LA TIERRA DEL FUEGO (La leyenda de Ninagaga)


En aquellos tiempos, cuando los Chinchaycochas habían sido sometidos por los incas, llegó a la zona conquistada un grupo de arquitectos imperiales con el fin de construir el pueblo de PUMPU, nucleando a todos los villorrios diseminados en una unidad arquitectónica coherente. Entre estos pueblos andinos se encontraba TIAN PAMPA, germen de lo que más tarde sería el pueblo de Ninagaga.

TIAN PAMPA erigida en una amplia planicie pedregosa, estaba constituida por una serie de calles regulares, trazadas siguiendo el criterio de unidad urbana de entonces con casas edificadas con piedras pequeñas y regulares, unidas solamente por una argamasa de tierra arcillosa. Cuatro barrios tradicionales la integraban: Yanayacu, Carhuacayán, Recuay y Colca. Sus hombres estaban dedicados a la cría de llamas, alpacas y vicuñas. En la agricultura, producían maca, papa shire, oca, mashua, y una valiosa variedad de alcacer.
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EL MILAGRO DE LOS JIRCAS


Hace muchísimos años, en los linderos del pueblo de Anasquisque, vivían dos hermanos que a la muerte de su padre habían heredado grandes extensiones de terreno y numerosos animales. El mayor, abusivo y prepotente, se apoderó de gran parte del legado confinando a su hermano menor a una minúscula parcela de terreno escabroso e improductivo. Como era de esperarse, muy pronto éste quedó sin un animal de su propiedad porque un huaico feroz con su correntada voraz había invadido sus terrenos arrasando con su ganado. Ante esta aflictiva situación acudió a su hermano mayor en busca de ayuda para su mujer y su hijo, pero éste, desamorado y duro de corazón, le arrojó de sus predios amenazándole con que, si volvía, le rompería las costillas. Ante esta cruel actitud, el hermano menor dejó a su mujer y a su hijo en una choza para ir a cazar venados para su alimentación. Poquísimo tiempo después se encontró sorteando los obstáculos pétreos de las alturas buscando su presa. Su caminata fue agotadora como infructuosa; para mala suerte fue sorprendido por una tormenta de nieve que arrastrada por un aire silbante, hizo que se refugiara en una caverna que encontró a la mano.
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LA TUMBA DE LOS GALLO

En la parte central del cementerio cerreño, custodiado por fundidas rejas lanceoladas de hierro, permanece corroída por los años, la cripta de los Gallo Díez, iniciales dueños de estas tierras. Cuando en mayo de 1879, el minero español José Gallo Díez, a nombre de su familia, dona a la Beneficencia Pública un terreno vaco en Pariajirca Alta, a iniciativa de Miguel Aparicio López, Primer Conciliario de dicha institución, se fija como lugar propicio para el erigir el nuevo cementerio. (Las leyes entonces vigentes determinaban que los camposantos debían estar ubicados a las afueras de la ciudad para evitar contagios y permitir el “descanso eterno de los difuntos”). El viejo cementerio de yanacancha, se hallaba atiborrado de tumbas.

Por especial disposición de don José, se erigió un mausoleo a fin de que en él reposaran los restos de toda su familia. Se construyó uno con piedras de Quilcaymachay en observancia de los modelos españoles. Si fijaron ocho nichos para cada uno de los miembros de la familia. Se encontraban felices y contentos con los frutos que habían obtenido de sus minas y decididos a quedarse, proyectaron el mausoleo. Eso sí, en la parte central, se hizo un subterráneo donde con mármol de carrara se proyectaron los nichos donde reposarían los restos patricios de don José, su esposa y dos hijos. Para entrar en esta adusta bóveda, había –todavía está- la puerta de hierro que custodia el ingreso. En ese momento no sabían que pronto serían atraídos por Lima y otras ciudades españolas.

Transcurrido el tiempo, la erosión de los años, del abandono y silencio así como las lágrimas de mil y un inviernos, carcomieron las piedras de sus vetustas paredes que guardan la puerta de hierro de sólidos contornos, cuyas gradas conducen al subterráneo donde un túmulo blanco de mármol de Carrara debió guardar su cadáver.

LA MINA ES CELOSA

Entre las supersticiones que a través de los años ha ido impregnándose en la conciencia de los mineros, está la referida a la mujer. “Jamás –dicen- bajo ninguna circunstancia, por más dramática que sea, debe permitirse el ingreso de una mujer en la profundidad de la mina”. Este es un precepto terminante. “La mina es terriblemente celosa. Ella sola debe tener contacto con los hombres”. “Si una mujer entra en la mina, ésta se pone celosa y se encabrita como fiera en celo. Buscará ejercer su venganza entre quienes desobedezcan este ancestral mandato de los atávicos mineros”. “Derrumbes, explosiones, gases venenosos, terremotos…serán su manera de manifestarse. Muchos son los casos que la historia registra”. Uno que nos relató Miguel Rosales Llanos, nuestro viejo y entrañable amigo minero (Se retiró después de trabajar cincuenta años ininterrumpidos en aquellos oquedades siniestras), es el siguiente.

“Junto al contingente de vascos que llegaron a trabajar a nuestras minas a mediados del siglo XIX, estaba uno muy extraño, alto, completamente magro, pero resistente, que pronto concitó la admiración de las cuadrillas de laboreros por su diligencia y cuidado. Comenzó como “tareador” controlando asistencia y producción de los obreros que trabajaban dentro. Muy callado. Desde que entraba en la “labor”, nada lo distraía. Completamente silencioso cumplía rigurosamente las tareas que le asignaran. Aprovechando un día de ausencia, sus compañeros se enteraron por la ficha laboral correspondiente que su nombre era Juan Recacochea. Que había nacido en Vizcaya. Que tenía treinta años de edad. Que no tenía familiares en la ciudad y sólo estaba inscrito en el consulado español, como tal. Nada más. No pudieron encontrar más datos, pero les intrigaba su forma de ser tan reconcentrado en sí, rodeado de un silencio sepulcral que no rompía bajo ninguna circunstancia. Comenzaron a tejer mil y una conjeturas respecto de su personalidad. Les llama la atención su rostro de rasgos finos en los que sus ojos negros parecían dos carbones contrastando violentamente con su voz dura, de solamente palabras necesarias.
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LA CALLE GAITERAS

En realidad era un estrecho pasaje que comunicaba la calle Fernandini con la Plaza del Comercio. En sus inicios, a decir don Aníbal Gálvez, Ramiro Ráez Cisneros y don Gerardo Patiño López, fue una calleja “pecaminosa” a la que se la denominó también “La Quita Prosa” y “El Culebrón”; allí estaba asentada el más connotado burdel cerreño con pupilas especialmente españolas de Galicia a las que conocían por “Las Gaiteras”, andando los años, (1890) cuando la compañía Azalia – Nation levantó el edificio colindante –el más grande de la Plaza del Comercio- llamada después Centenario, las pelanduscas tuvieron que marcharse con la música a otra parte. La calle se adecentó y llegaron a vivir Juan Azalia, Alexander Nation, Mercedes de Gago, el italiano Francisco Puccio y su compatriota Ricardo Lercari.
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ACTUALIDAD

Saludamos con especial afecto el resultado de las elecciones generales efectuadas el viernes 21 del presente, para elegir a la nueva Junta Directiva de la Hermandad de San Miguel Arcángel, patrono de la ciudad del Cerro de Pasco. Con la participación de la totalidad de sus miembros – todos integrantes del Club Departamental de Pasco- por unanimidad fue elegida la siguiente Junta Directiva:

Presidente: Dr. Marcelino Flores
Vice Presidenta: Sra. Juana Alania.
Secretaria: Srta. Mery Luz Languasco
Tesorera: Sra. Betty Llanos Camones.
Pro tesorero: Sr. Jorge Benito Alfaro.
Secretaria de Organización: Srta. Carmen Gamarra Acevedo.
Secretario de Prensa y Propaganda: Sr. César Pérez Arauco
Vocales.
Marielena Alcarraz
Edita Verástegui
Vilma de Proaño
Fiscal. Sra. Delia Ramón de Maldonado.

La instalación y Juramentación correspondiente se realizará el viernes 28 del presente a las 7.30 de la noche en el Aula Magna del Club Departamental Pasco.

LOS MULEROS (7)

Álvaro y Cantalicio, fueron testigos de los terribles sufrimientos que soportaban los hombres traídos de campos agrícolas para ser introducidos en las ratoneras infames de la mina; acompañaron en sus andanzas a fray Buenaventura de Salinas y Córdova, único sacerdote que tuvo el coraje de denunciar abiertamente ante indolentes autoridades virreinales, los atropellos contra los nativos. De nada valió su lucha. Fue expulsado de por vida de nuestro país por insinuación de los poderosos. Murió en un convento de México.

Estuvieron también al lado del polifacético fraile mercedario, Mariano Aspiazu, -intensos ojos azules sobre su palidez de estuco- venido de Quito, perseguido por los realistas a los que denominaba:“perros”; luchaban difundiendo pasquines y libelos por la libertad de nuestro país. Escondidos entre sus alforjas –centauros del viento- los Oyarzábal circulaban estos mensajes revolucionarios entre las gentes de la zona. Todavía eran unos niños, pero ya estaban batallando. Fueron impotentes testigos de cómo, extranjeros recién llegados, con la complicidad de chupatintas y notarios, se adueñaron de ancestrales terrenos pertenecientes a los campesinos pasqueños.
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