Los japoneses en el Cerro de Pasco

Se ha cumplido el primer centenario de la inmigración japonesa al Perú, primera de su género en América Latina con los notables resultados que todos conocemos. La nave SAKURA MARU llegaba a nuestras costas –hace un siglo- transportando a los primeros 790 japoneses. De esta manera se cumplía el tratado que el 20 de marzo de 1895 suscribieran los representantes del Perú y Japón, José María Irigoyen y Sinichiro Kurino, respectivamente, confirmando un acuerdo preliminar de 1873. Pero hay un hecho relacionado con el imperio del Japón y nuestra ciudad, que queremos resaltar. En 1889 –diez años antes del acontecimiento- alentado por el representante consular en el Japón, Sr. Heeren, conocedor de la bonanza económica y la abundancia de minerales en nuestra ciudad, el señor Korekyo Takahashi decide realizar una fuerte inversión en unas minas de plata en el Cerro de Pasco, la primera que realizaba el Japón en Latinoamérica y a nivel mundial. No obstante la gran buena voluntad que puso el empresario visitante en el trabajo no pudo prosperar. Después de un año de fracaso tras fracaso, se vio obligado a dejar la ciudad minera.

En 1931, el Ministro japonés Saburo Kurusu obstuvo en Tokio una partida de cien mil dólares para establecer una Asociación de Inmigrantes japoneses con el nombre de “Perú Takushoku Kumial”. Esta asociación facilitó el asentamiento de los ciudadanos japoneses con sus mujeres, fuera del radio urbano de Lima, en las principales ciudades del Perú. Un grupo numeroso llegó al Cerro de Pasco. Del boletín de la Cámara de Comercio extraemos los nombres de los jefes de familias japonesas: Luis TACANO, Andrés YAMADA, Dionisio SHIRAISHI, Mario KASAY, Francisco YOKOTA SENDO, Víctor NAGATA, Tereno HINO, Pablo MORITA, José NAKAMURA, Antonio OSADA, Julio SHIMAZU, Miguel SHIGUETA, Francisco OGAWA, Odón SHIMADU, Antonio KITSUTANI, Emilio NODA, Francisco SAITO, Alejandro MAKINO, Norberto MATAMURA, Mario OIZUMI, Roberto YOKOY, Ino TAKISHAN.

A su llegada a nuestra ciudad, fueron a aposentarse especialmente en la calle del Marqués, conjuntamente con los chinos. Abrieron bodegas, lencerías y peluquerías. La vida de estos inmigrantes fue muy dura. Bástenos leer SETOGIWA (Tiempos difíciles), que ha escrito el político peruano Carlos A. Irigoyen y las referencias de Luis J. Macchiavello, para conocer de la heroicidad de estos hombres que se aferraron a las condiciones de vida que le ofrecía la generosa tierra adoptiva.

A poco tiempo del alevoso ataque a Pearl Harbour (7 de diciembre de 1941), por el dramático cariz político que sufrieron las relaciones de América con el Japón, comenzó la persecución de los japoneses los que, antes de ser enviados a Cristal City en Estados Unidos, como prisioneros, perdiendo todas sus pertenencias, decidieron trasladarse a otros pueblos del interior. No olvidar que en aquel momento, la Cerro de Pasco Copper Corporation, era el más importante enclave del capitalismo norteamericano en el Perú y, como es lógico, no podía convivir en un mismo pueblo con los hijos del sol naciente. Muy pocos japoneses, amigos del pueblo, quedaron dentro de nuestras fronteras. Los Shiraishi, los Yokota, los Noda, los Morita, los Takishan. Los otros fueron a vivir a Huánuco, Jauja, Tarma, Huancayo, etc.

Hay muchas anécdotas protagonizadas por los japoneses que los viejos contaban. Una de ellas, escuchada en una tertulia del Club Juventud Esperanza, es la siguiente:

La cerveza japonesa

A fines del siglo pasado, atraídos por la bonanza económica de nuestra ciudad, familias enteras de japoneses se aposentan en el Cerro de Pasco. Estos asiáticos sí venían en compañía de sus esposas y no como esclavos sino como seres libres. En 1931, el Ministro japonés Saburo Kurusu obstuvo en Tokio una partida de cien mil dólares para establecer una Asociación de Inmigrantes japoneses con el nombre de “Perú Takushoku Kumial”. Esta asociación facilitó el asentamiento de los ciudadanos japoneses con sus mujeres, fuera del radio urbano de Lima, en las principales ciudades del Perú. Un grupo numeroso llegó al Cerro de Pasco.

La presencia de los japoneses en nuestra tierra minera, viene a confirmar los que había afirmado, Juan Jacobo Von Tschudi;: “Los pueblos de todos los continentes están representados allí, porque creo que no habrá país de Europa o América que no tenga en esta ciudad a uno de sus connacionales”.

Pidiéndoles las disculpas del caso por la extensa digresión anterior que en todo caso juzgaba necesaria, paso a narrarles una anécdota que un viejo amigo cerreño me contara.

Entre los japoneses llegados a nuestra tierra, había uno que se distinguía por su personalidad muy refinada que demostraba a las claras ser de origen noble. Su menuda esposa de una apostura majestuosa, llevaba con dignidad y nobleza su cargo de consorte del nipón que llamado Tereno, se cambió por el de Julio, cuando lo bautizaron en Chaupimarca; Julio Shimazu.

Como el de los demás japoneses, nadie conocía su origen ni a qué se había dedicado en su tierra natal. Su idioma extraño que nadie comprendía, hizo más difícil esta tarea; pero es necesario decir que Julio con su ripioso castellano de sólo palabras necesarias se hacía entender plenamente. Su bazar de lencería y venta de ropa fina, así como su contigua peluquería, eran un dechado de limpieza y orden donde, entre reverencias y sonrisas, atendía a su numerosa clientela satisfecha. En resumen, Julio y señora, eran muy respetados y queridos por los cerreños que, sin excepciones mostraban su abierta simpatía por el niño del matrimonio nacido en nuestra tierra. Era una japonesito cerreño, sonriente y bello, como hecho en losa fina. El caso es que, católica como era la familia, decidió bautizar al niño en la pila de Chaupimarca. Para el caso – me contaba don Juanito Arias Franco- hicieron imprimir hermosas esquelas, trabajadas en finísimo papel de lujo y, marido y mujer, con un comedimiento extraordinario, fueron de casa en casa para entregarlas personalmente. Los invitados, naturalmente lo constituían lo más selecto del Cerro. Ningún personaje notable había sido excluido. Todos ellos, en el momento de ser invitados para la fiesta, observaron la marcada intención del nipón por hacer notar que la hora del ágape sería las ocho en punto de la noche.

Así, llegamos al día del acontecimiento. Efectuada la ceremonia religiosa que contó con el apadrinamiento del Prefecto y esposa, pasaron a la casa del oferente.
Todos quedaron deslumbrados al llegar.

La casa, había sido iluminada desde los portales, profusa y artísticamente, con farolas orientales de notable factura. Todo relumbraba. El piso alfombrado, los muebles, cuadros y macetas de flores artísticamente colocados, trabajados por la mano suave de la señora de la casa. Sobre la mesa central, vistosa y apetitosa muestra de la dulcería japonesa. La vajilla de extraña y atrayente porcelana concitó la admiración general. Desde la entrada se vio el señorío de los anfitriones. En un marco de reverencias inclinaciones y sonrisas se inició a las ocho en punto con la ceremonia del ágape correspondiente. Esa noche la señora se lució de lo lindo, no sólo en la delicada atención a sus invitados sino que llegado el momento, a insinuación de su esposo Julio, saco un extenso instrumento de cuerda de angosto cuello y cuerdas cantarinas, de un sonido sordo pero hermoso que la señora con sumo deleite comenzó a arrancarle sublimes compases. Era el tradicional Samisén, instrumento japonés que sólo las mujeres tañen en el Imperio Japonés. Provisto de una lengüeta de carey en la mano derecha, regaló no sólo con dulces melodías niponas, sino que en determinado momento emocionó a sus invitados con mulizas conocidas y hermosas. Los aplausos premiaban el regalo artístico en momento en que varios aldabonazos sonaron a la puerta. Cuando la ventanilla fue abierta por el anfitrión, apareció la figura del ilustre Presidente de la Corte Superior de Justicia que trataba de justificar su tardanza, cuando con una pasmosa tranquilidad se oyó decir al nipón
— ¡Perdóneme doctor, pero ra invitación fue hecha para ras ocho!. Gracias –y cerró la mirilla y la puerta siguió cerrada. Clara muestra del orden y la disciplina japonesas que todo el pueblo comentó. Pero la cosa no quedó ahí, porque después de la comida, estaba lista la orquesta con los mejores músicos cerreños para animar la alegría general; la misma anfitriona pasó de invitado en invitado una copilla muy hermosa de porcelana japonesa, conteniendo un licor amarillento espumoso de fuerte bouquet.
— ¿Qué es esto, Julio? – preguntó el “Capachón Minaya” que también había sido invitado por ser vecino del barrio de la calle del Marqués.
— Esto ser ra cerveza japonesa, Arberto. Espero que te guste… ¡Sírvete….!
— !Esta bien, Julito, está bien –contestó el “Capachón” que se notaba a las claras que desde muy antes había empinado el codo- Pero si es cerveza no debes servir en estas copillas tan pequeñas. Para eso hay vasos…- En realidad la desafortunada intervención del “Capachón” había despertado un automático rechazo en los presentes que de una u otra manera trataban de pasar por alto la desatinada intervención.
— Este trago llamarse Sake, y es de arroz, preparado por mi señora. Hay que tomaro de a poquitos porque es muy embriagante…
— ¡A mí no hay trago que me tumbe!. Tú lo sabes Julio- dijo el “Capachón” y en una actitud censurable tomó el recipiente principal desde donde se derivaba en las copitas y sirviéndose en un vaso, apuró el sake de un solo tiro. Fue suficiente. A muy poco tiempo, roncaba como un descosido en un rincón de la sala y no gozó de aquella inolvidable fiesta peruano – japonesa.

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4 respuestas a “Los japoneses en el Cerro de Pasco

  1. No imaginaba que buscando una foto encontraria la historia De Cerro de Pasco Soy Cerreño de nacimeinto y en cierta forma una nostalgia dentro de mi despierta al descrubrir el cerro de pasco de hace 100 años Hasta ahora nunca me dio mas ganas de saber mas de nuestra identidad y nuestra cultura que cada vez se va perdiendo y olvidando.

    1. Dino Serna Espinoza: Si nos sigue acompañando en nuestro recorrido por la historia de la “Capital Minera del Perú”, se va seguir llevando grandes y reconfortantes sorpresas. Adiós.

  2. Muy buena historia, le agradezco mucho este informe ya que estoy buscando todo lo relacionado a cerro de Pasco. Un abrazo desde Buenos Aires.

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