Nuestros Escritores: “Rangalido” EL CERRO DE PASCO POR DENTRO Y FUERA

Mi amigo Ponciano me anunció su llegada por tren del sábado 21 y, como me venía recomendado, me fui a recibirlo a la Estación de la Esperanza. En el andén, me detuve a esperar la llegada del convoy y mientras tanto, me puse a observar las nuevas construcciones que se han levantado en ese lugar, no ha mucho tiempo, desierto y pantanoso.

Es una verdadera transformación que por sí sola proclama cuánto importa el desarrollo de la industria para el progreso de un lugar. Suntuosos edificios que tienen solidez y confort. Oficinas, depósitos y demás necesarios para las exigencias del tráfico y las seguridades del comercio. Una desmantelada estación para pasajeros desamueblada y, en frente, una especie de restaurante. Siguiendo el curso de la línea se ven grandes carboneras donde se surten las máquinas del ferrocarril y las oficinas de la Cerro de Pasco Mining Company, donde además vimos que se beneficiaban algunos proveedores de este artículo a domicilio.

Estaba pues revisando todo esto de lo que podríamos ya ir llamando el New Cerro, cuando el pito de la locomotora me anunció la llegada de mi querido Ponciano, a quien pocos segundos después, recibía en mis brazos.

— ¡No me ha dado soroche!- fue la primera palabra, a manera de salutación, bastante para revelar su espíritu egoísta y ensimismado. Ni siquiera me dio noticias de la bubónica, ni de la guerra ruso-japonesa.

Cumpliendo mi papel de cicerone comienzo a andar tomando la cuesta que conduce a Tambo Colorado, pero a poco de treparla, mi amigo se sintió fatigado y nos detuvimos cerca de una de las nuevas construcciones que se están levantando en ese lugar. Allí se puso a contemplar uno de los edificios y me observó que no garantizaba por su solidez –Supongo –me dijo-  que el inspector de Obras ya lo habrá examinado y en este caso estamos garantizando los transeúntes. Pero como yo no sé nada de la tal garantía, prudentemente lo llevé a un costado para que tomara aliento. Por mala suerte topamos con unas cosas, con unos despojos… (excrementos) que a mi amigo no le hicieron bien.

— Ustedes no deben tener policía municipal- me dijo, por eso… vamos, ya no se estila sino en lugares muy incultos.

La repugnancia de eso le dio aliento para seguir trepando la cuesta y lo hice entrar a descansar en Yauricocha. Al ver las instalaciones me preguntó si era yankee. No -le dije- es una de las secciones de la socavonera. Ya me imaginaba que no era yankee, me dijo,  porque para esta gente todo es movimiento y no comprende el reposo sino en la muerte. Ya sabrás ahora por qué conviene este reposo, le repliqué y encogiéndome de hombros continuó siguiéndome hasta llegar a la Plaza de Tambo Colorado.

— Ya ves, otro establecimiento que no anda, le dije mostrándole las puertas cerradas de “The  Esperanza Mercantile”.

— Será peruana, me dijo.

— No, le repliqué, es yankee y ya lo ves…

Antes de continuar la marcha a la ciudad quiso detenerse a contemplar el gran tajo de Santa Rosa, pero le observé que esto sería materia de una excursión más minuciosa. Entramos en la Calle del Marqués que por suposición y obligado tránsito, bien podría fijar un poco la atención de los ediles.

— ¿También se albergan aquí los chinos?- me dijo leyendo el letrero “HAU YON Y CIA”

—Muchos se han aventurado pero pocos resisten el clima. Seguimos por ese centro comercial hoy tan inanimado y triste, lo que también es notado por mi buen Ponciano que admirada manifestó que creía muy floreciente el comercio en esta plaza.

— ¿Cómo, un lugar en donde se han invertido en poco tiempo tantos millones en compras de minas y obras costosísimas como ferrocarriles y otros grandes establecimientos industriales, por qué no manifiesta más vida, más actividad, más movimiento?.

— Ya iremos estudiando este asunto –le repliqué-  a medida que vayas conociendo las causas y los efectos de este gran desarrollo industrial y las perspectivas de este asiento que como es bien sabido, encierra las mayores riquezas del mundo.

En esto llegamos a la Plaza de Chaupimarca en donde los más cerrados huecos de las minas “La Goleta” y “El Chinchorro” dan la medida de la falta de energía y desaciertos de ciertos hombres que se permiten absorber cargos públicos sin la menor preparación. Llamó la atención de mi amigo, el triste espectáculo que presenta la Iglesia de Chaupimarca, que además de revelar la inercia de las autoridades eclesiásticas, demuestra también la falta de sentimientos religiosos de este pueblo y el egoísmo de los que en él se han enriquecido.

— Ya se preocupa el actual párroco –dije- de rehacer este ruinoso edificio, pero como el socorro cae a golpe de gota de agua, creo que nuestra actual generación no verá reedificado este templo- ¿Quieres entrar al interior…?

— No, no por Dios, me dijo. Debe ser horroroso y desalentador, aun para el hombre de poca fe.

Por vía de descanso, entramos a tomar un vaso de cerveza en el Salón Central.

II

Me levanté muy temprano para ver a mi amigo Ponciano a quien dejé el día anterior instalado en un hotel, especie de mesón desaliñado, reñido con todas las leyes del confort y de la higiene. Ahí en una especie de zaquizamí, hallé a mi amigo tiritando de frío, arrebujado en las mantas que a manera de ropa de cama cubrían su lecho. Un velador,  si tal puede llamarse un mueble desvencijado y una mala mesa y dos sillas un tanto cansadas de tanto servicio completaban el mobiliario. Al  verme preguntó si había pulgas en el Cerro. Pulgas no hay, me apresuré a  decirle, pero cuando las camas no son muy limpias suelen tener bichos…

— Ya pero es una barbaridad sufrir esa invasión…

Se vistió e hizo la toilette sirviéndose de una tasa de fierro enlosada y de un peine que debía ser muy anciano a juzgar por los dientes y mueles que le faltaban.

— ¿Sabes?. –suspiró Ponciano, aquí es muy fuerte hospedarse en los hoteles y hoy mismo buscaremos un alojamiento.

— Ya veremos…

Salimos después de tomar un ligero desayuno compuesto de café con leche y bizcochos el café sin aroma y áspero, pero eso sí bien negro y cinchado.

Había nevado toda la noche y las calles estaban blancas, con sus doce pulgadas de nieve. El espectáculo era hermosísimo, pues por toda la ciudad, los techos de las casas, los cerros, y por cualquier parte que se extendía la vista todo aparecía cubierto de una inmensa sábana blanca, tan reverberante que deslumbraba.

— ¿Adónde vamos?.

— Visitaremos algunos establecimientos públicos y como el Hospital “La Providencia” está cerca, iremos allá; porque tengo también curiosidad si se ha comprobado el caso de bubónica en un enfermo que vino de Lima en el mismo tren que tú has llegado.

— Y ¿no tienes miedo del contagio…?

— No, con la continua lectura de los diarios de Lima que dan cuenta de esta enfermedad, me he familiarizado con ella y además creo que nuestro clima lo rechaza.

Caminábamos penosamente subiendo por la calle de Grau, la más central y una de las mejores del Cerro, expuestos a descrismarnos  de un resbalón, pues la gran nevada invadía las veredas y hacía difícil y peligroso el tránsito sobre todo para atravesar las bocacalles. Le  llamó la atención  que la Municipalidad, no obligara a los vecinos a desalojar la nieve de las aceras para dejar expedito el tráfico y que sus cuadrillas no trabajaran en el mismo sentido. Me preguntó si no había para este objeto un impuesto de baja policía. Le respondí afirmativamente pero le agregué que el servicio de estos ramos municipales estaba desatendido a causa de ciertas controversias suscitadas por intereses particulares de que hablaríamos después.

En esto vimos desfilar una extraña procesión que sorprendió desagradablemente a mi amigo. Eran unas seis mujeres que arrastraban a otros tantos perros intoxicados, con unas sogas atadas a sus pescuezos. Estas mujeres a las que se les reconocía como “Huanquitas aguadoras” por llevar sujeto a las espaldas unos tarros aceiteros de fierro y de una capacidad como de veinte litros, iban arrastrando los difuntos canes para depositarlos en los basurales o “montones” como llaman aquí a los muladares.

¿Pero no tiene el Municipio carretas para hacer esta traslación…?

Si, las tiene, pero encuentra más cómodo este sistema, que viene a ser como un impuesto que pesa sobre las “Huanquitas”.

–¿Las huancas… ¿Y eso qué significa…?

–Las huanquitas, llaman en este lugar a esas indias que se dedican a proveer de agua a los vecinos, tomándola de la laguna de Patarcocha, por la retribución de cinco centavos cada tarro. Ellas además de arrastrar los perros muertos, proveen de ese líquido a la cárcel, cuartel y a las casas…

—También suelen ser pastos de ciertas exigencias. Por lo demás gozan de una completa libertad de industria, cuando, como las más veces, están totalmente reñidas con la higiene, no sólo en sus personas sino hasta en sus útiles de transporte, que nadie vigila ni nadie cuida.

—Yo creo que esto se remediaría con un buen sistema de agua potable.

—No, señor, lo dudo. Si el Concejo Provincial se preocupara seriamente de este asunto y diera facilidades y garantías suficientes, no faltaría una empresa que  instalara este servicio tan útil y puede decirse indispensable.

—¿Y por qué no se hace…?

— Sólo por falta de iniciativa, e interés local, y por muchas otras causas que sería largo enumerar. Pero tengo la esperanza porque hay personas que se preocupan seriamente de esto. Ponciano hizo una mueca de incredulidad, pero yo no quise ser más explícito.

III

Así llegamos hasta el Hospital “La Providencia”, un tanto fatigado mi amigo por la empinada subida que hay que trepar que aunque corta es bastante escabrosa. La nieve que ya  empezaba a derretirse, hacía molesta y peligrosa la subida, inconveniente que bien podría hacerse desaparecer a poco costo.

El Hospital está construido en la parte más culminante de la ciudad, hacia el norte. Aunque sólo luce una mediana arquitectura, es sólido y bien distribuido. Tiene una torre de piedra desde sus cimientos hasta la cúspide, de forma cuadrangular que termina en pirámide, en cuyo punto culminante se ha colocado un espléndido pararrayos. Su altura es de 90 pies y le adornan algunas claraboyas y arcos que descansan sobre el piso inferior. Tiene un buen reloj armado por Pedro Ruiz Gallo, cuya esfera mira al frente. Esta torre construida en 1864 es el mejor edificio del Cerro de Pasco y tanto por su elevación como por la altura en que está colocada, la hace visible desde todos los contornos de la ciudad. El aspecto de la fachada es sencillo y severo y se nota la mano de un arquitecto entendido en construcciones que era Mr. Henry Rowe, a quien se encomendó esta obra. El interior posee una buena distribución y la sala para asistencia de enfermos, habitaciones de paga, botica, cocina, etc.,  están convenientemente determinadas. La parte alta del edificio está destinada a las oficinas de la Beneficencia Pública.

Entrando, a la derecha, hay un gran salón que actualmente se ha arreglado para sala de cirugía y en donde se ha construido un gabinete para operaciones conforme  a las indicaciones del médico Dr. Duffaut y que reúne a todas las condiciones higiénicas necesarias para lugares de esta clase. Además, y alejados de este edificio principal existen dos  pequeñas salas para enfermos infecciosos y el mortuorio.

Este edificio se construyó en 1864  por iniciativa del Prefecto de esa época señor coronel Santa María.

Ponciano quedó maravillado al ver este asilo para los indigentes, pero la buena impresión que le causara la buena vista del local, desapareció al conocer su régimen interior y su mal servicio.

—He visto Hospitales en Huacho, en Ica y otros lugares menos importantes que el Cerro, pero que llenan mejor su objetivo debido a su mejor organización.

— Se proyecta y ya se han dado algunos pasos para conseguir la instalación de hermanitas de la Caridad –repliqué- pero estas reformas requieren de ciertos recursos que por el momento no están al alcance de la Beneficencia

Nuestra conversación se interrumpió  porque llamó la atención de mi amigo la presencia de dos personajes que discutían, al parecer con mucho calor. Por lo que pudimos oír se hablaba entre ellos sobre la bubónica allí alojada. El uno parecía ser el médico por la manera magistral cómo explicaba los caracteres de la enfermedad y el fallecimiento del pestoso. El otro era un caballero excesivamente nervioso. Cómo se agitaba, cómo se movía, cómo gesticulaba.- ¿Conoces a ese caballero?.

— Sí, por cierto. Es un funcionario público y ya ves, en vista de esta situación, se alarma…..

— Pero su tensión nerviosa ha llegado al colmo y su estado de excitación y  movilidad me hace recordar a un personaje que en “El Certamen Nacional” representa al azogue. Debe ser muy grave la situación creada con la introducción de este pestoso.

— Espera, vamos a interrogar al ecónomo.

Procuramos encontrarnos con este funcionario, que aunque no estaba en sus cabales, supimos por él, que el pestoso había ingresado al hospital hacía dos días; que sólo el anterior le descubrió el médico y que estaba atacado de bubónica y que le hizo dos inyecciones de 40 centímetros de suero antipestoso; que su estado normal era tranquilo pero que el médico comprobó que el mal apareció por los bubones que aparecieron en la ingle y la fiebre de 40 grados  que marcaba el termómetro. También supimos que diagnosticado el mal, se le aisló en una de las salas interiores, poniendo a su servicio a un muchacho que desempeña el cargo de topiquero, que éste tuvo miedo y abandonó al enfermo el cual amaneció cadáver sin que se pudiera saber la hora de su fallecimiento, ni ninguna otra circunstancia.

Ponciano se quedó horrorizado con esta descripción. Supongo –me dijo-. Que ya se habrán tomado todas las medidas de comprobación para confirmar si la muerte de este hombre ha sido  causada por la bubónica. Después supimos que con tan sólo la declaración del médico se dio por supuesta la existencia de la bubónica; que el cadáver permaneció insepulto hasta las tres de la tarde, unas 20 horas poco más o menos de su fallecimiento y que sólo se aislaron a los que condujeron al pestoso al cementerio; al muchacho asistente, los soldados y un oficial que vinieron de Lima con un supuesto pestoso; pero que ni el médico ni el funcionario municipal y alguna otra persona que estuviera en contacto con el enfermo, antes y después de muerto, no fueron aislados ni desinfectados…

—Ponciano manifestó ciertas dudas respecto a la enfermedad y no comprendía cómo no se procuró el medio más seguro de comprobación, como la extracción del líquido de los bubones y su remisión a Lima para examinarlos bacteriológicamente.

Como mi buen Ponciano estaba manifiestamente aprehensivo, lo llevé a “La Ciudad de Ica” en donde el buen amigo Aguayo nos preparó un delicioso Bitter antibubónico, que mi amigo declaró no hacerlo tomado mejor ni donde Klein, ni Boudrut, ni donde el antiguo y afamado Broggi.

— ¿Repetiremos?.

—-Aceptado, pues tan buena bebida, nos preservará de la peste, y abre el apetito que es una maravilla. Y nos fuimos a comer.

FUENTE: Diario EL MINERO, de junio de 1904. Página tres.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s