CÓMO NACIÓ NUESTRA TIERRA (ÚLTIMA PARTE)

SE FUNDA LA VILLA DE PASCO
Tenían que vivir cerca de los yacimientos para no perderse tremendos filones de plata. Aprovechando las escasísimas treguas de las nieves condujeron sus cabalgaduras por aquellas soledades en busca de un lugar propicio para edificar la villa que los aposentara. Entraron en un pétreo mundo fantasmal de seres gigantescos como demoníacos engendros lucían sus aterradoras siluetas: El Bosque de Piedras. Espectaculares animales prehistóricos, reptantes gusanos monstruosos; una traviesa tortuga en vaivén de equilibrio; un elefante con el arco de su trompa congelada, hipocampos de mares misteriosos e invisibles; titanes, sílfides, nereidas, desproporcionados argonautas; rocas como derretidas por la ardiente lujuria del fuego; interminable hilera de monjas en disciplinada asistencia a lejanos monasterios; decrépitos ancianos con enormes cargas a las espaldas y báculos deformes y tembleques. Todo, todo de piedra. Una locura espectacular de quiméricas dimensiones en donde la imaginación se recrea en la identificación de gnomos, fantasmas, espectros, trasgos, almas en pena… Los caballos relinchaban lastimeramente rebelándose a bridas y bocados. Tal su miedo. El silbante viento del páramo producía extraños silbos entre los roquedales. No pudieron más. En silencioso recogimiento se retiraron de aquel mundo fantasmagórico. Avanzaron por la pedregosa Ninagaga “donde el fuego brilla”, galoparon de sur a norte por la explanada de Vicco, Rancas, Yurajhuanca, Raco, Sacra… pero ninguno de estos lugares satisfizo sus expectativas. Después de mucho buscar decidieron afincarse muy cerca de Putaca, abrigado lugar protegido por los cerros. Encontraron suficiente agua para proliferar pozos, combustible abundante y, lo que era más importante, estaba muy cerca a los yacimientos de Colquijirca.
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CÓMO NACIÓ NUESTRA TIERRA (QUINTA PARTE)

Con enternecedor comedimiento y maneras muy señoriales el apucuraca les invitó a pasar a la sala principal, enorme y bien dispuesta, para tomar sus alimentos. Se sentaron a horcajadas sobre abrigadas mantas de lana colocadas sobre crespos vellones que enmarcaban la mesa gigantesca, uno al lado de otro –españoles y nativos señoriales- en amical compañía. Antes de servir las raciones personales, dispusieron sobre el mantel central, variada y abundante cantidad de papas harinosas de diversos tamaños y colores, al lado, pucos repletos de ajíes en su más grande variedad: verde con chincho esmeralda; rojo con achiote como ígneo líquido mantecoso; espeso combinado con challwas secas y molidas aderezado con cochayuyos; otros pucos especiales con rodajas de rocotos traídos por los panatahuas en sus matices diversos. Sin el ají, no hay comida en estas alturas; con él la sangre se calienta y circula en una fogosa continuidad. El primer plato que trajeron en mates personales, fue un verdadero manjar para visitantes y anfitriones: rodajas de cuello asado de llama acompañadas de papas amarillas; luego otra golosina serrana, ajiaco de seso de paco, una notable delicia, preferida por los más notables, servidos con morayes blancos y esponjosos. Lo que más agradó a los famélicos extranjeros fue el picante de cuyes con bermejos achiotes; picantes charquicanes; abundante caldo de mondongo con mote reventado de maíces tarmeños; enormes mates de cancha, humitas, ocas, mashuas… todo salpimentado con refrescante chicha de jora serrana. Para finalizar la comilona sirvieron deliciosos dulces de maca, cahui y ocas. Al final, hirvientes mates de infusión de gamatay que, como por encanto, quita la flatulencia de los vientres ahítos de comida.
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CÓMO NACIÓ NUESTRA TIERRA (CUARTA PARTE)

Aquel abigarrado grupo de alucinados avanzaba a duras penas por páramos ignotos donde jamás huellas extrañas lo habían hollado. Una ventisca arrastrada por el viento silbante lanzaba heladas esquirlas que se cebaban de los curtidos rostros barbados. No obstante los gruesos jubones, los torsos resistían a calentarse. Agarrotados como carámbanos, muslos y piernas sufrían bajo las calzas dentro de las botas. En su inmovilidad absoluta, los pies apenas si conservaban la vida. Los hombres tiritaban al borde del pasmo. La palidez pintada por la nivosa altitud aparentaba los rostros fatigados como espectrales visiones de ultratumba. La altura ahogaba los engreídos corazones costeros desbocándolos hasta dejarlos sin resuello. El mezquino oxígeno les era dramáticamente esquivo. Martillantes como cilicios, las sienes les palpitaban encabritadas cubriéndolos de sudoraciones frías. Arcadas compulsivas rasgaban sus entrañas porque ya nada tenían que arrojar. ¡Cuánto estaban pagando por aquella irrefrenable avidez!. Esta era una pequeña parte de los primeros 607 conquistadores que habían partido del puerto de Sevilla. Bribones, tahúres, pícaros, tunantes, golfos, rufianes; hombres que habían despreciado los duros oficios para destinarlos a moros y judíos. El común denominador era su plena juventud, la edad de las grandes locuras, de la ambición sin freno, de los impulsos renovadores y audaces; soplo poderoso de vida que generalmente desemboca en beligerancia que los había impulsado a venir a América, a someter, a cristianizar y a poblar. Para someter utilizaron mortíferas armas de fuego que los naturales jamás habían visto. La pólvora que alcanzaba distancias extraordinarias con balas lanzadas por mosquetes y arcabuces mil veces superior a sus hondas; el caballo los nubló de terror porque creían que actuando en connivencia con el hombre constituían un solo monstruo. Con el uso de estas armas supieron ganar nombre y hacienda, es decir: honor y grandeza. Ganaron a los naturales para la iglesia, enseñándoles la doctrina cristiana después de destruir a sus dioses e ídolos hechos de oro, plata y piedras preciosas. La cruz estuvo junto a la espada. Para poblar dieron rienda suelta a sus ímpetus juveniles, a su lascivia incontenible que convertía en pasto de sus apetencias a las hermosas doncellas indianas. Su audacia y empaque contribuyeron a ello. La abstinencia carnal los había aherrojado en una insaciable vorágine de deseos contenidos. Poquísimas mujeres hispanas habían venido con ellos; generalmente esposas y amantes de sus compañeros y, algunas meretrices que muy pronto se hicieron de un nombre y un marido. Las indias jamás habían visto a esos hombres extraños, bien parecidos, de pobladas barbas, ojos claros y gentil apostura. Cuando éstos recibieron el encargo de afincarse en aquellas soledades rebosantes de oro y plata, a nombre de don Joan Tello de Sotomayor, no lo pensaron dos veces. Acometieron la empresa con entusiasmo.
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CÓMO NACIÓ NUESTRA TIERRA (TERCERA PARTE)

Las crónicas de Estete lo aseguraban y los comentarios de Hernando Pizarro las avalaban; hasta el trashumante cronista, Pedro Cieza de León, ponderaba admirado, la abundancia argentífera del lugar que más tarde sería el Cerro de Pasco. Decía: “Hay tanto oro y plata para sacar por siempre jamás; porque en todas partes que busquen y caven, hallarán abundante oro y plata”. Él había visto, deslumbrado, la abundancia argentífera que se hallaba a flor de tierra y que los nativos –yauricochas- la trabajaban a cielo abierto; había admirado la maestría alcanzada al atarear con gran habilidad el oro, la plata, el cobre y aleaciones con lo que fabricaban esculturas extraordinarias, adornos, vajilla y objetos de culto para sus dioses. Además de la abundosa tradición oral que hablaba de incontables cantidades de oro y plata en minas que sólo los naturales conocían, los documentos redactados por sorprendidos españoles ponderaban su abundancia. El cronista Antonio Vásquez de Espinoza, decía: “Hay en esta zona, abundantes minas de plata y oro que sólo los indios conocen” Iñigo Ortiz de Zúñiga, afirmaba: “Sacan de la dicha laguna de Yauricocha abundante oro y plata que no se sabe cuánto hay; también de Guarcaca y Vinchos sacan harta plata” (…)”Sacan desde Yauricocha el oro y la plata para tributar al inga sin que les quedase nada de ello. Todo lo que sacan se lo llevan al mismo Cusco convertidos en notables piezas de ídolos, animales y seres humanos, sin osar quedarse con nada, so graves penas. Aquí están aposentados los más grandes orfebres nunca antes conocidos”. Fue en ese instante que en el mapa de su quimérica geografía, prendieron el nombre de la zona deslumbrante como rutilante mariposa de ensueño. Estaban seguros -como había sucedido en España durante la Guerra de la Reconquista- entraría en vigencia el reparto de encomiendas en el Perú; no sólo como lote de tierras en pago al esfuerzo de los conquistadores, sino también como abastecimiento de hombres para el trabajo más todo el oro y la plata que poseían los indígenas, deduciendo de su valor, ¡eso sí!, el quinto real que pertenecía al soberano.
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CÓMO NACIÓ NUESTRA TIERRA (SEGUNDA PARTE)

Toda la trágica historia comenzó cuando el Inca, señor de estos imperios, cayera prisionero de los invasores extranjeros que habían llegado sedientos de riquezas. Su menosprecio y falta de previsión determinó que en la plaza de Cajamarca, en menos de una hora, cayera en manos de ciento sesenta y ocho astrosos aventureros que vencían fácilmente a su ejército imperial que había conquistado toda la América del Sur. Es increíble, pero rigurosamente cierto. El ensordecedor estruendo de cañones, bombardas, falconetes y arcabuces con el acre humo de la pólvora, los inmovilizó; el aterrador relincho de desbocadas bestias de Apocalipsis retumbando sus cascos acerados sobre el empedrado, los espantó después. Las bestias galopaban con los ojos como ascuas, belfos babeantes y crines al viento, llevándose por delante a sorprendidos guerreros nativos que nunca habían visto semejante prueba de poder. Mandobles españoles seccionaban cuerpos nativos haciendo volar manos, brazos y cabezas en medio de incontenibles ríos de sangre. Los que huían aterrados tropezaban con sus intestinos. Simultáneamente los perros de presa, hambrientos y salvajes, de miradas de fuego y dentelladas de infierno los retaceaban en medio de gritos de espanto que se confundían con el estrépito de trompetas, arcabuces, mosquetes y cañones. Aquello fue el infierno de una salvaje carnicería. Al final, el monarca cayó de su enjoyada litera de hombros de los soldados lucanas que lo llevaban. En ese momento, sin haberlo previsto, aquellos haraposos españoles cambiaban la historia del mundo y el nombre del Perú recorría los confines del orbe.
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CÓMO NACIÓ NUESTRA TIERRA (PRIMERA PARTE)

Soledoso panorama de Yauricocha (“Laguna de metales”) (1200 a 1567). Más tarde se dividió en varias lagunas menores que ocuparon nuestro territorio: Yanamate, Chaquicocha, Patarcocha, La Esperanza, Lilicocha y Quiulacocha Sólo los habitantes de sus contornos conocían el lugar donde proliferaban las vetas de oro y plata. Otro nombre con el que se le conoció fue el de “Cerro Mineral de Bombón”. Vigente la ciudad colonial, se le adjudicó el nombre de “San Esteban de Yauricocha”; en 1620, “El Nuevo Potosí”; en 1639, “Ciudad Real de Minas”; y en 1771, por primera vez, “El Cerro de Pasco” por disposición del virrey Manuel Amat y Junient que la llama: “Distinguida Villa del Cerro de Pasco”. En un Congreso Nacional de Minería fue reconocido unánimemente como “Capital Minera del Perú”.
El Cerro de Pasco nace oficialmente el nueve de octubre de 1567 tras el primer denuncio de minas. Su primer nombre: San Esteban de Yauricocha. Una avalancha de gentes de lugares aledaños primero y de los más apartados después, ocupó el territorio donde la plata se encontraba a flor de tierra en abundancia nunca antes vista. Cuando los guías dijeron que esa era la zona de los prodigios, no lo pudieron creer. A su vista se extendía una ilimitada superficie con una laguna agitada por frígidos ramalazos que venían de todas partes. Uno de los guías sólo pronunció el nombre: “Yauricocha” (“Laguna de los metales”). De los agrestes roquedales circundantes sacaban la plata y el oro con la que los artesanos transformaban las pepitas en largos cintajos que tras cuidadosos repujados, embutidos y soldados, transformaban en finas esculturas que reproducían animales de la caza nutricia que sus antepasados habían pintado en las paredes. Ellos no. Esculpían llamas, alpacas, guanacos, vicuñas, con sus correspondientes pastores de tamaño natural; gallaretas, wachwas, ranas, challwas, cóndores, zorros, vizcachas y otros seres en plata y oro que los españoles habían admirado en Cajamarca. Eran inspirados artistas naturales. Recorriendo a caballo las enormes extensiones, llegaron a advertir que una sucesión de lagunas se comunicaban entre sí por canales subterráneos. La primera y más alta, Yanamate, luego Yauricocha (a partir de aquellos tiempos comenzó a llamarse Patarcocha en homenaje al valiente cacique Patar) y, descendiendo, La Esperanza, Lilicocha y, finalmente, Quiulacocha.
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SEMBLANZA DE HARRY WALL, “CÁCERES CHICO”

En la vida del pueblo minero, pocas veces un norteamericano ha llegado a adueñarse del afecto y respeto de los cerreños. Tal es el caso de un joven de blondos cabellos, muy recordado por los viejos mineros que todavía relatan sus aventuras románticas y arriesgadas: Harry Wall era su nombre pero era más conocido por “Cáceres Chico”, un apodo de leyenda. No era para menos, admirador incondicional de las hazañas del “Brujo de la Breña”, se enroló en las huestes patriotas al servicio de su ídolo que, dicha sea de paso, le dispensó con su afecto y comprensión. Extraordinario maquinista, realizó múltiples servicios a la causa de la resistencia nacional conduciendo tropas, víveres y pertrechos de guerra. Su respeto hacia nuestro adalid fue de tal magnitud que en múltiples oportunidades salvó la vida de nuestro héroe nacional. El mismo general Andrés Avelino Cáceres refiere así la personalidad de Harry Wall en sus “Memorias”.
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