ABRIENDO CAMINO (2)

El heroico Ford T que condujo a los valientes cerreños. En la foto, el prefecto del departamento de Junín, don Manuel Pablo Villanueva. Con gorra blanca el conductor del vehículo Juan Manuel Beloglio. Nótese lo precario del vehículo sin cobertura de ninguna clase que pudiera guarecerlos de las inclemencias del tiempo. Así, con este carro, arrostraron la empresa que culminó con una hermosa realidad.

PRIMER DÍA (26 de octubre de 1925)

Ha amanecido en el Cerro de Pasco. El cielo brumoso –cielo de la época- le da una grisácea opacidad al ambiente. Desde las primeras horas, aventureros y familiares se han dado cita en la amplia casona de don Teobaldo Salinas, a las afueras de la ciudad de donde habrán de partir en unos instantes. El entusiasmo de los excursionistas es óptimo, sin embargo, una que otra mirada acongojada de los familiares pone la nota triste en la mañana. Como una muestra de comunión general todos han degustado el reconfortante desayuno que se ha servido. Del reloj de la torre del hospital se desgranan siete sonoras campanadas. Se coloca la pequeña bandera de la patria en uno de los soportes y los hombres, parten. Compañeros y amigos, acompañan a pie a los aventureros hasta dos kilómetros, camino de Colquijirca. En este lugar, emocionados se apean los tripulantes y se despiden de los suyos con cálidos abrazos y frases de esperanza. Hay más de una lágrima. Don Santos Cuadrado y Pérez se despide de cada uno de los valientes. En ese instante, la voz de don Teobaldo Salinas, estremece los campos:

– !Adelante…!

Y arranca el legendario vehículo a conquistar la gloria.

El Ford toma la ruta de Colquijirca y, a regular velocidad, supera “el cerro de plata”. En Unish entra en el afirmado camino que conduce a Huayllay y atraviesa Canchacucho con el majestuoso Bosque de Piedras al fondo. Con el fin de aprovechar el tiempo y la claridad del día aceleran y, al promediar las once de la mañana, distinguen los perfiles del histórico pueblo de Huayllay.

Faltando un kilómetro para entrar en el pueblo, los personajes notables presididos por el alcalde y el gobernador, seguidos del pueblo en general, reciben en medio de aplausos y vítores a los expedicionarios. Todos los niños portan pequeñas banderas de la patria. Hay gran algarabía. Les ofrecen un almuerzo y a la una de la tarde reemprenden el viaje. El gentío, visiblemente conmovido, los acompaña un kilómetro a la salida y, los despiden.

Ahora, los aguerridos cerreños están solos.

La inmensidad del cielo se aclara y un sol tímido asoma por entre las nubes serranas. Si hasta Huayllay podía seguirse un camino apisonado, desde este lugar, no hay un solo indicio de ruta. Sólo la débil trocha de los caminos de herradura que, suben, bajan, entran por estrechos atajos y siguen por abismos y breñales abruptos. Por esta senda no puede ir un carro. Hay que buscar otro derrotero y, en todo caso, trazarlo.

A poco de caminar se dan con una rampa pronunciada de difícil acceso. Hay que empujar el coche. Los hombres se apean y arrostran la tarea. La pendiente es pronunciada. El piso está muy húmedo y las llantas patinan. Las ruedas giran sin mover el carro. Hay que usar de todas las fuerzas disponibles. El cielo se ha ennegrecido en amenazantes cerrazones. Se utilizan pértigas y tablones para conseguir que las ruedas hagan avanzar el carro. Se ha comenzado a marchar lentamente y, después de un buen rato, se llega a camino pedregoso donde las llantas ruedan sin dificultad. Ha sido necesario empujar el coche con todas las fuerzas. Ha comenzado a llover copiosamente. Los hombres se calzan sus pacas, se ponen capotes y sombreros de agua para seguir empujando. El agua se cuela por cuellos y mangas de los capotes, pero ellos no se rinden. Están a punto de coronar la elevación y duplican los esfuerzos. Por fin llegan a la cumbre. En la penumbra de la noche que empieza, distinguen las tenues luces de un campamento minero. Por orden de don Teobaldo, beben dos buenas bocaradas de cognac para calentar el cuerpo. La oscuridad ya es manifiesta. Los hombres suben al carro y enfilan hacia el campamento minero. El recorrido es lento para evitar su deterioro. De pronto, han salido varios hombres del campamento y quedan mudos, con los ojos desmesuradamente abiertos. No pueden creer lo que están viendo. ¿Un carro en estas soledades y a estas horas?…Los hombres están atónitos. Para romper el sortilegio, los raidistas hacen trepidar la bocina y un grito unánime de respuesta los envuelve. El jefe de los obreros se adelanta y les acribilla a preguntas. Respondidas éstas, recién les da la bienvenida.

–¡¡¡Bienvenidos a nuestro campamento!!! –dice- ¡¡¡Es increíble lo que estamos viendo, pero no hay nada que hacer. Es cierto!!!.
–¿Dónde estamos exactamente? –preguntan los empapados visitantes.
–En Pampa Alegre –es la respuesta- yo soy Juan Alcócer, el jefe del campamento. Sean bienvenidos.

Los anfitriones han preparado caliente café para entonar los músculos ateridos y luego una frugal cena serrana con la que agasajan a sus huéspedes. La conversación es animada. Todos preguntan y todos responden. Se toma datos, se hacen cálculos y, con la noche encima, se acomodan en abrigadores pellejo y rendidos duermen su cansancio.

EL SEGUNDO DÍA (27 de octubre de 1925)

La madrugada sorprendió a los hombres que cansados todavía permanecen arropados en sus cobijas sobre gruesos pellejos de carnero. Los mineros colaboradores como buenos anfitriones, habían preparado un desayuno de fiesta: “chupe verde” con agresivo ají verde, salpimentado de hierbas para calentar el cuerpo, huevos fritos, cancha, queso y café caliente. En un ambiente de bromas y alegría transcurrieron estos minutos. Parecía como si estos hombres se conocieran de años. Ya cerca de las siete de la mañana, alentándolos a seguir adelante y deseándoles éxitos, los recios mineros de estas soledades se despidieron.

–Queremos que se lleven este modesto presente como testimonio de nuestra amistad, lo van a necesitar –dijo Juan Alcócer y depositó en mano de los excursionistas, un buen atado de coca, una cajetilla de cigarrillos Nacional y una botella de cañazo.

Los audaces expedicionarios agradecidos contemplan cómo aquel grupo humano bondadoso, premunido de cascos, capotes impermeables, pacas y lámparas de carburo, se perdían detrás de unos cerros cercanos.

–Gracias hermanos –dijeron los viajantes, y se despidieron con los brazos en alto.

Ahora, la infinita soledad lo envuelve todo. Un silencio sobrecogedor inunda la yerma zona glacial. Ni un animal, ni un ave, ni una planta, ni una alimaña. Sólo ellos. El cielo brumoso envuelve el paisaje en el que casi no se puede ver el perfil de las ciclópeas magnitudes de los montes helados.

–!Bueno! –dice don Teobaldo Salinas- ahora, manos a la obra. Tenemos que seguir adelante. Consulta la brújula y sus manos enguantadas señalan el occidente. Allá está Lima y hay que seguir.

A poco de iniciar la marcha sobre una explanada más o menos pareja, se encuentran con la primera dificultad. Unas acequias por donde discurre el agua helada, impiden el avance. Utilizan unos resistentes tablones colocándolos a manera de puentes entre las orillas. La extraordinaria pericia del piloto Juan Manuel Beloglio, hace el resto.

Después de la dura tarea, beben sendos copones de cognac para abrigarse, cuando les pareció oír una lejana voz llamándoles. Miraron con creciente curiosidad y distinguieron que de la ruta de Huayllay, un hombre les hacía señas. Pensaron que tal sería un mensajero y esperaron ansiosos. Pasados unos minutos, el hombre que llamaba, premunido de abrigadora capa invernal les daba alcance. Ya muy cerca, lo reconocieron, era Gamaniel Blanco Murillo.

–!Hermanos!- gritó el recién llegado.
–!Hola muchacho! –saludó don Manuel Oyarzábal.
–!Don Manuel!…!, don Teobaldo!…!Muchachos!…-uno a uno fue abrazando a los raidistas. – He venido a darles alcance porque he sido nombrado por EL MINERO para cubrir la información de la hazaña. Aquí tengo mi credencial con los saludos de don Gerardo Patiño López.

–Está bien, está bien. No te agites –dijo don Manuel- Pero es necesario que sepas que esta misión es muy arriesgada y está llena de sacrificios y penalidades.

–!No importa don Manuel. Estoy consciente de lo que esta empresa significa y estoy decidido a correr la suerte que corran ustedes. Si antes no les había solicitado que me incorporaran es porque desde hace quince días estuve ausente del Cerro.

–Bien está, muchacho. Ahora eres uno de los nuestros; por lo tanto, trabajarás tanto como puedas, porque lo que necesitamos son brazos. No esperes ningún privilegio porque no habrá favoritismos contigo. Eres uno de los nuestros y contigo formamos un solo y compacto grupo.

–Gracias don Manuel.

Así quedó incorporado al grupo aquel valiente joven periodista de dieciocho años de edad que cubriría al detalle las peripecias de la travesía.

Después de vencer las primeras dificultades avanzan por entre desigualdades abruptas. La marcha es penosa y lenta, pero segura. Después de seguir por más o menos dos horas, llegan debajo de un enorme breñal que tienen que superar. No pueden hacer otra cosa. La zona está rodeada de cortaduras, quebradas y cresterías pronunciadas. Todos los hombres han descendido del carro, sólo don Teobaldo y Juan Manuel quedan en el auto para conducirlo por estos roquedales. Sólo ellos pueden hacerlo. Los demás, premunidos de grandes pértigas y sogas ayudan a mantener el equilibrio del coche. Entre tanto, el cielo ha estado tomando una tonalidad oscura, cada vez más amenazante.

La marcha es fatigosa y dura pero ellos no se rinden. Ahora ha comenzado a caer la nieve. Sólo sus gritos cada vez que tienen que hacer un esfuerzo conjunto rompe el escalofriante silencio de aquellas estepas.

Con los cuerpos ateridos y al borde del pasmo, vencen al áspero breñal y descienden jubilosos a un rellano más o menos amplio donde se detienen. Las manos de los choferes están entumecidas de frío. Descienden del carro y comienzan a frotarse brazos y piernas para acelerar la circulación. Don Manuel extrae una botella de cognac “Napoleón”, regalo de don Cipriano Proaño y reparte medio vaso a cada uno. Las vaharadas de vapor de los alientos parecen humo candente en el frío del páramo. La nieve que estaba cayendo parsimoniosamente se ha convertido en una ventisca. Remolinos de aire frío espolvorean de copos a uno y otro lado. La visibilidad es nula. Casi no pueden distinguirse entre ellos.

–!Suban al carro!!- ordena don Teobaldo-.Ya no hay nada que hacer. La nieve se ha adueñado del paisaje.

Los hombres han colocado los soportes laterales y adecúan un toldo con la lona sobre los tablones del carro. Ya en el interior se despojan de sus capotes y sombreros de agua, se arropan con gruesas chompas y ponchos de vicuña y, acurrucados uno al lado del otro, esperan.

En silencio, don Teobaldo abre la bolsa regalada por los mineros y a cada uno de los hombres les da dos puñados de coca y dos cigarrillos.

Al conjuro del sabor dulce y misterioso de las hojas, los hombres comulgan en silencio. La mente cavilosa de cada uno evoca a sus seres queridos, sus vivencias pasadas, sus recuerdos, sus amores. No hay nada como la quietud de estas inmensas soledades, tragadas por el infinito, para meditar sobre la vida. Afuera, silenciosamente, la nieve está cubriendo el paisaje. Dentro, en una opalina humareda de cigarros, el silencio cargado de recuerdos y presagios se ha adueñado de todos.

–!Tenemos que vencer! –La sorpresiva exclamación de don Teobaldo ha roto el pesado mutismo y sacando de sus alforjas un pequeño cuadro del Señor de los Milagros, lo ha colocado sobre un montículo interno y persignándose, exclama:

–!El nos ayudará!- Todos se santiguan reverentes.

Las horas han transcurrido lentas y silenciosas. Ellos, encerrados en ese pequeñísimo universo de amistad, donde cada uno depende de los demás, han ido matizando la conversación con los chascarros. Nada más pueden hacer. Son presos ateridos en esta implacable cárcel de nieve. Durante todo el día, casi sin poder moverse, han comido y bebido allí dentro. Los más viejos han contado pasajes de su vida, de sus aventuras, de sus amores; los más jóvenes subyugados y atentos, han escuchado. Cada hora –controlado por el sólido Longines de don Manuel, que parece que hubiera congelado sus manecillas- sale un hombre por turno para averiguar lo que ocurre afuera. La situación ha empeorado. Cercana la noche, don Manuel ha sacado una fina guitarra española y acompañado de ella, ha deshojado los más hermosos pétalos de nuestro cante. La muliza evocadora ha encandilado los cerebros que dulcemente cansados se rinden al acuciante sueño que adormece sus músculos.

Afuera, ha seguido nevando implacablemente toda la noche.

2 respuestas a “ABRIENDO CAMINO (2)

  1. esta historia esta llena de situaciones increibles que solamente se ven en peliculas de aventuras que estan llenas de fantasia .me gustaria muchisimo que fueran llevada al cine peruano como ejemplo de lucha y empeño de lograr una vision acosta
    de venser muchos obstaculos como las inclemencias de la naturalesa y el caracter tenas y querreros de sus forjadores..xd

    1. Estoy de acuerdo con Ud. Luz Elena; estas grandes azañas son como sacadas de una ya antigua pelicula olvidada mas no es asi. Me gustaria que un director Peruano o Extranjero que con esperanzas pienso que pueda pasear y deleitar su vista por estas lineas se comunique con el centro cultural que puede tener Pasco para llevar al cine estas lindas historias reales, asi como sus cuentos y leyendas como antes pasaba en un canal peruano por ejemplo “El Narrador de Cuentos” pero esta vez en version Cerro de Pasco, eso si me gustaria y exigiria que se haga tal y como se relata en nuestras historias o en nuestros libros y pergaminos de leyendas, cuentos y mitos que tenemos los Cerreños, si no van a acogerse a letra por letra, palabra por palabra y frase por frase mejor que no lo hagan, no queremos hacer rayting incrementando peligros o explosiones ni violencia extrema, sino que se vea tal y como es y estoy seguro que el rayting llegara solo. — “Cerro de Pasco querido, tus hijos no te olvidamos”

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