LOS MULEROS (7)

Álvaro y Cantalicio, fueron testigos de los terribles sufrimientos que soportaban los hombres traídos de campos agrícolas para ser introducidos en las ratoneras infames de la mina; acompañaron en sus andanzas a fray Buenaventura de Salinas y Córdova, único sacerdote que tuvo el coraje de denunciar abiertamente ante indolentes autoridades virreinales, los atropellos contra los nativos. De nada valió su lucha. Fue expulsado de por vida de nuestro país por insinuación de los poderosos. Murió en un convento de México.

Estuvieron también al lado del polifacético fraile mercedario, Mariano Aspiazu, -intensos ojos azules sobre su palidez de estuco- venido de Quito, perseguido por los realistas a los que denominaba:“perros”; luchaban difundiendo pasquines y libelos por la libertad de nuestro país. Escondidos entre sus alforjas –centauros del viento- los Oyarzábal circulaban estos mensajes revolucionarios entre las gentes de la zona. Todavía eran unos niños, pero ya estaban batallando. Fueron impotentes testigos de cómo, extranjeros recién llegados, con la complicidad de chupatintas y notarios, se adueñaron de ancestrales terrenos pertenecientes a los campesinos pasqueños.

Su fraternal inquietud los llevó a terrenos tan disímiles y contradictorios donde asimilaron valiosas enseñanzas que les sirvió toda la vida. Conocieron y fueron mimados por los potentados españoles, especialmente por doña María Valdizán que, no sólo era la más noble dama, hija del dueño de la ruta mulera de entonces sino también, por la parte contraria, respetados y muy considerados por los hombres del pueblo que complotaban contra los realistas: los cantores Manuel Rivera,“Guañari” y Mariano Cárdenas; el luchador Manuel Queipo; el heroico batallador campesino Antonio Tolentino y, encabezando a las mujeres cerreñas, a Ramona López, conocida como la “Huasharrima”.

Comprendieron que el afecto y admiración que el pueblo les mostraba al escucharlos, debían ser canalizados para insertar en sus corazones el sentimiento patriota de libertad. Por eso, jamás desecharon la oportunidad de atraer la atención de las gentes en las “chinganas” cerreñas como en la “pulperías” tucumanas y demás escenarios de toda la ruta.

Aquella lucha soterrada en sus andanzas por territorios argentinos y su acercamiento a los líderes gauchos fue muy provechosa y fructífera. Conocieron de cerca el gran movimiento revolucionario de los líderes del pueblo argentino y uruguayo, pudiendo cerciorarse que, la fuerza e ímpetu que sostenía a Artigas en Entre Ríos, era la misma que en Santa Fe a López, en Santiago a Ibarra, en los llanos a Facundo Quiroga. Presenciando directamente sus maniobras, aprendió que aquellos hombres, disipándose como las nubes de cosacos, en todas direcciones, si el combate es igual siquiera, para reunirse de nuevo, caer de improviso sobre los que duermen, arrebatarles los caballos, matar a los rezagados y las partidas avanzadas.

La montonera tal como apareció en los primeros días de la república bajo las órdenes de Artigas, presentó un carácter de brutal ferocidad. Enchalecaba a sus enemigos; esto es, los cocía dentro de un retobo de cuero fresco y los dejaba así abandonados en los campos. Hay que imaginarse los horrores de esa muerte lenta y cruel. Conocieron –por otra parte- a legendarios caciques indios que luchaban por la libertad en campos argentinos. Calfulcurá y su hijo Namuncurá, comandando a los rebeldes “Cafulcuraces”; Painé, jefe de los aguerridos ranqueles.

Pero sus vidas no sólo transcurrieron en trashumancia continua, no; también lucharon a brazo partido contra los realistas, muchas veces al lado de Camilo Mier, jefe de las montoneras cerreñas, primo hermano de ellos. De incansable viajeros se tornaron en heroicos combatientes. El pueblo cerreño que los admiraba, fue guardando en su memorioso recuerdo algunos pasajes de aquellas aventuras, como las siguientes.

Todos los demás habían muerto. Quedaban el jefe y dos soldados y un solo caballo. No había más. El torrente de lanzas y alaridos se había adueñado de los campos y se les venía encima con ansias se sangre, decididos a matar. Entonces se oyó la voz de camilo Mier.
– ¡Tomen sus caballos y sálvense…!
– ¿Pero, por qué, Camilo? – pregunta el negro Canta.
– ¡Porque los caballos son de ustedes, el mío ha muerto!…¡¡¡Sálvense!!!
– ¡De ninguna manera, Camilo!. ¡¿Nos has tomado por unos cobardes?!. –replica “Chingolo”. ¡O nos salvamos los tres, o ninguno!.
– ¡Yo me quedo!. ¡No hay más que dos caballos…! ¡¡¡Lárguense!!!.
– ¡¿Nosotros?!. ¡Jamás!. ¡No hemos escapado nunca!.
– ¡¡¡Es una orden!!!
– ¡No!. ¡Vamos a pelear juntos y, si es necesario. A morir juntos!
– ¡Yo soy el jefe de ustedes, carajo! ¡¡¡Obedezcan!!!.
– ¡No pierda la ecuanimidad, señor jefe. Vamos a pelear juntos y a morir juntos. Cuando tres hombres van a morir, no hay jefes ni subalternos. ¡¡¡Hay tres hombres!!!

Cuando ya casi los tenían encima a los realistas, desbocados como la muerte, lanzas y sables en ristre, sorprendidos vieron cómo frenaban sus cabalgaduras para luego emprender una desesperada fuga, como alma que lleva el diablo. Giraron y vieron sorprendidos a los famosos jinetes de Custodio Álvarez venían como exhalación en su rescate en los pedregales de Huayllay. Estaban salvados.

En otra oportunidad…

La columna avanzaba a paso cansino por las heladas soledades de Pasco. Iba a vengar la masacre al pueblo cerreño que había sido convertido en pavesas humeantes. Adelante, pálido y barbirrubio, en su zaino altivo, Camilo Mier, el jefe de las montoneras cerreñas. Un jinete moreno – el bozo empieza a teñir sus labios- le da alcance.
– ¡Permiso, mi comandante!
– -¡Habla, Cantalicio!
– ¡¿A dónde vamos, mi comandante?!.
– ¡A vencer, soldado!. ¡A vencer!.
– ¿Adónde?.
– ¡A donde vayamos, venceremos!
– ¿….Y si los chapetones……?¿
– ¡¡¡Los venceremos!!!
– ¿Y….si….?
– ¡Nada, carajo!!. ¡Vamos a vencer!. Ahora no sigas jodiendo.
– Perdone, mi comandante, pero con un jefe como usted, sólo quedan dos caminos…
– ¡¿Cuáles…?!
– ¡Vencer o morir!.
– ¡No, cojudo!. Sólo hay un camino: ¡¡¡Vencer!!!!.

Nuestros hombres, en todos aquellos tiempos, habían hecho germinar la lucha por la libertad de la patria con un precio muy alto, primero Juan Santos Atahualpa en 1742; la rebelión de la Villa de Pasco en 1780, después, en escenario donde era más difícil hacerlo; en el lugar donde residía nutrida y poderosa colonia española con hombres de gran influencia política y vasto poder económico, capaces de debelar cualquier insurgencia independentista.

Desde aquellos días, en pueblos, haciendas, estancias y villorrios esparcidos en la zona de influencia pasqueña, agentes y emisarios secretos habían propagado entre los habitantes la noticia alucinante de la llegada del hijo del Inca, identificado a veces, confusamente, con Castelli. Esos misteriosos forasteros, se llamaban a sí mismos “Correos del Inca” y eran asesorados por los Oyarzábal.

En las vagas y contradictorias declaraciones de los indios, aparecen descritos indiferentemente como hombres rubios, de barbas coloradas, o como mestizos e indios, vestidos con poncho a daditos, birrete azul y sable o con la indumentaria típicamente regional. Los instigadores “Incógnitos” –como también eran llamados- se hospedaban en las chozas de los indios para enseñarles a leer; hablaban quechua y recibían como contribución voluntaria, leche, papas, habas, chupe o lo que hubiere para alimentarse.

Con sus libros y papeles deambulaban hasta las haciendas del Marañón, sembrando las semillas de la rebelión. Sugestionaban a los campesinos con la promesa de la proximidad de Castelli o “Castelli Inca” que ya estaba por llegar, calzado con llanquis de plata. Repartían en los pueblos proclamas y décimas y su no menos incitante argumento de índole económica.

Cantaban mulizas, tristes y huaynos con letras especialmente creadas para incitar a la rebelión. Muchas de estas letras pertenecían a los jóvenes cerreños. Como se ha establecido después, estos abnegados instigadores, mantenedores de la lucha por la libertad fueron los hermanos Oyarzábal que expandieron al resto de muleros cerreños, argentinos y otros tantos arrieros transportadores de mercaderías entre los pueblos.

Ellos convulsionaron el ámbito rural con los convincentes argumentos de que los indios eran los dueños de las tierras y haciendas y que “no tenían libertad como los blancos, en sus negocios y comercios”. Las averiguaciones y pesquisas de los realistas estaban desencaminadas porque los propios soldados rasos de su ejército se hallaban complicados; fabricaban balas clandestinamente y hablaban de degollar al Intendente, a los chapetones y curas españoles para que no quedasen en la tierra, sino indios y mestizos.

La iglesia, la calle, las fondas, los tambos, las chinganas, eran escenarios donde se conspiraba. Proclamas, pasquines, versos festivos, pero siempre satíricos con claros mensajes de libertad, corrían de boca en boca. En medio de la oscuridad reinante de la noche, arrebujados en sus ponchos de vicuña, los criollos hacían estremecer las calles ateridas de frío con mulizas cargadas de intencional mensaje revolucionario que remataban con cachuas picarescas en contra de los “chapetones”.

Desde entonces, la muliza ganó el respeto de propios y extraños por ser vehículo de insurgencia y lucha libertaria. Estos pasajes que la historia oficial ha callado, deben ser recuperados para aquilatar en toda su dimensión en esfuerzo de nuestros ancestros, regados en el amplio tinglado del norte argentino hasta la ciudad minera.

Activos propagadores de las ideas libertarias siguieron en la tarea de difundir este sentimiento por medio de mulizas y huaynos en todo el tinglado de su recorrido. La lucha que desplegaron fue tan fructífera que, emocionados como pocos, estuvieron presentes en la solemne juramentación de nuestra independencia, el domingo 7 de diciembre de 1820.

Instaurada la República pasaron a servir a nuestra nación en cargos que el Estado les confió. Gracias a expresa disposición de “Chingolo” Oyarzábal, se juró la independencia de Huánuco. En los documentos que hemos rastreado se encuentran el testimonio de sus grandes dotes de directivos. Es más. Sus nietos y biznietos siguieron sus huellas. Toribio Oyarzábal y su hermano, lucharon en defensa de San Juan y Miraflores en el segundo contingente de la Columna Pasco. Su hijo fue actor de la travesía para abrir el camino a Lima por la ruta de Canta, conjuntamente con Salinas, Beloglio, Cornejo, Delgado, Santos Cuadrado y Pérez y Gamaniel Blanco Murillo.

Los Oyarzábal forman una familia patricia a la que rendimos nuestro homenaje de admiración, cariño y gratitud.

2 respuestas a “LOS MULEROS (7)

  1. He estado siguiendo los relatos de LOS MULEROS y en verdad la recopilacion de datos historicos y eventos es extraordinaria. Quisiera preguntar si estos relatos forman parte de alguna publicacion ya hecha; si es asi, por favor si nos pueden dar la referencia del libro publicado; si no fuera asi, recomendaria fuertemente que se publique. Muy pocas ciudades en el Peru deben tener gente dedicada a su pasado y su rica historia como el profesos César Arauco, mis felicitaciones
    Saludos cordiales

    Dario Enriquez Santivanez
    Montreal, Canada

    1. Gracias por tus palabras Darío Enríquez.
      En mi libro sobre la muliza puedes encontrar todo lo relacionado a los viajes que hacían los muleros que traían miríadas de mulas de aquel territorio argentino. Gracias

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