La iglesia de Santa Rosa

Tras once días de impetuosa tempestad de nieve que estuvo a punto de hacer desaparecer a  nuestro naciente pueblo minero –primeros días de 1610- la nieve cesó y los rayos del sol la convirtieron en riadas impetuosas que arrastraron todo lo que encontraron a su paso. Invadieron casas, casonas, caserones y rancherías. Bajaban tronantes desde Chaupimarca -centro de la naciente ciudad-  inundando enormes extensiones y  “ahogando” las minas de “Santa Rosa”, “San Expedito”, “Cayac Grande”, ”Mare Nostrum”, “Barcelona” y “La Caprichosa”, cuyas entradas estaban desprotegidas. Los lugares empantanados entorpecían el traslado de los viandantes que luchando en equipo lograron superar el estropicio de los aniegos. Les costó mucho tiempo y esfuerzo. Cuando la tierra volvió a adquirir su sequedad acostumbrada, decidieron cumplir con la promesa de construir la iglesia. Eligieron primeramente un lugar elevado; una imponente alcarria que por un lado tenía un farallón cortado a pico y, por el otro, el camino que lo comunicaba con la ciudad. Allí aposentarían la Casa del Señor. Se la podría ver claramente de cualquier punto de la ciudad. Al lado, no muy distante, el cementerio. Un altozano donde reposarían los restos de los difuntos.

En tarea comunitaria, como lo hacían sus ancestros, los alarifes convinieron tamaños y distancias ejecutando trazos marcados con cal; los canteros cuadraron y tallaron piedras para los cimientos; los albañiles armaron galeras donde apisonaron con mazos enormes el barro mezclado con “ichu” para  las paredes. Trabajaron entusiasmados. Las cuadrillas se sucedieron por turnos rigurosos y los materiales fueron traídos de lugares lejanos. Las fraguas ardieron sin cesar en una perenne crepitación para hacer clavos, bisagras, remaches, junturas, escuadras; el ruido de martillos, sierras y fraguas  sólo enmudecían bien entrada la noche. Con la presencia de fray Sancho de Córdova, las paredes crecieron rápidamente; después, armaron crucetas y tijerales con duras maderas de montaña para que, urdidores de leyenda, extendieran la trama y tejieran el techo de paja a dos aguas. Para finalizar colocaron un enorme portalón lo suficientemente grande por donde pudiera sacarse la imagen en procesión.

No era un alarde de técnica o monumentalidad. Tenía una sola nave central con un pequeño baptisterio a la derecha y sacristía a la izquierda. Al centro, el púlpito, al que se llegaba por una breve escalerilla y, enfrente, un breve confesionario. Las gruesas paredes con cuatro amplios ventanales fueron reforzadas por columnas adicionales para el lado de afuera. Del piso al techo, había una altura de cinco metros a fin de que no falte oxígeno cuando los fieles atiborraran los altares de velas, cirios y velones. Era un templo tan simple y sencillo, completamente recoleto. En frente, el Altar Mayor con un majestuoso Cristo de tres clavos, de enjuta anatomía  lacerada, mostrando sangrantes llagas y la cabeza inclinada hacia la derecha, presidiéndolo; al lado derecho, la imagen epónima de la bella Santa Rosa de Lima, venerada en todo el Perú y América.  El pueblo al “ver” la “indolencia” del hasta entonces patrono del pueblo: San Esteban, decidieron por consenso cambiarlo por Santa Rosa, erigiéndole esta iglesia. Así también lo dispuso el obispo Toribio de Mogrovejo a su paso por la ciudad minera y, así quedó nominada: Iglesia de Santa Rosa. Él mismo que la había confirmado y convertido en admirador de la santa milagrosa, determinó que así se llamara. Eran tiempos en que en una población heterogénea, mezcla de españoles, indios, mestizos, negros y criollos,  con pocos años de diferencia, habían surgido cinco Santos, tres de ellos nacidos en España –Santo Toribio, San Francisco Solano y San Juan Masías – y dos nativos, Santa Rosa y San Martín de Porres. En parte preferencial del altar, la Virgen Dolorosa, de rasgos finos e idealizados; en la mano derecha llevaba un paño y en la izquierda la corona de espinas; vestía toca de viuda a la usanza sevillana y manto negro sobre túnica blanca; su cabeza coronada de estrellas según la versión del Apocalipsis de San Juan. Al costado, apoyado sobre una columna gótica, el cuerpo magullado de Cristo inmediatamente después de la flagelación, cubierto con túnica encarnada, llevando sobre las muñecas sangrantes una caña que sus captores le han puesto como un cetro de gobierno.

El día que bendijeron la Casa de Dios, de todos los rincones de la meseta central llegaron los fieles a rendir pleitesía al novísimo templo. Después de la pomposa misa solemne y con el marco de primitivas chirimías, tambores y clarines, sacaron en procesión a la flamante matrona de la ciudad minera. Un cronista de aquellos tiempos, decía: “Se adornaron todas las calles con espejos, láminas,  pinturas y ricas colgaduras. El suelo por donde debía pasar la procesión, se cubrió con ricas mantas tejidas por los indios, así como con varias flores y hierbas olorosas con las que también confeccionaron arcos y enramadas. Al salir del templo, por delante iban quince compañías de indios con sus capitanes ricamente vestidos a la usanza nativa, con arcos, flechas, lanzas de chontas y dardos y macanas doradas, plateadas y otras vistosamente coloreadas. Le seguía un numeroso acompañamiento imitando, al uso de los incas,  ricamente trajeados. Escoltaban a quienes representaban a sus monarcas incas hasta llegar a Atahualpa. Seguía como centro de homenaje, la sacratísima Rosa de Lima sobre riquísimas andas cubiertas de piedras preciosas y perlas sobre níveo paño de pana. Ella iba delante llevada por las nacientes hermandades. El cortejo era presidido por fray Sancho de Córdova. Los fieles iban tan conmovidos de agradecimiento que sus cánticos eran regados con lágrimas de gratitud.

Aquella primigenia iglesia se había construido como todo en la ciudad, suponiendo  que en corto tiempo –agotados los ricos filones de oro y plata-     desaparecería. Desde aquellos tiempos, el poblado parecía un campamento beduino, armado provisionalmente, listo para ser abandonado apenas desaparecieran las vetas. En una mueca de sardónica ironía los filones siguieron   aflorando pródigos por más de cinco siglos, venciendo agoreras predicciones de incontables pesimistas que sí han desaparecido. De éstos, ni siquiera sus huesos han quedado. Esta primigenia iglesia cerreña estuvo cobijando bajo sus techos la fe de nuestro pueblo por 136 años. El dantesco terremoto del 28 de octubre de 1746 lo echó por los suelos. Tuvo que pasar unos años para que erigieran la iglesia de San Miguel de Chaupimarca.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s