LOS LIBROS DEL MES

(01).- Con gran beneplácito saludamos la aparición de la novela, CAZA INVISIBLE, de nuestro destacado escritor, Danilo Illanes. Ha sido editada por el Grupo Editorial Mesa Redonda que después del éxito alcanzado con su libro EL BALCÓN DE JUDAS (2007), creemos que acrecentará su fama de exitoso novelista. “En la estructura de CAZA INVISIBLE –como se asegura en su presentación- confluyen diversas variantes de la narrativa moderna: viajes, aventuras, construcción mental de ciudades y las tensiones propias de la novela policial y de misterio; virtudes que en el ámbito novelístico, hacen de Danilo Illanes, un talentoso narrador”.

“Ferdinando Urquiza, periodista cerreño afincado en Madrid, retorna a su tierra de origen en representación de la prestigiosa revista “Mundo Planeta”. Su visita coincide con un encuentro de escritores al que es invitado y que auscultará el estado actual de la cultura minera. El certamen se posterga por una semana debido a la misteriosa muerte del organizador, el decano Darío Bernal. Ese lapso permitirá que Urquiza tome conciencia del significado de su reencuentro con la célebre ciudad minera en la que vino al mundo. Asimismo, involuntariamente se verá involucrado en intrigas y pasiones que los intelectuales lugareños padecen en su obsesiva y silenciosa búsqueda de un tercer poema de César Vallejo, editado hacia muchos años en el periódico “El Minero Ilustrado”.

Desde nuestro espacio, deseamos muchos éxitos al destacado novelista, que en las páginas de este su reciente libro, vuelca todos sus conocimientos y experiencias ganados en el desarrollo de su profesión de ingeniero geólogo.

NIEVE ESCARLATA, de César Pérez Arauco, último libro que publicamos en el que se dice “… combinando la técnica de la investigación periodística, la seriedad del ensayo, con la seductora trama de la novela, ha querido -¡qué duda cabe!- revelarnos las parcelas más emocionantes del nacimiento de nuestro pueblo, sazonándolas con una bien dispuesta cuota de amenidad. (…) En este placentero recorrido por la saga de diez impactantes relatos, conoceremos pasajes que su nunca satisfecha curiosidad ha ido descubriendo en estos últimos tiempos. (…)Los invitamos a recorrer estos campos maravillosos llevados por la pluma del hombre que ha hecho del relato de la historia local, su manera de expresar su amor profundo a la tierra que lo viera nacer. Él está en lo suyo y debemos acompañarlo”.

EL MINERO, diario de la tarde de Juan Antonio Herrera Astete. “El libro tiene la virtud de poner en evidencia la gran capacidad de producción informativa y de opinión de Pasco, pero también los límites materiales, económicos y de gestión para hacer realidad la producción sostenida”. (…) “…resume parte de la historia, sus actores, iniquidades y conflictos, pero también la imaginación, la creatividad artística de personas como Pedro Caballero y Lira, Gerardo Patiño López, Silverio Urbina, Andrés Urbina, Herminios Cisneros, Miguel de la Matta y otros que sentaron las bases en la prensa pasqueña”.

ÉTICA Y MORAL DEL COMUNICADOR SOCIAL (Aproximación deontológica) de Alfredo Palacios Castro, en el que se manifiesta: “Es el resultado de una necesidad histórica y reto profesional. Estoy consciente de que estoy arando en predio ajeno puesto que la temática debería ser abordada por un Comunicador Social o alguien de la especialidad. (…) El asunto radica en crear consciencia respecto de nuestro rol de formadores y forjadores de mentes con sentido crítico, reflexivo, contestatario, sí, pero con espíritu de equidad y justicia social”.

DIFICULTADES EN EL PROCESO E – A- E DE LA MATEMÁTICA (Un texto de formación general) del profesor Jorge Amaya Reyes. “Es una contribución valiosa en el campo académico, respecto a la forma diferente de encarar el procesos de enseñanza – aprendizaje de la matemática, con un sustento indesligable de la evaluación (…) los temas que se abordan en este texto, resultan motivadores, interesante y fundamentales, rescatando el origen y valor socio cultural histórico con que se debe encaminar la matematización como principio esquemático”.

Todos estos libros salidos en el mes de agosto, han sido editados por la Editorial San Marcos que, en la actualidad, está brindando su más grande apoyo a los escritores de Pasco. Nuestras felicitaciones a los escritores y a la Editorial.

La iglesia de Santa Rosa

Tras once días de impetuosa tempestad de nieve que estuvo a punto de hacer desaparecer a  nuestro naciente pueblo minero –primeros días de 1610- la nieve cesó y los rayos del sol la convirtieron en riadas impetuosas que arrastraron todo lo que encontraron a su paso. Invadieron casas, casonas, caserones y rancherías. Bajaban tronantes desde Chaupimarca -centro de la naciente ciudad-  inundando enormes extensiones y  “ahogando” las minas de “Santa Rosa”, “San Expedito”, “Cayac Grande”, ”Mare Nostrum”, “Barcelona” y “La Caprichosa”, cuyas entradas estaban desprotegidas. Los lugares empantanados entorpecían el traslado de los viandantes que luchando en equipo lograron superar el estropicio de los aniegos. Les costó mucho tiempo y esfuerzo. Cuando la tierra volvió a adquirir su sequedad acostumbrada, decidieron cumplir con la promesa de construir la iglesia. Eligieron primeramente un lugar elevado; una imponente alcarria que por un lado tenía un farallón cortado a pico y, por el otro, el camino que lo comunicaba con la ciudad. Allí aposentarían la Casa del Señor. Se la podría ver claramente de cualquier punto de la ciudad. Al lado, no muy distante, el cementerio. Un altozano donde reposarían los restos de los difuntos.

En tarea comunitaria, como lo hacían sus ancestros, los alarifes convinieron tamaños y distancias ejecutando trazos marcados con cal; los canteros cuadraron y tallaron piedras para los cimientos; los albañiles armaron galeras donde apisonaron con mazos enormes el barro mezclado con “ichu” para  las paredes. Trabajaron entusiasmados. Las cuadrillas se sucedieron por turnos rigurosos y los materiales fueron traídos de lugares lejanos. Las fraguas ardieron sin cesar en una perenne crepitación para hacer clavos, bisagras, remaches, junturas, escuadras; el ruido de martillos, sierras y fraguas  sólo enmudecían bien entrada la noche. Con la presencia de fray Sancho de Córdova, las paredes crecieron rápidamente; después, armaron crucetas y tijerales con duras maderas de montaña para que, urdidores de leyenda, extendieran la trama y tejieran el techo de paja a dos aguas. Para finalizar colocaron un enorme portalón lo suficientemente grande por donde pudiera sacarse la imagen en procesión.

No era un alarde de técnica o monumentalidad. Tenía una sola nave central con un pequeño baptisterio a la derecha y sacristía a la izquierda. Al centro, el púlpito, al que se llegaba por una breve escalerilla y, enfrente, un breve confesionario. Las gruesas paredes con cuatro amplios ventanales fueron reforzadas por columnas adicionales para el lado de afuera. Del piso al techo, había una altura de cinco metros a fin de que no falte oxígeno cuando los fieles atiborraran los altares de velas, cirios y velones. Era un templo tan simple y sencillo, completamente recoleto. En frente, el Altar Mayor con un majestuoso Cristo de tres clavos, de enjuta anatomía  lacerada, mostrando sangrantes llagas y la cabeza inclinada hacia la derecha, presidiéndolo; al lado derecho, la imagen epónima de la bella Santa Rosa de Lima, venerada en todo el Perú y América.  El pueblo al “ver” la “indolencia” del hasta entonces patrono del pueblo: San Esteban, decidieron por consenso cambiarlo por Santa Rosa, erigiéndole esta iglesia. Así también lo dispuso el obispo Toribio de Mogrovejo a su paso por la ciudad minera y, así quedó nominada: Iglesia de Santa Rosa. Él mismo que la había confirmado y convertido en admirador de la santa milagrosa, determinó que así se llamara. Eran tiempos en que en una población heterogénea, mezcla de españoles, indios, mestizos, negros y criollos,  con pocos años de diferencia, habían surgido cinco Santos, tres de ellos nacidos en España –Santo Toribio, San Francisco Solano y San Juan Masías – y dos nativos, Santa Rosa y San Martín de Porres. En parte preferencial del altar, la Virgen Dolorosa, de rasgos finos e idealizados; en la mano derecha llevaba un paño y en la izquierda la corona de espinas; vestía toca de viuda a la usanza sevillana y manto negro sobre túnica blanca; su cabeza coronada de estrellas según la versión del Apocalipsis de San Juan. Al costado, apoyado sobre una columna gótica, el cuerpo magullado de Cristo inmediatamente después de la flagelación, cubierto con túnica encarnada, llevando sobre las muñecas sangrantes una caña que sus captores le han puesto como un cetro de gobierno.

El día que bendijeron la Casa de Dios, de todos los rincones de la meseta central llegaron los fieles a rendir pleitesía al novísimo templo. Después de la pomposa misa solemne y con el marco de primitivas chirimías, tambores y clarines, sacaron en procesión a la flamante matrona de la ciudad minera. Un cronista de aquellos tiempos, decía: “Se adornaron todas las calles con espejos, láminas,  pinturas y ricas colgaduras. El suelo por donde debía pasar la procesión, se cubrió con ricas mantas tejidas por los indios, así como con varias flores y hierbas olorosas con las que también confeccionaron arcos y enramadas. Al salir del templo, por delante iban quince compañías de indios con sus capitanes ricamente vestidos a la usanza nativa, con arcos, flechas, lanzas de chontas y dardos y macanas doradas, plateadas y otras vistosamente coloreadas. Le seguía un numeroso acompañamiento imitando, al uso de los incas,  ricamente trajeados. Escoltaban a quienes representaban a sus monarcas incas hasta llegar a Atahualpa. Seguía como centro de homenaje, la sacratísima Rosa de Lima sobre riquísimas andas cubiertas de piedras preciosas y perlas sobre níveo paño de pana. Ella iba delante llevada por las nacientes hermandades. El cortejo era presidido por fray Sancho de Córdova. Los fieles iban tan conmovidos de agradecimiento que sus cánticos eran regados con lágrimas de gratitud.

Aquella primigenia iglesia se había construido como todo en la ciudad, suponiendo  que en corto tiempo –agotados los ricos filones de oro y plata-     desaparecería. Desde aquellos tiempos, el poblado parecía un campamento beduino, armado provisionalmente, listo para ser abandonado apenas desaparecieran las vetas. En una mueca de sardónica ironía los filones siguieron   aflorando pródigos por más de cinco siglos, venciendo agoreras predicciones de incontables pesimistas que sí han desaparecido. De éstos, ni siquiera sus huesos han quedado. Esta primigenia iglesia cerreña estuvo cobijando bajo sus techos la fe de nuestro pueblo por 136 años. El dantesco terremoto del 28 de octubre de 1746 lo echó por los suelos. Tuvo que pasar unos años para que erigieran la iglesia de San Miguel de Chaupimarca.

Viejos socios del Club Departamental Pasco

Reunión de socios del Club Departamental Pasco en la sala principal de la Institución ubicada en la avenida Grau del distrito de la Victoria, el 13 de noviembre de 1963. De esa notable cantidad de miembros del Club sólo quedan Luis Rosazza Atencia y César Malpartida. En el tiempo de vida que tiene nuestro Club, muchos logros se han obtenido con tesón y buena voluntad. En el dilatado lapso que nos separa de aquellas fechas, muchos socios han desfilado por las instalaciones del club. Los logros han sido numerosos pero nos falta conseguir la unidad general. Este es el club de todos los pasqueños, sin distinción. Ojala todos lleguen a él. Los recibiremos con los brazos abiertos. ¡Vengan!.

Estampas Cerreñas Carnavales de 1935

Imagen de la delegación carnavalesca del “Centro Social y Deportivo Rancas” en el momento de tomar su emplazamiento para la comparsa general del año. Nótese la cantidad de gente apostada en calles y veredas con el fin de aplaudir el paso de los clubes  carnavalescos, así como los carros alegóricos con sus reinas y cortes de honor. Poco tiempo después, por estas mismas calles, desfilarían los clubes con sus reinas, chambelanes y guardias de escolta, seguidos de numerosos chalanes y músicos, vistosamente presentados. “Apolo”, “Vulcano”, Cayena”, “Mefistófeles”, “Filarmónico Andino”, “Tahuantinsuyo”, “Lira Cerreña”… Ante el pueblo interpretarían sus  mulizas, huainos, chimaychas y cachuas. Había una hermosa rivalidad fraternal por quedar muy bien ante sus seguidores.

Las plazas adyacentes de Chaupimarca, del Comercio, Arenales y Jorge Chávez, lucían igual cantidad de gente alegre, premunida de chisguetes perfumados y serpentinas multicolores. Todo el pueblo estaba en las plazas. El pueblo de Rancas, desde siempre, estuvo estrechamente unido con el Cerro de Pasco. Ese mismo año, sus hombres, en faenas colectivas inolvidables, levantarían las paredes de la Escuela de Patarcocha que el año siguiente se inauguraba solemnemente. Por mese mismo tiempo entraría en funcionamiento RADIO RANCAS, la primera emisora radial que, a lo largo de su vida, cumplió un papel muy importante como foco de cultura.

Aquellos años, la bonanza económica en nuestro pueblo, nos permitía solazarnos con estas manifestaciones de alegría. Nótese el cartel de publicidad de la fábrica Maranganí que aquellos tiempos vendía unas gruesas y atigradas frazadas y, principalmente, hermosos y abrigadores pañolones que nuestra viejitas lindas usaban. ¡Ahhh tiempos que se fueron!.

“Capacheros” a la entrada de la mina

“Japiris” capacheros a la entrada de una mina durante el siglo XVIII. Mientras uno asoma a la puerta de la bocamina, tres están a la espera para ingresar. Nótese su vestimenta: “Lapichuco”, sombrero de lana en el que ataban las velas de sebo cuando bajaban a los interiores. Chaleco y manguillas para libertad de movimientos. Además de sus “Huallquis” (Bolsas) con coca, cada uno de ellos lleva sendas velas de sebo y unas calabazas con agua, a manera de “cantimplora”. De estos hombres de la mina, decía el apóstol Buenaventura de salinas y Córdova (Ver el libro NIEVE ESCARLATA), lo siguiente:

“El tormento comenzaba con el tiempo que los tenían sepultados en los antros infames de los socavones, estrechos, húmedos y pestilentes, en los que a veces caían asfixiados por falta de aire y  saturación del humo de las velas de sebo que los alumbraban. Entraban cuando las luces aurorales asomaban y no salían sino con la oscuridad de la noche. Al mediodía contaban con media hora para almorzar. A la mina bajaban de rodillas, por graderías trabajadas en quinuales o piedras, siguiendo las vetas por donde fueran. Delante iban los barreteros que  rompían los minerales a pulso con pértigas de hierro de dieciocho pulgadas, veinticinco libras de peso y, un martillo de veinte libras. Seguían los japiris encargados de sacar los minerales hasta la “cancha” donde los niños los escogían en el “pallaqueo” correspondiente y, finalmente, las mujeres los molían en grandes batanes para remitirlos a las haciendas. Hombre, mujer e hijos formaban la cadena de explotación. En las profundidades de la mina, trabajaban premunidos de chompas y manguillas de lana y  sombrero de cuero de llama, al que iba atado una vela de sebo para alumbrarse;  las piernas forradas de gruesas rodilleras para trabajar de hinojos en el llenado de los  capachos de cien libras, con las paletas de mulas, a guisa de palas. Los vigilaba el capataz que, provisto de un largo zurriago, “aceleraba” el avance de la obra. El padre Miguel de Avia, sacerdote que también se dolía de aquellos abusos, había dicho para entonces: “Donde laboran indios y negros, el peso del trabajo recae sobre los miserables indios. Los dueños gustan de ello, porque prefieren que mueran diez indios antes que un negro que les costó su dinero…”. “Estos pobres indios son como las sardinas del mar. Así como los otros peces persiguen a las sardinas para hacer presa de ellas y devorarlas, así todos en esta tierras persiguen a los miserables indios, y a menos que alcancen algún apoyo y protección, serán acabados también como las sardinas”.

La mita que proveía indios para el trabajo minero era el terrible medio para exterminarlos. Los caciques de las comunidades estaban obligados a reemplazar a los mitayos que iban muriendo en las minas, con hombres de dieciocho a cincuenta años de edad. En esa centuria fatal, centenares de miles de hombres desaparecieron tragados por la insaciable avidez de la plata de sus explotadores.

Estos mártires populares arrancados de sus comunidades agrícolas, eran arriados con sus mujeres e hijos con rumbo al Cerro. Las ordenanzas reales que debían protegerlos, jamás fueron cumplidas. En ellas otorgaban una protección lírica a quienes  sustentaban la economía de un reino déspota y abusivo.

A esta crueldad hay que añadir las continuas epidemias de gripe, verruga, neumoconio­sis, viruela y opilación que casi llegan a exterminarlos. El mismo fraile habiendo observado directamente el sufrimiento minero, escribía afiebrado de indignación: “La enfermedad que acomete a los mineros es la parálisis producida por el tránsito repentino de una temperatura elevada a otra fría, y también por el continuo uso que hacen del azogue. Los que padecen esta enfermedad se llaman azogados. He visto personas atacadas de parálisis que no podían aún ponerse los dedos en la boca, pues muchos de ellos habían tenido que sufrir por algunos ratos la respiración de los vapores mercuriales. Pero la enfermedad más común es la pleuresía o dolor de costado y la fiebre pútrida o tabardillo. La primera se cura tomando una infusión de “mullaca”, hierba de muy pequeña talla que crece en las cercanías o, con lo que llaman “huesos de muertos”. La primera planta es de hojas muy menudas y de una frutita colorada y redondita. La segunda crece en los pastos y sus hojas son blancas y cortas”. Como este relato, muchísimos más, llenos de dramatismo, fueron consignados en el Memorial que el fraile piadoso elevó al rey.

La Serenata Cerreña

La serenata es una institución que fatalmente está desapareciendo del ámbito costumbrista cerreño. Nada como ella para poner de manifiesto el afecto amical  en los cumpleaños, o el amor rendido cuando de cantar a la mujer amada se trata. Cada serenata tenía su particular manera de manifestarse. En el primer caso, su concertación era muy fácil porque, convocados los amigos comunes, se armaba el conjunto musical, los vocalistas y el presente a llevarse a la casa del festejado; esto es, la variedad de licores.

A las doce de la noche, puntualmente, los amigos que estuvieron ensayando en un lugar previo, se dirigen al pie de la ventana del “santo”-en esta oportunidad vamos a llamarlo Arturo- y justo a la medianoche sueltan al aire sus clásicas canciones, una de las cuales dice:

Cuando nació, Arturito,

                                               nacieron todas las flores;

                                               y en la pila del bautismo

cantaron los ruiseñores.

                                               Dispensa pues, buen amigo,

                                               por los versos mal cantados;

                                               que venimos de la mina,

                                               sin habernos preparado

Del cielo baja una palma,

con letras de oro que dicen,

con letras de oro que dicen:

                                               Que lo cumplas muy feliz.

Quisiera ser pajarillo,

y tener su dulce canto,

                                               expresando en tiernos trinos

                                   para cantarte este día.

                                                           ESTRIBILLO

                                               A los rayos de la luna, despierta;

                                               mira que los que te quieren, te cantan .

                                               Si estás despierto oye mi voz,

                                               Si estás dormido,¡Adiós…adiós!.

Si al primer intento, no abren la puerta; inmediatamente se entona otra canción alusiva.

                                               Doce de la noche, hora competente,

                                               Doce de la noche, hora competente;

                                               La luna nos guía a tu modesto hogar,

                                               La luna nos guía a tu modesto hogar.

            Al terminar la canción, una reventazón de cohetecillos sacude la noche en medio de los aplausos y vivas de los oferentes que gritan reiteradas maquinitas y vivas. Por su parte -fingiendo sorpresa mayúscula- el “santuyo” enciende la luz de la casa y abre la puerta. En ese momento, uno a uno, los amigos penetran en el interior extendiendo el cariñoso abrazo de homenaje y, mientras son agasajados con sendos tragos de parte de la “casa”, los músicos arrancan de sus cuerdas y su sentimiento las notas cariñosas de huaynos alusivos que, el homenajeado bailará con su señora. Cumplido este protocolar inicio, seguirán todos los amigos a bailar con los familiares. La alegría contagiosa de las canciones, los tragos y los vivas hacen transcurrir las horas rápidamente pero, a eso de la tres de la mañana, por lo general, se servirá un sustancioso plato con el que el homenajeado quiere agradecer a los visitantes. Antiguamente, además de algunos bocadillos, se invitaba para el día siguiente en que se brindaba una comida completa con jarana y todo. Ahí no quedaba la cosa, un ahijado o compadre, es decir un familiar agradecido, corría a cargo de la comida de una noche, y otro la siguiente, prolongando la jarana por varios días con sus noches. Está demás decir que, durante los días, sin perder uno solo, los hombres  han ido a trabajar hasta que, cumplida su jornada, retornan al lugar de los acontecimientos con nuevos bríos. ¡Vaya jaranas, las de antes!.

En lo que al campo amoroso se refiere, la técnica era otra. Naturalmente, los únicos que están involucrados en la empresa son, el enamorado que está muy interesado, y uno que otro amigo que está en el secreto. Comprensiblemente, la empresa es muy arriesgada; especialmente si hay un padre celoso de por medio o unos hermanos o parientes de pocas pulgas. Pero como el amor lo puede todo, hay que arriesgarse a fondo. Así las cosas, aprovechándose la oscuridad de la noche y debajo del balcón de la amada, un experto violinista arranca unos arpegios que sirven de fondo para una melopea escrita especialmente por algún poeta notable que ha recibido el encargo y que el interesado, con voz trémula, lee muy emocionado.

Antes que al yugo de insaciables penas

                                               se extinga el fuego que circula ardiente

                                               por la cerreña sangre de mis venas:

                                               antes que se deshojen de mi frente

                                               las coronas de lirios y azucenas;

                                               Antes que con horribles carcajadas

                                               la muerte, o la vejez, vengan airadas,

                                               a convertir en noche del  espanto

                                               las que a la luz de su cariño santo

                                               fueron siempre celestes alboradas,

                                               Quiero cantar a la cerreña diosa;

                                               a la mujer sublime y cariñosa

                                               que, fuente de purísimos anhelos,

                                               ha sabido por buena y por hermosa

                                               ser digna de mi amor y de mis celos…

                                               Ven a mí, ven a mí: quiero un momento,

                                               juntas tus manos a las manos mías,

                                               hablarte, ¡Oh, niña con el dulce acento

                                               que roba el hada del poeta al viento

                                               saturado de dulces armonías…

Terminada la recitación de los versos artísticamente concebidos, se inicia la melodía que es interpretada por un conjunto de calidad.

S E R E N A T A

                        Ábreme tu puerta, cielo,

                                   para gozar tu belleza,

                                   porque el verte es mi consuelo

                                   y el no verte, mi tristeza

Ansioso de querer verte                                             Quiero mirate tirana

toda la noche me desvelo;                                          con un amoroso anhelo;

si te dueles de mi suerte:                                            quiero que abras tu ventana

ábreme tu puerta, cielo.                                            porque el verte es mi consuelo.

¿Me abres o no dueña amada                                   Si gustas mi compañía

respóndeme con franqueza;                                       no procedas con dureza,

no me niegues la entrada                                          porque el verte es mi alegría,

para gozar tu belleza.                                                y el no verte es mi tristeza

Terminada la primera canción se repite otra hasta que, en el mejor de los casos, la ingrata se digne acercarse a la ventana. Esto si antes no han recibido los insultos del padre o el baña por líquidos non sanctos que la iracunda “vieja” arroja a quien no quiere por yerno; el enamorado, claro, resiste con decoro y audacia.

Un imposible me mata,                                                         feliz aquel que percibe

por un imposible muero;                                                       las mejoras de la suerte;

imposible es que consiga                                                       aunque le venga la muerte

el imposible que quiero.                                                        junto a la prenda que adora.

Sale el sol y me entristece,                                                     ¿qué pena podrá igualar

ver sus luces sin mirarte,                                                       a la que yo estoy pasando..?

porque quisiera adorarte                                                      que he de vivir adorando

desde que el día amanece.                                                     a quien no puedo olvidar.

Dichoso de aquel que vive                                                    el corazón, de pesar,

día y noche en tu presencia                                                   quiere arrancarse de adentro

y goza la complacencia                                                         y salirse de su centro

que de tu vista recibe.                                                            viendo su infelicidad.

De no haber correspondencia, el consuelo que le queda al enamorado es que, por lo menos,  ella está enterada de quien la ama.

Pero hay otro tipo de serenata a la que podemos llamar informal. El serenatero llega solo con su guitarra, a la ventana de la amada y, tras los primeros arpegios introductorios, canta.

¡Alalaú! Qué frío hace,

                                        a las cuatro de la mañana,

            paradito en tu puerta:

            cuya manquichu, icha manachu!

   Aquí estoy, aquí me tienes;

                                                           Aquí me has de ver morir;                

                                                           Con la sangre de mis venas,

                                                           Tus puertas he de regar.

 

                                                                                              Tiende la cama, tiende la cama,

                                                                                              un pellejito y una frazada;

                                                                                              aquí me quedo, aquí me duermo,

                                                                                              hasta las cinco de la mañana.

Si la suerte está de su parte, ella entreabrirá la puerta y dejará que entre a gozar de su amor desgarrado pero sincero; caso contrario, ella saldrá y se irán a un rincón a amarse; el calor de su ternura derrotará al frío o a la lluvia o a la nieve; abrigados con el pañolón de Alaska achicarán su mundo amoroso para encerrarse en él,  olvidándose de todo lo que los rodea.

Viejos recuerdos del carnaval de antaño

En los añejos arcones de los abuelos, entre otras cosas hermosas, se guardan apergaminados testimonios de los carnavales de antaño. Vemos aquí, un ejemplar de la muliza que el Club “Cayena” cantara en el carnaval del 7 de febrero de 1891. La publicamos tal como la rescatamos, arrugada por el tiempo y el olvido. Era la época en que poetas y músicos lugareños, creadores de estas bellezas, preferían permanecer en el anonimato. Sólo consignaban las letras iniciales de su nombre.

Los más notables compositores que ha tenido nuestra muliza a través de todos los tiempos, son: Andrés Urbina Acevedo, (el tío Kanario); Ramiro Ráez Cisneros, (el Pescador de Perlas); Mariano B. Collao, (Nítsuga); Pablo Morales Paredes; Oscar Víctor Malpartida, (Carsov); Ambrosio Casquero Dianderas, (Américo Roldán); Gamaniel Blanco Murillo, (White); Felipe Germán Amézaga; Juan de Dios Arturo, Malpartida, (Juan Dam); Daniel Florencio Casquero, (Rafael Coudín); Oswaldo Robles Verástegui, (Serafín de los Andes); Arturo Mac Donald; Lorenzo Landauro, (Hugo Fernelly); Isauro Lavado; Dionisio Casquero Caso, (Dioni); Armando Casquero Alcántara; Gregorio Chamorro; Genaro Parra; Antonio Dianderas; Miguel Tello Gonzáles; Francisco N. Del Castillo; Juan Sotomayor M.; Gerardo Limas; Víctor «Mocho» Arriola; Gerardo Patiño López; Donato Reyes Agüero, (Renato de San Germán); Jorge Morales Galarza, (Mashuri); Ulises Sampértegui; Marcelino Porras Mandujano, (Machín); Carlos A. Tábori; Samuel Portillo; Flaviano Otrera; Angel Barreda; Toribio Galarza Gallo; Adrián Galarza Gallo; Félix Llanos Alvarado, (El Paisano); Vicente Egúsquiza; Atilio Américo Córdova; Max Loyola; Reynaldo Alcántara Caro; Pablo Palacios; Isaac Salazar; Gregorio González G.; César Pérez Arauco; Jorge Urbina Hurtado; Juan Llanos Matías; Liz Espinoza Medrano; Ángel Barreda; Efraín Herrera León; Nico Papish; César Bustamante Guerra; Hugo Apéstegui; Fidel Roque López, (Delfi); César Pajuelo Frías; Serapio Llanos, (Shilaco); Pedro Santiváñez; Maximiliano Gutiérrez  en Goyllar; Luis Ferrari en Yanahuanca; Sebastián G. Benavides en Yanahuanca; Víctor Calderón Picón, (Conde Calpi); Antonio Medrano, en Minarragra; César Lugo en Paucartambo; Juan Pablo Garreta, en Huariaca; Oscar Víctor Malpartida en Huariaca; Máximo Nieves; Oscar F. Benavides; Teodosio Jaime; y Oscar Anselmi.

Fotografía de tres de las reinas, representantes de los clubes cerreños, que iluminaron con su gracia y su belleza las fiestas del carnaval de 1921. Aquel año se conmemoraba el primer centenario de nuestra independencia nacional. Aquellas fiestas fueron inolvidables. En los periódicos de entonces se rememoran al detalle.

Los hombres que han hecho derroche de su talento musical, alternando con los poetas antes nombrados en la creación de mulizas, son: Graciano Ricci Custodio, Jesús Enciso, Ángel Portillo, Julio Patiño León, Octavio Llanos, Antonio Jiménez, Wisvaldo Lactayo, Fidel Roque López, César Bustamante Guerra, Darío y Jorge Yacolca, Andrés Rojas Quiñonez, Armando Paredes Ugarte, Luciano Remuzgo, Jorge Urbina, Gregorio Chávez, Aquiles Ordóñez, Víctor Arriola, Pío y Antonio Andamayo, Humberto y Aurelio Romero, Bernardino Ramos, Sulpicio Huari, Teodoro del Valle, Silverio Laurente, Jesús Mendoza, Pablo Palacios, Gregorio González Gamarra, los hermanos Apéstegui, Efraín Herrera León.

 ATENCIÓN: Solicitamos muy encarecidamente a nuestros amigos, nos hagan llegar huaynos, mulizas, chimaychas, cachuas, creadas y publicadas en nuestra tierra. Así mismo les agradeceremos nos remitan fotografías de toda actividad realizada en nuestra tierra. Queremos que el mundo se entere de lo que hemos sido capaces de conseguir en el plano espiritual. Dirigirse a la siguiente dirección: mcperezarauco@gmail.com