Fray Sancho encuentra a un “azogado”

Un domingo en la tarde, Fray Buenaventura de Salinas y Córdova,  llegó a una ranchería minera de paredes de barro, techo de paja, puertas y ventanas de añosas maderas por cuyas hendijas penetraba el inclemente aire frío. Una comedida viejecita le abrió la puerta y le invitó a entrar. Sus ojos tardaron en captar detalles ante la oscuridad reinante. Hombres mujeres y niños, tras besar el cordón y el crucifijo, le acomodaron un pellejo sobre un poyo, para que descanse.

— ¿Cómo están, hijos?- preguntó. Rostros terrosos, subiendo y bajando, respondieron “que bien”. Miradas sorprendidas por el milagro de su visita, lo contemplaban con mucha curiosidad. Cogió al más pequeñín que tendría de uno a dos años, cubierto con unos andrajos por camisita y una efímera “hinchana” –manta amarrada a la cintura- cubriéndole las piernecitas. Lo levantó para estrecharlo en un abrazo cariñoso y notó que su carita, roja como una manzana, aunque sonriente, estaba muy fría. Lo besó en la frente. Esto enterneció a los anfitriones. Estaban muy conmovidos, aunque alguno de los mayores, todavía dejaba traslucir su desconfianza. Jamás, nadie,  se había interesado por ellos. Los “mishtis”, es decir los hombres blancos y ricos, sólo aparecían cuando iban a cobrarles, reprocharles algo, o en busca un trabajo gratuito extra. Nada más. Y les hablaban a gritos, desde la calle, como temerosos de contagiarse de alguna enfermedad.

Con el tiempo, el monólogo del fraile, se convirtió en animada conversación. Hombres y mujeres habían tomado confianza con él. Venidos de pueblos lejanos aprovechando el tiempo de germinación de las plantas -eran agricultores- retornarían para la cosecha;  en tanto, reunirían algún dinero sobrante para sus gastos más urgentes: Pagar el viaje de ida y vuelta a su pueblo, gastos familiares,  su alimentación de papas, chuño, maca, mashua, ocas y maíz; los dueños de las minas les proveían de carne que ellos salaban y secaban convirtiéndola en charqui; por eso sus platos más socorridos eran el “yacuchupe” y el “charquicán” que las mujeres llevaban a sus maridos a las bocaminas; también les vendían coca y  aguardiente; además, tenían que abonar al cura, los diezmos y primicias.

Dos veces  a la semana, principalmente los lunes, llegaba con su caja de herramientas para efectuar reparaciones. Bajo su dirección, los obreros, clavaban puertas y ventanas, parchaban techos y cañerías; hacían todo tipo de enmendaduras. Algunas mujeres y muchos niños prestaban su colaboración diligente. Todos trabajaban, inclusive algunos borrachos empedernidos se veían compelidos a laborar por el bien común. Nadie se le rebeló jamás. Su mirada severa no admitía réplicas ni deserciones. Los domingos sin embargo, era día de regalo para todos. Llegaba con una enorme cesta repleta de alimentos que los comerciantes de los mercados le obsequiaban.  Carnes en porciones generosas de los camaleros de Matadería, verduras que las  mujeres del Mercado le hacían llegar, enteradas del destino de los regalos. El mismo fraile guisaba pródigos pucheros que todos compartían, felices.

Un día, sus ojos, acostumbrados a la opacidad de la estancia, descubrieron, recostado en el fondo, un bulto cubierto con una vieja cobija que agitaba sus flecos con un temblor espantoso. Se lo quedó mirando sobrecogido de estupor. “Es mi tío”, le dijeron. Se acercó y, al descubrirlo, quedó estremecido de dolor. Unos ojos sobrecargados de angustia, de párpados tumefactos y llorosos, trasuntaban un ruego implorante, una súplica suprema de piedad. La cabeza completamente calva, como si con algo desconocido se la hubieran pelado,  no tenía un solo cabello. El rostro terroso, arrugado como una pasa, mostraba el maxilar inferior extremadamente prolongado, como el de un viejo centenario, sin una sola pieza dental en la boca. ¡Todos se le habían caído!. “Está azogado” le dijeron, luego le explicaron que en la molienda del ingenio había contraído el mal. El mercurio al penetrar en su piel le había ocasionado irritación en los ojos, malestar intestinal y náuseas; más tarde, la pérdida de los dientes que, uno a uno, le fueron cayendo como a un niño en época de cambio; no le quedó ninguno. Lo mismo había acontecido con el cabello; no le quedaba uno solo. Cuando comenzó a temblar como poseído de tercianas, los dueños del ingenio lo echaron del trabajo. Sobrecogido de aflicción, cogió aquel rostro penitente para infundirle valor con la compasión de una caricia; notó entonces, que de los ojos lacerados brotaban incontenibles lágrimas que corrían por los carrillos enjutos y, de la boca desdentada, surgía como una queja profunda, algunas palabras que no llegó a comprender. Cuando miró a otra persona para que le explique: “Dice que quiere morirse”, le informó. Aquello fue superior a sus fuerzas. No podía concebir semejante monstruosidad y, llevando el rostro torturado hasta su pecho, muy conmovido comenzó a rezar: “Padre nuestro que estás en los cielos…..”. No pudo terminar. Un llanto convulsivo se apoderó de él. Abrazados, fraile y doliente lloraron como niños.

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