RÉQUIEM POR UN HOMBRE

La noticia que acabamos de recibir ha sido muy cruel. Ha fallecido el señor Pascual Córdova. No lo hemos podido creer. De inmediato se agolparon los recuerdos en nuestra mente. Lo volvimos a ver siempre diligente y acertado en la atención que nos brindó aquella fecha en la que realizamos la Marcha de Sacrificio para exigir de las autoridades de nuestra patria, la creación de una Universidad Autónoma para nuestro pueblo. Él, más que ningún otro, realizó un esfuerzo más que agotador para cumplir con su misión. Mientras nosotros descansábamos él, a pesar de haber caminado conjuntamente con nosotros, duplicaba sus esfuerzos por atendernos, curando heridas y ampollas; masajeándonos los músculos cansados, todo con especial dedicación y cariño. Sólo después de cumplir estas tareas se echaba a descansar. ¡Que grande “Pashco”!. No sé lo que hubiéramos podido hacer sin él. No sé. Su presencia fue un bálsamo para nuestros dolores y un acicate para nuestros empeños que gracias a Dios, tuvieron feliz culminación. Hoy que ha sido abatido por la muerte, no podemos menos que rogar al Hacedor para que le dé el descanso eterno a que tiene derecho y con el corazón traspasado de dolor, decir con toda nuestra alma: “Gracias hermano por la grandeza de tu ayuda. Descansa en paz”.
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LA ÚLTIMA CARTA

Subteniente de la Cuarta Compañía de la Columna Pasco, Alejandro Monfort, héroe cerreño de la Guerra con Chile.

A las ocho de aquella mañana de 6 de junio de 1880, se improvisó el altar sobre la cureña de un cañón y a la sombra de la bandera nacional que flameaba en el mástil del morro, se celebró la santa misa.

Un recogimiento sublime enmarcó la ceremonia. Todos los soldados con las miradas florecidas de recuerdos elevaron sus oraciones al cielo; sus pensamientos volaron al pago lejano cubierto de nieves, allá donde quedaban los seres queridos a los que, estaban seguros, jamás volverían a ver. Cuando el sacerdote elevó la hostia, los estandartes se humillaron reverentes; los oficiales elevaron sus espadas con los filos señalando los cielos, los soldados presentaron armas al son de una marcha militar y tras entonar la Canción Nacional se prosternaron con las rodillas en tierra y, bajando la cabeza, miraron dentro de sí mismos. Todos comulgaron. Fue conmovedoramente hermoso aquel momento que vivieron los combatientes.
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EL VÓLEYBOL EN EL CERRO DE PASCO


Este hermoso deporte tuvo su punto de partida en 1937 cuando la juventud femenina arrecia su práctica. Hay que considerar que hasta aquellos años les estaba restringida este tipo de actividades a las mujeres. Su práctica constituía todo un escándalo. Si embargo, hubo un grupo de señoritas que se impuso a los prejuicios y se dedicaron a practicarlo. La primera noticia periodística al respecto se da en noviembre de 1938 mediante la “Revista de la Juventud”:

«Hace muchos días que los diarios de la localidad han hecho pública la formación de varios equipos femeninos. Es muy plausible que nuestra juventud femenina saliendo de aquel radio de inercia, de aquellos linderos de inactividad, de esa pasividad hogareña que aplasta el espíritu, enferma el alma, aniquila el corazón, envejece prematuramente la juventud y destruye los músculos debido a prejuicios de mentes seniles, equivocados y absurdos o etiquetas de sociedad desviada y vegetativa; han roto esa indiferencia, esa incomprensión, emprendiendo una nueva era de actividad, para fortalecer los músculos, educar el carácter, enriquecer el espíritu, para hacer digna una juventud sana y vigorosa. Muy bien niñas de la «Rima Femenil», «Daniel A. Carrión», “Juventud Bolognesi” y «Centro escolar de Niñas” y «Perpetuo Socorro».
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TAITA CORPUS Y EL OPA

Hace muchos años, cuando la fe en nuestra religión era muy sólida, hubo una pareja de esposos residentes de una aldehuela de Pasco, con características muy especiales. Ella hacendosa y buena, él aferrado al trabajo como el que más; sólo que tenía un marcado defecto, era opa, es decir, retrasado mental. Amigos desde la infancia habían conservado esa unión en sus juegos y labores. Inseparables, pronto fueron unidos por el amor. Ella, no obstante el defecto de su pareja, lo amaba mucho; él, trataba de compensar a su mujer con su trabajo tenaz y constante. Eso era lo importante para ambos. La que tomaba las decisiones, daba las órdenes y se encargaba de las misiones más difíciles, era ella; el pobre opa era el sólido brazo para el trabajo. Y así vivían felices, aunque –es justo decirlo- muchas veces el opa le proporcionaba serias rabietas a su mujercita, pero ésta, pronto las olvidaba.

Las tierras y animales que habían heredado de sus padres, fructificaron con prodigalidad gracias a las disposiciones de ella y el férreo brazo de él. Tanta fue la bendición caída en su aprisco y en su campo que decidieron dar gracias a Dios como se debe, con una misa solemne y una fiesta en homenaje al patrono del pueblo: Taita Corpus (El Corpus Christi). Así, con un año de anticipación, la mujer iba ahorrando con esmero y con fe, y cada vez que lo hacía, se sentaba sobre el poyo, a la puerta de su casa, para decir en voz alta:
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