LOS MULEROS (6)

El caballo criollo, compañero inseparable del mulero
Hasta el tercer viaje de arrieraje mulero, Álvaro Oyarzábal conservó su nombre y apellidos sin ninguna alteración; a partir del cuarto fueron ocultos por el mote juguetón y pintoresco que le clavaron en una de sus iniciales correrías por Tucumán: CHINGOLO. Su afición al canto, su carácter extrovertido, alegre, juguetón, amiguero y bondadoso, amalgamado con su apariencia de menudo pero agraciado joven rubio de encrespado moño en la frente, contribuyeron a consolidar el apodo.

La guitarra pide vino
y las cuerdas aguardiente,
y el tocador que la rasga
muchachas de quince a veinte.

El chingolo es un pájaro gris terroso con una banda negra en el lomo y copete gris en la cabeza. Su cantar es melodioso. Es llamado también, “Guitarrita del campo” y “Pájaro payador”, a veces “Cachilo” o “Viento del Sur”; duerme más tarde que sus congéneres, de modo que se le escucha cantar ya muy avanzada la noche, cuando los otros pájaros están durmiendo. Habitante de Tucumán, Salta y Jujuy se expande, en determinadas épocas del año, hasta Tierra del Fuego. Es muy amigable; se acerca a los hombres con toda confianza en busca de alimentos que éste deja. A veces se le confunde con los gorriones de los que se diferencian por el copete.

Todas estas cualidades determinaron el mote del joven cerreño, cantor, repentista y payador; amo de la guitarra y la canción; oportuno piropeador, zalamero y querendón.

Tengo un trago colosal,
que al enfermo pone sano,
y lo convierte en muchacho
al más achacoso anciano.

Si las flores de su canto se llevaban las mujeres con sus encantos, sus misterios, caprichos y desamores, era cantando a su pueblo que sobresalía Chingolo. Sus andanzas entre ingenios y socavones, su trato con capataces, aviadores y mineros; el ver de cerca el teatro del horror que era la mina, le inspiraba cuartetas de indignación. Eran coplas muy sentidas que en el pueblo, estremecidos, escuchaban los obreros:

Cuando se habla de derechos,
siempre es bueno recordar;
que no es derecho del hombre,
explotar a los demás.

Defendiendo a los demás
es como yo me defiendo,
pelearé toda la vida
por los humanos derechos.

Era también el cantor de los pobres. A veces en auditorios de chinganas citadinas, rodeado de hombres humildes, interpretaba sus coplas que, al finalizar, eran premiadas con aplausos.

No hay ratones en mi casa
desde que no tengo pan;
no hay cosa como ser pobre
para no tener amigos.

El pobre no está tranquilo
ni por un solo momento,
pues siempre está sumergido
en un centro de tormento.

Cuando un hombre está en pobreza,
todos los males se juntan;
los amigos lo abandonan,
las mujeres, ni preguntan.

Como vela que se acaba
encima del candelero,
así se consume el pobre
cuando le falta dinero.

Desde el Cerro de Pasco hasta los hermosos campos de Tucumán, la fama de este cantor, “poeta luchador” -que era como lo llamaban- se expandió con gran presteza. “El Negro Canta” no le quedaba a la zaga. Repentista, astuto y juguetón, siempre estaba haciendo yunta con su hermano. No era para menos. Todo el rumbo mulero, los había oído cantar y, con mucho afecto repetían sus cuartetas:

Siempre me andan diciendo,
que me aguante la pobreza;
al que no carga la carga,
le parece que no pesa!

Cantando trabaja el pobre,
por darle a sus penas olvido
y cantando se divierte
aunque sufra mil martirios.

Fueron ellos los que divulgaron la muliza en todo el trayecto de sus hazañas. Acuciados por la nostalgia, habían dejado la querencia fría pero suya, enteramente suya. La música y la canción llegaban solas a sus labios y a su guitarra. Música y canción tristes, desgarradas, cargadas de saudades y dolores, heredados del indio y español, al par.
Una tristeza pavorosa que venía remontando desde lejos en su sangre, bebida en la leche materna, incrementada con la desdicha del abuso que habían experimentado. El mulero sabe cantar. Ha oído el canto de los pájaros en el atardecer y se ha estremecido con la vista del sol incendiándose en el horizonte; ha sentido el profundo silencio de la pampa y la noche galopando en su sombra, ganadora de nostalgias y de sueños.

Ha sufrido la soledad y el recuerdo de su prenda lejana en la vieja querencia minera, cubierta de nieve y aireada, de vientos hostiles. De esa tristeza perenne aprendió a cantar. Su canto creció en la pampa y floreció en ella: Viva expresión de sus sentimientos. Ya por las noches, en el placentero vívac de gauchos y muleros, amenizaban la noche con mulizas de amor, de libertad, de dolores, al son de la guitarra.

Se les oía hasta muy tarde, llenando el pecho de aquellas figuras silenciosas perfiladas alrededor del fuego, inundando todo el improvisado campamento. Cantaban con toda la armonía de aquella naturaleza salvaje, donde el mugido y el relincho daban paso a la muliza: afán de quitarse la tristeza hasta la superficie vital.

En una oportunidad, en una pulpería tucumana donde corría la ginebra y la caña alentando al pobrerío, tras la interpretación de pericones, madiacañas, vidalitas, cielitos y mulizas, se suscitó una payada entre el rubio Chingolo y su hermano, el negro Canta. El Chingolo comenzó

A los blancos hizo Dios,
a los mulatos San Pedro,
a los negros hizo el diablo
para tizón del infierno.

En medio de los aplausos de sus parciales, el rubio miró a su ocasional rival esperando la respuesta. Ésta no se hizo esperar. Con melodioso acento y mucha serenidad, el negro Canta observó:

El decirme negro a mi
es ponerme una corona,
porque de negro se viste
el Santo Padre de Roma.

No fueron pocos los aplausos para el negro, pero, como buscando camorra, el Chingolo retrucó:

Si ves a un blanco comiendo
de algún negro en compañía;
o el blanco le debe al negro
o es del negro la comida.

El aludido, sin perder la serenidad, tras unas puntadas soberbias, moduló esta respuesta:

El ser negro no es afrenta
ni color que quita fama,
que el zapato negro luce
en el pie de cualquier dama.

El Chingolo siguió en sus trece, tratando de zaherir a su rival que muy sereno aguantaba:
El negro y el sinvergüenza
nacieron de una barriga,
el negro nació debajo
con el sinvergüenza encima.

El negro Canta quería seguir manteniendo la ecuanimidad llevando mediante al canto a la reflexión del rubio.

Si el negro sufre la muerte,
el blanco también lo sufre.
Esta sangre de mis venas,
es roja como la tuya.

Si tú naciste desnudo
yo también nací desnudo.
Vengo de Adán y de Eva,
la misma cosa que tú.

Chingolo quiso variar la temática y cantó:

Les gusta hablar a los negros
de tradición y de gloria.
luchemos por la justicia
que lo demás son historias.

Canta saltó como picado por una serpiente.

¿Hablaste tú de Caín?,
en los negros no hay traición,
fue Judas, un blanco malo,
que traicionó al Señor.

Negros no hubo en la Pasión,
indios no se conocía,
mulatos tampoco habían.
Fue de blancos la función.

Chingolo que había tomado una apariencia de enojo, retrucó con los arpegios de guitarra:

Observo negro que tienes,
Aguado y el chirle el talento.
¿Sabes lo que es tu cerebro?.
Una empanada de viento.

Y a pesar de los pesares
y toda mi aplicación,
sólo he sacado de ti,
lo que el negro del sermón.

Los presentes que veían claramente el triunfo del negro, lo escucharon terminar diciendo:
Dios hizo al blanco y al negro,
sin declararlo mejores,
les mandó iguales dolores,
bajo de una misma cruz.

Así nadie se agravie,
a todo se ha de poner
el nombre con que se llama
lo que recibió al nacer.

Al ver que los ánimos se iban caldeando, temerosos de que la payada pudiera llegar a más, en medio de fraternales aplausos, los circunstantes dieron por terminado el cotejo. Jamás podían tener ellos el más mínimo disgusto. Sabían guardar las formas y el nexo fraternal que los unía era definitivamente poderoso.

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