JUAN AZALIA

Fue, entre los hombres que se afincaron en nuestra ciudad, un valiosísimo elemento que prestó su generoso servicio a la comunidad. Siempre se le recordó así. Con mucho respeto. Austriaco de nacimiento llegó al Cerro de Pasco apenas instalado el consulado austro – húngaro del que fue su más notable representante. Fue propietario de las minas de plata, cobre y plomo, siguientes: La Bastilla, Nuestra Señora del Milagro, Zupa, Estrella del Oriente, Causalidad, La Victoria, Julia, Estrella Caída, Nuestra Señora de Lourdes, Elena, Lola, César Alejandro, Depósito de la Plata, El Perú, Rodolfo y Bon Langer.

A fines del siglo XIX, conjuntamente con sus hermanos modernizó sus instalaciones mineras, dotándolas de concentradoras y mejores molinos accionados por fuerza hidráulica

El año de 1,901, se presentó como postulante a los comicios para nombrar a los Diputados Mineros. Fue electo. En 1,908, fue Alcalde de nuestra ciudad minera. También fue miembro fundador de la Sociedad SLAVA de Beneficencia del Cerro de Pasco y directivo de la similar institución en Lima. Fue un hombre generoso, que dio la mano a muchos de sus paisanos y amigos; se hizo presente con donativos para la Cruz Roja de su tierra, para las obras de bien en Cerro de Pasco y contribuyó económicamente, a favor del Perú, durante la ocupación chilena.

En el plano comercial tuvo un importante establecimiento conocido como: CASA COMERCIAL AZALIA, en compañía de aquel moreno inolvidable don Alexander Nation, jamaiquino al que la ciudad amó con entrañablemente por sus dotes de bienhechor.

Don Juan Azalia negociaba productos y maquinarias que importaba directamente de Europa y Estados Unidos para distribuirlas en toda la región. Fue en el año 1,910, que liquidó este negocio debido a la fuerte competencia de la empresa Cerro de Pasco Cooper Corporation. Ésta pagaba a sus trabajadores con “vales sellados”, para que con ellas pudieran hacer sus compras en la MERCANTIL. La cobertura comercial de Azalia, llegaba hasta los límites con la selva peruana, pues uno de sus proveedores de productos de selva fue Don José Ocaña, que tenía intereses en la ciudad de Huacrachuco y Monzón en la provincia de Huamalíes (Huánuco), a más de 250 kilómetros de Cerro de Pasco, comunicado en aquel entonces por una angosta vía peatonal, que cruzaba los escarpados cerros de la Cordillera de los Andes. Cuando cerró sus puertas la empresa comercial de Juan Azalia, canceló la deuda a OCAÑA entregándole un grupo electrógeno, con el que dio fluido eléctrico al pueblo de Huacrachuco y aledaños.

Aquejado de una eritrocitosis aguda y riesgosa, tuvo que afincarse en la ciudad de Lima. No vivió mucho. A su muerte acaecida el 29 de octubre de 1910 en la capital, fue sepultado en el cementerio Presbítero Matías Maestro. Su tumba junto a la de su esposa Julia M. Marinovich, está ubicada en un hermoso mausoleo, frente a la del tirano Luis M. Sánchez Cerro. En las páginas de nuestro libro de historia van a encontrar muchos pasajes de su vida bienhechora y ejemplar.

Los funerales en el Cerro de Pasco

Aquí, con el recogimiento e indignación general del pueblo, estamos llevando el cadáver de Luis Aguilar Cajahuamán, asesinado en los salones de la universidad que él ayudó a crear, el 8 de mayo de 1964. El dolor de pueblo que acababa de elegirlo diputado por el Cerro de Pasco, fue enorme. Luis Paiva Cosío y César Pérez Arauco conducimos el féretro tras la misa de réquiem celebrado en la iglesia de la Virgen del Tránsito.

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A las tres de la tarde del segundo día se procede a colocar al finado dentro del ataúd, pero  antes de clavar la tapa, se despedirán los familiares y amigos. Es el momento más dramático de todo el rito. A las cuatro de la tarde –a esa hora salen los trabajadores de las minas, talleres y oficinas- partirá el cortejo fúnebre hacia el cementerio. Hombres y mujeres se han premunido de ropas abrigadoras y sus correspondientes capotes, abrigos y paraguas por si se presentara una granizada o chubasco o una nieve implacable. En nuestra ciudad, los amigos jamás han permitido que el féretro sea transportado por vehículo alguno. Aquí fracasó ese deseo de parecerse a la capital o a ciudades de la costa. La primera vez que un campanudo español regaló a la Beneficencia con una carroza halada por cuatro mulas negras debidamente enjaezadas con adornos dorados y el cochero ataviado con librea negra, nadie la utilizó. Mucho más tarde trajeron un lujoso automóvil negro a usanza de Lima y sólo uno que otro cogotudo lo utilizó. El pueblo jamás. Volviendo a la costumbre popular. Por riguroso turno -de cuatro en cuatro- llevarán en hombros al amigo hasta su última morada. Primeramente pasarán por la iglesia donde el cura rezará y asperjará agua bendita sobre el ataúd. Aquí es necesario rescatar una costumbre que felizmente ha vuelto a tener vigencia en nuestra tierra. La misa de cuerpo presente en el templo. Al respecto dice la iglesia católica: “El Oficio de Difuntos y la Misa forman parte integrante de las exequias, tanto que, aun tratándose de pobres de solemnidad, el obligatorio decirles al menos un Nocturno o lo que se llama la Vigilia. El Oficio de difuntos se recitó ya en la más remota antigüedad cristiana”.

De la casa al campo santo hay varios “descansos” donde se efectúan los “Caipincruz” que hay que observar con disciplina y rigor. En ellos, además del relevo de los cargadores, los “cantores” salmodian sus responsos y los “servicios” invitan los cigarrillos y el “quemao” para atenuar el frío. Así se cumple con lo que dice la Iglesia: “La conducción del difunto se hace en medio de cánticos de salmos y preces eclesiásticas y de signos exteriores, llenos todos de místico significado. El tañido de las campanas anuncia a los fieles que de su seno ha desaparecido un hermano; el agua bendita es el símbolo de la purificación del alma, el incienso simboliza la oración que se eleva a lo alto como el humo de los perfumes en la atmósfera; finalmente, el crucifijo es la señal de la Redención; prenda segura de que el alma del difunto hallará descanso en el seno de Dios”,

La campana de mi pueblo

sí que me quiere de veras,

se alegró cuando nací

y llorará cuando muera

Al llegar al cementerio se rezan los responsos y los amigos dicen su último adiós a nombre de alguna institución. Al final, cuando la oscuridad se está adueñando del ambiente, en medio de muestras de dolor sincero y lacerante, se sepulta el cadáver. Éste es el momento más triste para familiares y amigos. Es la despedida definitiva del viaje sin retorno.

El regreso a la casa mortuoria tiene que hacerse por un camino diferente. “Así el alma no puede seguir a sus familiares y amigos y se quedará definitivamente en su tumba”. Este retorno se hace también con tres o cuatro “caipincruz”. Llegados a la casa se sirve un café muy caliente con panes frescos. A partir de entonces, uno tras otro, parientes y amigos, despidiéndose muy compungidos de los dolientes, abandonan la casa mortuoria. Se ha cumplido con todas las disposiciones eclesiales a propósito del Cristianismo: “…que la religión que inicia al hombre en la vida, no le abandona en su tránsito de ella, sino que le acompaña en su última estancia y le custodia al pie de la tumba”.

En lo que al fallecimiento de un niño se refiere, la cosa es diferente. Debe tenerse especial cuidado de bautizar al niño en cuanto se sospeche el peligro, caso de enfermedad grave, por ejemplo. Si no se llega a bautizar sufrirá la condena del fuego eterno. Ningún sacerdote podrá negar el bautizo. Si está aparentemente muerto, el bautizo realizara el cura bajo condición con la fórmula, “Si vives. Yo te bautizo”, etc. Se tiene la idea que el niño al morir –especialmente si es párvulo con el bautizo correspondiente- irá directamente al cielo sin ningún trámite intermedio. Cuando mueren a los dos o tres o cuatro años de edad, se le viste el hábito del Niño Jesús de Praga; en todo caso, el acontecimiento se recibe con una gran alegría. La incorporación de un ángel al cielo merece una celebración especial, por eso es que después del entierro realizado con acompañamiento de arpa y violín durante el trayecto al cementerio, se arma una jarana de rompe y raja porque -a decir de sus creyentes- el angelito que ya está en el cielo, habrá de rogar siempre por sus padres y hermanos. Esta es una costumbre del pueblo mas no de los “decentes” que en todo imitan a Lima. Ya se está desapareciendo. Hay varios testimonios al respecto, como el del novelista alemán Friedrich Gestaecker, que nos visitara a fin es del siglo XIX.

EL PICHQACHY, o “Quinto día de la muerte”, es una tradición que desde siempre la practicamos los cerreños. Se cree que el espíritu del muerto no se ha ido todavía de la tierra; que tiene cinco días y cinco noches para poder recorrer por los terrenales caminos que le fueron gratos transitar en vida, así como entrar y aposentarse brevemente en la casa de sus amigos y parientes; visitar los rincones íntimos que frecuentó en vida y despedirse. Las viejas sibilinas y misteriosas, aseguran haber visto al alma visitando a su familia; para hacer más creíble la afirmación, se santiguan. Sólo a las doce de la noche del quinto día –hora crucial- podrá marcharse el alma definitivamente.

Después de esta incorporación al mundo soñado, sólo con permiso divino podrá abandonar el cielo para visitar a sus seres queridos. Como esto ha de ser así, con el fin de que no quede huella de sus humores, de sus sudores, de sus lágrimas, un grupo de lavanderas llevarán sus ropas a lavar para luego tenderlas al sol. Los lugares más frecuentados para este menester a los que se les llama entonces  “Pichqana pampa”, son, Yanamate, Patarcocha, Echarte, Chaquicocha, San Juan, Garga, Jaital. En tanto la ropa oreé después de lavada, las lavanderas y acompañantes irán “chacchapando” y bebiendo el “quemao”. Algunas veces, en el agua en el que se han lavado las ropas, se lava la cara y las manos de los “dolientes” y, cuando la oportunidad lo amerita, con una correa se castiga a aquellos que “en vida mortificaron y no respetaron al difunto”. Cuando la ropa esté seca la “quipicharán” a las espaldas y retornarán a la casa mortuoria. Al llegar harán un bulto simulando el cuerpo del extinto y con un crucifijo a la altura del corazón, lo tenderán sobre la mesa, como lo hicieron el día del velorio del cuerpo. Para los familiares que no hayan podido ir al lavatorio, transportarán en botellas agua de la laguna y con ella lavarán cara y manos de los remisos, como lo hicieron con los otros en el campo. Hecho esto  se servirá el hirviente café para atenuar el frío que las lavanderas han podido experimentar; entretanto, en el interior del patio, se está preparando en sendos peroles, la opípara comilona para la noche.

Coincidente con el Ángelus, se procede entonces a servir la comida del “pichqachiy” a los visitantes que están rodeando a los “dolientes”. Primeramente, enormes platos de espesa sopa de trigo aderezada con ají colorado y achiote, tiras de cascarón de chancho y trozos de carne seca: el PATACHE; luego el espeso y apetitoso “locro” cerreño de chuño negro, papas y grandes trozos de carne de cordero en aderezo de rojo achiote. Estos vivificantes platos cerreños, servidos abundantemente, se acompañan con mote y habas verdes sancochadas: el GARAMUTI.

Una vez que los circunstantes hayan comido opíparamente, se sirven copones de anisado o aguardiente de caña para “asentar” la comida; el resto de la noche transcurrirá en un ameno torneo de cuentos, adivinanzas, acertijos, chascarrillos y los infaltables chistes que, a medida que transcurren las horas van subiendo de color haciendo reír a mandíbula batiente a los presentes porque, en esta oportunidad, están permitidas las bromas. Más tarde se procederá a efectuar emotivos juegos como: “El Barquito”, “El Gran Bonetón”  y otros, naturalmente alternándolos con el chacchapeo y la bebida de “quemao” y la fumada de cigarrillos. A cada hora, invariablemente puntual, el cantor hará escuchar sus responsos. Lo que hay que observar con verdadero respeto es la hora de la retirada. Jamás debe hacerse a las doce de la noche porque a esa hora ya el difunto se va definitivamente de la tierra y hay el riesgo de encontrarse con él.

Ha amanecido el día. Después de haber cumplido con acompañar a los dolientes, los amigos y familiares se retiran a sus casas porque están en el convencimiento de que el alma del difunto ya está aposentada a la diestra de Dios Padre, gozando plenamente de la grandeza divina.

Por otra parte, a la llegada del primero de noviembre de cada año, “Día de todos los Santos”, se observa un unánime recogimiento. Ése y el siguiente, Día de los Difuntos, con azadas, pico y palas se procede a cortar las hierbas que han crecido pródigas en la tumba; se rehace el túmulo, se pinta la cruz y se limpia la lápida. En esta ocasión, en una verdadera romería familiar, se llevarán flores frescas o coronas de biscuit con llamativas tarjetas para cada uno de los seres queridos muertos. Todos los familiares rodeando la tumba colocarán las ofrendas florales y, apesadumbrados, encargarán a un “cantor” para que entone, en quechua o en latín,  el consabido responso; para el caso, los cantores son numerosos. Los que más éxito alcanzan son aquellos que por la seriedad de su talante y la tesitura de su voz, convierten al responso, en una serie de notas quejumbrosas y dolidas que mueven a la remembranza cariñosa. Más de una lágrima rueda por la tostada mejilla de los “dolientes”.

Después de haber estado  junto a las tumbas, rezando, conversando y recordando sus pasadas vivencias, las familias pasan a las carpas y toldos que circundan el cementerio y calles aledañas en donde degustarán la “Pachamanca” con su apetitosa variedad de papas, camotes, habas, humitas, carnes y choclos. “El mondongo”, rojo de achiote, mondongo, tripas, carne de carnero y de chancho, salpimentado de fresco perejil verde y papas amarillas con abundante ají. El picante de cuy, a punto de fuego con sus enormes papas y notables presas colmando el plato. El charquicán, picante de carne seca deshilachada muy bien condimentada y adornada con abundantes papas. Las “arvejitas” en su punto de cocción y de ají; todo esto acompañado de chicha de jora, maíz o cerveza para atenuar el picor de fuego. Como pequeños bocadillos también saborearán los panecillos de maíz, rosquillas bañadas de azúcar fina coloreada, bizcochuelos de finísimo cuerpo, suaves al paladar, cancha maní, numia… Nunca están ausentes las frutas como naranjas, plátanos, granadillas, tunas etc.

Otra de las costumbres conservadas por madres y abuelas cariñosas a la llegada de Todos los Santos, en recuerdo y homenaje a los seres ausentes, es la OFRENDA. Consiste en preparar –en vísperas del primero- una mesa en la que se irán colocando amorosamente platos conteniendo potajes que en vida fueron del gusto del finado. Decorada la mesa con algunas flores, se colocarán locros, guisos, frituras, rellenos o ajíacos que eran de preferencia del difunto, tal como si personalmente fuese a comer. Por ningún motivo se soslaya de colocar “cuartitos” de aguardiente de caña, anisado, coñac o el licor que más hubiera preferido en vida; una cajetilla de cigarrillos. Todo esto se hace en el convencimiento de que el difunto, al llegar la medianoche, se alegrará de saber que sus familiares no le han olvidado y todavía queda en sus corazones la memoria de lo que más le agradaba.

Por otro lado, vestidos de riguroso duelo, los deudos, especialmente la cónyuge, guardará todo un año de obligatorio recogimiento durante el cual, no podrá asistir a fiestas ni convites; guardará un comportamiento adecuado de homenaje al difunto. Cumplido el año, terminada la fiesta conmemorativa y la comilona correspondiente, todos los deudos se reúnen en la sala de la casa y en ese momento, la viuda “botará el duelo” para lo cual se cambiará la ropa negra por la de colores y, cumplido el año de recogimiento podrá volver a vivir libremente como cuando era soltera.

EL RESPONSO.

Considerado como la parte más antigua de la Liturgia de la iglesia, las notas del responso recorren a menudo todo el registro de la voz humana con trémolos profundos y conmovedores. Es interpretado por los “cantores” que en los cementerios lucen sus habilidades emocionando a los dolientes con sus desgarradores lamentos. Así para el “Día de los difuntos”, sus voces en una infinita variedad de registros, inundan el campo santo que para la fecha luce su arreglo de  flores y adornos. Seguros estamos que estos cantos necrológicos tienen el linaje de las “saetas” sevillanas, canciones sencillas, apasionadas, de un elevado sentimiento místico que nuestro dulce quechua, le dio mayor profundidad y dramatismo. La “saeta”, cual el arma arrojadiza de la que toma el nombre, es ligera y aguda, sube al espacio y penetra en el corazón de los que poseen la viva pasión cristiana en mente, haciéndoles recordar el sangriento episodio de la Pasión y muerte, de una manera desgarradora y casi palpable. Son conocidos los responsos: “Cocha Coillur”, “Sábana Santa” o “Riccharillay”.

La muerte en el Cerro de Pasco

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Hay muy pocos lugares en el mundo donde la muerte ha  marcado tan profundamente a un pueblo como al Cerro de Pasco. No es para menos. Se puede decir que el cerreño convive con la muerte; especialmente el minero. No otra cosa sufre diariamente en las profundidades de los socavones, en las chimeneas, en la jaula, en las galerías; riesgos que no siempre son superados. Es muy raro el día en que la sirena de la mina no alargue su tétrico gemido anunciando la muerte de uno o varios obreros. La muerte es una negra constante en las galerías, en los talleres, en los campos. El cerreño no le teme a la muerte. La respeta. Convive con ella. Eso lo saben bien los mineros y las mujeres y los niños; todos los saben. Por eso cuando la fatídica guadaña cercena una vida, todas las gentes sienten la desgracia como suya y comparten solidariamente el dolor luctuoso. Si no en la mina, la parca se presenta también en el ambiente exterior que tampoco está exento de riesgos. Aquí, una repentina pulmonía casi siempre cobra una vida humana; esto lo determinan el frío glacial y la empobrecida oxigenación de las astrales alturas. Por eso, todos a una, las gentes están cerrando filas en torno a lo inevitable. Hay un reverente recogimiento ante la muerte. El deprimente negro del luto uniforma la indumentaria de familias enteras con alarmante regularidad. No he visto otro lugar donde la gente, de motu proprio, se aglutine compartiendo el duelo en emotivo silencio.

El doloroso acontecimiento de la muerte, por su continuidad y trascendencia ha establecido en la tradición una serie de pasos que a continuación puntualizamos.

Si la parca no ha actuado antes con su premeditación, ventaja, alevosía  y crueldad, llevándose un alma al cielo en un accidente minero que conlleva una particular manera de recibir su zarpazo; en el caso de la agonía de una persona, la actuación de los dolientes es distinta. A los agónicos en trance de muerte por enfermedad, se los acompaña alternando los rezos en voz baja con el silencio de la espera. Se suplica al Supremo lo lleve a su Seno ya que una prolongada agonía se interpreta como un castigo que tiene que cumplir; en ese caso, para ayudarle a bien morir, se reza: “Sal, alma cristiana de este mundo, en nombre de Dios Padre Omnipotente que te crió; en nombre de Jesucristo Hijo de Dios vivo que por ti padeció; en nombre del Espíritu Santo, cuya desgracia se derramó sobre ti; en nombre de la gloriosa Santa Virgen, Madre de Dios, María; en nombre de San José, ínclito esposo de la misma Virgen; en nombre de los ángeles y arcángeles; en nombre de los tronos y dominaciones; en nombre de los principados y potestades; en nombre de los querubines y serafines; en nombre de los patriarcas y profetas; en nombre de los santos apóstoles y evangelistas; en nombre de los santos mártires y confesores; en nombre de los santos monjes ermitaños; en nombre de las santas vírgenes y de todos los santos y santas de Dios”.

Como es natural, se ha llamado al cura que tomando el santo óleo del crisma, ha purificado los sentidos y los miembros del agónico por haber visto, oído, olido, gustado, tocado y andado tan lejos de Cristo durante tanto tiempo. Finalmente le hace comulgar la hostia  con lo que culmina la acción del rito cristiano rezando las jaculatorias en nombre del agónico diciendo: “Santa María, ruega por mí; San José, ruega por mí. San José con la Virgen Santísima, ábreme los senos de la divina misericordia. Jesús, José y María, duerma y descanse en paz con Vos el alma mía”

Si se sospecha que el momento final ha llegado, se acerca el oído al corazón del doliente o se le coloca un espejo a la boca; si éste se nubla, todavía vive; caso contrario, ha finado. Es en este instante en que el llanto, espontáneo, adolorido y gimiente se hace general; todos lloran. Aquí jamás ha habido necesidad de contratar a las plañideras profesionales para que “lloren por el muerto”.

Inmediatamente de producido el deceso, hay que cerrar los ojos y la boca del muerto. El que los tenga abiertos –aseguran las viejas- es clara advertencia que muy pronto habrá de llevarse a uno de sus seres queridos. A continuación se baña el cuerpo para amortajarlo (Un especialista se encargará de confeccionarle la mortaja); hecho esto se lo conduce a la sala principal de la casa colocándolo sobre una mesa cubierta de rodapiés blancos de blondas y encajes, frente a la puerta; con una sábana grande, se le cubre en tanto se termina de coser el sudario; en las esquinas se colocan los candelabros con cirios encendidos. A la cabecera, el Cristo en la cruz. Sobre la puerta se clavará una cruz  con cintas negras; así, familiares y amigos conocerán el óbito. Es decir que, en todos sus pasajes, se cumple con la tradición cristiana que dice: “La piedad respetuosa que los primeros cristianos sintieron hacia los muertos se manifestaba ya en el momento de expirar; se les lavaba el cuerpo, se les perfumaba a menudo, se les cerraba los ojos y la boca, como para quitar a la muerte lo que tiene de horrorosa y para darle apariencia del sueño tranquilo. El cuerpo se envolvía en su sudario y se le depositaba en un sepulcro”

Por su parte, el “mortajero” debe confeccionar el sudario en un paño muy austero, sin ningún adorno superfluo o pagano ni con guarniciones metálicas. Si el extinto fuera varón se le vestirá el hábito seráfico de San Francisco de Asís de tosco sayal marrón con capucha, sujeto con un cordón que deberá ser tejido cumpliendo un rito muy especial. La capucha esconderá los rasgos descarnados del difunto cuando deambule por la tierra y el cordón, como un misterioso sortilegio, enmudecerá a los perros. Todos sabemos que, a la vista de los espíritus, los canes aúllan lastimeramente. Otra de las prendas obligatorias, es el calzado que ha de ser muy ligero, generalmente zapatillas,  para que no se escuchen sus  pisadas cuando venga a ver a sus deudos. A voluntad de los deudos también se les amortaja con el hábito del Señor de los Milagros. El segundo día se procede al amortajamiento. Como es lógico, transcurridas varias horas, la rigidez cadavérica todavía continúa y la frialdad del cuerpo es manifiesta, aunque a veces, cierto calor en la zona de las axilas hace pensar a los dolientes que el finado está esperando a un familiar o amigo querido para despedirse. En tanto se le amortaja, se le habla cariñosamente –como si estuviera vivo- generalmente en quechua para que no esté tan rígido, porque lo que se quiere es  dejarlo presentable para su partida definitiva. Parecido procedimiento se sigue cuando se amortaja a una mujer, en cuyo caso el sudario es de la Virgen del Carmen con su correspondiente escapulario y su rosario de madera, y, si fuera infante, del Niño Jesús de Praga. En el Cerro de Pasco, por lo general se vela al difunto durante  dos días y dos noches; a veces hasta tres, – las bajas temperaturas reinantes así lo permiten- cuando los familiares ausentes no llegan. “No se debe acelerar un entierro porque el alma sufrirá mucho ante la ausencia de un ser querido”.

Para el velatorio, los parientes y amigos van llegando desde la siete de la noche ofrendando botellas de licor, cigarrillos, panes, coca, café, etc. Los hombres se sitúan en una habitación, generalmente la sala y  las mujeres, en alguno de los recintos interiores, próximos al principal. Durante toda la noche la conversación  girará en derredor de las virtudes que en vida tuvo el difunto, porque su alma “no se ha marchado definitivamente, está entre los presentes y puede darse cuenta de cuanto hacen y dicen  los suyos; por eso todos hacen elogios de las virtudes del difunto, convencidos de que  les oye y necesita escuchar tales halagos para estar alegre y satisfecho”. También se pueden referir a su anecdotario, a sus andanzas, a algunos pecadillos veniales, eso sí, sotto voce; más tarde ya se “rajará” de las autoridades y de algunos hechos de actualidad; sólo al amanecer, cuando languidecen los ánimos se permiten adivinanzas y relatos probos, respetuosos, porque los otros, los colorados, están destinados al velatorio de los cinco días o “Pichgachy”.

Durante toda la noche, los encargados de la familia, llamados “servicios”, repartirán hojas de coca, cal (en pequeños calabacines llamados ‘poros’), cigarrillos y el infaltable “quemao” -manojo de hierbas cálidas como borrajas, escorsonera, eucalipto, wira-wira y huamanripa, en hirviente cañazo, “amansao” con limón, azúcar quemada para endulzarlo y darle color. A cada hora, un “cantor” contratado ex profeso, entonará sentidos responsos en quechua y latín. Al llegar la medianoche y seis de la mañana, se servirán reconfortantes caldos de gallina o de cordero o, en todo caso, el famoso “Yacuchupe”, verde caldo de papas con copioso ají para mantener en jaque al sueño. A las once, una y cinco de la mañana, negro café cargado, acompañado de bollos y petipanes sabrosos.

El ferrocarril del Cerro de Pasco

Personal de mecánicos ferroviarios de la CERRO DE PASCO RAILWAY COMPANY en la explanada de la Casa Redonda, a comienzos del siglo pasado. Estos hombres estaban encargados de mantener en perfectas condiciones de funcionamiento el ferrocarril del Cerro de Pasco al Callao. La razón de su actividad era la de transportar los minerales de la minas cerreñas al puerto del Callao para su envío al exterior. Este servicio, como lo propugna el FADIP con Humberto Romero a la cabeza, debe continuar. El Cerro de Pasco tiene una sólida tradición ferroviaria que debe continuar. Lean a continuación una crónica de mis tiempos infantiles escrito con mucho amor en homenaje a mi abuelo y mi padre que están entre los trabajadores que se ve en la fotografía.

El primer tramo de mi vida ha estado muy ligado a los trenes.  La ubicación de mi barrio me permitía percibir con claridad los ruidos que producían las maniobras ferroviarias. Desde las primeras horas, las estridencias de idas y venidas, silbatos, gritos de brequeros, campanas, escapes estrepitosos de vapor, arranques, aceleraciones y frenadas intempestivas, saturaban el ambiente. Por la noche, como un sortilegio extraordinario, tras la llegada del tren de Lima, todo quedaba en silencio. Mi barrio, entonces, dormía. Para mí y para todos los muchachos, la partida y llegada del tren de pasajeros era un espectáculo especial y fascinante.

Diariamente, a las cinco de la mañana, estábamos en pie. Mi abuelo para ir al trabajo, yo para curiosear en la Estación ubicada en un altozano, a doscientos metros. Mi abuelo y mi padre trabajaban en la Casa Redonda, taller donde reparaban y adecuaban locomotoras, coches, vagones, cabusses, furgones, furgonetas y otros elementos.

 

En la vía, listo para partir, el convoy del ferrocarril, enorme y rugiente. Delante, la locomotora con el maquinista y el fogonero encargado de alimentar los calderos; en tierra, los brequeros, guardafrenos o guardavías; en los coches, los conductores, elegantemente vestidos de verde con gorras del mismo color y viseras de cuero, encargados del control del boletaje. Detrás, dos bodegas de carga, repletas de encomiendas, cajas, cajones, comestibles, gallinas en cestos especiales, cargas de papa, verduras y otros elementos. Después, el cabusse -oficina rodante- donde viajaba el postrén, encargado de la clasificación de la correspondencia. Enganchado a éste iban cuatro coches de segunda, cada uno con sólidos asientos de madera sobre base metálica. Los interesados debían colocar encima una frazada o pellejo para hacerlos cómodos. El pasaje estaba constituido por obreros, campesinos, comerciantes de baratijas, aventureros que, apretujados, se distribuían lo mejor que podían en el ambiente abrigado. Luego estaban los dos coches de primera, en último lugar, para evitar los ruidos y humos de la locomotora.  A la entrada de cada uno, una estufa siempre encendida para abrigar la estancia. Luego, espaciosos butacones, cómodos y forrados en cuero negro y una mesita practicable que, llegado el momento, era instalada por el mozo. En la parte superior, unos portaequipajes. Entre coche y coche de primera, la enorme cocina donde se preparaba los alimentos para los viajeros. En ese pequeño reducto campeaba la maestría del cocinero Antonio Lam, chino hacendoso que durante toda su existencia sirvió en el ferrocarril, acompañado de pinches, auxiliares y seis mozos, elegantes y serviciales.

Faltando cinco para las seis, una campanilla vibraba el primer anuncio que, dos minutos más tarde, proclamaría el segundo y, a las seis en punto, con una puntualidad cronométrica, la última campanilla que, coincidía con el pito que desde la lumbrera de Lourdes anunciaba que era las seis. En ese momento se oía la sonora voz del cochero gritando: ¡!!!!Vamonoooooooos!!!  y con un resoplar extraordinario partía el ferrocarril con destino a Lima. ¡Qué emoción! Tanto para los que se iban como para los que los despedían, era un momento muy especial. ¡No hay nada más triste que una despedida!. Por eso a medida que el tren iba tomando viada desde las ventanas todavía pavonadas se hacían  adioses con manos y pañuelos; desde los muros, el pueblo hacía lo propio. Quién sabe si detrás de aquella partida se desprendía alguna lágrima. Estoy seguro que sí,  porque –repito- no hay nada más triste que una despedida. Las gentes que veían pasar el ferrocarril en todo el tramo inicial,  hacían adiós con las manos deseando felicidad en el viaje. ¡Cómo se prenden en las retinas estos momentos y, aunque pasen los años, no se pueden olvidar!.

Pasada la cervecería, los mozos, elegantemente vestidos se acercaban a los pasajeros de primera para recibir sus órdenes. La mayoría solicitaba un desayuno completo. El mozo instalaba la mesilla con aditamentos metálicos, la cubría con un mantel, ponía las servilletas y cubiertos para colocar los platos con los “Completos”, denominación que se daba al menú mañanero consistente en jugo de naranja, café con leche, tostadas y bolillas de mantequilla para quienes quisieren untarlas y, un plato tendido, grande con un bistec enorme, cubierto, con dos huevos fritos. Los líquidos jamás se derramaban por la estabilidad de los vagones. Todo lo que se servía en el coche era de primera calidad. Un poco más tarde -terminado el desayuno- un mozo pasaba ofreciendo revistas, periódicos o algún juego de naipes o ajedrez, para quienes quisieren entretenerse.

En segunda tenían su propio servicio, atendido por vivanderas que ofrecían café con emparedados de mortadela, queso, mantequilla o, panes. Otras ofertaban tamales, humitas o, simplemente, café. Era un desayuno proletario.

Por lo demás, los muchachos que nos quedábamos en la ciudad, contemplábamos el ir y venir de gigantescas plataformas transportando desmedidos lingotes de zinc, unidos con sunchos poderosos; barras de cobre y de plomo, adecuadamente superpuestos y, muestras minerales en sacos pequeños pero muy pesados y  una rila interminable de vagones repletos de mineral sacado de las minas por el castillo de Lourdes. Increíblemente, estos descomunales elementos eran movidos por una locomotora muy pequeña, como  de juguete, pero muy poderosa a las que llamábamos “Cucaracha”. Esta diminuta máquina que cumplía el papel de los remolcadores en los puertos del mar estaba conducida, por el pequeño maquinista: “Panchito” Venegas, tan pequeño como hecho exprofesamente para conducir la diminuta locomotora. Acomodados los vagones por la “Cucaracha” en un apartadero, llegaba el tren de patio y los colocaba en desplazamientos ad hoc para que el ferrocarril grande los enganche y pueda arrastrarlos. Al final se constituía una interminable la fila de vagones y plataformas.

Cuando pasaban las locomotoras, algunas risueñas chicas de mi barrio, arrebatadas y locas de contento iban tras ellas con unos baldecitos en la mano izquierda y un gancho fabricado de suncho llamado “Cashpi”, en la derecha. Separaban el cocke –residuos de carbón en ignición todavía ardiente- que serviría para el fuego de la cocina. Por otra parte, nosotros los chicos, esperábamos el pase de la locomotora, para ver cómo habían quedado las chapas y clavos colocados previamente en la juntura de los rieles. Éstos quedaban convertidos en finas láminas que utilizábamos como juguetes.

El arribo del tren de Goyllar, era otra de las maravillas que nos sugestionaba. Entre las cinco y seis de la tarde, tres veces por semana, llegaba de aquel centro hullero arrastrando vagones de carga con carbón para los trabajos de fundiciones y talleres del Cerro de Pasco y un convoy de coches con  carga y pasajeros de toda la quebrada de Chaupihuaranga. Transportaban papas, verduras, harinas y otros productos de la región que se vendían en el mercado cerreño; sobre todo el sabroso pan de Chacayán, único en su especie por su sabor inolvidable y particular. Desde que su silbido se escuchaba en Garga, la gente compradora, ya atiborraba la estación de La Esperanza. En ese momento veíamos con admiración, el mágico desplazamiento del brequero Barzola, notable defensa del “Club Sport Unión Railway”. Sobre los coches del ferrocarril en marcha, como sobre una pista de atletismo, corría como una exhalación y al llegar al final de cada coche hacía girar las ruedas del breque, es decir, de los frenos, atenuando la velocidad que la locomotora había impreso a los coches. Locos de emoción los muchachos conteníamos el aliento viendo la espectacular maniobra que no hemos olvidado con el tiempo.  Pero tampoco hemos olvidado aquella tarde fatal en la que por razones que no alcanzamos a explicar, Barzola no combinó bien sus movimientos y al llegar a la curva de la Docena cayó aparatosamente entre dos coches en medio de aterrorizados gritos de la gente. Perdió ambos pies seccionados por la ringla de coches del convoy. Tardó muchos años para recuperarse. Una vez sano, le colocaron dos piernas ortopédicas con las que aprendió a convivir y a dominar a la perfección. Ya viejo nos contaba que aquel día cumplía años y se había tomado un par de tragos. “Yo que nunca chupaba, ese día me tomé dos copas de pisco y, me jodí”; además  narraba muchas historias muy interesantes de su vida ferroviaria y con su voz cascada y varonil, nos cantaba sus añejos tangos que tanto quería. ¿Dónde estará este viejo maravilloso, amigo de mi padre?

Otra desgracia que recordamos en el barrio es la muerte del “Sordo” Cueva. Este era un viejo cumplido y ejemplar en el trabajo. Había sido brillante defensa del Railway pero trabajando en la aguzadora fue perdiendo poco a poco el oído hasta quedar más sordo que una tapia. Por esta razón lo derivaron a la casa Redonda. Aquella tarde había cumplido su tarea y contento como unas pascuas iba a su hogar, pero en lugar de hacerlo por el camino correspondiente, decidió “cortar” siguiendo la línea férrea que se desplazaba por un estrecho callejón. Esa determinación fue fatal. Cuando apareció el raudo tren de Goyllar, él no lo escuchó. Las gentes que estaban en la parte alta del tramo al ver la inminencia de la desgracia le hacían señas desesperadas, pero él, en la creencia que lo estaban saludando contestaba alegremente con las manos en alto. Los gritos de las gentes eran desesperados, pero él no podía escucharlos. Cuando el maquinista vio al hombre en el trayecto puso los frenos con toda sus fuerzas,  pero éstos no respondieron. En medio de espantoso chirrido y reventazón de chispas fue despedazado el cuerpo. Los gritos de terror de los testigos fueron impresionantes.

La llegada del tren de pasajeros constituía el otro acontecimiento especial. A partir de las siete de la noche, lloviere o tronare, las abrigadas gentes llegaban por todas los caminos al iluminado andén de la Estación. A lo largo de la pista final, ojos expectantes y manos aferradas a la alambrada del cerco, esperaban el acontecimiento en medio de un cuchicheo vivaz. Las voces en sordina intercambiaban chismes del día con un entusiasmo notable. No debían hablar muy fuerte para poder oír el silbido agudo que desde kilómetros antes de la Railway, anunciaba la llegada del convoy precedido por la potente locomotora. Oído por  entre el barullo de la gente lanzaban el grito de: ¡Ya viene! concitando la admiración general. Habían alcanzado a oír el prolongado silbido desde Garga, curva rocosa donde habían establecido el “polvorín” de la Compañía, caverna en cuyo interior, estaban almacenadas toneladas de dinamita, mechas y espoletas, alambres y fulminantes para el diario trabajo minero. Entonces, todos se acomodaban para ver la llegada del tren de pasajeros. ¡Qué espectáculo aquel!

Cuando aparecía entre el chillido de frenos y breques, con su secuela de chispas como fuegos de artificio, un ¡!!!Ahhhhhh!!, unánime uniformaba a los curiosos. Desde las ventanas iluminadas, los que estaban llegando, trataban de ubicar a parientes o amigos que les esperaban; igualmente, desde el muro, muchos trataban de descubrir la presencia de sus seres queridos haciendo saludos con las manos.

Delante llegaban dos o tres coches de carga conduciendo todo tipo de productos para los consulados y tiendas comerciales de la ciudad; comestibles, conservas, licores, herramientas, ropa, muebles, adornos, numerosos utensilios para el trabajo minero; toneles de cerveza, de pisco puro, jaulas, cajones, cajas de dulces, damajuanas, pescado fresco del Callao entre numerosos trozos de hielo repletando enormes cestas.etc. Detrás el cabusse con el Postrén, y la correspondencia ya clasificada para cada una de las estaciones del tránsito, inclusive hasta Huánuco e intermedios. Cartas, paquetes y despachos etiquetados en bolsos de lona con filos de cuero y cerraduras metálicas con remaches de plomo para no ser violentados. Estas valijas eran dejadas en cada estación. Para este ejercicio disponían de escasos minutos que administraban admirablemente los empleados. Los siguientes cuatro coches eran de segunda, repletos de personas de toda condición, comerciantes, campesinos, mujeres con sus hijos, obreros, soldados, ambulantes, “canillitas” y, una que otra prostituta. Una mezcolanza de personas, mascotas, carga y fuerte olor a carbón quemado. Los últimos dos coches eran de primera, como lo dijimos, con amplios ventanales y asientos acomodados a distancias amplias que permitía estirar las piernas y viajar placenteramente; ventanales amplios y limpios para contemplar un hermoso paisaje, árido, pero pintoresco.

Cuando llegaba algún personaje importante, una comisión de recepción se ubicaba en el andén; generalmente el alcalde y funcionarios citadinos, en compañía de sus esposas. Una o dos de ellas portaban flores para la bienvenida. Una banda de músicos a la entrada del andén animaba la espera y, llegado el visitante, tras la marcha de banderas, los saludos y discursos del caso, interpretaba una marcha militar con la que los visitantes eran subidos a los carros que los esperaban. El pueblo, hospitalario y cooperante, aplaudía con afecto a los que llegaban. Esto ocurría muy de tarde en tarde.

Asegurados todos los frenos y soltados todos los vapores de la locomotora, se desenganchaban los coches y, recién en ese momento, se podía acceder a ellos. Los primeros en subir, ágiles como monitos equilibristas, eran los chicos encargados de transportar petacas, maletas, bolsa,  baúles y demás cargamento. Los más experimentados, generalmente mayores, tenían acceso a los coches de primera; los otros, a segunda.  Éstos, dotados de una rapidísima evaluación, cogían los cargamentos de los pasajeros y tras un rápido tira y afloje, acordaban el precio del servicio. Inmediatamente, el cargador, avanzando por entre una multitud bullente, llevaba a su contratante a la salida de la Estación en donde se podían de acuerdo a qué hotel llevarlos. Otros, embarcaban a asorochados pasajeros que tenían que ir a Huánuco, en uno de los dos carros. “Biñi” Bazán o al “Vente Conmigo” de Nájera. En cuanto se “llenaba” el pasaje los carros partían rumbo a Huánuco o intermedios. En estos carros también despachaban correo y periódicos además de otros encargos. El caso es que los muchachos ya habían ganado su “día”.

Los pasajeros que quedaban en el Cerro, debían a partir a pie desde La Esperanza hasta los hoteles del centro, teniendo que subir una empinada cuesta llamada Santa Rosa, en medio de un frío extraordinario que a esa hora se había acentuado. El que más pronto se llenaba de pasajeros, era el “Venecia”, del chino Lam; luego venían, El “Fort”,  el Champa (Así apellidaba el dueño). “América”,  “Universo”,  “Central”, “Bolívar”, “Royal”,  “Arequipa”, etc.

Por otro lado, abiertas las puertas del andén, con una rapidez extraordinaria, el distribuidor entrega su cuota personal a cada uno de los canillitas. Éstos, ni bien recibían su paquete, partían como una exhalación a su meta preestablecida. En el trayecto sus voces brillantes reverberaban anunciando su mercancía.

— “El Comercio”, “La Prensa”, “La Crónica”, “La Tribuna”, “Pan”, “La Revista Semanal”, “El Hombre   de la Calle”.

Tras superar la Calle del Marqués con sus fondas chinas y peluquerías japonesas, llegaban a Chaupimarca en una carrera vertiginosa y de allí de desplazaban por arterias laterales. Unos, por Grau y la plazuela del estanco hasta la Plaza centenario, atiborrada de comercios donde la venta era espléndida; otros, por la calle Parra visitaban al Teléfono Público, restaurantes, sastrerías, relojerías y comisaría; un tercer grupo, por la calle Dos de Mayo, el Trocadero, Edificio Proaño, Fernandini y la Plazuela Ijurra. En cada uno de estos lugares la venta era pródiga. Cooperante, el público tenía a la mano el “sencillo” para no demorar a los canillitas. Cada uno de estos voceadores tenía su predio estipulado y ningún otro podía invadirlo porque aquí primaba la lealtad, tanto en los compradores como en los vendedores.

Hasta las nueve de la noche, corros de amigos, vocingleros y animados han estado aguardando el paso de los canillitas con los periódicos del día. Hasta ese momento se había ignorado lo que había acontecido en el Perú y el mundo.

Como tras la compra, los ciudadanos marchaban a sus casas y los canillitas partían a la suya, el centro de la ciudad quedaba completamente silencioso y desierto. Hasta ese momento había vivido su día mi vieja ciudad minera. ¡Ojalá que vuelva el ferrocarril para que los niños de hoy puedan gozar de la experiencia maravillosa de contemplarlo!

ESTAMPAS CERREÑAS (12) “Fútbol Macho”

Extraordinario partido de fútbol en la ciudad más alta del mundo. No importa que el cielo se venga abajo, hay que continuar con la brega. Las autoridades que controlan el trámite del juego, guarecidos bajo un  precario toldo, no pierden detalle de la competencia. El árbitro ha cobrado una falta en límite del área basándose en cálculos aproximados –las líneas de cal han desaparecido- y todos aceptan su disposición. Terminado el partido, siempre en una imparable lluvia, los hinchas esperarán a los jugadores con sus tragos de caña para evitar la traidora pulmonía. ¡Éste sí que es fútbol macho!. Nada arredra a los contendientes. Primero son los puntos del Campeonato. Aquí no hay zapatos especializados como los que usan los “Cuatro Fantásticos”, aquellos farsantes dueños de caballos de carrera, con sendos tatuajes en el cuerpo, con aretes coquetones de niñas bonitas que a la hora de romperse por el Perú aflojan escandalosamente; aquellos esperpentos que son dueños de coches sofisticados y amantes de esqueléticas madamas,  que para nada sienten el amor a la camiseta y olímpicamente encuentran extrañas explicaciones para sus decepcionantes actuaciones.

Es posible que esto llame la atención de otros aficionados, de otras latitudes. A nosotros, no. En parecidas o más graves tormentas, hemos disputado aguerridos partidos. No es raro. Se ha dado el caso que en pleno partido un artero rayo fulminara a un futbolista. Sólo así terminó el encuentro. Este sí es un fútbol macho. No en vano somos los pioneros del fútbol, en el Perú.

Emilio T. Verástegui Orihuela.

Entre los hombres que venidos de otras tierras, brindaron el aporte de su generosa entrega a nobles causas, Emilio T. Verástegui, ocupa un lugar prominente y destacado en el corazón y en el recuerdo de los cerreños.

Nació en la ciudad de Concepción del valle del Mantaro, el 12 de octubre de 1870. Fueron sus padres don Pedro Verástegui y doña María Natividad Orihuela. Dedicados a la agricultura y a la ganadería, educaron a su hijo en un marco de austeridad pero de profundo amor al prójimo. Culminada su educación secundaria en el Colegio Santa Isabel, ingresó en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde se graduó de Bachiller en Jurisprudencia en el año de 1904 y de Doctor en Jurisprudencia en 1906.

Radicado en nuestra ciudad desde fines de 1906, contrajo matrimonio con la dama cerreña María Alvarado La Torre, dedicándose por completo al ejercicio de su profesión con altura, tesón y elevación de miras, alternando notablemente con el periodismo; en aras de él se aunó a un periódico combativo y ejemplar: EL ECO DE JUNIN, desde cuyas páginas desarrolló un amplio programa de ayuda a nuestro pueblo que muy pronto le otorgó su cariñoso respeto, Al efectuarse las elecciones municipales de 1908, los norteamericanos proponen  abiertamente la candidatura de Pedro Caballero y Lira y, al perderlas, realizan un acto de protesta desconociendo el legítimo triunfo del pueblo. El Prefecto de entonces, Octavio Negrete, apoya a los norteamericanos y su lugarteniente Jesús Zapatero ordena el asesinato del pueblo. Aquel 1º de diciembre de 1908, caen abatidos por las balas de la venganza: Alfonso Limas, Abraham Rantes, Ernesto Tello Véliz, Gerónimo Peña y Mariano Pérez.

No obstante haber sido recluido en la cárcel, jamás dejó de luchar en defensa del pueblo y la masa trabajadora por cuyos merecimientos fue elegido Alcalde del Concejo Provincial de Pasco, y cuando ejercía el cargo en forma notable y dinámica, fallece repentinamente por una peritonitis, ante el estupor y congoja del pueblo, el 6 de mayo de 1909. Sus restos descansan en la cripta del Cementerio General del Cerro de Pasco.

EL NACIMIENTO DEL CERRO DE PASCO

Respecto del nacimiento del Cerro de Pasco, hemos creído necesario efectuar algunas reflexiones que sirvan como aclaración necesaria.

Primeramente, la mayoría de estudiosos seña­lan como fecha de su nacimiento, el año de 1630. A partir de entonces, asegu­ran, comienza a vivir nuestra ciudad. Dan crédito a la leyenda de Huaricapcha. La verdad, como hemos visto, es muy distinta. El caso es que, hasta comienzos del siglo XVII, no era conocido por todos porque era un asiento minero que por su naturaleza de secreto y el temor de que vinieran a invadirlo después, fue mantenido en la oscuridad. Muchos factores contribuyeron para que esto fuera así. La creencia general era que Colquijirca, que comenzara a trabajarse antes, era el emporio al que hacían referencia los cronistas, mantuvo tranquilos a los aventureros que se arriesgaron a llegar a este lugar. No olvidemos que, desde siempre, la agresividad del clima y su altitud han constituido una tremenda muralla para aventurarse en estos páramos. Un testimonio muy revelador es el que aporta el sacerdote Joseph Acosta S. J. en 1585, en una de las páginas de su obra HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS, Cap. XX, libro III, que al referirse al mal de altura, veta o soroche, como se le conoce actualmente, dice:

“Cuando subí (…) a lo más alto de aquella sierra, casi súbito me dio una congoja tan mortal que estuve con pensamiento de arrojarme de la cabalgadura al suelo y porque, aunque íbamos muchos, cada uno apresuraba el paso, sin aguardar al compañero por salir pronto de aquel mal paraje; sólo me hallé con un indio, al cual rogué, me ayudase a tener a la bestia. Y con esto, luego de tantas arcadas y vómitos que pensé dar el alma, por­que tras la comida y vómitos, cólera y más cólera y una amarilla y otra verde, llegué a echar sangre de la violencia que el estómago sentía. Finalmente digo que si aquello durara entendiera ser cierto el morir, mas no duró sino de tres o cuatro horas, hasta que bajamos bien abajo a temple más conveniente”. 25. HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS; Acosta, Joseph. S. J. Capítulo XX, Libro III.

El minero francés, Mauricio Du Chatenet, en un informe acerca de las minas cerreñas, publicado en 1880, afirma que su clima es el más espantoso del mundo por su frigidez terrible, su altitud agresiva y la frecuente alternancia de tormentas de nieve que caían durante días y noches enteros y un sol estepario rudo y secador que tenía de colofón hirientes heladas nocturnas que estremecían los termómetros en muchos grados bajo cero. “Aún así -afirmaba- el clima está cambiando para bien. Hasta hace una década, el clima era el doble de fatal”. Antonio Raimondi también es categórico al afirmar lo siguiente:

“Difícilmente se encontrará otro país como el Cerro de Pasco, adonde en el mismo día se verifiquen tantos cambios atmosféricos, observándose en el espacio de pocas horas, primero un fuerte sol y después, lluvia, granizo, nevada y vuelta sol”  MEMORIA SOBRE EL CERRO DE PASCO; Raimondi, Antonio; 1985; página 4.

Para formarnos una idea de la naturaleza de este hábitat, es necesario leer lo que afirma EL MERCURIO PERUANO en su edición de 9 de enero de 1791, folio 17.

“La fama de las minas (…) atrajo a muchos que, llenos de entusiasmo tuvieron valor para resolverse a vivir en unos páramos tan infelices, que parecen destinados únicamente para servir de morada a las bestias silvestres (sic). Bien presto se vio erigida una población de muchos españoles en donde antes no había una choza para refugio de un indio” 26. INFORME DE LAS MINAS DEL CERRO DE YAURICOCHA; Hesperiophilos;  Mercurio Peruano; 9 de enero de 1791 página 17.

El caso es que, después de la manifiesta decadencia de las otras minas del virreinato, surgió el impetuoso afloramiento de las cerreñas que todavía eran llamadas indistintamente, Cerro Mineral de Bombón y Santisteban de Yauricocha.

“Una característica que distingue bien a las ciudades mineras, de otro tipo de ciudades “españolas” fundadas en América durante el siglo XVI, es la exclusividad de la función. Ciudades como Lima, Arequipa o Huamanga eran, además de centros adminis­trativos, puertos, ciudades escala, o ciudades fronteras, según los casos; rara vez cumplían una sola de estas funciones, y en el más extremo de los casos se privile­giaba solamente a una de ellas. ­Ciuda­des como Potosí o Huancavelica, o más tarde el Cerro de Pasco, por ejemplo, tenían en cambio una única función: servir de alojamiento a la población que trabajaba en sus minas” LA CIUDAD DEL MERCURIO; Contreras, Carlos; 1982; página 40.

Cuando a consecuencias del aluvión al que nos referimos tantas veces, desaparecen las vetas del Cerro Rico de Potosí, emergen con fuerza extraordinaria nuestros yacimientos que, en mucho, van a reemplazarlos superándolos con creces.

Ya estábamos a la segunda década del siglo XVII. En esos momentos recién al Real Hacienda se preocupa de impulsar los trabajos de nuestras minas a las que por su alta ley y abundancia se le da en llamar NUEVO POTOSI. Esto no necesita mayores pruebas porque a lo largo de nuestra exposición, lo hemos demostrado. Esta es la razón por la que creemos que el documento presentado por el estudioso señor Carlos A. Romero, integrado por 102 folios, en el que se prueban que el primer denuncio de minas cerreñas se efectúan en octubre del año de 1567, es auténtico. No hallado no obstante nuestra búsqueda incesante, creemos que pudo haberse quemado en el incendio de 1943 de la Biblioteca Nacional ya que, en aquella oportunidad, se incineraron también, para mala suerte nuestra, éstos y otros documentos, especialmente la colección de periódicos cerreños.

Ya nuestro territorio está poblado de españoles a partir de octubre de 1567. Los mineros trabajan infatigablemente. Ha  nacido una ciudad. Nuestra ciudad. Pero… ¿Cómo nació?… ¿Cómo y por qué se formó así, tan caóticamente, sin concierto ni orientación…

“A diferencia de otro tipo de ciudades hispano americanas, donde el acto de fundación es previo a cualquier poblamiento -al extremo, inclusive, que tal acto es un indispensable requisito ritual del asentamiento humano- las ciudades mineras se formaron más o menos espontánea­mente, he­rejía que es un preludio de la inestabilidad social y política que las caracterizará luego fuertemente”  LA CIUDAD DEL MERCURIO; Contreras,  Carlos; 1982 página 21.

Esta tierra frígida, trepada en la montaña, con sus rincones íntimos saturados de leyendas, accesible por inverosímiles caminos, laberínticos y accidentados, recorrido por recuas de jadeantes mulas cargadas de plata en la época colonial de la ambición, estaba cruzada por zigzagueantes calles que, así como van al norte, van al sur; trepan caprichosas elevaciones, descienden raudas, se estrechan en laberínticos pasajes y se encuentran agotadas en un callejón sin salida. Calles sin orientación ni concierto, sin las cuadraturas hispánicas; frías y rebeldes, indecisas y desconcertantes por donde trajinaban los aventureros de allende los mares.

“Es absolutamente imposible dar una descripción que represente fielmente los variados cuadros que a cada paso se ofrecen a la vista al recorrer esta singular ciudad; de repente se presentan a los pies una inmensa hoyada llamada TAJO, en un terreno amarillento con grandes peñascos medio desquiciados que amagan caer, y con varias oscuras aberturas que dan acceso a las entrañas de este poderoso cerro mineral (…) por otra parte, casas situadas  al borde de estas grandes cavidades, sobre un terreno completamen­te removido que amenazan desplomarse a cada instante; por todos lados numerosas chimeneas derramando en la atmósfera un áspero y negro humo, y en las callejuelas de la población, un continuo movimiento de gente arropada en toda las épocas del año, con la respira­ción anhelante por el aire tan enrarecido de esta elevada región, y recuas de mulas, caballos y llamas cargadas de mineral”. RAIMONDI, Antonio; 1985; pág 04.

Cuando los españoles abrían la media barreta para comenzar la explotación de la mina -codiciosos como eran- no dejaban a sol ni a sombra su pertenencia. Vivían temerosos de que sus avarientos paisanos pudieran arrebatarles lo que trabajo les había costado. Para evitar el robo, levantaban unos muros alrededor de su mina, debiendo quedar ésta al centro. A los costados se construían las cuadras para las acémilas, la vivienda de los peones y la morada del propietario. No importaba ninguna cuadratura geométrica, ninguna orientación. ¿Para qué?. Suponían que sus vetas se agotarían muy pronto.  Lo único que interesaba en ese momento era colocar la mina de manera que fuera inexpugnable. Más allá otro español hacía lo propio. Aquí no existió la línea horizontal.

Se diría que aquella ciudad ha sido teatro de uno de esos devastadores temblores que hunden en los abismos parte del terreno y levantan otras, transformando toda la topografía del lugar (OP.CIT)

El plano de la población es muy irregular. Un gran número de callejuelas que se cruzan en distintos ángulos hacen de la ciudad del Cerro de Pasco, un verdadero laberinto.(OP.CIT)

Como ya lo dijimos en su oportunidad, no obstante que su territorio había sido poblado por la tribu primitiva de los yauricochas –orfebres de leyenda- en sus momentos aurorales, es recién en la Colonia cuando nace el Cerro de Pasco como ciudad. Hasta la llegada de los españoles, jamás había  existido ciudades eminentemente mineras como la nuestra.

El Virreinato establece la ciudad y el pueblo minero (…) Éstas quedan en nuestra Historia del Urbanismo como patrimonio y herencia del Virreinato. (…). En la República, surgen las espléndidas ciudades mineras virreinales con sus inmensos templos que, a manera de las viejas catedrales europeas, se yerguen sobre el perfil de la población dándole un acento urbano  noble e inconfundible.( ORTIZ DE ZEVALLOS PAZ SOLDAN, Luis.-“Centros urbanos mineros en la República” en el Boletín del Instituto Riva -Agüero 1982-1983 de la Pontificia Universidad católica del Perú, Lima 1984:295) .

A estar por todos los documentos existentes al respecto y, siendo el Cerro de Pasco una ciudad minera y por los tanto colonial, su nacimiento está fijado en el 9 de octubre de 1567.