Los montoneros, centauros gloriosos de nuestra independencia

Los trashumantes jinetes cerreños de los albores de siglo XIX, no sólo traían mulas para vender y canciones creadas en los llanos para difundirlas, sino también, metidos en las casas como “Incógnitos” o “Mensajeros del Inca”, repartían proclamas, décimas y cantares: efectivos mensajes de libertad. Estaban hartos del dominio español y sus abusos. Acalladas las violas, referían admirados las correrías de los legendarios mártires del Plata en la Revolución de Mayo de 1810; José Gervasio Artigas, caudillo de la independencia uruguaya incorporado a la Revolución en Entre Ríos, al montonero López en Santa Fe; a Ibarra en Santiago del Estero y, en los llanos, a Juan Facundo Quiroga.

¡Hay que hacer otro tanto, aquí!- concluían emocionados.
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El precio que pagamos por nuestra libertad

Una niebla helada que se tragaba luces amanecientes dejaba ver como escorzos difuminados figuras de hombres y caballos que abandonaban la ciudad. Iban a cumplir la increíble orden de San Martín dejando desamparada a la ciudad minera. El sordo traquetear de los caballos resonaban en el empedrado de las calles confundiéndose con las voces de mando. Los soldados iban arropados con birretes de lana, chompas, chalinas, guantes y ponchos de vicuña debajo de los cobertores de hule contra la lluvia. En sus cantimploras, hirviente café macho; en sus morrales, generosa porción de “charquicán”, preparado por manos femeninas. Se retiraban cubiertos de gloria. Habían coronado la gesta de jurar su independencia en la cima del mundo tras la gloriosa batalla del 6 de diciembre. Detrás, los invictos combatientes del pueblo: los montoneros. Todos montados. Unos en caballos propios, otros en los del gobierno o de particulares, recogidos en las estancias del tránsito. Avanzaban para encontrarse con el grueso de las tropas libertarias que comandaba San Martín, ahora en Huaura. Llevaban tercerolas, trabucos naranjeros, carabinas de chispa, chuzos y lanzas cuyas puntas afiladas eran punzones o cuchillos. Muchos precariamente calzados pero todos emponchados y cubiertos con chambergos de anchas alas y barbijo. Marchaban al paso que les marcaba la caballería oficial y al pasar por los pueblos, sin perder la disciplina, enamoraban y piropeaban a las mozas que encontraran y cantaban y hacían bromas haciendo llevadera su vida entre las fuerzas auxiliares pero más poderosas de la patria.
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Nuestro aporte a la libertad del Perú

Monumento al general Juan Antonio Álvarez de Arenales que comandó la Batalla del Cerro de Pasco, el 6 de diciembre de 1820. En los frisos de las bases, escenas de aquel memorable momento de nuestra historia. Este monumento se ha erigido frente a la iglesia de Yanacancha recordándonos la importancia de aquel acontecimiento histórico.
Todo comenzó en 1777, cuando la ciudad minera tomó conocimiento que la Corte Española estaba enviando al Consejero de Indias José Antonio Areche, con el cargo de Superintendente y Visitador General de la Real Hacienda revestido de facultades omnímodas que lo hacían, inclusive, superior al Virrey. Su misión: obtener más dinero para las insaciables arcas fiscales de la Corona Española. Contra la manifiesta resistencia del pueblo aumenta los impuestos exageradamente, duplica el precio del tabaco, jabones, velas de sebo, huevos, mieles, cordobanes. Para que nadie se escape del pago crea la Junta de Diezmos. La gente no lo puede creer. La elevación de la Alcabala del 4% al 6%, el aumento del 12% al impuesto del aguardiente, los enardece. Esta vez no sólo los indios son damnificados, también los criollos y españoles residentes. Los criollos, desde entonces, se convirtieron en inspiradores y conductores del movimiento por la independencia. No en vano eran miembros de la económicamente poderosa oligarquía criolla. Dueños de inmensas fortunas mineras, extensas haciendas y numerosos esclavos, no podían obedecer el mandato de españoles a los que consideraban inferiores en ilustración, prestigio y riqueza.
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EL HUAYNO CERREÑO

Pocos lugares hay en el mundo donde las canciones se identifican plenamente con las variadas facetas de la vida ciudadana. Pocos lugares también donde, intensa y dramática, transcurre la vida con su vorágine de apasionados avatares como en el Cerro de Pasco. Aquí donde el vivir constituye un reto trágico y riesgoso, el huayno es claro vocero de ese azaroso caminar hacia la muerte. Vieja canción de profundas y ancestrales raíces ha caminado por senderos que van desde el páramo gélido y soledoso hasta las negras y trágicas oquedades de la mina siniestra. Es, cuando se lo propone, un fresco panorámico de la tierra, una pintura acertada y precisa de sus vaivenes y vicisitudes. En unos casos –negra premonición de una desgracia que adivina más o menos cercana- sus versos agoreros y tristes hablan de los que ocurrirá a ultranza.
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VISTA PANORÁMICA DEL CERRO DE PASCO

Vista panorámica del Cerro de Pasco el año de 1890. Para entonces las numerosas minas eran subterráneas, propiedad de mineros europeos y peruanos. Los norteamericanos todavía no habían llegado. La ciudad lucía su topografía invicta. Los yanquis llegan el año de 1901 y se apoderan de la ciudad. A partir de 1956 inician los trabajos a “Tajo Abierto” convirtiéndola en una enorme sepultura donde, poco a poco, están enterrando su historia, sus costumbres, sus tradiciones. La Historia de su pueblo es la más dramática que pueblo alguno puede sufrir. Abusos, exacciones, latrocinios, infamias, traiciones, pero también heroísmo y grandes realizaciones en muchos de sus hombres y mujeres.
El Cerro de Pasco nació en 1567 con el primer denuncio de minas. La Enciclopedia Británica dice al respecto: “La ciudad minera del Cerro de Pasco, en los Andes Centrales del Perú, es la más alta del Mundo. Se encuentra a 4.388 metros sobre el nivel de mar. Por el contrario, el asentamiento israelí de Ein Bokek, a orillas del Mar Muerto, es la ciudad situada a menor altitud del Mundo: Está a 393,5 metros bajo el nivel del mar”. Enclavado en el centro de la hoya metalífera de la meseta de Bombón, ocupa una extensión aproximada de 350 kilómetros cuadrados, donde se vuelven a juntar las Cordilleras Oriental y Occidental desprendidos del nudo de Vilcanota. Ocupa una franja de frío severo de la puna alta. Las tempestades son frecuentes, acompañadas de fuertes descargas eléctricas. El hidrómetro delata escasa cantidad de vapor de agua en la atmósfera y la oscilación barométrica es casi nula con una variable de uno o dos milímetros. El agua hierve a 73º C.
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TIENDA BIASEVICH


Desaparecida tienda Biasevich en la esquina de calle Lima con la plaza Chaupimarca. Próspero comercio del ciudadano austriaco que después fue pasando de mano en mano hasta llegar ser cerrado por los actuales dueños. Estaba ubicada enfrente mismo de la tienda de su paisano Nicolás Lale, un hombre que tuvo descollante papel en la vida de nuestro pueblo. Andando los años, en el negocio de Lale se inauguró la exitosa pollería “OASIS”de Del Carpio. Actualmente el local, estado ruinoso, casi ha desparecido. En la presente foto puede verse al fondo un supérstite quinual y las puertas de lo que fue el Cine Teatro Grau, lugar de grata recordación. En el recuadro posterior, el cartel publicitario publicado por los diarios del Cerro de Pasco. La llegada de la compañía norteamericana a nuestra ciudad -comienzos del siglo XX- determinó que la mayoría de europeos se marcharan a otros lugares. Los dineros que habían acumulado les permitió edificar casas en Lima y otros lugares más bajos.

FINAL DE LA CALLE GRAU

En la foto tomada desde la torre del hospital Carrión se aprecia un tramo de la extensa calle que naciendo en la plaza Chaupimarca se prolongaba hasta el distrito de Yanacancha pasando por el tajo “Matagente” donde murieran trescientos mineros sepultados tras un dantesco terremoto. En su recorrido abarca las plazuelas “Del León”, “La Culebras”, “Municipal” y “Del Estanco”. Continúa en la Calle del Hospital llamada también Del Estanco porque allí funcionaba el “Estanco de la Sal”. El terreno del Hospital Carrión fue donado a la Beneficencia Pública mediante escritura pública por la señora Francisca Iturre viuda de Aldecoa, de grata recordación. En La parte alta izquierda de la foto se puede ver el tanque de agua potable de “Gayachacuna”. En este cerro, antes que colocaron el depósito de agua, se reunía la gente para dilucidar temas de interés general para el pueblo; era como un escenario para los expositores en las aguerridas épocas de elecciones. En una intersección de esta calle existía una zona pecaminosa por sus lenocinios, se le llamaba “La calle del cura”. Más tarde se le puso el nombre de Amazonas.
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