La verdadera historia del “Pisco Sour”

Parte del estrado de invitados a la inauguración del ferrocarril del Cerro de Pasco al Callao, el 28 de julio de 1904, día en que nació el “Pisco Sour”. Nótese al fondo una buena cantidad de público ocupando las graderías de la “Casa de Piedra” e instalaciones adyacentes.

La historia de esta bebida emblemática del Perú comienza en el Cerro de Pasco el 28 de julio de 1904. Ese día se inauguraba el ferrocarril del Callao al Cerro de Pasco. Alcanza extraordinaria popularidad a partir de 1915 cuando su creador, Víctor Vaughen Morris Jones, propietario del “Morris Bar”, de la calle Boza 847, anunciaba su servicio en los principales periódicos con el siguiente tenor: “El Morris Bar”, tiene un selecto surtido de las mejores marcas de vinos, licores y cerveza importada, con los que prepara: Gin Cocktail, Silver Cocktail, Jersey Cocktail, Washington Cocktail, Praire Cocktail, Manhattan Cocktail, Whiskey Cocktail, Cherry Cocktail, Bronx Cocktail, Gin Fizz Cocktail, Silver Fizz Cocktail, Mundial Cocktail, Bitter Batido, Golden Fizz, Cherry Wine Flip, Pisco Sour, Gin Sour, Chapangne Sour, Morris Cocktail, Martini Cocktail, Oyster Cocktail, Brandy Cocktail, Vermouth Cocktail, Old Tom Cocktail, Monkey Gland Cocktail, Milk Cocktail. Visítenos en la calle de Boza Nº 847, del Jirón de la Unión. Teléfono. Nº 2235”. Este bar le ofrece la exquisita preparación de su «Pisco-sour ». A partir de entonces–como lo asevera Luis Alberto Sánchez, activo personaje de aquella época- “El Morris Bar, atendido por el propio mister Morris, un gringo cojo que había ejercido como barman en las Minas del Cerro de Pasco, acogía a los mejores bebedores de Lima. Morris era un gran preparador de tragos. Había popularizado el Pisco Sour”. Este bien decorado bar llegó a convertirse en preferido lugar de citas de las más connotadas personalidades de entonces: Abraham Valdelomar, Augusto Leguía Swayne, Alfredo González Prada, Alejandro Ureta, Federico More, Pablo Abril de Vivero, José Carlos Mariátegui, José María Eguren… No en vano estaba en pleno jirón de la Unión, en tiempos en que se iniciaba la inolvidable: “Belle Epoque”, con todas sus magníficas implicancias.
Por aquellos años, Lima no cabía de contenta. Los rieles del tranvía, como arterias metálicas, cruzaban las principales calles capitalinas; pilotos franceses fundaban la Escuela de Aviación, con gran suceso y, el Cerro de Pasco -en pleno apogeo económico- regalaba los dos primeros aviones de combate a la naciente institución; la bellísima y alada bailarina rusa, Ana Pavlova, acompañada de su paisano Volinini, encandilaba a los limeños con su arte magistral en el Teatro Principal; la destacada tonadillera, Antonia Mercé, interpretando a Albéniz, Falla, Laló, y los más populares fandangos, jotas, seguirías y soledades, embrujaba a un público vocinglero y feliz. El tradicional albero de la Plaza de Acho, presentaba a los más destacados toreros de aquellos tiempos. Joselito, Belmonte, Gaona…. La ópera no estaba ausente, Verdi, Puccini, León Cavallo, Pietro Macagni, se aplaudían en nuestro primer escenario; la compañía teatral de la inolvidable María Guerrero, cumplía sus presentaciones a teatro lleno. ¡Lima estaba feliz!. El más exclusivo tinglado de la elegancia de Lima, lo constituía el Palais Concert, de la calle Baquíjano. Cuatro amplias puertas sobre esta calle, y una de escape, por Minería. En el primer ambiente, el bar; en el segundo, la confitería; en el tercero y cuarto, el salón de té y, en una mezanine colgante, una destacada orquesta de “Damas Vienesas”, tocando selectas piezas musicales.
Empezando por la Plaza de Armas, en el jirón de la Unión podía admirarse el Jardín Estrasburgo, la Botica Francesa, la Fuente de Sodas Leonard, la confitería Broggi, -reunión de diputados, periodistas, escritores, financistas, pintores, toreros-, la de Klein, “La ville de Paris”, “La ville de Lyon”, “The Smart”, “La Samaritaine”, la Botica Inglesa, la camisería española, y tantos otros establecimientos de prestigio. El caso es que todos los hombres brillantes, exigentes caballeros de entonces, concurrían el “Bar Morris” para degustar el riquísimo “Pisco Sour” preparado por el mismo Morris, que acababa de llegar, cesante, de la ciudad minera del Cerro de Pasco, donde había sido superintendente de la Railway Company y gran aficionado a la preparación de tragos que, a partir de entonces, ganó fama en el Perú. Nada tuvieron que ver el “Maury” ni el “Bolívar”, en el nacimiento de este famoso trago, como audaces aventureros quieren hacer aparecer.
Respecto del creador del “Pisco Sour”, gracias a la meticulosidad de Guillermo Toro Lira, que estuvo en el mismo San Francisco, nos hemos enterado al detalle de toda su historia publicada en, “Alas de los querubines”. Víctor Vaughen Morris Jones, nació el 5 de agosto de 1873, en Salt Lake City, estado de Utah, Estados Unidos de Norte América, de una grande y bien reputada familia de mormones. Poco se sabe de su niñez, solo que recibió una adecuada instrucción primaria. Ejercía la profesión de florista.
A partir de 1900, año en que su hermano Burton es asesinado Víctor va a ejercer la gerencia de la florería. Ese año recibe el encargado de preparar un vagón de tren lleno de flores, en honor a los mineros fallecidos por una explosión en una mina de carbón, en la cercana ciudad de Scoofield. Esta tragedia que le dejó profundas huellas, dejó el saldo de 107 viudas y, 270 niños sin padre. Es en aquella oportunidad en la que comienza a mostrar sus aficiones en la atención en el bar y en la creación artísticas de sofisticados tragos.
En septiembre de 1902, acontece un hecho que cambiará para siempre su vida y es, a nuestro entender, el eslabón inicial de una cadena que termina con la creación de nuestro rico cóctel. El ya mencionado A. E. Welby, renuncia a la superintendencia de la compañía Rio Grande Western, sucursal de Utah, y viaja al Perú, para hacerse cargo de la administración de la Compañía de ferrocarriles “Cerro de Pasco Railway Company”, en el Cerro de Pasco. Su misión: completar el tramo del ferrocarril que uniría al Cerro de Pasco con la La Oroya. Los trabajos del tendido de este último tramo, que lo unía con el puerto del Callao, estaba interrumpido desde 1893. Como es sabido, el Cerro de Pasco era en ese momento, un dinámico centro minero que estaba en pleno apogeo; un asentamiento muy rico en plata y cobre, siendo este último ignorado, debido a los altos costos de transporte hacia la costa peruana. Desde 1887, un sindicato minero estadounidense formado en Nueva Cork, había comenzado a evaluar las reservas de cobre de Cerro de Pasco. Tras un concienzudo estudio, los técnicos dan cuenta que sus reservas eran infinitamente fabulosas, además de contener otros valiosos minerales. Era el yacimiento más completo y rico del planeta. Estaban ante una riqueza increíble. James B. Haggin, promotor de minería, nacido en Kentucky y, A. W. Mc Cunne, un minero de Salt Lake City deciden mandar a Cerro de Pasco, a James Mc Farlane, un ingeniero de minas, para que certifique el potencial minero de la zona. Luego de recibir un reporte muy positivo, el 22 de febrero de 1902, se crea la compañía “Cerro de Pasco Investment Company”. Esta naciente empresa, a través de su subsidiaria en el Perú, la Cerro de Pasco Mining Company, compra la mayoría de concesiones mineras del lugar. Mineros locales europeos venden sus propiedades. Ese mismo año compran todos los derechos ferroviarios y crean la compañía, “Cerro de Pasco Railway Company”, la que se encargará de la construcción del tramo de 82 millas: La Oroya – Cerro de Pasco,.
El proyecto minero del Cerro de Pasco había causado gran conmoción en la Salt Lake City, especialmente porque, A. W. Mc Cunne, era uno de los “suyos”, como uno de los principales partícipes de la empresa. En enero del 1902, decenas de expertos mineros de aquella ciudad y zonas aledañas, emigran al Cerro de Pasco.
Poco tiempo después de la partida de A. E. Welby hacia el Perú, es que Víctor Morris decide vender su florería que tantos beneficios le había aportado. Encuentra trabajo en el departamento de auditoría de la compañía ferrocarrilera Oregon Short Line que une los estados de Wyoming, Utah, Idaho y Oregon. Sirve en ese cargo hasta junio de 1903, cuando es contratado por A. E. Welby, para que trabaje en la sección de ventas de la compañía ferrocarrilera, Cerro de Pasco Railway Company, en el Cerro de Pasco. El 8 de junio de ese año toma el tren de Salt Lake City hacia San Francisco y desde ese puerto californiano se embarca hacia el Perú, en un barco a vapor. De allí al Cerro de Pasco.
A poco tiempo de haber llegado Morris al Cerro de Pasco, A. E. Welby, -su contratista- decide renunciar a su cargo luego de trabajar un año. No había podido adaptarse a la vida del lugar que le habían ocasionado una policitemia aguda y molesta, dejándole como alto miembro del comando de la Railway Company.
En marzo de 1904, Morris ya se encuentra en el Cerro de Pasco trabajando como directivo del ferrocarril. A las 12 del día del 28 de julio de 1904, coincidiendo con el 83avo aniversario de la independencia del Perú, arribaba con extraordinaria pompa, el primer ferrocarril al Cerro de Pasco. El evento de inauguración es realmente majestuoso. Los periódicos de entonces magnifican el acto. Hay 5,000 personas presentes. Se prepararon tabladillos para los personajes importantes, entre ellos cónsules, concejales, delegados de las minas, abogados, doctores, sacerdotes, y otros numerosos miembros de la sociedad. Las damas de la ciudad tejieron dos grandes banderas, una peruana y otra estadounidense, hechas de seda, oro y plata, que fueron colocadas sobre el frontis de la locomotora que lucía el número 100. Se instalaron cientos de banderas peruanas y estadounidenses en los vagones que eran de primera clase. Todo el pueblo cerreño estuvo presente. Víctor Morris –en su calidad de superintendente- fue el anfitrión que atendió la ceremonia y participó en la organización de las decoraciones del evento y el preparado de las bebidas correspondientes. Más tarde contó a sus allegados que, ante la numerosa concurrencia y a falta de Wisky para preparar los tragos, lo reemplaza con pisco, y su sorpresa fue inmensa cuando comprueba que el sabor era mejor, naciendo así el famoso Pisco Sour. Aquella tarde, luego de innumerables discursos y brindis, terminó el evento, casi entrada la noche. Acababa de nacer el Pisco Sour.
El 28 de septiembre de 1905, con tres años de permanencia en la ciudad, Víctor Morris se casa con María Isabel Vargas, hija del Despachador de la Railway Company, nacida en el Cerro de Pasco, el 17 de mayo de 1887. La boda fue un acontecimiento sin precedentes en la ciudad minera. El matrimonio civil transformaba a la cerreña, Maria Vargas, en ciudadana estadounidense. Víctor y María Morris llegan a tener tres hijos: Richard, nacido en el Cerro de Pasco, el 23 de octubre de 1906; Robert, nacido en el Callao, el 29 de abril de 1910, y Juana Rebecca, nacida en el Cerro de Pasco, el 2 de febrero de 1913. Sus tres hijos son inscritos como ciudadanos estadounidenses. Poco se sabe de esta parte de la vida los Morris cerropasqueños, la cual puede haber involucrado varios viajes a Lima y al Callao. Lo único que se sabe es que Rebeca, en el año de 1907, se casa en la ciudad de Pacific Grove, California, y decide establecerse en la ciudad de Berkeley, situada a poca distancia de San Francisco, donde se dedica al negocio de bienes raíces.
Víctor Morris, alternando sus preparados sofisticados de tragos especiales practica la pesca y el golf. Comandó la Cerro de Pasco Railway Company, hasta 1915, cuando se fusiona con la Cerro de Pasco Mining Company, para formar la Cerro de Pasco Copper Corporation.
Ya retirado, decide radicar en la ciudad de Lima en donde a manera de entretenimiento pasa sus horas en la preparación de tragos sofisticados. Cuando abrió el “Bar Morris” no se imaginó que la sensación y el éxito de su negocio nacería con el Pisco Sour que a partir de entonces se convirtió en preferido de sus numerosos clientes.
Como relata Luis Alberto Sánchez en varios de sus trabajos, el “Morris Bar” fue, no sólo lugar de encuentro de las grandes figuras de entonces, sino también de conciliábulos de prominentes hombres de la mazonería y de la política que urdieron en sus mesas asonadas y revoluciones. Por ejemplo, cuando se tramaba una revuelta contra el tirano Leguía que llevaba once años en el poder, con un derroche de préstamos del exterior y el consiguiente endeudamiento, leyes represivas, dictadura, entrega del territorio nacional a países vecinos, el nepotismo y el derroche superfluo de los bienes nacionales. Entre generosos brindis con la bebida nacional, se exigía elecciones libres, abolición de la conscripción vial, cese de obras faraónicas, suspensión del pago de la deuda externa, amnistía, libre juegos de partidos, austeridad económica, revisión de los tratados de límites recientes, dignificación del ciudadano y, respeto al Poder Judicial. Fue en sus mesas donde se recibió la noticia de la caída del dictador y, fueron en ellas, en las que se celebró con Pisco Sour, el inicio del gobierno del “Mocho” Sánchez Cerro.
El anecdotario es inmenso, pero, en tanto vivió, el “Morris Bar” fue punto principalísimo de los avatares de la vida nacional gracias al delicioso Pisco Sour.
Pasados los años, y ya completamente popular, convertido en nuestro trago de bandera, haciéndose eco de una iniciativa privada, el ministro de la Producción, Eduardo Iriarte Jiménez, mediante la correspondiente Resolución Ministerial, declaró el 8 de febrero de cada año, “El Día del Pisco Sour”, a escala nacional. Esta resolución tiene el propósito de promover un mayor consumo de pisco en nuestro país propiciando el incremento de su producción y exportación en el competitivo mercado internacional.

ATOJ HUARCO


A la vera del viejo camino carretero que unía al Cerro de Pasco con la hermosa ciudad de los Caballeros de León de Huánuco existía un puente que cruzaba el bullente Huallaga justo donde el camino entraba en un recodo estrecho y peligroso. Aquí acaeció, en tanto tuvo vigencia, muchos accidentes fatales. En la parte alta de esta fatídica curva rocosa, se podía ver muy claramente, a un zorro petrificado colgando del cuello. La tradición oral se encargó de ir transmitiendo, generación tras generación, la siguiente leyenda para explicar su extraña formación.

Aseguran que mucho tiempo atrás, sobre el farallón por donde se extendía el viejo puente, existía un pueblecito pintoresco y pacífico cuyos habitantes vivían de la generosa producción de sus chacras y la atención de su abundante ganado. Sus vidas, libres de apremios y problemas, transcurrían en medio de una apacible quietud. Las gentes muy sencillas, creyentes y trabajadoras, se trataban unas a otras con una conmovedora y estrecha familiaridad. Todo transcurría feliz y plácidamente hasta que un día, ante su asombro, apareció un grotesco personaje que fue a vivir como un demonio -heraldo de la maldad- en una sombría caverna de las alturas desde donde podía dominar ampliamente el panorama de aquel pueblo pequeño.

Su rostro fiero, sanguíneo y anguloso, tenía la viva similitud con un zorro rapaz, su pelambre rubia y completamente erizada, hacia más terrible su faz torva y tumefacta. De cuello de buey y amplias espaldas, tenía un andar simiesco con el bamboleo de sus grandes brazos y gigantescas manos. La indumentaria que cubría su cuerpo descomunal era de un negro grasiento y repugnante

Muy pronto el miedo de la gente indefensa se trocó en terror cerval. Este monstruoso engendro, aprovechando la oscuridad de la noche, efectuaba rápidas incursiones en el pueblo para llevarse las ovejas más gordas y las gallinas más grandes. Como la multitud pacífica no podía hacer nada para evitar sus tropelías, la osadía del personaje creció amenazadoramente hasta llegar sus latrocinios a plena luz del día. Por su enorme parecido físico y su costumbre de hurtar animales -ignorantes de su verdadero nombre- terminaron por denominarlo ATOJ (zorro).

– ¡ATOJ MISHICAMUN! (¡El zorro viene¡)- era el grito que cualquier campesino largaba al ver el inicio de las correrías del misterioso personaje. En ese momento lo abandonaban todo y se encerraban en sus viviendas presas de un terror indescriptible. Los hombres, claro, se encontraban trabajando en el campo.

Entre los más asustados habitantes del lugar, había un matrimonio que tenía una preciosa hija de dieciocho años de hermosos ojos negros y grácil caminar, llamada Herminia. A la sola mención de Atoj la pobre muchacha enmudecía y se llenaba de pavor temblando como una hoja.

Sucedió que un día que Herminia se encontraba sola en su vivienda atareada en la preparación de los alimentos, horrorizada vio aparecer la figura del Atoj en el quicio de su puerta. Sus ojos como las moras se abrieron espantados en tanto su rostro capulí se tornaba lívido. Sus manos trepidantes cubrieron instintivamente sus labios carnosos y el torno armónico de sus piernas comenzó a perder fortaleza. Sin embargo, impulsada por la grave situación en la que se encontraba, reunió las pocas energías que le quedaban para propinar un empellón al monstruo y salir huyendo a campo traviesa. No fue muy lejos. Impelido por una torva y apremiante lujuria, el Atoj le dio alcance. Cuando el monstruo comenzó arrancarle las telas de su corpiño y hacer jirones sus vestiduras, Herminia se desmayó.

Cuando despertó, claramente, se dio cuenta de su desgracia. El atoj dormía a su lado muy rendido. Ni siquiera lloró la muchacha. Sintiendo todo el peso de su deshonor, rápidamente tramó su venganza. Abrazó fuertemente al atoj y se impulso de tal manera que ambos rodaron pendiente abajo. El cuerpo de ella cayó desde la altura rompiendo la quietud de las aguas del Huallaga. El atoj sorprendido, en todo momento trató de salvarse, pero no pudo. La hierba de la que se trataba de sujetarse fue enredándose en el cuello y, cuando terminó el abismo, quedó colgando ahorcado. De ahí su nombre: Atoj huarco

Aseguran que Dios, para castigar su maldad, lo convirtió en piedra en tanto ella, yace en un mundo de paz dentro del agua; por eso cuando se mira detenidamente el discurrir del agua desde el puente, se ve aparecer la imagen de Hermicha, rodeado de una aureola de espuma, semejante a una corona de rosas blancas.

El Negro Nation

Edificio de la “Casa Azalia Nation y Compañía” en la plaza del Comercio (más tarde, Centenario), donde tenía un stock de mercadería grande y variado para satisfacer las necesidades del mercado. Géneros de seda, lana, algodón, casimires nacionales y extranjeros, géneros blancos, bayetas, pañolones, calzado americano y del país; cueros y suelas; licores surtidos, conservas nacionales y extranjeras; artículos de fierro enlozado, café, coca, y otros

Cuando apareció con la enormidad de su corpachón, andar cansino de gorila, renegridos pelos ensortijados y dientes blancos en demasía, todo el mundo lo quedó mirando. Era un gigantesco negro retinto de nariz achatada y jetas prominentes. La desconcertada chiquillería lo seguía a dónde fuera. Pasado un tiempo se acostumbró a su presencia y dejaron de mirarlo como a un fenómeno. Había nacido en Bull – Bay, puerto del extremo sur de la isla de Jamaica y, en un barco que se desplazaba hacia tierras americanas llegó al Callao. Atraído por nuestra bonanza económica cruzó los Andes en pesados carretones que transportaban alimentos, herramientas, vestidos, instrumentos musicales y libros, dando con sus huesos en el Cerro de Pasco. Su nombre era Alexander Nation, pero los mineros lo castellanizaron por Alejandro y, –por la magia del hipocorístico- lo convirtieron en “Allico”. El apellido ni lo mencionaban

Si la suerte no atiborraba sus faltriqueras de monedas, muy bien sabía Nation administrar las pocas que conseguía. Pagaba con toda puntualidad la humildad de una posada y satisfacía con largueza sus más inmediatas necesidades. Era sobrio en el vestir como pródigo en el comer, a veces desaforado. Su desmedida humanidad y prominente barriga, se lo exigían. Para satisfacer sus gastos le alcanzaba holgadamente el pago de su gran variedad de oficios y servicios: carpintero, gasfitero, minero, cargador, mecánico, pero sobre todo: panadero. El pan era su alimento preferido. Nunca pudo sustraerse a comer “mishte bollos”, “songochas”, “pan de lata”, “raprachas”, “molletes”, “pan de arriero”, “pan de soltera”, “mantequillas”, “franceses”, “chaplacos”, “roscas”, “tranca culos” y toda las hogazas que salían aromosas del horno. Se convertía en el hombre más feliz cuando daba cuenta de abundante cantidad de panes con un cargado café negro de nuestra selva. Era famoso también como derrochador en el arte del amor al que se daba pródigo, sin medida, incansable. Poco a poco, con envidiable parsimonia y constancia, enamoraba y hacia caer en sus redes a las mujeres más fogosas del pueblo. Comenzó con las placeras a las que ayudaba en sus menesteres. Nunca hizo cuestión de estado por la apariencia de la circunstancial pareja que le tocaba alternar con él. Así, sus queridas fueron numerosas. Más tarde, -difundida su fogosidad, arte y resistencia en las artes amatorias-, algunas damas de sociedad, solteras o casadas, engrosaron la lista de su bien dotado serrallo. Bebedor de ron en todas las celebraciones, cuando escaseaba el licor jamaiquino o caribeño, recién se avenía a degustar cognac francés, vino español o pisco puro de Ica. Su “aguante” era proverbial, pero cuando las copas se le subían a la cabeza, entonaba extrañas canciones de su tierra lejana en inglés, acompañándose –a manera de tambor- de cajones vacíos que en las chinganas abundaba. Cuando los torrentes de su llanto abonaban viejas saudades, se levantaba y se iba a dormir sin causar ningún problema.

A poco de llegar, presionado por la necesidad que lo acuciaba, se sumó a la cuadrilla minera de japiris cumplidores y heroicos, pero pronto se retiró asqueado. Los mineros españoles, viendo su talla descomunal y respetando a regañadientes su condición de hombre libre, le encomendaron el cargo de capataz y pusieron en sus manos un zurriago con la orden terminante de usarlo con contundencia sobre las espaldas de los incumplidos y perezosos. No soportó ni un día en las oquedades siniestras. Sus ojos se encharcaron cuando vio aquel teatro del horror. Había entrado en el infierno mismo del pavor y la ignominia. No quiso seguir en ese antro dantesco. El pueblo sensitivo y generoso, hizo correr la noticia de su renuncia a la práctica de la tortura por galerías y chinganas, En poco tiempo, “Don Allico” –así comenzaron a llamarlo- se adueño de la buena voluntad de todo el pueblo. No era un negro cualquiera. Respetuoso, comedido, trabajador, siempre con la sonrisa a flor de labios, llegó a tener centenares de ahijados. Bastaba que él los cargara un instante en sus poderosos brazos, para que todos los males huyeran del crío; ni susto, ni mal de ojo, ni mal viento, nada. Quedaban vacunados contra todos esos fantasmagóricos males que agobia a los críos cerreños. Esa bonhomía le permitió ir tirando para adelante.

Un día, la señora Juana Sovero –dueña de una exitosa panadería-, deseosa de ensanchar sus propiedades, le pidió que echara por los suelos un muro enorme que limitaba con el horno. Alexander, acostumbrado a trabajar solo, amuralló el lugar y un 24 de junio, aprovechando las vísperas de San Juan -noche de sortilegios, aparecidos y fantasmas- abusionero como era, cumplió con el chacchapeo remojado con buena provisión de ron jamaiquino, rezó con mucho fervor no sólo a la Pachamama, deidad nativa, sino también a Orishá, Eshú, Shangó, Agúm y, al supremo Obatalá, dioses africanos de sus lejanos ancestros africanos protectores de sus hijos, para hacer completas las invocaciones. Había avanzado notablemente en aquellas horas estimulado por la potencia de la coca y, casi al amanecer, el pico que utilizaba dio con algo duro que hizo retumbar un sonido sordo que lo dejó anonadado. Sin saber por qué un sudor copioso comenzó a correr por su frente calenturienta y su pulso hasta hacía un momento tranquilo, agarró un desesperado trote de caballo desbocado. Se persignó y, con los temblorosos labios resecos, siguió cavando con más cuidado. A su vista apareció una enorme caja de plomo. Serenándose, procedió a limpiar la superficie del cofre misterioso hasta alcanzar mayor claridad. La luz de la lámpara minera que lo alumbraba le hizo ver un enorme candado sujetando la tapa hermética y muy bien cerrada. El corazón se le desbocó cuando la palanca de una barreta hizo saltar por los aires el candado. Para abrirla definitivamente, como lo había previsto, cogió al perro chusco que había llevado con él y lo introdujo en la caja que se abrió con gimientes estertores. No hizo caso de los lastimeros gemidos del can sacrificado. El animal absorbería –como le habían asegurado los conocedores- todos los vapores venenosos que acumulan los entierros. Así fue. Esperó un buen rato, presa de mil y una emociones. Apuró otro generoso trago de ron, encendió un pitillo y oró. No quería que la ambición hiciera huir, -como le había ocurrido a muchos ambiciosos-, el tesoro que estaba prácticamente en sus manos. No sabía que hacer. Las ideas se le iban de la mente como humo. Estaba muy nervioso. Haciendo esfuerzos supremos se atrevió a abrir la caja cubriéndose las narices y la boca con la gruesa chalina que le servía de abrigo para que el antimonio no envenenara su sangre. Se serenó, tomó aliento y de un tirón abrió la caja. Lo que vio le dio un golpe al corazón. Había una fabulosa cantidad de monedas de oro cubriendo un generoso basamento de lingotes del mismo metal, como recién sacada de la Casa de Moneda. Una verdadera fortuna. Sus ojos se cubrieron de un llanto pródigo que resbalaba por sus mejillas de ébano cayendo sobre sus ropas raídas y pobres. Se santiguó y oró a sus dioses protectores, nativos y africanos, por la merced que le estaba alcanzando, luego, ya más tranquilo, quedó largo rato meditando acerca del destino que daría a esas monedas. No habría sabido en qué momento el cansancio lo había doblegado haciéndole dormir un poco. La luz del día entrando a raudales por las ventanas destartaladas del viejo horno, lo volvieron a la realidad. Ahora era rico. Acabarían sus limitaciones y su pobreza.

Sin dejarse llevar por el deslumbrante éxito de su hallazgo, quiso invertirlo con tino y sagacidad, sin originar habladurías ni aparecer en el pueblo como un loco manirroto. No. La primera inversión que realizó fue la compra de los hornos panificadores de la señora Sovero. Lo hizo muy generosamente, a manera de una recompensa. La pobre viejecita ya casi baldada por el reumatismo, no podía seguir administrando sus panaderías. Le abonó con suficientes monedas de oro que le permitieron su viaje a los cálidos territorios selváticos donde la generosidad del clima, le atenuó el terrible sufrimiento. Aseguran, los que la conocieron, que vivió holgadamente a plenitud los últimos años de su vida, mantenida por la generosa recompensa de Nation. Lo que la tradición popular asegura es que tras la partida de la señora Sovero, mandó clausurar todos los hornos, por cuya razón la calle quedó con el nombre de “Mata horno”, porque “Nation los había matado”.

Después de haber sufrido extremas privaciones y penurias sin fin, decidió vivir el resto de su vida disfrutando de lo que la fortuna le había regalado, gozando del calor del pueblo que él quería, administrando debidamente sus negocios que ya eran muchos. Conocido por su largueza y generosidad, era el invitado de rigor a las celebraciones populares. Fue mayordomo de las capillas citadinas de las Cruces que en mayo se celebran con gran despliegue de alegría; padrino de innumerables matrimonios e instituciones. Como era demasiado robusto y las sillas comunes no eran suficientes para contener su inmensa humanidad, mandó construir un sillón de fina y resistente madera muy bien forrada donde pudieran caber sus enormes posaderas. El sillón se convirtió en una institución que todo el mundo llegó a conocer. Antes que él era llevado a las fiestas para ser colocado en sitial especial. Cuando el gigantón llegaba entre los aplausos del público, se le oía decir “Siéntate, plata” -clara alusión a su incontable riqueza- e inmediatamente se arrellanaba en él.

Enterado de los ajetreos en los que los hermanos Azalia se hallaban sumidos, decidió unirse a ellos. Juan, Nicolás y Marko, le abrieron de par en par las puertas de su empresa minera; total, dinero es lo que más requerían en aquellos momentos en los que la minería había sufrido un serio colapso por la ocupación chilena del Cerro de Pasco. Los invasores, no sólo habían paralizado los trabajos sino que cobrando excesivos cupos a los mineros, los habían desequilibrado económicamente.

Con beneplácito de los croatas establecieron la Compañía Azalia Nation Co, dueños de las pródigas minas de plata, cobre y plomo: La Bastilla, Nuestra Señora del Milagro, Zupa, Estrella de Oriente, La Victoria, Nuestra Señora de Lourdes y otras más. “EL COMERCIO”, periódico limeño, decía en aquellos días: “La Casa Azalia Nation y Co. Fue fundada el 4 de agosto de 1894 por los señores Juan Azalia, Marcos Azalia, Alejandro Nation y Mateo Kesovia. Su actividad se reparte en las tres industrias del país: Comercio, Minería y Agricultura. Su casa comercial y su perfecta organización y las operaciones que realiza en gran escala, han cimentado su crédito y prestigio. Importa toda clase de artículos manufacturados en cantidades suficientes para surtir a los clientes de los departamentos de Junín y Huanuco y satisfacer las necesidades de sus propiedades mineras y agrícolas. Exporta los productos del país, como son: algodón, lana y minerales. El stock de mercadería que guarda en sus depósitos y almacenes, es grande y variado para poder satisfacer las necesidades del mercado. Se encuentran géneros de seda, lana, algodón. Casimires nacionales y extranjeros, géneros blancos, bayetas, pañolones, calzado americano y del país. Cueros y suelas. Licores surtidos, conservas nacionales y extranjeras. Artículos de fierro enlozado, café, coca, y otros. Ha seguido hasta la fecha su marcha regular, dedicada a la explotación de sus minas en la región de Vinchos, que en la actualidad cuenta con una planta eléctrica, moderna para el laboreo de éstas. Hace cuatro años se asoció al negocio minero de MATEO GALJUF quien ha desplegado todo su entusiasmo y empeño para el desarrollo en vasta escala de la industria, aportando un fuerte capital que ha permitido dar todo el impulso necesario. Hoy gira bajo la razón social de EMPRESA EXPLOTADORA DE VINCHOS. Los proyectos para el futuro son: la instalación de una concentradora en la Hacienda Pampania, propiedad de la firma, para beneficiar los minerales de baja ley que hay en abundancia. La hacienda mencionada es de panllevar y cuenta con cerca de cuarenta operarios, dedicados a las labores del campo y el beneficio de minerales. En la actualidad desempeña la jefatura del negocio comercial don Nicolás Bútrica y como apoderado don Agripino Malpartida, antiguo miembro y socio de la Casa, quien en los primeros días del mes de abril del presente año, fue jubilado como premio a 30 años ininterrumpidos de servicios”.

A fines del siglo XIX modernizó sus instalaciones mineras dotándolas de concentradoras y molinos accionados por fuerza hidráulica. Aprovechando el auge que el comercio alcanzó por aquellos días, se hicieron dueños de un bien dotado y surtido comercio en la Plaza Centenario para distribuir abarrotes, vestidos, muebles y maquinarias a todo el centro del Perú. Uno de sus principales proveedores de productos de la selva era don José Ocaña, dueño de chacras en Huacrachuco y Monzón, en la provincia de Huamalíes, a más de 250 kilómetros de la ciudad minera; enlazados por una estrecha senda. Cuando fracasó el negocio por la competencia de la Mercantile de la Cerro Mining Company, cancelaron la deuda de Ocaña con un grupo electrógeno con el que dio fluido eléctrico al pueblo de Huacrachuco y alrededores. Todavía hoy día, viejos vecinos de aquel lugar, recuerdan la beneficiosa transacción.

Pasados los años, traspasado de dolor, tuvo que dejar el Cerro de Pasco. Una polisitemia terrible hacía peligrar su vida. Se afincó en Yanahuanca para poder controlar los trabajos en sus propiedades de Pampania y lugares aledaños. Allí tuvo varias hijas. En el Cerro de Pasco, hasta la década del cuarenta, se veía deambular a un negrito currupantioso y alegre de apellido Nation, con su collera formada por Paco Aqcuaronne, Marín Castellanos, “Papi” Beloglio, Roberto Woolcott, Abelardo Boudrí, Willie Chavaneix, Juan Soko, hijo de croata al que apodaban: “Sokojudo” y otros. Después desapareció. Don Alejandro fue un personaje popular y muy querido en la ciudad minera.

ALGUNOS CENTROS ARQUEOLÓGICOS DE PASCO


Puntacmarca .- (“Ciudad Cumbre”), ubicada en Tinyahuarco, asequible por la carretera de la compañía minera “El Brocal”, a un kilómetro de Colquijirca. Tenía habitaciones circulares, semicirculares y, rectangulares. Paredes de pirca con piedras irregulares y puertas pequeñas y trapezoidales. Tenía: escalinatas, barrios, plazas, en su mayoría limitadas por muros de contención con hileras de andenes y corrales para la ganadería. Se registraron hasta 16 habitaciones que estaban casi destruidas. Fue, qué duda cabe, lugar de vivienda de los tinyahuarcos. Desde allí se podía observar en toda su magnitud el paisaje de la meseta de Bombón. Este monumento ha sido “tragado” por las fauces insaciables del “Tajo Abierto” de la compañía “El Brocal”.

Condormarca. (“Pueblo del cóndor”). Ubicado en Paucartambo, al que se llega por vía de herradura. Estuvo ocupado por campos agrícolas del cultivo de tubérculos. Presenta un conjunto de habitaciones de forma circular de 4 a 5 metros de diámetro longitudinal. Muy cerca podemos ver varias chulpas con abundante material óseo. Actualmente se encuentra muy deteriorado. Se ha hallado ollas, cántaros, tiestos

Auquillo Tacta (“Residencia de gentiles”). Ubicado en Paucartambo, a 8 kilómetros de Bellavista, mediante un centro carrozable y presenta un conjunto de corrales semidestruidos y otros en completo estado ruinoso formando un conjunto a manera de plaza. Fue un centro agrícola.

Auquivilca.- (“Lugar de viejos”). Ubicado en Paucartambo y se encuentra en estado ruinoso al que se llega por vía carrozable.

Marca Marca También en Paucartambo al que se llega desde Carhuamayo (Junín), vía Llaupi. A 15 kilómetros de Bellavista, al lado Noroeste. Existen varias viviendas, alguna de ellas en estado ruinoso de forma circular a manera de pozos. Alguna de ellas presenta muros de contención.

Picush. En en anexo de Chango, distrito de Chacayán, provincia Daniel Carrión.
Se llega por camino carrozable vía Goyllar – De Chango a Picush existe una vía de herradura (8 kilómetros). En los alrededores existe una agricultura de papas, ocas, mashuas y quinua. Es una ciudadela fortificada, con murallas. Las casas son de piedra laja, unidas con argamasa, sin enlucir. El perímetro espacial de habitaciones circulares de 3, metros de diámetro. Se puede ver varias casas habitación con deterioro natural. Existen pocas habitaciones conservadas. En los alrededores hay sistema de andenería y, hacia el lado norte de la llacta, varias colcas, también deterioradas. La llacta de Ichugán es un complejo urbanístico muy importante que conserva muchos rasgos culturales de la etnia yaro.

Guillenpunta.- En Goyllarisquizga, provincia Daniel Carrión al que se llega por carretera. De aquí a Guillenpunta a través de un camino de herradura. Distancia 1 kilómetro. Lado sudoeste. Presenta un conjunto de habitaciones circulares cuyo diámetro varía de 3 a 4 metros. El material de las paredes es de piedra labrada unida con arcilla. En una de las laderas próximas se ubican restos óseos diseminados por los alrededores. El conjunto presenta restos de corrales (más de medio centenar) y andenes.. Pudo haber sido un sistema de colcas, por su ubicación que favorece la ventilación.

Cruz Punta, En el anexo Quirós del distrito de Santa Ana de Tusi. Presenta casas habitación de forma circular con un diámetro de 6 metros de longitud. Éstas circundan las laderas de dicho cerro Existe una plaza en el lado oeste. Todo el perímetro de más o menos 15,000 metros cuadrados está rodeado de restos de murallas concéntricas.

Goñicuta.- En Roco, distrito de Yanahuanca. Presenta topografía amorfa, con rocas que se levantan imponentes a manera de un bosque poco accesible. Sus casas son circulares en su mayoría, cuyo diámetro es de 6.mts. Algunas son semicirculares y otras, rectangulares (7.mts por 4.mts). Se puede apreciar una especie de chulpas funerarias en los techos de habitaciones en forma de torreones. Existen, más de medio centenar de casas. En los alrededores hay restos de andenes. Esta ciudadela era presumiblemente fortificada y rodeada de murallas intactas.

Ichugán,- Ubicado en Chipipata, distrito de Yanahuanca. Presenta un conjunto de casas circulares y rectangulares de 5 a 7 mts. de longitud. El sector administrativo, así como el templo se hallan derruidos. Existen restos de muros de contención en los alrededores del espacio urbanístico. En las partes aledañas existen todavía andenes.

Ciudadela Laurichuco.- Ubicada en el distrito de Tangor de la provincia Daniel A. Carrión. Presenta un conjunto de murallas, muchas de ellas, intactas, otras en estado ruinoso. Es impresionante el pozo circular que se puede apreciar desde la cima de los cerros, presumiblemente hayan servido como fortín

Huacán.- En el distrito de Tangor, provincia Daniel A. Carrión. Representa a una ciudad fortificada de la época precolombina, cuyas edificaciones son impresionantes por el conjunto habitacional de forma rectangular con puertas trapezoidales en buen estado de conservación. Hay algunas habitaciones que tienen sótano y, para bajar a ellas, hay que utilizar una escalera también de piedra, finamente labrada.

Huagri .- En el distrito de Tángor, provincia. Daniel A. Carrión.
Las construcciones que presenta la ciudadela de Huagri registra un conjunto de habitaciones (strictu-sensu) de forma rectangular y otros a medida de hornos cuyas paredes presentan ángulos sin salientes. Las ciudadelas de Huacán, Huagri y Laurichuco dan la impresión de haber servido como fortines de defensa contra los ataques enemigos. Son construcciones firmemente labradas que concitan la atención de quienes visitan estos lugares por accesibles y situados en la cima del cerro San Cristóbal que compromete su preservación y el correspondiente catastro para futuros estudios.

Antigua Plaza Chaupimarca


La plaza Chaupimarca en una foto tomada a fines del siglo XIX, cuando no era sino un centro comercial a donde traían y llevaban los productos mercantiles. En la foto, grupo de campesinos transportando en burros sus barricas de aguardiente de caña que se vendía en las “Toneladas”. Todavía se puede ver la iglesia con su hornacina donde estaba la efigie de San Miguel, patrono del pueblo. A un costado la Santa Cruz que era festejada en mayo. Adosada a la iglesia, el “Arco del Triunfo” erigida en homenaje a la triunfal batalla del Cerro de Pasco de 1820 y la juramentación de la independencia el 7 de diciembre de 1820 luego de la primera y más importante batalla de nuestra independencia. Los años fueron cambiando la imagen de nuestra histórica plaza y, en poco tiempo desaparecerá tragada por el tajo abierto.

Andrés Urbina Acevedo

Torre metálica del Catillo de Lourdes erigida a partir del 4 de junio de 1902

Su llegada al mundo fue coincidentemente premonitoria. Nació el 10 de noviembre de 1902, en la íntima como solariega calle Parra, frente a la colonial, “Fundición de Barras de Plata del Cerro de Pasco”. ¡Quién lo diría!. Andando el tiempo, llegó a convertirse en el más notable orfebre de nuestros sentimientos. No era para menos. La savia de de su prolífica inteligencia, la heredó de su padre, don Silverio Urbina; su finísima sensibilidad, de su madre, doña Quintina Acevedo.

Cuando descubre -a sus doce años- el fascinante mundo del periodismo, ya nunca más podrá dejarlo. Llevado de la mano de su padre, el Director del periódico, sus primeros pasos los da en el cálido ambiente de “Los Andes”. Precoz laborero como todos los niños cerreños, no va a elegir como éstos la ruda escogencia de metales en la Picking – Plant de la Compañía. No. Animado por el acompasado traqueteo de las máquinas de prensa, va a crecer en ese mundo de papeles y tintas, de foliadoras y tipos, de rótulas y columnas, de monotipias y moldes…Cumplidos los veinticinco años, es ya Editor- Administrador del periódico que fue su poderosa barricada de lucha por las reivindicaciones ciudadanas en general y obreras en particular. Sus editoriales cargadas de pasión, son vívidos testimonios de su entrega a la causa minera reivindicativa. Hay que leerlos para comprender su talento y aquilatar su grandeza.

Iniciado -por ejemplo- el cierre de las minas y el consecuente despido masivo de obreros a raíz de la quiebra de valores de la bolsa de Nueva York, su voz es enérgica en la protesta. Es lapidaria. A partir de aquel infausto octubre de 1929, sus páginas heroicas -banderas de reivindicación- no tendrán más sosiego. Su indignación llega a límites extraordinarios cuando la mañana del domingo 7 de setiembre de 1930, la subida de Santa Rosa y La Esperanza, la policía riega de muertos y heridos, tras una salvaje masacre contra los obreros cerreños; o cuando el 12 de noviembre de aquel año turbio, la homicida represión gubernamental cercena la vida de una treintena de mineros en el Puente de Malpaso.

En la Dirección de “Los Andes”, alienta la creación de los Sindicatos mineros del Cerro de Pasco, Goyllarisquizga, La Oroya, Casapalca, Morococha. Su apostólica pertinacia determina su implacable persecución y la amargura del destierro en aquellos años de oscurantismo y tiranía; época heroica de perenne lucha de sus hermanos de clase como Gamaniel Blanco Murillo, Washington Oviedo, Miguel de la Matta, Augusto Mateu Cueva, Gayoso, Marmanillo y muchos más.

Autodidacta como era, jamás dio tregua a su inquietud de aprender. Para cultivar su alma siempre acuciosa, hizo desfilar ante sus ojos, severos tratados de Gramática, temas periodísticos, doctrinas religiosas, teorías políticas, pero sobre todo, poesía, novela, historia, crítica. Nada dejaba de leer. Era un lector voraz e insatisfecho. Pero lo más saltante de todo es que, a medida que cultivaba su erudición, desarrollaba su sencillez y humildad. Cuanto más grande, más modesto.

Sus ojos pulidos por mil literaturas habían perdido la agudeza visual de los aciertos, y en su miopía cada vez más creciente, conservaba impresas inolvidables imágenes de la vida minera que, aliñado y emotivo, las volcó en los cordajes del pentagrama popular.

¡ Ay , mi cholita …!
Huayno ganador del premio especial en el concurso carnavalesco de 1936.
Como las aguas de Patarcocha,
que poco a poco se van secando,
así lo mismo, ¡Ay! mi cholita,
sus procederes está cambiando.

Por las huanquitas bien cuidadita,
¡Qué orgullosa fue Patarcocha!,
Así los mismo ¡Ay! mi cholita,
de mi amor fue su fiel songocha.

De esa laguna ya nadie quiere
beber sus aguas ayer ansiadas,
así lo mismo ,¡Ay! mi cholita,
mi amor hoy mata por vil dinero.

Esa laguna la desecaron
sedientas bombas del extranjero,
Así lo mismo ¡Ay! mi cholita,
ya no me atrae con sus miradas.

ESTRIBILLO

Como las aguas de lo pilones,
que turbias caen, gota a gotita,
así se muestra, en sus amores,
hoy en el día, cualquier cholita.

(Música de Jesús Enciso)

Por singular destino pudo formarse con los mejores poetas de su tiempo: Ambrosio Casquero Dianderas, Lorenzo Landauro, Felipe Germán Amézaga, Arturo Mac Donald, Enrique Ferrari, Eugenio Chocano, Oscar Víctor Malpartida, Ramiro Ráez Cisneros, Oswaldo Robles…con todos ellos se puso a develar los misterios de la literatura. A todos ellos les abrió las puertas de su diario. De todos ellos publicó sus trabajos.

No obstante la fuerza de su carácter, de su indestructible espíritu de lucha, podemos hallar, en sus versos, una delicadeza de sentimientos tiernos y testimoniales. Toda su fuerza expresiva radica en la elocuencia de su poder creador; de su experiencia directa en los hechos cotidianos que inspiraron sus composiciones. Su poesía, ya contemplativa, ya testimonial, ya premonitoria, ya erótica, ya graciosa o plañidera, es hija legítima de sus más recónditos pensamientos. Como nadie, en sus versos, deja traslucir su preocupación por el destino de la tierra que tanto amó y, sin ser testigo directo de la destrucción que el “Tajo Abierto” ha perpetrado, en 1929, premonitoriamente escribe estos versos

Huérfano Suelo
Huérfano suelo querido,
pronto, pronto, te hundirás;
hoy en ruinas convertido,
mañana nada serás.

Todo tu suelo cavado,
cual profunda sepultura,
donde serás enterrado,
cumpliendo tu desventura.

El mineral que encierra,
tu ambicionado suelo,
¡Ay!, desventurada tierra,
será causa de tu duelo.

ESTRIBILLO

Regalando tu riqueza
en provecho del extraño,
vas, pasando mil pobrezas,
huérfano suelo cerreño.

(Música de Adrián Galarza Gallo).

Es cantor libre y sincero como los pajarillos de nuestros campos serranos. Emite todas las notas del alma, desde la atronadora y rugiente del bardo rebelde, hasta la dulce y suave que vibra en la serenata de una noche de luna. Hay un huaino de su inspiración que – maravilla del mimetismo y el folclore- el pueblo lo ha hecho suyo y lo canta generación tras generación. Es el himno emotivo dedicado al monumento de la minería peruana y, testigo de tantas vivencias y tragedias mineras. ¡Ay, mi Lourdes!

¡Ay, mi Lourdes…!
¡Ay, mi Lourdes, Ay mi Lourdes!
se parece a un paraíso,
a las diez de la mañana,
pintadito de colores,
con sus lindas cerreñitas.

Lamparita, lamparita,
lamparita de carburo,
tú no más estás sabiendo
la vida que voy pasando.

En el castillo de Lourdes,
hay una jaula de acero,
donde sube, donde baja,
la vida del pobre obrero.

ESTRIBILLO
El trabajo de la mina,
no me gusta, no me agrada,
la pobreza me cautiva,
para seguir trabajando.
(Música de Jesús Enciso).

Había que verlo cuando se inspiraba. Un enigmático silencio lo rodeaba respetuoso cuando se sumergía en ese mundo misterioso de su estro. Los dedos de su mano izquierda -ábaco de vida- contaba los versos de su inspiración en el golpe pendular de las sílabas. La derecha, deslizándose con gracia decoradora, iba dibujando las letras de prolongadas colas y artísticos remates. ¡Caligrafía hermosa!. Más tarde, en el pulido final de orfebrería, tarjaría sílabas y frases, mientras sus ojos entreabiertos, buscaba sinónimos sonoros para encuadrar sus rimas. Estaba creando. ¿Por qué la lente de un Mariño, Hurtado, Ordoñez, León o Lavado, -fotógrafos de entonces- no perennizaron esos momentos?. No lo sé. Tal vez porque era pobre, humilde y humano, es decir: poeta; artífice de la palabra enjoyada, galana y hermosa; pero sobre todo, acertado pintor de vivencias mineras y vaticinador de tiempos que -estamos viendo- se están cumpliendo.

¡Qué abismal diferencia con aquellos otros; con los prestamistas, mineros, aviadores y comerciantes opulentos!. que consignaban los guarismos de sus ganancias, intereses, inversiones, con precisión de nombres, deudores y créditos. Aquél – el poeta- hacía sus versos, engalanaba la emoción creadora y espiritual de su tierra, en hermosos y asonantados octosílabos. El tiempo ha transcurrido implacable. Las nieves han ido sucediéndose, albeando los días. Los dineros, ganancias e intereses de los agiotistas, se dilapidaron en una suerte de pagano torneo de saraos, orgías y comilonas opulentas; la poesía de Andrés -mientras tanto- resistió y superó con triunfo los embates del tiempo y, mágica simbiosis minera, pervivió en el bronco cantar de los cerreños.
No una sino muchísimas canciones han ido quedando grabadas en el alma minera. Los padres las cantaron y los hijos engolando la voz con orgullo, las entonan. Es más, ese mismo sentimiento engendrado por su pluma, ha circulado en sus venas, transmitido por la materna leche vivificadora. No puede ser para menos. En sus versos encontramos los agoreros avatares mineros; querendonas endechas a la esquiva mujer desdeñosa y cruel; retratos palpitantes de las rúas pueblerinas, de sus encantos, de sus misterios, de su grandeza; acertados vaticinios que predican el final de la querencia; “Hoy en ruinas convertido//mañana nada serás”, saudades encomiásticas de la laguna de Patarcocha, instantáneas precisas de la apremiante convocatoria de los “pilones”, donde las cerreñas chismeaban de lo lindo; alabanza de las chaposas almuerceritas que transportaban en portaviandas el diario yantar de picantes, guisos, locros, chupes rubicundos, para su cholo “japiri”; jubilares carnavales de chisguetes, serpentinas y canciones. Cantares que constituyen ecuaciones mineras de trabajo y amor, alegría y tragedia. Nadie como él para cantarle al Cerro de Pasco, tierra minera de su cuna.

Las melodía que vistieron tan hermosos versos fueron trabajadas por el “Chacha” Portillo, Adrián Galarza Gallo, Nicéforo Bravo, Armando Paredes Ugarte, Aurelio Romero Pizarro, Glicerio Galarza, Juan Hinostroza, Darío Yacolca, Adrián Rojas Quiñonez, Jorge Yacolca, Santiago Alvarado, Pancho Azcárate, Bernardino Ramos, “Pico” Romero; pero fue con Jesús Enciso con quien creó las más hermosas joyas de nuestro cantar: ¡Ay mi cholita! y ¡Ay, mi Lourdes!.

Ameno conversador, disfrutaba del respetuoso cariño de numerosos amigos. Donde fuera en misión periodística, siempre fue bienvenido. Pero era en los salones del Club Juventud Esperanza, a donde llegaba cumplida su misión del día con el flamante diario en la mano para reunirse con sus más íntimos amigos, se le apreciaba grandemente. Fundado en 1909, en la parte baja del entarimado ferrocarrilero de la Esperanza, el Club que precisamente recibió el nombre de Juventud Esperanza había logrado nuclear a una bullanguera juventud trabajadora. Su prestigio, a fuerza de empeño y coraje, había elevado a la enseña aurinegra, a la cima del éxito. Entre otros, los hombres que cimentaron su fama, estaban don “Pancho” Valdivia, Roberto Arauco, Leoncio Ascencios, “Chino” Campoa, “Togro” Rojas, Manuel Shiraishi, “Patas a la Oreja”, “Rogromanca”, “Agra” LLanos, “Rachi” Casas, “Cura” Suárez, Pablo Inza, “Bacalito” Suárez y tantos otros que dejaron una enorme estela de recuerdos.

Como sede social, había elegido una vieja casona de la calle Dos de Mayo, cuyo amplio balcón daba frente al Concejo Provincial. La umbrosa intimidad del aposento colonial, tenía un encanto muy particular. Accesible por una puerta pequeña, sus escalones erigidos sobre una base de piedras, conducían al segundo piso en una pendiente muy pronunciada, cuyos pasamanos siempre brillantes, descansaban sobre unos sólidos balaustres de pino blanco. Necesariamente había que auxiliarse con esas guarniciones laterales, tanto para subir como para bajar. Llegado al rellano, a la mano izquierda, se penetraba en la primera estancia, amplia y confortable, destinada a la sala de sesiones con numerosas sillas y sillones de Viena; enormes vitrinas donde lucían los trofeos ganados a lo largo de su vida deportiva, de diplomas, reconocimientos, condecoraciones y fotografías históricas. Una segunda estancia, tan amplia como la primera, con sillas muy cómodas y una mesa de billar continuamente en uso por los socios y amigos. En el aposento del fondo, donde funcionaba el amplio y surtido bar, había una estufa de hierro, rodeada de sillas con acogedores cojines y pellejos. En ellas, los viejos contertulios, pasaban sus horas amenas jugando animosos, briscán, rocambor, tresillo, póker o, simplemente conversando, al calor de la estufa siempre fogosa y vigente, atizada constantemente.

Cada uno de aquellos viejos extraordinarios, tenía su silla conocida: Pedro Santiváñez, Ramiro Ráez Cisneros, “Picucho” Salas, Miguel Laderas, “El león de la sierra”, “Cura” Suárez, “Calaver” Díaz, Manuel Shiraishi Basilio, “Togro” Rojas, y, claro, don “Anchico” Urbina Acevedo. En este delicioso hogar, sin hacer caso del sonoro reloj de pared que puntualizaba el transcurrir del tiempo, los amigos se entretenían diariamente con amenas, picantes y sabrosas charlas salpimentadas de pisco. ¡Cuántas cuitas!. ¡Cuántas historias!. ¡Cuántas vivencias, habrán transcurrido en aquellas noches, abrigadas por la estufa mientras afuera llovía, nevaba o helaba!.

Así llegamos a la aciaga noche del 26 de septiembre de 1947. La de su trágica muerte.

Después de haber compartido gratos momentos de comunión espiritual, se despidió de sus amigos y, al llegar al rellano, tratando de descender, tropieza y cae aparatosamente hasta el quicio empedrado de la entrada, en el primer piso. El golpe de su cráneo al dar contra el piso produjo un sonido sordo y seco que se escuchó en toda la estancia. Cuando los amigos acudieron, encontraron su cuerpo encajado entre el umbral y el quicio de la puerta y, mudos de espanto, vieron unos hilillos de sangre que manaba de sus oídos, de su nariz, de su boca. Trasladado a la Asistencia Pública, pese a la desesperada atención de su compadre Pedro Santiváñez, murió sin recobrar el conocimiento.

El pueblo se resistió a creerlo cuando la noticia se expandió como un relámpago por todo el ámbito minero.

Las dos noches de su velorio constituyeron profundas manifestaciones de duelo general. Allí estuvieron todas las autoridades sin excepción, sus colegas periodistas, los músicos, compositores, poetas, delegados de clubes citadinos, los mineros en sus más variados oficios: lamperos, perforistas, timbreros, wincheros, tareadores, capataces, enmaderadores, troleros, wachimanes…todos. No faltaron las humildes y chaposas mujeres del pueblo. No faltaba nadie. El dolor lo había hermanado. Los únicos ausentes fueron los explotadores.

Un río negro de gente contrita acompañaba el féretro el día de los funerales. Mineros, maestros, periodistas, poetas, gente del pueblo, turnándose para llevar el ataúd. En el camposanto las oraciones fueron hermosas y nutridas. Ya cuando estaba anocheciendo fue bajado a su última morada, al corazón de la tierra bendita que tanto había amado. La estela de gratitud que dejó tras de sí, es el perenne y más brillante cirio que arde sobre su tumba.

Cesare Vito Cútolo Gambardella (Alcalde de la ciudad)

Este notable italiano, alcalde de nuestra ciudad durante los años 1901, 1902 y 1903, -uno de los tantos extranjeros que ocuparon la Alcaldía de nuestro pueblo- tuvo mucho acierto ejecutando obras que hablan a las claras de su empeño y amor a la tierra que lo cobijaba. La que más recordaba nuestro pueblo, es la edificación del primer mercado de abastos. Hasta ese momento, los comerciantes negociaban en carpas levantadas en la plaza Chaupimarca. La mayoría, obedeciendo la costumbre, se nucleaba por especialidades, en las calles correspondientes: Matadería (carniceros), Del Fierro (Herreros, gasfiteros, armeros, herradores, reparadores de carretas), De la Fonda (Gran cantidad de restaurantes y venta de comida china), etc. etc.

Había nacido en Positano, provincia de Palermo, Italia, el 23 de noviembre de 1868. Sus estudios los realizó en su tierra natal. Venido al Perú en 1890, fijó su residencia en el Cerro de Pasco, dedicándose a la actividad comercial, con el amparo del consulado italiano.

En mérito a su hombría de bien, a su espíritu tesonero y, a su profundo amor al Cerro de Pasco, en las Elecciones Municipales del año de 1898, el pueblo lo eligió como Concejal, luego como Síndico y finalmente como Alcalde. El pueblo muy conservador, poquísimas veces había distinguido con este cargo a los extranjeros, pero gracias a sus merecimientos, durante tres años, fue el primer ciudadano de nuestra ciudad minera.

Fue socio fundador y Presidente de la Sociedad Filarmónica Cosmopolita. Fue un músico notable. Gran aficionado y propiciador de la fiesta de los toros. Socio activo de muchas instituciones más. En todas ellas dejó el sello de su personalidad inolvidable.

Cumplido 25 años de residencia en nuestra tierra, por prescripción médica tuvo que dejarla e irse a vivir en la localidad de Ambo donde ejerció la alcaldía instalando el agua y desagüe, finalmente construyendo su iglesia. Retornó a sus pagos en donde falleció a pocos días de su arribo.

Las corridas de toros, antaño


Desde su llegada, los españoles instituyeron como parte principal y más celebrada de toda conmemoración, la Corrida de Toros. Las primeras que se efectuaron –lo señalan añejas crónicas- tuvieron por escenario la legendaria Plaza Chaupimarca. A usanza de las capeas pueblerinas de España, se cerraban calles y callejones arteriales con grandes carretones de transporte y se construían tablados, graderías y palcos; los balcones constituían compartimientos privilegiados. Colindante con la Iglesia de San Miguel y adornado con todo el boato establecido en la Madre Patria, se establecía el Palco Preferencial que era ocupado por el Alcalde Mayor y Juez de la Patria, con sus regidores, los funcionarios locales, los cónsules extranjeros, el cura párroco, el Gobernador, los Alguaciles y demás connotados personajes. El grueso de aficionados se apiñaba en las improvisadas galerías que circundaban el coso. El juez de la plaza, por mandato de la ley, debía ser el regidor de espectáculos. Se ubicaba flanqueado por una primera trompeta y un timbalero en un estrado especialmente construido sobre los toriles.

A las tres de la tarde -con toda puntualidad- el redoble de los timbales y la aguda nota del clarín ordenaba el inicio del «Paseíllo». Era entonces que la alegre Banda de Músicos de la Beneficencia Española atacaba un postinero pasodoble con el que los diestros, seguidos de sus banderilleros, auxiliares y de sus jinetes en sus jacas enjaezadas, con llamativos trajes de luces iban a saludar a las autoridades pidiendo su venía para iniciar la corrida. Este era, como siempre lo ha sido, el momento más hermoso de la fiesta brava.
En tanto el clarín ordenara la apertura de los toriles y la salida del primer burel, los diestros arrojaban sus hermosísimos capotes de paseo para ser lucidos en los elegantes palcos durante la corrida. Había que ver los tendidos especiales en donde se encontraban las lindas manolas cerreñas. Lucían recamadas peinetas, brillantes arracadas y aretes de oro, colorinescos mantones de Manila de luengos flecos, poñoletas de ensueño y coquetos e insinuantes abanicos, -caprichoso aditamento en un clima más que frío- vivas estampas de Zurbarán y Julio Romero de Torres, transportadas a la heroica ciudad de la plata.

El Cabildo había destinado cuatro días al año para estas fiestas. El primero, el de más garbo y postín: el 16 de julio, festividad de la gitana Virgen del Carmen y el Santo Escapulario, matrona de España. Después, la del 28 de julio, Fiesta Nacional del Perú. También se autorizaba para Pascua de Reyes, pero como para esa época la nieve invadía todo el paisaje, era imposible realizarla. Finalmente había una corrida especial en honor de la Santísima Virgen de las Nieves de Pasco, el 5 de agosto de cada año.

El número de fiestas taurinas fue en aumento a medida que mejoraban la calidad de los toros de lidia, en trapío, poder, estampa y resistencia. Varios hacendados españoles trajeron hermosos sementales para sus campos. Los más celebradas fueron los de “Allcas”, “Pomayarus” y “Chinche”.

A poco que Costillares inventara la suerte de matar los toros al volapié, en el Cerro de Pasco comienza a realizarse espectaculares corridas. Por referencias expresas de aquel extraordinario aficionado, don Enrique Rivera Woolcott, conocedor documentado de la suerte de los toros en el Perú, sabemos que a fines del siglo XIX y comienzos del siguiente aumenta el número de corridas. Por aquellos años -al decir de nuestro informante- se realizaban la LANZADA, EL TOREO A CABALLO y la SUERTE CERREÑA.

LA LANZADA, consistía en esperar al toro a corta distancia del toril con una enorme lanza fijada en un madero clavado a la tierra. El toro que salía violentamente del toril oscuro, atacaba furioso al primer objeto que veía y se atravesaba de parte a parte en esta enorme lanza. Cuando no moría de inmediato, el corro de auxiliares lo remataba con aguzadas puntillas. EL TOREO A CABALLO, permitía el lucimiento de los jinetes que mostraban al público su valentía y pericia. Gobernados solamente por la presión de las rodillas y el balanceo del cuerpo del jinete, los caballos hacían cabriolas delante del toro al que luego de colocarle vistosas banderillas, ultimaban de un certero rejonazo. No está demás acotar que en nuestra ciudad minera había extraordinarios criadores de caballos finos y por lo tanto, expertos jinetes. LA CERREÑA, una suerte por demás cruel e inhumana, consistía en atar fuertemente un paquete de pólvora en la frente del toro al que envolvían con un mandil, cuya parte correspondiente al morrillo, estaba empapada en un líquido inflamable como bencina, menos la pólvora, claro. Después de unos lances de capa a caballo, el jinete citaba al toro con banderillas de fuego y al prendérsela al animal, el mandil se inflamaba haciendo explotar la pólvora. El toro caía fulminado para ser presa de los puntilleros cuyo servicio era casi inútil; la cabeza del toro estaba destrozada. Como era de esperarse, LA LANZADA Y LA CERREÑA, fueron definitivamente proscritos por crueles y repugnantes.

Al comenzar el siglo XIX, el escenario es cambiado a la “Plaza de Aragón”, a la que, por ese motivo se la denominó: Plaza de Acho. Es la plaza que actualmente luce el monumento de nuestro mártir tutelar Daniel Alcides Carrión. Más tarde, cuando se inaugura el local de la Beneficencia Española –actualmente, Instituto Industrial No 3- se bendice también un hermoso redondel para cuya inauguración se trae -como lo magnífica una crónica de entonces- a tres extraordinarias toreras mejicanas: «La Mejicanita» que se presenta ataviada de verde manzana y oro; «La Charrita», de grana y oro y, «La Chiquita» de perla y plata. Después de memorables faenas, dan muerte a cuatro toros españoles: «Pilluelo», «El Cangrejito», «Carpintero» y «Alacrán».

Los escenarios cerreños recibieron a legendarios toreros de postín, españoles, mejicanos y peruanos; entre éstos, muchísimos cerreños. De los carteles de ayer, publicados en sendos programas de lujo de fina seda, podemos citar a algunos. Esteban Arredondo, Casimiro Cajapaico, Juan Francisco Céspedes, los Asín, dueños de los toros de la Rinconada de Mala; Mariano Soria «El Chancayano», Ángel Valdez «El Maestro»; Genovevo Montelirio, Emilio Galloso, Diego Prieto, «Cuatro Dedos»; y Esteban Cornejo. A comienzos del siglo siguiente llegan muchos toreros españoles como Francisco Bonal «Bonarillo»; Antonio Olmedo, «Valentín»; Juan Sal, «Saleri»; Ángel García Padilla, Francisco González «Faico»; Eduardo Leal «Llaverito; «Cocherito» de Bilbao; «Lagartijillo»; Joaquín Capa, «Capita»; Agustín García, «Malla». Se intentó traer a aquellos tres monstruos que fueron «Joselito», Belmonte y Gaona, pero nuestra altitud como “sus condiciones de exigir una plaza con todas las de la ley”, impidió su presentación. De los más grandes nacionales, citaremos a Atilio Cerrutti, Luis Canessa, Elias Chávez, «El Arequipeño»; Alberto Fernández, «Cachucha»; Pedro Castro, «Facultades; Carlos Sussoni; Alejandro Montani, «El Sol del Perú»; Adolfo Rojas «El Nene»; Miguel López, «Trujillanito» y muchos más. De los toreros cerreños citaremos a Alberto y Enrique Malpartida Cortelezzi, Héctor Arauco, Marín Castellanos, Alberto Ramírez, los hermanos Languasco, Los hermanos Malpartida, «Huatrila” y muchos aficionados más, como Seferino Dávila, “Mister Babas”; Ricardo Acquaronne Bazán, “Cua – Cua”; Gustavo Malpartida, Lucho Ráez, “Mocosillo”; Fernando Barrón, “Cantinflas” etc.

Es necesario señalar que los toreros venían a nuestra ciudad, no solo por los honorarios que le pagaban como en Lima sino por los «vivas» (regalos) que les entregaban los ricos mineros a los que brindaban un toro. Ellos devolvían las monteras que los oferentes habían lanzado al palco con monedas de oro y plata. Como si fuera poco, después de cada extraordinaria faena, los auxiliares recogían en sus capas las monedas de plata de nueve décimos que el público arrojaba al ruedo.

Como la afición taurina se había hecho tan numerosa, un grupo de ciudadanos españoles decide nuclearla en un Centro Taurino. Aprovechando la construcción del local de la Beneficencia Española, en el que brillaba como una estrella un coso acogedor y funcional, deciden hacer realidad sus aspiraciones y el 20 de abril de 1903, inauguran el «Centro Taurino», que tuvo que ver con todas las corridas que se efectuaron. Todavía bien entrado el siglo pasado teníamos un escenario taurino construido por el Club “Team Cerro”, mismo que desapareció conjuntamente con el avance del “Tajo Abierto” que está engullendo todo lo histórico de nuestro pueblo.

LA SUEGRA MALA Y SUS TRES NUERAS


Hace muchísimos años de este acontecimiento. Había una vieja mujer malísima y mezquina, que tenía tres hijos enormes como eucaliptos, rudos y resistentes como percherones, pero muy débiles de voluntad y carácter. Al enviudar había heredado una casa, muebles, chacras, numerosos animales domésticos y suficiente dinero para afrontar las emergencias que se presentaren. Celosamente los guardaba como si se tratara de su propia vida. La base de toda esta heredad era una boyante mina de plata.

Dominante y empecinada había hecho edificar dos casas más; a la derecha e izquierda de la paterna, para nunca separarse de sus hijos. Ellos ocuparían estas casas cuando tuvieran familia. Sus tres hijos eran diligentes mineros que trabajaban de sol a sol supeditados a su caprichosa voluntad. Cuando el mayor estuvo en edad de casarse llevó a su casa a una muchacha flaca y desgarbada como una estaca, pero hacendosa y activa como la que más; callada y sumisa como un corderito. El hijo, claro, obedeciendo ciegamente la voluntad de su madre, casó con aquel espantajo.

Al día siguiente de los esponsales, cuando los hijos habían ido a trabajar con los primeros rayos del alba, sacó de la troje un enorme balay de papas, un canasto de choclos, un carnero recién degollado, un pellejo lleno de garrapatas, una “puchka”, varias “huayuncas” de maíz seco, una bolsa de medias y otra abundante de ropa sucia. Con todo esto, encaró a la nuera, y con una severidad que no admitía réplica alguna le dijo:
– Nuera: este es tu primer día en la casa, y como comprenderás, el trabajo es lo más digno para una mujer, por lo tanto, la tarea que tienes que cumplir hoy día es ésta: mientras cocinas el almuerzo tratando de no pasarte de sal, desgranarás el maíz de las “huayuncas”, lo molerás en el batán y prepararás la mazamorra; al carnero lo trozarás, lo salarás y lo colgarás de los altos para nuestro charqui; la panza y las tripas las lavarás y tenderás bien; molerás los choclos muy bien y harás humitas, mitad con sal, mitad con azúcar; lavarás este pellejo, lo harás secar, sacarás la lana, la escarmenarás, la hilarás con esta “puchka” y le tejerás unas medias a tu marido con estos moldes, porque tú sabes que en la mina hace mucho frío; con el agua de la gotera, que es abundante y buena, lavarás la ropa de mis hijos y las mías; zurcirás las medias de la familia con mucho cuidado y todo esto lo harás sin perder tiempo.
– Está, bien madrecita.
– Recoge y guarda los huevos que han puesto las gallinas; atiza la bicharra; corta el alcacer del corral y dale de comer a los cuyes; dale maíz a las gallinas y a los patos; limpia el chiquero y dale de comer a los chanchos. Ten mucho cuidado de no echar a perder nada.
– ¡Bien, madrecita!.
– Entretanto, yo me echaré a descansar un poco. Estaré vigilando para que trabajes, porque mi sueño es tan ligero como el de la libre; además tengo un tercer ojo en la nuca que jamás está dormido, ¡Ya lo sabes!.
– Bien, madrecita.
La vieja se tiró sobre el camastro y al rato dormía plácidamente, a pierna suelta. La pobre nuera, aterrorizada por la amenaza y temerosa de enojar a su suegra, se enfrascó en el trabajo con todas las fuerzas que le daba su ser. Sólo al anochecer ya desfalleciente, terminó su dura tarea cuando su marido y sus cuñados llegaban a casa.
Las diarias jornadas cumplidas por la recién casada, la dejaban más muerta que viva. Si cometía algún error, el zurriago de su suegra se lo enmendaba. Para alimentarse recibía algunas papas sancochadas, un poco de cancha y la sopa de la casa. Nada más. Así pasaron algunos años hasta que la vieja, juzgando que su segundo hijo también estaba en edad de casarse, se puso a buscar una mujer que cumpliera los requisitos que sus mezquinos intereses personales determinaran. Por fin la encontró.

La segunda nuera, gorda como un odre, los ojos torcidos y medio tartamuda, era tan esmerada y hacendosa como la primera; la igualaba en trabajo y limpieza, pero la superaba en candidez y debilidad de temperamento.

Como era de esperarse, el segundo hijo casó con la afanosa mujercita siguiendo el mandato de su madre, que alegre, magnificaba las virtudes de la recién desposada. A ésta también la vieja convirtió en su esclava. El trabajo compartido entre las dos nueras fue desde entonces menos pesado. Temerosas del “tercer ojo” de la vieja, trabajaban de sol a sol sin protestar, activas y prolijas, alentándose recíprocamente. Los hijos –como esperaba la vieja- nada decían al respecto.

Así pasaron los años, hasta que por fin ocurrió lo que el refrán dice: “Todo el monte no es de orégano”. El último hijo de la vieja, casó contradiciendo sus indicaciones. Un día se presentó a la casa materna acompañado de una bien parecida y joven mujer. De nada le sirvió a la vieja reclamar y gritar como una condenada. La boda se realizó.

Al día siguiente de las nupcias, cuando los mineros habían marchado a los socavones, la vieja dispuso la faena para las tres nueras, tal como acostumbraba. Una vez que se hubo acostado, las dos primeras al ver que la más joven remoloneaba sin hacer nada, le dijeron:
– ¡No te hagas la desentendida que la madrecita nos mira!.
– ¡¿Quién cree eso?!…yo la veo dormir… ¿Por qué nosotras vamos a trabajar como burras mientras esa ociosa apesta en la cama?.
– ¡Es cierto que ronca! –Dijo la segunda nuera con dificultad –pero ella nos vigila con un ojo que tiene en la nuca… ¡Tú no sabes de lo que es capaz!.
– ¡¿Un ojo en la nuca?!… ¡¿Qué lo ve todo?!…por favor no me hagan reír, inocentes criaturas… ¡¿Ustedes creen eso?!.
– ¡Así es hermana! –Se apresuraron a responder las mayores.
– Bueno, bueno… Allá ustedes si creen esa farsa… ¿Qué hay de comer hoy día?.
– Esta mañana comeremos chupe de ollucos, papas sancochadas y mazamorra de maíz.
– ¡¿No hay nada más?!… ¡¿Carne, huevos, charqui, tocino?!….
– Todo eso hay, pero pertenece a la madrecita.
– ¡Nada!, todo lo que hay aquí nos pertenece a todas por igual… ¡¿No son nuestros maridos los que trabajan?…¿No son ellos los que mantienen esta casa?… ¡¿No somos nosotras la que atendemos la casa?!.
– Sí… pero… – trataron de protestar las tímidas.
– Ustedes no tienen por qué vivir aterrorizadas ni esclavizadas, queridas hermanas… ¡Ahora, se acabó!. …Hoy día y los sucesivos comeremos como reinas. ¡Se acabó la esclavitud!.
– ¡Tú conoces a nuestra madrecita!. ¡Ella es capaz de matarnos! – protestaron las mayores- ¡Ella es muy severa porque a pesar de que cumplimos con nuestras tareas, nos maltrata diariamente sin que nuestros maridos digan nada!.
– ¿Que la vieja las castiga? –Se indignó la menor.
– ¡Claro, nos zurra con una vara muy larga y nos mide los alimentos! –Dijeron las nueras mayores alentadas por la parla de la menor.
– ¿Eso ha hecho siempre?.
– Sí – Respondieron las mayores.
– No tengan miedo. ¡Déjenlo todo por mi cuenta!. ¡Hoy día vamos a comer como reinas y si la vieja pretende castigarnos, nosotras le devolveremos la tunda con el mismo amor!. ¡Le daremos una sola, a cambio de todas las que les ha dado!. ¡Ya lo verán!. Si esto ocurriese, ustedes colaborarán conmigo… ¿No es cierto?… ¡¡¿No es cierto?!!
– Sí, claro, claro –dijeron asustadas las mayores.

Así fue. Mientras la vieja roncaba a pierna suelta, la joven mujer preparó un apetitoso y pantagruélico locro cerreño con grandes tronchas de carne. Floridos granos de cancha con abundante queso mantecoso. Riquísimos tamales de carne de chancho. Para cerrar el banquete; un charquicán con abundante achiote y exquisitas papas amarillas con harto ají. Todo esto, remojado con sabrosa chicha de jora. Cuando hubo terminado de cocinar, llamó a las otras nueras que, vacilantemente temblorosas, se sentaron a la mesa. En menos de una hora, las tres mujeres dieron cuenta completa de los potajes y ahítas y contentas, se quedaron dormidas.

Cuando ya las sombras de la tarde invadían el horizonte, la vieja suegra despertó sobresaltada por el silencio que se había aposentado en la casa. Intrigada se puso de pie y con horror vio que sus tres nueras dormían sosegadamente recostadas sobre las mesas donde se veían numerosos platos diseminados aquí y allá. Con la bilis removiéndole las entrañas, comenzó a lanzar insultos e imprecaciones mortales, en tanto que frenéticamente las castigaba con el zurriago.

Al despertar, las dos primeras quedaron atónitas y mudas. Sólo la menor se le enfrentó osadamente. Loca como una fiera, la vieja descargaba golpes sobre el cuerpo de la joven, la que –fuerte como era- cogió a la suegra por los pelos e inmovilizándola. Ordenó que las otras pegaran a la tirana por los flancos. Las nueras no esperaron más y la emprendieron a golpes contra la vieja abusiva. Una le pegó a más no poder en el costado izquierdo y la otra en el costado derecho. Cuando las mayores quedaron rendidas, la más joven derribó a la vieja por el piso y allí la molió a golpes con una estaca. Como la agraviada lanzaba aterradores gritos, la última nuera cogió una aguja de arriero y untándola de sal, ají y pimienta, infligió múltiples pinchazos en la lengua de la vieja hasta que enmudeció al hinchársele descomunalmente. Débil y desmedrada como era, cayó en trance de muerte.

Las mujeres metieron a la suegra entre las sábanas de bayeta y la cubrieron con gruesas cobijas de lana. Al poco rato, los cansados mineros llegaban a casa.
– ¡No sabes esposo mío, la desgracia que nos ha ocurrido!.- dijo fingidamente atribulada la mayor.
– ¡¿Que ha pasado mujer?! – preguntó el marido.
– ¡Nuestra pobre madre se nos muere!- replicó la segunda.
– Sí, querido –respondió la más joven de las mujeres- De repente se puso mal. Parece que le ha dado un fuerte mal aire porque no puede moverse; ni siquiera logra decir palabra.

Los hijos se precipitaron a la habitación de la vieja y apesadumbrados rodearon el lecho. La vieja estaba hinchada y amoratada como un odre, muda, sin decir palabra, impedida por una gigantesca lengua que parecía un atado de trapos. Sin embargo, haciendo esfuerzos supremos y aprovechando que sus hijos la miraban compungidos, señaló a la mayor de sus nueras y luego se tomó el costado izquierdo; inmediatamente después, apuntó a la segunda e indicó el costado derecho y, señalando a la menor, indicaba constantemente el suelo. Y agobiada por el esfuerzo perdió el conocimiento.

Al observar estas señales los jóvenes se pusieron a llorar sin alcanzar a descifrar lo que había querido decirle su madre. Entonces la menor de las nueras, fingiendo sollozar como una Magdalena, dijo:
– Pero… ¿Es posible que no puedan entender lo que nos quiere decir la madrecita buena?…
– ¡No!- contestaron todos al unísono.
– Pues, nuestra pobre madre, que nos quiere tanto, ha expresado su última voluntad; ustedes lo han visto. Ella quiere que el mayor y su esposa se queden con la casa y las tierras que están al lado derecho; el segundo y su mujer deberá quedarse con las casas y las propiedades del lado izquierdo; y en cuanto a nosotros, que somos los menores, nos deja las propiedades y la casa paterna. ¡Ustedes han visto como señalaba el piso ay… ay… ay –se puso a llorar amargamente.
– ¡Es verdad!…- gritaron- ¡tienes razón! ¡Así lo haremos!.

Fue suficiente.

La vieja, impedida de protestar a viva voz por el reparto, murió congestionada y cianótica, presa de la ira de su impotencia.

A partir de entonces, los hijos vivieron felices con sus mujeres, ocupando la herencia que les correspondía.

ISABEL RAVELLI MALPARTIDA (Nuestra reina de siempre)


María Isabel Ravelli Malpartida es la representante clásica y vigente de la belleza cerreña. Ha sido incorporada a la mitología de la ciudad minera, con el mismo rango de hermosura que las vetas de oro y plata de sus minas, que los bellos atardeceres de los soleados meses de medio año o que las azules y profundas noches diáfanas, cuando la luna y las estrellas ofrecen el espectáculo sobrecogedor de su grandeza.

Era una niña todavía cuando sus frescas sienes fueron coronadas por la diadema de la belleza citadina. Corría el año de 1924. El pueblo minero, de uno a otro confín, quedó prendado de su dulce rostro de alabastro, de finos trazos y angelical expresión; su dulce faz, apenas sonrosada con el natural rubor pintado por las caricias de su alta tierra, jamás resaltada por maquillajes o afeites engañosos y superfluos. Hombres y mujeres comentaban admirados la proverbial belleza de sus ojos: cristalinos, apacibles, inteligentes y profundos. Ponderaban la tersura y delicadeza de sus cortos cabellos castaños que, en acariciantes ondas, sedosas y brillantes, adornaban su cabeza. Pero ella, como que es la digna exponente de la mujer cerreña, no perdió su serenidad, su modestia, su sencilla gracia femenina. Reina fue, es y lo será siempre. No de oropel, no por un día, sino por siempre. Nuestro pueblo minero, intuitivo, cariñoso y acertado, conmocionado por su sencillez y grandeza, por su alma noble y por la majestad de su continente y figura, la proclamó su reina de entre un selecto grupo de hermosísimas mujeres; y desde entonces, sigue reinando en el corazón de sus gentes.

Su entronización en el reinado de nuestra ciudad, no fue un acontecimiento aislado y localista que quedara circunscrito a nuestras lindes. No. Las principales revistas y diarios del Perú de aquellos tiempos, comentaron el acontecimiento, ilustrándolo con artísticas placas fotográficas del artista cerreño: Mariño, “Mundial”, “Variedades”, “Caras y Caretas”, “Turismo Mundial”, “Actualidad Peruana”; “El Comercio”, “La Prensa”, “La Crónica”… hicieron conocer el suceso de su coronación.

Aquel año que en el Perú se vivía uno de los momentos más pródigos de nuestra historia y el Cerro de Pasco brillaba con luces propias de prosperidad, ella presidió las alegres y pomposas fiestas de carnestolendas. Sus admiradores la rodearon de un séquito de beldades. Allí estaban, Manuelita de la Puente, Rebeca Valcárcel, Juanita Martínez, María Lahw, Josefina Alania y María Malpartida. Desde entonces, con delicadeza, comprensión y diligencia, presidió cuantos actos culturales, benéficos y artísticos se realizaron en el Cerro de Pasco. Así llegamos a 1930, año en el que se realiza por primera vez en Lima el Primer Concurso de Belleza del Perú. En él debería estar presente nuestra representante ungida por el voto popular. En cumplimiento de esta convocatoria, el Concejo Provincial de Pasco, convoca a un concurso selectivo para elegir a nuestra representante. Como no podía ser de otra manera, el pueblo inscribe a su engreída: Isabel Malpartida. Realizados los escrutinios finales, por un notabilísimo margen de votos se ,la corona con el título de SEÑORITA CERRO DE PASCO, otorgándosele las credenciales para representarnos en el evento nacional. Su desempeño fue verdaderamente notable. Los diarios publicaban la gran chance que le otorgaban los comentaristas especializados de la capital.

Desde entonces, muchísimos inviernos han lavado nuestras pródigas tierras. La voraz maquinaria del “progreso” (para otros), ha convertido en un enorme cráter a nuestra tierra amada. Ella, S. M. Isabel I, tuvo que ausentarse d su solar nativo y, con ella, , toda la inmensa majestad de su belleza. Tal vez por eso también, la nieve que blanqueaba nuestros campos con sus impolutos copos, se ha marchado para no volver más. . Tal vez. Lo que sí es cierto es que allá, en un apacible rincón de su solariega casa limeña, ella evocará con ternura los pasados tiempos de su tierra y tal vez, sus ojos claros del color del tiempo, se encharcarán de saudades y nostalgias. Tal vez. El caso es que, nosotros, desde aquí, desde su Cerro de Pasco querido le renovamos el vasallaje de nuestro homenaje y nuestro recuerdo. Nuestra gratitud a la mujer que alimentó sueños y esperanzas, que hizo germinar adoraciones y fervores en los corazones de muchos hombres admirables que, rendidos, tocaron alas puertas de su corazón para tener la inmensa dicha de hacerla su esposa. Ella se negó. No podía preferir a un hombre. Se desposó con la grandeza de su pueblo que la hizo su reina y la sigue adorando. Gracias. S. M. Supo usted ser reina y mujer.