Carta a mi amigo Juan (02)

Doctor: Juan Clímaco Rodríguez Munguía.  Ed.

Professor Emeritus

University of Massachusetts Lowell

Hola Juanito:

¿Te acuerdas de nuestra Escuela?. Parecía un imponente Castillo medioeval enclavado en la inmensidad de aquella sabana interminable rodeada  de inmenso yermo: Patarcocha. Todavía no habían aparecido los “dueños” que edificaron sus aposentos en sus inmediaciones hasta ahogarla totalmente. Aquí la vemos flamante, al año de su inauguración; como emergiendo de un sueño fantástico. Desde entonces fue el hito más importante de nuestra educación. Sus cómodos salones distribuidos en dos pisos, eran suficientes para albergar a una bullanguera chiquillería. En ellos transcurrió nuestra niñez inolvidable.  ¿Recuerdas?. El ala izquierda por disposición de don Cipriano Proaño Mier, su creador, estuvo destinado a albergar a los alumnos que estudiarían Media. Esa es la razón por la que aquí comenzó a funcionar el Instituto Técnico de Minería (10 de julio de 1941). Los planos los hicieron los ingenieros Ernesto A. Baertl Shutz y Luis Cáceres Flores En tareas comunitarias, los comuneros de Rancas levantaron sus paredes. Las colonias Yugoeslava y española, obsequiaron las cancelas de fierro del local y, Simeón García Venegas, el hermoso telón de boca, para el escenario del Salón de Actos.

Había oportunidades en las que, encerrados en clase para tener algo de abrigo, no abríamos las puertas para nada; sólo sabíamos de la intensidad de la nevada por las ventanas que se empavonaban con el vaho de tantos alientos infantiles y, a medida que avanzaba, los bordes se estrechaban más y más.

A un lado, los profesores habían erigido una sólida pared que les servía de frontón  para su espectacular juego de “pelotaris”, traído por los vascos. Se enfrascaban en interminables y reñidísimas competencias en tanto nosotros nos destrozábamos la ropa en memorables partidos de fútbol. ¡Qué tiempos aquellos, no?!. No he podido olvidarlos. Me parece verlos todavía a nuestros maestros: Horacio Zárate Jurado, Martín Mendoza Tarazona, René Tovar de Limas, Zózimo Mayta López (“Chancho Mayta”), Jesús Sedano, Moisés Torpoco, Eugenio Mateu Ramírez, Mamerto Galarza Mayor, Juan Casas Vázquez, Celso Mayta…

Tampoco he podido olvidar aquel tobogán que llamábamos “Shulula” (Resbaladero). Su imperio empezaba en los meses de sol, cuando ya nos encontrábamos libres de lluvias, nevada y truenos y nuestra tierra estaba acariciada por el sol. Era el juego que servía para demostrar nuestra audacia y agilidad.

Frente a la escuela había una falda de pronunciado declive conformando una pendiente peligrosa, muy peligrosa, de 45 a 50 metros que iba a morir a las orillas de la laguna de lavar, laguna muy querida que, a instancias de los “dueños” de la ciudad, se desecó. De allí, Emeterio Daga, un muchacho del valle del Mantaro, sacaba enormes ranas con tan solo un palo de escoba con dos clavos en la punta. ¿Recuerdas?. Con una “Guillete” cortaba un cachito de piel y le sacaba el “mameluco” a la rana que, completamente “calata”, seguía moviéndose nerviosa.

Mientras estábamos en clase -ocho a diez de la mañana- nadie entraba en el baño. Todos aguantábamos heroicamente  la urgencia de orinar. Cuando la campana resonaba anunciándonos el único recreo de la mañana, tapábamos nuestros tinteros, limpiábamos nuestras plumas, libros, cuadernos, reglas y lapiceros, guardándolos en nuestra bolsa hecha de talegas de harina. No esperábamos ni un minuto. En medio de una bulla ensordecedora íbamos a ubicarnos al filo de la pendiente y, todos a una, soltábamos nuestra continencia orinando sobre el surco del resbaladero, lubricando su trayectoria. Expedito el resbaladero -no era cosa de esperar- el más audaz de los muchachos encajaba un pie sobre el carril, se ponía en cuclillas y, al levantar el otro pie, se convertía en una bala humana que se deslizaba raudo desde la cima hasta la orilla de la laguna donde se “costaleaba” aparatosamente. Pocos eran los que poseían la maestría de llegar invictos. La gritería  general era apabullante; aplausos, vivas, silbidos y mofas para los que llegaban a destino. No eran pocos los que rodaban espectacularmente por no haberse podido mantener con un pie en alto mientras se deslizaban. Una vez abajo, se levantaba como un el héroe, se sacudía los pantalones embarrados y volvía a ejercer su turno de velocidad y vértigo.

Muchas veces –recuérdalo- mientras nosotros estábamos en clase, el “Matón” Marcial Riofano, un hombrón enorme, sargento licenciado del Ejército que fungía de disciplinario del plantel, con el único objetivo de hacernos daño, clavaba sibilinamente unos huesos en el trayecto de la “shulula”. El que inauguraba volaba por los aires al tropezar con éstos, a veces hasta perder el conocimiento; pero ese traspiés delataba claramente en dónde se encontraban los obstáculos, los retirábamos, e  inmediatamente  continuábamos con la hermosa tarea de “shulular”.

Cuando la campana volvía a convocarnos, cansados pero felices, llegábamos a filas con los zapatos cubiertos de barro, en un tris de abrirse como rosas; las ropas hecho una miseria, especialmente los pantalones, todos almidonados de greda que, más tarde, secados ya por el calor del cuerpo, semejaban una armaduras de pobres caballeros de la aventura. ¡Y claro que eran armaduras!, porque cuando los viejos nos azotaban por tamaña aberración, los rebencazos que nos prodigaban no los sentíamos.

Como un gran recuerdo de nuestra escuela te muestro la medalla de plata que con motivo de su  inauguración se puso en circulación. Esta es la cara de la medalla conmemorativa. Sólo quiero recordarte que, tiempos pasados, los acontecimientos importante para la ciudad se conmemoraban con sendas medallas. Aniversarios, inauguraciones, fastos institucionales y, bautizos. Cuando los padrinos de un bautizo eran pudientes, mandaban acuñar sus correspondientes medallas de plata, a manera de capillos, y las repartían a los invitados a la ceremonia.

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