HOMENAJE A LOS INMORTALES DE LA COLUMNA PASCO

Esta es una hermosa y rara fotografía. Hermosa porque podemos ver las imágenes de niños guiados por sus maestros y padres de familia enmarcando el monumento a nuestra Columna Pasco. El siglo pasado –lo recuerdo vivamente- los niños de las escuelas locales llegábamos reverentes a rendir nuestra pleitesía a los 220 infantes que, partiendo de nuestra tierra, cayeron en los arenales del sur en defensa nuestras fronteras. Ninguno volvió. Aquellos tiempos mirábamos con reverencia el monumento que se yergue en su homenaje y, en la actuación cívico patriótica, un maestro nos recordaba su sacrificio y, muchos niños, recitábamos poemas alusivos. En aquel entonces cuando no había muchos doctores ni numerosos sabihondos, pensábamos que esa era la manera de tributarles nuestro recuerdo. Era lo menos que podíamos hacer, pero lo hacíamos con veneración y respeto. ¡Cómo han cambiado los tiempos!. En la actualidad, no obstante la dimensión del monumento, la amnesia se ha adueñado de los doctores. Ya no hay ese recogimiento. Ya no hay esa veneración. Es de tal suerte el abandono y olvido de nuestras generaciones por lo que digo que mostramos una fotografía rara. Rara porque ya no se repite la reverente pleitesía a nuestro mayores. ¡Qué podemos esperar de gente que se refiere al monumento diciendo que es al “Soldado Desconocido”!. ¡Increíble!. De nada nos ha servido publicar un libro en el que referimos el nombre y el grado de cada uno de los 220 valientes que cayeron defendiendo a nuestra patria. Hemos publicado páginas facsimilares del padrón general de nuestro ejército, pero nada. La ignorancia persiste. ¿Hasta cuándo?.
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LOS “FAITES” DE MI TIERRA

En la extensa vida de nuestro pueblo –cuatro siglos y medio- enorme diversidad de personajes ha sentado sus reales en sus predios. Entre éstos, pendencieros, enamorados, galantes y jaranistas, destacaban los “Faites”. (Faite viene de la palabra inglesa “fight”, que quiere decir pelear). A comienzos del siglo pasado la palabreja tomó carta de ciudadanía en nuestro emporio minero junto con otras de origen inglés, como “Wachimán”, (guardián); “chuzos” (zapatos); “Brequero” (guardafrenos). Era una aclimatación del “guapo” argentino, del “malevo”, del “taura”, del orillero que pronto fue imitado por tanto fanático cultor del tango. En sus inicios se refería exclusivamente a los pleitistas, “fosforitos” que no obstante su talante remilgado y hasta bien visto, apenas se iniciaba una controversia, ya se estaban encendiendo como antorchas dispuestos a imponer su parecer; la policía los tenía “marcados” y eran muy conocidos en la ciudad. Sin embargo es bueno aclarar en su descargo que eran hombres de honor, con una valentía a prueba de balas; sueño de mujeres guapas e ídolos de niños y jóvenes. Iniciada una discusión los contendientes se citaban en lugar apartado de la ciudad para dirimir superioridades a puño limpio. Los que asistían al duelo eran solamente mirones. No intervenían salvo si uno de los rivales cometía alguna maniobra ilegal. Después de una buena dosis de golpes, cansados de la gresca y salvado su prestigio, se estrechaban en un abrazo fraternal para terminar “chupando” en alguna cantina como buenos amigos.
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EL VIAJE DE “TORTOLA” VILLANES


En la fotografía están, de izquierda a derecha: Doctor Efraín Herrera, ex alcalde del Cerro de Pasco y otrora presidente del “Estudiantil Carrión”, gran animador de nuestras tertulias; Pepe Alfonso García, destacado periodista deportivo y relacionista público de la compañía Centromín Perú; Tito Leyva Atis, notable futbolista que integró la plana del “Centro Tarmeño Social y Deportivo”; César Pérez Arauco, autor de esta nota; Lucho Llanos Álvarez, salido de las canteras de los “Capachos”, integrante del Club “Sport Unión Railway” y otros equipos cerreños; Pedro Villanes (Nos acaba de dejar) Volante de leyenda que haciendo pareja con “Huaca” Muñoz, dejó grandes recuerdos como integrante de las selecciones de la compañía minera y del Cerro de Pasco, fue más conocido como “Tortola”; Fernando Livia Chávez, infaltable integrante de las selecciones de fútbol del Cerro de Pasco y valor indiscutible de todos los tiempos; Héctor Martel, deslumbrante primera guitarra del trío “Los Principes” y actual animador de hermosas veladas fraternales.

Hace un mes partió al viaje sin regreso. Primero supimos que se había fracturado la cadera y durante su internamiento había sufrido una neumonía que se lo llevó. No lo pudimos creer. Tan sólido y batallador no creímos posible que lo doblegara la parca, pero tuvimos que rendirnos a la realidad. Con la muerte nadie puede. Inmediatamente, Pepe Alfonso García hizo conocer el fatal acontecimiento a los amigos. A todos nos inundó un enorme tristeza. Pedro Villanes Rojas “Tortola”, el invicto volante de nuestras selecciones, se había ido definitivamente.
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LA CAÍDA

Era cercana las siete de la mañana de aquel 21 de junio de 1971 cuando los hombres llegaron a la bocamina. No obstante estar avanzado el mes de junio, el sol no había asomado todavía; es más, una niebla fría envolvía el ambiente. Eran siete los integrantes de la cuadrilla que esperaban la jaula para descender a su labor. Este era un abigarrado grupo de hombres curtidos por el peligro y avezados en la lucha minera; las cabezas fuertes, hirsutas, graníticas, protegidas por los luminosos cascos mineros; la piel quemada por el hielo, la escarcha, el relente; los músculos túrgidos y prontos debajo de la ropa minera atrincherada por gruesas fornituras. Victorio Baldeón, en primera fila, asegurándose el correaje con prolijidad, meditaba atribulado: “Las fiestas de mayo me ha dejado sin un solo cobre. Durante todo el año tendré que trabajar el doble. No importa. El Señor de Huancapucro es muy milagroso y me va a ayudar. Estoy seguro. Yo he cumplido con Él cómo los buenos. La fiesta ha estado grandiosa. Como nunca. Este año he traído a los “negritos” de Huánuco, y tres puntas de chunguinos, incluyendo a los maricas. El trago y el “papeo” ha sido bueno y abundante. Estoy seguro que el Señor me va hacer el milagro… estoy seguro”.

La gigantesca mole metálica del castillo de Lourdes estaba ensombrecida aquella mañana. Entre las remachadas columnas de acero, un hedor misterioso circulaba como negro presagio de muerte. La mente cansada de Jacinto Chuquillanqui se sobresaltó al recordar la amargura continua de su coca y los negros agüeros de su mujer: “No, carajo, ella no miente. La coca no miente nunca, algo va a pasar. Anoche tampoco pudo dormir mi mujer. Desde hace tiempo está soñando sangre, sangre y sangre no más… ¿Quién se irá de este mundo?… ¿Quién morirá…?. ¿La abuela Tomasa?… ¿La Shatu…? ¿Mi mujer?… ¡No, no, mi mujer nunca!… ¿Qué haría yo sin ella…? No, ella es muy comprensiva… es tan dulce… tan hacendosa. ¡Buena me ha tocado: de silla y carga…!”

Cuando sintieron la aproximación de la jaula, los hombres de acomodaron para abordarla y en ese momento Pedro Tapia sintió un saetazo punzándole las rodillas. El horrible dolor apenas si le había dejado caminar los últimos días. “Tengo que visitar al “huesero” Amancio. Estoy seguro que el viejo me va a curar. Hace buen tiempo que no voy a entrenar y si sigo así, me van a sacar del equipo… ¡Ayayay cómo duele, caracho, cómo duele… Parece que se me van a doblar las rodillas!”.
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EL EMBLEMÁTICO RESTAURANTE “EL FAROLITO”


El restaurante “El Farolito” del japonés Yoshinaro Noda, en la esquina de las calles Del Marqués con Lima. (Enfrente del que fuera la tienda del austriaco Nicolás Lale). En la fotografía se ve cerrado, en sus últimos momentos de vida, con sus paredes cubiertas de polvo y abandono. Al día siguiente caería bajo el impulso de las hambrientas máquinas de la compañía norteamericana. Así murió este emblemático local de la bohemia cerreña. Nunca cerraba de noche. Cuando estaba vigente, sus vitrinas lucían fuentes repletas de arroz con pato, tallarines con pollo, chanfainita y pancitas que el propietario y sus hijas calentaban en grandes sartenes. Rosita, su hija, cortaba jamones, quesos y salchichas para los emparedados que los noctívagos consumían; el “Fideo” Kenyi, su hermano, flaco en extremo como un faquir, atendía los pedidos. Los bullangueros comensales que ocupaban sus mesas siempre estaban contentos por la atención de primera, la rapidez y el precio módico. Después de atiborrarse de tallarines y sonrisas de la Rosita los bohemios enfilaban para la calle Jauja. En la actualidad ya ni señas ha quedado de aquel rincón representativo de los trasnochadores de entonces. ¿Habrá otro lugar en el Perú que esté viendo desparecer sus edificios, su historia, su vida?. Lo dudo. Eso sólo ocurre en el Pueblo Mártir del Perú.

ROMERÍA DEL CLUB SPORT IDEAL


Socios del Club Ideal, asistentes a la romería al cementerio general, el 28 de junio de 1970. Están, de izquierda a derecha, de pie: “Negro” Alberto Carlos, Héctor Pacheco, Honorio Cotera, “Pluto”, José “Shevo” Velazco, César Pérez Arauco, Fernando Livia Chávez, Tomás Buendía, Javier Rosales Llanos, Ricardo Andamayo, “Cullutaca” Rodríguez, Moisés Laureano Palomino, Gastón Herrera. En Cuclillas: Alejandro Rodríguez, “Chance” Emilio Rodríguez, Sergio Bustamante, Hincha desconocido, “Achaque” Rodríguez, Nolio Yábar Morales, César Rodríguez, Hincha, “Somier” Rodríguez. Delante del grupo, una abrigada tetera de “Calichi” preparada por Sergio Bustamante.

“A la llegada del 28 de junio -aniversario de la institución fundada en 1928- los idealistas asistíamos conmovidos a la misa solemne en memoria de los que habían emprendido el viaje sin retorno y que, en calidad de socios, habían dado lo mejor de sí por el progreso del club. Un mutismo conmovido embargaba el acto religioso. En ese lapso, los recuerdos y las oraciones se entrelazaban; después, con esa misma unción, portando numerosos ramos de flores íbamos a visitar el cementerio. En los lugares que la tradición ha fijado se efectuaba el consabido “Caipin Cruz”, remojado con el abrigador y medicinal “Calichi”, traída en hidrópicas teteras por los socios encargados. Se conversaba, se comentaba, de contaban chistes, pero en todo momento, el tema preponderante era el Club y los finados. Ya en el Camposanto, el nutrido grupo iba de tumba en tumba. Al borde de cada una de ellas, se santiguaba y rezaba muy contrito. Por especial designación, uno de los socios, recordaba al hermano ausente con palabras emotivas. Muchas veces, más de una lágrima se desprendía del párpado evocador. En esta fraternal romería se recorría todos los ámbitos del cementerio. Pasado el mediodía, con las teteras ya vacías, el grupo se encaminaba a la casa de un socio designado y allí se almorzaba los potajes de la cocina cerreña en marco de enternecedora hermandad. ¡Qué hermosa prueba de amor fraternal y cariño idealistas!.

Los que mal nos querían murmuraban entre sombras que el Ideal no obstante su prosapia no tenía siquiera su sede social. ¡¡¡Mentira!!!. Mientras que otros clubes encasillaban su gloria entre cuatro paredes, la sede del ideal lo constituía todo el pueblo minero. De un confín a otro confín. De la Esperanza a Huancapucro; de Miraflores a Uliachín; de Cabracancha a Túpac Amaru; de “La Docena” a Yanacancha; del viejo barrio Misti hasta el nuevo San Juan. La sede del Ideal fue siempre todo el Cerro de Pasco. Ahora que se ha ido para no volver, sólo las remembranzas como ésta consuelan nuestro corazón.¡ Cuántas cosas hermosas está sepultando el maldito ¡“Tajo Abierto”!

LULI COCHA (Leyenda)


Muy cerca de Ninagaga, a la vera del camino que lo une con Huachón, hay una hermosa laguna repleta de truchas a la que se le ha dado el nombre de Luli cocha. De este lugar se cuenta la siguiente leyenda:

Al borde de sus aguas, hace mucho tiempo, vivía un hombre cuyo sustento dependía de la crianza de ovejas a las que amorosamente iba a pastar a largas distancias.

Este pastor, que diariamente tenía que preparar sus alimentos después de llegar cansado a su casa, se sorprendió cierto día. Encontró su humilde casucha muy pulcra y atusada y, sobre la mesa, un caliente y delicioso almuerzo. Quedó sorprendido. Seguro de ser víctima de una broma, estuvo contemplando los apetecibles potajes ahí expuestos. Tan apetitosos estaban que finalmente tuvo que devorarlos por el extremo apetito que lo apremiaba. Todo resultó muy agradable porque quedó ahíto y satisfecho, pero por más que se esforzaba, no alcanzaba a adivinar quién podía haberle hecho aquella broma.
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