EL AMOR LO PUEDE TODO

En la cuatricentenaria vida de nuestro pueblo hubo -lo señalamos muchísimas veces- heroicos hombres y mujeres que merecen el reverente recuerdo de sus vidas; pero también hubo una cáfila de traidores y acomodaticios personajes que aparentando ser servidores de la ciudad la traicionaron cuando vieron a su vera las tintineantes monedas de la prebenda. Todos nosotros conocemos a aquellos lobos disfrazados de corderos. En la época colonial –donde arrancan los acomodos- hubo un personaje muy especial del que hemos seguido el itinerario de su vida: Joseph Chavinpalpa.

Este personaje fue todo un caso. Tenía como todos los arribistas de su ralea, unos ojos enormemente vivaces que se iluminaban con un resplandor extraño cuando trataba algo confidencial; entonces, sus manos de dedos forrados de sortijas, se movían en ostentosos ademanes que desde lejos revelaban que lo animaba una extraña emoción.

De talla regular, musculatura pronunciada, favorecido con unos rasgos sugestivos, estaba consciente de su atractivo físico, especialmente entre las mujeres.

Extremadamente teatral en su vestir, siempre lucía elegante. No llevaba librea como debiera sino chaqueta ceñida y pantalones ajustados de cuero negro. Estaban abotonados cuidadosamente, desde la cintura hasta los extremos de las piernas, con incontables botones de plata que no habría tiempo de contarlos todos. Sus espuelas nazarenas de plata brillante tintineaban aparatosamente cuando caminaba. Lucía una solemnidad nunca vista en un campesino. Su guardarropa estaba repleta de infinidad de trajes, todos ellos pomposos; sus arreos de montar no le quedaban a la zaga. Agresivamente acomodaticio y trepador, no perdía oportunidad de alternar con sus superiores que, al comienzo, lo toleraban para más tarde brindarle su amistad con más franqueza. Su nombre era Joseph Chavinpalpa y, joven todavía, aprovechó la asonada campesina ocurrida en su tierra por aquello años. Se prestó de intérprete en el litigio entre los campesinos de Ninagaga y las autoridades correspondientes. Su actuación fue aceptada por ambas partes, especialmente por los españoles que encontraron en él a un aliado incondicional.

En ese momento comenzó a reptar hacia la conquista de la celebridad con la que tanto había soñado. Poco tiempo después, ya estaba convertido en Cacique, es decir, en jefe de la comunidad de Ninagaga. En el ejercicio de esta función, a diferencia de los otros que se desvivían por sus gentes, se esmeraba por dejar contentos a los españoles a los que proveía de mano de obra nativa para sus minas, obrajes y haciendas.

Tratando con una hipocresía servil, aparentaba respaldar a los campesinos, cuando en realidad todos sus esfuerzos estaban destinados a mantener contentos al Corregidor, a los terratenientes y al cura, miembros del clan explotador.

Un día, por infidencia de unos peones se enteró que la hacienda Cusipampa, enorme pertenencia de pródigas extensiones donde pastaban interminables cabezas de ganado, era administrada por la acaudalada dueña que poseía, además, varias minas de plata en laboreo a extramuros de la ciudad. En ese momento, como una chispa, la noticia hincó en su nunca satisfecha avidez. Haciendo bondadosas muestras de afecto y prodigalidad en los brindis, consiguió que los sirvientes le comunicaran todo lo que quería saber respecto de aquel bastión de riqueza y poder.

Llegó a saber que el ama casi nunca abandonaba su encierro voluntario. Las pocas veces que salía al campo acompañada de su vieja criada, lo hacía con un sombrero de paja toquilla cubierto con espeso velo blanco. No quería que nadie le viera el rostro. Sólo los cuatro capataces a cargo del cuidado de sus lindes, podían hablar con ella para emitir informes y recibir órdenes. Nada más.

Que su vida era un hermético misterio. Todo el mundo lo sabía. El único nexo con el mundo exterior lo constituía su criada que la amaba como a una hija. Había quedado cuidándola desde la fatal época en que la peste diezmara a los habitantes del lugar.

Fue suficiente.

Ladino y zahorí conoció gran parte de la verdad en poco tiempo. Su nombre era Gabriela y estaba por cumplir los treinta. Había quedado huérfana cuando la viruela invadió Pasco matando a muchos hombres y mujeres; ella y su madre, alcanzadas por el mal, sufrieron enormemente; la madre no resistió y murió dejándola a cargo de su criada que ahora velaba por ella.

La niña quedó con las indelebles marcas del padecimiento. Desde entonces se enclaustró para ocultar su rostro cribado de agujeros. Su ostracismo voluntario le hacía sufrir enormemente. Contemplaba cómo la juventud se le iba de las manos como el agua; ya entrada en el otoño de su vida se resignó a morir sola, como había vivido.

En ese momento, Joseph Chavinpalpa, entró en su vida

Después de agotadores esfuerzos, sin darse por vencido jamás, su constancia tuvo sus frutos. Un día se vio frente a ella. En esa primera entrevista en la umbrosa estancia de una sala espaciosa, le demostró su acatamiento y sumisión de una manera tan enternecedora que terminó por conmover a la dama. No fue para menos. Había llegado muy comedidamente, vistiendo levita y polainas negras de raso y chaleco plateado con hermosos bordados; cuello y puños en fruncidos bordados en blanco lino; llevaba una espada toledana de gala como un gentilhombre de alcurnia; así, vestido, nadie creería que se trataba de un campesino.

Tenía tal apostura que su rostro de mejillas enjutas y llenas de sombras aumentaban su atractivo. Sus labios mostraban una sonrisa amical sin ápice de soberbia, más bien sí de humildad; sus ojos extrañamente claros de un plomo acerado, una mirada de sumisión. En todo momento su trato afable de caballero mundano logró adueñarse de la voluntad de la señora.

Con esas armas se bastó para que consiguiera otras reuniones cada vez más íntimas. Ella, no sólo sorprendida sino muy emocionada, le brindó su amistad como nunca lo había hecho con otra persona. Fue suficiente. Las entrevistas se hicieron diarias y cada vez más prolongadas.

Un día, cuando la tuvo muy cerca, la tomó de la mano sobre la que depositó un beso ceremonioso. Ella no supo qué hacer. Jamás le había sucedido algo igual. Al verla así, desconcertada, él retiró el velo que cubría su rostro y la besó con una delicadeza que jamás pensó que podía mostrar. Fue un beso largo, delicado y tan tierno que, como un milagro, desató un incontenible hilo de lágrimas que corrieron por el rostro damnificado que ahora se mostraba enormemente feliz.

Transcurrido un buen rato, cuando Chavinpalpa trató de besarla nuevamente, ella se lo impidió. Sus manos todavía temblorosas apartaron un tanto al enamorado y mirándole fijamente a los ojos, le dijo:
-Esto no puede ser. Es un error –la vocecita cascada y rendida se elevó- Míreme bien. ¡Míreme!. ¡Míreme!. ¡Soy un monstruo!. Un horror de mujer con más marcas de viruelas que espinas tiene un nopal – Cuando Chavinpalpa trató de acallar esta confesión dolorosa, ella le cubrió la boca con las manitas temblorosas y, lo calló- Soy un espectáculo repugnante y extraño. Un alma de paloma en el cuerpo de un monstruo. Cientos de agujeros en mi rostro donde los ven todos los hombres y ni una sola en mi cuerpo que, por desgracia, no puedo mostrarle al mundo.

Es mi desgracia. Cuando la peste llegó a estos campos mató a centenares de personas, entre ellas a mi madre. Yo fui su última víctima. Cuando llegaron las vacunas descubiertas por el doctor Jenner, todos los demás se salvaron con aquel milagro. ¿Se da cuenta?. ¡Quedé marcada de por vida!. Hasta ahora mantuve en secreto mi estigma. Sólo pocas personas me habían visto hasta ahora, entre ellas usted…- Los ojos de él estaban empapados de lágrimas.
-¡Gabriela!. ¡Yo te quiero. No me importa el accidente que te ocurriera. Tú no tienes la culpa. Mi alma ve más adentro de las apariencias y ve la tuya inmaculada y grande….-por primera vez en su vida estaba siendo sincero…
– No quiero palabras de consuelo, Joseph. En todos estos años he aprendido a convivir con mi dolor. ¡Déjame…!. Es imposible que podamos vivir juntos

– ¡¡No digas más!!. Si tú tienes la desgracia de que tu vida te haya marcado con señales de un mal terrible; yo tengo también heridas que aunque no se vean, existen, y están lacerándome…
– No. Calla. No busques argüir ningún consuelo…
– Es necesario que me escuches. Secreto por secreto. Tengo que revelarte algo que muchos conocen pero lo callan. Escúchame: ¡¡¡ Soy un bastardo…!!!
– ¡¿Qué….?! – Casi gritó su sorpresa y advirtiendo que había sido muy cruel al hacerlo, se cubrió la boca con la mano y permaneció muda.
– Soy el bastardo del marqués de Santa María de Pacoyán. Bueno, uno de sus bastardos, porque mi padre, al no poder tener un hijo en su mujer oficial, esparció su simiente por todas estas tierras. Soy un bastardo nacido al borde del tálamo nupcial…
– ¿Cómo es posible….?
– Sí, mi madre siendo muy joven, fue pastora de los rebaños del marqués que, aprovechando de su poder, la engañó y abusó de ella. Yo soy el fruto de ese abuso. Bien podía reclamar mis derechos, pero sé que nada lograría contra el poder que tiene bajo su férula a las autoridades del lugar.
– Si eso fuera cierto, a mí no me importa. Para mí eres como el mejor de los nacidos. Yo sé que eres un hombre excelente y si me entregas tu cariño, yo también, incondicionalmente, te entrego el mío. Todo mi amor y mis sueños son para ti. Amémonos pues. Tienes mi mano y mi amor.

Cuando se enteró, la vieja criada que se mostraba desconfiada, terminó por aceptar la realidad y terminó llorando de felicidad al ver que su niña había vuelto a vivir. A partir de ese momento, pletórica de felicidad, Gabriela renació a la vida. Desde ese momento también se abrieron de par en par las puertas de su casona, se corrieron las cortinas y la vida entró con la luz vivificante tras tantos años de clausura.

¡¡En la hacienda Cusipampa, se había producido un milagro!!.

Retiradas los telas que los cubrían, los espejos de la sala comenzaron a reflejar una felicidad nunca antes vista. A sugerencia de él, Gabriela se dedicó a curar el rostro que aún con las huellas del mal, se veía hermoso y bien proporcionado. Toda la grasa que cubría el cuerpecito de los recién nacidos fue recolectada en la zona para utilizarlo como crema facial. En poco tiempo obró milagros.

El brillo de sus ojazos negros, ayer casi muertos, iluminó el rostro que por fin fue conocido por sirvientes y peones de la hacienda. Su sonrisa de finos parejos y perlados dientes comenzó a resplandecer de felicidad. Todo se debía a la amorosa constancia de Joseph Chavinpalpa que si en un comienzo tomó el caso como una aventura en busca de figuración, más tarde le permitió descubrir el amor en toda su intensidad. Ahora sí estaba enamorado de verdad.

Dejando de lado sus veleidosos devaneos con sus numerosas queridas, todas sus inquietudes las dedicó a ella. Por eso no hubo sorpresa cuando la boda se realizó en la Casa Hacienda donde se hizo gala de la magnificencia de la novia. Joseph Chavinpalpa contrajo matrimonio con doña Gabriela de la Sota. Los padrinos de la boda fueron el Marqués don José Maíz y Malpartida con su esposa doña Ángela de la Canal.

Fueron invitados los más ricos e ilustres personajes de todo el centro peruano y de la capital. En estos momentos, Joseph Chavinpalpa, notable hacendado, ya estaba ejerciendo el alto cargo de Gobernador de Pasco. Sus descendientes cuyos nombres se hallan diseminados en los libros del Archivo de la Nación, ocuparon importantes cargos gubernamentales. El amor lo puede todo.

Una respuesta a “EL AMOR LO PUEDE TODO

  1. Interesante historia,tengo una duda la Hacienda Cusipampa donde esta ubicado en Ninagaga o Cerro de Pasco, existe aun, los descendientes de Gabriela de la Sota aun existen de ser así donde residen.Qusiera saber algo más de la disputa de Ninagaga si fue por territorio u otro tema, y que fue de don Joseph Chavinpalpa? esta historia es real o ficción?

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