Proclamación de la Ciudad Real de Minas

“No sólo dentro del templo de Santa Rosa, sino también en la plaza Chaupimarca, se programó la celebración de un Te Deum en gratitud a Dios por la merced que acababa de concedérsele a la ciudad. Era necesario que se hiciera una demostración del boato de una ciudad que, en corto tiempo, había llegado a la cúspide: Ser la Ciudad Real. Es decir, la reina de todas las ciudades de América Española”.

“El día central -16 de julio de 1639- desde las primeras horas, la ciudad minera lucía espléndida. Nadie quedaba en su casa. Las calles adornadas con espejos, láminas, pinturas de santos y muchísimas suntuosas colgaduras, deliraban atestadas de curiosos. Se cubrió el suelo por donde debía pasar la procesión del flamante escudo nobiliario y de la matrona de la ciudad, con hermosos mantones tejidos por artistas del pueblo e  inacabable suerte de mantas de flores y hierbas olorosas para cubrirlas. Trasladaron desde Huariaca, grandes árboles y ramas floridas para enramadas y arcos con que se decoraron las calles. Los músicos especialmente contratados para la ocasión, alegraban el ambiente  con sonora fanfarria triunfal.  Para la gente opulenta, era la oportunidad de ostentar riqueza, poder, lealtad y, teatral acatamiento al gobierno de España. Los pobres –gran mayoría de harapienta indumentaria, lavada y remendada para la ocasión- habían llegado a reverenciar la imagen del flamante escudo nobiliario como a los santos que los frailes designaban. El Cerro de Pasco acababa de ser nombrado CIUDAD REAL DE MINAS, ostentando una jerarquía mucho más grande que la de Potosí a la que sólo se le denominaba Villa; mucho más grande que Guanajuato, Zacatecas, Oruro, Real del Monte y otras ciudades mineras de México y el Perú. Es decir, era la más alta e importante ciudad minera de los reinos españoles en América. Ninguna otra ciudad podía parangonársele. El desmesurado cuadro que representaba al noble blasón, después de la procesión, había sido colgado en la fachada de los edificios gubernamentales, especialmente en el Consulado Español donde estaban reunidos los flamantes miembros de la burocracia local: el Corregidor y su teniente; los dos Alcaldes ordinarios, los dos de la Hermandad, el Juez de Bienes de Difuntos, el Alcalde de Minas; tres veedores del Cerro, el Alguacil Mayor con sus tenientes, los tres Jueces Oficiales Reales, dos ejecutores para la cobranza de la Hacienda Real, el Juez Receptor de Alcabalas, los tres Receptores Mayores, los Dos Oficiales Ejecutivos, el Alcalde de Aguas, y el Alguacil del Cerro. También estaban los que tenían que ver directamente con la minería: el Contador de Azogues, Contador de Granos, el Protector General, el Ensayador Mayor de Barras, el Ensayador y, el Tesorero de Monedas, dos Escribanos Públicos, el Escribano de Minas, el Escribano de la Hacienda Real, el Escribano de Bienes de Difuntos y, dos Escribanos Generales más.  Confundiéndose con las autoridades principales, la oficialidad militar, magistrados, comerciantes, aviadores y mineros locales. El Cabildo de la ciudad estaba en pleno para cumplir uno de los principales privilegios que el Rey de España le había concedido: Divulgar públicamente, en ceremonia especial, la concesión del título nobiliario. Los balcones estaban profusamente adornados con sedas, paños,  y brocados; atestados de damas y caballeros, desbordantes de ostentosas joyas. De las colgaduras pendían adornos de plata y, presuntuosamente, habían puesto a relucir, fuentes, cántaros y copas de plata bruñida. Las banderas españolas restallaban tensamente por los aires y, numerosos cohetes con acre olor a pólvora, estallaban luminosos por los aires.

En el momento culminante de la ceremonia, el Alcalde Mayor, recibió de parte de un representante regio del Virrey, el título nobiliario escrito en pergamino con vistosos caracteres. En ese momento brotó un descomunal griterío de vítores y hosannas pronunciados por los contratados para el caso. Todo subió de tono cuando, en gesto teatral, el Alcalde de la ciudad arrojó una lluvia de monedas de plata y medallas alusivas a la ocasión.  El entusiasmo fue tan grande que hasta las pesadas bandejas de plata en que trajeran los dineros –aporte de mineros, comerciantes y hacendados españoles- fueron arrojadas a la muchedumbre. Hubo uno que otro herido entre los curiosos. De inmediato, tras una fanfarria espectacular, criados, lacayos y palafreneros, trajeron los caballos y, todos los altos funcionarios locales e invitados, montaron en sus corceles tratando de eclipsarse mutuamente con el esplendor de sus cabalgaduras, sillas de montar y bridas cargadas de plata pura. Pellones espectacularmente ricos, aderezos y adornos recargados, pasmaba la ostentación de aquellos  opulentos ricachones, cuando desfilaban delante del pueblo con los rostros tensos y graves, como si fueran a entrar en batalla. Todos usaban vestidos elegantes y extremadamente ricos. El pueblo famélico que con su sudor producía aquellas galas, los seguía con ansias de continuar gozando de la momentánea manifestación de regalo que estaba recibiendo. Efectivamente, en cada plaza del pueblo repitieron el gesto de arrojar monedas de plata al gentío que forcejeaba, se atropellaba y pisoteaba. En realidad, estos gestos patéticos querían demostrar al pueblo que ellos eran súbditos de un rey hermoso y justo, que había tenido el tino supremo de reconocer la virtud de la ciudad que los llenaba de plata.

Y después de haberse celebrado el día central con pompa inusual como no se había visto en la ciudad, dieron principio a diversos regocijos con quince días de presentaciones de Comedias, con grupos itinerantes de Lima y España. A un costado de la iglesia habían construido el Corral de Comedias. También se realizaron grandes corridas de toros por espacio de todo el mes; hubo saraos, torneos de cintas, mojigangas, pelea de gallos, y muchos festines. Los gallardos criollos hicieron pasacalles musicales, luciendo riqueza con tantos gastos y vistosas galas de joyas, preciosas perlas y piedras de sumo valor que dieron mucho que mirar a los forasteros.

El fraile Sancho de Córdova no quiso seguir presenciando más el desarrollo de aquel circo de ostentación y soberbia. Comprendió que, mientras estos nobles y ricos gozaban sin medida de las primicias de las minas, los que trabajaban de sol a sol, no eran sino los mudos y sacrificados comparsas de aquel holocausto de soberbia y poder.

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