El plano de lo que sería la Nueva Ciudad

Cuando al comenzar el año de 1961 se hizo conocer esta fotografía aérea del Cerro de Pasco, nos estremecimos de tristeza y horror. En ella se veía claramente una sombra oscura que, andando los años, constituiría el macabro “Tajo Abierto” y, un poco más arriba, trazada con líneas blancas, toda el área que ocuparía la “Nueva Ciudad”.  Pensamos que sería imposible que lo lograran. Ingenuamente creímos que respetarían a nuestra cuatricentenaria ciudad. Nos equivocamos. Nada significó para los depredadores, los recuerdos, la tradición y la vida de nuestro pueblo.

Todavía existían ambas lagunas de Patarcocha: “De lavar” y “Tomar”. Estaban íntegras. En la actualidad, una ya no existe. La más grande. La otra, convertida en asqueroso albañal, está contaminando la vida de nuestras gentes. El cementerio general, como los estipulaban las leyes entonces vigentes, estaban a extramuros de la ciudad; en la actualidad está al centro de una nueva urbanización; lo mismo que nuestro legendario Estadio Municipal (Ahora Estadio Daniel Carrión). Los campamentos de Ayapoto y La Esperanza estaban intactos. En la actualidad el primero ha desaparecido aplanado por los tractores y el segundo está en vías de extinguirse. Las áreas que entonces estaban deshabitadas, en el presente están hacinadas. Nuestras gentes heroicas y sacrificadas, se han prendido de los cerros para seguir viviendo, como los náufragos a los flancos de la barca que está a punto de zozobrar. Al Estado le importa un reverendo comino la vida de este pedazo legendario de tierra peruana. Si reclamamos dicen que somos “como el perro del hortelano”. Su política destructora sigue adelante para que “la plata llegue sola”.

Sobre nuestro paisaje se proyectaba, en aquel entonces, una enorme sombra negra: el “Tajo Abierto”. Sería el osario donde sepultarían nuestra historia y todos los vestigios de su pasada grandeza. Lo han logrado. Como un cáncer maligno fue avanzando inexorablemente hasta convertirse en desproporcionado hoyanco tétrico y tenebroso. En él se está enterrando todo nuestro pasado maravillosamente hilvanado por nuestros ancestros. Han hecho desaparecer el escenario donde ha transcurrido nuestra vida. Bajo el estrépito de las explosiones han ido  cayendo casas y barrios enteros; escuelas, capillas, campamentos, todo. Ahora nuestros menores viven en “otra ciudad” e ignoran la grandeza de la que la minería ha sepultado.

Todo comenzó con la Resolución Suprema de 9 de octubre de 1963 en la que acogía el informe de una “Comisión Especial” que dictaminaba: “El método de Tajo Abierto es el único sistema que podrá permitir el racional aprovechamiento de las muchas reservas de minerales existentes en el yacimiento de Cerro de Pasco y que interesa al país, a la ciudad y, a los trabajadores, que la Empresa siga trabajando con la misma o con mayor intensidad con que lo ha hecho hasta el día de hoy”. Con este dictamen, el 10 de junio de 1964, se llegó a un acuerdo entre la compañía y los concejos municipales del Cerro de Pasco y Yanacancha, además de la Cámara de Comercio, para seguir adelante con los trabajos. El acuerdo fue refrendado por la Resolución Suprema de 25 de junio de 1964. Posteriormente, la compañía realizó otro convenio con la Municipalidad de Yanacancha, el 25 de febrero de 1965, mediante la cual autorizaban a la ONPU (Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo) para establecer el Plan Regulador de la Nueva Ciudad. Ésta fue aprobada por Resolución Suprema de 22 de julio de 1966. La “Nueva Ciudad” sería construida en la zona de San Juan Pampa. En ese momento la compañía compró casas con precios que fluctuaban de 100 mil a 5000 mil soles. Muchísimos de estos propietarios abandonaron la ciudad para comprar sus casas en otros lugares. La compañía gastó 75 millones de soles, de los cuales 17 millones fueron para pagar a los propietarios de las 161 primeras casas que fueron demolidas para la expansión del Tajo Abierto. El traslado se hizo en cuatro etapas, movilizando en cada uno de ellas, un promedio de siete a ocho mil personas. Se totalizó treinta mil personas.

Los urbanistas que proyectaron la “nueva ciudad” no tuvieron en cuenta las bajísimas temperaturas que son constantes en la zona. Hicieron calles trazadas siguiendo patrones extranjeros. Todas rectas, enormes por donde circula el aire espantosamente frío, como si de una ciudad de la costa calurosa se tratara. Qué diferencia con nuestra “vieja ciudad” en la que su conformación especial de calles y callejones, impedían la libre circulación del frío.

Nosotros, con una persistencia que ojalá encuentre comprensión en ustedes. Seguiremos puntualizando todo lo que ayer ocurrió en este dramático tinglado que casi ha dejado de existir, menos en nuestros corazones.

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