ABRIENDO CAMINO (4)

Los triunfadores cerreños en pleno centro de Canta después de haber superado infinitas dificultades. En la foto están todos los héroes de la jornada acompañados por el gestor de la hazaña, don Santos Cuadrado y Pérez. Portando la enseña patria, en la parte alta donde siempre ha estado, el inmortal Gamaniel Blanco Murillo, maestro y mártir obrero.

SÉPTIMO DÍA (1 de noviembre de 1925)

Aquella mañana, un silencio religioso y casi sobrecogedor, se había apoderado de los aventureros. En la mente de cada uno de ellos bullía el recuerdo de seres queridos que habían muerto. Madres, abuelos, hermanos, amigos; imágenes y recuerdos, nublaron los ojos de los osados aventureros. Don Teobaldo conocedor del alma de nuestra gente se dirigió a los hombres que rodeaban la fogata que avivaba el desayuno y les dijo:
–Yo sé que este momento han recordado a los seres amados y sufren por no poder ir a dejar una oración y una flor en sus tumbas. La oración la diremos aquí; las flores con nuestras lágrimas y triunfo, se las llevaremos a nuestro retorno. Acompáñenme a rezar.

Reanimados con las oraciones desayunaron ya con el acostumbrado brillo en los ojos y a las ocho de la mañana comenzaron a avanzar. Superando un corto trecho tropezaron con gigantescas rocas que constituían un verdadero escollo para la marcha. Tuvieron que utilizar la dinamita para volarlas. Fueron varias explosiones que retumbaron en la silenciosa pampa. Vencida la dificultad, descendieron por un estrecho desfiladero utilizando sogas y pértigas para controlar el empinado descenso. Mucho se esforzaron para hacer llegar el carro a un rellano terroso. Aquí almorzaron. Era ya el mediodía y amenazantes cerrazones cubrían el cielo serrano.

Terminada la pascana, avanzaron por un terreno más plano y menos abrupto que los anteriores. A las tres de la tarde llegaron exhaustos a Tambo Navarro. En ese momento el cielo se desencapotó en una lluvia torrencial iluminado de rayos, truenos y relámpagos.

Descansaban rendidos en unos establos de “El Tambo”, cuando montado sobre una briosa mula y acompañado de un guía, llegaba -empapado y cansado- don Santos Cuadrado y Pérez. !!Qué alegría la de aquella gente!!. Abrazos y risas, preguntas y comentarios, en tanto afuera, la furia de la tormenta trazaba garabatos de luz en el cielo rebelde.

La conversación es amena y cordial. Don Santos ha sacado de sus alforjas, dos botellas de cognac francés y brinda con todos. Después de media hora de diluvio, el cielo se tranquiliza por lo que deciden seguir adelante.

Habían avanzado un largo trecho y ya siendo la siete de la noche –faltando un kilómetro para llegar a Culluhuay- se topan con numerosas rocas. Dejaron aquí algunos hombres para que cuidaran el carro y a pie arribaron a Culluhuay donde la gente amable y buena les esperaba.

Aquella noche, después de la cena, rendidos pero contentos, se durmieron.

OCTAVO DÍA (2 de noviembre de 1925)

Con el entusiasmo al tope y renovadas energías, afrontaron la tarea desde las seis de la mañana. Los dos kilómetros que faltaban para llegar al pueblo eran los más difíciles del recorrido. Tuvieron que volar varias rocas y, al promediarse el mediodía, llegaron al río que cruzaron haciendo una verdadera proeza de equilibrio y valor.

Por fin, a los dos y quince de la tarde, el FORD T entraba triunfante en Culluhuay. Aclamaciones del pueblo y el repique de alegres y triunfales campanas. Los niños que habían hecho calle con banderas y flores, fueron desfilando delante de los valientes expedicionarios colocando los ramos sobre la capota del coche. Al poco rato, el vehículo casi desaparecía sepultado por el peso de las flores y las cadenetas. !!Qué emoción!!, nuestros raidistas estaban triunfantes y sonrientes al lado del coche.

El corazón, galopante, les latía frenético y emocionado. En ese instante de alegría ocurre algo realmente conmovedor. Una anciana de blanquísimos cabellos y apergaminado rostro, se abre paso entre la muchedumbre y conducida por sus nietos, llega hasta don Manuel Oyarzabal y le hace entrega de un ramo de rosas rojas y, con su voz cansada pero tierna, dice:
–Ahora sí, puedo morirme. Ya conozco el automóvil y ustedes me lo han traído…!!Que Dios los bendiga!!…

La gente aplaudió enternecida cuando aquella viejecita de 110 años de edad –la más anciana del pueblo- besó las manos de los valientes peregrinos.

Después de este extraordinario acontecimiento que conmovió a todos, las autoridades invitaron a presenciar una ceremonia en el patio de la escuela. Hubo poemas, canciones, danzas, discursos y regalos. La sesión se cerró con un almuerzo opíparo, salpimentado de generoso pisco puro.

Esa tarde, soleada como pocas, un grupo de hermosas culluhayinas invitaron a pasear por sus huertos y jardines a los jóvenes de la aventura. Sólo don Manuel y don Teobaldo quedaron para platicar con el cura, con las autoridades y don Santos Cuadrado y Pérez, que ahora se encontraba más feliz que nunca.

Llegada la noche, después de una espléndida cena bajo la patriarcal mirada de los viejos del poblado, los emocionados excursionistas bailaron lánguidos y románticos valses con las chicas más bellas del pueblo.

Cercana la medianoche, y muy agradecidos, se retiraron a descansar. Esa noche jamás la olvidarían.

NOVENO DÍA (3 de noviembre de 1925)

La mañana templada del 3 de noviembre –noveno día de excursión- todo el pueblo de Culluhuay asistió a la misa que el anciano sacerdote del lugar dijo por la salud y el éxito de los expedicionarios.

Terminados los servicios, se sirvió el chocolate con panecillos calientes, hechos por las “Hijas de María”. Todo transcurrió en un ambiente de franca cordialidad. A las ocho de la mañana, más contento que nunca don Santos Cuadrado y Pérez, continuó viaje para informar a la comisión de esta parte de la aventura. A esa misma hora, pero por rumbo distinto, la delegación siguió adelante, siempre escoltados por 45 culluhuayinos que ya se sentían miembros natos de la empresa. Esta vez el camino no era tan difícil como antes. El carro avanzaba lentamente y cuando encontraba alguna dificultad, inmediatamente era vencida por los hombres.

Después del almuerzo continuaron con la tarea de avanzar y, al promediar las seis de la tarde, llegaban a la comunidad de Huacos, donde, contrariamente a lo que había ocurrido antes, nadie salió a recibirlos. En este lugar los culluhuayinos se despidieron y retornaron a su pueblo.

Esa noche, los expedicionarios levantaron su carpa sobre el río Chillón y adormecidos por el suave discurrir de las aguas, se durmieron plácidamente.

DÉCIMO DÍA (4 de noviembre de 1925)

Este décimo día, después del desayuno marcharon por una pendiente muy pronunciada. Tuvieron que utilizar todas sus fuerzas e ingenio para avanzar. El problema no era empujar, sino sostener el carro para que no rodara pendiente abajo. El uso de piedras grandes como cuñas facilitó la tarea.

Aquella mañana se tuvo que realizar cinco explosiones para dejar expedito el camino. Al mediodía, vencida la agreste peñolería se sentaron a almorzar, pero en el momento en que iban a abrir sus paquetes, los comuneros de Huacos les daban alcance, Traían un reconfortante almuerzo.

Después de la pascana nuevamente atacaron la empresa, esta vez ayudados por los huacosinos. Su ayuda fue providencial. Sus acerados brazos sirvieron como frenos adicionales para el descenso del carro. Cuando ya se cerraba la noche llegaron hasta una explanada llamada Gusguchuyoc. De aquí, los huacosinos retornaron a su comunidad.

A sólo 4 kilómetros de Canta ya podía sentirse el cálido ambiente de su clima y el fresco aroma de sus campos. Con el fin de recuperar fuerzas, hicieron hervir agua y prepararon una cena frugal, después de la cual se durmieron rendidos bajo los cerros.

DÉCIMO PRIMER DÍA (5 de noviembre de 1925)

El entusiasmo que generaba la clara mañana se acrecentó con las caricias del abrigado clima lugareño. Estaban cercanos al cálido pueblo canteño.

Después de las oraciones cotidianas y el frugal desayuno acometieron las tareas con renovadas fuerzas. A poco de iniciar la marcha, tropezaron con unas rocas gigantescas. Las volaron en medio de atronadoras explosiones. No pasó mucho tiempo cuando gran cantidad de gente canteña salió a darles alcance brindándoles oportuna ayuda. El trabajo era rudo, sin embargo, con esa ayuda, avanzaron seguramente.

Llegada la hora oportuna, las autoridades brindaron un espléndido almuerzo a los raidistas. Aprovechando la luminosidad del día, todos los allí presentes, se sentaron a degustar un abundante locro de habas, en cuyo espeso y oscuro caldo, grandes trozos de carne sobresalían apetitosos. Para finalizar, sirvieron unos tiernos cabritos asados. No faltó el puro de Ica.

Ya se estaba viviendo un ambiente de fiesta.

Luego del almuerzo, tras vencer muchas dificultades, asomaron detrás de una loma alta, desde donde divisaron Obrajillo, Canta, Pariamarca y San Miguel. Esta extraordinaria visión les llenó de emoción, renovándoles las fuerzas. Descendieron y, a las cinco y treinta de la tarde entraban en el acogedor y simpático pueblo de Canta que, con sus locas campanas, aplausos y vítores, daban la bienvenida a los paladines de la aventura.

!!!Que viva el Cerro de Pasco!!…!!!Que vivan los cerreños!!!- gritaban sus gentes.

Las luminosas calles canteñas eran pletóricos ríos de vida, que discurrían animados de bulliciosos colores. Acompañados de las autoridades del pueblo, entraron en el bullanguero Canta. Llegados a la plaza principal, las autoridades y personas notables, desfilaron una a una, abrazando y dando la bienvenida a los cerreños. Las guapas canteñas habían confeccionado sendas bandas de seda que fueron colocando a nuestros triunfadores. Chicas del María Parado de Bellido y Juana de Arco, vestidas con sus mejores galas y sus hermosos tocados, arrojaban flores a los raidistas que agradecían con las manos en alto. A pedido de las autoridades el heroico FORD dio varias vueltas por las calles de Canta.

Más tarde, en el salón de actos del Concejo Provincial, se realizó una emotiva ceremonia en la que el alcalde resaltó la trascendencia y la heroicidad de la travesía. Por disposición de los jefes de expedición, Gamaniel Blanco Murillo, agradeció con frases muy hermosas y conceptuales al amable pueblo de Canta, alabando su ejemplar espíritu de colaboración y su remarcada hospitalidad.

En el banquete que se sirvió más tarde, hubo frases elogiosas para los expedicionarios. Después de la tertulia, cercana la medianoche, se retiraron en medio de cariñosos aplausos.

DUODÉCIMO DÍA (6 de noviembre de 1925)

Aquella mañana cuando el canto del gallo y el trino de las aves anunciaban el nuevo día, un grupo de bondadosas matronas sorprendieron a nuestros aventureros con un ponche sustancioso y panecillos recién salidos del horno.

Agradecidos y restituidos del cansancio, se despidieron de aquellas caritativas gentes y luego enrumbaron por el lado norte en compañía de algunos hombres del fundo Santa Rosa.

Al promediar el mediodía llegaron a Santa Rosa, donde el dueño del fundo, don Primitivo Grados, les colmó de atenciones. Cuando quisieron seguir adelante después del almuerzo, una lluvia torrencial se desató sobre el lugar por lo que don Primitivo les impidió seguir adelante.

Como la lluvia continuaba y, cerraba la noche, decidieron pernoctar en el fundo.

DÉCIMO TERCER DÍA (7 de noviembre de 1925)

Desde las primeras horas de la mañana, después del consabido desayuno y la correspondiente despedida de don Primitivo Grados, animados y llenos de entusiasmo, emprendieron la jornada con mucha fe.

Tras descender un buen tramo desde Santa Rosa, a la vera del río Chillón, encontraron una planicie que les presentó dificultades que fueron vencidas con mucho esmero.

Luego del almuerzo prosiguieron con la tarea hasta llegar a una rampa fragosa cubierta de varios accidentes y rocas. No había nada que hacer. Era el único tramo a vencer para poder continuar adelante.

En todo el trayecto no habían hallado tan numerosas y variadas dificultades para el avance.

Al promediar las seis de la tarde y cuando la oscuridad invadía el valle, se vieron frente a un peligroso desfiladero que aunque corto, tenía una pendiente tan pronunciada que se vieron obligados a enfrentar, ya que de no hacerlo, se habrían quedado en una situación desairada y peligrosa. Durante una hora estuvieron bregando con el arriesgado precipicio. Estaban ya por zafar del abismo cuando, por la presión del peso, reventaron las sogas y el bulto que contenía los alimentos cayó desde esas alturas hasta las aguas del Chillón, perdiéndose todo. El momento no era para ponerse a rescatar nada, ni para intentarlo. Ninguno de los hombres podía soltar las amarras del carro que, de hacerlo, el vehículo se habría estrellado irremisiblemente contra las aguas.

Cuando vencieron el abismo, pudieron comprobar que sólo las herramientas y las medicinas se habían salvado. La guitarra, la imagen del Señor de los Milagros y los licores también estaban a salvo. Menos los alimentos.

Encendieron las cuatro lámparas para ayudar a los faros del carro y siguieron avanzando hasta llegar a una explanada donde habían seis o siete casitas. Con menos esfuerzo siguieron bajando hasta llegar al escaso poblado que a manera de una aldehuela de pastores se levantaba en el lugar. Se llamaba Huagra.

En este lugar los habitantes –entre sorprendidos y asustados- apenas si asomaban sus caras torvas y mezquinas por las puertas entre abiertas. Sólo los perros en una inmisericorde sinfonía de ladridos rodeaban a los aventureros. Vanas fueron las gestiones para que les vendieran algo de comer. Los lugareños les contestaban que era de noche y que no era conveniente hacer venta a esa hora. Era de mal agüero. No se pudo vencer esta resistencia. Ni agua les dieron.

Acuciados por el hambre y el cansancio se durmieron a orillas del río, en medio del quieto perfume de la noche.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s