FONSECA

Parecía que para nacer, la desgracia lo hubiera traído en brazos. En el mismo instante en que llegaba al mundo, su madre fue acometida por estremecedoras convulsiones. Las vecinas que la atendían –entre atemorizadas e impotentes- veían cómo la pobre mujer dejaba escapar la vida en cada estertor. A él, embadurnado de grasa y sangre lo olvidaron en un rincón. De nada sirvió la diligente asistencia de las viejecitas del barrio: la parturienta murió. Cuando se acordaron de él, fueron a verlo. Estaba tirado ahí. Sus bracitos y piernecitas descarnados, temblaban intensamente. Parecía una piltrafa. Desde aquel momento lo miraron como a un intruso.
— Éste se va a morir – dijo alguien.
— Mejor, pobrecito….Ojalá que Nuestro Señor se lo recoja.

Y él, como una protesta, dejó escapar un débil gemido que más parecía el maullido de un gatito y, desde aquel instante también, se aferró a la vida. No. Desde antes. Desde cuando su madre se diera cuenta que estaba embarazada y había decidido hacerlo desaparecer. La mujer aterrorizada tomó cuantos menjunjes y hierbas le recetaron; ingirió pastillas, y nada. En su desesperación se dio golpes en el vientre para que muriera y, nada. El feto siguió palpitando. La vergüenza de estar encinta y la impotencia de hacerlo reconocer por el padre, agrandaba su desesperación. Nadie lo había notado en el barrio, hasta que faltando pocos días para alumbrar, se desmayó a su puerta. Sus vecinas compadecidas la atendieron solícitas, pero ella murió llevándose el secreto a la tumba.
— ¿De quién será su hijo…?
— ¿De quién será, pues…?
— La finada nunca nos había dicho nada. Ni siquiera lo sabíamos.
— Será de algún “wachimán”. Esos desgraciados abusan de las pobres muchachas cuando no hay quien saque la cara por ellas….
— !Quién sabe…!
— Ahora, de la finada tampoco sabemos nada…
— !Eso…!
— Cuando llegó al barrio dijo que trabajaría donde los “gringos”. Después ya no la vimos.
— Cada domingo nomás venía. Estaba trabajando “Cama adentro”.
— No hay ni a quien avisar para su entierro…
— Haremos una colecta para enterrarla. Al chico, como sea lo tendremos… pobrecito.

Así fue. Su madre fue enterrada en un tosco cajón negro y él siguió con vida contradiciendo el negro augurio de las viejas.

Quien no creyera en milagros, con tan solo verlo crecer, habría creído.

Todo lo que tenía era una vieja chompita raída con grandes agujeros en los codos y con el cuello abierto a través del cual se podía ver las prominencias de sus costillitas semejando a una reja, como si en su esmirriada osamenta encarcelara su vida para que no se le fuera a escapar.

En su cara de monito enteco, sus ojos parecían las de un muñeco por desiguales, por estrábicos; su amplia sonrisa era un homenaje a la vida cuando sus sarmentosas manitas llevaban un pan a la boca. Era para verlo. Miraba el pan por un lado y por otro, sonreía y lo mordía. !Qué felicidad había en su rostro! Nunca nadie habrá comido un pan con más gusto que él.

Todos lo llamaban “Chiuche”, y un día, sin saber cómo ni por qué, un chico le colgó un nombre que igual le sirvió de apellido y de apodo: FONSECA. Él recibió el bautizo de los muchachos con amplia sonrisa.

En el barrio Misti era el comedido chiquillo de los mandados. Un día pasaba en una casa cargando grandes baldes de agua hasta llenar cubos y bateas; al otro día se le veía llevando leña a otra casa; otro día haciendo “cola” en la Mercantil; otro, llevando carbón. Lo único que no hacía, era vender periódicos. Sus piernecitas enclenques no le rendían para hacer la carrera de la estación a la ciudad, además tosía, tosía mucho y continuamente..

Todavía era un niño y ya se ganaba el diario sustento. No, no era un niño. Fonseca era un hombre disfrazado de niño.

Cuántas veces nos trompeamos en su defensa. Siempre era el arquero del equipo del barrio. Los delanteros contrarios aprovechaban de su enjuto cuerpecito para apabullarlo. Lo pisaban, lo pateaban, pero él no soltaba la pelota, como si en ello se le fuera la vida. Casi siempre teníamos que auxiliarle dándole aire para que pudiera respirar. Sus ojitos torcidos parecía que irían a saltar de sus órbitas, pero él no soltaba la pelota. Los contrarios reían.

Aquel año, con el arribo de las Fiestas Patrias, llegó la oportunidad que tanto había esperado: La Jimkana.

El 30 de julio, el cielo azul del Cerro de Pasco, lucía su sonrisa iluminada resaltando el grito de colores y la explosión de bullicio. Desde tempranas horas, el promontorio enclavado entre las lagunas de Patarcocha, lucía un hermoso mosaico de colores por el apiñamiento de la gente fiestera. A lo largo de la crestería de la prominencia, una hilera de blancas carpas semejaba enormes banderas a cuyas puertas las vivanderas ofrecían sus potajes.
— !!!Charqui!!!… !!!Charquicán!!!…. !!!Arvejitas!!!.-Cohetes de ensordecedora alegría.
— !!!Cuyes!!!… !!!Cuyes!!!.-. La banda de músicos contratada por la Municipalidad se adornaba con un huaino y un borrachito bailaba alegre, olvidándose del mundo.
— !!Pachamanca!!… !!Pachamanca!!!.- De la población ha aparecido un tropel de briosos corceles adornados con arneses de plata y conducidos por sus elegantes jinetes arrellanados cómodamente en sus ricas monturas de cajón y pellón sampedrano, haciendo vistosas maniobras.
— !!!Chicha de maíz!!!…. !!!Chicha de jora!!!- Sombreros de blanca paja, pañuelos al viento de roja seda y finísimos ponchos de vicuña, haciendo contonear a sus cabalgaduras de belfos rojos y crines alargadas.
— !!!Pan de maíz!!!…. !!!Rosquitas bañadas!!!- Con una osadía muy peculiar se empeñan en hacer cabriolas con sus caballos. Algunos jinetes ya están con unos tragos adentro.
— !!!Picarones!!!….!!!Cancha maní!!!.

Un entarimado rodeado por la expectación general es el escenario en que los chicos del pueblo –generalmente los más pobres- harán la felicidad y diversión de los circunstantes.

Todo este bullicioso mundo de colores jugueteaban en los brillantes y desiguales ojitos de Fonseca que ahora se sentía feliz, extrañamente feliz. Aquel día sus cabellos lucían una uniformidad que no se le veía a menudo. Su carita y su camisita limpias. Se había apostado en primera fila para poder trepar el entarimado de la competencia y allí estaba, luciendo su limpia pobreza condecorada de remiendos.
— !!!Lambe olla!!!- gritó Manuel Llanos que hacía de maestro de ceremonias y una parvada de chicos invadió el entarimado. Fonseca no había podido ni levantar los pies. Se conformó con ser un espectador más, esperando su oportunidad.

— !!!Pelea de ciegos!!! Y Fonseca haciendo esfuerzos supremos subió al escenario y cogió un par de guantes de box y los llevó para que el municipal se los pusiera; éste lo miró y rió de buena gana; la risa contagió a los demás y ya todos reían al mirarlo. Él no se explicaba el porqué de las carcajadas. Lo comprendió todo cuando el empleado le cogió un brazo y remangando su chompita raída, enseñó al público su bracito como un alambre. Las risas arreciaron. Fonseca dejó los guantes y bajó del escenario. La gente seguía desternillándose de risa, pero él no se amilanó. Esperaría su oportunidad. En vano. Los chicos más corpulentos le ganaban a presentarse.

Después de la carrera de bicicletas que como todos los años la había ganado Juan Matías, finalizó el Jalapato a caballo en el que más de un chispeado jinete rodó por los suelos en persecución del que había arrancado el pato y ahora corría velozmente en derredor de la laguna.

A Fonseca le dio un vuelco el corazón cuando vio al empleado municipal sacar un mameluco azul y algunas chompas para premiar a los que intervendrían en la siguiente prueba que anunció estentóreamente.
— !!!Palo encebaoooooo…..!!!!
Los muchachos se arremolinaron alrededor de un largo madero circular que había sido embadurnado de grasa y cuya superficie brillaba con los rayos del sol.

Cuatro muchachos tuvieron que fracasar en su intento de subir al bien plantado palo encebado para que le dieran la oportunidad a Fonseca. Sus ojitos le brillaban cuando el hombre le dijo: -“Tienes que llegar arriba, hasta el final y traer en tus manos la banderita que ahí está pegada”.

Sus bracitos se prendieron como hiedras del palo y comenzó a trepar. Los otros muchachos habían limpiado casi toda la grasa de la base del palo y eso le permitió subir algo. Cuando llegó a cierta altura, manteniéndose colgado del bracito izquierdo una vez y del derecho otra, con la manita que le quedaba libre echaba la tierra que había llevado consigo en sus bolsillos. Al ver esto, la gente comenzó a animarlo. Ningún participante había tenido esa idea. Así subió algún trecho hasta que la tierra se le terminó. Entonces miró hacia arriba. Una nube parecía prendida del palo y, sin que pudiera evitarlo, su cuerpecito comenzó a resbalar porque una fuerza terrible lo atraía hacia la tierra y ya ni sentía sus bracitos. Allá arriba, la nube prendida del palo se iba, se iba; hasta que sus piernecitas tocaron el suelo.

Ya el frío hacía tiritar a las gentes cuando decidimos regresar. Fonseca que hasta entonces había estado callado, esbozó una sonrisa y pateando una lata vacía de leche que la arrojó muy lejos, dijo:
— El mameluco estaba “firme”… pero… no importa. !El próximo año sí treparé el palo!.

Hice como si no viera los gruesos lagrimones que rodaron por sus mejillas, cuando volvíamos al barrio.

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