FONSECA

Parecía que para nacer, la desgracia lo hubiera traído en brazos. En el mismo instante en que llegaba al mundo, su madre fue acometida por estremecedoras convulsiones. Las vecinas que la atendían –entre atemorizadas e impotentes- veían cómo la pobre mujer dejaba escapar la vida en cada estertor. A él, embadurnado de grasa y sangre lo olvidaron en un rincón. De nada sirvió la diligente asistencia de las viejecitas del barrio: la parturienta murió. Cuando se acordaron de él, fueron a verlo. Estaba tirado ahí. Sus bracitos y piernecitas descarnados, temblaban intensamente. Parecía una piltrafa. Desde aquel momento lo miraron como a un intruso.
— Éste se va a morir – dijo alguien.
— Mejor, pobrecito….Ojalá que Nuestro Señor se lo recoja.
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LOS CHINOS EN CERRO DE PASCO

Cuando don Ramón Castilla abolió la esclavitud con el fin de cubrir el déficit de brazos en el campo, se hace venir oleadas de “coolies” chinos que llegan como braceros a los algodonales y cañaverales de la costa. Otros a trabajar como obreros en la construcción del ferrocarril central. Muchos de éstos son los que se aposentan en nuestra ciudad. Las desfavorables condiciones económicas que afrontaba su país determinó este éxodo masivo, agravado por la gran rebelión de Tai-Ping (1849-1864) que “desplazó de sus asentamientos a miles de campesinos que se convirtieron en una tropa desesperada y sin ocupación que moría de hambre y pedía trabajo inútilmente en los puertos y ciudades” ( )
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LOS FUMADORES DE OPIO

Entre las notas alarmantes que circularon en los diarios en la primera década del siglo XX, está el que se refiere a los fumaderos de opio descubiertos en la ciudad. Nadie lo podía creer, máxime si los protagonistas asolapados eran los chinos aparentemente circunspectos y tranquilos que habitaban en la calle del marqués.

Los diarios cerreños lanzaron tiradas especiales respecto de este descubrimiento. En LOS ANDES, que entonces regentaba don Sebastián Estrella Robles, una nota pertinente, decía: “Se ha llegado a descubrir un antro de degeneración y degradación que seguramente ha de sorprender al público de esta ciudad.

Anteanoche la policía sorprendió en pleno funcionamiento, un fumadero de opio en una trastienda de un asiático situada en la acera derecha de la Calle del Marqués. Nadie podría imaginárselo siquiera. Camuflado detrás del salón de ventas donde las personas correctas compraban y, separadas por unas mamparas misteriosas, se encontraba el antro donde estaban los apestados, los viciosos, los peligrosos sociales, los pecadores: ¡los fumadores empedernidos!.
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LA LAGUNA DE LA ESPERANZA

Talleres y primeras viviendas de los norteamericanos sobre terreno desecado que inicialmente había sido la Laguna de la Esperanza, propiedad de George Steell, a comienzos del siglo veinte. Más tarde, trasladadas estas dependencias a zonas de la lumbrera Lourdes se aplanaron para quedar convertidos en campos deportivos.

El primitivo nombre de la vieja ciudad minera del Cerro de Pasco era, como se sabe, San Esteban de Yauricocha. Su territorio estaba compuesto por una serie de lagunas que se comunicaban unas con otras por naturales conexiones subterráneas y que, panorámicamente parecía un enorme lago con islotes gigantescos de donde, prolija y secretamente, obtenían la codiciada plata nativa. La principal de estas enormes lagunas era Patarcocha que se unía con Chaquicocha y subterráneamente con Yanamate desaguando su contenido en una extensa corriente que a manera de un río, iba a caer en la Esperanza por el abra denominado Paccha. Como se podrá deducir, toda la grande extensión que actualmente es ocupada por los campos deportivos, la mercantil, las escuelas y el campamento residencial de los obreros, constituía el aposento de la laguna de la Esperanza, la misma que se comunicaba con Lilicocha, laguna que también fue desecada, y en ese tiempo, se extendía por todo el terreno del Oconal, colindante con el barrio Misti, Buenos Aires y todo el terreno ocupado por la cárcel central y el hospital del Seguro Social. Esta laguna terminaba de desaguar por Cabracancha, arrojando sus aguas a la vieja y legendaria Quiulacocha.
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