EL MAGISTRAL TELMO CARBAJO

Había llegado a la cumbre de la gloria en el Perú. No sólo como el más grande futbolista de nuestra historia, sino el más completo deportista de todos los tiempos. Dominaba todos los deportes: Fútbol, Básquetbol, Atletismo, Tiro, Béisbol, Remo, Billar, Equitación, Natación… En todos estos deportes fue el más grande.

En la práctica de su deporte favorito, llegó a ser proclamado en 1912, Campeón Nacional de Fútbol. Era lo justo. ¿Saben por qué?. Podía jugar en cualquiera de los once puestos del equipo; desde arquero hasta puntero izquierdo. Lo admirable es que en cada plaza era brillante, único. Es más, al cumplir sus Bodas de Plata como deportista ejemplar en el Perú, el Presidente de la República de entonces, don Augusto Bernardino Leguía, le otorgó un hermoso trofeo de plata en reconocimiento a su ejemplar desenvolvimiento. Era el 27 de julio de 1926.

Era todavía un niño cuando comenzó a alinear en el “Lima Cricket” en los momentos aurorales de nuestro fútbol nacional. Un poco más tarde, pasó a conformar el once del “Jorge Chávez” y luego el “Atlético Chalaco”, equipos pioneros y gloriosos de su tierra natal: el Callao.

Por aquellos años, ya conformando la Selección Nacional de Fútbol del Perú, tiene que enfrentar a los notables representativos del Cerro de Pasco –la primera provincia que practicó el fútbol en el país- en memorables encuentros anuales que arrancan en 1909 hasta 1914 en que, en su condición de Capitán de nuestro representativo, tiene que reconocer la superioridad del fútbol cerreño. Es por eso que cuando el Presidente del “Club Social y Deportivo Unión Railway”, don Guillermo Arauco Bermúdez, lo invita a conformar el elenco ferroviario, acepta gustoso y viaja para enrolarse al cuadro cerreño que por once años consecutivos había sido imbatible campeón de nuestro fútbol

A su llegada al Cerro de Pasco, los primeros meses de 1920 –Telmo contaba entonces treinta años- se va alojar en una casa que don Guillermo le ofrece en el legendario barrio Misti, lugar en el que no sólo arequipeños e italianos habitaban, sino también notables chalacos que con él compartieran aventuras deportivas y habían sido intermediarios para su venida al Cerro: Alvaro Linderman, Humberto Galantini, Carlos Pedreschi, Alberto Brindani y otros con quienes había defendido al “Atlético Chalaco”.

Desde su arribo fue aclamado. Ya no sólo sería el Capitán General Vitalicio y Honorario como lo habían proclamado desde la fundación del Club, sino que llegó a capitanear el más brillante equipo que tuviera el Railway en toda su existencia. Allí estaba Humberto Galantini propiciador de la fundación oficial de la Liga de Fútbol de nuestra ciudad, y tras ser el obligado capitán de nuestro combinado, pasa a segundo lugar. El legendario Santiago Barzola, “back” inolvidable y acróbata brequero que sobre el tren en marcha, corría veloz por sobre los coches como si estuviera en una pista atlética; paradigma del fútbol aguerrido. Carlos Pedreschi, otro chalaco quimboso, respetado y querido en el rectángulo de juego y fuera de él. Alvaro Linderman, también chalaco, veloz y resistente como el que más; su velocidad proverbial y sus mortíferos remates al arco fueron inolvidables. El “Negro” Remigio Sánchez, traído de Goyllar por don Guillermo Arauco; un soberbio volante que mandaba en la media apoyando a los defensores y respaldando en el ataque. Félix “Chato” Villarán, pequeño pero aguerrido como el que más. Con ellos, siempre como capitán y guía, Telmo Carbajo. Estaban también, Augusto Cuenca, Esteban Pecho, Evaristo Huamán, Jacinto Espinoza, Alberto Salvador y el “Sereno” Olaya. Nada más ni nada menos.

Estuvo dos años entre nosotros. En ese lapso no sólo nos regaló con la magnificencia de su fútbol atildado y efectivo, vistiendo las sedas del Railway, sino que alternó con las novenas de béisbol del Cerro, Goyllarisquizga y Smelter, en memorables encuentros. Más de una vez se vistió de corto para alternar con los mejores atletas cerreños. Los domingos hacía demostraciones de boga imbatible en las regatas que se efectuaban en la represa de Smelter. Hizo tiro, box, billar etc. Era un hombre admirable. Inagotable y constante, disciplinado y recto en sus actividades.

De talla baja, elegantemente vestido y un caballero a carta cabal, siempre que se prestara la oportunidad, hacía demostraciones de su innata habilidad coreográfica en los bailes sociales a los que se le invitaba como miembro honorario. Presidiendo la sala de sesiones del Railway hay una fotografía de cuerpo entero del chalaco que se hizo cerreño, Telmo Carbajo.

Su partida constituyó un gran pesar para la afición cerreña en donde dejó grandes recuerdos. A partir de entonces sólo por los periódicos limeños se enteraban de sus actividades. Así, hubo una gran alegría cuando al estadio Modelo de Bellavista le pusieron su nombre y se desgarró de dolor la mañana del 18 de julio de 1948, cuando murió a la edad de 79 años. No hubo ninguna manifestación de dolor público en el pueblo porque todo estaba prohibido. Se tambaleaba un gobierno débil y la mayoría de cerreños estaba perseguido por el tirano que en ese momento se desempeñaba de Ministro de Gobierno y Policía: Odría.

Cómo lo manifiesta todavía algún viejo deportista, es necesario que la juventud tome conciencia de su presencia en el Cerro de Pasco que se honró con su habilidad y bonhomía. Hasta hace algún tiempo, cuando aparecía un futbolista fuera de serie se le llamaba “Carbajo”. El más grande de sus sucesores, pequeño como él, brillante como él, quedó dando lustre a la denominación que la admiración le tributara, don Adrián Languasco, el inolvidable “Carbajito”.

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EL GRAN CHICHÍ

Nadie supo nunca su nombre ni apellidos, ni se preocupó en averiguarlo, sólo lo nombraban el Gran Chichí. No obstante su apariencia atrabiliaria y descuidada resultaba simpático porque lo adornaba una cualidad extraordinaria que todos -grandes y chicos- aplaudían: su voz.

Cuando apareció el tango con todo su sensiblero mensaje traído por la voz del “Zorzal Criollo” a través del cinematógrafo y del disco, en el Cerro de Pasco encontró su caldo de cultivo y en todos los rincones del pueblo halló el calor de la emoción ciudadana. Se escuchaba con deleite a Pancho Canaro, D’Arienzo, Marianito Mores, Pichuco Troilo, Héctor Varela, Alfredo D’Angelis, con cantantes como Hugo del Carril, Alberto Castillo, Mercedes Simone, Tita Merello, Amanda Ledesma, Libertad Lamarque. etc., etc. En el Cerro de Pasco también hubo una gran cantidad de cantantes de tango; el más grande fue: el “Gran Chichí”. Quizá por el marcado sentimiento que ponía en cada tango que interpretaba con voz quejumbrosa, quebrada y doliente, era el artista obligado de nuestra minera ciudad.

Todos olvidaban sus trazas al momento de aplaudirle. A primera vista, nadie habría dado un real por él. Por atuendo tenía una chompa de color indefinido con el cuello alto y muy grueso, con los codos brillantes de grasa; unos pantalones de igual textura y colorido; los zapatos igualmente, grandes y mellados. A esto habría que agregar que era enemigo declarado del agua y jabón; pero era un artista.

“Las Hijas de María” que en nuestra tierra han tenido, en una época, destacada labor en favor de los desvalidos, preparaban con fines benéficos, una “varietee” en el cine principal para la que habían invitado a connotados artistas aficionados del medio. Como queriendo hacerse eco de la voz unánime del pueblo que se calculaba abarrotaría las instalaciones del teatro decidieron contar con la colaboración del Gran Chichí. El tango no podía estar ausente.

Así las cosas, con toda la amabilidad que el caso requería, invitaron a Chichí para que participara en el acto, no olvidándose de recomendarle con mucho tacto que como se trataba de una función de gala en la que estaría lo mejor del Cerro de Pasco, insinuaban la más atinada presentación de los artistas y que no dudaban que él haría lo propio. Sorprendido de que tan distinguidas damas se lo pidieran, Chichí aceptó sin ninguna condición y aseguró que estaría presente.

La noticia recorrió toda la ciudad minera. ¡¡El Gran Chichí, el cantor del pueblo, cantaría en el Teatro!!.

Llegado el día, como se esperaba, el local se abarrotó de gente. No cabía ni un alma más en sus instalaciones. En el marco de aprobación del numeroso público, los artistas fueron desfilando uno a uno por el escenario. El programa llegaba a su fin pero Chichí no aparecía por ninguna parte. Al enterarse, el público comenzó a abuchear, a silbar, a pedir a voz en cuello la presencia del artista del pueblo. Para evitar cualquier contingencia desagradable y dolorosa, destacaron a numerosos delegados con el fin de ubicarlo. Entretanto, algunos artistas trataban de calmar al público ejecutando números improvisados.

Por fin lo encontraron en una cantina de Tambo Colorado, libando muy campante con sus amigotes. Al ser recriminado por su inasistencia al compromiso, arguyó que se había olvidado de tal invitación y, cuando quiso seguir hablando, se lo llevaron en vilo al Teatro. Llegaron cuando estaban a punto de incendiar el local. Apremiados como estaban por la ocasión, lo largaron al escenario tal como se encontraba, después que el anunciador presentara
—-!Señores y señoras, nuestra espera ha tenido su premio. Aquí, para el aplauso de ustedes, el cantor del pueblo, el astro del tango: !!! El Gran Chichí. !!!!.

Una atronadora salva de aplausos recibió al artista que, cohibido, avanzó hasta el borde del escenario. Cuando los aplausos callaron para dar paso a la canción, la voz de un zafio, de esos que nunca falta en las cazuelas de los teatros del mundo, gritó estentóreamente:
— !!! Qué bonito estás, Chichí!!!.. Pero. ¿Por qué no te has cambiado, Chichí?!!!

Una risotada unánime inundó la sala al comprobarse la triste facha del artista del pueblo. Éste, humillado, avanzando al centro de esa vorágine de risas, pidió que tocaran a los guitarristas que lo acompañaban. Al iniciarse el tango las voces enmudecieron y, aquella noche, en medio de un silencio sepulcral, Chichí cantó con una clase y un sentimiento nunca más igualados, “Sus ojos se cerraron” un conmovedor tango. Las lágrimas asomaron a los asombrados ojos de los espectadores. El calor humano puesto en cada frase, en cada nota, tuvo el sortilegio de estremecer al público que emocionado hasta las lágrimas aplaudió frenética, emotiva y estentóreamente al Gran Chichí que, trataba de silenciar las aclamaciones, los palmoteos y los gritos de: !!Otro!!…. !!!Otro!!!… !!!Otro!!!, que eran unánimemente atronadores. Con los brazos en alto y los ojos húmedos, el artista consiguió que se callaran. Cuando el silencio se produjo, con voz entrecortada por la emoción, alcanzó a decir claramente:
—- Y ahora, señoras y señores, … !Voy a cambiarme! – y diciendo esto, en medio de un silencio culpable y chocarrero, abandonó la sala.

Chichí limpió los gruesos goterones que invadían sus ojos y tras un portazo se alejó de aquella gente.

Los Vascos en el Cerro de Pasco

El Tesorero de las Cajas Reales –mediados del siglo XVII- conocedor de la eficiencia de los vascos en los campos de la administración financiera y fundición, los convoca para que vengan a trabajar con él. Decenas de recios montañeses del norte de España -zona ubicada entre el Ebro y los Pirineos- llegan a aposentarse en el Cerro de Pasco. Unos de Vizcaya con su capital, Bilbao; otros de Guipúzcoa, con San Sebastián y, algunos de Álava con Victoria; también muchos navarros. Todos ellos formaron un núcleo sólido unido por sus ancestrales costumbres como la afición a los espectaculares guisos de bacalao, la infaltable boina y alpargatas, que sólo en épocas de sol las usaban en sus festejos, al compás de txistus y tambores, recordando fandangos y zortzikos; el resto del tiempo tuvieron que cambiarlos por sombreros de paño y resistentes zapatones de cuero; su afición por el juego de pelota vasca –Jai – Alai- que devino más tarde en “pelotaris”, deporte que se popularizó tanto que no había barrio donde no se golpeara la pelota contra frontones de sólidas paredes y, “el euskera”, su enrevesado idioma. Todos ellos fueron funcionarios de las Cajas Reales, especialmente los bilbaínos que tenían un gran talento financiero o, maestros fundidores y artesanos, primordialmente los de Vizcaya y Guipúzcoa que venían de tierras pródigas en minas y florecientes fundiciones siderúrgicas. En España no había trabajadores como ellos. Su extremado orgullo y su proverbial tozudez, se llegó a conocer en todo el ámbito minero. Hicieron florecer la Fundición de Barras de Plata como maestros fundidores. Los Oyarzábal, de Azpeitia; los Arauco, de Vizcaya; los Goñi, de Navarra; los Otaegui, de Guipúzcoa; los Aguirre de Oyarzún; Lizárraga, Baldoceda, Jáuregui, Ampuero, Bermúdez, Aza, Azcurra, Zumalcarregui, Echevarría, Aranda, Gorriti, Amézaga, Anaya, Apéstegui, Aspiazu, Carranza, Chacón, Elguera, Valdivia, Veramendi, Iparraguirre, Iturralde, Egaña, Jáuregui, Mendívil, Iturriaga, Ormachea, Mendizábal, Olazo, Zamudio, Arellano, Lezama, Lezcano, de Navarra. Un profundo conocedor de la idiosincrasia de los vascos, dijo de ellos: “El hecho de que los vascos se hubieran convertido desde temprano, en dueños de la gran cantidad de ingenios y minas, y en consecuencia, en empresarios de la flamante ciudad y, al propio tiempo, como corolario lógico monopolizadores del gobierno comunal, de los títulos y empleos, es porque estaban poseídos de un sentido utilitario de conquista, en más alto grado que los castellanos, extremeños, y andaluces que abundaban y, si caben las generalizaciones, un tanto despojados de su actitud heroica, porque se dedicaron presurosos a explotar el Cerro con orden y sistema. A la atractiva y utópica entrada a tierras inexploradas, prefirieron arraigarse en el Cerro de Pasco, donde la plata, además de abundante, estaba segura. Los vascos eran tozudos, laboriosos y prácticos. En aquellos primeros tiempos, a los castellanos y andaluces se les unieron los manchegos, extremeños y portugueses; mientras que los cautelosos vascos, formalizaban un sólido núcleo impenetrable, dentro del que se repartían los cargos de la administración colonial, muchos de ellos comprados a la corona de España, como se estilaban entonces. Dinero y decisión no les faltaba”. La mayoría traía consigo pequeños capitales, formación cultural adecuada y enorme deseo de prosperar mediante el trabajo. Huían del régimen carlista y, ante el agresivo proceso de industrialización, se resistieron a ser tomados como mano de obra en las industrias y el ferrocarril naciente, de poca paga. Demasiado jóvenes, llegaron para enrolarse en la industria minera, trabajando como operarios calificados en las fundiciones y casa de moneda; los otros, como administrativos contables y, los que no, como tamberos y ganaderos. Robustos, ágiles, vigorosos y, de musculatura capaz de ablandar el coraje más probado, trabajaban de sol a sol, con el empeño puesto en ganar lo que más pudieran. Todos triunfaron. Andando los años, uno de ellos, Francisco Goñi, minero, amasó tal fortuna, que fue la envidia de sus coterráneos; Iturre Baldoceda, triunfó como tambero; resultó siendo dueño de casi todos los alojamientos que recibían a los viajeros que llegaban al Cerro de Pasco. Sebastián Arauco, consiguió lo propio; fue ejemplar fundidor primero y más tarde propietario de varias fundiciones, entre ellas, “El Misti”. Iñure Otaegui, llegó a ser prominente contable de las Cajas Reales y Fundiciones de Barras de Plata, los Oyarzábal, identificados con los problemas sociales de nuestra tierra, fueron luchadores por la independencia y, logrado ésta, notables funcionarios de las primeras épocas de la república. Hubo, ¡cómo no!, comerciantes y vendedores de vino y aguardientes; uno, diligente lechero que comenzó vendiendo su mercancía de casa en casa. Su popularidad llegó a ser tal, que un poeta local, le dedicó estos versos:

Oh, alegre vasco matinal, que hacía
con su jamelgo hirsuto y con su boina,
la entrada del suburbio adormecido,
bajo la aguda escarcha de la aurora.

Repicaba en los tarros abollados,
su ecológico pregón de leche gorda,
y con su rizo de humo iba la pipa,
temprana, bailándole en la boca.

Mezclada a la quejumbre del zortzico
que gemía una ausencia de zampoñas,
haciendo entrega de la leche,
su cuarta liberal tenía yapa.

Su mano muy leal y generosa
prorroga la cuenta de los pobres,
marcando tarjas en sus puertas toscas.
para cobrarlas todas, en el pago.