LOS MULEROS (5)

El Cerro de Pasco y Tucumán, son ciudades hermanas. Fraternalmente coetáneas desde su nacimiento. El 31 de mayo de 1565, Diego de Villarroel fundó San Miguel de Tucumán; dos años más tarde, en 1567, con los primeros denuncios de minas, nacía el Cerro de Pasco. El arcángel San Miguel es patrono de ambas ciudades. Allá, San Miguel de Tucumán; acá, San Miguel de Chaupimarca.

Soy el licor que da vida,
al débil la fortaleza,
al valiente la arrogancia
y al tabernero ganancia.

El que quiera chupar caña,
que se vaya a Tucumán.
Allá la caña es barata…
teniendo con qué chupar.

Yo quiero a quien no me quiere,
que es la gracia del querer,
que querer a quien nos quiere,
cualquiera lo puede hacer

La historia asegura que entre el 1300 y el 1400, los ejércitos imperiales incaicos entraron en el Noroeste argentino: Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy. Aunque los aborígenes intentaron resistir, los incas los dominaron plenamente. Para controlarlos, trajeron mitimaes o colonos que respondían a los intereses del imperio inca. La tradición adjudica al inca Túpac Yupanqui la ocupación quechua en la Argentina. Algo parecido ocurrió en el norte de Chile. Los incas siguieron su avance hacia el sur conquistando a los huarpes de San Juan y Mendoza e incorporaron toda la región al Collasuyo al sur del imperio.

La dividieron en provincias y construyeron caminos, tambos, centros agrícolas de producción de tejidos, collcas, pukarás o fortalezas y numerosos santuarios en lo alto de las montañas. Levantaron instalaciones dentro o a continuación de los poblados locales, como ocurrió en Tilcara, Jujuy, y Quilmes, en Tucumán. Finalmente, los grandes centros imperiales de esta región fueron diseñados siguiendo el estilo impuesto desde el Cusco, con sus plazas, y demás edificios públicos.
Un consejo me dio un viejo
que nunca lo olvidaré:
más vale un pellejo de vino
que un pellejo de mujer.

Al comenzar el siglo XVI, la región del Tucumán se extendía por casi todas las actuales provincias del Noroeste argentino: Jujuy, Salta, Catamarca, La Rioja, Tucumán, Santiago del Estero y Córdoba, un total de unos 700.000 kilómetros cuadrados Aquí fundaron un pueblo llamado Pasco, en homenaje a su homónimo peruano.

El Cerro de Pasco –por otra parte- en diversas etapas de su vida auroral, llegó a formar parte fundamental de los territorios de Jauja, Tarma y Huánuco, siendo en todo caso, sustento y base económica de los mismos, al extremo que muchas veces, sus logros económicos, culturales, tradicionales y costumbristas, les fueron atribuidos a aquellas ciudades.

Éstas prosperaron desde el comienzo, gracias a la bonanza económica minera que compraba toda su producción agrícola, ganadera y artesanal. Así también Tucumán logró insertarse en nuestra economía a través de la producción de textiles de algodón, mulas, ganado cimarrón y sebo. En siglo XVII nace la hermandad histórica. En ella se inicia el comercio activo con el Cerro de Pasco, pujante centro comercial centroperuano.

El pisco puro es mi primo
el ron es mi gran pariente,
no hay cantina en el pueblo
donde no encuentre a mi gente.

A través de los años, entre habitantes de Pasco y Tucumán se produjo una identificación de usos, costumbres y tradiciones. Por ejemplo, en gastronomía, las sabrosas humitas tienen igual preparación que siguen los mismos procedimientos y los mismos ingredientes. El provocativo locro tucumano, con abundante carne, verduras, papas, trigo, maíz, carne, charqui, patitas, cuero y tocino de cerdo, tripas y zapallo condimentado con ají frito, tiene parecido sabor y consistencia al famoso caldo de mondongo cerreño, el plato minero por excelencia; el plato representativo y emblemático.

Los tamales son tan deliciosos como los nuestros, la misma condimentación y los mismos ingredientes; las empanadas tucumanas, rellenas de carne, son de igual factura que las nuestras. Una delicia muy especial

El rancho tucumano es parecido a la casa cerreña; paredes encaladas de tapial, techado con madera y paja y, puertas y ventanas, parecidas unas a otras. Allá por la benignidad del clima, un árbol y su aljibe correspondiente adornándolo; acá, sólo los quinuales, -heroicos árboles que germinan a estas alturas- acicalan la estancia.

Si canto me llaman loco
y si no canto cobarde;
si bebo vino, borracho
y si no bebo, miserable.

El 9 de julio de 1816, en casa de doña Francisca Bazán de Laguna, en San Miguel de Tucumán, se declaraba la independencia argentina. Cuatro años más tarde, el 7 de diciembre de 1820, se juraba la independencia del Cerro de Pasco tras la primera y más importante batalla de nuestra libertad. La casa de la matrona cerreña, doña María Valdizán, fue escenario de los preparativos bélicos. En todo momento, la inquietud argentina, anduvo paralela a la beligerancia cerreña. Además de nuestra habla similar con sus erres arrastradas y un tonito muy peculiar, hay una historia muy especial que nos hermana.

Unos se embriagan con vino,
otros se embriagan con besos;
y a las doce de la noche,
todos acaban durmiendo.

Con frescura el hombre rico
a la esponja es comparado,
porque si no se le aprieta,
no larga lo que ha chupado.

En la novenas que corren
los padres de Chaupimarca,
los pobres pagan las velas
y el milagro es pa´ los ricos.

-8-
Naturalmente, los Oyarzábal vivieron una serie de pasajes anecdóticos como ésta que se contaba en las chinganas cerreñas.

“Una mañana de julio, acabados de llegar de un agotador viaje a través de riesgosos caminos por las pampas argentinas, un grupo de muleros cerreños con el capataz a la cabeza, un mentado Feliciano Chiclana, más conocido por “Puñalada”, entró en el empedrado patio del Convento de la Santísima Trinidad de Tucumán.

No obstante el cansancio pintado en los rostros empolvados, sus pasos resonaron sobre el piso con el tintineo de sus nazarenas de plata. “Puñalada” tiró de la campana y al momento una voz femenina dijo “!Ave María Purísima!”. Voces broncas respondieron al unísono: “!Sin pecado concebida Santísima”!.
— ¿En qué podemos servirlos, hermanos?.
— ¡Somos arrieros de mulas de las minas de Pasco y queremos hablar con la Superiora para entregarle un presente!.
— Iré de inmediato a consultar con Sor María de Jesús Crucificado, para ver si los puede recibir…
— ¡Vaya, hermana! –Se escuchó al extremo del torno- Nosotros aguardaremos la respuesta.

¡Claro que los recibió!. ¡¿Por qué no?!. Las monjas sabían de los inagotables caudales de las minas cerreñas y la conocida largueza de sus dueños. No tardó mucho tiempo, sino el que lo separaba de su celda a la sala de recibo para que ordenara abrirles de par en par las puertas del convento. Éstos entraron con el chambergo en la mano, los cabellos apelmazados de polvo y el rostro curtido por los soles del camino y el hielo quemante de las noches. No obstante el manifiesto cansancio, se prosternaron para besar el crucifijo que la Superiora les alcanzó. ¡Cómo se conmovió la monja!.
— ¡Hijos míos, que Dios los bendiga!. Por lo que veo acaban de llegar de un largo viaje del Perú.
— Así es, reverenda madre –respondió “Puñalada”- acabamos de desmontar y, vencidos por el cansancio, hemos querido presentarnos para que mañana o pasado, a más tardar, puedan ustedes recibir nuestro donativo de carneros que hemos traído de los pastizales del Cerro de Pasco….
—- ¿Carneros…?! – La monja no daba crédito a sus oídos cuando sus ojos ya estaban cubiertos de lágrimas.
— Conocemos de las necesidades que pasan por atender a huérfanos y ancianos desamparados que llegan al Convento…
— ¡Gracias, mil gracias, hijos!. El Señor los ha guiado en hora oportuna y ese presente lo recibiremos con mucho amor…
—- Bien, madre, sólo tiene que decirnos en dos días, el lugar al que debemos llevar las cabezas correspondientes..
— ¡Oh! – Las monjas estaban turbadísimas. Sin poder disimular su emoción la superiora se dirigió a las instalaciones interiores; tras algunos momentos, aparecieron otras monjas llevando azafates con colmados vasos de refrescos de fruta…
— Por más que quisiéramos, nosotras no podríamos compensar ese gesto maravilloso. Él, nuestro Padre, bien lo sabe. Sin embargo, con lo que tenemos y podemos, los atenderemos en su alimentación por los días que decidan quedarse en nuestra ciudad. El alojamiento, por más que quisiéramos, no podríamos brindarles por razones obvias; éste es el Convento de las Madres de la Caridad…. ¿Me comprenden, verdad?…..
— ¡Claro que sí, madre; no se preocupe…
— Pero mañana a las siete de la mañana y días siguientes, se les servirá el desayuno; a la una de la tarde, el almuerzo; y a las siete de la noche, la cena…
— ¡Gracias, madre; muchas gracias.

Al día siguiente, pocos minutos antes de las siete, ya los muleros estaban sentados a la mesa del refectorio conventual engullendo los manjares que las monjas habían preparado toda la noche. Enormes churrascos en salsa de pimientos; empanadas tucumanas rellenas de carne; humitas deliciosas, quesos enormes y abundante leche de las vacas de sus establos. En el almuerzo se forraron con otra panzada pantagruélica.

Las anfitrionas habían preparado el copioso y provocativo locro tucumano con abundante carne, verduras, papas, trigo, maíz, carne, charqui, patitas, cuero y tocino de cerdo, tripas y zapallo; todo condimentado con ají frito. El sabor y la consistencia del potaje les hizo evocar al famoso mondongo cerreño. Se sirvió también el asado de ternera con numerosos tamales; todo regado con el delicioso vino tucumano; sazonado con queso de cabra, el ají no estuvo ausente. Fue una delicia la comilona.

Las sesiones gastronómicas se sucedieron por dos días completos; al tercero, cuando las monjas los buscaron para informarles del lugar donde debían dejar los carneros, no los encontraron. Tras vender los hermosos carneros a los camaleros del lugar, se habían marchado como si nada. Esta infamia no quedó impune. Enterados del menoscabo de su reputación, los otros muleros, no sólo les hicieron pagar cien carneros por cada comensal, sino que los echaron ignominiosamente del gremio.

“Puñalada”, -malherido y humillado- conocedor de todas aquellas rutas, conformó una gavilla de ladrones se dedicó a robar los cargamentos de plata que se enviaban del Cerro de Pasco a Lima. Fue otro cerreño indignado que dio cuenta del facineroso en una chingana canteña. Al reconocerlo se trabaron en una pelea limpia con los puñales en ristre y tras duro combate, “Puñalada” cayó chuzado por el corvo de Catalino Ramayón, notable mulero de estos pagos. La tradición quedó establecida. Jamás la infamia fue compañera de los jinetes cerreños cuya fama se había extendido por todas las inmensidades del norte argentino donde fueron muy respetados”.

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