En aquellos tiempos, cuando los Chinchaycochas habían sido sometidos por los incas, llegó a la zona conquistada un grupo de arquitectos imperiales con el fin de construir el pueblo de PUMPU, nucleando a todos los villorrios diseminados en una unidad arquitectónica coherente. Entre estos pueblos andinos se encontraba TIAN PAMPA, germen de lo que más tarde sería el pueblo de Ninagaga.

TIAN PAMPA erigida en una amplia planicie pedregosa, estaba constituida por una serie de calles regulares, trazadas siguiendo el criterio de unidad urbana de entonces con casas edificadas con piedras pequeñas y regulares, unidas solamente por una argamasa de tierra arcillosa. Cuatro barrios tradicionales la integraban: Yanayacu, Carhuacayán, Recuay y Colca. Sus hombres estaban dedicados a la cría de llamas, alpacas y vicuñas. En la agricultura, producían maca, papa shire, oca, mashua, y una valiosa variedad de alcacer.

Transcurridos los años, en 1584 para ser más precisos, en su viaje de visita a la jurisdicción de su Arquidiócesis, llegó a pernoctar a esta pintoresca aldehuela, nada menos que el arzobispo Toribio Alonso de Mogrovejo, piadoso y solícito sacerdote que más tarde sería elevado a los altares, canonizado como santo. Este gran apóstol del Perú, nacido en Valladolid en 1538, había estudiado Leyes en Salamanca. Cuando tenía treinta años fue nombrado Inquisidor Mayor de Granada. Este severo título se convirtió en sus manos en instrumento de amor, de piedad y salvación. Los herejes o infieles encuentran en él al padre compasivo que conoce al hombre y le sabe hijo de Dios, portador de valores eternos, divinos. A los cuarenta en nombrado arzobispo de Lima. En ese cargo a pesar de las distancias enormes de su archidiócesis lejanías de centenares de leguas, junto con la dificultad de las ciudades colgadas de picos inaccesibles, aldehuelas perdidas en los repliegues de los Andes, llegó a todas partes en dieciséis años de caminatas por valles y montañas, por ríos desconocidos y quebradas formidables. Entraba en las míseras chozas, buscaba a los indígenas dispersados y huidizos, les hablaba en su propia lengua, les sonreía paternalmente, les ganaba para Cristo. En esto fue otro San Francisco Javier. Se convirtió catequista sencillo que se ganaba a los grupos, poniéndoles bajo la dirección de un sacerdote; los agrupaba en torno de una iglesia, les acostumbraba a una vida laboriosa. Algún tiempo después volvía para ver la obra que Dios había iniciado por sus manos; alentaba a los nuevos cristianos y les administraba el sacramento de la Confirmación. Son en número inverosímil de millares los campesinos que confirmó en aquellas andanzas y misiones apostólicas. No es de extrañar que le mirasen con respeto. Más de una vez su celo le llevó a las puertas de la muerte; rodar por las rocas y precipicios, perderse en los bosques, caer en los ríos, hundirse en los ventisqueros y en las lagunas; no pocas veces exponerse a la violenta actitud de los que veían en él al blanco, no al hombre de Dios… He aquí los azares de su apostolado. Podemos decir que Toribio tenía un solo ideal claro, cristiano: extender el reino de Cristo y la salvación de los hombres.

Bueno, sucedió que la noche de su histórica visita, cuando las sombras nocturnas cubrían con su prieta negrura la pasividad del poblado; repentinamente, una explosión de fuego, como colosal incendio de vivos colores, iluminó el pueblo con una gama de tonalidades diversas, concitando la admiración y el temor de las gentes. Parecía como si una candelada de fulgurantes coloraciones surgiera de las rocas de ASIAGPUQUIO. Santo Toribio -sabio y perspicaz-, dominador del quechua que había estudiado con gran amor, aplacó el temor de las gentes esbozando una abierta y franca sonrisa, diciendo:
- ¡Kay Ninagaga llacta! (¡Esta tierra tiene fuego!). Luego hizo un silencio significativo y no quiso explicar que se trataba de una extraña aurora boreal que muy rara vez se produce en estos apartados lugares.

El caso es que desde entonces, la bonita aldea adoptó el nombre de Ninagaga.

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