LOS FUMADORES DE OPIO

Entre las notas alarmantes que circularon en los diarios en la primera década del siglo XX, está el que se refiere a los fumaderos de opio descubiertos en la ciudad. Nadie lo podía creer, máxime si los protagonistas asolapados eran los chinos aparentemente circunspectos y tranquilos que habitaban en la calle del marqués.

Los diarios cerreños lanzaron tiradas especiales respecto de este descubrimiento. En LOS ANDES, que entonces regentaba don Sebastián Estrella Robles, una nota pertinente, decía: “Se ha llegado a descubrir un antro de degeneración y degradación que seguramente ha de sorprender al público de esta ciudad.

Anteanoche la policía sorprendió en pleno funcionamiento, un fumadero de opio en una trastienda de un asiático situada en la acera derecha de la Calle del Marqués. Nadie podría imaginárselo siquiera. Camuflado detrás del salón de ventas donde las personas correctas compraban y, separadas por unas mamparas misteriosas, se encontraba el antro donde estaban los apestados, los viciosos, los peligrosos sociales, los pecadores: ¡los fumadores empedernidos!.

Todos ellos estaban plácidamente recostados sobre tarimas especiales recubiertas de pellones de carneros, abrigados con cómodas frazadas, con las bocas abiertas, los ojos vidriosos de miradas perdidas, fumando largas pipas por las cuales absorbían el humo letal.

Estos viciosos eran atendidos solícitamente por los chinos. Estaban entre volutas de humo que recuerdan a los condenados que se queman en el fuego eterno, con una diferencia: los pecadores del Purgatorio pueden alcanzar el Cielo si hoy mueren, pero los fumadores compulsivos de la calle del marqués están cociéndose en sus propias candelas sin la menor esperanza de que puedan recobrar la libertad del humo maldito.

Lo más espantoso es que en el momento que se presentó la autoridad halló entre los viciosos a varios jóvenes de la ciudad –todos ellos literatos y artistas muy conocidos- cuyos nombres piadosamente silenciamos, entregados a este vicio enervante, destructor de las energías morales y materiales del individuo.

Un fumadero frecuentado por éstos y otros miserables embrutecidos y degenerados a los que los chinos venden la funesta droga por precio cómodo para los que se inician y ya no puedan dejarla más; y cuando ya se hallan acostumbrados a sus inhalaciones no pueden prescindir de fumar sin sufrir horribles consecuencia, pagando esta vez precios prohibitivos.

Un gran fumador –como hay algunos chinos en nuestra ciudad- puede fumar hasta ocho pipas diarias, pero se muere en cinco años. El opio es la explotación de uno de los más terribles vicios de la naturaleza humana. El tóxico, así como todos los útiles para la práctica de tan envilecedor hábito, fueron decomisados inmediatamente y tanto los opiómanos como el conductor del fumadero, fueron apresados.

Ya en la comisaría local, interrogados por la policía y, en una especie de trance, confesaron uno a uno, lo siguiente:
– En mis dos primeras experiencias, tuve náuseas, vómitos, dolor de cabeza y después un sueño pesado. Al día siguiente, un despertar completamente desagradable…
– Pero, ¿Así siguió usted fumando?
– Bueno, sí. Según los grandes fumadores, hay que saber superar el estado preliminar acostumbrar el organismo a la droga a fin de poder saborear los beneficios del “ídolo negro”.
– Eso entre los grandes fumadores, es decir los malditos viciosos…
– No crea. No diga eso. Jean Cocteau, nuestro gran maestro francés, escritor y dramaturgo muy bien admirado por muchos de nosotros, aconseja acercarse al opio como “conviene acercarse a las fieras: sin miedo”, y sostiene que el mayor peligro está en fumar “contra un desequilibrio”. En verdad el opio es una de las drogas menos peligrosas.
– ¿Y usted –dijo refiriéndose a otro detenido, un joven poeta- qué dice…?
– Voy a transmitir la sensación que produce el opio, la describiré en términos de una experiencia con la que otros estén familiarizados. Imagínese a usted mismo en el campo en una tarde calurosa y relajada de sol. Está descansando a la sombra, y se concentras en nada que no sea el zumbido de un avión, lejos, arriba lejos de usted.

Ocasionalmente, ese sonido es interrumpido por el piar distante de pájaros e insectos. Está usted relajado y complacido, y los monótonos sonidos y el clima caliente le producen efectos hipnóticos. ¡Está feliz!. Inmensamente feliz. No siente ningún dolor.
– ¿Usted que es escritor, también piensa lo mismo….?- le preguntamos al otro fumador.
– Así es. No deseas moverte de donde estás; ni siquiera deseas pensar. Así es el opio. Si tienes hambre, olvidas que tienes hambre. Si estás deprimido, tu depresión se transforma en una complacencia tranquila. Después de tomar opio entras y sales de un ensueño. No te duermes, pero de ninguna manera estás cabalmente despierto. Es como si estuvieras suspendido entre el sueño y la vigilia. Nada importa, y todo está bien. Estás feliz…Muy feliz, extrañamente feliz.
– ¡Como si estuvieras borracho….!!!
– ¡No, no, no!. Hay una diferencia. La distinción fundamental radica en que mientras el trago desordena tus facultades mentales, el opio, por el contrario -si se toma en forma adecuada-, introduce en ellas el más exquisito orden, legislación y armonía. ¡Es extraordinario!.

El licor le roba al hombre la autoposesión; el opio la refuerza enormemente. ¿Me entienden…?..El trago turba y nubla el juicio y da un brillo natural y una exaltación vívida a las admiraciones y los desprecios, los amores y los odios del bebedor; por eso se vuelven melancólicos, agresivos o sentimentales. El opio, por el contrario, los aquieta y restablece el juicio dándote la paz, la expansión de sentimientos más benignos propia del opio. Eres ganado por un sentimiento de amor y placidez.

No es ningún efecto febril, sino una sana restauración de ese estado que la mente debería recobrar naturalmente con la eliminación de cualquier irritación profunda y del dolor que la hubiese turbado enfrentándose a los impulsos de un corazón originalmente justo y bueno.

En suma -por decirlo en una palabra- el hombre ebrio está y siente estar en una condición que da la supremacía a la parte meramente humana, y con frecuencia a la parte brutal, de su naturaleza, mientras que el que toma opio siente que la parte más divina de su naturaleza es la que manda; es decir, que los efectos morales se encuentran en un estado de serenidad sin nubes, y la gran luz del intelecto majestuoso domina todo…
– El placer causado por el vino –completa el otro detenido- va siempre en ascenso y tiende a una crisis, tras la cual desciende; el del opio, una vez generado, se mantiene estacionario durante diez o doce horas…
– Así es. Los efectos comienzan entre los 15 y 30 minutos después de su ingestión o entre 3 o 5 minutos después de haber fumado. Sus efectos duran bastante. En ese tiempo eres completamente feliz y tus sueños son más claros y hermosos. No hay como el opio…Yo no sé por qué se le estigmatiza…

Después de estas declaraciones, su puso en conocimiento de sus familiares para que puedan transportarlos a sus hogares. Estos artistas, fueron recriminados por su afición a la droga y se les previno que, caso de reincidir, serán transportados a la cárcel central a donde fueron a parar los chinos donde estarán por mucho tiempo hasta que se termine la severa investigación.

Este descubrimiento y la campaña que viene realizando el subprefecto con beneplácito general para sanear nuestra ciudad de individuos perniciosos, ha de merecer sin duda el más cálido elogio de toda la población; y nosotros en nombre de la sociedad, tributamos nuestro más grande aplauso por la obra de bien que tiene propuesta y la viene practicando.

Sólo hemos de lamentar –y precisa que esto termine de una vez por todas- que extrañas intervenciones, influencias de personas visibles y connotadas, obstaculicen esta labor de innegable y positivo beneficio para la sociedad, pues tenemos perfecto conocimiento que, individuos del hampa, delincuentes convictos y confesos, mediante una solicitud a las autoridades de esas personas influyentes de prominente situación en nuestro mundo social, logran salir de los calabozos y estimulados por la inmunidad, volver a la vida de delincuencia, de inmoralidad y de vicios.

Colocada en esta situación, ¿puede una autoridad cumplir su noble misión; puede desarrollar un programa de bien común y de represión de hábitos perniciosos y de destrucción de vicios que se traducen en daño para la colectividad?; creemos nosotros, y con nosotros seguramente todas las conciencias rectas y honradas, que no. Un alto espíritu de moralidad y de cultura, un imperativo mandato del deber ciudadano, obligan pues, a que desaparezcan tan dañosas influencias; para que a la sombra del apoyo amplio de todas las clases sociales, interesadas en constituir un medio de vida local ajustada a los principios de justicia y de bien, pueda la autoridad política de la provincia, ejercitar sus nobles propósitos y poner en práctica sus saludables iniciativas”. (“Los Andes” 10 de enero de 1910).

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