ABRIENDO CAMINO (3)

La mañana de la partida, en compañía del propulsor y gestor de la hazaña don Santos Cuadrado y Pérez. Están Teobaldo Salinas. Manuel Oyarzabal, Juan Manuel Beloglio, Antonio Beloglio, Asunción Cornejo, Isidoro Delgado, y El mártir obrero, Gamaniel Blanco Murillo, héroes de una hazaña sin igual.

EL TERCER DÍA (28 de octubre de 1925)

La mañana del 28 de octubre despertaron de un reconfortante sueño reparador. Don Manuel consultó su reloj: Las seis en punto. Cuando quisieron abrir la abertura que señalaron como puerta, la encontraron trabada. El peso de la nieve que la cubría, impedía la apertura. Quisieron mirar por las rendijas, pero éstas estaban cubiertas de nieve. Tuvieron que empujar con todas sus fuerzas para vencer el obstáculo. Por el intersticio logrado se deslizó Asunción Cornejo, el más enjuto de todos y salió a explorar. Después de un buen rato retornó y trajo malas noticias. La nieve continuaba cayendo aunque con menor intensidad. Suponía que en media hora dejaría de caer. Se equivocó. Todavía a las ocho de la mañana cesó el pertinaz diluvio blanco. Después de desayunar frugalmente, Cornejo volvió a salir premunido de una pala y emprendió el retiro de la nieve con lo que levantaron la lona y, todos salieron.

Un paisaje lunar los sorprendió por completo. La uniforme blancura de la nieve había hecho desaparecer los desnudos roquedales del día anterior. El chasís del coche había desaparecido; la fría capa blanca había esfumado los parachoques y guardabarros; los ejes y ruedas completamente cubiertos. Los promontorios se habían unido impidiendo distinguir un terreno apto para el avance del carro. Se corría el riesgo de encajonarse en un abismo encubierto por la nieve. Menos mal que el cielo, ayer encapotado, comenzaba a azularse y no tardaría en salir el sol. La determinación de los jefes Salinas y Oyarzabal, fue esperar.

Con el fin de desentumecer los músculos y activar la circulación, hicieron rodar bolas de nieve hasta convertirlas en gigantescas moles, las que -llenos de humor- fueron convirtiendo en muñecos a los que, entre risas, le pusieron los nombres de los personajes más visibles del Cerro de Pasco.

Después del almuerzo con abundante charqui, ají, mantequilla y café, siguieron haciendo rodar las bolas de nieve por la ruta occidental, limpiándola para que fuera más fácil el descongelamiento. La tarde avanzaba y no obstante el arduo trabajo no se podía distinguir la superficie del piso. Cansados, los jefes determinaron que había que seguir esperando hasta que derritiera la nieve.

El resto de la tarde transcurrió en amena conversación. Don Manuel Oyarzabal, con una gracia narrativa cargada de dolorosas evocaciones relató su participación en la guerra con Chile, conformando con su hermano Toribio –entre otros- la segunda famosa Columna Pasco, cuando apenas eran un par de niños. Habían sido integrantes de un segundo grupo que armó el italiano Enmanuele Chiesa con el mismo nombre en homenaje a los que habían muerto en Arica. Habían salido del Cerro de Pasco para impedir que los chilenos tomaran Lima y combatieron en San Juan y Miraflores. Los pasajes del relato llegaban nítidos a la mente de don Manuel, que emocionado cerró su narración ya con la voz quebrada:

— “Aquellos últimos días del año de 1880, fueron terriblemente tormentoso para todos nosotros en el Cerro de Pasco. Toda nuestra atención estaba cifrada en las noticias que llegaban transmitidas por el telégrafo. Cuando nos enteramos que los chilenos habían desembarcado armados hasta los dientes en las playas de Pisco entre el 8 de noviembre y el 1º de diciembre, ya no pudimos más. Todos los viejos cerreños conjuntamente con nosotros los “chiuchis”, nos reunimos en Gayachacuna y, acordamos conformar una nueva Columna Pasco para marchar en defensa de nuestra capital. No era el caso de dejarlos entrar a la ciudad. Nuestro problema era que ya no había el apoyo inicial que los héroes a del primera Columna habían tenido”..
— ¿….Y?
— “En eso emergió la figura de un italiano extraordinario que tenía su negocio en la Plaza del Comercio. Él se llamaba Emmanuele Chiessa, pero diciéndose cerreño, castellanizó su nombre y apellido por Manuel Iglesias, que es lo mismo. Bueno, el caso es que este buen bachiche, puso los primero cuatrocientos soles para la compra de armamento. A eso se sumó la colecta que nuevamente hicieron las mujeres y algunos regalos más que obtuvieron. Cuando estuvimos listos, lo hicimos padrino de nuestra bandera al italiano y partimos…”
— ¿Igual que la primera Columna…?
— “No. Ya nosotros no podíamos exigir más. Algunos extranjeros nos dieron fusiles y uno que otro apoyo. Así, arrebatados, a la loca, partimos del Cerro de Pasco. Nuestra única consigna era defender a como dé lugar nuestra capital. Si los expulsábamos, los chilenos ya no llegarían a nuestra ciudad”.
— ¿Tenían uniformes…?
— “Nada. Esperábamos que en Lima nos dieran lo necesario, pero no fue así. No había siquiera un plan de combate. En cambio los chilenos estaban muy bien pertrechados: cañones, ametralladoras, fusiles, municiones, hombres y animales. Nosotros no. Es más. Al ejército chileno se había unido un contingente de chinos que explotados cruelmente por los hacendados peruanos, fueron aliados, guías y confidentes de los rotos. Con la llegada de los sureños encontraron oportunidad para vengarse de los explotadores. Bueno, así las cosas, el 12 de enero de 1881, atacaron San Juan y no obstante la defensa, lo dejaron convertido en una hoguera gigantesca. Fue terrible. Yo, con mi hermano, nos vimos las caras con los chilenos en los arenales de Miraflores. Ahí sí que peleamos como fieras. A mí, los cojudos, creyéndome muerto, ni caso me hicieron porque mi cuerpo estaba completamente lleno de arena y sangre; sangre de un miserable jefe chileno al que le molí la cara a cabezazos –porque los dos estábamos desarmados- aunque yo también sufrí una incontenible hemorragia. Luego se produjo una gran explosión; volé por los aires y perdí el sentido. No sé cuánto tiempo estuve así. El caso es que en el “repase” no me tocaron…en cuanto a mi hermano Toribio, lo habían enviado a un hospital cuando fue herido de gravedad por un obús que le voló los dedos de la mano. Luego vino lo que ustedes saben; el triunfo de los chilenos. Desde entonces pasó mucho tiempo que soportamos sufriendo nuestro dolor y nuestra tristeza hasta que acabó la guerra. Un día llegados al cuartel general para reponernos de nuestras heridas, nos encontramos después de muchos meses, con mi hermano Toribio y nos abrazamos, llorando como hombres y, en ese momento, emocionados, los dos cantamos a voz en cuello una hermosa muliza que mucho le gustaba a mi santa madre. Cuando terminamos, la tropa del cuartel, también estaba llorando. Eran lágrimas de hombres que humedecieron nuestras polacas destrozadas. Eran lágrimas de hombres que habían luchado como fieras y que por milagro de Dios estaban vivos…!Y aquí estoy, carajo, todavía vivo y fuerte y esta nevadita no nos va a matar…!… ¡¡¡Tenemos que vencer!”…

El silencio llegó a la estancia, los jóvenes empaparon sus ojos en aquella legendaria figura de nuestro pueblo y encandilados por una reverente admiración, se durmieron.

CUARTO DÍA (29 de octubre de 1925)

Era las cinco, pero el brillo de la nieve reflejaba la mañana como si fuera más tarde. Llenos de entusiasmo se incorporan, sólo Asunción Cornejo tiene problemas. Abundante legaña apelmazada le impide abrir los párpados. Don Teobaldo coge un trozo de algodón y limpia. El paciente apenas si puede abrir los ojos; cuando lo hace, muestra sanguinolento el globo ocular semejante a un tomate. Es el fatídico “surrumpe”. La cura no se hace esperar. Acuesta al lesionado y cogiendo dos bolas de nieve, se los aplica encima de los ojos para refrescarlos.
–Esto te curará. Ahora reposa un poco. Más tarde estarás mejor- dice don Teobaldo y ordena que cada uno de los hombres se coloque dos hojas de coca en los párpados inferiores para evitar la irritación de los ojos.

Como lo han previsto, así ha ocurrido. La nieve ha derretido y, convertida en agua desciende de las alturas arrastrando los vestigios de copos deshelados. Tras superar la primera dificultad avanzan por un paraje más o menos plano. Al promediarse la mañana, llegan a la estancia de Palcamayo, desde donde se columbra una quebrada atravesada por el río Rodeo. Vencidos los obstáculos, toman la estrechez de una cañada y descienden lentamente hasta llegar a la orilla de un río. Después de buscar un vado, utilizando sogas y cables, vencen la correntada y se instalan en la otra orilla. Almuerzan en la estancia Palcamayo y después reinician la marcha. Tienen que recuperar el tiempo perdido. Han llegado a una rampa abrupta y se hace imprescindible vencerla. Con mil esfuerzos superan la dificultad y llegan a un promontorio desde donde puede verse una planicie húmeda y cenagosa. Amarradas las escaleras, tablones, pértigas y herramientas, inician el descenso y en una hora llegan a la planicie de Rupacancha. Esta explanada extensa es cubierta en otra hora. Al final se encuentran con enormes rocas y no tienen más remedio que utilizar los explosivos. Expertos como buenos mineros hacen volar una enorme roca. Vencido el inconveniente, avanzan triunfantes. Faltando casi una legua para llegar a la estancia de Casacancha, le da el alcance el gobernador del pueblo de Culluhuay –ya en territorio canteño- informándoles que del subprefecto de la provincia, señor Hildebrando Escudero, trae la misión de ayudarles. Llegados a la estancia, acampan, toman sus alimentos y como ya es cerrada la noche, se van a dormir.

QUINTO DÍA (30 de octubre de 1925)

Cuando los hombres despertaron en la mañana del 30 de octubre, comprobaron que la tormenta de rayos y truenos que no les había dejado dormir había tenido una secuela de inmisericorde granizada. Sólo al amanecer había amainado su furia. El piso estaba empapado pero podía distinguirse la superficie. Luego de colocar la bandera en un improvisado mástil del carro, con especial veneración y respeto, se santiguaron e iniciaron la jornada.

A poco de iniciar la marcha encontraron el camino de herradura. Contentos por el hallazgo siguieron la senda cerril por un desfiladero que a ratos se estrechaba peligrosamente. Aquí se pudo apreciar la pericia de don Teobaldo en la conducción del vehículo. Continuando con menos tumbos que antes fueron a llegar a una vaquería que llamaban El Escalón. En este lugar se sorprendieron al encontrar una comisión presidido por el gobernador de Marcapomacocha y una veintena de hombres del caserío de Yantac que aguardaban muy entusiasmados.

Después de los saludos pertinentes, se pusieron a órdenes de los excursionistas invitándoles a llegar a Yantac donde el pueblo estaba esperándoles.

Verdaderamente extraordinario fue su ingreso al pueblo. Todos los vecinos portando antorchas y banderas hacían calle para el paso del automóvil. Gritos, pitos y salvas aclaman estentóreamente a los visitantes. Llegados a la plaza principal, recibieron el saludo del telegrafista Lorenzo Leiva, de la autoridad del lugar, don Manuel Bao y otros representantes de los pueblos vecinos. Éstos explicaron que gracias a la comunicación telegráfica de don Santos Cuadrado y Pérez desde el Cerro de Pasco a toda la zona del recorrido, se habían enterado de la travesía.

Después se sirvió un espléndido banquete enmarcado por cándidos lamparines a querosene. Eran las nueve de la noche.

Concluida la cena, transcurrida en un ambiente de franca cordialidad, los cansados viajeros se retiraron a descansar.

SEXTO DÍA (31 de octubre de 1925)

La serena mañana presagiaba una jornada fructífera. Los amenazantes cielos de días anteriores habían cambiado por la suave transparencia de esa mañana. Después del desayuno partieron escoltados por gran cantidad de lugareños que se habían ofrecido a colaborar.

El heroico FORD largó de la bullente plaza por el lado norte de Yantac con dirección al Escalón, para lo cual hubo de requerir los generosos brazos de los lugareños para ascender por una abrupta cuesta que, solos, no habrían podido superar.

Después llegaron a un estrecho desfiladero que recorrieron a regular velocidad. Mientras el carro avanzaba de tumbo en tumbo, los hombres de la ayuda corrían detrás con gran entusiasmo. Todo fue bien hasta que llegaron debajo de un arriesgado promontorio pedregoso donde decidieron descansar para tomar sus alimentos.

Era ya el mediodía.

Todos se sentaron en derredor de una improvisada mesa constituida por un poncho. En ella, generosas papas serranas, trozos de magra chalona, floridos granos de cancha, pedazos de mantecoso queso yantacino y ají, mucho ají. Al frío hay que vencerlo con este cálido alimento que entonan los pulsos y la sangre. !Qué hermoso fue aquel yantar!. La comunión del esfuerzo los ha hermanado y, en ese ambiente, nuestros hombres están gratos y contentos. Después de una hora de pascana en la que nada quedó sobre la mesa, se pusieron de pie a seguir la jornada.

Tras adecuado estudio de la zona subieron un gigantesco promontorio. Utilizando numerosas sogas, ataron el vehículo para protegerlo. En determinados momentos estaba sobre el abismo. En este paraje estuvieron buen tiempo en el que se aplaudió la serenidad de don Teobaldo Salinas guiando y orientando al chofer Juan Manuel Beloglio. Coronada la escarpada zona con gran éxito, siguieron por una pampa amplia y plana. Eran las 3:15 de la tarde. Los hombres de Yantac se despidieron de nuestros aventureros.

Nuevamente solos y con la bandera flameando invicta en la parte más visible del coche, comenzaron a avanzar jubilosos por aquellos campos.

Al promediar las cuatro de la tarde, vieron por la senda que seguían a numerosos hombres emponchados. Afirmaron ser miembros de la comunidad de Culluhuay que venían a darles alcance para ayudarles. Eran 45 hombres fornidos y premunidos de sogas y reatas, y de varios “quipes” de comida, coca, cigarros, velas. Con el auxilio de estos hombres subieron el carro a la parte más alta. Tuvieron que colocar cuñas para evitar que el carro volviera hacia atrás. Sogas, pértigas, tablones, eran utilizados en la tarea en que todos los hombres sudaban la gota gorda.

Ya la tenue timidez del sol se diluía detrás de los picachos cuando llegaron a la parte más alta del recorrido. Las vivas exclamaciones de alegría y de abrazos menudearon. !!Estaban en la parte más alta de la cordillera La Viuda!!!…La pequeña bandera de la patria que flameaba acariciada por el frío viento cordillerano, emocionó a los aventureros. En este momento de triunfo, don Manuel Oyarzábal, con su voz tronante cargada de emoción comenzó a cantar el Himno Nacional. En respetuoso recogimiento, las voces asordinadas de los culluhayinos se unieron al emocionado coro. !!Qué inolvidable y maravilloso aquel momento!! !Estaban a cinco mil metros de altura sobre el nivel del mar!!. Les había costado tanto llegar!!.Ahora todo sería menos duro.

Después de escanciar una botella de pisco celebrando el acontecimiento, hicieron correr el vehículo. Cada vez que encontraban alguna dificultad, la afrontaban hasta vencerla. En esta tarea continuaron hasta las siete y media de la noche en que llegaron a una hondonada donde decidieron acampar.

Terminada la cena, se sentaron en derredor de una fogata. La luna hermosa y gigantesca alumbraba la escena. Los expedicionarios y sus amigos, conversaban y fumaban. Al poco rato don Manuel Oyarzábal estremecía la noche con hermosas mulizas cerreñas. Estrellas titilantes acompañaban la bronca emoción de los viajeros y, un cielo brillantemente azul adornado de estrellas, arrulló el descanso de estos hombres valientes.

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