EL GRAN CHICHÍ

Nadie supo nunca su nombre ni apellidos, ni se preocupó en averiguarlo, sólo lo nombraban el Gran Chichí. No obstante su apariencia atrabiliaria y descuidada resultaba simpático porque lo adornaba una cualidad extraordinaria que todos -grandes y chicos- aplaudían: su voz.

Cuando apareció el tango con todo su sensiblero mensaje traído por la voz del “Zorzal Criollo” a través del cinematógrafo y del disco, en el Cerro de Pasco encontró su caldo de cultivo y en todos los rincones del pueblo halló el calor de la emoción ciudadana. Se escuchaba con deleite a Pancho Canaro, D’Arienzo, Marianito Mores, Pichuco Troilo, Héctor Varela, Alfredo D’Angelis, con cantantes como Hugo del Carril, Alberto Castillo, Mercedes Simone, Tita Merello, Amanda Ledesma, Libertad Lamarque. etc., etc. En el Cerro de Pasco también hubo una gran cantidad de cantantes de tango; el más grande fue: el “Gran Chichí”. Quizá por el marcado sentimiento que ponía en cada tango que interpretaba con voz quejumbrosa, quebrada y doliente, era el artista obligado de nuestra minera ciudad.

Todos olvidaban sus trazas al momento de aplaudirle. A primera vista, nadie habría dado un real por él. Por atuendo tenía una chompa de color indefinido con el cuello alto y muy grueso, con los codos brillantes de grasa; unos pantalones de igual textura y colorido; los zapatos igualmente, grandes y mellados. A esto habría que agregar que era enemigo declarado del agua y jabón; pero era un artista.

“Las Hijas de María” que en nuestra tierra han tenido, en una época, destacada labor en favor de los desvalidos, preparaban con fines benéficos, una “varietee” en el cine principal para la que habían invitado a connotados artistas aficionados del medio. Como queriendo hacerse eco de la voz unánime del pueblo que se calculaba abarrotaría las instalaciones del teatro decidieron contar con la colaboración del Gran Chichí. El tango no podía estar ausente.

Así las cosas, con toda la amabilidad que el caso requería, invitaron a Chichí para que participara en el acto, no olvidándose de recomendarle con mucho tacto que como se trataba de una función de gala en la que estaría lo mejor del Cerro de Pasco, insinuaban la más atinada presentación de los artistas y que no dudaban que él haría lo propio. Sorprendido de que tan distinguidas damas se lo pidieran, Chichí aceptó sin ninguna condición y aseguró que estaría presente.

La noticia recorrió toda la ciudad minera. ¡¡El Gran Chichí, el cantor del pueblo, cantaría en el Teatro!!.

Llegado el día, como se esperaba, el local se abarrotó de gente. No cabía ni un alma más en sus instalaciones. En el marco de aprobación del numeroso público, los artistas fueron desfilando uno a uno por el escenario. El programa llegaba a su fin pero Chichí no aparecía por ninguna parte. Al enterarse, el público comenzó a abuchear, a silbar, a pedir a voz en cuello la presencia del artista del pueblo. Para evitar cualquier contingencia desagradable y dolorosa, destacaron a numerosos delegados con el fin de ubicarlo. Entretanto, algunos artistas trataban de calmar al público ejecutando números improvisados.

Por fin lo encontraron en una cantina de Tambo Colorado, libando muy campante con sus amigotes. Al ser recriminado por su inasistencia al compromiso, arguyó que se había olvidado de tal invitación y, cuando quiso seguir hablando, se lo llevaron en vilo al Teatro. Llegaron cuando estaban a punto de incendiar el local. Apremiados como estaban por la ocasión, lo largaron al escenario tal como se encontraba, después que el anunciador presentara
—-!Señores y señoras, nuestra espera ha tenido su premio. Aquí, para el aplauso de ustedes, el cantor del pueblo, el astro del tango: !!! El Gran Chichí. !!!!.

Una atronadora salva de aplausos recibió al artista que, cohibido, avanzó hasta el borde del escenario. Cuando los aplausos callaron para dar paso a la canción, la voz de un zafio, de esos que nunca falta en las cazuelas de los teatros del mundo, gritó estentóreamente:
— !!! Qué bonito estás, Chichí!!!.. Pero. ¿Por qué no te has cambiado, Chichí?!!!

Una risotada unánime inundó la sala al comprobarse la triste facha del artista del pueblo. Éste, humillado, avanzando al centro de esa vorágine de risas, pidió que tocaran a los guitarristas que lo acompañaban. Al iniciarse el tango las voces enmudecieron y, aquella noche, en medio de un silencio sepulcral, Chichí cantó con una clase y un sentimiento nunca más igualados, “Sus ojos se cerraron” un conmovedor tango. Las lágrimas asomaron a los asombrados ojos de los espectadores. El calor humano puesto en cada frase, en cada nota, tuvo el sortilegio de estremecer al público que emocionado hasta las lágrimas aplaudió frenética, emotiva y estentóreamente al Gran Chichí que, trataba de silenciar las aclamaciones, los palmoteos y los gritos de: !!Otro!!…. !!!Otro!!!… !!!Otro!!!, que eran unánimemente atronadores. Con los brazos en alto y los ojos húmedos, el artista consiguió que se callaran. Cuando el silencio se produjo, con voz entrecortada por la emoción, alcanzó a decir claramente:
—- Y ahora, señoras y señores, … !Voy a cambiarme! – y diciendo esto, en medio de un silencio culpable y chocarrero, abandonó la sala.

Chichí limpió los gruesos goterones que invadían sus ojos y tras un portazo se alejó de aquella gente.

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