerciantes, humildes funcionarios, sirvientes. No se nota la presencia de los “Decentes”. Su indiferencia los hace guarecerse bajo las sombras de sus casonas y sus comercios. No ha habido necesidad de proclamas impresas ni oratoria encendida para provocarlo. Allí a la vista está el resultado de los desmanes norteamericanos: las aguas de Patarcocha secándose, inconclusos trabajos de mejoramiento de la Municipalidad por el impedimento prepotente de los que buscan erigirse en dueños y señores de la ciudad. La muerte de dos humildes obreros a manos de dos gringos que presas del alcohol los habían asesinado a con el silencio y complicidad de las autoridades. La elocuencia en aquellos dramáticos momentos está en los gestos, en el vocinglero ímpetu de los hombres; en el irrefrenable impulso de la marcha colectiva; en la universalidad del furor que los impulsa a luchar. Cuando los esbirros fuereños, se dan cuenta que han encendido una chispa inapagable que irá a reventar en cualquier momento, reculan hacia la cárcel donde se hallan sus compinches. Otros han puesto pies en polvorosa. De pronto la marejada humana que los persigue, se ha detenido confundida; la fusilería retumba en las estrechas callejas de la Amargura, convertida en un polvorín. ¡¡¡Están matando a todos!!! Claman los que vienen de la cárcel, heridos a sablazos en la cara, en los brazos, en el pecho. La sangre brotando a raudales del cuerpo de los tasajeados, lejos de amedrentar a los que avanzaban, apresura su paso hacia el estruendo de la fusilería. Las piedras, únicas armas con que cuentan, les sirve para arrojarlas en contra de los sanguinarios. Pero éstas son inofensivas frente a las balas y los fusiles con que están pertrechados los defensores de los gringos. En eso, el capitulero de la Liga perdedora y jefe de los matones y del servicio de vigilancia de la compañía, el “wachiman” Joaquín Castro, con un bate de béisbol le abre una enorme herida en la cabeza, al joven Abraham Rantes. Mientras lo auxilian, toman conocimiento que una gran cantidad de adeptos a la lista del pueblo han sido detenidos y recluidos en la cárcel pública donde los están maltratando. Esto termina por exacerbar los ánimos ciudadanos. Presididos por el concejal Miguel Malpartida, Inspector de Cárceles, el pueblo avanza al local carcelario a pedir la liberación de sus correligio¬narios. La turbamulta es espectral. Sus gritos, como salidos de las profundidades de las minas, retumbaban en las paredes de la cárcel. Un grupo, fuera de sí ha llegado a las instalaciones de “El Minero”, bastión de Caballero y Lira, ahora convertido en sirviente de los gringos, y procede a romper todo lo que encuentra. Empastelan tipos y matrices, rompen lo que pueden y convertido en un caos deplorable lo abandonan. Otro grupo, temiendo lo peor, ha llevado al local del Comité Popular, a don Avertino Ochoa y a sus concejales encabezados por el doctor Emilio Verástegui. También está el personero austriaco, Nicolás Lale. Allí forman una guardia que defenderá a cualquier precio la vida de sus representantes. En el tramo que media entre la plaza Chaupimarca y la Cárcel Pública, el gentío ha crecido de una manera espectacu¬lar. Todo el pueblo está en pie de lucha. Reclaman airadamente la inmediata liberación de los detenidos, miembros de la lista ganadora de los comicios. Indignada y vociferante – sin concertación previa de ninguna clase-, entrando por Surco, bajan por “Matahorno” y Bolognesi convergiendo en la Calle de la Amargura. Allí está aposentada la Cárcel Pública, la Compañía de Bomberos y la salida del velatorio de la Iglesia de Chaupimarca, por eso la denominan “La Calle de la Amargura”. La indignación y la furia, centuplica el bramido popular como horrísono rugido monstruoso.

No obstante encontrarse resguardados por muros de piedra y rejas de hierro, los custodios atrincherados en el interior de la cárcel, se estremecen con los torrentes de indignación que, como ramalazos de odio, retumban en los muros. Precavidos, preparan sus máuseres provistos de sendas bayonetas. Están dispuestos a jugarse la vida.

El concejal, Miguel Malpartida, escoltado por la muchedumbre enardecida, ha llegado a la puerta de la cárcel y con energía, pide hablar con el Jefe de la Prisión. La muchedumbre –como un eco- arrecia sus gritos. Del fondo, calva sudorosa, uniforme impecable, con el sable desenvainado, el Mayor Enrique Sánchez Burgos, permite el ingreso de Malpartida que entra solo y, viéndolo dentro, le aplica un sablazo en las espaldas. Inmediatamente es agredido salvajemen¬te por los carceleros. Como es el único que ha podido traspasar las rejas para parlamentar es arrojado sangrante y sin conocimiento al interior de la mazmorra. El gentío iracundo sacude las rejas con gran estrépito. Afuera, la otra parte de la multitud iracunda y vociferante comienza a apedrear techos y paredes de la prisión. No tienen otra manera de manifestar su indignación. Es suficiente. Obnubilado por el feroz alarido de la muchedumb¬re, los ojos relampagueante de ira, Sánchez Burgos ordena fuera de sí: ¡¡¡ Fuego…!!!. Lo que ocurre después es epílogo de la barbarie. Las primeras balas asesinas convergen en el pecho del más vocinglero de los manifestantes. Como arrojado por una brutal catapulta éste va a caer más allá, con los brazos en cruz y, un grito ahogado por el barbijo que sujetaba el ensangrentado apósito que cubría su reciente herida en la cabeza. Era el joven cantante del Vulcano: Abraham Rantes. Tenía veintidós años.

El espectáculo es brutal y relampagueante.

Advirtiendo la satánica orden que los custodios cumplen con ardor insólito, la muchedumbre opta por huir de aquella vorágine asesina. El zumbido de los proyectiles, con su hedor de pólvora picante, siembra la muerte. El turbión despavorido de gente no sabe dónde ocultarse para evitar las balas que silban en todas direcciones. Desparra¬mando por los aires su masa encefálica, una bala destroza el cráneo del joven Ernesto Tello Véliz, otro cerreño luchador. La calle se ha convertido en tinglado de horror en el que se mezclan los gemidos de dolor popular y las imprecaciones tabernarias de los custodios sanguinarios. El silbido y reventazón de las balas asesinas repercuten en el callejón de muerte en que se ha convertido la Calle de la Amargura. Otra cuenta más se suma al rosario de su nombre. Los disparos se hacen en cualquier dirección, los estallidos hacen creer a los guardias que están siendo atacados. Las piedras que caen no pueden hacerles daño, pero éstos siguen disparando sin compasión. Los heridos son incontables. Muchos han quedado tirados en las calles, sin ayuda, sin auxilio. Nadie puede arriesgar su regreso por que la balacera es mortal. Más allá ha caído otro joven: Mariano Pérez y al lado de él, otro: Gerónimo Peña, acribillados por las espaldas, con el torso destrozado. La balacera es inmisericorde. Se dispara a diestra y siniestra. En su desesperación por salvarse de aquella carnicería muchos caen encima de los primeros que han tropezado en su loca fuga de salvación. Fue tal la exasperación policial que los energúmenos que disparaban, en su desesperación, llegaron a matar a balazos al mismo compañero de ellos, el custodio Manuel Espinoza. Otro de los caídos aquella negra noche fue Alfonso Limas. Lo cosieron a balazos cuando trataba de huir por “Matahorno”. Todos son jóvenes. Ninguno de ellos llegaba a los veintitrés años. Los lesionados de bala, todos por la espalda, fueron incontables. También hubo heridos de arma blanca, como el joven Abel Rodríguez que, nos obstante tener atravesado el cuello por una bayoneta, logró sobrevivir después de días interminables de dolor. Los auxiliantes, solícitos e incansables, principalmente los bomberos, no se cansaban de socorrer a los heridos. Aquella negra tarde, las instalaciones del Hospital La Providencia, resultaron muy pequeñas para contener a tantos heridos.

El pueblo iracundo y desbocado busca el desquite. Los rostros sin vida de los jóvenes asesinados los mueve con extraña fuerza a buscar la venganza. Cuando ya comenzaba a nevar copiosamente, llega a la casa del Prefecto Zapatero y haciendo escuchar su rugido de indignación, revienta a pedradas los vidrios de las ventanas, ataca el encalaminado y retumban los portales con el estruendo de enormes pedrones. La multitud está loca. La agresión popular abarca a la casa colindante con la prefectura, el comercio del croata Miguel Stancovich que sufre los devastadores efectos lapidarios. Al ver que esto se torna insoportable y abrigando la esperanza de poder amainar la cólera popular con sus palabras, el Prefecto Accidental trata de hablar de su balcón, pero el pueblo ya está loco. No respetan a Zapatero ni a sus edecanes ni a los “notables’ que lo acompañan. Una piedra arrojada por un manifestante le atina en la cabeza al Prefecto lo que agrava la balacera y la pedrea generalizada. El pueblo obnubilado de ira, está en pie de lucha. En medio de una noche espectral, retumbante de balas, quejidos, insultos y arengas, las campanas de la Iglesia de Chaupimarca tocando a rebato, exacerba el ánimo de hombres y mujeres.

Llevado por la indignación el Prefecto Zapatero, reunido con el subprefecto Arturo Menaud y destacados miembros de la compañía norteamericana, que no esperaban otra cosa, emite un Bando declarando el Estado de sitio en toda la ciudad, desconociendo el resultado de las elecciones municipales. Es decir, no sólo habían asesinado a los hombres del pueblo sino que anulaban su voluntad manifestada en los votos. Entretanto, en medio de las tinieblas, porque la luz había sido cortada en toda la ciudad, los bomberos recogían los despojos de los héroes de la integridad cerreña: Abraham Rantes, Ernesto Tello Véliz, Alfonso Limas, Mariano Pérez y Gerónimo Peña. Todos, integrantes del novísimo “Club Carnavalesco Vulcano”, fundado el 6 de marzo de 1906.

Esta es una muestra del poder que ejercían los norteamericanos en la ciudad minera. (Fuente: Historia del Pueblo Mártir; tomo 1)

EL TERREMOTO DE OXAPAMPA (24 de diciembre de 1937)

“El terremoto que asoló Oxapampa y Chontabamba el 24 de diciembre de 1937, fue uno lo los más estremecedores que se produjo en el Perú. Silgado (1978) indica que además de los numerosos muertos y heridos que dejó en el fundo Victoria, se abrió una grieta gigantesca de donde emanó abundante agua con tal poder que arrasó con corpulentos árboles del entorno. Cerca del convento de Quillazú, emergió un volcán con fumarolas blancas como la nieve y, sus humos cubrieron Palmazú, Chilache, Chaupimonte, Ancahuachanán, Punchau, Chorobamba, Pavopampa, Yanachaga, Grapanazú, Santa Rosa, la Oriental, San Carlos y muchísimos lugares más. Alcanzó nueve grados en la escala de Mercali” Instituto Geofísico del Perú

En la casa hacienda del fundo “El Oriental”, iluminada por potentes lamparines, la señora Emilia Tábori y sus hijas, Yolanda de dieciocho años y Olga de ocho, comentan animadamente con la abuela doña Rebeca de Tábori, lo ocurrido el año que termina. Las niñas acaban de llegar Lima para pasar sus vacaciones. Ansiosas aguardan la llegada del jefe de familia, don Guillermo Koch, alto empleado de las minas de Jumasha, que ha prometido estar con ellas para pasar Noche Buena y recibir la Navidad.
– Ha sido un año tan largo en el que vuestro padre los ha extrañado mucho- dice doña Rebeca.
– ¡Y nosotros a él y, a usted abuelita!- las niñas emocionadas, responden con presteza.
– Sin embargo, todo será que las vea y, estoy segura que se va a emocionar. Durante todo el año no ha hablado de otra cosa. Además, tú, Yolanda, te has convertido en una bellísima y completa mujer; otro tanto digo de ti, Olguita; en Lima has pegado un estirón que casi alcanzas a tu madre.
– ¡Así es abuelita…!
– El que estén ustedes aquí será un hermoso regalo de Navidad para tu papá; estoy segura. Ya lo verán hijas mías.

Las risas y bromas menudearon en aquellos momentos de gran espera. Al llegar la medianoche se retiraron a sus alcobas a descansar. Al asegurar la puerta doña Elisa, quedó atónita a la puerta, con la lámpara en la mano y una interrogación en los ojos.
— ¡¿Qué es lo que ocurre con estos animales?!… Todos están inquietos. ! Las gallinas no dejan de revolotear cuando debieran estar durmiendo y los caballos se encabritan como si quisieran escapar de una prisión… ¿Qué ocurrirá…?!

Nadie sospechaba la trágica respuesta que la naturaleza les daría aquella noche.

Doña Ubaldina de Ames, propietaria del hermoso fundo “Punchau”, había recibido aquella tarde la visita de Juan Ivancovich, hijo de un próspero comerciante austriaco del Cerro de Pasco, y de Juan Loechle, comerciante lugareño que había recibido a Ivancovich para recibir la Navidad en su fundo de Oxapampa.
— Es muy grato para mí recibir la visita de los hijos mayores de mis mejores amigos. Sean bienvenidos en esta su casa – doña Ubaldina había sacado unas copas de ajenjo con las que brindaba por sus amigos ausentes.
— Gracias, doña Ubaldina. Mi padre me ha informado de la entrañable amistad que los une y, me ha pedido que le haga presente sus recuerdos y sus saludos.
— Bien, joven amigo, ahora que han decidido aposentarse en Oxapampa nuestra amistad seguirá siendo indestructible. Han hecho bien en decidirse a dejar el Cerro de Pasco que, por su altitud, es muy peligroso y por su frío, también…
— Así es, señora…
— Ya felizmente están muy animados, señora Ubaldina. La primera semana de enero estarán definitivamente con nosotros. Juan está yendo a conocer las propiedades que les venderá mi padre- intervino Loechle.
— ¡Salud por esa gran noticia…!!!

Durante el resto de la noche conversaron animadamente sobre los negocios de sus familias y, ya rendidos de cansancio, se retiraron a descansar a sus habitaciones. Al día siguiente seguirían camino a Oxapampa.

Cuando todo se hallaba en aparente tranquilidad con tan sólo el lúgubre aullido de los perros y un sofocante calor que cada vez se acentuaba más, un horroroso y estremecedor estrépito, como si la tierra comenzara a hundirse definitivamente, despertó a los vecinos de los valles de Huancabamba y Oxapampa. Horrorizados abrieron los ojos y se incorporaron sobre sus cobijas. Un trepidante remezón hizo caer muebles y cuadros de las casas. Al ensordecedor rugido de la tierra, siguió su tétrico ronquido y el temblor inmisericorde, en medio de gritos espeluznantes de hombres, mujeres y niños, se mezclaba con el estrépito de las paredes cayendo y las maderas quebrándose estruendosamente. Era la una de la madrugada del 24 de diciembre de 1937.

En el fundo “La Oriental”, sacudidas por imparable bamboleo, las paredes de la casa hacienda se amontonaron como si se tratara de una castillo de naipes, apagando los estremecedores gritos de sus ocupantes. Un polvo picante y una oscuridad estremecedora hacían más terrible el sordo rugido de la tierra. En escasos segundos, entre un fragor espantoso, toda la familia Koch-Tábori, quedaba completamente sepultada.

En el edénico fundo “Punchau”, en cuanto las vibraciones del terremoto se habían iniciado, los jóvenes Ivancovich y Loechle, salieron despavoridos a ganar la calle y, cuando ya lo habían logrado, escucharon los estremecedores gritos de la señora Ubaldina, que aprisionada entre los maderos de la escalera les llamaba pidiendo auxilio sin poder moverse. Volvieron inmediatamente. A tientas, en una oscuridad cerrada y asfixiante, comenzaron a remover pisos y terrales; fatalmente el movimiento sísmico era tan continuo que, una pared que había quedado suelta sepultó a los jóvenes amigos en contados segundos. Doña Ubaldina trató de incorporarse, pero no pudo. Un enorme tijeral le había aprisionado la pierna derecha, cortando venas y rasgando gran extensión de tejido cutáneo que le originó una hemorragia espantosa.

La tierra seguía temblando con leves intermitencias echando por los suelos las construcciones de adobes y tapia de Palmazú, Chilache, Chaupimonte, Ancahuachanán, Punchau, Chorobamba, Pavopampa, Yanachaga, Grapanazú, Santa Rosa, la Oriental, San Carlos y muchísimos lugares más.

El pánico era aterrador. Los gritos se confundían con el pasmoso ruido subterráneo. En algunos lugares, la gleba se había cuarteado visiblemente y de sus hendiduras, abiertas y profundas, un cáustico gas sulfuroso ahogaba el ambiente en irritantes emanaciones.

En la hacienda Ancahuachanán -tétrica oscuridad- don Aníbal Cárdenas había realizado una heroica actividad de salvamento de familiares y vecinos no obstante tener una pierna seriamente lastimada. Cuando, agobiado, terminaba de sacar al ultimo herido, en medio de espectacular polvareda, se hundió conjuntamente con toda una fila de casas de la hacienda.

El pavoroso desastre de aquella madrugada, comenzaba en la avenida Progreso, a diez kilómetros de Oxapampa y, treinta kilómetros más allá, en Huancabamba, las casas estaban completamente destrozadas.

En Oxapampa, a poca distancia el convento de Quillazú que regentaban las Misioneras Franciscanas de la Divina Pastora, tenían su residencia los socios Fermín Rodés y Antonio Guardiz, dos maduros españoles que después de cimentar su fortuna en las minas el Cerro de Pasco, habían llegado a Oxapampa para dedicarse a la agricultura. La casona donde residían era amplia y sólida; no obstante, al iniciarse los remezones –que en esa parte de la ciudad fueron escalofriantes- se abrió un enorme cráter en el centro de la sala, como si se tratara de una mina profunda y, succionados por el vacío producido fueron a caer al centro del boquete envueltos en un polvo fino y punzante donde encontraron horrible muerte tras larga y dolorosa agonía.

Cerca de allí, la señora Marcelina Miche de Miranda, fue arrojada al piso con sus hijos, Saturno de doce, José de diez e Irene, de seis años. Una pared había caído sobre las escaleras al abrirse la tierra, aprisionándoles medio cuerpo. Imposibilitados de moverse, sufrieron la trituración de los miembros inferiores por el continuo bamboleo de toneladas de tierra sobre ellos. Sus gritos escalofriantes se confundieron con el sordo estrépito de la tierra herida y gimiente. Los relatos de los pocos sobrevivientes fueron verdaderamente conmovedores. Los diarios cerreños recogieron cada uno de ellos conmocionando al pueblo minero que, solidariamente brindó su más amplio apoyo.

La noche del 29 de diciembre, en el tren de pasajeros llegaba al Cerro de Pasco, el postillón de correos del valle de Huancabamba. Visiblemente conmovido con lágrimas rebasándole los ojos, Pablo Ayala, natural de Mallapampa, fue entrevistado por las autoridades y redactores del diario EL MINERO. Esto fue lo que declaró: “Señores, fue terriblemente espantoso lo que vimos el 24, a la una de la mañana. Aquella noche el calor se había sentido más fuerte que nunca. Como si el aire viniera del infierno, y aunque ustedes no me crean, desde el mediodía todos los animales se encabritaban furiosos e intranquilos, como si supieran lo que iba a acontecer. Al producirse el terremoto todos despertamos alarmados. La tierra temblaba como si se tratara de una inmensa zaranda y, de todas partes, el polvo de las casas se elevaba por los aires (bebe agua y se seca las lágrimas). Yo, pudiendo o no pudiendo, salvé a mi mujer y a mis hijos. Aquella noche, por todas partes se escuchaban los gritos de mujeres y de niños, y en ese momento también, un humo como de ají ardiente, se sentía en todas partes (bebe agua). Todos amanecimos aterrorizados y sin saber lo que estaba ocurriendo alrededor de nosotros… El sábado 25, día de Pascua, decidí salir de Huancabamba a pedir auxilio. No era posible que todos nos quedáramos sin hacer nada. Era necesario informar de lo que había ocurrido y conseguir, de esa manera, auxilio generoso para los que estaban sufriendo. Como si todo lo ocurrido fuera poco aconteció algo inesperado. Cuando yo estaba parado en el corredor de la hacienda, esperando las valijas urgentes para transportarlas, alcancé a ver con estupor, una gran cantidad de humo que no permitía respirar y hacía arder la garganta. Cuando por el aire el humo de disipó en algo, no pude creer lo que estaba viendo. ¡¡¡Un volcán, señores, un volcán!!!. No lo podía creer. ¡Era un volcán en plena erupción cerca del convento de Quillazú!. Hombres y mujeres, deshechos en lágrimas nos arrodillamos para pedir a Dios que aplaque sus iras. La gente estaba deshecha. Todos teníamos a nuestros parientes, amigos y vecinos, heridos o sepultados entre los escombros. Y, aunque ustedes no crean, los movimientos de tierra siguieron hasta el lunes, en que estuve en Huachón. (Bebe agua y limpia sus lágrimas). Yo soy el único hombre que ha podido salir de la montaña. Todos tienen miedo de que en el camino sean muertos por el terremoto. (Bebe una copa de pisco que le han alcanzado). He traído varias cartas de las haciendas “Chaucha” y “Chorobamba”, para los señores Maúrtua, Cárdenas, Rubio y Capdevila, que piden auxilio para sus familiares. (Bebe). El número de muertos es incalculable. La pestilencia de los cuerpos descompuestos ya es horrible. El aire es irrespirable. Nadie sabe de lo ocurrido en Oxapampa, porque se halla completamente aislada. ¡El volcán está echando humo y cenizas. Las cenizas son blancas, como nieve, como la nieve de aquí… El puente de Yanachaga esta por caerse. Se mantiene de milagro, pendiente de unos retazos de madera que en algún momento va a ceder. El río Huancabamba está socavando los cimientos de sus muros. ¡Este puente es el único que comunica Huancabamba con Oxapampa…! ¡Yo les pido por amor de Dios que vayan ayudar a los que han sufrido esta desgracia…!.. ¡ Por favor, señores!… ¡ Misericordia!. (Se echa a llorar abiertamente, con una conmovedora desesperación).

El 30 de diciembre de 1937, con la premura del caso, el Presidente de Rotary Club, doctor José G. Cobián, convoca a una sesión de emergencia. Por acuerdo general, atendiendo la urgencia del caso, reúnen de todos los hospitales y postas sanitarias, los medicamentos imprescindibles para atender la emergencia, dejando sólo lo indispensable. Se delega la responsabilidad de auxilio médico a dos jóvenes profesionales que están en la flor de su edad. El médico Alberto Guess, que acababa de llegar a la ciudad y es especialista en enfermedades tropicales y excelente cirujano. Va con él, el excelente enfermero, Pedro Santiváñez Castillo que, por sus méritos personales, se ha convertido en flamante jefe de enfermeros. Ellos deberán viajar de inmediato por la ruta de Tambo del Sol y Huachón. Estos esforzados y humanitarios servidores de la comunidad partían a las cinco de la madrugada del primero de enero. En Huachón les esperaban cinco hombres y 25 acémilas para el transporte del auxilio médico.

Cuando, tras sortear los peligros de abismos y farallones que circundan la arriesgada ruta, el médico y el enfermero, llegaron al cruento escenario del terremoto, sufrieron una horrorosa impresión a la sola vista del escenario dantesco. “El olor a muerte y tragedia inundaba toda la localidad – nos contaba don Pedro en un reportaje que le hicimos, años más tarde- Tuve que arengar al doctor Guess con palabras muy duras para que salga del shock que acababa de sufrir. Él era muy joven y se encontraba muy conmocionado”. Ya repuestos, emprendieron un trabajo verdaderamente agotador. Contando con algunos sobrevivientes que milagrosamente se encontraban indemnes y, con la ayuda de algunos sacerdotes franciscanos, emprendieron la dura tarea de rescate y transporte de víctimas al improvisado hospital que levantaron.

Primeramente, hicieron todo lo posible para salvarle la vida a doña Ubaldina Ames que acababa de ser rescatada de los escombros de su casa. Tenía las piernas prácticamente seccionadas, con una hinchazón cada vez más espectacular, debido a la gangrena que ya se habían apoderado de sus carnes. La profusa hemorragia la había debilitado tanto, que apenas pudo resistir la curación tras una inyección de morfina; luego de narrar lo acontecido en su casa, e implorando perdón a Dios por sus pecados, obtuvo la absolución de los sacerdotes y, cerró sus ojos para siempre.

Aquella mañana, con el rostro desencajado, los ojos abiertos en inmensa interrogante y las ropas destrozadas -como un espectro- llegaba al escenario de la tragedia, don Guillermo Koch. Había caminado cinco días y cinco noches, por abismos y cerros, por cañadas y llanos; había cruzado caudalosos y amenazantes ríos, empujado por una angustia mortal y una encendida esperanza en un rincón del corazón. Todo fue en vano. Cuando vio el montón de escombros donde antes se levantaba su casa, pálido en extremos de agonía, se arrodilló a llorar la impotencia de su desgracia. Con los ojos incrédulos vio lo que todos habían visto antes. Era imposible que alguien hubiera podido escapar con vida de aquel infierno. Entre paredes destrozadas, maderos quebrados y hierros retorcidos, yacía sepultada toda su familia: Su esposa, sus hijas, su suegra. Todo lo que tenía en la vida. Fue verdaderamente dramático el rescate de las víctimas. A partir de ese momento, el hombre se convirtió en un muerto en vida, un enajenado que ya actuaba mecánicamente.

Aquel mismo día, el comandante Jesús Villanueva de la Base Aérea de San Ramón, salió pilotando un avión de reconocimiento para observar el estado en el que habían quedado los caseríos del valle de Huancabamba. Vio que todo era escombros, sólo escombros. Buscó por todos los medios posibles, un lugar plano donde pudiera aterrizar, pero nada le ofrecía aquella perspectiva. Todo estaba deshecho, como tras un bombardeo. Tuvo que informar que nada quedaba en pie y no había un solo lugar donde la máquina pudiera posarse.

Muchos casos dramáticamente conmovedores se relataron después del trágico acontecimiento. Por ejemplo, cuando removieron las toneladas de tierra que cubrían una casa, un espectáculo desgarrador se ofreció a los ojos de los rescatadores. Una madre de 35 años, tenía cogidos de las manos a sus dos hijos, de 6 y 10 años, y prendido de sus faldas, su hijo mayor de doce años; y a pesar de que tenían los cuerpos destrozados, la muerte no los había separado; sólo una niña recién nacida, milagrosa e increíblemente, era la sobreviviente del cataclismo.

Alfredo Grey, vecino de Huancabamba, aseguraba que el terremoto tenía origen volcánico, pues horas antes del cataclismo, se habían oído fuertes ruidos, a manera de explosiones, que había alarmado a la población. Se hallaban comentando el extraño fenómeno cuando comenzó a llover lava hirviente y trozos de piedra como si fuerzas desconocidas las arrojaran sobre la ciudad que acababa de ser arrasada. En la quebrada de Chontabamba aseguraban haber encontrado un cráter. Muy cerca del Convento de Quillazú, tuvieron que cavar mucho para rescatar los desgarrados despojos de Fermín Radés y Antonio Guardiz, los españoles. Extrañamente, sus cuerpos habían sido succionados a una increíble profundidad en el centro de la casa que habitaban.

Juan Machiavelo, recaudador de Huancabamba, el más diligente de los auxiliares de los sanitarios, aseguraba que después del terremoto, 45 réplicas -las había contado todas- seguían samaqueando la tierra. Las gentes -temerosas de que el terremoto volviera a repetirse- tuvieron que dormir en carpas improvisadas.

Durante cinco días, y casi sin dormir ni alimentarse debidamente, con el solo deseo de atenuar los dolores, el médico y el enfermero, trabajaron tan denodadamente suturando heridas; entablillando y enyesando fracturas; haciendo transfusiones rápidas; vacunando contra tétanos y otras enfermedades que pudieran presentarse; inclusive, algunas operaciones quirúrgicas de emergencia, generalmente amputaciones. En esta ocasión dispusieron la inmediata sepultura de los cadáveres rescatados porque se encontraban en avanzado estado de descomposición. Al final, la lista de baja y heridos graves, fue la siguiente:

MUERTOS
1. Emilia Tábori de Koch, de 40 años.
2. Yolanda Koch Tábori, de 18 años
3. Olga Koch Tábori, de 8 años
4. Evarista Herrera, de 60 años.
5. Domitila Casimiro, de 7 años.
6. Marcelina Miche, de 35 años.
7. Saturno Miranda, de 12 años.
8. José Miranda de, 10 años
9. Irene Miranda de, 6 años.
10. Fermín Rodés , de 45 años
11. Antonio Guardix, de 47 años
12. Domitila Nano, de 16 años
13. Julia Chávez , de 5 años
14. Ubaldina Ames, de 45 años
15. Juan Loechle, de 25 años
16. Juan Ivancovich, de 24 años
17. Luis Macury, de 9 años
18. Victoria Villegas, de 36 años y en días de dar a luz

HERIDOS DE GRAVEDAD

1. Nícida Rowe
2. Lastenia Beltrán
3. César Mácury
4. Hilda Mácury
5. Cristina Vda. de Bottger.

CASAS COMPLETAMENTE DESTROZADAS

En el Valle de Chontabamba, 34 casas
En el Progreso, 23 casas
En Huancabamba, 28 casas
En San Daniel, 10 casas
En Oxapampa, 10 casas

El implacable derrumbe de los cerros había cubierto numerosos tramos de la Vía Sotil; igualmente el camino que conduce al valle de Pusagno. En la ruta a Huancabamba se notaban numerosas grietas y deslizamientos. El puente que unía a Oxapamapa con Chontabamba había desaparecido. Dos puentes que ligaban a dos sectores importantes entre Oxapampa y el Valle de Progreso también se habían perdido. Los puentes que unían a Chanchamayo y Carhuamayo, o sea Llamaquizú y Yanachaga, habían sufrido daños considerables en sus bases. En el fundo San Martín, se había volteado –como si alguien lo hubiera hecho con las manos- un depósito de aguardiente. En este mismo lugar, en el epicentro del terremoto, las papas que estaban florecidas dentro de la tierra, salieron despedidas hacia arriba como impulsadas por misteriosas y subterráneas catapultas. En el fundo victoria, en terreno llano, se abrió un enorme boquete del que manó un volumen considerable de agua que arrastró corpulentos árboles, aumentando el caudal del río Chorobamba. Los cerros boscosos de los ríos Chontabamba y Chorobamba, sufrieron enormes deslizamientos y derrumbes, que llegaron a abarcar una considerable extensión de más de diez leguas.

Desde el amanecer del 24 hasta el 5 de enero, se habían registrado en la zona, 600 temblores de regular intensidad.

Cuando comenzaron a llegar los médicos, enfermeras, policías, periodistas, familiares de Tarma, La Merced, Chanchamayo, La Oroya, Lima y otros lugares, el doctor Alberto Gues y el Enfermero Pedro Santiváñez, decidieron regresar al Cerro de Pasco. Hambrientos y casi sin dormir, habían cumplido una hermosa y heroica misión. Cuando salieron de Huancabamba, traían en sus retinas y en el alma, dantescos cuadros de conmovedoras escenas que les había tocado vivir. Allá quedaba en la memoria y en el corazón, una herida que no han olvidado.

EL PACTO CON EL MUQUI


Este era un viejo minero que no obstante sus cuarenta años de trabajo en las oquedades, no había podido reunir los fondos necesarios para sobrellevar una vejez exenta de privaciones. No tenía casa propia ni había podido ampliar su chacrita como lo habían hecho sus compañeros que siempre le estaban recordando: “La juventud no es eterna”. Eso lo intranquilizaba terriblemente. Tenía que encontrar una manera de mejorar su situación.

Como si todo fuera poco, a su cadena de frustraciones se le unía una serie de acontecimientos misteriosos e inquietantes. A su agudo dolor reumático que agarrotaba sus manos, cada día más agobiante, a la dureza acerada de las galerías, al salvaje trato de sus jefes, se sumaba ahora un acontecimiento que lo tenía intrigado. Cada vez que regresaba a su labor después de haber cumplido una tarea, encontraba revoloteado su “huallqui” casi vacío y sin ningún cigarro en él. No podía saber quién le originaba este problema. Cuando preguntaba a sus compañeros, éstos negaban enfáticamente ser los actores del latrocinio. En el colmo de la desesperación con muchos de ellos llegó a trompearse. Este hecho cada vez más repetitivo lo convirtió en enemigo de los que trabajaban con él, aislándolo completamente en un enervante mundo de soledad y silencio. Sólo su silbo, armonioso y sentimental como el de los jilgueros silvestres, le hacían llevadero su aislamiento. Así las cosas, decidió investigar la razón de su intranquilidad: encontraría al culpable de los hurtos de su coca y sus cigarros.

Fingiendo ir a cumplir un encargo, abandonaba su tarea a grandes trancos con su silbido agudo y retozón; y tras avanzar un gran trecho, silenciaba su silbo, apagaba su lámpara y retornaba en sigilo con el fin de sorprender al culpable. Muchas veces realizó esta maniobra sin resultado alguno. Una tarde, cuando el cansancio estaba a punto de doblegarlo, alcanzó a ver desde su escondite secreto, una pequeña luz que se acercaba. Esperó conteniendo la respiración. Ahora sí tendría que vérselas con el culpable que le había ocasionado muchos problemas. Después de un buen rato de espera, quedó con los ojos desmesuradamente abiertos. La luz que acababa de ver provenía de una pequeña lamparilla como de juguete que pendía del casco de un ser diminuto y fornido, de ojos brillantes de cuarzo y barbas de alcaparrosa. ¡Era el Muqui!. Conteniendo la respiración al máximo, esperó que estuviera a su alcance y, cuando lo tuvo cerca, saltó como un gato y con el “chicullo” que llevaba en las manos, atrapó al gnomo misterioso, dueño de las minas.
— ¡Te tengo, carajo! – Gritó el minero.
— Por suerte, nada más que por suerte- contestó la aparición sin hacer nada por desasirse de los poderosos brazos de su carcelero.- ¿Sabes quién soy?…
— ¡Claro, carajo!… ¡eres el Muqui!… ¡Eres el dueño de las minas…

Y ahí estaba el muqui. Diminuto como un gnomo, fornido y rubio con sus gesticulantes manitas regordetas. La cabezota unida al tronco sin trazas de cuello. Aprisionado por su protector de fibra ámbar, los hilos de oro su cabello asomaban fulgurantes por los bordes; los pedernales de sus juguetones ojitos, brillantes e inquietos -fijos en él- parecían querer saltar de sus órbitas; su apretada y blanca barba de alcaparrosa, le daba un aspecto centenario. El Muki es el engreído de los Jircas –deidades eternas de la tierra- que le han otorgado poderes sobrenaturales. Logra aumentar o desaparecer la ley de los minerales; puede ayudar o hundir a los mineros en los socavones, por eso éstos siempre le llevan ofrendas de coca y cigarro y, cuando beben, asperjan unas gotas sobre la tierra para que el muqui junto con los jircas compartan la bebida.
— ¿Por qué me hiciste esas bromas tan pesadas que hasta me hicieron pelear con mis compañeros?… ¿Por qué Muqui?… ¿ah?… ¿por qué?.
— Quería que me encontraras y lo he logrado…
— ¿Con qué fin?… ¿Qué quieres de mí?… ¿Qué?…
— Tranquilízate. Sólo quiero hacer un pacto contigo porque sé que te conviene. Lo sé muy bien.
— ¿En qué consiste el pacto del que hablas?…
— Uno muy sencillo que sé que puedes cumplirlo.
— ¿Sí?…
— Como tú sabes, yo soy el dueño de todos los caudales de la mina y tengo amplios poderes sobre los minerales y la vida en la mina. Los Jircas me han concedido esa potestad; puedo ablandar las rocas del Frontón donde trabajas, convirtiéndolo en poco más que un pan de maíz para que puedas sacar la cantidad que quieras. Es más. Subiré la ley del mineral para que tu producción sea más jugosa y ganes plata como “cancha”. No olvides que ahora los gringos pagan por avance de colectivo y puedes sacar mucha plata. Serás “marronista”. Podrás comprarte una regia casona en la calle Real de Huancayo o en Lima o en Huánuco, donde desees. Obtendrás la cantidad de animales que quieras para llevarlos a tus terrenos de la selva donde puedes adquirir enormes pastizales ya sea en Huancabamba o Huachón o en Oxapampa; donde mejor te parezca. Estará en ti comprarte los carros que sueñas y darle la felicidad a tu mujercita que desde hace años te sirve con mucho cariño. Vivirás una existencia espléndida rodeada de comodidades sin ninguna restricción. Es decir, serás un viejo rico y respetable… ¿Qué dices? .
— De acuerdo, de acuerdo, don Muqui. ¡Eso es lo que necesitaba!. ¡Eso es lo que estaba buscando!.
— Lo sé… lo sé… – La mirada misteriosa del gnomo le producía enorme inquietud al minero; sobre todo ahora que lo miraba con una sonrisa entre cachacienta y trágica. De repente se produjo el silencio. El minero presentía que todo ese ofrecimiento no sería gratuito; que detrás de todo habría alguna condición que cumplir. Intrigado y luego de hacer una acopio de fuerzas, se atrevió a preguntar…
— ¿Todo a cambio de qué, don Muquicito?.
— Ahhh, muy sencillo –contestó el hombrecillo- Yo, como todos los reyes del mundo, necesito de sirvientes que estén a mi disposición. Ellos deben estar aquí en las profundidades vagando por las galerías avisándome todo lo que acontece y cumpliendo mis órdenes de premiar o castigar a los que osan entrar en mis dominios. Estos sirvientes son los “jumpes”, tú los conoces. Son almas en pena que deambulan por todos los ámbitos de mis propiedades cumpliendo mis órdenes. El caso es que periódicamente tengo que ampliar el número de estos lacayos. Cada año, uno. Por eso, en recompensa por todo lo que yo te dé, tú me entregarás a un hombre al cumplir el año de nuestro pacto… ¿De acuerdo?.
— ¿Un hombre?…
— Sí, un hombre. Un hombre que se convertirá en mi sirviente y será un “jumpe” vagabundo y eterno. Nadie sabrá de nuestro trato sólo… tú y yo… ¿Qué dices?…

Ante el precio atroz que se vería obligado a cumplir por el bienestar que recibiría, tembló de pies a cabeza. El minero podía ser de todo, menos un asesino irresponsable; porque el hombre que entregara se convertiría en una fantasma a las órdenes del Muqui, con una sempiterna condena de vagar por las galerías mineras. No, no. Todas sus fuerzas se revelaron y casi sin darse cuenta gritó ¡No!. Al instante, el Muqui corriendo como un pato bamboleante, se escabulló por las galerías. Eso fue todo, pero en ese instante, con un razonamiento que duró lo que el brillo de un relámpago, como recriminado por todas sus frustraciones acumuladas, consideró que estaba perdiendo todo un caudal que bien podía sacarle de apuros y, sin pensarlo dos veces, comenzó a llamar al Muqui a grandes voces. En eso escuchó a sus espaldas.
— ¿Sí?…
— ¡Aceptado, Muqui, aceptado!. No sé cómo o voy hacer, pero acepto. El próximo año, un día como hoy y en este mismo lugar tendrás a tu hombre.
— Ahora veo que eres sensato e inteligente. No podría ser de otra manera: Eres minero. Habrías sido un papanatas si por pequeños prejuicios desecharas las riquezas que te ofrezco…
— No, no. El próximo año como hoy, tendrás aquí a un hombre para que hagas con él lo que quieras.
— Bien, está muy bien. Nosotros no necesitamos ningún documento firmado; basta nuestra palabra; palabra de minero. Ahora ve a gozar de tu fortuna en el trabajo y sus resultados que te producirán mucho dinero y felicidad. ¡Hasta el próximo año como hoy!… ¡No lo olvides!…

Así como lo había dicho el Muqui, así sucedió. A partir del día siguiente, nuestro minero se convirtió en la estrella de los socavones. De su “Stop” durísimo sacó, como nadie, un abundante mineral que aquella semana le hizo recibir el triple que los campeones. Ingresó en el círculo de los privilegiados. Se convirtió en “marronista”, es decir, el hombre que recibía solamente billetes de cincuenta soles que aquella vez tenían un color marrón y los fajos que entraban en sus faltriqueras eran numerosos. No sólo eso, a donde fuera la suerte lo acompañaba. Sudaba como un descosido en aquella sauna quemante del “Cuatrocientos Sur” en que el calor es tal que hay que trabajar en paños menores transpirando a mares. Él no lo sentía. También trabajó en aquellos heladeros en los que el frío era tremendamente impactante, abrigado con sus recias chompas de lana de llama y sus capotes impermeables; laboró en las galerías abandonadas en donde las estalactitas de sulfato, a manera de cirios azules, adornaban las bóvedas mineras; se había hundido, casi sin sentirlo, en el asfixiante polvo perforista como experto jackamerista. Había entrado en todos los resquicios de los bovedones mineros saliendo triunfador y campante de todos ellos. Como enmaderador hacía prodigios con las corvinas, combas, serruchos y martillos, armando el soportante de las paredes mineras como si trabajara con ligera madera de balsa y no con aquellos pesados durmientes de troncos de montaña. En todos estos lugares, ante sorpresa general, encontraba mineral de alta ley en una abundancia proverbial. Nadie podía creerlo. Y los días de pago el “marronista” repletaba sus bolsillos teniendo cuidado de que una parte de sus ganancias sirviera para beber con sus amigos celebrando su buena suerte. De esa manera, compraba voluntades, acallando cualquier maledicencia.

A partir de entonces, también comenzó a “zafar” casas aquí y allá. No sabía ya ni qué cantidad de aposentos tenía. El número de sus ahijados se acrecentó porque no había sábado ni domingo en los que no fuera el padrino de rigor. Para guardar las apariencias se hizo mayordomo en las cofradías de Huancapucro, Uliachín, San Cristóbal, San Atanasio, Buenos Aires y Paragsha. En todas cumplió con creces para felicidad de los feligreses. Aseguraba que las Santas Cruces de cada capilla le hacían el milagro. Su poder económico se agrandó cuando compró varias hectáreas de tierras en Huancabamba, en donde mandó sembrar productos que en el mercado se vendían bien.

Sin que lo advirtiera, los días incansables y continuos fueron pasando mientras él, entre la barahúnda de su trabajo minero y los humos del licor de tanta celebración, no advertía nada. Como a nadie había revelado su secreto, nadie podía advertirle que el tiempo pasaba y que tenía que cumplir lo pactado. Así las cosas, los días y los meses, transcurrieron raudos.

Un día como cualquier otro, el minero iba por una abandonada galería con su conocido chiflido alegre entre los labios, cuando de pronto se vio sorprendido por el Muqui.
— Aquí estoy para pedirte que cumplas con nuestro pacto…
— ¡¡¡¿Hoy?!!!…
— Sí, claro, hoy… ¿O… no recuerdas de nuestro pacto de hace un año… ah?…

El minero quedó anonadado. No sabía qué decir. Le parecía que era ayer nomás cuando había formulado el pacto con el Muqui. Haciendo cuentas era verdad; había transcurrido justo un año. Sin tener un argumento válido trató de dilatar el plazo y, con un nerviosismo tremendo trató de conseguir otra oportunidad…
— Mira muquicito, si me das un tiempito, yo te conseguiré el hombre que necesitas…
— ¡No! ¿Acaso no he cumplido mi parte del trato? ¿No has ganado como nadie en la mina?
— Sí,… sí, es verdad, pero…
— ¿Dónde está mi hombre, ah?…
— En realidad, muquicito, yo…
— ¡Nada!. Un trato es un trato. Tú, un minero respetable, hiciste un pacto conmigo. Yo cumplí mi parte con creces y ahora quiero que tú cumplas con la tuya. No tengo tiempo para más…
— Pero, muquicito…
— ¡Nada, cholo bellaco!. He venido por mi hombre y no me iré con las manos vacías.

Y el Muqui no se fue con las manos vacías.

Al día siguiente, la mina era un manicomio. Nadie había visto salir al “marronista”. Los comentarios eran numerosos y variados. Los hombres no se explicaban en dónde podía haberse metido el exitoso minero. Escudriñaron por todas las galerías, skipes, chimeneas, “stops”, frontones; no dejaron rincón sin rastrear. Durante toda una semana buscaron al hombre que como nadie había producido en la mina; que como nadie, con su silbido de alegría en los labios, trabajaba sin cansarse. Jamás pudieron encontrarlo. Nadie podía explicarse el misterio de la extraña desaparición. Su mujer cansada de la espera, lió bártulos y partió a la montaña a vivir de sus chacras y sus animales; la acompañaba un hombre joven que las malas lenguas aseguraban era su querido. Poco a poco, a medida que pasaba el tiempo, se fue olvidando al diligente y suertudo minero. A veces, algún compañero aseguraba haber escuchado su triste silbo en medio de la oscuridad socavonera.