Los Italianos en el Cerro de Pasco

Don Eulogio Fernandini rodeado de un grupo de mineros cerreños a la puerta de la oficina principal de la Negociación Fernandini en Colquiirca.
Éste fue uno de los grupos inmigrantes que más se identificó con nuestra tierra. El hábitat físicamente inhóspito pero cargado de calor humano y grandes perspectivas económicas, los atrajo en gran cantidad. Transcurrido el tiempo todavía tienen a sus descendientes recorriendo nuestras calles mineras. Silvio Ferrari dice: “Los motivos que determinaron la llegada de inmigrantes italianos a América fueron las guerras religiosas y los problemas políticos que imperaban en su lugar de origen”. Y Mario Marcone: “Los italianos llegaron al Perú a consecuencia de la expansión de actividades marino-mercantiles del puerto de Génova hacia América a partir de 1833. Por esta razón su asentamiento e inserción se hizo por medio del sector comercial de la economía nacional en un momento determinante en la historia del país (…). Lejos de ser una inmigración de sólo fuerza de trabajo, la presencia italiana en el Perú fue ante todo, una inmigración libre de individuos asociados a actividades comerciales que vieron en el Perú, buenas oportunidades para invertir capitales y energías”.

Para 1876, se registra oficialmente a 173 italianos en EL Cerro de Pasco: 141 varones y 32 mujeres jóvenes. De esa amplia nómina entresacamos los nombres de familias tan queridas e identificadas con nuestro pueblo: Acquaronne, Acatinni, Anselmi, Agostini, Albertini, Amoretti, Antognazza, Alunni, Badaracco, Beloglio, Benvenutto, Birimisa, Bongera, Brizzio, Barcellandi, Brindani, Broncano, Burbano, Cafferata, Cresce, Carozzo, Cerrutti, Cilliani, Cossío, Cútolo, Castiglionne, Cortelezzi, Ciminago, Concatto, Cianchetta, Crosas, Crescianni, Chaparro, Chiessa, Chiarella, Demosti, Devicenci, Dellepiane, Domenicone, Falconí, Ferrari, Fioranni, Fernandini, Ferruzzo, Galantini, Giosne, Gianchetto, Graciani, Ísola, Landaveri, Languasco, Lampugnani, Leardi, Lercari, Litorno, Locatelli, Luchinni, Manzini, Macchiavello, Maggela, Mascardi, Marignano (Marqués de..), Merello, Mivielo, Morosini, Mognaschi, Montórfano, Manzini, Nagaro, Pellegrini, Piana, Pinazzi, Polastri, Politorno, Puccio, Raggio, Ratto, Ravelli, Reggiani, Rossi, Roggero, Rosazza, Serpella, Solari, Sibille, Stucchi, Seretti, Tasso, Travi, Ungaro, Valdettaro, Vianni, Vattuone. (Nomina de Comerciantes Italianos en el Cerro de Pasco; CÁMARA DE COMERCIO, diciembre 1901). La mayoría de los que llegaron a “Fare l’ América”, procedían de Génova, Liguria, Oneglia, Piamonte, Lombardía, Véneto, Chiavari, Sori, Ferrada, Zoagli, Como y Santa Marguerita. Así, los Rosazza venían de la provincia de Biella, de la región de Piamonte; Los Acquaronne, de Porto Mauricio, provincia Imperia, región Liguria; los Cortelezzi de la región de Como; Los Languasco de Oneglia; los Agostini, del pueblo de San Giuliano di Puglia, provincia de Capobasso, región Milano; Los Badaracco, de la región de Lombardía; los Albertini, del pueblo de Levarange, provincia de Brescia y región, Lombardía, etc, etc, etc.

Ellos trabajaron como mineros, carpinteros, albañiles, panaderos, aviadores y, la mayor parte, como comerciantes. Ellas, como empleadas domésticas, lavanderas y cocineras.

El novelista alemán Federico GERSTAEKER -nuestro visitante en aquellos momentos- dice: “Los más dinámicos elementos del Cerro de Pasco entre todos los demás, son italianos que aquí como en Lima, han convertido las esquinas de la ciudad en cafeterías y pulperías o negocios de abarrotes. Por todas partes ofrecen bebidas, panaderías, puestos de tabaco, dulcerías y otros mil objetos, en los que no piensan otros hombres”.

A nivel nacional, para 1858, la italiana era la segunda colonia europea en importancia numérica después de la alemana, (4,472) y antes que la francesa (2,693) y española (1,397) e inglesa (1,141). En 1871, habían sido oficialmente registrados sólo 1,321, pero el Consulado de Lima afirmaba que de los 5,000 italianos establecidos en el Perú, por los menos, 3,500 residían en la capital.

En 1891 se informa que, sobre 4,511 italianos llegados al Perú; 2,179 estaban en Lima, 800 en el Callao, 172 en el Cerro de Pasco, 147 en Ica, 118 en Chincha, y 55 en Arequipa. Algunos se dedican a la atención de las famosas pulperías que en el Cerro toman el nombre de “Chinganas”, que expendía por menor, pan, queso, manteca, vino, frutas, licores y otros comestibles. Algunos italianos se dedicaron a la minería con gran éxito. En 1876, -por ejemplo- Giovanni Costa y Marco Aurelio Denegri, eran propietarios de varias haciendas minerales (Ingenios). El éxito fue tal que, en 1888, constituyeron en Génova la Sociedad “Fonderie e Miniere di argento del Perú” con un capital inicial de 400,000 libras esterlinas, aumentándolo a 700,000 al año siguiente, totalmente suscrito por genoveses. Don Marco Aurelio Denegri, además, elevó concienzudos informes de la realidad minera del Cerro de Pasco a las autoridades pertinentes.

El aporte de esta nutrida colonia italiana fue muy significativo, no sólo en el terreno comercial donde descolló grandemente reunida en el correspondiente consulado, sino también en el terreno cultural. Los diarios de aquellos años nos dan amplios detalles al respecto. Su principal característica fue la laboriosidad, tenacidad y tendencia al ahorro. Constituyeron una élite respetable que tuvo gravitante accionar en las decisiones del pueblo. Por ejemplo –para señalar sólo uno de los casos- don Antonio Acquarone, tronco de una muy respetable familia cerreña, era gran maestre de la logia masónica JUSTICIA Y UNIÓN de Firenza. En el documento que tuvimos a la mano dice: “A todos los miembros por la superficie del globo” nuestro socio, Antonio Acquarone nacido en Porto Mauricio, el cinco de mayo de 1801, comerciante que con el grado de MAESTRO ha laborado con fervor y constancia durante muchos años, ganándose el respeto y afecto de todos los miembros”. Este hombre probo y trabajador, fue muy respetado por los italianos y el pueblo en general. Como él podemos señalar a los hermanos Lercari, descendientes de don Luiggi Lercari, nacido en Génova en 1861, llegado en 1881, en momento en que los chilenos, triunfadores de la Guerra del Pacífico se apoltronaban en nuestra tierra; fue cónsul del Reino de Italia en el Cerro de Pasco a partir de 1907. Ahora Luiggi es heredero con su hermano Ricardo, de propiedades ganaderas con vacunos lecheros de excelente calidad. Como él podemos señalar a Emmanuele Chiessa, notable comerciante que, en 1881, contribuyó para armar a La Columna Pasco y, desparecida ésta en las fronteras del sur, trabajó por armar otra Columna, que luchó en San Juan y Miraflores. Salvó por una erogación general de la ciudadanía con la que se compró su vida, sentenciada por la venganza de los chilenos. Cesare Vito Cútolo Gambardella, Alcalde de la ciudad en los años 1901,1902 y 1903. Constructor del primer mercado de abastos y muchas obra más. Luiggi Ferrari, Notable poeta que en las páginas de los diarios de comienzos de siglo colabora asiduamente. Alberto Brindani, otro de los poetas surgidos en esta primera etapa del presente siglo. Don Carlos Languasco, nacido en Oneglia en 1887, fue Alcalde de la ciudad, Presidente del “Comité Carretera Cerro – Canta”, Presidente de la Sociedad de Beneficencia Pública y Cónsul del reino de Italia en el Cerro de Pasco. Bonfilio Bermiglio, concejal que conjuntamente con don Gerardo Patiño López, construyó el Mercado Central. Humberto Galantini, propulsor del deporte, socio fundador del Club Unión Railway, en el que jugó junto a Brindani y Telmo Carbajo. Página aparte merece la presencia de don Antonio Raimondi que en 1851, encontró en la ruta de Lauricocha, restos de “animales antediluvianos”, donde más tarde, Augusto Cárdich, va a descubrir los restos del hombre más antiguo del Perú. Claro que también tuvieron algunos contratiempos y problemas. Tal el caso de don Constantino Ísola, boticario recibido en la Universidad de Florencia. Se vio entrampado por una ley que disponía que las boticas sólo debieran ser administradas por nacidos en el Perú. Debido a profusos alegatos con pruebas fehacientes demostró que ningún farmacéutico se animaba a venir el Cerro de Pasco arguyendo muchas dificultades y solicitando sueldos exorbitantes y adelantos onerosos. Con los años se pudo solucionar su caso.

Como todas las demás agrupaciones extranjeras, el consulado italiano recibió a través de su vigencia, numerosas e importantes visitas; una de ellas ocurrió en octubre de 1913. Una nota periodística de entonces registra así el acontecimiento: “En el tren del viernes, arribaron de visita los turistas italianos que se alojaron en el Hotel Iberoamericano: Monseñor Antonio Vattuone, Pro- notario Apostólico y Capellán Pontificio de Roma y el joven marqués Patrizzi Giovanni, caballeros romanos quienes, además del deseo de conocer la ciudad, querían visitar la tumba de Nicolás Vattuone, hermano del prelado que se hallaba enterrado en el cementerio de la localidad”.

“Estos por su aire distinguido y su porte afable despertaron la simpatía general, especialmente de sus numerosos compatriotas que visitaron el interior de las minas y las oficinas, talleres y demás instalaciones de la compañía y la fundición de Smelter. Fueron también invitados a un almuerzo en la casa de don Pío Languasco, a una cena en el Hotel Americano y una velada champagne en el domicilio del cónsul italiano Ricardo Lercari. También visitaron el Hospital “La Providencia” y la mina “San Expedito”, de Aparicio Chávez Rey e Ibarra Hermanos, acompañados siempre de personas amigas que se esforzaban por hacerles grata la permanencia en la localidad”.

En el plano religioso influyeron bastante para acrecentar nuestra devoción por el “poverello de Asís”, San Francisco de Asís. (Fuente: Inmigración extranjera en el Cerro de Pasco” en la ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA)

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El ferrocarril en la vida del pueblo minero.

La histórica Estación de Desamparados, construida en 1904 como punto intermedio del ferrocarril que continuaba hasta el puerto del Callao transportando minerales y pasajeros. Nótese en el cartel de la puerta que dice: Ferrocarril Central del Callao al Cerro de Pasco – ESTACIÓN DE DESAMPARADOS
La irrupción del ferrocarril en la vida minera del Cerro de Pasco llegó a constituir todo un acontecimiento. Hasta ese momento, los arrieros habían sido los encargados de transportar los minerales, bienes de consumo, etc. Carlos Contreras que con mucho acierto ha estudiado esta actividad, en su artículo “Mineros, arrieros y ferrocarril en el Cerro de Pasco 1870-1904” publicado en la revista HISLA nº V- Lima- 1990:03), nos dice: “Fue en la minería más que en ninguno otro sector productivo, que el ferrocarril vino a introducir una auténtica revolución en las condiciones de producción y comercialización. No sólo ocurría que el sector minero, a diferencia el agropecuario, debió atender precozmente mercados a grandes distancias; sino que dentro de la propia unidad de producción se requirió del transporte de pesadas y voluminosas masas de mineral desde los socavones o tajos hasta las haciendas de beneficio. La puesta en marcha de la producción de metales, además, necesitaba del abastecimiento de insumos igualmente voluminosos y pesados, como la sal, la madera o el carbón. Se trataba en síntesis de una industria en la que el problema del transporte era fundamental y representaba de hecho uno de los rubros más decisivos en la determinación de los costos de producción. Ello es lo que explica por qué la historia del ferrocarril comenzó en las minas hace casi doscientos años.

El Ferrocarril Central del Perú.

Es indudable que el Ferrocarril Central del Perú es una obra verdaderamente gigantesca y espectacular. Está reconocida como una de las más grandes del siglo XIX por la dificultad que representó su construcción y la espectacularidad de su tendido. Es el ferrocarril más alto del mundo.

Esta obra, debido al genio emprendedor de Henry Meiggs, se inició en 1870 y tras avanzar 141 kilómetros, desde Lima a Chicla, se trunca en 1877, entre otras razones, por el fallecimiento de su creador y por la guerra del Pacífico de 1879.

Henry Meiggs tenía fe en que la colosal obra podía realizarse gracias a la utilidad del zig-zag que había visto en los ferrocarriles de la India y a la vía estrecha de cremallera que permite una sólida adhesión a las ruedas del ferrocarril. Esta obra de titanes, para cuya ejecución no se utilizaron las modernas maquinarias pesadas conque actualmente se cuentan, se realizó con el esfuerzo manual de los obreros y sus picos, palas, barretas y explosivos. Su construcción fue impulsada por el Presidente José Balta que consideraba urgente la explotación de las minas del Cerro de Pasco, que en ese tiempo, sólo exportaba plata dejando de lado el cobre. Era pues imperativa la construcción de esta obra ya que la expansión imperialista había aparecido vinculada al impacto de los ferrocarriles. Rory Miller, en su obra RAILWAYS AND ECONOMIC DEVELOMENT IN CENTRAL PERU 1890-1930, al evaluar los costos comparativos entre el transporte tradicional del arrieraje y el ferrocarrilero, nos demuestra claramente que el transportar una tonelada de mineral entre la Oroya y el Cerro de Paso, es dos veces más costoso y arduo mediante el arrieraje que por el ferrocarril. Es así que sin hacer caso de los detractores, el Presidente ordena el inicio de la construcción el 15 de enero de 1869 y el 3 de abril del mismo año, el ingeniero Ernesto Malinowski entrega a Meiggs los planos de los primeros tramos y, el 18 de diciembre de 1869, después de varios reajustes, se acepta la propuesta a un costo de veinticinco millones de soles.

Entre los muchos problemas que se presentaron, hay que considerar en primer lugar, la falta de mano de obra calificada que tuvo que afrontarse contratando a obreros chilenos y chinos que, conjuntamente con los peruanos, emprendieron esta obra colosal. La fiebre que diezmó a esos heroicos trabajadores, como lo sabe todo el mundo, fue afrontada con decisión y entrega científica por nuestro mártir Daniel Alcides Carrión.

De las generalidades del Ferrocarril Central, señalaremos que el punto más alto por donde pasa, es LA CIMA a 4,817 metros sobre el nivel del mar. Es el más alto del mundo. Atraviesa 62 puentes y 67 túneles. La construcción hasta la Oroya, con un avance de 222 kilómetros, se concluyó el 10 de enero de 1893, y en 1905, se prolonga hasta Huancayo, concluyéndose el 24 de setiembre de 1908. Al Cerro de Pasco entró el ferrocarril a las doce del día del 28 de julio de 1904.

LA LLEGADA DEL FERROCARRIL AL CERRO DE PASCO

La irrupción del ferrocarril en la vida minera del Cerro de Pasco llegó a constituir todo un acontecimiento. Hasta ese momento, los arrieros habían sido los encargados de transportar los minerales, bienes de consumo, etc. Carlos Contreras que con mucho acierto ha estudiado esta actividad, en su artículo “Mineros, arrieros y ferrocarril en el Cerro de Pasco 1870-1904” publicado en la revista HISLA nº V- Lima- 1990:03), nos dice: “Fue en la minería más que en ninguno otro sector productivo, que el ferrocarril vino a introducir una auténtica revolución en las condiciones de producción y comercialización. No sólo ocurría que el sector minero, a diferencia el agropecuario, debió atender precozmente mercados a grandes distancias; sino que dentro de la propia unidad de producción se requirió del transporte de pesadas y voluminosas masas de mineral desde los socavones o tajos hasta las haciendas de beneficio. La puesta en marcha de la producción de metales, además, necesitaba del abastecimiento de insumos igualmente voluminosos y pesados, como la sal, la madera o el carbón. Se trataba en síntesis de una industria en la que el problema del transporte era fundamental y representaba de hecho uno de los rubros más decisivos en la determinación de los costos de producción. Ello es lo que explica por qué la historia del ferrocarril comenzó en las minas hace casi doscientos años.

El Ferrocarril Central del Perú.

Es indudable que el Ferrocarril Central del Perú es una obra verdaderamente gigantesca y espectacular. Está reconocida como una de las más grandes del siglo XIX por la dificultad que representó su construcción y la espectacularidad de su tendido. Es el ferrocarril más alto del mundo.

Esta obra, debido al genio emprendedor de Henry Meiggs, se inició en 1870 y tras avanzar 141 kilómetros, desde Lima a Chicla, se trunca en 1877, entre otras razones, por el fallecimiento de su creador y por la guerra del Pacífico de 1879.

Henry Meiggs tenía fe en que la colosal obra podía realizarse gracias a la utilidad del zig-zag que había visto en los ferrocarriles de la India y a la vía estrecha de cremallera que permite una sólida adhesión a las ruedas del ferrocarril. Esta obra de titanes, para cuya ejecución no se utilizaron las modernas maquinarias pesadas conque actualmente se cuentan, se realizó con el esfuerzo manual de los obreros y sus picos, palas, barretas y explosivos. Su construcción fue impulsada por el Presidente José Balta que consideraba urgente la explotación de las minas del Cerro de Pasco, que en ese tiempo, sólo exportaba plata dejando de lado el cobre. Era pues imperativa la construcción de esta obra ya que la expansión imperialista había aparecido vinculada al impacto de los ferrocarriles. Rory Miller, en su obra RAILWAYS AND ECONOMIC DEVELOMENT IN CENTRAL PERU 1890-1930, al evaluar los costos comparativos entre el transporte tradicional del arrieraje y el ferrocarrilero, nos demuestra claramente que el transportar una tonelada de mineral entre la Oroya y el Cerro de Paso, es dos veces más costoso y arduo mediante el arrieraje que por el ferrocarril. Es así que sin hacer caso de los detractores, el Presidente ordena el inicio de la construcción el 15 de enero de 1869 y el 3 de abril del mismo año, el ingeniero Ernesto Malinowski entrega a Meiggs los planos de los primeros tramos y, el 18 de diciembre de 1869, después de varios reajustes, se acepta la propuesta a un costo de veinticinco millones de soles.

Entre los muchos problemas que se presentaron, hay que considerar en primer lugar, la falta de mano de obra calificada que tuvo que afrontarse contratando a obreros chilenos y chinos que, conjuntamente con los peruanos, emprendieron esta obra colosal. La fiebre que diezmó a esos heroicos trabajadores, como lo sabe todo el mundo, fue afrontada con decisión y entrega científica por nuestro mártir Daniel Alcides Carrión.

De las generalidades del Ferrocarril Central, señalaremos que el punto más alto por donde pasa, es LA CIMA a 4,817 metros sobre el nivel del mar. Es el más alto del mundo. Atraviesa 62 puentes y 67 túneles. La construcción hasta la Oroya, con un avance de 222 kilómetros, se concluyó el 10 de enero de 1893, y en 1905, se prolonga hasta Huancayo, concluyéndose el 24 de setiembre de 1908. Al Cerro de Pasco entró el ferrocarril a las doce del día del 28 de julio de 1904.

EL INOLVIDABLE “PATAS A LA OREJA”

!!!…Patas a la oreja…!!!

El rebenque de su grito, seguido de una retahíla de juramentos e indecencias, restallaba zafio en las calles cerreñas. Ebrio, con paso inseguro, viniendo de varias direcciones, caminaba bamboleante por las arterias pueblerinas. Muchos eran los personajes a quienes dedicaba lesivos improperios, especialmente si lo encontraba en su trayecto. Los apuñalaba con sus agresivos ojos sanguinolentos en tanto su lengua -mortal estilete- hería y volvía a herir la dignidad de los agredidos con negras verdades o mentiras inventadas. Entonces los aludidos desandaban el camino o se cambiaban de acera.

!!!…Patas a la oreja…!!!

Vivía convencido que era víctima de la calumnia. Estaba seguro que algún cobarde, presionado por las urgencias del suplicio, le había atribuido una canallada que no había cometido. Durante su larga estancia en el Frontón acusado de matar al Prefecto de Pasco, había buscado inútilmente en su memoria -andando y desandando imaginariamente sus pasos- a quién podía haberlo calumniado de esa manera. En vano hurgó en sus vigilias. Todo lo que había conseguido era una lista de presuntos soplones a los que buscaba infructuosamente, juzgándolos culpables de su negro destino.

!!!….Patas a la oreja…!!!

Iracundo y soberbio, afirmaba que en cuanto encontrara a los culpables de su desgracia, les molería la cara poniéndoles las patas a la oreja, afirmación ésta –bullanguera y fanfarrona- que sepultó su verdadero nombre en la memoria del pueblo. Desde entonces, el zurriago de su apodo, supervivió vigente y sonoro. Gritaba que a los soplones les sacaría los ojos y los dientes; que aplastaría los labios delatores; que les haría papilla las manos implorantes.

!!!…Patas a la oreja…!!!

Había sido perseguido como un criminal. La enloquecida brújula de su fuga lo había llevado a lugares remotos y extraños. Selva, costa, sierra. !Siempre fugando!. Cuando lo encontraron, maniatado y sangrante lo arrojaron sobre las arenas del Frontón. Es entonces que descubrió la negra monstruosidad de la palabra soledad… !Ni un pariente!… !Ni un amigo!… !Ni un conocido!…!Nadie!.

!!!…Patas a las oreja…!!!

Cuando salió de presidio, nadie lo esperaba. Estaba tan sediento de comprensión y compañía que decidió retornar a la tierra amada a rehacer su vida. El largo camino y la medrosa llegada a su hogar en busca de su mujer. No la encontró. Compungidas y misteriosas las antiguas vecinas le informaron que a poco de iniciarse la persecución, su mujer, se había marchado con un guardia republicano. !Maldita sea!.

Entonces supo que sin ayer ni mañana, sólo la compañía de las botellas podían atenuar su locura vengativa, su obsesionante delirio de persecución. En ese tiempo conoció al “Chalaco”, maduro y bondadoso cargador, saturado de penas y amarguras, con el que prodigó sus interminables brindis. El “Chalaco” lo llevó al gremio y lo hizo cargador. Dúctil e inteligente, “Patas”, fue elegido Secretario General del grupo. En el cargo pondría al descubierto sus grandes dotes de luchador y dirigente. Los hombres de su gremio comenzaron a respetarle y a obedecerle.

!!!…Patas a la Oreja…!!!

Era un cholo macizo y musculoso, con la cabeza mediana y miembros que parecían de acero por su dureza y resistencia. Su cara cobriza, parecía tallada en granito; nariz larga y aguileña; boca, grande de labios delgados; frente, estrecha y llena de surcos; mejillas, enjutas y lisas que resaltaban sus pómulos salientes; greñas rebeldes y crecidas que se extendían en su negra y uniforme extensión, desde la frente hasta los hombros. Era un claro y regio ejemplar de cholo cerreño.

Su cuerpo, compacto y musculoso, se cubría íntegramente con un mameluco amarillo, “Campeón”, debajo del cual, sólo una truza de fútbol, eran su única ropa interior. Cruzada sobre su pecho –cananas guerreras-, una soga, en varias vueltas, proclamando su ocupación de cargador; para probarlo, en el lado izquierdo de su descolorida indumentaria, una remachada placa de bronce, donde se leía: CARGADOR. Calzaba toscos zapatones acribillados de recios clavos de bomba, llamados “rompebuques”,.

Como todos, yo también tenía muchos prejuicios contra él; hasta que llegué a conocerlo.

Una noche que había ido en busca de noticias al Hospital Carrión, me informaron que el único suceso que podían hacer de mi conocimiento, era la muerte del “Chalaco”, el humilde cargador que aquella misma mañana había sido encontrado muerto a la puerta del almacén de Vicente Vegas. Efectuada la autopsia, se determinó que su fallecimiento se debía a un edema pulmonar agudo. Después de esta información, pase a la morgue a ver el cadáver. Cuando subí las escaleras y llegué a la elevación donde estaba el mortuorio, alcancé a distinguir, entre la penumbra del antro, en la parte superior de la losa donde yacía el difunto, una vela iluminando el frío cadáver, todo amoratado, como si acabara de ser pintado; a un costado, sobre una vieja silla, el solitario “Patas a la Oreja”. Solo, mudo y contrito, como un viejo ídolo. Tenía los carrillos abultados de coca; en la mano derecha un cigarrillo y sobre el piso, una botella de aguardiente de caña.

Había que ver el rostro del “Patas”. Pálido de pesadumbre, mirando fijamente los despojos de su amigo; de su único amigo: “El Chalaco”. Enternecido por la escena de verdadera fidelidad amical, me retiré sin decir nada. Aquella vez, “Patas a la Oreja”, amaneció velando a su amigo y, al día siguiente, muy de mañana, reunió a todos los cargadores, realizó una erogación, y compró un tosco ataúd con el que sepultó al “Chalaco”.

Un ser humano capaz de este hermoso gesto, no podía ser malo; todo el pésimo concepto que tenía de aquel hombre, cambió por completo.

La oportunidad de hablar personalmente con él y de llegar a conocerlo más, me lo ofreció el deporte.

Aquella tarde se jugaba el partido definitorio de basketball para representar a Pasco en el Campeonato Nacional Escolar. Se enfrentaban los equipos del Colegio Nacional Carrión y del Instituto Nacional Industrial No 3. Viejos y encarnizados rivales de siempre.

Al llegar a la puerta donde había numeroso público, vi pugnando por infiltrarse gratuitamente, a “Patas a la Oreja”. Abrí campo y le hice ingresar. Ya dentro, me agradeció el gesto y me deseó mucha suerte en el partido.

Al finalizar el primer tiempo, las acciones del cotejo estaban equilibradas. El marcador señalaba un empate. En eso entró en el vestuario. Era visible su preocupación. Se me acercó y comenzó a alentarme.
— !Mala suerte, caracho!!…!Mala suerte!!. Ustedes están nerviosos. Necesitan tranquilizarse. !Han perdiendo muchas canastas…!
— Así es, “Patas”, así es…
— Mira, crespito –me dijo confidencial- Yo te voy a prestar la medalla de la Virgen Milagrosa. !Póntela y vas a ver cómo cambian las cosas! – uniendo la acción a la palabra desabrochó su mameluco, y me enseñó una gigantesca medalla colgada de su cuello mediante un cordel- !Póntela crespito!…!Te la presto!!!- y se la quitó del cuello. En ese momento pude ver que la medalla de plomo, del tamaño de un plato de postre, le había pintado todo el pecho de un negro retinto y brilloso.
— Gracias, hermano –le respondí- Pero tú ves que la medalla es demasiado grande. El árbitro me la hará quitar.
— Tienes razón crespito, pero no importa; yo voy a rogar para que ustedes ganen, porque ella, es muy milagrosa. Ella es mi madre. La única que me quiere. !Ya verás! – dio un beso a la medalla y se la volvió a poner abotonando su mameluco. !!!Suerte!!!.
— Gracias “Patas”.

Así nos conocimos.

A partir de entonces nos volvimos a encontrar muchas veces. Él siempre amable y respetuoso se acercaba a saludarme de donde estuviere. En todo ese lapso su aliento de alcohol y de coca jamás lo abandonó.

Una mañana que iba a mi trabajo lo encontré que venía compungido y vacilante de la Comisaría. Sus pasos eran cansinos y torpes. Su mameluco amarillo todavía conservaba la humedad que las sogas ostentaban a las claras. Los policías le habían flagelado despiadadamente, bañándole con el agua de lluvia. Su cuerpo aterido temblaba ostensiblemente. Su rostro tenía un aspecto que nunca le había visto.
— “Patas”….¿Qué te pasa hermano?- pregunté.
— !Me han baldeado y me han castigado Checha (así comenzó a llamarme).
— Pero… ¿Por qué?…. ¿Qué has hecho?.
— Me han culpado de un robo en el Mercado… pero yo no lo he cometido… !Te lo juro, Checha!… !Te lo juro!.
— Te creo, hermano, te creo.
— Me han tenido dos días remojándome en agua fría y sin darme ni una miga de pan para alimentarme… Y lo que es peor, Checha, me han prohibido volver al Mercado…
Era lastimoso el aspecto que presentaba el pobre hombre. Su mirada siempre agresiva y desafiante, era ahora de una pasividad conmovedora.
— Mira, hermano –le dije-. Yo tengo pensión donde el “Chunchulín” Pérez. Vamos allá para que tomes algo caliente y desayunes.
— Gracias, Checha.

El hambre atrazado que tenía determinó que, en poquísimos minutos, diera cuenta de dos platos de avena y cuatro panes con mantequilla. Ya más tranquilo, comenzó a beber café caliente.
— Gracias, Checha. Que Dios te lo pague – su voz era débil pero cargada de emoción.
— No tienes por qué dármelas, hermano. Pero, ¿Ahora qué vas hacer?…Ya no podrás ni cargar en el Mercado….
— Así es, Checha. No sé lo que voy hacer…No sé… Encontraré algo.
— Mientras tanto espero que no sigas bebiendo – Dije

Un silencio de inquietud embarazosa invadió la sala.

— ¿Por qué bebes tanto, hermano?… ¿Qué es lo que pasa contigo? –seguí preguntando. Después de un largo silencio, “Patas a la Oreja” me contestó.
— Tú no sabes lo que es mi vida, Checha. Cuando estoy sano, sin ningún trago encima, siento vergüenza de ser lo que soy; pero lo que más me duele, es comprobar que no tengo parientes ni amigos… Cuando estoy sano me doy cuenta de lo que me pasa, y soy consciente de que nadie me quiere…!Todos me desprecian…!!!
— ¿Por eso tomas?
— Sí, hermano, sí – era lastimosa la ansiedad con que hablaba. Como una confesión que la hubiera estado guardando en el alma, dejaba deslizar sus palabras por sus labios amoratados – Cuando estoy borracho, pierdo toda la vergüenza y, puedo hablar con cualquiera; inclusive, me quedo a dormir donde la noche me llegue- hizo una pausa ahogado por un profundo suspiro, luego prosiguió – Cuando estoy borracho, no me importa que me desprecien, porque yo también les desprecio..
— ¿Por qué…?
— !Todos son malos, Checha. Todos son malos. Son unos canallas.
— ¿Por eso los insultas…?
— !Claro!. Todos son malos, aunque yo soy el peor de todos…Yo no tengo remedio.
— Mira, hermano. En primer lugar todos no son malos; y en segundo lugar, los hombres podemos rehacer nuestras vidas…
— Eso lo dices tú, porque nunca te ha pasado lo que a mí me ha pasado…Yo he nacido marcado por un negro destino…
— ¿El destino…?
— !Claro, hermano, claro: El destino….
— ¿Qué es para ti el destino, “Patas”?.
— Para mí, Chechita –quedó pensativo un rato y luego continuó- el destino es un niño cruelmente juguetón y despiadado. Yo soy su juguete preferido…

Cuánta verdad había en sus palabras. Cuánto dolor en sus reflexiones. Bajó la mirada apesadumbrada y cuando la volvió a levantar después de un rato, esos ojos ayer coléricos y provocadores, estaban inundados de dolor y parecían las de una criatura desvalida. “Patas a la Oreja”, estaba llorando. !Quién lo creyera!.

No, el hombre no era malo. No podía ser malo.

Aquella mañana la pasamos conversando animadamente. Hablaba con calor, con una vehemencia inusual, casi con frenesí. Me daba la impresión de que todas aquellas palabras que pronunciaba, salían quemantes de su alma donde Dios sabe por qué oscuros designios, las había guardado por muchos años. En este tiempo de cálido coloquio amical, me abrió su corazón de par en par, dejando al descubierto hermosos recuerdos de su primera juventud; las dolorosas evocaciones de sus continuas frustraciones; sus más nobles sentimientos y su más acerbas agonías. A medida que hablaba, con entusiasmo cada vez más creciente, sus ojos se iban iluminando con un brillo extraño, lleno de vida y entusiasmo. !Cuánto bien le estaba haciendo aquella plática!. No necesitaba decírmelo. Ahora era otro hombre. Viéndolo así, radiante y optimista, quise apoyar su entusiasmo.
— Mira, hermano. Te ofrezco mi casa. Tú sabes yo vivo solo en el barrio Misti. Ocupo el primer piso pero el segundo está desocupado. !Tú puedes vivir allí!.
— Gracias, Checha muchísimas gracias por tu ofrecimiento. Pero creo que tienes razón. Todos tenemos oportunidad de rehacer nuestras vidas. Tú acabas de decírmelo…!!!Yo lo voy a intentar…!!!
— Claro, hermano, así se habla…!
— Te prometo, Checha, te juro hermano, que todo lo que me ponga, todo lo que coma, será con el dinero de mi trabajo. Y cuando tenga plata, alquilaré una casa y seré otro hombre. Te juro, hermano. Te juro que en tanto no sea fruto de mi trabajo, no probaré alimento alguno…!!! Te lo juro…!!!

Qué sinceridad translucían sus palabras. Qué emoción en su actitud, y cuánta limpieza en su mirada. No había nada que hacer. Aquella conversación le había hecho mucho bien a mi amigo. Su continente rebosaba un cambio notable cuando nos despedimos.

Eran los últimos días de octubre.

La llegada del primero de noviembre originó un inusitado movimiento en el pueblo. Todos se preparaban para recordar con recogimiento el “Día de los Santos Difuntos”. Todo el recorrido de las calles que conducen al cementerio estaba vestida de carpas y toldos. Las calles adyacentes al Mercado Central repletas de una abigarrada multitud de coronas. En grandes canastos, las tradicionales vendedoras ofrecían hermosas muñecas de harina y yeso: las “Tantahuahuas”, palomas de tamaños y formas diversas: los “Urpay”; una diversidad de llamas y caballos de pan. Tarjetas con recordatorios de diversos contenidos. Sin embargo, aquel año, el “Día de los Santos Difuntos” no fue como los anteriores. Desde el último día de octubre, un nevazón de grandes proporciones se había declarado en la cimera ciudad del Cerro de Pasco. La tormenta de nieve, inmisericorde y continua, cayó el primero y el dos de noviembre, día y noche.

La mañana del tres de noviembre, tras dos días de implacable tormenta, el ambiente se había aclarado, dando paso a la gloria de un azul intenso del cielo. La nieve había amainado y, un sol franco y agresivo, enviaba sus luminosos tentáculos sobre la tierra olvidada. Aquí y allá, los muchachos del pueblo, habían hecho gigantescos muñecos de nieve. El piso cenagoso con vestigios de nieve, hacía intransitable el camino al cementerio.

Bien entrada la mañana me dirigí al camposanto y cuando estaba por llegar a la puerta principal, advertí que un conglomerado de hombres y mujeres curiosos, se aglutinaban en derredor de una carpa. Me enteré que el juez se disponía a “levantar” un cadáver. Llevado por una punzante premonición me acerqué y, lo que vi, me anudó la garganta haciéndome temblar el corazón. Allí estaba él, el pobre “Patas a la Oreja”, clavado por docenas de ojos conmiserativos y curiosos; con su mameluco amarillo y las cananas de sus sogas obreras, en una posición dramática. Parecía una momia ancestral. Acurrucado, como si se tratara de conservar el calor rebelde y huidizo. Las cuencas de sus ojos, parecían negros hoyancos donde sepultaba la muerte de su mirada. !Que paz y serenidad había en su rostro cobrizo y ojeroso!.. Lo que más me estremeció, fue ver entre sus rodillas, dos latas de pintura: negra y blanca; parecían adheridas a sus carnes, en tanto que sus manos de un frío marmóreo, aprisionaban fuertemente un par de heroicas pero invictas brochas con las que debía ganarse el sustento.

Las gentes le habían visto llegar y sentarse al lado de la carpa. Todos pensaron que estaría ebrio y que buscaba dormir la borrachera. Así llegó la noche, y el día siguiente; la nieve siguió cayendo y él, inmóvil, en el mismo lugar. Cuando luego de limpiar la nieve de su rostro y sus espaldas trataron de despertarle, comprobaron que su cuerpo, duro y rígido como un carámbano, ya era cadáver.

Estoy seguro que en cumplimiento de su promesa. Aquel día había ido al cementerio a ganarse unos soles pintando las cruces de las tumbas. La nieve implacable impidió que cumpliera su proyecto. En vano esperó. La nieve siguió cayendo. El orgullo de su hombría le impidió pedir nada, ni siquiera un lugar para guarecerse.

Se acurrucó detrás de la carpa para no molestar, inmóvil, abatido. El frío despiadado iría saturando su cuerpo, agarrotando sus músculos, endureciendo sus miembros, sumiéndole en una somnolencia apremiante. Era la muerte que llegaba, silenciosa y cruel, atenuando sus pasos en la nieve indolente; y él, al verla acercarse, sereno y altivo, la esperó como un hombre, y luego se fueron callados, sin un gemido, sin una lágrima, en silencio.

Ya en el Hospital, después de la autopsia, entrevisté al médico.
— ¿De qué murió, doctor…? – pregunté conmovido.
— Por efecto de una pulmonía fulminante.
— ¿Habría estado ebrio…?
— No. Ni una sola gota de alcohol había en sus entrañas. Ni una sola. Pero lo que más me llama la atención es que, el pobre hombre, no tenía ni un gramo de alimento en el estómago. Seguramente no había comido nada en muchos días.

Aquella misma tarde, con su viejo mameluco amarillo como sudario y su enorme medalla de la virgen como metálico escapulario, cruzado por sus inseparables sogas compañeras, “Patas a la Oreja” fue colocado blandamente sobre un burdo cajón negro. A las cuatro de la tarde, presididos por las salmodias del “Cura Bolo”, cuatro cargadores, desiguales y bamboleantes, llevaban el féretro. Los pasos inseguros de los hombres, unos más altos que los otros, originaban un balanceo rítmico como si lo llevaran, hamacándole. El pobre “Patas a la Oreja”, iba meciéndose y arrullado por la soledad y el silencio.

Al borde de su humilde tumba, traspasado de dolor y de angustia, sólo alcancé a musitar:
— Gracias, “Patas”. Gracias, hermano, por tu hermosa lección de coraje y de hombría.

Así nació la Universidad del Cerro de Pasco


LA MARCHA DE SACRIFICIO
La mañana del 23 de diciembre de 1963, un grupo de alumnos de la Universidad Comunal del Centro del Perú, filial Cerro de Pasco, comandados por su presidente de la Federación iniciaba la gloriosa Marcha de Sacrificio que culminó con éxito. El fruto de esa hazaña fue la creación de la UNIVERSIDAD NACIONAL DANIEL ALCIDES CARRION que, el 23 de abril, cumple 45 años de fundada. Los alumnos que realizaron aquella inolvidable proeza fueron: César Pérez Arauco, Luis Aguilar Cajahuamán, Fulgencio López Castillo, Max Fernández Figueroa, Félix Luquillas Hualpa, Raúl Canta Rojas, Nectalio Acosta Ricse, Antonio Arellano Martorell, Antonio Torres Andrade. Joaquín Cortina Valverde, Carlos Aguilar Ramírez, Hipólito Cabello Livia, Víctor Dávalos Delgado, Ruth Gálvez Bravo. Teresa Idonne Isla, Juana Espinoza Celestino, Lucía Álvarez Luchini, Elián Marcos Cárdich, Andrés Rosas Clemente, Julio Baldeón Gabino, Juan Casas Delgado, Ernesto Misari, Juan Agüero de la Matta, Eduardo Mayuntupa Punto y Oscar Berrospi López (Todos alumnos. No participó ningún profesor). Pascual Córdova y Gabriela Da Silva (Enfermeros), José Illanes (Bombero).
La siguiente es la ley que la creó:

LEY DE CREACIÓN Nº 15527 DE LA
UNIVERSIDAD NACIONAL DANIEL ALCIDES CARRIÓN

“Ramiro Prialé Presidente del Congreso.-
Por cuanto.- El Congreso ha dado la ley siguiente:
El Congreso de la República Peruana.- ha dado la ley siguiente:
Artículo Primero: La filial universitaria que funcionando en el Departamento de Pasco, integre la Universidad Nacional del Centro del Perú se convierte en la Universidad Nacional Daniel Alcides Carrión de Pasco, sujeta al régimen de Ley Nº 13417.
Artículo Segundo: La Universidad Nacional Daniel Alcides Carrión de Pasco estará integrada por las facultades de Ingeniería de Minas, Educación y Ciencias Económicas, así como por las demás facultades, Institutos, Escuelas y organismos de extensión cultural que la autoridad universitaria establezca.
Artículo Tercero: Los fines de la Universidad Nacional Daniel Alcides Carrión de Pasco, entre otros son los siguientes
a. La formación humanística y pedagógica de docentes que estén capacitados para colaborar en la resolución del problema educacional del indígena, tanto en niños como en adultos.
b. Promover la investigación científica y tecnológica para lograr el desarrollo social y económico de la región Central de la República, así como mejor el mejor aprovechamiento de los recursos naturales del Departamento de Pasco.
c. La difusión de los conocimientos necesarios para la elevación de los niveles de la vida de los habitantes de la región; y
d. La formación de los técnicos de grado superior y medio, así como la capacidad de obreros en labores propias de la región.

Artículo Cuarto: La Universidad nacional Daniel Alcides Carrión de Pasco, establecerá centros de capacitación de obreros, destinados a formar obreros especializados y técnicos artesanales.
Artículo Quinto: Constituyen rentas de la Universidad Nacional Daniel Alcides Carrión de Pasco:
a. Las que en la actualidad corresponden a la ex filial de Pasco;
b. Los ingresos que reciban por derechos que abonen sus alumnos y por los trabajos científicos y técnicos que se realicen;
c. Los legados y donaciones que le hagan y el producto de los bienes de las fundaciones que se constituyan a su favor;
d. Las partidas que se asignen anualmente en el Presupuesto Funcional del Gobierno Central; y

e. La ayuda económica que le brinde los organismos internacionales de promoción cultural y económica.

Articulo Sexto: La Universidad Nacional Daniel Alcides Carrión de Pasco, como persona jurídica de Derecho Público Interno, esta autorizada para contratar con organismos nacionales e intencionales, préstamos para dotarse de los medios necesarios.
Disposiciones Transitorias:
Primera.- En tanto se realice la adaptación del régimen de la Ley Nº 13417 la Universidad Nacional Daniel Alcides Carrión de Pasco, conservará su actual estructura académica, administrativa y económica.
Segunda.- El actual Concejo Universitario que gobierna el Claustro Universitario, de conformidad con lo dispuesto en la Ley 13417 y, en el término de treinta días, a partir de la fecha de promulgación de la presente ley, formulará y aprobará los estatutos de la Universidad.
Tercera.- La elección del Rector y del Vicerrector se hará en la Asamblea Universitaria, convocada para este objeto dentro de los treinta días siguientes de la aprobación de los estatutos. Al término del primer año deberán estar constituidos todos los organismos de gobierno de la Universidad Nacional Daniel Alcides Carrión de Pasco.
Cuarto.- Los docentes que en la actualidad sirven al claustro universitario de Pasco regularizarán su situación económica, de conformidad con la Ley 13417, en el término de tres años. Comuníquese al Poder Ejecutivo para su promulgación. Casa de Congreso, en Lima, a los treinta días del mes de marzo de mil novecientos sesenta y cinco.
RAMIRO PRIALE, Presidente del Senado. VÍCTOR FREUNDT ROSELL, Presidente de la Cámara de Diputados. LEONIDAS CRUZADO DE QUIROZ, Senador Secretario WASHINGTON ZÚÑIGA DE TRELLES, Diputado Secretario.
Al señor Presidente Constitucional de la República.
Por tanto:

No habiendo sido promulgada oportunamente por el Poder Ejecutivo, en observancia con lo dispuesto en el artículo 129º de la Constitución [de 1933], mando que se publique y se comunique al Ministerio de Educación Pública, para su cumplimiento.
Casa de Congreso, en Lima, a los doce días del mes de abril de mil novecientos sesenta y cinco.
RAMIRO PRIALE, Presidente del Congreso.
TEODORO BALAREZO LIZARZABURU, Senador Secretario del Congreso.
WASHINGTON ZÚÑIGA DE TRELLES, Diputado Secretario.
Lima, veintitrés de abril de mil novecientos sesenta y cinco.
CÚMPLASE, COMUNÍQUESE, REGÍSTRESE, PUBLÍQUESE y ARCHÍVESE.
General de Brigada ERNESTO MONTAGNE SÁNCHEZ Ministro de Educación.

“El Pulpo” Tomás Alunni, un triunfador

Cansado de recibir tanto castigo en la escuela, un día se rebeló. No fue el tener que arrodillarse sobre agudas chapas clavadas sobre duros maderos, ni los palmetazos, ni los rebencazos a calzón quitado que determinaron su abandono de los estudios. Lo que no pudo soportar fue que cada mañana, delante de todos los alumnos, se le humillara poniéndolo al frente como ejemplo de indisciplina, de incumplimiento de tareas y más aún, de incompetencia. Bien sabían sus maestros que él se defendía heroicamente en cada uno de los cursos que dictaban, sólo que a veces sus cuadernos no estaban al día. Para eso, estudiando le robaba horas al sueño del trabajo nocturno en la panadería del español Daniel Sascó. Allí se amanecía de claro en claro ayudando a los maestros panaderos y, a las siete de la mañana, después de despachar los panes en los carros que iban a los campamentos mineros, tomaba su “Chimpuca” –bebida parecida al café hecho con las cenizas del pan quemado- con dos toletes y marchaba a la escuela. ¿Qué tiempo le quedaba para hacer las tareas?. Eso, todos los días. Su pobre madre, fámula de los Nicánder, cayó en la desgracia al enamorarse del italiano Guiseppe Alunni, un empleado de los Sibille que un día desapareció dejándola embarazada. Aferrada a su hijo como a una tabla de salvación, le dio todo lo que estaba a su alcance, aunque era muy poco lo que tenía. El muchacho tuvo que trabajar para ayudarla.

Con el paso del tiempo fue creciendo hasta adquirir una talla notable. Sus músculos tomaron consistencia de acero y su carácter manifiesta hosquedad. Levantisco y pendenciero, aún muy joven, se convirtió en un gran trompeador. Eran continuas sus broncas con Lucho Llanos de la Matta, los hermanos Woolcott, Israel Huamán, “Rogromanca” Mendoza, “Piñachuncho” Bustamante, “Muqui” Torres, “faites” cerreños de aquellos años. Fue el único capaz de bañar en sangre y dejarlo sin sentido al descomunal matón de la escuela, un tal Marcial Riofano, sargento licenciado del ejército que tenía bajo el dominio del terror a la chiquillería de la escuela.

Precoz adolescente, alto, blanco, de cabellos rubios y encrespados, advirtió que su sex – appeal crecía notablemente abonando su ego. Entonces decidió aumentar su atractivo asistiendo al gimnasio del italiano Paolo Merello, paisano y amigo de su padre. Lo que consiguió en poco tiempo fue admirable. Un envidiable cuerpo atlético y un poder de seducción inigualable.

Por aquellos años arremetía con furia la fiebre del Catchascán. Los jóvenes peruanos no hablaban de otra cosa. Los periódicos de entonces, especialmente, “La Crónica”, con extraordinarias fotografías, refería las hazañas del “Yanqui” en el vuelo final de su invencible avión; “El Conde” y su doble Nelson; “El Tanquecito” y su candado demoledor; “Renato el Hermoso”, perfumado y chuchumecón, maestro inigualable de la doble clavada; Vicente García, atuendo de torero y técnica excepcional; los elegantes “Rey Namur”, “El Peta”. Otro grupo -el de los odiados- cochinos como ellos solos, sin ley, sin contención arbitral posible, sin asco, “Penado 14”, “Marciano”, “Aragón”, “El Toro”, “Jack Sabú” , “El Mogol”, y “La Hiena Chaqueña”.

Su aspiración de ser un destacado luchador lo llevó al “Recreo Carrión”, catedral del deporte cerreño. Allí, con otros aficionados como él, fabricaron el ring y tras clavar durmientes y tablas, parchar lonas y amansar sogas comenzaron el arduo entrenamiento inventando llaves, ejercitando tacles y patadas voladoras. A un costado, barras y argollas, pesas y mancuernas. Aquí se prepararon por un buen tiempo, Israel Huamán, Roberto Woolcott, Etelvino Segovia, Elpidio Gamarra, Román Suasnabar, Carlos Minaya Rodríguez y el joven Tomás Alunni. Para estar a tono con la moda, urdieron sus apodos correspondientes: “El Corsario”, “El Capitán Maravilla”, “El cruel Bucher”, “El Gran Segovia”, “El Rebelde”, “Montañita”, “Tanquecito” y el debutante, “Pulpo”. Así se hizo llamar Tomás: “El Pulpo”.

La ilusión provinciana del éxito y la expectativa generalizada de la afición, experimentó un remezón extraordinario cuando se anunció la presentación de la “Caravana del Luna Park”, con su selección de notables luchadores.

Aquel día no cabía ni un alma más en el “Recreo Carrión” – viejo corralón adecuado para el caso- en el que, además de las incontables “sillas de ring”, que costaban un ojo de la cara, se adecuaron galerías laterales para las “populares”.

Tras la presentación de los luchadores locales, se efectuó una notable exhibición de las estrellas nacionales del catch. Todos quedaron felices y contentos. Tomás Alunni no perdió la oportunidad y habló con el jadeante administrador Max Aguirre y fue aceptado para integrar la caravana, pero no como luchador, sino como muchacho de los mandados y utilero. A él no le importó. Ya se ganaría el ascenso. Lo importante ya lo había logrado: entrar en ese mundo de ensueño. Empacó sus magras pertenencias, recibió la bendición de su madre, y sin decir una palabra a nadie más, partió con la “troupé” de espectaculares fortachones.

Al instalarse en un cuartucho del “Luna Park” de Lima estaba cumpliendo la primera parte de su sueño de joven hasta entonces despreciado y mal visto. Se convirtió en el diligente y rápido muchacho de los mandados; el carpintero que arreglaba sillas, graderías e instalaciones; el artista que iluminaba los llamativos carteles anunciantes; el atinado remendador de lonas del ring y la carpa. Los luchadores, testigos de la agotadora gestión del joven provinciano, no sólo le dispensaron su amistad sino también su admiración. Entretanto, él no perdía ocasión de observar los diarios entrenamientos y participar de ellos y, con un trabajo tesonero y constante, desarrolló masas definiendo músculos. Después de un buen tiempo y viendo su considerable progreso, “El Chiclayano” -su amigo del alma- consiguió que debutara en una pelea inolvidable en la que doblegó a “Jack Sabú”. Desde entonces, los triunfos de “El Pulpo”, se sucedieron uno tras otro con extraordinaria regularidad. Dejó de ser el muchacho de los mandados y las reparaciones y, “pinta brava”, se convirtió en un atractivo luchador, admirado por el elemento femenino numeroso y pugnaz. Engrosó la fila de luchadores limpios de técnica depurada y “La Crónica” comenzó a promocionarlo. Un día, cuando nominaron la selección peruana de luchadores para competir en la “Arena México”, con los mejores del país del norte, él fue seleccionado. Allá triunfó rotundamente. Revistas y periódicos alabaron su técnica depurada y su hombría de bien dentro y fuera del cuadrilátero. Al final de la exitosa temporada, sólo sus compañeros retornaron al Perú. Él, entusiasmado por el ambiente y la acogida que le habían brindado, decidió quedarse en México.

Así pasaron años sin que se supiera más de él. Un día, la juventud coetánea del campeón que llenaba la sala del cine Grau, quedó atónita y boquiabierta. Entre los créditos de la película, “Huracán Ramírez” y junto a los nombres de Wolf Rubinski, Crox Alvarado y David Silva, con caracteres nítidos y en lugar preferente, aparecía el nombre de Tomás Alunni, “El Pulpo”, el niño que vendía periódicos y comía en el refectorio escolar, el impenitente trompeador, el que no sabía resolver problemas de matemáticas pero que era capaz de salir bien librado de agudas tomas y palancas, de tacles y tijeras. Un bullicio extraordinario invadió la sala que se convirtió en un manicomio. Paco Acquarone y Papi Beloglio, amigos del alma y descendientes de italianos como él, lloraban a moco tendido. Desde este momento, cada vez que repetían los pasajes de la película en la que aparecía el cerreño triunfador, un torrente de aplausos, silbidos y hurras se sucedían. Una semana entera estuvo exhibiéndose la película y, en ese lapso todo el mundo la vio. Un día, en silencio como se había ido, llegó a su tierra y después de visitar su escuelita de Patarcocha 491, regresó a Méjico. Se llevaba a su madre y los que los vieron partir en el ferrocarril aseguraban que iba llorando como un niño.

De aquello ha pasado muchos años. No podemos olvidar la extraordinaria experiencia que vivimos aquellos días al presenciar el triunfo de un muchacho cerreño que quedó allá en la generosa tierra mejicana. Nada alimenta tanto el espíritu como cuando se ve que tras la odisea corrida, asomar la figura de un triunfador. Tomás Alunni, “El Pulpo” lo fue en gran medida.

Los alemanes en el Cerro de Pasco


En 1845 el empresario de Breslau (actual República Checa) Carlos Pflucker, trajo el primer contingente de diecisiete operarios alemanes procedentes del Hartz (región metalúrgica de Alemania central) para trabajar en el Cerro de Pasco. Sin embargo, desavenencias con las autoridades locales y el sistema de trabajo hicieron fracasar el asentamiento de estos mineros extranjeros, con juicio de por medio, puesto que la idea era traerlos a manera de prueba para luego traer más inmigrantes alemanes. Tiempo más tarde, otro grupo de alemanes se asentó en nuestra ciudad. Fue una cantidad muy importante que, según el censo de 1876, es de 22 personas: 12 hombres y 10 mujeres. A este número hay que añadir a los que, en 1857, pasando rumbo a la colonización del Pozuzo quedaron en número de cincuenta entre los que estaban el cura Uberlinger, un médico, un relojero, un maestro de escuela y algunos braceros. De todos ellos, se habló mucho de los alemanes Herold que, aprovechando las excelencias de las aguas de Piedras Gordas, instalaron una cervecería utilizando la notable cebada del valle del Mantaro, levadura y lúpulo traídos directamente de Bavie¬ra (Alemania); Racquebrandt que heredó la cervecería; Nicolás Poehllmann fabricante de embutidos; Rubén Bauer, panadero, llegado con los “alemanes de Rodulfo”; Félix Lewandovsky, notable mecánico que tuvo brillante actuación en el Concejo Municipal y como Comandante de la Compañia de Bomberos. Wilhelm Schuermann, natural de Franckfurth quien, “en 1866, a la edad de 24 años, desembarca en el Perú y marcha hacia el Cerro de Pasco donde se casa con la hija de una “opulenta familia”. Se han establecido en el Cerro de Pasco toda clase de artesanos, contándose entre ellos, muchos alemanes. Aquí se ha instalado así mismo un médico, así como un relojero alemán y un joyero, y por lo que he podido saber, la vida de sociedad transcurre alegre y activamente. Como en todas partes, allí están también los alemanes divididos en diversos partidos, los que no se pueden ver unos a otros. Es posible que hayan obrado así para no calumniar su carácter nacional, quizá también hayan obedecido otras razones. En todo caso he comprobado lo que en muchas tierras extranjeras, en las que encontré a los alemanes divididos y separados. Tomados individualmente todos son buena gente muy honesta, pero cualquier malentendido, da lugar a provocaciones. Rencilleros y oletones se ven en todas partes, los cuales, de una palabra dicha a la ligera y entendida por ellos a su manera, hacen un escándalo porque la difunden distorsionada, haciendo la ruptura inevitable, después de que ambas partes se han insultado y maltratado. Cada cual cree tener la razón, nadie quiere dar un paso hacia la reconciliación que cada cual lo considera imposible, de suerte que la enemistad se vuelve irremediable” dice el novelista Gestaeker que entonces nos visitara.
Por lo demás, los alemanes, a través de su consulado, siempre estuvieron ligados a diversas actividades. Así, los primeros días de febrero de 1904, arribó al Cerro de Pasco, una misión científica integrada por notabilísimos geólogos del Imperio Alemán a la que se unió otra, de geólogos e ingenieros peruanos, presididos por el ingeniero José J. Bravo, Enrique Laroza, Ernesto Diez Canseco, Ricardo A. Deustua, Juan M. Yañez, Herminio Cabieses, Palo A. Boggio, Guillermo Lostaneau, Elías Ganoza, Nicolás Arauco y Félix Remy. El objeto de esta comisión científica fue el de realizar estudios mineralógicos, geológicos y paleontológicos del subsuelo y visitar las principales minas y oficinas metalúrgicas de esta región minera.

En el mes de abril de 1908, con el fin de efectuar un estudio de la estructura geológica de nuestra ciudad, arriba el profesor alemán, Gustav Steinmann en compañía de su ayudante, Otto Schalangitweitt. Durante dos años consumaron un detallado estudio que fue publicado en Alemania.