LOS MULEROS (4)

Tras su bautizo y el inicio laboral, los jóvenes jinetes conocieron que la ruta más brava era la de Lima a Huamanga, Cusco y la Paz. Se suavizaba en Jujuy, Córdoba y todo San Miguel de Tucumán. El recorrido, era no sólo difícil, sino también, agotador. Debían traer de allá las mejores mulas que eran muy apreciadas por los mineros. Por ellas pagaban bien, contentos sin regatear, considerando su buena calidad.

Practicaron también los mandamientos de la tradición. Además de las provisiones de boca, arreos y demás utensilios personales, conducirían centenares de cabezas de ganado ovino cuya carne era muy apreciada en todas partes. Había que llevarlos para su venta en el trayecto y meta final; por eso deberían tocar ciudades importantes.

Es decir conducirán animales, tanto al ir como al volver. Para retornar, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy, Oruro, Puno, Cusco, Huanta, Huancavelica y Pasco, constituirán por lo menos cinco tropas, con 1,700 a 1,800 mulas cada una, conducidas por grupos de dieciséis muleros, incluyendo al capataz y al ayudante. El salario de cada cual estaba fijado en 850 pesos para el capataz; 360 para el ayudante y 175 por cada peón.
La tropa de mulas podía trotar decenas de kilómetros en aproximadamente doce o catorce horas de marcha, aunque lo ideal era ocho, para no agotarlas. Eran alimentadas con pasto fresco de las laderas circundantes y fardos de forraje seco, avena y maíz.

Tienes los dientes de nácar,
los labios de leche y sangre,
tienes los ojos muy negros
como la virgen del Carmen

Perdí media vida mía
por cierto placer fatal,
la otra mitad yo daría,
por otro placer igual

Buena alhaja, el comisario
que al perro sabe imitar
que sólo al de poncho muerde
y al de levita, jamás.

El transporte de mercancías se efectuaba en recuas conformada por ocho o diez cargueros; cuando había más de seis, se la dividía en retazos; para que prosiguieran sin dispersarse, eran guiadas por el cencerro de una madrina. Las carretas que también conformaban la tropa, estaban haladas por cinco mulas, una en las varas, dos laderas y dos cuadreras. En ellas se transportaba los elementos necesarios para cocinar el rancho y todo lo que a ellos competía, además de elementos de auxilio y trabajo.

El conductor o carretero debía apretarse fuertemente la cintura con faja de lana para resistir la fatiga de la jornada y proteger los riñones a los cuales afecta el paso peculiar de las mulas; sobre la faja el cinturón para la vaina del cuchillo.

Carreta que vas rodando:
¡Cómo me parezco a ti!.
a ti te arrastran las mulas,
y el dolor me arrastra a mí

Aprendieron que la alimentación había que cuidar preferentemente. El trabajo sacrificado y agotador demandaba una recuperación de fuerzas que sólo un buen yantar podía proporcionar. Para ello debían agenciarse provisiones de boca en cada tambo del camino. En sus alforjas llevaban un buen trozo de tocino que suplía a la grasa de puerco y es más delicioso cuando deja trocillos que no se derriten; pimienta, ají molido, tomates, cebollas, ajos y un par de libras de arroz que servirá para cinco días más o menos por jinete; los limones y naranjas que reemplazan la falta de vinagre que en la mayor parte de aquello alejados parajes no se encuentran, o es tan amargo que echan a perder los guisados.

Lo que debían evitar en todo momento era el consumo de jamón y salchichones excitan la sed y provocan beber a cada instante. Esto no es saludable por el riesgo de no encontrar agua pura. Para evitar el empacho, deben beber con disciplinada moderación, unos tragos de aguardiente, especialmente anisado. Para el cansancio y la tristeza, siempre es buena acompañante las hojas sagradas de la coca y, claro, una buena viola.

El día que tú te cases,
a mi me sepultarán,
en tu casa habrá alegría
y en la mía llorarán.

Álvaro y Cantalicio llegaron a conocer ampliamente la pampa argentina en el ejercicio de la dura faena de muleros. Fue el escenario donde transcurrió gran parte de sus vidas. La pampa, palabra quechua que significa “campo abierto”, es una inmensa llanura de pasto verde que va desde el Río de la Plata y el Atlántico, hasta los Andes; y desde el sur de Mendoza, San Luis, Córdoba y Santa Fe hasta el Río Colorado en la Patagonia; una extensión en la que cabrían varias naciones europeas con sus millones de habitantes.

Hasta el río Salado del Sur, es húmeda y allí crecen ombúes, sauces y otras plantas; después, hacia el oeste, comienzan las extensiones secas. Pero, en la pampa no todo es belleza, hay también amenazantes peligros como, el “guadal”, un pantano de tierra fofa que se extiende a veces por leguas y es capaz de devorar mulas y caballos. Es más peligroso cuando es un “cangrejal”; allí está la muerte por la tortura de millones de pinzas voraces en insomne acecho.

Los médanos, montones de arenas movedizas que contienen agua. En algunos hay cigüeñas, patos, gallaretas, flamencos, nutrias, aunque también víboras venenosas ocultas en los pajonales; tigres pumas y voraces mosquitos. Se encuentran también lagunas saladas y montes de algarrobos con su vaina nutritiva, de alpatacos, de caldenes, de talas, de molles; toda madera fuerte, dura y no pocas veces espinosa.

El viento es desbordante y desata sus cóleras en inundaciones y sequías. En una sequía pueden morir centenares de miles de animales. Cuando se huye hacia pampas húmedas se van dejando hombres y bestias para banquete de cuervos y chimangos. Otro peligro es el espejismo que los gauchos llaman “Brillazón” que hace ver a los jinetes ciudades inexistentes.

Cuentan con dos pájaros vigilantes: el tero y el chajá. Todo lo ven y todo lo oyen. El Ñandú, hermano del avestruz del África, ligero, gambeteador, “el más grande y menos pájaro de los pájaros”. Los jóvenes jinetes aprendieron a ser excelentes vigías, gran vista y gran oído, conocedores, desde sus primeros años, de todos los caminos de la ruta y de los bosques, lagunas, médanos y de todos los peligros que acechan al jinete viajero.

– 6 –

“PUÑALADA” mulero cerreño que faltó a la tradición
Considerando que entre el ir y venir de Tucumán, los muleros demoraban varios meses, la mayoría de ellos eran solteros porque el matrimonio los asentaba como ancla. Uno de otro que se aventuró a dejar la soltería, tuvo que afrontar las tristezas que originan las ausencias y distancias, sin considerar el peligro de dejar abandonada a su suerte a la compañera de su vida. Para graficar el peligro que acarreaban estas ausencias, en el pueblo se narraba esta historia.

Todo comenzó una noche en una iluminada taberna cerreña. Al calor de los tragos, unos hombres se habían trabado en una agria discusión que derivó en una apuesta denigrante.
– ¡Yo sostengo que todas las mujeres son falsas y tramposas!. ¡Sólo esperan que el marido dé vuelta para que los engañen y les pongan los cuernos!-decía alterado uno de ellos.
– No puede ser. No todas son malas. Siempre hay excepciones –respondió otro.
– ¡Qué inocente eres!…¡las mujeres están hechas con la piel del demonio… ninguna es honesta… dale una ocasión y te traicionará!.
– ¡Estás hablando con resentimiento, sin medir tus palabras!.
– Sí, mil veces sí… todas las mujeres son canallas y perversas… ¡haz la prueba y verás!…
– No generalices. ¡No todas son desleales!…
– ¡Todas!…¿Me entiendes?… ¡todas!…¡todas!. ¡No hay ninguna que sea honrada!.
– ¡No te permito que hables así, porque en ese caso también te estás refiriendo a la mía!…
– ¡Todas las mujeres son iguales!…¡alevosas!. ¿Por qué crees que la tuya sea la excepción?.
– ¡Porque yo la conozco desde niña y sé que nunca me sería infiel por nada del mundo!…
– ¿Estás seguro?
– ¡Claro, pues, miserable, estoy seguro… ¡segurísimo!.

El que ofendía a las mujeres con un desparpajo desafiante, comenzó a pasearse por todo el ámbito de la taberna y cuando hubo llegado al otro extremo, gritó:
– ¡Puede ser cierto lo que tú dices… hasta ahora!. ¡Pero dale una oportunidad y verás que te traicionará!…
– ¡No! –Gritó indignado el mulero.
– Si estás tan seguro… ¿Por qué temes?…¡Te apuesto!.

El silencio de la estancia se cargó de terrible expectativa y mudos los amigos no perdieron palabras del diálogo, el marido, ofendido porque se hubiera dudado de la integridad de su cónyuge, aceptó el desafío.
– ¡Acepto!. Dime ahora en qué consiste la apuesta.
– Mira, tú eres mulero y mañana irás rumbo a Tucumán a traer mulas para las minas. No estarás por aquí por mucho tiempo, será más que suficiente para probarte que ella es igual a todas las demás.
– ¿Qué harás? –Gritó el marido ofendido.
– A tu retorno, en este mismo lugar y delante de estos mismos caballeros, te presentaré las pruebas más irrefutables de que tu mujer te ha traicionado, en cuyo caso, me tendrás que dar todo el importe de tu negocio de las mulas…
– Y si no fuese así… –decía pálido el marido – Si no fuese así… ¡te mato!. – concluyó perturbado.

La apuesta quedó concertada. Esa noche el recio hombre cerreño no durmió acosado por la duda de ese negativo sentimiento. Ni siquiera mencionó a su mujer la concertación de la apuesta. A la claridad de los primeros rayos del alba, se unió a la tropa de jinetes y partió llevando su dolor, su dilema y rencor.

El apostador, en la seguridad de que el marido había aleccionado a su consorte para no aceptar sus requerimientos, urdió una trampa vil. Conocedor de que una vieja mujer la acompañaría durante las noches que durara su ausencia, procuró encontrarse con ésta sin que la señora se enterara. Un día la abordó y con mucha sagacidad, le dijo:
– Señora, ¿Quiere ganar cien doblones de plata?.
– ¿Cien doblones de plata, caballero?…
– Sí, señora.
– ¿Cómo?
– ¡Muy fácil!. Lo único que tiene que decirme es, qué señales tiene en sus partes íntimas su ama y traerme cualquiera de sus piezas de ropa interior.
– ¡Pero… ¡¿Para qué?! –Se alarmó visiblemente la anciana.
– No se preocupe, señora. Yo no le haré ningún daño. Eso es lo único que quiero; a cambio, yo le daré el dinero y muchos regalos más.
– Pero… ¿Cómo conseguiré verle las partes más íntimas a mí señora ama?.

El bribón, que todo lo había preparado, le explicó al detalle lo que tenía que hacer y para darle más confianza, le regaló con dos monedas que la deslumbró.

La vieja rastrera, cumpliendo con lo que su contratista le había encargado, reunió con mucha paciencia una buena cantidad de piojos y, una noche, sin que la dama lo viera, los echó en la cama y luego se acostó. Como era de esperarse, a medianoche, presa de insoportable picazón la señora despertó y llamó para que la vieja la examinara. La oportunidad fue muy bien aprovechada por la insidiosa. Desnuda completamente, a medida que la espulgaba fue examinada con mucho detenimiento por la vieja que se fijó cuidadosamente en las partes secretas. Exterminados los piojos, la hizo vestirse teniendo mucho cuidado en ocultar la más íntima de las prendas. Dueña de estos informes, buscó al infame que ni siquiera se había hecho ver por la señora. Luego de pagar espléndidamente a la felona, esperó la llegada del mulero. La esposa –ignorante de lo que se tramaba- también esperaba por el arribo de su marido.

Como se había previsto, así demoró el mulero. Cumpliendo con lo pactado, las mismas personas se reunieron en el mismo lugar, expectantes de lo que iría a ocurrir. La noche cargada de presagios y temores agoreros fue testigo del encuentro.

– Ya estoy de vuelta y he venido a saber el resultado de la apuesta – dijo con voz cansada el mulero.
– Aquí estoy para probar lo que dije –retrucó orondo el farsante- como hemos convenido, aquí estamos todos, en el mismo sitio y entre los mismos testigos, para probarte públicamente que tu mujer no es todo lo honorable que dijiste que era.
– ¡¿Qué pruebas tienes?!!! –Replicó el mulero con el color demudado y una acentuada convulsión en los labios. – ¡¡¿Qué pruebas tienes?!!!
– ¡Esta!… –ante el atónito auditorio, sacó el zurrón, la prenda más íntima de la señora ¿Lo reconoces?
– ¡Déjame verlo! –Con un resto de esperanza y un marcado temblor en las manos examinó la prenda, y al ver el bordado de su monograma, comprobó que efectivamente era de su mujer; sin embargo con un hilo de esperanza casi gritó:
– Pero… ¡has podido robarlo!…
– ¿Robarlo?…¡lástima que no pudiera conservar el calor natural con que se lo quité…
– ¡Eso no prueba nada!.
– ¿No?…bueno, ya que tú insistes, te diré algo más que sólo tú y yo sabemos. Tiene los bellos rubios y encrespados y en ese lugar tan íntimo y secreto esconde un par de redondos lunares como dos arvejas y si no fuera bastante, en la nalga derecha tiene una pequeña cicatriz en forma de hoz… ¿Qué más quieres?.

El mulero no pudo seguir escuchando y cayó sentado sobre el tosco butacón de madera con todo el peso de la tragedia sobre sus espaldas. El rufián, cogió de la mesa los doblones del mulero y con una risa sarcástica salió de la taberna:

– ¡Gané!…

Cuando el canalla se hubo retirado, los amigos, conmiserativos, se acercaron con rebosantes jarros de licor en las manos y después de darle unas palmadas de consuelo y comprensión sobre las espaldas, siguieron bebiendo en silencio. Ya cerca del amanecer, le acompañaron a su casa y, al despedirse, uno de ellos, puso un puñal en sus manos. El mulero comprendió el mensaje y entró en su casa.

La joven esposa que no imaginaba lo ocurrido, salió a recibirlo colmándole de besos y caricias. El marido, ciego de ira, desenvainó la daga y, fuera de sí le gritó:
– ¡He venido a matarte!.
– ¡Por Dios!. ¿Qué tienes, amor?…¿Por qué quieres matarme?…
– ¡¿Todavía me lo preguntas?! ….. Acabo de estar con tu amante y me lo ha contado todo delante de testigos!.
– ¿De qué hablas?…¡Dios!…¿qué te ha contado?……¿de qué?…¿Quién?…
– ¡De tus asquerosas y pérfidas aventuras!.

La discusión, cada vez más acalorada y amarga, siguió subiendo de tono y, en ella, fueron volcando todos sus sentimientos. El mulero, no obstante estar embriagado, vio en los ojos de su mujer tanta sinceridad y transparencia, que terminó por ceder a sus súplicas. Ya calmado la escuchó.
– No es necesario que te jure mi inocencia, porque Dios lo sabe todo y como la injuria me ha cubierto de negro baldón, te pido, te suplico, te imploro que, mañana a primera hora lleves a tus testigos ante el juez que yo estaré allí y probaré mi inocencia.

Al día siguiente el mulero, con un rescoldo de duda en el corazón, cumplió con ir a casa de sus amigos llevándolos al despacho del Juez Mayor. Ya en el local, los introdujo en una habitación contigua separada sólo por una cortina de pana a esperar un determinado momento. Entretanto, la mujer, iracunda y ofendida, llegó ante el juez y acusó al rufián de haberla ultrajado y robado. Si más trámite, el canalla fue detenido justo cuando se aprestaba a partir con su botín y su vileza.

Al entrar en la sala, maniatado y conducido por cuatro alguaciles armados, el ofensor vio a la mujer y al juez mayor que de inmediato abrió el interrogatorio y dirigiéndose a la señora le ordenó:
– ¡Usted ha traído una grave denuncia! ¡Diga!, ¿De qué acusa a este hombre?!..
– ¡De haber entrado en mi alcoba, violentarme y hurtarme mis tesoros más preciados!….
– ¿Es cierto? –Inquirió el juez dirigiéndose al reo, que pálido como un papel, comenzó a hablar con voz aflautada.
– ¿Yo… señor juez?… ¡esta señora miente!. ¡Yo nunca he entrado en su casa, ni la conozco por dentro siquiera y no le he robado ninguna joya u objeto preciado!….
– ¿Puede usted jurarlo?
– ¡Sí, su señoría!. Sobre el crucifijo del hijo de Dios. Nunca he entrado en la casa de esta mujer y menos aún la he tocado. ¡Se lo juro por Dios y por mi vida!…
– ¿Qué nunca la has tocado, dices?… –insistió el juez con energía.
– ¡No, nunca!. ¡Ni sé quién es!….
– ¿Es cierto eso?.
– ¡Se lo juro por Dios! –Y cayendo de rodillas besó el crucifijo.

En ese instante salieron de su escondite el marido y sus amigos. Los esposos se abrazaron delante del juez, y el delincuente, avergonzado de arrepentimiento narró todo lo ocurrido y en un mar de llanto pidió perdón a la pareja que feliz recibió la reposición de su dinero y sobre todo, la devolución de lo más preciado para el matrimonio: honra y felicidad.

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